27819(26-09-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27819  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                     Aprobado  Acta  No.  181                                                                                                          Magistrado Ponente:   

                                     Dr. MAURO SOLARTE PORTILLA   

Bogotá, D. C.,  veintiséis de septiembre de dos mil  siete.   

Se  pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  los  hermanos  Gustavo  Vélez García y Julio César Vélez García,  contra  la  sentencia  dictada  el 22 de enero de 2006  (sic)1  por  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cali, mediante  la  cual  condenó a los procesados a la pena principal privativa de la libertad  de  26  años  de  prisión,  como  coautores  impropios del delito de homicidio  agravado  y  autores  propios  del  delito  de porte ilegal de armas de fuego de  defensa personal.   

Hechos:  

El  20  de  julio  de  2005,  en  el  sector  Jarrillón  Florida, ubicado  en  la  calle  84  con  carrera  4ª  Norte  de  la ciudad de Cali, José  Gregorio  Vélez  García atacó con  arma    cortopunzante   a   Héctor   Fabio   Orjuela  Lenis,   mientras Gustavo  Vélez  García y Julio César Vélez García, hermanos  del  primero,  intimidaban  a la víctima con sendas armas de fuego, causándole  varias heridas que determinaron su muerte.    

Actuación  procesal  relevante.   

1.  La Fiscalía abrió formal investigación  por  estos  hechos,  vinculó  al  proceso  mediante  indagatoria a José  Gregorio  Vélez García, Gustavo Vélez García y       Julio      César      Vélez  García,   y  el   10  de  febrero  de  2006  calificó  el  mérito  probatorio del sumario con acusación por los delitos de  homicidio  agravado  y  porte  ilegal  de armas de fuego de defensa personal, de  conformidad  con  lo  previsto  en  los  artículos 103, 104.7 y 365 del Código  Penal (ley 599 de 2000).   

2.  En  la  fase  del  juicio,  José  Gregorio Vélez García se acogió a  sentencia   anticipada,   provocando  la  ruptura  de  la  unidad  procesal.  La  actuación  continuó  contra  Gustavo y Julio César,  quienes  fueron condenados el 14 de septiembre de 2006  a  la  pena principal de 26 años de prisión y la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por  20 años, como coautores impropios en el  delito  de  homicidio,  y autores propios del delito de porte ilegal de armas de  fuego        de        defensa        personal2.    

3. Este fallo fue apelado por la defensa y el  Procurador  Judicial.  El  primero  por  considerar  que no existía prueba para  condenar  a  los  procesados,  y  el  segundo  por  estimar  que la decisión de  condenar  al pago de perjuicio morales subjetivados era equivocada. El Tribunal,  al  conocer  del  recurso, mantuvo la condena penal de los procesados, y revocó  la     condena     al     pago    de    perjuicios3.  Inconforme con la primera de  estas   decisiones,  el  defensor  de  Gustavo  Vélez  García  y  Julio  César  Vélez  García  recurre en  casación.     

La         demanda.   

Contiene  dos  cargos  contra  la  sentencia  impugnada,  uno  por  violación  del artículo 277 del Código de Procedimiento  Penal  (ley  600  de  2000),  que  fija  los  criterios para la apreciación del  testimonio,  y  otro  por  desconocimiento del artículo 238 ejusdem, que ordena  apreciar  las  pruebas  en  conjunto  y  de  acuerdo  con  las reglas de la sana  crítica.  Como  causales  de casación plantea, de manera general, la primera y  la tercera.   

Cargo   primero:   

Después de reflexionar en forma amplia sobre  la  prueba,  sus  fuentes, su forma de recolección, los principios generales de  apreciación  y  los  criterios  de valoración del  testimonio, y de citar  jurisprudencia   sobre   el  tema,  sostiene  que  los  procesados  Vélez  García  son en verdad inocentes de  los   hechos   que   les  imputan,  y  que  las  declaraciones  de  William  García  Beltrán,  Wilson  García  Beltrán  y   Carmen  Castrillón  Niño,  en  las  cuales  se  sustenta  la  decisión  de  condena,  “se  encuentran  contaminadas  y  adolecen  de  vicios del consentimiento, ya que van  encaminadas  con un propósito de encubrimiento, como tan bien (sic) encaminadas  a  ocultar  la  verdad y distorsionando los hechos reales materia de está (sic)  investigación”.    

