22262(13-10-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22262  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 88  

Bogotá, D. C., trece (13) de octubre del dos  mil cuatro (2004).   

ASUNTO  

          Se  decide  el  recurso de casación interpuesto por el Defensor de  la    señora   María   Marcela   Serrano   Camacho,  contra  el  fallo dictado por el Tribunal Superior de  Bogotá  el  28  de  octubre  del  2003,  mediante  el cual revocó la sentencia  absolutoria  emitida  el  13 de agosto del 2001 por el Juzgado Segundo Penal del  Circuito  Especializado  de  Bogotá  y,  en  su  lugar,  la  condenó a la pena  principal  de  65  meses  de  prisión,  multa  de $274.404.000, la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso,  le  negó la suspensión condicional de la ejecución de la pena,  se  abstuvo de condenarla en perjuicios y le reconoció el derecho a la prisión  domiciliaria.   

HECHOS  

          El  Banco  Natwest de Londres solicitó al Banco Uconal referencias  financieras   de   María  Marcela  Serrano  Camacho,  esposa   de  Efraín  Antonio  Hernández  Ramírez,  persona  que  según  investigación  adelantada  en  el  Perú  se  dedicaba al  tráfico de estupefacientes.   

Con  esa  información,  agentes del Cuerpo  Técnico  de  Investigación de la Fiscalía General de la Nación, Grupo Contra  Lavado  de  Activos de Bogotá, adelantaron las pesquisas correspondientes y, en  informe  número  01262  del  29  de  mayo de 1998, dicen que, luego de efectuar  seguimiento   a   la   información   financiera   de   la  nombrada  ciudadana,  correspondiente  a  los  años  1994  y  1997,  se  concluyó,  a  partir de los  extractos  bancarios,  que  el monto de las consignaciones bancarias no guardaba  relación  con  los  ingresos  reportados  en las solicitudes de apertura de las  cuentas   bancarias,   las  tarjetas  de  crédito  y  las  certificaciones  del  contador.   

          Los    bienes    adquiridos    por    la    señora    Serrano  Camacho  no  armonizaban con los  ingresos  registrados  en  1984,  1985 y 1986, en las solicitudes de apertura de  cuentas  bancarias,  tarjetas  de  crédito,  ni con las declaraciones de renta.   

Así  mismo,  no  obra  reporte de la CIFIN  sobre  las  deudas  o  pasivos que de conformidad con las declaraciones de renta  afectaban   su  patrimonio  y  las  que  para  el  año  de  1984  ascendían  a  $978.218.000,   para   1985   a  $1.150.781.000  y  para  1986  a  $993.418.000.   

Según el informe 0092 del 19 de octubre de  1998,   presentaba  un  patrimonio  injustificado  de  $274.404.000.           

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          El  19  de noviembre de 1999, la Fiscalía Novena Delegada ante los  Jueces  Penales  del  Circuito de Bogotá, adscrita a la Unidad Nacional para la  Extinción  y  Contra  el  Lavado  de  Activos,  formuló resolución acusatoria  contra  la  señora  María  Marcela  Serrano  Camacho  por      el      delito      de      enriquecimiento     ilícito    de    particulares,    contemplado  en  el  artículo  1º  del  Decreto Ley 1895 de 1989,  elevado  a  la  categoría  de legislación permanente por el artículo 10º del  Decreto  2266  de  1991.  El  Defensor  apeló  la decisión pero posteriormente  desistió de ella.   

          Adelantada  la  causa,  el 13 de agosto del 2001 el Juzgado Segundo  Especializado  de  Bogotá  la absolvió. El fallo fue impugnado por el Fiscal y  el Ministerio Público, en búsqueda de condena.   

El  28  de  octubre  del  2003, el Tribunal  Superior  de  Bogotá lo revocó y en su lugar condenó a la  encausada, en  los términos ya reseñados.   

          El  Defensor  de  la  procesada  acudió  a  la  casación, que fue  concedida.  La  Sala  resuelve  de  fondo,  una  vez  recibido el concepto de la  Señora     Procuradora     Segunda    Delegada    en    lo    Penal.   

LA  DEMANDA   

          Dos   cargos   formula  el  Defensor  a  la  sentencia  de  segunda  instancia:   

          El  primero,  principal, con apoyo en la  causal 3ª de casación. Expone lo siguiente:   

La  sentencia  de  segunda  instancia  fue  proferida  en  juicio  viciado  de  nulidad  por  falta  de motivación, pues la  demostración    del    elemento    normativo   del   delito   de   enriquecimiento  ilícito de particulares  se cimentó en comunicados  de  prensa  que  aludían a las actividades ilícitas del señor Efraín Antonio  Hernández Ramírez.   

          La  narración de prensa visible al folio 161 del cuaderno original  número  7  fue  acogida  como  una de las pruebas para afirmar la existencia de  “actividades ilícitas”  a  las  que  alude el tipo penal imputado y a el se refiere el Tribunal en forma  vaga,  lacónica  e  infundada,  en  condiciones   que impiden a la defensa  descubrir  el  alcance  que  se  le quiso dispensar. Se ignora si tales informes  prueban  una  reputación,  un  rumor  o  un  hecho  notorio  que posibiliten su  refutación,  sin  que  pueda  suponerse el fundamento de la credibilidad que le  otorgó el Ad quem.   

          Esa  falta  de  motivación constituye irregularidad sustancial que  afecta  el  debido  proceso  y  quebranta  el  artículo  29 de la Constitución  Política.   

De  modo  indirecto  es  un  agravio  a los  artículos  232  del  Código de Procedimiento Penal, que recoge el principio de  necesidad  de  la  prueba, y 170 del mismo ordenamiento, en cuanto prescribe que  toda  sentencia  debe contener el análisis y la valoración jurídica en que se  funda la decisión.   

          Esa  irregularidad  fue  de  trascendencia,  pues  con base en ella  edificó  el  juzgador la prueba sobre las actividades  delictivas  del  señor  Efraín  Antonio  Hernández  Ramírez,   para  concluir  en  la  condena  pronunciada  contra  su  defendida.   

Sin ese error sustancial, la decisión final  hubiera  sido  distinta o, por lo menos,  el objeto concreto de un reproche  en casación resultaría de más fácil comprensión y claridad.   

          Pide  quebrar  la sentencia para que se decrete la nulidad a partir  del  fallo  de segunda instancia y, en su lugar, se “…profiera nuevamente el  fallo de primera instancia”.   

El   segundo,  subsidiario,    con   fundamento  en  la  causal  primera,  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustantiva,  concretada  en  la  indebida selección del  artículo  1º  del  Decreto 1895 de 1989, adoptado como legislación permanente  por  el  artículo 10º del Decreto Especial 2266 de 1991, que reprime el delito  de       enriquecimiento       ilícito       de  particulares.   

En  desarrollo y fundamentación del cargo,  advierte  la  concurrencia de dos errores de derecho y uno de hecho, que postula  así:   

Error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad.   

