AP6389-2014(44665)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Magistrada Ponente  

AP6389-2014  

Radicación No. 44665  

Aprobado Acta No. 349  

          Bogotá  D.C.,  veintidós  (22)  de  octubre  de  dos  mil  catorce  (2014)   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  sobre  la  admisibilidad  de  la demanda de  casación  presentada  por el defensor de JOHAN   CAMILO   PIEDRAHÍTA   MONSALVE  contra la sentencia del Tribunal Superior de Medellín  de  julio  18  de  2014,  mediante  la  cual  confirmó parcialmente1 la dictada por  el  Juzgado  Tercero Penal del Circuito Especializado de esa ciudad que condenó  a             los             procesados2  a  60  años de prisión como  autores  responsables  de  5  homicidios  consumados  y  8 tentados, en concurso  heterogéneo  y sucesivo con tráfico y porte de armas de fuego de uso privativo  de  las  fuerzas  armadas  y  fabricación, tráfico y porte de armas de fuego o  municiones de defensa personal.   

HECHOS  

Fueron   declarados   por   el   juzgador  ad  quem  de  la  siguiente  forma:   

“El   19   de   septiembre   de   2010,  aproximadamente  a  las  00:15  horas, en la carrera 80 con calle 95 A-17 barrio  Robledo  Miramar  de  esta  ciudad,  varios  sujetos  que  se  movilizaban en un  vehículo  taxi,  marca  Chevrolet  Sprint  de  placas TPP-529 y una motocicleta  marca  Yamaha  DT,  color  blanca,  dispararon  contra  un grupo de personas que  departían  en  el  establecimiento  conocido  como  Punto Cervecero la Curva de  Miramar.  Como  resultado  de  la  agresión se produjeron las muertes de Manuel  Guillermo  Valencia  Restrepo,  Jhony  Alexánder  Espitia  Salazar,  Cruz Elena  Agudelo  Martínez y los menores Sandrith Blanco Izquierdo y Manuel Emilio Arias  Balbuena,  así  como  las  lesiones de Carlos Arturo Gallego Uribe, Jhon Stiven  Marín  Ortiz,  Juan  Carlos  Sierra Acevedo, Wilfred Arcadio Atehortúa, Óscar  Diego  Castaño Builes, Armando Hinestroza  Jeiser Iván Jaramillo Vásquez  y Julieth Gaviria Urrego.   

Como   consecuencia  de  las  actividades  investigativas  de  la  Fiscalía  se  identificaron  como presuntos autores del  reato,  entre  otros,  a  Juan  Carlos  Restrepo  Gallego  y  Johan  Piedrahíta  Monsalve”3.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

El  12  de noviembre de 2011 la Fiscalía 43  Especializada   de   Medellín  radicó  escrito  de  acusación  en  contra  de  JUAN    CARLOS    RESTREPO   GALLEGO   y     JOHAN     CAMILO    PIEDRAHÍTA  MONSALVE por la comisión de 5 homicidios consumados y  8  tentados,  tráfico y porte de armas de fuego de uso privativo de las fuerzas  armadas  y  fabricación,  tráfico  y  porte  de armas de fuego o municiones de  defensa personal.    

Presentado el escrito de acusación, el 7 de  diciembre  de  2011  se  realizó  la respectiva audiencia en el Juzgado Tercero  Penal  del  Circuito  Especializado,  en  la  cual la Fiscalía lo acusó de los  punibles previamente imputados.   

Surtidas       las      audiencias  preparatoria4       y       de       juzgamiento5,   dicho   despacho  judicial  profirió  fallo el 1 de abril de 2014, por cuyo medio condenó a los procesados  a  la  pena  de  60  años  de  prisión  y a la accesoria de inhabilitación de  derechos  y  funciones  públicas  por igual lapso, al hallarlos responsables de  los delitos atribuidos en la acusación.   

Impugnada la sentencia por los defensores, el  Tribunal  Superior de Medellín la confirmó parcialmente en cuanto a la condena  principal  y  la modificó respecto de la accesoria de interdicción de derechos  y funciones públicas para fijarla en 20 años.   

Contra  el  fallo  de  condena  el  defensor  de  JOHAN  CAMILO  PIEDRAHÍTA  MONSALVE interpuso  recurso  extraordinario  de casación y allegó en tiempo  el respectivo libelo.   