En relación con el testimonio de William  García  Beltrán,  argumenta  en  concreto  que  no  se  necesita  tener  una  mente  muy  cultivada, ni una larga  experiencia  en  asuntos  judiciales,  para  entender  o  darse  cuenta que este  testigo  en  su lánguida versión falta a la verdad, la oculta, “porque tiene  un  interés personalizado en los hechos materia de esta investigación y porque  tiene  vínculos  de  amistad  con  el  occiso  y  demás  testigos  dentro  del  proceso”.   

Sostiene,  con  fundamento en transcripciones  selectivas  que  hace  de su versión, que este testigo, quien era compañero de  andanzas  del  occiso,  “de  manera  engañosa  trata de mostrarse ajeno a los  motivos  determinantes  del  delito, porque en verdad cuando ha sido culpable de  cualquier  delito  (hurto  bicicleta), la persona puede tratar de engañar a los  funcionarios  judiciales pero todo ser humano tiene su propia conciencia de ahí  que   ésta   sea  lánguida  y  escurridiza,  siempre  evadiendo  la  verdad  y  tergiversando los hechos reales”.   

Es innegable que hubo un delito de homicidio,  “pero  este  delito  solo lo cometió el señor José  Gregorio  Vélez  García,  se puede ver con facilidad  que  fue  un  delito  de  ejecución  instantánea  donde  no  hubo  acuerdo  de  voluntades  como  tampoco  existe  prueba  de  acuerdo de voluntades”. Pero la  justicia  no  se  interesó  en averiguar sobre muchos aspectos probatorios, por  considerarlos  secundarios  ante  la  evidencia de la comisión de un delito, la  captura de un autor y su posterior confesión.   

Todas las piezas procesales muestran en forma  transparente  que  Gustavo Vélez García y  Julio César Vélez García no  tenían  intención  de  matar.  Esto  no  es  un capricho de la  defensa,  ni  de  los procesados, sino algo que se puede ver con claridad en las  versiones  de  William García Beltrán, Wilson García  Beltrán  y Carmen Castrillón  Niño.  O  por  lo  menos  está planteado “un serio  enigma  sobre  la  normalidad  de la sique. Con razón la falta de comprobación  del  móvil  en  un  delito  de  homicidio  lo  han  considerado ciertamente los  tratadistas  como  de falta de esclarecimiento del delito mismo en sus elementos  integradores”.   

Si  son  aplicadas al caso las enseñanzas de  Ellero,  en  el  sentido  de que “la falta de una causa para delinquir rechaza  por  completo  el delito, pues no es posible imaginar que el hombre prescinda de  las  cuatro sanciones de la religión, de la moral, de la ley y del honor que lo  apartan  del  sendero  del crimen”, tendríamos “un homicidio alguno (sic) y  solo  explicable,  en  el sentido de que fue un homicidio simple y de ejecución  instantánea,    solo    ejecutado    por    el    consanguíneo    José  Gregorio Vélez García, ya que para  que  toda  conducta  sea  punible,  se requiere que sea típica, antijurídica y  culpable  la  causalidad  por  sí  solo  (sic)  no  basta  para  la imputación  jurídica del resultado”.   

El  testigo  William  García,  en  alusión a los procesados, manifestó no  conocer  su  comportamiento  social dentro del barrio, lo cual significa que era  el  de  personas  comunes, con los que se puede convivir en sociedad, pues de no  ser  así, el contenido de la declaración hubiese sido otro. Y en relación con  el  móvil del delito dijo no saberlo, y además manifestó desconocer cualquier  tipo  de  amenazas,  afirmaciones que dejan en claro que el homicidio materia de  investigación    carece    de   móvil.   

