28564(05-12-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 28564  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARÍA   DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ DE LEMOS   

Aprobado acta N° 245.  

Bogotá,  D.  C., diciembre cinco (5) de dos  mil siete (2007).   

VISTOS  

Resuelve  la Sala acerca de la admisibilidad  de  la demanda de casación presentada por el apoderado de la parte civil contra  la  sentencia  del  5 de julio de 2007, mediante la cual el Tribunal Superior de  Riohacha,  en desarrollo de los programas de descongestión implementados por el  Consejo  Superior  de la Judicatura, confirmó el fallo absolutorio proferido el  7  de  febrero  de  2006 por el Juzgado Cuarenta Penal del Circuito de Bogotá a  favor   de   JOSÉ  RAÚL  CAMPOS  GARCÉS,   a   quien   se   le   imputó   el   delito   de   tentativa  de  estafa   

HECHOS  

          JOSÉ   RAÚL   CAMPOS   GARCÉS,  en  su  condición  de  propietario y representante legal de la firma Consejera Nacional  de  Inversiones, recibió una  importante  suma  de  dinero  de  los  señores  Óscar  Galvis  Ramírez, Leonor Galvis Ramírez y Ana  Ramírez de Galvis, dinero con el cual  constituyó  entre  los  años  1995  y  1996  ocho  (8) CDTS por valor total de  $300.355.271   en   la   compañía  de  financiamiento  comercial  FINANCIERA   ANDINA   S.A.,  FINANDINA.   

          Con    posterioridad,    CAMPOS   GARCÉS  endosó   los  títulos  a  la  familia  Galvis  Ramírez. No obstante, mientras la  vigencia  de  los  CDTS  se prorrogó automáticamente durante varios períodos,  sin  que  la Financiera exigiera la devolución de los documentos originales, el  propio    JOSÉ    RAÚL    CAMPOS       adquirió     sucesivos     créditos     con     FINANDINA,  los cuales a la postre canceló  con  algunos  pagos  directos y con el valor de los CDTS hasta cubrir el importe  total de éstos.   

          Cuando      la      familia      Galvis  Ramírez  quiso  redimir  los  títulos, la Financiera  FINANDINA  se  negó  a  su  desembolso,  oponiendo  para  el  efecto  la  relación  comercial efectuada con  JOSÉ RAÚL CAMPOS GARCÉS.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  Con  fundamento en la denuncia formulada  por  el  representante  legal  de FINANDINA,  la Fiscalía 184 Seccional de Bogotá, el 9 de diciembre de 1998,  adelantó  investigación  previa,  al  término de la cual decretó apertura de  instrucción  penal,  según  resolución  del  22  de  febrero de 1999, en cuyo  desarrollo    escuchó    en    indagatoria,    inicialmente,   a   JOSÉ  RAÚL  CAMPOS GARCÉS y Leonor  Galvis  Ramírez,  a  quienes  les  resolvió  situación  jurídica  el 8 de noviembre siguiente, absteniéndose de  afectarlos con medida de aseguramiento.   

2.   En   el   curso   posterior   de   la  investigación,  se  indagó  a Ana Ramírez de Galvis,  Óscar     Galvis     Ramírez     y    Álvaro  Galvis Ramírez. El 19 de abril de  2001  se  les  resolvió  situación  jurídica,  sin  imposición  de medida de  aseguramiento.   En  vez  de  ello  fueron  cobijados,  junto  con  Leonor  Galvis Ramírez, con preclusión de  la  instrucción. En esa misma decisión se profirió medida de aseguramiento de  caución    prendaria    a    JOSÉ   RAÚL   CAMPOS  GARCÉS.  De  igual manera, se ordenó la cancelación  de la inscripción de los CDTS objeto del proceso.   

3.  Por apelación de uno de los defensores,  la  Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá, en decisión del 15  de  febrero  de  2002,  revocó  la cancelación de la inscripción de los CDTS.   

4.  Mediante sustanciatorio del 4 de mayo de  2002,  el  Fiscal  clausuró la instrucción, procediendo a calificar el mérito  del  sumario  el  4  de  noviembre del año siguiente, decisión a través de la  cual  acusó  a  JOSÉ RAÚL CAMPOS GARCÉS, por el punible de tentativa estafa.   

5.  Ejecutoriado  el  pliego  acusatorio, el  proceso  pasó  a  conocimiento  del Juzgado Cuarenta Penal del Circuito de esta  ciudad,  cuyo  titular  llevó  a cabo las audiencias preparatoria y pública de  juzgamiento,  poniendo término a la instancia mediante la sentencia absolutoria  del  7  de  febrero  de 2006, confirmada por el Tribunal Superior de Riohacha en  virtud  de  la apelación interpuesta por el apoderado de la parte civil, según  fallo  del  5 de julio de 2007, contra el cual el mismo sujeto procesal dirigió  el   recurso   extraordinario   de   casación   objeto   de   examen   por   la  Sala.   

LA  DEMANDA   

          El   impugnante              formula  diez  cargos  contra  la  sentencia  de  segunda  instancia,  uno  con  fundamento  en  la  causal  tercera  de casación  prevista  en  el  numeral  3º  del  artículo  207  de la Ley 600 de 2000 y los  restantes   al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo  de  la  misma  legislación.   