LA DEMANDA  

Como  único  cargo,  con  fundamento  en la  causal  tercera  del artículo 181 de la Ley 906 de 2004, el defensor acusa a la  sentencia  de  incurrir en error de hecho por “falso  juicio  de  identidad  por  la  evidente  distorsión  de  la prueba arrimada al  juicio,   específicamente   de   los   dos   testigos  de  cargos  (sic),    mismos   que   se   cercenan,  fragmentan,  y  distorsionan,  lo  que  conlleva una indebida aplicación del in  dubio pro reo”.   

Respecto  del  testimonio  de  Pablo   Andrés   Zapata   señala  que,  contrario   a   lo   afirmado   en   el   fallo,  la  defensa  nunca  fincó  su  descalificación  en  el  consumo  de  alcohol  del  testigo sino en la falta de  aplicación  de  las  reglas  de apreciación del artículo 404 de la Ley 906 de  2004, en lo cual observa cercenamiento de la prueba.   

Luego consigna algunos temas expuestos por el  declarante  seguidos  de  su  punto  de  vista  sobre  los  mismos  y  sobre  la  ponderación  efectuada  por  las  instancias  a partir de lo cual colige que el  testimonio  fue  cercenado,  fraccionado  y  analizado  de  forma  aislada, pues  “se  tuvo en cuenta solo aquello que iba contra los  intereses       del       ciudadano      al      que      represento”.   

En    tal   sentido,   aduce,  “Fragmenta  el  juzgador  de  segundo  grado dicho testimonio,  cuando  deja  de  lado aspectos bacilares por este narrados, tales como el color  de  ojos  de  quien  identifica  como  lucky o la máscara, de quien conocía de  vieja  data  y  sus  ojos  eran  verdes  o  mejor  zarco  como  fue su respuesta  reiterada,  que  a  pesar  de  que  centró  su  mirada  en vehículo tipo taxi,  también  hizo  lo  propio con la motocicleta que rodaba tras el mismo, y la que  era  ocupada por dos ciudadanos, que nunca se bajaron de la misma, que estaba en  su  visión  el  taxi  de su amigo el Zorro, que es una persona perteneciente al  programa  de  jóvenes  en riesgo de la alcaldía de Medellín denominado Fuerza  Joven, que solo advirtió un agresor”.   

Señala  que varios deponentes indicaron que  uno  de  los  sicarios  descendió  de  la  motocicleta y se apostó en la parte  trasera   del   taxi   de   “El  Zorro”  desde  donde  disparó  ráfagas de ametralladora. Sin embargo,  Pablo Zapata sólo advirtió  la  presencia de un agresor y de un arma, aspectos que fueron cercenados por los  juzgadores.  Por  ello,  reitera,  esa  declaración  no  cumple  los requisitos  mínimos,  no  obstante  lo  cual  sirvió de soporte para la condena a pesar de  haber   sido   fraccionada   y  analizada  insularmente.       

Del    testimonio    de    Jesús   Andrés   Oquendo  Cano  reseña  algunos  temas  declarados  por  el  testigo  a  partir  de  lo  cual colige que  “agregan   los   juzgadores   de   instancia   que  efectivamente  Johan Camilo Piedrahíta Monsalve, era conocido por el atestante,  con  los  alias  de  Lucky  o  La  Máscara, es decir proceden los juzgadores de  instancia  a  complementar el testimonio del citado, quien de hecho, ni siquiera  hace  su  descripción formal, tampoco se trajo reconocimiento fotográfico o en  fila  de  personas,  actos  de  investigación que fácilmente pudo la fiscalía  convertir   en   actos  de  prueba,  mismos  que  no  efectuados  no  era  dable  complementar  por  los  Juzgadores  de  primera  y segunda instancia”.        

Refiere   que   de   los   testimonios  de  Jhon     Steven    Marín    Ortiz    y  Wilfred Arcadio Atehortúa  emerge  una  duda  razonable  que  comporta  la  absolución, pues  desacreditan   las   afirmaciones  de  Pablo  Andrés  Zapata  y  Jesús  Andrés  Oquendo  porque  refieren  circunstancias diferentes a  las narradas por éstos.     

