19429(26-01-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso 11429  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         Magistrado  Ponente:   

       Dr.   SIGIFREDO  ESPINOSA PÉREZ   

      Aprobado  Acta  N°  02   

          Bogotá, D. C., veintiséis de enero de dos mil cinco.   

VISTOS  

Juzga  la  Corte  en  sede  de  casación la  sentencia  de  segundo  grado  del  6  de  diciembre  de  2001, proferida por el  Tribunal  Superior de Armenia, por medio de la cual confirmó el fallo proferido  por  el  Juzgado  Segundo  Penal  del Circuito de la misma ciudad, condenando al  procesado    JAVIER   ANTONIO   MARÍN   SALDARRIAGA  a la pena principal de 31 meses y 10 días de prisión  y   multa   de  $1.212.480.oo,  como  autor  de  los  delitos  de  peculado  por  apropiación y falsedad ideológica en documento público.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

          El  28  de  diciembre  de  1999,  JAVIER ANTONIO MARÍN SALDARRIAGA,  quien  se  desempeñaba  como Tesorero o Cajero Pagador de la Administración de  Impuestos  Nacionales  (DIAN) de Armenia, en cumplimiento de sus funciones y con  el  fin  de  apropiarse  de dineros públicos, giró y cobró a nombre propio el  cheque  No.  I  4426147 por la suma de $1.212.480.oo, contra la cuenta corriente  No.  138-15683-1  que  esa entidad poseía en el Banco de Bogotá de esa ciudad,  cuyo  giro  se  hizo  registrar  como pago de aportes parafiscales a Comfenalco.   

          Tal  hecho, entre otro similar juzgado en proceso independiente, fue  denunciado  por la Jefe de la División de Recursos Físicos y Financieros de la  DIAN,  cuya  investigación fue asumida por la Fiscalía Sexta Delegada ante los  Juzgados  Penales del Circuito de Armenia, despacho que mediante resolución del  5   de   marzo  de  2001  abrió  investigación  y  dispuso  vincular  mediante  indagatoria  a  JAVIER  ANTONIO  MARÍN  SALDARRIAGA, diligencia que se llevó a  cabo  el  25  de  abril  del  mismo  año  y en el curso de la cual el procesado  admitió   sin   dubitación   la   comisión   del   hecho,   su   autoría   y  responsabilidad.        

          Mediante   resolución   del  3  de  julio  de  2001,  la  Fiscalía  instructora  resolvió  la  situación  jurídica  del  indagado  con  medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva por los delitos de peculado y falsedad  ideológica  en  documento  público, medida que posteriormente sustituye por la  detención domiciliaria.   

         

          Ejecutoriada  la  anterior  decisión,  el  procesado  se acogió al  trámite  de  sentencia anticipada, cuya diligencia de formulación de cargos se  realizó  el 23 de agosto de 2001, en el curso de la cual aceptó la imputación  por  los  mismos  delitos  en relación con los cuales se le había proferido la  medida  de  aseguramiento  (peculado  por apropiación y falsedad ideológica en  documento público).   

          Las   diligencias  fueron  entonces  remitidas  al  reparto  de  los  Juzgados  Penales del Circuito de Armenia, siendo avocadas por el Segundo de esa  especialidad,  despacho  que  dictó  sentencia  de  primera  instancia el 14 de  septiembre  de  2001,  condenando a MARÍN SALDARRIAGA a la pena principal de 37  meses  y  10  días de prisión y multa por la suma de $1.212.480.oo, como autor  responsable  de  los delitos de peculado por apropiación y falsedad ideológica  en  documento  público,  pena  de  prisión  que  en  auto del 17 siguiente fue  modificada  por  haberse  incurrido  en  un  error aritmético, fijándose en 31  meses 10 días.     

          Contra  el  anterior  fallo  el  defensor  del  procesado  interpuso  recurso  de  apelación,  para  reclamar,  entre otros beneficios, la rebaja por  confesión.   

          En  la  sentencia  que  ahora  es  objeto  del recurso de casación,  fechada  el  6 de diciembre de 2001, el Tribunal de Armenia negó la pretensión  principal  del  recurrente, aduciendo, en esencia, que aunque MARÍN SALDARRIAGA  había  admitido  su  responsabilidad  en  el  hecho,  dicha  confesión  no  se  constituía  en  el fundamento de la condena porque en su contra se estructuraba  la  figura  de  flagrancia  como  evidencia  procesal. En consecuencia, decidió  confirmar en su integridad el fallo de primera instancia.   

LA DEMANDA  

Un  único  cargo  al  amparo  de  la causal  primera,  cuerpo  segundo,  formula  el  defensor  del  procesado JAVIER ANTONIO  MARÍN  SALDARRIAGA, acusando al juzgador de haber incurrido en errores de hecho  por  falso  juicio  de  identidad que lo llevaron a desconocer la confesión del  procesado  y  consecuentemente  la  reducción punitiva a que en realidad tenía  derecho por haber sido el fundamento de la sentencia.   

               Luego  de hacer referencia a las  principales   actuaciones  procesales  y  de  reseñar  algunos  apartes  de  la  indagatoria  rendida  por  el  implicado  y  de  los  argumentos traídos por el  Tribunal  para  descartar los planteamientos impugnatorios del defensor frente a  la  diminuente  por  confesión,  el  demandante  critica  que  el fallador haya  considerado  en  contra  de  su  representado  la  figura  de la flagrancia como  “evidencia  procesal”, de  acuerdo  con una tesis tradicional de esta Corte, pues considera que no concurre  el  presupuesto  de  la  “actualidad”,  ya  que  nadie  observó  al  procesado  MARÍN  SALDARRIAGA en el  momento  en  el  que,  sin  acudir  al “fingimiento o  contrafacción  de  su  firma”  giró a su nombre el  cheque  No. 1-4426147 del Banco de Bogotá, por valor de $1.212.480.oo, ni nadie  presenció     cuando     “endosó”   tal   título   valor   y    menos   cuando  “personalmente lo cobró”.   