          PRIMER CARGO. Nulidad:   

          Considera  que  la  sentencia  se  dictó  en  un  juicio viciado de  nulidad,  por  falta  de  motivación,  por  cuanto  el  fallador  se abstuvo de  resolver  acerca  de  la  aplicación  de  los artículos 66 y 67 del Código de  Procedimiento  Penal,  sin  ordenar  la  incautación de los CDTS ni disponer la  cancelación  de sus registros, con el argumento de que el apoderado de la parte  civil  no  pidió sentencia de condena, pues de esa manera se anuló su interés  para recurrir.   

          En   sentir  del  libelista,  “no  sólo  pidió  la  condena sino que consideró que la incautación de los títulos y su  ausencia  de  registro  para ulterior e inmediato cobro, ha debido ordenarse por  el  Tribunal de Riohacha, ante cualquier clase de sentencia, ya condenatoria, ya  absolutoria”   

          En  su criterio, esa extraña tesis del Tribunal va en contravía de  todas  las  normas  procedimentales, de acuerdo con las cuales la incautación y  anulación  de  los  registros  procede  desde  el  inicio de la investigación,  “así el sindicado esté en averiguación y nunca se  identifique”.   

          Solicitó,   en   consecuencia,  casar  la  sentencia  y  dictar  la  correspondiente  decisión  de  reemplazo.  Subsidiariamente, pidió decretar la  nulidad  a  partir  de  la  sentencia  impugnada y disponer la devolución de la  actuación  al  Tribunal,  “para  que se ordenen las  solicitadas  incautación  y  prohibición  del  registro,  a menos que la Corte  considere  que  en  la sentencia de casación se puede satisfacer esta petición  por  tratarse  de  una decisión interlocutoria sin carácter de sentencia, como  así  lo  reclamo,  para  luego  continuar  con  el trámite hasta expedir nueva  sentencia de segunda instancia”.   

          Para  el  actor,  la  falta  de motivación es trascendente, pues se  dejó   en   el   comercio  unos  títulos  delictivos  cuyo  uso  es  altamente  antijurídico,   en   tanto  su  cobro  puede  superar  los  dos  mil  millones,  “así  el  Tribunal de Riohacha afirme extrañamente  la   ausencia   de   perjuicios”.   La   consideró  trascendente   también   porque   sin  “motivación  integral  no  hay  verdadera justicia”, aun cuando en  sentido  estricto  la  falta  de  motivación  puede  entenderse  como una falsa  motivación.   

          SEGUNDO     CARGO.     Violación    indirecta    por    error    de  derecho:   

Aduce que el sentenciador incurrió en error  de  derecho  en  la  apreciación  probatoria  cuando sostuvo la inexistencia de  estafa  por  la  ausencia  de  artificio  o  engaño  para  inducir  en  error a  FINANDINA.  En  criterio del  casacionista,  el  artificio  consistió  en  la  omisión  de comunicar a dicha  compañía  durante la vigencia de los CDTS acerca de la verdadera identidad del  dueño  de dinero. Se trata, añadió, de un artificio negativo indefinido, cuya  prueba  directa  es imposible, debiéndose entonces demostrar lo contrario, esto  es,  la  notificación oportuna a FINANDINA, lo cual nunca se hizo.   

          En  relación  con  lo  anterior,  atribuye  al fallador incurrir en  lamentable  confusión  cuando  dio  a  la  carga  de  la  prueba  el alcance de  obligación  para concluir que se pretendió compeler al procesado a aportar las  pruebas  de  su  inocencia.  En  opinión  del  actor,  la  carga no es deber ni  obligación sino una norma aplicable a falta de prueba.   

          De  otra  parte, estimó equivocada la apreciación del ad  quem, en el sentido de que los títulos  no  se  cancelarían  nuevamente,  pues eso es, justamente, lo pretendido por la  familia  Galvis  Ramírez con  el     proceso     ejecutivo     promovido    en    contra    de    FINANDINA,   lo   cual   no   se  habría  presentado  si  dicha  familia  le  hubiese informado que el dinero manejado por  Campos no es de él ni de su  firma  “Consejera Nacional de Inversiones”, porque en tal caso la compañía  de   financiamiento   ha  debido  proceder  a  la  inscripción  de  la  familia  Galvis  en  el  registro  de  tenedores legítimos.    

          Para  el  demandante,  los sentenciadores desconocieron el artículo  238  del Código de Procedimiento Penal, conforme al cual la apreciación de las  pruebas  debe  hacerse  en  conjunto  y  de  acuerdo  con  las reglas de la sana  crítica,  pues  no  está acorde con esas reglas “no  darle  significado  alguno a la falta de información a la financiera, por parte  no  sólo  del  señor  Campos  sino  también  de  sus  ministeriosos y ocultos  mandantes…”.   

          TERCER  CARGO. Violación indirecta por error de derecho derivado de  falso juicio de convicción:   

          Expresa  que  el  sentenciador  incurrió  en  error de derecho, por  desatención  de  las  normas  de  la  sana  crítica,  cuando,  a manera de una  “inmunidad  probatoria”,  consideró  que  la  presunción  de  inocencia  está  por  encima de cualquier  aplicación  de  la carga de la prueba. En criterio del actor, los juzgadores no  entendieron  el concepto de carga de la prueba, pues, de acuerdo con esa figura,  al   sindicado   le   corresponde   demostrar   los   hechos   exculpativos  del  delito.   