Si   se   excluyen   los   testimonios  de  Zapata    y      Oquendo,     añade,  “la duda que  existe  en  este  caso  en  particular  no  solo  robustece  la  presunción  de  inocencia,  sino  que da al traste con esa singular apreciación del juzgador de  segundo grado…”.   

Con   el   yerro  denunciado,  agrega,  se  vulneraron  de  forma indirecta los artículos 29 de la Constitución Política;  7,  16,  372,  380  y  381  de  la Ley 906 de 2004 y 29, 103, 104, 365 y 366 del  Código  Penal  por  cuanto las instancias “dejan de  lado  la  integridad  testimonial  para  fijar  o  centrar  su  atención en los  aspectos  que  prima  facie  parecieran comprometer la responsabilidad penal del  sentenciado  Piedrahíta  Monsalve,  pero  desconociendo  de manera flagrante la  integridad  de  esos  testimonios,  y  es  que como lo anunciamos previamente se  excluyen  de  esos testimonios al momento de su valoración probatoria, aspectos  bacilares,  tales como ubicación de los testigos, identificación del ciudadano  señalado,   número   de   atacantes   avizorados,   y   sobre   todo  la  real  identificación    de    las    personas    sobre   las   que   se   hacen   las  acusaciones”.       

Así    mismo,   señala,   “…al  cercenar  o  mejor  valorar  de  manera aislada la prueba  testimonial  tomando  apartes  para  edificar  sentencia de condena y dejando de  lado  aquellos aspectos que demostraba o al menos en grado de duda razonable nos  permitían  clarificar  que Johan Camilo Piedrahíta Monsalve estaba ese día en  lugar  diferente,  y  que  en momento alguno tuvo incidencia o participación en  los  lamentables  hechos  que hoy convocan nuestra atención, conllevando que se  haya  puesto  a  esos  dos  testimonios  a decir lo que realmente no decían, es  decir     es    un    evidente    falso    juicio    de    identidad”.   

La  trascendencia  del  cargo la ubica en la  afectación  de  las  garantías  constitucionales al debido proceso, derecho de  defensa  e  in dubio pro reo,  lo  cual,  en  su  criterio,  demanda la intervención de esta Corporación para  reparar   el   agravio   infringido   a   PIEDRAHÍTA  MONSALVE.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Si bien la Ley 906 de 2004 no distingue entre  recurso  de  casación  por  la  vía  común y por la discrecional en cuanto se  marginó  la  exigencia de la cantidad de pena máxima del delito para acceder a  dicha  impugnación,  es  claro  que  corresponde  al  recurrente  demostrar  el  quebranto  de  derechos  o  garantías  fundamentales,  lo cual exige contar con  interés   para   impugnar,  señalar  la  causal,  desarrollar  los  cargos  de  sustentación  del  recurso y demostrar la necesidad del fallo de casación para  cumplir  alguno de los fines establecidos por el legislador en su artículo 180,  esto  es,  la  efectividad del derecho material, el respeto de las garantías de  los  intervinientes,  la  reparación  de  los agravios sufridos por éstos y la  unificación  de  la  jurisprudencia, so pena de resultar inadmitida la demanda,  según   lo   establece   el   artículo   184   de   la   citada   legislación  adjetiva.   

          Ahora,  en  el  estudio  de  los  requisitos de admisibilidad de los  libelos  casacionales,  corresponde  a  la  Sala  constatar en la formulación y  desarrollo  de  las  censuras  el  acatamiento  de  las  exigencias de lógica y  apropiada  demostración  definidas  por  el  legislador  y desarrolladas por la  jurisprudencia,  con  el  fin  de  evitar  la  transformación  de  este recurso  extraordinario en una instancia adicional a las ordinarias.   

Tales  requisitos se orientan a conseguir la  presentación  de la demanda dentro de unos mínimos lógicos y de coherencia en  la  postulación  y  demostración  de los cargos propuestos, en cuanto resulten  inteligibles,  esto  es,  precisos y claros, pues no corresponde a la Sala en su  función  reglada  de  orden  constitucional  y legal, develar o desentrañar el  sentido   de   confusas,  ambivalentes  o  contradictorias  alegaciones  de  los  impugnantes en casación.   