Lo hace consistir en el aporte extemporáneo  e  irregular  que  se  hizo de un proceso que se adelantó en el Perú contra el  extinto  Efraín  Antonio  Hernández  Ramírez  por  el  delito  de tráfico de  estupefacientes.   Ese   medio   de   convicción   es  ilícito  e  inexistente  porque:   

a)  Se aportó después de agotada la etapa  probatoria  del  juicio,  con violación de los artículos 232 y 448 del Código  de  Procedimiento  Penal  vigente para la época y sirvió de fundamento para la  resolución de condena.   

b) La investigación que se adelantó en el  Perú  se  inició  tres  años  después  de  la  muerte  del  imputado, cuando  resultaba  imposible  hacerlo  destinatario de un proceso y de una sanción. Por  tanto,  esa  prueba  es  ilegal  e  inexistente y no podía ser considerada para  afirmar  la  existencia  de  las actividades ilícitas  atribuidas  a  Efraín  Antonio  Hernández,  ni para  apuntalar la condena contra la procesada.   

c) La prueba se halla fuera de la legalidad  porque  desconoce  el numeral 13 del artículo 7º de la Convención de Viena de  1988,  aprobada  por  Colombia mediante al Ley 67 de 1993, y que se refiere a la  prohibición   de   utilizar,   sin  consentimiento  del  Estado  requerido,  la  información  o  las pruebas suministradas en otras investigaciones distintas de  las  indicadas  en  la solicitud. Como la prueba pedida al Perú no fue para ser  utilizada   contra   María  Marcela  Serrano  Camacho  sino para otro asunto que se adelanta en Colombia, se  incorporó  a  éste proceso sin la anuencia de ese país. De ahí su ilegalidad  e  inexistencia,  circunstancias  que  impedían  su apreciación como prueba de  cargo  y  fundamento  de  la  decisión  que  revocó  la  sentencia  de primera  instancia.   

Cuando  se  produjo la ruptura de la unidad  procesal,  el  asunto  contra  María  Marcela Serrano  Camacho  pasó  a ser una actuación diferente y, por  tanto,  la aducción irregular de la prueba comentada violó los términos de la  Convención  de  Viena  y  de  paso  los artículos 29 y 93 de la Constitución,  éste   último  en  cuanto  integra  los  tratados  al  ordenamiento  jurídico  interno.   

Error  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción.   

Los  informes  de policía judicial que dan  cuenta   de   las   supuestas  actividades  ilícitas  de Efraín Antonio Hernández Ramírez, que sirvieron  al  Tribunal para tenerlas por ciertas y a partir de ellos tomar la decisión de  condena  contra  la procesada, no debieron merecer ningún crédito, pues cuando  se  adelantaba  la  fase  instructiva  sobrevino  la  Ley 504 de 1999, que en su  artículo  50  modificó  el  artículo  313 del Código de Procedimiento Penal,  para  entonces  vigente,  y  eliminó  el  valor  probatorio  de los informes de  policía judicial y las versiones de los informantes.   

Error de hecho por falso juicio de identidad  por tergiversación de la prueba.   

Como   evidencia   de   las  actividades   ilícitas,   el  Tribunal  aludió  a   “notorios  informes  de  prensa”  y “reiterada y amplia información de los medios de  comunicación”.  Con ello distorsionó la significación del único informe de  prensa  que  obra  en el expediente y que se reduce a  un párrafo donde se  dice   que   “En  los  archivos  de  inteligencia  del  bloque  de  búsqueda,  ‘don  efra’  aparece  registrado como uno de los  presuntos   cabecillas   del   cartel   del   norte   del   Valle”.   

La prensa se refirió a los “presuntos”  vínculos  de Hernández Ramírez con las actividades del narcotráfico, pero no  dio  por  cierto  que fuera un cabecilla del cartel del norte del Valle. Por eso  no    se    puede   decir   que   esa    vinculación   sea   un   “hecho  notorio”.   

Los  yerros en el proceso de valoración de  la  prueba  son  protuberantes  y, por tanto, desintegrado el elemento normativo  referido  a la expresión “actividades ilícitas”,  contenida  en el tipo penal, se debe pronunciar fallo  absolutorio para subsanar los vicios de la sentencia impugnada.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          Aconseja no casar la sentencia. Explica:   

          Primer cargo.   

Es  correcto  formular  por  la  vía de la  causal  3ª  de  casación  reparos  a  la  sentencia por ausencia, deficiente o  ambigua  motivación.  Pero no basta sostener que la decisión en su conjunto, o  en  un  determinado  aspecto,  padece  de  irregularidad.  El  recurrente  está  obligado,   primero,   a   demostrar   esa   total,   incompleta  o  ambivalente  sustentación,  que  imposibilita  la  comprensión  del  fallo;  y,  segundo, a  comprobar  por  qué esa falla socava las bases del juzgamiento o las garantías  fundamentales.   

          En  el  caso  concreto,  el  actor  ataca  el informe de prensa que  sirvió   al   juzgador   para   colegir   la  existencia  de  las  actividades   delictivas   de   Efraín  Hernández  Ramírez,  y  el  equívoco en el que incurrió al tenerlo como base  para  afirmar  la  responsabilidad penal de la procesada, como autora del delito  de enriquecimiento ilícito de particulares.   

          Si  la razón de la discrepancia es que se haya tenido en cuenta un  informe  de  prensa  como fundamento de la decisión condenatoria, el desacuerdo  debía  ser  presentado  por  la  ruta  de  la  violación  indirecta  de la ley  sustancial, por error de hecho o de derecho.   

          Contrario  al discurrir del recurrente, la sentencia no se advierte  ausente  de  motivación  y  son suficientes las razones fácticas, jurídicas y  probatorias que la sustentan:   

En  la primera parte del fallo, el juzgador  precisa  que  cuando  se  incurre  en  la  conducta  punible  de enriquecimiento  ilícito  de  particulares  incumbe  probar  que  el  incremento  patrimonial se  hallaba  vinculado  con actividades delictivas, aunque sobre estas no se hubiere  pronunciado   sentencia   condenatoria,   tal  y  como  lo  ratificó  la  Corte  Constitucional cuando se ocupó de esa especie delictiva.   

          El  Tribunal sostuvo que el incremento patrimonial alcanzado por la  procesada  provenía  de las actividades delictivas que en el comercio ejecutaba  su   esposo   Efraín   Antonio  Ramírez,  alias  “Don  Efra”,  actividades  acreditadas  en  la  investigación  con  los  informes de inteligencia, con las  pruebas  procedentes  de  las  autoridades  peruanas  y  con  el  hecho  notorio  ampliamente  conocido por la sociedad. Y de todo ello estaba enterada la señora  María Marcela Serrano Camacho.   

