10664a

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                                DR.     JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nro: 05   

          Santafé  de Bogotá D.C., enero veinte de mil novecientos noventa y  nueve.   

VISTOS  

          Por  sentencia  del  9 de noviembre de 1994, el Juzgado 58 Penal del  Circuito  de  la  ciudad condenó a FABIO WILLIAM CAITA  SOTO  a  la pena principal privativa de la libertad de  tres  años  y  seis  meses  de  prisión, como autor penalmente responsable del  concurso  de  hechos  punibles  de  Falsedad  de  Empleado Oficial en Documentos  Públicos  y  Peculado  por  apropiación,  conforme  con  el  pliego  de cargos  endilgado.   

          Impugnado  el  aludido  fallo,  mediante  pronunciamiento  del  3 de  febrero  del  año  siguiente  el  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de  Santafé  de Bogotá lo modificó en el sentido de imponer al procesado 37 meses  de  prisión,  en  lugar de los 42 inicialmente deducidos, reduciendo igualmente  en  la  misma  proporción la sanción accesoria a la que el acusado también se  hizo  acreedor,  determinación  contra  la  cual  el  defensor  de CAITA  SOTO   interpuso oportunamente  el  recurso  de  casación.   Concedida  la impugnación extraordinaria, el  respectivo libelo fue declarado ajustado a las exigencias legales.   

          Escuchado   el  criterio  del  Procurador  Primero  Delegado,  quien  sugiere  no  casar  el fallo impugnado, procede la Sala a resolver lo pertinente  previa síntesis de los siguientes   

      

HECHOS  

          Hacia   el   mes   de   octubre  de  1987,  la  jefe  de  vigilancia  administrativa  del Departamento Nacional de Estadística -DANE- logró poner al  descubierto  una defraudación que por la suma de $15.345.oo, se perpetró entre  el  25 de agosto y el 15 de septiembre del citado año en la oficina regional de  la entidad con sede en la Capital de la República.   

Para  la  apropiación  del  numerario  fue  menester  adulterar  algunos  de los comprobantes de egresos de la caja menor de  la  dependencia  en  mención,  procedimiento  en  el que el expoliador mediante  adición    y  retoque  en  la fecha y en el valor real  consignados  en  los recibos, antepuso un dígito para hacerlos aparecer por una  cifra superior a la que verdaderamente correspondía.   

De la autoría de tales hechos se sindicó a  FABIO  WILLIAM  CAITA  SOTO,  almacenista  de  la  dependencia estatal afectada, una de cuyas funciones era el  manejo  de  la caja menor de la oficina en cuestión, quien una vez producida la  notitia  criminis  e iniciada  la  averiguación  disciplinaria que culminó con su destitución, reintegró el  valor       del       ilícito      apoderamiento.       

ACTUACIÓN PROCESAL  

          La  correspondiente  investigación  la  asumió  el  Juzgado  43 de  Instrucción  Criminal  de  la  época, despacho que ordenó la vinculación del  prenombrado  CAITA SOTO y del  mensajero  de la mentada oficina, José Eduardo Rodríguez Molina, a quienes una  vez  se  les  escuchó  en  descargos  el  funcionario  instructor se abstuvo de  imponerles  medida  de  aseguramiento al resolverles la situación jurídica por  interlocutorio   del   19   de   julio   de   1988.    Un   año  después,  aproximadamente,  se profirió cesación de procedimiento en favor de Rodríguez  Molina  en  tanto  que  la  averiguación  prosiguió  respecto del primeramente  citado.   

          Clausurada  la  investigación  por  primera  vez,  el Juzgado 43 de  Instrucción  Criminal  al  calificar el mérito probatorio del sumario decidió  reabrir  la  instrucción  por  el  término  señalado en la ley a fin de   practicar  algunas  pruebas que se echaban de menos, empero producida la reforma  judicial,  fue  a  la Fiscalía 134 Delegada a la que le correspondió continuar  con  el trámite del asunto disponiendo el nuevo cierre del ciclo sumarial, para  seguidamente  decretar  la  nulidad  de  lo actuado por violación al derecho de  defensa del sindicado.   

          Subsanada  la  irregularidad  y  fenecida  nuevamente la etapa de la  investigación,  la  Fiscalía Delegada en mención calificó por segunda vez el  mérito  del  sumario  profiriendo  acusación  contra  el  acriminado  por  los  punibles  de  Falsedad  Material  de  empleado  oficial  en documento público y  Peculado  por  apropiación,  mediante  resolución  del  22 de febrero de 1994.   

