14482k

1999

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    PROCESO No. 14482  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr.   JORGE  E.  CÓRDOBA POVEDA   

Aprobado acta N° 149  

Santafé  de Bogotá, D.C., treinta (30) de  septiembre de mil novecientos noventa y nueve (1999).   

         V I S T O S   

Resuelve la Sala si la demanda de casación  presentada  a  nombre  del  procesado  JOSÉ  IGNACIO  GARZÓN  VALENCIA  reúne los requisitos legales para  su admisión.   

         A N T E C E D E N T E S   

1.-   El juzgador de segunda instancia  sintetizó los hechos así:   

         “Tuvieron  ocurrencia  el  25  de  noviembre  de  1996, en el lugar  denominado  ‘Academia  de  Billares  de  7K’  de  la ciudad de Pereira. Allí se  encontraban  los  señores  Hernando  Bedoya  Román  y Jesús Eliécer Londoño  tomando  tinto  y  hablando  de  negocios,  ya  que  ambos se desempeñaban como  comisionistas.  Antes  de  salir,  el primero de ellos se dirigió al baño, con  tan   mala  suerte  que  al  regresar,  un  individuo  le  produjo  heridas  que  interceptaron  órganos  vitales,  causándole  la  muerte inmediata. El agresor  aunque  trató  de huir, fue capturados por uniformados que, coincidencialmente,  se encontraban en el sector”.   

2.-   El  Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  de  Pereira,  mediante  sentencia del 8 de octubre de 1997, condenó a  José  Ignacio  Garzón Valencia a la pena principal de 25 años de prisión y a  las  accesorias  de  rigor,  como  autor  del  delito   de homicidio.    

Inconforme  con  la  anterior decisión, el  defensor  del  procesado la recurrió en apelación, la cual al ser desatada por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  la  misma  ciudad, el 12 de  diciembre  de  dicho  año,  la confirmó integralmente, fallo contra el cual se  interpuso el recurso extraordinario de casación.   

         LA DEMANDA DE CASACION   

El  defensor  del  sindicado  José Ignacio  Garzón  Valencia,  al  amparo  de  la  causal  primera, formula un único cargo  contra  la  sentencia  de  segundo  grado.  Sus  argumentos se pueden sintetizar  así:   

Acusa  al  fallador  de  haber transgredido  indirectamente  el  art. 323 del C. P., por error de hecho, generado en un falso  juicio    de    identidad,    cometido    en    la   apreciación   del   caudal  probatorio.   

Como   normas   transgredidas   cita  los  artículos  246,  247,  254,  294  y  301  al  303  del Código de Procedimiento  Penal.   

Luego   de   expresar   que  los  citados  yerros   se  cometieron  al  apreciar  los  testimonios  de Jesús Eliécer  Londoño  Galeano  y Humberto Ramírez Lemus, transcribe una porción del fallo,  según  la  cual,  aquél  percibió  los hechos de modo directo, cuando “este  testigo   nada  aporta  de  verdad  para  la  conformación  de  la  certeza  de  responsabilidad  que permita suponer fundadamente la autoría material en cabeza  del condenado”.   

A  renglón  seguido,  refiriéndose  a una  consideración del fallador, dice:   

         “Entonces  no  acierta  el Honorable Tribunal cuando manifiesta que  el  testimonio  de  Jesús  Eliecer  Londoño Galeano estructura plena prueba de  responsabilidad.  Una  versión  tan  distante de la precisa apreciación de los  hechos  objeto de investigación no alcanza erigirse como sólida concreción de  una certeza de responsabilidad”.   

Luego  de  exponer  los  hechos  desde  su  personal óptica, agrega:   

         “A     IGNACIO    GARZÓN  nadie  lo  vió  hiriendo  a  nadie.  En  medio  de la confusión  suscitada  en  la calle por el hurto repentino la gente toda se volcó hacía la  puerta  de  salida  para  presenciar  los hechos, por ello nadie se percató del  ataque  a  BEDOYA ROMAN. En  consecuencia  la acusación contra GARZÓN carece de lógica y de sentido jurídico”.   