          Sobre  la  consideración  de  que  era  necesario  evidenciar  las  actividades   delictivas,  obra  del  fallecido  esposo  de la procesada, el Tribunal hizo un análisis del  proceso  radicado  bajo  el  número  1080-999 adelantado en la Fiscalía Cuarta  Especializada  en  Tráfico  Ilícito  de  Drogas  de  Lima, Perú, en el que se  señala  a  “Don  Efra” como traficante colombiano, al lado de Orlando Henao  Montoya, miembros del “cartel del Norte del Valle”.   

          Avanza    el   Ad   quem   para  aclarar  que  la  persona  mencionada  en  el aludido proceso  corresponde  a  Efraín  Hernández  Ramírez,  esposo de la procesada. Este, al  lado  de  sus desempeños comerciales lícitos, adelantaba actividades ilícitas  relacionadas  con  el  narcotráfico.  Inicialmente  esos comportamientos fueron  soterrados e imperceptibles y luego se tornaron en notorios.   

          El  sentenciador  fue  claro  y preciso en  la fundamentación  del  fallo:  con apoyo en distintos medios probatorios como el informe de prensa  y        la        investigación        que        cursaba       en       Lima,  sostuvo,               con  argumentos  razonados,  que  el  esposo de la procesada desarrollaba tareas  ilegales relacionadas con el tráfico de drogas.   

Del  informe  de prensa se desprende que la  fiscalía  y  la  policía venían adelantando investigaciones preliminares para  obtener  la  captura de “Don Efra”, por el presunto delito de narcotráfico.  Esta  persona  figura  en  los  archivos de inteligencia del bloque de búsqueda  como  presunto cabecilla del cartel del norte del Valle. Esos reportes no son un  rumor  o un comentario vago, ni equivalen a simple prueba de reputación  o  fama,  pues  se  sustentan en las diligencias adelantadas por la fiscalía y los  organismos de inteligencia.   

          A  diferencia  de  lo  expresado  por el demandante, la defensa sí  podía  ejercer  el contradictorio, pues el único informe de prensa incorporado  al  expediente se refería a las actividades delictivas de “Don Efra” y, aun  cuando  el  Tribunal  no mencionó en qué parte de la actuación se encontraba,  resultaba  fácil  saberlo, tanto así que el censor lo particulariza como aquel  que aparece en el folio 161 del cuaderno original número 7.   

          Segundo cargo.   

          Acerca              del             aporte             extemporáneo que se hizo de parte de un  proceso  adelantado en el Perú con omisión, según el recurrente,  de las  formalidades  legales,  reporte  que  daba  cuenta  de  los  antecedentes de las  actividades  ilícitas  de  “Don  Efra”,  debe  replicarse  que, conforme el  artículo  448, inciso final, de la normatividad procesal vigente para la época  de  la  celebración de la audiencia pública, el juez de oficio podía decretar  las    pruebas    que    considerara    necesarias,    lo    que   efectivamente  aconteció.   

          Si  las pruebas podían ser aportadas al proceso en la “audiencia  pública”  antes  de  que finalizara ese acto procesal, se debe admitir que la  criticada  por  el  censor  fue  entregada  por  el  fiscal cuando hacía uso de  la   palabra,  y antes de la intervención del representante del ministerio  público, la procesada y su defensor.   

Se  contó  entonces  con  la  oportunidad  procesal  de  controvertirla.  Además,  no  se  puede pasar como inadvertido el  hecho  de  que  el  apoderado  de  la procesada fue quien primero intervino para  allegar  como  prueba  una  constancia  expedida  por la Fiscalía General de la  Nación  que  comunicaba  sobre  la  carencia de antecedentes penales de Efraín  Antonio   Hernández   Ramírez,   conducta  defensiva  que  no  fue  objeto  de  cuestionamiento con base en la extemporaneidad.   

         

          De  otra  parte, el fiscal precisó que los antecedentes penales en  la  República  del Perú ya reposaban en los procesos de extinción de dominio,  así  como  en  el  radicado  105,  en  el que se presentó ruptura de la unidad  procesal que dio origen al presente asunto.   

          En   la   audiencia  pública  el  defensor  cuestionó  la  prueba  señalada  dada  su  extemporaneidad,  no  así  la aportada por él en la misma  oportunidad,   advirtiendo   que   conocía   su   contenido  como  defensor  de  María    Marcela   Serrano   Camacho   y  apoderado de quienes reclamaban derechos reales en el proceso de  extinción  de  dominio  de  los  bienes  del finado Efraín Antonio Hernández.   

          Se  deduce entonces que la prueba comentada obraba ya en el proceso  original,  fue  decretada  oportunamente, incorporada en tiempo y en condiciones  que  garantizaron  su contradicción, como puntualmente lo enfatizó el juzgador  de  segunda  instancia.  La ruptura de la unidad procesal no supone que se deban  desestimar   las   pruebas  acopiadas  en  el  expediente  original,  pues  ello  equivaldría  a  poner  límites  irracionales a la actividad probatoria. Si fue  lícita  la  aducción  de  la prueba, carece de razón el ataque formulado a la  sentencia.   

          Para  el censor, la averiguación penal en el Perú se inició tres  años  después  de ocurrida la muerte de Efraín Hernández Ramírez, cuando ya  no   podía   ser  destinatario  de  proceso  penal.  Así  resulte  válida  su  afirmación,  no  puede  desconocer  que  cuando se trata de seres humanos vivos  como    la   procesada   Marcela   Serrano   Camacho,  su  condición  de  destinataria  de  la  norma penal  resulta  indiscutida  y los Estados no tienen fronteras investigativas a la hora  de establecer el origen del patrimonio.   

          Los   principios  y  valores  que  inspiran  nuestra  Constitución  Política,  la  razón  social  y  jurídica  del  tipo  penal  que  reprime  el  enriquecimiento   ilícito   de   particulares,   aconsejan   que,  si  bien  la  responsabilidad  penal es individual y se dirige a seres  vivos, imputables  o  inimputables,  la  acción  de  extinción de dominio impide que la muerte de  quien  ha  faltado  a  la  ley  legalice  los  capitales  habidos  en contra del  ordenamiento  jurídico.  La  censura  por  éste  aspecto tampoco compromete la  legalidad y validez del fallo atacado.   

          Sobre  la  omisión  de  las formalidades que en materia de pruebas  contempla  el  artículo  7º,  numeral  13, de la Convención de Viena de 1988,  aprobada   por  Colombia  mediante  la  Ley  67  de  1993,  que  impide  que  la  información   o   las   pruebas   proporcionadas   puedan   ser  utilizadas  en  investigaciones  distintas  de  las  indicadas en la solicitud sin autorización  previa de la parte requerida, acota la Delegada:   

          Inicialmente  una  Fiscalía Regional de Cali venía instruyendo un  proceso   contra   María   Marcela  Serrano  Camacho  y    María    Aydé   Hernández   Ramírez,   por  enriquecimiento  ilícito.  Simultáneamente,  la  Unidad Nacional de Fiscalías  para  la  extinción  del  derecho  de  dominio  y  contra el lavado de activos,  instruía,  bajo  el  radicado  105,  proceso  contra  la  señora  Serrano Camacho.   