          Ese  equivocado  entendimiento  de  la carga de la prueba, añadió,  condujo  a los falladores a dar carácter incólume o intocable a la presunción  de  inocencia,  impidiéndoles  “observar  la única  prueba  demostrativa  de  la  buena  fe  contractual  de  José Raúl Campos: la  notificación  a  FINANDINA  de  la  propiedad  del  dinero  representado en los  títulos  valores,  lo  cual,  a  su vez, autorizó al  Tribunal  a  trasladar  la culpa hacia la única víctima, en cuanto atribuyó a  FINANDINA  no  recaudar  los  títulos   antes   de   proceder   a   realizar  cruce  de  cuentas.     

          Según  el  impugnante,  no hay norma o principio que beneficie a un  acusado  cuando  ha omitido el suministro de la prueba de un hecho exculpativo o  infirmativo  de  la  responsabilidad  penal,  esto  es,  la  notificación  a la  compañía  de financiamiento acerca del nombre de los respectivos propietarios.   

          CUARTO     CARGO.     Violación     indirecta    por    error    de  derecho:   

          El  ad quem, adujo  el  impugnante, violó indirectamente por falta de aplicación los artículos 66  y  67  de  la Ley 600 de 2000 y 246 y 247 de la Ley 599 de 2000 cuando sustentó  su  decisión  catalogando  como  terceros a      los      miembros      de     la     familia     Galvis  para  abstenerse  de  incautar los  títulos valores.   

          En  criterio  del libelista, “la supuesta  presencia  de un tercero, así sea cierta, no impide a ningún funcionario de la  Fiscalía  o  de  la  Rama  Jurisdiccional, la incautación de unos instrumentos  delictivos   o   la   anulación   de  un  registro  fraudulento”.   Esa  medida,  agregó,  así  como  la  anulación  del  registro  fraudulento,  opera  ante  cualquier  particular,  no  obstante  obre  de  buena  fe.   

          QUINTO  CARGO. Violación indirecta por error de derecho derivado de  falso juicio de convicción:   

          Refirió  que en la indagatoria rendida el 19 de septiembre de 2000,  CAMPOS  GARCÉS  aceptó  el  pago      de      los      títulos      por      parte      de     FINANDINA  y  negó  la validez del endoso  por  haber  sido  sometido  a  toda  clase  de  coacciones  por  el ex sacerdote  Galvis  Ramírez.  Para  el  actor,  la  primera  de  esas  afirmaciones  constituye  una confesión, la cual  “dentro  del  esquema  jurídico penal colombiano…  tiene  que  ver  con  la  llamada  tipicidad…”,  de  manera  que  no tiene relación con las causales de justificación ni con las de  inculpabilidad.   

          Los  sentenciadores, agregó, no tuvieron en cuenta la confesión de  Campos,  la  cual,  de haber  sido  valorada  conforme a los principios de la sana crítica, hubiera llevado a  emitir  sentencia  de  carácter condenatorio, acompañada de la incautación de  los títulos y la anulación de cualquier registro de endosos.   

          SEXTO  CARGO.  Violación  indirecta  por error de hecho derivado de  falso juicio de existencia:   

          Sustentó   el   reproche   señalando   que  los  juzgadores,  como  consecuencia  de  no  compulsar  copias  para  investigar  el  delito  de fraude  procesal,  omitieron  apreciar  el hecho indicador constituido por la existencia  del   reconocimiento   tácito   de   los  endosos  efectuado  por  CAMPOS   GARCÉS   en   connivencia   con  Galvis Ramírez, al ocultarse  el  primero  e impedir con ello la notificación para que el juez civil ordenara  la  inscripción de los Galvis  en   el   registro   de   tenedores,   con  lo  cual,  además,  “evitaba   el  interrogatorio  del  abogado  de  la  financiera  para  confrontar  este  posible  reconocimiento  con  la versión que CAMPOS ya había  dado en la fiscalía, el 19 de septiembre de 2000”.   

En  su  sentir,  ese  hecho  indicador  se  encuentra  plenamente  demostrado  con el oficio No. 4134 del 19 de noviembre de  2002  expedido  por  el  Juzgado  Segundo  Civil del Circuito de Bogotá y su no  apreciación  configuró  un error de hecho, pues se trataba del “punto  final  del  ITER  CRIMINIS del fraude procesal y de la estafa  contra  FINANDINA  y  que  por  tanto permitía ver con toda claridad la intensa  “oscuridad” del testaferrato entre CAMPOS Y GALVIS”.   

          SÉPTIMO  CARGO. Violación indirecta por error de hecho derivado de  falso juicio de existencia:   

          La  censura la hace consistir en la no apreciación de la confesión  constituida  por  la  manifestación  del procesado efectuada en la indagatoria,  conforme   a   la   cual   Álvaro   Galvis  Ramírez  le  otorgó  poder general por escritura pública. Ese  documento,  en  su  criterio,  “indica claramente el  nivel   de   confianza  absoluta  entre  poderdante  y  apoderado”,   al   punto   que   Campos   era   el   “confesor”  de      Galvis     Ramírez,  de modo que “conocía el origen oscuro  del  dinero  pues  trabajaban  en  equipo  en  la  Universidad  SANTO  TOMÁS DE  AQUINO”.    

          OCTAVO  CARGO.  Violación  indirecta por error de hecho derivado de  falso juicio de existencia:   

          El   yerro   lo   predica  respecto  de  la  escritura  pública  de  revocatoria  del  poder  general.  En su sentir, se trata esa de “la  prueba MATRIZ de la connivencia delictuosa de los dos para hacer  que  FINANDINA  pague  los “platos rotos” de las diferencias secretas de ese  oscuro   testaferrato   o   enriquecimiento   ilícito   de  particulares…”,  pues       Álvaro  Galvis,  “en vez de iniciar  las  acciones  civiles  y  penales  contra  CAMPOS, se presentó para cobrar por  segunda vez lo ya pagado”.   

