28457(20-11-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  28457   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 232  

Bogotá, D.C., veinte de noviembre de dos mil  siete.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor del procesado SIERVO  RODRÍGUEZ  AGUILAR,   contra el fallo de segunda instancia que profiriera,  en  labores  de  descongestión, el Tribunal Superior de Riohacha, fechado el 29  de  marzo  de  2007,   mediante  el  cual  confirmó  en  su  integridad la  sentencia  emitida  por  el  Juzgado  Sexto  Penal  del Circuito de Bogotá, que  condenó  a  su representado legal a  la pena de veinticuatro (24) meses de  prisión,  multa  en  cuantía de treinta y tres millones doscientos mil pesos e  inhabilitación  para el ejercicio del comercio de productos cárnicos por lapso  igual  a la sanción aflictiva de la libertad, en calidad de autor del delito de  corrupción  de alimentos, productos médicos o material profiláctico. Además,  se  impuso la pena accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas,  por  término  similar  al  de  la  pena  de  prisión, se otorgó al acusado el  subrogado  de  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena y se le  absolvió  del  delito de violación de medidas sanitarias, por el cual también  fue acusado.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en la sentencia impugnada,  del siguiente tenor:   

“Dan cuenta los autos que por información  telefónica  rendida por la ciudadanía la Policía, se tuvo conocimiento que en  el  establecimiento  comercial de razón social “Carnes el Trébol”, ubicado  en   la   carrera   31  número  12B  –  50,  barrio  Pensilvania de esta ciudad (Bogotá, aclara la Sala),  de  propiedad  de  SIERVO  RODRÍGUEZ  AGUILAR,  identificado  con la cédula de  ciudadanía  número  79.160.387 de Ubaté (Cundinamarca), se expendía carne de  equino,  motivo  por  el  cual  se procedió a llevar a cabo visita en ese lugar  –el  26 de marzo de 2003,  agrega  la  Corte- , en la que intervino la Secretaría de Salud, el Invima y la  Policía  Judicial  (Dijin),  estableciéndose  que  este  no  se  encontraba en  óptimas  condiciones  higiénicas  ni  sanitarias  para  su funcionamiento, sin  contar  además  con  la  infraestructura  adecuada para comercializar productos  cárnicos,  como  se  extrae del dictamen pericial emitido por la micro bióloga  LUISA FERNÁNDEZ PÉREZ, que obra en este proceso.   

“Igualmente se tomaron muestras de carne y  vísceras  para  análisis  de  laboratorio, las que dieron resultados positivos  para  carne  de caballo, encontrándose además gran cantidad de microorganismos  (coliformes  fecales) en las vísceras, en consecuencia, ambas muestras no aptas  para el consumo humano…”   

DECURSO PROCESAL  

Se abrió la investigación formal, por parte  de  la  Fiscalía  Local  205 de Bogotá, el 26 de marzo de 2003, con el informe  policivo  que  da cuenta de lo hallado en el establecimiento de comercio y   la  consecuente  captura  de  su  propietario,  a  lo  cual  se acompañaron los  dictámenes practicados a las muestras cárnicas.   

Esa  misma fecha fue recabada la indagatoria  del procesado, ordenándose su inmediata libertad.   

El  16  de  abril  de  2003, se reasignó la  investigación  a  la  Fiscalía  Seccional  257 de Bogotá, oficina que ordenó  cerrar  la  investigación  el  22 de octubre de 2002. En consecuencia, el 12 de  abril  de  2004, fue calificado el mérito del sumario, emitiéndose resolución  de  acusación en contra de SIERVO RODRÍGUEZ AGUILAR, como autor de los delitos  de  violación  de  medidas sanitarias –artículo  368  del  C.P.-  y  corrupción de alimentos –art. 372 ibídem.   

Ejecutoriada la resolución de llamamiento a  juicio,  el asunto le fue repartido, por competencia, al Juzgado Sexto Penal del  Circuito de Bogotá, el 6 de mayo de 2004.   