          Adelantada  la etapa del juicio por el Juzgado 58 Penal del Circuito  de  esta  ciudad  Capital  y  celebrada  la  vista  pública, el funcionario del  conocimiento  profirió  la  condena de la que ya se hizo mérito, decisión que  al  ser  impugnada  recibió  confirmación  del  Superior  con la modificación  atrás   reseñada   mediante   el   pronunciamiento   que  es  hoy  objeto  del  extraordinario recurso.   

LA DEMANDA  

          Dos  cargos,  uno  por cada causal de casación argüida, formula el  censor contra el fallo de segundo grado cuestionado. Veamos:   

          PRIMER CARGO.   

          Al  amparo  de la causal tercera de casación y con fundamento en la  actuación   procesal  llevada  a  efecto  durante  el  desarrollo  de  la  fase  instructiva,  el  impugnante  acusa la sentencia por haberse proferido en juicio  viciado  de  nulidad  al incurrir el investigador “en  seria  irregularidad  que afectó el debido proceso”,  conforme  con  las  voces  del  artículo  304-2  del  Código  de Procedimiento  Penal.   

          Al  desarrollar  el  cargo, sostiene el recurrente que el Fiscal 134  Delegado  que  asumió  el  conocimiento del asunto amplió en forma indebida el  ciclo   investigativo,   cuando  no  podía  hacerlo,  puesto  que  el  término  instructivo    “se    encontraba   suficientemente  vencido”  desde  el 22 de febrero de 1991; luego era  su  deber  dar  aplicación al derogado artículo 473 del Código Procesal Penal  “cerrando   la   investigación   y  decretando  la  cesación  de  procedimiento”,  como quiera que para  ese  momento  del  proceso  no  se  habían allegado pruebas diferentes a las ya  existentes.   

          Si  el  nuevo  Código  de  Procedimiento  Penal  empezó a operar a  partir  del  1°  de  julio de 1992, en aras del principio de favorabilidad y en  tratándose  del  tránsito  de legislación al Fiscal no le quedaba otro camino  que  dar  aplicación al Decreto 1861 de 1991, acogiendo los argumentos del Juez  43  de  Instrucción Criminal en cuanto a la falta de mérito para acusar -aduce  el  casacionista-  empero,  al  proseguir  con  la  instrucción, irregularmente  amplió  el  término  de  la  investigación  “dando  aplicación  al  nuevo  Código  de Procedimiento Penal, en perjuicio manifiesto  del sindicado”.   

          Para    cimentar    su    tesis   el   censor   transcribe   apartes  jurisprudenciales  de  la  Sala  atinentes  a la sucesión de leyes en el tiempo  cuando  ellas  tienen que ver con la sustanciación y ritualidad de los juicios,  y  la  manera  como  debe  entenderse el principio de favorabilidad a partir del  postulado  consagrado en el artículo 40 de la ley 153 de 1887, para los asuntos  en  los  que  al  entrar  a regir la nueva ley ya han corrido términos y se han  surtido  actuaciones  y  diligencias,  todo  para  concluir  que “En  nuestro caso, no solamente le era favorable la norma anterior al  procesado,  sino  que,  además,  se  encontraba la investigación sujeta a unos  términos  que no se respetaron, los que a su vencimiento debían dar lugar a un  resultado    insustituible,    cual    era    la   de   calificar   el   mérito  sumarial.   

          “Al  haberse  continuado con el trámite  del   proceso   en   forma   irregular,  -prosigue  el  libelista-,   no   se   aplicó   el   principio   de  favorabilidad,  por  no  haberse  dado aplicación a la norma adjetiva penal que  más  le  convenía  al  procesado, que era aquella que se encontraba vigente al  momento  en  que  feneció  el  término  instructivo  ordenado  por  el juez de  instrucción criminal”.   

          Bajo  tales  circunstancias,  por  no  haberse  respetado  el debido  proceso,  la  actuación  deviene  nula  a  partir  del momento en que de manera  extemporánea  el  Fiscal  134 mediante proveído del 7 de mayo de 1993 decretó  la   práctica  de  algunas  pruebas  (Fls.  245  del  cuaderno  1),  arguye  el  casacionista,  por  lo cual solicita se case el fallo recurrido y en su lugar se  profiera el que corresponda.   

