20043(27-05-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  20043   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                              DR.   JORGE   ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nº: 58   

          Bogotá D.C., veintisiete de mayo de dos mil tres.   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Corte  en  relación  con el aspecto formal de la  demanda  de  casación  formulada  por  el  defensor  público  de  GUSTAVO   LÁZARO   JIMÉNEZ,  contra  la  sentencia  del 26 de junio de 2002 expedido por el Tribunal Superior de Cúcuta,  confirmatoria,  entre  otras, de la condena de 27 años de prisión que en fallo  del  11  de  abril  del  mismo año le impuso al citado procesado el Juzgado 2º  Penal  del  Circuito  Especializado de dicha ciudad como autor de los delitos de  tentativa  de  homicidio,  tentativa  de  hurto  calificado  y agravado, y porte  ilegal de arma de fuego de defensa personal.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

          En  un  sector  de  la Avenida Libertadores de la ciudad de Cúcuta,  más  concretamente  en  inmediaciones  del Colegio Calazans, dos sujetos fueron  sorprendidos  a eso de las 8:00 de la  noche del 2 de marzo de 2001 por una  patrulla  de  la  SIJIN  de  la  Policía  Nacional,  en  el  acto  de  despojar  violentamente  de  una  camioneta “Cheroque” a su conductor. La presencia de  los  gendarmes  fue  repelida por los delincuentes con disparos de arma de fuego  mientras  huían, alcanzando a ser herida la Subintendente María Omaira Lizcano  Caro,  no  empece  lo  cual  se  logró aprehender a quien dijo llamarse Eduardo  José  Ochoa  Bellorith,  a  quien  se halló en posesión de una pistola.   Alertada  otra  patrulla policial que por esos contornos rondaba, dieron captura  al  otro  sujeto  identificado  como  GUSTAVO  LÁZARO  JIMÉNEZ.   

          Agotados  los  presupuestos  procesales  inherentes  a  la  etapa de  instrucción,  la  Fiscalía  Delegada  ante  los  Jueces  Penales  del Circuito  Especializados,  Subunidad  Tercera  de  Terrorismo,  decretó  la nulidad de lo  actuado  hasta  el cierre de investigación, empero apelada dicha determinación  por  el  Procurador Judicial 93 que ofició como agente del Ministerio Público,  la  Fiscalía  Primera  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Cúcuta  por  Resolución  del  1º  de febrero de 2001 revocó el proveído recurrido y en su  lugar     acusó     a     Eduardo    José    Ochoa  Bellorith y a GUSTAVO LÁZARO  JIMÉNEZ  como presuntos coautores responsables de las  conductas  punibles  de  homicidio agravado y hurto calificado y agravado, ambas  en  grado de tentativa, y porte ilegal de armas de fuego de defensa personal, en  concurso, endilgándole además al primero la ilicitud de cohecho.   

          Habiéndole  correspondido  conocer  del juicio al Juzgado 2º Penal  del  Circuito  Especializado  de  Cúcuta  y cumplido el trámite del mismo, por  fallo  del 11 de abril de 2002 profirió la condena a la que ya se hizo alusión  en  el  acápite  inicial de este pronunciamiento, el cual fue confirmado por el  Tribunal  Superior  de  esa  ciudad  al  revisarlo  por  apelación,  como allí  igualmente   se   anotó,   mediante  la  providencia  que  hoy  es  objeto  del  extraordinario recurso.         

                      

  LA  DEMANDA   

          Al  auspicio  de  la causal primera, cuerpo segundo, el censor acusa  la   sentencia   impugnada   de   violar   indirectamente   la  ley  sustancial,  “por  error de hecho en la apreciación de la prueba  indiciaria”   al   predicar  certeza  respecto  del  propósito  inequívoco  de matar que tuvo su defendido al desplegar la conducta  que  se  le  imputa,  lo  cual  dice relación con la localización de la herida  infligida   a   la   Subintendente   de  la  Policía  Nacional  Omaira  Lizcano  Caro.   