El  3  de  junio  de  2004,  tuvo  lugar  la  audiencia preparatoria.   

La audiencia pública de juzgamiento  se  efectuó  el 8 de septiembre de 2004, y el 19 de agosto de 2005, se profirió la  sentencia de primera instancia.   

Interpuesto y sustentado oportunamente por el  defensor  del  procesado, el recurso de apelación, con fecha del 22 de junio de  2006,  el  Tribunal Superior de Bogotá remitió el proceso al Tribunal Superior  de  Riohacha, conforme lo ordenó la Sala Administrativa del Consejo Superior de  la Judicatura, en el artículo 9° del Acuerdo 3430 de 2006.   

Finalmente,  el 29 de marzo de 2007, la Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Riohacha, emitió el fallo de segundo grado,  confirmatorio de la sentencia de primera instancia.   

LA DEMANDA  

         Partiendo  por  significar que se trata de una demanda  de  casación  discrecional,  sin mayores preámbulos el demandante sostiene que  busca  se  protejan  las  garantías  y  el  derecho  al  debido  proceso  de su  representado legal.   

          En  seguimiento de  ello,  acudiendo  a  la  causal  tercera del artículo 207 de la Ley 600 de  2000,  el  impugnante  afirma que la sentencia controvertida fue proferida en un  juicio viciado de nulidad.   

         Para  tal efecto, advierte que se violó el derecho de defensa del acusado, dado  que  el  dictamen  pericial  rendido  por  la  microbióloga  industrial  en  la  investigación  preliminar,  no  fue  objeto de traslado posterior, cuando se le  vinculó  a  través  de indagatoria, al procesado, para que así hubiese podido  objetarlo.   

          De  igual  manera,  prosigue  el  casacionista,  se  pasó  por alto ratificar mediante juramento lo  consignado  por los agentes de policía en su informe, ignorándose así que las  labores  previas  adelantadas  por  la policía judicial sólo tienen valor como  criterios orientadores.   

       Ello se  suma,  en  los que entiende yerros trascendentes el recurrente, a la omisión en  llamar   a   la  perito  para  efectos  de  ratificar  su  informe  “o  complementarlo”, y en recoger el  testimonio  de  los  funcionarios  del  Invima  y  la  Secretaría  de Salud que  participaron  en  el  operativo, lo que conduce a que los informes y el dictamen  “no  tenga  valor  probatorio alguno”,  en  tanto, violatorios de los artículos 232 y 314 de la Ley 600  de 2000.   

       Finalmente,  reiterando  el  impugnante  que  se  violó  el artículo 29 de la Constitución  Política  Colombiana, advierte configurada la causal tercera de casación y, en  consecuencia,  debe  asumirse  que la única prueba que pervive en el expediente  es  la  indagatoria,  pero  ello no constituye confesión, dado que el procesado  negó los hechos que se le atribuyen.   

       Pide,  por  ello,  se  case  la  sentencia  de  segunda  instancia,  sin indicar los efectos  de  la decisión.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

        De entrada, la Corte manifiesta que se inadmitirá la  demanda,  en  tanto,  no cumple esta con las mínimas exigencias que en punto de  la  pena  impuesta,  facultan  acudir  al  extraordinario recurso, dentro de los  estrictos límites que consagra la ley para el efecto.   

          En    este  sentido,  el  artículo  205  de  la Ley 600 de 2000,  normatividad     que     reguló    el    trámite  procesal,  señala  que el  recurso  extraordinario  procede  “…contra  las  sentencias  proferidas  en  segunda  instancia por los  tribunales  superiores  de distrito judicial y el Tribunal Penal Militar, en los  procesos  que  se  hubieren adelantado por los delitos  que    tengan   señalada   pena   privativa   de   la   libertad   cuyo      máximo      exceda     de     ocho     años”.   