          SEGUNDO CARGO.   

          Violación  indirecta  de  la  ley sustancial, es la segunda censura  que  esgrime  el  impugnante extraordinario contra la sentencia de segundo grado  cuestionada,  por  haber  incurrido  el  fallador  en  un  presunto error   de   derecho  al  “ADMITIR  Y  CONFERIR  VALOR  PROBATORIO  A  UN  MEDIO  DE CONVICCION  IRREGULARMENTE  APORTADO  AL PROCESO, POR OMISION DE LAS FORMALIDADES QUE LA LEY  EXIGE PARA SU ADUCCION”.   

          Como  introito de su argumentación para la demostración del cargo,  advierte  el  censor  que  si  bien  en nuestro sistema procesal penal rigen los  principios  de  la  “apreciación  científica de la  prueba”  y libertad probatoria, en contraposición a  la  tarifa  legal  y  a  la  libre  apreciación  subjetiva  de los elementos de  persuasión  allegados  al  proceso,  aquel  postulado tiene sus limitantes como  quiera  que  para  algunos  casos la ley exige prueba especial, entre los cuales  puede  contarse  la  demostración  de la calidad de empleado oficial que, en su  sentir,   debe   acreditarse   con  “el  decreto  de  nombramiento y el acta de posesión”.   

          Pues  bien,  a pesar de que el sentenciador admitió estas falencias  probatorias,  es  decir,  “no  obstante detectar que  hubo  grave  omisión  a  las  formalidades  para  la aducción de la prueba que  demostrara  que Caita Soto era empleado oficial”, sin  embargo  se remitió a otros elementos de convicción con tal de “suplir    aquella    que   requería   de   trámite   y   aducción  especial”,  lo  cual  no puede lograrse como así se  pretendió,  con  el  acta  de  arqueo  llevada  a  efecto a la caja menor de la  entidad  defraudada  y  la inspección fiscal practicada en la misma dependencia  estatal,  ni  con  la  notificación  del  faltante  al  acusado  y menos con la  resolución de destitución que sobre el citado individuo recayó.   

          Por   manera   que,   al   aceptar   el   juzgador   “en  forma  errónea,  la existencia de la prueba de empleado oficial  con    base    en    otras   pruebas   que   no   tenían   tal   calidad   para  demostrarlo”, incurrió  en error de derecho que vulneró los artículos 246, 253,  254  y  255 del Código de Procedimiento Penal y “por  vía  indirecta,  los  artículos 218 y 220 del Código Penal, pues con el yerro  presentado,  no  sabemos a esta alturas si la falsedad material objetivizada fue  cometida   por   empleado   oficial  o  si  por  el  contrario  lo  fue  por  un  particular”.    

Y  si  no  se  acreditó  en el procesado su  calidad  de  empleado  oficial  en  la forma como debió hacerse, tampoco quedó  establecida  la tipificación del delito de Peculado por apropiación por el que  igualmente  se  profirió  condena,  con  lo  cual  se  violó además, por vía  indirecta, el artículo 133 del Estatuto Penal Sustantivo, agrega.   

Esas son razones suficientes para que ante la  evidencia  del  yerro  argüido y de no prosperar el primer cargo relacionado en  la  demanda,  la  Corporación  entre  a  casar la sentencia cuestionada y en su  lugar  profiera  el fallo conforme a lo ordenado en el artículo 220 del Código  de Procedimiento Penal, concluye el impugnante extraordinario.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          Para    la    Procuraduría   Primera   Delegada   la   NULIDAD            planteada   por   el   recurrente   como  primera  censura,  resulta  “inatendible” puesto que  lo  sustancial,  que es la esencia y finalidad de la justicia penal, impera ante  las  formas.   No  se  discute, aduce el Ministerio público, que en verdad  los  términos  de  instrucción  en el presente asunto se rebasaron con creces,  pero  hacer  derivar  de tal situación una circunstancia invalidante de toda la  actuación  o  de  parte  de  ella,  no  deja  de  ser  un  despropósito cuando  indemostrado  se encuentra una malsana intención en el funcionario investigador  para  entorpecer  o privar del sagrado derecho de la defensa a uno cualquiera de  los sujetos procesales intervinientes.      