          En  la fundamentación del reproche sostiene el casacionista que ese  yerro   se  originó  en  la  inferencia  del  juzgador,  pues  siendo  dos  los  procesados,  no  se  estableció  cuál  de  ellos  causó los lesionamientos en  cuestión.  Esa  conclusión  acerca  del propósito inequívoco de matar sería  lógica,  amparada  por  la  experiencia  y  el  sentido  común,  si  estuviera  demostrado    satisfactoriamente    que   los   procesados   obraron   fría   y  calculadamente,  apuntando  certeramente  contra  un  lugar  vulnerable  de  los  cuerpos  de los policiales que los perseguían disparando contra ellos sus armas  de dotación oficial.   

          Tampoco  está  demostrado  que  los  procesados fueran campeones de  tiro,  aduce el actor, y menos que tuvieran claros conocimientos de la anatomía  humana  como  para  que  se  pueda  afirmar  que  empleando  esas  habilidades y  capacidades,  hubiesen  actuado  con  dolo  de  matar  y no otro diferente en el  transcurso  de  la  huida  atropellada que emprendieron tras ser descubiertos, y  con  el  sistema  nervioso  alterado, pues no está acreditado que en su agitada  carrera  se  detuvieran  y  se  voltearan  súbitamente  para  disparar serena y  certeramente  contra  partes  vulnerables  de los cuerpos de los uniformados que  los perseguían.   

          Bajo  las  circunstancias  en que los hechos se desarrollaron, no se  puede  pregonar  la  existencia de actos idóneos dirigidos con la intención de  matar,  insiste  en  aseverar  el  recurrente  luego  de  traer  a  colación la  definición          gramatical         del         vocablo         inequívoco,   y   la  manera  como  debe  entenderse  dicho  término en la redacción que del mismo se hace en el Art. 27  del  C.  Penal,  a  partir  de  las  normas  de interpretación contenidas en la  ley.   Si  no  pueden  descartar  otros  propósitos,  como  se  hizo en la  sentencia,  “desaparece  la certeza y aflora o surge  la duda”, acota el libelista.   

          Los  indicios  sobre  los cuales se sustenta el fallo recurrido, son  contingentes,  asegura, en cuanto admiten pluralidad de causas probables, por lo  tanto   son   equívocos,   admiten   el   error,  la  confusión.  Seguidamente  agrega:   

“Tratándose  de  estos  indicios,  la  relación  del  hecho  indicador  con  el  indicado, está  constituida   por   leyes   de   carácter   relativo,  contingente,  que  sufre  excepciones.   

“La inferencia en  el  indicio  contingente,  debe  conducir con un alto  grado  de  probabilidad, a la correspondiente conclusión, descartando otras que  se presenten en el caso concreto.   

“Si  el  indicio  conduce  a  diversas  y  variadas  conclusiones, no es  grave,  sino  leve,  y  consecuencialmente  no puede generar certeza, sino dudas  (…)”  -Subrayas  en  el  texto-.   

          Y  como  en  la  sentencia  no  se  aplicaron  las reglas de la sana  crítica,  también  se  torna notorio el yerro denunciado en la apreciación de  las  pruebas,  alega  el  censor,  violándose  de  esta  manera  las  leyes del  conocimiento,  la  ciencia,  la  experiencia  o  el  sentido común, errores que  resultan  aún  más  evidentes  cuando  se  trata  de  una  condena  injusta  y  desproporcionada  que  dice  relación con una conducta punible que conforme con  la  definición  legal  establecida  en el Art. 27 del C. Penal, probatoriamente  corresponde a unas lesiones y no al atentado a la vida imputado.   

          Inferencias  diversas  a  la  ya señalada  localización  de  la herida, tales como el sorprendimiento en flagrancia de los  encartados,  la  resistencia  en  entregarse, el agotamiento de la munición que  portaban,  y  de  las  expresiones  que  uno  de ellos le lanzaba al otro -dele,  dele-,  tampoco  permiten colegir ese propósito inequívoco de matar, cuando en  el  fallo  nada  se  hizo  para  descartar  otras conclusiones a las que bien se  hubieran  podido  llegar  con  esos  mismos  elementos de juicio. Si se hubieran  apreciado  los  indicios  en  conjunto  teniendo  en  cuenta  su  gravedad,  concordancia y convergencia, y su  relación  con  los  medios  de prueba que obran en el proceso como lo ordena el  Art.  287 del C. de P. Penal, con seguridad no se hubiera aplicado indebidamente  el  Art.  27  del  C.  P.  La  experiencia  y la lógica no permiten deducir con  certeza  que todo el que dispara en las circunstancias en que lo hizo uno de los  procesados,   tenía   el   inequívoco   propósito   de   matar,   reitera  el  actor.   

