22407(16-03-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22407  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 017  

Bogotá, D. C., dieciséis (16) de marzo del  dos mil cinco (2005).   

VISTOS  

Con  la sentencia del 28 de agosto del 2002,  el  Juzgado  1°  Penal del Circuito de San Gil absolvió al señor Jairo  Castillo  Ortiz  de  los cargos que  mediante  resolución  del 31 de julio del 2000 la fiscalía le había formulado  como  autor  del  delito de  falsedad    en   documento   privado   y  cómplice del  de     peculado    por    apropiación.   

El  juez  de 1ª instancia entendió, de una  parte,  que  la  falsedad ideológica de particular en  documento  privado  no  se  hallaba  tipificada  en el  Código  Penal  de  1980 y, del otro, que respecto de la imputación relacionada  con  el  delito  contra  la  administración  pública,  el  procesado no había  actuado dolosamente.   

El  Ministerio Público apeló el fallo, con  la  solicitud  exclusiva  de  que  fuese  condenado por el atentado contra la fe  pública.   

El 23 de enero del 2004, el Tribunal Superior  de  esa  ciudad  revocó  la  providencia.  En  su  lugar, declaró al procesado  penalmente  responsable  de  la  falsedad,  tras  plasmar  su  criterio  en el sentido de que la modalidad de  falso  mencionada  sí  se encontraba definida en la ley como delictiva, y luego  de    afirmar    que    el    procesado   había   obrado   con   intención   y  voluntad.   

Le   impuso  un  año  de  prisión  y  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas y le  concedió la condena condicional.   

El   nuevo   apoderado   de   Castillo  Ortiz  acudió a la casación discrecional.   

El 8 de julio del 2004, la Corte inadmitió la demanda presentada respecto  del  cargo  principal,  sustentado  en  la nulidad por violación del derecho de  defensa;  y  la  admitió con  relación  al reproche subsidiario, formulado a título de violación directa de  la ley sustancial.   

La  Sala  resuelve de fondo sobre el último  reparo  indicado, una vez recibido el concepto de la Señora Procuradora Primera  Delegada en lo Penal.   

HECHOS  

En el año de 1997, la Corporación Solidaria  para  la Salud Subsidiada E. S. S. “SALUDDAR A. R. S.”, del municipio de San  Gil,    le   compró   al   señor   Jairo   Castillo  Ortiz,  propietario  del  almacén “Electrohogar”,  una  nevera  avaluada  en $ 1.875.000, que debía ser entregada al señor Plinio  Enrique  Ordóñez,  ex  alcalde  de  El  Socorro, como regalo de bodas. Ante la  petición  que  le  formularon  la  gerente  y  la  contadora de esa entidad, el  vendedor  anotó  en  la  correspondiente  factura,  la número 0492, del 1° de  septiembre  de  ese  año, que la compra cuyo pago reclamaba correspondía a 150  planchas eléctricas. Recibió, entonces, el valor de la venta.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

Adelantada la correspondiente investigación,  el   31   de   julio   del   2000  se  acusó  al  procesado  como  autor  del  delito  de  falsedad  en documento privado y  cómplice  del de peculado, en la modalidad de apropiación a favor de terceros.   

Luego  fueron  proferidas  las  sentencias  indicadas.   

LA DEMANDA  

El  defensor, con fundamento en la necesidad  del   desarrollo  de  la  jurisprudencia,  afirma  que  considera  importante  que  la  Corte  puntualice su  posición  sobre  la falsedad ideológica en documento privado, porque el único  antecedente  lo  constituye  la sentencia del 29 de noviembre del 2000, radicado  13.231,  aprobada  apenas  por  una  mayoría de cinco votos y con disidencia de  tres magistrados.   

La insularidad de la providencia, la levedad  de  esa  mayoría,  la  apreciable  renovación  de  la Sala en sus dos terceras  partes  desde  entonces  hasta  ahora, y la solidez de los argumentos expresados  por  quienes  se  apartaron  de  la  decisión  mayoritaria,  aconsejan el nuevo  pronunciamiento  de la Corte Suprema de Justicia sobre punto tan discutible como  el  de la tipicidad de una conducta que pudiese implicar falsedad ideológica en  documento privado.   

Agrega  que en todo caso, aun si se mantiene  la  tesis  predominante, es necesario el desarrollo jurisprudencial que delimite  las  particularidades,  especificaciones  y  connotaciones de la conducta, sobre  todo  si  es  posible  tener  como delegatario de la función certificadora a un  honesto  comerciante  que  para  salvar  su derecho al precio de la cosa vendida  acepta  la  presión  del comprador que lo obliga a cambiar la denominación del  bien.   

El  cargo  correspondiente  lo  presenta  al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  primero, por violación  directa  de  la  ley  sustancial,  que  se deriva de la aplicación indebida del  artículo  289  de  la  Ley 599 del 2000, idéntico al artículo 221 del Código  Penal de 1980, norma ésta que regía para la fecha de los hechos.   

En     desarrollo     del    reproche,  señala:   

Uno.  El Tribunal  concluyó  que como el epígrafe de la norma citada no indica si se refiere a la  falsedad  material  en documento privado o a la ideológica, debe entenderse que  alude  a las dos porque cuando el legislador no distingue no le es dable hacerlo  al intérprete.   

El mismo entendimiento obtiene del análisis  del  verbo  rector,  porque falsificar significa faltar a la verdad alterando el  contenido   legítimo   de  un  documento  o  insertando  en  él  declaraciones  contrarias a la verdad.   

Dos.   En   la  sentencia  de  la  Sala  de  Casación  Penal  que  le  sirvió  de  soporte  al  Ad  quem, se afirma que los  particulares  tienen  el  deber  de  veracidad  cuando expresa o tácitamente lo  impone  la  ley  y se cumplen otras condiciones como la capacidad probatoria del  documento,  su utilización con fines jurídicos y la extinción o modificación  de   una   relación   jurídica   sustancial   con  perjuicio  de  un  tercero,  estableciendo  tres  exigencias  para  que la falsedad ideológica de particular  pueda tener realización típica.   

Después  de  analizar las razones en que se  sustentó  el  fallo  de la Corte y las expuestas en el salvamento de voto, opta  el  casacionista  por  acoger  las  últimas  para  solicitar  que  se varíe la  jurisprudencia sobre el tema.   

Tres.  Anota, sin  embargo,  que  si  la Sala persiste en su tesis, debe entrar a considerar que el  deber  de  veracidad  exigible  a  los particulares no se predica respecto de un  comerciante  que  extiende  una  factura  por  elementos  distintos a los que en  realidad  vendió, pues no realizaba oficio ni pertenecía a grupo, asociación,  colegiatura  o  gremio  que debiese dar fe con carácter probatorio de hechos de  los   cuales   hubiera   tenido   conocimiento  en  ejercicio  de  su  actividad  profesional,   como  los  médicos,  revisores  fiscales  o  administradores  de  sociedades,  personas  a las que se refiere la sentencia que sirvió de apoyo el  Tribunal.   

Añade  que el procesado tampoco actuó como  delegatario  estatal  de una facultad certificadora de la verdad y que la ley no  le  impone  el  deber  de  veracidad,  como  se  expresa en el mismo fallo de la  Corte.   

Cuatro. Finalmente,  después   de   referirse   in   extenso  a  la  doctrina  nacional  y  extranjera  que  rechaza la falsedad  ideológica  en  documento  privado,  el  demandante solicita casar la sentencia  impugnada y, en su lugar, proferir otra de carácter absolutorio.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

Recomendó casar la sentencia, con fundamento  en lo que sigue:   

Es admisible la tipificación de la falsedad  ideológica,  pero  con una aplicación restringida, en cuanto la ley imponga al  particular  el deber de decir la verdad, eventos estos en los cuales no se puede  exigir  que  se  cause un daño concreto, porque la materia de protección es el  sentimiento colectivo de confianza en los documentos.   

En el caso analizado, el procesado no estaba  obligado  a  certificar,  y,  además,  fue  presionado  por  las  compradoras y  compelido  a  consignar  una  mentira  para salvar el derecho al pago de la cosa  realmente vendida.   

Si la ley no le impone al particular la carga  de  decir  la  verdad,  las  faltas parciales a ésta han de ser solucionadas de  conformidad  con  la  legislación  civil: se debe estar a la intención probada  más  que  a  lo  literal de las palabras (artículo 1618 del Código Civil). Es  decir,  la  consecuencia  de  tal  acto  se  miraría  a  la  luz   de  esa  normatividad, del Código de Comercio o del Estatuto Tributario.   

En  el  caso concreto, el Tribunal demostró  que  legalmente  el  acusado  vendió  una  nevera  y  cuando  exigió el precio  pactado,  las  compradoras  lo presionaron para que mudara ese dato –nevera- por uno mentiroso –planchas-.   

Su  deber  era cumplir las normas de derecho  privado,  que  no  lo  obligaban  a  decir  la verdad y la ley penal no lo puede  sancionar  cuando  el  negocio,  en  su  inicio,  lo  realizó  de  buena  fe, y  esencialmente  cumplió  lo  pactado.  La mentira relatada no se hizo valer para  reflejar  una  transacción  ficticia,  pues  vendió  y cobró por una nevera y  quienes  utilizaron  el  documento  mentiroso  (lo  introdujeron  en el tráfico  jurídico)  fueron  las  compradoras que con la factura pretendieron encubrir el  peculado cometido.   

CONSIDERACIONES  

La  Sala  no  casará  la  sentencia por las  siguientes razones:   

Primera       parte.   

El tipo objetivo de falsedad ideológica en  documento privado.   

La   falsedad  ideológica   en  documento  privado  sí  se  hallaba  tipificada  en el Código Penal que regía para los días en que fue cometida la  conducta,  es  decir,  el de 1980. Y en la actual legislación punitiva también  se encuentra erigida como punible.   

He  aquí  los  argumentos  que sustentan la  afirmación:   

1. El artículo 221 del Decreto 100 de 1980,  definía de esta manera tal comportamiento:   

“Falsedad  en  documento   privado.  El  que  falsifique  documento  privado  que  pueda  servir de prueba, incurrirá, si lo usa, en prisión de uno  (1) a seis (6) años.”   

El  Código  de  hoy,  la  Ley 599 del 2000,  repite la fórmula en su artículo 289.   

