17125(12-03-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17125  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACIÓN PENAL   

          Magistrado Ponente   

          Dr. JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

          Aprobado acta N° 31   

Bogotá  D. C., doce (12) de marzo de dos mil  dos (2002).   

          V I S T O S   

Resuelve  la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda  de  casación  presentada  a  nombre  del  procesado  JOSÉ ENRIQUE GUERRERO RODRÍGUEZ.   

          A N T E C E D E N T E S   

1.-    La   desaparecida   Sala   de  Descongestión del Tribunal de Bogotá, sintetizó los hechos así:   

“Enterada   la  Fiscalía  Regional  de Oriente, a través de un informante, sobre la existencia  de  un complejo cocainero con centros de producción en varios municipios de los  Departamentos   de   Vichada,   Guainía  y  Casanare,  se  propuso  comprobarla  comisionando para tal efecto al Cuerpo Técnico de Investigación.   

En  desarrollo  de  los  procedimientos  de  inteligencia,  mediante  la infiltración de uno de los detectives en la empresa  de  narcotráfico,  se logró establecer que el cabecilla de la misma respondía  al nombre de José Enrique Guerrero Rodríguez.   

Se  programó  la  operación  “Puma”,  el  5  de  agosto  de  1994,  con la  intervención  de  veintiún  integrantes de la Unidad Antinarcóticos, al mando  del   Teniente   Diego   González,   entre   otros.   Al   sobrevolar  la  zona  correspondiente  a  las  coordenadas  N° 05 56 46, se observó la existencia de  una  vivienda  rústica  y en los alrededores una pista de aterrizaje, hecho que  los  obligó  a  revisar con minucia la zona, lo que permitió hallar camuflados  en  la  vegetación  cinco mil catorce kilos del estupefaciente cocaína, varios  timbos  de  insumos  para  el  procesamiento  de  la misma, tales como acetona y  ácido  sulfúrico,  además  de combustibles para aeronaves y varios camperos y  camiones  de  carga  y  un  total de seis vehículos que fueron inmovilizados al  dejar sin funcionalidad sus motores.   

“…”   

“Entre tanto, ante  otra  autoridad  judicial avanzaba la investigación en la que había servido de  noticia  criminis  el  informe  presentado  por el investigador de código 2511,  quien  mencionó  a  José  Enrique  Guerrero  como  cabecilla  de  una  red  de  narcotraficantes,     en    la    que    mencionó    a    alias    “Monin”              “Jairo”,              “coca”         y         “Augusto   Priante   Triana”  de  quien  luego  se  estableció  su  verdadera  identidad, como Augusto Triana Duarte, y se supo que era el encargado  de    verificar   las   condiciones   óptimas   en   la   producción   de   la  cocaína.”.   

2.-  Un Juzgado Regional de Bogotá, mediante  sentencia  del  18  de  noviembre  de  1998,  condenó al procesado JOSÉ  ENRIQUE  GUERRERO  RODRÍGUEZ  a la  pena  principal  de 14 años de prisión y multa de 40 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  y  a  las  accesorias de rigor, como autor de las conductas  descritas en los artículos 33 y 34 de la Ley 30 de 1986.   

Inconforme  con  la  anterior  decisión,  el  defensor  la  recurrió,  siendo  confirmada  por  la Sala de Descongestión del  Tribunal  de Bogotá el 22 de octubre de 1999, modificándola en lo que atañe a  las  penas  de  prisión  que  fijó  en  13 años y de multa que señaló en 30  salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

          LA DEMANDA DE CASACIÓN   

En  el capítulo que destina al señalamiento  de  la  causal invocada, el libelista sostiene que acude al cuerpo segundo de la  causal   primera,  siendo  consciente  del  debido  respeto  a  la  “libertad  Juzgadora  del  a  quo  y ad  quem”, pues no se trata de  una  tercera  instancia  y  que  son  “estrictos      los      parámetros      de     crítica”.   

Afirma  que  muchos son los reparos que tiene  que  hacer al fallo, pero que siendo una sola la prueba, se dedicará a examinar  “las  fallas  de lógica,  experiencia  y  sobre todo los fenómenos de credibilidad de la prueba de origen  humano”.   

Considera que se presentó un error de hecho,  pues  no  habiendo  una  prueba  certera  de la propiedad del inmueble en que se  encontró         la        sustancia        estupefaciente,        “no   es   posible   increparle   (al  procesado)  un tipo nuevo”.  A  esto  se  agrega  que  si la propiedad se debe demostrar con el registro y la  certificación  de la oficina correspondiente, cuando falta, se debe colegir que  el   proceso   no   contó   con   un   análisis  judicial  y  la  “conclusión resulta inocua”.   