             

          En  efecto,  no  hay  dudas en cuanto a que el 14 de febrero de 1990  cuando   se   calificó  el  sumario  por  primera  vez  con  reapertura  de  la  investigación  por  el  término  de  un  año  y  se  ordenó recepcionar tres  testimonios,  se  hallaba  vigente  el  Decreto  050 de 1987.  No obstante,  vencido  ese término sin que se hubiesen practicado tales pruebas y habiéndole  correspondido  a  la  Fiscalía  134 Delegada proseguir con el perfeccionamiento  del   sumario   ya  en  vigencia  del  Decreto  2700  de  1991,  “no  resultaba  inexorable  el  proferimiento  del cese de proceso en  favor  del  acusado  como  lo reclama el demandante”,  porque  previamente  a  que  se  decretara  de  nuevo  el  cierre  de  la  etapa  instructiva  para  calificar  por  segunda  vez el mérito sumarial, lo que hizo  dicha  dependencia  judicial  fue  insistir  en  la  práctica  de  las  pruebas  ordenadas  en  razón de esa reapertura, lográndose escuchar sólo a uno de los  testigos.   

          Luego  entonces,  si  el  ente  Fiscal  al  entrar a “analizar  y  valorar  conjuntamente el acervo probatorio”   existente   encontró   que  los  presupuestos  para  proferir  resolución   de   acusación   en   contra  de  CAITA  SOTO  se  hallaban  satisfechos,  razona el Procurador  Delegado,  el  nuevo  funcionario instructor mal podía quedar atado al criterio  de  su  antecesor  y  rendirle  tributo  a la impunidad si en su sentir tanto la  materialidad   de   las   infracciones   por  las  que  se  procedía,  como  la  responsabilidad  de  quien  fuera  vinculado  como presunto autor de las mismas,  estaban  establecidas  “no  sólo  por  las  pruebas  testimoniales  que  lo responsabilizan del manejo de dichos documentos, sino por  los  resultados  que en contra de CAITA SOTO, arrojó el experticio aunado a una  serie   de   indicios   tal   como  lo  hemos  analizado  a  lo  largo  de  esta  resolución”.      

         

Además,  agrega  el  representante  de  la  sociedad,  por  expresa  disposición  del  artículo  13 transitorio del actual  Código  de  Procedimiento  Penal,  el  derogado  Decreto  050 de 1987 solamente  continuaba  rigiendo  el  trámite  de  los  procesos  en  los cuales se hubiese  iniciado  la  vista pública, al entrar en vigencia la nueva codificación penal  adjetiva.  Ello  significa  que  para  todos  los demás asuntos “se  aplicarán  las  nuevas  disposiciones,  teniendo  en  cuenta el  trámite  que  falta para agotarse.  El Código nuevo rige el proceso desde  el  momento  en que se encuentra hacia adelante, sin necesidad de invalidar nada  lo  actuado  ni  repetir  pasos ya superados”, por lo  cual  resulta  impertinente  en  el  evento  examinado  tratar  el  tema  de  la  favorabilidad.      

         

Con  apuntes  jurisprudenciales  de  la Sala  remata  su concepto el Ministerio Público acerca de la improsperidad del cargo,  destacando  cómo el simple vencimiento de los términos de instrucción no deja  de  ser  más que una irregularidad que no trasciende al campo de las nulidades,  a  menos  que el derecho de defensa o cualquier otro derecho fundamental resulte  avasallado  para  alguna  de  las  partes, repite. Es cierto que dicha anomalía  pueda  acarrear  para  el  funcionario instructor responsabilidad disciplinaria,  amén  del reproche penal que le pueda merecer su actitud omisiva, pero también  lo  es que una tal irregularidad como la que plantea el casacionista como causal  de  anulación,  no tiene la capacidad suficiente para resquebrajar las bases de  un      debido     proceso.       

                 En   cuanto  al  ERROR  DE  DERECHO  planteado en la demanda  como   cargo   subsidiario,   arguye  la  Delegada  que  el  censor  incurre  en  “desaciertos    técnico-conceptuales”  que  impiden  su  prosperidad, aserto que sustenta con la tesis  que  tiene establecida la Sala acerca de lo que debe entenderse por falso juicio  de legalidad y falso juicio de convicción.   