          La  trascendencia  del referido yerro estriba en que por la indebida  aplicación  del  Art.  27 del C. P., se condenó a su asistido por tentativa de  homicidio,  dejándose  de  aplicar  por  contera los Arts. 111 y siguientes del  citado  Estatuto  que  definen las lesiones personales, así como los Arts. 6º,  7º  y  232 del C. de P. P. que definen, en su orden, la legalidad, el beneficio  de   la   duda  para  el  procesado  y  la  certeza  para  condenar,  remata  el  libelista.   

          Casar   la   sentencia  recurrida  “para  reemplazarla  con un fallo que condene a mi defendido por lesiones personales, y  no  por  tentativa  de  homicidio  agravado”,  es la  petición que el censor le hace a la Corte.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Protuberantes  fallas de técnica casacional, impiden que la demanda  de    cuyo    aspecto   formal   se   ocupa   la   Sala   tenga   vocación   de  prosperidad.   

         Ciertamente,  el  recurrente  formula  como reparo a la sentencia de  segundo  grado  acusada  la  violación  indirecta  de la ley sustancial, por la  configuración  de  supuestos  errores  de hecho en la apreciación de la prueba  indiciaria  en la que se sustenta, lo cual llevó al Tribunal a proferir condena  por  tentativa  de  homicidio  cuando  lo  cierto  es  que  una de las conductas  imputadas resulta constitutiva de lesiones personales.   

Pues bien, en primer término debe destacarse  cómo  con  reiterada insistencia viene repitiendo la Corte que es perfectamente  posible  atacar  en  sede de casación los errores de juicio que se presentan al  momento  de  elaborar  los  indicios,  a  condición  de  que  se tenga claro el  concepto de dicho medio de prueba.   

La  ley  procesal no define al indicio, pero  señala  los  elementos  que lo integran. De acuerdo con el Art. 284 del Código  de  Procedimiento Penal el indicio está constituido por un hecho indicador, que  debe  estar  adecuadamente probado, la inferencia lógica, y el hecho indicado o  inferido.  Conforme  a ese señalamiento, por indicio cabe entenderse el proceso  intelectual  que  se  hace  a  partir  de  un  hecho o circunstancia debidamente  acreditado  dentro  del  proceso,  al  que  se  aplican  las  reglas  de la sana  crítica,  a  fin  de alcanzar la máxima aproximación al descubrimiento de una  realidad desconocida.   

Por eso, si la crítica se dirige a la prueba  del  hecho  indicante,  pueden  postularse distintas formas de censura, como por  ejemplo  por  falsos  juicios  de  identidad,  porque la expresión material del  medio  probatorio  fue alterada o tergiversada para ponerla a expresar otra cosa  distinta,  o de existencia, en cuanto se supone la prueba en la que se sustentó  su  demostración,  como  también  un  error  de  derecho  por  falso juicio de  legalidad,  si el desatino consiste en dar por acreditado el hecho indicador con  un   medio   de   convicción   allegado   con   violación  al  debido  proceso  probatorio.   Empero,  si  de  impugnar el proceso de inferencia lógica se  trata,  sólo  es  posible demostrar cómo el curso del pensamiento del juzgador  estuvo  alejado  por  completo  de  las reglas de la sana crítica, al punto que  trastocó  los  dictados  de  la lógica, desconoció las leyes de la ciencia, o  ignoró  las reglas de la experiencia -Cfr. auto de casación del 5 de diciembre  de 2002, Rdo. 18246, M.P. Jorge Aníbal Gómez Gallego-.   

El demandante no repara en tales directrices,  porque   confunde  repetidamente  el  hecho  indicador  con  la  prueba  que  lo  demuestra,  no  logrando  concretar,  y  menos  desarrollar,  cuáles fueron los  principios  lógicos,  las  máximas de la experiencia, o las leyes científicas  objeto  del  supuesto  quebranto  que  condujeron al Tribunal a unas inferencias  contrarias a la verdad de la que informa el proceso.   