         “La  valoración  que  el Tribunal de instancia le da al testimonio  del   señor  LONDOÑO  es  sumamente  precaria  en  su  concepción jurídica y por ello requirió, para su  soporte   de   condena,  una  calificación  filosófica  incomprensible  y  una  inexplicable   justificación   científica   basada   en   aspectos   síquicos  absolutamente indemostrable”.   

En  cuanto  al testimonio de Ramírez Lemus  estima  que se muestra inseguro, “pues se hallaba completamente distraído, como  los  demás  transeúntes,  en  la  contemplación  de  la  captura  del ladrón  callejero    que    la    policía   había   sorprendido   en   mitad   de   la  vía…”   

Luego  de  reseñar algunos apartes de esta  declaración  y  de  hacer  un  breve  comentario,  asevera  que al procesado lo  capturaron  por  mera “sospecha”, “porque al acompañante del muerto le pareció  extraño  el  individuo  que  se  asomó  a  la puerta y los miró, por esa sola  circunstancia.  Y  en media calle, cuando la algarabía del hurto, aprovechó la  presencia  de  los policías que retuvieron al pillo y les dijo que ese otro, el  ciudadano   que   se   le   pareció   al  indigente,  había  apuñalado  a  su  amigo.”   

Agrega:  

         “A  mi  defendido  se  le  condena  por  haber  estado  en el lugar  equivocado  y  el  momento  equivocado.Y  lo  más  grave,  él  no  es  ningún  indigente,   es   un   ciudadano   normal,   de  buenas  costumbres,  con  buena  presentación   personal,  sin  vicios,  miembro  de  un  hogar  cristiano,  sin  antecedentes  de  ninguna índole. Es una persona muy diferente a la que vió el  amigo del occiso merodeando el sitio del delito”.   

Posteriormente  asegura  que  el  observar  corriendo  a  un  individuo  cuando  todo el mundo lo hace, “no puede significar  jamás  presunción de certeza. Escuchar que fue hallada un arma en la puerta de  un  negocio  no  puede  ser  tampoco prueba de responsabilidad. Es prueba sí, y  contundente,  de  que  mi  defendido  no  salió corriendo con el cuchillo en la  mano”.   

Recapitula  afirmando que con esas clase de  “presunciones”  no  se  puede  condenar  a  un ciudadano, “a quien no se le pudo  demostrar,  con  pruebas fehacientes y certeras, su participación en los hechos  criminosos”.   

Anota  que  la  Sala  en su real sabiduría  “hallará  las  razones  no  muy claras que condujeron al Juez de instancia y al  Tribunal  a  apreciar  en  forma tan aberrante y tan contraria a la lógica y al  derecho  unas  pruebas  que  por sí mismas están clamando, sin mayor análisis  jurídico  y  con  elemental  sentido de lo obvio, que su valor para absolver es  fundamental y absolutamente”.   

En el acápite que denominó “Conclusiones”,  dice  que  si  los  citados  testimonios  se  hubiesen valorado correctamente se  habría  inferido  que su prohijado no fue el autor de los hechos por los cuales  se le acusó.   

Finalmente,  solicita  a  la Corte casar la  sentencia  recurrida y, en consecuencia, absolver al procesado del delito que se  le imputó.   

         CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

De  la  sola lectura del libelo se advierte  que   el  censor  desconoce  en  su  totalidad  los  parámetros  que  rigen  el  extraordinario  recurso  de casación, ya que el escrito, el que parece más una  alegación  de  instancia  que una demanda, no reúne los requisitos que para su  admisión   exige   el   artículo  225  del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

En  efecto, el numeral tercero de la citada  norma  establece  que  es  obligación  del  demandante,  además de señalar la  causal  y  citar  las  normas  que estime infringidas, indicar, en forma clara y  precisa,    los    fundamentos    en   que   soporta   su   ataque   contra   la  sentencia.   

