23595(20-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 23595  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

                 MARINA    PULIDO    DE  BARÓN   

                                     Aprobado Acta N° 102.   

Bogotá,  D.  C.,  junio  veinte (20) de dos mil siete (2007).   

VISTOS  

Resuelve  la  Sala  el  recurso de casación  interpuesto  por  los    defensores  de  los  procesados  FREDY   ARQUÍMEDES   REYES   MORA,   WILMER   ANDRÉS   REYES  MORA  y  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  ORDOÑEZ,  contra  la  sentencia  de segunda instancia  proferida  el  15  de  junio  de  2004  por  el  Tribunal  Superior  de Bogotá,  confirmatoria  en lo esencial de la dictada por el Juzgado 53 Penal del Circuito  de  la  misma  ciudad  el  17 de septiembre de 2003, por cuyo medio los condenó  como  coautores  de  los  delitos  de  hurto  calificado  agravado y falsedad en  documento privado, este último en concurso homogéneo y sucesivo.   

ANTECEDENTES   

El supuesto fáctico que originó la presente  actuación   procesal   fue   adecuadamente   compendiado  por  el  ad     quem     en    los    siguientes  términos:   

“Se  concretaron  en  el  apoderamiento de  dineros    propios    y   dados   en   custodia   al   Banco   LLoyd’s  TSB Bank S.A., en cuentas de recaudo  de  retención  en  la  fuente  e  IVA  de  la DIAN, entre otras, por la suma de  quinientos  noventa y ocho millones novecientos setenta y tres mil cuatrocientos  setenta  y  tres  pesos  con  cincuenta  y  seis  centavos  ($  598.973.463,56),  mediante   desvíos producidos en serie, entre los días 7 de julio de 2001  y  12  de  abril  de  2002,  ocurridos  a  través de la oficina principal de la  carrera  8ª.  No.  15-46  y  gestados desde el Departamento de Medios de Pagos,  Área  de  Procesos  y/o  Sistemas cuando WILMER ANDRÉS REYES MORA, empleado de  mayor  antigüedad  y confianza, quien ocupaba el cargo de revisor contable, fue  encargado  de atender, soportar y hacer manualmente en el aplicativo contable de  la  entidad                         -Departamento  Medios  de  Pago-  las  correcciones  que, a diario, reportaban y  solicitaban  los  establecimientos  de  comercio vinculados al servicio de pagos  electrónicos  a  través de las tarjetas débito y crédito visa y master card,  oportunidad  en  la que, aprovechando su experiencia y conocimiento en el manejo  de  la  base  de datos y del aplicativo contable, desvío a cuentas propias y de  terceras  personas,  que  fueron manejadas por su hermano FREDY ARQUÍMEDES, por  su  compañero  de  trabajo  JORGE ARTURO IZQUIERDO ORDÓÑEZ y otros individuos  que  aún  no  han  sido  traídos  a  juicio, sumas de dinero que alcanzaron la  cuantía   atrás  referida,  respecto  de  la  cual  operó  posteriormente  el  apoderamiento,  a  través  de retiros por cajeros, pagos en establecimientos de  comercio,    cheques    de    gerencia,   etc.,   por   parte   de   todos   los  involucrados.   

Se  plantea  igualmente  que  WILMER ANDRÉS  REYES   MORA,   para   soportar,  lograr  las  aprobaciones  correspondientes  y  posteriormente  ocultar en el sistema o aplicativo de informaciones contables de  la  entidad  bancaria  cada una de las operaciones de desvío y apoderamiento de  dineros,  ya  sea  por su parte o de sus copartícipes, se vio en la necesidad y  concretó  la falsificación material de varios documentos privados, denominados  internamente  en  el  banco  como reportes de ventas, depósitos electrónicos y  planillas  de  correcciones que, a pesar de tener los vistos buenos y visaciones  del  control  interno  de  la  sucursal  referida,  sí contenían datos falsos,  cuando  menos,  respecto de los números de las cuentas supuestas a favor de las  cuales  se hacían fraudulentamente las correcciones y los abonos. Igualmente se  planteó  que,  para lograr sus cometidos, en el itinerario de los hechos WILMER  ANDRÉS,  en  sentir  de  sus  jefes,  tuvo  como factor importante una presunta  colaboración  intencional  de JORGE ARTURO IZQUIERDO ORDÓÑEZ, otro de los que  recibió  dineros  en  sus  cuentas,  que  regentaba  como operador del área de  sistemas  del Departamento Medios de Pagos, quien continuamente cometía errores  al  montar las cintas magnéticas en que se llevaba la información de los pagos  electrónicos  de  los  diferentes establecimientos comerciales, lo mismo que al  correr  los  programas  para  los  respectivos  procesos  contables,  lo  que se  constituyó   en   un   caldo   de   cultivo   idóneo   para   el   esquema  de  las       correcciones  manuales  y  de los desvíos de  dineros  que  se  hicieron  por  largo  tiempo,  hasta  cuando la señora LUCERO  CADENA,  Jefe  del  área  contable,  descubrió  unos abonos que, en principio,  corresponderían  a  un  establecimiento de comercio, hechos a una cuenta de una  persona  natural  que  resultó  ser  la señora madre del operador del área de  sistemas,  señora  Yolanda  Ordóñez,  dándose  inicio  a  una investigación  interna     del     banco     y     penal     que    nos    ocupa”.   

Por  razón  de  los  hechos  anteriores, la  Fiscalía  216  Seccional  de  Bogotá  abrió  la  correspondiente instrucción  penal,   en   cuyo   marco   vinculó,   mediante  indagatoria,  a  FREDY  ARQUÍMEDES  REYES MORA,   JORGE   ARTURO   IZQUIERDO,   Blanca  Isabel  Guerrero  y   Luz   Mireya   Cifuentes  y,  mediante  declaratoria  de  persona  ausente,  a  WILMER ANDRÉS  REYES   MORA   y   Yolanda  Ordóñez  Castro,  a  quienes  afectó  con medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin beneficio de excarcelación, por  los delitos de concierto para delinquir, estafa y falsedad.   

Clausurada la investigación, se calificó su  mérito  el  7  de  octubre  de  2002 con resolución de acusación en contra de  JORGE    ARTURO    IZQUIERDO   ORDÓÑEZ  por  los  mismos  delitos  que  sustentaron la medida asegurativa.  Igual   determinación  se  adoptó  el  9  de  octubre  siguiente  respecto  de  FREDY   ARQUÍMEDES   REYES   MORA,   Blanca   Isabel  Guerrero   y   Luz  Mireya  Cifuentes.  A  través  de  esta  última providencia,  también  se  revocó  el  cierre  de  la  investigación  seguida  en contra de  WILMER  ANDRÉS  REYES MORA y  Yolanda   Ordóñez,   en  consideración  a  que no se había resuelto su situación jurídica, por lo que  se dispuso la ruptura de la unidad procesal.   

Contra   las  resoluciones  de  acusación  reseñadas,  se  interpuso  recurso de apelación, el cual fue resuelto el 29 de  noviembre  de  2002  por  la  Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal de Bogotá  “en  el  sentido  de  revocar  la  acusación por el  delito  denominado concierto para delinquir recayendo la acusación en el delito  de  falsedad  en  documento  privado  en  concurso  homogéneo  y  sucesivo,  en  concurso,    a    su    vez,    con    el    delito   de   estafa”.   

Una vez remitida la actuación al despacho de  conocimiento,   el   sindicado  WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA, respecto de quien se había decretado la ruptura  de  la  unidad  procesal,  se  presentó  voluntariamente  ante  el  fiscal  que  proseguía  la  investigación  en su contra, manifestando someterse al trámite  de  sentencia  anticipada.   Durante  la diligencia programada con tal fin,  llevada  a  cabo  el  30  de  mayo de 2003, el mencionado aceptó cargos por los  delitos de falsedad en documento privado y estafa.   

La  fase  de  la  causa  le  correspondió  adelantarla  al Juzgado 53 Penal del Circuito, despacho que dispuso la práctica  de  las  audiencias  preliminar  y  de  juzgamiento.  En desarrollo de esta  última,  la  Fiscalía  varió  la calificación del delito de estafa por hurto  calificado  agravado,  lo  que  determinó  el  decreto  de  nulidad del acta de  sentencia  anticipada  suscrita por el procesado WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA  con el objeto de que se repitiera  ante  la  Fiscalía  contemplando  la nueva adecuación típica. El procesado en  mención,  durante  diligencia  de formulación de cargos que tuvo lugar el 8 de  septiembre   siguiente,   aceptó   su   responsabilidad   de   acuerdo  con  la  variación.   

          El  mismo  despacho  judicial  profirió sentencia conjunta el 17 de  septiembre  de  2002, esto es, abarcando el trámite ordinario y el de sentencia  anticipada  manifestando  cumplir  con  los  principios de economía y celeridad  procesal,  por  cuyo  medio  condenó  a WILMER ANDRÉS  REYES   MORA  a  la  pena  principal  de  setenta y cuatro (74) meses de prisión,  mientras   que  a  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ  y  FREDY  ARQUÍMEDES  REYES  MORA a ciento once (111) meses de prisión.  Así  mismo,  condenó a todos los mencionados a la pena accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso  de  la privativa de la  libertad  y  al  pago  de  perjuicios  materiales  en  forma  solidaria por suma  equivalente  a  dos  mil setecientos (2.700) salarios mínimos legales mensuales  vigentes,  por  encontrarlos  “coautores responsables  de  concurso homogéneo y sucesivo de hurtos calificados y agravados en concurso  heterogéneo  con  falsedades  materiales  en documentos privados”.   

A   través  de  la  misma  decisión,  el  a quo absolvió de los cargos  proferidos  en  la  resolución  de  acusación  a  las  procesadas Blanca   Isabel   Guerrero   y  Luz  Mireya  Cifuentes  Obando, al tiempo  que  negó  a  los  condenados  el  subrogado  penal de la condena de ejecución  condicional y la prisión domiciliaria.   

El  fallo  anterior  fue  modificado  por el  Tribunal  Superior  de Bogotá, mediante sentencia de fecha junio 15 de 2004, en  virtud  del  recurso  de  apelación  interpuesto por los defensores de los tres  condenados    en   primera   instancia   y   por   el   procesado   FREDY  ARQUÍMEDES  REYES  MORA, reduciendo  la   pena   de  prisión  impuesta  a  WILMER  ANDRÉS  REYES    MORA  a  cincuenta  y tres (53) meses y diez (10) días y a JORGE   ARTURO   IZQUIERDO   ORDÓÑEZ   y  FREDY  ARQUÍMEDES REYES MORA  a  ochenta  (80)  meses, “como coautores responsables  de  los  delitos  de hurto agravado y falsedad en documento privado este último  en  concurso  homogéneo  y  sucesivo”.   De la  misma  manera, aclaró “el numeral quinto de la parte  resolutiva  de  la  sentencia en el sentido de imponer como pena accesoria a los  procesados  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  y  no  la  interdicción,  por  el  mismo  término  de  la  sanción  principal”.   

Inconformes con la decisión del ad-quem,  los defensores de los procesados  WILMER    ANDRÉS   REYES  MORA,     JORGE   ARTURO   IZQUIERDO   ORDÓÑEZ   y  FREDY  ARQUÍMEDES REYES MORA  interpusieron  en  su  contra  recurso  extraordinario  de  casación,  el  cual  sustentaron  mediante demandas admitidas por la Sala el 25 de abril de 2005, por  lo  que  se  ordenó correr traslado al Ministerio Público para que rindiera el  concepto previsto en el artículo 213 de la Ley 600 de 2000.   

El  Procurador  Primero  Delegado  para  la  Casación   Penal,   emitió   concepto   a  través  del  cual  solicita  casar  parcialmente  el  fallo  impugnado.   Por  consiguiente,  procede la Sala a  adoptar la decisión de fondo que en derecho corresponda.   