         Basta  observar  lo  consignado  en  la  demanda  y lo que sobre el tópico ratifica el  expediente,    para   observar   objetivo   e   incontrastable   que  la  conducta  por  la  cual  se  emitió  la  sentencia objeto de  impugnación     se  inscribe, conforme la fecha  de   ocurrencia   de  los  hechos,  26  de  marzo  de  2003,   dentro   de   lo  establecido    en   el   artículo   372       de       la       Ley      599      de      2000,   y  no  concurren,   por   razones   obvias,   los  incrementos  punitivos  de  la  Ley  890 de 2004.   

       Significa   lo  anotado,  que la   conducta   objeto   de  condena  no  cubre la exigencia punitiva  mínima  establecida  para acceder al  mecanismo  excepcional invocado por el  demandante.    

        El  procesado  recibió  sentencia  de  condena,  se  recuerda,  por el delito de  corrupción   de  alimentos,  productos  médicos  o  material    profiláctico,   previsto   en  la  normatividad arriba citada, de la  siguiente manera:   

“ARTICULO 372. El que envenene, contamine,  altere  producto  o  sustancia  alimenticia,  médica  o material profiláctico,  medicamentos  o  productos  farmacéuticos,  bebidas alcohólicas o productos de  aseo  de  aplicación  personal,  los  comercialice,  distribuya  o  suministre,  incurrirá  en  prisión  de dos (2) a ocho (8) años, multa de cien (100) a mil  (1.000)salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes e inhabilitación para el  ejercicio  de  la  profesión,  arte,  oficio, industria o comercio  por el  mismo término de la pena privativa de la libertad.   

“En  las  mismas  penas incurrirá el que  suministre,  comercialice  o  distribuya producto, o sustancia o material de los  mencionados   en  éste  artículo,  encontrándose  deteriorados,  caducados  o  incumpliendo   las   exigencias  relativas  a  su  composición,  estabilidad  y  eficacia,   siempre   que   se   ponga  en  peligro  la  vida  o  salud  de  las  personas.   

“Las  penas  se  aumentarán  hasta en la  mitad,  si  el  que  suministre  o  comercialice fuere el mismo que la elaboró,  envenenó, contaminó o alteró.   

“Si  la  conducta  se  realiza  con fines  terroristas,  la  pena será de prisión de cinco ( 5) a diez (10) años y multa  de  cien  (100)  a  mil  (1.000) salarios mínimos legales mensuales vigentes, e  inhabilitación  para  el  ejercicio de la profesión, arte, oficio, industria o  comercio    por    el    mismo   término   de   la   pena   privativa   de   la  libertad”.   

               A  la  luz  de  la  Ley  600  de  2000  que rige esta  actuación,  es  claro  que  la  casación esta prevista para “…delitos   que  tengan  señalada  pena  privativa  de  la  libertad  cuyo  máximo  exceda  de  ocho años, aún cuando la  sanción    impuesta    haya    sido   una   medida   de   seguridad”.   

              Acorde  con  lo  reseñado  en  precedencia,  evidente  surge  que el fallo  objeto   de   demanda  no  accede  al  extraordinario  recurso,    en   tanto,  la  pena  máxima dispuesta por el legislador para la  conducta   por   la   cual  se  emitió  la  condena,  no  es  superior  a  ocho  años.   

         Debe advertirse, eso  sí,   que  a  efectos  de  viabilizar   la   intervención  de  la  Corte,  dijo  acudir   el   impugnante   al  instituto    de   la  casación  excepcional  o discrecional –a  la  luz  del artículo 205 inciso tercero de la Ley 600 de 2000-  significando     la  necesidad   de que se  protejan   garantías  fundamentales.   

      Empero, bien  poco  hizo  el  recurrente  para  determinar que efectivamente se hace necesario  proteger  cualesquiera  derechos  o  garantías  básicas de su protegido legal,  quedándose  la postulación en el mero enunciado, pues, a renglón seguido, sin  mayor  fundamentación,  invoca  violentado  el  debido  proceso,  demandando se  declare  la  nulidad  de  lo  actuado –aunque  jamás  específica cuál o cuáles apartados del trámite  comportan  irregularidad  y,  en  consecuencia,  desde  dónde  se hace menester  rehacer   el  proceso-,  para,  seguidamente  controvertir  la  validez  de  los  elementos  de prueba allegados a la encuesta, con lo cual abandona el estadio de  la  protección  que  por  vía excepcional invoca, para adentrarse en la simple  crítica de lo que los medios suasorios pueden o no demostrar.   