Como es bien conocido, las principales formas  de  falsedad documentaria son  la  material, por creación  integral  del documento o por alteración de uno ya existente; y la ideológica,         histórica       o      intelectual,  por  incorporación  en  el  documento  de  datos  que  no corresponden a la verdad, por ejemplo, en general,  cuando  se  falta a la verdad en la narración de los hechos que son plasmados o  vertidos en el objeto material.   

Si esas son especies de falsedad relacionadas  con     los    documentos,    es    claro    que    cuando    el    rótulo        o       rúbrica    del   artículo   alude   a  “Falsedad  en  documento  privado”,  incluye  las dos especies. Por el mismo  motivo,  se llega a idéntica conclusión frente al contenido de la norma: “El  que falsifique documento privado que pueda servir de prueba…”.   

De la guía de la disposición, entonces, de  su           nombre           –rótulo        o       rúbrica-,   se   desprende  que  si  la  falsedad  en documentos puede ser material  e  ideológica,  la  denominación  del  artículo  cobija  las  dos modalidades; y a lo mismo se  arriba al leer su contenido.   

Aquí  simplemente  se acude al artículo 29  del Código Civil, de acuerdo con el cual,   

“Las palabras técnicas de toda ciencia o  arte,  se tomarán en el sentido que les den los que profesan la misma ciencia o  arte;   a   menos   que   aparezca  claramente  que  se  ha  tomado  en  sentido  diverso”.   

Sea el derecho ciencia, arte o disciplina, es  absolutamente  evidente  que  sus  cultores,  todos,  por ejemplo comentaristas,  tratadistas,  fiscales, jueces, catedráticos, etc., coinciden, desde muchísimo  tiempo   atrás,   y   ecuménicamente,   en   que  la  falsedad  en  documentos  esencialmente  reviste las formas material  e  ideológica.  Sobre esto, no hay incertidumbre alguna.   

Con base en la norma civil citada es fácil,  así,  afirmar que cuando el artículo 221 del Código Penal mencionado apunta a  la  “falsedad”,  comprende  las dos clases, sencillamente porque así lo han  entendido  a  través  de  los  tiempos  “quienes  profesan la misma ciencia o  arte”.   

Y  agréguese,  para  seguir  la  ruta  del  artículo  29  del  Código Civil transcrito: en ninguna parte del artículo 221  del   Código  Penal  aparece  claramente   que  la  palabra  falsedad  se  ha  tomado  en  sentido  diverso  al  siempre  utilizado, como  también     emana    del    capítulo    correspondiente    a    la    falsedad  documental.   

Y  esto, desde luego, era bien recordado por  los  integrantes  de  la  Comisión Asesora que fue encargada de confeccionar el  proyecto  de  Código Penal que finalmente fue el estatuto punitivo de 1980. Por  eso  el  Comité,  representado  por  su  Presidente,  cuando  hizo la Relación  Explicativa que acompañó al articulado, expresamente afirmó:   

“La  elaboración  de  un  código es una  tarea   difícil   en   extremo,   altamente   técnica   y   especializada.  Su  entendimiento,  interpretación  y  aplicación  corresponde  también  como  es  obvio,  a  los  técnicos,  a  los  expertos  en la materia. La crítica no solo  aceptable,  sino  necesaria, debe ser responsable. Los expertos, los que carecen  de   conocimientos   especializados   no   pueden  entender  porque  carecen  de  formación”.   

“Cada  ciencia  o técnica crea su propia  terminología   especializada,   casi   siempre  por  fuera  de  los  dogmas  de  gramáticos  y comentaristas frívolos y superficiales. Lo mismo la electrónica  que la física cuántica. También el derecho”.   

“Los   conceptos   y  la  terminología  utilizados  en  este Código son los que se vienen manejando por los tratadistas  de Derecho Penal de todo el mundo desde hace un siglo”.   

Letra  de  la ley, pensamiento del asesor, e  idea  del  legislador,  convergían,  entonces,  al  mismo punto. No se trataba,  pues,  de  olvido,  de confusión, de descomposición de lo discutido en el seno  de  la  comisión,  ni  de  equívocos atribuibles a quienes intervinieron en la  preparación  del  proyecto.  Todo lo contrario: los expertos miembros del grupo  utilizaron  el lenguaje propio de la ciencia jurídica, el siempre usado por los  estudiosos de la materia.   

2.  Uno  de los más clásicos principios   generales   del  derecho  se  enuncia   así:  Ubi  lex  non  distinguit,  nec  nos  distinguere  debemus. Esa frase ha sido traducida como  que  “Cuando  la  ley  no distingue, tampoco nos incumbe distinguir”. Y otra  máxima  tan  sempiterna como la recordada, va de la mano de ésta: Ubi  lex  voluit dixit, ubi noluit tacuit,  que  significa  que  “Cuando  la  ley  lo  quiere,  lo  dice. Si no lo quiere,  calla”.   

La  conclusión  es  nítida:  cuando  el  legislador  en  el  artículo  221  del  Código  Penal  se  refiere a “El que  falsifique  documento  privado  que pueda servir de prueba…”, se abstiene de  diferenciar   entre   falsedad  material   y   falsedad  ideológica,  y,  por  tanto,  abraza  las  dos  hipótesis.  Y  con  la  misma  directriz:  si  el legislador hubiera querido establecer diferencias, lo habría  dicho,  o sea, no habría callado; y como no quería distinguir, calló sobre la  diversificación.   

Esta inferencia tiene soporte: el artículo  230  de la Constitución Política ordena al juez que se someta al imperio de la  ley,  y  a renglón seguido le dice que los principios  generales  del  derecho, entre otros fenómenos, ayudan  la  actividad judicial. Y, si hubiera perplejidad, es claro que el artículo 8º  de  la  Ley  153  de  1887,  acompañado  de  la  luz  impartida  por  la  Corte  Constitucional   en   decisión   del   1º   de   marzo  de  1995  –sentencia  C-083, M. P. Carlos Gaviria  Díaz-, ya había trazado esa ruta:   

“Cuando no hay ley exactamente aplicable  al  caso  controvertido,  se  aplicarán las leyes que regulen casos ó materias  semejantes,  y  en  su  defecto,  la  doctrina constitucional y las reglas          generales         de         derecho”.   

3. El Capítulo III del Título VI del Libro  II  del Código Penal de 1980 se ocupaba de la “Falsedad en documentos” y en  general   el   articulado   diversificaba   con   bastante   casuismo.     Hablaba,     por    ejemplo,    de    falsedad    material de empleado oficial en documento  público       (artículo       218);       de       falsedad       ideológica   en   documento   público  (artículo  219);  de  falsedad  material  de  particular  en  documento  público (artículo 220); de uso de  documento   público  falso  (artículo  222);  de  destrucción,  supresión  y  ocultamiento  de  documento  público  (artículo  223); de las mismas conductas  respecto  de  documento  privado  (artículo  224);  y  luego  de las falsedades  personales    (artículos   226/7)   y   de   la   falsedad   veraz   (artículo  228).   

La   simple  percepción  de  los  varios  enunciados   le   enseña  al  lector  que  el  legislador  quiso  determinar  y  singularizar  con exactitud los varios comportamientos punibles, salvo frente al  documento  privado,  cuyas  modalidades  tradicionales  condensó  en una única  norma, el artículo 221.   

Es  lo  que  emana  de  la  mirada  global,  general, de las disposiciones.   

Esta deducción también goza de soporte. Es  el artículo 30.1. del Código Civil:   

“El  contexto  de  la  ley servirá para  ilustrar  el  sentido  de cada una de sus partes, de manera que haya entre todas  ellas la debida correspondencia y armonía”.   

Y esto también obedece al obrar totalmente  consciente  de  quienes  pensaron  el  proyecto  pues en la mencionada Relación  Explicativa quedó plasmado esto:   

“En  los tipos  básicos  se utilizó el verbo rector ´falsificar´,  en  vez  de  la  casuística, peligrosa y compleja enumeración del art. 231 del  Código        vigente,        y        se       clarificaron       técnicamente  las  diversas  conductas  punibles:  falsedad  material  de  empleado  oficial  en  documento público…;  falsedad   ideológica   en   documentos   públicos…;  falsedad  material  de  particular   en   documento   público;  falsedad  en  documento  privado…;  uso  de  documentos públicos  falsos;  falsedad  por  destrucción,  supresión  y  ocultamiento  de documento  privado…;  falsedad  personal  para  la  obtención  de documento…; falsedad  personal…,   y   falsedad   para   obtener  prueba  de  hecho  verdadero…”  (resalta la Corte).   

De aquí surgen, así, más evidencias de la  aseveración  que  hace la Sala: coinciden de nuevo Comité Asesor, legislador y  gramática  de  la  ley. Por lo demás, es indiscutible que el artículo 221 del  Código  Penal  de 1980 era un tipo básico.   

Nótese  que  la  Relación Explicativa, es  decir,  lo que hizo y quiso afirmar el Asesor, precedía al articulado; y que el  artículo  pertinente  del  proyecto tenía el mismo nombre y el mismo contenido  de  lo  que explicaba la Comisión Asesora: falsedad en  documento privado.   

4.    Aparte   los   antecedentes   que  tangencialmente  acaban  de  ser  recordados,  la  historia  reciente, el pasado  inmediato  de las normas citadas, concretamente lo consagrado en las Actas de la  Comisión Asesora de 1979, lleva a la misma conclusión. En efecto:   

4.1. Sometido  a  consideración  el  artículo  295 del proyecto de 1978  (proyecto  “final”),  que  definía  la  falsedad  ideológica  en documento  privado   diciendo   que   incurría   en   ella   quien   estando  obligado  a  decir  la verdad consignaba en  esa  clase de documento manifestaciones contrarias a ella que pudieran servir de  prueba,  o  la  callaba  total  o  parcialmente,  el  comisionado Estrada Vélez  expresó:   

Ese  artículo  se  refiere  a  la falsedad  ideológica  en  documento  privado.  ”En  realidad  resulta  difícil  concebir  la falsedad ideológica en documento privado porque  si  está  obligado  a  decir  la verdad es   porque  ese  documento  privado  se  convirtió  en  documento  público  en  razón  de  que  pasó  por  cualquier  motivo  el  ámbito  de la  administración   pública   y  de  las  funciones  del  empleado  oficial.  Por  consiguiente,  propongo  no  tener  en cuenta este artículo…”. (resalta la Sala).   