LAS DEMANDAS  

         

A  través  del  libelo  presentado  por  el  defensor  de  FREDY ARQUÍMEDES REYES MORA  se  formulan  dos  cargos  contra  el  fallo  impugnado, ambos con  fundamento  en  la  causal tercera prevista en el artículo 207 de la Ley 600 de  2000,  por  considerar  que se dictó en un juicio viciado de nulidad.  Por  su    parte,    el   defensor   de   WILMER   ANDRÉS  REYES   MORA  esboza  un  solo  cargo,  con  sustento en la causal primera, cuerpo  primero,  de  la  misma  preceptiva, por violación directa de la ley sustancial  derivada   de   la   falta   de   aplicación  del  artículo  283  ibídem,  mientras que el representante de  FREDY ARQUÍMEDES REYES MORA,  propone  dos  cargos:  el primero, por la causal segunda y, el segundo, por  la  primera,  en virtud de la aplicación indebida del artículo 221 del Decreto  Ley 100 de 1980.   

Con  el  fin  de no incurrir en repeticiones  innecesarias,  la Sala metodológicamente comenzará por abordar los fundamentos  de  cada  uno  de  los  reparos  propuestos;  luego, sintetizará lo que el  Ministerio  Público conceptuó al respecto y, finalmente, expondrá su criterio  de fondo.   

Valga   acotar,   igualmente,   que   se  sintetizarán  en  forma  conjunta  los  dos  cargos  contenidos  en  la demanda  presentada  por  el  defensor de JORGE ARTURO IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  pues  si  bien invocan como presupuesto de  nulidad  causales  diversas,  habida  cuenta  a través de la primera censura se  postula  violación  del  derecho  de  defensa  y  en  la  segunda  se  alude al  desconocimiento  del  principio  de  investigación  integral,  lo cierto es que  ambas    propuestas    tienen    el    mismo    fundamento,   con   irrelevantes  diferencias.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Demanda  presentada  por el defensor del  procesado       JORGE      ARTURO      IZQUIERDO  ORDÓÑEZ:   

Cargos  primero  y  segundo  propuestos  con  fundamento  en  la  causal  tercera  del  artículo  207  de la Ley 600 de 2000,  nulidad  por  violación  del  derecho  de  defensa  y  por  desconocimiento del  principio de investigación integral:   

El  casacionista  sustenta los dos reproches  referidos   en   que   se  omitió  la  práctica  de  una  prueba  “pedida  y  ordenada,  fundamental  para  determinar  aspectos que  sirvieron       de      argumentos      para      la      condena”.   

Así, indica que el 7 de febrero de 2003, la  defensa   del   procesado   JORGE   ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,   dentro   del  término  previsto  en  el  artículo  400  del  estatuto  procesal  penal,  solicitó  la  práctica  de un  dictamen  pericial  con  el objeto de establecer si dicho procesado “desde  su  cargo  al interior de la entidad financiera participó  de  alguna  forma  en  los  procesos  mediante  los  cuales  se  realizaron  las  transacciones  que  supuestamente afectaron cuentas de depósitos electrónicos,  desviaron  recursos  a otras cuentas, y en la elaboración de los documentos que  sirvieron   de  soporte  de  dichas  transacciones,   relacionadas  con  el  dictamen  contable  que realizado por la Policía Nacional Dirección Central de  Policía    Judicial    Grupo   de   Extinción   de   Dominio   y   Lavado   de  Activos” (fol. 112 c. # 7).   

Luego,  señala  que  durante  la  audiencia  preparatoria  celebrada el 28 de febrero de 2003, el Juzgado accedió a decretar  la  prueba  solicitada  por el defensor de JORGE ARTURO  IZQUIERDO.   

Con dicha probanza, reitera el casacionista,  se  pretendía “demostrar técnica y científicamente  que  los  errores  generados  en  el  sistema que daban lugar a las correcciones  manuales  de  WILMER ANDRÉS REYES MORA, con las que alteraba la información en  planillas,  para  desviar  recursos a otras cuentas, no eran generados por JORGE  ARTURO  IZQUIERDO ORDÓÑEZ, sino que eran propios del sistema y consecuencia de  la  actividad  misma  de  todos  los  empleados del banco que laboraban en dicha  sección”.   

La  importancia  de  dicha  prueba,  agrega,  también  estaba  dada por el hecho de que, desde el inicio de las indagaciones,  a  través  del  informe  presentado  por María Odilia  Forero,  gerente  de  Servicio al Cliente del Lloyd´s  TSB  Bank  S.A., se mencionó que una de las titulares de las cuentas a donde se  habían   desviado  dineros  era  la  señora  Yolanda  Ordóñez     Castro,    madre    de    JORGE   IZQUIERDO.  En  consecuencia,  se  consideró  que este último “determinó una serie de  errores  en  el  sistema que permitían a WILMER ANDRÉS REYES MORA realizar los  desvíos  de  dinero  a  otras cuentas por su supuesta condición de operador de  sistemas”.   

Sobre ese punto, según el censor, da cuenta  el  aludido  informe  y  el testimonio de María Odilia  Forero,   vitales   para   el  juzgador  “en  aras  a  estimar  el  grado de participación de JORGE ARTURO  IZQUIERDO   ORDÓÑEZ”,   como  se  extrae  de  las  sentencias   de   segunda   instancia,  cuyos  apartes  que  estima  pertinentes  transcribe a continuación.   

Acto  seguido,  indica  el  libelista  que  IZQUIERDO   ORDÓÑEZ   expresó  en su defensa, durante sus diversas intervenciones procesales, que los  errores  del  sistema,  aprovechados por WILMER ANDRÉS  REYES  MORA  para  desviar  recursos  a otras cuentas,  “no  eran  generados por él sino producto de fallas  espontáneas  del  propio  sistema”.  Situación  que,  a su juicio, fue corroborada por este último, quien manifestó que aquél  “no   tuvo  ninguna  participación en las actividades contables que denuncia el  banco,  se  limitó  a  recepcionar  fondos,  él  recepcionaba  en  sus cuentas  personales  los  dineros que yo le enviaba, y desconoció los dineros enviados a  las                          demás                          cuentas”.                    

Precisa  que a pesar de haberse solicitado y  ordenado  la  prueba  pericial  con  el propósito señalado y de obrar también  petición  inicial  en el sentido de “hacer llegar al  expediente  los manuales de procedimientos y funciones del cargo de operador del  centro  de  cómputo,  NINGUNA  DE ESTAS DOS PRUEBAS se incorporó al proceso”  y  que  lo que se trajo fue un manual de operación de  medios  de  pago que “tiene que ver con las funciones  de  WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA, pero en absoluto nada que ver con las de JORGE  ARTURO IZQUIERDO ORDÓÑEZ”.   

En consideración a que no se practicaron las  pruebas  antes                                                                                                  mencionadas,   agrega   el   censor,  se  vulneró  el  derecho  a  presentar  y  controvertir  pruebas,  previsto  en  los  artículos  29  de  la  Constitución  Política    y    8    del    C.    de    P.    Penal,    porque    “fundamental   resultaba   para   los   intereses  de  su  defensa  establecer  sin  hesitación  alguna  si los errores del sistema que aprovechaba  este  último  eran  generados  dolosamente  por  aquél  o  producto de errores  propios   y   espontáneos   del   mismo   sistema”.   

          La    anterior    demostración   técnica,   añade,   “aunada  a las circunstancias que WILMER ANDRÉS REYES MORA había  iniciado  su  actividad de apropiación de dineros mediante este mismo mecanismo  con  tiempo  anterior a que JORGE ARTURO IZQUIERDO entrara a participar en ellos  por  insinuación  de aquél, hubiesen llevado a la indefectible conclusión que  esos  errores  del  sistema eran espontáneos, propios del mismo y no requerían  la  intervención que en grado superlativo ha destacado el juzgador de instancia  de IZQUIERDO ORDÓÑEZ”.   

Con  fundamento  en  los  mismos argumentos,  alude  en  el  segundo  reparo  que  también  se  desconoció  el  principio de  investigación   integral,   ya   que  tales  pruebas  eran  fundamentales  para  establecer  el  verdadero  alcance  de la intervención de su defendido, el dolo  con que actuó y, por ende, la tasación de la pena a imponer.   

Afirma  que tras realizar las operaciones de  rigor    para    definir   la   pena   de   IZQUIERDO  ORDÓÑEZ   “el  fallador  reveló  su  convicción de que los procesados actuaron de manera concertada, en  ejecución  de  un  plan,  con  distribución de funciones, en cuyo desarrollo a  IZQUIERDO  le  correspondió  generar  los errores en el sistema para que fueran  aprovechados   por   WILMER   ANDRÉS  REYES  MORA”.   

En seguida, sostiene que fue a partir de esa  certeza   que   el  sentenciador  cuantificó  la  pena  partiendo  de  mínimos  superiores  a  los  que hubiera aplicado de haberse demostrado que los hechos no  ocurrieron como fueron considerados en los fallos.   

Con  fundamento  en lo anterior, solicita en  los  dos  cargos casar la sentencia y declarar la nulidad de lo actuado a partir  de la diligencia de audiencia pública.   

A juicio del Procurador Primero Delegado para  la  Casación  Penal,  no asiste razón al libelista en ninguno de los reproches  para  afirmar  que  la  sentencia  impugnada  se dictó en un proceso viciado de  nulidad.   

Al  respecto,  comienza  por señalar que, a  diferencia  de  lo  que  indica  el  actor,  no  es  cierto  que  la pretensión  probatoria  de  la  defensa  durante  el desarrollo de la audiencia preparatoria  haya  constituido  una  adición sino un replanteamiento de su solicitud inicial  elevada el 7 de febrero de 2003.   

Al margen de lo anterior, señala que a pesar  de  que  ninguna  de las dos pruebas aludidas fue practicada durante el proceso,  ello  en  todo caso no configura violación al derecho de defensa del procesado,  por  cuanto  “lo que a través de ellas se pretendía  demostrar  carece  de relevancia frente a las conductas por las que se profirió  condena contra Izquierdo Ordóñez”.   

En  tal sentido, precisa que si la finalidad  de  las  referidas pruebas era demostrar la imposibilidad técnica y material en  que  estaba  el  procesado  para desde su cargo intervenir en la elaboración de  las  planillas,  realizar  ajustes  en  las  mismas, o modificar la información  contable,  una  tal  conducta en ningún momento le fue atribuida a JORGE  ARTURO  IZQUIERDO ORDÓÑEZ, sino al  coprocesado   WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA,  de  modo que “las pruebas en cuestión  carecían  de  conducencia,  factor que no justifica su práctica”.   

Sostiene,  además,  que  los sentenciadores  apoyaron  los  fallos  de  condena en múltiples pruebas, entre las cuales obran  las  declaraciones  de María Odilia Forero,  gerente  de  servicio al cliente, Lucero  Cadena  Agudelo,  jefe de procesos del departamento de  sistemas    y    Fabio   Acosta   Perilla,  jefe  de  seguridad  operativa  y  financiera  del banco, quienes  explicaron   los   diferentes   procedimientos   relativos   a   los  depósitos  electrónicos,  abonos en cuenta, verificación de tarjetas de crédito, etc., y  la  manera como se efectuaban las operaciones irregulares para desviar dineros a  cuentas distintas a las que estaban destinados.   

Dichos  declarantes,  según  el  Procurador  Delegado,  coinciden  en  señalar  que  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  utilizaba     su  cargo  de  operario  del  centro  de  cómputo del banco para  generar imprecisiones y  errores  en  el sistema, lo cual forzaba la revisión por parte del departamento  de  medios  de pago, situación que era aprovechada por su amigo y compañero de  fórmula     delictual    WILMER    ANDRÉS    REYES  MORA,   para   ajustar   las   planillas   y  desviar  inicialmente  dineros  a  las  cuentas de ambos y luego a las de otras personas,  con  el  conocimiento  y seguridad de que no serían detectados fácilmente, por  el retraso doloso de todas las operaciones contables.   

