17007(07-02-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    República de Colombia  

         

Corte Suprema de Justicia  

Proceso No 17007  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 12  

         Bogotá,   D.   C.,   siete   (07)   de  febrero  de  dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

         En sentencia del 11 de mayo de 1998, un  Juzgado  Regional de Cúcuta condenó al señor Olinto  Mantilla  Rivera  a las penas principales de 44 años  de  prisión  y  multa  de  cien  salarios  mínimos  legales  mensuales  y a la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por diez años, al  encontrarlo  penalmente  responsable,  como  coautor, del concurso de delitos de  homicidio  agravado y rebelión. Además, le impuso la obligación de indemnizar  los    perjuicios    causados    y   le   negó   la   condena   de   ejecución  condicional.   

         Recurrida  el  fallo por el defensor, en decisión del 26 de agosto  de  1999  el  Tribunal  Superior  de  Cúcuta,  luego de descartar agravante del  artículo  324-8,  confirmó  lo  relacionado  con  el  homicidio y absolvió al  señor   Mantilla  Rivera  respecto  del  cargo  de  rebelión,  en virtud de lo cual modificó la sanción  principal, que dejó en 41 años.   

         El  apoderado  del sindicado interpuso, el seis de octubre de 1999,  recurso  de  casación,  que se concedió el 14 siguiente y la Sala se pronuncia  de  fondo  sobre  la  demanda  que en su sustento se presentó el 11 de enero de  2000.   

HECHOS  

         Aproximadamente  a  las  6:30  de la tarde del 31 de marzo de 1994,  varios  hombres  armados,  que  dijeron  ser  integrantes  del  grupo subversivo  denominado  Ejército  de  Liberación Nacional, E. L. N., se hicieron presentes  en  la  casa  de  FIDEL  MORENO,  ubicada  en  la vereda El Caucho de Arauca, le  ordenaron  a  OSTIANO LÓPEZ ARRIETA, quien allí se encontraba, que se arrojara  al  piso  y  le  efectuaron diez disparos que causaron su deceso. ANDRÉS LÓPEZ  JULIO,  testigo  de  los  hechos,  señaló  a  dos  de  los  responsables de la  agresión  como GUILLERMO HERNÁNDEZ y Olinto Mantilla  Rivera.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

         Adelantada  la  correspondiente investigación, el 27 de febrero de  1997    se    profirió    resolución   de   acusación   contra   Olinto  Mantilla  Rivera, por el concurso  de  delitos  de  homicidio  agravado  en los términos del artículo 324-7-8 del  Código  Penal  de  1980, modificado por el 30 de la ley 40 de 1993, y rebelión  previsto  en  el 1° del decreto 1.857 de 1989, que fue adoptado como permanente  por el 8° del decreto 2.266 de 1991 (fl. 237, C. 2).   

         El  11  de  mayo  de 1998, un Juez Regional de Cúcuta profirió la  sentencia  de  condena ya reseñada (fl. 137, C. 3), decisión que, apelada, dio  lugar  a  la  del  Tribunal  Superior del 26 de agosto de 1999, que confirmó lo  relacionado  con  el  homicidio,  sin  el  agravante de los fines terroristas, y  revocó  lo  relativo  al cargo de rebelión, por el cual absolvió al sindicado  (fl. 10, C. T.).   

         El  señor  defensor  interpuso recurso extraordinario de casación  el  seis  de  octubre  de 1999 (fl. 33, C. T.), que se concedió el 14 del mismo  mes  (fl.  35)  y el 11 de enero de 2000 se presentó la respectiva demanda (fl.  43),  la cual se admitió el 17 de julio siguiente y el 1° de noviembre de 2001  se recibió concepto del Procurador Segundo Delegado en lo Penal.   

LA DEMANDA  

         El  defensor  formula  un cargo al amparo de la causal tercera, por  cuanto  la  sentencia se dictó en un juicio viciado de nulidad, toda vez que se  incurrió  en  la  causal primera de invalidación, esto es, que la profirió un  juez  regional  que  carecía  de competencia, por cuanto el delito de rebelión  era  inexistente,  como finalmente lo reconoció el Tribunal, lo cual adjudicaba  el  conocimiento  al funcionario del circuito, dado que el homicidio agravado no  correspondía a esos funcionarios especializados.   

