38909(10-07-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrados Ponentes:  

GUSTAVO  ENRIQUE  MALO  FERNÁNDEZ   

                               MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ  MUÑOZ   

                            Aprobado acta No. 213.   

Bogotá,  D.C., diez (10) de julio de dos mil  trece (2013).   

VISTOS  

Derrotado,   en   los  argumentos  que  lo  sustentan,  el proyecto presentado por la Magistrada a quien le correspondió el  asunto  por  reparto, entra la Sala, con un nuevo ponente, a resolver el recurso  extraordinario   de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  LUIS   AGUSTÍN   GONZÁLEZ   contra   la  sentencia  del  29  de  febrero de 2012 mediante la cual el Tribunal Superior de  Cundinamarca  confirmó,  parcialmente,  la emitida el 12 de octubre de 2011 por  el  Juzgado Primero Penal Municipal de Fusagasugá,  manteniendo la condena  por  el  delito de injuria impuesta al procesado en cita, en tanto revocó, para  absolver,  la  emitida  por  el  delito de calumnia. En virtud de ello impuso al  procesado,  en  definitiva,  las  penas  principales  de  18 meses y 18 días de  prisión  y  multa equivalente a 17,77 salarios mínimos legales mensuales, así  como  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas por el mismo término.   

HECHOS  

          En  la  edición  No. 44 de 2008 del periódico local de Fusagasugá  denominado  “Cundinamarca Democrática”,   su   director,  señor  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ,   escribió   a   modo   de  editorial  lo  siguiente:   

“Que  los  politiqueros  de siempre, de la  noche  a  la  mañana,  vuelvan  con  aspiraciones  de  llegar  al  Senado de la  República,  no es nada extraño ya que constitucionalmente todo ciudadano puede  elegir y ser elegido.   

Es  bien conocido que ciertas figurillas que  se  creen  personajes  y  que  nada  han aportado ni le han servido (a)  Fusagasugá  ni  al  Departamento de  Cundinamarca,  nos  vengan a decir falazmente que regresan, ahora sí, a redimir  las   sentidas  necesidades  de  las  gentes  humildes  e  incautas  que  apenas  sobreviven en esta región.   

Nos ocupamos, sin tapujos y frenteramente, de  María  Leonor  Serrano,  que  “otra  vez”  se presenta en forma descarada y  hasta  amenazante, a decirle al pueblo fusagasugueño que aspira a un escaño en  el  Senado  de  la  República y que, por sus desveladas, honestas e incontables  acciones,  obras  y  favores en favor de los menesterosos tenemos que volverla a  elegir al parlamento nacional.   

Será  que  ella  está  pensando  que hemos  olvidado  su  imperativa  manera  de  tratar  a  las  gentes, su arrogancia, sus  humillaciones,  sus rencillas, su despotismo miserable, tanto como la forma como  dilapidó  los recursos del Departamento especialmente los de la beneficencia de  Cundinamarca,  entidad  que  enterró y dejó en la ruina? Será, acaso, que los  cundinamarqueses  hemos  olvidado  que  en  un arranque demente e irresponsable,  conductas      propias      de      su     psiquis     alterado     (sic), Serrano entregó a particulares el  “Palacio  de  San  Francisco”  sede  histórica  del gobierno departamental,  sólo  por  vengarse  de  la  clase  política departamental a la cual detesta y  desprecia sin medida?   

Igualmente, ella cree que los fusagasugueños  hemos  olvidado  que  por capricho, extravagancia y desafío burlesco, invirtió  centenares  de  millones de pesos del erario público en la construcción de una  inutilizada  plaza  de  toros  en  la  Aguadita,  que  no  ha  servido sino como  monumento al despilfarro de la señora del cuento.   

Y hay algo más grave aún que los habitantes  de  Fusagasugá  se  siguen  preguntando:  ¿Qué  pasó  con el asesinato y los  desaparecidos  del  año 1989, cuando María Leonor era alcaldesa del municipio?  Será  que eso se va a quedar así? Seguramente que la Corte Penal Internacional  no  dejará  tales  crímenes  en  la  impunidad. Por lo menos así lo esperamos  quienes hemos denunciado estos atropellos de lesa humanidad.   

Creemos que ya es hora que hagamos un alto en  el  camino  y,  por  fin,  pongamos  fin a esta clase de gamonales que creen que  Fusagasugá  es  un  hato  privado y que como tal quieren manejarlo a su antojo,  apartándose  de  los  intereses  colectivos  de la comunidad. ¿Qué obra, qué  labor  positiva  para  los  fusagasugueños  dejó  la mencionada señora cuando  ocupó una curul en el Senado de la República”.    

ACTUACIÓN PROCESAL  

En  audiencia  preliminar realizada el 29 de  julio   de   2010  ante  el  Juzgado  Segundo  Penal  Municipal  de  Fusagasugá  (Cundinamarca),  con  funciones  de control de garantías, la Fiscalía formuló  imputación  a  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ por los delitos de injuria y calumnia.   

Presentado  escrito  de acusación, el 26 de  agosto  del  precitado  año  el  Juzgado  Primero  Penal  Municipal también de  Fusagasugá  llevó  a  cabo  la respectiva audiencia, en el curso de la cual la  Fiscalía   atribuyó  al  imputado  los  mismos  punibles  considerados  en  la  audiencia preliminar.   

La  audiencia preparatoria la realizó el 18  de  julio  de  2011  y el juicio oral lo celebró los días 31 de agosto y 12 de  septiembre  del  mismo  año,  a  cuyo  término  anunció el sentido del fallo,  precisando  que  sería  de carácter condenatorio por razón de los dos delitos  objeto de acusación.   

La sentencia la profirió el 12 de octubre de  2011,  imponiendo  al  procesado las penas principales de 20 meses de prisión y  multa  de  20  salarios  mínimos  legales  mensuales, así como la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo lapso.   

Contra  el  fallo  de primer grado interpuso  recurso  de  apelación  la  defensa.  Por  esa  vía,  el  Tribunal Superior de  Cundinamarca  confirmó  la condena emitida por el punible de injuria, en tanto,  revocó  la  dictada  por el ilícito de calumnia, por razón del cual absolvió  al  procesado.  De  esa  forma,  disminuyó  las  sanciones para fijarlas en los  montos     reseñados    en    el    acápite    inicial    de    la    presente  providencia.   

Mediante  auto del 15 de febrero del 2012 la  Corte  admitió  la  demanda,  ordenando  realizar la audiencia de sustentación  oral  regulada  en  el  inciso  final  del  artículo 184 de la Ley 906 de 2004,  celebrada la cual es del caso emitir el fallo de rigor.   

LA  DEMANDA   

          Con  fundamento en la Ley 906 de 2004, la defensa formula dos cargos  contra  la  sentencia  del  Tribunal,  ambos  por  violación  directa de la ley  sustancial,  por  interpretación  errónea de los elementos del tipo de injuria  previsto en el artículo 220 del Código Penal.   

          El     primer     cargo    lo  sustenta cuestionando las sentencias por limitarse a analizar la  naturaleza  insultante  de  las  expresiones  emitidas  por  el  procesado,  sin  verificar  la presencia de imputaciones deshonrosas contra un tercero, requisito  indispensable  para que se estructure el delito de injuria, pues, de acuerdo con  la  jurisprudencia  y  la doctrina no toda expresión desobligante, insultante o  grosera constituye difamación de tal connotación.   

         

          Para  que  ello  ocurra,  insiste,  es necesario que las expresiones  agraviantes  surjan de imputaciones fácticas. De no ser así, añade, no sería  posible  la  prueba  de  la verdad de las imputaciones, según los términos del  artículo  224 del Código Penal, en tanto, la verdad sólo se predica de hechos  respecto  de  los cuales pueda acreditarse que sucedieron o no sucedieron, no de  expresiones  de  otra  índole, como juicios de valor, metáforas, hipérboles o  cualquier otro recurso idiomático.   

          En  criterio  del  impugnante,  si  bien el editorial escrito por el  acusado  está  marcado  por  una línea de ataque a la gestión administrativa,  conducta   política   y   personalidad   de   Leonor  Serrano,  en  momento  alguno le imputó allí un solo  hecho.   Reseña   cómo   LUIS   AGUSTÍN  GONZÁLEZ  usó  las  expresiones gamonal, descarada, amenazante,  burlesca,    desafiante,   arrogante,   caprichosa,   déspota,   humillante   y  personajillo  con  ínfulas  de  personaje  que, aunque constituyen insultos, no  trascendieron  la  esfera  penal  porque  más  allá  de representar una ácida  crítica  política  en  un  editorial de un periódico, no estuvieron ligadas a  ningún hecho, ni enmarcadas en una imputación específica.   

            En  ese  sentido,  pone  de  presente  cómo  la jurisprudencia ha  descartado  la  existencia  de  la  calumnia  cuando  la imputación versa sobre  afirmaciones  vagas, genéricas o condicionadas por la probabilidad de un delito  que  no  tuvo  lugar  o  que  el  afectado  no cometió. Tal razonamiento, en su  concepto,   no   tiene   por   qué   ser   diferente  cuando  se  trata  de  la  injuria.   

          En  esas  condiciones,  estima  que la existencia de una imputación  está  supeditada  a  dos cosas, en primer lugar, que la persona destinataria de  la  injuria  sea  señalada en forma concreta e inequívoca y, en segundo lugar,  que  haya  “indicación expresa de las circunstancias  de  tiempo,  modo  y  lugar”. En este caso, concluye,  las  afirmaciones  del  procesado  no pasan de ser expresiones disonantes que en  unos  casos  se  refieren a Leonor Serrano y  en  otros  genéricamente  a  la clase política, pero de ninguna  manera  circunstanciadas  como  para tenerse por imputaciones lesivas del honor.   

         

          En    el   segundo   cargo   predica  además  la  falta  de  aplicación  del artículo 20 de la  Constitución  Política,  que  reconoce el derecho a la libertad de expresión,  interpretado  de  conformidad  con  los artículos 19 del Pacto Internacional de  Derechos  Humanos  y  Políticos  y  13  de la Convención Americana de Derechos  Humanos.   

          Al  efecto,  estima  que  los  juzgadores  estudiaron  el  delito de  injuria  como  si  se  tratara de un enfrentamiento entre dos vecinos, o como si  fuera  la publicación en un diario de hechos probablemente deshonrosos sobre un  asunto  frente  al  cual  no  hay  un  interés  público.  Olvidaron,  dice  el  casacionista,  que en este caso se trató de un discurso de carácter político,  en  cuanto  lo efectuó un  periodista respecto de una persona que aspiraba  a  ser  elegida  en un cargo público, gozando así de una especial protección,  tal  como  lo han señalado la Corte Constitucional y la Corte Interamericana de  Derechos Humanos, en decisiones que cita el actor.   

          En  su  criterio,  esa  especial  protección  tiene justificación,  según  las  citadas  Corporaciones,  en primer lugar, en que los funcionarios y  políticos  se  han  expuesto voluntariamente a una mayor visibilidad y control;  en  segundo  término,  la  crítica severa y abierta es elemento esencial en un  Estado  de  Derecho,  pues  es  una  de las formas que tiene la ciudadanía y la  prensa  de  vigilar  los  abusos  oficiales  y  es condición necesaria para que  exista  un  debate  público  vigoroso;  y,  en tercer lugar, porque el discurso  político  tiene  mayor  riesgo de ser restringido por las propias autoridades y  candidatos para perpetuarse en el poder.   

          Tras  insistir,  con  cita  nuevamente  de  decisiones  de  la Corte  Constitucional  y  de  la  Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos,  en  la  justificada  especial  protección  que  tiene  el  discurso político crítico,  sobre   todo   cuando  es  ejercido  por  la  prensa,  procede  a  reseñar  las  consecuencias  jurídicas concretas de esa profunda protección, a saber: (i) es  un  discurso  mucho  menos  susceptible  de  ser  limitado o restringido, y (ii)  cualquier  restricción debe ser cuidadosamente evaluada por los jueces a fin de  evitar limitaciones desproporcionadas a la libertad de expresión.   

          En  ese  sentido, recuerda cómo la Corte Interamericana, en el caso  Kimel  contra Argentina de 2008, decisión citada por la Corte Constitucional en  la  sentencia  C-442  de  2011,  desarrolla  un  test  de  proporcionalidad para  determinar  la aplicación concreta del delito de injuria sin hacer nugatorio el  derecho  a  la  libre  crítica  respecto  de  la actuación de los funcionarios  públicos.    Es   así   como,   añade,   recomienda   analizar   “(i)  el  grado  de  afectación  de  uno  de los bienes en juego,  determinando  si  la  intensidad  de  dicha  afectación fue grave, intermedia o  moderada;  (ii)  la  importancia de la satisfacción del bien contrario, y (iii)  si    la    satisfacción    de    éste    justifica    la   restricción   del  otro”.      

          Para  el  censor,  las  sentencias  de  instancia en ningún momento  tuvieron  en  cuenta la diferencia que existe entre aplicar el delito de injuria  a  un  conflicto  entre  particulares  y  hacerlo  en  el  evento de un discurso  especialmente  protegido,  por  cuya  razón  no  evaluaron si el uso de ciertas  expresiones  que  pueden  ser  inadmisibles  en  una  disputa entre particulares  representa,  por  el contrario, una crítica severa pero admisible en el ámbito  de la disputa política.   

          En  todo  caso,  estima  que en este caso ninguna de las expresiones  supuestamente  injuriosas  pasa  el  estricto  test de proporcionalidad, pues no  sólo  no  son  imputaciones  de  hechos deshonrosos, sino opiniones, aunque muy  severas,  pero  opiniones,  y  aun  cuando  admite, en gracia de discusión, que  insultos  extremos  podrían  configurar  una  injuria,  de todas maneras es del  criterio  que  a  pesar  de su severidad y posible exageración, todas ellas son  propias  de  una crítica política, afectando en grado mínimo la honra, de tal  manera  que  su penalización implica una restricción severísima a la libertad  de crítica y expresión.   

          Reconoce  el  demandante  que la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  no  ha  elaborado  explícitamente una doctrina como la propuesta en el  libelo,  pero  estima  que la allí desarrollada es totalmente compatible con el  espíritu  de  la  jurisprudencia de esta Corporación, en cuanto, sobre el tema  ha  defendido  la  libertad  de  expresión frente al uso desproporcionado de la  injuria  y  la  calumnia, como lo hizo en los autos del 7 y 29 de marzo de 1984,  en  donde  sentó  la  tesis  según  la  cual  no  todo concepto mortificante o  displicente  para  el amor propio constituye verdadero atentado contra la honra.   

LA   AUDIENCIA   DE  SUSTENTACIÓN   

          En  la  audiencia  de sustentación oral del recurso de casación se  presentaron las siguientes intervenciones:   

          1. La defensa:   

          Precisa  que  en  el  primer  cargo  pretende  recoger una muy vieja  jurisprudencia  acerca  de  los delitos de calumnia e injuria, en el sentido que  el  concepto  de  imputación al cual se refiere la descripción típica de esos  punibles  requiere  verificar  si lo que se afirmó y lesionó el honor de otro,  se  hizo reuniendo las condiciones de detalle en tiempo, modo y lugar. Es decir,  añade,  si  no  se  trata  de  una  aseveración  circunstanciada  podrá haber  expresiones  derogatorias  del honor de otro y eventualmente lesión, pero no un  delito de injuria o calumnia.   

          En  su  criterio,  esa  situación  es la que acontece en el caso de  LUIS   AGUSTÍN  GONZÁLEZ,  respecto  de  quien  es  predicable  la  existencia  de  acciones  de  opinión,  eventualmente  insultos,  afirmaciones  vagas  y  genéricas, pero en las que no  concurren  circunstancias  de  tiempo,  modo  y  lugar.            

          Frente  al segundo cargo, estima que las sentencias no aplicaron los  valores  constituciones  protectores  del  discurso  político  a  la actuación  desplegada  por el acusado. Al respecto, insiste en que en la opinión expresada  por  éste  se  presenta un discurso político, pues se trata de la controversia  suscitada  entre  un  periodista y una persona aspirante a un cargo de elección  popular,  respecto  de  quien el primero considera que no cumple las condiciones  de idoneidad para ocuparlo.   

          En  tales  condiciones,  añade, en ese segundo reproche pretende el  desarrollo  de  la  jurisprudencia  en torno al engranaje que debe existir entre  los  derechos  constitucionales  frente  a  los delitos de difamación cuando se  trata  de  acusaciones  penales  formuladas con ocasión de discursos políticos  protegidos por la Carta Política.   

          2. La Fiscalía:   

          A  cargo  de  un Fiscal Delegado ante esta Corporación, empieza por  referirse  a  la  primera censura de la demanda, frente a la cual recuerda cómo  la  norma  que  describe  y  sanciona  la injuria fue declarada exequible por la  Corte  Constitucional  en  la  sentencia  C-442 de 2011, tras considerar que aun  cuando  se  trata  de  un  tipo penal abierto, respeta el principio de tipicidad  estricta  y  constituye  desde  el punto de vista constitucional una limitación  necesaria al derecho fundamental de la libertad de expresión.   

          Precisado  lo anterior, es del criterio que los elementos normativos  del  tipo penal en mención aparecen claramente decantados por la jurisprudencia  y  al  efecto cita el auto del 29 de septiembre de 1983 y la sentencia del 30 de  mayo  de  2007,  radicación  26115,  a  cuyo  amparo estima que una imputación  deshonrosa  es  aquella  que no respeta los límites impuestos por el legislador  en  la  norma,  concretándose  el  hecho  típico  en  el  ataque  dirigido por  cualquier  medio  a menoscabar la estima que una persona ha adquirido en su vida  social.   