          Resultado  de  lo anterior, prosigue, se  afectaron  varias  cuentas bancarias, como las que recibían fondos por concepto  de  IVA  y  retención  en  la  fuente,  cuyo destino legal era la Dirección de  Impuestos  Nacionales (DIAN), así como diversos establecimientos de comercio en  cuyas  cuentas  no se hacían los depósitos electrónicos por transacciones con  tarjetas débito y crédito.   

Además,  indica  que  como  el  depósito  electrónico  es  un  mecanismo  financiero  que  sólo  opera  para las cuentas  corrientes,  en  tanto  sus  titulares  suscriben  un  contrato con las redes de  Credibanco  Visa,  Redeban  o  Master  Card,  dicho  requisito no lo cumplen las  cuentas  de  ahorro  a  las que finalmente llegaron los dineros desviados por la  organización delictiva.   

          Todo  lo  anterior,  colige, implicó el desarrollo de una actividad  ilícita  que  se  inició  en abril del año 2000 y se prolongó hasta abril de  2002,  en la que se desviaron dineros a cuentas corrientes y de ahorros a nombre  de  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,   WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA y Alexie  Ivano   Nougués  Rodríguez,  este  último  también  empleado  del  banco,  pero respecto de quien la Fiscalía dispuso la ruptura de  la   unidad   procesal.   También   intervino  FREDDY  ARQUÍMEDES   REYES   MORA,  hermano  de  WILMER   ANDRÉS,   quien   para   evitar  sospechas  lo  hizo  a  través  de su novia Luz Mireya  Cifuentes  Obando y de una compañera de trabajo en la  Fuerza   Aérea   de  nombre  Blanca  Isabel  Guerrero  Guerrero,  así  mismo  participó en la defraudación  Yolanda  Ordóñez  Castro,  madre  de IZQUIERDO ORDÓÑEZ,  para un total hurtado de $598.973.463.56.   

La  contundencia  de  las  pruebas de cargo,  puntualiza,  desvirtuó  la  exculpación  de IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  apoyada  en  lo  que  sostuvo WILMER    REYES,    de   modo   que   su  comportamiento   “unido a otros factores como el  hecho  de haber sido destinatario directo de gran parte de los dineros hurtados,  su   notoria   amistad   con   WILMER   ANDRÉS  REYES,  autor  directo  de  las  manipulaciones  en  las  planillas  y en los registros contables del banco, así  como  la  intervención  de  su  propia  madre (Yolanda Ordóñez Castro) a cuya  cuenta  bancaria,  en  el  término  de  dos meses aproximadamente, se desviaron  $91.704.062  de  pesos,  son factores que indican que su participación fue más  allá  que la de ser un colaborador accesorio, pues desarrolló una secuencia de  actos  tendientes  a  consumar  el  delito,  y  como  acertadamente lo afirma el  Tribunal,   constantemente   tuvo   el   dominio   del   hecho  con  los  demás  procesados”.   

Lo  anterior  le  permite  concluir  que  el  comportamiento  del  procesado no se encasilla en el de simple colaborador en la  ejecución  de  un  delito  ajeno, sino como coautor, cuya labor dentro del plan  criminal  era  la  de  consignar  datos  equivocados  y  generar  fallas  en  la  información  introducida  al  sistema,  de  modo  que  una vez se revisaban por  WILMER  ANDRÉS  REYES, éste  aprovechaba  tal  circunstancia para desviar los fondos.  De suerte que, en  contraste  con lo que sostiene el libelista, no se produjo lesión al derecho de  defensa      de      JORGE     ARTURO     IZQUIERDO  ORDÓÑEZ   al  no  haberse  practicado  las  citadas  pruebas,  toda vez que ellas orientaban a la demostración de un hecho que no le  fue imputado.   

          En  relación con la vulneración del debido proceso por infracción  del  principio de investigación integral planteada en el segundo cargo derivada  de  que  se  dejaron  de  practicar  pruebas que eventualmente demostrarían que  JORGE ARTURO IZQUIERDO actuó  como   cómplice,   pregona   que  “carece  de  todo  fundamento  y  justificación,  pues  se  pretende  reabrir  el  debate sobre un  aspecto  suficientemente  dilucidado  en  el  proceso,  lo  cual  contraría  la  naturaleza       de      la      impugnación      extraordinaria”.   

Acorde con lo expuesto, estima que los cargos  objeto de estudio no deben prosperar.   

Previo  a  resolver  de  fondo los reproches  contenidos  en  la demanda presentada por el defensor del procesado JORGE   ARTURO  IZQUIERDO,  para  la  Sala  importa  precisar que, de acuerdo con su pacífica jurisprudencia, en procura de  establecer  si  en  verdad  se  incurrió en violación del debido proceso y del  derecho   de  defensa  por  la  omisión  en  la  práctica  de  pruebas  o  por  desconocimiento   del   principio   de   investigación  integral  es  necesario  relacionar  las  pruebas  cuya práctica fue omitida, siendo preciso señalar su  fuente,  conducencia,  pertinencia  y utilidad, amén de su incidencia favorable  en  los  intereses  del  procesado  frente a las conclusiones del fallo, pues la  omisión  de  diligencias  inconducentes,  dilatorias, inútiles o superfluas no  constituye menoscabo del derecho a la defensa del incriminado.   

Además,  es  necesario  demostrar  que  las  pruebas  echadas  de menos, al ser cotejadas con el acervo probatorio, trastocan  las  conclusiones  de  los  falladores,  así  como  el sentido de la sentencia,  razón  por  la  cual  resulta  imprescindible  invalidar la actuación a fin de  allegarlas    y    contar    con    la    posibilidad    de    proceder   a   su  valoración.   

Desde  esa perspectiva, la Sala concluye que  los  cargos  objeto  de  estudio  son  improcedentes debido a que no gozan de la  entidad     suficiente    para    modificar    los    contenidos    del    fallo  impugnado.   

No obstante lo anterior, impera precisar, en  primer  término  que,  a  diferencia  de lo que señala el agente el Ministerio  Público,  las  pruebas  que  a  juicio  del  demandante se dejaron de practicar  vulnerando  los  postulados  del  debido  proceso  y  del derecho de defensa por  desconocimiento  del  deber de investigación integral, sí apuntan a desvirtuar  una  conducta  atribuida  al  procesado  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ  y no del coprocesado WILMER ANDRÉS REYES MORA.   

Durante  el devenir procesal, las diferentes  autoridades  judiciales  que  tuvieron la oportunidad de efectuar la imputación  fáctica  de  las  conductas  desplegadas  por los procesados, incluyendo, desde  luego,  a  los  sentenciadores de primero y segundo grado, precisaron que uno de  los   aportes   de   IZQUIERDO  ORDÓÑEZ  al  propósito  criminal convenido, derivó de que valiéndose del  cargo      que      desempeñaba      en      el     Banco     LLoyd’s  TSB  Bank  S.A.,  como operario del  centro   de   cómputo,   generaba  errores  en  el  sistema,  los  cuales  eran  aprovechados  por WILMER ANDRÉS REYES MORA,  quien mediante la elaboración de planillas espurias desviaba los  recursos  a cuentas previamente designadas, desde donde podían apropiarse, como  a la postre lo hicieron, de cuantiosos recursos.   

En   esa  dirección  fue  específica  la  Fiscalía  Delegada  ante  el Tribunal de Bogotá cuando mediante providencia de  fecha  noviembre  29  de 2002 resolvió el recurso de apelación interpuesto por  la   defensa   de   IZQUIERDO   ORDÓÑEZ  contra  la  resolución  de primera instancia por cuyo medio se lo  acusó  por  los  delitos  de  estafa, falsedad en documento privado y concierto  para delinquir, al señalar lo siguiente:   

“Dentro  del  proceso obran varias pruebas  que  comprometen su responsabilidad penal (se refiere a  IZQUIERDO             ORDÓÑEZ), a saber:   

Indicio  de  oportunidad:  era empleado  del  banco,  operador  del  centro  de cómputo.  Efectuaba las operaciones  relacionadas  con tarjetas de crédito y con medios de pago, vale decir, operaba  lo  concerniente  a  depósitos  electrónicos  y  además había laborado en el  área de medios de pago.   

Generaba  errores  operativos en el sistema  que   afectaba   (sic)  la  contabilidad  interna  del  banco  y cuentas de clientes, lo que entorpecía las  labores  de  control,  pero  además  y  sobre todo obligaba a que se efectuaron  correcciones  manuales en los depósitos electrónicos, modalidad que se empleó  para  justificar  la  elaboración  de planillas y lograr las autorizaciones que  permitía  (sic) el traslado  de    los   dineros   a   las   cuentas   de   ahorro   pluricitadas”.      (subrayas      fuera      de  texto).   

A    su    vez,    el    a-quo,  sobre   el   mismo   tópico   referido  a  la  tarea  desempeñada     por    el    procesado    IZQUIERDO  ORDÓÑEZ, indicó que:   

“Contrario  a lo planteado por una de las  defensas,    las    seguridades   electrónicas   se   vencieron,   partiendo  de  la  omisión  necesaria  de  JORGE  ARTURO IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  como  lo  señalaron  Lucero  Cadena y Maria Otilia Forero, quien al  echar  a  rodar,  tardía  o  defectuosamente  los  rollos de información   magnética  de  las  operaciones  electrónicas diarias de tarjetas de crédito,  propició  las  reclamaciones y la permanencia de procedimientos para revisiones  y  abonos  manuales, conductas que les interesaba en sus resultados para cumplir  con  parte  de  los  actos  que culminaron en el hurto de la millonaria cifra al  Hioides  Bank,  participando  del producto del mismo”  (subrayas fuera de texto).   

Por  su  parte,  el Tribunal, aun cuando no  compartió  la  aplicación de la circunstancia agravante del delito patrimonial  originada  en  la  superación  de  los  medios  electrónicos  prevista  en  el  artículo  351-2 del Decreto Ley 100 de 1980 que impuso su inferior jerárquico,  coincidió    en   que   uno   de   los   actos   atribuibles   a   IZQUIERDO  ORDÓÑEZ  dentro de la empresa  criminal  fue  el  referido.   Así  lo expuso en las consideraciones de su  decisión:   

         

“A   través  del  sistema  hábilmente  retardaron  varios  procedimientos  que  entorpecían  la  labor  normal  de las  operaciones   bancarias   y   al  a  efectuar  y/o  reprocesar  las  respectivas  conciliaciones   o   transferencias   según   fuera   el   caso,   por   los   malintencionados   errores  del  operador  del  sistema  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ  y  los múltiples reclamos de lo  clientes  a  quienes  no  se  les  había  efectuado  el  abono de fondos en sus  cuentas,  debían  elaborar  los  soportes que les permitieran efectuar cada uno  los  movimientos bancarios ilícitos, es decir que se les dio el uso exigido por  la  norma  que  por contener datos ajenos a la verdad, son falsos”.   

El  anterior  recuento  sirve  de base para  inferir  que no corresponde a la verdad la aseveración en la que principalmente  se   fundamenta  el  agente  del  Ministerio  Público  para  propugnar  por  la  improsperidad  de  las censuras, dado que el fin que justificaba la práctica de  los  medios  de  prueba  echados  de  menos,  según  el casacionista sí estaba  orientado  a  desvirtuar  un hecho imputado a IZQUIERDO  ORDÓÑEZ   y  no  a  WILMER  ANDRÉS REYES MORA.   

No  obstante  lo  anterior,  a  la  misma  conclusión  planteada por el Colaborador del Misterio Público se ha de llegar,  esto  es,  a la improsperidad de las censuras, sólo que por otras razones, como  a continuación se expondrá:   

Inicialmente, porque no se advierte omisión  deliberada  o  desidia en la práctica de las probanzas aludidas constitutiva de  vulneración   de   los   derechos   fundamentales  del  sindicado  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  bien por violación  del  debido  proceso  o  bien  del  derecho  de  defensa por desconocimiento del  principio   de   investigación   integral,   de   acuerdo  con  las  propuestas  contenidas    en  los  dos  reproches  que  concitan  la  atención  de  la  Sala.   