         Agrega  que  al  tramitarse  la  actuación  por  fiscales y jueces  regionales,  se  lesionaron  garantías  del sindicado porque esta jurisdicción  restringe  derechos  fundamentales  al debido proceso, la libertad y la dignidad  humana  al  aumentar  los  términos  de  instrucción y juzgamiento, manejar en  forma  inadecuada los informes de inteligencia y no realizar audiencia pública,  todo  lo  cual  le  permite  solicitar  que  se  declare  la  nulidad  desde  la  resolución de apertura de instrucción.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

         El  Procurador  Segundo  Delegado  en lo Penal solicita no casar la  sentencia,  pues  si  bien  el  actor  escogió  la  causal  adecuada,  falta de  competencia,  al  sustentarla  aludió  a  aspectos  propios  del debido proceso  regulados  para  fiscales  y  jueces  regionales,  que  no estructuran causal de  invalidación  porque  la  Corte Constitucional reconoció la conformidad con la  Carta  de las leyes que establecieron procedimientos distintos para investigar y  juzgar   delitos   considerados  graves,  como  los  que  conoce  la  denominada  “justicia  regional”.   

         Agrega  que  como desde un comienzo se informó que el homicidio se  cometió  por  un  grupo  subversivo,  se  abrió investigación por rebelión y  homicidio  agravado  por  actividades  terroristas,  por  los cuales se acusó y  dictó  fallo  de  primer  grado,  no  existe  nulidad alguna por cuanto los dos  delitos  estaban  adjudicados  a jueces y fiscales regionales y la circunstancia  de  que  el fallo de segunda instancia descartara esas conductas, lo que además  sustentó  en  la  duda,  en  modo  alguno  varía  las  reglas  de  competencia  consideradas para instruir y juzgar.   

         El  Procurador  Delegado solicita que la Corte aplique el principio  de  favorabilidad  y  redosifique  la  pena  en los términos del actual Código  Penal,  pues  estima  que  ello  compete  a  la  Sala,  así no sea objeto de la  demanda,  y no al juez de ejecución de penas, pues éste realiza ese ejercicio,  pero  respecto  de  lo  sucedido con posterioridad a la ejecutoria del fallo, lo  que  no  sucede  hasta que se decida el recurso extraordinario. Por tanto, hasta  que  el  fallo  no  haga  tránsito  a  cosa  juzgada,  corresponde  aplicar  la  favorabilidad al funcionario judicial que conoce el proceso.   

CONSIDERACIONES  

         1.  Si  bien  la  defensa en momento alguno dentro del trámite del  proceso  acudió a la incompetencia, le asiste interés por cuanto ha optado por  la  nulidad  como  motivo  de  casación, y la ha cimentado en la incompetencia.  Así  lo  ha dicho la Sala en varios pronunciamientos, por ejemplo, en el del 11  de febrero de 1999 (M. P. Fernando Arboleda Ripoll).   

         2.  El censor incurre en errores de técnica, como que, vgr., luego  de  enunciar  como  causal  de  nulidad la incompetencia del funcionario, quiere  desarrollarla  aludiendo  a  aspectos  relacionados con faltas al debido proceso  que,  por estructurar diversa hipótesis de invalidación, ha debido plantear en  capítulo separado.   

         El  demandante  hace consistir las irregularidades sustanciales que  afectan  el  proceso  como  es  debido  en  que los procedimientos de la llamada  justicia  regional  limitan  garantías  fundamentales al permitir el aumento de  los  términos  para  la  instrucción  y  el  juicio,  el manejo de informes de  inteligencia  y  la  inexistencia  del  debate  público  en  la  audiencia. Los  reproches,  por  lo  genéricos,  no  pueden  prosperar,  porque  se limitaron a  disquisiciones  teóricas,  sin  especificar  que en el caso concreto del señor  Olinto  Mantilla  Rivera se  afectara alguno de esos derechos.   