          Por  su  parte,  añade,  el hecho objetivo contenido en la norma se  entiende  satisfecho  con  la  manifestación pública de contenido ofensivo, la  cual  puede  revestir  variadas formas, que van desde la afirmación contundente  hasta  la  pregunta  irónica, pasando por el comentario sarcástico, obviamente  dependiendo del contexto en que se hace y para quien se hace.   

          En  el  caso  examinado, estima que las sentencias no incurrieron en  el  yerro atribuido por el demandante, pues en el proceso de adecuación típica  el  Tribunal  tomó  en  consideración  hechos  concretos, materializados en el  editorial  escrito  por  el  procesado,  quien  utilizó  términos indecorosos,  insultantes,  indecentes  y  contrarios  a  las buenas maneras para referirse en  forma  directa  a  la personalidad de la afectada, los cuales, desde el punto de  vista  de  su  tipicidad  objetiva,  es  indiscutible  que  estaban  dirigidos a  menoscabar  su  estima,  honra  y  buen nombre, atendido el contexto en que esas  expresiones se publicaron.   

          En  esas  condiciones,  concluye  que  la  censura  por  ausencia de  tipicidad objetiva no está llamada a prosperar.   

          Considera,  de  otra parte, que en el segundo cargo el demandante no  se  limita  a cuestionar la tipicidad objetiva, sino que profundiza en el juicio  de  reproche  al  estimar  que  la  sentencia  omitió realizar un escrutinio de  proporcionalidad,  habida  cuenta  que  en  este  asunto  están enfrentados dos  derechos  fundamentales, el de la libertad de expresión y el de la honra de las  personas.   

          En  ese sentido, es del concepto que los juzgadores pasaron por alto  que  el  discurso  político,  de acuerdo con la sentencia de constitucionalidad  C-442  de 2011, goza de una reforzada protección, especialmente cuando proviene  de  los medios de comunicación, prohijando así la tesis de una interpretación  restrictiva  del  tipo  penal  de  injuria  que favorece la vía expansiva de la  libertad    de    expresión,    todo    dentro   de   un   concepto   netamente  garantista.   

          Señala  que  tanto  la  jurisprudencia constitucional como la penal  han  fijado  pautas sobre el derecho a opinar, especialmente cuando se realiza a  través  de  los  medios de comunicación. Por su parte, recuerda cómo la Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos  en  el  caso  KIMEL  se ha referido a las  razones   que   explican   la   especial  protección  del  discurso  político,  particularmente cuando es ejercido por la prensa.   

          Con  base en lo anterior, concluye que cuando se trata del delito de  injuria  corresponde  a  la  judicatura  en  cada  caso  concreto  efectuar  una  ponderación  en  orden  a  establecer  cuál  de  los  dos derechos en tensión  prevalece,  para lo cual debe examinar los tres criterios referidos por la Corte  Interamericana en la sentencia dictada en el caso KIMEL.   

          Por  tanto,  estima que le asiste razón al demandante cuando afirma  que  la  sentencia  no tuvo en cuenta la diferencia que existe cuando se pregona  el  delito  de injuria frente a un conflicto entre particulares y cuando se hace  en relación con un discurso especialmente protegido.   

          Dicho  error,  en su sentir, implica una interpretación errónea de  la  norma  que tipifica el delito de injuria, porque los jueces no realizaron el  test de proporcionalidad.   

          De  esa  manera,  considerando  los precedentes jurisprudenciales en  cita,  que  privilegian  la libertad de expresión aún entratándose de ataques  ácidos,   de   críticas   severas,  solicita  casar  la  sentencia  impugnada.   

          3.       Representante       de       la       víctima:   

          Rechaza  la  presencia  del  error  de interpretación aducido en la  demanda.  Considera  que las imputaciones se dieron y no se trata de un discurso  político,  pues  aun  cuando  se  utilizó  un  medio periodístico, como es el  editorial,  ello  no  autoriza a lanzar ataques injuriosos contra la dignidad de  las personas por más que se encuentren en la vida pública.   

          Esos  ataques,  según  dice,  afectaron  la  integridad moral de la  señora   Leonor   Serrano.  Insiste  en  que el editorial no corresponde a un discurso político, por cuanto  no  había interés en el periodista por generar un cambio de opinión política  sino simplemente injuriar y dañar la moral de la afectada.   

          En  su  sentir,  decirle  a  alguien  que  es  una  persona  loca es  atropellar  el derecho a la información. Igualmente, añade, asegurar que tiene  la  psiquis  alterada es decirle demente y afectar de esa manera su capacidad de  discernimiento y su buen nombre.   

Estima que el discurso de la prensa debe ser  orientador  de  la  comunidad.  Reseña  que  el  periódico  donde el procesado  escribió  el editorial tiene un tiraje de aproximadamente 300 ó 400 ejemplares  y  no  circula  constantemente  sino  de  acuerdo  con  la pauta que consigue en  determinado  tiempo,  de  manera  que  no  ejerce  en forma continua el discurso  político; lo hace, agrega, solamente para destruir a las personas.   

En   su  criterio,  la  situación  sería  distinta,  y  en  ese  caso  sí tendría el carácter de discurso político, si  únicamente  se  pide  a  la  gente  no votar por la candidata por no reunir las  calidades  para  representar  a  la comunidad. Ello no ocurrió, dice, porque se  abusó   del  derecho  a  la  información  y  se  incurrió  en  el  delito  de  injuria.   

En  ese  sentido,  se cuestiona si preguntar  ¿qué  pasó  con los muertos de 1989? o ¿será que esto se va a quedar así?,  no  es  injuriar  a  una  persona,  pues  de  esa  manera  se está “induciendo”  a pensar que ella ayudó  a cometer los delitos.   

No  aprecia  pertinente invocar otros medios  para  denunciar lo ocurrido, pues, para eso el legislador estableció el punible  de  injuria,  de suerte que acudir a la jurisdicción en lo civil o promover una  contravención no es la solución.   

En su opinión, de otra parte, afirmar que la  señora  Leonor Serrano vino a  redimir  las  necesidades  de  las gentes humildes e incautas, es calificarla de  manipuladora  y  torcida  y,  por  tanto,  hacer en su contra imputaciones, como  igual  sucede  cuando  le reprocha haber entregado el Palacio de San Francisco a  particulares, va dañando la moral de las personas.   

Tras señalar que la víctima debió dejar de  visitar  Fusagasugá  por  el  daño moral que el procesado le causó y asegurar  que  las imputaciones no tienen ninguna veracidad porque la señora Leonor   Serrano   goza  de  buena  salud,  padecía   locura   o   depresión,   pide   desechar  las  pretensiones  de  la  demanda.     

          4. Ministerio Público:   

          En  su  concepto,  la  problemática planteada por el actor requiere  examinar  tres  aspectos.  El  primero  consiste  en  determinar si el artículo  escrito  por  el  procesado  corresponde  a  un  discurso político con especial  protección de la Constitución Política.   

          Sobre  dicho  tema,  la  Procuradora Delegada anota que, conforme lo  señaló  la  Corte  Constitucional  en  la  sentencia C-442 de 2011, existe una  especial  protección  a  la libertad de expresión, con excepción de los casos  en  los cuales se hace propaganda a favor de la guerra y apología del odio y la  pornografía  infantil,  lo  mismo  que  cuando  se  hace  incitación directa y  pública a cometer genocidio.   

          Además,  aunque   el  discurso político tiene una protección  especial,  en  tales eventos la libertad de expresión puede ser limitada cuando  se requiere preservar la reputación de los demás.   

          Para  el  Ministerio Público, un editorial es un artículo especial  de  un  medio  de comunicación ligado a la actualidad; y si bien puede fijar su  filosofía  o la opinión que al director del mismo le merezca cierta situación  o  hecho  o  se  expresan  allí  conceptos  políticos con el ánimo de generar  opinión  al  respecto,  no  es  en estricto sentido un discurso político, pues  éste  surge  de  las instituciones especializadas relacionadas con el ejercicio  del  poder político, es decir, del Estado, de los partidos o de aquellos que se  ejercen  directamente  en la contienda política por la elección del cargo, por  cuya  razón en el presente caso no puede demandarse una especial protección en  tal  forma  que  pueda  decirse  en  el editorial lo que se quiera, sea cierto o  falso, injurioso o no, y a cualquier tono.   

          Concluye  que  no  toda  expresión  con  contenido  político puede  entenderse como discurso político.   

          El  segundo  aspecto  que analiza la Delegada es si la condición de  la  víctima,  en  cuanto,  candidata  política  y  exfuncionaria  pública, le  exigía   soportar   un   mayor   nivel   de   crítica   que   cualquier   otro  particular.   

Al   respecto,   destaca  cómo  la  Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos  en  el  caso KIMEL señaló que frente al  derecho  a la honra, las expresiones concernientes a la idoneidad de una persona  para  el  desempeño de un cargo público o atinentes a los actos realizados por  los  funcionarios en el ejercicio de sus labores, gozan de mayor protección, de  manera  tal que propicie el debate democrático, por cuya razón, de acuerdo con  dicho  organismo  internacional,  la condición de servidor público lo expone a  un mayor nivel de crítica y de censura por la opinión pública.   

          Por  tanto,  considera  que debe darse la razón al demandante, pues  la   condición   de   funcionaria   o  exfuncionaria  pública  de  la  doctora  Leonor  Serrano  la  hacía  propensa  a  un mayor nivel de crítica por la opinión pública, aun cuando esa  condición no hace admisible el insulto.   

          El  tercer  y  último  tema que examina la Procuradora se contrae a  verificar  si  en  la  actuación  del  procesado  se  presentan  los  elementos  esenciales  de  la injuria. Sobre el particular, es de la opinión que tanto ese  delito  como la calumnia no hacen parte del ámbito protegido por la libertad de  expresión,  pues  ésta  no cobija el derecho al insulto, como lo dijo la Corte  Constitucional en la sentencia C-010 de 2002.   

          En  ese  sentido,  piensa  que  los  ámbitos  de  protección de la  injuria  son  dos,  el  primero,  el  buen  nombre  y  el  segundo, la honra. La  Delegada,   de  la  mano  de  la  jurisprudencia  constitucional,  define  tales  conceptos,  luego  alude  a los elementos requeridos para la tipificación de la  injuria  y  acto  seguido refiere que no toda expresión u opinión mortificante  para    el    amor    propio    puede    ser    considerada   como   imputación  deshonrosa.   

          De   esa  manera,  concluye  que  para  juzgar  si  las  expresiones  utilizadas  por  el  acusado  son injuriosas, se debe examinar a qué se refiere  cada  una de ellas, teniendo en cuenta que sólo son dignas de ese análisis las  imputadas  a  título  de  injuria,  no  así las atribuidas como calumnia, pues  éstas ya fueron objeto de absolución por el Tribunal.   

          Procede  entonces a efectuar tal examen y tras hacer mención a cada  una  de  ellas, concluye que algunas constituyen calificativos propios del argot  popular,  mientras  otras  corresponden  a  conceptos  valorativos  de carácter  crítico  sobre  la eficacia de la labor pública de la dama, sin que ninguna de  ellas constituya expresión injuriosa.   

          Sin  embargo,  estima  que  las  afirmaciones  según  las cuales el  actuar  de  la  señora  Leonor Serrano “se debe a un  arranque    demente   e   irresponsable,   conducta   propia   de   la   psiquis  alterada”;   la   aludida  “detesta,   desprecia   sin   medida   a   la  clase  política”;    es    “una   persona   caprichosa,  extravagante       que       comete       desafíos      burlesco”,  y “ejerce  un  despotismo miserable”, sí  constituyen imputaciones injuriosas.   

          A  pesar  de  lo anterior, la representante de la sociedad considera  que  tales  expresiones no tienen la suficiente trascendencia para efectivamente  debilitar  la  honra  de  la  querellante al grado tal de requerir, ponderado el  daño  frente  a la limitación del derecho al ejercicio de la libre expresión,  una sanción penal.   

          Diciendo,  por último, que coincide con el criterio del Delegado de  la  Fiscalía, en cuanto debe prosperar el segundo cargo de la demanda, solicita  de la Corte casar la sentencia impugnada.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

           

1. Acotaciones previas     

Previo  a  examinar los reproches formulados  por  el  demandante,  la  Sala  estima  necesario  precisar  los términos de la  acusación   formulada  en  contra  de  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ,  subsistente  en  las  instancias y, en ese  orden,    fijar    el    ámbito   de   competencia   de   la   Sala.   

La Fiscalía General de la Nación atribuyó  al  antes  mencionado  los  delitos  de  injuria y calumnia al estimar que en el  editorial  que  escribió  en  el  periódico  local  de  Fusagasugá denominado  “Cundinamarca       Democrática”,  publicación  No. 44 de 2008, efectuó imputaciones deshonrosas a  la  ciudadana  Leonor  Serrano de Camargo y le atribuyó la comisión de conductas típicas.   

Tramitada la etapa de juzgamiento, el juez de  conocimiento   condenó   a  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ  por los dos delitos objeto de acusación. No obstante,  por  vía  de  apelación  interpuesta  por  la defensa, el Tribunal Superior de  Cundinamarca  revocó la condena por razón del punible de calumnia y mantuvo el  juicio de reproche exclusivamente por el de injuria.   

Por lo tanto, la impugnación extraordinaria  promovida  por  la defensa, pretende derrumbar la condena impuesta por el delito  de  injuria,  a  cuyo  estudio  se  limitará  la Sala, sin entrar a escrutar el  fundamento  de  la  absolución pronunciada por el Tribunal, so pena de vulnerar  el  principio  de la no reformatio in pejus.   

Igualmente,  por  ser  necesario  para  la  comprensión  del  problema,  la  Sala  encuentra  pertinente  destacar que para  sustentar  la  imputación  por el delito de injuria, el Tribunal consideró que  algunos  de  los  términos  utilizados  por  el procesado en el editorial de la  edición   No.   44   del  periódico  “Cundinamarca  Democrática”,  para  referirse  a la señora Leonor  Serrano   de   Camargo,   específicamente,   las   expresiones  “figurilla”,   “forma  descarada  y  hasta  amenazante”,  “su  arrogancia,  sus humillaciones, sus rencillas, su despotismo miserable”, “en  un   arranque   demente   e  irresponsable,  conductas  propias  de  su  psiquis  alterado”,  desbordaron los  parámetros  de  un periodismo crítico y de opinión, pues los mismos no pueden  considerarse  como manifestaciones de simples desacuerdos con la gestión que la  querellante  realizó  como  gobernadora  del  departamento  de  Cundinamarca  o  alcaldesa  de  Fusagasugá, sino que constituyen verdaderas ofensas a la honra y  el  buen  nombre de la destinataria, inadmisibles en el ejercicio del derecho de  opinión  que  pregona  la  defensa  y,  por  tanto, tipificadoras del delito de  injuria.   

   

Reconoce  el  Tribunal  que, conforme a la  jurisprudencia  constitucional,  quien ingresa a la vida pública abandona parte  de  la  esfera  privada,  por  lo cual debe estar dispuesta a soportar ataques o  afirmaciones  incisivas  propias  de  una confrontación política. Sin embargo,  considera  que la condición de persona pública no la deja desamparada frente a  lesiones  a  sus  derechos  a  la  honra  y  buen  nombre,  ni  autoriza  a  los  particulares  o  periodistas  para,  aprovechando  el  reproche  a  la  gestión  pública, mezclar imputaciones deshonrosas.   

          En  cambio, frente a los términos calificados en la acusación como  calumniosos    y    según    los    cuales   la   querellante   “dilapidó  los  recursos del departamento”, “entregó el palacio  de  San  Francisco  a  particulares”,  “invirtió  centenares de millones de  pesos  del  erario  público  en  la  construcción  de una inutilizada plaza de  toros”,  “despilfarró  descaradamente”,  “qué pasó con el asesinato y  los  desaparecidos  del  año  1989,  cuando  María  Leonor  era  alcaldesa del  municipio?”, utilizados en el mismo texto editorial,  encontró   el   Tribunal   que   ellos  se  encontraban  dentro  del  campo  de  “un ejercicio libre del derecho de opinión de parte  del  acusado, sobre la gestión que realizó la querellante como gobernadora del  Departamento  de Cundinamarca y alcaldesa de Fusagasugá, pues si bien no existe  decisión   disciplinaria  o  penal  que  haya  desvirtuado  la  presunción  de  inocencia   de   la   querellante,   ello  no  demanda  de  los  ciudadanos  una  manifestación  de  aceptación  de  la  forma  como  María  Leonor  Serrano de  Camargo,  desempeñó  el  cargo  anotado,  ni  limita los reproches que por tal  gestión  pueda hacer la sociedad, sin que ello autorice mancillar la honra y el  buen nombre de ésta.”      

Sobre  esa  base,  concluyó el Ad   quem,  las  expresiones  acabadas  de  reseñar  no  constituyen  el  delito  de  calumnia,  en  la  medida  en que son  opiniones  libres  de  cara  a  temas  de  interés  público,  efectuadas en el  ejercicio  de  una labor periodística, cuyo único propósito era advertir a la  ciudadanía  de  Fusagasugá  sobre  lo  ocurrido  durante la administración de  quien se postulaba a un cargo de elección popular.   

Tales las razones para absolver por el delito  de calumnia.   

Esbozado,   en   términos  generales,  el  contenido  del  fallo  impugnado,  entra  la  Sala  a responder los cargos de la  demanda,  advirtiendo  que  la  problemática  planteada  en  el  libelo  obliga  efectuar   unas  precisiones  conceptuales  acerca  de  institutos  directamente  vinculados  con  la  misma, conforme lo consignado en el segundo de los cargos y  las   manifestaciones   realizadas   por   las   instancias  en  las  decisiones  controvertidas por el demandante.   