Para tal efecto, es preciso tener en cuenta,  como  acertadamente  lo  destacó  al  comienzo  de  su  concepto  el Procurador  Delegado,  que  no  es  cierto  que  el Juzgado 53 Penal del Circuito de Bogotá  hubiera  decretado en desarrollo de la audiencia pública la misma prueba que el  defensor  del  procesado  solicitó durante el término previsto en el artículo  400             de             la             Ley             600             de  2000.                      

Ciertamente,  durante  el término procesal  aludido,  mediante  memorial visible a folio 112 del cuaderno original No. 7, el  defensor  concretó su pretensión a la práctica de un dictamen pericial con el  objeto  de establecer si su defendido “desde su cargo  al  interior de la entidad financiera participó de alguna forma en los procesos  mediante  los cuales se realizaron las transacciones que supuestamente afectaron  cuentas  de  depósitos  electrónicos, desviaron recursos a otras cuentas, y en  la   elaboración   de  los  documentos  que  sirvieron  de  soporte  de  dichas  transacciones,  relacionadas  con el dictamen contable realizado por la Policía  Nacional  Dirección Central de Policía Judicial Grupo de Extinción de Dominio  y Lavado de Activos”   

En  desarrollo  de  la  audiencia pública,  específicamente   cuando   el  Juzgado  se  pronunció  sobre  dicha  petición  probatoria,  se  dejó  consignado,  de  manera  textual, lo siguiente (fol. 155  ibídem):   

“Pasando  al  tema de las pruebas pedidas  por  la  defensa  del  procesado  JORGE ARTURO IZQUIERDO, este hace el uso de la  palabra  y replantea lo solicitado en escrito de fecha  febrero  7  de  2003  y  dice  lo  siguiente:   se  solicite  a  la entidad  financiera  principal  ubicada  en  la  carrera  8  No. 15-46 sucursal principal  (sic) LLOYS BANK (sic),   para   que  se  haga  llegar  al  expediente  los manuales de procedimientos y funciones del cargo de operador des  centro  de  cómputo, tendiente a demostrar la imposibilidad técnica y material  que  tenía  el  señor  JORGE ARTURO IZQUIERDO ORDÓÑEZ, para intervenir en la  elaboración  o  manipulación  de planillas o ajustes o de ingresar o modificar  información   contable  o  movimientos  contables  de  su  cargo”.             

   

Significa  lo  anterior  que la defensa del  procesado      IZQUIERDO     ORDÓÑEZ,  tal  como  lo  manifestó  el  Juzgado  cuando resolvió sobre la  solicitud  probatoria elevada por este sujeto procesal, replanteó su pedimento,  esto  es, modificó sus términos, pues implícitamente renunció a la práctica  del  dictamen  y concentró exclusivamente su pretensión al allegamiento de los  manuales  de procedimiento internos para el cargo desempeñado por el mencionado  cuando  se  presentaron las ilicitudes, luego mal puede en este momento el mismo  sujeto  procesal  pregonar violación de garantías fundamentales derivada de la  omisión  en  la práctica de esta probanza, cuando renunció a su realización.   

Por eso mismo, cuando la autoridad judicial  decretó  la  práctica  de  la  prueba  en  comento,  se refirió a la concreta  solicitud  probatoria elevada durante la audiencia pública, que no a la primera  presentada  cuando  transcurría  el  término  previsto en el artículo 400 del  estatuto  procesal  penal,  al  entender  que el defensor había declinado de su  práctica,  conclusión  que  se  refuerza  por  el hecho de que no hubo ninguna  manifestación    de    inconformidad    por    parte    del    solicitante   al  respecto.   

Esa  misma  situación  explica,  según el  relato  previo, por qué los esfuerzos del funcionario se encaminaron, en cuanto  a  la  solicitud  probatoria  del defensor de IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  exclusivamente  a  la  obtención de tales  documentos  y  no  a  la  práctica  del  dictamen pericial referido, sin que se  observe  negligencia  o  desidia  de  su  parte como para de ahí estructurar la  violación  de garantías fundamentales que pregona el casacionista a través de  los dos cargos.   

Para  arribar  a  este  última deducción,  importa   tener  en  cuenta  que  el  juzgador  desplegó  todos  los  esfuerzos  necesarios  para  el  allegamiento  del documento, para lo cual envió el oficio  No.  361  del 26 de marzo de marzo, dirigido al coordinador de investigación de  la  entidad  bancaria  afectada,  a  través  del  cual  se exigió “remitir    debidamente    duplicado   MANUAL   DE   FUNCIONES   Y  PROCEDIMIENTOS  del  cargo  de  operador  del centro de cómputo” (fol. 225 c.o. no.7).   

Es  más,  en  vista  de  la tardanza en la  remisión  del  material  requerido,  se  ofició  por segunda vez reiterando la  solicitud,  a  través  de oficio No. 724 del 29 de abril siguiente (fol. 73 del  c.o. No.8).         

Se  llega a la misma conclusión relativa a  la  improsperidad  de  los  reproches,  porque  a  raíz  de  la insistencia del  funcionario   judicial  la  entidad  financiera  envió  el  documento  rotulado  “Manual  de  operación, medios de pago, Gerencia de  Tecnología  2001”,  el cual obra a partir del folio  156 del mismo cuaderno.   

Dicha  situación permite colegir que no se  edifica  la  vulneración de garantías que esboza el actor, básicamente porque  el  funcionario  desplegó  los esfuerzos necesarios para la  obtención de  la  prueba,  los  que se tradujeron en el envío de un documento relacionado con  la  solicitud.   Ahora,  si  éste carece de utilidad para las pretensiones  defensivas  o  si la entidad financiera remitió otro por error, situación que,  dicho   sea   de   paso,   prima  facie  es  de  difícil  determinación  dado  su  contenido extremadamente  técnico,   ello  no  configura  situación  que  comprometa  la  actividad  del  funcionario  judicial en detrimento del debido proceso o del derecho de defensa,  como  se  plantea  a  través  de los dos cargos que concitan la atención de la  Sala.   

Ahora  bien,  aun  cuando  lo  expuesto  en  precedencia  irrumpe  como  suficiente  para concluir en la improsperidad de las  censuras,  lo  cierto  es  que  aceptando  en gracia de discusión que le asiste  razón  al  libelista  al  señalar  que  el  funcionario  judicial  omitió  la  práctica  de  los aludidos medios de prueba, lo cierto es que ese hecho por sí  solo  no  tiene  la  entidad  de  modificar  el  sentido  del  fallo  impugnado.   

En primer lugar, porque el recurrente no fue  lo  necesariamente claro al precisar la trascendencia del yerro alegado frente a  los   contenidos   del  fallo.   Tal  situación  en  particular  se  torna  ostensible  en cuanto a la primera censura objeto de examen, cuando sostiene que  merced   a   las   pruebas   omitidas   se   hubiera   determinado  “un     grado     de    participación    menor”    de    IZQUIERDO    ORDÓÑEZ, pero sin señalar específicamente a cuál refiere.   

En el segundo reparo el casacionista muestra  mayor  concreción,  pues  en  un  pasaje aislado alude que la incidencia de las  pruebas    reseñadas    no    se    dio    en    términos    de   “establecer  la inocencia o no participación del sindicado en los  hechos,   sino   en  su  grado  de  participación  en  cuanto  constituyó  una  participación  de  mucha  menor  entidad  que  la  endilgada por el Juzgador de  primera  y  segunda  instancia  con  claras  repercusiones  en las consecuencias  punitivas  y  de graduación de la pena a imponer que hubiera resultado de mucho  meno  entidad  o  incluso  soportar  una  eventual  participación  a título de  cómplice  y  no de coautor, como lo viene sosteniendo la defensa”.   

No  obstante  lo  anterior,  más adelante,  dentro  de  la  misma censura, el censor destacó que la real incidencia de este  aspecto   se  produjo  respecto  del  grado  de  intensidad  del  dolo,  aspecto  totalmente diferente al anteriormente señalado.   

Esta  situación pone de manifiesto la poca  claridad  del  demandante  en  punto  de la trascendencia derivada de no haberse  practicado   las   pruebas  referidas,  situación  que  igual  confluye  en  la  improsperidad del reproche.   

En  segundo  orden,  porque los ataques son  intrascendentes  frente  al  contenido  de la decisión impugnada, cuando quiera  que  están  a orientados a desvirtuar tan sólo uno de los aspectos probatorios  sobre   los   cuales   descansa  la  atribución  de  responsabilidad  penal  de  JORGE    ARTURO    IZQUIERDO   ORDÓÑEZ,  esto es, la demostración concerniente a que desde su cargo en la  entidad   financiera   produjo   deliberadamente   errores  en  el  sistema  que  facilitaron el cometido delictivo.   

Sin embargo, el actor deja de lado tópicos  fundamentales  que llevaron a igual inferencia por parte de los juzgadores, como  el   que   a   cuentas   a   nombre   suyo  y  de  su  progenitora  Yolanda  Ordóñez  Castro llegaron dineros  provenientes  de la defraudación al Lloyd’s TSB Bank S.A., la aceptación de su  responsabilidad  durante  la  diligencia  de audiencia pública con el objeto de  librar  de  cualquier  compromiso  a  su  progenitora  y,  al  hecho  de que los  depósitos  en sus cuentas reflejaron un modus operandi  idéntico   a   los   empleados  por  el  coprocesado  FREDY     ARQUÍMEDES     REYES    MORA.   

De  ahí  que, como el ataque del censor se  circunscribe  a  cuestionar la participación de su defendido frente a uno sólo  de  los  aportes  que  se  le  atribuyen  dentro  de  la  empresa  criminal, los  cuestionamientos  contenidos  en  las  censuras  carecen  de  trascendencia para  derruir  el  fallo  impugnado, pues aun si se aceptara que le asiste razón, los  restantes   aspectos  incontrovertidos  mantienen  indemne  su  compromiso  como  coautor.   

Con   fundamento   en   lo  expuesto,  la  conclusión  a  la  que  razonablemente  se  llega en relación con las censuras  contenidas   en   la   demanda   presentada  por  el  defensor  de  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO ORDÓÑEZ es la de  su improsperidad.    

2.  Demanda  presentada por el defensor del  procesado WILMER ANDRÉS REYES MORA:   

Bajo  la  égida  de  la  causal primera de  casación,  cuerpo  primero, prevista en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000,  el  actor   aduce  que  la  sentencia  del  Tribunal  incurre en violación  directa  de   la  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación del art. 283  ibídem.   

En sustento de esa premisa, sostiene que el  Tribunal  “se  abstuvo  de aplicar la norma citada y  negó   la  rebaja  de  pena  en  ella  prevista  por  dos  razones:  1)   Porque a su juicio, a pesar de  que  el  sindicado  aceptó su participación en los hechos en calidad de autor,  procuró  desligar  a  un  copartícipe y no señaló la actividad individual de  los  demás  y  2)  Porque  confesó  ante  la abrumadora prueba existente en su  contra,    no    por    un   sincero   deseo   de   colaboración”.   

A  continuación,  indica  que  el  primer  fundamento  del  ad  quem  es  errado,  en tanto “la confesión es el reconocimiento  explícito  que  hace  quien  confiesa  de su propia participación (autoría en  este  caso)  en  el  hecho  punible, y allí se agota. No forma parte de ella la  atribución  a  otros  partícipes”,  de  suerte que  “confundió  el Tribunal esta institución con otras  relacionadas  con  los  beneficios  por  colaboración  eficaz  con la justicia,  instituciones   claramente  diferenciadas,  autónomas  sustancialmente,  en  el  procedimiento          con         consecuencias         diversas”.   

Dicha  situación,  a  su  modo  de  ver,  configura  interpretación  errónea  de  la  norma  sustancial,  por  cuanto el  fallador  niega  la  existencia  de  la  confesión  a  pesar  de  que  reconoce  explícitamente  que  el  sindicado  relató  el  modus  operandi de su actividad delictiva.    