          Consideró  que  los  juzgadores  no aplicaron la sana crítica a la  escritura  de  revocación ni le expusieron razonadamente el mérito respectivo,  prueba   constitutiva   de   confesión,   en  cuanto  revela  que  Galvis   Ramírez   sabía  del  pago  de  FINANDINA  en  relación con  los títulos valores.   

          NOVENO  CARGO.  Violación  indirecta por error de hecho derivado de  falso juicio de existencia.   

          Según  el  actor,  los  juzgadores  omitieron apreciar la escritura  pública  mediante  la  cual la señora Ana Ramírez de  Galvis,   madre   del   ex   sacerdote   Galvis  Ramírez,  otorgó poder general a  JOSÉ  RAÚL  CAMPOS GARCÉS.  En  su  criterio,  se  trata  de  un  importantísimo documento, pues con él se  demuestra  “no  sólo  el  engaño  en contra de los  intereses  de  FINANDINA  sino  también el atropello del ex sacerdote contra su  progenitora  para  hacerla coautora de semejante fechoría en los últimos días  de  su  vida”, conducta que indica una ambición sin  límites.   

          DÉCIMO  CARGO.  Violación indirecta por error de hecho derivado de  falso juicio de existencia.   

          Expresó  que  durante  el  desarrollo  del  proceso  se presentaron  varias  manifestaciones  de  saboteo, tales como (i) la falta de comparecencia a  indagatoria   de   algunos   de   los   miembros   de  la  familia  Galvis   Ramírez,  (ii)  el  retiro  del  expediente  del  Juzgado  30  Civil del Circuito efectuado por la abogada de esa  misma  familia  para impedir la realización de la inspección judicial ordenada  por  el fiscal instructor, y (iii) la designación de un defensor a CAMPOS  GARCÉS  que, como consecuencia de  haber  sufrido  grave  accidente,  disfrutaba  de  una  prolongada  incapacidad,  pretendiéndose     con     ello     la    suspensión    indefinida    de    la  actuación.   

          En  su  opinión, todas esas circunstancias configuran un gran hecho  indicador,  pues  el empeño obstinado en la obstrucción de la investigación y  del  juicio  permite edificar “un indicio vehemente o  grave  acerca,  en  este caso, de la naturaleza fraudulenta de los títulos y de  las  maniobras  para  cobrarlos  por segunda vez”. En  las     sentencias,     añadió,    nada    se    dijo    sobre    ese    hecho  indicador.    

          Es  de  anotar  que  en  los cargos segundo al décimo el impugnante  coincide  en señalar como normas sustanciales violadas los artículos 246 y 247  del  Código  Penal  de  2000  y  en  todos esos reproches menciona, a manera de  alcance  de  la casación, que ésta “debe ser total,  debe  revocar la absolución, debe proferir condena, y ya convertido en Tribunal  de  instancia,  debe  incautar los títulos instrumentos delictivos, debe anular  cualquier  inscripción  de  los  mismos  después de la fecha de redención por  parte  de  Finandina,  debe ordenar la expedición de fotocopias para investigar  los  delitos  de testaferrato o enriquecimiento ilícito de particulares, fraude  procesal,  falso  testimonio  y  otros”.     

          El  actor,  de  otra  parte,  solicita a la Corte casar de oficio la  sentencia  para  decretar  la  nulidad,  por  cuanto  el  Tribunal  incurrió en  contradicción  al  señalar  inicialmente que el a quo  condenó  al  procesado  a  la  pena  de  36  meses de  prisión,  para  ya  en la parte resolutiva confirmar la sentencia apelada, cuyo  sentido fue absolutorio.   

          Además,  de  ser  este  el  caso, pidió superar los defectos de la  demanda  y  decidir  de  fondo, aplicando lo dispuesto en el artículo 184 de la  Ley 906 de 2004.   

PARA   RESOLVER   SE  CONSIDERA   

         

          Como  la  demanda de casación fue presentada por el apoderado de la  parte  civil,  es necesario precisar que la normatividad aplicable, para efectos  de  determinar su legitimación, es la procesal penal, porque la impugnación no  tiene  por objeto directa y exclusivamente la indemnización de perjuicios, sino  se  dirige contra el contenido penal del fallo, en cuanto se pretende su nulidad  o  la  revocatoria  de  la absolución, es decir, no se presenta en este caso la  hipótesis  normativa  prevista  en  el  artículo  208  de  la Ley 600 de 2000,  conforme  a  la  cual  “cuando la casación tenga por  objeto  únicamente  lo referente a la indemnización de perjuicios decretados  en  la  sentencia condenatoria  deberá  tener  como  fundamento  las  causales  y  la  cuantía  establecidas  en  las  normas  que  regulan  la  casación  civil, sin  consideración  a  la  pena  señalada para el delito o delitos” (subraya         la         Sala)1.        