         Por  lo  demás,  las  normas  que erigieron la jurisdicción y los  procedimientos  de  la  llamada  justicia  regional,  hoy  especializada, fueron  encontradas  conformes  con la Carta por parte de la Corte Constitucional, en el  entendido  de  que  no  infringen  el  principio de igualdad ante la ley, porque  tratándose  de  delitos  de  especial  gravedad,  es  válido que el legislador  aplique   criterios   razonables   de   diferenciación,   máxime  que  aquella  legislación   especial   respeta   las   garantías   de  defensa,  permite  la  controversia    probatoria,   solicitar   su   práctica,   incluso   desde   la  investigación   preliminar,  y  la  postulación,  por  escrito,  previa  a  la  sentencia (confrontar: sentencia C-150 de 1993).   

         3.  Además  de  tales falencias, no asiste razón al demandante en  sus  argumentos.  En efecto, los hechos origen del fallo demandado ocurrieron el  31  de  marzo  de  1994,  fecha  para la cual regía el Código de Procedimiento  Penal  de 1991 (decreto 2.700) que en el numeral 4° de su artículo 71, con las  modificaciones  que  le introdujo el 9° de la ley 81 de 1993, estableció que a  los       jueces       regionales       competía      conocer      “De los delitos contra la existencia y  seguridad  del  Estado  y  de  los  delitos a que se refiere el decreto 2.266 de  1991,  con la excepción del simple porte de armas de fuego de defensa personal,  de   la   interceptación   de  correspondencia  oficial  y  delitos  contra  el  sufragio”.   

         El   citado  decreto  2.266,  en  su  artículo  8°  adoptó  como  legislación  permanente  el  1°  del  decreto 1.857 de 1989, que tipificaba el  delito  de rebelión, de lo cual surge que para el momento en que ocurrieron los  hechos  esta  conducta  se  encontraba asignada para su juzgamiento a los jueces  regionales.   

         Por  otra  parte, el numeral 5° del artículo 71 procesal de 1991,  también  decía  que “Los  jueces  regionales  conocen: … De los delitos de … homicidio agravado según  el    numeral    8°   del   artículo   324   del   Código   Penal”  de  1980 (decreto 100), norma ésta  que,  con  la  modificación  que  le  introdujo el artículo 30 de la ley 40 de  1993,   definía   como   homicidio   agravado,   aquél  cometido  “Con   fines   terroristas,   (o)  en  desarrollo        de        actividades        terroristas       …”.   

         A  su  vez,  el artículo 126 del decreto 2.700 de 1991, asignaba a  los  fiscales  delegados ante los jueces regionales las funciones de investigar,  calificar  y  acusar en los casos adelantados por delitos de competencia de esos  juzgadores.  La  reseña  normativa,  que era la que regía cuando se cometieron  los  hechos  investigados,  acredita  que  el  conocimiento  de  los  delitos de  rebelión  y  homicidio  con fines terroristas correspondía a fiscales y jueces  de       la       denominada      “jurisdicción   regional”.   

         Las  disposiciones procesales en cita rigieron hasta el  29 de  junio  de 1999, fecha en que comenzó la vigencia de la ley 504 de ese año, que  además  de  cambiar el nombre a los jueces y fiscales regionales, que pasaron a  denominarse  especializados, dejó a estos la competencia para seguir conociendo  del  delito  de  homicidio  agravado según el numeral 8° del artículo 324 del  Código  Penal  de  1980 (con fines terroristas), pero se la quitó en relación  con  la  rebelión,  que  al  eliminarla de los delitos enunciados en su numeral  6°,  quedó  radicada en los jueces del circuito, en virtud de la regla general  por excepción prevista en el numeral 1° de su artículo 72.   

         En  estas  condiciones,  desde  el  31  de  marzo  de  1994 (cuando  sucedieron  los  hechos)  hasta  el  28  de junio de 1999, las normas procesales  asignaban  la  competencia  para  conocer  del homicidio, agravado por los fines  terroristas,  y  la  rebelión  a  los  funcionarios de la llamada jurisdicción  regional,  y  desde  este  último momento el primer delito quedó asignado a la  misma,  que  pasó a denominarse especializada, en tanto que el segundo, si bien  se  trasladó  a  los  juzgados  del  circuito,  por razones de conexidad debía  seguirse  conociendo  bajo  una  misma cuerda procesal, en virtud de la regla de  “competencia    por  conexidad” prevista en el  artículo  89  del decreto 2.700/91, modificado por el 13 de la ley 81 de 1993 y  8°    de    la    ley    504    de    1999,   según   la   cual   “Cuando  se  trate  de conexidad entre  hechos  punibles  de  competencia  del  juez  penal del circuito especializado y  cualquier   otro   funcionario   judicial,   corresponderá   el  juzgamiento  a  aquél”.   