Además, de conformidad con el artículo 184  ibídem  se  inadmitirá el  libelo   “si  el  demandante  carece  de  interés,  prescinde  de  señalar  la  causal, no desarrolla los  cargos  de  sustentación  o cuando de su contexto se  advierta  que  no  se  precisa del fallo para cumplir algunas de las finalidades  del   recurso”  (subrayas  fuera de texto).   

La presentación de la demanda en forma clara  y  precisa  en los términos de esta normativa legal, ha dicho reiteradamente la  Corte,  está  relacionada  con la carga para quien la suscribe, en atención al  carácter  rogado  del  recurso  extraordinario,  de  esbozar una argumentación  razonable,  coherente,  comprensible, lógica y suficiente en orden a derruir el  fallo  del  cual  se  disiente,  tras  demostrar que ha incurrido en errores que  afectan su constitucionalidad o legalidad.   

         

Pues  bien,  el  incumplimiento  de  tales  presupuestos  conduce  a  la  Sala  a inadmitir la presente demanda, en tanto el  único  cargo  planteado no satisface los presupuestos de claridad, precisión y  coherencia exigidos por la ley para el recurso de casación.   

En  efecto,  la  casual  invocada  por  el  casacionista   se   configura  por  la  incorrecta  producción  y  apreciación  probatoria,  derivada  de  los  denominados errores de hecho y de derecho.   Los  primeros  se  originan  en  falsos juicios de existencia, falsos juicios de  identidad  y  falsos  raciocinios; los segundos, por su parte, en falsos juicios  de legalidad y de convicción.    

El falso juicio de identidad pregonado por el  libelista  se  concreta  cuando el juzgador tergiversa o distorsiona  el  contenido  objetivo de la prueba para  hacerla  decir  lo  que  ella no expresa materialmente, lo cual puede ocurrir de  tres     formas    distintas    e    incompatibles:    i)    por    tergiversación,  al cambiarle el juzgador  el    sentido   literal   a   la   prueba;   b)   por  adición,  cuando  se le añaden aspectos fácticos no  comprendidos        en       ella       y,       c)       por       cercenamiento,   al  excluirse  hechos  o  circunstancias  esenciales  referidos  objetivamente en el medio de prueba,  situaciones   todas   que   alteran  y  trastocan  la  decisión  del  juzgador.   

En las tres modalidades se altera el sentido  literal  de  prueba  para ponerla a decir lo no dice, muestra o enuncia, lo cual  lleva  a  la  declaratoria de una verdad diversa a la que realmente emana de los  medios de convicción analizados.   

En  esencia,  se  trata  de  un  yerro  de  contemplación   objetiva  de  la  prueba  que  surge  luego  de  confrontar  su  expresión  material  con  lo  que  consigna  el  sentenciador  acerca  de ella,  deformación  que,  además,  debe  recaer sobre prueba determinante frente a la  decisión adoptada.   

Desde esa perspectiva, resulta necesario para  quien  propone  esta  clase  de  error, ante todo, individualizar o concretar la  prueba  sobre  la cual se predica el supuesto yerro; luego, evidenciar cómo fue  apreciada  por  el fallador señalando, de qué forma esa valoración tergiversa  o  distorsiona su contenido material, esto es, puntualizando la  supresión  o  agregación  de  su  contexto  real  para de allí inferir que en realidad se  alteró  su sentido.  Acto seguido, se debe establecer la trascendencia del  yerro  frente  a  lo  declarado  en  el  fallo,  es decir, concretar por qué la  sentencia  debe  mutarse  a favor del demandante, ejercicio que lleva inmersa la  obligación  de  demostrar  por qué el fallo impugnado no se puede mantener con  fundamento  en  las  restantes  pruebas que lo sustentan. Y, finalmente, se debe  evidenciar  que con el defecto de apreciación se vulnera una ley sustancial por  falta de aplicación o aplicación indebida.   