          Con  resolución  No.  198  del  12  de  mayo  de 1999, el Director  Nacional  de  Fiscalías  ordenó  unir las investigaciones y las reasignó a la  Unidad  Nacional para la Extinción del Derecho de Dominio, con sede en Bogotá,  con  el  fin  de  tramitarlas  en proceso unificado bajo el radicado número 105  L.A.   

          En  el  proceso  unificado  se  dispuso  el  cierre  parcial  de la  investigación  respecto  de  María  Marcela  Serrano  Camacho, con el consiguiente rompimiento de la unidad  procesal.   

          En  el proceso original ya obraba la prueba del averiguatorio penal  que  se adelantaba en la República del Perú. Como no se tomaron las fotocopias  cuando  se  dispuso  la  ruptura de la unidad procesal, no obraban materialmente  para  el  momento de la audiencia pública. Más no por ello se puede afirmar su  carácter ilícito.   

          La  identidad  fáctica  en  los  procesos  que  se  adelantan  por  conductas  y  persecución de bienes obtenidos a partir de actividades ilícitas  de  “Don  Efra”,  otorga improntas de legalidad a la prueba procedente de la  Fiscalía   del   Perú   y   que   da   cuenta  del  verdadero  origen  de  los  capitales.   

          La  apreciación  de la susodicha prueba no desconoce la filosofía  que  orienta  la  asistencia  judicial recíproca prevista en la Ley 67 de 1993,  aprobatoria   de  la  Convención  de  Viena  contra  el  tráfico  ilícito  de  sustancias   estupefacientes,  porque  María  Marcela  Serrano      Camacho,  con    su   actividad   dolosa   directa,   incrementó  su  capital  de  forma  injustificada,  derivándolo  de  las  actividades  delictivas  de  alias “Don  Efra”.   

          Las  diligencias  remitidas  por  el  Gobierno de Perú tienen como  sustento  la asistencia internacional en la lucha contra los delitos. Por tanto,  no   se  requería  dar  cumplimiento  nuevamente  a  los  presupuestos  que  la  Convención    exige,   en   particular,   el   consentimiento  del  Estado  requerido.   

          La  crítica,  entonces,  no  desquicia  la  legalidad del fallo de  segunda instancia.   

         

          En  lo que tiene que ver con el error por  falso   juicio   de   convicción  originado  en  la  apreciación    de   los  informes   de  Policía  Judicial,  que  en  sentir  del  recurrente  no  debió  considerar  el  sentenciador  conforme lo dispuesto en el artículo 50 de la Ley  504  de  1999,  de lo regulado en los artículos 309 y siguientes del Código de  Procedimiento  Penal  anterior, y 311 de la Ley 600 del 2000,  la actividad  de la policía judicial es legítima.   

          Cuando   la  Corte  Constitucional  revisó  la  exequibilidad  del  artículo  50 de la Ley 504 de 1999, dejó claro que, no obstante la carencia de  valor  probatorio  de  tales  informes,  el funcionario judicial puede partir de  ellos  con  miras  a  producir  la  prueba  que  se  requiera para establecer la  realidad    y    veracidad    de   los   hechos   y   la   responsabilidad   del  imputado.   

          En  vigencia  del  artículo  316  del  Decreto  2700  de 1991, hoy  artículo  319  de  la  ley 600 del 2000, los informes de los agentes del Cuerpo  Técnico  se rinden mediante certificación jurada a la Unidad de Fiscalía, con  indicación  de  los  nombres  y apellidos de quien lo suscribe y el número del  código  que lo acredita como investigador. De ésta manera, dichos informes son  documentos  públicos,  destinados  a auxiliar la investigación, en cumplimento  de  funciones  que  se cumplen bajo la coordinación de la fiscalía, de acuerdo  con lo dispuesto en el artículo 250 de la Constitución Política.   

          El  impugnante  debió  demostrar  que  esos  informes  de policía  judicial,  cuya  exclusión  reclama, eran la única prueba fundamentadora de la  decisión  de  condena  y  que  no  existían  otros  medios  de convicción que  soportaran la prédica del enriquecimiento ilícito.   

          Además  de  la prueba obtenida a través de la asistencia judicial  recíproca,  la  condena  se  funda  en  una  serie  de  dictámenes  periciales  contables  realizados  por  la  Fiscalía  y  la  Procuraduría,  indicativos de  exorbitantes  movimientos  financieros  en cuentas bancarias que aparecían como  de  propiedad  de la procesada y cuyo origen lícito no pudo demostrar, lo mismo  que  en  un  cúmulo  de  escrituras  públicas  que  apuntan  a  bienes  que la  sentenciada  adquirió, y cuyo origen se remitía a las actividades delictivas a  las que se dedicó el desaparecido alias “Don Efra”.   

          El  casacionista  no  desvirtúa  la  prueba  en  que  se  funda la  acreditación  del  enriquecimiento  ilícito de María  Marcela  Serrano,  pues  los  ingresos  como  modelo,  periodista,  etc.,  con  los  que pretende justificar su capital, no explican la  diferencia  protuberante  con  los  movimientos de dinero en sus cuentas, ni con  los   bienes  poseídos.  El  reparo  no  logra  comprometer  la  legalidad  del  fallo.   

          En  el  reproche  por  error de hecho por  falso  juicio de identidad  por  tergiversación  de  la  prueba, el demandante no  demuestra  yerros  judiciales.  Solamente pretende morigerar y restar eficacia a  una  información  de  prensa  que, en su convicción íntima, es irrelevante en  punto  a  la demostración de las actividades ilícitas de alias “Don Efra”.  Mientras  tanto,  para  el  juzgador fue fundamento adicional para corroborar el  verdadero  origen  del  capital  que  manejó la procesada y que incorporó a su  patrimonio.   

          La  crítica  se  enseña como alegación de un debate de instancia  en  donde  el  recurrente  se  opone  a  las  conclusiones  a las que arribó el  fallador.   

El reparo, además, es intrascendente, pues  más   allá   de   lo   que  el  Tribunal  denominó  “notorios  informes  de  prensa”  y “reiterada y  amplia  información de los medios de comunicación”, el informe de prensa que  obra  en  el  expediente da cuenta de los archivos policiales de inteligencia en  los  que  “Don Efra” aparece como uno de los presuntos cabecillas del cartel  del norte del Valle del Cauca.   

Basta con saber, de otra parte, que Efraín  Hernández  Ramírez, esposo de la sentenciada, se dedicó al tráfico ilegal de  drogas  estupefacientes por espacio de ocho años en el corredor Perú- Ecuador-  Colombia  –  Estados  Unidos  –  Europa  y  otros  lugares,    como lo  acreditan  los antecedente reportados desde el Perú y a partir de los cuales se  infiere   que   el   capital   de   la   procesada   derivó  de  “actividades  delictivas”.   