Al respecto agrega:  

“Para los efectos  de  considerar la responsabilidad, es cierto que el mínimo probatorio lo otorga  el  indicio,  pero  también lo es que en materia de propiedad de bienes, cuando  menos  debe  existir una relación sobre el origen de sus negociaciones. Además  no  enfrentamos  aquí  la  aplicación de la Ley 333 de 1996 como para entrar a  hablar de fenómenos excepcionales.”   

Estima   que  la  carga  de  la  prueba  le  corresponde   al  Estado,  sin  que  baste,  como  se  pretende  hacer  ver,  el  “mero  señalamiento”, en el que  se  incurre  en  error  en  la  construcción  del  silogismo,  por  no  haberse  practicado  prueba  alguna  para determinar la propiedad ni la tenencia del bien  inmueble,         siendo        “deleznable        la        de       origen       humano”.   

Seguidamente, sostiene:  

“Inclusive  en  cuanto  tiene  que  ver  con  el  objeto  delictual,  frente al cual la doctrina  enseña  que  debe  estar  plenamente  probado,  es decir que no ofrezca duda su  existencia,  que  el  Tribunal  no observó medios de prueba que lo dejan cuando  menos  incompleto  y  por  tanto  sin  la validez suficiente para ser materia de  estudio  en  juicio.  Bien anota la defensa oportunamente que respecto al objeto  tomado  como  muestra  en  el operativo Alborada III, tal como el mismo Teniendo  (sic)  Yesid  Mauricio  Arango  Sierra  acepta,  la  consecuencia  del examen de  laboratorio         fue         “azúcar” y así  hubiera  dado  en parte, mientras no se descontextualice claramente que parte es  o  no  es  tal  azúcar,  no  es de recibo la conceptualización que ese tipo de  material      sirve      como      “rinde”,   es  decir  para la producción de la droga ilícita, pero si lo tomamos simplemente,  la   ley  no  la  considera  delictual.” (sic).   

Concluye  afirmando  que  dar  “por  demostrado  el  aspecto objetivo,  sin  que  haya certeza definitiva respecto a la totalidad del mismo va contra la  calidad  de  la  prueba de laboratorio, sin que sea lógica una condena sobre la  totalidad  del  objeto.  En  consecuencia,  la  posición  del  juzgador  no  es  completa”.   

Anota  que  si  bien  es  cierto  el  sistema  probatorio  actual  no  acepta el sistema tarifado de apreciación, es deber del  juzgador  verificar  las  pruebas  de  cara a las reglas de la experiencia, para  luego  afirmar  que  “hay  testigos  que  por  su  condición de dependientes, odiosos frente a su anterior  patrón   etc.,   birlan   la   obligación   de   decir  la  verdad”.   

Por  lo  tanto,  dice,  debe  mirarse en cada  testigo  la  relación  personal  que tiene con el procesado, como quiera que de  ahí   se   desprende   el   interés   bien   sea  a  favor  o  en  contra  del  mismo.   

Con  relación  al  declarante Régulo Gerena  sostiene     que     debió     atender     el    juzgador    la    “maltrecha”  relación laboral que existió entre  éste  y  el procesado, aceptada como tal por el propio deponente, que no podía  develar  sino su ánimo de venganza. Además, por su situación judicial, era de  esperarse  que  pretendiera  recibir  prebendas  para  favorecerse, lo que torna  incrédula    su    versión,    pues    cualquier   interés   descalifica   el  testimonio.   

Asevera  que  la  certeza  en que se funda el  sentenciador    parte    de    la    “mentira”  que  entraña  creer a un declarante que se soporta en suposiciones, pues la cocaína  nunca fue identificada.   

Como    otro   error  de  apreciación  probatoria,  con respecto al citado deponente, señala que en la declaración de  enero  6 de 1994 “se coloca  como  testigo  presencial y conocedor del camino, pues su arribo al lugar de los  hechos,  donde  supuestamente  GUERRERO  RODRÍGUEZ labora el delito, se hace en  avión,  cuando  en  otra  (marzo  29   de  1995) habla de ir en carro y en  barco.  Esta  situación que parece simple, adquiere importancia, pues demuestra  el  desconocimiento del terreno y si trabajó en él, mal podría no identificar  la       forma      de      acceso”.   