Para  el  agente  del Ministerio Público el  vicio  alegado  por  el  casacionista en cuanto a que en la sentencia de segundo  grado  atacada  se  dio  por  demostrada  la  calidad  de  empleado  oficial del  procesado,  “con  pruebas que en su parecer resultan  ilegales   para   tal   fin”,   se  traduce  en  un  error    de    derecho    por    falso   juicio   de  legalidad;   sin   embargo,   como  en  el  fondo  la  inconformidad   del   censor   “no  estriba  en  la  ilegalidad  de la aducción de las pruebas en cuestión sino que su descontento,  en  verdad,  se  centra en el análisis y valoración que el juzgador le otorgó  (…)” a esos mismos elementos de convicción de los  cuales  infirió la calidad de empleado oficial del acusado, considera que tales  cuestionamientos   ubicarían   el   ataque  “en  un  supuesto   error   de   derecho  por  falso  juicio  de  convicción”.       

          Pero  no  sólo  en  el mentado yerro técnico incurre el demandante  que,  de  por sí, bastaría para desestimar el cargo, advierte, pues conforme a  lo  establecido  en  el  artículo  18  de  la  Ley 190 de 1995 que modificó el  artículo  63  del  Código  Penal,  para  todos los efectos de la ley penal son  servidores  públicos,  además  de los miembros de las corporaciones públicas,  los  empleados y trabajadores del Estado y los de sus entidades descentralizadas  territorialmente   y   por   servicios,   contándose   entre  éstos  últimos,  “lógicamente”,  quienes  como  el hoy procesado tuvieron o tienen vinculación laboral con el DANE.    

Por lo tanto, si es la misma ley penal la que  determina  la calidad de empleado oficial o servidor público, precisa el señor  Procurador,  en  relación  con CAITA SOTO no    se   requiere   de   la   “prueba  especial”  a  la  que  alude  el  aparte  final  del  artículo  253 del Código de Procedimiento Penal, como quiera que en virtud del  principio  de  la  libertad  probatoria  que rige nuestro ordenamiento jurídico  procesal  penal, la naturaleza de la relación laboral habida entre el procesado  y  la institución para la cual prestó sus servicios bien puede acreditarse por  medios  diferentes a los pretendidos por el impugnante.  En estos términos  el Procurador Delegado solicita la desestimación del cargo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         1°.-    DE  LA         NULIDAD         ARGÜIDA.   

         El  artículo  25  del  Decreto  1861  de  1989,  que  modificó  el  artículo  473  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  1987  (Decreto 050),  disponía  que  en  ausencia  de prueba para cesar procedimiento o para formular  resolución   de   acusación,   el   juez   debía   ordenar   la  reapertura  de  la  investigación  por un  término  que  no  podía  exceder  de  un (1) año, con el señalamiento de las  pruebas  a  practicarse durante dicho lapso. Igualmente preceptuaba que, vencido  dicho  término,  nuevamente se cerraba la investigación, se corría traslado a  las  partes  y  “acto seguido decretará cesación de  procedimiento   si   no   hubiere   mérito   para   formular   resolución   de  acusación”.        

Pues   bien,  en  cumplimiento  de  dicha  normatividad  al  concluir  la  Juez  43  de  Instrucción  Criminal  de Bogotá  mediante  interlocutorio  del 14 de febrero de 1990, que en el proceso impulsado  contra    FABIO   WILLIAM   CAITA   SOTO   no  existía  prueba  suficiente  para  proferir  resolución  de  acusación,  como tampoco para cesar procedimiento en su favor, decidió reabrir  la          investigación         “por  el  término  máximo”  señalado en la disposición en cita y ordenando recibir dentro  de    dicho    lapso   los   testimonios   de   Perla  Pinillos,   Adriana  Rueda  y   Jorge   Eliécer  Mora  (Fls.  236  a 239 del C.O. 1).       

Solamente el 7 de enero de 1992, ya vencido  el  término  de  reapertura  de  la  investigación, la funcionaria instructora  dispuso  citar  a  los  testigos  para evacuar las declaraciones que había  echado  de  menos  con  antelación  (Fls.  240  idem.), pero la citación no se  cumplió.   Ya  en  vigencia  del  nuevo  Código  de  Procedimiento  Penal  (Decreto  2700  de  1991),  el  asunto fue asignado al Fiscal 134 Delegado, pero  dicho  funcionario  en  vez  de  atender la sugerencia del agente del Ministerio  Público  para  que  se  cerrara  nuevamente la investigación y se procediera a  calificar  por  segunda  oportunidad  el  mérito sumarial (Fls. 243), optó por  practicar    las    pruebas   ordenadas   en   la   reapertura   “para  efectos del perfeccionamiento de la investigación”   (Fls.   245),   logrando   escuchar   únicamente  al  testigo  Jorge Eliécer Mora (Fls. 250  y  251),  luego  de lo cual clausuró la investigación y produjo la resolución  de acusación de la que hoy se duele el censor (Fls. 275 a 280).   