En esa dirección se erige la jurisprudencia  de la Corte. En efecto:   

“En vigencia del  decreto   2700  de  1991,  la  Sala  en  repetidas  oportunidades  realizó  las  precisiones  de  rigor  cuando  de  reclamar  perjuicios en sede de casación se  trata,  consideraciones  que en lo pertinente hoy mantienen su vigencia frente a  las  regulaciones  que  acerca  de la misma materia consagra el nuevo Código de  Procedimiento  Penal.  En  una de ellas dijo la Sala2:   

‘a) Si   el  recurso  se  interpone  para  censurar  exclusivamente  el  contenido  penal  del  fallo, será procedente si éste  fue  proferido  en  segunda  instancia  por  un  Tribunal  Superior  de Distrito  Judicial,  el  Tribunal Nacional o el Tribunal Penal Militar, y que al menos uno  de  los  delitos de que trata tenga señalada pena privativa de la libertad cuyo  máximo,   atendidas   las   circunstancias   de   agravación   y   atenuación  modificadoras  de la punibilidad, sea o exceda de seis (6) años. (Artículo 218  del C. de P. P. incisos 1o. y 2o.).   

‘b)  Cuando  el  objeto  de  la  demanda es impugnar únicamente lo referente a la indemnización  de  perjuicios  decretados  en  la  sentencia  condenatoria de segunda instancia  dictada  por  alguno  de  los  Tribunales  mencionados,  no  juega  para nada el  requisito  de  la  pena correspondiente al delito, pero en su lugar, para que el  recurso   sea  procedente  es  necesario  que  la  cuantía  de  la  resolución  desfavorable  al recurrente sea la requerida para recurrir en casación civil, y  que  la  demanda  se  presente  por  esas  causales.  (Art.  221  C.  de P. P.).   

‘c) Si el censor  pretende  formular  cargos  contra  la  sentencia  respecto  del  tema  penal, y  también  en  materia  exclusivamente  de  indemnización  de  perjuicios  puede  hacerlo  en  la misma demanda en capítulos separados, pero respecto de cada uno  de  los  tópicos  que  pretende  cuestionar  se  deben  reunir  sus respectivos  requisitos,  es  decir,  para  lo  primero  la  pena máxima prevista, y para lo  segundo  la  cuantía que en ese momento se exija en casación civil’”     (subrayas     fuera     del  texto)3.   

          En  ese  orden  de  ideas,  se advierte que el recurso de casación,  según  lo  previsto  en  el  inciso  primero del artículo 205 de la Ley 600 de  2000,  procede  contra  sentencias  proferidas  en  segunda  instancia  por  los  Tribunales  Superiores  de  Distrito  Judicial  y  el Tribunal Penal Militar, en  procesos  adelantados  por delitos que tengan pena privativa de la libertad cuyo  máximo exceda de ocho (8) años.   

          Dicho  presupuesto no se satisface en el caso objeto de estudio, por  cuanto  la  conducta  por  cuya  razón  se pronunció la absolución a favor de  JOSÉ  RAÚL  CAMPOS GARCÉS,  si  bien  proferida  en  segunda  instancia por un Tribunal Superior de Distrito  Judicial,  corresponde al ilícito de estafa en grado de tentativa, respecto del  cual  no  se  atribuyeron circunstancias de agravación que alteren sus extremos  punitivos.   

          Dicho  punible  está  sancionado  en  el  artículo 246 del Código  Penal  de  2000  con pena de prisión de dos (2) a ocho (8) años, cuyo máximo,  al  ser  disminuido  en  una cuarta parte, de conformidad con lo señalado en el  artículo  27  ibídem,  se  reduce  a  seis  (6)  años, monto que corresponde,  entonces,  a  la  sanción  superior  prevista  para  el  delito  por el cual se  adelanta  el  presente  proceso,  siendo  inferior al término establecido en el  inciso primero del artículo 205 arriba citado.   

          Se  concluye  de  lo  expuesto  que  en  este evento no procedía la  casación  común  u ordinaria regulada en la pluricitada disposición procesal.  Ante  ello, le correspondía al actor acudir a la casación excepcional prevista  en  el  inciso  tercero  del  mismo  artículo  205,  norma  conforme  a la cual  “De  manera  excepcional,  la Sala Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  discrecionalmente, puede admitir la demanda de casación  contra  sentencias de segunda instancia distintas a las arriba mencionadas, a la  solicitud   de  cualquiera  de  los  sujetos  procesales,  cuando  lo  considere  necesario  para  el  desarrollo de jurisprudencia o la garantía de los derechos  fundamentales,  siempre  que  reúna  los  demás  requisitos  exigidos  por  la  ley”.   

          Como  lo tiene precisado la Sala, dado su carácter discrecional, es  deber  del  libelista  persuadir  a  la  Corte  sobre la necesidad de admitir la  demanda  de  casación,  indicando  si  lo  pretendido  es  el  desarrollo de la  jurisprudencia  o  la  garantía  de  los  derechos fundamentales y, en su caso,  explicar  las  razones  que fundamentan el motivo seleccionado. A este respecto,  en el auto del 4 de mayo de 2005 se señaló:    

         “En   tratándose   de   la   casación  discrecional    compete   al   demandante   expresar  con  claridad  y precisión los motivos por los cuales  debe  intervenir  la  Corte,  ya para proveer un pronunciamiento con criterio de  autoridad  respecto  de  un tema jurídico especial, bien para unificar posturas  conceptuales  o  actualizar  la  doctrina,  ora  para abordar un tópico aún no  desarrollado,  con  el  deber  de indicar de qué manera la decisión solicitada  tiene  la  utilidad simultánea de brindar solución al asunto y a la par servir  de guía a la actividad judicial.   