CONSIDERACIONES   

La Corte no casará la sentencia impugnada,  primero,  porque ninguna de las acusaciones formuladas contra ella está llamada  a  prosperar;  segundo,  porque es una decisión seria, profunda, producto de un  análisis  histórico enjundioso y de una contextura tal, que no sólo conduce a  la  conclusión  a  la  que  llega,  sino  que, paso a paso, con tino y acierto,  desvanece  totalmente,  uno  por  uno, los argumentos que sirvieron de base a la  juzgadora  de  1ª  instancia  para  que  optara  por  la absolución, así como  aquellos  que  planteara  el  defensor de la procesada; y, tercero, porque no se  aprecia  ninguna  causal  de  nulidad ni se detecta violación alguna a derechos  fundamentales.   

  Nulidad   

La  Corte  ha  dicho  que  en  materia  de  motivación    de    la    sentencia   surge    irregularidad    de    fondo    cuando   se   carece   totalmente   de   ella;  o  es  precaria  o  incompleta,   porque   no   alcanza   a  traslucir      las      bases     de     lo     decidido;     o     anfibológica, por cuanto se sustenta en  razones         contradictorias        excluyentes;        o        aparente       o       sofística,  si  el  juez  desconoce las  pruebas  que  conducen  a  conclusiones diversas sobre la verdad material (Cfr.,  por  ejemplo,  sentencia  de  casación del 29 de octubre del 2003, M. P. Édgar  Lombana  Trujillo, radicación número 17.093, fallo que, además, recoge y cita  reiterados pronunciamientos de la Sala).   

         

El   impugnante   parte  de  una  premisa  equivocada  cuando, a pesar de que no lo dice expresamente, pretende elevar a la  categoría  de  único  medio de persuasión el informe de prensa que se refiere  a   las  actividades  ilícitas  de alias “Don Efra”, y elude remitir a  las  consideraciones  globales y completas que sobre el elemento estructural del  tipo   imputado   hace   el   Tribunal   a   propósito   de   las  actividades  delictivas  como  fuente  y  origen del enriquecimiento ilícito de particulares.   

En   la   presentación   del   conjunto  argumentativo,  el  sentenciador llama la atención sobre la necesidad de probar  que  el  incremento  patrimonial alcanzado deriva de actividades delictivas, sin  que  sea  imprescindible una sentencia condenatoria previa por las conductas que  las  conformen.  Para  ello  evoca  fragmentos  de la sentencia C-319, del 18 de  julio  de  1996,  emanada  de la Corte Constitucional, que confirman tal aserto.   

El   sentenciador  no  se  limita  a  una  referencia  tangencial  y  fugaz sobre el origen ilícito del enriquecimiento de  la procesada.   

Obsérvese:  

Frente   a  la  prueba  de  las  acciones  delictivas,  obra  de  Efraín  Antonio Ramírez, consorte de la dama procesada,  destaca  los  informes  suministrados por las autoridades judiciales del Perú y  el  conocimiento  social  ampliamente  extendido  sobre  la  notoriedad  de esas  actividades,  al  lado  de  lo obvio, es decir, la conciencia que de ello debía  tener  la  incriminada,  señora María Marcela Serrano  Camacho.   

Con  la finalidad de abundar en razones, se  ocupa  del  examen  de  las  piezas  que  hacen  parte  del proceso No 1080-999,  adelantado  en  la Fiscalía Cuarta Especializada en Tráfico Ilícito de Drogas  de  Lima,  para  concluir,  en  primer  lugar,  que  Efraín Hernández Ramírez  aparecía  señalado  como  narcotraficante  y  miembro del cartel del norte del  Valle;  y,  en  segundo  término,  que  la  riqueza  injustificada de su esposa  derivaba de actividades delictivas.   

De esta manera, es claro que la motivación  de  la  sentencia  es  objetivamente  perceptible  e  inteligible y que funda su  fortaleza,  no  en  uno,  sino  en varios medios de convicción que sirvieron al  sentenciador  para  forjar  el  juicio  positivo  sobre  la  existencia  de  las  actividades  ilícitas,  fuente  mediata  del  enriquecimiento  ilícito  que se  imputa a la procesada.   

          Desde   otro  ángulo,  nótese  que  el  informe  de  prensa  cuya  referencia  insular asume el  recurrente,  cuenta  que  la fiscalía y la policía adelantaban investigaciones  con   miras   a   obtener   la   captura   de  “Don  Efra”,  señalado  como  narcotraficante  y  quien  figuraba en los archivos del Bloque de Búsqueda como  presunto cabecilla del cartel del norte del Valle.   

          Como  lo  advierte la Delegada, los términos del informe no pueden  generar  confusión  o  equívoco  en  el sentido que lo ensaya el censor cuando  sugiere  que  puede  ser  indicativo de un rumor, una declarada reputación o un  comentario  inconsistente.  Es que fluye patente que la información se limitaba  a  dar  cuenta  de  las  tareas emprendidas por la fiscalía y los organismos de  inteligencia,   ajenas   a   las   deleznables   hipótesis   que   elabora   el  impugnante.   

La  motivación  fáctica,  jurídica  y la  exposición   racional,   clara  y  precisa  de  los  juicios  que  soportan  la  afirmación  de  la  existencia  de  las  actividades  ilícitas,    fuente   del   enriquecimiento,   con  indicación  exacta  de otros medios de convicción que las corroboran, como los  informes   de   inteligencia  y  los  reportes  ofrecidos  por  las  autoridades  judiciales   del   Perú,   niegan   la   validez   de   los   fundamentos   del  reproche.   

Si   fuera  necesario,  recuérdense  las  palabras   del   Tribunal,   posteriores  al  rastreo  probatorio que realiza:   

“No  es  menester tener que recurrir a un  Tour  de  Force para concluir que de la investigación  adelantada  por  las  autoridades  peruanas emerge con  suficiente  claridad  que  el  señor  Efraín Antonio  Hernández  alias  ´Don  Efra´,  desde finales  de  la  década  de  los ochenta  estaba    dedicado    a    actividades   relacionadas   con   el   tráfico   de  estupefacientes…  Ahora  bien,  debe  decirse que no  sólo   esa   concreta   y   específica   prueba  es  demostrativa  de las actividades ilícitas a las cuales estaba también dedicado  el  señor  Hernández  Ramírez,  alias  ´Don  Efra´,  sino  que la  investigación  contiene  otras,  tales  como  los  informes de  inteligencia,    de    policía,   notorios   informes   de   prensa   –no  se  pierda  de vista que en virtud de los informes de inteligencia fue que se logró  establecer  que  al  señor  Efraín Hernández alias  ´Don   Efra´,  se  le  procesaba  por  actividades  relacionadas  con  el  tráfico de sustancias estupefacientes en el vecino país  del  Perú-,  que  aunadas  a lo anterior,     al     ser     valoradas     en  conjunto,  llevan a la Corporación a concluir que el  ciudadano  esposo  de  la  procesada  a  sus  lícitas  actividades de hombre de  negocios  mezclaba  las  provenientes  de  actividades  ilícitas relacionadas con el comercio clandestino de  sustancias  estupefacientes…” (letras inclinadas,  de la Corte).   