El  Secretario  de  la Comisión, entonces,  dejó  constancia  de  que  se  aprobaba por unanimidad “no tener en cuenta el  artículo 295 del proyecto final”.   

Bien  fijada  la  atención,  a pesar de lo  difícil  que  era  apreciar  la  falsedad  ideológica en documento privado, el  reparo  se  hizo  a  la sustancia del artículo no porque jamás pudiera existir  esa  forma  de  falsedad,  sino  porque  tal  como  aparecía  redactado, con la  fórmula    de    la    obligación   de   decir   la  verdad,  se  tornaba  en  documento  público.  Y  la  precisión  es necesaria: el comisionado Estrada no pidió abolir la posibilidad  de  esa  clase  de  falsedad,  sino  “no  tener  en  cuenta este artículo”,  por  la  causa  mencionada, y  eso  fue  lo  aprobado unánimemente: “no tener en cuenta el artículo 295 del  proyecto  final”.  Así surge del Acta No. 20, de la sesión del 23 de mayo de  1979.   

4.2.  En  el Acta No. 21, sesión del 31 de  mayo  de  1979,  aparece  un  articulado  sobre falsedad en general y dentro del  mismo  se  menciona  en  el  artículo  269 la falsedad  material   en   documento  privado    y   no   se   observa   la   falsedad      ideológica  en  documento privado. Leído el texto de  esas     disposiciones     proyectadas,     “la     Comisión     estuvo    de  acuerdo”.   

4.3.  En  el  Acta No. 23 (sesión del 6 de  junio    de    1979),    se    halla    la    misma   definición   –artículo  269-  pero  se le agrega un  inciso:  “En  la misma pena incurrirá, si lo usa, el que elabore en todo o en  parte, documento privado falso”.   

4.4. El mismo día, en la misma sesión, el  comisionado Estrada Vélez expuso lo siguiente:   

“Quiero  expresar  mi  inconformidad por  haberse   hecho  revisión  de  artículos  aprobados  en  sesiones  anteriores.  Recuerdo  a  los  señores comisionados el acuerdo aprobado por todos de que las  revisiones  sobre  articulado  aprobado,  correcciones  o sugerencias del mismo,  solo  se  harán  después  de  haber  aprobado el texto total del nuevo Código  Penal.  Precisamente,  en  sesiones  que  dedicaremos a la corrección total del  estatuto.  Para  ese  momento  me reservaré la opinión sobre lo acordado en la  presente   sesión  en  materia  de  los  artículos  265,  267  y  269”.  (destaca la Corte).   

Al   final   de  la  reunión,  el  mismo  comisionado  pidió  leer  el  articulado  aprobado en la sesión, se hizo, y se  repitió  el  artículo  269,  tal  como  fue  citado  en  los  numerales  4.2 y  4.3.   

4.5.  De  allí  en  adelante, de las Actas  posteriores  conocidas,  hasta  la No. 32, correspondiente a la sesión del día  16 de octubre de 1979, nada más se percibe sobre el tema.   

4.6.   Posteriormente   fue   publicado  “oficialmente”  el  texto del Código Penal, con la Relación Explicativa. Y  tanto   en   esta,   como   en   aquel,   ya   no   se   habla  de  falsedad        material    en   documento   privado,   sino   de  falsedad     en    documento    privado,   es   decir,  fue  suprimida  la  referencia  a  la  falsedad material.   

La explicación concreta de la modificación  final  no  se conoce por Actas. Pero si se recuerda la secuencia que aquí se ha  resumido  de  los  debates sobre el punto y, en particular, la constancia dejada  por  el  comisionado  Estrada  Vélez  en  cuanto  culminado  el  proyecto en su  totalidad,  sería revisado, corregido y se harían sugerencias, con seriedad se  puede  concluir  que  justamente  luego  de  terminada  la tarea encomendada, al  proyecto  se  hizo  el análisis global recordado a los miembros de la Comisión  por  su  Presidente. Y allí nació la necesidad de variar la denominación y la  esencia  de  la  norma.  Los Asesores del Gobierno, así, quisieron ubicar en un  mismo  rubro,  falsedad, las  dos   formas:   material  e  ideológica. Esto lo indica  igualmente  el  sentido  común:  si se venía hablando de falsedad material  y  la referencia a material   desapareció,   se   hizo  la  variación     para    incluir    la    otra    modalidad,    la    ideológica.    Pensar   lo   contrario  carecería  de  sentido  y  conduciría  al  absurdo:  quitar  una  parte de una  fórmula para dejarla como estaba antes.   

Pero   tal   vez   hay   algo   de  mayor  trascendencia:  la  Ley  5ª  de  1979  otorgó  facultades  extraordinarias  al  Presidente  de  la  República para que expidiera y pusiera en vigencia un nuevo  código  penal,  y  para  tal efecto integró la Comisión Asesora que creaba el  artículo  2º  de  esa  ley.  El  legislador,  pues,  era  el  Ejecutivo, no la  Comisión  Asesora.  Y según la Relación Explicativa de ésta, recuérdese, el  artículo 221 quedaba así:   

“Falsedad  en  documento   privado.  El  que  falsifique  documento  privado  que  pueda  servir de prueba, incurrirá, si lo usa, en prisión de uno  (1) a seis (6) años”.   

Esa   propuesta   de   su   Asesor,  fue  plenamente  acogida  por el  Gobierno,  es  decir,  por  el  legislador.    Por    tanto,    ese    fue    el   anhelo   del   legislador.   

Y  si  se  admitiera  niebla o sombra en la  letra   de  ley,  valdría  hacer  nuevamente  remembranza  del  Código  Civil,  específicamente del inciso 2º de su artículo 27:   

“Pero bien se puede, para interpretar una  expresión  oscura  de  la  ley,    recurrir    a    su   intención  o  espíritu,  claramente    manifestados    en    ella    misma    o    en   la   historia     fidedigna     de     su    establecimiento” (negrillas de la Sala).   

5. Reciente la vigencia del Código Penal de  1980,  la  Corte Suprema de Justicia comenzó y siguió pronunciándose sobre el  tema  y  concluyó  que  la  falsedad  ideológica en  documento  privado  sí  era conducta tipificada en la  ley   penal   como   delictiva.  Por  ejemplo,  entre  varias  providencias,  ha  dicho:   

5.1.  En materia de falsedad ideológica en  documento privado,   

“El  particular  al  extender documentos  privados  está  obligado  a ser veraz, fundamentalmente cuando el derecho de un  tercero  es  susceptible  de sufrir menoscabo; si el documento privado, falso en  sus  atestaciones,  tiene como finalidad producir actos jurídicos y se pretende  hacerlo  valer  como prueba, estructura delito de falsedad cuando de acuerdo con  su  clase  y  naturaleza, formalmente, reúne las condiciones que le son propias  según  la  ley  y,  en  todo  caso,  cuando  el comportamiento se acomoda a las  exigencias del correspondiente tipo penal”.   

“Lo  anterior  puede afirmarse porque el  tráfico  jurídico,  entendido como la circulación de documentos dentro de una  organización  social  con  el  objeto  de concretar las transacciones civiles y  comerciales  realizables  a  través  de  ese  medio, sufre perjuicio con graves  consecuencias    para    su    conservación    y   credibilidad.   Se  reitera,  en  consecuencia, que los particulares cuando cometen  falsedad  ideológica  en documento privado, violan con esa conducta el interés  jurídico  tutelado  por  el  artículo  221  del  Código Penal”.   (se  resalta,  ahora).  (Sentencia  de  casación del 18 de abril de 1985, M. P. Fabio Calderón Botero).   

5.2.  Mediante sentencia del 23 de abril de  1985,   en   sede   de   casación,   y   a   propósito  de  unas  facturas   falsas,   la  Corte  explicó:   

“El  artículo  221  del  Código  Penal  sanciona  a  la  persona  que  falsifica  documento  privado que pueda servir de  prueba  y  lo  usa;  es este un tipo penal compuesto de dos actos positivos o de  acción,  el  primero  de  los  cuales  consiste  en  la  alteración material o  ideológica  de  un  documento  privado  apto  para  demostrar jurídicamente su  propio  contenido  (alteración  objetiva  del  texto  original  y  auténtico o  confección  de  uno  que  no  corresponde  a  lo acordado por las partes), y el  segundo  que apunta a su utilización es decir, a su penetración en el tráfico  jurídico    de    acuerdo   con   su   naturaleza   y   destino.   Como  quiera  que  el  tipo que describe la falsedad documental del  artículo  221  del  C.  P.  no  distingue  entre  las modalidades ideológica y  material  y puesto que una y otra son naturalísticamente posibles, en cuanto se  puede  alterar  físicamente  el  contenido  de  un  documento privado con valor  probatorio,  lo mismo que consignar en él hechos que no corresponde a la verdad  para  demostrar  lo  que realmente no ocurrió, ha de concluirse que en tal tipo  penal  pueden  subsumirse  tanto la especie de falsedad documental material como  aquella  de  carácter ideológico, siempre que en uno  y  otro  casos  el  actor haga uso del documento así falsificado” (destaca la Sala) (M. P. Alfonso Reyes Echandía).   

5.3.  El  29 de noviembre del 2000 tomó la  decisión  de  que tanto se habla dentro del proceso. En ella, esencialmente, la  Sala  precisó  que  por historia de la normatividad, la falsedad ideológica en  documento  privado  sí  se  encontraba  tipificada  en  la  ley, así ocurriera  esporádicamente;  que  era  punible  cuando  el  particular tuviera el deber de  veracidad,  impuesto expresa  o   tácitamente;  que  lo  fundamental  frente a este último evento era la dirección de la voluntad hacia  la   lesión  del  bien  jurídico;  que  falsificar  un  documento  incluye  el  comportamiento  consistente  en hacer aparecer como verdaderos hechos que no han  sucedido  o  presentar  de  una  determinada  manera hechos acontecidos en forma  distinta,  es  decir,  el fenómeno conocido como falsedad ideológica; y que el  artículo  221  del  Código  Penal de 1980 comprende tanto la falsedad material  como  la  ideológica,  sin perjuicio, obviamente, de la operancia del principio  según  el  cual  el  deber  de  decir la verdad exigible a los particulares sea  excepcional (M. P. Fernando Arboleda Ripoll).   