Pero  si lo pretendido por quien demanda es  asegurar  la  garantía  de  derechos  fundamentales,  tiene  la  obligación de  demostrar  la  violación  e indicar las normas constitucionales que protegen el  derecho    invocado,    así    como    su    desconocimiento    en   el   fallo  recurrido”4.   

          En  el  evento materia de análisis, el impugnante pasó inadvertido  que  el  recurso  sólo  procedía  por  la  vía discrecional. Ello lo llevó a  omitir  toda  fundamentación  orientada a cimentar la necesidad de la admisión  de  la demanda, de modo que ni indicó si su pretensión era el desarrollo de la  jurisprudencia o la garantía de los derechos fundamentales.    

          Pero,  desde  luego,  el silencio del libelista no daría lugar a la  fatal  inadmisión de la demanda, si de su contexto fuese posible inferir alguno  de   los   dos   motivos  que  habilitan  la  casación  excepcional5   

. Se impone para la Sala, por tanto, examinar  los  cargos formulados por el actor para establecer si contemplan alguna de esas  finalidades.   

          De  los diez reproches, solamente el primero envuelve una discusión  relacionada  con la casación discrecional, pues allí se aduce que la sentencia  fue  dictada  en  un  juicio  viciado  de  nulidad, por falta de motivación, en  cuanto  los  juzgadores  se  abstuvieron de resolver sobre la aplicación de los  artículos  66  y  67  del Código de Procedimiento Penal, razón por la cual ni  ordenaron  la  incautación  de  los  CDTS ni dispusieron la cancelación de sus  registros.   

          Así  vista  la  censura,  bien  puede  concluirse que el demandante  demanda  la  protección  de  la  garantía fundamental del debido proceso en la  modalidad  de  adecuada motivación de las decisiones. Empero, como está dicho,  para  admitir  el  reproche  es  deber  del  actor cumplir los demás requisitos  establecidos  en  la  ley,  de  modo  que  su  formulación ha de satisfacer las  exigencias  de  claridad  y precisión previstas en el numeral 3º del artículo  211  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de 2000, las cuales incluyen, desde  luego,  ser  fiel  a  los  fundamentos  del  fallo,  pues sólo de esa manera la  censura  tendrá  idoneidad  para desvirtuar la doble presunción de legalidad y  acierto  al  amparo  de  la  cual  arriba la sentencia a sede de la Corte.    

          En  ese  sentido, pertinente resulta recordar el criterio de la Sala  conforme  al cual cuando se aduce falta de motivación el demandante está en la  obligación  de  demostrar  uno  cualquiera de los siguientes vicios: (i) que el  fallo  carece  totalmente de motivación; (ii) que siendo motivado, es dilógico  o   ambivalente;  (iii)  que  su  motivación  es  incompleta;  o  (iv)  que  la  motivación     es    aparente    o    sofística6.     

La  Corte,  se  recuerda  también,  tiene  precisado  que  la  “ausencia absoluta de motivación  se  configura  cuando no se precisan las razones de orden probatorio y jurídico  que  soportan  la  decisión;  la  motivación  es  ambivalente  cuando contiene  posturas  contradictorias  que  impiden  conocer  su  verdadero sentido; y,  será  precaria  o  incompleta,  cuando los motivos que se exponen no alcanzan a  traslucir     el     fundamento     del     fallo7.  La  motivación  es  aparente  o  sofística,  señaló la Sala en otra oportunidad,  cuando  se  desconocen  “pruebas  que  objetivamente  conducen  a  conclusiones  diversas”, de modo que se  socava  la estructura fáctica y jurídica del fallo8.   

En el asunto en estudio, el actor no es claro  en  precisar  en  cuál  de los mencionados defectos de motivación incurrió el  fallador,  pues  primero  sostiene  que  no  se pronunció sobre la solicitud de  aplicación  de  los artículos 66 y 67 del estatuto procesal penal de 2000, con  lo  cual  pareciera  referir  al  primero;  no obstante, posteriormente habla de  motivación incompleta y luego de falsa motivación.   

Sea como fuere, de la censura en realidad se  infiere  que  la inconformidad del libelista no es porque el Tribunal no hubiese  motivado  la decisión relacionada con la solicitud en mención, sino por cuanto  no  resolvió  favorablemente  tal  pretensión,  es  decir,  su  desacuerdo  se  relaciona   con  los  fundamentos  esbozados  por  el  fallador  para  negar  la  petición,  punto  en  el  cual  la  Sala juzga necesario recordar lo siguiente:   

“…  no  es  lo mismo que una providencia  judicial  adolezca  de  defectos  de  motivación,  por ausencia absoluta de las  razones  de  orden  probatorio  y  jurídico que soportan la decisión, a que la  argumentación  traída  por  el  fallador  no  cumpla  con las expectativas del  sujeto  procesal,  que  la tilda de inadecuada, desacertada o insuficiente en su  fundamentación  fáctica,  jurídica  o  probatoria,  hipótesis que se refleja  precisamente  en  el  ataque  elevado  por  el  demandante en este asunto.    

         “Sólo  en  la  primera  hipótesis el  error  será  susceptible  de ser atacado dentro del marco de la causal tercera,  mientras  que  en  el  segundo  el  error es de juicio, caso en el cual debe ser  ventilado  en  el  ámbito  de  la  causal  primera,  demostrando los errores de  fundamentación  fáctica,  jurídica  o  probatoria  que  llevan  a tildarla de  inadecuada,  desacertada o insuficiente”9.   