    

1. Aspectos     generales        

2.1. La libertad de expresión en el ámbito  constitucional interno   

El  derecho  a  la  libertad  de expresión  aparece  definido  en  el  artículo  20  de la Carta Política, como un derecho  fundamental que abarca las siguientes garantías:   

“Se  garantiza a toda persona la libertad  de  expresar  y  difundir  su  pensamiento y opiniones, la de informar y recibir  información  veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación.   

Estos  son  libres y tienen responsabilidad  social.  Se  garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad.  No habrá censura.”    

Al  analizar  esta  disposición,  en  la  sentencia    C-650    de    2003,    la    Corte   Constitucional   reseñó  los  varios  derechos fundamentales que de allí emanan, a  saber:  la  libertad de manifestarse, la libertad de pensamiento, la libertad de  opinión,  la libertad de informar y recibir información, la libertad de fundar  medios  de  comunicación  y  la libertad de prensa, destacando que aunque todas  son   manifestaciones  de  la  genérica  libertad  de  expresión  y  con  frecuencia  aparecen entrelazadas,  siempre  es  posible  distinguir  conceptual y analíticamente cada uno de tales  derechos específicos.   

Así,  por  ejemplo,  dijo  el alto Tribunal  Constitucional,  el derecho a la libertad de opinión es más amplio y carece de  las  orientaciones  constitucionales explícitas que sí se imponen al derecho a  informar,  referidas  a  la  información  veraz  e  imparcial.  Ello, porque el  ámbito   protegido   en   el   derecho   a   opinar   libremente   “es  mucho mayor dada la protección constitucional brindada a los  juicios  de  valor,  no  corroborables a partir de un referente objetivo, en una  democracia  pluralista”,  que el ámbito protegido en  el  derecho  a  informar  hechos  o  circunstancias,  cuya  verificación sí es  posible  por  medio de referentes empíricos, sin que ello, replicó, signifique  que  la  Carta  no  proteja  la  divulgación de información, que si bien no es  exacta,  “sí  se  aproxima  a  la  verdad,  y  fue  publicada  de  buena  fe,  puesto  que  la circulación abierta y desinhibida de  diversas   versiones   de  la  realidad  es  esencial  para  la  existencia,  el  funcionamiento  y la vitalidad de una democracia.”1   

Igualmente,   como  cualidades   especiales   de   la  libertad  de  expresión,  la  jurisprudencia  constitucional  ha indicado que a través de ella se asegura el desarrollo de la  libertad  y  autonomía  de  las  personas (artículo 16 de la Carta), así como  desarrollo  del  conocimiento y la cultura (articulo 71 ibídem) y se constituye  a  su  vez  en  un  elemento  estructural  básico  para  la  existencia  de una  democracia   participativa   y  pluralista2.   

También  es  importante  aclarar     que     con  referencia  a  los medios de  comunicación,  la  misma jurisprudencia advierte que debe distinguirse entre la  libertad  de  expresión  y  opinión  y la libertad para  informar y recibir información.    

“La primera no conoce,  prima  facie,  restricciones,  mientras  que  la  segunda  está limitada por la  obligación        de        trasmitir       informaciones       veraces       e  imparciales”.3   

Para  los  medios  masivos de comunicación,  destacó  la  Corte,  la trascendencia y potencialidad de sus efectos obligan un  ejercicio  cuidadoso  de  la  facultad  de  informar,  serio,  responsable y con  observancia  de  tres  principios  esenciales,  a  saber: a) el de relevancia  pública,  b) el de veracidad   y   c)   el  de  imparcialidad.  De  lo contrario, reconoce  el  Tribunal  Constitucional,  podría incurrirse en una intromisión ilegítima  en  los  derechos a la intimidad y al honor de quien se difunde una información  o se emite una apreciación.   

Sobre  tales  principios  cabe  hacer  las  siguientes  acotaciones,  ampliamente  analizadas  por  la  misma jurisprudencia  constitucional:   

     

a. Principio de relevancia pública     

En la sentencia SU- 1723 de 20004,  se  destaca  que  el  principio de relevancia pública, que justifica la posición preferente  prima facie de la libertad de  expresión  frente  a  otros derechos fundamentales cuya finalidad es resguardar  la  esfera  privada del individuo, se refiere a la necesidad de una información  que  se  desenvuelva  en  el  marco  del  interés  general del asunto a tratar,  sentido   en   el  cual  cobran  vigencia  dos  aspectos  esenciales,  a  saber:  (i) la calidad de la persona  y  (ii)  el  contenido de la  información.    

Sobre  la calidad de la persona, se advierte  que    los    personajes    públicos   o  quienes  por  razón  de  sus  cargos  o  actividades  y  de  su desempeño en la sociedad, se  convierten  en  centros  de  atención  con notoriedad pública, deben asumir la  inevitable  carga de aceptar el riesgo de ser afectados por críticas, opiniones  o  revelaciones  adversas,  por cuanto “buena  parte  del  interés  general  ha  dirigido  la  mirada  a su  conducta ética y moral”.   

No  obstante,  cabe  precisar, esa primacía  razonable   del  derecho  a  la  información  cuando  se  trata  de  personajes  públicos,   “no  puede  versar  sobre cualquier tipo de información relacionada con la persona pública  porque  el  riesgo  de  afectar  la intimidad, el honor o cualquier otro derecho  quedaría         siempre         latente.”5   

Por   lo  tanto,  aunque  los  personajes  públicos  deben  aceptar  el  costo  que  implica  la  proyección social de su  imagen,  lo que posibilita que puedan ser susceptibles de críticas, opiniones o  revelaciones   desfavorables,   jamás   estarán  obligados  a  “tolerar  un  irrespeto,  entendido  por este como la utilización de  expresiones     insultantes,     insinuaciones     insidiosas    y    vejaciones  innecesarias6”7.   

Sobre lo segundo, esto es, la calidad de la  información,   se  advierte  en  el  mismo  antecedente  que  el  principio  de  relevancia  pública  conlleva  implícito  que el contenido de una información  obedezca  a  un  verdadero  y  legítimo  interés general de conformidad con la  trascendencia    y  el  impacto  social.   Aquí,  expresó  la  Corte  Constitucional,  ya  no  importa  la  calificación  del  sujeto  como personaje  público  o privado, sino la naturaleza de los hechos que despiertan el interés  general,    “más   no   una   simple   curiosidad  generalizada8”.    

Pero  en  cualquier  caso,  se reiteró, el  valor  preferente  del  derecho  a la información no significa dejar vacíos de  contenido  los  derechos  fundamentales de las personas afectadas o perjudicadas  por  esa información, que han de sacrificarse sólo en la medida en que resulte  necesario    para    asegurar   una   información   libre   en   una   sociedad  democrática.   

Sobre  el punto, en el mismo antecedente se  trae  como  referente  la  sentencia  T-  322 de 1996, en la que expresamente se  señala que:   

“Si  las  referencias  que  se hacen a un  importante  servidor  público  o a una persona que es susceptible de ser sujeto  de  opinión  pública,   guardan  relación con el problema que interesa a  todos,  como  es  el  caso  de  la  paz  (…)  no  puede  invocarse  de  manera  generalizada  por quien es mencionado en la crítica, que su intimidad, su honra  y  su  buen nombre le sirven de escudo; por supuesto que si se traen a colación  aspectos  de la vida íntima que no vienen al caso, si la burla grosera supera a  la  ironía,  entonces, ahí si no puede ubicarse el debate parlamentario en una  esfera  intocable.  Caben en estas últimas situaciones los controles político,  reglamentario,   disciplinario,   de   tutela   y   aún   penal”.    

Con  base  en tales referentes y apoyada en  doctrina                  extranjera9,    concluyó    la    Corte  Constitucional  que  el  criterio  de  relevancia pública también comprende la  necesidad  de  un  interés  legítimo  de la sociedad para conocer información  relacionada  con aspectos personales de un individuo, siempre y cuando exista un  interés  público  real,  serio  y además actual, donde nunca es de recibo una  finalidad difamatoria o tendenciosa.   

Además,  se  puntualizó,  jamás  será  admisible  una  intromisión  en  la  órbita de la esfera privada más íntima,  esto  es, pensamientos o sentimientos más personales y autónomos del individuo  que  solo  se  expresa  a  través  de  medios  muy confidenciales como cartas o  diarios  estrictamente  privados, porque ello constituye el ámbito irreductible  de este derecho, no susceptible de ser afectado.   

     

a. Principio de veracidad     

En   la   misma   sentencia10  se  destaca  que  el  principio  de  veracidad constituye un requisito y a la vez límite del  derecho  a  informar,   que  impone  al  emisor la obligación de actuar de  manera  prudente  y  diligente en la comprobación de los hechos o situaciones a  divulgar.   

Claro   está  que  según  la  posición  jurisprudencial  adoptada  en ese y otros casos por la misma Corte, no es que se  exija  que la información sea estrictamente verdadera, sino que el requisito en  cuestión  comporta  la  necesidad  de  haber  agotado  un  razonable proceso de  verificación,  aunque  la  total  exactitud  sea controvertible o se incurra en  errores  circunstanciales,  siempre  y  cuando  no  afecten  la  esencia  de  lo  informado.    

          De   otro   lado,  se  destaca  la  necesidad  de  distinguir  entre  pensamientos,  ideas,  opiniones  y juicios de valor, por un lado, y los hechos,  por  el  otro,  puesto  que tal distinción delimita técnicamente el respectivo  contenido de los derechos de libre expresión y de información.   

La anterior es una garantía del público en  general,  pues  “una  información  parcial,  que no  diferencia  entre  hechos  y  opiniones  en  la  presentación  de  la  noticia,  subestima  al  público  receptor,  no  brinda  la  posibilidad a los lectores u  oyentes   para escoger  y  enjuiciar  libremente, y adquiere  los   visos   de  una actitud  autoritaria,  todo   lo  cual  es  contrario  a  la función social  que  cumplen  los  medios  de  comunicación   para   la   libre  formación  de  la  opinión                 pública”11.   

     

a. Principio de imparcialidad     

Sobre  este  principio,  tratándose de los  medios  de  comunicación,  se  afirma  que  aunque  busca  evitar  los  juicios  valorativos  que  puedan  afectar la percepción de los hechos por el auditorio,  debe  considerarse  que “una  rigurosa  teoría  general y abstracta sobre la interpretación haría imposible  exigir  la  presentación  imparcial  de  un  hecho  ya que toda interpretación  tendría  algo  de  subjetiva.  El  Constituyente  no  quiso  llegar  hasta este  extremo,  y  optó por vincular la exigencia de imparcialidad de la información  al  derecho  del  público  a  formarse  libremente  una opinión, esto es, a no  recibir  una versión unilateral, acabada, ¨pre-valorada¨ de los hechos que le  impida  deliberar  y  tomar  posiciones  a partir de puntos de vista contrarios,  expuestos      objetivamente”      12   

.  

Con  base en ello, se concluye en la fuente  analizada  que  de  este  principio  surge  la  necesidad  de  que  en cualquier  información  haya  absoluta claridad sobre la forma como se van a presentar los  hechos   o   situaciones  y,  aun  cuando  su  omisión  no  constituya  siempre  desconocimiento     del    mismo,    “sí  es  un  indicativo  de  responsabilidad  y seriedad que permite  crear    una    visión    objetiva    e    imprime    credibilidad   al   medio  informativo.”13   

Dígase,  igualmente, que cuando se difunde  información  a  través  de los medios de comunicación, con desconocimiento de  los  principios  de  veracidad e imparcialidad, puede generarse, en determinadas  circunstancias,   la  afectación  de  otros  derechos  fundamentales  de  igual  jerarquía  al  de  la libertad de información, como el buen nombre o la honra,  razón  por  la  cual  la jurisprudencia reconoce que un límite a esta libertad  es,  indudablemente,  la existencia de otros derechos fundamentales, tal como lo  indica  la  Constitución en su artículo 95, cuyo numeral 2º impone el deber a  toda  persona  de  “respetar los derechos ajenos y no  abusar de los propios”.   

También  es  importante  destacar frente a  estos  dos  principios, que aunque la jurisprudencia constitucional ha reiterado  que  “tales exigencias no se predican de las columnas  de  opinión  dado  que la sociedad debe asumir como parte del pluralismo que se  reivindica,  incluso  las opiniones y expresiones subjetivas que causen molestia  o   afecten  el  amor  propio  de  las  personas”14, de  todas   maneras,  como  no  existen  derechos  absolutos,  en  caso  de  que  la  información  en  la que se soporta la columna de opinión, carezca de veracidad  o  genere  la  vulneración  de  derechos  fundamentales, en algunos casos será  procedente  la rectificación y la tutela frente a pronunciamientos relacionados  con      la      libertad      de      opinión15.   

De otro lado, es pertinente destacar que en  el  análisis  del  derecho que se estudia, se reconoce  la  existencia  de  diferentes  grados  de  protección  constitucional  en  los  variados  ámbitos  de  la  expresión  humana  protegidos  por  la  libertad de  expresión,  de  donde  hay  tipos  de discurso que reciben una protección más  reforzada            que            otros16.   

          Así,  dentro  del  rango  de  tipos  de discursos protegidos por la  libertad  de  expresión  en  sentido estricto, un mayor grado de protección se  ofrece  al llamado “discurso político”,  al  debate  sobre  asuntos de interés público y a los discursos  que  constituyen  un  ejercicio  directo  e  inmediato de derechos fundamentales  adicionales  que  se  vinculan  necesariamente  a la libertad de expresión para  poder                 materializarse17.   

Por  ser  un punto central en la solución  del  caso  que  se  estudia,  la  Sala  dedicará un apartado independiente para  explicar   el   concepto   del   llamado  “discurso  político”   y   su   relación   con  la  llamada  “opinión            pública”.   

2.2. De la opinión pública y el discurso  político   

El  tema  de  la  opinión  pública  como  concepto  ha  sido  abarcado  desde  diferentes  variantes  interdisciplinarias,  conforme  su  naturaleza  y  efectos, sin que sean al día de hoy pacíficas las  formas de asumir su estudio o verificar la esencia de la misma.   

Y si bien, no hace parte del estudio de la  Corte,  conforme  el  objeto  de  la  decisión  que  se  proyecta, abarcar esas  problemáticas  a despacio, se dirá, a manera de referente y solo para entender  el  alcance  de  tales  conceptos, que modernamente la opinión pública ha sido  abordada   como   objeto   de  estudio  por  tres  figuras  representativas  del  pensamiento  en  Alemania: la politóloga Elisabeth Noelle Neumann, el filósofo  Jürgen Habermas y el sociólogo Niklas Luhmann.   

De  la  primera cabe anotar su concepción  psicosocial  del  concepto,  a partir de una evaluación eminentemente práctica  del  ser  que  elimina  factores morales o éticos y apenas referencia cómo los  individuos  reaccionan  frente  a  las  posturas  generales  sobre  determinados  asuntos públicos.   

En  ese sentido, el criterio de qué es la  opinión  pública puede resumirse como un “conjunto  de  manifestaciones comportamentales o simbólicas que reflejan las mentalidades  y  actitudes síquicas de una colectividad, independientemente que se refieran a  asuntos    políticos,    culturales    o   de   cualquier   índole”18.   

Entiende  Noelle  Neumann  que la opinión  pública  opera  a manera de mecanismo de control social, pues, el individuo por  temor al aislamiento accede al consenso de la mayoría.   

En  sentido  contrario,  Jürgen  Habermas  postula  un  concepto  ideal, normativista, del deber ser, acerca de la opinión  pública,   con   evidentes   implicaciones   éticas   y   morales,  que  posee  connotaciones   más   políticas  que  sociológicas  y  busca  moldearla  como  mecanismo  esencial  a  la  democracia  verdadera,  si se trata de real opinión  pública    –opinión  pública  crítica-,  en  contraposición  a la propaganda propia de democracias  simplemente     formales          -opinión    pública  manipulada-19.   

En  la misma línea de legitimación de la  democracia,          Niklas          Luhmann20  advierte base de ella a la  opinión   pública,   pero   no  ya  con  criterios  morales  o  éticos,  sino  eminentemente  pragmáticos, en el entendido que por su mediación se faculta la  interconexión  de  los individuos para compartir temas básicos de su interés,  tornándolos comunes.   

Ahora,  esa opinión pública puede operar  sobre  diversos  temas  de  interés  común, dígase, en lo económico, social,  político  o  respecto  de  temas  de  salud  o  ambientales,  para  citar sólo  algunos.   

Sin embargo, su expresión más acabada en  temas  de  democracia  se configura precisamente cuando remite a la política,  entendida en su sentido más  lato  como  el  arte  de  gobernar,  incluyendo  desde  luego  los mecanismos de  participación  electoral y el control que se hace de los gobernantes, en cuanto  representantes del pueblo.   

La  diferencia,  entonces,  entre opinión  pública  y  opinión  política  se  asume  desde  una perspectiva de género a  especie,  en  el entendido que la segunda es una rama o arista de las varias que  puede                                 contener                                la  primera.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

    Al efecto, se ha definido la  opinión  política  como:  “Una especie de opinión  pública  que  se  expresa  en una función política ejercida por los grupos de  opinión   –por   cuyo  intermedio  se transforman en factores de poder- consistente en emitir conceptos  o  juicios  públicos como reacción frente a determinados problemas políticos,  y  con  el  objeto  de  hacer  escuchar,  controlar,  fortalecer  o legitimar el  ejercicio  del  poder por parte de los administradores políticos”.21.   

Actividades   básicas  de  la  opinión  política,  en  este  contexto,  son  las  de  legitimar y a la vez controlar el  poder.   

     

No  puede  negarse,  de otro lado, que esa  tarea  de intermediar entre los ciudadanos y el poder, ora nutriendo la opinión  política  de  las  personas,  ya  canalizándola,  viene  siendo cumplida en la  modernidad por los medios de comunicación.    