Sobre el tema, entonces, el fallo impugnado  se  halla  más  que  motivado.  Basta  percibir  la  extensión y, sobre    todo,   la   calidad   de   la  justificación.   

En ninguna de las especies de inmotivación  de los fallos, pues, ha caído el juez colegiado.   

Violación indirecta.  

Falso   juicio  de  legalidad.   

A los argumentos que exhibe el censor sobre  el punto, responde la Sala:   

Los incisos 2º y 3º del artículo 448 del  Decreto  2700  de  1991,  vigente para la época de celebración de la audiencia  pública, disponían:   

“Si  de  las  pruebas  practicadas en las  oportunidades  indicadas  en el inciso anterior, surgieren otras necesarias para  el  esclarecimiento  de  los hechos deberán ser solicitadas y practicadas antes  de que finalice la audiencia pública.”   

“De  oficio,  el juez podrá decretar las  pruebas que considere necesarias”.   

La práctica de las pruebas en la audiencia  pública  se  debía  cumplir  en  el  espacio  temporal  comprendido  entre  el  agotamiento  del  interrogatorio  al  procesado y hasta antes de que los sujetos  procesales  iniciaran  sus intervenciones (artículos 449 y 451 del Decreto 2700  de 1991).           

El  aporte  que en el curso de la audiencia  pública  se  hizo de las piezas procesales en referencia, fue legal y oportuno,  tal como lo explicó y demostró el Tribunal.   

En  la  sesión  del  6  de julio del 2001,  previa  la  intervención  oral de las partes, el defensor pidió que se tuviera  en  cuenta  una certificación que en el acto aportó y en la que se daba cuenta  que  ningún  proceso  penal  adelantaba la fiscalía en Colombia contra Efraín  Antonio   Hernández   Ramírez,   prueba   que   por   supuesto  no  consideró  extemporánea y sí pertinente y conducente.   

Cuando  en  el  mismo  momento  procesal el  fiscal  aportó  las  piezas que integraban un proceso penal seguido en el Perú  contra  el  desaparecido Efraín Antonio Hernández Ramírez, el mismo defensor,  pese  a  admitir  que se trataba de prueba ya, antes,  decretada,  se  opuso  a  que  fuera  incorporado  al  expediente  porque estimaba que su aducción era extemporánea y no cumplía con  las formalidades legalmente establecidas para la prueba trasladada.   

          La   prueba   documental  en  cuestión  ya  reposaba  en  los  procesos  de  extinción  de  dominio  y en aquel donde justamente se produjo la  ruptura  de la unidad procesal que dio origen al que ahora ocupa la atención de  la  Sala,  en los que actuaba el mismo defensor. No se trata, entonces, siquiera  de  prueba  respecto  de  la  cual  se  hiciera necesario un nuevo decreto, como  tampoco,  strictu sensu, de  prueba  trasladada  y, menos, de hacer llegar pruebas desconocidas por alguna de  las partes.   

La  sola  ruptura  de  la  unidad procesal  comportaba  el  imperativo  de  duplicar la totalidad de la actuación cumplida,  con  las  pruebas  a  ella  incorporadas.  Las partes  sabían   y   conocían   de   ella,  como  lo  admite  el  defensor.  De  modo  que el aporte material que hiciera el fiscal, antes de  las  intervenciones  de los sujetos procesales y de la finalización del debate,  no  constituye aducción extemporánea, ni agravio al derecho de contradicción,  pues   a  ella  hubo  de  referirse  ampliamente  el  Defensor,   en  su  empeño  porque  se  le  restara  cualquier mérito.   

No  recuerda  el recurrente que la acción  penal  que  nutre la actuación se dirige contra María  Marcela  Serrano  Camacho,  persona,  en  el  sentido  jurídico  del  término,  y  no  contra  el  finado  Hernández  Ramírez, cuyo  fallecimiento  en  manera  alguna  cierra  las  puertas  para  que  las  pruebas  acopiadas  en  las  actuaciones  penales  que  se  adelantaron  en  su contra, o  aquellas  que  se  recopilaron  cuando se ignoraba su  deceso,   puedan   ser  utilizadas  como  fuente  de  conocimiento,  en  otro  u  otros  procesos  que  se  impulsen  contra  personas  distintas.   

          La  muerte  del imputado o procesado pone fin a la actuación, más  no  sepulta  la  posibilidad  de  que  los medios de convicción que se hubieren  recaudado   puedan   servir   para   acreditar   hechos   y  circunstancias  que  potencialmente  demuestren  el compromiso penal de otros individuos, bien por el  mismo  delito  o  por  otras  especies  delictivas.  Con la muerte del procesado  fenece  la  potestad  punitiva  del  estado,  más  no  la  propiedad de objetos  cognición que conservan los medios de prueba legalmente aportados.   

          La  muerte  de  Efraín Hernández Ramírez impide que en su contra  se  pueda  emitir  un fallo penal de condena. Pero no es óbice para atender los  informes  y  pesquisas  de las autoridades judiciales y de policía que permiten  afirmar  que  en  vida  tuvo  vínculos cercanos con organizaciones dedicadas al  tráfico  de  estupefacientes,   especialmente si de esas actividades otros  han  derivado ilícita fortuna, en abierto desafío a la moral pública que como  especial  objeto  de  tutela  jurídica subyace en el tipo penal de enriquecimiento      ilícito      de      particulares.   

            Por lo demás, la muerte del sindicado,  procesalmente   ignorada,   no   diluye   la  fuerza  persuasiva  de  las  pruebas  que  en  tales  circunstancias  se hubieran podido  recaudar,  principalmente  si  de  ellas  dimanan elementos de juicio para temer  fundadamente     el     compromiso    penal    de    personas    distintas    al  fallecido.   

          El  recurrente  omite  rastrear  en  su  origen  el  aporte  de los  informes  del  Perú que, como prueba, se incorporaron legalmente al proceso que  adelantaba   una   fiscalía   regional   de  Cali  en  contra  de  María  Marcela  Serrano  Camacho  y Aidé  Hernández  Ramírez,  trámite que fue fracturado en su unidad, consecuencia de  la  clausura  parcial  de  la  investigación contra aquella. Que no se hubieran  separado   las   piezas   con   rigurosa   igualdad   cuantitativa  no  significa que las partes desconocieran ese material,  ni  que este no existiera, ni que el aporte que de ellas hiciera  el fiscal en el curso de la audiencia pública fuera ilegal.   

          Si  los informes del Perú se solicitaron  en  interés  del  proceso  que  inicialmente instruyó la fiscalía regional de  Cali,    entre    otras,    contra    María  Marcela  Serrano Camacho, no se ve  cómo  pueda   predicarse  su utilización indebida, cuando precisamente se  trataba   de  acreditar  con  ellos  las  actividades  ilícitas,  causa mediata del enriquecimiento injusto  atribuido a la procesada.   