Adicionalmente,      “son   también  erróneas  las  calificaciones  que  el  Tribunal  asigna,  confesión  parcial  o  confesión  calificada,  en ambos casos bajo la  consideración  según  la  cual aquel no colaboró señalando en concreto a los  demás  partícipes  y  la  labor  que  cada uno individualmente realizó.   Independientemente  de  que  tales  aseveraciones  coinciden con la realidad, lo  cierto  es que ello no responde a los concepto jurídicos de confesión parcial,  menos al de confesión calificada”.   

De  la  misma  forma,  considera  errado el  segundo  argumento  del  Tribunal.   En  primer  lugar, porque “desde  el punto de vista tanto normativo como político criminal,  de  la  confesión  no  forma  parte  el  ánimo o motivación con que se actúa  cuando  se  confiesa”,  pues para ello basta el mero  propósito  de  obtener  rebaja  de  pena, siempre que se cumplan los requisitos  legales  y,  en   segundo  orden,  porque  “una  supuesta  abundancia  de prueba incriminatoria anterior a la confesión, por sí  misma,  no  es  motivo  válido  para  negar la rebaja de pena, si aquella es el  fundamento  de  la  sentencia,  que es en realidad el requisito que debe cumplir  según  la  norma  sustancial,  o  contrario  sensum,  debe negarse,  si la  argüida  preexistencia  de pruebas objetivamente implica que el fallo se dictó  sin    que    la    confesión   hubiese   sido   su   fundamento”.   

          A  pesar de lo anterior, agrega, el Tribunal negó la rebaja de pena  por   la   confesión   de   WILMER   ANDRÉS   REYES  MORA,  no  por  la  utilidad  o inutilidad de la misma  frente  al  juicio  de  responsabilidad  o  como  fundamento  del fallo, sino en  consideración  a que, a su juicio, la motivación del mencionado no fue sincera  en   términos   de  ánimo  de  colaboración,  sino  utilitaria,  sin  negarle  credibilidad     en     cuanto     a     la    aceptación    de    la    propia  responsabilidad.   

Posteriormente,  transcribe  pasajes  de la  diligencia  de  indagatoria  rendida por WILMER ANDRÉS  el  28  de  abril  de  2003,  en  la  que  admite  su  responsabilidad  en  los  hechos,  así  como  del  fallo  anticipado de primera  instancia  en  el  que  se advierte que la confesión constituyó su fundamento,  máxime  cuando  es  evidente  que  para  el  momento  en que ella se produjo el  proceso  que  se  adelantaba “carecía en absoluto de  pruebas  sobre  las  conductas  investigadas … a la sazón separado del que se  adelantó  contra  los  demás  sindicados  por  la ruptura que se produjo de la  unidad procesal”.   

Lo  anterior,  prosigue,  a  pesar  de  la  afirmación   del   Tribunal   en   cuanto   a  la  existencia  de  “abrumadora  prueba  documental”, pues  lo  cierto  es  que  la  confesión  se  produjo  válidamente  y  es uno de los  principales fundamentos del fallo.   

Con  base  en  lo  expuesto, solicita casar  parcialmente  la  sentencia  impugnada  y  dictar la que deba reemplazarla, para  reconocer  a  su  defendido  la disminución de la pena en una sexta parte de la  que impuso el Tribunal.   

Para  el Ministerio Público, asiste razón  al  demandante  a partir de lo que esta Sala ha establecido sobre la procedencia  de  la  rebaja  de pena por confesión de acuerdo con el artículo 283 de la Ley  600 de 2000.   

En  ese  sentido,  indica  que cuando en el  presente  caso  el  Tribunal niega enfáticamente el reconocimiento de la rebaja  citada  con  sustento  en  que  si  bien WILMER ANDRÉS  REYES  MORA aceptó la responsabilidad en las conductas  punibles  imputadas,  siempre  procuró  desligar  de  toda  participación a su  compañero       JORGE      ARTURO      IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  en  concreto  no  señaló  a  los  demás  partícipes,  ni  la labor que cada uno individualmente realizó, calificando su  confesión  como  calificada,  así  como  por  el hecho de que su relato no fue  consecuencia  de  una loable sinceridad para con la administración de justicia,  sino  de  la  fuerza  de  las  evidencias  que  ya  obraban  en  el  expediente,  “en  modo  alguno  corresponden a los eventos que el  legislador  contempló para negar la rebaja punitiva por confesión, relativos a  la   captura   en  flagrancia  y  a  que  la  misma  no  sea  fundamento  de  la  sentencia”.   

Tal  razonamiento,  añade,  “desafía  la  regulación  legal de la figura, así como  la  interpretación  que  de  la  norma  ha  realizado  la  Corte  en el fallo antes  mencionado,   y   genera   exigencias   adicionales  inadmisibles  por  vía  de  interpretación judicial”.   

Se  suma  a lo anterior, el hecho de que se  verifica   la  utilidad  de  la  confesión,  pues  el  procesado,  “además  de  haber  confesado  su  participación  en la conducta  delictiva  en  su  primera intervención ante el funcionario investigador, en la  etapa    de    instrucción    se    acogió    al    mecanismo   de   sentencia  anticipada”.  De  suerte  que reforzó la confesión  inicial  con  su allanamiento a los cargos imputados, lo cual claramente permite  concluir    que    su    confesión    sirvió    de    fundamento    al   fallo  condenatorio.   

Con  mayor  firmeza  se  arriba  a  dicha  conclusión,  señala  el  Procurador  Delegado,  tras revisar las sentencias de  instancia,  en  las  que  se  admite que la materialidad de las ilicitudes tiene  soporte  en  la  confesión  de  WILMER  ANDRÉS REYES  MORA.   

Ese expreso reconocimiento de los jueces de  instancia  acerca  de  la  utilidad  de la confesión del procesado WILMER      ANDRÉS,      “en  la  demostración de la materialidad de las ilicitudes contra  el  patrimonio  económico  y  la fe pública, así como la satisfacción de los  demás   requisitos  para  conceder  la  rebaja  de  pena  en  cuestión,  y  la  improcedencia  de  los  criterios  adicionales  expuestos  por  el Tribunal para  negarla,  apoyado  en la ineficacia de la colaboración de dicho procesado en la  demostración   de   la   participación   de   otros  procesados”,  le  permite  “avalar la solicitud del  demandante  para  que la Corte case parcialmente el fallo impugnado, y reconozca  la  rebaja  de  la  sexta  parte de la pena impuesta al procesado WILMER ANDRÉS  REYES  MORA,  como lo establece el art. 283 de la Ley 600 de 2000”.   

A  juicio  de  la  Sala,  la  decisión que  razonablemente  corresponde adoptar en relación con la propuesta esbozada en el  cargo  que concita la atención, a diferencia de lo que sostiene el defensor del  procesado   WILMER   ANDRÉS  REYES  MORA  con  el  aval  del Procurador Delegado, es la de su improsperidad,  con    fundamento    en    los    planteamientos    que   a   continuación   se  exponen:   

El punto materia de discusión gira en torno  del  reconocimiento  del beneficio punitivo consagrado en el artículo 283 de la  Ley   600  de  2000,  por  tal  motivo  bien  está  comenzar  por  recordar  su  contenido:   

“Reducción  de pena. A quien, fuera de los  casos  de  flagrancia, durante su primera versión ante funcionario judicial que  conoce  de  la  actuación procesal confesare su autoría o participación en la  conducta  punible  que se investiga, en caso de condena, se le reducirá la pena  en  una  sexta  (1/6)  parte,  si  dicha  confesión  fuese  el fundamento de la  sentencia.”   

En  relación  con  la  concesión  de esta  gracia  punitiva,  la  jurisprudencia  de  la  Sala,  a  partir de la entrada en  vigencia  de  la Ley 600 de 2000, ha sido enfática en señalar que el análisis  del  último  de los requisitos allí exigidos, esto es, el de que la confesión  sea  el  fundamento  de  la  sentencia, radica en la utilidad que la misma pueda  prestar.   Un  tal  criterio  se  puede  condensar  en  la sentencia que se  transcribe  en  el  concepto  del  Ministerio  Público y que resulta pertinente  evocar:   

“Que  la confesión sea el fundamento de la  sentencia  no  significa,  como  a  veces se entiende, que constituya su soporte  probatorio  determinante.   Si  así  fuese,  la  norma  de  la  reducción  punitiva  sería  virtualmente  inaplicable  pues  si la ley impone verificar el  contenido  de  la  confesión (art. 281 CPP), es normal que al hacerlo se logren  otros   medios   de  prueba  con  la  aptitud  suficiente  para  fundamentar  el  fallo.   El  significado  de la exigencia legal está vinculado es, como lo  ha  señalado la Corte, a la utilidad de la confesión. Y si se considera que su  efecto  reductor  de  la pena se condiciona a que tenga ocurrencia en la primera  versión  y  en  casos  de  no  flagrancia, la lógica  indica  que  fundamenta la sentencia si facilita la investigación y es la causa  inmediata  o  mediata  de  las  demás evidencias sobre las cuales finalmente se  construye   la   sentencia   condenatoria”1.  (subrayas  fuera de texto).   

De ahí que, al margen de la discusión que  propone   el   casacionista   en   el  sentido  de  que  el  Tribunal  negó  el  reconocimiento  del  beneficio  punitivo  con fundamento en puntos que no están  contenidos  en  el  aludido  artículo 283, como el de que para tal efecto no es  preciso  auscultar  si  el  procesado  aceptó  los hechos guiado por un sincero  deseo  de colaboración o que en su relato no involucró a otros copartícipes o  el  mismo  carácter  simple  o calificado que ella revista, lo cierto es que es  que  en  este  particular  evento  sin  dificultad  alguna  se  advierte  que la  confesión  de  WILMER ANDRÉS REYES MORA no   prestó   suficiente  utilidad  para  la  construcción  de  la  sentencia.   

En  efecto,  pártase  de  admitir  que  la  versión   suministrada   por  REYES  MORA  durante  su  indagatoria  realizada el 28 de abril de 2003, cumple  con   los   requisitos  señalados  en  el  artículo  280  de  la  ibídem,  como  que  en verdad se llevó a  cabo  ante  funcionario  judicial  -en este caso ante el fiscal 175 de la Unidad  Tercera  de Delitos contra la Fe Pública y el Patrimonio Económico de Bogotá-  estuvo  asistido  por  un defensor, fue informado debidamente de sus derechos y,  en    forma   libre   y   consciente   aceptó   su   responsabilidad   en   los  hechos.   

Además,  es claro que esta confesión, con  miras  al  reconocimiento  de  la  reducción  punitiva  prevista en el referido  artículo  283  ibídem,  se  hizo  durante su primera versión ante funcionario judicial, cuando se presentó  voluntariamente  después  de  permanecer,  durante  un  lapso  considerable que  comprendió prácticamente toda la instrucción, en contumacia.   

Ahora bien, el casacionista y el Procurador  Delegado  abogan  por la concesión del beneficio dejando entrever que en contra  de  WILMER ANDRÉS REYES MORA  esta  confesión  fue  fundamental  para  el  fallo,  para  lo  cual  parten  de  aseveraciones  insulares  de las sentencias de instancia básicamente orientadas  a  señalar  que la materialidad de los ilícitos y la responsabilidad  del  procesado  se  ven  reforzadas  con  esta probanza, pero omiten considerar, como  también  se  plasma  en dichas providencias, que durante el lapso de tiempo que  el  procesado  permaneció  en  calidad  de  persona ausente se continuó con el  allegamiento  de  numerosas  pruebas demostrativas tanto de su compromiso en los  hechos,  como  de  la  forma  en  que  operó la defraudación en detrimento del  Lloyd’s Bank.   

La circunstancia de que se haya producido la  ruptura  de  la unidad procesal en relación con WILMER  ANDRÉS    y    Yolanda  Ordóñez  en virtud a que una vez decretado el cierre  de  la  investigación  respecto  de todos los procesados se advirtió que no se  había  resuelto  la  situación  jurídica  de los mencionados conduciendo a su  revocatoria  parcial  respecto  de  los  mencionados,  no  es,  ni  mucho menos,  indicativo  de  que  el  acervo  probatorio recaudado hasta ese momento, como lo  sugiere  el libelista, se haya fraccionado y que, por tanto, no hace parte de la  instrucción que se continúo en su contra.   