Identificadas las características del error  de  apreciación  probatoria  atribuido  a  la  sentencia,  se  advierte  que el  demandante  incurre  en  las  siguientes  falencias  que  dan  al  traste con su  aspiración,  en  tanto no colman los presupuestos de admisibilidad referidos al  comienzo de este acápite considerativo:   

Aunque  el censor individualiza como pruebas  distorsionadas  las  declaraciones  de  Pablo Andrés  Zapata  y  Jesús  Andrés  Oquendo,  no particulariza su contenido ni lo confronta  con  el asignado por los falladores para evidenciar en qué aparte o atestación  fueron tergiversadas, adicionadas o cercenadas.   

En  efecto,  el casacionista no consigna las  atestaciones    vertidas    por   Zapata  y  Oquendo en  relación  con  los temas que habrían sido cercenados o adicionados, resultando  imposible  para  la  Sala  advertir el real contenido de la prueba y la forma en  que  pudo  ser  distorsionada  por  los  juzgadores. Ello porque el libelista se  limita  a  señalar  algunos  hechos referidos por los deponentes y a exponer la  interpretación  efectuada  por el tribunal, luego de lo cual indica su punto de  vista frente al tema.   

          A   modo   de   ejemplo,   sobre   lo   expuesto   por  Pablo Andrés Zapata, afirma:   

“Dijo  este  declarante:   

.  Que había ingerido alcohol en pequeñas  cantidades  (Rc.9.53),  luego no es acertada la posición de juzgador de segunda  instancia  que  sienta su respuesta a la inconformidad de este servidor con base  en  esa  errada apreciación, sin embargo no dejemos de lado esa afirmación que  hizo  el declarante al Rc 1:01:33 en el sentido de que el alcohol le hace daño,  sin    que   ello   refleje   que   la   intención   defensiva   iba   en   ese  sentido.   

.  Que  observó desde su posición, tercer  (3º)  escalón,  foto  allí  referenciada (Rc.10:01 y 47:09) un vehículo tipo  taxi  luces  bajas, del cual salían muchos disparos, lo que lo obligó a buscar  protección  en  lugar aislado, para desde allí avistar a quien identifica como  Lucky (Rc.13:37 iterado 51:12), coin quien nunca tuvo trato.   

.  Indicó  también  que  ese  sujeto  era  “Zarco”,  (Rc.15:42,  Rc.50:39  y 1:02:08 indicando que el color de los ojos  era como verde) (…)”.     

           Como   se  observa,  no  se  trata  la  expresión  literal  de  lo manifestado por el deponente sino la interpretación  del  libelista sobre lo que aquel quiso decir, acompañada de sus comentarios al  respecto,  circunstancia  que  impide develar el verdadero sentido de la prueba.  Recuérdese  que  el  falso juicio de identidad exige confrontar el contenido    objetivo   del   medio   de  convicción  con  lo  que de él entendió el juez y no entre aquél y lo que el  demandante piensa sucedió en la realidad.   

          De  esta  manera,  aunque  el libelista ubica su censura en el falso  juicio  de identidad, su argumentación sólo expresa su personal criterio sobre  la  apreciación  de  los  medios  de  prueba  efectuada  por  los juzgadores de  instancia,  sin  acreditar  el  error  que  demuestre  la  ilegalidad del fallo.   

Entonces,   a   pesar   de   pregonar   la  tergiversación  de  la prueba testimonial en comento, la censura no concreta en  parte  alguna  la  alegada  distorsión,  limitándose  a  plantear,  como si se  tratara  de  un  alegato  de  instancia, el subjetivo criterio del recurrente en  torno  a  las  contradicciones  que  observa en las deposiciones de Zapata        y        Oquendo  frente  a  lo  expuesto  por los  testigos  Jhon Stven Martín Ortíz y Wilfred Arcadio  Atehortúa;  así  mismo, expresa su opinión frente a  las  conclusiones  expuestas  en el fallo en torno a esas pruebas.  De esta  manera,  opone  su personal análisis al del juzgador sin indicar en qué aparte  de  las  declaraciones,  esto  es,  del  contenido  objetivo  de  las mismas, el  fallador  varió  el  sentido  o de qué manera en la contemplación material de  esas  pruebas  el  ad  quem  incurrió   en   error   de   juicio   por   distorsionar   los  hechos  en  él  declarados.   