Es por ocasión de ello que los gobernantes  se  valen  de  los  medios  de  comunicación para hacer conocer sus programas y  ejecutorias;  los partidos políticos realizan las campañas, en lo fundamental,  a  través  de  esos  mismos  medios;  estos  se hacen eco de las expectativas y  necesidades  de  los  asociados;  y,  a través de las noticias y editoriales se  fiscaliza, censura o aplaude la tarea de quienes detentan el poder.   

De lo anotado, es factible establecer tres  funciones  puntuales  de  los medios de comunicación en el campo de la opinión  política:   

     

a. Transmisión de la información   

b. Moldeamiento y orientación de la opinión, y   

c. Control del poder político     

Sobre  las diferentes funciones que cumple  la  libertad  de  expresión  en su dimensión política, se pronunció la Corte  Constitucional  en  la  sentencia T-391 de 2007, antes reseñada, destacando las  siguientes:   

“(i) el debate político amplio y abierto  protegido  por  esta  libertad informa y mejora la calidad de la elaboración de  las  políticas públicas, en la medida en que permite “la inclusión de todos  los  sectores  de  la  sociedad  en  los  procesos de comunicación, decisión y  desarrollo”,  inclusión  que  “es  fundamental  para  que  sus necesidades,  opiniones  e  intereses  sean  contemplados  en el diseño de políticas y en la  toma  de  decisiones”,  permitiendo así el ejercicio equitativo del derecho a  la  participación; (ii) la libertad de expresión mantiene abiertos los canales  para  el  cambio  político, impidiendo mediante la crítica que los gobernantes  se  arraiguen  indefinidamente  en una postura ilegítima; (iii) una protección  sólida  de  la  libre comunicación de información e ideas previene los abusos  gubernamentales  de poder, al proporcionarles un contrapeso mediante la apertura  de  un  canal  para el ejercicio del poder ciudadano de participación y control  de  lo  público – en otras  palabras,  proporciona  una  oportunidad  para  la  discusión de los asuntos de  interés  general,  oportunidad  que  a  su  vez frena los riesgos de represión  oficial;  (iv)  promueve  la estabilidad sociopolítica, al proveer una válvula  de  escape  para el disenso social y establecer, así, un marco para el manejo y  procesamiento  de  conflictos  que  no  amenaza  con socavar la integridad de la  sociedad;  (v)  protege  a  las minorías políticas activas en un momento dado,  impidiendo  su  silenciamiento  por las fuerzas mayoritarias o prevalecientes; y  (vi)  a  un  nivel  más  básico,  es una condición necesaria para asegurar la  libre  expresión  de  la  opinión  de  los  electores  al depositar sus votos,  optando  por un representante político. También se ha indicado que la libertad  de  expresión  (vii)  contribuye  a la formación de la opinión pública sobre  asuntos   políticos   y  a  la  consolidación  de  un  electorado  debidamente  informado,  dado  que  materializa el derecho de los ciudadanos a comprender los  asuntos   políticos  y  les  permite,  así,  participar  efectivamente  en  el  funcionamiento  de  la  democracia,  (viii)  haciendo  efectivo  el principio de  autogobierno   representativo   por   los  ciudadanos  mismos  y  (viii)  el  de  responsabilidad  de  los  gobernantes  ante  el  electorado,  así  como (ix) el  principio  de  igualdad  política.  Finalmente,  se  ha  enfatizado  que (x) la  libertad  de  expresión  fortalece  la autonomía del individuo en tanto sujeto  político  dentro  de  un  régimen  democrático,  y  que  (xi)  al permitir la  construcción  de  opinión, facilita el control social sobre el funcionamiento,  no  solo  del  sistema  político,  sino  de  la  sociedad  misma, incluyendo el  ordenamiento     jurídico     y     sus    necesidades    de    evolución    o  modificación.”   

De  ese compendio se puede advertir que la  Corte  Constitucional  asume una postura ajena al concepto psicosocial que anima  las  tesis  propuestas por la politóloga Elisabeth Noelle Neumann, adoptando un  criterio  más  cercano  a  lo postulado con pragmatismo por Luhman, al punto de  señalar  esas  funciones  básicas  que cumple la opinión política, en cuanto  sostén de la democracia participativa.   

Por  ello,  la  Sala  debe resaltar que el  discurso  político  se  legitima  y,  en  consecuencia,  debe  ser objeto de la  extendida  protección  constitucional,  sólo  en  cuanto cumpla esas funciones  centrales  establecidas  por  la  doctrina  internacional  y  la  jurisprudencia  constitucional  interna,  enmarcadas  dentro  de  los  parámetros de servicio o  intermediación  entre  los  ciudadanos  y  el  poder o entre los primeros y los  partidos  políticos,  o  de  control  al  ejercicio  del  gobierno en todas sus  aristas.   

Dicho   de   otra   forma,  la  profunda  protección  constitucional  se  justifica  precisamente en razón de esos altos  cometidos  de  solidificación  de  la democracia participativa que se insertan,  por  lo  común,  en  la  actividad  de los medios de comunicación.     

Pero,  en  sentido  contrario,  la  sola  intervención  del  medio o la simple difusión de una información u opinión a  través  suyo,  no  representa  por  sí  misma  el  cometido constitucional que  justifica  la  especial  protección  establecida en la norma constitucional, la  ley y los tratados internacionales.   

Siempre  será necesario, entonces, acudir  al  caso concreto para determinar si eso que se contiene en el medio cumple o no  con  los  presupuestos  que  lo  habilitan  como  opinión  política o discurso  político  y,  en  consecuencia,  obliga  inclinar  la balanza con mayor ímpetu  hacia el derecho fundamental de la libertad de expresión.   

2.2. La libertad de expresión en el marco  internacional   

El   reconocimiento  de  la  libertad  de  expresión  en  las  normas  internacionales  le  otorga un marco de protección  adicional  al  que se deriva de su reconocimiento en la Constitución Política,  en  la  medida  en  que esos instrumentos internacionales establecen estándares  mínimos  de  protección  que  los  Estados se encuentran obligados a respetar,  máxime  cuando  el  artículo 93 de nuestra Carta Política, preceptúa que los  tratados  y convenios internacionales ratificados por el Congreso, que reconocen  los  derechos  humanos  y  que  prohíben  su  limitación  en  los  estados  de  excepción,   hacen  parte  del  bloque  de  constitucionalidad  y,  por  tanto,  prevalecen en el orden interno.   

Se deriva de allí, consecuentemente, que la  interpretación   de   los   derechos  contemplados  en  la  Carta  –como  la  libertad  de expresión o de  información–,  al  igual  que  los  deberes  que  de ellos emanan, debe hacerse conforme a los mencionados  instrumentos  internacionales  y  los  parámetros fijados por la jurisprudencia  internacional en esas materias.   

         Precisamente,  en  la  sentencia  C-370 de  2006,  al  examinar  distintas disposiciones de la Ley 975 de 2005, relacionadas  con  los derechos de las víctimas de graves violaciones de derechos humanos, la  Corte  Constitucional reconoció de manera expresa el carácter vinculante de la  jurisprudencia  de  la Corte Interamericana de Derechos Humanos, señalando que:   

“Por su relevancia como fuente de Derecho  Internacional  vinculante para Colombia, por tratarse de decisiones que expresan  la  interpretación  auténtica  de  los  derechos protegidos por la Convención  Americana  sobre Derechos Humanos, la Corte transcribirá algunos de los apartes  más  relevantes  de  algunas  de  las  Sentencias de la Corte Interamericana de  Derechos  Humanos relativas a estándares sobre justicia, no repetición, verdad  y  reparación  de  las  víctimas  de  los  graves  atentados contra el Derecho  Internacional   de   los   Derechos   Humanos   y   el   Derecho   Internacional  Humanitario   ”.  

En ese orden, cabe citar, en primer lugar,  como  sustento  de  esta  garantía en el ámbito internacional, la Declaración  Universal  de  los  Derechos Humanos (DUDH), adoptada por la Asamblea General de  la  ONU  el  10  de  Diciembre  de  1948, que al proveer estándares de derechos  humanos  aceptados  por todos los Estados miembros, representa la base normativa  que  llevó  a  la formulación de los parámetros de la libertad de expresión,  al declarar en el artículo 19 que:   

“Todo  individuo  tiene  derecho  a  la  libertad  de  opinión  y  de  expresión;  este  derecho  incluye  el de no ser  molestado  a  causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y  opiniones,  y  el  de  difundirlas,  sin limitación de fronteras, por cualquier  medio de expresión”.   

Por su parte, el Pacto Internacional de los  Derechos  Civiles  y  Políticos  (PIDCP), incorporado a la legislación interna  mediante  la  Ley  74  de  1968,  consagra  en  su  artículo  19 la libertad de  expresión, en los siguientes términos:   

“1. Nadie podrá ser molestado a causa de  sus  opiniones.

2. Toda  persona  tiene  derecho  a  la libertad de expresión; este derecho comprende la  libertad  de  buscar,  recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole,  sin  consideración  de  fronteras,  ya  sea  oralmente,  por escrito o en forma  impresa   o   artística,   o   por   cualquier   otro   procedimiento   de   su  elección.   

3.  El ejercicio del derecho previsto en el  párrafo  2  de  este artículo entraña deberes y responsabilidades especiales.  Por  consiguiente, puede estar sujeto a ciertas restricciones, que deberán, sin  embargo,   estar   expresamente   fijadas   por   la   ley   y   ser  necesarias  para:   

a) Asegurar el respeto a los derechos o a la  reputación    de   los   demás;

b)  La  protección de la seguridad nacional, el orden público o la  salud o la moral públicas   

Como  límites  al  derecho, el mismo Pacto  indica  –en  su artículo  20-,  que  serán  proscritas las propagandas a favor de la guerra, al igual que  la apología del odio nacional, racial o religioso.   

Por  su  parte,  el  artículo  13  de  la  Convención  Americana  sobre  Derechos  Humanos  (CADH), regula el derecho a la  libertad de pensamiento y expresión en los siguientes términos:   

“1.  Toda  persona  tiene  derecho  a la  libertad  de  pensamiento y de expresión. Este derecho comprende la libertad de  buscar,   recibir  y  difundir  informaciones  e  ideas  de  toda  índole,  sin  consideración  de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o  artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección.   

2. El ejercicio del derecho previsto en el  inciso   precedente   no   puede   estar   sujeto   a   previa  censura  sino  a  responsabilidades  ulteriores,  las  que deben estar expresamente fijadas por la  ley y ser necesarias para asegurar:   

a)  el  respeto  a  los  derechos  o  a la  reputación de los demás, o   

b) la protección de la seguridad nacional,  el orden público o la salud o la moral públicas.   

3.  No  se  puede restringir el derecho de  expresión  por  vías  o  medios  indirectos,  tales como el abuso de controles  oficiales   o   particulares   de   papel   para   periódicos,  de  frecuencias  radioeléctricas,   o   de   enseres  y  aparatos  usados  en  la  difusión  de  información   o   por  cualesquiera  otros  medios  encaminados  a  impedir  la  comunicación y la circulación de ideas y opiniones.   

4.  Los espectáculos públicos pueden ser  sometidos  por  la  ley  a  censura previa con el exclusivo objeto de regular el  acceso  a  ellos para la protección moral de la infancia y la adolescencia, sin  perjuicio de lo establecido en el inciso 2.   

5.  Estará  prohibida  por  la  ley  toda  propaganda  en  favor  de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o  religioso  que  constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción  ilegal  similar  contra  cualquier  persona  o  grupo  de  personas, por ningún  motivo,  inclusive  los  de raza, color, religión, idioma u origen nacional.”   

Igualmente, este instrumento internacional,  en  su  artículo  14,  establece  la garantía del derecho a la rectificación,  según  el  cual  “(…)  toda  persona afectada por  informaciones  inexactas  o  agraviantes  emitidas  en su perjuicio a través de  medios  de  difusión  legalmente  reglamentados y que se dirijan al público en  general,  tiene  derecho  a  efectuar  por  el  mismo  órgano  de  difusión su  rectificación   o  respuesta  (…)”.  Garantía   que   existe   como   contrapeso   a  un  desbordamiento  antijurídico  de  la libertad de información, que busca proteger tanto a quien  considere  sus  derechos  individuales afectados como al derecho colectivo a ser  informado  de  forma  veraz  e imparcial y que no exime de las responsabilidades  legales,  ya  sean  civiles o penales, como se reconoce en el inciso segundo del  mencionado artículo, en los siguientes términos:   

“En  ningún  caso la rectificación o la  respuesta  eximirán  de  las  otras responsabilidades legales en que se hubiese  incurrido”.   

Por  lo  tanto,  conforme a la Convención  Interamericana  y  el  Pacto  de  Derechos  Civiles y Políticos de las Naciones  Unidas,  el  derecho  a  la  libertad  de  expresión  e  información puede ser  limitado  para  (i) asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los  demás,  o para (ii) la protección de la seguridad nacional, el orden público,  la salud o la moral públicas.   

De  otro  lado,  el  artículo  10  de  la  Convención  Europea  para  la  Protección  de los Derechos Humanos, preceptúa  que:   

“Libertad de expresión.  

1. Toda persona tiene derecho a la libertad  de  expresión.  Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de  recibir  o de comunicar informaciones o ideas, sin que pueda haber injerencia de  autoridades  públicas  y sin consideración de fronteras. El presente artículo  no  impide  que  los  Estados  sometan  a  las  empresas  de  radiodifusión, de  cinematografía  o  de  televisión  a  un  régimen  de  autorización  previa.   

2.  El  ejercicio  de estas libertades, que  entrañan   deberes   y   responsabilidades,   podrá  ser  sometido  a  ciertas  formalidades,  condiciones,  restricciones o sanciones previstas por la ley, que  constituyan  medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad  nacional,  la  integridad  territorial  o  la seguridad pública, la defensa del  orden  y la prevención del delito, la protección de la salud o de la moral, la  protección  de  la  reputación  o  de  los  derechos  ajenos,  para impedir la  divulgación  de  informaciones  confidenciales o para garantizar la autoridad y  la imparcialidad del poder judicial.”   

Conforme a este instrumento, el derecho que  tiene  toda  persona a la libertad de expresión, comprende también la libertad  de  comunicar  o recibir informaciones o ideas, “…sin  que  pueda  haber  injerencia  de  autoridades públicas y sin consideración de  fronteras”.   

Además, de la misma manera que se establece  en  otras  convenciones  y  pactos  sobre  derechos  humanos, en la normatividad  examinada  también  se  reconoce  que  como  el  ejercicio  de tales libertades  entraña  deberes y responsabilidades, aquéllas podrán ser sometidas a ciertas  “condiciones, restricciones o sanciones, previstas por  la   ley”,   cuando  persigan  fines  tales  como  la  protección   de   la   reputación,   de   la   divulgación  de  informaciones  confidenciales,  o  para  garantizar “la autoridad y la  imparcialidad del Poder Judicial”.   

Como se observa, en el ámbito internacional  la   libertad   de   expresión,  el  derecho  de  opinión  y  la  libertad  de  información,  cuentan  con  una importante protección. Sin embargo, a pesar de  su   estatus   superior   en  el  conjunto  de  libertades  esenciales  para  el  funcionamiento  de  un sistema democrático, tampoco en ese ámbito su ejercicio  es  absoluto,  pues  cuenta  con  límites  evidentes en otros derechos de igual  importancia,   o  ante  intereses  colectivos,  como  son  la  proscripción  de  apologías  a  la guerra o al odio religioso, entre otros, tema que abordará la  Sala ampliamente en capítulo independiente.   

2.3.   Límites   a   la   libertad   de  expresión   

El  recuento jurisprudencial y legal visto  advierte  que  la justificación de la potestad estatal para establecer límites  a  la  libertad  de  expresión  parte de la premisa básica de que los derechos  fundamentales  no  son  absolutos, sino que admiten restricciones, pues a partir  de  su  reconocimiento  e incorporación en un ordenamiento jurídico, coexisten  con  otros  derechos  o  bienes  constitucionales, por lo que pueden presentarse  situaciones  de  colisión  que impliquen la necesidad de favorecer  a unos  frente  a  otros,  sin  que  ello  excluya el ejercicio de la libertad de que se  trata.   

Ahora  bien,  un  punto  fundamental  para  iniciar  el  análisis  de  las  limitaciones  o  restricciones a la libertad de  expresión,    es    la    precisión   de   los   conceptos   de   censura     previa    y    responsabilidades ulteriores.   

El  artículo 20  de  la  Constitución  Política, citado al inicio de  estas   consideraciones,   afirma   categóricamente  que  en  Colombia  “[N]o  habrá    censura”,  acepción   que   según  el  diccionario de la Real  Academia    Española   de   la   Lengua,       significa      toda             “intervención  que practica el censor  en  el  contenido  o  en la forma de una obra atendiendo a razones ideológicas,  morales o políticas”.   

Frente  a  los  medios  de  comunicación ha  de  entenderse, entonces, que la censura alude  a  la  eliminación  o  selección  de  material o   información  que  pueda   estimarse  ofensiva,     dañina,    inconveniente  o  innecesaria, aduciéndose múltiples  razones,       de       tinte       ideológico,  político,  religioso o moral, para apenas citar unos  ejemplos.   

Dicha  censura  puede  llevarse  a  cabo a  través  de  alguna  prohibición expresa o  con  la  clasificación y selección de material documentado por  cualquier    medio,    traduciéndose    ello   en   una   restricción  a  la  libertad de expresión y, por  consiguiente,     en    afectación    del    derecho    de    acceso    a    la  información.   

