42629(11-12-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Aprobado acta Nº 419  

Bogotá, D. C., once  (11) de diciembre de dos mil trece (2013).   

VISTOS  

La Corte resuelve acerca de la admisibilidad  de   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  Carlos  Francisco  Rivera  Grajales, contra  la  sentencia  dictada  por  el  Tribunal Superior de Manizales (Caldas) el 9 de  agosto  de  2013, mediante la cual confirmó la proferida el 20 de septiembre de  2010  por  el  Juzgado  Penal  del Circuito de Anserma (Caldas), que condenó al  mencionado  como  autor del delito de acceso carnal abusivo con menor de catorce  años.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

1.  Los primeros  fueron    sintetizados    por    el    ad  quem  de la  siguiente manera:   

“El  acontecimiento  investigado  acaeció  el día jueves 30 de julio de 2009, en el  barrio  Cristo  Rey de Anserma, Caldas, fecha en que la menor L.A.C.M., quien en  esa  época contaba con 13 años de edad, se encontraba esperando a una amiga en  el  parque y fue abordada por el acusado Carlos Francisco Rivera Grajales, quien  le  propuso  que  esperara  a  la compañera en su casa, aceptó la invitación,  fueron  a  la  vivienda  e  ingresaron  a  la  pieza de él a ver una novela, le  empezó  a  hacer cosquillas, pero lo llamaron, se fue y dijo que ya volvía, al  rato  regresó,  ella  estaba acostada con la ropa cobijada, él se acostó a su  lado,  empezó a besarla, le quitó toda la ropa y tuvieron relaciones sexuales,  le  introdujo  el pene en la vagina y cuando terminaron se ofreció a llevarla a  su  casa,  pero le respondió que estaba muy tarde, se durmieron y se levantaron  a  las cinco y media de la mañana, la arrimó hasta cerca de su casa, pero ella  se    devolvió    para    el    parque    porque    le   daba   miedo   de   un  regaño.”            

2. Por los anteriores hechos, el 19 de marzo  de  2010  ante  el  Juez  1º  Promiscuo  Municipal  con  Función de Control de  Garantías   de   Anserma  (Caldas),  se  llevó  a  cabo  audiencia  preliminar  concentrada  donde  se  legalizó la captura por orden escrita librada en contra  de   Carlos   Francisco  Rivera  Grajales,  y  seguidamente  la  Fiscalía formuló imputación al mencionado  como  autor del delito de acceso carnal abusivo con menor de catorce años (art.  208 del C.P.), quien rechazó los cargos.   

En la oportunidad indicada, el implicado fue  afectado  con  medida  de  aseguramiento  privativa  de  la  libertad  en centro  carcelario.   

3. El 13  de   mayo   de   2010  se  cumplió  la  audiencia  de formulación de acusación ante el Juzgado Penal del  Circuito       de       Anserma      (Caldas),  conforme  al  escrito presentado  por  el  delegado del Fiscal  General  de  la Nación, en la que reiteró los cargos  atribuidos      en      la      formulación      de     imputación.     

4.           Cumplidas       las      audiencias  preparatoria    y   de  juicio   oral,   el   20  de  septiembre de   2010  se  dictó  sentencia  de  primera  instancia  en  la que  se  condenó a      Rivera     Grajales   a   la   pena  principal   de   144  meses de prisión y, por el  mismo   término,  a  la  accesoria  de  inhabilitación   para   el   ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  como  autor  del  delito  de acceso carnal  abusivo   con   menor   de   catorce   años,   negándosele   la   suspensión  condicional  de la ejecución de la pena y la prisión  domiciliaria.   

5.  Apelado  el  fallo     por     el     defensor     del             incriminado,  en  sentencia  adiada  el  9 de agosto de 2013 el Tribunal Superior de Manizales  (Caldas)  lo confirmó en su  integridad.     

6.  Contra   la   anterior   decisión,   el  profesional   del   derecho   que   vela  por  los  intereses  del  acusado           interpuso recurso de casación.   

LA      DEMANDA     

Invocando   como   finalidad  del  recurso  extraordinario  el  respeto  de  las  garantías  debidas  a su representado, al  amparo  de  las  causales  segunda  y tercera del artículo 181 de la Ley 906 de  2004,  el  defensor  formula dos reproches contra el fallo de segunda instancia,  argumentos que se sintetizan de la siguiente manera:   

1.  Señala  el  demandante  que  en  la actuación adelantada contra su prohijado se presenta la  causal  de nulidad prevista en el inciso primero del artículo 457 de la Ley 906  de  2004,  derivada  “del desconocimiento del debido  proceso  por  afectación  de  las  garantías debidas al sindicado en lo que se  refiere  al  derecho  a  contar  con  una apropiada defensa técnica”.    

Agrega que no obstante contar formalmente con  un  defensor  de confianza, que acompañó al acusado en todas y cada una de las  audiencias  surtidas en el trámite, aquél no cumplió adecuadamente el encargo  encomendado,  puntualmente  por dos razones: su falta de pericia en el manejo de  la  técnica  propia  del  sistema  penal acusatorio y su inactividad en materia  probatoria.        

Refiere el casacionista que en las audiencias  preliminares  el  defensor  no  se  pronunció  frente  a  las solicitudes de la  Fiscalía,  ni  interpuso  los  recursos legales contra las decisiones adoptadas  por  el  juez  de  garantías.  De  igual  forma,  indica  que  en  la audiencia  preparatoria  es  patente  su  desconocimiento del sistema desde “el  mismo  acto  de  la  presentación”,  así  como  en  la  fase  del  descubrimiento  probatorio  que  corresponde a la  defensa,  pues  allí  pidió  al  juez  remitir  a  la  víctima  a valoración  siquiátrica,  funcionario  que  le  hizo ver lo improcedente de su petición; o  cuando   solicitó   el   testimonio   de  Juan  David  Zuluaga,  luego  de  que  “la  Fiscalía  ya  se había pronunciado sobre las  estipulaciones probatorias”.   

