21695(20-10-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21695  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 90  

          Bogotá,  D.  C.,  veinte  (20)  de  octubre  del  dos  mil  cuatro  (2004).   

VISTOS  

Mediante sentencia del 12 de agosto del 2003,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá declaró penalmente responsable a la doctora  Deyanira      Avendaño     Rebolledo,    en   calidad   de   autora,   del  delito  de  privación   ilegal   de   la   libertad,  cometido  en  su  condición de Fiscal 5ª Delegada ante los Juzgados Regionales  de Villavicencio.   

En el mismo fallo la absolvió de los delitos  de  prevaricato por acción y  abuso  de  autoridad, aunque  respecto    de    éste    no   se   pronunció   expresamente   en   la   parte  resolutiva.   

Le impuso prisión de 12 meses, interdicción  del  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso, le  reconoció  el  derecho a la condena de ejecución condicional y la exoneró del  pago de perjuicios y de costas.   

El defensor apeló.  

La Corte resuelve el recurso.  

HECHOS  

En la Fiscalía 5ª Delegada ante los Jueces  Regionales    de   Villavicencio,   a   cargo   de   la   doctora   Deyanira    Avendaño    Rebolledo,   se  adelantaba      un     proceso     por     el     delito     de     enriquecimiento     ilícito    derivado    de    actividades    de  narcotráfico,   radicado   bajo  el  N°  1734.  Los  sindicados  eran César Gómez Gutiérrez y Libia Villa Rozo, propietarios de la  empresa Transamazónica Ltda.   

Dentro del proceso, actuaba como defensor el  abogado Édgar Ardila Lozada.   

La Fiscalía Regional de Oriente –Delegada ante los Jueces Regionales de  Villavicencio-  calificó  el  mérito  probatorio  de  la investigación. En la  providencia,  declaró   la preclusión a favor de los procesados y ordenó  la  entrega  de  unas  aeronaves  de  su propiedad, que se hallaban decomisadas.   

La  Unidad  de  Fiscalías  ante el Tribunal  Nacional,  despacho  que  conoció  del proceso en segunda instancia, revocó la  determinación  y,  adicionalmente, declaró nulo lo actuado a partir del cierre  de investigación.   

El 21 de agosto de 1997,  se  iba  a  realizar la entrega de las aeronaves ordenada dentro del proceso N°  1734.  Germán  Giraldo,  identificado  como  gerente  de Transamazónica Ltda.,  presentó  copia  de  una  providencia  emanada de la Fiscalía ante el Tribunal  Nacional,  supuestamente  expedida  el  27 de junio de 1997, mediante la cual se  confirmaba  la  preclusión  y se mantenía en firme la entrega de las avionetas  incautadas.   

Cuando   se   iba   a  materializar  la  devolución  de las aeronaves, hizo presencia en el aeropuerto  la   Fiscal   5ª   Regional,   doctora   Deyanira        Avendaño,  quien  se  había enterado de lo sucedido a través de un informe  del  CTI.  Inmediatamente,  examinó  la  providencia de segunda instancia, pues  tenía  certeza  de  que  ella  no  había  sido  dictada dentro del proceso que  adelantaba, y confirmó su naturaleza apócrifa.   

Con  las  palabras  de  Germán  Giraldo  y del abogado Álvaro Fuentes Arjona, se estableció el origen  de  ese documento: lo habían recibido de manos del doctor Édgar Ardila Lozada.   

Motivada   por   esta  información,      la      doctora     Deyanira        Avendaño  suspendió  la  diligencia  y  se  dirigió a la secretaría de la  Fiscalía  de  2ª instancia. Allí, luego de revisar los archivos, reafirmó su  convencimiento       de      que      la      resolución      exhibida      era  apócrifa.   

El  4  de  septiembre de  1997,        la        fiscal        Avendaño llevó  a  cabo  una  diligencia  de   allanamiento a la oficina del abogado Ardila  Lozada.  Desde  prudente  distancia,  observó  cómo  el abogado y su asistente  retiraban varias carpetas que contenían  documentos.   

Con  el  respaldo de los  agentes   del  CTI,  la  funcionaria  realizó,  previa  la  expedición  de  la  resolución   FGN-FRO-UL-3086-194-1734,   del   2  de  septiembre  de  1997,  la  diligencia  de allanamiento en la oficina del mencionado profesional, situada en  la calle 7, N° 13-52, oficina 404, de Bogotá.   

Allí se operó su captura  y  la  de  su  hermana  Francy  Ardila  Lozada, quien actuaba como asistente del  abogado.   

Durante el desarrollo de  la  diligencia,  en la que hubo malos comportamientos e intercambio de palabras,  se  hizo  presente María Etelvina Méndez a reclamar un contrato de compraventa  que  le  había  elaborado  el  doctor Ardila Lozada. Cuando la señora se iba a  retirar,       la       fiscal       Avendaño  requisó  su  bolso,  puesto  que  previó  que  en  él  podía  llevar algunos  documentos     importantes     para     la     investigación     que     estaba  adelantando.   

Una  vez  aprehendido el  profesional  Ardila  Lozada, la Fiscal 5ª Regional lo denunció por los delitos  de   falsedad  en  documento  y fraude procesal, con fundamento en que a su  juicio  había  sido  el  autor  de  la  falsificación  de  la  resolución  de  preclusión  y  de  la orden de entrega de unas aeronaves dentro del proceso N°  1734.   

El  15  de septiembre de  1997,  la  Fiscalía Regional de Oriente le resolvió la situación jurídica al  doctor  Ardila  Lozada  por  enriquecimiento  ilícito, falsedad en documentos y  fraude  procesal.  Este  proveído quedó en firme porque ninguno de los sujetos  procesales lo impugnó.   

Luego, el abogado Ardila  Lozada  solicitó  revocatoria  de  la  medida  de aseguramiento y el control de  legalidad  de  la  actuación.  La  Fiscal  5ª  regional  de  Villavicencio, en  providencia  del  7  de  noviembre  de  1997, no accedió a la revocatoria de la  medida  de aseguramiento. Sin embargo, el 12 del mismo mes y año, se pronunció  sobre el control de legalidad.   

Por  virtud  de  este  control,  declaró la nulidad de la resolución de situación jurídica, dispuso  la  ruptura  de  la  unidad  procesal para que la fiscalía seccional se hiciera  cargo  de  los delitos de falsedad en documento y fraude procesal, pero dejó en  firme  la  medida  impuesta a Édgar Ardila Lozada por enriquecimiento ilícito.  No  obstante, remitió las diligencias al Juez Regional para que decidiera sobre  el control de legalidad de la medida de aseguramiento.   

         

Esta  determinación fue  apelada  por  Ardila Lozada. El 31 de marzo de 1998, la Unidad de Fiscalía ante  el  Tribunal Nacional declaró la nulidad de la providencia, ordenó la libertad  inmediata  del  abogado  Ardila y canceló las órdenes de captura impartidas en  su contra.   