Insiste en que en relación con sus defendidos  no  hay prueba de la intención de matar, pues  aunque  existen  versiones  de que iban armados, concretamente  provistos  de  armas  de  fuego,  “se puede ver con claridad de que en ningún  momento  y  de que no existe prueba de haber accionado el arma de fuego, tampoco  existe  prueba de una lección (sic) por arma de fuego”. Esto, para desembocar  en  la  tesis  de  que se está en presencia de un estado de duda razonable, que  ilustra  con  citas  de  estudios  jurisprudenciales  y  doctrinales  sobre  los  principios in dubio pro reo y de presunción de inocencia.   

Se refiere, por último, a la personalidad de  este  testigo,  para  sostener  que  en  relación  con su comportamiento social  asalta  la  duda,  porque existe prueba que indica que se encuentra detenido por  violación  a  la ley 30, y porque existen versiones testimoniales “que hablan  mal  de  su  comportamiento  social,  como  lo es las vivencias en el bajo mundo  delincuencial,  se  afirma que no tiene profesión o oficio (sic), y que ha sido  reincidente  en  el  valle de Lilí, que tiene antecedentes penales, que consume  sustancias  alucinógenas y que en el lugar donde vive, es una olla, lugar donde  pernoctan delincuentes de toda naturaleza”.   

Respecto  del  testimonio  de  Wilson   García   Beltrán,   afirma  que  además   de   la   calidad  de  hermano  de  William,  y    su    estrecha    amistad    con   Carmen  Castrillón  Niño, existen motivos  procesales  serios  para pensar que los tres se confabularon para tergiversar la  verdad  y  encubrir  los  verdaderos hechos, en detrimento de la libertad de los  procesados,  pues  resulta  evidente, como ya lo dejó expresado en el análisis  del  testimonio  anterior,  la  ausencia  en  ellos de móvil y de intención de  matar.   

Debido  a estos vínculos de consanguinidad y  amistad,  desde un comienzo se empeña en mentir y en ocultar los hechos, con el  propósito  de modificar la verdad. Inicia mintiendo en cosas tan sencillas como  su  oficio o profesión, y cuando es preguntado si los mellizos estaban armados,  responde  de  una  manera generalizada, sin determinar quién era la persona que  estaba  armada.  Tampoco  sabe  quién  portaba  la presunta escopeta, pues solo  habla  de  un  tubo.  Y  cuando  se  le  pregunta  sobre las personas que pueden  corroborar   sus   mentiras,   no   puede   determinar  ni  localizar  testigos.   

Cierto  es que este testigo afirma que uno de  los  mellizos  portaba  una escopeta, pero no se sabe a ciencia cierta quién la  portaba,  ni  existe  prueba  de  la  intención  de  matar, ni móvil para este  delito.  Es  posible  que los procesados concurrieran al lugar de los hechos, lo  cual  no  está  probado,  pero  de haberlo hecho seguramente lo hicieron con el  mismo  ánimo  del testigo, de ver lo que pasaba, o tal vez con el propósito de  evitar una tragedia.   

Los procesados nunca tuvieron la intención de  matar.  No  existe prueba que demuestre que su voluntad fuera cometer el delito,  ni  prueba  que acredite de manera directa o indirecta su participación. Es por  ello  un  absurdo jurídico y una violación al debido proceso que los dos hayan  sido  vinculados,  y  más  absurdo  todavía,  haberlos  condenado, sin existir  móvil ni prueba de la intención.   

Reproduce apartes de las afirmaciones de este  testigo  para  sostener,  a  renglón  seguido,  que  de  su  contenido  y de la  actuación  procesal  se  puede  percibir  con  claridad  que tanto él, como su  hermano   William   y   la  declarante   Carmen  Castrillón  Niño,  son  personas  de  mala reputación, no porque lo diga la defensa, o  los  procesados,  sino  que  éstos han manifestado que son adictos a sustancias  alucinógenas,  y  aún  cuando existe la duda sobre el grado de adicción, esta  duda debe resolverse a favor de los procesados.   

Finaliza  el examen de este testigo afirmando  que,  aunque de ello no existe constancia procesal, el día que compareció a la  ampliación   de   indagatoria,   lo   hizo   bajo  los  efectos  de  sustancias  alucinógenas,  “al  punto  que  se  trató  de cubrir su apariencia con gafas  oscuras  y gorra, donde el Juez le ordenó que se las quitara y se pudo percibir  su  apariencia  y  estado de drogadicción”. Y se pregunta ¿qué credibilidad  puede   tener   una   versión   testimonial  bajo  los  efectos  de  sustancias  psicotrópicas?   