De esta plural muestra jurisprudencial queda  claro  que  según  los  detenidos  análisis realizados por la Corte Suprema de  Justicia,  desde  el  comienzo  de  la vigencia del Código Penal de 1980, hasta  nuestros  días,  la  falsedad  ideológica en documento privado sí es conducta  típica.   

6.  Importante doctrina nacional, la citada  por   la   defensa   –los  profesores  Arenas Salazar, Corredor Pardo y Gómez Méndez- considera que en el  estatuto  estudiado  la  falsedad ideológica en documento privado no se hallaba  tipificada.  Para  contrarrestar  sus  palabras,  basta  señalar los argumentos  anteriores,  especialmente  el  que tiene que ver con la postura reiterada de la  Corte  Suprema de Justicia. Pero otra doctrina trascendente afirma lo contrario.  Por ejemplo:   

6.1.  El profesor Luis Enrique Romero Soto,  cuyo  criterio  es  bastante autorizado pues que aparte de haber dedicado muchos  años  al  estudio  concreto  del  delito  de  falsedad  documental  integró la  Comisión  que  preparó  el  Anteproyecto  de Código Penal de 1974, escribe lo  siguiente:   

“Esta  norma,  al  no  especificar en el  epígrafe  si  se  refiere  únicamente  a  la  falsedad  material,  como venía  haciendo  en  redacciones  anteriores,  o  solo  a  la ideológica, debe     entenderse    que    las    comprende    ambas”.   

“A  la  misma conclusión lleva el verbo  rector      que      contiene      pues      la      expresión     ‘falsifique’       abarca       tanto la una como la otra forma de falsedad”.   

“Puede  entonces  decirse que en nuestro  ordenamiento  penal  sustancial,  al  lado  de la falsedad material en documento  privado,      es      también     punible     la  ideológica…”.   

“A  lo  largo  de esta obra se ha venido  subrayando  la  posición  doctrinaria  según  la  cual los documentos privados  merecen  una  relativa  credibilidad  por  cuanto  los  particulares solo están  obligados  de modo excepcional a decir la verdad en sus escritos al contrario de  los  funcionarios  públicos  que  deben  decirla  en  todos  los documentos que  elaboran.  De  ahí por qué consignar en un documento privado una falsedad solo  es  punible  en  determinados  casos,  o sea cuando la ley obliga a su autor, de  modo expreso o tácito, a decir la verdad”.   

“Generalmente   esa   obligación   la  establece  la  ley respecto a aquellos documentos privados que están destinados  a  servir de prueba” (resalta la Corte) (La  falsedad  documental. Cali, Carvajal,  3ª edición, 1982, página 298).   

6.2. El doctor Humberto Barrera Domínguez,  también  tratadista  que  ocupó  mucho  tiempo  a  la investigación del falso  documental,  luego  de  transcribir  las  discusiones sucedidas en el seno de la  Comisión  Redactora  de 1974 entre los doctores Luis Enrique Romero Soto, Jorge  Enrique  Gutiérrez  Anzola  y  Alfonso  Reyes Echandía, quienes propusieron un  artículo  específico  que  consagrara  la  falsedad  ideológica para aquellos  eventos  en  que  el  particular  estuviera  compelido  por  la ley a ser veraz,  explica:   

“La Comisión de 1979 prescindió de los  dos   preceptos  transcritos  y  acordó  el  criterio  genérico  de  aludir  a  ‘falsedad  en  documento  privado’,  sin  distinguir  entre  la  material  y  la ideológica,  por lo que esta última no queda excluida para aquellos casos en  que el particular está legalmente obligado a decir la verdad”.   

“En cuanto a la conducta, bien puede ser  la  correspondiente  a  la  falsedad  material o a la  ideológica,  y referirse aquella a la alteración de  un  documento genuino (suprimiendo, agregando o cambiando partes del mismo), o a  la   elaboración   total   del  documento”  (se  ha  destacado   por  la  Sala).  (Delitos  contra  la  fe  pública.   Bogotá,  Temis,  1986,  páginas  193  y  196).   

6.3. El profesor Antonio Vicente Arenas, de  reconocidísima   fuerza,  tradición  y  trayectoria,  asume  positivamente  su  postura,  pues  entra de lleno al análisis del artículo 221 del Código Penal,  tras afirmar sin duda alguna lo siguiente:   

“Igual  atención  merecía el artículo  244  del  anteproyecto,  porque  si  es  verdad…  que  el  particular no puede  realizar      falsedad     ideológica   en   documento  público,  sí  puede  cometerla    en   documento   privado”  (negrillas  de la Sala). (Comentarios al  nuevo  Código  Penal.  Decreto  100  de  1980. Tomo II, Parte Especial, Volumen  I,   Bogotá,  Temis,  4ª  edición,  1981,  página  255).   

En  síntesis: de la literalidad de la ley,  de  su  contenido,  de  su análisis contextual, de su historia reciente, de los  principios  generales  del  derecho,  de  la  jurisprudencia  y  de trascendente  doctrina   patria,   se   concluye   que  la  falsedad  ideológica  en  documento  privado,  sí era conducta  punible en el Código Penal de 1980.   

Como  adelantábamos  al  comienzo de estas  “Consideraciones”,  el  Código  Penal actual también prevé como delictiva  la falsedad ideológica en documento privado. En efecto:   

1. El artículo 289 dice:  

“Falsedad  en  documento   privado.  El  que  falsifique  documento  privado  que  pueda  servir de prueba, incurrirá, si lo usa, en prisión de uno  (1) a seis (6) años”.   

Como la redacción de la norma, su texto, y  el  contexto  de las falsedades documentales son similares en los dos estatutos,  el  derogado  y  el  actual,  las  afirmaciones hechas anteriormente respecto de  aquel, son válidas en relación con éste.   

2.  Los antecedentes inmediatos del Código  Penal  vigente  enseñan  en  el legislador un propósito semejante: en una sola  disposición,  incluir  las  dos  formas de falsedad, es decir, la material y la  ideológica. En verdad:   

2.1.  En  la  exposición  de  motivos  que  acompañó  al  proyecto destinado al legislador ordinario, el Fiscal General de  la Nación explicó que en forma explícita se consagraba   

“la  falsedad  ideológica  en documento  privado  cometida  por  quien legalmente tiene el deber de decir la verdad, como  por  ejemplo  los  contadores,  revisores  fiscales,  etc.;  en  este caso no se  requiere  el  uso del documento para que se configure el delito, pues se asimila  en  sus  efectos  probatorios  al documento público”  (Gaceta del Congreso número 189, del 6 de agosto de 1998).   

Con  ese  alcance,  el artículo 280 de ese  trabajo,   bajo   el   título   de   “Falsedad   en   documento   privado”,  establecía:   

“El que falsifique documento privado que  pueda  servir  de  prueba,  incurrirá, si lo usa, en prisión de uno (1) a seis  (6) años”.   

“En  la  misma  pena  incurrirá  quien  teniendo  el  deber  legal  o  constitucional de decir la verdad, al extender un  documento  que  pueda  servir  de  prueba, consigne una falsedad o calle total o  parcialmente  la  verdad,  caso  en  el  cual  no  se  requerirá  del  uso  del  documento”.   

2.2. En la Ponencia para Primer Debate en el  Senado  de  la  República (Gaceta del Congreso número 280, del 20 de noviembre  de 1998) se conservó esa redacción y se dijo que   

“Se consagra en forma expresa la falsedad  ideológica  en  documento  privado  cuando  se tiene el deber legal de decir la  verdad,  se recogen aquellas disposiciones contenidas en el Código del Comercio  por    ejemplo   respecto   a   los   administradores,   contadores,   revisores  fiscales”.   

2.3. En los debates sucesivos se mantuvo el  mismo texto, sin alteración ni comentario adicional alguno.   

2.4.  En  la  Ponencia para Primer Debate y  Pliego  de  Modificaciones  en la Cámara de Representantes (Gaceta del Congreso  número  432,  del  11  de  noviembre  de  1999), se eliminó el inciso 2°, que  tipificaba    la   falsedad   ideológica. Para hacerlo, se argumentó:   

“Se suprime el inciso 2°, puesto que se  considera   más   adecuado  el  tratamiento  que  actualmente  se  dispensa  al  instituto”.   

En   esas  condiciones  fue  aprobado  el  artículo   que   finalmente  quedó  plasmado  como  289  en  la  Ley  599  del  2000.   

La   finalidad   legislativa  inicial  de  tipificar  autónomamente,  a  título  de  inciso,  la  falsedad ideológica en  documento  privado,  solo  cambió  en  eso:  se consideró que no era necesario  definirla  de  manera  independiente. Jamás se pensó, y nunca se insinuó, que  ese comportamiento debiera ser descriminalizado.   

Simplemente  se  afirmó que el tratamiento  dado en el Código Penal de 1980 era más apropiado.   

Así   el   asunto,   es   claro  que  la  sustentación  que  ha  hecho  la  Corte  de su afirmación según la cual en el  código  anterior  esa  forma  de  falsedad  sí se hallaba incorporada expresa,  cierta  e  inequívocamente,  es  perfectamente  trasladable a este sector de la  sentencia  de  casación.  La  situación  en  los  dos  códigos,  entonces, es  exactamente igual.   

Segunda       parte.   

El deber del particular de decir la verdad  en los documentos.   

1. La mentira.  

Mentir es decir lo  contrario   a   lo   que   se  sabe,  se  cree  o  se  piensa.  Es  falsificar  una cosa, mudarla, fingirla o  disfrazarla,  haciendo  que  por las señas exteriores parezca otra. Es faltar a  lo   prometido,   quebrantar   un  pacto.    Es    sinónimo    de    embustear,  engañar,  urdir, tramar, faltar a la verdad, enredar,  fingir,     adulterar,  alterar,    timar,    confundir   y   embaucar.   

Mentira, entonces,  es  la  expresión  o  manifestación  contraria  a lo que se sabe, se cree o se  piensa     y,     por     tanto,     equivale     a     embuste,    engaño,  infundio,  conseja,  patraña,  subterfugio,     treta     y     fraude.   

A           mentir   se   oponen  descubrir,  abrir,  orientar,  hablar  claro,  orientar,  reconocer  y  revelar;  y  a  mentira,     realidad,    veracidad,     exactitud,     certeza,  sinceridad,  honradez,           rectitud y franqueza.   