Agrega  el recurrente, que en el juicio oral  el  desconocimiento  del sistema acusatorio por parte de su antecesor aflora por  múltiples  razones,  entre ellas el hecho de no presentar una teoría del caso,  evidenciar    graves   falencias   en   la   técnica   del   interrogatorio   y  contrainterrogatorio  que  lo  llevó  a  abstenerse  de  formularlo  a  algunos  testigos  y  peritos,  particularmente  en  el caso de los deponentes John Jairo  Correa  Idárraga (padre de la víctima), Nelson Salazar Uribe (médico legista)  y  Liliana  Pulgarín  Ospina (sicóloga del C.T.I.); y mostrarse pasivo ante la  inasistencia  de  la  testigo  Daniela  Álvarez,  prueba  que  el censor estima  crucial  para  la  defensa  del  acusado,  en  tanto  víctima  y  victimario se  conocieron  en  casa de la mencionada y ella fue la última persona que vio a la  menor L.A.C.M. el día de los hechos.   

Tales  deficiencias, indica el casacionista,  que  en  su  sentir  no  fueron  simplemente  el  resultado  de  una  estrategia  defensiva,  condujeron  a  que  se  renunciara  a la oportunidad de demostrar al  juzgador  la  mendacidad de la declaración de la víctima, prueba sobre la cual  se   edificó   la  condena  proferida  en  contra  del  procesado  Rivera  Grajales;  de igual forma, refiere  el  recurrente que la inactividad de su antecesor impidió que en el juicio oral  se  estableciera  con  certeza  la  fecha de los hechos, aspecto que el Tribunal  apenas   si   consideró   como  una  “imprecisión  irrelevante”    que   en   nada   desvirtuaba   la  responsabilidad  penal del incriminado, cuando, resalta el censor que de haberse  conocido, habría permitido un mejor ejercicio defensivo.   

El  impugnante destaca que si el profesional  del  derecho que lo precedió hubiera contrainterrogado al perito traído por la  Fiscalía,  quien rindió el informe técnico médico legal sexológico sobre el  reconocimiento   practicado   a   la   menor   L.A.C.M.,   con   “sencillas  preguntas  como  (…)  ¿del  examen  médico  se puede  obtener  información  certera acerca de con quien se sostuvieron las relaciones  sexuales  en  caso  de  haber  existido  estas?  ¿el  examen  médico nos puede  confirmar  sin duda alguna que la menor L.A.C.M. sostuvo relaciones sexuales con  determinada  persona  y concretamente con Carlos Francisco Rivera Grajales? ¿el  examen  médico  practicado  nos puede dar información concreta del sitio donde  la  menor  pasó  la  noche  cuando  se  quedó  fuera  de  su casa?”,  se  habría  evidenciado  a los sentenciadores de instancia la  ausencia      de      prueba      sobre     la     responsabilidad     de     su  prohijado.                         

En  igual  sentido se refiere el libelista a  los  testimonios  de  los  progenitores  de  la  víctima, a quienes, afirma, su  antecesor  debió  contrainterrogar  a  fin  de  demostrar  la  falsedad  de las  manifestaciones  de la menor L.A.C.M., indagándoles sobre la versión según la  cual  ésta  reconoció  ante ellos que no había tenido relaciones sexuales con  Rivera  Grajales,  así como  sobre  el  hecho  de que antes de los hechos investigados había yacido con otro  hombre     y     el     motivo     por     el     que     a    éste    no    lo  denunciaron.          

Asimismo,  cuestiona  el  recurrente  que el  primer  defensor  del  procesado  se  abstuviera  de  interrogar a la perito del  C.T.I.  de la Fiscalía que realizó la valoración sicológica a la víctima, a  fin  de  desvirtuar  su valor probatorio dadas las falencias que, en su parecer,  incurre,  tales  como  no tener en cuenta la fecha de la supuesta ocurrencia del  suceso  y  la  incoherencia  de  afirmar  y negar en el informe base de opinión  pericial  la existencia de estrés post traumático en la menor L.A.C.M., con lo  cual  se  habría  reforzado  la  tesis de que no hubo un encuentro sexual entre  ésta y el implicado.       

Concluye   el  censor  afirmando  que  las  deficiencias  en  el  ejercicio de la defensa técnica por parte del profesional  que   inicialmente  fungió  como  defensor,  derivó  en  la  imposibilidad  de  desvirtuar  el  señalamiento  que  la  víctima  hizo  en  contra  del  acusado  Rivera Grajales, y condujo al  proferimiento  de  la  sentencia  condenatoria  en contra del mencionado, por lo  cual  demanda  a la Corte declarar la nulidad “desde  el  mismo  momento  de  la  audiencia de legalización de la captura”.       

2. Acusa el censor  al  Tribunal  de infringir de manera indirecta la ley sustancial (artículos 380  y  381 de la Ley 906 de 2004), consecuencia de un error de hecho determinado por  un  falso  juicio  de  existencia por omisión en la apreciación de las pruebas  legal y oportunamente aducidas al proceso.   

A continuación el demandante señala que el  vicio   denunciado  recayó  sobre  “la  entrevista  realizada  por  la  investigadora  del  C.T.I.  [Liliana  del  Socorro  Ramírez  Idárraga]”,  la  valoración  sicológica realizada  por  la  perito  Liliana  Pulgarín  Ospina,  el  informe técnico médico legal  sexológico  efectuado  por  el  médico  legista  Nelson  Salazar  Uribe, ambos  ratificados  con  sendas  declaraciones  rendidas  en  el  juicio  oral,  y  los  testimonios  de John Jairo Correa Idárraga y Sandra Patricia Meza, progenitores  de la menor L.A.C.M.          

El libelista cita los apartes de la sentencia  de  segundo grado donde, dice, se evidencia que el juez colegiado no valoró las  pruebas  antes relacionadas pues, anota, pese a existir por parte de la víctima  diferentes  versiones contradictorias entre sí, “el  ad  quem otorga total credibilidad a una de las declaraciones de la menor y solo  a  una,  (…)  por  ser  consecuente  con  lo  narrado por la madre”.   

