17870(14-11-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17870  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 143  

Bogotá, D. C., catorce (14) de noviembre del  dos mil dos (2002).   

VISTOS  

          Se  decide  el  recurso de casación interpuesto por el defensor del  señor   SIGIFREDO   JIMÉNEZ  ALVARADO  contra  la  sentencia  del  25  de  julio  de  2000,  dictada por el  Tribunal Superior de Pereira.   

HECHOS  

          Como  resultado  de  labores  de  inteligencia  adelantadas  por  la  policía  judicial  de  la Policía Nacional, el 5 de marzo de 1993 se practicó  un  allanamiento  a  la  vivienda  del señor JAIRO MEDINA HENAO en la ciudad de  Pereira,  lugar  donde  se hallaron 2 kilos de cocaína, un revólver, munición  de  diferentes  calibres,  4  chapuzas,  3  pesas  grameras, pasaportes y dinero  falso.  En  la  diligencia fueron privados de libertad el señor MEDINA y RAMÓN  ALBERTO  OSPINA  OSORIO.  Cumplida  similar actuación en la residencia de JULIO  CÉSAR  GIRALDO  CARVAJAL, se encontró un kilo de la misma sustancia y una caja  fuerte  con  armas y municiones, capturándolo en el acto. Además, se solicitó  a  la  policía  del  departamento  de  Caldas que interceptara un vehículo que  acababa  de  salir del primero de los mencionados inmuebles, procedimiento en el  cual  fueron  aprehendidos  OSCAR  JAVIER  GIRALDO CARVAJAL y quien conducía el  automotor,   SIGIFREDO  JIMÉNEZ  ALVARADO.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          El  fiscal  regional  de  Pereira a cuya disposición fueron dejados  los  dos primeros retenidos, ordenó la apertura de instrucción el 8 de marzo y  de  inmediato los escuchó en indagatoria. En la misma fecha, el fiscal regional  de    Manizales    recibió   injurada   a   JIMÉNEZ  ALVARADO  y  a los hermanos GIRALDO CARVAJAL. OSPINA y  MEDINA  fueron  asegurados  con  detención preventiva por un fiscal regional de  Medellín  el  18  de  marzo por los delitos de violación al artículo 33 de la  Ley  30  de  1986  y  tráfico  de  moneda  falsa  y  al  segundo  también  por  conservación    de    armas   y   municiones,   en   tanto   que   JIMÉNEZ  y los GIRALDO CARVAJAL lo fueron  por transgredir la Ley 30 de 1986 y el Decreto 3664 del mismo año.   

          Reunidas  después  ambas  actuaciones  en  un  solo  proceso, OSCAR  JAVIER  GIRALDO  CARVAJAL  y  RAMÓN  ALBERTO  OSPINA  OSORIO  se acogieron a la  sentencia  anticipada,  lo  que  dio  lugar  a la ruptura de la unidad procesal.  Clausurada  la  investigación, al calificar su mérito el 22 de octubre de 1997  un  fiscal  regional  de Medellín acusó a JAIRO MEDINA HENAO por violación de  los  artículos  33  de  la  Ley  30 de 1986 y 1º. del Decreto 3664 de 1986 y a  SIGIFREDO  JIMÉNEZ  ALVARADO  sólo  por  la  primera  de  las  mencionadas  ilicitudes  pues precluyó por la  segunda.  JULIO CÉSAR GIRALDO CARVAJAL resultó favorecido con idéntica medida  respecto de los cargos que se le imputaban.   

          Surtidas  las  notificaciones  y  declarado desierto por resolución  del  4  de  febrero  de  1998  el recurso de apelación que interpusiera el  defensor  de JIMÉNEZ ALVARADO  contra  la providencia calificatoria, el proceso fue remitido a un juez regional  de  Medellín.  Radicada  finalmente  la  competencia  en  el  Juzgado Penal del  Circuito  Especializado  de Pereira en virtud de las modificaciones introducidas  por  la  Ley  504 de 1999, el 15 de mayo de 2000, una vez realizada la audiencia  pública,  ese  Despacho  condenó  al  señor JAIRO MEDINA HENAO a la pena de 7  años   de   prisión,  multa  de  60  salarios  mínimos  legales  mensuales  e  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  y suspensión de la patria  potestad,  y  lo  absolvió  por  el  tráfico  de  armas  de  fuego.  El señor  JIMÉNEZ   ALVARADO   fue  absuelto.   

          El  Tribunal  Superior de Pereira, al revisar la sentencia en virtud  del  grado jurisdiccional de la consulta, revocó la absolución dictada a favor  de     SIGIFREDO    JIMÉNEZ    ALVARADO  y  en su lugar lo condenó a 78 meses de prisión, multa por valor  equivalente  a  110  salarios  mínimos  legales  mensuales  e  interdicción de  derechos  y funciones públicas y suspensión de la patria potestad por el mismo  término  de  la pena privativa de libertad. Así mismo, ordenó el decomiso del  arma  de  fuego  y de cinco millones de pesos hallados en su poder, e iniciar la  acción  extintiva  de  dominio  respecto  del  vehículo que ocupaba cuando fue  aprehendido.   

          Interpuesto  y  admitido  el  recurso  de  casación,  y obtenido el  concepto  del  Procurador  Segundo  Delegado para la Casación Penal, la Sala se  pronuncia de fondo sobre la impugnación.   

LA  DEMANDA   

          Primer cargo.   

          Sostiene  el  demandante  que  la  sentencia  se dictó en un juicio  viciado  de  nulidad,  porque el Juzgado Único Penal del Circuito Especializado  de  Pereira  carecía  de  competencia  para  conocer  del  proceso, atendida la  cantidad de droga incautada.   