Tanto  ello  es  así que si se observa con  atención  se  encuentra  que el fundamento probatorio del fallo de primer grado  cuando   trata   el   tema  “de  la  responsabilidad  penal”,  incluye  a todos los procesados  y sólo   hasta   la   parte  final  de  este  acápite  advierte  que  “adicionalmente   a   lo  planteado,  la  sentencia  condenatoria  respecto del señor WILMER ANDRÉS REYES MORA tendrá como soporte  fundamental  la  diligencia  de aceptación de cargos por los delitos atribuidos  que      hiciera      ante      la      Fiscalía     instructora”.     

Por otro lado, no resulta consecuente con la  filosofía  premial  que  inspira  este  tipo  de beneficios el hecho de que una  persona  que  inicialmente  estuvo  en contumacia obtenga doble descuento por un  mismo  motivo,  cuando  opta  por  aparecer  una  vez advierte que su situación  procesal  se  complica,  mientras  que  otros  procesados, incluyendo su hermano  FREDY     ARQUÍMEDES     REYES    MORA,  tuvieron  que  sufrir,  desde  su inicio, los rigores del proceso penal.  En este orden de  ideas,  cumple  con  ese  cometido  el  descuento  punitivo previsto por haberse  acogido  a  sentencia  anticipada,  significativo,  por  demás,  si se tiene en  cuenta  que procedió durante la fase instructiva y que, por lo tanto, es de una  tercera parte.     

Resta  señalar,  en  cuanto  toca con esta  censura,  que  no  es  de  recibo el argumento del Procurador Delegado según el  cual  la  utilidad  de  la  confesión está dada por razón de que en este caso  WILMER  ANDRÉS se acogió a  sentencia  anticipada,  porque  ello  conduciría a la equivocada conclusión de  que  en  todos  los  eventos  en  que  el  procesado decide acogerse a sentencia  anticipada,  previa  admisión  de su responsabilidad ante funcionario judicial,  debe  automáticamente  otorgarse  el  beneficio,  lo que va en contravía de la  valoración  relativa a su utilidad a la que se ha venido haciendo referencia, e  incluso,  una  interpretación  así  puede  prestarse  para  maniobras  que  se  traducirían  en  injustos  reconocimientos  de gracias punitivas que darían al  traste con los fines para los cuales está prevista la pena.   

En consecuencia, para la Sala surge clara, a  diferencia  de  la  postura  del  casacionista  y  el  Procurador  Delegado,  la  improsperidad de la censura.   

3.  Demanda  presentada por el defensor del  procesado FREDDY ARQUÍMEDES REYES MORA:   

Primer cargo:  

Con  fundamento  en  la  causal  segunda de  casación  prevista   en  el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el censor  comienza  por  indicar  que “la sentencia no está en  consonancia    con    los    cargos    formulados    en    la   resolución   de  acusación”, porque el Tribunal aplicó la causal de  agravación  prevista en el numeral 1º del artículo 372 del Decreto Ley 100 de  1980   “y   como   consecuencia   incrementó   los  parámetros  mínimos  y  máximo  de  la pena que le impuso, sin que esa causal  haya    sido   imputada   en   la   resolución   de   acusación”.   

Acto  seguido,  cita  un  fragmento  de  la  sentencia  del  Tribunal  en el que se indica que si bien en la variación de la  calificación  no  se  hizo  alusión  expresa a la concurrencia de la agravante  señalada,  en  la  resolución acusatoria sí se aludió al monto de la elevada  cuantía de la infracción contra el patrimonio económico.   

Añade   que   el   Tribunal   reconoce  explícitamente  la inexistencia de imputación jurídica de la citada causal de  agravación  “mientras que la imputación fáctica la  considera  cumplida únicamente con alusiones al elevado monto de la infracción  contra el patrimonio”.   

No  obstante lo anterior, sostiene que como  dicha  causal  no  fue  incluida  en  las acusaciones, ni en la variación de la  calificación  jurídica  del  juicio, no podía deducirse en segunda instancia,  so  pena  de  desconocer  el  principio  de  congruencia de la acusación con la  sentencia    y   hacer   más   gravosa   la   situación   jurídica   de   los  procesados.   

          Con  soporte en lo expuesto, solicita de la Corte casar parcialmente  la   sentencia   impugnada,   mediante   fallo   de   sustitución  “en  el  que omita el incremento punitivo deducido por el Tribunal  con  base  en la causal de agravación prevista por el numeral 1° del artículo  372  del  Código Penal de 1980 y redosifique la pena impuesta, respetando en su  integridad     los    demás    criterios    contenidos    en    la    sentencia  recurrida”.   

El  Procurador  Delegado  considera  que le  asiste   razón   al   censor.   En  ese  sentido,  recuerda  que  mediante  providencia  del  9  de  octubre  de  2002 se formuló resolución de acusación  contra   FREDY   ARQUÍMEDES  REYES  MORA,   Blanca  Isabel  Guerrero  y    Luz   Mireya   Cifuentes,  como  coautores  responsables  de  los  delitos de concierto para  delinquir,  estafa  y  falsedad  en  documento privado, en concurso homogéneo y  sucesivo.   

Agrega  que el fiscal que intervino durante  la  audiencia  pública  propuso  la variación de la calificación respecto del  delito  contra  el  patrimonio  económico,  al  considerar  que  la imputación  fáctica  no  configura el delito de estafa sino hurto calificado agravado, esto  último    porque   WILMER  ANDRÉS REYES MORA aprovechó  la  confianza  en  él  depositada,  como  lo  expresa  el  numeral  segundo del  artículo 241.   

A  su  vez,  añade  que  el Tribunal en su  sentencia  indicó  que si bien la fiscalía “no hizo  alusión  expresa  a la concurrencia de la circunstancia de agravación punitiva  descrita  en  el  numeral  1º  del  artículo 267 del Código Penal, durante el  pliego  de  cargos,  se  hizo  alusión  al  monto  de la elevada cuantía de la  infracción       contra       el      patrimonio      económico”.   

A continuación, recuerda que de acuerdo con  la  jurisprudencia  reiterada  de  la  Corte  ninguna  circunstancia genérica o  específica  de  mayor  punibilidad  puede  ser  aplicada en la sentencia, si la  misma  no  ha  sido  imputada  de  manera  expresa  en  la  acusación,  pues se  conculcaría  la  congruencia  que  debe  existir  entre  esas dos providencias.   

En  el  presente caso, añade, “en  la  resolución  de  acusación  se  hizo alusión al elevado  monto  de  la infracción contra el patrimonio de la entidad financiera, pero no  aparece  una  inequívoca  imputación  jurídica  de  la  causal de agravación  contemplada  en el numeral 1º del art. 267 del Código Penal, de modo que pueda  afirmarse    que   no   existe   duda   acerca   de   su   imputación   en   la  acusación”.   

En virtud de lo anterior, estima que se debe  casar  parcialmente  el  fallo  impugnado  para  excluir  dicha  agravante de la  tasación de la pena impuesta.   

Con  el  fin de dar respuesta de fondo a la  propuesta  contenida  en el cargo objeto de análisis, avalada por el Procurador  Delegado,  para  la  Sala  oportuno se ofrece señalar que, tal como lo señalan  estos  sujetos procesales, es verdad que en las acusaciones de primera instancia  de  fechas  octubre  7  de  2002,  que  se  concretó  al procesado JORGE         ARTURO         IZQUIERDO         ORDÓÑEZ,  y  del  9  de  octubre    siguiente,    que   comprendió   a   los   implicados   FREDDY     ARQUÍMEDES    REYES    MORA,  Blanca  Isabel  Guerrero  y  Luz  Mireya  Cifuentes, no se  imputó  jurídicamente  la  circunstancia  de  agravación  relacionada  con la  cuantía  del  delito  patrimonial, prevista en el numeral primero del artículo  372  del Decreto Ley 100 de 1980 o idéntico numeral del artículo 267 de la Ley  599 de 2000.   

Así,  a  través de la primera resolución  citada,  la  Fiscalía  precisó  que  “se observa el  cumplimiento  de los requisitos señalados en el Art.  397 del C.P.P., para  proferir  resolución  de  acusación  en  contra  de Jorge Eduardo (sic)  Izquierdo Ordóñez, por los delitos  de  que  trata  el  Código  Penal  en  el Libro Segundo, Título XII, Capítulo  Primero,  Art.  340  de que trata el delito de concierto para delinquir, estafa,  contemplado  en  el mismo libro, Título VII, capítulo III, art. 246 y falsedad  en  documento  privado,  definido  y  sancionado  en  el Libro Segundo del C.P.,  Título  IX,  capítulo  III,  art. 289, en concurso heterogéneo”2.        

Por  su  parte, el mismo ente instructor, a  través  de  la  segunda  providencia  referida,  adujo  en  el  capítulo de la  “tipicidad”     que  “los  punibles  por  los  que  se  procede, trata el  Código  Penal en el Libro Segundo, título XII, capítulo primero, art. 340 que  trata   del concierto para delinquir.  Estafa, contemplado en el mismo  Libro  del  C.P.,  Título  VII, capítulo tercero.  Art. 246 y falsedad en  documento   privado,   Libro   Segundo  del   C.P.  Título  IX,  capítulo  tercero.   Art. 299, en concurso heterogéneo.  En cuanto al sindicado  FREDY  ARQUIMEDES  REYES  MORA, se ha de aumentar en la mitad por ser la persona  que   dirigió   y   encabezaba   el   concierto  para  delinquir”3.   

Estas  providencias  fueron  impugnadas por  algunos  sujetos  procesales,  motivo  por el cual la Fiscalía Delegada ante el  Tribunal  de  Bogotá  se  pronunció  el  29  de noviembre de 2002 “en  el  sentido de revocar la acusación por el delito denominado  concierto  para  delinquir  recayendo  la acusación en el delito de falsedad en  documento  privado en concurso homogéneo y sucesivo, en concurso, a su vez, con  el   delito  de  estafa”.   Es  decir  que,  en  relación  con  el  delito  contra  el  patrimonio  económico por el que fueron  acusados  los  mencionados,  no  se  incluyó  la  agravante  relacionada con la  cuantía del apoderamiento.   

A su vez, se tiene que durante la diligencia  de  audiencia  pública  la  Fiscalía propuso la variación de la calificación  jurídica  precisamente  del  delito  patrimonial,  la  cual se concretó en los  siguientes términos:   

“Como   sujeto  procesal  en  nombre  y  representación  de la Fiscalía General de la Nación concurro a esta audiencia  pública  con  el  objeto  de  presentar  formal  acusación  en contra de FREDY  ARQUÍMEDES   REYES  MORA,  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ,  Blanca  Isabel  Guerrero  Guerrero  y  Luz Mireya Cifuentes Obando, como COAUTORES del delito de  HURTO  CALIFICADO  de  acuerdo al numeral 4 del art. 240 del C.P. y AGRAVADO por  las  causales  contempladas en los numerales segundo y 10 del art. 241 del C.P.,  en  concurso con el delito de FALEDAD EN DOCUMENTO PRIVADO realizado en concurso  homogéneo  y  sucesivo,  reiterando  así  o  ratificando  la  variación de la  calificación  jurídica  provisional  contenida  en  el  pliego de cargos y que  realizara  en  la  oportunidad  procesal  el  fiscal de apoyo perteneciente a la  unidad  de  audiencias, con base en la facultad otorgada en el artículo 404 del  C.  de  P.P.”4.   