Seguidamente   el  demandante  critica  la  conclusión  que  el  Tribunal derivó del relato de la madre de la víctima, en  tanto  del  hecho  de  que  el  día  del suceso aquella encontrara vestigios de  sangre  en  la  ropa  íntima  de  su  hija L.A.C.M., infirió que efectivamente  había  tenido  ocurrencia  la  relación  sexual y, por ende, dio por cierto el  señalamiento  que  ésta  hizo en contra de su defendido, aserto que, aduce, no  está  de  acuerdo “con las reglas de la experiencia  y  con  las  conclusiones  de  la  ciencia  médica”,  habida  consideración  que  el  himen de la presunta afectada era de naturaleza  complaciente  o  dilatable  y  no  se  hallaron  rastros de violencia, según lo  determinó  el examen sexológico, únicos supuestos en que se habría producido  el         sangrado         en         los         genitales        de        la  menor.          

Y en esa misma línea, el recurrente continua  cuestionando  el  poder suasorio que los juzgadores atribuyeron al testimonio de  la  afectada,  de  quien resalta su tendencia a la mentira, según lo reconoció  ésta  en  la  valoración sicológica, y su experiencia sexual previa al hecho,  como  lo  depusieron al unísono los testigos de la Fiscalía y de la defensa, y  concluye  el  impugnante  que al omitirse la estimación de tales aspectos en el  fallo  atacado,  se  incurrió “en el error de hecho  por  falso  juicio  de existencia por omisión”, cuya  trascendencia  estriba  en que de no haber caído el ad quem en el anotado vicio  “de  ninguna  manera  hubiera  podido calificar los  señalamientos   hechos  por  la  menor  como  de  contundentes  ni  de  guardar  coherencia  con  las  otras  pruebas”, y por tanto la  sentencia habría sido absolutoria.       

En  consecuencia,  pide  a la Corte casar la  sentencia  impugnada  y,  por  contera,  absolver  a  su defendido de los cargos  atribuidos en la acusación.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

1.  Conforme  a la  normativa  regulada  en  el Código de Procedimiento Penal de 2004, la casación  se  establece  con  una doble connotación, tanto de control constitucional como  legal  de las sentencias proferidas en segunda instancia, en orden a realizar la  efectividad   del  derecho  material,  el  respeto  de  las  garantías  de  los  intervinientes,  la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  éstos  y  la  unificación de la jurisprudencia.      

Ahora bien, sin perjuicio de la facultad que  la  ley  otorgó  a  la  Sala  de  Casación  Penal  de la Corte, de superar los  defectos  de  la  demanda  para  decidir de fondo en aquellos eventos en que los  fines  de  la casación, su fundamentación, posición del impugnante dentro del  proceso  e  índole  de  la  controversia planteada así lo ameriten, el recurso  extraordinario  no  es  un  mecanismo  carente de rigor.       

En  efecto,  la  casación  penal  no  puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso, ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición; por  el  contrario, dado el carácter extraordinario y rogado del recurso, en el cual  se  examina  la legalidad de la sentencia, está ligado a causales taxativas que  tienen  contenidos  propios,  referidas  a  vicios  sustanciales  o  procesales,  además,  en  el  desarrollo  de  cada  uno  de  los reparos formulados se deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos  de lógica y adecuada fundamentación, cuyo  desconocimiento  conlleva  a su inadmisión, como lo establece el inciso 2º del  artículo 184 del Código de Procedimiento Penal de 2004.   

Es  así  que  según  el  citado  precepto,  mediante  decisión  motivada  la  Corte  está  facultada  para  no seleccionar  aquellas  demandas  que se encuentren en cualquiera de los siguientes supuestos:  “Si  el demandante carece de interés, prescinde de  señalar  la  causal,  no  desarrolla los cargos de sustentación o cuando de su  contexto  se  advierta  fundadamente  que  no  se precisa del fallo para cumplir  algunas  de las finalidades del recurso.”     

Significa   lo   anterior,   que  dada  la  preponderancia  de los fines del recurso extraordinario en la sistemática de la  Ley  906  de  2004,  aun cuando la demanda de casación no reúna las exigencias  formales  y sustanciales, la Corte puede superar sus defectos y decidir de fondo  el  asunto  si lo advierte necesario en orden a garantizarlos; y de igual forma,  no   obstante  cumplir  el  libelo  con  los  requisitos  de  lógica  y  debida  fundamentación,  procede  su  inadmisión  si  de  acuerdo a dichos fines no se  precisa de un fallo de mérito.    

2. En relación con  el   primer  cargo  que  el  demandante  postula  por  la vía de la nulidad, si bien la Sala ha dicho que es  menos  exigente  en  su  demostración  que  las otras causales de casación, lo  cierto  es  que impone al demandante proceder con precisión, claridad y nitidez  a   identificar   la   clase   de  irregularidad  sustancial  que  determina  la  invalidación,  plantear  sus  fundamentos  fácticos, indicar los preceptos que  considera   conculcados  y  expresar  la  razón  de  su  quebranto,  así  como  especificar  el  límite  de  la  actuación  a  partir de la cual se produjo el  vicio.   

De  igual  forma,  compete  al  recurrente  informar  la  cobertura  de la invalidez, evidenciar que procesalmente no existe  manera  diversa  de  restablecer  el  derecho  afectado  y,  lo más importante,  comprobar  que la anomalía denunciada tuvo injerencia perjudicial y decisiva en  la  declaración  de  justicia  contenida  en  el  fallo impugnado -principio de  trascendencia-,  dado  que  este  recurso  extraordinario  no  puede fundarse en  especulaciones,   conjeturas,   afirmaciones  carentes  de  demostración  o  en  situaciones ausentes de quebranto.   

2.1 Lo primero que  se  advierte  es  la confusión del demandante al plantear el reproche, en tanto  coetáneamente  invoca como origen de la nulidad el quebranto del debido proceso  y  del  derecho  de  defensa  de  su  representado, partiendo del mismo supuesto  fáctico  y  aduciendo idénticas razones, imprecisión que resulta relevante en  materia  del recurso de casación, pues al ser el primero un vicio de estructura  y  el  segundo uno de garantía, su afectación involucra ámbitos diversos, por  lo  cual  corresponde al censor formularlos separadamente, en acatamiento de las  exigencias  de lógica y adecuada fundamentación y del principio de autonomía,  conforme  al  cual,  cada  causal  y  motivo  que le da sustento tiene una forma  precisa   de   postulación   y   de  comprobación1.   