          Equivocadamente  parece entender  el demandante que el proceso  resultado  de  la  ruptura  de  la unidad procesal sea fáctica y jurídicamente  distinto   de   aquel  donde  se  produjo  el  requerimiento  de  la  prueba  de  antecedentes  en  el  Perú,  cuando  se  trata  de una incontrastable identidad  objetiva.  Siendo  así, no era menester volver a requerir a las autoridades del  Perú  para  renovar  su  asentimiento con miras a que los informes pudieran ser  incorporados  y  apreciados  como  prueba  en  la  actuación  que finalmente se  impulsó   contra   María  Marcela  Serrano  Camacho,  pues  los  motivos  originales de su requerimiento se  conservaban indemnes.   

          Aparte  de  que  la  prueba  había  sido ordenada y solicitada con  todas    las    formalidades    legales   desde   tiempo   atrás   –en   el  marco  de  las  diligencias  iniciales-           ,  si  hubiera  insuficiencia  responsiva  bastaría  agregar  que,  a  más  de ello, la prueba  fue  requerida  en  audiencia  pública;  que  la  juez la ordenó; que después  recapacitó  sobre  su  actuar; y que terminó ordenado la práctica de la misma  con  base en sus facultades oficiosas. Otra cosa es que, hasta con preocupación  por  parte  del  Tribunal,  la propia juez  se hubiera tomado más de tres meses para llevar a la realidad su  propia orden.   

          Develada  así  la  realidad  del proceso de aducción y validez de  los  informes  de  antecedentes de alias “Don Efra”, ningún cuestionamiento  puede   ofrecerse  a  la  consideración  que  de  ellos  hizo  el  sentenciador  para   sustentar el carácter ilícito del enriquecimiento de la procesada,  ni  censurarse  su  legalidad  o la imaginada contrariedad con los términos del  acuerdo  sobre  asistencia  judicial  del  que  da  cuenta  la  Ley  67 de 1993,  aprobatoria   de  la  Convención  de  Viena  contra  el  tráfico  ilícito  de  sustancias estupefacientes, de 1988.   

          Falso juicio de convicción.   

         

Es  evidente que el artículo 50 de la Ley  504  de  1999  adicionó  el artículo 313 del Código de Procedimiento Penal de  1991 con un inciso, el 4º, que disponía:   

“En  ningún  caso  los  informes  de la  policía  judicial  y las versiones suministradas por informantes tendrán valor  probatorio en el proceso”.   

Pero  también  es  cierto  que  la  Corte  Constitucional  fijó el alcance de la disposición. En efecto, cuando se ocupó  del  estudio  de  la disposición citada, expresó lo siguiente (C-392 del 2000,  M. P. Antonio Barrera Carbonell):   

“El art. 50 incorpora un inciso final al  art.  313 del C.P.P., en el sentido de señalar que en ningún caso los informes  de  la  Policía Judicial y las versiones suministradas por informantes tendrán  valor probatorio en el proceso.   

La  mencionada  disposición  se  ajusta  plenamente  a  la  Constitución,  en  la  medida  en  que  no  le  asigna valor  probatorio  a  los mencionados informes y versiones, por tratarse de actuaciones  extraprocesales    no    controvertidas   por   las  personas  a  las  cuales se podían oponer dentro del  proceso.   

Si el legislador al diseñar las reglas del  debido  proceso  conforme al art. 29 de la Constitución puede determinar cuales  son  los  medios  de  prueba  admisibles, igualmente está facultado para que en  ciertos  casos  pueda  disponer  que un determinado instrumento probatorio no es  idóneo  como  prueba  dentro  de un proceso. Sin embargo, entiende la Corte que  dicha   facultad   no   puede  utilizarse  en  forma  arbitraria,  irracional  y  desproporcionada,   sino  que  debe  obedecer  a  una  finalidad  constitucional  legítima.   

En   la  sentencia  C-038/961,  al revisar  la  constitucionalidad  del  art.  3 de la ley 190 de 1995 halló inadmisible la  finalidad  de  la ley destinada a neutralizar un medio probatorio, con el fin de  precaver eventuales condenas judiciales. Dijo la Corte:   

“No  cabe  duda  de  que  el  régimen  probatorio  (práctica,  valoración  y  apreciación  de  las  pruebas,  medios  probatorios,  requisitos  sustanciales  y procesales aplicables a la aportación  de  las  pruebas  etc.),  en  general, se libra a la voluntad del Legislador. No  obstante,  el  sistema  que  se  establezca no puede desconocer la garantía del  debido  proceso  y  el  respeto y protección de los restantes bienes y derechos  constitucionales”.   

“4.  Una  pretensión pública subjetiva  que  integra  el  derecho  al  debido  proceso  es  la  de  presentar  pruebas y  controvertir  las  que  se  alleguen en contra (C.P. art., 29). A este respecto,  las  limitaciones legales relativas a la conducencia o admisibilidad de un medio  específico   de   prueba,   sólo  resultan  admisibles  si  persiguen  un  fin  constitucional   y   las   restricciones   que   entrañan   son   razonables  y  proporcionadas  en  relación  con  el mismo y las consecuencias que de éste se  derivan”.   

“5.  La finalidad de la ley -neutralizar  un  medio  probatorio  con  el fin de precaver eventuales condenas judiciales en  los  procesos  laborales-, viola la Constitución. La finalidad del Estado es la  de  proteger  y  garantizar los derechos de las personas (C.P. art. 2) y ello no  se  logra  ocultando  la verdad que puede judicialmente establecerse mediante el  acceso  a  sus  archivos.  El  Estado  y sus agentes, deben velar y defender los  bienes  e  intereses  del  Estado.  Para  ello,  sin  embargo,  no  es necesario  obstaculizar  la  correcta  administración de justicia – que, por el contrario,  debe  ser  secundada  en  su  tarea  -,  privándola por ministerio de la ley de  elementos  probatorios  que pueden ser útiles y relevantes a la hora de aplicar  el derecho”.       

En  el  presente caso la finalidad buscada  por  el  legislador  es  legítima, pues tiene su fundamento en el art. 29 de la  Constitución  que consagra la presunción de inocencia, la cual solamente puede  ser  destruida  cuando se incorporan legal y regularmente al proceso pruebas que  el   sindicado   está   en   la   posibilidad   de  controvertir.   

Los informes de la Policía si bien muchas  veces  revelan  situaciones  objetivas que han verificado sus agentes, en otras,  son  producto  de  indagaciones  con  terceros, muchas veces indeterminados, que  estructuran  conjeturas  o  apreciaciones que materialmente no son idóneos para  fundar  una  prueba;  pero  en  todo  caso  en su producción no intervienen las  personas sindicadas que pueden verse afectados por ellos.   