En relación con el testimonio de Carmen  Castrillón Niño, sostiene que del  estudio  de  esta  “presunta  y lánguida versión testimonial” se establece  sin  mayor  esfuerzo  mental  que la declarante no fue testigo presencial de los  hechos,  es  decir, “que ella a través de sus órganos de sus sentidos no vio  ni  escuchó  los motivos determinantes del delito de homicidio”. Sin embargo,  “preocupa  la  imagen  peliculera con que trata de narrar los hechos que no ha  conocido,  faltando a la verdad y tratando de tergiversar el contenido fatídico  de una realidad”.   

Afirma  que  este  testimonio  se  encuentra  “viciado  de  nulidad”,  pues  se   determinó  que  efectivamente esta  testigo  tiene  vínculos  de  amistad  con  el occiso y con los otros testigos,  amén  del interés económico derivado del hecho de ser sus inquilinos y “del  interés  dañino  que  comporta  esta  ciudadana  máxime  cuando existe prueba  testimonial  en  su  contra  de  que en su lugar de residencia (…) se expenden  sustancias alucinógenas y se comercia con artículos robados”.   

A  manera  de  síntesis  de este cargo, dice  apoyar  su  inconformidad  en  el  hecho de que el fallo esté sustentado en las  versiones  de  estos  testigos,  cuya  nulidad  no  es  por su incorporación al  proceso  “sino  porque los testimonios están contaminados y adolecen de vicio  del  consentimiento  ya  que  tienen  interés particular de amistad y  van  encaminados  a encubrir la verdad. Es por esto que de manera expresa, motivada y  fundamentada  (…)  solicito  la  nulidad del fallo acta 09 y que se decrete la  libertad  inmediata  de mis patrocinados o por lo menos que en esta petición de  casación,  se nos valoren nuestros derechos como en el sentido de que en verdad  existe  la  prueba  y  se  ve  con  facilidad la falta de intención de matar, y  además de la no participación por parte de mis patrocinados”.   

Cargo   segundo:  Sostiene  que  la  sentencia viola el artículo 238 del Código de Procedimiento  Penal,   al   no   haber   analizado  las  pruebas  en  conjunto.  Plantea  como  preocupación   de   la  defensa,  que  habiendo  aportado  los  testimonios  de  Jeferson  Pérez  Castillo, Bárbara Prieto de Chante,  Luis    Eduardo   Zapata   Agudelo   y   Arbey  Ortiz  Mosquera,  no  hubieran sido  valorados,    ni    siquiera    mencionados    en    el    fallo    de   segunda  instancia.   

Si  son  estudiadas  las  versiones  de  los  procesados,  se  establece  que son claras, transparentes, ajustadas a la verdad  de  los  hechos,  sin  vicios  de  consentimiento,  de personas sin antecedentes  penales  y  de  buen  comportamiento  personal,  social  y económico. Y que los  cuatro  testigos  mencionados,  que  el  Tribunal  Superior  de  Cali no tuvo en  cuenta,  solo  dicen  la  verdad  y  explican  los  hechos  de una manera real y  sincera.  Se  trata de pruebas completas, respecto  de  las  que  no  existe  duda  sobre  las situaciones que  afirman.   

Trascribe apartes de la versión suministrada  por  cada  uno  de estos testigos, y pide a la Corte declarar nula la sentencia,  por  haber ignorado los referidos testimonios y haber violado, por esta vía, la  ley  sustantiva  y el artículo 29 de la Constitución Nacional. Reproduce, así  mismo,  desarrollos  jurisprudenciales  sobre  los  contenidos  de  las causales  primera  y  tercera  de  casación, con el fin de dar sustento a las alegaciones  que vienen de ser compendiadas.   