Así   lo   tiene   dicho   la   Sala,  al  exponer:   

“Además, en un  mismo  cargo  por  nulidad no puede proponerse simultáneamente el quebranto del  debido  proceso  y  del derecho de defensa, porque se trata de vulneraciones que  afectan  dos  ámbitos  suficientemente  delimitados  y  delimitables,  conforme  también  lo ha sostenido pacíficamente la jurisprudencia de esta Corporación.  Ello,  por  cuanto  la  vulneración  del  debido proceso constituye un vicio de  estructura,  mientras  que  el  quebranto  del derecho a la defensa, comporta un  vicio  de garantía, características distintivas que, se reitera, imposibilitan  su  invocación  conjunta,  con  fundamento  en  los  mismos  supuestos de hecho  procesales y con apoyo en las mismas razones críticas.   

Y  cuando lo pretendido es denunciar varias  irregularidades,  cada  una  de  ellas  con entidad suficiente para invalidar la  actuación  o  parte  de  ella,  resulta  indispensable  que  en  la  demanda se  sustenten   en   capítulos   separados   y  de  manera  subsidiaria  si  fueren  excluyentes,  pues  sólo  así  puede  acatarse  la  exigencia  de  claridad  y  precisión  en  la  postulación  del  ataque  y  respetarse  los  principios de  autonomía    y    de    no    contradicción    de    los    cargos   en   sede  extraordinaria.”2   

No  empece  ser  suficiente  lo  dicho  para  inadmitir  el  cargo,  la Corte igualmente lo encuentra infundado, pues la tesis  del  recurrente  en  cuanto  a  que  la  nulidad  estriba en la falta de defensa  técnica  de  su  representado  en  el  trámite  de  la  actuación, no aparece  demostrada.     

2.2  Señala  el  casacionista  como motivo de la irregularidad denunciada, que el profesional del  derecho  que  lo  antecedió  en el ejercicio de la defensa técnica del acusado  Rivera  Grajales no cumplió  su  labor,  fundamentalmente  por (i) su impericia en el manejo de las técnicas  propias   del  sistema  penal  acusatorio  y  (ii)  su  inactividad.     

Y  no  obstante  indicar  el  libelista  las  intervenciones   procesales  de  su  antecesor  que  evidencian  los  anteriores  supuestos,  entre  las cuales relaciona (i) no haber interpuesto recursos contra  las   decisiones   adoptadas   en   las   audiencias   preliminares,   (ii)   el  desconocimiento  acerca  de  su  rol  en  la audiencia preparatoria, (iii) la no  presentación  de  una  teoría del caso y (iv) las falencias en la formulación  de  los  interrogatorios  y  contrainterrogatorios,  que  afirma, llevó a quien  fungió  como  defensor  a  no  inquirir  a algunos testigos de cargo; a ello se  limita  su  discurso, sin que revele, conforme al principio de trascendencia que  rige  las  nulidades,  cómo  tales  vicios  afectaron  de  manera  efectiva  la  garantía  invocada,  al  punto  que  se  hizo  nugatoria  cualquier posibilidad  defensiva.   

Por  el  contrario,  lo  que  patentiza  el  discurso  del  censor  es  que  los  cuestionamientos  que  sobre el punto hace,  obedecen  a  su  particular  criterio  sobre la manera como debió orientarse la  defensa,  circunstancia  que por sí sola no tiene la potencialidad de erigir el  aludido quebranto.    

En  efecto,  como reiteradamente ha dicho la  Sala3,  cada profesional del derecho, desde su punto de vista y atendidas  las  particularidades  del  caso,  está  en  absoluta  libertad  de formular la  estrategia  que  de  mejor  manera  consulte  los  intereses  del  acusado, cuya  finalidad  no  siempre será la absolución, sino también la decisión que para  éste  resulte más benéfica, luego una aparente pasividad de la defensa, verbi  gratia,  no interponer recursos o resignar determinadas solicitudes probatorias,  salvo  que  se trate del total abandono de la gestión defensiva, no estructuran  irregularidad  de  tal calado que comporte la invalidación de la actuación por  trasgresión de la garantía del derecho de defensa.   

En  ese orden, en el asunto de la especie no  resulta   cuestionable,  sin  más  argumento  que  la  omisión  en  sí  misma  considerada,   que  el  defensor  del  acusado  Rivera  Grajales  se  abstuviera  de  interponer  los recursos  legales  contra la decisión del juez de garantías de declarar legal su captura  e  imponerle  medida de aseguramiento, pues ello fue consecuencia de la personal  apreciación   de   quien  para  ese  momento  representaba  los  intereses  del  mencionado,  amén de que no indicó el censor, objetivamente cuál habría sido  el resultado de ese ejercicio impugnatorio.   

De igual forma, la solicitud del defensor en  la  audiencia  preparatoria  encaminada  a que el juez remitiera a la víctima a  valoración  siquiátrica,  si bien no consulta las reglas sobre descubrimiento,  enunciación,  solicitud  y  decreto  de  pruebas  establecidas en la Ley 906 de  2004,  no  se  constituye  en  una  irregularidad  sustancial con el alcance que  pretende  el impugnante, en tanto éste se abstiene de indicar la pertinencia de  dicha  prueba  y,  en  el  evento  de  haber  sido decretada y practicada, cuál  habría  sido  su  capacidad  demostrativa  y  su  incidencia  en la valoración  conjunta  del  haz  probatorio,  y  cómo  habría  llevado  a los juzgadores de  instancia a absolver al acusado.   