Así  mismo,  en una parte de la declaración  dice  que  trabajó  quince  meses y en otra que casi un año, lo que obligaba a  remitirse  a  las  reglas  de  la experiencia y de la naturaleza sicológica del  testigo, lo que no hizo el Tribunal.   

También  advierte  que  al  testigo  Gerena  Santamaría  tampoco  logró  identificar a Guerrero Rodríguez en la diligencia  de      reconocimiento      en      fila      de      personas,     “como  si  fuera  tan  fácil olvidar a  quien     se     manda    a    la    cárcel    con    la    palabra”.  Aclara  que  esto  no es una simple  conclusión  de  la  defensa,  sino el acatamiento a una regla de la experiencia  “que   cuando   menos  permitía  al  testigo,  dar  datos  que  tengan  siquiera  semejanza,  pero tal  ajenidad  entre el dicho de la diligencia de reconocimiento y la del testimonio,  por  mucho  que  pase  el  tiempo,  no  puede servir sino para considerar que no  genera              certeza”.   

De  la  misma  forma,  estima  que  no  puede  otorgársele  mérito  alguno  al  testimonio  de  Liliana Pérez, quien por ser  testigo      “sin  rostro”  merece  especial  ocupación,   mucho   más   cuando   su   versión   es   apenas   “general   y   aplicable  a  cualquier  persona  en  la  zona”  y  cuando    sostuvo    que    un    amigo    le    contó   que   a   “Enrique”  lo  acompañaban  un buen número de  escoltas  y  que  tenía pistas de aterrizaje clandestinas, lo que no podía ser  valorado por partir de simples conjeturas.   

Nunca,   manifiesta   el   demandante,   se  estableció  por  los  sentenciadores el origen y antecedentes de su testimonio,  es  decir,  los motivos por los que declaró, si acaso era una informante de los  periódicos y si tenía interés de publicidad.   

Con    relación    a   esta   declarante  agrega:   

“Precisamente el  Tribunal  debió  para efectos de otorgarle credibilidad, reparar en el interés  mostrado  y  por  qué  intempestivamente aparece la testigo cuando la verdad no  tenemos  una  prueba  que  diga que de verdad fue testigo, ya que todo lo reduce  ésta  a decir que de antes conocía al sindicado y que sabe que el origen de su  fortuna    es    ilícito,    pero    ninguna    concreción   hace.”.   

Luego  argumenta  que  igual sucede con otros  testigos  reservados,  como  Lince  I  y Verónica Millán, que se tuvieron como  “válidos”  por  el  Tribunal,  no  obstante que  conforme  al  criterio  de  la  Corte  Constitucional, al haberse desconocido el  principio  de  contradicción,  no  pueden  ser tenidos como prueba “suficiente”,  al  resultar sospechosos. De allí,  anota  que  sea necesario acudir a las reglas de la sana crítica, en el sentido  de  que las generalidades nada prueban, pues decir que había comprado una finca  en  un  sector  indeterminado  y  que  se  dedicaba  a un comercio ilícito, sin  especificar   el   comportamiento,   “no  considera la defensa que sea serio admitirlo como prueba y mucho  menos     basar     la    sentencia    que    aquí    se    critica”.   

Agrega  que no podía dársele credibilidad a  la  declaración  de Régulo Gerena, pues la descripción que hizo del procesado  no  es  precisa y no coincide con la que efectuó la Fiscalía en la indagatoria  y  sin  que  la  circunstancia de que  con base en ella se haya obtenido un  retrato    hablado    diga    nada   “si  no  coincide  con  la  descripción  real,  así haya habido una  captura,  pues  ésta puede ser producto de la habilidad de los sabuesos y no de  la  exactitud del testigo”.   

Si  el  deponente  no  sostiene  su dicho, se  convierte  en  dudoso,  máxime  si la falla de memoria ocurre en una diligencia  fundamental,  como  el reconocimiento en fila de personas, ya que la experiencia  enseña  que  si fue capaz de elaborar un retrato hablado, debía mantener en su  memoria    aquellos   rasgos   que   “cuando  menos le permitan hacer una sindicación parcial”.  Esta  actitud, anota, lo único que  demuestra es que el testigo en la primera oportunidad mintió.   