SE        CONSIDERA:   

El  artículo 212 del estatuto procesal penal  (ley   600  de  2000),  al  señalar  los  requisitos  de  fundamentación  mínimos  que  debe  contener la  demanda  de  casación,  relaciona,  en  su  numeral 3°, la necesidad de que el  actor   enuncie  la  causal  de  casación  que  sirve  de  fundamento a su  pretensión,    indique  en  concreto  el  cargo  que  presenta  contra  la  sentencia  impugnada,  y  consigne  en  forma  clara  y  precisa los fundamentos  fácticos, probatorios o jurídicos que soportan la censura.    

Los requerimientos de claridad, concreción y  debida  sustentación  varían  según  la  causal  y el error propuestos. Si lo  planteado  es  una nulidad por errores in procedendo o  de  actividad,  la censura debe presentarse dentro del  ámbito  de  la  causal tercera, y su fundamentación deberá comprender, cuando  menos,  los  siguientes desarrollos: (i) señalamiento de la causal de casación  planteada,  (ii)  indicación  del  motivo de nulidad4,   (iii)   acreditación  del  vicio,  (iv)  demostración  de  la afectación de las garantías de los sujetos  procesales  o de las bases fundamentales de la instrucción o juzgamiento, y (v)  señalamiento de la cobertura del vicio.   

Y  si lo propuesto es un error in iudicando o  de  juicio,  por  errores  en  la  apreciación  de  la  prueba, la censura debe  proponerse   dentro  del  marco  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  por  violación  indirecta  de  la  ley,  y su fundamentación implicará precisar al  menos,  los  siguientes  aspectos:  (i) la causal de casación invocada, (ii) la  forma  de  la  violación,  (iii)  el  sentido de la violación, (iv) las normas  sustanciales  violadas,  (v)  el  error  de  apreciación  probatoria en el cual  incurrió            el            juzgador5,  (vi) la prueba sobre la cual  recayó  el  error, (vi) la demostración de la existencia del error, y (vii) la  trascendencia    del    error   en   las   conclusiones   probatorias   de   los  fallos.   

Estas  exigencias  de claridad, concreción y  debida  fundamentación,  son  desatendidas  por  el  casacionista.  La  primera  incorrección  que  se advierte, de carácter insalvable por la contradicción y  confusión  que  ella envuelve, es alegar respecto de cada uno de los cargos que  plantea,   al   mismo   tiempo,   dos   causales   de   casación   (la  primera  y  la  tercera),  pues esta  forma  de  argumentar  no  solo  atenta  contra  los  principios de autonomía   de   las   causales   y  de  contradicción,  sino  que  impide   conocer   con  exactitud  el  sentido  y  alcance  de  la  impugnación  propuesta.   

El     principio     de    autonomía  de  las  causales  enseña que  los  motivos  que  la ley preestablece como condiciones para acceder al recurso,  poseen  caracterizaciones  propias  que  las  hacen  irrefundibles, en cuanto se  sustentan   en   motivaciones   distintas,   exigen   desarrollos  demostrativos  diferentes  y aparejan consecuencias jurídicas diversas, y por tanto, que en el  planteamiento   y  fundamentación  del  recurso,  no  le  es  dable  al  censor  entremezclarlas.   

Y      el      de      contradicción,  inserto  en el enunciado  una  cosa  no  puede  ser  y  no ser al mismo tiempo,  enseña que en casación no es posible proponer dentro  de  un mismo contexto argumentativo cargos excluyentes, entendidos por tales los  que  se  desdicen recíprocamente, en cuanto el uno niega lo que el otro afirma,  no siendo lógicamente posible que los dos coexistan.   

Las  causales  primera y tercera de casación  regulan  situaciones  de  naturaleza  totalmente  diversa.  Aquélla,  acoge los  errores   in   iudicando   o  de  juicio,  es  decir,  los  que  surgen  del desconocimiento de una norma de  derecho   sustancial   por   falta   de   aplicación,  aplicación  indebida  o  interpretación  errónea. Ésta,  los errores in  procedendo  o  de  actividad, es decir, los que derivan  de  la  inobservancia  de las normas procesales que regulan el rito (competencia,  procedimiento, garantías).   