Sobre la inactividad del defensor como causa  de  la  afectación del derecho de defensa, la Corte4               ha  señalado:            

“En esa medida,  de  manera sucinta dígase que cuanto se reclama la nulidad de la actuación por  la  inactividad  del  defensor,  se  impone  precisar  cuáles habrían sido los  ejercicios  que  debió  adelantar  el  abogado,  especificándolos  y  a su vez  mostrando  la  realidad que se derivaría a consecuencia de la intervención del  profesional del derecho.   

Por   tal   motivo,  en  modo  alguno  es  suficiente,  como  lo  interpreta el impugnante, con manifestar de forma general  que  su  antecesor  no  pidió  pruebas  o  interpuso recursos, sin que la Corte  tampoco   vislumbre   una   inactividad   trascendente   de   la   defensa   del  implicado.”5   

Agréguese  a  lo  dicho,  que  revisada  la  actuación  se  advierte que la pasividad de la defensa en materia probatoria de  que  se  duele  el recurrente, no se compadece con la realidad procesal, pues en  la  audiencia  preparatoria,  salvo lo relativo a la prueba pericial, las demás  solicitudes  de la defensa fueron acogidas por el juez, entre ellas la práctica  de  varios  testimonios, incluido el del acusado Rivera  Grajales, con los cuales pretendió el profesional del  derecho  demostrar  que  el citado no accedió carnalmente a la menor L.A.C.M. y  que     todo     fue     un     montaje    orquestado    por    ésta    y    su  familia.        

Y si bien en desarrollo del juicio, ante la  ausencia  de  la  testigo Daniela Álvarez, amiga y compañera de estudios de la  víctima,  el  defensor  no  insistió en su práctica, no asoma claro que dicho  testimonio  fuera crucial para demostrar la inocencia del acusado o que al menos  generara  duda  en  el  juzgador, pues según lo reconoce el libelista a aquella  sólo  le  constaba  que víctima y victimario se habían conocido en su casa, y  no  es  cierto  que  la  mencionada hubiera sido la última persona que vio a la  menor  L.A.C.M.  el  día  de  los hechos, como erradamente lo afirma el censor,  pues  según  lo  indicó esta última en el juicio, estaba en compañía de una  amiga de nombre María Victoria.      

De otra parte, la crítica del recurrente en  cuanto  a  la  falta de pericia del anterior defensor en el uso de las técnicas  propias  del  sistema  acusatorio,  particularmente  en  cuanto  a  la manera de  realizar  el  contrainterrogatorio a los testigos de la Fiscalía, que, asevera,  lo  llevaron  después  de  un  primer  intento  fallido  a  no  insistir  en su  formulación  a  otros  deponentes,  no  es  sustento  suficiente para alegar en  casación  la  afectación  del derecho de defensa, como si tratara del abandono  absoluto  de  la  labor defensiva encomendada, pues ello no resulta ser más que  una  disparidad  de  criterio en torno a la manera como su antecesor asumió las  obligaciones     inherentes    a    su    encargo6.      

Sobre el tema la Sala ha dicho:  

“Para empezar,  es  necesario  señalar  que,  sustentado  el  cargo  no en la inactividad de la  defensa,  sino  en  su  inadecuado  ejercicio,  la  inconformidad del impugnante  resulta  per  se inatendible porque, conforme lo tiene dicho la Sala, en sede de  casación  no  resulta  dable  juzgar  el  acierto  o  desatino  de  la gestión  profesional  de los defensores que precedieron al actor, pues cada letrado tiene  su  particular  forma  para  afrontar la labor encomendada, sin que sea factible  determinar  en  forma  irrebatible  cuál  pudo  ser  la mejor y más afortunada  estrategia                 defensiva7.”8   

Que    su    predecesor    únicamente  contrainterrogara  al testigo John Jairo Correa Idárraga, padre de la víctima,  y  no  hiciera  lo  propio  con  los  restantes  declarantes  presentados por la  Fiscalía,  en  aras  de determinar con certeza, por ejemplo, la fecha exacta en  que  la  menor  L.A.C.M.  sostuvo el encuentro sexual con el incriminado, es una  decisión  que  obedece  a  una  particular  estrategia  defensiva, y afirmar lo  contrario,  como lo hace el casacionista, no es más que una mera especulación.   

Y  en  cuanto  a  la  forma  como debió el  defensor  formular  el  cuestionario  a  los  peritos  que  rindieron el informe  técnico  médico  legal  sexológico  y  la  valoración sicológica a la menor  afectada,  no acierta el libelista en indicar de qué manera ello incidió en la  declaración  de  justicia  contenida  en  el  fallo,  es decir, si formulado el  interrogatorio  como  se  aventura  a  indicarlo  en  la  demanda,  ello habría  conducido  a  demostrar  la  inocencia  de su prohijado o cuando menos a generar  duda  en  el  juzgador y, por contera, a la absolución.       

Con relación a la mejor manera de formular  el  interrogatorio  cruzado a los testigos y, en general, sobre el manejo de las  técnicas  propias  del sistema acusatorio en el juicio, si bien existen ciertos  derroteros  cuya  observancia permite la adecuada práctica de las pruebas, ello  no   se   constituye   en  imprescindibles  que  de  no  acatarse,  per  se  afecten  las  garantías  de las  partes    y    conduzcan    ineluctablemente    al   remedio   extremo   de   la  nulidad.            

Sobre  dicha  temática  resulta pertinente  citar  el  auto  adiado  3 de julio de 2013, radicación número 41544, donde la  Sala señaló:   

“Al respecto, la Corte tiene que precisar  cómo,  en  sana  lógica jurídica, la suma de irregularidades intrascendentes,  por  muchas  que ellas puedan hacerse ver, de ninguna manera conforma el tópico  de  trascendencia  que  obliga  la anulación del trámite por violación de esa  garantía    constitucional    y    legalmente    establecida   en   favor   del  procesado.   

        Así  mismo,  también  se  tiene  claro  que en tratándose de las  técnicas  propias del sistema acusatorio y, en particular, de la mejor forma de  afrontar  los  interrogatorios y contrainterrogatorios, así como las objeciones  a  los mismos y la introducción de elementos materiales probatorios, evidencias  o  informes, es mucho lo que aún falta por recorrer en nuestro país, pues, esa  que  se  entiende  decantada práctica en países pioneros del sistema, luego de  décadas  de  implementación,  apenas  asoma  sus  aristas aquí, sin que pueda  decirse  que  lo planteado por el funcionario judicial en determinado momento, o  lo  que  presentan las partes, represente la última palabra o el mejor hacer ya  consolidado.   