          En  efecto, el numeral 9º. del artículo 5º. de la Ley 504 de 1999  le  asignó  a  los  jueces  penales  de circuito especializados el conocimiento  “de  los delitos señalados en el artículo 33 de la ley 30 de 1986, cuando la  droga   o  sustancia  exceda  de  …  cinco  (5)  kilos  si  se  trata  de  …  cocaína…”  y el 39 transitorio dispuso que “Los procesos que a la entrada  en  vigencia  de  la presente ley estén en conocimiento de la justicia regional  por  delitos  no  previstos  en  el  artículo  5  de  esta ley, se continuarán  tramitando  ante  los  jueces  penales  del  circuito  competentes por el factor  territorial”.  Como  al  procesado  se le acusó por la conservación de 2.960  gramos  de  cocaína,  el  juez  penal  del  circuito  especializado  de Pereira  carecía  de  competencia  cuando asumió el trámite del proceso el 9 de agosto  de  1999.  Tanto la sentencia de primera instancia, como la de segunda porque no  había lugar a la consulta, están viciadas de nulidad.   

          Solicita  que  la  Corte  invalide  el  proceso  a  partir  del auto  mediante   el   cual   el  juez  penal  del  circuito  especializado  avocó  su  conocimiento  y se ordene remitirlo al reparto de los jueces penales de circuito  de Pereira.   

          Segundo cargo.   

          En  subsidio,  con  invocación  del  cuerpo  segundo  de  la causal  primera   de   casación,   el  defensor  de  JIMÉNEZ  ALVARADO  ataca  la sentencia por violación indirecta  del  artículo  445  del  Código  de  Procedimiento  Penal de 1991 –que  corresponde  al  inciso  2º.  del  artículo   7º.  del  actual  estatuto-  derivada  de  los  falsos  juicios  de  existencia  y  de  identidad  en  que  incurrió  el  juzgador, contrariando los  principios  de  la  sana crítica. Señala, al efecto, los siguientes errores de  hecho:   

          1º.  El  Tribunal  concluyó,  a  partir  de los testimonios de los  agentes  de  policía  que  intervinieron en el operativo, que se trataba de una  “bien  conformada empresa criminal” relacionada con el narcotráfico, cuando  los  testigos sólo aluden al procedimiento observado para allanar el inmueble e  incautar una droga.   

          2º.  Distorsionó  la  conversación sostenida entre JAIRO MEDINA y  ALBERTO   OSPINA,   pues   en   ella   nunca   se   mencionó   a   SIGIFREDO  JIMÉNEZ como partícipe de una  empresa  criminal  ni aportante de un cheque para la negociación de droga, como  lo  entendió  el  Ad  quem,  sino     simplemente     que     había     un     cheque     de    SIGIFREDO,  sin  vincularlo a transacción  alguna. Tampoco se demostró la existencia ni el fin del cheque.   

          3º.  Tergiversó  la  primera  indagatoria  rendida  por  el señor  JIMÉNEZ,  pues  supuso  que  cuando  regresó con OSCAR JAVIER GIRALDO a Manizales fueron a la casa de éste,  de  donde  infirió  que la droga incautada en ella se había transportado en el  vehículo   de   SIGIFREDO,  cuando  en  realidad afirmó que al llegar a Manizales se dirigió a su casa con  OSCAR, almorzaron y salieron a recoger unas platas.   

          4º.   Incurrió   en  falso  juicio  de  existencia  por  falta  de  apreciación  de  la  indagatoria  de  OSCAR  JAVIER  GIRALDO, quien confirma la  anterior manifestación.   

          5º.     Tergiversó     las     indagatorias     de    JIMÉNEZ   ALVARADO,  quien  dice  que  en  Pereira  fue  a  la casa de un señor JAIRO, de lo que dedujo el Tribunal que se  trataba de JAIRO MEDINA HENAO y que negoció droga con él.   

          6º.      Tergiversó     la     indagatoria     de     JIMÉNEZ  cuando  afirmó  éste que no le  presta  el  carro  a  nadie,  de  lo  que, contrariando los elementos de la sana  crítica,   infirió   que  sí  estuvo  en  casa  de  JAIRO  MEDINA  negociando  droga.   

          7º.  Ignoró el testimonio que por certificación jurada rindió el  doctor   ROBERTO   CHAVES   ECHEVERRI,  magistrado  de  la  Sala  Jurisdiccional  Disciplinaria  del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura  de Risaralda, que se  refiere  a una deuda que JIMÉNEZ ALVARADO tenía  con FRANCISCO CIFUENTES, para cuya cancelación precisamente  había  solicitado  el  préstamo,  no para sufragar los costos de la droga como  concluyó el Tribunal.   

          8º.  Tergiversó  las  explicaciones  que  suministró JIMÉNEZ  en sus injuradas sobre el destino  final  del  dinero  decomisado, con el que le pagaría a FRANCISCO CIFUENTES, al  afirmar    que    los    poseía    para    financiar    la   adquisición   del  estupefaciente.   

          9º.  Omitió  la  prueba  documental y testimonial que demuestra el  desempeño del procesado como honesto ganadero.   

          10º.  No  valoró  las  pruebas  relacionadas  con el manejo de las  cuentas     bancarias     del     señor    JIMÉNEZ  ALVARADO.   

          11º.  Tergiversó  el informe policivo al sostener que el procesado  utilizó  el  vehículo  y  el  revólver  en  desarrollo  de  una  actividad de  narcotráfico,  pues  lo  que el informe prueba es la retención de SIGIFREDO  JIMÉNEZ y OSCAR GIRALDO cuando  se  desplazaban  en  un  vehículo  con  cinco  millones  de pesos cuyo origen y  finalidad se demostraron, y un revólver con salvoconducto.   