        No  son,  así,  garantías fundamentales, o mejor, su violación, las que gobiernan  el  examen solicitado de hacer a la Corte, razón suficiente para que de entrada  se  inadmita la demanda, dado que en atención a su condición discrecional o de  excepcionalidad,   era   deber   del   recurrente  justificar  adecuadamente  su  postulación.   

         Ahora  bien,  incluso si se hubiese allanado el camino  para  la  casación  discrecional,  la  evidente  carencia  de  rigor  lógico y  fundamentación   adecuada,   llevaría   también   a   la  inadmisión  de  la  demanda.   

         Sobre  este  particular,  para  remitir a lo consignado en el escrito presentado  por  el  defensor  del  procesado,  debe hacerse hincapié en cómo la Corte, de  manera  pacífica  y  reiterada  ha  advertido la necesidad de que la demanda de  casación  comporte un mínimo rigor lógico jurídico y argumental, pues, no se  trata  de  hacer  valer  una especie de tercera instancia que sirva de escenario  adecuado  a  la controversia ya superada por los falladores de primero y segundo  grados,  en  la  cual se pretende anteponer el particular criterio o valoración  probatoria,  a aquel que sirvió de soporte a la decisión de los jueces A quo y  ad  quem,  entre  otras razones, porque a esta sede arriba la decisión judicial  con una doble connotación de acierto y legalidad.   

                 Se  faculta,  por  ello, que la dicha presunción sea  quebrada  a  través  de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes y fundados,  derivados  del   compromiso   de   demostrar  la  violación  en  la  cual  incurrió  el  fallador,  suficiente  para echar abajo  el    contenido   de  verdad  de  la sentencia,  en  el entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido  la    decisión    y  precisamente    así  se  ofrece  trascendente  recurrir al mecanismo extraordinario de impugnación.   

           Pero, se agrega, si  el   recurrente  dedica  sus  esfuerzos  a  plantear  lucubraciones  del  más  variado  tenor,  sin  establecer  un  orden  lógico o  criterio  selectivo  adecuado, resulta imposible conocer cuál es esa violación  o   violaciones  trascendentes  que  facultan  derrumbar  el  fallo  de  segunda  instancia,  cómo  opero  ello  dentro  del texto de la sentencia y, finalmente,  de  qué  manera influye el yerro sobre lo decidido,  al   punto   de   obligar   tomar   decisión   diferente   que   favorezca   al  procesado.   

               Lejos   de  ello,  pasando  por alto elementales principios lógicos y de argumentación, el  casacionista  advierte configurada la causal tercera del artículo  207  de  la  Ley  906  de  2004, significando que las pruebas no se allegaron en  debida  forma, o mejor, si se tratase de ser consecuentes con su argumentación,  que  a  lo  recogido  por  la  oficina instructora no puede dársele el valor de  prueba,  aunque  entremezcla  diversos  factores,  como  los que corresponden al  valor  pasible  de  otorgar  a  los  informes  de policía judicial, la supuesta  necesidad  de  que  se ratifique el dictamen pericial y la omisión que surge de  no llamarse a determinados testigos de los hechos.   

    En primer lugar, con una  tan  descontextualizada  forma de plantear su crítica, ignora el demandante que  la  controversia  remitida  a  los  elementos de juicio que soportan el fallo de  condena,  sea  porque  su evaluación surgió inadecuada o ya en atención a que  no  fueron  incorporados  legalmente,  no  debe adelantarse en sede de la causal  tercera,  por  la  vía  de  la  nulidad,  sino dentro del espectro de la causal  primera,     cuerpo     segundo    –errores  de  hecho  o  de  derecho-,  como  quiera que, aún si se  entiende   afectado   el   debido   proceso,  finalmente,  la  incorporación  o  evaluación  de  una  específica  prueba  no  comporta  en  estricto sentido el  adelantamiento  de  una  fase  o  etapa  del  trámite  procesal que, dentro del  principio   antecedente  consecuente  que  lo  regula,  implique  retrotraer  la  actuación al momento en el cual se produjo el presunto yerro.   

        La  solución  para  los  casos  en los cuales el elemento probatorio se allegó con  violación  de  las  normas  que  regulan  su  práctica o aducción, no es otra  distinta  a  la de omitir tomar en cuenta el particular medio, como ya de manera  pacífica y reiterada lo ha señalado ésta corporación.   

     Apenas para citar  uno  de  los  tantos  referentes  jurisprudenciales,  dijo  la  Sala1:   

“…como  lo  ha  precisado  la Corte en  variada  jurisprudencia,  los  vicios  predicables de la aducción probatoria no  implican,  de  suyo,  la  invalidación  de  todo  lo  actuado en un determinado  proceso,  por  más  que  se invoque como infringido el artículo 29 de la Carta  Política,  pues  cuando  en esta disposición superior se prescribe que es nula  de  pleno  derecho  la  prueba  practicada  con violación al debido proceso, es  claro  que  se  está  refiriendo  al  fenómeno de la inexistencia de los actos  procesales,     cuyos     efectos    invalidantes  se surten sobre la prueba  en sí misma, sin que fatalmente deban trascender al  resto    de   la   actuación,   pues   la   sanción   político   –   jurídica   a   este   tipo  de  irregularidades  es  su no apreciación como medio de convicción, es decir, que  sin  que se requiera pronunciamiento judicial no pueda producir efecto jurídico  alguno,  careciendo  de poder vinculante en la actuación, siendo, por tanto, la  causal   primera  la  correcta   para  sustentar  esta  clase  de  ataques,  debiéndose  demostrar  que  en la producción de la  prueba  se  desconocieron  los requisitos legales para su validez y además, que  de descartarse para su valoración el fallo sería distinto”.   

       Incluso,  debe  precisar  la  Corte, en estricto sentido el recurrente ni siquiera pregona  que  exista  algún  vicio  de aducción probatoria, en punto del debido proceso  que  estima  vulnerado, sino que apenas propone, sin desarrollar el tópico, que  el  informe policivo en el cual se referencia la captura flagrante del procesado  y   lo   hallado   en   la   carnicería   de   su   propiedad,   no  constituye  prueba.   

      Ello  puede  ser  cierto,  pero  nada  aporta  para la definición de cualquier tipo de violación  trascendente,  pues,  nunca  se transcribieron los apartados de la sentencia que  consagran   la   valoración   dada   por   el   fallador   a   esa  específica  actuación                –ni    siquiera    se    dice   si  efectivamente  se  tuvo  en  cuenta-, ni se hizo el ejercicio, necesario en este  tipo   de  críticas,  de  realizar  un  nuevo  análisis  a  todo  el  material  probatorio,  dejando  de lado la prueba que se estima ilegal, para demostrar que  sin   ella   el   resultado   sería   más   benéfico   a  los  intereses  del  acusado.   

        Tampoco,  en  esa  confusa  mezcla  que  en un solo apartado y cargo efectuó el  demandante,  explica él por qué el dictamen pericial reclamaba, en curso de lo  dispuesto  por  la  Ley  600  de  2000  sobre  el  particular,  de  una supuesta  ratificación  jurada  de  la  experta,  ni  mucho menos argumenta cuál fue, en  concreto,  la  afectación que la omisión en dar traslado del dictamen, produjo  para  los  intereses  de  su  protegido  legal, o mejor, dejó de señalar si la  carencia  de traslado, tomando en cuenta que el experticio tuvo lugar durante la  investigación  previa, impidió conocer su contenido  o   la   posibilidad   de   pedir   complementación   o   aclaración,   o   de  objetarlo.   