La   jurisprudencia   constitucional   ha  establecido     que     se     configura     censura    cuando    se    verifica  previamente:   

“(…)  el contenido de [la información]  que  un medio de comunicación quiere informar, publicar, transmitir o expresar,  con  la  finalidad  de  supeditar la divulgación de ese contenido a su permiso,  autorización   o   previo   examen  -así  no  lo  prohíban-,  o  al  recorte,  adaptación,  adición  o reforma del material que se piensa difundir. Prohibir,  recoger,  suspender,  interrumpir  o  suprimir  la  emisión  o publicación del  producto  elaborado  por el medio son modalidades de censura, aunque también lo  es,  a  juicio de la Corte, el sólo hecho de que se exija el previo trámite de  una  inspección  oficial  sobre  el contenido o el sentido de lo publicable; el  visto  bueno  o  la supervisión de lo que se emite o imprime, pues la sujeción  al  dictamen  de la autoridad es, de suyo, lesiva de la libertad de expresión o  del  derecho  a  la información, según el caso.”22   

Así, conforme el precedente constitucional,  la  censura  se  consolida  cuando  por  diversas razones se impide u obstaculiza  gravemente    la    emisión   de   un   mensaje   o   la   publicación  de  un  determinado  contenido,  prácticas  que, se reitera,  se   encuentran   expresamente   prohibidas  por  el  artículo    20    de    la   carta,   sin   que  la  prohibición   abarque  la  imposición         de        responsabilidades  ulteriores,  las  cuales,  además      de      que      no     configuran      censura,         se         encuentran  autorizadas   en   la  mayoría  de los tratados internacionales,  siempre  y  cuando representen medidas necesarias para defender  otros    derechos   y  garantías  fundamentales  del mismo valor.   

Ahora  bien, en la sentencia T-391 de 2007,  la  Corte Constitucional fijó los requisitos mínimos para que las limitaciones  al    derecho    a   la   libertad   de   expresión   puedan   ser   admisibles  constitucionalmente, en los siguientes términos:    

“(1)   estar  previstas  de  manera  precisa  y taxativa por la ley, (2) perseguir el logro de  ciertas  finalidades  imperativas,  (3)  ser  necesarias para el logro de dichas  finalidades,  (4)  ser  posteriores  y  no  previas  a  la  expresión,  (5)  no  constituir  censura  en  ninguna  de sus formas, lo cual incluye el requisito de  guardar  neutralidad  frente  al contenido de la expresión que se limita, y (6)  no  incidir  de  manera excesiva en el ejercicio de este derecho fundamental, es  decir, ser proporcionada.”   

En  el  entorno  internacional,  el  marco  general  de  las  limitaciones  admisibles  a  la  libertad  de  expresión,  lo  contemplan  los  ya  citados  artículos  19 del Pacto Internacional de Derechos  Civiles  y  Políticos  (PIDCP),  y  13  de la Convención Americana de Derechos  Humanos (CADH).   

El  primero,  en  cuanto  afirma  que  el  ejercicio  de esta libertad  “entraña deberes y  responsabilidades  especiales”  y,  por tanto, puede  estar   sujeto   a  ciertas  restricciones  que  deberán,  sin  embargo,  estar  expresamente  fijadas  por  la  ley y ser necesarias para asegurar: a)  el  respeto  a  los  derechos  o  a la  reputación   de   los   demás,   o  b)  la  protección  de  la  seguridad  nacional, el orden público o la  salud o la moral públicas.   

Al analizar esta disposición, el Comité de  Derechos  Humanos,  encargado de interpretar y supervisar la implementación del  Pacto,  ha  sostenido  que  dada  la  primordial  importancia  de la libertad de  expresión  en  las  sociedades democráticas, cualquier restricción válida al  ejercicio   del  derecho  debe  cumplir  con  un  test  estricto   de   justificación,   compuesto  de  tres  requisitos  que  deben  cumplirse  de  manera concurrente. Tales requisitos son:  (i)  estar consignada en una  ley;  (ii) dirigirse a cumplir  uno  de los propósitos indicados en el artículo 19.3 del PIDCP; y (iii)  ser  necesaria  para cumplir con un  propósito legítimo.   

Por su parte, el segundo instrumento citado  (CADH),  en  el  artículo  13,  reconoce  de  manera  expresa  la  posibilidad  de  adjudicar “responsabilidades    ulteriores”   como  consecuencia  del  ejercicio  del derecho, siempre que ellas estén expresamente  fijadas  en  la  ley  y  sean  necesarias  para  asegurar:  (a)  “el   respeto   a   los   derechos   o   a   la  reputación  de  los  demás”   o   (b)   “la  protección  de  la  seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral  públicas.”   

Al  interpretar  este  precepto,  la  Corte  Interamericana  ha  identificado  cuatro  criterios que deben ser observados por  los  Estados  parte  de  la  Convención  Americana para fijar responsabilidades  ulteriores  que  sean  compatibles  con dicho instrumento. Así, señala que las  limitaciones  deben: (i) establecerse mediante ley; (ii) perseguir una finalidad  legítima  y  ser idóneas para cumplir esa finalidad; (iii) ser necesarias para  lograr  el  objetivo  propuesto,  es decir, que la vía utilizada sea, dentro de  las  distintas  alternativas  existentes,  la  menos lesiva para la vigencia del  derecho;  y  (iv)  ser  proporcionadas  en  sentido  estricto, para lo cual debe  evaluarse  si  el sacrificio inherente a la libertad de expresión que impone la  responsabilidad  ulterior no resulta exagerado o desmedido frente a las ventajas  que    se    obtienen    con    tal    limitación23 .   

Los  tres  últimos  pasos  del  análisis  conforman   lo   que   se   conoce  en  la  jurisprudencia  constitucional  como  “test      de      proporcionalidad,”  el  cual  se  ha  empleado  para  resolver  casos en los que se  presenta  una  colisión entre los intereses protegidos por distintos derechos y  al  que  ha acudido la Corte Interamericana, aplicándolo como metodología a la  hora    de    evaluar    la    convencionalidad    de    las   responsabilidades  ulteriores.   

          Ahora  bien,  como  las responsabilidades ulteriores pueden revestir  carácter  civil o penal, frente al último la Corte Interamericana ha señalado  unos     condicionamientos    especiales    que    amplían    los    requisitos  anteriores24.  De  un  lado,  indicó  en  el referente citado, la tipificación  penal  debe  cumplir  con los requerimientos característicos para su legalidad,  es  decir,  que  la  conducta  se formule de manera expresa, precisa, taxativa y  previa.   

En  segundo lugar, debe considerarse que en  una  sociedad  democrática  el  recurso  a  la  sanción  penal  constituye  la  última  ratio,  porque  se  trata    del    “medio    más    restrictivo    y  severo”  para  sancionar  la libertad de expresión.  Por  ello,  destaca,  las  restricciones  a  través  de sanciones penales deben  observarse   con   especial   cautela,   prestando  atención,  entre  otras,  a  “las  características  de  la  persona cuyo honor o  reputación  se  pretende salvaguardar,” al medio que  se  utilizó  para ejercer el derecho a la libertad de expresión, y al dolo con  que actuó la persona que difundió sus opiniones e ideas.   

Por último, en cuanto a la proporcionalidad  estricta  de  las sanciones penales, la Corte Interamericana ha tomado en cuenta  que  las expresiones relacionadas con el ejercicio de funciones del Estado o con  asuntos  de  interés  público, gozan de una mayor protección, en la medida en  que  propician  el  debate  al interior de una sociedad, lo cual es propio de la  democracia participativa.   

Estos  condicionamientos  también  fueron  tratados  en  la  sentencia  del  12  de  mayo  de 2008, en el caso Kimel        Vs.        Argentina25   

,  en  el  cual  la  Corte  Interamericana  consideró,  además,  que  las  expresiones concernientes a la idoneidad de una  persona  para  el  desempeño  de  un  cargo  público  o  atinentes a los actos  realizados  por los servidores del Estado en el desempeño de sus labores, gozan  de  mayor  protección,  porque  en  una  sociedad democrática los funcionarios  públicos   están   más  expuestos  al  escrutinio  y  a  la  crítica  de  la  ciudadanía.  La  razón  de la especial protección dispensada a ese ámbito de  la libertad de expresión se asienta en lo siguiente:   

“87. El control democrático a través de  la  opinión  pública  fomenta  la transparencia de las actividades estatales y  promueve  la  responsabilidad de los funcionarios sobre su gestión pública. De  ahí  la mayor tolerancia frente a afirmaciones y apreciaciones vertidas por los  ciudadanos  en  ejercicio  de dicho control democrático. Tales son las demandas  del  pluralismo  propio  de  una  sociedad  democrática,  que requiere la mayor  circulación    de    informes   y   opiniones   sobre   asuntos   de   interés  público.”   

En  este  mismo  antecedente,  el organismo  internacional  prohijó el test de ponderación para resolver la tensión que se  puede  presentar  entre  la  libertad  de expresión, en el especial contorno de  protección  que  se  viene  mencionando,  y el derecho a la honra. Al respecto,  consideró  que  se  deben  analizar  los  siguientes  aspectos,  cuyo examen en  algunos  casos  inclinará la balanza hacia la libertad de expresión y en otros  a la salvaguarda del derecho a la honra:   

     

i. El  grado de afectación de uno de los bienes en juego, determinando  si    la   intensidad   de   dicha   afectación   fue   grave,   intermedia   o  moderada;   

ii. La   importancia   de   la   satisfacción   del   bien   contrario,  y   

iii. Si   la   satisfacción  de  éste  justifica  la  restricción  del  otro.     

De esa manera, se concluye que para la Corte  Interamericana,  el  establecimiento de sanciones penales encaminadas a proteger  el  derecho  a  la honra de las personas no es una medida en sí misma contraria  al  derecho  reconocido en el artículo 13 de la Convención Americana, sino que  exige  que  antes de su imposición se evalúe si esas medidas, que se catalogan  de  extremas,  cumplen  las  condiciones  señaladas  para  su admisibilidad, es  decir,  si  fueron  establecidas por ley y si son proporcionales, recurriendo al  test arriba mencionado.   

A  nivel interno, ese tipo de limitaciones  penales  está  consagrado  en  la  ley,  a  través  de la tipificación de los  delitos  de injuria y calumnia, que ciertamente configuran medidas de  protección  penal  de los derechos fundamentales a la honra y al  buen   nombre,   los   cuales   se  encuentran  igualmente  reconocidos  por  la  Constitución  Política  en sus artículos 15 y 21, así como en la Convención  Americana  de  Derechos  Humanos, cuyo artículo 11 dispone en su primer numeral  que  todas las personas tienen derecho a su intimidad personal y familiar y a su  buen  nombre y que el Estado debe respetarlos y hacerlos respetar; y en el Pacto  Internacional  de  Derechos Civiles y Políticos, en cuanto, en su artículo 17,  numeral  primero,  señala que nadie será objeto de ataques ilegales a su honra  y reputación.   

Sobre la validez de tales limitaciones ya se  pronunció  la  Corte  Constitucional en la sentencia C- 442 de 2011, en la cual  juzgó  y decidió la exequibilidad de los tipos penales que castigan la injuria  y la calumnia.   

         En   este   importante   precedente,   el  Tribunal  Constitucional  ratificó  que  el ejercicio de la libertad de expresión lleva consigo, en todo  caso,  deberes  y  responsabilidades  para  quien  se  expresa  e  impone claras  obligaciones  constitucionales  a  todas las autoridades del Estado, así como a  los  particulares, reiterando que la honra y el buen nombre constituyen derechos  fundamentales  que  se  protegen  tanto  en sede de tutela como a través de las  instancias penales.   

Se pusieron de relieve los artículos 2, 21  y  15  de  la Carta Política. El primero, en cuanto señala que “las  autoridades de la República están instituidas para proteger a  todas  las  personas  en  su  vida, honra, bienes, creencias y demás derechos y  libertades”; el segundo, en tanto, de manera expresa  consigna  que  se  garantizará el derecho a la honra y que la ley señalará la  forma  de  su protección; mientras que el último contempla en su primer inciso  que  todas las personas tienen derecho a su intimidad personal y familiar y a su  buen nombre y que el Estado debe respetarlos y hacerlos respetar.   

Después   de   destacar   el  desarrollo  jurisprudencial  que ha llevado a consolidar una línea fuerte de protección de  los  derechos  a  la  honra  y  el buen nombre, dada su conexión directa con el  respeto  a  la  dignidad  humana,  que  le han merecido una particular tutela en  nuestro   ordenamiento   jurídico,  con  el  fin  de  no  menoscabar  el  valor  intrínseco  de  los  individuos  frente  a la sociedad y frente a sí mismos, y  garantizar  la  adecuada  consideración y valoración de las personas dentro de  la  colectividad,  el  Alto  Tribunal  Constitucional  reitera que los preceptos  acusados  persiguen una finalidad legítima desde la perspectiva constitucional,  pues,   precisamente   corresponde   al   legislador,   dentro  de  su  potestad  configuradora   del  ordenamiento  jurídico,  establecer  medidas  de  distinta  índole    para    la   guarda   de   derechos   fundamentales   y   de   bienes  constitucionalmente relevantes.   

Igualmente,  se  refirió  la Corte en esta  oportunidad  al  caso  Kimel Vs. Argentina,  antes  citado, para reseñar que aunque  el  mismo  constituye  un  precedente  significativo  en  torno al alcance de la  libertad  de  expresión y del principio de legalidad en la tipificación de los  delitos  de  injuria  y  calumnia, tal decisión “no  puede  ser  trasplantada  automáticamente al caso colombiano en ejercicio de un  control  de  convencionalidad  que  no  tenga en cuenta las particularidades del  ordenamiento  jurídico  interno, especialmente la jurisprudencia constitucional  y  de  la Corte Suprema de Justicia que han precisado notablemente el alcance de  los     elementos     normativos     de    estos    tipos    penales”.   

La anterior afirmación porque, contrario a  lo  sucedido en Argentina, los tipos penales de injuria y la calumnia han tenido  en  el  ordenamiento  interno un amplio desarrollo jurisprudencial, que defiende  una  “interpretación restrictiva del tipo penal que  favorece   la   vis   expansiva   de   la   libertad  de  expresión.”   

Bajo  ese  contexto,  se  recordó  que  la  interpretación   reiterada   de   los  órganos  de  cierre  de  las  distintas  jurisdicciones   constituye   “derecho  viviente”,  que  permite  delimitar  el contenido normativo de las  disposiciones   sometidas   a   control  constitucional,  y  en  este  caso,  la  jurisprudencia    de    la    Casación   Penal   de   la   Corte   Suprema   de  Justicia26,   ha  delimitado claramente los elementos normativos del tipo  penal,  impidiendo  que  los jueces interpreten de manera subjetiva y arbitraria  las conductas penalmente reprochadas.   

   

Por lo demás, dijo, no puede sostenerse que  la  mera tipificación de la injuria y la calumnia configure una vulneración de  la  libertad  de  expresión,  pues  esta  postura  no  ha  sido adoptada por la  jurisprudencia  de  la Corte Constitucional ni por la jurisprudencia de la Corte  IDH.   

En  ese  sentido, rechazó el argumento que  postula  la supuesta falta de necesidad de las medidas penales por existir otras  que  serían  menos gravosas del derecho a la libertad de expresión, tales como  el  derecho  de  rectificación,  las  multas  o  la acción de tutela, no sólo  porque  constitucionalmente  es legítima la protección de los derechos al buen  nombre  y  a  la  honra  mediante  tipos  penales,  sino  además,  porque  esta  posibilidad  está  expresamente  autorizada  por  tratados  internacionales  de  derechos  humanos  tales como la CADH y el PIDCP y es un criterio acogido por la  Corte IDH.   

Sin desconocer que actualmente en el Sistema  Interamericano   de  protección  de  los  derechos  humanos  se  avanza  en  la  despenalización  de  estas  conductas,  bajo  la  idea de que su sanción puede  resultar  nociva  para  el  ejercicio  de  las  libertades  de información y de  expresión,  y que por lo tanto resulta más conveniente su protección mediante  mecanismos  distintos  a  la tipificación penal, consideró que “se  trata  de  una  decisión  que, en principio, está reservada al  legislador  en  el  ejercicio  de  potestad  de  configuración normati   va”  y  que,  en consecuencia, no  conllevaba a la inexequibilidad de los tipos penales demandados.   

          Así  las  cosas,  en  aras  de  que  el  Estado  pueda  cumplir  la  obligación  de proteger el derecho a la honra y el buen nombre, son viables las  medidas  penales  que limitan el derecho a la expresión, siempre que las mismas  se    apliquen    dentro    del    adecuado    marco   de   proporcionalidad   y  razonabilidad.   

        Conclusiones   

    

1. La  libertad  de  expresión  se  constituye en derecho fundamental,  conforme   el  contenido  de  la  Carta  Política  colombiana  y  los  tratados  internacionales suscritos por el país.   

2. La  libertad de expresión no opera indeterminada o ilimitada, pues,  ha   de   cumplir   con   unos  principios  y  finalidades  básicos,  que  son,  precisamente, los que fundamentan su protección especial.     

    

1. En  particular,  el  principio  de relevancia pública obliga que la  información  se  desenvuelva  en  el  marco  del  interés general del asunto a  tratar.      

    

1. Como  todo derecho, la libertad de expresión, remitida a los medios  de  comunicación,  no  tiene  el  carácter  de  absoluta  y  por  ello permite  restricciones  u obliga confrontarse con otros derechos de similar jerarquía en  tensión.     

    

1. En  cuanto  especie  de  la  libertad  de expresión, la libertad de  opinión  política  tiene un mayor acento protector, precisamente por los fines  que   persigue   y   la  exposición  en  la  que  se  hallan  los  funcionarios  públicos.     

    

1. Se  ha  entendido,  modernamente, que los medios de comunicación se  erigen como el principal canal de opinión política.     

    

1. Las  funciones  específicas  atribuidas a los medios en el campo de  la  opinión política, refieren a: (i) la transmisión de la información; (ii)  moldeamiento   y  orientación  de  la  opinión;  y  (iii)  control  del  poder  político.     