          Como   estos   errores   le   hicieron   inferir   al   Ad  quem la responsabilidad del procesado,  su  demostración  desvirtúa  la  presunción  de  acierto  y  legalidad que se  predica  de  la  providencia  impugnada  y  conduce  a la absolución del señor  JIMÉNEZ              ALVARADO.   

          Tercer cargo.   

          En  subsidio  de  los anteriores, el demandante censura la sentencia  de   segunda  instancia  por  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  por  inaplicación   de   las   normas  que  regulaban  la  punibilidad  en  el  caso  concreto.   

          Afirma  que,  al elegir la disposición aplicable a la financiación  y  conservación  de  2.960  gramos  de  cocaína,  equivocadamente  el Tribunal  escogió  la  contenida  en  el  artículo  17 de la Ley 365 de 1997 y no la del  artículo  33  de  la  Ley  30 de 1986, vigente para la fecha de los hechos, que  ocurrieron  el  5  de marzo de 1993. La Ley 365 empezó a regir el 21 de febrero  de  1997. Este yerro condujo también a la aplicación indebida del artículo 68  del    Código    Penal   de   1980   –63  del  actual-  que  llevó a la inaplicación del artículo 72 de  ese  estatuto,  que  lo  hacía  acreedor  a  la  libertad condicional por haber  cumplido más de las dos terceras partes de la pena.   

          Es  de  tal  trascendencia el error, que determinó un incremento de  la  pena privativa de libertad en 24 meses y la pecuniaria, que debía partir de  10 salarios mínimos legales mensuales, se fijó en 110.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

Primer cargo.  

          No  está llamado a prosperar pues, aunque en verdad por la cantidad  de  droga  incautada  la competencia para conocer de la conducta relacionada con  la  violación  de  la  Ley  30 de 1986 estaba asignada a los jueces penales del  circuito,  olvidó  el  censor  que  en  el mismo proceso se juzgaba también el  comportamiento  de  tráfico de municiones imputado a JAIRO MEDINA. Como de esta  ilicitud  conocía  el  juez penal del circuito especializado, según lo dijo la  Corte  en auto del 17 de agosto de 1999 al fijar el alcance del numeral 4º. del  artículo  5º. de la Ley 504 de 1999, la competencia se extendía a los delitos  conexos en tanto no hubiese ruptura de la unidad procesal.   

          Segundo cargo.   

          El  Delegado,  después de examinar cada uno de los errores de hecho  indicados por el demandante, sugiere que se deseche el cargo.   

          Sobre  el  primero,  dice  que no establece la tergiversación de la  prueba  sino que simplemente expresa una apreciación discrepante de la expuesta  por   el   Tribunal.   Sin   embargo,  agrega,  el  análisis  conjunto  de  las  declaraciones  de  los uniformados que llevaron a cabo el operativo, sí permite  inferir  que  se  trataba  de  una empresa criminal. Las labores de inteligencia  detectaron    un    flujo   permanente   de   personas   y   vehículos   a   la  vivienda.   

          El  segundo  error tampoco existió. El Ad  quem  no agregó o recortó nada al contenido material  de  la  prueba. Y aunque en la llamada no se sindica directamente a JIMÉNEZ  de pertenecer a la organización  delictiva,  esta  condición  podía  inferirse  de  la entrega que haría de un  título  valor.  Si la crítica se dirigía contra la inferencia, el reproche no  podía  formularse  por  la  vía  escogida por el demandante sino a través del  falso raciocinio.   

          Tiene  razón  el  censor  en cuanto se refiere a los dos siguientes  dislates.  En  realidad,  el  Tribunal  tergiversó  el  contenido de la primera  indagatoria    de    SIGIFREDO   JIMÉNEZ  y  omitió  la  de  OSCAR JAVIER GIRALDO, quienes afirmaron que al  regresar  de  Pereira  almorzaron  en  casa  del  primero,  no  del segundo. Sin  embargo,  el  error  carece de la trascendencia suficiente para quebrar el fallo  de  responsabilidad,  soportado  en el resto de la prueba indiciaria constituida  por  las  labores  de  seguimiento y los testimonios de la policía judicial, el  viaje  que hizo el día de los hechos a Pereira y la visita en esa ciudad a casa  de  JAIRO  MEDINA  –donde se  produjo  la  primera  incautación  de  droga-  en  compañía  de OSCAR GIRALDO  –en  cuya  residencia  se  efectuó el segundo decomiso-.   

          El  quinto  error  no se presentó. El procesado dijo que visitó en  Pereira  a JAIRO y el Ad quem  infirió,  sin  distorsionar la prueba, que se trataba de JAIRO MEDINA porque su  vehículo  fue  visto  en esa vivienda y aparece mencionado en una conversación  interceptada  a  la  línea  telefónica  del  domicilio de JAIRO, a quien OSCAR  GIRALDO     conocía     y,    según    dice,    presentó    a    SIGIFREDO.   

          Tampoco  existió  el  sexto  error  denunciado por el libelista. No  sólo  no  precisa  cuál  regla de la sana crítica fue conculcada, sino que es  lógico  deducir  que  si  el  vehículo  de  JIMÉNEZ  ALVARADO fue visto en la casa de MEDINA HENAO y aquél  asegura  que  nunca  lo  presta,  era  él  quien se había trasladado hasta ese  lugar.   