          Aún  más,  los  temas  indicados  en  el  libelo como cercenados o  adicionados  fueron  objeto  de  debate  en  las  instancias,  circunstancia que  demuestra  cómo,  más  que  un  juicio lógico y coherente contra el fallo, la  demanda  refleja  la  inconformidad  del  casacionista  frente a la ponderación  probatoria  de  los  juzgadores.  Así,  por  ejemplo,  frente  a  lo  dicho por  Pablo   Andrés   Zapata  respecto del color de ojos del procesado, el Tribunal señaló:   

          “Que  el  testigo  dijo que su cliente era zarco, característica  que  resulta extraña a Johan Camilo, es una afirmación que no puede examinarse  de  manera  aislada  como  lo  hace la defensa en ejercicio legítimo de su rol,  pero  arribando  a  conclusiones equivocadas. Las razones son las siguientes: el  testigo   señaló   en  interrogatorio  directo  que  conocía  a  alias  “La  Máscara”  o  “Lucky”  de  tiempo atrás, lo describió de manera bastante  aproximada  a  la  realidad, pues señaló que era blanco, de alrededor un metro  con  setenta  centímetros  de  estatura, con labio como leporino, agregando, es  cierto,  que  “lo  veía  como  zarco”, para referirse al color de sus ojos:  además,  en  el interrogatorio redirecto, precisó que para él le parecía que  era  zarco,  pero en realidad no podía afirmar con certeza de qué color tenía  los ojos.   

En  síntesis,  la  afirmación  a  que  se  refiere  la  defensa existió de parte del testigo, no obstante, queda claro que  el  declarante  conocía  al  destinatario  de  su  imputación, al punto que lo  describió  de  buena manera, incluso con lo que evidentemente parece una huella  de  labio  leporino  y,  si  bien  puede  entenderse  como  una  imprecisión la  referencia  al  color  de  sus  ojos, lo cierto es que el ciudadano fue claro en  precisar  que  ese  era  su parecer, admitiendo que podría estar equivocado. De  ninguna  manera  puede entenderse, como lo sugiere la defensa, que el testigo se  estaría  refiriendo  a  un ciudadano diferente del acusado, a quien, insiste la  Sala, conocía de antes”.   

          Y  sobre  el  cuestionamiento  de  la defensa en torno al número de  agresores   percibido   por   este   testigo,  el  ad  quem señaló:   

         “5.5.  No  entiende  el  recurrente como este ciudadano y tres de  los  otros  testigos  de  cargo no percibieron sino a uno de los agresores. Este  argumento  fue  respondido  por  el  a  quo considerando que el hecho de que los  testigos  estuvieran  en  el  mismo  lugar,  no impone que de manera necesaria e  ineludible  deban  coincidir  en el contenido de sus precepciones, pues cada uno  de  ellos puede dirigir su atención a un punto que le represente conveniencia o  interés.  (…).  Quien  representa  lo Johan Camilo Piedrahíta descalifica el  argumento  invocando  la  declaración  de  John Steven Marín, quien dijo haber  visto  al  otro atacante ubicado casi al frente de Zapata, lo que en su opinión  hace  imposible  que haya dejado de verlo. Ese argumento en honor a la verdad no  controvierte  el  esgrimido por el a quo que por el contrario encuentra respaldo  en  el  tenor  de  la  declaración,  cuando  en  ella el testigo menciona haber  centrado  su  atención en el taxi y en particular en la conducta desplegada por  el  pasajero  ubicado  al  lado  del conductor…es explicable que el testigo no  pudiera  dar  cuenta  de  nada  más  pues su cerebro dirigió su atención, con  exclusividad,  hacia  ese  evento  que  le  pareció primero interesante y luego  peligroso”.   

          De  esta  forma,  el Tribunal se pronunció sobre todos los tópicos  que    el    libelista   considera   cercenados   o   distorsionados6,   lo  cual  reafirma   que   la  censura  en  realidad  contiene  su  inconformidad  con  la  apreciación  de  las  instancias  de  la  prueba  testimonial, con mayor razón  cuando  no  señala  objetivamente  los  apartes de las deposiciones cercenados,  adicionados o tergiversados.   

          De   otra   parte,  el  censor  aduce  que  el  Tribunal              “complementó”    el   testimonio   de  Jesús  Andrés Oquendo Cano  al    asegurar    que    este   deponente   dijo   que   alias   “Lucky”      o      “La    Máscara”    era   JOHAN         CAMILO        PIEDRAHÍTA        MONSALVE.   