Significa  lo  expuesto  que, en principio,  asistiría  razón  al  casacionista y al colaborador del Ministerio Público al  reclamar  que  al  sindicado  FREDY  ARQUÍMEDES REYES  MORA  jurídicamente no se le imputó la circunstancia  de  agravación  atinente  a  la  cuantía, prevista en los artículos 372-1 del  Decreto  Ley  100  de 1980 o 267-1 de la Ley 599 de 2000, ni en las acusaciones,  cuando  se  calificó  la  conducta  como  estafa,  ni  en  la  variación de la  calificación  que  se surtió posteriormente durante la audiencia pública, que  la adecuó en el tipo penal de hurto calificado agravado.   

Se arriba a dicha conclusión porque en los  dos  fallos  de  instancia,  específicamente al individualizar la pena, se hace  alusión   en   forma   genérica   a   que  procedía  respecto  de  todos  los  procesados.   

Así,  en  la  sentencia de primer grado el  marco  jurídico  de  la  pena  se incrementó en una tercera parte “atendiendo  a  lo  normado  en  el  numeral  1  del artículo 267  ibídem”5,   mientras  que  en  la  de  segunda  instancia  se  precisó  que  “por   vía   del  principio  de  favorabilidad  se  aplicará  el  Código  Penal  de 1980 respecto del delito de hurto calificado y  agravado         (artículos         349,         351-2-10,         372-1)”           (subrayas   fuera  de  texto).    

No obstante lo anterior, lo cierto es que la  atribución  de  esa  causal  de  agravación  no  tuvo ninguna incidencia en la  determinación  de  la  pena,  motivo por el cual no resulta procedente casar el  fallo.   

En  tal  sentido, conviene precisar que, de  conformidad  con  el artículo 60 de la Ley 599 de 2000 o 61 del Decreto Ley 100  de  1980, una tal circunstancia tiene incidencia únicamente para establecer los  límites  mínimos  y  máximos  en  los que se ha de mover el sentenciador para  graduar   la   pena,   como   en   efecto   aquí   lo   hizo   el  a-quo.   

Sin embargo, ocurre que sobre el particular  ninguna  relevancia  tiene  la tasación elaborada por este último funcionario,  como  quiera  que el Tribunal redosificó nuevamente la pena en relación con el  delito  de hurto calificado agravado, considerado por ambos funcionarios como el  delito  más  grave  imputado,  en  cuanto  estimó  que  en  la ponderación se  desconoció   el   principio   de  favorabilidad  de  la  ley  penal  porque  el  a   quo   partió  de  las  sanciones  establecidas para esta conducta punible en la Ley 599 de 2000 y no de  las   previstas   en   el   Decreto   Ley   100  de  1980  que  resultaban  más  benignas.   

Es  decir  que,  a efecto de determinar los  alcances  concretos de la agravante en cuestión se debe tener en consideración  la   dosificación   del   Tribunal  y  no  la  del  a  quo,  en  la  medida  en  que el primero la rehizo por  encontrar la falencia anotada.   

Pero,  sucede  que  a  pesar  de  que  el  ad quem menciona la agravante  únicamente  en  la  parte transcrita con antelación, no la tuvo en cuenta para  individualizar  la  pena,  lo  que  surge  diáfano  del  aparte completo que la  contiene,   que   por   tal   razón   oportuno  se  ofrecer  reproducir  en  su  integridad:   

“El sub-exámine por vía del principio de  favorabilidad  se aplicará el Código Penal de 1980 respecto de delito de hurto  calificado  y agravado (artículos 349, 351-2-10, 372-1) por cuanto los extremos  punitivos  son  más  benignos frente a lo que establece la legislación actual,  quedando  el mínimo en dieciocho (18) meses y veinte  (20)  días  y  el  máximo en trece (13) años y seis (6) meses, o lo que es lo  mismo    ciento    sesenta   y   dos   (162)   meses   de   prisión”  (subrayas fuera de texto).                

Es   claro,  entonces,  que  el  Tribunal  incurrió  en  error que benefició a los procesados, pues si bien es verdad que  para  el caso concreto resultaba favorable aplicar los preceptos del Decreto Ley  100  de  1980,  en  cuanto  sancionan  el  delito  de hurto calificado con menor  drasticidad,  particularmente  porque consagra como mínimo de la pena a imponer  dos  (2)  años  de  prisión,  mientras que el nuevo estatuto consagra tres (3)  años,  no  lo  es  menos  que  resulta  inexplicable  que haya concluido que el  mínimo  del  marco punitivo correspondiente a este delito (el de mayor gravedad  de   los   concurrentes)   sea   de   dieciocho   (18)   meses   y  veinte  (20)  días.   

En efecto, si el mínimo de la pena previsto  en  la  legislación  favorable para el delito de hurto calificado es de dos (2)  años,  o  lo  que es lo mismo veinticuatro (24) meses, y a un tal guarismo debe  incrementarse  la  proporción  respectiva  por  virtud de las demás agravantes  señaladas  por  el  Tribunal, esto es, de una tercera parte según el artículo  351  del  Decreto  Ley  100  de  1980  y  en  otro  tanto por el multicitado 372  ibídem,  no  se  encuentra  razonable  que  se  haya  establecido  este  límite  inferior  en  la  cantidad  anunciada.   

Por  consiguiente,  no se remite a duda, se  reitera,  que  la  atribución  de  la  causal  no tuvo ninguna incidencia en la  individualización  definitiva  de la pena.  Por el contrario, se encuentra  que  los  procesados  se  vieron beneficiados con la dosificación del Tribunal,  situación  que  en  esta  sede  no  puede  sufrir  desmejora,  en  atención al  principio        de        la       prohibición       de       la       reforma  peyorativa.             

Lo  anterior  constituye  razón suficiente  para  colegir  la  improsperidad  del  cargo  que  concita  la  atención  de la  Sala.   

Segundo cargo:  

Al amparo de la causal primera de casación  del  artículo  207  de  la  Ley  600 de 2000, el actor señala que la sentencia  impugnada  incurre  en  violación  directa  de  la  ley  sustancial  por cuanto  “dio  aplicación  indebida  al art. 221 del Código  Penal  de  1980  (Artículo  289  del  vigente),  norma  sustancial que no está  llamada  a  regular  el  caso, por cuanto los hechos descritos y valorados en la  sentencia    son    atípicos    respecto    de    este    delito”.     

En  el  capítulo  siguiente,  que denomina  “demostración”,  manifiesta que  de  acuerdo  con  los  hechos  declarados  en  la  sentencia  y  a  pesar  de la  denominación  equivocada  de  falsedad material, “en  realidad      corresponde     al     concepto     conocido     como     falsedad  ideológica”.   

Ello,   añade,   porque   WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA adulteró los  documentos  privados  “en ejercicio de las funciones  del  empleo,  y  en  el  ámbito  de  su  desempeño,  consignó  datos  que  no  corresponden      a      la      realidad,     en     documentos     formalmente  auténticos”.   

De  ahí  que,  partiendo de la tesis de la  Corte  según la cual para que se configure la falsedad ideológica en documento  privado  se  requiere,  “además del valor probatorio  del  documento,  que  de  quien  la realiza sea predicable una obligación legal  directa  o  indirecta  pero específica de ser veraz de un lado, y de otro que a  través  aquel  se  cree,  modifique  o  extinga  una  relación  jurídica, con  afectación de terceros”.   

Sostiene que los dos últimos requisitos no  se  satisfacen.   En  cuanto  al  primero,  porque  su  defendido no tenía  obligación  legal  directa  de ser veraz al suscribir los documentos en los que  consignó  datos  falsos,  lo  que tampoco se puede derivar indirectamente de la  simple relación laboral privada que tenía con el banco.   

Respecto  del  segundo,  porque se trata de  documentos      exclusivamente      internos      del     Banco     “carentes   de   capacidad  de  crear,  modificar,  determinar  ni  extinguir   relaciones  jurídicas  entre  este  y  el  sindicado”,  o  de  “determinar  la  extinción  o  modificación  de  una  relación  jurídica  sustancial  con  perjuicio  de  un  tercero”,  habida cuenta que, en los términos de la  sentencia  atrás  mencionada,  “las planillas en las  que  se  consignaron  datos no correspondientes a la realidad, no son documentos  elaborados  ni  destinados a probar jurídicamente nada hacia fuera, ni siquiera  hacia  dentro  del Banco;  es un simple mecanismo de control interno que no  trasciende   a   la   fe   pública   ni   en   ellas   se   ha   depositado  fe  pública”.   

De  modo  que,  agrega, la consignación de  datos  falsos  se  constituyó  en  la  manera  como se produjo el apoderamiento  típico  del  hurto,  pero  no  configura  el  delito  de  falsedad en documento  privado,  ya  que ni el procesado tenía la obligación legal de ser veraz, ni a  través  de  los  documentos  en cuestión se creaban, modificaban o extinguían  relaciones jurídicas.   

En consecuencia, depreca casar parcialmente  el  fallo  impugnado  y, en su lugar, dictar sentencia de sustitución por medio  de  la  cual  se  revoque  el  fallo recurrido absolviendo a su defendido de los  delitos de falsedad en documento privado en concurso homogéneo.   

El  Procurador  Delegado  considera  que el  casacionista  carece  de  razón  en la propuesta contenida en esta censura, con  fundamento en los siguientes argumentos:   

Empieza  por señalar que la configuración  del   referido   delito  es  asunto  suficientemente  dilucidado  tanto  por  el  legislador,  a  través  de  los  Códigos  Penales  de 1980 y 2000, como por la  jurisprudencia,  en  el  sentido  de que se configura cuando el autor del delito  tiene  el  deber de decir la verdad y al no hacerlo vulnera el bien jurídico de  la  fe  pública,  de  modo  que  si  el  documento ideológicamente falso sólo  vincula  y  produce  efectos  entre particulares no lesiona la fe pública, pues  esta  responde  al  interés  de  la  generalidad  social,  pero si el documento  espurio  daña  o  pone  en peligro el habitual y normal entramado jurídico, se  convierte en delito.   

Recuerda  que  según  este  criterio de la  Corte  el  deber  de  decir  la  verdad  emerge  de  dos fuentes: la ley y de su  naturaleza,  pero  “más que todo, de la destinación  del  documento  privado”. Es decir que, apelando a un  doctrinante   nacional,   “en   aquellos  casos  no  contemplados  expresamente  por  la  ley  en  que el documento está destinado a  servir  de  prueba,  su  destinación  probatoria  es  un juicio objetivo que se  resuelve  por  la posibilidad de emplear el documento como prueba”.   

En  el presente caso, señala, el sindicado  WILMER  ANDRÉS REYES MORA, a  diferencia  de  lo  que  sostiene el libelista, sí tenía el deber jurídico de  consignar  la  verdad  en  las  planillas que registraban los movimientos de las  cuentas  bancarias  del  Lloyd’s  TSB  Bank,  pues  a pesar de ser documentos de  carácter  privado,  no  registraban  solamente asuntos internos del banco, sino  que  además  constituían  medios  de  prueba  de  las  operaciones bancarias y  financieras realizadas por los clientes de la entidad.   

Así pues, la alteración de los contenidos  de  las planillas repercutía de inmediato en los fondos de las cuentas, pues de  esa   manera  WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA  desviaba  los  dineros  a  sus cuentas personales y a las de otros  integrantes  de  la  organización  delictiva,  en  perjuicio del banco y de los  titulares   de   las   cuentas   a  las  que  debían  hacerse  los  respectivos  depósitos.   

         En  ese  orden  de  ideas,  estima  que  las  planillas  sí tenían  capacidad  para  crear,  modificar, determinar o extinguir relaciones jurídicas  de  los  diversos  clientes  del  banco,  al  punto que se ocasionó perjuicio a  múltiples   terceros   que  vieron  disminuidos  los  saldos  de  sus  cuentas,  configurándose  así  la  afectación  del bien jurídico de la fe pública, en  tanto  las  conductas punibles no solo afectaron al Banco Lloyd’s, sino también  a  sus  clientes,  al  generarse un efecto de desconfianza en los procedimientos  internos   del   banco,  situación  que  irradia  en  general  a  todo  sistema  financiero.   