          Es  más,  el  censor  se  concentra  en  criticar  el argumento del  Tribunal,  según  el  cual la parte civil no estaría legitimada para actuar en  este  caso,  por  cuanto  su  apoderado no pidió la condena del procesado. Pero  pasó  por  alto  otras  razones  que  el  juzgador  ofreció  para sustentar la  decisión  de  no  incautar ni anular los CDTS. En efecto, luego de concluir que  CAMPOS  GARCÉS  no desplegó  artificio  o  engaño  alguno,  en cuanto la eventualidad de pagar doblemente el  valor  de  los  títulos  obedeció  a  la  negligencia  de la propia financiera  FINANDINA, al no recaudar los  documentos  originales  antes  de  proceder  a realizar cruce de cuentas con los  créditos otorgados al procesado, señaló:   

          “Por  lo anterior, no sería procedente,  dentro  de este proceso, tomar medida alguna tendiente a sancionar civilmente al  absuelto  procesado,  menos  a  terceros  que  no son sujetos procesales en esta  causa.   

          Si   el  señor  Álvaro  Galvis  y  su  familia  iniciaron  proceso  ordinario   contra   JOSÉ  RAUL  CAMPO  (sic),  este  es  un  proceso diferente al  penal,  y  es  allí,  en  el  proceso  civil,  donde FINANDINA puede obtener la  incautación   que  pretende  el  profesional  recurrente,  es  allí  donde  se  definirá   la  suerte  de  los  títulos  valores,  pues  incautarlos  en  esta  actuación  penal sería violar el derecho de defensa de la mencionada familia y  del  debido  proceso, dado que éstos son totalmente ajenos al proceso penal, es  decir, unos terceros sin oportunidad de intervenir en éste”.   

          El  demandante, entonces, no sólo no atina a fundamentar la censura  acorde  con  el  motivo de nulidad aducido, sino que no es fiel al contenido del  fallo,  desatendiendo  de  esa  forma el principio de lealtad, en cuanto ignoró  los  otros  razonamientos  brindados por el Tribunal para sustentar la decisión  de   no   dar   aplicación  a  los  artículos  66  y  67  de  la  Ley  600  de  2000.   

En los nueve restantes cargos, por su parte,  el  actor  cuestiona  el  valor  y  alcance  atribuido  por los juzgadores a las  pruebas,  pero  ese  tipo  de  ataques,  por  versar  sobre  vicios in  iudicando  o  errores de juicio, no se  relacionan  con  la  protección  de  garantías  fundamentales,  a menos que se  refieran  a  defectos  graves  de  motivación, aspecto sobre el cual la Sala ha  dicho:   

         “(…)  en principio, las posibilidades  reconocidas  en la jurisprudencia para acceder a la casación discrecional no se  extienden  a  las  hipótesis  planteadas en la demanda, es decir, a discutir la  valoración  judicial  de  los elementos de convicción, porque en esa labor los  jueces  cuentan con la relativa libertad que se desprende de la sana crítica, a  no  ser  que  se  proponga  que  sus deducciones son producto de una motivación  aparente,  falsa  o  ausente,  supuesto  que  determinaría,  en  caso de que se  demuestre  y  aparezca  concretado,  la  consolidación  de  un  quebranto a las  garantías,  en  cuanto obedecerían tales deducciones a la arbitrariedad -ajena  a   un  estado  democrático  y  constitucional-  y  no  a  la  razón  y  a  la  justicia”10.   

          El  demandante,  se  repite,  se  limitó  en esos nueve reproches a  controvertir  el  mérito persuasivo asignado por los falladores a los medios de  convicción,  sin  postular defectos evidentes de motivación que, por comportar  vulneración  de  garantías  fundamentales,  habría  dado  paso a la casación  discrecional.  Es  más,  tampoco  acierta  en  estructurar  dichas censuras con  sujeción  a las exigencias de fundamentación propias de la causal de casación  al amparo de la cual los formula.   

          En  efecto, si bien en los cargos dos a cinco denuncia la violación  indirecta  de  la  ley derivada de errores de derecho, solamente en el tercero y  quinto  precisa  la modalidad del error, señalando que se trata de falso juicio  de  convicción.  Pero, en todo caso, con excepción del quinto donde se refiere  a  la  confesión  del  procesado, en ninguno de ellos atina a indicar la prueba  sobre la cual recayó el yerro.     

          Se  recuerda  que  los  errores  de  derecho  se  manifiestan de dos  formas,   mediante  falso  juicio  de  legalidad  y  mediante  falso  juicio  de  convicción.  El primero se presenta cuando el juzgador desconoce las normas que  regulan  la  formación  o  producción  de las pruebas, ya sea porque le otorga  validez  a  un  determinado elemento de juicio, considerando equivocadamente que  cumple  las  exigencias  de  aducción, o bien porque le niega validez estimando  que  no  satisface esos requisitos, pese a ocurrir lo contrario. El falso juicio  de  convicción,  a  su  turno,  se  estructura cuando el fallador desconoce las  normas   que  tasan  los  medios  de  prueba,  esto  es,  la  denominada  tarifa  legal11.   

          Para  acreditar  alguno  cualquiera  de  los  referidos  errores  de  derecho,   es   deber  del  casacionista  identificar  la  prueba  indebidamente  apreciada,  señalar  las  normas que regulan su formación o que tasan su valor  probatorio,  según  el  caso,  acreditar  el error y demostrar su trascendencia  frente a las conclusiones del fallo.   