         4.  La  primera  noticia  que  se  tuvo  sobre la ocurrencia de los  hechos,  la  declaración  de  ANDRÉS  LÓPEZ  JULIO, rendida el 15 de abril de  1994,  refiere  que  los  homicidas  se  anunciaron  como  integrantes del grupo  subversivo    E.   L.   N.,   agregando   que   en   la   región   “eso  se  sabe  que  ellos  son  de la  guerrilla”  (fl.  10, C.  1);   este   relato   fue   corroborado   por  investigadores  del  Departamento  Administrativo  de  Seguridad,  D.  A.  S., que en informe del 22 del mismo mes,  señalan la condición de rebelde de uno de los agresores (fl. 14).   

         En  estas  condiciones,  la  decisión  del  24  de mayo de 1996, a  través  de  la  cual  la  Fiscalía  Regional de Cúcuta dispuso la apertura de  instrucción  por  los  delitos  de  homicidio  y  rebelión (fl. 190, C. 1), se  muestra   conforme  con  la  legalidad,  por  cuanto  los  elementos  de  juicio  existentes  en  la  actuación  indicaban  que  lo  sucedido  se adecuaba a esas  conductas,  las  cuales  imputó  al resolver situación jurídica, donde dedujo  los  delitos  de  homicidio,  agravado  según  el artículo 324-7-8 del Código  Penal de 1980, y rebelión (fl. 285).   

         La  situación  probatoria  y  jurídica,  sobre  este tópico, era  idéntica  para  el  28 de enero de 1997, fecha en que se dispuso la clausura de  la  instrucción  (fl.  202,  C.  2)  y  el  27  de febrero siguiente, cuando se  profirió  resolución  de  acusación  imputando los mismos delitos y, respecto  del  atentado  contra  la  vida,  se  aclaró que como se demostró “el temor y la zozobra que causó este  hecho,  el  cual  se prolongó en el tiempo y conmocionó a un grupo poblacional  notable,  vale derivar igualmente que tal homicidio se ejecutó en desarrollo de  actividades     que     tienen     la     connotación    terrorista” (fl. 250).   

         El  juicio  se  adelantó  con  base  en  esos  parámetros y en la  sentencia  de  primera  instancia,  del  11  de  mayo de 1998, el juez encontró  demostradas  las  conductas  punibles  que  dedujo  la acusación y condenó por  ellas   (fl.  137,  C.  3),  contexto  dentro  del  cual  surge  desacertada  la  pretensión  defensiva,  por  cuanto  el  material probatorio existente desde el  inicio  de la investigación y valorado en las diversas fases del proceso penal,  permitió  concluir  a  la  fiscalía  y  al juzgador de primera instancia en la  estructuración  de  los delitos de rebelión y homicidio agravado por sus fines  terroristas,  todo  lo  cual  sucedió  en vigencia del Código de Procedimiento  Penal  de  1991,  estatuto  que,  como ya se analizó, adjudicaba la competencia  para  investigar,  juzgar  y condenar por esos dos hechos punibles (no sólo por  la  rebelión,  como  erradamente entendió la defensa), a los fiscales y jueces  regionales.   

         Si  el  principio del juez natural, que deriva del mandato superior  del  artículo  29  de  la  Constitución  Política,  comporta  que  quien  sea  sindicado  de  un delito debe ser juzgado por el juez competente que, conforme a  la  ley,  preexista  al  acto  que  se  imputa,  concluye la Sala, en contra del  parecer  del  casacionista y acorde con el concepto del Ministerio Público, que  el  mismo  se  respetó  en  su  integridad,  pues los funcionarios “regionales”   fueron  los  que  adelantaron  la  instrucción,  el  juicio  y profirieron sentencia, y, al hacerlo, siguieron las  reglas del legislador procesal.   