          Con  todo,  este  reproche  no  se  ajusta  a  la realidad porque en  ninguna  de  las sentencias, de primer y segundo grado, se afirma que el testigo  Oquendo  Cano identificó a  alias    “Lucky”   o  “La   Máscara”  como  JOHAN  CAMILO  PIEDRAHÍTA    MONSALVE.    Son    los  juzgadores  los  que  identifican al procesado con los  apodos  señalados  en tanto la individualización suministrada por la Fiscalía  en  el  escrito  de acusación refiere que PIEDRAHÍTA  MONSALVE   es  conocido  con  esos  motes7.   

         

          Entonces,    el    ad   quem  no  adicionó  el  sentido  literal  del  testimonio;  simplemente  dedujo,  en  ejercicio legítimo del deber de ponderación probatoria, que si el  testigo    se    refería   a   “Lucky”    o    “La   Máscara”,  de  acuerdo  con  la filiación suministrada por la Fiscalía,  hacía   alusión   a   PIEDRAHÍTA  MONSALVE.    

          En  suma,  el censor olvida que este mecanismo extraordinario no fue  dispuesto  por  el  legislador  para prolongar el curso de las instancias o para  simple  y  llanamente  exponer  el  criterio del demandante, sino para denunciar  yerros  trascendentes  de los falladores en la aplicación de la ley sustancial,  en  la  ponderación  de  las  pruebas  o  en  la  guarda  de la legitimidad del  trámite,  sin  lo cual se convertiría impropiamente en una instancia adicional  a las otras.   

Las mencionadas falencias imposibilitan a la  Sala  acometer  el  estudio de fondo del libelo porque si éste no corresponde a  un  alegato  de  libre  confección,  su presentación sin atenerse a las reglas  lógicas  y  argumentativas  que  lo  gobiernan,  obliga  a  la  Corporación  a  inadmitir  la  demanda de acuerdo con lo dispuesto en el artículo 184 de la Ley  906  de  2004,  pues  en virtud del principio de limitación propio del trámite  casacional,   la   Corte   no   se   encuentra  facultada  para  enmendar  tales  equívocos.   

          Lo  anterior,  además,  porque  no  se  observa  con ocasión de la  sentencia  impugnada o dentro del curso de la actuación procesal, violación de  derechos  o  garantías  de  los  acusados,  como  para  adoptar la decisión de  superar  los  defectos  de  la  demanda y decidir de fondo, según lo dispone el  inciso 3º del artículo 184 de la citada legislación.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         INADMITIR        el        libelo  casacional  presentado  por  el defensor del procesado  JOHAN   CAMILO   PIEDRAHÍTA  MONSALVE  por     las     razones    expuestas    en    las    consideraciones  precedentes.   

De conformidad con el artículo 184 de la Ley  906    de    2004,    es   facultad   del   demandante   elevar   petición   de  insistencia.   

Notifíquese y cúmplase.  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA     DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  Modificó  el numeral segundo para fijar la pena accesoria de inhabilitación de  derechos  y  funciones  públicas  en  20  años  y  no  en  60  como  lo había  establecido    el    juzgador   a   quo.   

2  También  fue  condenado  a  la misma pena JUAN CARLOS  RESTREPO  GALLEGO,  cuyo abogado no presentó demanda  de casación.   

3 Cfr.  Folios 414 y 415 2 del cuaderno de la causa.   

4  Se  llevó a cabo el 14 de marzo de 2012.   

5  Se  realizó  en  sesiones  de  marzo 28, abril 18 y 24, mayo 22, 23 y 28, junio 29,  julio  18, agosto 1, septiembre 14, octubre 29 y diciembre 6 de 2012; febrero 5,  marzo        15,        mayo        31       y       septiembre       9       de  2013.           

6  La  Sala  transcribió  apartes del fallo de segunda instancia referidos a dos temas  de  debate; sin embargo, sobre todos los tópicos mencionados por el defensor en  su   libelo  se  pronunció  el  ad  quem.     

7 Cfr.  Escrito de Acusación, folio 11 del cuaderno No. 1.     

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