          Aunque   el   séptimo   yerro  en  efecto  se  cometió  porque  la  declaración  jurada  de  ROBERTO  CHAVES  ECHEVERRI no fue apreciada, la prueba  carece  de  la  trascendencia  que  le  atribuye  el demandante. Si en verdad la  obligación  mencionada  por  el testigo existe, puede tratarse de otra distinta  que  se  utilizó  para  justificar  la posesión del dinero que se halló en su  poder.   

          Que  las  declaraciones  y constancias sobre la condición de ser el  procesado  un  ganadero  honesto  no  hubiesen sido valoradas por el Tribunal es  también  un  error carente de incidencia en punto de su responsabilidad, porque  del  hecho  de  demostrar  su  actividad lícita no se concluye que no alternara  otra  ilícita.  Lo  mismo  ocurre  con  la falta de apreciación de las pruebas  relacionadas  con  las  cuentas  bancarias,  pues  de  los extractos no se puede  deducir  que los dineros depositados en ellas provengan de actividades lícitas,  como olímpicamente lo sostiene el demandante.   

          El  último  yerro  no  se  produjo, pues el Tribunal no deformó el  contenido   del  informe  policivo  para  inferir  que  arma  y  vehículo  eran  utilizados  en  las  actividades de narcotráfico, ya que ese es precisamente el  contenido  del documento que valoró en su real dimensión, al punto de desechar  lo  relativo  a la supuesta caleta dado el resultado de la experticia practicada  al automotor.   

          Tercer cargo.   

          Prospera  parcialmente,  pues  en  efecto  debe  aplicarse de manera  ultractiva  el  artículo  33  de la Ley 30 de 1986, que regía para la fecha de  realización  de  la conducta, sin duda más favorable en materia de punibilidad  que  el  artículo  17  de la Ley 365 de 1997 en tanto prevé una pena de 4 a 12  años  de prisión y multa de 10 salarios mínimos, frente a la más severa de 6  a  20  años  de  prisión  y  multa  de  100  a  50.000  salarios  mínimos que  equivocadamente  tuvo en cuenta el Ad quem.   

          Ninguna  alusión  cabe  hacer a la segunda parte del cargo, pues es  notoria  la  confusión  en que incurre el demandante respecto de la suspensión  condicional    de    la    ejecución    de   la   sentencia   y   la   libertad  condicional.   

          CASACIÓN OFICIOSA.   

          Solicita  el  Delegado  la  casación  oficiosa  de  la sentencia en  cuanto  se  refiere  a  la imposición de la pena accesoria de suspensión de la  patria  potestad  que,  indebidamente motivada, afecta el debido proceso. Según  la  concepción del juzgador, la comisión de un delito implicaría siempre para  los  padres la pérdida del derecho a ejercer la patria potestad sobre los hijos  bajo  el presupuesto de constituir un mal ejemplo para ellos, lo cual contradice  la  filosofía  que  inspira  las  penas  accesorias, que exige relación con la  conducta  punible  excepto  cuando  se  trata  de la interdicción de derechos y  funciones  públicas,  que  siempre  acompaña  a  la pena principal por expreso  mandato legal.   

         

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          Primer cargo.   

          En  verdad,  como  lo destaca el Procurador Delegado, la competencia  para  que  el  juez  penal  de  circuito  especializado  asumiera  el proceso se  determinó  en  virtud del delito contra la seguridad pública que, en razón de  la  conexidad,  imponía  el  trámite conjunto con el reprimido por el estatuto  nacional   de   estupefacientes.   Así   lo  advirtió  de  manera  expresa  el  A  quo en el ordinal 6.8 de  la sentencia.   

          Recuérdese  que  al  calificar  el mérito de la investigación, un  fiscal  regional  de Medellín acusó al señor JAIRO MEDINA HENAO por conservar  y  ofrecer  cocaína,  en  concurso  con  la  violación  del artículo 1º. del  Decreto  3664  de  1986  por  habérsele  hallado  un revólver calibre 32 con 6  cartuchos  y munición de diversos calibres, en tanto que al señor SIGIFREDO   JIMÉNEZ  ALVARADO  sólo  por  conservar estupefacientes y financiar su adquisición.   

          Si  bien  la  competencia para conocer de esas infracciones a la Ley  30  de 1986 estaba atribuida a los jueces penales de circuito porque la cantidad  de  droga incautada no superaba los cinco kilos (Ley 81 de 1993, artículo 10º.  1-c,  en  concordancia  con  el numeral 9º. del artículo 5º. de la Ley 504 de  1999),  del  delito de fabricación y tráfico de municiones tanto para armas de  fuego  de  uso  personal  como  para las de uso privativo de las fuerzas armadas  conocía  el  juez  penal  de circuito especializado, de acuerdo con lo previsto  por el numeral 5º. del artículo 5º. de la citada Ley 504.   

          Y  como el artículo 8º. señalaba, además, que “cuando se trate  de  conexidad  entre  hechos  punibles de competencia del juez penal de circuito  especializado   y   cualquier   otro  funcionario  judicial,  corresponderá  el  juzgamiento  a  aquél”,  no  hay  duda que la irregularidad denunciada por el  demandante no ha tenido ocurrencia.   

Por  lo  tanto,  el  reproche  se desestima.   

          Segundo cargo.   

          No  está  llamado a prosperar, pues el fundamento probatorio en que  apoyó   el   Ad  quem  su  decisión   de   condena  permanece  incólume,  ya  que  de  los  once  errores  denunciados  por  el  demandante seis no se presentaron en realidad, y los cinco  restantes  -que  ciertamente  cometió  el juzgador- no son de tal trascendencia  que quiebren la estructura del fallo.   