         No  se  puede  pretender, como parece entenderlo el impugnante, que  como  la  decisión  del  Tribunal  revocó  lo  atinente  a  la  rebelión y la  agravante  del  homicidio  referida  a  los  fines  terroristas, ello varíe las  reglas  de  competencia, toda vez que estas se soportan en lo demostrado en cada  fase  procesal y, en este asunto, desde la apertura de la investigación obraban  elementos  de juicio que, conforme a lo analizado por los funcionarios dentro de  su  discrecional labor de apreciación, les permitían adecuar la conducta a los  delitos     que     el     legislador     adjudicó    a    esa    jurisdicción  especializada.   

         Nótese  que  la decisión de segunda instancia, para descartar los  elementos  que  asignaron  el  conocimiento  a  los  funcionarios de la justicia  regional,  no  se  soportó  en  que los análisis de estos derivaran de simples  conjeturas  o  razonamientos  subjetivos, sino porque, en su criterio, no obraba  suficiente  prueba que generara el grado de certeza requerido para condenar (fl.  24, C. T.).   

         Concluye  la  Sala  que  la  demanda  puesta a su consideración no  demostró  el  error  planteado,  que  no  existió,  en  atención a lo cual se  desestimará no casando el fallo impugnado.   

De la redosificación punitiva  

        El  Ministerio  Público  solicita  que  así  no  sea objeto de la  demanda,  la  Sala  redosifique la sanción por causa del derecho fundamental de  la  favorabilidad, toda vez que el nuevo Código Penal (ley 599 de 2000) resulta  menos  restrictivo  que el decreto 100 de 1980, en cuya vigencia se profirió la  condena;  en  el  mismo  sentido se ha dirigido a la Sala el señor Mantilla   Rivera   y   ya   se  le  ha  respondido.  Acota  el  Procurador  que  el  principio debe ser aplicado por los  jueces  de  ejecución  de  penas a partir de que el fallo haga tránsito a cosa  juzgada,  lo  cual sólo sucede con la sentencia de casación, por lo que, hasta  ese  momento,  la  decisión  debe  adoptarla el de conocimiento, entendiéndose  como tal tanto a los de instancia como a la Corte.   

        Sobre  la  solicitud,  dígase  que  en  materia  de  casación  la  competencia   del   Ministerio  Público  -ciertamente  bien  importante-  está  circunscrita  exclusivamente  a   emitir   concepto  sobre  la  demanda,  tal  como  emana  de los artículos 226 y 213 de los Códigos de  Procedimiento  Penal  de 1991 y del 2000, respectivamente. Siendo así, le está  vedado,  por  ejemplo,  complementar  libelos,  estructurar e intentar causales,  pronunciarse  sobre  peticiones  presentadas  durante  el trámite del recurso o  hacer  requerimientos  que no se hallen íntimamente vinculados con el contenido  del libelo sustentatorio de la impugnación.   

        Si  la tarea del juez de casación se dirige hacia la legalidad del  fallo  recurrido,  lo  que  implica un “juzgamiento”  a  la  labor  desarrollada  por  los  jueces  de instancia, no se ve cómo pueda  desviar  su atención hacia otros tópicos. Y si ello le está vedado al juez de  casación,  con  mayor  razón  al  Ministerio Público, cuya función -se dijo-  está  perfectamente  delimitada  en  la  ley  procesal.  Exclúyense  de  esto,  naturalmente,  aquellas  hipótesis  en  las que la Corte detecta protuberantes,  ostensibles  razones  de  invalidación y/o fácilmente perceptibles atentados a  las  garantías  constitucionales, eventos en los cuales ella, la Corte, procede  de oficio.   

        Y  sobre  el punto ya la Sala se ha pronunciado reiteradamente, por  ejemplo  en  las  decisiones  que  de  la  misma cita el señor Procurador en su  escrito.   

        Por  lo demás, para efectos de la eventual favorabilidad debida al  tránsito   de   normas,   el   ciudadano   Mantilla  Rivera,  como  ya  se  le  hizo saber hace poco, bien  puede   dirigirse   al   Juez   de   Ejecución   de   Penas  y  de  Medidas  de  Seguridad.   

        En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

        No casar la sentencia impugnada.   

         

        Comuníquese y cúmplase.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                          JORGE   E.  CÓRDOBA  POVEDA             

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS                                          CARLOS    A.    GÁLVEZ    ARGOTE                                                     

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO                                ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO           

CARLOS  EDUARDO MEJÍA ESCOBAR                              NILSON    E.    PINILLA  PINILLA                        

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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