Los  pueblos  y los grandes pensadores, por  ejemplo  Platón,  San  Agustín,  Kant  y  Montaigne, han rechazado la mentira,  porque,   sobre  todo,  va  en  contra  del  interés  público;  porque si se admitiera, la sociedad podría  hallarse  sumida  en  una  atmósfera  irrespirable;  porque  si se asumiera, la  confianza del hombre en los  demás  resultaría  minada;  porque la fe  y  la confianza  en  los  demás es una condición necesaria para la coexistencia en una sociedad  ordenada;   porque  las  comunidades  solo  pueden  funcionar  a  partir  de  la  presunción  de  probidad; y porque no hay lazo que mas una a los hombres que la  confianza en sus palabras.   

No obstante, por excepción, también se ha  aceptado   la   mentira,  por  ejemplo  cuando  el  hombre  acude  a  ella  para  protegerse de una violencia  o  de una agresión; cuando está de por medio el bien  común;   cuando   compele  a  ella  el  interés  general; cuando es usada en pro  del   interés   nacional;  cuando  se  justifica  por una buena causa;     cuando    la    verdad    es    callada    por    prudencia  y  mesura,  para no lesionar a  los   demás;  cuando  la  manifestación  de  la  realidad  puede  generar   o  intensificar  un  conflicto;  cuando    es   utilizada   para   ocultar   mentiras  peores   y  para  proteger  verdades  importantes;  cuando  produce  más bien que  mal,  etc.  [Cfr.  Editorial Océano. Diccionario  Océano  de  sinónimos  y  antónimos. Cali, Carvajal,  s/f;    Elí   De   Gortari.   Diccionario   de   la  lógica.   México,   Plaza   y  Valdés,  2000,  1ª  reimpresión   de  la  1ª  edición  –de   1988-,   página   314;   Anthony   C.  Grayling.  El    sentido    de    las   cosas.   Filosofía   para   la   vida  cotidiana.  Barcelona,  Ares y Mares, 2002, T: Carlos,  Schroder,     páginas     65     a     67;     Ted    Honderich    –editor-.          Enciclopedia   Oxford   de   Filosofía.  Madrid,   Tecnos,   2001,   reimpresión   de   la   1ª  edición  –de 2001-, T: Carmen García Trevijano,  página  718;  Leszek  Kolakowski.  Libertad, fortuna,  mentira  y  traición. Ensayos sobre la vida cotidiana.  Barcelona,   Paidós,   2001,   T:  Víctor  Pozanco  Villalba,  páginas  27  a  32].   

La  mentira,  entonces, no es tolerable por  regla  general;  más  se  admite  por  razones  potísimas,  vinculadas  con la  necesaria  y  estricta  autoprotección  individual, la evitación de disturbios  mayores  y,  sobre  todo,  con  la  búsqueda  de  protección  del conglomerado  social.   

2. La buena fe.  

Fe  es la virtud  que  nos  permite  creer;  es  confiar  en  aquello  que  afirman  los otros; es  fidelidad; es el grado de credibilidad que se otorga a los demás.   

La    buena  fe, entonces, es el predicado de la conducta leal, del  comportamiento  íntegro  y honesto; es la preocupación por la cooperación; es  ausencia de mala voluntad y de intención malévola.   

El principio de la  buena  fe  es  un  axioma  fundamental  del derecho de  gentes  que  impone  a los ciudadanos y a los Estados la obligación de proceder  con    lealtad    al    derecho    y    fidelidad    hacia    los    compromisos  adquiridos.   

Es  un  principio  general  del  derecho,  desde los albores de este. Por  eso,  a  partir de todos los tiempos, se ha dicho, por ejemplo, que Grave  est  fidem fallere (Es grave faltar  a  la confianza); Omne, quod non est ex fide, peccatum  est  (todo  lo que no es leal es pecado); Bona     fides     semper    praesumitur,    nisi    mala    adesse  probetur  (La  buena  fe  se presume siempre, si no se  prueba  la  existencia  de la mala); y que Bonam fidem  in  contractibus  considerare  aequum  est  (Es  justo  atenerse   a   la   buena   fe,   en   los   contratos);   y   que  fides  bona  contraria  est fraudi et dolo  (La buena fe es contraria al fraude y al dolo).   

Como          principio,      la      buena  fe  es la única base posible para  las  relaciones  entre las personas, razón por la cual siempre ha de presumirse  [Cfr.     Asociación     Henri    Capitant,    Gérard    Cornu    –director-,         Vocabulario  jurídico.  Bogotá,  Temis,  1995,  T.  Jaime Restrepo y Jorge Guerrero; Gerardo Pereira-Menaut. Tópica.    Principios    del   derecho   y   máximas   jurídicas  latinas.  Santiago  de  Compostela, Arcana-Veri, 2001;  Jaime  M. Mans Puigarnau. Los principios generales del  derecho.    Repertorio    de   máximas   y   aforismos   jurídicos. Barcelona, Bosch, 1979].   

Si  nos  concretamos a nuestra legislación  superior,  la fe, la buena fe, que obviamente repele la mentira, la falsedad, el  engaño,  la  deslealtad,  el  embuste,  etc.,  goza de antecedentes y presentes  ricos en contenido.   

Así,  por  ejemplo,  cuando las Provincias  Unidas  de  la  Nueva  Granada  firmaron  su  Acta  de  Confederación  el 27 de  noviembre  de  1811,  se  juraron  “una  fe  inviolable”,  se ligaron con un  “pacto   eterno”   (artículo   6º)  y  prometieron  concurrir  al  “bien  común”,  aun  sacrificando  los  intereses  particulares  (artículo 9º); la  Constitución  Política  de  1858 para la Confederación Granadina, garantizaba  la  libertad  individual,  limitada  solamente  por  la  libertad  de  los otros  hombres,  y entendida como “la facultad de hacer u omitir todo aquello de cuya  ejecución  u  omisión  no  resulte  daño  a  otro individuo o a la comunidad,  conforme  a  las  leyes” (artículo 56.2); la Constitución Política de 1863,  de  los  Estados Unidos de Colombia, conservaba la anterior garantía (artículo  15.3);  la  Constitución  Política  de  la  República  de  Colombia, de 1886,  instituyó  las  autoridades  para  proteger  a todas las personas residentes en  Colombia  en todos sus derechos, y para “asegurar el respeto recíproco de los  derechos    naturales,  previniendo  y castigando los delitos” (artículo 19); el Acto legislativo No.  1,  del  5  de  agosto  de  1936, que reformó la Constitución y expresó en su  artículo  9º  que  esas  autoridades  existían  también  para “asegurar el  cumplimiento  de  los deberes sociales del Estado y de los particulares”; y la  Constitución  Política  de  1991,  que es tajante y sumamente explícita en su  artículo  83:  “Las  actuaciones  de  los  particulares  y de las autoridades  públicas  deberán  ceñirse  a  los  postulados  de  la  buena  fe, la cual se  presumirá    en    todas    las   gestiones   que   aquellos   adelanten   ante  éstas”.   

Como  se  detecta con facilidad, desde hace  largos  días,  antes  y  después  de  la  Carta  Política actual, Colombia ha  incluido  en  su  legislación el deber de verdad, de fidelidad, y el rechazo de  la  mentira,  de la mala fe, bien a título de derecho  natural,    bien    a    título   de   principio  general  del  derecho,  bien a  título        de        indudable       mandato  constitucional, siempre en pro de la incolumidad de la  confianza  colectiva.  Por  ello  la  jurisprudencia,  ayer  y  hoy,  también  ha  sido  nítida. Así, por  ejemplo:   

En  sentencia  del  20  de mayo de 1936, la  Corte Suprema de Justicia expuso lo siguiente:   

“El  principio de la buena fe… tiene una  función  creadora,  que  consiste  en  hacer surgir el derecho del hecho, y una  función  adaptadora  para  modelar  el derecho sobre el hecho, y se presenta en  tres   formas:   a)   como   criterio   de   apreciación  y  por  lo  tanto  de  interpretación   de  los  actos  jurídicos. En esta primera forma aparece  bajo  su  aspecto  original,  relacionado con su fuente, la noción de justicia,  base  ideal  del  derecho;  b)  como  objeto  de  obligación  en las relaciones  jurídicas.  Aquí  se  presenta  en  su  aspecto  negativo  para  darle  a  las  manifestaciones  caracterizadas  de mala fe las correspondientes sanciones, y c)  como objeto de protección legal”.   

“Esta  tercera  forma es la más rica en  aplicaciones.  La  buena  fe  se  nos presenta entonces en su aspecto positivo y  dotada   de  una  eficacia  propia  bastante  hasta  para  suplir  la  falta  de  derecho”.   

Mediante sentencia del 23 de junio de 1958,  la  misma  Corporación  dijo que tal principio, vigente en el derecho positivo,  indicaba   que   las   personas  debían  celebrar  sus  negocios,  cumplir  sus  obligaciones   y,  en  general,  emplear  con  los  demás  una  conducta  leal,  entendiendo  la  lealtad desde dos ángulos: en primer lugar, como deber de cada  persona  de  proceder  para  con  los demás con comportamientos ajustados a las  exigencias  del  decoro social; y, en segundo lugar, como que cada cual tiene el  derecho      de      esperar      –confiar-  de  los  otros  esa misma lealtad. En el primer evento, se  trata  de  la  denominada “buena fe activa”; y en el segundo, de la “buena  fe pasiva”.   

Añadió  la  Corte  que la buena fe hacía  relación  a  una  conciencia  honesta, a un sentimiento de honradez.   

Y escribió, textualmente:  

“Obrar  con  lealtad, es decir, de buena  fe,  indica  que  la persona se conforma con la manera corriente de las acciones  de  quienes obran honestamente, vale decir, con un determinado estándar de usos  sociales y buenas costumbres”.   

“Los   usos   sociales  y  las  buenas  costumbres  que  imperan  en  una  sociedad, son las piedras de toque que sirven  para  apreciar  en  cada  caso concreto la buena fe, su alcance y la ausencia de  ella.  La buena fe no hace referencia a la ignorancia o a la inexperiencia, sino  a  la  ausencia  de  obras  fraudulentas,  de engaño, reserva mental, astucia o  viveza,  en  fin, de una conducta lesiva de la buena costumbre que impera en una  colectividad”.   

