26891(30-05-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  26891   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 83  

Bogotá,  D.C.,  treinta  de  mayo de dos mil  siete.   

V    I    S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del procesado HÉCTOR  HELÍ  MARTÍNEZ  LEAL,  contra el fallo de segunda instancia proferido por  el  Tribunal  Superior  de  Villavicencio,  fechado  el 7 de septiembre de 2006,  mediante  el cual confirmó integralmente, la sentencia proferida por el Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  Especializado  de  esa  ciudad,  condenando  a su  representado  legal a  la pena de cuarenta y ocho meses de prisión y multa  de  once mil setecientos ochenta y nueve salarios mínimos legales mensuales, en  calidad  de  autor del delito de tráfico de sustancias para el procesamiento de  narcóticos.  Además,  se impuso la pena accesoria de interdicción de derechos  y  funciones  públicas,  por lapso igual a la sanción principal, se negaron al  acusado  los  subrogados  de  la  suspensión condicional de la ejecución de la  pena  y  prisión  domiciliaria,  y se ordenó el comiso del vehículo de placas  SOA 216, a favor del Consejo Nacional de Estupefacientes.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en la sentencia impugnada,  del siguiente tenor:   

“Los hechos que originaron esta actuación,  ocurrieron  el  día  11  de  septiembre  de  1997 en los alrededores del Centro  Comercial        Villacentro       de       esta       ciudad       [Villavicencio],  cuando  fue interceptado  por  la  SIJIN  el  vehículo  carrotanque,  color rojo, marca internacional, de  placas  SOA-216,  con 1500 galones de disolvente Alifático N° 1, conocido como  Aplasol,   los  cuales  venían  camuflados  dentro  del  tanque  que  contenía  KEROSENE,   y   retenidos   los  señores  JORGE  ENRIQUE  Y  FRANCISCO  MORALES  VILLALOBOS,  el  primero  se  acogió  a  la  figura  jurídica  de la sentencia  anticipada y al segundo le fue precluída la investigación.   

“El  14 de septiembre del mismo año en la  ciudad  de  Acacías  fue  localizado  el  vehículo  camión, color violeta con  fucsia,  marca Freightliner, de placas SVA-529 en el que fueron decomisados 2000  galones  de  disolvente  Alifático 1020, ocultos debajo de bultos de alpiste de  soya, automotor que se encontraba abandonado.   

“Iniciadas las averiguaciones por separado,  el  señor  HÉCTOR  HELI  MARTÍNEZ  LEAL,  a  través  de  apoderado judicial,  solicitó  la  entrega  de  los  aludidos automotores, situación que generó su  vinculación al proceso”   

DECURSO PROCESAL  

Con el radicado 3863, el 23 de septiembre de  1997,  se  abrió  investigación  previa respecto a la incautación del camión  con placas SVA 529,  ocurrida el 14 de septiembre de 1997.   

En  estas  diligencias,  el  9 de octubre de  1997,  se  recibió  declaración  jurada a HÉCTOR ELÍ MARTÍNEZ LEAL, la cual  fue ampliada el 25 de noviembre de 1997.   

El  9  de  diciembre  de  1999,  el  fiscal  encargado  del  caso  ordenó anexar el radicado 3863, a las diligencias que con  radicado   3860   y   por   hechos   similares,   se   adelantaban  en  el  ente  instructor.     

Precisamente,    por    razón   de   la  inmovilización  del  vehículo INTERNATIONAL, de placas SOA 216, ocurrida el 11  de  septiembre  de  1997 se abrió instrucción el día 12 del mismo mes y año,  con  radicación  3860,  vinculándose  mediante  indagatoria  a  Jorge  Enrique  Morales Villalobos y Francisco Villalobos Morales.   

El 22 de septiembre de 1997, se resolvió la  situación  jurídica  de  los  anteriores  Se impuso medida de aseguramiento de  detención  preventiva, sin beneficio excarcelatorio, en contra de Jorge Enrique  Morales  Villalobos  y se abstuvo el despacho de decretar medida aseguratoria, a  favor de Francisco Villalobos Morales.   

El  31  de  octubre  de  1997,  el apoderado  judicial  del  procesado  MARTÍNEZ  LEAL, reclamó la entrega, a favor de este,  del vehículo de placas SOA 216, incautado.   

Como  quiera  que  Jorge  Enrique  Morales  Villalobos,  se  acogió  al instituto de la sentencia anticipada, se rompió la  unidad  del  proceso  y  se  continuó  la investigación en lo que toca con los  otros involucrados en los hechos.   

El   9  de  marzo  de  1998,  se  recibió  declaración  jurada al HÉCTOR HELÍ MARTÍNEZ LEAL, respecto de la propiedad y  tenencia del vehículo de placas SOA-216.   

Ya   unidas   en  la  misma  cuerda  ambas  investigaciones,  el  9  de  diciembre  de  1999,  se  ordenó vincular mediante  indagatoria  a  HÉCTOR  HELÍ  MARTÍNEZ LEAL, ordenándose librar en su contra  orden de captura.   

El 6 de julio de 2000, fue capturado HÉCTOR  HELÍ    MARTÍNEZ    LEAL,   decepcionándosele   en   indagatoria   el   mismo  día.   

El  14  de  julio  de  2002, se resolvió la  situación  jurídica  del procesado, absteniéndose la fiscalía de proferir en  su contra medida de aseguramiento.   

El  9  de  agosto  de  2002,  se  amplió la  indagatoria   del   procesado.   En  la  misma  fecha  se  decretó  cerrada  la  investigación.   

El  11  de  julio  de  2003, se calificó el  mérito  de  la  investigación, profiriéndose resolución acusatoria en contra  de  HÉCTOR HELÍ RAMÍREZ LEAL, por entendérsele vinculado al delito contenido  en  el  artículo  43 de la Ley 30 de 1986, modificado por el artículo 20 de la  Ley  365  de  1997, en concurso homogéneo sucesivo. Allí mismo se precluyó la  instrucción en favor de Francisco Villalobos Morales.   

Ejecutoriada  la  resolución acusatoria, el  asunto  le  correspondió,  por  reparto,  al Juzgado Tercero Penal del Circuito  Especializado de Villavicencio, el 20 de octubre de 2003.   

El 29 de diciembre de 2003, se llevó a cabo  la  audiencia  preparatoria.  Allí  se  resolvió negativamente la solicitud de  nulidad  impetrada  por  el defensor del procesado. Interpuesto y sustentado por  la  defensa,  en  el mismo acto, el recurso de reposición, el despacho decidió  no reponer su decisión.   

El  15  de  abril  de  2004,  tuvo  lugar la  audiencia  pública  de  juzgamiento.  En  ella, se interrogó al procesado y se  otorgó  la  palabra,  para  el  alegato  final, a su defensor y al fiscal, como  quiera que el Ministerio Público no se hizo presente.   

Finalmente,  el  28  de  junio  de  2004, se  emitió   sentencia,  en  la  cual se condenó al procesado  a la pena  principal  de  48  meses  de  prisión  y  multa  en cuantía de 11.789 salarios  mínimos  legales  mensuales,  a  título  de  autor  del  delito de tráfico de  sustancias para el procesamiento de narcóticos.   

LA DEMANDA  

    

1. Cargo primero.     

   

         Acudiendo  a  la causal tercera, señala el demandante  que  la  sentencia  fue  emitida en un proceso viciado de nulidad por violación  del derecho de defensa.   

        En  desarrollo  de  la  censura,  cuestiona que a pesar de sucederse los hechos, los  días  11  y  14  de septiembre de 1997, sólo dos años y dos meses después de  iniciarse  la investigación, el 9 de diciembre de 1999, se vinculó formalmente  al  acusado,  “existiendo  mérito  para vincularlo  desde  el  comienzo  del  averiguatorio  a juicio de la fiscalía”.   

         Entiende  el  recurrente,  que  su representado no pudo ejercer adecuadamente la  defensa,  ya  que  esa  investigación  previa  se  adelantó  a  sus  espaldas,  recaudando   un   sinnúmero  de  pruebas  en  su  contra,  sin  posibilidad  de  controvertirlas o presentar otras favorables a su posición.   

         Durante  el  decurso  investigativo  previo,  añade el impugnante, el procesado  estuvo  siempre  pendiente  de lo adelantado y particularmente de la devolución  de  los vehículos, oportunamente solicitada, como lo sostuvo en la indagatoria,  uno  de cuyos apartes transcribe el casacionista. Pese a ello,  después de  dos   años,   se   le  vincula  al  proceso  “como  consecuencia de haber solicitado los automotores”.   

         Tampoco  se  permitió  al  acusado tener acceso a la investigación, a pesar de  haber     rendido     declaraciones    y    aportado    pruebas.    “Cuando  rindió indagatoria todo estuvo consumado”.   

         Acorde  con  lo  anotado, referencia el impugnante violados los artículos 29 de  la  Carta  Política,  6° del Código Penal, y 6°, 8° y 13 del C. de P.P., y,  en  consecuencia,  solicita se case la sentencia, decretándose la nulidad de lo  actuado  a  partir de la resolución del 9 de diciembre de 1999, por medio de la  cual se vinculó al procesado formalmente.   

  2. Cargo Segundo.  

        Dentro  de  lo  contemplado  en  el cuerpo segundo de la causal primera, el casacionista  acusa  al  Tribunal,  de  haber  incurrido  en  violación  indirecta  de la ley  sustancial,  en  indebida  aplicación  del  artículo  43 de la Ley 30 de 1986,  modificado  por  el  artículo  20 de la Ley 365 de 1997, por error de hecho por  falso juicio de identidad.   

          En  sustento de su  afirmación,  el  impugnante  sostiene  que el Tribunal apreció erradamente las  pruebas  recaudadas,  “dándoles un alcance objetivo  que no tienen”.   

              A     renglón  seguido,  el  demandante  señala  lo que en su sentir debe entenderse advierten  algunos  de  los medios probatorios recopilados, para después significar la que  estima errada interpretación del Tribunal.   

         Asevera  el  casacionista,  en  seguimiento  de lo anterior, que si “se  hubiera  sopesado  en forma correcta lo depuesto por HÉCTOR  HELÍ  MARTÍNEZ  LEAL en su injurada, lo que con seguridad hubiera provocado un  fallo  absolutorio  por aplicación del principio universal y constitucional del  in  dubio  pro  reo y del principio de la buena fe consagrado en el artículo 83  de la Carta Magna”.   

        Ya  finalmente,  explica  de  nuevo  lo  que  debió  entenderse  del  actuar  de su  representado  legal,  suficiente  para  que se le hubiese absuelto de los cargos  despejados,  solicitando  entonces  que  en  esta  sede  se  case  el fallo y se  profiera   la   decisión   que   respete   el   principio   de  presunción  de  inocencia.     

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

        Se ha anotado pacíficamente por la Corte, y ahora se  reitera,  cómo la demanda  de   casación   ha   de   comportar   un   mínimo   rigor  lógico,  jurídico  y  argumental,  pues,  no  se  trata  de  hacer valer  una  especie  de  tercera  instancia  que  sirva  de  escenario  adecuado  a la controversia ya superada por  los  falladores  de  primero  y  segundo grados, en la  cual  se  pretende  anteponer el particular criterio o valoración probatoria, a  aquel  que  sirvió  de  soporte a la decisión de los  jueces  de  primera  y  segunda instancia, entre otras  razones,  porque  a  esta  sede  arriba  la  decisión  judicial  con  una doble  connotación de acierto y legalidad.   

          Se  faculta,   por  ello,  que la dicha presunción sea  quebrada  a  través  de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes  y fundados,  derivados   del   compromiso   de   demostrar   la  violación  en  la  cual  incurrió  el  fallador,  suficiente  para echar abajo  el    contenido    de  verdad  de la sentencia, en  el  entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido la  decisión       y  precisamente     así  se   ofrece  trascendente  recurrir al mecanismo extraordinario de impugnación.   

       Sirvan  de  derrotero   estas   precisiones,   a  efectos  de  abordar  cada  uno   de   los  cargos de la demanda.   

       1. cargo Primero.   

       Pretextando  violación al derecho de defensa, el casacionista dice  haberse  adelantado  la  investigación  previa  a  espaldas  del procesado, por  virtud  de lo cual se allegó allí prueba incriminatoria que no fue conocida ni  pudo  controvertir  este,  vinculándosele  finalmente,  dos  años  después de  ocurridos los hechos.   

       Empero,   la  propuesta   casacional   del   defensor   se   queda   en   el  mero  enunciado,  imposibilitando  a  la Corte conocer cómo se materializó la aducida violación  y  qué  efecto produjo ella  sobre  la  condición  procesal, en aras de determinar trascendente el yerro, al  punto     de    concluir    que    de    no    haberse    presentado,la suerte jurídica del acusado hubiese  sido otra.   

      Al efecto, se  limita  el  demandante a significar que la vinculación penal de su representado  legal,  a  través  de  la diligencia de indagatoria,  ocurrió  más  de  dos  años  después  de  ejecutarse las conductas que se le  atribuyen,  esto  es, cuando se halló en los dos vehículos después reclamados  por él, sustancias para el procesamiento de narcóticos.   

        Aseveró  también  el  recurrente, que no tenía sustento una tan amplia demora, si ya se  había  identificado  adecuadamente  a  su  representado  legal, e incluso se le  recibieron   declaraciones   juradas,  una  vez  se  presentó  a  reclamar  los  automotores en mención.   

      Empero, de lo  aducido  por  el  impugnante  no  se  puede  concluir,  porque   ningún   elemento   de   juicio   ofreció   para   el   efecto,   que  de   verdad  operase  inmotivada  la  demora  en  abrir  formal instrucción en contra del acusado, ni  mucho   menos   que   la   prueba   recopilada   lo  hubiese  sido  “a       espaldas”       suyas,  imposibilitándole  conocerla,  controvertirla o aportar sus particulares medios  defensivos.   

      Vigente  para  la  fecha  en  la  cual  se  adelantó  la investigación previa y se ordenó formal  apertura  instructiva,  el  Decreto  2700 de 1991, su  artículo   319,   modificado   por   la   ley   81   de  1993,  artículo  40,  establecía, dentro del espectro de las finalidades de  la investigación previa:   

        “En  caso   de  duda  sobre  la  procedencia  de  apertura  de  la  instrucción,  la  investigación  previa tendrá como finalidad la de determinar si hay lugar o no  al  ejercicio  de la acción penal. Pretenderá adelantar las medidas necesarias  tendientes  a  determinar  si  ha  tenido  ocurrencia el hecho que por cualquier  medio  haya  llegado  a conocimiento de las autoridades; si está descrito en la  ley  penal  como  punible;  la  procedibilidad de la acción penal y practicar y  recaudar   las   pruebas   indispensables   con   relación  a  la  identidad  o  individualización de los autores o partícipes del hecho”   

      Es  claro,  de la  sola  redacción de la norma, que las finalidades de la investigación previa no  se  agotan  apenas  con  la  necesidad  de  identificar  o  individualizar a los  posibles   autores   o  partícipes,  sino  que  busca  también  otros  efectos  trascendentes,  vale  decir,  los  de  definir  si  tuvieron ocurrencia los  hechos,  si estos se encuentran descritos en la ley penal como punibles, y si es  posible adelantar o no acción penal.   

       Para  nada  el  escrito  impugnatorio  se  refiere  a  estos otros tópicos, para significar que  efectivamente  desde  un  comienzo  habían  sido  dilucidados,  o que la prueba  inicialmente  recopilada  no  varió  o  se  acrecentó  durante  los  dos años  esperados  para abrir la instrucción, impidiendo a la  Sala   conocer   si   efectivamente  asomó  inercial  la  actuación  del  ente  investigador  y  se  facultaba abrir instrucción desde los albores mismos de la  pesquisa penal.   

     Pero, desde luego,  el  sólo  paso del tiempo no determina irregular la actuación de la fiscalía,  ni  verifica  que  de  verdad  se  hayan conculcado garantías fundamentales del  procesado,  en  este  caso,  el derecho de defensa, como lo adujo el recurrente,  entre  otras  razones,  porque la investigación previa surge etapa si se quiere  contingente  o aleatoria, únicamente cuando es necesario cumplir algunos de los  objetos    de    la    investigación    antes   referenciados   en   la   norma  citada,  asomando  perfectamente  posible que una vez  conocida  la  ocurrencia  de  la  conducta  punible, se abra instrucción formal  vinculando a los posibles autores o partícipes.   

      Desde luego, como  lo  consigna  la  jurisprudencia  traída a colación por el demandante, el paso  indiscriminado  del tiempo sin que se opte por abrir la instrucción, a pesar de  contarse  con  elementos  suficientes para el efecto, puede comportar violación  de  garantías  fundamentales  y,  en  particular,  del  derecho  de defensa del  procesado.   

       Pero  ello  no  surge  automático,  sino consecuencia de demostrar  precisamente  cómo  se  afectó  al implicado. Tarea  que,  por  lo  demás,  no  se  agota  con significar la existencia de práctica  probatoria   en   ese   interregno   –pues,  emerge  obvio, es natural que así suceda si precisamente se  buscan    demostrar    aspectos    fundamentales    que    faculten   abrir   la  instrucción-,  sino  la  imposibilidad  de  que ella  fuese  conocida  o  controvertida  por  el  procesado  y el efecto que una dicha  actuación  produjo  sobre  la tramitación posterior  –vale  decir,  que  ya  abierta  la  investigación,  esa  prueba  anteladamente  recopilada no pudo ser  controvertida  por el acusado, o le fue imposible allegar otros medios suasorios  que  lo  favorezcan-  y  finalmente,  respecto  de  la sentencia proferida en su  contra.   

      Por  lo general,  cuando  se  aduce  violación  al derecho de defensa con ocasión a la práctica  probatoria  realizada en la investigación previa, e incluso en la instrucción,  con  absoluto  desconocimiento  del  procesado,  ello  remite a los casos en los  cuales  se  vincula  a  este  como persona ausente, sin adelantarse lo necesario  para buscar la directa comparecencia al proceso.   

        Y  ello  emerge  bastante lógico, si se tiene en cuenta que, en verdad, desconociendo se  adelantaba  determinado  proceso  por una específica conducta, la persona no se  hallaba en condiciones de  conocer  de  primera  mano la prueba que se recauda en su contra, ni mucho menos  controvertirla  o  presentar  otros elementos de juicio que lo favorezcan.    

        Asunto,  el anotado, bastante diferente al que delimita lo ocurrido aquí, pues,  aunque  el  casacionista  significa  que la prueba recaudada  a lo largo de  dos   años,   operó  “a  espaldas”   de  su  representado  legal,  de  ninguna  forma  sustentó  su  aserto.   

       Todo  lo  contrario,  estableciendo  un claro mentís a lo propuesto, anotó en la demanda  que   el   procesado   rindió   varias    declaraciones   diferentes   sobre   los   hechos,  “cada  vez  que la fiscalía se lo  solicitó”,   una  vez  acudió a reclamar como propios los automotores decomisados por transportar  sustancias    destinadas   al   procesamiento   de   estupefacientes,   e   incluso   “siempre   estuvo  pendiente del proceso”.   

       Si ello es  así,  no  se  entiende  cómo pudo adelantarse la investigación a espaldas del  procesado  o  de  qué  manera se le impidió allegar sus particulares medios de  defensa,   cuando,   además  de  ofrecer  sendas  versiones  juradas  sobre  el  particular,  pretendiendo  explicar  no  sólo  su propiedad sobre los rodantes,  sino  la  ajenidad con los  delitos  investigados,  allegó  documentación  pertinente,  como lo destaca el  casacionista.   