          Para  el  censor,  la  realidad  incontrovertible  es  que solamente  cuando  el procesado MARÍN SALDARRIAGA rindió indagatoria y resolvió relatar,  con  abundancia  de  detalles, el desenvolvimiento de los sucesos, se pudo saber  que  en  verdad  había  sido  él  el  artífice de esa falsedad ideológica en  documento   público   y   que   se  había  apoderado  de  los  “aportes  parafiscales”, pues antes de ese  momento  procesal  no  se  tenía  certeza  sobre la identidad del autor de esos  eventos  típicos.  Cuando  mucho,  agrega,  recaían  meras  sospechas sobre el  procesado.   

          Dice   que   de   aceptarse   la   tesis   de   la  flagrancia  como  “evidencia   procesal”,  pese  a  no  concurrir  el presupuesto de la actualidad, se tendría que admitir  que  ha  ingresado  a  la  jurisprudencia  nacional  una novedosísima figura, a  saber,   “la  flagrancia  a  posteriori”,  que  se  daría cuando al cabo del tiempo se descubre un hecho  punible cuya comisión no fue presenciada por nadie.   

          También  tendría  que  admitirse,  agrega,  la  irrupción de otra  novedosa         figura,        a        saber,        la        “auto-flagrancia”,  que  se  registraría  cuando  el  imputado  confiesa  un  delito cuya comisión no fue presenciada por  nadie.   

          Entrando  a  la  demostración  del  cargo,  presenta los siguientes  errores de hecho:   

          1.  Falso  juicio  de  identidad  por  tergiversación  de la prueba  documental  constituida  por el cheque No. I-4426147 por valor de $1.212.480.oo,  girado a favor de JAVIER MARÍN SALDARRIGA.   

          Sobre  este  documento,  allegado  al proceso, destaca el demandante  que  el  nombre  que  corresponde  a  la  firma  de  su girador es completamente  ilegible,  al  igual  que la rúbrica que aparece como endoso, debajo de la cual  apenas se lee el número 6402895 seguido de las letras “Pr”.   

          A  continuación  sostiene  que  aunque el título-valor acredita la  materialidad  u objetividad de las infracciones denunciadas, no ocurre igual con  la  autoría  de  las mismas, porque del cheque apenas se deduce una sospecha de  que  el autor de la falsedad y de la apropiación del aporte parafiscal pudo ser  el  funcionario  de  la  DIAN  de  la  ciudad  de Armenia que autorizó girar el  instrumento, a saber, el aquí procesado.   

          De  ahí  que,  sostiene,  al formular la denuncia penal, la doctora  María  de Jesús Santacruz Benavides únicamente se atrevió a sostener que los  “hechos  irregulares” que  rodearon  el  libramiento  y  pago  de ese cheque “al  parecer”   habían   sido   realizados  por  MARÍN  SALDARRIAGA,  porque, además, ni siquiera las firmas que aparecen en el título  podían  suministrar  certeza  sobre la identidad de la persona que lo emitió y  lo   cobró,   máxime   cuando   en  casos  como  el  presente  “son  comunes  las  falsificaciones  de  las  rúbricas  del servidor  público autorizado”.   

          No   obstante,   agrega,   para  el  Tribunal  esos  “episodios”  constituidos por el giro del  cheque,  su  endoso y su cobro, permitieron señalar al procesado JAVIER ANTONIO  MARÍN   SALDARRIAGA   “como   único  y  exclusivo  responsable”   de   la  comisión  de  los  delitos  juzgados,  punto  en  el  cual  se distorsionó el sentido objetivo de la prueba  documental,    pues   el   contenido   material   del   cheque   “apenas  arrojaba  una sospecha” de que el  autor pudo ser el procesado.   

La  confirmación  de  esa  “sospecha”,  dice,  dependía  de  otras  pruebas,  a saber, la versión del propio MARÍN SALDARRIAGA, el cotejamiento de  sus  grafías  con  las  firmas  estampadas  en  el documento y otras eventuales  circunstancias   que   permitieran  erigir  indicios  de  participación  en  la  comisión  de  esos  “hechos irregulares”.   

          Y   así  ocurrió,  pues  solamente  cuando  el  procesado  rindió  indagatoria  y  resolvió  detallar  el  desenvolvimiento de los sucesos, vino a  saberse  que  en  realidad  había  sido el artífice de los delitos, por lo que  únicamente  con  su  confesión  en  la  primera  versión  ante el funcionario  judicial vino a descubrirse la verdad de lo acontecido.   

          Según  el  censor  la distorsión del sentido objetivo de la prueba  llegó  hasta  el punto de que el Tribunal, con total olvido del requisito de la  “actualidad”,  terminó  postulando  que esos descritos “episodios”  –el  giro  del  cheque,  su  endoso y su cobro- permitían dar por sentada la existencia en  este   asunto  de  una  flagrancia  como  “evidencia  procesal”,  tal  como  se  lee  en  el  párrafo que  transcribe de la sentencia.   

          Dicha  tergiversación,  agrega,  tiene  relevancia en la decisión,  pues  según  el  Tribunal  la  confesión de MARÍN SALDARRIAGA “carece  de  trascendencia” por cuanto se  presentó    una    situación    de    “flagrancia  procesal”,  deducida  del  giro,  endoso y cobro del  cheque,  cuando  realmente  el  título–valor  adquirió  incontrastable  contundencia  probatoria cuando el  procesado aceptó su giro y cobro.   

En su criterio, tal inferencia constituye una  mayúscula   tergiversación,  por  cuanto  si  no  hubo  actualidad,  esto  es,  “la  presencia  de  personas  en  el  momento  de la  realización  del  hecho  o  momentos después, percatándose de él”,  según  cita  que trae de la sentencia de esta Corte del 10 de  septiembre  de  1993, resulta imposible pregonar la existencia de una flagrancia  como       “evidencia      procesal”.   

          2.  Falso  juicio  de  identidad  por tergiversación de la denuncia  formulada por la doctora María de Jesús Santacruz Benavides.   

         

Aduce   el   demandante  que  el  Tribunal  distorsionó  el  sentido  objetivo  de  la  “notitia  criminis”,  pues  de  acuerdo con el texto que de la  misma  transcribe, la doctora Santacruz Benavides en ningún momento se atrevió  a  señalar  a  JAVIER ANTONIO MARÍN SALDARRIAGA “en  forma  categórica y concluyente” como el autor de la  falsificación  y  la  apropiación del aporte parafiscal, sino que se limitó a  decir    que    esos    hechos    irregulares   “al  parecer”  habían  sido  realizados  por  el  citado  funcionario.   

          No  obstante,  en  el  aparte que transcribe del fallo impugnado, el  Tribunal  dedujo  que  uno  de  los  elementos  que confluían al interior de la  investigación,   tornando   “incontrovertible   la  demostración   de   la   responsabilidad   penal  del  sindicado”      y      que     por     su     contundencia     “presionaron”  al  procesado a aceptar la  autoría  de  los  hechos, es la denuncia, cuando, reitera, la doctora Santacruz  se  limitó a señalar que el giro y cobro del cheque solamente suministraba una  “sospecha”  sobre MARÍN  SALDARRIAGA.   

          Por  lo  tanto,  agrega,  aquí  también  la  corroboración de esa  “sospecha”  dependía de  otras   pruebas,  a  saber,  la  versión  del  propio  MARÍN  SALDARRIAGA,  el  cotejamiento  de  sus grafías con las firmas estampadas en el documento y otras  eventuales  circunstancias  que permitieran erigir indicios de participación en  la  comisión de esos “hechos irregulares”.   

          Y  así  aconteció,  pues  solamente  cuando  el  procesado rindió  indagatoria  y  resolvió  detallar  el  desenvolvimiento de los sucesos, vino a  saberse  que  en  realidad  había  sido el artífice de los delitos, por lo que  únicamente  con  su  confesión  en  la  primera  versión  ante el funcionario  judicial, vino a descubrirse la verdad de lo ocurrido.   

                

Por  lo tanto, la denuncia, por sí sola, no  podía  tornar  en “incontrovertible la demostración  de  la  responsabilidad  penal  del  sindicado”, como  tampoco  resultaba  de  “contundencia tan aplastante  que      hubiera      podido      ‘presionar’ al  Dr.      JAVIER      ANTONIO      MARÍN      SALDARRIAGA     a     ‘esa  aceptación  de  autoría por las  acciones     dolosas     investigadas’”,  por lo que la confesión del procesado sí tuvo la motivación  que  le  niega  el  Tribunal,  a  saber,  el  firme  deseo  de  colaborar con la  justicia.   

          La  tergiversación  denunciada,  sostiene,  tiene  relevancia en la  decisión,  pues  con  base en ella el Tribunal le restó valor a la confesión,  cuando   de   acuerdo  con  lo  probado,  la  denuncia  sólo  vino  a  adquirir  contundencia   inculpatoria  con  la  aceptación  de  autoría  por  parte  del  procesado.   

          3.  Falso  juicio  de  identidad  por tergiversación del testimonio  rendido por la doctora Beatriz Elena Quintana Ruiz.   

          Según  el demandante, si bien es cierto que esta deponente expresó  que   “reconocía”  el  cheque  No.  4426147  como perteneciente a la “cuenta  corriente   de   servicios   personales   de   la  DIAN  de  Armenia”  y  que  además, estaba “debidamente  firmado   por   JAVIER  como  Pagador  para  esa  fecha  en  que  se  giró  ese  cheque”,  en  ningún  momento  precisó que hubiera  visto  a  MARÍN  SALDARRIAGA  cuando  libraba  y suscribía ese título-valor o  cuando  lo  cobró  por ventanilla, como tampoco sugirió siquiera que realmente  las firmas visibles en ese documento pertenecían al procesado.   

             

Por lo tanto, agrega, la declaración de esta  testigo      no      pudo      ser      una      de      las     “contundentes”  probanzas  que, según el  Tribunal,   supuestamente   “presionaron”  al  procesado  a confesar los delitos de falsedad ideológica y  peculado  por  apropiación,  y  no  pudo serlo porque mientras que el procesado  rindió  indagatoria  el  25  de abril de 2001, la doctora Beatriz Elena rindió  declaración el 15 de mayo siguiente.   

          De  ahí  que  el  valor  probatorio  del  testimonio  de la doctora  Beatriz  Elena  realmente  dependa de la confesión de MARÍN SALDARRIGA. Y más  aún,  agrega,  tal  testificación  lo  que  hace es confirmar que su defendido  había sido sincero cuando suministró esa historia.   

          Concluye  señalando que resulta imposible sostener que ese elemento  de  prueba  tornó,  por  sí  solo,  en incontrovertible la demostración de la  responsabilidad   penal   del  sindicado  como  lo  consideró  el  Ad-quem,   restándole   cualquier  valor  probatorio a la confesión.   

         

             4.   Falso  juicio  de  identidad  por  tergiversación   de   la   confesión   del  procesado  JAVIER  ANTONIO  MARÍN  SALDARRIAGA.   

          Según  el  demandante, la confesión vertida por MARÍN SALDARRIAGA  no  es  una  prueba  de  “poca monta”,  pues al no alegar calificaciones a su auto-acusación, bastaba con  su  versión  para  solventar  la  formulación  del reproche de responsabilidad  penal por la comisión de los delitos investigados.   