En reiteradas oportunidades La Sala ha dicho  que  la previsión del artículo 25 del Decreto 1861 de 1989, que corresponde al  inciso  segundo  del  original  artículo 273 del Código de 1987 (Decreto 050),  consagró   una   causal   de   cesación  de  procedimiento  o  “una   causal   sui  generis  de  exclusión  de  la  punibilidad  en  abstracto,  como  quiera  que  el  Estado  renuncia  a su potestad punitiva y de  juzgamiento  y  averiguación,  para  quienes  se encuentran en esas especificas  circunstancias,    aun    cuando    la    inocencia   no   parezca   de   manera  inconcusa”  (auto  de junio 28 de 1988, M.P. Gustavo  Gómez  Velásquez);  por  lo  que  resultaría  incuestionable la operancia del  principio  de  favorabilidad  en  el  supuesto  de  que  ahora se descubriera el  cumplimiento  de la preceptiva allí dispuesta, esto es, que oportunamente no se  hubieran  recaudado  otras  pruebas  durante  el  término  de  reapertura  y se  mantenga  valorativamente  la  situación  de  duda  planteada  en la primigenia  calificación,  pues  indudablemente el procesado habría adquirido el derecho a  una cesación de procedimiento.   

Entendida   así   la   situación   de  favorabilidad  presuntamente  ignorada  en  el  presente  caso,  sin  embargo no  resulta  ser  la  nulidad  el camino adecuado para remover el aducido agravio en  sede  de  casación,  porque en tal supuesto el sentenciador habría omitido dar  aplicación  a  una especial “causal excluyente de la  punibilidad   en   abstracto”   y   “verdadera  nueva  causal  de  cesación de procedimiento”,  prevista  en el artículo 473 del Decreto 050 de 1987 que para  este  efecto  es  norma de contenido verdaderamente sustancial y de insoslayable  aplicación  ultractiva por su mayor benignidad, que de haberse tenido en cuenta  en  su  oportunidad por los juzgadores habría dado lugar a un auto de cesación  de  procedimiento,  impidiendo  las  sentencias  condenatorias ahora atacadas en  esta sede extraordinaria.   

Con todo, como estamos frente a un fallo que  pretermitió    ese    reconocimiento,   la  forma  de  intentar  correctamente  la  reparación del presunto  agravio  en  casación  era incoando el recurso por la vía correspondiente a la  violación  directa  por  falta  de aplicación del artículo 473 del Código de  Procedimiento  Penal de 1987, norma sustancial para el procesado que a la sazón  de  su  vigencia  se hallaba en las específicas circunstancias allí previstas,  lo  que  permitiría  remover el fallo impugnado para dar lugar a la desestimada  cesación  de procedimiento, sin que resulte procedente regresar la actuación a  través  de  una nulidad para propiciar una nueva segunda calificación, pues de  darse  esta  fórmula  el  funcionario  competente  quedaría ante la opción de  acusar  o  de  precluir,  siendo  abiertamente  ilegal  recomendar o exigirle al  calificador  esta  última  alternativa  cuyo  efecto  es  el buscado en sede de  casación.  Es  esta  la  razón  para  que  la  propuesta de nulidad no resulte  técnicamente viable en esta sede extraordinaria.   

Empero,   como  la  Corte  no  puede  ser  indiferente   ante  la  eventual  conculcación  de  una  garantía  fundamental  (artículo  228  C.P.P.  in fine), y de ese jaez es la favorabilidad que se echa  de  menos,  de  oficio  se  examinará  el  tema  frente al texto del modificado  artículo 473 del Decreto 050 de 1987.    