Francy  Ardila  Lozada  estuvo  privada  de  su  libertad  hasta  cuando  se  le  recibió  indagatoria.  Denunció     a     la     doctora     Deyanira        Avendaño  por  los  hechos  sucedidos  el  4 de septiembre de 1997. En igual  sentido  procedió el abogado Édgar Ardila Lozada: la denunció por los delitos  de  prevaricato  por  acción,  privación  ilegal  de  la  libertad  y abuso de  autoridad.      

ANTECEDENTES  PROCESALES   

          La  investigación  contra la funcionaria culminó con la acusación  del  6  de  abril  de 2000, por medio de la cual la Unidad de Fiscalía Delegada  ante  los  Tribunales  de  Cundinamarca y Bogotá le imputó la comisión de los  delitos   de   prevaricato  por  acción,    abuso   de   autoridad    y    privación    ilegal   de   la  libertad.   

          Aprehendido  el conocimiento de la causa por el Tribunal Superior de  Bogotá, produjo el fallo ya reseñado.   

LA ACUSACIÓN  

          Le  imputó  a  la procesada los delitos de prevaricato por acción,  abuso  de  autoridad  por  acto  arbitrario  o injusto y privación ilegal de la  libertad. Así se expresó:   

          Prevaricato,   con   fundamento   en  el  artículo  149  del Código Penal de 1980, con la modificación del artículo 28  de  la  Ley 190 de 1995, porque tomó decisiones manifiestamente contrarias a la  ley respecto del abogado Ardila Lozada.   

          Abuso    de    autoridad   por  acto  arbitrario  e injusto, conforme  al   artículo   152   del  Código  Penal  de  1980,  porque en desarrollo de la diligencia de allanamiento,  de  manera  indebida  requisó  y ultrajó a la señora María Etelvina Méndez,  cliente del abogado Ardila Lozada.   

          Privación  ilegal  de  la  libertad,  en  virtud   del   artículo   272   ibídem,  porque  en  la  misma diligencia capturó a Francy Ardila Lozada,  sin  motivo alguno ajustado a las pautas constitucionales y legales que permiten  coartar el libre desarrollo de la locomoción.   

     LA   SENTENCIA  DE  PRIMERA  INSTANCIA   

El  Tribunal  absolvió  por el prevaricato   activo.   Sus  fundamentos  fueron los siguientes:   

a)  Al  proferir el auto del 29 de agosto de  1997,  que disponía el allanamiento y la vinculación del abogado Ardila Lozada  al  proceso por enriquecimiento ilícito, la fiscal desconoció abiertamente los  artículos  87,  88  y  352  del  Código  de Procedimiento Penal, es decir, las  normas  que  regulan  la conexidad, la necesidad de adelantar una investigación  por  cada  hecho  punible,  y  las exigencias para ordenar la indagatoria de una  persona  al proceso, primero, porque no existían antecedentes ni circunstancias  en  la  actuación  que  permitieran  su  inclusión  en  las averiguaciones por  enriquecimiento  indebido,   ni  había  sido sorprendido en flagrancia; y,  segundo,  porque la investigación que se seguía por falsedad y fraude procesal  consecuencia  del documento apócrifo, no podía ser cumplida conjuntamente pues  por  ninguna  parte  se  percibía  la conexión entre los varios delitos.    

b)  Cuando resolvió la situación jurídica  del  abogado  Ardila  Lozada  mediante resolución del 15 de septiembre de 1997,  vulneró  el  artículo  388  del  mismo  estatuto  porque  no  existía  prueba  legalmente  producida  en  el  proceso  que  le  permitiera  imponer  medida  de  aseguramiento  por  enriquecimiento  ilícito  y,  menos,  por falsedad y fraude  procesal,  pues  carecía  de  competencia.  Esta  situación  se  mantuvo en la  resolución  del  7  de  noviembre  del  mismo  año,  en la que, al resolver un  recurso,  en  esencia  sostuvo  la  medida,  a  pesar  de que excluyó el fraude  procesal  tras estimar que quedaba incurso en el de falsedad. Y prosiguió en el  auto  del  12  de  noviembre  de 1997, cuando declaró la nulidad en cuanto a la  falsedad  y  el fraude procesal, porque dio permanencia a la decisión detentiva  por enriquecimiento ilícito.   

          c)  Cuando  produjo  la  resolución  del  12  de  noviembre de 1997  también  lo  hizo manifiestamente en contra de la ley, porque ante la solicitud  de  control  de  legalidad  de la medida de aseguramiento, en vez de remitir las  diligencias  al  juez competente, se ocupó ella misma de resolver lo pedido, en  contravía  del  contenido  del  artículo  414  A  del Código de Procedimiento  Penal.   

          d) No obstante,   

“El  dolo  significaría  que  la acusada  comprendiera  plenamente  el contenido de los arts. 87 y 88 del c.p., 352, 388 y  414  A  del  c.p.p.  y  tuviera conciencia que no se daba la conexidad entre las  conductas,  por  lo tanto no podía asumir el conocimiento de las mismas, que al  abogado  por  su conducta desplegada no podía deducírsele responsabilidades en  calidad  de  coautor o partícipe de la conducta de enriquecimiento ilícito por  la  que  se juzgaba a los señores César Gómez Gutiérrez y Libia Villa Rozo y  a  la  que  se  vinculó  y finalmente que al hacer el pronunciamiento del 12 de  noviembre  de  1977  estaba  resolviendo  el control de legalidad”.   

Tras  analizar las decisiones tomadas por la  fiscal,  tener  en  cuenta  las intervenciones de ésta dentro del proceso penal  seguido  en  su  contra,  y  observar las pruebas, el Tribunal concluyó que los  proveídos ilegales   

“obedecieron  a una percepción errada de  los  conceptos  sustantivos  y  procesales  penales  y  no  al  capricho  de  la  funcionaria,  esto  es,  en cada una de sus resoluciones se cuida de plasmar con  la  mayor  precisión  posible su hilo argumentativo y cuando advierte su error,  no obstante equivocar el camino procesal para hacerlo, así lo   

reconoce…  Es  viable en el presente caso  predicar  la  ausencia  de  coincidencia  entre  el pensamiento del actor con la  realidad,  pues,  la  interpretación  errónea  de  la  normativa  la  llevó a  pretermitir  la  normatividad procesal… Observa la Sala que en la apreciación  fáctica  y  jurídica del caso sometido a su conocimiento y definición, error,  y  no  intención  manifiesta  de apartarse de la ley, y como, la jurisprudencia  tiene  establecido  que cuando el juez se equivoca de buena fe, ello descarta el  dolo   requerido   para   la   configuración   del   prevaricato”.   

          En  fin,  si  bien  concurre  el  aspecto  objetivo  de  los  varios  prevaricatos,  no  sucede  lo  mismo  con  el  subjetivo y por ello se impone la  absolución.   