Igualmente, el Tribunal se equivoca al negarle  valor  a  la  versión  de  Norberto  Gerena  Santamaría, hermano del anterior,  manifestando  que  miente  para favorecer al procesado, cuando no aparece prueba  de  tal  favorecimiento,  resultando  “contradictoria     la     posición     del     juzgador”,  sin  que logre saberse cuál de los  dos   tiene   interés   en  mentir.  “Entonces  la  sentencia yerra al no tener en cuenta las reglas de la  lógica   para  desacreditar  una  prueba  que  desacredita  a  otra”.   

Luego  de  transcribir  apartes  del fallo de  segunda  instancia,  el  demandante  afirma  que  el juzgador error “de          bulto”,  al  interpretar  el  testimonio  de  José  Antonio Téllez Molina, quien se viene a identificar como el investigador  2511,  cuando  en  un  inicial  informe  dijo que directamente se enteró de las  actividades  ilícitas  del  procesado,  mientras  que  en  la ampliación de la  versión  ante  el  juzgado  se  retractó  y aseveró que todo lo expuesto tuvo  soporte  en  un informante. La sentencia, concluye el censor, no tiene en cuenta  esta     última     declaración     y     por     ello     la     “interpreta   erradamente”,  dejando  a  un  lado que el testigo  miente de manera irresponsable.   

Por  último,  no  entiende  cómo se eleva a  prueba  de  cargo  el testimonio de Cornelio Gutiérrez, quien atestiguó que si  bien  es  cierto  vendió la avioneta HK 389 al procesado, el negocio se deshizo  por no haber aquél cumplido con el precio.   

Así mismo, en cuanto a la consideración del  Tribunal,  en el sentido de que el operativo Alborada III se dificultó no sólo  por  lo  inaccesible  del terreno, sino por la existencia de un grupo subversivo  que  custodiaba  la  mercancía,  comenta  que  sobre  esa  base todos seríamos  delincuentes  en  un  país  plagado  de  guerrilleros,  sin  que la providencia  explique esa relación.    

En  síntesis,  el libelista considera que el  error  cometido  por  el  sentenciador  se  contrajo  a otorgarle credibilidad a  testigos  que tenían interés en mentir, que no fundamentaron la versión y, lo  más  importante,  que  no probaban la “autoría,   individualización  o  identidad  del  autor”,   siendo   imposible  que  hubieran  llevado a la certeza requerida en la ley para condenar.   

Bajo     el     título    “VIOLACIÓN      DE      LA     LEY  SUSTANCIAL”,  señala que  su    afectación   se  produjo  por  virtud  del  error  de  hecho  en  la  “apreciación   de   la  credibilidad,    veracidad    y    exposición    de    la    prueba”,  para  lo cual cita y transcribe los  artículos  5°  y  21  del  Código  Penal  y  246,  247  y  294 del Código de  Procedimiento    Penal    (Decretos    100    de    1980   y   2700   de   1991,  respectivamente).   

Finaliza  el extenso escrito manifestando que  el  testigo  Arango  Sierra  no  dio  cuenta  de  los hechos que dicen saber sus  subalternos,  lo  que  demuestra  que  falla la calidad de la percepción de los  hechos;  el  Teniente  Ramito  cabrera  no  acierta  sobre  el nombre del predio  afectado  con  el  hecho  juzgado,  cuando  quienes no ostentan autoridad sí lo  dicen;  Luis Régulo Gerena es desmentido por su propio hermano Norberto y tiene  contradicciones,  como  no  determinar  en  qué tiempo supuestamente trabajo al  servicio  del sindicado y cuando no obstante su inicial información que sirvió  para  la elaboración del retrato hablado, fracasó en el reconocimiento en fila  de  personas;  José  Antonio  Téllez Quintana falta a la verdad en su informe,  pues  primero  manifestó  que  le  constaba  que  Guerrero  era  el jefe de una  organización  dedicada  al narcotráfico, ya que se había logrado infiltrar en  la  misma,  para  después  sostener  que  los  datos  los había recibido de un  informante;  y  los testigos secretos, aparte de suministrar datos generales, no  pudieron  ser  controvertidos  ni  se  pudo  criticar  su  interés por la misma  razón.    

Añade:  

“En conclusión,  cada  uno  de  los  testigos  de  cargo  ostentan  siquiera  una crítica que va  conforme  a  la  experiencia  y a la lógica y deteriora la certeza en que ellos  finca         el        juzgador”.   

Por lo expuesto, solicita casar la sentencia y  otorgar la libertad al procesado.   

          CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

La  demanda  de  casación  que  a nombre del  procesado  presentó  su  defensor,  no  reúne  los requisitos formales para su  admisión  que  estatuía  el  numeral 3° del artículo 225 del Decreto 2700 de  1991, vigente para la época.   