    

1. El  discurso  político se legitima y por ello debe ser objeto de la  extendida  protección  constitucional,  sólo  en  cuanto cumpla esas funciones  centrales de solidificación de la democracia participativa.     

    

1. A  pesar  de  su  extendida  protección,  la libertad de expresión  comporta   límites   precisos,   establecidos   en  el  ámbito  interno  y  la  normatividad internacional.     

    

1. Ese  catálogo  de  limitaciones  expresamente  prohíbe  la censura  previa,  pero faculta las llamadas “responsabilidades  ulteriores”,  que  pueden  comprender  los  ámbitos  penal y civil.     

    

1. Esas  limitaciones  deben cumplir, resumiendo la postura de la Corte  Constitucional  y  de  los  instrumentos  y jurisprudencia internacionales, tres  presupuestos:  (i)  estar  previstas  en  la  ley;  (ii)  perseguir  el logro de  finalidades  atinentes  a  la protección de derechos y garantías fundamentales  de   similar  valor;  y  (iii)   ser  necesarias  para  el  logro  de  esos  valores.     

    

1. Si  las  responsabilidades  ulteriores  ingresan  al campo penal, se  acentúan,  según  la  Corte Interamericana de Derechos Humanos, las exigencias  anteriores,   al  punto  de  demandar  que  la  tipificación  penal  cumpla  el  presupuesto   de   legalidad;   que   se  considere  efectivamente  ultima  ratio;   y  que  se  advierta  proporcional  la  sanción  al  daño  causado,  en  tratándose  de  asuntos de  interés público.     

    

1. La  Corte  Constitucional,  en  la Sentencia C-442 de 2011, juzgó y  decidió  la  exequibilidad  de  los  tipos penales que castigan la injuria y la  calumnia,  señalando  que cumplen fines constitucionales legítimos, razón por  la   cual  su  consagración  no  representa  vulneración  de  la  libertad  de  expresión.     

    

1. En  Colombia,  advierte  la  Corte  Constitucional  en  el referente  citado,  la  definición de los delitos de injuria y calumnia, en tratándose de  medios   de  comunicación,  debe  preferir  los  conceptos  consignados  en  la  jurisprudencia  de  esa  Alta  Corporación  y la Corte Suprema de Justicia, por  encima  de  los presupuestos consignados en el caso Kimel vs Argentina, pues, ya  en  esos pronunciamientos se ha defendido la condición restrictiva de los tipos  en cuestión.     

           

1.    El caso concreto     

     

1. Cargo primero     

El  actor  sostiene  que  las  expresiones  utilizadas  por  LUIS AGUSTÍN GONZÁLEZ, si  bien  de  carácter  insultante,  no  constituyeron imputaciones  deshonrosas,  pues  se trató de afirmaciones genéricas, que no se refirieron a  hechos  específicos  y  concretos,  es  decir, carecen de las circunstancias de  tiempo, modo y lugar.   

La Corte Suprema de Justicia ha consolidado  una  sólida jurisprudencia acerca del alcance dogmático del delito de injuria.  En  ese  sentido,  ha  dicho  que  para la configuración del tipo penal se hace  imprescindible  que  el sujeto activo consciente y voluntariamente impute a otra  persona  conocida o determinable un atributo o calificativo capaz de lesionar su  honra,  además  de  conocer  el  carácter  deshonroso  de  la imputación y la  capacidad de daño y menoscabo a la integridad moral del afectado.   

De esa manera, la Sala exige para tal efecto  la concurrencia de los siguientes elementos:   

(i)  Que el sujeto agente realice en contra  de otra persona imputaciones deshonrosas.   

(ii)  Que  tenga conocimiento del carácter  deshonroso de la imputación.   

(iii) Que la imputación tenga la capacidad  de   dañar   o   causar   menoscabo   a  la  honra  del  sujeto  pasivo  de  la  conducta.   

(iv) Y, que el autor tenga conciencia de que  lo  imputado ostenta esa capacidad lesiva, para menguar o deteriorar la honra de  la otra persona.   

La    Corte    también   tiene           definida         la         expresión         “honra”. Y así, ha dicho que se trata  de  la  estimación o respeto con los cuales cada  persona  debe   ser   tratada  por  los  demás   congéneres, en virtud a su dignidad  humana.  En esa medida, ha expresado también, “será  deshonroso  el hecho determinado e idóneo para expresar a una persona desprecio  u   odio   público,  o  para  ofender  su  honor  o  reputación”27.   

          La  jurisprudencia  constitucional, a su turno, ha entendido que los  tipos  penales  de  injuria  y  calumnia son medidas de protección penal de los  derechos  fundamentales  a la honra y al buen nombre. Y en este sentido ha dicho  que  la  primera  se  refiere  a  la  valoración de comportamientos en ámbitos  privados,  así  como  a  la apreciación en sí de la persona, mientras el buen  nombre  alude a la reputación de la persona, es decir, a la apreciación que la  sociedad  emite  de ella por su comportamiento en ámbitos públicos28.   

          De  esa  manera,  para  la  Corte Constitucional, la honra se afecta  tanto  por  la  información  errónea,  como  por las opiniones manifiestamente  tendenciosas   respecto  a  la  conducta  privada  de  la  persona  o  sobre la persona en sí misma, sin que  sea  necesario  en ese segundo caso que la información sea falsa o errónea, en  tanto,  se cuestiona la plausibilidad de la opinión sobre la persona. Mientras,  por  su  parte,  la  lesión  al  buen  nombre  se origina, básicamente, por la  emisión  de  información  falsa  o  errónea y que, a consecuencia de ello, se  genera   la   distorsión   del  concepto  público29.   

          De  otro lado, esta Corporación ha precisado, de conformidad con la  jurisprudencia             constitucional30,  que  no  toda  opinión  o  manifestación  causante  de  desazón,  pesadumbre  o  molestias al amor propio  puede  calificarse  de  deshonrosa;  para  ello  es  necesario  que  ostente  la  capacidad  de producir daño en el patrimonio moral, y su gravedad no dependerá  del  efecto  o  la  sensación  que  produzca  en el ánimo del ofendido, ni del  entendimiento  que  éste  le  dé, sino de la ponderación objetiva que de ella  haga   el   juez   de   cara   al   núcleo   esencial  del  derecho31.   

          En  ese sentido, debe entenderse que respecto de las manifestaciones  injuriosas  operan  criterios de definición asaz diferentes de las afirmaciones  calumniosas,  en  tanto,  unas  y  otras  a  más  de  comportar  en  su esencia  naturaleza distinta, también producen efectos diversos.   

Desde  luego,  cuando  se  atribuye  a  una  persona  la  realización  de  comportamientos  en  sí  mismos delictivos o con  connotación   penal,  ello  obliga  definir  unos  mínimos  de  tipicidad  que  adviertan  seria  y  objetiva  la  manifestación  calumniosa, pues, si de forma  genérica  se acusa a alguien de “ladrón”  o similares, es evidente que allí ninguna imputación concreta  y   verificable   se   efectúa,   haciendo   inane  en  sus  efectos  el  hecho  presumiblemente delictuoso.   

             Como la justicia penal no persigue  pensamientos  o  personalidades,  ni  mucho  menos  posturas  morales o éticas,  siempre  es  dable  exigir que quien imputa a otro la realización de un delito,  precise  un  comportamiento  cuando menos determinable, para que esa imputación  en sí misma se advierta propia del delito de calumnia.   

En contrario, la injuria sí puede comportar  definiciones  que  hagan relación con aspectos meramente morales, calificativos  de   la   personalidad   del   afectado   con   ella   o  relativos  a  posturas  éticas.   

De allí que, no cabe duda, en el delito de  injuria  la  materialización  del  mismo opera no porque se exprese en público  que  alguien hace o hizo algo en concreto, sino cuando se atribuye a esa persona  una  forma  de  pensar,  personalidad  o valores contrarios a los que se estiman  imperantes en la sociedad.   

Por  tal  razón,  cuando  se  tilda,  por  ejemplo,  de  “prostituta”  a  una  mujer, o se dice que un sujeto tiene determinados rasgos de personalidad  condenables,  o  que su comportamiento moral es reprochable, por lo común no se  detallan  circunstancias  específicas,  dentro  del  marco temporo – espacial y  modal  que quiere construir el casacionista, pues, la afrenta viene encerrada en  los  calificativos  y  no  cabe  esperar  de  ellos  esa  suerte  de definición  específica propia de la calumnia.   

Es que, cuando de calumnia se trata, sí es  posible  delimitar  que  lo  atribuido  al afectado o víctima es un hecho y del  mismo se pueden demandar concreción de tiempo, lugar y modo.   

Es por esa razón que el artículo 221 de la  Ley  599  de  2000,  al  tipificar  la calumnia alude a que se impute a otro una  “conducta  típica”,  al  tanto  que el artículo 220 anterior, cuando define el delito de injuria, remite  a      que      se     realicen     “imputaciones  deshonrosas”,  sin  exigir  que  esas  atribuciones  refieran   hechos  o  conductas, precisamente porque, como se anotó antes,  lo  injurioso  concierne  más a la personalidad del agraviado o atribuciones de  carácter ético o moral.   

   

Si  en  el  Diccionario de la Real Academia  Española   de   la   Lengua,   se   detalla  lo  deshonroso  como  “vergonzoso,   indecoroso,   indigno”,  evidente  se  aprecia que lo pasible de atribuir a la víctima de las invectivas  dice  relación  con  actitudes,  comportamientos, formas de ser, pensamientos o  valoraciones    propias   de   lo   moral       –o  de  las  normas del decoro, o de la  ética  en  determinados  ámbitos-, en postulación que gran parte de las veces  no  obedece  a  un  hecho  o  circunstancia  en  particular,  sino  a  conceptos  subjetivos  o arbitrarios que incluso no tienen que obedecer a la realidad, sino  al deseo de causar daño a la persona.   

          Acorde  con  lo  anotado,  la  Corte  juzga necesario acotar en esta  oportunidad   que   la  exigencia  de  concreción,  claridad  y  precisión  no  significa,  como  lo  refiere  el casacionista, que para entender configurada la  imputación  deshonrosa  se  torne  indispensable proporcionar de manera puntual  fechas,  lugares  o  las  particularidades  de las manifestaciones efectuadas en  contra del afectado.   

          No  obstante, en este caso, evidencia la Sala que al definirse en el  editorial  que  la  afectada  posee  una  personalidad  “arrogante,  humillativa,  despótica,  caprichosa,  extravagante  y desafiante”,  de  ninguna  manera  enmarca  esa  manifestación  dentro  de  los  específicos  linderos  de  las  imputaciones  deshonrosas que consagra el artículo 220 de la  Ley  599 de 2000, pues, sea que se analicen las palabras en su sentido literal o  que  se examine el contexto dentro del cual se pronunciaron, es lo cierto que ni  por  sí  mismas, ni en razón a lo querido por el acusado, ellas contienen esos  matices  de  vejamen  necesarios  para  entender  que  efectivamente  estuvo  en  entredicho  la  honra  de  la  afectada,  o  que  por  virtud  de  lo dicho pudo  producirse   en   la   comunidad   el   efecto   que  busca  castigar  la  norma  penal.   

En efecto, esas manifestaciones atinentes al  carácter  de  la ex gobernadora, que la refieren despótica, orgullosa, altiva,  humillante,  caprichosa,  extravagante,  o  con  siquis  alterada,  no comportan  elementos  objetivos  a partir de los cuales sustentar que su honra se mina o la  imagen   se  desdibuja  frente  a  los  demás,  en  tanto,  corresponden  a  la  percepción  que  el  columnista  tiene  de  ella  y evidentemente comportan una  connotación  irrespetuosa,  que por sí misma no se dirige a demostrar ante los  demás  lo  que  se  afirma, y ni siquiera a que de ella se tenga como cierta la  invectiva.   

Es   que,   resulta  imposible  verificar  objetivamente  el tema, si el mismo no se mira dentro del contexto y finalidades  buscadas por quien profiere las palabras o términos desobligantes.   

Así,  cuando se utiliza una palabra que en  su  origen  gramatical  puede  representar  deshonra,  indispensablemente han de  mirarse  las  circunstancias en que ella se profirió, pues, ese mismo término,  en  la  interacción  social, puede incluso servir para demostrar cariño, hacer  una  mofa inocente o apenas insultar, sin que el insulto encierre, por su propia  naturaleza,  la  intención  de  hacer  ver  a  su  destinatario reflejado en el  contenido  literal  del mismo, ni mucho menos, se verifique que quienes escuchan  la  ofensa  entiendan de verdad que en el ofendido radica la condición expuesta  por el ofensor.   

Es  claro  para  la  Sala  que,  entre  la  querellante  y  el  procesado,  existen  desavenencias  que si bien pueden tener  origen  político,  han  devenido  hacia lo personal, a juzgar por los términos  utilizados en el editorial que se examina.   

Esas  diferencias,  también  se  observa  patente,  han  conducido  a  que  el acusado se valga del medio informativo para  ofender  de  palabra  a  su  contradictora, utilizando para el efecto acepciones  gramaticales insultantes, como las ampliamente referidas antes.   

Desde luego que ese es un actuar éticamente  reprochable,  e  incluso  puede  decirse  que  desdibuja  las  finalidades de la  opinión  y  la consecuente libertad de prensa, que  tan amplia protección  ameritan.  Y,  no  sobra  también recalcar, perfectamente lo dicho puede causar  desazón   o  mortificación  a  la  querellante,  por  su  contenido  altamente  irrespetuoso.   

Sin embargo, no puede ser el ámbito penal,  escenario  adecuado  para  que  se  zanjen  las  diferencias  o  la afectada vea  satisfechas  sus  legítimas pretensiones de resarcimiento, pues, se reitera, el  principio  de  estricta  legalidad  y la condición de última ratio establecida  para  el  derecho  penal, impiden considerarlas delictuosas, dentro del espectro  del  delito  de injuria, simplemente porque, en sí mismas y dentro del contexto  en  que  fueron  expresadas, no poseen la capacidad para afectar la honra o buen  nombre de  su destinataria.    

          En  consecuencia,  prospera  la censura, a cuya consecuencia la Sala  casará  la sentencia impugnada para, en su lugar, absolver al acusado del cargo  subsistente en la segunda instancia.   

         

2. Respuesta a los planteamientos expuestos  en el segundo cargo   

          Visto  que  el  primero de los cargos fue suficiente para desquiciar  el  fallo  de  segunda  instancia, conforme lo pretendido por el demandante, por  elemental  carencia  de  objeto  la  Corte se releva de asumir en profundidad lo  consignado   en   el   segundo   cargo  propuesto  por  el  casacionista  en  su  demanda.   

No  sobra  anotar,  sin  embargo, que en lo  sustancial,  la  Sala  se  refirió a los temas contemplados en el cargo cuando,  dentro  de las consideraciones generales previas, verificó todo lo concerniente  a  la  libertad  de  prensa y de opinión política, hasta advertir, a manera de  conclusión,   que   en   nuestro   país,  por  estándares  internacionales  y  nacionales,    sí   es   posible,   dentro   de   las   llamadas   responsabilidades   ulteriores,   que  se  condene  por  los  delitos   de   injuria  y  calumnia   a    quienes    se    valen    de    la  condición  de  periodistas  o  utilizan  los  medios  de comunicación para afectar la dignidad  humana, honra y buen nombre de las personas.   

Quiere   la  Corte relevar, al efecto,  que  respeta  de  manera  profunda e irrestricta la libertad de expresión y sus  diferentes   aristas,   en   cuanto,   soporte   fundamental  de  la  democracia  participativa   y   atributo  necesario  de  la  libertad  en  su  sentido  más  prístino.   

Con mayor acento, si se trata del periodismo  de  opinión,  en  tanto,  advierte inexcusable que precisamente por ocasión de  cumplir  los  medios  esa  función  social  de  crítica, denuncia y control al  poder,  ha  sido posible que salgan a la luz actos inconfesables de corrupción,  suficientemente conocidos ya por la sociedad colombiana.   

Empero,  ese  reconocimiento  no obsta para  advertir  que  la  Corte  y  los jueces representan la juridicidad y tienen como  función  específica,  conforme  el  artículo  2°  inciso  2°  de  la  Carta  Política:   “…proteger   a  todas  las  personas  residentes  en  Colombia, en su vida, honra, bienes, creencias y demás derechos  y  libertades y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del estado  y  de  los  particulares”,  pues,  huelga  resaltar,  nuestro  régimen  constitucional,  no  prohíja  ningún tipo de derecho, mucho  menos fundamental, a la difamación.   

Por  ello,  en  cada  caso concreto, si los  jueces  verifican  que  los términos utilizados, dentro de su contexto y acorde  con  la  finalidad  de quien los utiliza, minan la dignidad humana, honra y buen  nombre  de las personas, se hallan en la obligación de aplicar la ley, incluso,  si se trata de medios de comunicación o periodistas.   

        En  mérito  de  lo  anteriormente  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1.          CASAR  la  sentencia   de  segunda  instancia   proferida  por  el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de  Cundinamarca  el  29  de  febrero  de 2012, por medio de la cual condenó a LUIS  AGUSTÍN GONZÁLEZ, como autor responsable del delito de injuria.   

2.  ABSOLVER a  LUIS     AGUSTÍN     GONZÁLEZ,     del    cargo    en    cuestión.    En  consecuencia,  levántense  todas    las   medidas   restrictivas   impuestas   en   su   contra.   