Si bien es cierto que de la formulación del  cargo  se  infiere  que  el ataque contra la sentencia radica en que el fallador  violó  indirectamente  la  ley  sustancial,  por  error  de  hecho  generado en  un   falso  juicio  de  identidad,  cometido al apreciar los testimonios de  Jesús  Eliécer  Londoño  Galeano  y  Humberto  Ramírez Lemus, sin embargo se  quedó  en  un  simple  enunciado,  ya  que  el  desarrollo  del mismo no guarda  relación con la hipótesis escogida.   

Al  actor  le  era  imperioso,  en  primer  término,  determinar  en  qué  consistieron las presuntas tergiversaciones que  llevaron  al  fallador  a  vulnerar indirectamente la ley sustancial, para luego  demostrarle  a  la Corte, tomando en consideración las demás pruebas allegadas  al  proceso,  que de no haberse incurrido en tales falencias las conclusiones de  la sentencia habrían sido distintas a las adoptadas.   

Estas pautas lógico – jurídicas no fueron  observadas  por  el  censor  quien  limitó  la labor demostrativa a oponerse al  mérito  que  el  Tribunal le otorgó a los citados testimonios, ya que respecto  al  rendido  por  Londoño  Galeano,  luego  de hacer una breve reseña de él y  confrontarlo  con  las consideraciones del Tribunal, asevera que “nada aporta de  verdad  para  la  conformación  de  la  certeza  de  responsabilidad”,  que  el  sentenciador  no acierta  cuando manifiesta que este declarante “estructura  plena  prueba  de  responsabilidad” y que su estimación fue “sumamente precaria  en su concepción jurídica”, etc.   

Igual  posición asume cuando cuestiona el  testimonio  de  Ramírez  Lemus,   de  quien  dice que no pudo observar los  hechos  por  encontrarse  “distraído”, para rematar la censura aseverando que a  un  ciudadano  no  se  le  puede  condenar  cuando “no se le pudo demostrar, con  pruebas    fehacientes   y   certeras,   su   participación   en   los   hechos  criminosos”.   

Así, entonces, resulta claro para la Sala  que   la   inconformidad   del  libelista  radica  en  la  credibilidad  que  el  sentenciador  le  otorgó a los citados testimonios, por ir en contravía en sus  intereses    defensivos,    pero    sin    que    demuestre   el   dislate   que  denuncia.   

Como lo ha reiterado esta Corporación, la  simple  discrepancia  de  criterios  respecto al justiprecio de los elementos de  convicción  no  constituye  desatino  susceptible de ser demandado a través de  esta  impugnación,  prevaleciendo  el  del  juzgador,  por  venir  la sentencia  amparada por la doble presunción de acierto y legalidad,   

Frente a los anotados yerros de la demanda  y  dado  que  a  la  Corte  no  le  es  permitido,  en  virtud  del principio de  limitación,  entrar  a  suplir  sus  inconsistencias,  se impone su rechazo, de  acuerdo  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  226 del Código de Procedimiento  Penal.   

En  mérito  de  lo expuesto, LA  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

        R E S U E L V E   

RECHAZAR    IN    LIMINE  la demanda de casación presentada por el defensor del procesado  JOSÉ    IGNACIO    GARZÓN   VALENCIA.  En  consecuencia, se declara desierto el recurso extraordinario  de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión no procede recurso  alguno (art. 197 del C. de P.P.).   

Devuélvase     al    Tribunal    de  origen.   

Comuníquese y cúmplase.  

JORGE ANIBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO  ARBOLEDA  RIPOLL                           JORGE  E.  CÓRDOBA  POVEDA   

CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE              EDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUÉS                                        CARLOS E. MEJIA ESCOBAR   

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                         NILSON  E.  PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *