26884(27-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  26884   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 109  

Bogotá, D.C., veintisiete de junio de dos mil  siete.   

V    I    S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor del procesado PEDRO  ANTONIO  OLIER  MARTÍNEZ,   contra el fallo de segunda instancia proferido  por  el  Tribunal Superior de Cartagena, fechado el 5 de julio de 2006, mediante  el  cual  confirmó  y  modificó  parcialmente  la  sentencia  proferida por el  Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito de Cartagena, condenando a su representado  legal  a  la pena de ciento setenta y cinco meses y dieciocho días de prisión,  junto  con  la  sanción  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas,  por  un  lapso de diez años, como coautor y  responsable  de  los  delitos  de  homicidio  y lesiones personales. Además, se  negaron   al  acusado  los  subrogados  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en la sentencia impugnada,  del siguiente tenor:   

“Dan cuenta las foliaturas que el día 4 de  junio  del  año 2001, durante las horas de la noche, el procesado PEDRO ANTONIO  OLIER  MARTÍNEZ,  quien se encontraba en el estadero la Tertulia, ubicado en la  calle  del  Pedregal  del barrio Getsemaní de esta ciudad, al momento de partir  de  aquel  lugar,  a  bordo  de una motocicleta, tuvo un altercado con el señor  JAVIER   MORALES   LOPEZ,  quien  se  encontraba  en  las  afueras  del  anotado  establecimiento,  junto  con  otras  personas,  entre estas, FRANCISCO SILVA. El  mencionado  encartado  discutió con MORALES LOPEZ y se retiró del sitio (sic),  advirtiéndole  que  no  sabía  quien  era  él  y,  luego  de algunos minutos,  regresó  junto con otro sujeto, quienes armados procedieron a disparar en   contra  de  JAVIER MORALEZ (sic), quien perdió la vida a causa de tal ataque, y  FRANCISCO    SILVA,    quien    resultó    con    algunas    lesiones   en   su  humanidad”.   

DECURSO PROCESAL  

Ocurridos los hechos, el 4 de julio de 2001,  la  Unidad de Reacción Inmediata de la fiscalía, abrió investigación previa,  ordenando  algunas  pruebas, para cuya práctica comisionó al Jefe de la SIJIN,  en la ciudad de Cartagena.   

Asumido  conocimiento  del  expediente,  la  fiscalía  seccional  42  de  Cartagena,  recabó  la  declaración  jurada  del  lesionado  y  por virtud de ella, realizó diligencias encaminadas a identificar  a la persona señalada por este como el agresor   

Recepcionadas las diligencias adelantadas por  la  oficina  comisionada  e identificado plenamente el presunto agresor, el día  11 de junio de 2001, se abrió formalmente la instrucción.   

El  27  de  junio  de  2001,  se  recabó la  indagatoria  del  procesado  PEDRO  ANTONIO OLIER MARTÍNEZ, quien fue dejado en  libertad.  A  renglón  seguido,  el  23  de  agosto  de  2001,  se resolvió la  situación  jurídica  de  OLIER MARTÍNEZ, imponiéndose en su contra medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin beneficio excarcelatorio, por los  delitos de homicidio y lesiones personales.   

El  24  de  octubre  de 2001, se decretó el  cierre  de  la  investigación.  Por  consecuencia de ello, el 5 de diciembre de  2001,  se  calificó el merito de la instrucción, profiriéndose resolución de  acusación  en  contra  del  procesado,  por  los  delitos de homicidio simple y  lesiones personales.   

Apelada  por  la  defensa la resolución, el  día  4  de  febrero  de 2002, la Fiscalía Segunda ante el Tribunal Superior de  Cartagena, la confirmó en su integridad.   

Por  reparto,  para  adelantar  la  fase del  juicio,  el  asunto  correspondió  al  Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito de  Cartagena,  el  cual convocó a audiencia preparatoria para el día 9 de mayo de  2002.   

El día 15 de agosto de 2002, se dio comienzo  a  la   audiencia  pública, la que fuera suspendida luego de que se negara  la  solicitud  de  libertad provisional presentada por el defensor, para efectos  de    estudiar    el    recurso    de    reposición   interpuesto   contra   lo  decidido.   

En  auto emitido el 29 de agosto de 2002, el  Juzgado  aceptó  revocar  la  decisión  que negara la libertad provisional del  procesado,  y  en  su  lugar  decretó  la  excarcelación  por  vencimiento  de  términos,  previo  pago  de  caución  prendaria  por  la  suma de dos salarios  mínimos legales mensuales.   

El  9 de septiembre de 2002, se continuó la  audiencia  de  juzgamiento,  también  suspendida.  Ya  después de otras tantas  suspensiones  y  diligencias  fallidas, finalmente el día 17 de agosto de 2004,  se culminó la audiencia de juzgamiento.   

El  29  de abril de 2005, el juzgado Cuarto  Penal  del Circuito de Cartagena, profirió sentencia de primera instancia en la  cual  condenó  al  procesado  como autor de los delitos de homicidio y lesiones  personales,  a  la  pena  principal  de  434  meses de prisión, la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por un  lapso  de diez años, y le negó los subrogados de la suspensión condicional de  la ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  la  sentencia,  de  inmediato  se  ordenó la captura del procesado, la cual se hizo  efectiva el 2 de mayo de 2005.   

Finalmente el 5 de julio de 2006, a efectos  de  resolver  la apelación presentada por la defensa, se pronunció el Tribunal  Superior  de Cartagena, confirmando la decisión de primera instancia, aunque se  rebajó   la  pena  de  prisión  a  175  meses  y  18  días.      

LA DEMANDA  

    

1. Cargo primero, principal.     

   

         Acudiendo  a  la causal tercera, señala el demandante  que  la  sentencia  fue  emitida en un proceso viciado de nulidad por violación  del  debido proceso.   

        En  desarrollo        de        la       censura,       significa       “incompleta”  la  motivación  de  la  sentencia  cuestionada,  dado  que  los  fallos  de primera y segunda instancias  obviaron  referirse expresamente a elementos básicos de la conducta punible, en  concreto,  “el tipo subjetivo, la antijuridicidad y  la culpabilidad”.   

             Advierte     el  demandante  que  “con la simple lectura  e los  fallos  de  primera  y  segunda  instancia,  se  evidencia  la transgresión del  artículo  13 inciso segundo, y 170 numerales 4 y 5 del Código de Procedimiento  Penal  (Ley 600/2000), por incompleta motivación de la sentencia”.   

        A  renglón  seguido,  se ocupa del demandante, dando por sentado que efectivamente  se  presentó  la omisión resaltada, de significar la trascendencia que tienen,  dentro  de  la  evaluación  probatoria del fallador, los elementos de tipicidad  subjetiva,  antijuridicidad  y culpabilidad. También trae a colación posición  doctrinal   acerca  de  la  trascendencia  de  la  indebida  motivación  de  la  sentencia,  en  punto  del  derecho de defensa y su correlato de contradicción.   

           Dentro  de  la  misma  causal, pero respecto de tópico diferente, señala el recurrente  que   en  las  sentencias  “no está claramente  argumentada”,  la  calificación  jurídica  de  los  hechos  y  la  situación  del  procesado,  como  lo  exige  el  numeral 5° del  artículo  170  del  C.  de  P.P.,  dado  que  sólo  al momento de dosificar la  sanción  se  hace  alusión  a  la ubicación típica de las conductas. Cita el  casacionista,  para  redondear  el  punto, jurisprudencia de la  Corte, que  refiere la necesidad de motivar todos los elementos del delito.   

        Considera  error  del  Tribunal,  no  verificar  la omisión en la que incurrió la primera  instancia  y  a  su  vez, obviar motivar suficientemente la sentencia de segundo  grado.   

         Estima  trascendente  el  yerro,  como  quiera  que  por ocasión de este se impide a la  defensa  conocer  las  razones  de  la  decisión y controvertirlas eficazmente,  incluso,  agrega,  porque  de  haberse efectuado el análisis completo echado de  menos,  el  tribunal  habría  concluido  que el procesado no fue coautor de los  delitos  despejados  y  que  estos  se  presentaron  dentro  del fenómeno de la  preterintención.   

         Consecuentemente  con  lo  alegado,  solicita el impugnante se case la sentencia, decretándose la  nulidad   de   lo   actuado   a   partir   del   fallo   de  primera  instancia,  inclusive.   

        De  otro  lado,  en  lo que rotula “CENSURA ANEXA DEL CAPÍTULO PRIMERO”, añade  el  censor  que  se  ha  violado  el  debido  proceso  por ocasión de obviar el  Tribunal  decretar  la  prescripción  de  la acción penal en lo que atiende al  delito de lesiones personales.   

         En  sustento  de  su  tesis,  destaca  el  impugnante  que  el  delito  de  lesiones  personales  atribuido   su  representado legal comporta pena de 1 a 3 años  de  prisión, acorde con lo dispuesto en el inciso segundo del artículo 112 del  C.P.,  y  si  se  toma  en  cuenta  que desde la ejecutoria de la resolución de  acusación  discurrió  un  término  superior  a  los  3  años,  9  meses y 25  días,   hasta  que se culminó la audiencia pública, debiendo aplicar por  favorabilidad  la disminución de términos consagrada en el artículo 531 de la  Ley  906  de  2004,  ya  para  el  momento  del fallo se encontraba prescrita la  acción.   

     Pide el recurrente,  en  consecuencia,  que  se  case la sentencia para, en su lugar, dictar fallo de  reemplazo  en  el  cual  se  decrete  la  prescripción  del  delito de lesiones  personales,  o, subsidiariamente, que se decrete la nulidad del proceso a partir  de la sentencia de segunda instancia, inclusive.   

    

1. Cargo segundo, “accesorio al primero”.     

        Dentro  de  la órbita de la causal tercera, señala el casacionista  que  el  fallo se profirió en un trámite viciado de nulidad por violación del  derecho de defensa.   

      En  concreto,  se  postula  que  el  Tribunal  vulneró  el  derecho  de  defensa y su correlato de  contradicción  cuando  modificó  la  condición del procesado, quien se había  reputado  autor  material  de  los  delitos,  para  advertirlo  en  la sentencia  coautor.   

       Al  efecto,  releva  el  impugnante  cómo  desde los albores mismos de la investigación, se  registró  al  procesado  autor  material  de  los  delitos  de sangre que se le  endilgan,  y  así  se  postuló  en  la  resolución  acusatoria emitida por la  fiscalía, en rotulación que fuera respetada por el A quo.   

       Siempre  la  defensa,  entonces,  enfiló sus argumentos defensivos a controvertir esta forma  específica   de   vinculación   penal,  sorprendiéndola  el  tribunal  cuando  referenció  otra  la  intervención,  una  vez  agotadas  las  posibilidades de  discutir el tópico en las instancias.   

      Dice  el  recurrente,  conocer  que  la Corte estima inadmisible discutir esa desarmonía en sede de la  causal    segunda   de   casación   –incongruencia  entre la resolución acusatoria y la sentencia-, pero  estima  que  ello  tiene  efectos  apenas  en  lo  que toca con la dosificación  punitiva,  dado que la pena no sufre modificación, y no respecto de la forma de  concurrencia  al  delito,  ya que cada forma de comisión tiene particularidades  que  las  diferencia  y,  específicamente,  la coautoría registra presupuestos  indispensables que en este caso no se cumplen.   

   Seguidamente, se ocupa el censor  de   demostrar   por   qué   el  asunto  examinado  no  comporta  la  forma  de  responsabilidad    penal    de    coautoría,   y   tampoco   la   de   autoría  material.   

     En lo concerniente a  la  trascendencia  del  yerro  atribuido  al  Ad  quem,  el censor significa que  además  de  violarse  los  derechos  de  defensa  y contradicción, se impidió  obtener  la  absolución  del procesado o, cuando menos, demostrar su condición  de cómplice, y además permitirle obtener la libertad.   

         En  consonancia  con  lo alegado, solicita el demandante casar la sentencia para, en  su  lugar,  absolver al acusado de los cargos que se le atribuyen, decretando su  libertad.  En  subsidio,  dictar  fallo  de  reemplazo  que  lo determine apenas  cómplice, redosificando la pena.   

    

1. Cargo   tercero   “accesorio   a   los   dos   anteriores,  en  su  orden”.     

         Dentro  del  mismo  cargo,  remitido a la causal primera, acusa a la  sentencia  de  violación  indirecta  a la ley sustancial por errores de derecho  por  falso  juicio  de legalidad respecto de algunas pruebas, y errores de hecho  por falso raciocinio, en otra.   

     

       Atinente  al  primero  de  los  errores  en  cita,  destaca  el  recurrente que se presentaron  irregularidades  en  la aducción del testimonio de Francisco Silva, Alain León  Carrasquilla   y  Ariel  Ramos  Guzmán,  verificados  ellos  ante  la  policía  Nacional,  y  la  declaración  de  Francisco  Silva  Padilla,  entregada  en la  Fiscalía.   

     En desarrollo del cargo,  sostiene  que el fallo de condena se fundamentó en la exposición jurada de los  mencionados,  para lo cual cita textualmente cortos apartados de cada uno de los  fallos de instancia.   

    A renglón seguido, manifiesta  que  los  testimonios  rendidos  ante  la  Policía Nacional por Francisco Silva  Padilla,  Alain  León  Carrasquilla  y  Ariel  Ramos  Guzmán,  fueron aducidas  irregularmente  al  proceso,  como  quiera  que  la fiscalía comisionó para la  práctica  de  pruebas,  exclusivamente  a  la SIJIN, y si bien, esa dependencia  recabó  el  testimonio  del  primero  de los mencionados,  allí no estuvo  presente  el  defensor  del imputado, con lo cual se pasó por alto lo dispuesto  en  el  artículo 314 del Decreto 2700 de 1991, y los artículos 305 y 318 de la  ley   600   de   2000,   aplicables  por  favorabilidad.       

       

     En similar sentido,  se  controvierte  el  testimonio  de  Francisco Silva Padilla, recabado el 21 de  junio  de  2001 dado que se rindió ante la Oficina de Asuntos Disciplinarios de  la  Policía,  sin  comisión  expresa para el efecto, no se contó allí con el  defensor  del  procesado  y  el medio se aportó no en copia auténtica, sino en  fotocopia  simple.  Y, en lo que toca con la declaración rendida por este mismo  testigo  ante  esa  dependencia, el  11 de julio de 2001, se destaca que no  se  comisionó  a  la  oficina  para  ese efecto y se aportó la declaración en  fotocopia  simple, violándose, en sentir del casacionista, los artículos 314 y  255  del  Decreto  2700  de 1991, y 305 y 318, de la ley 600 de 2000, aplicables  por favorabilidad.   

       Atinente  a  lo  declarado  por  Alain  Enrique  León  Carrasquilla, en versión rendida el 5 de  junio  de  2001,  ante  la  Policía  Judicial, advierte el recurrente que posee  vicios  referidos a que durante la diligencia no estuvo presente el defensor del  procesado,  no  fue  ratificado  ante  el  funcionario judicial y fue aducido en  fotocopia  simple.  Ello,  estima,  atenta contra lo dispuesto en los artículos  314  del  Decreto  2700 de 1991, 305 y 318 de la Ley 600 de 2000, estos últimos  aplicables por favorabiliadad.   

       En  lo  que  respecta  a  lo  declarado por Ariel Alejandro Ramos Guzmán, ante la Oficina de  la  Policía  Judicial,  el  16  de  julio  de  2001,  critica  el censor que no  estuviese  presente  el  defensor del procesado, no se hubiese comisionado a esa  dependencia   para   tal   efecto  y  no  se  adujese  en  copia  auténtica  el  documento.   

      Agrega que el  declarante  en  cita acudió a la audiencia de juzgamiento a rendir su versión,  en   diligencia   completamente  legal,  pero  que  allí  no  compromete  a  su  representado legal.   

     Por  último,  cita  el  recurrente  lo dicho por algunos doctrinantes acerca del tópico de la legalidad  de la prueba.   

      Ya dentro del  error  de  hecho  por  falso raciocinio, que entendió necesario el casacionista  incluir  dentro  del  mismo cargo establecido para el error de derecho, se ocupa  de  lo  relatado  por  el  testigo  Francisco  Silva Padilla, ante la fiscalía,  reproduciendo  algunos  apartados  de su declaración, para contrastarlos con el  enfoque  que  el  Tribunal  dio  a  lo  narrado  y  lo  expresado por la primera  instancia  acerca  del  análisis  de  alcoholemia  hecho  al cadáver de Javier  Morales López, con una concentración etílica de 193 mg%.   

     Acorde con ello, se  ocupa  el  impugnante  de  traer  a colación lo dicho por un reconocido médico  forense  nacional  acerca  de  la  determinación  del grado de embriaguez, para  soportar de ello que, en efecto, el occiso se hallaba embriagado.   

       Seguidamente,  reproduce  lo  dicho  por el testigo respecto a que el procesado sí disparó su  arma,  para  contraponerlo a la definición de segunda instancia que referenció  al  acusado  coautor, entendiendo que si ello es así es porque se demuestra que  no  percutió  el  artefacto  su  representado  legal,  máxime  que otro de los  testigos  manifestó  cómo  las  condiciones  de visibilidad impedían apreciar  quién disparó.   

        Significa  que  la  lógica  y la experiencia advierten cómo la víctima cuando  expone  los  hechos,  los  acomoda  para  comprometer  mucho más al victimario.   

       A  su  vez,  colige  “lógico”  inferir  que  si  el occiso se hallaba ebrio, también el  declarante,  quien  lo acompañaba, debería estarlo y su percepción se hallaba  alterada.   

      Concluye  que  en  atención  a  las  irregularidades  detectadas  en  el testimonio, no es posible  asignarle  valor  persuasivo de veracidad, dado que ello controvierte las reglas  de  la  sana  crítica  y  “de  experiencia,  de la  lógica e incluso de la ciencia”.   

    En punto de trascendencia,  asevera  el  impugnante  que  si  al  testimonio de Francisco Silva, se le   hubiese  asignado  “el  valor  que objetivamente le  corresponde,  necesariamente  se  hubiese concluido en un resultado favorable al  hoy condenado”.   

       Conjugando  los  errores  de derecho y de hecho que sustentan el cargo, significa el casacionista  errada  la  actuación  del  Tribunal,  no sólo por entregar valor probatorio a  testimonios  que  entiende  nulos  en  su  formación y aducción, sino  en  consideración   a  que  evaluó  inadecuadamente  lo  expresado  por  Francisco  Padilla,    conduciendo    ello    a    la    definición   de   responsabilidad  penal.   

       Superadas   las  irregularidades,  advierte  el  censor,  carece  de  soporte  la  definición de  responsabilidad  penal del procesado, pues, precisamente se erigió en prueba de  cargo  lo  expresado  por  Francisco  Silva  Padilla, Alain León Carrasquilla y  Ariel Ramos.   

       Queda   en  pie  únicamente,  asegura  el  casacionista lo dicho por Ariel Ramos en la audiencia  de  juzgamiento,  que lejos de perjudicar, favorece al procesado, y lo sostenido  por  Francisco  Silva  ante  la  fiscalía, con un limitado valor persuasivo que  “no  alcanza  a  producir grado de certeza sobre la  responsabilidad del sindicado”.    

    

             En  sede  del principio In Dubio pro Reo, se ha de absolver al procesado, añade  el  demandante,  dado que el Tribunal aplicó indebidamente los artículos 103 y  29  del  Código  Penal,  dejando de aplicar los artículos 232, inciso segundo,  7°,  inciso  segundo  y  la parte final del numeral 7° del artículo 170 de la  misma  obra.  Por  ello,  añade,  ha  de  casarse el fallo y en su lugar dictar  sentencia  de  condena  en  la  cual  se absuelva a su representado legal de los  cargos que se le formularon en la resolución acusatoria.   

    

1. Cargo   Cuarto   “subsidiario   a   todos  los  anteriores  en  su  orden”.     

         Dentro  de  lo  regulado  en  la  causal  primera, cuerpo segundo, se acusa a la  sentencia  de  violación  indirecta de la ley sustancial por error de hecho por  falso  juicio  de  identidad  consistente en el cercenamiento de lo dicho por el  testigo Francisco Silva Padilla.   

      Para soportar  su  posición,  parte  el  demandante  por  significar  que  la  única versión  entregada  por  el  testigo  directamente  a  la fiscalía, fue cercenada por el  Tribunal.  En seguimiento de ello, cita apartados de lo resumido por el Ad quem,  en  torno  de  lo  dicho  por  el declarante, para confrontarlo con lo expresado  textualmente  por  este,  que  también  cita,  destacando que se pasó por alto  referir  lo  aseverado  por  Silva Padilla, acerca de que el occiso “trató   de  agarrar  el  arma”  que  llevaba consigo el procesado, recibiendo el disparo en el abdomen.   

       Considera el  casacionista  trascendente lo omitido considerar por el Ad quem, como quiera que  al   definir   el   testigo   que   la   víctima  buscó  agarrar  “y  arrebatar”  el arma a su presunto  agresor,  se demuestra cuál fue la verdadera intención del agresor y el motivo  que    lo    llevó   a   disparar,   en   acción   no   concertada   con   los  intervinientes.    

          También  cercenó  el   Tribunal,  agrega  el  recurrente,  el  apartado  en  el  cual  el  testigo  referenciado    anotó    que   “….se   quedaron  discutiendo  con  JAVIER  con  arma  de  fuego  en  las  manos…”.   

       Asegura   trascendente  la  omisión,  en tanto, de haberse tomado en cuenta los segmentos  desconocidos,  se hubiese definido la responsabilidad penal de su asistido, pero  dentro del fenómeno de la preterintención.   

      Seguidamente,  se   ocupa   el   demandante  de  definir  los  rasgos  característicos  de  la  preterintención,   citando   para   el   efecto  jurisprudencia  de  la  Corte,  concluyendo  que  las  citas  se adecuan al caso concreto, dado que “los  hechos  desencadenados de una discusión o riña callejera,  y  que  terminaron  con  la muerte de JAVIER MORALES, no fueron planificados, ni  deseados,  en  su  resultado final, por cuanto el agente no tuvo como propósito  matar  al hoy occiso, sino únicamente lesionarlo para no dejarse quitar el arma  y   de   esa  forma  correr  el  peligro  de  que  le  disparan  con  su  propia  arma”.   

       Agrega  el  censor,  que  la  muestra evidente de que no se pretendía matar, es el hecho de  haberse  propinado  a  la  víctima  un  solo  disparo, que entiende producto de  pretender el agresor evitar se le despojara del arma.   

         Significa  el  demandante, respecto de la validez y trascendencia de lo expuesto  por  Francisco Silva, que se constituye “en un medio  claro,  creíble,  verosímil  y por tanto, en el importante medio probatorio en  contra  de la responsabilidad del procesado, pero a la vez, también en el medio  probatorio  que  en  forma clara,  precisa y cierta, manifiesta y evidencia  que  la  intención  y  propósito  del  autor  material  de la muerte de JAVIER  MORALES              no              fue              matarlo….”            

        Debe,  entonces,  casarse  parcialmente el fallo, para dictar sentencia de reemplazo en  la  cual  se anote que el procesado es responsable, a título de coautoría, del  delito de homicidio preterintencional, redosificándose la pena.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

        Previa  al  examen  que  requiere  el  escrito  de  demanda  presentado  por  el  casacionista,   la   Corte   debe   pronunciarse  acerca  del  fenómeno  de  la  prescripción  que  ha operado respecto del delito de lesiones personales por el  cual fue condenado el procesado.   

       En  efecto,  como   claramente   se   dejó   establecido   en   el   recuento   del  decurso  probatorio,  la  providencia  de  segunda instancia a  través  de  la  cual  la  fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal, confirmó la  resolución  acusatoria  proferida por la Fiscalía Seccional, fue expedida el 4  de febrero de 2002.   

         Se  tiene  claro  que  el  delito  de  lesiones personales por el cual fue llamado a  juicio el acusado, comporta pena de uno a tres años de prisión.   

      A  su  vez,  el  artículo  83  del  C.P.,  establece como término de prescripción el  máximo  de la pena fijada en la ley, pero no inferior  a cinco años.   

        Y   por  último, el artículo 86 ibídem, establece:   

       “Interrupción   y   suspensión   del   término  prescriptivo  de  la  acción. La prescripción de la  acción  penal  se  interrumpe  con  la  resolución acusatoria o su equivalente  debidamente ejecutoriada.   

        Producida  la interrupción del término prescriptivo, éste comenzará a correr  de  nuevo  por  un  tiempo igual a la mitad del señalado en el artículo 83. En  este  evento  el  término  no podrá ser inferior a cinco (5) años, ni superior a diez (10).”   

        Determinado  que en este caso, dado el monto de pena,  la   prescripción  opera  cinco  años  después  de  haberse  ejecutoriado  la  resolución  acusatoria,  evidente  surge  que  la  conducta punible de lesiones  personales,  prescribió el día 4 de febrero del presente año, precisamente un  día  antes  de  que  llegara  a  la  Corte  el  expediente  con  la  demanda de  casación.   

      Corresponde a  la  Corte,  entonces,  en  uso  de su poder oficioso,  decretar  la  prescripción  de  la  acción,  en  lo que toca   con el delito de lesiones personales, y  así se ordenará en la parte resolutiva de la decisión.   

        Ahora  bien,   entrando   de  lleno  en  el  análisis  de  la  demanda  de  casación,  se ha anotado pacíficamente por la Corte, y ahora se  reitera, cómo el  escrito  ha  de comportar un mínimo  rigor  lógico  jurídico  y  argumental, pues, no se  trata  de  hacer  valer una  especie  de  tercera instancia que sirva de escenario adecuado a la controversia  ya  superada  por los falladores de primero y segundo  grados,   en   la  cual  se  pretende  anteponer  el  particular  criterio  o valoración probatoria, a aquel que sirvió de soporte a  la  decisión  de los jueces A quo y ad quem, entre otras razones, porque a esta  sede  arriba  la  decisión  judicial  con  una  doble connotación de acierto y  legalidad.   

          Se  faculta,   por  ello,  que la dicha presunción sea  quebrada  a  través  de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes  y fundados,  derivados   del   compromiso   de   demostrar   la  violación  en  la  cual  incurrió  el  fallador,  suficiente  para echar abajo  el    contenido    de  verdad  de la sentencia, en  el  entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido la  decisión       y  precisamente     así  se   ofrece  trascendente  recurrir al mecanismo extraordinario de impugnación.   

       Sirvan  de  derrotero   estas   precisiones,   a  efectos  de  abordar  cada  uno   de   los  cargos de la demanda.   

       1. cargo Primero.   

       Ninguna  vocación  de  prosperidad  puede tener la pretensión del  casacionista  encaminada  a  que  se anule la tramitación a partir del fallo de  primera  instancia,  inclusive,  ante la supuesta omisión de los sentenciadores  de    primero    y    segundo    grados,    en   sustentar   adecuadamente   las  providencias.   

     Ya suficientemente  se  ha  reiterado,  y  para el demandante debe ser conocido, que para quebrar la  sentencia  a través del mecanismo extremo de la nulidad, el cargo no sólo debe  ser  propuesto, sino argumentado y  demostrado, para lo cual, en el tópico  objeto  de  cuestionamiento,  surgía  obligación  fundamental  e  inescapable,  relacionar  directamente  la  providencia  o  providencias   atacadas, para  delimitar,  con  la  transcripción precisa e integral de lo  dicho por las  instancias,  en  dónde  se  hallan  los  vacíos  o  falencias argumentales que  conducen  a  determinar  que  efectivamente  no se sustentaron las decisiones, o  ello se hizo de forma inadecuada.   

       Si,   como  se  postula,   la  sentencia  cuestionada  no  abordó  a  satisfacción  los  temas  referidos   a   la   denominación  jurídica  concreta  del  delito  o  delitos  atribuidos,  la  antijuridicidad  de  los  mismos,  o  el  tipo  de culpabilidad  atribuible  al  procesado,  se  hacía indispensable consignar en la demanda, in  extenso,  los  apartados  del  fallo  que  se  refieren a esos aspectos, o en su  integridad  la  providencia,  si  ninguna  alusión  se hizo a tan trascendentes  factores configurantes del delito.    

      Junto con lo  anotado,  completamente claro que las sentencias de primera y segunda instancias  conforman   una   unidad   inescindible,   debió  el  demandante  significar  porqué las falencias de la una no se suplen con la otra  o  cómo  abordó  cada  funcionario  los  temas  que se dicen insuficientemente  tratados.   

         No  puede  conocer  la Corte, así lo señale el censor, si de verdad los vicios  propuestos  son  “ostensibles, evidentes y de gran  magnitud  que  afectan  seriamente la estructura del  proceso”,   si   el  recurrente   ha   omitido   referenciar   específicamente  dónde  radican  las  falencias,  para  efectos de que se estudie si ellas tienen la trascendencia que  se les otorga.   

       Por lo  demás,  cuando  el  casacionista  relaciona,  dentro  de  los  varios  factores  incidentes  en  la  decisión  condenatoria,  que  la  declaratoria  de responsabilidad debió referir un delito de preterintencional y  no  simple,  se  aparta  ostensiblemente  de  la  lógica que gobierna la causal  propuesta,  penetrando  en el terreno de la valoración probatoria, incluso más  evidente  si  se  atiende  a  lo  plasmado  en  el  escrito  acerca  de  lo  que  supuestamente  se  desprende  de lo declarado por uno de los testigos de cargos.   

        Como  son  tantas  y  tan  variadas  las  aristas  argumentales que por vía general o  directa  soportan  una  decisión,  sin  que  la  sola  omisión en referirse en  detalle  a  un  determinado  tema,  signifique  que no se haya resuelto sobre el  particular  o  carezca  de  motivación  la  sentencia,  la  Sala observa que el  recurrente  incumplió  con la obligación de determinar en concreto la omisión  atribuida  al Tribunal y, a renglón seguido, demostrar su trascendencia, razón  suficiente   para   que   se   inadmita el cargo propuesto.   

         No  se hará pronunciamiento en torno de la segunda causal de nulidad presentada  en  el escrito de casación, pues, ya al comienzo de la motivación se ha dejado  sentada  la  necesidad de decretar la prescripción en lo que toca con el delito  de  lesiones  personales,  también  objeto  de  sentencia  condenatoria  en las  instancias,     y     a     ello    precisamente    apunta    la    controversia     planteada    por    el    demandante.      

        2. Cargo Segundo.   

         Significa  el  recurrente  que  la  decisión del Ad  quem,  de  representar la intervención del procesado dentro del fenómeno de la  coautoría,  viola  el  derecho  de defensa que a este le asiste, pues, hasta el  momento  de  la  emisión  del  fallo  de  primera  instancia,  se  entendió al  procesado  autor  material  del delito y respecto de esa específica atribución  se adelantó la tarea defensiva.   

         Sin  embargo, al igual que ocurre con el cargo anterior, el impugnante se limita  a  enunciar  el  yerro,  pero  no  desarrolla  su  naturaleza concreta y efectos  trascendentes,  a  más  de  que  desvía  la  controversia al campo probatorio,  completamente ajeno al propio de la  causal propuesta.   

         Así,  aunque  reconoce el casacionista que ya la Corte ha vedado la posibilidad  de  controvertir  la  modificación  del tipo de atribución penal de autoría a  coautoría,  dentro  de  la  causal segunda referida a la incongruencia entre la  acusación  y  el  fallo, cree encontrar una arista de discusión en el campo de  la    violación   al   derecho   de   defensa,  pero  nada hace por desarrollar el punto, verificando en  concreto  cómo  efectivamente el cambio de delimitación de intervención en el  delito  afectó  tan  carta  garantía,  sea porque impidió allegar pruebas que  controviertan  la  nueva definición de responsabilidad, o presentar las propias  de   exculpación,  o  argumentar  adecuadamente,  o  en  fin,  echar  abajo  la  determinación de responsabilidad penal.   

       Sobre  el    particular,    ha    señalado   la   Corte1:   

          “al  haberse  acusado y condenado a M. M. como determinador, este error en el termino  utilizado  para  precisar el grado de participación (que es de coautoría, como  se  dijo)  no  entraña materialmente irregularidad ninguna, pues de todos modos  dicho  acusado  conoció enteramente y se defendió de los cargos por los cuales  fue  sentenciado,  siendo  entonces  el  referido  yerro  conceptual  un aspecto  meramente  nominal   que en nada incidió en el derecho de defensa de dicho  procesado”.   

         Lejos  de significar por qué en este caso sí existe  vulneración  del  derecho  de  defensa, el  recurrente desvía completamente el  sentido   del   cargo  propuesto  y  se  ocupa  de  presentar  sus  particulares  inferencias  acerca  de  la  imposibilidad  de  decir  coautor a su representado  legal,  abordando  una  a  una  las  que estima características puntuales de la  coautoría   y   lo   que   deriva   de   los  medios  de  prueba  allegados  al  plenario.   

         Evidente  se  aprecia que esta forma de abordar el cuestionamiento a lo decidido  representa apenas el típico alegato de instancia en  el  cual  se  pretenden anteponer las particulares inferencias probatorias a las  propias  del  Tribunal,  pasando  por  alto  que  a la sede casacional arriba la  sentencia  con una doble connotación de acierto y legalidad, pasible de quebrar  únicamente  a  través  de la demostración de un vicio trascendente, dentro de  los  linderos del error de hecho por falso juicio de existencia, falso juicio de  identidad o falso raciocinio.      

         Se  impone,  entonces,  inadmitir  el  segundo  de  los cargos propuestos por el  impugnante.   

       3. Tercer Cargo.   

      En  el  mismo  cargo, el censor advierte de  la existencia de  errores  de derecho y de hecho en la aducción y valoración probatorias, en una  particular  forma  de  echara  abajo  el  fallo  de condena, poniendo en tela de  juicio  la  totalidad  de  las  pruebas  de  cargo, unas porque no se recogieron  debidamente  en  la foliatura, y otra, porque se analizó inadecuadamente por el  Tribunal.   

      Respecto del  error  de  derecho,  se refiere particularmente el demandante, a los testimonios  recabados  a  Francisco  Silva  Padilla, Alain León  Carrasquilla y Ariel Ramos Guzmán.   

      Sin  embargo, la  postulación  del  recurrente  se halla huérfana de soporte jurídico e incluso  de  definición  precisa  de  trascendencia, en limitaciones ostensibles que por  sí mismas dan al traste con lo propuesto.   

       En efecto,  destacando  el recurrente que efectivamente la SIJIN,  de  la  Policía  Nacional,  había sido expresa y directamente comisionada para  practicar  algunas  pruebas,  particularmente  la  recepción de los testimonios  cuestionados,  ya luego significa, en lo que toca con  ellos,   que   supuestamente   se   violaron   los   artículos  314  del  decreto  2700  de  1991, y 305 y 318 de la Ley 599 de 2000,  aplicables, estos últimos, por favorabilidad.   

       Nunca,   sin  embargo,  detalla  qué particularmente exponen las normas citadas para demandar  que  en esas diligencias, por lo demás practicadas en sede de la investigación  previa,  estuviese  presente  el defensor del indiciado, cuando es lo cierto que  no era este quien rendía las atestaciones.   

      Desde  luego, no  basta   con   manifestar   que  las  normas  referenciadas  exigen  “observar   y   respetar   la  garantía  del  procesado  en  la  producción  del  medio  probatorio”,  para que de  ello   pueda  concluirse  directamente  exigido  por  las  normas  que  en  esas  declaraciones  participase  el defensor del procesado, cuando ellas para nada se  refieren concretamente a este aspecto.   

       Y  si a lo  anotado  se  agrega  que  obvió  el impugnante, en seguimiento del principio de  trascendencia  que  regula  la verificación del vicio y sus efectos, determinar  cómo  la  no  comparecencia  del  defensor  a las diligencias en cita, vulneró  efectivamente  algún  derecho  de  su  asistido,  impidiéndole controvertir la  prueba  o  allegar  elementos  suasorios  de confrontación, la formulación del  cargo   se   queda   en  el  estadio  de  su  simple  manifestación,  sin  que hubiese podido demostrar, de un lado, que se presentó  alguna  irregularidad  en  la  producción  o  aducción  o,  del  otro,  que se  afectaron garantías fundamentales.   

      Ahora,  aparece  bastante  sinuosa la forma en que el recurrente confunde, como si se tratase del  mismo  tipo  de diligencia, las declaraciones rendidas por los testigos de cargo  ante   la   SIJIN,   y  aquellas  otras  recabadas  en  la  Oficina  de  Asuntos  Disciplinarios  del Departamento de Policía Bolivar, para de allí concluir que  estas  últimas  se adujeron irregularmente por no contar la dependencia en cita  con    autorización,    vía    comisión   expresa   del   fiscal,   para   el  efecto.   

      Y no podía  contar  la  Oficina  de Asuntos Disciplinarios, con una dicha autorización, por  la  potísima razón, reconocida apenas adjetivamente por el casacionista cuando  cita  las  normas  aplicables al caso, que esas atestaciones fueron recogidas en  el  proceso  penal como prueba trasladada, así que mal podrían regirse por las  reglas  de  la comisión, ni mucho menos exigir a título de supuesto de validez  que a ellas pudiese concurrir el defensor del procesado.   

      Ahora bien,  la  significación  de  que  la  prueba  trasladada  fue aportada en copia   simple,    lo    cual    supuestamente  vulnera el artículo 255 del decreto  2700  de  1991,  se  queda en el mero enunciado, pues, no detalla por qué no es  auténtica  la  copia  de  las diligencias trasladadas del proceso disciplinario  seguido   en  la  Policía  Nacional,  cuando  se  tiene  claro  que  estos  son  documentos  expedidos por  un  funcionario  público,  que previa solicitud de la fiscalía los reproduce y  aporta.   

      En este sentido,  el   artículo274   del   Decreto   2700   de   1991,   disponía:  “Una  copia  tiene  el  mismo  valor que el original cuando haya  sido  autorizada  por  el  funcionario  público en cuya oficina se encuentre el  original o copia auténtica”.   

      Y más adelante,  el   artículo   277  de  la  misma  normatividad,  establecía:

    “Son   auténticos  los  documentos  escritos,  las  reproducciones  fotográficas   o   cinematográficas,   las   grabaciones   fonográficas,  las  xeroscopias,   las   fotocopias,   el   télex  y,  en  general  cualquier  otra  declaración  o  representación  mecánica  de  hechos  o  cosas,  si el sujeto  procesal  contra  el  cual  se  aducen no desconoce antes de la finalización de  la   audiencia  pública,  su  conformidad  con  los  hechos o cosas que se  expresan”.            

         Cierto  que  el  artículo 274 del Decreto 2700 de 1991, exige que  los  documentos –y, cabe  aclarar,  la  discusión  no gira en torno de la veracidad de lo  dicho por  los  testigos,  sino  acerca  de la autenticidad de los documentos que contienen  sus  exposiciones-  sean  aportados en original o copia auténtica, pero, acorde  con  las normas atrás citadas, el recurrente no ha explicado por qué se asumen  simples  las  copias  en  cuestión,  si fueron expedidas, o así se supone, con  autorización  del funcionario en cuya oficina reposan, o  la razón por la  cual no deba entenderse tácito el reconocimiento.   

         Tampoco  puede  prosperar el cargo, si se toma en consideración que,  en  tratándose de la presunta invalidez de determinados medios  probatorios,  era menester que el casacionista verificase la trascendencia de la  eliminación  de  los mismos, vale decir, cómo la supresión afectó el cúmulo  suasorio,  al  extremo  que  ya  no  es  posible  sostener  la  condena  con los  demás  elementos de juicio.   

      En  ese  cometido, y la sala para mayor  ilustración  entiende  necesario  reproducir  los  apartados  en  cuestión, el  recurrente   afirmó   que   el   Tribunal   basó  en  las  declaraciones   cuestionadas el fallo, citando lo siguiente:   

       “….la Sala debe observar que, teniendo en cuenta  los  testimonios  de  cargo  de  los  señores ALAIN ENRIQUE LEÓN CARRASQUILLA,  ARIEL RAMOS GUZMÁN  Y FRANCISCO SILVA PADILLA….”   

        “Del   análisis  efectuado  a  los  diferentes  testimonios  se  encuentra  que existen claras diferencias entre   los  testigos  de cargos y los de descargos, como se  puede  apreciar  que  los  testimonios  de  LAIN  ENRIQUE LEÓN, ARIEL ALEJANDRO  GUZMÁN y FRANCISCO SILVA PADILLA”.   

Debió  necesariamente, el censor, traer a  colación  qué  fue  lo  analizado  por el Tribunal respecto de los testigos en  cita,  cuál el valor probatorio dado a sus dicciones y, ya después, establecer  por  qué no queda en pie el fallo, haciendo un examen conjunto de los medios de  prueba arrimados.    

         A  dicho  efecto, lo aportado textualmente por el recurrente, sólo permite inferir  que  el  Tribunal  analizó  la prueba, pero no determinar cómo lo hizo y cuál  fue el efecto que ello tuvo en la sentencia.   

       En  suma,  cuando  de  los supuestos errores de derecho se trata, no planteó adecuadamente  el  casacionista  que en verdad la prueba testimonial recabada por comisionado o  trasladada  de  la  investigación  disciplinaria,  comportase  algún  tipo  de  irregularidad   en su práctica o aducción, ni  tampoco  soportó  la trascendencia que pudiese tener una eventual invalidación  de ella, respecto de la sentencia.   

       Acorde con  lo  anotado,  se  inadmitirá el cargo en lo que corresponde al error de derecho  por falso juicio de legalidad planteado.    

        Atinente  al  error  de  hecho  por falso raciocinio,  debe  decirse  que el hecho de supeditar el cargo a los efectos del anterior, en  punto  del  error  de  derecho,  trae  sus riesgos, independientemente de que se  estime    inadecuada    o   no   la   forma   de   combinar   ambos   tipos   de  violación.   

       Precisamente,  si se inadmitió la controversia planteada acerca de la invalidez  de  varios testimonios, que dijo el recurrente fueron la base de la sentencia de  condena,  ya  poco tiene que significar el demandante acerca de la trascendencia  del  error  de  hecho  referido  a lo declarado válidamente por Francisco Silva  Padilla,   pues,   los   efectos   de  ello  los  ha  soportado     el    recurrente   en que efectivamente se acepte que los  demás  testimonios  carecen  de  validez  y deben ser eliminados del análisis.   

            Entonces,  si  se  dijera  que  efectivamente  el  Tribunal  incurrió en el error de apreciación destacado por  el  censor,  ello  ningún  efecto concreto tiene sobre la sentencia, pues, y el  demandante  así  lo  sostuvo  en  este  mismo  cargo,  la decisión se edificó  fundamentalmente  en  los  testimonios  que  se  recogieron  por  la  SIJIN, por  comisión  expresa  de  la  fiscalía, y en el trámite disciplinario adelantado  por  la Policía Nacional, trasladado al proceso penal, declaraciones que siguen  en  pie  ante  las  falencias  argumentales  relacionadas  por la Sala cuando se  abordó el error de derecho propuesto en la demanda.   

        Por  lo  demás,  enfilada la crítica a través del  falso  raciocinio,  corre  de  cargo  del  demandante  significar, dentro de los  estadios  de  la  sana  crítica,  cuál  fue  la  regla  de  la experiencia, el  principio  lógico  o  el  fundamento científico que fueron pasados por alto al  momento de analizar el Tribunal lo expresado por el testigo.   

       Ajeno  a  ello,  el  recurrente  se ocupa de controvertir la veracidad de lo expresado por  el  testigo,  en  confrontación  con  los  demás medios de prueba arrimados al  expediente,  para de allí edificar una conclusión diferente a la consignada en  el  fallo,  asunto ajeno a la argumentación propia del mecanismo extraordinario  de  casación,  por  corresponder  apenas al alegato de instancia de quien busca  tornar preeminente su visión.   

       Al efecto,  significa   el   impugnante,   para   soportar   su   tesis,   que  “La  experiencia  e  inclusive,  la  lógica  nos enseña que la  víctima  al  exponer,  siempre  aumenta  ay  (sic)  acomoda  la versión de los  hechos”,  pero  omite  referenciar  cuál  es  la  máxima  de  la  experiencia  o  el  principio  lógico  que  gobiernan  un  tal  aserto.   

      Algo similar  se  presenta  con  el  argumento  que,  prevalido  de  lo  encontrado como grado  alcohólico  en  el  cadáver, dentro de los límites  de  la embriaguez, termina por concluir que el  declarante Francisco Silva,  necesariamente   debió   hallarse   en   similares  condiciones,  sólo  porque  acompañaba   a   la   víctima,   y   además,   que  este  estado  supuesto  d  ealicoramiento, lo llevó a percibir defectuosamente lo ocurrido.   

     Cuando no se cita  la  regla  de  la  experiencia,  dentro  de  sus  presupuestos de reiteración y  generalidad,  o  el  principio  lógico  que  soporta  la  conclusión,  esta  no  pasa de constituir una  simple   especulación,  carente  de  cualquier  tipo  de  fundamento  fáctico.   

   

        En suma la doble arista violatoria propuesta en este  cargo,  comporta  errores  lógicos y argumentativos  insalvables,  que  reclaman  necesaria  la  inadmisión.     

        4.  Cuarto  cargo         .   

         Bajo  la  égida del error de hecho por falso juicio  de  identidad  por  cercenamiento,  el  censor construye la hipótesis de que se  trata,  el  delito  de  homicidio  atribuido  a  su  representado  legal, de una  conducta  preterintencional,  y  ello  no  fue tomado en cuenta por el Tribunal,  debido  a  que  omitió  considerar  en  toda  su  extensión  lo  declarado por  Francisco Silva Padilla.    