“Así, pues, la buena fe equivale a obrar  con  lealtad,  con  rectitud, con honestidad. Este concepto de la buena fe será  mejor  comprendido  si  lo  comparamos  con el concepto opuesto, o sea, el de la  mala  fe.  En  general,  obra  de  mala  fe  quien  pretende  obtener ventajas o  beneficios  sin  una suficiente dosis de probidad o pulcritud; vale decir, si se  pretende obtener algo no autorizado por la buena costumbre”.   

Pasados  los años, la Corte Constitucional  también se ha ocupado del tema.   

Por  ejemplo,  ha dicho que las autoridades  deben  ceñir  su  ejercicio  al  principio  de  la  buena  fe, consagrado en el  artículo  83  de la Constitución; que la buena fe incorpora el valor ético de  la  confianza,  la  cual se  vería  traicionada por un acto sorpresivo de la administración que no tenga en  cuenta    la   situación   concreta   del   afectado  [T-  427,  del  24  de  junio  de  1992, M. P. Eduardo  Cifuentes  Muñoz]; que el postulado de la buena fe se realiza plenamente cuando  el  ciudadano  observa  a  cabalidad la conducta establecida por el ordenamiento  vigente  [T-  457,  del  14  de  julio de 1992, M. P. Ciro Angarita Barón]; que  ‘‘El  principio  de  la  buena  fe  se  erige  en  arco  toral  de  las instituciones colombianas dado el  especial  énfasis  que  en  esta materia introdujo la Carta del 91, a tal punto  que  las  relaciones  jurídicas  que  surjan  a  su amparo no podrán partir de  supuestos  que  lo desconozcan”; que “en el diario acontecer de la actividad  privada,  las  personas  que  negocian entre sí suponen ciertas premisas, entre  las  cuales está precisamente el postulado que se enuncia, pues pensar desde el  comienzo  en la mala fe del otro sería dar vida a una relación viciada”; que  “Si  este  principio  es fundamental en las relaciones entre particulares, con  mayor  razón tiene validez cuando ellos actúan ante las autoridades públicas,  bien  en  demanda  de  sus  derechos,  ya  en  el  cumplimiento de sus deberes y  obligaciones,  toda  vez que el Estado y quienes lo representan deben sujetar su  actividad  al  objetivo  de  realizar  el  bien  común,  sobre  la  base de las  previsiones  trazadas  por  el  legislador,  en  vez de crear dificultades a los  gobernados  y  entrabar  innecesariamente  el desenvolvimiento de las múltiples  relaciones  que  con  ellos deben forzosamente establecerse”; que el principio  que   subyace   en   el   postulado   de   la   buena   fe  es  la  confianza;  que  el principio de la buena  fe   tiene   limitaciones   y   condicionamientos,   derivados  de  otro  axioma  fundamental,   cual  es  el  de  la  prevalencia  del  interés  común,  y  por  lo  tanto la presunción de  buena  fe  no  se  puede  levantar  como  barrera  infranqueable  que  impida la  actuación  del  Estado  [T-  460, del 15 de julio de 1992, M. P. José Gregorio  Hernández      Galindo];      que     “La  buena  fe  ha  pasado de ser un principio general del derecho  para  convertirse  en  un  postulado  constitucional  (C.  N.,  art.  83).  Este  trascendental  principio exige de los particulares y de las autoridades ceñirse  en  sus  actuaciones a una conducta honesta, leal y acorde con el comportamiento  que  puede  esperarse  de una persona correcta (“vir bonus”)”;  que  “La buena fe supone la existencia  de  una  relación  entre personas y se refiere fundamentalmente a la confianza,  seguridad  y credibilidad que otorga la palabra dada” [T- 475, del 29 de julio  de 1992, M. P. Eduardo Cifuentes Muñoz]; etc.   

No  hay,  así,  incertidumbre  alguna: por  mandatos  superiores,  por  respeto a la integridad y a la confianza colectivas,  todos  los  ciudadanos, particulares y servidores del Estado, tanto en el pasado  como  en  la  actualidad,  tienen el deber de decir la verdad, de ser leales, de  obrar  de buena fe. En sentido contrario, les estaba y está prohibido actuar de  mala   fe,   manifestarse   con   mentiras,  faltar  a  la  verdad,  falsear  la  realidad.   

El alcance de la disposición constitucional  también  ha  sido  prístinamente  explicado  por  algunos  de los juristas que  hicieron la reforma que produjo la Carta de 1991. Se lee:   

“Conforme  al  principio de buena fe, en  todas  las  actuaciones  que realicen las personas deberá suponerse que actúan  en  el  ejercicio  lícito  de  sus  intereses  y derechos; cualquier postura en  contrario  por  parte  de  las  autoridades  deberá  sustentarse en las pruebas  correspondientes…”.   

“Desde la publicación del Código Civil  alemán,  que  en  el  parágrafo  del artículo 242 estableció que ´el deudor  está  obligado  a ejecutar la prestación como exige la buena fe con referencia  a  los  usos  del  tráfico´,  y  del  Código  Civil  español,  en el cual se  introdujo  mediante  la  ley  de  17  de  marzo  de  1973  un  texto lapidario y  categórico,  mediante  el  cual  los  derechos deben ejercitarse conforme a los  dictados  de  la buena fe, ha venido elevándose a norma jurídica lo que había  sido  considerado  como  un  principio  general  del  derecho.  El  ordenamiento  constitucional   colombiano  eleva  a  este  rango  el  principio  de  la  buena  fe”.   

“…  La buena fe a secas es un concepto  técnico  jurídico que se inserta en diversas normas para describir o delimitar  un  supuesto  de  hecho…  Otra cosa es el principio general de buena fe; éste  engendra  una norma jurídica completa, lo cual significa que debe adoptarse una  actitud  leal  en  todas  las fases de constitución, desarrollo y extinción de  las  relaciones  jurídicas.  Este  deber  de  comportarse según la buena fe se  proyecta  a  su  vez  en  dos  direcciones  en  que  se  diversifican  todas las  relaciones  jurídicas:  en  los derechos que deben ejercitarse de buena fe y en  las obligaciones que tienen que cumplirse de buena fe”.   

“…  los  postulados  de la buena fe en  modo  alguno  exoneran  a  las  personas  del  cumplimiento  de  los  requisitos  necesarios  para  el  goce  o  reconocimiento  de  un  derecho…”  [Carlos  LLeras  de  la  Fuente, Carlos Adolfo Arenas Campos, Juan  Manuel    Charry    Urueña,    Augusto    Hernández    Becerra.   Interpretación    y    génesis    de    la    Constitución    de  Colombia.   Bogotá,  Editorial  Carrera  7ª,  1992,  páginas 187 a 189].   

3. La ley penal.  

Un  breve recuento del tema en las últimas  legislaciones  penales,  permite  a  la  Corte  arribar  a  conclusiones claras.  Obsérvese:   

3.1.  El artículo 240 del Código Penal de  1936  sancionaba  con  prisión  y  multa  al particular que cometiera cualquier  falsedad   en  documento  privado,  siempre  que  lo  hiciera  con  perjuicio   de   tercero  o  con   intención   de   causarlo,  y  el  artículo  241  preveía  sanciones  similares  para quien usara el documento, a  sabiendas  de  la  falsedad y con perjuicio de tercero  o   con   propósito   de  lucrarse.  Estas  normas  remitían  al  artículo 231  ibídem,  que caso por caso recogía todas las formas de falsedad, incluidas las  ideológicas.   

Por  aquellos tiempos, la jurisprudencia de  la  Corte  Suprema  de  Justicia  era  igualmente nítida. Así, por ejemplo, en  casación del 5 de agosto de 1949, expresó:   

“El  delito  de  falsedad  en  documento  privado,  solo  tiene  existencia jurídica cuando el instrumento falsificado se  utiliza  para  causar un perjuicio a terceros. El empleo de ese documento con el  fin  de  engañar  y  obtener  un beneficio, es lo que actualiza el daño real o  potencial,  mediato  o inmediato, sobre el patrimonio de la persona que se trata  de  perjudicar.  En estos casos, el documento falso sirve de instrumento o medio  preparatorio  para  lesionar  un  bien  patrimonial  que  es  distinto  de la fe  pública  debida  a los documentos públicos” [G. J.,  T.   LXVI,   páginas   447  448,  según  Pedro  Pacheco  Osorio,  Derecho  penal  especial, Tomo I, Bogotá,  Temis, 1976, páginas 502/3].   

El   18   de   octubre  del  mismo  año,  explicó:   

“La   falsedad  en  documento  privado  requiere  el  perjuicio ajeno y el propósito de lucro y también el uso, con la  distinción  de  que  este  apenas  configura una circunstancia agravante si una  misma  persona  falsifica  y  usa,  y  un  delito  independiente si quien usa el  documento  falso,  a  sabiendas  de  que  lo  es,  es  persona distinta a la que  realizó      la      falsedad”     (ibídem,     página     719,    misma  fuente).   

Los    requerimientos    legales    y  jurisprudenciales  eran  perfectamente  entendibles,  pues por aquellos días el  concepto  de fe pública, en general, era restringido, toda vez que se entendía  por  esta  solamente  la alteración de la verdad, la búsqueda de aseguramiento  de  la confianza colectiva recíproca que hace posible el desenvolvimiento de la  vida  en  común  [Corte Suprema de Justicia, G. J. T. LXVII, 1950, página 487,  según  Domingo  Sarasty Montenegro, Jurisprudencia de  la   Corte   Suprema  de  Justicia,  T.  II,  Bogotá,  Horizontes, 1968, página 433].   

Se  trabajaba,  entonces,  con  un concepto  etéreo,  casi inasible, ideal, que frente a los documentos públicos se colmaba  suficientemente  con  la  mera falsificación, pero que respecto de los privados  requería de una mayor concreción. Por eso se afirmaba que   

“Si  la  falsedad en documentos privados  sólo  es punible cuando se hace en perjuicio de terceros o con la intención de  causarlo;  entonces la fe pública se tutela mediata o indirectamente, en virtud  de  que  se  toma  pie  en el escrito privado para lesionar intereses ajenos, ya  patrimoniales  o  de  otro  orden” [Corte Suprema de  Justicia,  G. J. T. LXV, 1948, página 736, según Domingo Sarasty, obra citada,  página 437],   

o que,  

“…en   la   falsedad  en  documentos  privados,  es  necesario  e  indispensable la existencia del daño o perjuicio a  terceros,  bien  sea  material  o  hipotético,  porque  este  delito no afecta,  propiamente  la  fe  pública debida al instrumento, sino que lesiona el derecho  del   particular  ofendido.  En  otros  términos,  la  falsedad  en  documentos  privados,  vulnera  la  fe  pública  en forma indirecta, en cuanto el documento  sirve   de   instrumento   para   producir   el   engaño   con   perjuicio   de  terceros” [Corte Suprema de Justicia, G. J. T. LXVI,  1949,    página   481,   según   Domingo   Sarasty,   obra   citada,   página  443].   