         Contra la presente sentencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ CAMACHO                                        FERNANDO A. CASTRO CABALLERO   

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ             GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ   

Aclaro el voto  

LUIS  GUILLERMO SALAZAR OTERO                                        JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

ACLARACIÓN DE VOTO  

He  aclarado voto a la decisión adoptada  en  este  caso  porque aun cuando la Sala, finalmente, acogió mi criterio en el  sentido  de casar la sentencia impugnada para absolver al procesado LUIS   AGUSTÍN   GONZÁLEZ,   empero,  sustentó  tal  decisión con razones diferentes a las contenidas en el proyecto  que en su momento presenté a su consideración.   

Es  decir,  la  discusión  surgida  en  últimas  aquí  se  contrae  a  que no hubo acuerdo en la argumentación con la  cual  debía  motivarse  la sentencia de casación, pues mientras la mayoría de  la  Sala  estima  que  si  bien  las  expresiones utilizadas por el acusado para  referirse  a  la  ciudadana  María Leonor Serrano de  Camargo  podían  calificarse  de  irrespetuosas, no  resultaban  en  todo  caso  injuriosas,  la suscrita es del criterio que en este  evento,  desde el punto de vista objetivo, la conducta juzgada sí se enmarca en  la  norma  penal que tipifica el delito de injuria, sólo que a favor del sujeto  activo  concurre  una  causal de justificación por haber actuado en el marco de  un  discurso  político, conforme al test de ponderación propuesto por la Corte  Interamericana  de Derechos Humanos en la sentencia dictada en el caso Kimel vs.  Argentina.   

Pues bien, de rigor entonces resulta traer  a  colación  aquí  las  razones  que  expresé  en  el  aludido  proyecto para  sustentar  mi punto de vista. Pero antes de ello, juzgo conveniente señalar que  es,  a  mi  entender,  equivocado  el  criterio  de  la  mayoría  de la Sala de  considerar  que  la  Corte Constitucional rechazó en la sentencia C-442 de 2011  la  posibilidad de aplicar en Colombia el aludido test de ponderación, pues esa  alta   Corporación,   en   realidad,  recomendó  emplear  las  consideraciones  plasmadas  en  dicho  fallo  teniendo “en   cuenta   las   particularidades  del  ordenamiento  jurídico  interno,  especialmente  la  jurisprudencia constitucional y de la Corte Suprema  de Justicia”.   

En  ese  sentido,  en  mi sentir, nada se  opone  a  acudir  al  referido  test  de  ponderación  desde luego, teniendo en  consideración  las  particularidades  de  nuestro  ordenamiento jurídico, para  superar  tensiones  entre  la  libertad  de  expresión  y el derecho a la honra  cuando  se  trata del ejercicio del discurso político, máxime cuando la propia  Corte  Constitucional,  en  otros  precedentes (verbi gracia, sentencia T-391 de  2007),  ya  había  hecho  mención  a  esa  manifestación  del  primero de los  referidos  derechos fundamentales como uno de los casos en que se flexibiliza la  limitación  impuesta  al  mismo con ocasión de la existencia de los delitos de  injuria y calumnia.    

Los   siguientes   fueron,   pues,  los  fundamentos que ofrecí en su momento, no aceptados por la Sala:   

“Previo   a  examinar  los  reproches  formulados  por  el  demandante, la Sala estima necesario precisar los términos  de   la  acusación  formulada  en  contra  de  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ, subsistente en las instancias y,  en   ese   orden,  fijar  el  ámbito  de  competencia  de  la  Sala.   

La  Fiscalía  General  de  la  Nación  atribuyó  al  antes mencionado los delitos de injuria y calumnia al estimar que  en  el  editorial que escribió en el periódico local de Fusagasugá denominado  “Cundinamarca      Democrática”,  publicación  No. 44 de 2008, efectuó imputaciones deshonrosas  a   la   ciudadana   Leonor   Serrano   de  Camargo  y   le   atribuyó   la   comisión   de  conductas  típicas.   

Tramitada la etapa de juzgamiento, el juez  de  conocimiento  condenó  a LUIS AGUSTÍN GONZÁLEZ  por  los  dos  delitos  objeto  de  acusación.  No  obstante,  por  vía  de  apelación  interpuesta  por  la  defensa  el Tribunal  Superior  de  Cundinamarca revocó la condena por razón del punible de calumnia  y mantuvo el juicio de reproche exclusivamente por el de injuria.   

La impugnación extraordinaria, promovida  únicamente  por la defensa, pretende derrumbar también la condena impuesta por  el delito de injuria.   

La  labor  de  la  Corte  consistirá  en  determinar,  dentro de los derroteros fijados en la demanda, si es del caso o no  mantener  la  condena  proferida  en  segunda  instancia,  sin entrar a escrutar  entonces  el  fundamento  de la absolución pronunciada por el Tribunal, so pena  de  vulnerar  el  principio  de  la  no reformatio in  pejus.   

Para  tal  efecto  reseñará el sustento  medular  de las decisiones de primer y segundo grado en punto a la injuria, tras  lo  cual  responderá,  en  el  orden  propuesto  por  el  actor, los dos cargos  formulados en la demanda.   

La decisión del a quo:  

Encontró  que el procesado utilizó para  referirse  a  la  señora  Leonor Serrano de Camargo  expresiones  que,  por su significado lingüístico,  son  claramente  deshonrosas,  a  saber:  “ciertas  figurillas”,     “se    creen    personajes”,    “forma    descarada”,  “amenazante”,    “arrogancia”,   “humillaciones”,   “rencillas”,  “despotismo”,    “miserable”,    “caprichosa”,   “extravagante”,  “desafiante”,   “burlesca”,   “despilfarradora”,  “descarada”  y  “gamonal”.   

Consideró que aun cuando la Constitución  Política  garantiza  la libertad de expresión, ese derecho tiene límites, uno  de  los  cuales  lo  constituye  la  prohibición  de  insultar  a  los  demás.   

La decisión del ad quem:  

En su criterio, las expresiones empleadas  por  el  acusado  no  se  realizaron  en  ejercicio  de  una  crítica política  “o  de  frente  al marco de una censura a aspectos  sociales   que   rodearon   la  gestión  como  Gobernadora  de  Cundinamarca  o  Congresista,  de  Leonor  Serrano  de  Camargo, sino con un ánimo eminentemente  lesivo contra la honra y el buen nombre de ésta”.   

Reconoce  el  Tribunal que, conforme a la  jurisprudencia  constitucional,  quien  ingresa a la vida privada abandona parte  de  la  esfera  privada,  por  lo cual debe estar dispuesta a soportar ataques o  afirmaciones  incisivas  propias  de  una confrontación política. Sin embargo,  considera  que la condición de persona pública no la deja desamparada frente a  lesiones  a  sus  derechos  a  la  honra  y  buen  nombre,  ni  autoriza  a  los  particulares  o  periodistas  para,  aprovechando  el  reproche  a  la  gestión  pública, mezclar imputaciones deshonrosas.   

Primer cargo:  

El  actor  sostiene  que  las expresiones  utilizadas  por  LUIS AGUSTÍN GONZÁLEZ si  bien  de  carácter  insultante, no constituyeron imputaciones  deshonrosas,  pues  se trató de afirmaciones genéricas, que no se refirieron a  hechos  específicos  y  concretos,  es  decir, carecen de las circunstancias de  tiempo, modo y lugar.   

La   Corte   Suprema   de  Justicia  ha  consolidado  una sólida jurisprudencia acerca del alcance dogmático del delito  de  injuria.  Y  en ese sentido ha dicho que para la configuración de este tipo  penal  se  hace imprescindible que el sujeto activo consciente y voluntariamente  impute  a  otra  persona  conocida  o determinable un hecho capaz de lesionar su  honra,  además  de  conocer  el  carácter  deshonroso  de  la imputación y la  capacidad de daño y menoscabo a la integridad moral del afectado.   

De  esa  manera,  la  Sala exige para tal  efecto la concurrencia de los siguientes elementos:   

(i)  Que el sujeto agente atribuya a otra  persona conocida o determinable un hecho deshonroso.   

(ii) Que tenga conocimiento del carácter  deshonroso del hecho.   

(iii)  Que  el  hecho  endilgado tenga la  capacidad  de  dañar  o  causar  menoscabo  a  la honra del sujeto pasivo de la  conducta.   

(iii) Y, que el autor tenga conciencia de  que  el  hecho  imputado ostenta esa capacidad lesiva, para menguar o deteriorar  la honra de la otra persona.   

La    Corte    también   tiene           definida         la         expresión         “honra”.  Y  así, ha dicho que se  trata  de  la  estimación  o  respeto  con  la  cual  cada   persona   debe   ser   tratada  por los demás  congéneres, en virtud a su  dignidad   humana.   En  esa  medida,  ha  expresado  también,  “será  deshonroso  el  hecho determinado e idóneo para expresar a  una   persona   desprecio   u   odio   público,  o  para  ofender  su  honor  o  reputación”32.   

          La  jurisprudencia  constitucional,  a  su turno, ha entendido que  los  tipos penales de injuria y calumnia son medidas de protección penal de los  derechos  fundamentales  a la honra y al buen nombre. Y en este sentido ha dicho  que  el  primero  se  refiere  a  la  valoración de comportamientos en ámbitos  privados,  así  como  a  la apreciación en sí de la persona, mientras el buen  nombre  alude a la reputación de la persona, es decir, a la apreciación que la  sociedad   emite   de   la   persona   por   su   comportamiento   en   ámbitos  públicos33.   

        De  esa  manera,  para la Corte Constitucional, la honra se afecta  tanto  por  la  información  errónea,  como  por las opiniones manifiestamente  tendenciosas  respecto a la conducta privada de la persona o sobre la persona en  sí  misma,  sin  que  sea necesario en ese segundo caso que la información sea  falsa  o  errónea,  en tanto se cuestiona la plausibilidad de la opinión sobre  la  persona.  Mientras,  por  su  parte,  la  lesión al buen nombre se origina,  básicamente,  por  la  emisión  de  información  falsa  o  errónea  y que, a  consecuencia    de    ello,    se    genera    la   distorsión   del   concepto  público34.   

        De  otro  lado, esta Corporación ha precisado, de conformidad con  la        jurisprudencia       constitucional35,  que  no  toda opinión o  manifestación  causante  de  desazón,  pesadumbre  o  molestias al amor propio  puede  calificarse  de  deshonrosa;  para  ello  es  necesario  que  ostente  la  capacidad  de producir daño en el patrimonio moral, y su gravedad no dependerá  del  efecto  o  la  sensación  que  produzca  en el ánimo del ofendido, ni del  entendimiento  que  éste  le  dé, sino de la ponderación objetiva que de ella  haga   el   juez   de   cara   al   núcleo   esencial  del  derecho36.   

        En  ese sentido, la Sala ha entendido que la aseveración dirigida  en  contra de otra persona, para revestir el carácter de injuria o calumnia, no  debe  ser  genérica,  vaga  e imprecisa, sino, contrariamente, ha de reunir las  características    de    concreción,    claridad    y   precisión37   

.  

        En  punto  de lo anterior, la Corte juzga necesario acotar en esta  oportunidad   que   la  exigencia  de  concreción,  claridad  y  precisión  no  significa,  como  lo  refiere  el casacionista, que para entender configurada la  imputación  deshonrosa se torne indispensable proporcionar de manera puntual la  fecha,  el lugar y las particularidades modales del hecho atribuido al afectado.  Basta  para  ello  que la manifestación se acompañe del ámbito o escenario en  que  habría  tenido  ocurrencia el hecho objeto de atribución indebida, se den  elementos  de  los  cuales se infiera la época de su realización y se indique,  así  sea  sucintamente,  la  acción  imputada.  Si no fuera así, imputaciones  claramente  lesivas  de la honra en donde se afirme simplemente y en forma falaz  que   una   dama  cuando  sale  de  su  hogar  se  dedica  al  ejercicio  de  la  prostitución, no tendrían carácter injurioso.   

        En  el  presente caso, se tiene que los comentarios efectuados por  el   acusado   tuvieron   como  referente  la  actuación  desarrollada  por  la  destinataria  de  esas  opiniones durante su gestión como servidora pública y,  en  particular, como Senadora de la República y Gobernadora del Departamento de  Cundinamarca,  de  tal forma, entonces, que al atribuirle un actuar arrogante,   humillativo,  despótico,  caprichoso,  extravagante  y  desafiante  implicaba  señalar  que  las  actividades  emprendidas  por  la  aludida    en    tal    calidad    tenían    como    orientación    semejantes  comportamientos.   

        Más  aún,  en el editorial se incluyeron expresiones tales como:  “en   un   arranque  demente  e  irresponsable”  y “conductas propias de  su   psiquis   alterado”,  para  referirse  a  una  particular  actuación  de  la  señora María Leonor  Serrano,   esto   es:  bajo   anomalía   mental   de   tal   envergadura  “entregó   a   particulares   el   ‘Palacio        de        San  Francisco’    sede  histórica  del gobierno departamental, sólo por vengarse de la clase política  departamental…”.   

        El  ataque, por tanto, carece de fundamento, pues las imputaciones  dirigidas   contra  la  señora  Leonor  Serrano  de  Camargo  no son abstractas, vagas e imprecisas sino,  por  el  contrario, concretas, claras y precisas, en tanto contienen el contorno  y  la  época en el cual habrían ocurrido, así como la acción  objeto de  atribución.   

        No  prospera  la censura.            

        Segundo cargo:   

        El  libelista argumenta que el editorial escrito por el acusado es  manifestación  del  denominado discurso político, el cual goza de una especial  protección,  conforme  lo  han  señalado  la  Corte  Constitucional y la Corte  Interamericana  de  Derechos Humanos, de modo que quienes acuden a él tienen un  amplio  margen  para  formular  críticas,  siendo  sus  opiniones  mucho  menos  susceptibles  de  ser limitadas o restringidas y, en tales circunstancias, sólo  insultos   extremos   proferidos   en   ese   ámbito  podrían  configurar  una  injuria.   

        En   ese   sentido,  considera  que  ninguna  de  las  expresiones  empleadas  por  el  procesado  comporta imputaciones de hechos deshonrosos, sino  solamente   opiniones  críticas  frente  a  la  actuación  pública de la  señora    María    Leonor    Serrano,  no  obstante  su  severidad  y  la  posible  exageración de su  autor.   

        La  jurisprudencia constitucional tiene señalado que el artículo  20  de la Carta Política está compuesto de varios elementos, uno de los cuales  corresponde  a la libertad de expresión en sentido estricto, que se define como  el  derecho  de  las  personas  a  expresar  y  difundir  libremente  el  propio  pensamiento,  opiniones,  informaciones  e ideas, sin limitación, a través del  medio  y  la  forma  escogidos por quien se expresa, aparejando el derecho de su  titular   a   no   ser   molestado   por  expresar  su  pensamiento,  opiniones,  informaciones  o  ideas  personales.  Consiste, en síntesis, en la facultad que  tiene  todo  individuo  de comunicarse con otro sin ser constreñido por ello en  manera                    alguna38.   

        Esa  facultad,  para  la  Corte  Constitucional,  cuenta  con  una  dimensión  individual  y  una  colectiva,  abarcando la primera no solamente el  derecho  formal  a  expresarse  como tal sin interferencias arbitrarias, sino el  derecho   a   utilizar   cualquier  medio  apropiado  para  difundir  el  propio  pensamiento,  así  como  a  escoger  la  forma  y el tono que se prefieran para  expresar     las     ideas,     pensamientos,    opiniones    e    informaciones  propias.   Y   en   su  dimensión    colectiva,    añade    la   Corporación   en   cita,  consiste  en el derecho de todas las  personas  a  recibir  tales  pensamientos,  ideas,  opiniones e informaciones de  parte      de      quien      las      expresa39.   

        La   libertad  de  expresión,  sin  embargo,  no  es  un  derecho  absoluto.  A este respecto obsérvese cómo la Convención Americana de Derechos  Humanos,  en  su  artículo  13,  establece  que  su  ejercicio  puede ser objeto de responsabilidades ulteriores fijadas por la ley y  necesarias  para  garantizar  los  derechos  y  la reputación de los demás, la  seguridad  nacional,  el  orden  público o la moral pública, mientras el Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles y Política, en su artículo 19, prevé que  ese  derecho  está  sujeto a restricciones siempre y cuando estén expresamente  fijadas  por  la ley y sean necesarias para asegurar el respeto a los derechos o  a  la reputación de los demás; o para la protección de la seguridad nacional,  el orden público o la salud o la moral públicas.   

        Una  de  esas  limitaciones  está  constituida por los delitos de  injuria  y  calumnia,  en  tanto, como se señaló en el acápite precedente, se  trata   de  medidas  de  protección  penal  de  los  derechos  fundamentales  a  la  honra y al buen nombre, los cuales se encuentran  reconocidos  por la Constitución Política en sus artículos 15 y 21, así como  en  la  Convención  Americana de Derechos Humanos, cuyo artículo 11 dispone en  su  primer numeral que todas las personas tienen derecho a su intimidad personal  y  familiar  y  a  su  buen  nombre  y que el Estado debe respetarlos y hacerlos  respetar,  y  en  el  Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y Políticos, en  cuanto  en  su  artículo 17, numeral primero, señala que nadie será objeto de  ataques ilegales a su honra y reputación.   

        Sin  embargo,  la jurisprudencia constitucional ha considerado que  la  referida  limitación  se  flexibiliza  cuando  la libertad de expresión se  ejerce  respecto  de los siguientes ámbitos: (i) el discurso político, (ii) el  debate   sobre   asuntos  de  interés  público,  y  (iii)  los  discursos  que  constituyen   un   ejercicio  directo  e  inmediato  de  derechos  fundamentales  adicionales  que  se  vinculan  necesariamente  a la libertad de expresión para  poder                 materializarse40.   

Lo anterior porque, conforme lo refiere la  Corte  Constitucional, las expresiones de contenido político, o que contribuyen  al  debate  abierto  sobre  asuntos  de  interés  público  o  general, reciben  –y   han   recibido  tradicionalmente-  un  nivel  especialmente  alto  de protección constitucional  frente    a    todo    tipo    de    regulación41   

.  