Sobre el punto, en reciente pronunciamiento  y con ponencia de quien aquí cumple igual función, la Sala dijo:   

         “no  basta el vencimiento del irrebasable término de un (1) año  de  reapertura  de  la  investigación  para  tener  derecho  a  la cesación de  procedimiento,  pues  esta  decisión  está  condicionada a que “no     hubiere     mérito    para    formular    resolución    de  acusación”.   Si  el  funcionario  reabre  la  investigación,  lógicamente  se  supone  que  echa  de menos pruebas que deben  practicarse,   pero   nótese   que   ese   nuevo  procedimiento  de  cierre  de  investigación,  traslado  a  los sujetos procesales y segunda calificación, no  está  supeditado  a  que  realmente  se  produzcan  los  medios  de convicción  anunciados,    sino   sólo   al   vencimiento   del  término.    Es  decir,  logradas  las  pruebas  anheladas  dentro  del  término  legal  o  no obtenidas por cualquier causa, de  todas  maneras  el  funcionario  tiene  que  volver  a  evaluar  el conjunto del  material  probatorio  para  establecer si existe mérito para dictar resolución  de    acusación    o,    en    caso    negativo,    profiere    cesación    de  procedimiento.   

        La  disposición  no introduce salvedades, en el sentido de ponerla  a  decir que, si no se practican las pruebas extrañadas, indefectiblemente debe  producirse  la  cesación  de  procedimiento;  no,  el  precepto sin distinción  prevé   que   dicha   decisión   (cesación)   se   dictará   “si    no    hubiere    mérito   para   formular   resolución   de  acusación”,   expresión  esta  que  lógicamente  supone  una  nueva evaluación de la prueba, tanto de la que ya existía como de  la  que  se  llegare  a  recaudar  en el lapso complementario, pues, al fin y al  cabo,    todo    hace    parte    de    la    investigación.”    (C-11.075,   diciembre   2   de  1998.  M.P.  Jorge  Aníbal  Gómez  Gallego).   

En el caso que es materia de examen, ningún  desconocimiento  de  la  norma en cita se produjo en relación con la situación  procesal  de  CAITA  SOTO por  cuanto  si  bien  es  cierto  que  el término de la investigación se extendió  irregularmente,  también  lo  es  que  el Fiscal 134 Delegado al reexaminar los  elementos   de   persuasión  obrantes  en  el  proceso  halló  que  en  verdad  sí  existía  mérito para proferir la resolución de  acusación,  decisión  que  tomó  no  con base en la  prueba  practicada  por  fuera  del término de reapertura de la investigación,  sino  con  los  elementos que con suficiente capacidad suasoria fueron aportados  al  proceso  desde antes de producirse la primera calificación y que a criterio  de   la  Juez  43  de  Instrucción  no  conducían  ni  a  acusar  ni  a  cesar  procedimiento.   

Lo anterior significa que para el Fiscal que  hizo   la   segunda   calificación,   con   el   testimonio   de   Jorge  Eliécer  Mora  -que  fue la única  prueba  que  se  logró  recaudar  aunque  de  manera  extemporánea  durante el  término  de  reapertura-  o sin él, la determinación habría sido la misma si  se  repara  en  la  motivación de dicho proveído, puesto que además de hallar  demostrada  la  materialidad de las ilicitudes por las que se procedía, aspecto  en  el  cual concuerda con el primer instructor, igualmente infirió que con los  indicios  resultantes  de  los  testimonios  de  Liliam  Otálora,  Amalia  Ospina  de Delgado, Adriana del Carmen Rueda Monsalve, María  Franza    Enith    López   Buitrago,   José   Eduardo   Rodríguez,  así  como  de  los hechos indicadores originados en las pericias  grafotécnicas  llevadas  a  efecto con ocasión de la susodicha investigación,  amén  de  la  propia  actitud  asumida  por el sindicado tanto en sus descargos  disciplinarios  como  judiciales,  la  responsabilidad  del  procesado  en tales  delincuencias  aparecía  comprometida  en el grado exigido para llamarlo a  juicio (Fls. 276).   

Es  pues la ausencia de mérito para acusar  lo  que  le  permite  al  calificador  cesar  procedimiento  bajo  las  precisas  circunstancias  planteadas  por  el  recurrente  en  su  libelo,  y no la simple  extralimitación   del   término   de  instrucción,  como  equivocadamente  se  pretende.  Lo  ocurrido en el asunto examinado es que el Fiscal que calificó el  sumario  por  segunda  vez  no compartió el criterio de la Juez que decretó la  reapertura  de  investigación,  toda vez que para aquél desde el primer cierre  de  la  instrucción  los  presupuestos para dictar resolución de acusación se  encontraban  satisfechos,  sin  que  lo  dicho  o  dejado  de decir luego por el  testigo  Jorge Eliécer Mora,  quien  fuera  oído  extemporáneamente,  tuviera  ninguna  incidencia  en  la decisión que estuvo fundada en  una   mejor   valoración   de   la   prueba   menospreciada   por   el   primer  calificador.   