El  legislador  ha  descartado  el  valor  probatorio  de  dichos  informes  sobre la base de conveniencias políticas, que  él  libremente  ha  apreciado, como podrían ser la unilateralidad de éstos, y  la  de  evitar  que  los  funcionarios  que deban juzgar se atengan exclusivamente  a  éstos y no   produzcan   otras   pruebas  en  el  proceso,  en  aras de la búsqueda de la verdad real, con desconocimiento de los  derechos  de  los  sindicados.  Por  ello  la  Corte,  en  ejercicio del control  constitucional,   no   se   encuentra   en   condiciones  de  cuestionar  dichas  consideraciones  políticas,  pues  ello corresponde a la competencia y libertad  del  legislador  para  diseñar  la  norma jurídica procesal.      

Sin embargo, lo anterior no obsta para que  el  funcionario judicial competente pueda, a partir de dichos informes, producir  dentro  del  proceso  la  prueba  que  se requiera para establecer la realidad y  veracidad  de los hechos que son relevantes en éste, la cual naturalmente puede  ser  controvertida  por el sindicado. Pero se anota que lo que dicho funcionario  puede  valorar  es  la  prueba  producida regularmente en el proceso, mas no los  mencionados   informes”   (negrillas  de  la  Sala,  ahora).   

Es  claro,  entonces,  que la prohibición  legal,  con el contenido que le ha dado la doctrina constitucional, apunta a que  se  quiere  evitar  el cercenamiento del contradictorio, a que tales informes no  deben  ser  la  prueba  única,  y  a que a partir de ellos, eso sí, es posible  producir pruebas.   

Y como también es nítido, en este proceso  la  controversia  sobre el tema ha sido amplia y el informe no ha sido el único  medio de prueba asumido, utilizado y valorado por la justicia.   

El reproche no compromete la legalidad del  fallo  de  segunda  instancia.  Las  conclusiones  del  recurrente en torno a la  significación  y extensión de ese artículo son parcialmente válidas, pues de  su  texto  se  desprende  que  los  informes  de  policía judicial, no obstante  carecer  de  fuerza  probatoria,  pueden  servir  de  referente  al  funcionario  judicial  para  alcanzar  la producción de la prueba que el proceso demande, en  procura  del  esclarecimiento  y  veracidad  de  los  hechos  que  conforman  su  objeto.   

          Si  merced a los informes de la policía judicial se logró conocer  la  existencia  de  las  indagaciones adelantadas por las autoridades judiciales  del  Perú,  así  como la obtención final del aporte de copiosa documentación  que   lo  corroboraba,  no  es válido afirmar que la remisión que a ellos  hace el sentenciador configura yerro alguno.   

          Añádase,   para   repetir:  el  demandante  desatiende  el  poder  demostrativo  de  otros  medios de persuasión que obran en el expediente, y que  concurren  a acreditar el carácter delictivo de las actividades que cumplía el  difunto  esposo  de  la  procesada,  como los reportes ofrecidos por la justicia  peruana   y    el  informe  de  prensa   que  destaca  las  tareas  de  inteligencia  cumplidas por la fiscalía y la policía. Es decir, se contaba con  fuentes  que apuntaban a tener a Efraín Antonio Hernández Ramírez como activo  miembro  del  cartel  del norte del Valle, de conocido desempeño en el tráfico  de estupefacientes.   

En  términos  hipotéticos,   hasta  podría  pensarse  que  el  reproche eventualmente podría tener fuerza, siempre  que   se   comprobara   que   únicamente   los  informes  de  policía  judicial  hubieran  servido  en  la  construcción   del   juicio   sobre   la   existencia   de   las   actividades  delictivas  de alias “Don  Efra”.  Sin embargo, como quedó visto, obran en el expediente otros medios de  prueba que conducen a la misma conclusión.   

La  sentencia  impugnada,  entonces,  no  traiciona  en  lo  más mínimo el alcance del inciso 4º del artículo 50 de la  Ley  504  de  1999  y,  por tanto, su creador no ha incurrido en falso juicio de  convicción.   

Falso  juicio  de  identidad.   

La  distorsión  planteada es aparente. Lo  que  en esencia se adivina es la oposición del recurrente a lo expresado por el  informe  sobre las actividades delictivas de  alias  “Don  Efra”.  Más  que  a  la  desfiguración de la  prueba,  el  censor  se dirige con esfuerzo a demostrar que, como allí se habla  de  “presunto”, no puede  tenerse  por  cierto  que  se  trate  de persona vinculada a las actividades del  narcotráfico  y,  por  tanto,  el elemento normativo del tipo penal imputado se  desvanece.  No  se  trata,  entonces, de la conversión de lo singular en plural  sino  del  cuestionamiento  alrededor  del  poder apodíctico del informe, de su  fuerza demostrativa intrínseca.   

El cargo así construido se exhibe como un  escrito  de  instancia alrededor del mérito de la prueba. Su fundamentación es  frágil,  tanto  que,  por  ejemplo,  el medio de persuasión que critica no fue  cotejado  con  los  demás  que   sirvieron  de puntal para la decisión de  condena,  como  los  ya  bastantes  veces  mencionados en esta sentencia y en la  producida  por  el  Tribunal:  informes  procedentes  del Perú, prueba pericial  contable,   verificaciones   tributarias,    testimonios,   y  las  propias  exculpaciones  ofrecidas  por  la  procesada,  arsenal  probatorio  en el que se  apoyó  el Tribunal para edificar la certidumbre necesaria sobre la materialidad  de la conducta y la responsabilidad penal de la inculpada.   

Por lo dicho, es claro que no prosperan los  reproches y, por ende, la sentencia no puede ser casada.   

Resta  decir  que  si  bien el Tribunal en  materia  de  sucesión de leyes en el tiempo adoptó el Decreto 1895 de 1989 por  ser  más  benigno punitivamente, en los momentos que dedicó a la dosificación  de  la  pena  acudió  al  método de individualización establecido en el nuevo  Código  Penal,  cuando,  en realidad, debía acoger la sistemática pasada que,  en  principio,  suele  ser  más  favorable. Sin embargo, no hay lugar a ningún  reparo,     porque     igualmente     partió     del    mínimo    –60  meses,  primer cuarto- y le sumó  cinco  meses  por  la  gravedad del hecho. Así, con el anterior y con el actual  estilo  de  trabajo  para  determinar  la  sanción final, la conclusión sería  idéntica.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre  de la República y por autoridad de la ley, de acuerdo con el Ministerio  Público,   

RESUELVE  

          No       casar      la      sentencia  impugnada.   

Contra  esta  decisión no procede ningún  recurso.   

Notifíquese y cúmplase  

           

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   ALFREDO  GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR  LOMBANA TRUJILLO     ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

Comisión de servicio  

MARINA  PULIDO DE BARÓN     JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS    MAURO SOLARTE PORTILLA   

                             TERESA RUIZ NUÑEZ   

                                     Secretaria   

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

1 M.P.  Eduardo Cifuentes Muñoz     

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