          El  Tribunal  también  declaró  la  inocencia  de la fiscal por el  delito  de  abuso  de autoridad por acto arbitrario o  injusto.  En esencia, consideró que el hecho de haber  requisado  el  bolso  de  la  señora María Etelvina Méndez a propósito de la  diligencia  de  allanamiento, no lograba constituir un abuso de funciones; y que  el  dicho  de  la  denunciante,  de acuerdo con el cual la funcionaria le había  esculcado  el  bolso,  vaciado  todo su contenido, manoseado el busto y “todo,  por delante y por detrás”, no contaba con respaldo probatorio.   

          La  halló  responsable,  sí, del delito de privación ilegal de la  libertad,  definido  en  los  artículos 272 del Código Penal de 1980 y 174 del  actual,   es   decir,   de   la   Ley  599  del  2000.  En  resumen,  estas  las  razones:   

a. Está probado que Francy Ardila Lozada era  simplemente  la  secretaria del abogado Édgar Ardila Lozada, quien actuaba como  defensor en el proceso seguido a César Gómez y Libia Villa.   

b.   En  el  proceso  por  enriquecimiento  ilícito,  no  había  prueba alguna que vinculara a Francy Ardila al delito que  se  estaba  investigando.  Al  aprehenderla,  la  fiscal, quien actuó con plena  conciencia  de  lo  que  hacía,  violó  el  artículo  28  de la Constitución  Política  y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos suscrito en  1996 y ratificado por Colombia con la Ley 74 de 1968.   

c. La privación de la libertad operada sobre  Francy   Ardila,   por  tanto,  es  abiertamente  ilegal,  dado  que  cuando  un  funcionario  va  a  impartir  orden  de  captura,  la  ley  le exige identificar  plenamente  a  la  persona y expresar en el auto mediante el cual ella se ordena  los  motivos  de  esa medida. Estos requisitos formales no fueron observados por  la fiscal acusada.   

d.  Por eso la aprehensión de Francy Ardila  se  produjo  con  evidente  abuso   de  funciones  por  parte de la fiscal.   

e.  Con la inspección judicial efectuada al  proceso  el  30 de octubre de 1997, se estableció que no existía ninguna orden  de captura contra Francy Ardila.   

f.  Del  simple  hecho  de  haber sido vista  ayudándole  al  doctor  Ardila  a  retirar  algunas  carpetas de su oficina, no  podía  deducirse  que estaba vinculada al proceso N° 1734 que se le adelantaba  a   César   Gómez   y   a   Libia   Villa   por   el  delito  de  enriquecimiento ilícito.   

El Tribunal hizo expreso su convencimiento de  que    Deyanira    Avendaño   Rebolledo     había    incurrido    en    el    delito    de    privación  ilegal  de  la libertad. En la  página  49  de  su  sentencia,  refiriéndose  a  las  circunstancias en que se  produjo la captura de Francy Ardila, explicó:   

“Se tiene que la susodicha resolución -la  FGN  FRO-UL-3086-194-1734  del  2  de  septiembre  de  1997-, es manifiestamente  contraria  a  la  ley,  porque en la misma se pretermitieron los arts. 352, 375,  376  y  378  c.p.p., pues no existían antecedentes y circunstancias consignadas  en  la  actuación  ni  había sido sorprendida en flagrancia “la asistente”  del  Dr.  Édgar  Ardila  Lozada,  para vincularla al proceso de enriquecimiento  ilícito  que  adelantaba  la  procesada  contra los señores Libia Villa Rozo y  César Gómez Gutiérrez”.   

“Si  se trataba del delito de ocultación  de  documentos, la procesada carecía de competencia para investigar y el mismo,  en  el  art. 223 c.p. se encontraba sancionado con pena de prisión de uno (1) a  seis  (6)  años,  por  lo  tanto  de conformidad con lo previsto en el art. 375  c.p.p.  no le era dable librar orden de captura y en gracia de discusión debía  citarla  a  indagatoria, conforme lo disponía el art. 356 ejusdem amén de todo  lo  anterior  es  clara  la  pretermición  de  los  requisitos formales para su  expedición previstos en el art. 378 c.p.p.”   

De  la  correlación de estas aserciones, el  Tribunal     obtuvo    la    certeza    del    hecho    cometido    –la  captura  de Francy Ardila- y de la  tipificación    objetiva    y    subjetiva    del    delito   de   privación       ilegal       de       la      libertad.   

Estas  conclusiones,  tuvieron, además, los  siguientes soportes probatorios:   

a.  La  acusada sabía que Francy Ardila era  una   mera  asistente  del  abogado  Ardila  Lozada,  que  no  existía  ninguna  constancia  que  permitiera  ligarla  al proceso por enriquecimiento ilícito, y  que  no se había extendido orden de captura en su contra. Sin embargo, expidió  la  resolución del 29 de agosto de 1997, reiterada el 2 de septiembre del mismo  año,  orientada a efectuar el allanamiento de la oficina del doctor Ardila y la  aprehensión de él y su asistente.   

b. En las resoluciones proferidas no se   individualizaba  ni  identificaba  a  Francy  Ardila Lozada. En ellas, de manera  vaga,  se  ordenaba  capturar  a  “la  asistente”  del  doctor Ardila. No se  consignaron   claramente   los   motivos   por   los  cuales  era  necesaria  su  aprehensión.  El simple hecho de haberla visto cuando retiraba unas carpetas de  la  oficina  del  abogado,  no  constituía  base  suficiente para vincularla al  proceso N° 1734.     

c. Cuando Francy Ardila fue capturada, se le  informaron  los  motivos  de  su  retención  y  se  le  dijo  que ellos estaban  consignados  en  la resolución FGN-FRO-Ul-30-86-194-1734 del 2 de septiembre de  1997.   

d.  En esta resolución, reitera, se omitió  la   aplicación  de  los  artículos  352,  375,  376  y  378  del  Código  de  Procedimiento  Penal  porque,  como  ya  se  dijo,  no  había  antecedentes  ni  circunstancias   que  permitieran  vincularla  al  proceso  por  enriquecimiento  ilícito,  como  lo  exigen  estas  normas, y porque si la fiscal acusada estaba  procediendo  por  el delito de ocultación de documentos, sancionado con pena de  uno  (1) a seis (6) años de prisión, lo adecuado, lo legal, de acuerdo con los  artículos  356  y  375  del Código de Procedimiento Penal de 1991, era citarla  para  indagatoria.  Pero,  además,  echó  de  menos  los  requisitos  formales  establecidos en el artículo 378 del mismo código.   

e.     La     doctora     Avendaño, entonces, al proferir este acto  ilegal,  incurrió  en  el delito de privación ilegal  de  la  libertad.  Y  necesariamente  tuvo  que  haber  cometido  ese  hecho  punible  con  plena  conciencia  de  que  su  proceder era  antijurídico.   

f.  Tratándose  de una persona que lleva 16  años  vinculada  a  la  administración  de  justicia, unas veces en calidad de  delegada  de  la  Personería  de  Bogotá  y  otras como fiscal regional, se le  hacía  exigible  conocer  que  no se daban los presupuestos legales para emitir  orden  de  captura  contra Francy Ardila. Tenía que ser consciente de que si se  trataba    de   un   hecho   nuevo   –ocultación  de  documentos-,  su  obligación  era dar aviso de ese  acontecimiento  a la autoridad competente para que lo investigara. Pero también  tenía  que  estar  enterada  de que por tratarse de un delito sancionado con la  pena     de    prisión    mencionada,    no    procedía    el    mandato    de  aprehensión.   

g. En un Estado Social de Derecho, no resulta  admisible  privar  de  la  libertad  a  una persona para asegurar una prueba. La  conducta  arbitraria de la funcionaria, entonces, obedeció a un acto deliberado  y  consciente.  Por  eso  atentó  contra  el  bien  jurídico  de  la  libertad  individual,  razón  suficiente  para  que  se  haga  merecedora  de la sanción  prevista en la ley.   