3.2. Cuando se comenzó a gestar el Código  Penal  de  1980,  el  contenido  de la fe pública, que ya venía variando en la  doctrina foránea, comenzó a cambiar para nuestro medio.   

En el Anteproyecto  de 1974, se plasmó lo siguiente:   

     

i. “… documento es, ante todo, un  medio de prueba”.     

     

i. “La fe pública es la confianza  de  la  colectividad, en las formas escritas en cuanto  tengan importancia como medios de prueba”.     

     

i. “…  Se  desplaza esa anterior concepción según la cual es necesario rendir tributo  a        la       simple       forma”.     

     

i. “Nuestra   posición   es  abiertamente           finalista”.     

     

i. “Aquí se destaca esa forma de  manifestación   (escrita),   pero   básicamente   porquen  tiene  fuerza   probatoria  que  es  necesario  garantizar”.     

     

i. “Es necesario que el documento  pueda  servir de prueba, ya  que  no tiene trascendencia el que el documento sea de  aquellos  inocuos,  o  que  carecen de importancia para el tráfico jurídico”  (Acta   No.   80,  sesión  del  19  de  octubre  de  1973). (Destaca la Sala).     

     

i. Si bien es cierto que en general el  particular  no  está  obligado  a decir la verdad, hay ejemplos que indican que  sí  se  puede  exigir, como sucede con los libros de los comerciantes (Acta No.  81, sesión del 26 de octubre de 1973).     

Concluido el Anteproyecto, en la Exposición  de Motivos se afirmó:   

“El  capítulo  de  falsedad  documental  parte  de la base de que  el objeto material… debe ser documento público  o  privado  que  pueda servir de prueba, y de que toda falsedad en documentos es  delictiva  en cuanto tiene aptitud suficiente para lesionar el bien jurídico de  la fe pública”.   

Y  el artículo pertinente quedó redactado  así:   

“Artículo    244.    Falsedad     ideológica     en    documento    privado.  El  que, estando por la ley obligado a  decir  la  verdad  en  documento  privado, consignare  manifestación  contraria  a  ella que pueda servir de  prueba,  o  la callare en todo o en parte incurrirá,  si hiciere uso de él, en prisión de dos a seis años”.   

En el Proyecto de  1976  no  se  encuentra  explicación  alguna sobre el  punto.  Simplemente  se  dice  en  la  Exposición de Motivos relacionada con la  Parte Especial, que se describen   

“…los   diversos  tipos  delictivos,  agrupados  según el bien jurídico que primordialmente afecten. Muchos de ellos  no  son  más  que reproducciones de los hoy existentes, aun cuando la Comisión  ha  tenido  cuidado  en  redactarlos  con  precisión,  claridad  y  coherencia,  tratando  de  solucionar  dificultades  de  interpretación  divulgadas  por  la  doctrina y la jurisprudencia”.   

Si se toma como referencia el “salvamento  de  voto”  elaborado por el Comisionado Parmenio Cárdenas, se concluye que el  asunto  no  cambió  en nada respecto del Anteproyecto de 1974, como emana de la  anterior transcripción. Dijo el Comisionado:   

“Al  tratar  de la falsedad en documento  privado,  el  Código  Penal en el artículo 240, exige como elemento necesario,  que  tal cosa se haga ´con perjuicio de tercero o con intención de causarlo´;  en  cambio,  en  el  artículo  179  de la contrarreforma, se refiere a la misma  falsedad,  exigiendo que ´pueda servir de prueba´ y exige además el uso, como  elemento constitutivo”.   

Y su artículo 281 definió la falsedad  ideológica en documento privado  con estas palabras:   

“El  que  al extender documento privado,  destinado  a servir de prueba entre particulares, consigne una falsedad, o calle  total  o  parcialmente  la  verdad,  incurrirá, si lo usa, en prisión de dos a  seis años”.   

El  Proyecto  de  1978, carente de explicación alguna en torno al tema,  adoptó  la  falsedad ideológica en documento privado  en su artículo 295, con estos términos:   

“El que estando por ley obligado a decir  la  verdad  en  documento  privado, consigne manifestación contraria a ella que  pueda  servir de prueba, o la calle en todo o en parte, incurrirá, si lo usa, n  prisión de dos a seis años”.   

Y  al Proyecto de  1979,  y  al que precedió al actual Código Penal, ya  se hizo alusión.   

Del  resumen realizado resulta el rumbo que  se  fue  tomando:  de la exigencia de causación de perjuicio, previa intención  de  ocasionarlo,  se  pasó  al  daño  implícito  que  emana de la falsedad en  documento  que  pueda  servir  de  prueba;  y  de  la  exigencia  doctrinal y jurisprudencial de obligación  de  decir la verdad, se pasó  a  su  requerimiento en el Proyecto de 1978 y a su no exigencia explícita ya en  los Códigos de 1980 y 2000.   

Tercera Parte.  

Conclusiones    iniciales.   

Lo desarrollado hasta aquí permite concluir  lo siguiente:   

Uno. La falsedad  ideológica  en  documento  privado  sí  se  encuentra definida como delictiva,  tanto en el Código Penal de 1980 como en el del 2000.   

Dos. Para hablar  de  falsedad  ideológica  en documentos privados, al principio se requería que  el  autor faltara a la verdad y originara daño a un tercero o, al menos, que lo  hiciera con la intención de propinarlo.   

Luego, ante el ostensible y necesario cambio  de  óptica  sobre el alcance y contenido del bien jurídico fe pública, no fue  imprescindible  incluir  esos  elementos  en  la definición típica, porque era  obvio  que  si  una  persona  falsificaba  un  documento  con  suficiencia  para  vulnerarlo  una  vez  sometido  al torrente del tráfico jurídico, incurría en  delito,  siempre  que,  desde  luego,  afectara real o potencialmente el decurso  normal de las relaciones sociojurídicas.   

Tres.  Por  lo  anterior,  aun  cuando  los  tipos penales de 1980 y del 2000 no lo requieren en  forma  expresa,  se  sigue  hablando  del deber de verdad que debe acompañar al  autor  para  que  pueda  cometer  esa  conducta delictiva. Esa determinación es  atendible,  porque, en verdad, un documento ideológicamente falso que solamente  vincule  y  produzca efectos exclusivamente entre particulares, no genera riesgo  ni  perjuicio  a  la  fe  pública  por  cuanto  esta  se  halla en cabeza de la  “colectividad”,  es  decir, del “interés de la generalidad social”. Sin  embargo,  si  esa  mentira  entre  dos  o  más  personas trasciende y arriba al  terreno  de  la  pluralidad  poniendo en peligro o dañando el habitual y normal  entramado  jurídico,  el  simple  embuste  particular, privado, se convierte en  delito.   

Cuatro. El deber  de      verdad      resulta      de     dos     fuentes.     La     primera  es  la  ley. Sucede cuando esta,  concebida  en  sentido  lato, frente a una relación social, afirma expresamente  que  las personas están obligadas a obrar con la verdad; es el denominado deber  legal  de  verdad,  o deber  expreso de decir la verdad;  la  segunda  es  la que surge de la demostración de que en el caso concreto con  la     conducta     desplegada     –falsedad  y  uso-  se  ha creado un riesgo para el “bien jurídico  social”  conocido  como  fe  pública,  o cuando se comprueba que lesionado el  carácter  probatorio  del  documento,  efectivamente,  se  ha ofendido ese bien  “colectivo”.      Es      la      obligación  tácita,   sobrentendida  o    deducida  de  decir la verdad.   

Es lo que ha escrito el doctor Luis Enrique  Romero Soto:   

“…también  es  posible  llevar a cabo  falsedad   ideológica   en   un  documento  privado  si  bien  solo  cuando  la  ley, expresa o tácitamente,  impone a los particulares  la  obligación  de  decir  la  verdad…  Pero si bien es cierto que, por regla  general,  la  obligación de decir la verdad en esta especie de documentos está  expresamente  impuesta por  normas  legales  hay  ocasiones  en que proviene de la  naturaleza  y,  más  que  todo,  de  la destinación  del documento privado… O  sea  que  en  aquellos  casos  no expresamente contemplados por la ley en que el  documento    está    destinado    a    servir   de  prueba,  su  destinación  probatoria  es  un  juicio  objetivo  que  se  resuelve  por  la  posibilidad  de  emplear  el  documento  como  prueba…”   (destaca   la   Corte).  (La  falsedad  documental.   Cali,  Carvajal,  3ª  edición,  1982,  página 275).   

Y es lo que sin ambages y sin incertidumbre  alguna  ha  afirmado  la  Corte en su sentencia de casación del 29 de noviembre  del 2001:   

“En  relación  con   la  primera  exigencia   (obligación   de  ser  veraz)  debe  decirse  que  el  ordenamiento  jurídico,  con  no  poca  frecuencia,  impone  a  los  particulares,  expresa o  tácitamente,  el  deber  de  decir la verdad en ciertos documentos privados, en  razón  a  la  función  probatoria  que  deben  cumplir  en  el  ámbito de las  relaciones  jurídicas,  haciendo  que,  frente  a  esta clase de documentos, se  genere  un  estado  general  de  confianza  entre  los asociados, derivado de la  circunstancia  de  encontrarse  su  forma y contenido protegidos por la ley, que  puede  resultar  afectada  cuando  el  particular,  contrariando la disposición  normativa  que  le impone el deber de ser veraz, decide falsear ideológicamente  el documento”.   