En   esa  misma  dirección,  la  Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos  en  la  sentencia  del  2 de mayo de 2008  dictada   en   el  caso  KIMEL  vs  ARGENTINA  consideró  que  las  expresiones  concernientes  a  la  idoneidad  de  una  persona para el desempeño de un cargo  público  o atinentes a los actos realizados por los servidores del Estado en el  desempeño  de  sus  labores  gozan de mayor protección, porque en una sociedad  democrática  los funcionarios públicos están más expuestos al escrutinio y a  la crítica de la ciudadanía.   

Según  la  Corte  Interamericana,  ese  diferente  umbral de protección se explica porque quienes desempeñan funciones  de  tal  naturaleza  se  han  expuesto  voluntariamente  a  un  escrutinio  más  exigente,  de  suerte que sus actividades salen del dominio de la esfera privada  para insertarse en la esfera del debate público.   

Para  el  órgano  judicial  de carácter  internacional  en  cita,  la  razón de la especial protección dispensada a ese  ámbito de la libertad de expresión se asienta en lo siguiente:   

“87.  El control democrático a través  de  la opinión pública fomenta la transparencia de las actividades estatales y  promueve  la  responsabilidad de los funcionarios sobre su gestión pública. De  ahí  la mayor tolerancia frente a afirmaciones y apreciaciones vertidas por los  ciudadanos  en  ejercicio  de dicho control democrático. Tales son las demandas  del  pluralismo  propio  de  una  sociedad  democrática,  que requiere la mayor  circulación    de    informes   y   opiniones   sobre   asuntos   de   interés  público.   

88. En la arena del debate sobre temas de  alto  interés  público,  no  sólo  se  protege  la  emisión  de  expresiones  inofensivas  o  bien  recibidas  por  la  opinión pública, sino también la de  aquellas  que  chocan,  irritan  o inquietan a los funcionarios públicos o a un  sector  cualquiera  de  la  población.  En una sociedad democrática, la prensa  debe  informar  ampliamente  sobre  cuestiones de interés público, que afectan  bienes  sociales,  y  los  funcionarios  rendir  cuentas  de su actuación en el  ejercicio de sus tareas públicas”.   

        De  esa  forma, la Corte Interamericana en la remembrada sentencia  prohijó  un  test  de  ponderación  para  resolver  la  tensión  que se puede  presentar   entre  la  libertad  de  expresión,  en  el  especial  contorno  de  protección  que  se  viene  mencionando,  y el derecho a la honra. Al respecto,  consideró  que  se  deben  analizar  los  siguientes  aspectos,  cuyo examen en  algunos  casos  inclinará la balanza hacia la libertad de expresión y en otros  a la salvaguarda del derecho a la honra:   

     

i. El   grado   de  afectación  de  uno  de  los  bienes  en  juego,  determinando  si  la  intensidad  de  dicha  afectación fue grave, intermedia o  moderada;   

ii. La   importancia   de   la   satisfacción   del  bien  contrario,  y   

iii. Si  la  satisfacción  de  éste  justifica  la  restricción  del  otro.     

Con  fundamento  en  lo  dispuesto  en el  artículo   93   de   la   Carta  Política,  al  tenor  del  cual  “los  derechos y deberes constitucionales deben interpretarse de  conformidad   con   los   tratados   de   derechos   humanos   ratificados   por  Colombia”, la Corte Constitucional tiene dicho que  “la    jurisprudencia    de    las    instancias  internacionales   encargadas   de  interpretar  dichos  tratados  constituye  un  criterio  hermenéutico  relevante  para  establecer  el  sentido  de las normas  constitucionales  sobre derechos fundamentales”, de  manera   que   la  emanada  de  la  Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos  “es un criterio relevante para fijar el parámetro  de  control  de  las normas que hacen parte del ordenamiento interno colombiano,  precisamente   porque   establece   el   alcance   de   distintos   instrumentos  internacionales  de  derechos humanos los cuales a su vez resultan relevantes al  examinar  la  constitucionalidad  de disposiciones de rango legal al hacer parte  del     bloque     de     constitucionalidad”42.   

   

Dentro de esa línea argumentativa el alto  Tribunal   antes   citado  ha  sostenido  que  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Interamericana      de      Derechos     Humanos     contiene     la interpretación  auténtica de   los  derechos   contenidos   en   la   Convención  Americana  de  Derechos  Humanos,  instrumento   internacional   que   integra   el   parámetro   de   control  de  constitucionalidad43   

.  

En  esas  condiciones,  la  Corte Suprema  estima  que  cuando  se  trata  de  resolver  colisiones  de  derechos  como los  referidos  en precedencia se hace necesario, conforme lo entiende el Delegado de  la  Fiscalía  General  de la Nación, aplicar el test de ponderación prohijado  por  la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso KIMEL vs. ARGENTINA,  como  quiera  que  se  trata  de  jurisprudencia  expuesta  con  ocasión  de la  aplicación   de  normas  de  la  Convención  Americana  de  Derechos  Humanos,  instrumento   internacional   que   hace   parte   del   denominado   bloque  de  constitucionalidad.   

        Por  tanto, procede la Sala a examinar si el editorial escrito por  el  procesado  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ   en  el  periódico  “Cundinamarca  Democrática”  constituye  un  discurso político,  sujeto   a  especial  protección  constitucional.  Consecuencialmente,  de  ser  afirmativa   la   respuesta,   pasará   a  determinar  cuál  de  los  derechos  fundamentales  en  tensión  ha  de  prevalecer  en este caso, de acuerdo con el  juicio de proporcionalidad propuesto por la Corte Interamericana.   

        A  este  respecto, esta Corporación juzga importante precisar que  de  preponderar en ese análisis la libertad de expresión, la conclusión será  la  de  reconocer que el acusado obró en ejercicio legítimo de un derecho o de  una  actividad  lícita,  es  decir,  al  amparo  de  una  causal  excluyente de  responsabilidad (art. 32.6 del Código Penal).   

        La  Procuradora  Delegada  opta por sostener que aun cuando en los  editoriales  se pueden expresar opiniones políticas del medio de comunicación,  no  constituyen  en  estricto sentido un discurso político, pues éste surge de  las  instituciones  especializadas  relacionadas  con  el  ejercicio  del  poder  político,  es  decir,  del Estado, de los partidos o de aquellos que se ejercen  directamente en la contienda política por la elección del cargo.   

La Sala no comparte el anterior criterio,  pues  el  discurso  político  no  se  reduce  a los debates relacionados con el  manejo  del  poder  público  o  con  temas  electorales,  sino  que, como lo ha  señalado  la  Corte  Constitucional,  “cubre toda  expresión  relevante  para  el  desarrollo  de  la  opinión pública sobre los  asuntos  que  contribuyan  a  la  vida  pública  de  la  nación”44   

,  y es claro que los editoriales, cuando  se  refieren  a  esos aspectos, sirven para generar debate en torno al manejo de  la  administración  de  las  diferentes  instituciones  del Estado y para crear  conciencia sobre la necesidad de depurar  la política.   

Visto  lo  anterior,  se  tiene que en el  mencionado  editorial  el  procesado  se  refirió  a la idoneidad de la señora  Leonor    Serrano    de    Camargo    para  ocupar  cargos  públicos y a su desempeño en dignidades de  esa  naturaleza,  luego  los comentarios del periodista revisten el carácter de  discurso  político,  cuyas  críticas,  por tanto, demandaban de la prenombrada  ciudadana  un  mayor grado de tolerancia, dada su condición de exfuncionaria de  Estado y aspirante a adquirir nuevamente tal calidad.   

En  tal virtud, pasa la Sala a determinar  si  a  la luz del test de ponderación arriba aludido hay lugar a considerar que  el acusado incurrió o no en el delito de injuria.   

En  el  citado  editorial  el  acusado se  refirió   a   la   señora   Serrano   de  Camargo  como politiquera, gamonal  y  figurilla que se cree  personaje;  además,  le atribuyó tratar a la gente  en  forma  arrogante,  humillativa  y con despotismo  miserable   y   actuar   de   manera   caprichosa,   extravagante,   descarada,  amenazante  y con desafío burlesco.   

Si bien con tales epítetos se afectó la  honra  y  el  buen  nombre de la ciudadana Serrano de  Camargo,  entiende  la  Sala  que la vulneración de  esos  bienes  se  presentó  en forma moderada, pues corresponden a una crítica  acerca  de  la  manera  como la aludida se desenvolvió durante la época en que  ocupó  los cargos de Gobernadora de Cundinamarca y Senadora de la República y,  particularmente, al trato que dispensó y dispensa a los demás.   

Como  el  interés  de  la ciudadanía en  general  es  que  quienes  accedan  a  cargos  públicos  ostenten  las  mejores  calidades   humanas,   la   censura   efectuada   por   el  señor  GONZÁLEZ,   en   cuanto  tenía  ese  objetivo,  es desarrollo  de  la  especial protección que tiene en dicho ámbito el derecho a la libertad  de   expresión,   luego   a  favor  del  prenombrado  se  impone  reconocer  la  concurrencia  de  la causal excluyente de responsabilidad prevista en el numeral  6º  del  artículo  32 del Código Penal, esto es, obrar en legítimo ejercicio  de un derecho o actividad lícita.   

El procesado también hizo las siguientes  aseveraciones:   “en   un   arranque   demente  e  irresponsable”         y        “conductas   propias   de   su  psiquis  alterado”   para  aludir  al  comportamiento  de  la  señora  Leonor Serrano.   

Estas   manifestaciones   lesionaron,  igualmente,  la  honra  y  buen  nombre  de  la  ciudadana  contra  la  cual  se  dirigieron.  Para  la  Corte, la afectación en este caso fue mayor que respecto  de  las anteriores, pero no de tal magnitud como para considerar que ocurrió en  forma  grave,  porque  si  bien  con  esas  expresiones se puso en duda la salud  mental  de  la  señora  Leonor  Serrano,  la  crítica  no  involucró  aspectos  de  la  vida  íntima y  familiar  de  ésta,  sino  solamente  relacionados con su capacidad psíquica e  intelectual,  que  interesan  a  la  comunidad  en general, en cuanto de quienes  ocupan  cargos  públicos  o  aspiren  a  desempeñarlos  se  exige que gocen de  excelente salud.   

Se  trató  entonces  de una vulneración  intermedia  que debe ceder frente a la justificada pretensión del editorial, no  otra  que  promover  la  selección  de  las  mejores  opciones para el manejo y  administración  de los asuntos públicos y, por consiguiente, impedir que quien  carezca  de  esas  calidades  acceda  a tales dignidades. Por tanto, respecto de  tales  aseveraciones  también  hay  lugar  a reconocer la causal de ausencia de  responsabilidad antes mencionada.   

Ha   de   precisar   la  Sala  que  las  expresiones:  “nada le ha aportado ni le ha servido  a  la  ciudad  de  Fusagasugá”;  no  “nos  vengan a decir falazmente que regresan ahora sí a redimir  las  sentidas  necesidades  de  las gentes humildes e incautas que sobreviven”  y  “¿qué  obra, qué  labor    positiva    para    los    fusagasugueños    dejó    la    mencionada  señora?”,    no    constituyen    imputaciones  deshonrosas,  pues  se trata de la inconformidad presentada por la no ejecución  de  obras  que  sirvieran  para satisfacer las necesidades del pueblo en pasadas  administraciones,   pero   que,   se   insiste,  en  ningún  caso  revisten  la  connotación   de   afirmaciones  insultantes  o,  en  fin,  agraviantes  de  la  reputación, decoro o dignidad de la destinataria.   

        Prospera   el   cargo.   En  consecuencia,  como  lo  solicita  el  demandante  y lo avalan los Delegados de la Fiscalía y del Ministerio Público,  se  casará la sentencia impugnada y, en su lugar, se emitirá fallo absolutorio  a   favor  de  LUIS  AGUSTÍN  GONZÁLEZ”.   

Dejo de la anterior manera expresadas las  razones que me llevaron a aclarar voto en el presente evento.   

Con toda atención,  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Magistrada  

Fecha ut supra  

    

1  Sentencia    C-650   de  2003   

2  Sentencias   C-087   de   1998   y   C  – 010 de 2000   

3  Sentencia SU 1723 de 2000   

4  Corte Constitucional   

5  Ibídem   

6 Cfr.  Tribunal  Europeo  de  Derechos  Humanos,  Caso  Linges, Sentencia 8 de julio de  1986.   

7  Sentencia SU-1723 de 2000.   

8  Un  ejemplo  de  curiosidad  pública  puede  reflejarse  en  el caso Soc. de Presse  Marcel  Dassaultt  v.  Brigitte  Bardot,  donde la Corte de Apelaciones de Paris  considera   que   ha   sido  violada  la  intimidad  de  la  famosa  artista  al  fotografiarla  sin  su  consentimiento  dentro  de su hogar,  por cuanto la  aceptación  no  puede  presumirse  por  el hecho de haberse exhibido pública y  generosamente  a las miradas del público en otras ocasiones.  Sentencia de  febrero  27  de 1967.  Igualmente puede citarse el caso de las Vedettes, de  quienes  la  misma  Corte consideró que tenían iguales derechos que las demás  personas. Sentencia de Marzo 16 de 1955.   

9 Cita  a  Eduardo  Monreal  Nova, Derecho a la vida privada y libertad de información:  “Cuando  el  derecho  a  la  información  se  ejerce  procurando un cuidadoso  respeto  a  la vida privada y, no obstante ello, subsiste un interés general de  la  sociedad  para  conocer hechos, actividades o manifestaciones personales que  corresponden  a la vida privada del actor, llega el instante en que el derecho a  la  vida  privada debe ser sacrificado en aras del interés general”. México,  Siglo Veintiuno Editores, 2ª edición, 1981, pág. 196.   

10  SU-1723 de 2000   

11  T-080 de 1993.   

12  Ibídem   

13  SU-1723 de 2000   

14  Sentencia   T-1319   de  2001,  sentencia  T-028  de  1996.   

15  T-219 de 2009   

16  Sentencia T-391 de 2007   

17  Ibídem   

18 En  Revista  Latina  de  Comunicación Social, La Laguna, Tenerife, Octubre de   1999, N° 22, Dr. Iván Abreu Sojo.   

19  Ese  pensamiento  se  condensa  en  su  obra de 1962,  traducida   al   español   como   “Historia   y   crítica   de  la  opinión  pública”.   

20  Para   entender  el  concepto  funcionalista  de  la  opinión   pública,  se  ofrece  su  obra  “La  realidad  de  los  medios  de  masas”.   

21  Así  lo  define el Centro de Estudios de Opinión de  la  Facultad  de  Ciencias  Sociales  y  Humanas  de la Universidad de Antioquia   

22  Sentencia  de  la Corte Constitucional  T-505 de  2000.   

23  Sentencia  de  la  Corte  Interamericana  del  20  de  noviembre de 2009, en el caso Ramírez Vs. Venezuela.   

24  Ibídem   

25  El  pronunciamiento  de la Corte IDH tiene lugar ante  la  condena  penal  impuesta a un periodista, escritor e investigador histórico  argentino,  que  en  un  libro había criticado la actuación de las autoridades  encargadas  de  la  investigación  de  un crimen ocurrido durante la Dictadura,  entre  ellas  un  juez.  El funcionario judicial mencionado en la obra promovió  una  querella  criminal  en  su contra por el delito de calumnia y el periodista  fue  condenado por la Sala IV de la Cámara de Apelaciones a un año de prisión  y  multa  de  veinte  mil  pesos  por  el delito de calumnia, mediante sentencia  ejecutoriada   el   14   de   septiembre   de   2000.  Dentro  del Proceso el Estado argentino reconoció su  responsabilidad  y  se  allanó  a  las  pretensiones de las partes.   

26 Se  refiere,  entre  otras,  a  las  sentencias  del  25-06-2002  (radicado 14.029),  26-10-2006 ( radicado 25.743) y 08-10-2008 (radicado 29.428)   

27  Sobre los lineamientos jurisprudenciales remembrados,  ver  autos  del  13  de  mayo  de  2009, radicaciones 26742 y 28737. En el mismo  sentido,  auto  del 8 de octubre de 2008, radicación 29428. También, sentencia  del 30 de mayo de 2007, radicación 26115.   

28  Cfr. Sentencia C-442 de 2011 de la Corte Constitucional.   

29  Cfr. Sentencia citada.   

30  Sentencia C-392 de 2002 de la Corte Constitucional.   

31  En  ese sentido, providencias del 20 de junio de 2007, radicación 27423 y del 8  de octubre de 2008, radicación 29428.   

32  Sobre  los  lineamientos jurisprudenciales remembrados, ver autos del 13 de mayo  de  2009, radicaciones 26742 y 28737. En el mismo sentido, auto del 8 de octubre  de  2008,  radicación  29428.  También,  sentencia  del  30  de  mayo de 2007,  radicación 26115.   

33  Cfr. Sentencia C-442 de 2011 de la Corte Constitucional.   

34  Cfr. Sentencia citada.   

35  Sentencia C-392 de 2002 de la Corte Constitucional.   

36  En  ese sentido, providencias del 20 de junio de 2007, radicación 27423 y del 8  de octubre de 2008, radicación 29428.   

37  Cfr. Providencia última citada.   

38  Cfr. Sentencia T-391 de 2007 de la Corte Constitucional.   

39  Cfr. Sentencia citada.   

40  Cfr.    Sentencias   T-391   de   2007   y   C-442   de   2011   de   la   Corte  Constitucional.   

41  Cfr. Sentencias antes citadas.   

42  Sentencia C-442 de 2011.   

43  Cfr. Sentencia antes citada.   

44  T-391 de 2007.     

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