         Para  soportar  su  tesis,  el  censor  reproduce  un  apartado  de  lo narrado por el  atestante   en   cita,   en   el  cual  afirma  que  el  procesado  “…..subió  con  otro acompañante, nosotros salimos corriendo  y   yo   vi   cuando   JAVIER   (la  víctima,  aclara  la  Sala),  trata  de  agarrar el arma y le dispara al abdomen (el agresor, se  sigue   aclarando),   luego   es  cuando  me  corretea  a  mí…”.   

           A  renglón  seguido, transcribe el demandante la forma en que el Tribunal resumió  lo     expresado     por     el     testigo     en     mención,    significando    cómo    ese    apartado    testifical    no    se  consideró.   

            Luego,    para  tratar  de  demostrar  la  trascendencia de la omisión, el recurrente significa  completamente  digna  de  crédito  la  exposición del atestante Silva Padilla,  advirtiendo  que sus dichos se acomodan perfectamente a lo ocurrido –cuando   menos  curioso  que  así  suceda,  sin  desconocer  la  Corte que se trata de cargos subsidiarios-, pese a  que  el cargo anterior se soportó precisamente en la crítica a la credibilidad  de  este  mismo  testigo,  de  quien  se  dijo  que supuestamente embriagado, no  percibió  adecuadamente  lo  ocurrido  y  además,  en  cuanto  afectado con la  agresión, trató de acomodar y tergiversar su declaración.    

           Yerra,  no  obstante,   la   argumentación   del   casacionista   cuando  de  demostrar  la  trascendencia  de la omisión se trata, pues, construye conclusiones fundadas en  meras  especulaciones,  incluso  haciendo  decir  al  testigo  lo  que  este  no  dijo,  para  así  determinar  que  lo ocurrido debe  inscribirse en el terreno del homicidio preterintencional.   

         En   este   sentido,   mirado  el  apartado  testifical  en  el  cual  funda  su  argumentación  el demandante, aventurado, por decir lo menos, se ofrece colegir  que  efectivamente  el hoy occiso pretendió despojar del arma al agresor y que,  en  consecuencia,  este se vio obligado a lesionar  para que no le quitaran  el arma, como así se sostiene en el libelo.   

     Lo único que dice  el  testigo,  se  recuerda,  es  que  el  interfecto  trató de agarrar el arma,  recibiendo  un  tiro  en  el  abdomen,  pero  nunca  de allí se extracta que de  verdad,  cual  postula el recurrente, buscase arrebatar el arma a su ofensor, ni  que   este,   para   evitarlo,   buscase   únicamente   lesionar  en  lugar  de  matar.   

     Si, como se anotó  al  comienzo,  la  casación  busca que se derrumbe la sentencia por ocasión de  evidenciarse   flagrante  y  ostensible  un  vicio  trascendental,  a  esta  sede  no  puede  arribarse  con el cometido de lograr una  atemperación   de  responsabilidad  a  partir  de  conjeturas  y  lucubraciones  mentales  carentes  de soporte probatorio, edificadas en un apartado testimonial  que,   si   no   se   tuvo   en  cuenta,  fue  precisamente  porque carece de los efectos suasorios que se  le quieren dar.   

    Máxime que también la  propuesta      argumental      omite   delimitar  cuál  fue  el  mérito  probatorio  que  dio  el  Tribunal  a  lo  expresado por el testigo –se   reproduce   el   resumen  que  realizó  el  Ad  quem  de  lo  narrado  por  el  declarante, pero no se cita la  valoración  efectuada acerca de esta y las demás pruebas-, cómo se analizo en  conjunto  la  prueba  y de qué manera el apartado testifical que se dice pasado  por  alto  tiene  la  fuerza  suasoria suficiente para desvirtuar lo recogido en  punto   de   la   atribución   penal   por   el   delito  doloso  de  homicidio  simple,  pues,  acerca  de esto último, el esfuerzo  del  recurrente  se  encamina,  citando  jurisprudencia y doctrina, a justificar  porqué  de  las  dos líneas transcritas respecto de lo narrado por el testigo,  se  extracta  que  el  atacante  no  tuvo intención de matar.      

           Los  insoslayables yerros en  la  postulación  del  cargo,  que  impiden  conocer a la Sala cuál el vicio en  el  que  incurrió  el  Tribunal  y  de  qué  manera  ello  incidió  en la  sentencia,  rotulan  colofón necesario la inadmisión del cargo y, para resumir  todo  lo  dicho  en  precedencia, de la demanda presentada a favor del procesado  PEDRO  ANTONIO   OLIER  MARTÍNEZ,  dado que la  Sala  no  observa violación de garantías fundamentales, que impliquen casar de  oficio        el       fallo.     

            5.    Cuestión final   

         Comoquiera  que  se hace necesario decretar, como se  indicó  en  el  acápite preliminar, la prescripción de la acción penal en lo  que  corresponde  al  delito de lesiones personales, debe hacerse la consecuente  redosificación   punitiva   que   consulte   la   eliminación   del  cargo  en  cuestión.   

        Para  el   efecto,   respetando   los   criterios  tomados  en  cuenta  por  el  fallador  de segunda instancia,  que  atemperó  la sanción impuesta por el A quo, se  tiene  que  por  el delito de homicidio se decretó pena de 163 meses y 18 días  de  prisión,  la cual se incrementó en 12 meses más en atención al delito de  lesiones  personales  que  le  accedía.   Eliminada esta última conducta,  recobra  valor  la  sanción  determinada  para  el delito de mayor envergadura,  fijándose,  entonces, en ciento sesenta y tres meses y dieciocho días, la pena  que ha de cumplir el procesado.   

La sanción accesoria de inhabilitación pare  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas permanece incólume en los diez  años fijados por ambas instancias.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          DECRETAR   la   prescripción   de  la  acción  penal,  en  lo  que  corresponde  al  delito  de  lesiones  personales,  por  el  cual  se  acusó al  procesado PEDRO ANTONIO OLIER MARTÍNEZ.   

          INADMITIR   la   demanda  de  casación  presentada    por   el  defensor del procesado.   

REDOSIFICAR  la  pena  impuesta  al acusado,  significando   que   debe  cubrir  sanción  de  CIENTO  SESENTA  Y  TRES  (163)  MESES   y  DIECIOCHO  (18)  DÍAS  de prisión, por el delito de Homicidio.  Sigue  vigente  la  sanción  accesoria de diez años de inhabilitación para el  ejercicio de derechos y funciones públicas.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ            ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                                              JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                              JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                                              JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia del 14 de septiembre de 2003, rad. 20943     

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