“La  obligación  de  decir  la  verdad  deriva,  en  algunos  casos,  de  la  delegación  que  el  Estado  hace  en los  particulares  de la facultad certificadora de la verdad, en razón a la función  o  actividad  que cumplen o deben cumplir en sociedad, como ocurre, verbigracia,  con  los  médicos, revisores fiscales y administradores de sociedades, quienes,  frente  a  determinadas  situaciones,  y para ciertos efectos, deben dar fe, con  carácter  probatorio,  de  hechos  de  los  cuales  han  tenido conocimiento en  ejercicio de su actividad profesional…”   

“En otros eventos, el deber de veracidad  surge  de la naturaleza del documento y su trascendencia jurídica, cuando está  destinado  a  servir  de  prueba  de  una  relación  jurídica  relevante,  que  involucra   o   puede  llegar  a  comprometer  intereses  de  terceras  personas  determinadas,  como  acontece  cuando  la relación que representa trasciende la  esfera  interpersonal  de  quienes  le  dieron entidad legal con su firma,   para  modificar o extinguir derechos ajenos, pues cuando esto sucede, no solo se  presenta  menoscabo  de  la  confianza  general  que  el  documento suscita como  elemento  de prueba en el ámbito de las relaciones sociales, y por consiguiente  de  la  fe pública sino afectación de derechos de terceras personas, ajenas al  mismo”  (radicación  número 13.231, M. P. Fernando  Arboleda Ripoll).   

Y  quede  claro  que  con lo anterior no se  desnaturaliza  el  principio  de  legalidad  o, mas exactamente, el de tipicidad  objetiva,  pues  la  exigencia  tácita  de  afirmar  la  verdad  se  halla  estrechamente  fusionada  con la  vulneración  o  puesta  en  riesgo  del bien jurídico, de tal manera que si la  persona  se  aparta  de  lo  cierto  y dirige mentiras su actuar contra ese bien  jurídico,  sencillamente  en  el  ámbito objetivo realiza uno de los elementos  del   tipo   y,   subjetivamente,   con   intención   y   voluntad   opta   por  herirlo.   

Cuarta       Parte.   

De  nuevo,  el  caso  concreto.   

Recordemos: Josefina Bonett y Nohora Pérez,  gerente  y  contadora, respectivamente, de “Saluddar A. R. S.”, compraron al  particular      comerciante      Jairo     Castillo  Ortiz una nevera, que regalarían a un ex alcalde como  presente por su boda, finalidad que en efecto fue materializada.   

A solicitud de las señoras mencionadas, el  vendedor  extendió  una  factura  de  venta  en la que parcialmente faltó a la  verdad,  pues  ante  el  requerimiento  de las compradoras, en vez de plasmar el  objeto   real   de   la  compraventa  –nevera-      hizo     aparecer     uno     ficticio     –planchas-.   

Las damas, entonces, entre otras cosas, con  la  factura  de venta “legalizaron” su actuación ante la administración de  “Saludar   A.   R.   S.”.   Luego   fueron   condenadas  por  el  delito  de  peculado.   

Puestos los hechos en términos jurídicos,  se tiene lo siguiente:   

Uno.  Castillo  Ortiz   extendió  un  escrito  privado  –factura-,  en  el  que  incrustó  una  mentira,     es     decir,     falsificó    ideológicamente    un    documento  privado.   

Dos. Las señoras  mencionadas utilizaron el documento falso.   

Tres. Por tanto,  Castillo Ortiz, de una parte,  y  las  señoras  Bonett y Pérez, de la otra, realizaron el tipo penal definido  en  el  artículo  221  del  Código  Penal  de  1980, simplemente dividiendo el  trabajo:  el  primero desplegó el primer acto, el de falsificar, y las damas el  segundo, el de usar.   

Cuatro. Tanto el  varón  como  las señoras sabían lo que hacían. En lo que concierne a aquél,  basta  recordar  las palabras del Tribunal, que corresponden en todo a la prueba  que  reposa  en  el  expediente  y,  además,  no han sido controvertidas por el  censor:   

“Es  evidente  que  la  justificación  alegada  por  el acusado no es de recibo, por cuanto la ley le brinda mecanismos  para  que su dinero no se perdiera, como preconstituir sobre la factura prueba a  fin  de  iniciar  juicio  ejecutivo,  o  la  de acudir a denunciar penalmente un  delito   contra  la  propiedad,  por  ser  engañado,  a  fin  de  conseguir  la  devolución  del  artículo o las indemnizaciones de rigor, y no coger el camino  de  violar la ley, falsificando documentos, a sabiendas de que estaba faltando a  la  verdad, y con la intención de dar visos de legalidad  a una situación  interna  de  “Saluddar”  en  la contabilidad y presupuesto, pues recuérdese  que  las  funcionarias  le manifestaron que el negocio de la nevera no se podía  efectuar,  y  por ello se debía cambiar el artículo, con lo cual contribuyó a  la  realización  de  un  peculado, delito por el cual fueron condenadas las dos  funcionarias…”.   

“Resumiendo,   Jairo   Castillo  Ortiz  realizó  un comportamiento típico de falsedad en documento privado al insertar  en  el  contenido  de  la  factura  No.0492 declaraciones contrarias a la verdad  relacionadas  con  la  clase  y  número  del  artículo vendido, usándola como  prueba  él  para  obtener  la  cancelación  de  unos  dineros  en perjuicio de  terceros  (afiliados  y  Saluddar), en forma antijurídica pues vulneró el bien  jurídico  de  la fe pública sin justificación alguna, y dolosa, pues teniendo  conocimiento   de   su   proceder   delictivo,  ante  la  amplia  experiencia  y  conocimientos   técnicos   sobre   la  materia  por  ser  Contador  Público  y  Administrador      Público,     quiso     su     realización…”.   

Cinco.  Con  la  falsificación  y  el  uso  de  ese  documento privado, el procesado y las damas  ofendieron  la  fe pública, el tráfico jurídico, al punto que económicamente  fue  considerablemente  alterada  la  armonía,  la  estructura,  la estabilidad  patrimonial y la dinámica normal de la Empresa.   

Seis.  Si  fuera  necesario,     termínese     aseverando     que    el    señor    Castillo  Ortiz tenía el deber de decir la  verdad,  porque conocía la entidad del documento que expedía, una factura;  porque  sabía  qué harían con  ella  las  señoras  Bonett  y Pérez; porque tenía claro que su factura sería  utilizada  como  prueba;  y  porque  en su conciencia existía la certeza de que  quebrantaría  el  bien  jurídico,  pues  al  decir  mentiras  descomponía  la  confianza   que   la   colectividad   debe   tener   en   las  gestiones  de  la  administración.   

Agréguese:  si se mira la normatividad, es  ostensible    la    inferencia    según    la    cual   en   las   facturas   se  tiene  la  obligación  de  afirmar la verdad. Por ejemplo:   

De    las   normas   del   Estatuto  Tributario, especialmente de sus  artículos  615  y  617,  se  desprende  que  para  sus efectos, la factura  de  venta  debe  contener,  entre  otras  cosas,  “La  descripción  específica  o  genérica  de los artículos  vendidos  o  servicios  prestados”,  lo  cual  repercute, como es obvio, en la  procedencia  de  costos  y  deducciones  para  efectos  del  pago  de  impuestos  (artículo  771.2)  y,  naturalmente,  en la confección de la contabilidad, que  puede  servir  de  prueba,  documento  este  que  forzosamente  tiene  que estar  respaldado    por    “comprobantes    internos    y   externos”   (artículo  774.2).   

Si  tal  estatuto  exige  lo  que  exige,  resultaría  inconcebible  que  ante  sus  terminantes palabras, el ordenamiento  permitiera   que   alguien   en   una   factura   cambiara  la  materia  de  una  convención.   

El  Código  de  Comercio  da  la  categoría  de  título-valor  a  la  factura  cambiaria. Y alude a  varios  temas relacionados con ella, por ejemplo: no se puede librar factura que  no   corresponda  a  una  venta  efectiva  de  mercaderías  entregadas  real  y  materialmente  al  comprador  (artículo  772);  aceptada  por  el comprador, se  considera,  frente  a  terceros de buena fe exentos de culpa, que la compraventa  ha  sido  debidamente  ejecutada  (artículo  773); y debe contener, entre otras  exigencias,   “La   denominación  y  características  que  identifiquen  las  mercaderías  vendidas y la constancia de su entre real y material” (artículo  774).   

Si   esa   ley  requiere  tan  importante  contenido, no puede admitir que ese preciso contenido sea variado.   

El   Código  Civil,  por  su  parte,  indica  que  el  pago  es  la  prestación  de  lo  que  se  debe,  lo  que  implica que el acreedor ejecute el  hecho   objeto   de   la   prestación  (artículo   1626),  y  que  el  vendedor  es  obligado  a  entregar  lo  que  reza  el  contrato  (artículo 1884).   

Como  es  elemental,  si  el  pacto  entre  comprador  y  vendedor  se  refiere  a  una  cosa  determinada,  aquél no puede  extender una prueba escrita mutando la razón de ser del mismo.   

En  síntesis,  a  nadie  se  le ocurriría  pensar  que  con fundamento en las anteriores disposiciones, tomadas simplemente  como  muestra,  una  persona  estuviera  facultada  para  faltar a la verdad, es  decir,   para   que   no  afirmara  la  realidad  en  los  documentos  que  deba  emitir.   

Por lo demás, el asunto no es nuevo para la  Corte.  Basta  recordar  la  ya citada sentencia de casación del 23 de abril de  1985  (M.P.  Alfonso  Reyes Echandía), que se ocupó de hechos relacionados con  falsedad ideológica de varias “facturas”.   

Quinta Parte  

Conclusiones finales.  

Primera. La Corte  ha  vuelto  sobre  el  punto,  en  atención  al  planteamiento del defensor. Ha  desestructurado  el  fenómeno;  enseña  que  hay  varias  decisiones  sobre la  materia  en disputa; y afirma que mantiene la jurisprudencia de la Sala sobre el  objeto  del  debate  sometido a su consideración. No encuentra nada que variar,  no  ha  incurrido en contradicciones y ahora se ha limitado a precisar o a hacer  énfasis en ciertos aspectos.   

Segunda. Con base  en   lo   anterior,   y   porque  el  señor  Castillo  Ortiz  cometió  el  delito de falsedad ideológica en  documento privado, mantiene enhiesta la sentencia impugnada.   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         

No   casar  la  sentencia recurrida.   

Notifíquese y cúmplase.  

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN   

Permiso   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                  HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

          

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN           JORGE LUIS  QUINTERO MILANÉS   

              

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                           MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

                                                                                                          Permiso   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

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