      Desde luego,  en  cualquiera  de  estos  eventos,  era  menester que el recurrente significara  cuál  apartado  del  dictamen  o  sus  conclusiones  reclamaba  de ampliación,  aclaración  u objeción, dado que la simple manifestación de la facultad legal  para  hacerlo  no  cubre  la  exigencia de trascendencia que faculta  estimar  adecuada la fundamentación  del              cargo.       

         Tampoco,  dentro  del  tema de la trascendencia de la omisión denunciada por el  casacionista,  dijo este cómo el dictamen en cuestión fue tomado en cuenta por  los  falladores  de  instancia  o  de  qué  manera  influyó  en  la  decisión  condenatoria,  omitiendo  también  realizar  la nueva valoración conjunta que,  expurgado  el elemento probatorio cuestionado, conduzca a determinar algún tipo  de  beneficio  para  el  procesado,  ora porque se desvanezca su responsabilidad  penal, ya en atención a que esta se atempera.   

           Finalmente,   cuando   el  censor  significa  que  se  dejaron  de  recabar  los  testimonios  de los funcionarios que intervinieron en  la  visita  practicada  al  establecimiento  donde  se halló la carne de equino  dispuesta  para  la  venta,  está  penetrando  en  terrenos  ajenos a los de la  aducción  probatoria  ilegal,  advirtiendo una posible violación del principio  de investigación integral.   

       Desde  luego,  ese  tópico  sí  faculta adecuado recurrir  a  la  causal tercera, que demanda del remedio máximo de la nulidad, pero, para  que  tenga  alguna  fortuna  la  postulación,  cuando  menos debió precisar el  impugnante  por  qué  esos  medios  omitidos  resultan favorables  para su  protegido legal.   

     En otras palabras,  en  tratándose  de funcionarios adscritos al Invima y a la Secretaría de Salud  de   Bogotá,   que  avalaron  la  actuación  de  la  policía,  capturando  al  propietario  del establecimiento de comercio por demostrarse que expendía carne  de  equino  en pésimas condiciones de higiene, no observa la Sala, y tampoco lo  aduce  siquiera  de soslayo el recurrente, cómo la atestación de esas personas  pueda servir a los intereses defensivos del acusado.   

        La  evaluación   en  este  caso  sería  contraria,  evidenciado  que  los  citados  funcionarios  operan  más en calidad de testigos de cargos que de descargos, y,  en  consecuencia,  asoma  palpable  la impropiedad de  que  el  impugnante  eche  de  menos  o exija practicar una prueba que perjudica  las    pretensiones  del           procesado.             

        Agréguese  a lo anotado, que el casacionista dejó de lado exponer por qué, si  de  verdad  esas  pruebas  se  estimaban  fundamentales  para  soportar la tesis  defensiva  o controvertir lo allegado por otros medios en contra de su prohijado  legal,  no  se  hizo  solicitud  en tal sentido a la  fiscalía,  o  incluso  al  juez  de  conocimiento,  en  curso  de  la etapa del  juicio.   

  Está claro entonces, de un lado, que  no  se  demostraron  los presupuestos legales que facultan acudir al excepcional  mecanismo,  en  tratándose  de  la  condena  por  el  delito  de corrupción de  alimentos,  productos  médicos  o material profiláctico, y del otro, que   del  escrito  presentado  por  el  recurrente  ninguna  violación de garantías  fundamentales  se  extracta,  conclusión  a  la  que  también se llega una vez  verificado el trámite del asunto.   

No   es,  pues,  necesario  que  la  Corte  intervenga  oficiosamente, razón suficiente, junto con los impedimentos legales  y  argumentales  antes  referenciados,  para  que  se  inadmita  la  demanda  de  casación.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el  defensor  del procesado        SIERVO       RODRÍGUEZ  AGUILAR.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                         MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                           JORGE   LUÍS   QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                           JULIO    ENRIQUE   SOCHA  SALAMANCA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1   Sentencia del 20 de abril de 1999,  Radicado 14.143     

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