Plantear,  por  tanto,  las  dos causales, en  relación   con  una  misma  situación  fáctica  o  jurídica,  deriva  en  un  contrasentido  insalvable,  por  regular  cada una de ellas, como ya se indicó,  situaciones  distintas,  y  exigir  en  su demostración desarrollos diferentes,  pero  por  sobre  todo,  por  generar  consecuencias jurídicas antagónicas, de  carácter    irreconciliable,    pues    mientras   los   errores   in  iudicando solo afectan la decisión de  mérito,  los  in procedendo  son por antonomasia vicios invalidantes de la actuación procesal.   

El    casacionista   tampoco   desarrolla  adecuadamente  las  causales  que plantea. Ni la nulidad por desconocimiento del  debido   proceso,   ni  la  violación  indirecta  de  la  ley  por  errores  de  apreciación  probatoria.  Sus  argumentaciones se reducen a la presentación de  una  réplica  indiscriminada a la valoración que los juzgadores hicieron de la  prueba,  sin  ningún  rigor  lógico,  donde  conjuga  argumentos de una y otra  índole,  y  pretensiones  de  una  y  otra naturaleza, como si se tratara de un  alegato  de  instancia, con total desconocimiento de las reglas y parámetros de  sustentación que impone la lógica del recurso.   

A  juzgar  por  los  términos de la demanda,  podría  asumirse  en el carácter de simple especulación que la intención del  casacionista  fue plantear  simplemente errores de apreciación probatoria.  En  el  primer  cargo,  por  considerar  que  la  valoración que los juzgadores  hicieron   del   mérito   probatorio   de   los   testimonios  de  William  García  Beltrán,  Wilson  García  Beltrán  y  Carmen  Castrillón  Niño fue  equivocada.  Y  en  el  segundo, por haber omitido analizar las  versiones  de Jeferson Pérez Castillo, Bárbara Prieto  de  Chante,  Luis  Eduardo  Zapata  Agudelo  y Arbey Ortiz Mosquera.    

Si  esto  es así, ambos ataques debieron ser  propuestos   dentro  del  marco  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  por  violación    indirecta    de    la    ley.   El   primero,   por   errores  de  raciocinio,  con indicación  clara  y  precisa  de  los principios de la lógica, las reglas de experiencia o  los  postulados de la ciencia que los juzgadores desconocieron en la valoración  de   cada  prueba;  y  el  segundo,  por  errores  de  existencia  por  omisión,  con indicación no solo de  las  pruebas ignoradas, como se hace, sino de la trascendencia que el error tuvo  en  las  conclusiones  del  fallo,  atendida la prueba que sirvió de fundamento  para la decisión de condena.   

Visto, entonces, que la demanda presentada por  el  defensor  de  Gustavo  Vélez García y    Julio    César   Vélez   García,  no   reúne  las  condiciones  mínimas  de  forma  y  contenido  requeridas para su estudio, se la inadmitirá y se ordenará devolver  el  proceso  a  la oficina de origen, no advirtiéndose violación de garantías  fundamentales  que  la  Corte  esté  en  la  obligación  de proteger de manera  oficiosa.    

En mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE:  

Inadmitir la demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor de Gustavo  Vélez  García y Julio César  Vélez  García.     

Contra  esta  decisión no proceden recursos.   

NOTIFIQUESE Y CUMPLASE.  

ALFREDO GOMEZ QUINTERO  

Cita medica  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PEREZ             MARIA    DEL   R.  GONZALEZ DE L.   

AUGUSTO        J.        IBAÑEZ  GUZMAN             JORGE      L.     QUINTERO  MILANES   

YESID            RAMIREZ  BASTIDAS             JULIO E. SOCHA SALAMANCA   

MAURO            SOLARTE  PORTILLA              JAVIER      ZAPATA  ORTIZ   

                                                Teresa Ruiz Núñez   

                                                   SECRETARIA   

    

1  La  providencia  fue  realmente  dictada  el  22 de enero de 2007.      

2 Folios  409-443 del cuaderno original 2.   

3 Folios  499-511 ibídem.   

4 Si la  nulidad  se  presenta  por  violación del principio del juez natural, el debido  proceso o el derecho de defensa.   

5 Si de  hecho  por  falsos  juicios  de  existencia, falsos juicios de identidad o falso  raciocinio;  o  de  derecho  por falsos juicios de legalidad o falsos juicios de  convicción.     

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