       Si se mira  bien  lo  expuesto  en  el  cargo  por  el  demandante  y la cita que hace de lo  referido por el procesado  en  la  indagatoria, la crítica se enfila a postular inadecuado que, conociendo  el  paradero  de  este  último, la fiscalía, en lugar de notificarle o darle a  conocer  la  decisión  de  abrir  instrucción  formal  y  vincularlo  mediante  indagatoria,  hubiese optado por ordenar la captura, tema que, salta a la vista,  para  nada se emparenta con la violación del derecho  de defensa postulada.   

      Ahora,  dice  el  recurrente  que  pese  a  declarar  en  varias  ocasiones, aportando pruebas, al  procesado nunca se le permitió el acceso a las diligencias.   

      Sin embargo,  omite  el  impugnante  determinar  por  qué  se  hacía necesario que conociese  directamente  la  tramitación  o  cómo impidió la  supuesta negativa del  ente  instructor,  que  controvirtiese  adecuadamente  las pruebas, desde luego,  relacionando  cuáles  fueron  esas  pruebas, cuál era la manera de impugnar su  contenido,  cómo  durante la instrucción y el juzgamiento se imposibilitó una  dicha  tarea y, por último, qué incidencia tuvieron los medios suasorios en la  sentencia atacada por la vía excepcional.    

      

       Precisamente,  sobre  este  último  aspecto,  incluso si se hubiese argumentado  adecuadamente   acerca   de   una   presunta   investigación   secreta   o  con  desconocimiento  absoluto del acusado –asunto  ajeno  a lo ocurrido aquí, como ya se dijo-, el principio  de  trascendencia  que  regula  la  declaratoria  de  nulidades,  considerada su  condición   de   remedio   extremo,  demandaba  del  impugnante  demostrar  con  argumentos   lógicos   y   serios,   que  en  efecto,  tan  temprana  práctica  probatoria  causó  daño  al procesado, limitando o  impidiendo  sus  posibilidades  reales  de defensa, dentro de sus dos correlatos  esenciales  de  controvertir  lo  arrimado en disfavor suyo y, a la vez, aportar  particulares elementos de descargo.   

       Debió  el  recurrente,  entonces,  establecer la trascendencia de la irregularidad a partir  de  la definición de cada una de las pruebas arrimadas en la fase investigativa  previa,  su  contenido  y  efectos, para luego sustentar cómo ellas no pudieron  ser  controvertidas  en  la  instrucción  o el juzgamiento, o de qué manera en  esas  etapas  resultó imposible allegar los medios suasorios que favorecían la  posición  de  su  representado  legal,  para  después,  como arriba se anotó,  dilucidar  el  efecto  concreto que las pruebas no controvertidas tuvieron en la  sentencia,  en  aras  de  soportar que de eliminarse ellas, la decisión hubiese  sido otra.   

      Como nada de  ello  efectuó  el  impugnante, desconoce la Corte no sólo la forma en  la  cual  se  desarrolló  la  etapa  investigativa previa, esto es, las razones que  impelieron  a  la  fiscalía  a   adelantarla durante dos años, el tipo de  medios  probatorios  allí  recogidos,  el conocimiento que tuvo el procesado de  esa  tramitación,  la  posibilidad  que  este  y su  defensor  tuvieron de controvertirla o allegar otros elementos de juicio que los  favorezcan y el efecto que ello tuvo en la decisión  reprochada.   

       Por lo  demás,  si  la  pretensión  se  dirige,  tal  cual  se  señala  en el escrito  impugnatorio,  a  que  se anule todo lo actuado a partir del auto de apertura de  instrucción,  era  necesario  que  el  demandante  significara  por qué, si se  critica  el  amplio  lapso  discurrido  en  la  investigación  preliminar, debe  regresar  a  ese  estado  el  trámite, cuando es lo cierto que el procesado fue  vinculado  directamente  a  través  de indagatoria y nada se expuso respecto de  cercenamiento  de  garantías,  particularmente  el  derecho  de  defensa  y  la  posibilidad   de   controvertir   la   prueba  de  cargos,  a  partir  de  dicha  vinculación.             