Por el contrario, la sustentación del cargo  está  fundada  en  unos  desacuerdos  con  el  grado de convicción que algunos  elementos      probatorios      forjaron      en      el       Ad-Quem,  los  cuales  lo  llevaron  a una  conclusión  totalmente  diversa  a  la del demandante cuando decidió  con  certeza  acerca  de  la  responsabilidad  penal  de  su  defendido  y  el  de su  compañero  de  causa  en  relación  con  el  homicidio  imperfecto  que se les  endilga.   

Era  de  esperarse pues, que el casacionista  dedicara  su  atención  a  los  medios  probatorios  base  de  la construcción  indiciaria,  no  para  emular con el sentenciador sobre el mérito persuasivo de  los  mismos,  sino  para  que  enseñara  de  qué  manera  el  juzgador  por la  vulneración  de  los  dictados  de la lógica, las máximas de la experiencia o  las  leyes  científicas, se insiste, produjo una decisión absurda por hallarse  en contravía de la realidad procesal.   

Esa  expectativa  devino  fallida, porque el  censor  sólo  se  dedicó  a la enunciación genérica de las violaciones a los  postulados  de  la  sana  crítica  pretextadas,  y  sin  realizar la pertinente  confrontación  con  los  argumentos  del Tribunal que ha lugar en estos eventos  cuando  se  denuncian  vicios  de  aquella  naturaleza,  dedujo sus particulares  conclusiones  manifestando  que  el  haz probatorio examinado por el fallador lo  único  que demuestra es que el comportamiento que se le atribuye a su defendido  resulta  ser  constitutivo  de  lesiones  personales,  mas  no  de  tentativa de  homicidio,  afirmación  esta  que  hace  que  el  dislate  se  torne mayúsculo  haciendo  aún  más  patética la informalidad de la demanda, como seguidamente  se verá.   

En  efecto,  ocurre que en el caso planteado  por  el actor el precepto que en su criterio recoge correctamente el supuesto de  hecho  que da lugar a la imputación penal, si bien se halla descrito dentro del  mismo  Título en que se encuentra tipificado uno de los  delitos objeto de  la   acusación   -Primero-,   implica  sin  embargo  un  desplazamiento  en  el  ordenamiento  sustantivo  a  distinto Capítulo que conlleva a una variación en  la  denominación  genérica  de  la  conducta  -lesiones  personales (Capítulo  Tercero)   en   vez   de   homicidio   imperfecto   (Capítulo  Segundo)-.    

En  un  tal  evento, es menester acudir a la  causal  tercera  a  efectos  de enmendar el yerro originado en la resolución de  acusación,  para  así  poder entrar a proferir el fallo conforme a ella.   No  obstante,  su  demostración  impone  seguir  los  derroteros  de  la causal  primera,  por  cuanto el vicio trasciende a la validez de la actuación en forma  tal  que  si  se  corrige  con  fundamento en la causal primera, como lo pide el  demandante  al  solicitarle  a  la  Corte  dictar  el  correspondiente  fallo de  reemplazo,  se  incurre  en  un  nuevo  desatino  al  no  quedar la sentencia en  consonancia con el pliego de cargos.   

De ahí que el yerro que acusa el demandante  debió  haberlo  formulado  al amparo de la causal de casación que en este caso  regula el asunto.   

Por   manera   que,   ante   la  genérica  enunciación  del  pretextado  vicio  sin  observar  el menor rigor técnico, la  demanda  se ofrece inidónea para su estudio de fondo,  razón  suficiente  para  inadmitirla  y  declarar  la  consiguiente deserción del recurso interpuesto.   

           

         En  mérito  de  lo  expuesto,  LA CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, Sala  de Casación Penal,   

         R E S U E L V E:   

         INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada a nombre de GUSTAVO  LÁZARO   JIMÉNEZ   por   su   defensor.    En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso,  conforme  a las motivaciones  plasmadas  en el cuerpo de este proveído.     

Contra  este auto no procede recurso alguno,  en  virtud  a  lo  dispuesto  en  los Arts. 213 y 187, inc. 2º de la Ley 600 de  2000.   

                

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

            

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                 HERMAN      GALÁN  CASTELLANOS   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                            JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

ÉDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                    ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

Comisión de servicio  

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN                      JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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