        Por  ello,  la  definición  de  que  el  profesional  del  derecho  efectivamente  abjuró  de su misión y realizó una defensa completamente ajena  a  estándares mínimos previamente definidos, no puede pasar por la tarea si se  quiere  elemental  de  contabilizar  cuántas  veces fue objetada una pregunta o  cómo  se  impidió  introducir  determinado  elemento  probatorio,  pues, en un  terreno  tan  movedizo  siempre  será posible que ello suceda respecto de todos  cuantos  como  partes o intervinientes actúan en el escenario judicial, sin que  sea  factible  tampoco  definir  con  vocación  de verdad incontrastable que la  decisión  del  funcionario  judicial  resulta  irreprochable  en  términos  de  técnica procesal.   

        El  casacionista dedicó gran parte de sus esfuerzos argumentativos  a  resaltar  esas  que dijo actividades poco profesionales de su antecesor en el  cargo,  pero  apenas  sustentado  en  que  la  Fiscalía  objetó  o impidió la  práctica  judicial,  o  que  la  jueza  llamó  la atención al profesional del  derecho.   

        Y,  sí, es factible que de verdad el abogado escogido directamente  por  el  acusado  para  representarlo  en  el  proceso  penal,  no  conozca a la  perfección   esas   técnicas  o  yerre  en  la  comprensión  de  determinados  mecanismos  y  ello  genere  que  la  Fiscalía  objete con buen juicio o que la  funcionaria judicial lo llame al orden.   

        Pero  eso  sucede  por  lo común en los juicios que en Colombia se  siguen,  sin  que  la  irregularidad  sea capital exclusivo de la defensa, pues,  también   reiteradamente   la   Fiscalía,   el   Ministerio   Público   o  la  representación  de las víctimas, es objeto de amonestación o sus esfuerzos se  ven  entorpecidos  por  la actitud diligente de la contraparte, materializada en  frecuentes objeciones.   

        Lo  trascendente,  para  efectos de la causal de nulidad propuesta,  es  que  pueda  demostrarse  objetivamente  que  esa inexperiencia de la defensa  resultó  de  tal magnitud que impidió presentar una teoría del caso válida y  suficiente  para  haber  llegado  a  resultado diferente del que en casación se  ataca.”   (Resaltado no original).   

Y  es  precisamente la trascendencia de las  irregularidades  en  que  afirma  el recurrente incurrió el primigenio defensor  del  procesado,  la  que no advierte la Corte en el asunto examinado, pues no se  evidencia  cómo  el  interrogatorio  que dice el censor debió formularse a los  peritos  hubiera cambiado radicalmente las conclusiones del fallo atacado, a tal  punto de trocar la condena en absolución.      

A  modo  de  ejemplo, vale la pena citar el  cuestionario  que en sentir del libelista debió formular su antecesor al perito  que  rindió el informe técnico médico legal sexológico practicado a la menor  L.A.C.M.,  en  tanto  de preguntas tales como “¿del  examen  médico  se  puede  obtener  información certera acerca de con quien se  sostuvieron  las  relaciones  sexuales  en  caso  de  haber existido estas? ¿el  examen  médico  nos  puede  confirmar  sin  duda  alguna  que la menor L.A.C.M.  sostuvo  relaciones  sexuales con determinada persona y concretamente con Carlos  Francisco  Rivera  Grajales?  ¿el  examen  médico  practicado  nos  puede  dar  información  concreta  del sitio donde la menor pasó la noche cuando se quedó  fuera   de   su  casa?”,  amén  de  ser  claramente  impertinentes,  no  se vislumbra cómo la respuesta a ellas, obviamente negativa  en  su  mayoría,  demostraría  la  mendacidad  del dicho de la afectada y, por  contera,  determinaría  una sentencia favorable a los intereses del incriminado  Rivera               Grajales.              

Igual   acontece  en  relación  con  los  testimonios   de   la  perito  que  rindió  el  informe  sobre  la  valoración  sicológica  y  de los padres de la menor, pues en esa misma dirección continua  el  casacionista  por  la  senda  de  la especulación, indicando lo que habría  podido  ocurrir en favor de su representado si el profesional del derecho que lo  precedió  hubiera  ejercido  la  defensa como él considera era lo correcto, lo  cual,  como  quedo  atrás  visto,  no  resulta  ser  más que una diferencia de  criterios  en  cuanto  a  la mejor manera de ejercer el encargo encomendado, que  deviene  insustancial  en  orden  a  demostrar  el  quebranto de la garantía al  derecho  de  defensa  por inactividad o inadecuado ejercicio de quien la realiza  de manera técnica.       

Finalmente,   en   relación  con  la  no  presentación  de  la  teoría del caso, el reparo resulta igualmente infundado,  porque  conforme al artículo 371 del Código de Procedimiento Penal de 2004, no  es  obligación  de  la defensa pronunciarse en tal sentido, de manera que si el  togado  se  abstuvo  de  hacerlo,  esa  actitud  procesal  debe  entenderse como  manifestación de la estrategia defensiva por la que optó.   

3.   Sobre  el  segundo   cargo   que   el  demandante  formula  por  la  senda  de  la  infracción  indirecta  de  la  ley  sustancial,  a  ésta se llega como consecuencia del error en la apreciación de  los  medios probatorios, yerro que puede ser de hecho, cuando se deriva de falso  juicio  de  existencia,  falso  juicio  de  identidad  o  falso raciocinio; o de  derecho,  si  surge  de falso juicio de legalidad o falso juicio de convicción;  cualquiera  de  los  cuales  determinan  la  falta  de aplicación o aplicación  indebida   de  normas  sustanciales  llamadas  a  regular  el  caso.     