          1.  Con  relación a los primeros, que corresponden a los señalados  por el demandante como los errores 1, 2, 5, 6, 8 y 11, dígase:   

          a.  Sin  aludir a un determinado medio de prueba sino al conjunto de  los  elementos  de  convicción  obrantes  en  el  proceso, el Tribunal afirmó:  “Siguiendo  la  secuencia  probatoria  tenemos  que entre Jairo Medina, Ramón  Alberto  Ospina,  Oscar  Javier  Giraldo,  Sigifredo Jiménez y otros que no han  sido  individualizados como Gonzalo N., Normando Correa, etc., existía una bien  conformada  empresa  criminal,  relacionada con el narcotráfico. Así se deduce  del  contenido de las llamadas en las que se advierte que no era precisamente de  ganado   de   lo   que   se   hablaba,   sino  de  verdaderas  negociaciones  de  droga”.   

          Que  se  tratara  de  una  empresa  criminal  es,  como  se  ve, una  inferencia   que   elabora   el  Ad  quem  a partir de la valoración de “la secuencia probatoria”, no de  la  afirmación  concreta  realizada por un testigo o contenida en un documento,  lo  que  excluye  la  posibilidad de cuestionarla desde la perspectiva del falso  juicio  de  identidad, el cual se presenta cuando se tergiversa o distorsiona el  hecho  objetivo que revela la prueba porque se le agrega o quita una parte a ese  hecho,  con lo que se le hace decir al específico medio de convicción algo que  en  realidad  no  expresa.  Si  lo  que  el  demandante pretendía atacar era la  conclusión  del  fallador,  debió  hacerlo por la vía del error de raciocinio  para  demostrar que una tal inferencia sólo era posible construirla a partir de  la  inexacta  observación de los elementos de la sana crítica, es decir, de la  lógica, de la ciencia o de la experiencia.   

b.  Tampoco existe error en la modalidad del  falso   juicio   de   identidad   cuando,  de  las  conversaciones  telefónicas  interceptadas,   concluye   el   Ad  quem  que  en ellas “nunca se escuchó la voz de Sigifredo, aunque sí  se  aludió  a él como la persona que aportaría el cheque con el que se haría  una  negociación”,  pues  en  realidad  tanto  el nombre como el hecho fueron  mencionados  en una ocasión, sólo que sin concretar el apellido de la persona,  identidad   que   deduce   el   Tribunal   de  “otras  circunstancias  que  lo  comprometen”,  como  la  reunión  en  casa  del  coprocesado JAIRO MEDINA. El  reproche,  entonces, debió dirigirse contra el proceso intelectivo desarrollado  por   el  Tribunal  para  concluir  que  “Sigifredo”  era  el  mismo  señor  JIMÉNEZ     ALVARADO,  demostrando  que  en la construcción de la inferencia se contrarió la ciencia,  la lógica o la experiencia.   

          c.  Precisamente  a la presencia en la casa de JAIRO MEDINA alude el  quinto  de  los  errores  a  los  que  se  refiere  el  demandante.  Dice que se  tergiversaron  los  dichos  del procesado atinentes a no haber estado en casa de  aquél  el  día  en  que se realizó la reunión de narcotraficantes, de manera  que  cuando el Tribunal supuso que el JAIRO que mencionó en sus indagatorias es  el  mismo  que también se vinculó a este proceso, incurrió en un falso juicio  de identidad.   

          No  acertó  el  censor  en  su  crítica,  porque  el  fallador  no  supuso sino que dedujo,  a  partir  de  la afirmación de  JIMÉNEZ, que el señor JAIRO  que  visitó,  cuyo apellido no recordaba, era el mismo JAIRO MEDINA HENAO. Para  la  construcción  de  la inferencia, recordó que el procesado había dicho que  no  prestaba  su  carro  a  nadie  y  que  todo  el día estuvo con OSCAR JAVIER  GIRALDO,  de  manera  que el acompañante de éste que menciona el informe de la  policía  judicial,  que  acudió  a  la  casa  de  JAIRO MEDINA en el vehículo  MZC-039  de  propiedad  del sentenciado, en el que precisamente se transportaban  cuando    fueron    aprehendidos,    no    podía    ser    otro    –colige  el  Tribunal-  que SIGIFREDO  JIMÉNEZ  ALVARADO  y,  por  lo  tanto, el “Jairo” que mencionó era el señor MEDINA HENAO.   

          d.  Con  relación al sexto error propuesto, el libelista no enuncia  siquiera  cuál  fue  la  regla  de  la  experiencia,  la ley de la ciencia o el  principio  de  la  lógica  que  contrarió  el Tribunal cuando concluyó que si  JIMÉNEZ ALVARADO no prestaba  a  nadie  el  carro  y  éste  fue visto cuando arribó a la residencia de JAIRO  MEDINA,  quien  se  transportaba  en el automotor con OSCAR GIRALDO era el mismo  JIMÉNEZ     ALVARADO.   

          e.  El  octavo  error tampoco se produjo. El Tribunal no tergiversó  el  dicho  del  procesado  en  cuanto al destino de los cinco millones, sino que  simplemente  no  dio  crédito  a  las  explicaciones  que  sobre  el particular  suministró  en  sus  intervenciones  sin  juramento.  Distorsionar, desdibujar,  tergiversar  o  desfigurar  el  hecho  objetivo  que  revela  la prueba, implica  hacerle  expresar  lo  que  en realidad no dice. Distinto es que el Ad  quem,  al  valorar el dicho, le reste  credibilidad  a  lo que el específico órgano de prueba manifieste, pues en tal  caso  únicamente  se  podría  plantear  el  error  de  raciocinio, siempre que  además  se  demuestre  que  el  juzgador  inobservó  los principios de la sana  crítica.   

          f.  Es  también  lo  que  sucede  respecto  del último error que a  juicio  del demandante cometió el Tribunal, pues no es cierto que éste hubiese  afirmado  que  el  informe  daba  cuenta  del  hallazgo  de  un revólver que se  utilizaba   en   la  actividad  de  narcotráfico.  Simplemente  manifestó  que  “…  se  infiere que así  como  utilizó  el  vehículo  en  el  ejercicio  de la actividad ilícita (…)  también   usó   el  revólver  en  el  desarrollo  de  ese  iter  criminis”.   

          2.  Otros  yerros  denunciados  por el censor, como ya se anticipó,  sí  tuvieron  efectiva  ocurrencia.  Sin  embargo,  no  son  de tal entidad que  afecten  la estructura probatoria del fallo, como pasa a examinarse:           

          a.  En  virtud  de  dos  errores  que  cometió  el Tribunal, que el  demandante   anunció   como  tercero  –falso   juicio   de   identidad   respecto   de  la  indagatoria  de  SIGIFREDO  JIMÉNEZ- y cuarto  –falso juicio de existencia  con  relación  a  la  injurada  de  OSCAR  JAVIER  GIRALDO-,  se sostiene en la  sentencia  que  aquél  afirmó haber llegado de Pereira a casa de éste, cuando  en  verdad  sostuvo  que lo hicieron a la suya propia, donde almorzaron. Nada se  dijo  tampoco  de  la  versión de GIRALDO, uniforme en ese sentido con la de su  compañero.    Así,    la    conclusión   del   Ad  quem  en  cuanto  la  droga  que  se  negoció  en  la  residencia  de  JAIRO  la  llevaron posteriormente a la casa de OSCAR, donde fue  decomisada horas más tarde, perdería contundencia.   

Sin  embargo,  como lo sostiene el Delegado,  esta  infirmación no trastoca el fallo de responsabilidad, que se soporta en el  resto  de  la  prueba  indiciaria  derivada  de  las  labores  de  seguimiento e  interceptación  telefónica  y  las  declaraciones  de  los  integrantes  de la  policía  judicial, el viaje a Pereira, la reunión en la casa de JAIRO MEDINA y  el   posterior   hallazgo   en   poder   de   JIMÉNEZ  ALVARADO  de  cinco millones de pesos. Retirada, pues,  de  la  sentencia,  la  equivocada apreciación del Ad  quem,  la  estructura  probatoria  del  fallo  no  se  desmorona.   

b. También es cierto el formal falso juicio  de  existencia respecto de la declaración que por certificación jurada rindió  el   doctor  ROBERTO  CHAVES  ECHEVERRI  y  que,  en  opinión  del  demandante,  acreditaría   el   destino   del   dinero  decomisado  al  señor  SIGIFREDO   JIMÉNEZ   al  confirmar  las  explicaciones  que sobre el particular dio en la indagatoria. Lo que en realidad  se  afirma  en  el  testimonio  ignorado  por  el  Ad  quem,  es  que  en el año de 1997 el señor FRANCISCO  CIFUENTES  le  mostró en su hotel de La Dorada un cheque girado tal vez en 1993  por  una  suma  entre 7 y 8 millones de pesos cuyo pago había sido excusado por  el  banco  en  varias  oportunidades;  que a pesar de advertirle al acreedor que  tanto  la  acción  cambiaria como la ordinaria se hallaban prescritas, éste le  entregó  el  instrumento  para  que procurase su cancelación, porque el deudor  era  un  buen  muchacho;  que después de buscarlo en la ciudad de Manizales, se  enteró  que  se  hallaba  detenido  y,  al  visitarlo, reconoció la deuda y le  envió  al  señor  CIFUENTES  el mensaje de su intención de pagarle tan pronto  recuperara la libertad y se restableciera económicamente.   

          Este  hecho,  que  nunca  mencionó  el  procesado  en  sus diversas  exposiciones  sin  juramento,  sólo fue recordado en el memorial de fecha 24 de  abril  de  1998, después de expedida en su contra la resolución acusatoria, no  obstante   que   desde  la  definición  de  situación  jurídica  –24  de  marzo  de  1993-  el instructor  manifestó  que  en el vehículo en el que se movilizaban GIRALDO y JIMÉNEZ  “…transportaban cinco  millones  de  pesos  en  efectivo y  respecto   de   cuya   tenencia  no  han  suministrado  los  encartados  ninguna  explicación  satisfactoria”.  Esta particular circunstancia y el hecho de que  buscara   y   obtuviera  el  préstamo  de  cinco  millones  para  cancelar  una  obligación  que alcanzaba casi los ocho, hacen que la justificación de última  hora  carezca  de credibilidad y permanezca enhiesta la conclusión del Tribunal  de   hallarse   relacionado   el   dinero   con   el   tráfico   de  sustancias  estupefacientes.  Ninguna trascendencia tiene, entonces, el yerro denunciado por  el censor.   

          c.  Menos  significación  tiene  aún  el error por falso juicio de  existencia   que   se   configura   porque   el   Ad  quem  ignoró  la  prueba documental y testimonial que  acreditaba  la  calidad  de  ganadero  honesto  que  quienes  dicen haber tenido  negocios     con    JIMÉNEZ    ALVARADO  le atribuyeron, pues como acertadamente lo consigna en su concepto  el  Procurador  Delegado,  la dedicación del procesado a ese negocio no implica  que  deba descartarse la alternación de esas actividades con la del tráfico de  drogas,  máxime  si  se  advierte que, como lo enseña la experiencia, quien se  dedica  al  narcotráfico  “tiene una actividad paralela lícita con el objeto  de no despertar ningún tipo de sospechas ante la sociedad”.   