De  otra  parte, explicó el Tribunal que si  bien  era  bastante  discutible  si  en casos como el estudiado se trataba de un  concurso  de  delitos  -prevaricato  por  acción  y  privación  ilegal  de  la  libertad-  o  de  uno sólo, optaba por la tesis de la subsunción, toda vez que  las  resoluciones manifiestamente contrarias a la ley constituían un medio para  lograr  una  finalidad,  que  se  especificaba  en  la  privación injusta de la  libertad.      

EL IMPUGNANTE  

          Petición principal.   

          a.  Solicita  que  se  analicen cuidadosamente las circunstancias en  que  actuó  la  doctora Deyanira Avendaño.  Ella  tenía  a  su  cargo  un  delicado proceso por el delito de  enriquecimiento  ilícito derivado de actividades del  narcotráfico.   

b.  Dentro  del período de instrucción, el  abogado  Ardila  Lozada  le había presentado, por interpuesta persona, la copia  de  una  resolución  de  preclusión y de orden de entrega de las aeronaves que  habían  sido  decomisadas. Ese documento,  por cuanto en segunda instancia  había  sido  revocado, resultó espurio. Tan cierto fue, que por este motivo el  abogado fue condenado.   

c.  Dado  ese antecedente, unido al hecho de  que  la policía judicial había enviado un informe en el que se indicaba que el  abogado  Ardila  estaba sacando de su oficina unas carpetas en compañía de una  mujer,      era     de     esperarse     que     la     doctora     Avendaño  ordenara  el allanamiento de la  oficina y la captura de Ardila Lozada y su asistente.    

d.  Estas  decisiones  se tomaron dentro del  contexto  de  la  investigación  que estaba adelantando la doctora Avendaño. Existían suficientes elementos  de  juicio para ordenar la captura de Ardila y de quien de manera concertada con  él trataba de ocultar los documentos.   

e.  Si  la  resolución  de  allanamiento  y  captura  de  Francy  Ardila  se  examina dentro del marco de la investigación a  cargo    de    la    doctora    Avendaño,  se  concluye  su  legalidad  pues  se  buscaba  evitar que fueran  ocultados  los  documentos  que  podían servir de prueba dentro del proceso N°  1734.   

f.  Sostener  que  su contenido entraña una  decisión  conscientemente  ilegal,  es  una  apreciación  equivocada.  De  las  circunstancias      en      que      obró      la      doctora     Avendaño,  no  puede deducirse el dolo de  su  comportamiento. Lo que ella pretendía, antes que cometer una arbitrariedad,  era  proteger  la  prueba dentro del proceso que tenía bajo su responsabilidad.   

g. Se afirma que la fiscal acusada no podía  ordenar  la  captura  de  Francy  Ardila  porque  en razón de la naturaleza del  delito  la  competencia  recaía  en  otro  funcionario.  Tal aseveración no es  cierta  porque  los  fiscales tienen competencia para investigar delitos de toda  clase,  con  la salvedad de que sólo el competente puede cerrar la instrucción  y   proferir   la   respectiva   calificación   del  mérito  probatorio.    

h.  Si  el  abogado  Ardila había tenido la  osadía  de  crear una resolución de preclusión falsa, supuestamente proferida  por  la  Fiscalía  ante  el  Tribunal  Nacional, para obtener la entrega de las  aeronaves  decomisadas,  y  si además había sido visto cuando en compañía de  su  hermana retiraba unos documentos de su oficina, resultaba apenas natural que  la  fiscal acusada coligiera la participación de ambos, por lo menos en calidad  de  cómplices,  en  el  delito  de  enriquecimiento ilícito. Esos elementos de  juicio,    constituían   base   suficiente   para   ordenar   la   captura   de  ambos.   

   

          Petición subsidiaria.   

          a.   Se   debe   tener   en   cuenta  que  la  doctora  Deyanira    Avendaño   permaneció   en  detención   preventiva  durante  29  meses  aproximadamente. Eso significa  que,  a  la  fecha,  ya  purgó  la  pena.  Por eso resulta injurídico, a estas  alturas,   otorgarle   la  suspensión  de  la  ejecución  de  la  sentencia  e  inhabilitarla   en   el   ejercicio  de  sus  derechos  y  funciones  públicas.   

b.  En  caso  de  que  no  sea  aceptada la  solicitud   de   absolución,   la   Corte   debe   declarar  cumplida  la  pena  impuesta.   

CONSIDERACIONES  

El    aspecto    objetivo    de    la  conducta.               

Es  claro  que  la  doctora  Avendaño     Rebolledo    objetivamente  infringió  el  tipo  que  se  le  ha  imputado, pues indebidamente privó de la  libertad   a   doña   Francy   Ardila   de   Jiménez   por   un   tiempo.   En  efecto:   

a)  Mediante  auto  del  2 de septiembre de  1997,  dispuso  la  captura  de  la  “asistente”  del abogado Ardila Lozada,  “por  considerarse partícipe en la ocultación de los documentos retirados de  esa oficina”.   

b)  El 4 de septiembre, a propósito de una  diligencia  de  allanamiento,  capturó  a  la señora Francy Lozada, a quien la  impuso  de  sus  derechos,  a  las  diez  de  la mañana. La condujo luego a las  instalaciones  del  CTI,  la mantuvo retenida, la escuchó en indagatoria y tras  la  firma  de  diligencia  de  compromiso,  la dejó en libertad. Posteriormente  resolvió   su   situación  jurídica  y  se  abstuvo  de  proferir  medida  de  aseguramiento en su contra.   

c)  De  acuerdo  con  el  artículo 352 del  Código   de   Procedimiento   Penal   de   1991,  era  viable  la  indagatoria  de  una persona, siempre que  dentro   del   expediente   existieran   razones  que  permitieran  considerarla  autora   o  partícipe  del  hecho  punible  averiguado,  o en los casos de  captura en flagrancia.   

Como es claro, el proceso que adelantaba la  doctora   Avendaño  contra  Gómez  Gutiérrez  y  Villa  Rozo  nada  informaba sobre esa relación de doña  Francy  con  los  delitos que investigaba. Por tanto, por este factor, no podía  ser oída en injurada.   

          d)  Según  el artículo 378 del mismo estatuto, la orden de captura  debía  contener  los  datos  necesarios  para  identificar  o individualizar al  imputado.   