En  ese  orden, corresponde al casacionista  indicar  en  qué consistió el error, es decir, si fue de hecho o de derecho en  razón  de  la  valoración  de  la  prueba,  y  concretarlo  en  alguna  de las  categorías  de  falso  juicio  indicadas,  para  luego proceder a evidenciar su  trascendencia en la violación de la ley sustancial.   

3.1 El recurrente  acusa  al  Tribunal  de  incurrir en un error de hecho  determinado  por  un  falso  juicio  de existencia en la apreciación de pruebas  legal  y  oportunamente  practicadas  en el juicio oral, consecuencia de lo cual  infringió  los  artículos  380  y  381  del  estatuto  procedimental  penal de  2004.     

Conviene      recordar,  como lo ha  reiterado  la  jurisprudencia  de la Sala9,   que  se  incurre  en  el vicio  alegado     por     el     censor    cuando   el   fallador   de  ninguna  manera  valora  el  contenido material de un medio de  prueba         legalmente        incorporado        a              la             actuación,  o  cuando  lo  supone pese a que no forma parte de  él.    

En  orden  a  demostrar  el  falso  juicio  de  existencia por omisión, incumbe al demandante  indicar  la  existencia  material  de  la  prueba  que  válidamente  obra en la  actuación,  objetivar  su contenido en relación con los aspectos sustanciales,  señalar   cuál  es  el  mérito  que  le  corresponde siguiendo los postulados de la sana crítica, para  luego,  en  punto  de  trascendencia, precisar cómo su estimación conjunta con  los  demás  medios  probatorios  que  obran  en el proceso, habría determinado  una    declaración    de    justicia   diferente   a   la   consignada   en  la  sentencia  impugnada.           

De    igual    forma,   “ha  dicho  la  Sala que tal pretermisión no acontece si los jueces  tuvieron  en  cuenta  el  elemento  de  juicio que se extraña, así no lo hayan  mencionado  de  manera  expresa en la motivación. Tampoco cuando lo apreciaron,  pero  dejaron  de  lado aspectos que el demandante considera relevantes (caso en  el  cual  debería  formular un falso juicio de identidad por cercenamiento). Ni  cuando  la  prueba  fue  valorada  en  la  decisión  de  primera instancia y la  decisión  de  segundo  grado  confirma  los  aspectos objeto de debate, pues en  tales  casos las providencias se han integrado en una unidad jurídica imposible  de     escindir.”10   

En  el  caso  de la especie el  impugnante  se equivoca tanto en la  postulación  del reproche como en su demostración,  pues  pese  a  indicar  que el juez colegiado omitió  estimar   el  contenido  material  de  (i)  “la entrevista realizada por la  investigadora  del  C.T.I.  [Liliana del Socorro Ramírez Idárraga]”,  (ii)  la  valoración  sicológica  realizada  por la perito Liliana Pulgarín Ospina,  (iii)  el  informe  técnico  médico legal sexológico efectuado por el médico  legista  Nelson  Salazar  Uribe,  ambos  ratificados  con  sendas  declaraciones  rendidas  en  el  juicio  oral,  y,  (iv)  los  testimonios de John Jairo Correa  Idárraga   y   Sandra   Patricia  Meza,  progenitores  de  la  menor  L.A.C.M.;  del  contexto  de  la  demanda  y  de  la  apreciación   objetiva   del   fallo   atacado,  se  evidencia  que  el  sentenciador de segundo grado sí los apreció, pero no tuvo  en  cuento aspectos que el  libelista         estima         relevantes  a  fin  de  demostrar  la  ausencia de responsabilidad  penal          de         su         representado.             

En      efecto,      expresa  el  censor  que en cuanto a la  primera   “prueba”  enunciada,  el Tribunal no consideró el aparte donde  la   menor   L.A.C.M.   reconoció   que   antes   de   los  hechos  materia  de  investigación   había  tenido    relaciones    sexuales    con   un   joven   mayor   de   edad de nombre Diego; agrega que en el  fallo  atacado  tampoco  se  tuvo en cuenta que en la valoración sicológica la  víctima   dijo  haber  mentido  a su progenitora sobre el lugar donde pasó  la  noche  en  que  intimó  con  el  acusado; igual  acontece  con  el  informe  técnico médico legal sexológico, pues     afirma     que    el  juez plural omitió apreciar las conclusiones del perito sobre  el  tipo  de  himen  y  la ausencia de lesiones en la  menor                  afectada;  y  finalmente, en relación  con  los  testimonios  de  los padres de esta última, resaltó que la sentencia  impugnada     desconoció     los     apartes     donde    ambos    admitieron   que  su  hija  ya  había  tenido    una    experiencia   sexual   previa   al  suceso,              aunque,  acepta  el     recurrente,  que      “parte  de  la prueba fue tenida  en             cuenta             en             el            fallo”.                

Advertido   lo  anterior,  si  la  prueba  fue  valorada por los sentenciadores de instancia,  pero  en  dicha  labor  se  omitió  parte sustancial  de    su    contenido    material,    debió  el  libelista  concretar  el  cargo  en el falso juicio de  identidad     por     cercenamiento,   que   le   imponía   la  obligación  de  señalar  el medio de convicción sobre el cual  recae,  indicar  qué  apartes  de  la  prueba fueron  suprimidos     por  el    juzgador    y  luego  confrontarlo  con  lo  que  en  el  fallo  se  consideró    de    ellos,   además   evidenciar    cómo    las  mutaciones  resultan trascendentes  al    punto    de    que   sin   éstas,  la  sentencia  habría sido sustancialmente diversa,  obviamente  como  resultado  del  análisis  conjunto  del  haz  probatorio.   

Sin embargo, en  el  asunto  que ocupa la  atención    de   la   Corporación,   aun   cuando  el  demandante  identifica  las  pruebas  sobre  las  cuales  recayó el yerro y  los  apartes  que  considera  fueron  cercenados  por  el Tribunal, hasta  ahí  llega  su labor en orden a  demostrar  el  vicio  denunciado,  pues a  continuación se dedica a  plantear  su  personal  percepción  de  lo  que  debió ser la  valoración  de  tales  probanzas,  y  no  asume  el  cometido de confrontarlas  con  lo  que  de ellas se dijo en la sentencia impugnada, para así patentizar     que     los          medios     de    prueba    objetivamente  decían una cosa, pero el  juzgador    les   hizo  expresar  otra muy diversa, demostrando con ello aspectos contrarios a la verdad  del proceso.    