          d.   De   la  misma  especie  intrascendente  es  el  décimo  error  denunciado,  porque  aunque  ciertamente  el  Tribunal  no  valoró  las pruebas  relacionadas  con  el manejo de las cuentas bancarias, nada permite concluir que  el  movimiento  de  dinero  que  revelan  los  extractos visibles a folios 210 y  siguientes  del  cuaderno  número dos, obedezca al giro lícito de los negocios  en  que  se  ocupaba  el  señor  JIMÉNEZ.  Tal  afirmación,  planteada  en  los términos en que lo hace el  libelista,  responde  sólo  a  conjeturas  que  elabora  en  pro  de  su  tesis  defensiva.   

En estas condiciones, se desestima el reparo.   

Tercer cargo.  

          El  impugnante  critica  la  sentencia  de  segunda instancia porque  violó  de  manera  directa  la ley sustancial por aplicar el artículo 17 de la  Ley  365  de  1997,  en  lugar  del  artículo  33  de  la Ley 30 de 1986 que se  encontraba  vigente  para  la  fecha de los hechos. Implícito en el reproche se  encuentra,  no  cabe  duda,  el  criterio  de  favorabilidad  que  el Procurador  Delegado  echa  de  menos  en  la  demanda.  Adicionalmente,  ataca el fallo por  indebida  aplicación  del  artículo  68  del  Código Penal de 1980 y falta de  aplicación del artículo 72 ibídem.   

          Por  el  primer  aspecto,  el censor tiene razón. A pesar de que al  terminar  el  estudio  de la responsabilidad del señor  SIGIFREDO  JIMÉNEZ  ALVARADO el Tribunal concluyó que  se  le  condenaría como coautor por la transgresión del artículo 33 de la Ley  30  de  1986  por  conservar  y  financiar  cocaína,  en el siguiente capítulo  –de la punibilidad- sostuvo  que,  atendiendo  a  las previsiones de los artículos 61 y 67 del Código Penal  de  1980,  “no  se  partirá  del  mínimo de 6 años de prisión, sino que se  incrementará  en  6  meses  más, para un total de pena a purgar de 78 meses de  prisión.  La  multa  será de 110 salarios mínimos proporcionales a la pena de  prisión  impuesta, y dadas las mismas consideraciones que se tuvieron en cuenta  para  su  tasación.”  Y luego, en el primer resolutivo del fallo, dijo que lo  condenaba  por infringir el artículo 33 de la Ley 30 de 1986, “modificado por  el 17 de la Ley 365 de 1993” (sic).   

          Si  se confronta la punición dispuesta en el artículo 33 de la Ley  30  de  1986 –“prisión de  cuatro  (4)  a  doce  (12)  años  y  multa  de  diez (10) a cien (100) salarios  mínimos”-  con  la  señalada  en  el  artículo  17  de  la  Ley 365 de 1997  –“prisión de seis (6) a  veinte  (20)  años  y  multa  de  cien  (100) a cincuenta mil (50.000) salarios  mínimos  legales  mensuales”-,  es  indudable  que  fue esta última la norma  seleccionada  por  el  Tribunal,  sin  advertir  que  aquélla,  en virtud de la  favorabilidad, era de aplicación ultractiva.   

          En  consecuencia, el cargo prospera parcialmente. Como para la nueva  tasación  de  la  pena se deben respetar los parámetros de aumento fijados por  el  Ad quem, al mínimo de 48  meses  de prisión se le hará un incremento de 6 meses atendiendo los criterios  previstos  en  los artículos 61 y 67 del anterior estatuto, para un total de 54  meses  de  prisión. La multa, cuyo mínimo se aumentó una décima parte, será  de  11  salarios  mínimos legales mensuales. La pena accesoria de interdicción  de  derechos  y funciones públicas se disminuirá en la misma proporción de la  privativa de libertad.   

En  lo  que  se  refiere  a  los otros temas  planteados  en  el  cargo   -la  indebida  aplicación del artículo 68 del  anterior  Código  Penal  y  la  falta  de aplicación del artículo 72 ibídem,  atinentes  a  la  condena de ejecución condicional y a la libertad condicional-  la  confusión del censor es evidente pues se trata de dos diferentes institutos  que  exigen distintos requisitos y se aplican en estadios disímiles. Dígase al  respecto,    simplemente,    que    el   límite   punitivo   impide   suspender  condicionalmente  la  ejecución de la pena (artículo 63 de la Ley 599 de 2000)  y  que la competencia para conceder la libertad condicional radica en los jueces  de  ejecución  de  penas y medidas de seguridad (artículo 480 de la Ley 600 de  2000).   

          CASACIÓN OFICIOSA.   

          La  Corte  acogerá  igualmente  la  petición de casación oficiosa  formulada  por  el  Procurador Delegado, ya que ciertamente la imposición de la  pena  accesoria  de  suspensión  de  la  patria  potestad  aparece inmotivada e  irrazonable  en  tanto  no respeta el principio de legalidad ni guarda relación  con el delito.   