2°.- EL SUPUESTO  ERROR DE DERECHO.   

Si  bien  en  la  formulación del cargo el  impugnante  no  precisa  a  cuál  de  las  modalidades  del error de derecho se  refiere    (falso   juicio   de   legalidad   o   de  convicción),  tal  omisión  podría superarse con la  fundamentación  clara  y  específica  de  la  censura, lo cual no ocurre en el  presente  caso  pues  al enunciar el reproche el recurrente enruta su alegación  por  el  sendero del error de derecho por falso juicio  de   legalidad,   al  aseverar  que  el  sentenciador  “admitió y confirió valor probatorio a un medio de  convicción   irregularmente   aportado   al   proceso,   por  omisión  de  las  formalidades  que  la  ley  exige para su aducción”,  pero  en  su  desarrollo termina argumentando un error  de  derecho  por falso juicio de convicción, como bien  lo puntualiza el Procurador Delegado.   

La  evidente  incongruencia  del  libelista  resulta  patética  porque  en  vez  de demostrar que en verdad los elementos de  convicción  tenidos  en  cuenta  por  el  sentenciador para declarar penalmente  responsable  al  procesado  fueron  acopiados  al  plenario  en forma irregular,  ilegal  o  inoportuna  (Art.  246  del  C. de P. P.), centra su discusión en el  valor  que a esas pruebas les dio el tribunal en el fallo cuestionado, olvidando  que  en  nuestro  ordenamiento  jurídico  procesal  penal rige el sistema de la  libertad probatoria y su apreciación racional.   

Por   consiguiente,   pretender   que  la  demostración  de la calidad de empleado oficial o servidor público requiere de  prueba  especial,  es decir,  que  única  y exclusivamente se puede acreditar dicha condición con el decreto  de  nombramiento,  el  acta  de  posesión  y  la certificación de la autoridad  competente  acerca  del  ejercicio  del  cargo  público,  no  deja  de  ser una  exigencia  extraña  a  nuestro ordenamiento positivo que riñe con el principio  de   libertad   probatoria  consagrado  en  el  artículo  253  del  Código  de  Procedimiento Penal.   

En  este  orden  de  ideas,  si el error de  derecho  por falso juicio de legalidad surge cuando la prueba ha sido practicada  o  incorporada  al  proceso  ilegalmente,  censura que en el evento sub  lite  quedó  en  el plano de la mera  enunciación  al  omitir  acreditar  el  impugnante  su  estructuración  en  el  pronunciamiento  del Tribunal, y si la idoneidad de la prueba con la cual se dio  por    establecida   la   calidad   de   servidor   público   de   CAITA  SOTO  es  puesta  en tela de juicio  simplemente  porque  el  juzgador  en  ejercicio  de la libertad de apreciación  racional  le  asignó determinado valor luego de su examen en conjunto (Art. 254  ib.),  sin  que tal comprobación esté sujeta a una prueba especial o con valor  privilegiado  impuesto por el legislador en una norma que a fuerza de no existir  el  casacionista se abstiene de citar; el aducido error de derecho brilla por su  ausencia,  pues  el falso juicio de convicción pretextado -que es en últimas a  lo  que  conduce  la  argumentación  del  censor-  deviene improcedente ante la  práctica  desaparición  en  nuestro  medio del sistema de tarifa legal para la  valoración probatoria.   

Por  consiguiente, este cargo también debe  ser desestimado.   

En  razón  y  mérito  de  lo expuesto, la  CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,   administrando   justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

                                     

        NO  CASAR  el  fallo  de  fecha,  origen,  naturaleza  y  contenido  indicados  en  la parte orgánica de esta providencia.   

         

CÚMPLASE y DEVUÉLVASE  

JORGE ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                        RICARDO CALVETE RANGEL   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                                             JORGE  ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                               CARLOS  E. MEJÍA ESCOBAR   

DÍDIMO    PAEZ   VELANDIA                                                  NILSON    PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria    

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