         Con tan  precaria  sustentación  el cargo, indefectible   se     reporta     su    inadmisión.   

    

1. Cargo segundo.     

        Posibilidad   ninguna   de   prosperar   tiene   la  postulación   efectuada  por  el  casacionista  en  lo   que  respecta  al  análisis  probatorio efectuado por el Tribunal y los supuestos errores de hecho  en  que  incurrió  el  mismo, dado que la argumentación lejos de consignar una  verdadera   demostración   lógica   y   jurídica   de   un  vicio  que  viola  ostensiblemente  los  criterios  de  apreciación de la prueba, se limita, en un  típico  alegato  de  instancia,  a  presentar  la  particular visión que de lo  arrojado   por   los  medios  de  convicción  allegados  al  proceso  tiene  el  casacionista,  en  aras  de  contraponerlos  a   la distinta óptica del Ad quem.   

        Con  ello,  además  de  impedir  a  la sala conocer  adecuadamente  cuál  fue  el  yerro  concreto  en el que  supuestamente  incurrió el sentenciador, pasa por alto el impugnante que a esta  sede  arriba  el  fallo  con  una doble presunción de acierto y legalidad, para  nada   pasible   de   derrumbar   con   la  sola  postura  contraria,  desde  luego,  natural  en  su  condición  de  afectado con la  decisión,      de      quien      recurre al mecanismo casacional.   

         Si  se  trata,  la  controversia  planteada,  de  demostrar  que el sentenciador  incurrió  en  un  error de hecho por falso juicio de  identidad,  es  necesario  que  el  recurrente  aborde  uno  a  uno  los  medios  probatorios  afectados,  y  defina  específicamente qué parte de la prueba fue  cercenada,  o  cómo  se  adicionó  o  de  qué  forma se tergiversó  su sentido, todo ello en contraste  directo   con   el  concreto  apartado  argumental  del  Tribunal  que  así  lo  consagra.   

         Sólo    así    podrá   con   acierto  significarse que el Ad quem, efectivamente incurrió en el yerro  propuesto,   dado   que  la  evaluación  probatoria en sí misma obedece a las  reglas  de  la  sana crítica, conforme la apreciación que fundadamente haga el  funcionario,   imposible  de  invalidar  apenas  porque  el  censor  adopta  una  diferente  postura  inferencial  o  pretende  hacer  valer  como más elevado su  criterio.   

         Lejos,  entonces,  de  definir  individualmente,   abordando   cada  prueba  y  lo  que  de  ella  se  cercenó,  tergiversó  o  adicionó, el yerro o yerros detectados en la argumentación del  Tribunal,  así  como  la  trascendencia  de  los mismos respecto a la decisión  tomada,   vale  decir,  demostrando  que  expurgados  los  vicios,  la  decisión  condenatoria ya no se sostiene con los otros medios  suasorios  recopilados,  el  demandante  presenta  lo  que  en  su  sentir  debe  extractarse  de  las  pruebas,  para contrastarlo con lo que resume entendió el  Tribunal,      otorgando      mayor      validez      a      su      conclusión  absolutoria.                     

         Con  ello, se repite, desatendió los mínimos rigores que facultan este tipo de  controversia   probatoria,   en   cuanto  fundamento  necesario  para  verificar  cabalmente  planteada  la violación atribuida al Tribunal, siguiéndose de ello  la    necesidad    de    inadmitir    el    segundo  cargo.                 

Como no se observan violaciones a garantías  fundamentales,  que  obliguen  conocer  de  oficio  lo  actuado, se inadmitirá,  conforme lo anotado en precedencia, la demanda de casación.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el  defensor  del procesado HÉCTOR HELÍ MARTÍNEZ LEAL.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ                 ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                                              JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                             JULIO   ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                                              JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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