En  efecto, es preciso reiterar que el éxito  de  la demanda no depende de su extensión, ni de la prolija cita de autores, ni  de  que  se  intente  probar  que  la dialéctica del censor es mejor que la del  fallador,  sino  de  que  se  enuncien,  de  manera clara y precisa, los errores  cometidos  en  el  fallo,  al  tenor  de  las  causales  expresa y taxativamente  señaladas  en la ley, se demuestren y se evidencie su trascendencia en la parte  dispositiva del fallo.     

Estas  exigencias  no fueron cumplidas por el  casacionista, destacándose entre sus desatinos los siguientes:   

1. No indica cuál fue la norma sustancial de  la  Parte  Especial  del  C.  Penal infringida, ni su sentido, esto es, falta de  aplicación o aplicación indebida.   

2.  Desconoce  que  en materia procesal penal  rige  el  principio  de libertad probatoria (artículos 251 del Decreto 2700/91,  vigente  para  la  época,  y  237 del actual), al tenor del cual, los elementos  constitutivos  de  la conducta punible pueden demostrarse con cualquier medio de  prueba,  a menos que la ley exija una especial, al pretender que el único medio  eficaz  para  establecer  la  propiedad  de  un  inmueble  es  el certificado de  registro, sin que, por otra parte, demuestre que así lo sea.   

Además,   si  la  censura  se  dirigía  a  cuestionar  la  idoneidad  del  medio empleado para demostrar la propiedad de un  inmueble,  no se entiende que denuncie la comisión, por parte del sentenciador,  de un error de hecho.   

3. Vulnera el principio de no contradicción,  al  asegurar,  con  respecto  a  los testigos reservados, que son válidos y, al  mismo  tiempo,  que  no  pueden  ser tenidos como prueba suficiente, al resultar  sospechosos.   

4.  Aunque denuncia que el Tribunal incurrió  en  error  de  hecho, al apreciar las pruebas, no dice cuál fue el falso juicio  que  lo  determinó.  Sin  embargo,  del desarrollo de la censura se infiere que  quiso  referirse al falso raciocinio, pues advierte que el Tribunal, al analizar  los  elementos  de  convicción,  violó  los  postulados  de  la sana crítica,  particularmente,  las  reglas  de la experiencia y los principios de la lógica,  pero  sin  que,  no obstante lo extenso del discurso, señale cuáles fueron los  principios  de  esa naturaleza infringidos, de qué manera lo fueron y cómo ese  quebrantamiento  llevó  al  Tribunal  a  declarar una verdad distinta de la que  revela  el  proceso,  siendo  del  caso  advertirle al casacionista que el yerro  surge  de  la  comprobada  y  grotesca  contradicción  entre la valoración del  sentenciador  y  las  reglas  de  la  sana  crítica y no de la disparidad entre  aquélla y la reclamada por el demandante.   

Así, en el caso que ocupa la atención de la  Sala,  aparece claro que lo pretendido es simplemente oponerse a la credibilidad  otorgada  por  el  Tribunal a unos elementos de convicción y negada a otros, lo  cual  no  configura  desatino demandable en casación, prevaleciendo el criterio  del  sentenciador,  por  arribar  el  fallo  a  esta  sede amparado por la doble  presunción de acierto y legalidad.   

Frente  a los anotados yerros de la demanda y  dado   que   la  Corte,  en  virtud  del  principio  de  limitación,  no  puede  subsanarlos,  se impone su rechazo y, consecuencialmente, se declarará desierto  el recurso de casación.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  LA  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

          R E S U E L V E   

1.-  Tener como  defensor  del procesado al doctor Orlando Hidalgo Hidalgo, conforme al poder que  allega con la demanda de casación.   

2.-   INADMITIR  la   demanda   de   casación   presentada   por  el  defensor  de  JOSÉ   ENRIQUE  GUERRERO  RODRÍGUEZ.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  recurso  alguno,  al  tenor  de  lo  dispuesto  por los artículos 197 y 226 del C. de P.  Penal (Decreto 2700 de 1991, aplicable a este caso).   

Comuníquese y cúmplase.  

ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                          JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS                                          CARLOS   AUGUSTO   GALVEZ   ARGOTE                         

JORGE  ANIBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                 EDGAR      LOMBANA  TRUJILLO           

CARLOS  EDUARDO  MEJÍA ESCOBAR                                NILSON      PINILLA  PINILLA   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

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