Resalta  la  Corte  que  el  recurrente,        con      absoluto      desconocimiento    de   los  principios de autonomía  y  no  contradicción que  gobiernan  la casación,  no  obstante  haber  postulado un error de   hecho   por   falso   juicio  de  existencia   por   omisión,   en  su  demostración  argumenta  como  si  el  vicio  estuviera  determinado  por un falso juicio de  identidad       por      mutilación,   para  finalizar  cuestionando  la  capacidad  suasoria  que  le atribuyó el juez  plural   a   los   medios   de   convicción,   particularmente  a  la  versión  incriminatoria  de  la menor L.A.C.M. y al testimonio  de  su  progenitora  Sandra  Patricia  Meza, técnica  propia del falso raciocinio.   

Así    se    advierte   cuando   el  impugnante  expone       que      “el    ad    quem   otorga   total  credibilidad  a una de las declaraciones de la menor y solo a una, (…) por ser  consecuente  con lo narrado por la madre”, frente a  lo  cual  cabe  anotar que en el proceso la       menor       sostuvo  una  única  versión  de  lo  ocurrido,  es  decir, en ningún momento se  retractó  de  su  inicial señalamiento en contra del acusado  Rivera Grajales, luego el  aserto  del libelista es  equivocado,  pues  se  sustenta  en  el hecho de que  los    testigos    de  la  defensa afirman   que   la   menor   L.A.C.M.  reconoció  ante  ellos  que  todo  era un montaje urdido como una especie de  retaliación,  porque  estaba enamorada del implicado  pero éste no le prestaba atención.   

O cuando el censor afirma que el Tribunal se  equivocó  en  la  inferencia  que  hizo  a  partir del relato de la madre de la  víctima,  pues  de  acuerdo  “con las reglas de la  experiencia   y   con   las   conclusiones  de  la  ciencia  médica”,  del  hecho de que aquella encontrara vestigios de sangre en la  ropa  íntima  de  su hija L.A.C.M., no podía concluir que efectivamente había  tenido   ocurrencia  la  relación  sexual  y,  por  ende,  dar  por  cierto  el  señalamiento  que  hizo ésta en contra de su defendido, ello en consideración  al  tipo  de  himen  dilatable  de  la  presunta afectada y a que no se hallaron  rastros  de  violencia,  únicos supuestos en que, asevera, se habría producido  el         sangrado         en         los         genitales        de        la  menor.          

Ahora  bien,  aceptando  en  gracia  de  discusión  que  la  pretensión  del  recurrente  apuntaba a demostrar un falso  raciocinio,    resignó    señalar    cuál    regla    de    la   lógica,         máxima         de         la        experiencia     o     ley   de   la   ciencia,  desconocieron  los  falladores  de  instancia  en  la  valoración  probatoria   y  cómo  debieron  ser  correctamente  aplicadas,    así    como    su    trascendencia11,        pero       como      nada       de       ello    asumió   el   censor   en   la   demanda,  más  allá  de  exponer  su  particular  criterio  en  torno a la  estimación   de   la  prueba,  no  logra  quebrar  la  doble  presunción  de  acierto   y   legalidad   que   ampara  a            la            sentencia           atacada.      

Así  las  cosas,  ante  las  protuberantes  falencias  de  lógica  y  adecuada  sustentación, se impone la inadmisión del  libelo materia de análisis.   

Resta  señalar  que  no se observa que con  ocasión  del  fallo  impugnado o dentro de la actuación se violaran derechos o  garantías  de  los  intervinientes,  como  para  que  tal circunstancia imponga  superar  los defectos del libelo, en orden a decidir de fondo, según lo dispone  el inciso 3° del artículo 184 de la Ley 906 de 2004.   

Contra  esta decisión procede el mecanismo  de  insistencia,  cuyo  trámite  fue  señalado  en auto del 12 de diciembre de  2005, adoptado en el radicado 24322.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE     SUPREMA    DE    JUSTICIA,  SALA  DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la   demanda   de   casación   presentada   por   el   defensor  de      Carlos     Francisco     Rivera  Grajales.   

De   conformidad   con  lo  dispuesto en el artículo 184 de la Ley 906 de 2004,  es  viable  la  interposición  del  mecanismo  de  insistencia en los términos  precisados por la Sala.   

Cópiese,      notifíquese     y  cúmplase.   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTINEZ  

JOSÉ  LUIS BARCELÓ CAMACHO                                               FERNANDO    ALBERTO  CASTRO CABALLERO   

EUGENIO  FERNÁNDEZ  CARLIER                         MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO       ENRIQUE      MALO  FERNÁNDEZ                                   EYDER PATIÑO CABRERA   

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 Auto  Rdo. 42311 del 2 de octubre de 2013.   

2 Auto  Rdo. 41986 del 14 de agosto de 2013.   

3 Autos  Rdo.  40691  del 9 de octubre de 2013, Rdo. 38686 del 28 de agosto de 2013, Rdo.  28639  del  14  de  noviembre  de 2007 y Sentencia Rdo. 26381 del 25 de abril de  2007, entre otros.   

4 Auto  Rdo. 40977 del 28 de agosto de 2013.   

5 Auto  Rdo. 41584 del 11 de septiembre de 2013.   

6 Autos  Rdo.  40568  del  3  de  julio  de  2013  y  37053 del 29 de mayo de 2013, entre  otros.   

7 Cfr.  Auto del 28 de septiembre de 2006, radicación 25247.   

8 Auto  Rdo. 39394 del 27 de febrero de 2013.   

9 Auto  Rdo. 41653 del 28 de agosto de 2013.   

10 Auto  Rdo. 38747 del 16 de septiembre de 2013.   

11  Casación   10479   (23-11-2000)   y  autos   33919  (18-08-2010)  y  41368  (6-08-2013), entre otros.     

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