          Como  se  expresó, salvo en un caso, el libelista no identificó la  prueba  sobre la cual recayó el yerro que denuncia; pero además, en ninguno de  esos  reproches  señaló las normas reguladoras de la formación o tasación de  las  pruebas, y es así como no precisó, para hacer referencia al quinto cargo,  la  disposición legal que, habiendo sido desconocida por el Tribunal, le asigna  valor probatorio a la confesión.   

          El  actor  solamente  se  limitó  a  cuestionar  los  razonamientos  efectuados  por  los juzgadores, señalando que las pruebas no fueron analizadas  conforme  a  los principios de la sana crítica, con lo cual terminó deslizando  su  discurso  hacia  los terrenos del error de hecho, aun cuando sin desarrollar  tampoco  adecuadamente  los  reproches  por  esa  vía, pues no especificó qué  clase  de  principios  de  esa  naturaleza  desconocieron los sentenciadores, es  decir,  si las reglas de la experiencias, los postulados lógicos o las leyes de  la ciencia.   

          De  otra parte, en los cargos seis a diez denunció la existencia de  errores  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia.  Pero,  aunque citó los  elementos   de   juicio   presuntamente  omitidos  en  su  valoración  por  los  juzgadores,   se   sustrajo   a   fundamentar,   como  era  su  obligación,  la  trascendencia  de  los  yerros  frente  a  las  conclusiones  de los falladores.   

          En   ese  sentido,  se  dedicó  a  sostener  que  dichas  probanzas  acreditan   el   conocimiento  de  la  familia  Galvis  Ramírez  acerca del pago de los títulos al procesado  CAMPOS  GARCÉS, sin explicar  la   manera   como  esa  situación  desvirtúa  el  fundamento  medular  de  la  absolución,  conforme  al  cual no hubo artificio o engaño sino negligencia de  la  entidad  financiera  al  no  requerir la devolución de los CDTS originales,  antes  de  efectuar con su valor el cruce de cuentas con los créditos otorgados  a       JOSÉ       RAÚL      CAMPOS.     

          En  consecuencia,  por  su  inadecuada  confección, en cuanto no se  fundamenta  ninguno  de  los motivos que habilitan la casación discrecional, ni  se  formulan los cargos con la debida precisión y claridad, la Sala inadmitirá  la  demanda  instaurada  por  el  apoderado  de  la parte civil, sin que resulte  viable,  como lo solicita éste, acudir a lo dispuesto en el artículo 184 de la  Ley  906  de  2004  y  superar  los defectos de la demanda, pues la normatividad  atinente  al  sistema penal acusatorio allí regulado no es aplicable a procesos  adelantados  por  hechos  ocurridos  antes del 1º de enero de 2005, salvo si se  trata  de  materializar el principio de favorabilidad, lo cual no es del caso en  este asunto.   

          Al  margen  de  lo  anotado,  la  Sala  no evidencia vulneración de  garantías  fundamentales  que  le impongan intervenir oficiosamente, en orden a  preservar  su  intangibilidad,  ni  siquiera en el aspecto al cual se refiere el  impugnante,  pues  claramente  se  observa  que  la  alusión  efectuada  por el  Tribunal,  en el sentido de tener carácter condenatorio la decisión de primera  instancia,  obedeció  a  un lapsus cálami  que  plasmó  cuando  inició  el  resumen  de los fundamentos del  pronunciamiento  apelado,  pero  sin trascendencia, pues al abordar su revisión  asumió  el  verdadero  contenido de esa determinación, es decir, su naturaleza  absolutoria.   

          Lo  anterior  no  obsta  para  señalar  que el carácter rogado del  recurso  extraordinario  de  casación  imponía  al actor, si consideraba estar  presente  ante  una  irregularidad  sustancial,  formular  el  condigno reproche  cumpliendo  la carga argumental propia del motivo casacional respectivo, sin que  resulte  dable la proposición a la Corte de invitaciones orientadas a verificar  la  existencia  de  errores,  cuya  presencia  le  corresponde  establecer,  por  excelencia,  al demandante en sede de casación, sin perjuicio, desde luego, del  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa  cuando la Sala observe la vulneración de  garantías fundamentales.    

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

INADMITIR   la  demanda  de  casación interpuesta por el apoderado de  la parte civil.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  187  del  estatuto  procesal  penal, contra esta decisión no procede  recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   MARÍA  DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

AUGUSTO J. IBAÑEZ  GUZMÁN                    JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES              

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                  JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

JAVIER ZAPATA ORTÍZ  

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

           Secretaria   

    

1 Cfr.  Casación  del  30  de  julio  de 1996. En el mismo sentido, sentencia del 10 de  mayo de 2006, radicación 21320.   

2  Casación del 30 de julio de 1996. M.P. Ricardo Calvete Rangel   

3   Sentencia del 15 de diciembre de 2000. Rad. 13693.   

4  Radicación 22506.   

5 Cfr.  Auto del 18 de noviembre de 2004, rad. 22.082.   

6  Sentencia del 18 de julio de 2007, radicación 26255.   

7 Auto  del 28 de febrero de 2006, radicación 24783.   

8  Sentencia del 22 de mayo de 2003, radicación 29756.   

9 Auto  del 28 de febrero de 2006 ya citado.   

10  Sentencia  del  9  de  febrero de 2006, rad.  23055,  citada  en  auto  del  7  de  febrero  de  2007,  rad.  26493.   

11  Cfr. Auto del 6 de junio de 2007, radicación 27116.     

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