          No  bastaba,  entonces,  con  afirmar en el auto que se disponía la  aprehensión  de  la  “asistente”  del  doctor  Ardila Lozada. Con ello, fue  dejado de lado el contenido de la disposición citada.   

          e)  El  artículo  224  del  Código  Penal de 1980 preveía pena de  prisión  de  1  a  6  años  para quien incurriera en el delito de falsedad por  ocultación  de documento privado. Mientras tanto, el artículo 376 del estatuto  procesal    disponía    la    citación  para  indagatoria  frente a aquellos delitos incriminados con pena  mínima  inferior a dos años, siempre que no implicara detención preventiva, y  ésta  no  discurría  para  esa forma de falsedad, como emana del artículo 397  ibídem.   

          Si  la  fiscal  en  su auto pensaba en ocultación de documentos por  parte  de  la  señora  Ardila, documentos que reposaban en la oficina del   letrado, no podía proferir, entonces, orden de captura.   

          Si  se  colocan  esos  comportamientos  de  la  doctora Avendaño    frente    a    las   normas  relacionadas,  fluye  sin  esfuerzo la contraposición. Por tanto, se repite, la  privación  de  libertad  de  doña Francy fue contraria a derecho y, por tanto,  ilegal.   

          El     aspecto     subjetivo     de     la     conducta.   

a)  El  delito  de  privación ilegal de la  libertad  es  eminentemente  doloso,  vale  decir,  no es posible jurídicamente  mediante culpa o preterintención.   

b)  El dolo, entendido como el conocimiento  de  los  hechos constitutivos de la infracción penal unido al querer o voluntad  de  lesionar  la  ley,  ha  sido  bastante explicado por la jurisprudencia, a lo  largo de su desarrollo.   

Así, por ejemplo, se ha dicho por la Corte  Suprema   de   Justicia   que  se  presume  la  buena  fe mientras prueba en contra no la desvirtúe (Sala de  Casación  Civil.  14  de  diciembre  de  1944, M.P. Fulgencio Lequerica Vélez.  G.J.T.   LVIII,  No.  2017,  p.  576);  equivale  al  aspecto  subjetivo  de  la  infracción   y   debe   calificarse  como  la  plena  conciencia  que  tiene  el sujeto activo de que con su  acción  viola  la  ley  penal” (14 de marzo de 1961, G.J.T. XCV, No. 2238, p.  171);  no  se  puede presumir  (14  de  marzo  de  1961, G.J.T. XCV, No. 2238, ps. 171/2); ante su ausencia, la  conducta     no     es     punible,     porque     debe    haber    correspondencia   absoluta   entre   el  propósito  o intención criminal -elemento subjetivo del delito- y los actos de  la  voluntad,  que traducida en hechos violatorios de la norma penal, constituye  el  delito en su acepción general (21 de agosto de 1964, M. P. Humberto Barrera  Domínguez.  G.J.T.  CVIII  -2a.  parte-,  No. 2273, ps. 105/6); requiere que el  autor  “…mediante  un  acto  de  acción  o  de  omisión emanado con humana  libertad  de  su propio psiquismo, realice un hecho penalmente antijurídico con  conocimiento   de  su  típica  ilicitud,     con     conciencia     de     su  antijuridicidad  y con voluntad de ejecutarlo” (9 de  agosto  de  1983,  M. P. Alfonso Reyes Echandía); para que exista, el agente ha  debido    proceder    con   conocimiento  y  con voluntad  (13  de  marzo  de 1985, M.P. Luis Enrique Aldana Rozo. G.J.T. CLXXXI, No. 2420,  p.   126);  implica  conocimiento  de  que  se  está  realizando   un   hecho   punible,   y   se  quiere  su realización (7 de marzo de  1989,  M.P.  Jaime  Giraldo Angel. G.J.T. CXCIX -primer semestre-, No. 2438, ps.  151/2);  para que lo haya, es menester la demostración de un estado intelectivo  y  volitivo  que, por supuesto, va más allá de la simple observación objetiva  del  descuido  o  equivocación  (30 de julio del 2002, radicación 15296, M. P.  Nilson Pinilla Pinilla); etc.   

Si  se quisiera resumir una fórmula frente  al  contenido explicado del artículo 22 del Código Penal, bien podría decirse  que  el dolo, por su aspecto intelectivo o cognoscitivo, requiere conocimiento y  conciencia  integral  del  hecho  típico;  del significado de los elementos del  tipo  y  de  sus  circunstancias;  del  resultado  de la conducta y de la cadena  causal,  así  como  de  la antijuridicidad del comportamiento; y por su aspecto  volitivo,  necesita la demostración “de operaciones síquicas que orientan al  hombre  a  decidirse  en  un  sentido  antijurídico”. O, para sintetizar aún  más,  también  se  puede  afirmar que la parte del dolo referida a la voluntad  “se  presenta  cuando  el  agente quiere  realizar la conducta típica y antijurídica (en relación con los  tipos  de  mera conducta), o cuando quiere  ejecutar  la  conducta  y  la  consecuencia  que de ella se deriva  (respecto   de   los   tipos   de   resultado)   y  hacia  ese  fin  orienta  su  determinación”11.   

         c)  La  jurisprudencia  de  la  Corte,  frente al estatuto penal que  regía  para  la  época de los hechos, también se ha ocupado de la teoría del  error,  entendida  como  causal  excluyente  de  la  culpabilidad. Ha dicho, por  ejemplo, que:   

“Las   anormales  condiciones  en  que  se   desenvuelven  las  relaciones entre la autoridad y los asociados en la  Isla  de  San  Andrés; su desvinculación con el orden jurídico nacional, y la  misma  circunstancia de ser sus pobladores en gran número de origen extranjero,  son  todos  hechos  que  permiten  aceptar  como  buena  la  cualificación  del  procesado   para  sincerar  su  conducta  y  entender  que  actos  objetivamente  arbitrarios  y  no  ceñidos  en  su procedimiento a los preceptos legales, eran  dictados    por    una    necesidad    de    defensa    de    los   intereses  y seguridad de la propia Isla.  En  este aspecto quizás no es posible al fallador encontrar en las imputaciones  el          elemento          ‘injusticia’,  dada  la  finalidad de esos  procederes,  o  es  preciso  reconocer  un  error  de  derecho  cometido  por el  funcionario,  de  buena  fe, lo que a la postre…conforma un error de hecho. En  las  expresadas  condiciones la integración del delito de abuso de autoridad no  es  susceptible  de  lograrse…”  (15  de  noviembre  de  1961, M .P. Gustavo  Rendón   Gaviria,   G.J.T.  XCVII,  Nos.  2246  a  2249,  p.  497).   

El  No.  4o.  del artículo 40 del código  penal   consagra  “…el  llamado  error  sobre  el  tipo,  que  comprende  el  que  recae sobre su propia  existencia  y  el  que  apunta  a  uno  cualquiera de sus elementos integradores  (sujetos,  objetos  o  conducta); en esta última modalidad, el error del agente  puede  provenir  de  una  equivocada  percepción de la realidad fáctica que el  legislador  ha  incrustado en el tipo (se confunde la cosa propia con la ajena),  o      de      una      igualmente      equivocada  interpretación   del   alcance   y   contenido   de  expresiones  que  en  veces  el  legislador  plasma  en  ciertos  tipos  penales  (ingredientes  normativos) y cuyo entendimiento exige especial juicio valorativo  y  no mera captación sensorial, como cuando el actor considera que la sentencia  judicial  de  separación  de  cuerpos,  generalmente  conocida  como  divorcio,  destruye  el  matrimonio  al  que  estaba  ligado  y  que por eso puede contraer  lícitamente  uno  nuevo  sin  incurrir en bigamia” (24 de mayo de  1983,  M. P. Alfonso Reyes Echandía).   

“En todo caso,  para  que  el  error genere inculpabilidad es indispensable que posea la nota de  la  insuperabilidad,  es decir, que no le haya sido humanamente posible evitarlo  o  vencerlo  pese  a  la  diligencia  y  cuidado  con que actuó en el  caso concreto…Evidenciada esta nota  del  error  (su  insuperabilidad), la culpabilidad no se da por ausencia de dolo  en  cuanto  faltaría  uno  de sus elementos: el del conocimiento de la concreta  tipicidad  de la propia conducta, o lo que es igual, del aspecto cognocitivo del  actuar  doloso.  Si, en cambio, el error existió pero fue fruto de negligencia,  descuido  o  desatención;  si   el  agente  debió y  pudo   haberlo  superado  habida   

cuenta  de su condición personal y de las  circunstancias   en   que   actuó,   persiste   la  inculpabilidad  dolosa  por  desconocimiento  intelectivo de la específica tipicidad de su conducta, pero se  abre   la   perspectiva   de  una  culpabilidad  culposa  en  cuanto  incumplió  reprochablemente   el  deber  de cuidado que le era exigible para evitar la  producción   del  resultado  típico;  pero  en  tal  hipótesis,  por  expresa  determinación  del  inciso final del No. 4o. del artículo 40 del código penal  vigente,  ‘El hecho será  punible   cuando   la   ley   lo   hubiere   previsto  como  culposo’,  lo  que significa que si solamente  admite  forma  dolosa, habrá de reconocerse exención de responsabilidad” (24  de mayo de 1983, M. P. Alfonso Reyes Echandía).   

La    insuperabilidad    del    error  “…no  debe  medirse  con criterio uniforme…pues  ella  varía  de  acuerdo  con  las  condiciones  personales  del actor, con las  características  de  aquello  que  fue  objeto  de  error  y  con  los factores  circunstanciales  que hayan rodeado el hecho” (24 de  mayo    de   1983,   M.   P.   Dr.   Alfonso   Reyes  Echandía).   

“Entre las causales de inculpabilidad que  menciona   el   artículo   40  del  c.  P.  se  encuentra  la  de  ‘quien  obre con la convicción errada  e  invencible  de  que  no  concurre  en  su  acción  u  omisión alguna de las  exigencias   necesarias   para  que  el  hecho  corresponda  a  su  descripción  legal’.  Dentro  de esta  modalidad  del  error  aquí plasmado cabe la del que apunta a uno cualquiera de  los  elementos  intregradores  del  tipo  penal y, desde luego, a un ingrediente  normativo   del   mismo;  es  el  clásico  error  de  interpretación  que  tiene  validez  jurídica  como  causal  de  inculpabilidad  en la medida en que siendo insuperable haya impedido  al  actor darse cuenta de la típica antijuridicidad de su comportamiento y, por  lo  mismo,  actuar  con  conciencia  de  su  ilicitud;  pero cuando el yerro era  vencible,  cuando podía y debía ser evitado con la diligencia y cuidado anejos  a  la condición en que se actuaba y pese a ello se incurrió en error, entonces  no  puede  concluirse  error culposo. Persistirá su responsabilidad penal en la  medida  en  que  el  hecho  punible  realizado  tenga  prevista aquella forma de  culpabilidad  (art.  40,  inciso  final )” (24 de enero de 1984, M. P. Alfonso  Reyes Echandía).   

“En  esta  forma  quedó  consagrado  el  llamado   por   la   doctrina   error  sobre  el  tipo,  cuyas  características  estructurales  son  las  siguientes: 1) Obrar sin tener pleno conocimiento de la  tipicidad  de  la  conducta  que  ejecuta; 2) Que ese conocimiento sea falso por  error  esencial  sobre  elementos  que concurren a la conformación del tipo; 3)  Que  ese  conocimiento  equivocado  sea  invencible,  esto  es,  insuperable. La  ausencia  de  una  cualquiera  de  estas connotaciones desvirtúa el error. Esto  significa   que   el   agente  en  la  esfera  de  su  cognición  no  tiene  la  representación  del  actuar  doloso, porque por error esencial desconoce algún  elemento  compositivo  de la concreta tipicidad de la conducta sin el cual ésta  no   se   integra,   error   para   él   insuperable   dadas  las  circunstancias   y   condiciones   personales   determinantes   del  mismo.  No  obstante  lo anterior, si el error existe  con  lesión  de  la  descripción  legal que le corresponde a la conducta, pero  como  consecuencia ya no de la pura incomprensión del tipo sino de negligencia,  descuido  o inexperiencia, por disposición expresa del artículo 40-4 del C. P.  ‘…  el  hecho  será  punible   si   la   ley   lo   hubiere   previsto   como  culposo…’.  Así se pone de resalto que lo que  no  es  doloso,  puede  resultar  culposo  si  de  modo  indiscutible  la ley lo  establece  como  tal.  En  otras  palabras  se  debe  afirmar  que lo que la ley  solamente  señala  como  doloso  no  puede ser imputado a otro título, en cuyo  caso  el  comportamiento  no  es  apto  para  generar responsabilidad penal bajo  ningún  concepto.  De donde se concluye que con fundamento en el error sobre el  tipo  se  llega,  por  esta  vía  y por modo necesario, al reconocimiento de la  exención  absoluta  de la culpabilidad aludida” (23 de octubre de 1984, M. P.  Dr. Fabio Calderón Botero).   

“Cierto  es  que  la  norma que viene de  citarse  (artículo  40-4  C.  P.)  consagra  como  causal  de inculpabilidad el  denominado  error  de  tipo para quien ‘obre  con  la convicción errada e invencible de que no concurre en  su  acción  u  omisión  alguna  de las exigencias necesarias para que el hecho  corresponda  a  su  descripción  legal’.  Defínese  esta especie de error o estado de consciencia como la  que  recae sobre los caracteres o circunstancias que componen el tipo legal como  sobre  sus elementos normativos a diferencia del error de prohibición que tiene  que  ver  con  la significación antijurídica de la conducta o injusto de hecho  por  creer  el  autor que éste no está prohibido o por creerse legitimado para  hacerlo.  Destaca  Jescheck  que  el error sobre el tipo descansa en un sencillo  principio   fundamental,   a  saber:  ‘puesto   que  el  dolo  presupone  el  conocimiento  de  todos  los  elementos  del  tipo objetivo y en el error de tipo falta ese conocimiento total  o      parcialmente,      el      mismo      excluye     el     dolo’  (Cfr.  Tratado  de  derecho  penal.  Barcelona,  1983, Vol. I, pág. 412). Esta regla permite declarar dos cuestiones  fundamentales  de  frente  a  la  responsabilidad  dolosa: que se hayan cumplido  todos  y  cada uno de los requisitos objetivos del delito de que se trata, y que  tales  presupuestos  hayan  sido captados por el dolo del autor” (4 de octubre  de  1993,  M.  P.  Jorge  Enrique  Valencia  Martínez.  G.J.T. CCXXVII -segundo  semestre, segunda parte-, No. 2466, p. 18).   

d)     La     doctora    Avendaño    Rebolledo   ha   dado   sus  explicaciones,  que se pueden resumir de la siguiente forma, como se extracta de  su   versión,   de   su   indagatoria   y  de  su  intervención  en  audiencia  pública:   

1.  Francy Ardila no fue identificada en la  orden  de  captura,  pero  existe un decreto, una “resolución de la fiscalía  del  97”, que permite disponer la aprehensión de una persona sin que se halle  individualizada.   

          2.  La  captura  fue  previamente  dispuesta y aunque se desconocía  exactamente  el  nombre  de  la  destinataria, quedó claro que se trataba de la  asistente del doctor Ardila, quien sólo tenía una.   

3.  Doña  Francy  fue aprehendida. Pero el  mismo día la escuchó en indagatoria y la dejó en libertad.   

4. La captura de la señora fue ordenada con  base  en  que  previamente  se  le  había visto prestando ayuda al abogado para  retirar  documentos  de su oficina, hecho que permitía suponer que era sabedora  de las actividades de éste.   

5. Como probablemente se había filtrado la  noticia  de  que  se realizaría un allanamiento al despacho del abogado, creyó  que  el  hecho  de  sacar  documentos constituía una coartada compartida por el  abogado y su asistente.   

6.  Cuando  se  trata  de  delitos  graves  –el  que  adelantaba  por  enriquecimiento  ilícito  producto  del  narcotráfico- es necesario actuar con  rapidez.   

7.  Con  la  aprehensión  de  la asistente  solamente  pretendía  que  informara  sobre  el  paradero de los documentos que  habían extraído de la oficina.   

8.  No  inobservó la normatividad sobre la  libertad  porque  una  vez oída en indagatoria, dispuso la de la señora Ardila  Lozada.   

9. Capturó a doña Francy con fundamento en  dos  indicios:  uno,  que cuando se habló con ella por teléfono, dio un nombre  diferente;  y,  dos, que colaboró en la sustracción de los documentos después  de saber que habría un allanamiento.   

e) Importa penetrar en detalle el cerebro y  la   conducta   de   la  fiscal  Avendaño;   ubicarla   en   su  entorno  judicial  por  aquellos  días;  analizar  sus  explicaciones; y  observar la prueba. El expediente enseña esto:   

1.  La  fiscal  no  ha negado que privó de su libertad a Francy Ardila.  Pero   ha   explicado   que   su   ánimo  era  el de proteger la prueba  que se había propuesto reunir  dentro    del   proceso   adelantado   a   otras   personas   por   enriquecimiento    ilícito,    proceso  ciertamente  delicado  y,  por  tanto,  exigente  de  máximo  cuidado.  Admite,  además,      que     pudo     actuar     con     exceso     de     celo.   

2.  El  móvil  y  el  fin  de  su proceder  estuvieron   determinados   por  circunstancias  anteriores  y  posteriores  muy  particulares.  En  primer  lugar,  por obra del abogado Édgar Ardila, se había  intentado  hacer valer dentro del proceso, para que  se le devolvieran unas  avionetas  decomisadas,  una  resolución  de  preclusión  falsa; y, en segundo  lugar,  con  antelación,  había  visto  cómo  la  señora Ardila y su hermano  retiraban  algunos documentos de la oficina. Estas dos circunstancias influyeron  para   que   la   acusada   optara   por  apresar  de  facto   a   Francy  Ardila.  Pero  lo  hizo  bajo  el  convencimiento de que de ese  modo  podía  preservar la integridad de la prueba que estaba recopilando, y con  fundamento  en  que,  según  su criterio,  había  proferido  un  auto  que  disponía la aprehensión de la  asistente del letrado.   

3. Prueba en contrario, esto es, indicativa  de  que  su  propósito  inmediato  fuera  el  de atentar contra el derecho a la  libertad de la agraviada, no se percibe en el proceso.   

4.  Aun  cuando  no  es  exigencia  típica  objetiva,  de  los elementos de juicio aportados a la investigación  no  surge  que  sus acciones estuvieran  signadas  por un especial interés en perjudicar, por retaliación, malquerencia  u  otro  sentimiento  bajo,  a  Francy  Ardila.  Y si ello es así, es admisible  pensar  que  no  la  acompañaba  un  interés  particular  de causar daño a la  libertad de la denunciante.   

5.  Sí  aflora  del  informativo  que  el  propósito   de   la   doctora   Avendaño  se  hallaba  centrado en evitar que desapareciera o se perdiera la  evidencia      probatoria      que     bajo     su  percepción   estaba  constituida  por  las  carpetas  retiradas  de  la  oficina,  o  que  las  personas  a  quienes ella creía  comprometidas  en  esa acción no  pudieran  ser  localizadas  con posterioridad a la diligencia de allanamiento. Y  ese  interés  tenía  respaldo:  estaba  demostrada  la  falsificación  de una  decisión  judicial,  documento  espurio  que  casi  permite la obtención de la  finalidad que guiaba a quienes delinquían.   

e) Si se comparan los conceptos de dolo y de  error  con el comportamiento de la funcionaria procesada en el caso concreto, se  arriba a estas conclusiones:   

1.  No comprendía correctamente el alcance  de   las   disposiciones   procesales   atrás  citadas,  relacionadas  con  los  requerimientos  para  proferir orden de captura y para privar de la libertad con  fines  de  indagatoria,  como  tampoco  las  reglas  referidas  a  la detención  preventiva  y  a  la cantidad punitiva de la disposición sustancial mencionada.  Vale  decir,  habría incurrido en el denominado error  de      tipo,     por     errónea     interpretación     o     valoración   de   los   elementos   que  tácitamente  o  por  remisión  lo  componen.  Para  ello  basta  recordar  sus  sencillas   y  ciertamente  frágiles  explicaciones  ante  los  interrogatorios  judiciales,   contestaciones   que,   además,   enseñan   que   frente  a  sus  investigadores  y  juzgadores  no  la  acompañaba  ningún ánimo de justificar  retorcidamente sus actuaciones.   

2.  Esa  incapacidad de comprensión de los  enunciados  legales,  por aquellos días incuestionablemente se vio reducida por  las  circunstancias  que influían su Ser: la confusión generada por el impacto  de  la  resolución  falsificada;  su  desplazamiento a Bogotá para confirmar o  infirmar   el  falso;  la  comprobación  de  la  falsedad;  la  posibilidad  de  vinculación  del  abogado  al  proceso matriz; la asistencia que le prestaba su  secretaria;  la  sustracción  de  documentos  de  la  oficina  del  togado para  conducirlos  hasta  un  vehículo;  la  creencia de autoría o participación de  quien  compartía  despacho con el abogado; el ambiente que se dio en la oficina  del  abogado cuando arribaron los miembros del CTI y la fiscal, etc., todo ello,  ciertamente,  de  manera  vertiginosa,  en  un  breve  lapso.  Y  se verifica la  posibilidad  en  el expediente: la desordenada toma de decisiones por la fiscal,  inmediatamente  después modificadas, revocadas, parcialmente sostenidas y hasta  en parte anuladas por ella misma.   

3.  Frente a lo anterior, unido a la fuerza  de  las  circunstancias  recordadas, no puede decirse con firmeza que la doctora  Avendaño  Rebolledo, aunque  se   admitiera   que   por  su  experiencia  judicial  tenía  que  conocer la ilegalidad del acto que estaba  cometiendo,  realmente  captara  en  su  estricto  contenido  el  alcance de las  disposiciones objetivamente infringidas.   

4.  Si  se  asumiera  por un momento que la  funcionaria  sí  conocía y comprendía en su integridad los enunciados legales  dichos,  se  arribaría  a  otro  tema: la prueba indica que actuó de buena fe,  pues    quería    algo  bueno en pro de la justicia,  y  no  algo malo en contra de  la  libertad  individual.  Por  eso  ha  insistido  tanto,  y  ninguna prueba la  infirma,  en  que  pretendía  preservar  la  prueba,  evitar  desapariciones de  evidencias,  en fin, resguardar el proceso que adelantaba por el enriquecimiento  ilícito producto del tráfico de estupefacientes.   

Desde  este  punto  de  vista,  los  dos  componentes  del  dolo,  el  conocimiento  y  la  voluntad,  por lo menos en las  circunstancias  en  que  actuó la acusada, no concurrirían. Se presentaría un  desfase entre el primero y el segundo de esos elementos.   

La  Corte,  frente  a  esa escisión de los  elementos  integradores  del  dolo, carece de bases para sostener que la doctora  Avendaño Rebolledo actuó en  consonancia con un fin culpablemente doloso.   

Una decisión en este sentido, si se atiende  al  querer  o  propósito  que  presidió  las  actuaciones  de la procesada, no  desborda  los linderos de la razonabilidad.  Sostener  lo  contrario,  es decir, desconocer que la fiscal, por  encima  de  cualquier otra finalidad, lo que buscaba al capturar a Francy Ardila  era  limitarle  caprichosa  y  arbitrariamente  su libertad, es un juicio que no  concuerda, que no consulta la realidad procesal.   

5.  Si  hubo  yerro,  no hubo dolo; y si lo  intelectual  del  dolo  existiera,  más no su momento volitivo, afirmar el dolo  conduciría  a  suponer  que uno de los segmentos de esa unidad psíquica que es  el    dolo    –el   de  querer  afectar  el  bien  jurídico  tutelado-, está probado dentro del proceso. Y como la certeza de que  Deyanira  Avendaño  quería  vulnerar  a su arbitrio la libertad individual no emerge del proceso, igualmente  se impondría su absolución.   

Para casos como este quizás fue plasmada la  idea  del legislador cuando confeccionó el nuevo Código Penal, tal como se lee  en  la  Ponencia para Primer Debate del Proyecto correspondiente en el Senado de  la  República,  previa  su  advertencia  de  que  el  Estatuto no se afiliaba a  ninguna corriente determinada del pensamiento penal:   

“El principio de culpabilidad se mantiene  en   toda   su  extensión.  Sólo  se  agrega  una  regla  importante  para  su  determinación,  con  lo  cual  se  introduce un mecanismo que permite un manejo  más  riguroso  e  igualitario del principio de culpabilidad, esto es, se evitan  decisiones  que  puedan estar basadas en consideraciones personales ajenas a las  propias  de  la  responsabilidad  penal,  anclando  la  decisión  en exigencias  tangibles  y demostrables a  través  del proceso penal. Con ello se brinda un importante instrumento para el  manejo  del  error  de prohibición, se da plena cabida al error de derecho bajo  condiciones       razonables      –queda   abolida   la   prohibición   del   reconocimiento   de  la  ignorancia  iuris-  y  se  admite  que  la  llamada  conciencia  de  la  antijuridicidad  es un presupuesto  presente   tanto   en   los   delitos   dolosos  como  culposos”  (Gaceta   del   Congreso   No.  280,  viernes  20  de  noviembre  de  1998).   

Una anotación final.  

Aparentemente,  se  advierte  una  falta de  concordancia  formal  entre   la  sentencia y la resolución acusatoria. La  doctora  Avendaño fue acusada  de   incurrir   en   tres  delitos:   privación  ilegal  de  la  libertad,  prevaricato   

por  acción  y abuso de autoridad por acto  arbitrario o injusto.   

El  Tribunal,  sin  embargo,  en  la  parte  resolutiva  de  su  fallo,  omitió pronunciarse sobre el abuso de autoridad por  acto  arbitrario  o  (e) injusto, aunque en la motiva anunció la absolución de  la  acusada.  El  sustento de su determinación, como ya se dijo, se halla en el  hecho de que la prueba no permitía afirmarlo.   

A pesar de ello, esa informalidad no alcanza  la  entidad  de  causal  de  nulidad. Con la decisión del Tribunal, no se causa  ningún  perjuicio a la sentenciada. Además, si se invalidara la actuación con  el  fin  de  obtener  un  pronunciamiento  expreso sobre la conducta de abuso de  autoridad  por  acto  arbitrario  o  injusto  en  la parte resolutiva del fallo,  ningún   beneficio  alcanzarían  ni  el  Estado  ni  la  doctora  Avendaño Rebolledo.   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         

        1.  Revocar la  sentencia  del  12 de agosto del 2003, por medio de la cual el Tribunal Superior  de  Bogotá  condenó  a la doctora Deyanira Avendaño  Rebolledo  como  autora  del  delito  de privación       ilegal       de       la      libertad.   

        2.  Absolver a  la  doctora  Deyanira Avendaño Rebolledo  de los cargos que le formulara la Fiscalía General de la Nación  en   la   resolución   acusatoria   del   6   de   abril   del  2000,  por  tal  delito.   

        3.  Devolver la  caución        prestada        por        la        doctora        Avendaño  para  efectos  de obtener los  beneficios previstos en la ley.   

        4.              Expedir    las    comunicaciones    de  rigor.    

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ             ALFREDO   GÓMEZ  QUINTERO                              

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO              ÁLVARO                              ORLANDO                              PÉREZ  PINZÓN                        

        Comisión de servicio   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN               JORGE                                LUIS                               QUINTERO  MILANÉS                          

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                 MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Alfonso     Reyes     Echandía.     Culpabilidad.   Bogotá,   Temis,   3ª  edición, 1988, páginas 44 a 50.     

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