          En este sentido, de manera reiterada ha dicho la Sala:   

“En  efecto,  en  la sentencia de primera  instancia  la  consideración  del  Juez  se  limitó escuetamente a afirmar que  ‘su   comportamiento  torcido,  sin  lugar  a  dudas,  es  un  mal  ejemplo para sus hijos’, desconociendo que ha sido abundante  y  reiterada  la  jurisprudencia  de  la Sala en el sentido de que esta clase de  sanciones  accesorias que el legislador dejó a la discrecionalidad del juzgador  no  pueden  imponerse  de  manera mecánica, pues deben  corresponder   a   una  debida  fundamentación  que  involucre  su  nexo  causal  con  el  delito  por  el cual se imparte condena al  sujeto,  de  manera  tal  que  se  demuestre que debido a la conducta realizada,  aquél  está  incapacitado o inhabilitado para ejercer sus derechos como padre,  situación  que  aquí  no  ocurre,  ya  que  de  obedecer  a criterios como los  expuestos    por    el    sentenciador    de    primer    grado,    habría   de  concluirse  en  todos  los  casos  que  procede,  pues  la  comisión de un delito siempre será mal ejemplo  para   los   hijos”.  1    

          Conviene   anotar   que  el  criterio  de  necesidad  de  las  penas  accesorias  fue acogido por el artículo 52 de la Ley 599 de 2000, al establecer  que:  “Las  penas privativas de otros derechos, que  pueden  imponerse  como  principales,  serán accesorias y las impondrá el juez  cuando  tengan relación directa con la realización de la conducta punible, por  haber   abusado   de  ellos  o  haber  facilitado  su  comisión,  o  cuando  la  restricción  del  derecho  contribuya a la prevención de conductas similares a  la que fue objeto de condena”.   

          Como  en  este  evento no se presenta ninguno de tales supuestos, la  señalada pena accesoria será dejada sin efecto.   

         

          APLICACIÓN      EXTENSIVA      AL     NO     RECURRENTE.   

          Como  el Tribunal no advirtió que al coprocesado JAIRO MEDINA HENAO  se  le  impuso  una  pena  que  contrariaba  los  principios  de  legalidad y de  favorabilidad  según se acaba de señalar, pues también a éste se le tasó de  acuerdo     con    una    normativa    posterior    desfavorable    –la  Ley  365  de 1997- que condujo a la  condena  de siete años de prisión y multa de sesenta salarios mínimos legales  mensuales,   la   Sala,   autorizada   por  el  artículo  229  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  hará extensiva la decisión al señor MEDINA, obviamente  teniendo   en   cuenta   los   criterios   establecidos   por   el  A quo.   

          Por  lo  tanto, como el mínimo de cuatro años de prisión previsto  en  el  artículo  33  de la Ley 30 de 1986 debe sufrir un incremento de un año  –el     A  quo  partió  de  6  años  y aumentó  otro-,  la  pena  de prisión se fijará en la cantidad de cinco años o, lo que  es  lo  mismo,  sesenta  (60)  meses. La multa, tasada sin ningún fundamento en  sesenta      salarios      mínimos      legales      mensuales     –de  manera  doblemente  errónea porque  desborda  por  defecto  la  escala  prevista  en el artículo 17 de la Ley 365 y  aparece  excesiva  frente a la previsión del artículo 33 que se examina-, para  guardar  coherencia  con  el aumento de la pena privativa de libertad, será por  la  cantidad  de  quince  salarios  mínimos  legales  mensuales.  En  la  misma  proporción  de  la  privativa  de  libertad le será disminuida la accesoria de  interdicción de derechos y funciones públicas.   

          Igualmente,  por  idénticas consideraciones a las que se expresaron  respecto  de  la  pena  accesoria  de  suspensión  en el ejercicio de la patria  potestad     impuesta     al     señor     JIMÉNEZ  ALVARADO,  se dejará sin efecto la deducida al señor  MEDINA HENAO.   

         

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          1º.   CASAR  el  fallo  impugnado  con  fundamento  en  el  tercer  cargo  -segundo  subsidiario-  formulado   por   el  defensor  del  señor  SIGIFREDO  JIMÉNEZ  ALVARADO  contra la sentencia del 25 de julio  del  2000,  proferida  por  el Tribunal Superior de Pereira, en relación con la  pena  principal  impuesta.  En  consecuencia,  esta se fija en  cincuenta y  cuatro  (54)  meses de prisión y multa por valor de once (11) salarios mínimos  legales  mensuales.  La  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y funciones  públicas   se   cumplirá   por   el   mismo   término   de  la  privativa  de  libertad.   

          2º.       CASAR      DE      OFICIO,  PARCIALMENTE, la sentencia recurrida, en el sentido de  dejar  sin  efecto la pena accesoria de suspensión en el ejercicio de la patria  potestad  por  el término de setenta y ocho (78) meses que le fuera impuesta al  procesado   SIGIFREDO  JIMÉNEZ  ALVARADO.   

          4º. En lo demás, queda incólume el fallo impugnado.   

          5º.     HACER    EXTENSIVOS   los   efectos  de  esta  decisión  al  coprocesado  JAIRO   MEDINA   HENAO,  en  cuanto  a  la  dosificación   punitiva   realizada  por  el  juez  de  primera  instancia.  En  consecuencia,  la  pena  principal  se  fija en sesenta (60) meses de prisión y  multa  por  valor  de  quince  (15)  salarios  mínimos  legales  mensuales.  La  accesoria  de  interdicción  de derechos y funciones públicas se cumplirá por  igual término al de la privativa de libertad.   

          Así  mismo,  se deja sin efecto la pena accesoria de suspensión en  el  ejercicio  de  la  patria potestad que por el término de cinco (5) años le  fuera impuesta en el fallo de primera instancia.   

          Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

Notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de  origen.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                                        JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN  GALÁN  CASTELLANOS                                          CARLOS A. GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                       ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                              YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Sentencia  del  15 de diciembre de 1999, radicado 11.981, M.P. Carlos A. Gálvez  Argote.     

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