          Precisa  que la distorsión del sentido objetivo de los otros medios  de  prueba  antes  analizados, necesariamente implicó una tergiversación de la  confesión  del  procesado  MARÍN  SALDARRIAGA,  pues por tal vía concluyó el  juzgador        que        la        misma       resultaba       “inane”,  que  no  aportó  nada,  que no  contribuyó  al esclarecimiento de los hechos, es decir, que fue “una               nada              jurídico-probatoria”.   

          Pero  en realidad, como lo ha explicado, la confesión del procesado  fue  prueba  determinante  en  este  asunto, pues los hechos quedaron plenamente  esclarecidos  cuando  reconoció  su  autoría en el giro y cobro del cheque No.  I-4426147.   

          Según  el  demandante,  todos los errores denunciados repercutieron  en  la  parte  dispositiva  de la sentencia impugnada, pues a pesar de darse los  requisitos  de  la  confesión para acceder a la reducción del quantum punitivo  por  esa vía, desarrollados ampliamente por la jurisprudencia de la Sala, entre  ellos  la  sentencia  de  marzo  14  de  2001 con ponencia del Magistrado Nilson  Pinilla  Pinilla,  el  Tribunal terminó desestimándola y dando por sentada una  flagrancia   como   “evidencia  procesal”,  negando  la  rebaja  de  pena  a la cual tenía derecho MARÍN  SALDARRIAGA.   

            Por  lo  anterior  solicita  que  se  reconozca  a  su mandante la  reducción  punitiva  por confesión, pues se encuentran reunidos los requisitos  legales  para  el  efecto, pues la confesión fue vertida en la primera versión  ante  funcionario  judicial;  con esa actitud se facilitó enormemente el acopio  probatorio,  porque luego de la indagatoria sólo se recibió la declaración de  Beatriz  Elena  Quintana  Ruiz;  se  redujo  el trámite, pues tras la medida de  aseguramiento  se  solicitó  sentencia  anticipada;  se  hizo  más  certero  y  expedito  el  camino  hacia  la  verdad  real, pues el procesado aceptó libre y  voluntariamente  los  cargos,  ayudando  con ello a disminuir la congestión y a  atenuar el desgaste judicial.   

         

Como normas violadas por falta de aplicación  cita los artículos 280, 282 y 283 del C. de P.P.   

          Agrega  que  a  causa  de  los  errores  in  judicando  cometidos  por  el  fallador,  la sentencia  impugnada  debe  ser  calificada  como  injusta, y la única forma de reparar el  agravio es casando el fallo.   

         Acorde  con  lo  anterior, culmina su argumentación solicitando que  se  case  el fallo, para que se reconozca la reducción de pena por confesión a  JAVIER MARÍN SALDARRIAGA.   

              

         CONCEPTO  DEL  MINISTERIO  PÚBLICO            

          Para  la Procuradora Primera Delegada para la Casación Penal aunque  el  recurrente  desarrolla  el  ataque  respecto  de las cuatro pruebas de cargo  (documental    –cheque-,  denuncia,  declaración  de  Beatriz Elena Quintana Ruiz e indagatoria de JAVIER  ANTONIO   MARÍN  SALDARRIAGA),  aseverando  que  en  todas  ellas  el  fallador  incurrió  en  falso  juicio  de  identidad  por distorsión del “sentido  objetivo”  de  las  mismas,  lo  cierto  es  que  en  la pretendida demostración de los reproches no indica qué  cercenó  o  adicionó  de  dichas  pruebas  haciéndolas  producir  efectos que  objetivamente  no  se  establecen de ellos o como fueron tergiversadas, pues las  inferencias  inculpatorias  del  fallador  las  dedujo del análisis conjunto de  todos    los    medios    probatorios   incluyendo   la   aceptación   de   los  cargos.   

            Sostiene  que la pretensión del censor se encamina a desacreditar  los  razonamientos  del  Tribunal, desconociendo que en el trámite de casación  no  se  trata  de  dar lugar a anteponer el punto de vista del demandante al del  fallador, ya que en dicha eventualidad primaría siempre éste.   

          Si  lo  que  quería  el  censor  era  demostrar  que el juzgador se  equivocó  en  el  análisis  y  valoración otorgada  a las pruebas porque  contravino  las  reglas de la sana crítica, así debió plantearlo a través de  un  posible  falso  raciocinio,  cumpliendo  con  la  carga  pertinente,  en los  términos señalados por la jurisprudencia de la Corte.   

          Para  la  Procuradora,  el  demandante  confunde  el falso juicio de  identidad  con  el  de  raciocinio bajo una misma argumentación, lo que resulta  antitécnico.   

          Agrega  que  lo que desarrolla el actor es una diferente perspectiva  en  aquilatamiento  de  la  confesión  del procesado y descrédito de la prueba  documental  y  testimonial,  cuestionamientos que no permiten hacer un examen de  fondo  del  asunto,  habida  consideración de que no se agotó el ataque con la  técnica requerida en casación para ese tipo de evidencias.   

         

A pesar de lo anterior, considera que en el  caso  estudiado, frente a la nueva normatividad (Ley 600 de 2000), la situación  del  procesado  no  podía enmarcarse dentro de la figura de la flagrancia, como  erradamente  lo  aseveró  el  Tribunal,  toda vez que MARÍN SALDARRIAGA no fue  capturado  en tal estado, en lo que le asiste razón al demandante, no ocurre lo  mismo  frente  a  la pretensión referente al reconocimiento y aplicación de la  confesión  como  diminuente  punitiva,  porque  como se colige de los fallos de  instancia, ella no fue el fundamento de la condena.   

Consecuente con su argumentación, solicita  que  los  cargos  sean  desestimados,  y, por tanto, que no se case la sentencia  impugnada.   

                     

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Como cuestión previa, recuerda la Sala que  el   fallo   impugnado   fue   dictado  anticipadamente  como  consecuencia  del  acogimiento,  por  parte  del procesado, al trámite de la sentencia anticipada,  por  lo  que la legitimidad para que la defensa pueda acceder en casación está  enmarcada  en  las  mismas  razones contempladas en el artículo 40, inciso 10º  del  Código  de Procedimiento Penal para apelar la sentencia condenatoria, esto  es,  respecto  de la dosificación de la pena, de los mecanismos sustitutivos de  la   pena   privativa   de   la  libertad  y  la  extinción  de  dominio  sobre  bienes.   

En este caso, la razón de disentimiento que  se  expone  radica  en no haber reconocido los juzgadores la diminuente punitiva  establecida  por el artículo 283 del Código de Procedimiento Penal en casos de  confesión,  por lo que le asiste interés al impugnante para proponer el debate  en   sede  de  casación,  dada  la  relación  que  la  censura  tiene  con  la  determinación  de la pena. Además, el punto fue motivo de inconformidad cuando  el  defensor  del  procesado  hizo  uso  del  recurso  ordinario  de apelación.   

Ahora bien, es cierto que el censor incurre  en  algunas  imprecisiones  técnicas  en la demanda, pero a criterio de la Sala  ello  no  impide  establecer  el contenido de su pretensión (rebaja de pena por  confesión);  tampoco  el  motivo  que  invoca  el actor para sustentar el cargo  (violación  indirecta de la ley por errores de hecho que llevaron a la falta de  aplicación  de  los  artículos  280,  282  y  283del  Código de Procedimiento  Penal),  ni  los argumentos que sustentan la solicitud y demuestran el error que  endilga  a  la sentencia (falso juicio de identidad por distorsión de la prueba  documental   y  testimonial  que  llevó  a  la  errada  consideración  de  una  flagrancia  como  evidencia  procesal  y  juicio  errado de que la confesión no  constituyó colaboración con la justicia).   

En  efecto,  el  demandante sostiene que la  negativa  a  la  rebaja  de la pena por confesión contiene acá el carácter de  violación  indirecta  de  la ley sustancial, resultado de un error de hecho por  parte  del Tribunal, al distorsionar la prueba existente en el proceso, ya que a  la  misma  se  le  hizo  producir  efectos que no se derivan de su contenido. No  discute  el  actor  el  entendimiento  o  alcance  que  a  las  normas le dio el  sentenciador,  sino  la  manera  como dedujo que la prueba obrante en el proceso  revelaba     una     situación     de     flagrancia    como    “evidencia  procesal”  que  se consideró  demostrada por error de hecho en su apreciación.   

          Este  error  de  hecho  lo  hace recaer, concretamente, en la prueba  documental  constituida  por  el cheque No. I-4426147, la denuncia formulada por  la  doctora  María  de Jesús Santacruz Benavides y la declaración vertida por  la  testigo  Beatriz  Elena  Quintana  Ruiz,  porque según el demandante, de su  contenido  no  se  desprende  que se haya encontrado al procesado cometiendo los  delitos   de   falsedad   ideológica  en  documento  público  y  peculado  por  apropiación,  y por lo tanto no sirven para predicar que MARÍN SALDARRIAGA fue  sorprendido  en  situación  de  flagrancia,  porque,  a  su  modo de ver, tales  pruebas  sólo  demuestran  circunstancias de las que a lo sumo podía deducirse  una   simple  “sospecha”  sobre  la  participación  del  procesado en tales hechos, la cual era necesario  corroborar  con  otros  elementos de juicio, que para este caso se concentró en  la  confesión  del  procesado,  afirmación  en  la  cual  le  asiste razón al  demandante como pasa a demostrarse.   

Pero  antes  es  necesario  precisar que el  concepto  de  flagrancia que traía el Código de Procedimiento Penal que rigió  el  caso  hasta  antes  de proferirse la sentencia de primera instancia, Decreto  2700  de  1991,  permitió  a  la  jurisprudencia  y  a  la doctrina nacional la  elaboración  de  una  tesis  que distinguía entre la flagrancia como evidencia  procesal  y  la  captura en flagrancia como su consecuencia, según se dedujo de  los  artículos  299,  370  y  371  de  dicho  ordenamiento procesal,  casos  en  los  cuales  se excluía la  rebaja  de  la  pena aunque se diera la posterior confesión del implicado, como  pacíficamente se trató en múltiples ocasiones por la Sala.   

No  obstante,  dicho  fenómeno  jurídico  sufrió  una  importante  restricción  en el Código de Procedimiento Penal que  ahora  rige  el  caso  y  bajo cuya vigencia se dictaron los fallos de primera y  segunda  instancia  impugnados,  situación que conllevó la modificación de la  jurisprudencia  a  partir  de  la  sentencia del 31 de enero de 20021, en la que al  estudiar  la  nueva  redacción  del  concepto  de  flagrancia,  traída  en  el  artículo 345 de la Ley 600 de 2000, se expresó que:   

“…   el  concepto  de  flagrancia  en  la nueva preceptiva se liga indefectiblemente a la  captura.  Así,  habrá flagrancia cuando la persona es sorprendida y  capturada  en el momento de cometer un  hecho  punible;  cuando  es  sorprendida  e  identificada  o  individualizada al  momento  de  cometer  la  conducta  y  se le aprehende  inmediatamente  después  por persecución o voces de  auxilio,   o   cuando   es  sorprendida  y  capturada  con  objetos,  instrumentos  o huellas, de los cuales  aparezca    fundadamente    que    momentos   antes   ha   cometido   un   hecho  punible.”   

“Entonces,  a  los  dos  requisitos  que han sido establecidos por la jurisprudencia, “uno de  carácter  objetivo-temporal  que  es  la  actualidad, esto es, que una o varias  personas,  entre  las que puede estar la víctima, se encuentren presentes en el  momento  de  la comisión del reato o instantes después y se percaten de él; y  otro  de naturaleza personal que consiste en la identificación o, por lo menos,  la   individualización  del  autor  o  partícipe”  (Casación  del  19  de  agosto  de  1997  M.  P. Dr.  Córdoba  Poveda),  se  suma  ahora  la  aprehensión  en  el  acto  de  realización  del  mismo  o  en los  momentos       subsiguientes      “por   persecución  o  voces  de  auxilio  de  quien  presencie  el  hecho”.”   

Por lo tanto, a partir de la vigencia de la  ley  600  de  2000,  la  configuración jurídica del instituto de la flagrancia  implica  el  acto  de  aprehensión.  En  este  caso,  MARÍN  SALDARRIGA no fue  capturado  en flagrancia. No  obstante,  el  Tribunal  estimó  que  fue  individualizado e identificado en el  momento  de  los hechos y que, por ende, fue sorprendido en flagrancia. Sin duda  alguna  aplicó  en su contra la noción de flagrancia en una de las formas como  de  antaño  la  entendió  la  jurisprudencia  de  esta  Corte,  es decir, como  “evidencia procesal”, que  se   consolidaba  cuando  varias  personas  habían  tenido  la  oportunidad  de  presenciar   la   realización   del  hecho  punible  y  ver  al  delincuente  e  identificarlo  o  individualizarlo,  sin que en tales eventos fuera un requisito  para  la estructuración de la figura el hecho de la captura. Tal afirmación es  clara en el siguiente párrafo de la sentencia del Tribunal:   

“Pero  acontece  que  no  propiamente la  figura  de  la flagrancia se estructura con la aprehensión del sindicado dentro  de  aquellas  específicas  circunstancias  frente  al delito, sino que al igual  resulta  manifiesta  cuando  es  identificado  o  individualizado  al momento de  cometerlo  como  bien  lo  precisa  el  numeral  2º del artículo 345 del C. de  P.Penal  y  de  ello  no  existió  ninguna  duda  en  relación  con  el  señor  MARÍN SALDARRIAGA” (fl.  205, se ha resaltado).   

Pero    independientemente    de    esa  equivocación,  y  por  estar íntimamente ligado con la discusión propuesta en  la  demanda,  el  análisis  objetivo  de las pruebas estimadas por el Tribunal,  distinta  a  la  indagatoria,  realmente  no  confluían  a  indicar  que MARÍN  SALDARRIAGA  fue  visto cuando  sin  acudir  al  fingimiento de su propia firma, giró a su nombre el cheque No.  I-4426147   del  Banco  de  Bogotá  por  valor  de  $1.212.480,  lo  endosó  y  personalmente  lo  cobró.  Es  decir,  como  lo alega el demandante, nadie dijo  haber  presenciado  el momento en que el procesado MARÍN SALDARRIAGA falsificó  el  título-valor,  lo  endosó  y  se apoderó del aporte parafiscal que por el  valor   de   $1.212.480.oo  debía  ingresar  a  la  oficina  de  Comfenalco  de  Quindio.   

         

          En  ese  sentido  basta  leer  la  denuncia formulada por la doctora  María  de Jesús Santacruz Benavides, Jefe de la División de Recursos Físicos  y  Financieros  de  la  Administración  de  Impuestos  y  Aduanas Nacionales de  Armenia,  y  la declaración vertida por la señora Beatriz Elena Quintana Ruiz,  Contadora  de  la  DIAN de la misma ciudad, para concluir que ninguna de las dos  dijo  haber  observado  al procesado MARÍN SALDARRIGA en el momento mismo de la  ejecución de las conductas ilícitas.   

          En  relación  con la primera, se destaca que en su denuncia escrita  formulada  el  26  de  enero de 2001, que en copia obra al expediente, sobre los  hechos objeto de este proceso, expuso lo siguiente:   

“Mediante  este  escrito  presento  a su  consideración  los  siguientes  hechos irregulares realizados al parecer por el  Funcionario  JAVIER  ANTONIO  MARÍN SALDARRIAGA, identificado con la cédula de  ciudadanía  No.  6.402.895,  quien  ejercía  las  funciones de Pagador de esta  Administración desde el mes de mayo de 1999:   

(…)  

         

“De la revisión del libro de bancos y de  requerimiento  telefónico  a  Comfenalco y al Banco de Bogotá se encontró que  el  cheque  número 4426147 girado el 27 diciembre (sic) del año 1999 por valor  de  $1.212.480 y que supuestamente era el pago a Comfenalco fue cobrado el 29 de  diciembre  del año 1999 por ventanilla por el mismo señor (MARÍN SALDARRIAGA)  y nunca fue registrado en Comfenalco” (fl. 2 y 3)   

Como puede verse, la fuente de enteramiento  que      explica      la      denunciante      sobre      la     “posible”  autoría  del cobro del cheque  por  parte  del  procesado  MARÍN SALDARRIAGA, no se deduce de una observación  directa   en   el  momento  de  la  ejecución  de  la  conducta,  sino  de  las  averiguaciones  efectuadas  telefónicamente a Comfenalco y al Banco de Bogotá,  a  donde se pidió una “relación de los cheque (sic)  ordinarios  y  de  Gerencia  que  hubieran sido pagados al señor JAVIER ANTONIO  MARÍN  SALDARRIAGA  como  beneficiario desde el mes de mayo de 1999”,  según  se afirma en el segundo escrito de denuncia dirigido a  la Fiscalía General de la Nación el 23 de febrero de 2001.   

          Y  en  cuanto a lo dicho por la testigo Beatriz Elena Quintana Ruiz,  se  destaca  que al serle puesto de presente el cheque en cuestión se limitó a  señalar que:   

“Sí  reconozco el cheque que tengo a mi  vista,  pertenece  a  la  cuenta  corriente  de servicios personales de la Dían  (sic)  de  Armenia,  está debidamente firmado por JAVIER como pagador, para esa  fecha  en que se giró el cheque, los cheques sólo los firmaba el pagador…”  (fl. 136)   

Por  lo  tanto, el fallador incurrió en un  falso  juicio de identidad al derivar de las anteriores pruebas que el procesado  fue  “identificado  o  individualizado al momento de  cometerlo  (el delito)”, por lo que en tal sentido el  cargo prospera.   

Ahora bien, de acuerdo con el artículo 283  del  Código  de  Procedimiento  Penal  que  rige  el caso (Ley 600 de 2000), la  reducción  de  pena  allí  prevista  procede  siempre  y  cuando la confesión  “de  la  autoría  o  participación  en la conducta  punible” se produzca durante la primera versión del  imputado  ante  el  funcionario  judicial  y  que  no  se  trate  de  un caso de  flagrancia.   

Es  claro  que  en  el  presente  caso  se  encuentra  acreditado  que el procesado confesó el hecho en su primera versión  ante  las  autoridades  judiciales,  y descartado que no se trató de un caso de  flagrancia,  procede la Sala  analizar si le asiste razón al demandante en  las  argumentaciones que trae para demostrar que la confesión fue el fundamento  de la condena.   

Tal  análisis exige tener en cuenta que la  razón  para  disminuir  la  sanción  con  sustento  en  la  confesión,  es la  colaboración  con  la  justicia y el ahorro consecuencial del esfuerzo judicial  en  la  reconstrucción de lo sucedido,  efectos que se obtienen cuando sin  esa confesión el implicado no hubiera podido ser condenado.   

Pero como lo expuso la Sala en la sentencia  de    casación   del   10   de   mayo   de   20032,  que  la  confesión  sea  el  fundamento  de  la  sentencia  no  significa,  como  al  parecer lo entendió el  Tribunal   en   el   fallo  impugnado,  que  constituya  su  soporte  probatorio  determinante,  pues  ello  haría  en  más  de  las  veces inaplicable la norma  reductora  de la punición, ya que si la ley impone verificar el contenido de la  confesión  (art.  281  ídem), es posible que al hacerlo se logren otros medios  de  prueba  con  la aptitud suficiente para fundamentar el fallo. Lo esencial es  que  sea  oportuna,  eficaz  y determinante para la realización de la justicia,  connotación    esta    que   interpreta   la   ratio  legis del mecanismo reductor.   

El  significado  de  la  exigencia  legal,  dijo  la  Sala  en  el  reseñado precedente, está vinculado  “a  la  utilidad  de  la  confesión.  Y si se considera que su efecto reductor de la pena se condiciona a  que  tenga  ocurrencia  en  la  primera versión y en casos de no flagrancia, la  lógica  indica  que  fundamenta la sentencia si facilita la investigación y es  la  causa  inmediata  o  mediata  de  las  demás  evidencias  sobre  las cuales  finalmente se construye la sentencia condenatoria”.   

En  el  caso  examinado, en la sentencia de  primera  instancia  explícitamente se reconoció trascendencia probatoria de la  confesión del acusado:   

“La  aceptación de cargos realizada por  el   aquí   enjuiciado   nos  revela  de  profundos  exámenes  respecto  a  la  demostración   material   u   objetiva   del   delito   y  desde  luego  de  la  responsabilidad  penal  que le asiste o resulta de ella predicable, porque ha de  advertirse   que   en   eventos  de  tal  naturaleza  independientemente  de  su  aceptación   final,   bien   puede   afirmarse   que  sólo  él  conocía  las  circunstancias   de   su  accionar  contrario  a  derecho  y  que  aceptándolas  expresamente  abrían  el  camino  para  formularle el correspondiente juicio de  reproche con la condigna conciencia jurídico penal de la condena.   

(…)  

“Confesión que reúne los requisitos de  ley  para ser tenida en cuenta, atendiendo los principios sobre la sana crítica  del  testimonio  por  cuanto se realizó ante funcionario judicial, asistido por  un  defensor,  informado  sobre  el  derecho a no declarar contra sí mismo y en  forma libre, consciente y voluntaria” (fls.176 y 177).   

No  obstante,  al  tasar  la  pena  el juez  omitió  el  reconocimiento  de  la  rebaja  por  confesión, lo cual motivó el  disenso  de  la  defensa.  Pero  el  Tribunal,  trayendo  otra  perspectiva  del  análisis  de la prueba, negó la diminuente punitiva con el siguiente argumento  central:   

“…Confesión   que  tampoco  vino  a  reflejar  de  un  todo  la  configuración de los requisitos complementarios que  habrían  de  servirle para acceder a la diminuente impetrada por el recurrente,  pues  ella  resulta  inane  cuando  al  interior  de la investigación confluyen  elementos  de  prueba,  los cuales, por otros medios, tornan incontrovertible la  demostración  de  la  responsabilidad penal del sindicado y como aconteciera en  el  caso particular de aquel, denotando, consigo que esa aceptación de autoría  por  las  acciones  dolosas  investigadas  obedecieron  más bien al rigor de la  presión  sobre  él  ejercida  a  raíz  de  la  contundencia  de  la prueba ya  existente  en  su contra y la cual bien conocía, no al firme deseo de colaborar  con     la     justicia     a     instancias     de     mostrar    un    sincero  arrepentimiento…”   

En  este punto la Sala encuentra nuevamente  razón  a  las  críticas  del  demandante,  porque  independientemente  de  que  confluyeran  esos  otros  elementos  de  juicio  que  corroboraron la autoría y  responsabilidad   del  procesado  en  las  dos  conductas  ilícitas,  no  puede  desconocerse  que  su  confesión  sí  facilitó  el  esfuerzo  investigativo y  demostrativo  de la Fiscalía, el cual, a no dudarlo, hubiese sido más exigente  por  la  necesidad  de  acopiar  datos  para confirmar aspectos trascendentales,  entre  ellos,  si  las firmas estampadas en el cheque No. I-4426147 pertenecían  al  procesado  MARÍN  SALDARRIGA  y  si  realmente  fue él quien personalmente  cobró  el  título  valor, apropiándose por esa vía de los dineros públicos,  pues  ciertamente  de  la  denuncia, la declaración de la señora Beatriz Elena  Quintana  Ruiz  y  del  contenido  del  cheque en cuestión sólo se deducía la  probabilidad  de que el autor hubiese sido el mismo procesado.      

Si  en  un  hipotético  caso  el procesado  hubiese  decidido  negar  la autoría de los hechos argumentando una falsedad de  su  firma  y  suplantación  de  su  persona  en el acto de cobro del cheque, es  apenas  obvió  suponer  la mayor actividad probatoria que se hubiera proyectado  en  este caso, pues habría sido necesario la práctica de pruebas grafológicas  para  establecer  la  autoría de las firmas obrantes en el documento, así como  los  testimonios  de los empleados del banco para que identificaran físicamente  a  la  persona  que  cambió  el  cheque,  y,  en  fin,  se reitera, el esfuerzo  investigativo  y  demostrativo de la fiscalía habría sido más exigente por la  necesidad  de acopiar tales datos necesarios para demostrar con grado de certeza  la responsabilidad del procesado.   

Nada  de  esto  fue  necesario gracias a la  oportuna  y  sincera  confesión  del  justiciable.  Claro está que la oportuna  indagación  que  sobre  la  irregularidad  detectada  efectuó  la  Jefe  de la  División   de  Recursos  Físicos  y  Financieros  de  la  entidad  defraudada,  facilitó  la  prueba del hecho delictivo y la posible ejecución de la conducta  por  parte  del procesado, pero quedaba en vilo la verificación de esa autoría  mediante  otros  medios  de prueba que lo corroboraran, entre ellos, se reitera,  la prueba técnica.   

Pero   para  hacerle  perder  peso  a  la  confesión,  al Tribunal le dio por señalar que la misma no fue el resultado de  un   “firme deseo de colaborar con la justicia a  instancias  de  mostrar  un  sincero arrepentimiento”  (fl.  206),  a lo que habría que acotar, que lo previsto en la ley para premiar  la  confesión  no  es  que ésta sea el producto de un sincero arrepentimiento,  sino  que  contribuya  eficazmente  a  la  realización  de  la justicia, en los  términos antes analizados.   

Tampoco podía argumentarse que el respaldo  probatorio  que posteriormente recibió en la declaración del único testimonio  recibido  con  posterioridad a la misma, el de la señora Beatriz Elena Quintana  Ruiz,  Contadora  de  la  DIAN,  le  hizo  perder  fuerza  a  su merecimiento en  términos  de  reducción punitiva conforme las previsiones del artículo 283 de  la  Ley  600 de 2000, pues como se dijo en otro aparte de estas consideraciones,  el  artículo  281 del mismo estatuto procesal dispone que en caso de producirse  una  confesión  el  instructor  continuará  con  la  práctica  de diligencias  “para   determinar  la  veracidad  de  la  misma  y  averiguar  las circunstancias de la conducta”, por lo  que  resultaría  un franco engaño al confeso, negar el premio a su confesión,  con  el  argumento de que en acatamiento de la ley se pudo establecer que lo por  él  reconocido en su contra es veraz porque encuentra eco en las demás pruebas  producidas con posterioridad.   

En conclusión, es evidente para la Sala que  la  confesión  del  procesado  JAVIER  ANTONIO  MARÍN  SALDARRIGA facilitó la  investigación  y  en  esa medida su utilidad resulta innegable, pues al aceptar  los  cargos  produjo  ahorro en la actividad judicial, que es lo que en últimas  explica    el    reconocimiento    de   la   rebaja   punitiva,   como   ya   se  analizó.   

Demostrada  entonces la transgresión de la  ley,  se  casará  parcialmente  la  sentencia  materia  de  impugnación,  para  proceder  al  reconocimiento  de  la  disminución  de  la sanción que negó el  fallador.  Y  como  tal determinación afecta exclusivamente el aspecto punitivo  del   fallo,   es   necesario   que   la   Corte   efectúe  la  correspondiente  redosificación,  rebajando  la  pena  impuesta  al procesado en una sexta (1/6)  parte,  al  tenor  de lo dispuesto en la disposición violada, que corresponde a  la   que   contempla  el  artículo  283  del  Código  de  Procedimiento  Penal  vigente.   

En  consecuencia,  a la pena de 31 meses 10  días  de  prisión impuesta al procesado MARÍN SALDARRIGA ha de disminuírsele  una  sexta  (1/6)  parte  por  virtud  de la confesión, resultado de lo cual se  obtiene  una  pena  a  imponer  de  veintiséis  (26)  meses y cuatro (4) días,  término  al que igualmente queda reducida la pena accesoria de interdicción de  derechos y funciones públicas.   

A  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

CASAR PARCIALMENTE  el   fallo  impugnado  para  reconocerle  al  procesado  JAVIER  ANTONIO  MARÍN  SALDARRIAGA  la  rebaja  de  pena  por  confesión. La pena a purgar se fija, en  consecuencia,  en   veintiséis (26) meses y cuatro (4) días de prisión e  interdicción de derechos y funciones públicas por el mismo lapso.   

En  todo  lo  demás,  se mantiene el fallo  objeto del recurso.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ          HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO           EDGAR  LOMBANA TRUJILLO     

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  JORGE  LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                   MAURO SOLARTE PORTILLA   

             Excusa       justificada   

Teresa Ruiz Nuñez  

Secretaria  

    

1  Radicado No. 11.199, M.P. Dr. Jorge Aníbal Gómez Gallego   

2  Casación   No.  11.960,  M.P.  Dr.  Yesid  Ramírez  Bastidas.     

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