De  modo  que  por  concurrir  todas  las  exigencias  que  ha  establecido  la  Corte para la configuración del delito de  falsedad   ideológica   en   documento   privado,   concluye  que  “el   reproche   deviene   infundado,   por   lo   que   se   debe  rechazar”.   

Previo a acometer el tema de fondo planteado  a   través   de  esta  censura  por  el  defensor  del  procesado  FREDY  ARQUÍMEDES  REYES  MORA,  la  Sala  estima  necesario  precisar  que  no es cierta su aseveración según la cual la  conducta   imputada se ha considerado erradamente como falsedad material en  documento  privado “cuando en realidad corresponde al  concepto       conocido       como      falsedad      ideológica”.   

En  ese  sentido,  desde  el  inicio  de la  actuación  procesal  se  ha  indicado que la falsedad documental se constituyó  por  múltiples  modalidades  que no sólo comprendieron la adulteración de las  planillas  que  servían de soporte a las transacciones con el objeto de desviar  los   dineros   hacia   cuentas  de  los  procesados  a  cargo  de  WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA,  sino que se  desarrollaron  otros procedimientos con el mismo propósito, tal como lo indicó  la  Fiscalía  Delegada  ante  el Tribunal de Bogotá mediante su providencia de  fecha  noviembre  29  de 2002, por cuyo medio resolvió el recurso de apelación  interpuesto   contra  las  resoluciones  de  acusación  proferidas  contra  los  procesados  JORGE  ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ, FREDY  ARQUÍMEDES   REYES   MORA,  Rosa  Isabel  Guerrero  y  Luz  Mireya Cifuentes Obando,  al señalar textualmente lo siguiente:      

“Una  de  las  modalidades empleadas para  efectuar  las  transacciones  fue  falsificando  los  depósitos  electrónicos,  destinado  a  la consignación de comprobantes de tarjeta de crédito, de manera  tal  que  documentalmente se acreditaba la consignación de determinada cantidad  de  dinero  producto  de  una  transacción  comercial  efectuada con tarjeta de  crédito,  cuando  la  persona  beneficiada jamás había suscrito el respectivo  convenio  con  el  banco y con las redes de Credibanco Visa o Master Card.   Todo   lo   anterior   exigía  la  falsificación  material,  por  creación  o  adulteración,    de    documentos    privados”6.       

También el Tribunal, en el fallo impugnado,  fue enfático al respecto, cuando advirtió que:   

“Una  de  las  modalidades  utilizadas se  ejecutó  adulterando    los depósitos electrónicos, destinados  a  la  consignación  de  comprobantes  de  tarjeta  de crédito y débito, pero  documentalmente  acreditaban  la consignación de determinada cantidad de dinero  a  beneficiarios  diferentes  (procesados)  que  no   habían  suscrito  el  respectivo  convenio  con  la  entidad bancaria y las redes de Credibanco Visa o  Master  Card,  actividades  que  inexorablemente  exigían la falsificación por  creación  o  adulteración  de  documentos de naturaleza privada”7.   

De lo anterior se desprende que la propuesta  casacional  cimentada  en  que  la  imputación  de  la  conducta de falsedad en  documento  privado  se  concretó  a  la consignación de datos inveraces en las  planillas  por  parte  de  WILMER  ANDRÉS  REYES MORA  y  que  un  tal  comportamiento  es  atípico,  está  despojada  de  la fuerza necesaria para alterar los contenidos del fallo, porque  deja  de  lado,  conforme  a  la  imputación  fáctica, otra de las modalidades  empleadas,  la  cual  indiscutiblemente  se  adecua  en la falsedad material por  creación  de  documentos,  circunstancia  que  de  suyo resulta suficiente para  preservar  la  condena  por  esa delincuencia atribuida en concurso homogéneo y  sucesivo.    

Pero,  aun  si  se  aceptara  que la única  modalidad  de  falsedad  imputada a los coautores consistió en la adulteración  de  las  planillas  internas  de  la  entidad  financiera,  en  todo  caso, como  acertadamente  lo  sostiene el Procurador Delegado, no cabe razón a su prédica  orientada a concluir que dicha conducta es atípica.     

Al  respecto,  comiéncese por señalar que  de   acuerdo  con  el  criterio  de la Sala, “La  falsedad  ideológica  en documentos se presenta cuando en un escrito genuino se  insertan  declaraciones  contrarias  a  la  verdad,  es  decir, cuando siendo el  documento  verdadero  en  su  forma y origen (auténtico), contiene afirmaciones  falsas  sobre la existencia histórica de un acto o un hecho, o sus modalidades,  bien  porque se los hace aparecer como verdaderos no habiendo ocurrido, o cuando  habiendo   acontecido   de   determinada   manera,   son   presentados   de  una  diferente”8.   

La estructuración de este delito presupone,  entonces,   como   también   lo   tiene   dicho  esta  Corporación9  y lo reitera  el  Procurador Delegado, la determinación de si al sujeto agente de la conducta  le  es  exigible  decir la verdad, para lo cual resulta indispensable establecer  si  la  ley,  como primera fuente, expresa o tácitamente asigna ese deber o si,  en  segundo  caso, por la naturaleza del documento se evidencia que “la  relación  que  representa trasciende la esfera interpersonal  de  quienes  le  dieron  entidad  legal con su firma, para modificar o extinguir  derechos  ajenos,  pues  cuando esto sucede, no solo se presenta menoscabo de la  confianza  general  que  el  documento  suscita  como  elemento  de prueba en el  ámbito  de  las relaciones sociales, y por consiguiente de la fe pública, sino  afectación  de  derechos  de  terceras personas, ajenas al mismo”10   

.       

Lo   expuesto   en  precedencia  ratifica  integralmente   las  conclusiones  del  Procurador  Delegado,  contrarias  a  la  opinión   expresada   por   el   casacionista,   pues   si   bien  WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA  no tenía el  deber  emanado  en forma tácita o expresa de la ley para decir la verdad en las  planillas  que  reflejaban  los movimientos de las cuentas bancarias del Lloyd’s  Bank,  es  evidente  que  esta  clase  de  documentos  no se limitan a consignar  asuntos  de  interés  interno  de  la  entidad financiera, sino que constituyen  verdaderos   medios  de  prueba  de  las  operaciones  bancarias  y  financieras  realizadas por los clientes de la entidad.   

Por consiguiente, se trata de documentos con  plena  capacidad  para crear, modificar o extinguir relaciones jurídicas de los  clientes  con  la  entidad.  Tanto es ello así que la adulteración de las  planillas  de corrección o reportes de ventas determinó el aumento de fondos a  favor  de  ilegítimos  destinatarios  y  el  correlativo perjuicio a múltiples  terceros titulares de las cuentas a donde debían depositarse.   

Queda claro, entonces, que la alteración de  tales  documentos  por  parte  de  WILMER ANDRÉS REYES  MORA,  atribuida a todos los coautores, trascendió la  órbita  interna  del  banco  para modificar derechos ajenos, lo cual produjo el  descrédito  de  ese  tipo  de  instrumentos  no sólo frente a los clientes del  banco  afectados,  sino  frente  a  la  colectividad  en  general,  esto  es, se  ocasionó  perturbación  a su versátil tráfico jurídico y, por ende, al bien  jurídico  de  la  Fe  Pública  que  se  protege  con  la consagración de esta  conducta.   

En  suma  las  razones  expuestas,  deviene  indudable la improsperidad de la censura.   

Casación     oficiosa:   

En  forma  reiterada  la  Sala  ha  venido  sosteniendo  que cuando la impugnación se ha promovido con intereses defensivos  y  se encuentra necesario redosificar la pena, el sentenciador debe respetar los  mismos  parámetros fijados por el inferior, lo que también se exige cuando ese  aspecto no es objeto de controversia a través del recurso.   

De   tal  imperativo  fue  consciente  el  ad      quem      al  consignar     que   en  la  redosificación  de  la  pena  procedería  “sin  desconocer  los  factores  de ponderación que  para el efecto citó el a quo”.   

No obstante tal manifestación, encuentra la  Sala  que  el  sentenciador  de  segundo grado desconoció la proporción que el  juzgador  de  primera  instancia  aplicó  por  razón del concurso de conductas  punibles,  toda  vez  que  mientras  éste  aumentó  en veintiún (21) meses de  prisión   los  noventa  (90)  correspondientes  al  delito  más  grave  (hurto  calificado  agravado),  lo que se traduce en una proporción del 23,3 %,, aquél  incrementó   veintiséis  (26)  meses  a  cincuenta  y  cuatro  (54),  para  un  porcentaje  del  48,1%,  lo cual erige menoscabo a la garantía aludida e impone  corrección a través de este fallo.   

La   proporción   reconocida   por   el  a  quo  del 23,3 % sobre los  cincuenta  y  cuatro  (54)  meses  arroja  un  quantum  de  doce  (12)  meses  y doce (12) días, para  un  total  de  pena  principal  a  imponer  a  los  procesados  FREDY    ARQUÍMEDES    REYES   MORA   y      JORGE     ARTURO     IZQUIERDO  ORDÓÑEZ  de  sesenta  y  seis (66) meses y doce (12)  días de prisión.   

En  relación con el procesado WILMER  ANDRÉS  REYES  MORA,  sobre esta  pena  se descontará una tercera parte, por razón de su acogimiento a sentencia  anticipada  durante  la fase instructiva, para un total  de  pena principal a imponer de cuarenta y cuatro (44) meses y veinte (20) días  de  prisión.          

Conviene  aclarar,  así mismo, que por los  mismos  términos  señalados se condena a los procesados a la pena accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas y que la  determinación  aquí  adoptada  no  afecta  lo  resuelto  por las instancias en  relación  con  la condena en perjuicios, ni con respecto a lo decidido en torno  al  subrogado penal de la condena de ejecución condicional y el sustituto de la  prisión domiciliaria.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1.            NO  CASAR  el  fallo  impugnado por razón de los cargos propuestos en las demandas presentadas  por  los defensores de los procesados FREDY ARQUÍMEDES  REYES  MORA,  WILMER  ANDRES  REYES  MORA y   JORGE   ARTURO   IZQUIERDO   ORDOÑEZ.   

2. CASAR OFICIOSA y  parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado  en  el  sentido  de reducir la pena  principal  a imponer a los procesados FREDY ARQUÍMEDES  REYES  MORA  y  JORGE ARTURO  IZQUIERDO  ORDÓÑEZ a sesenta y seis (66) meses y doce  (12)  días  de  prisión  y  a  WILMER  ANDRÉS REYES  MORA,  a  cuarenta  y  cuatro (44) meses y veinte (20)  días  de  prisión, dejando en claro que por los mismos términos señalados se  condena  a  los  procesados  a  la  pena  accesoria  de  inhabilitación para el  ejercicio  de derechos y funciones públicas y que esta determinación no afecta  lo  resuelto  por  las  instancias en relación con la condena en perjuicios, ni  con  respecto  a  lo  decidido  en  torno  al  subrogado  penal de la condena de  ejecución     condicional     y     el     sustituto     de     la     prisión  domiciliaria.          

         3.        En lo demás, el fallo impugnado se mantiene incólume.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese   y   cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                          ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN            

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                               JORGE       LUIS      QUINTERO  MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                               JULIO       ENRIQUE      SOCHA  SALAMANCA     

Impedido  

MAURO           SOLARTE  PORTILLA              JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

1Sentencia    de    fecha    abril    10    de   2003,   Radicación  11960.   

2 Fol.  168 del c.o. No. 4.   

3 Fol.  183 ibídem.   

4 Fol.  116 del c.o. No. 9.   

5 Pág.  24 del fallo de primera instancia.   

6 Fol.  18 del c. de la Fiscalía de segunda instancia.    

7 Pág.  47 del fallo de segunda instancia.   

8  Sentencia de fecha noviembre 29 de 2000, rad. 13231.   

9  Ibídem y sentencia de fecha marzo 16 de 2005, rad. 22407.   

10  Sentencia de fecha noviembre 29 de 2000, rad. 13231.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *