16392(27-03-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 16392  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 38  

          Bogotá,  D.  C.,  veintisiete  (27)  de marzo del dos mil tres  (2003).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia  del  6  de abril de  1999,  el Juzgado Único Promiscuo del Circuito de Belén de Umbría (Risaralda)  absolvió    a    los    señores   Gonzalo   Mejía  Marulanda y Jairo Castañeda  Ortiz  de  los  cargos que les fueron formulados en la  resolución  de  acusación  como autores del concurso de delitos de falsedad en  documento privado y estafa.   

          El  fallo fue apelado por los representantes del Ministerio Público  y  la  Fiscalía, y confirmado por el Tribunal Superior de Pereira el 31 de mayo  del mismo año.   

          El  Fiscal  Delegado  acudió  a  la casación, que se concedió. La  Sala  se  pronuncia,  una  vez recibido el concepto del Señor Procurador Cuarto  Delegado en lo Penal.   

HECHOS  

          A  mediados  de septiembre de 1995, dos hombres que dijeron llamarse  Fabio  Gómez  y  Gustavo  Cardona,  llegaron  al almacén “Porcibelén”, de  propiedad  de  Eucaris  del  Socorro Ocampo Echeverry, ubicado en la carrera 5ª  número  10-07  de  Belén  de  Umbría (Risaralda), con el fin de adquirir tres  toneladas  de  concentrado  para  cerdos,  que  fueron  negociados  por valor de  $1’045.420.   Luego  de  aclarar  que no se podían llevar el alimento ese día, solicitaron a la señora  Ocampo  Echeverry  suministrara  el número de su cuenta a fin de consignarle el  dinero,  para, en los días siguientes, enviarle una persona con el comprobante,  quien recogería la mercancía.   

          Los  hombres  indagaron a Eucaris del Socorro si compraba lechones y  obtuvieron  respuesta  afirmativa. Al otro día, la señora recibió una llamada  de  quien  dijo  ser  Álvaro  Arango,  y  le ofreció 40 de esos animales. Como  entró  en  sospechas,  se  comunicó  con  un  veterinario  amigo  para  que la  asesorara  en la adquisición y éste le dijo que no realizara el negocio porque  una  persona  conocida  había sido estafada con “ese mismo cuento”. La dama  dio  aviso a las autoridades del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS),  quienes  le  aconsejaron  que  continuara  con  la  transacción.  Las  llamadas  siguieron  y le advirtieron que averiguara por el saldo de su cuenta; la señora  así  lo  hizo  y,  en  efecto,  se  enteró  que  se había consignado el valor  pactado.   

          El  17  de septiembre de 1995, en horas de la mañana, tres personas  comparecieron  al  almacén a retirar el producto y entregaron el comprobante de  la  consignación.  Con la mercancía en su poder, las autoridades aprehendieron  a  Gustavo Mejía Marulanda,  Jairo   Castañeda  Ortiz,  Aldemar  Patiño  Prieto  y  Gilberto  Pulgarín  Moreno  –los dos últimos ocupaban  el  carro  donde se transportaba el alimento-. El recibo exhibido acreditaba que  se  había realizado el depósito en efectivo, pero el documento fue adulterado,  porque  en la entidad se entregó un cheque que resultó de cuenta cancelada por  pérdida del talonario.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          Adelantada  la  investigación respectiva, el 23 de junio de 1998 se  profirió  resolución  de  acusación  contra Gonzalo  Mejía  Marulanda  y  Jairo  Castañeda  Ortiz, como autores del concurso de delitos  de   falsedad   en   documento  privado  y  tentativa  de  estafa.  Aldemar  Patiño  Prieto  y  Gilberto    Pulgarín    Moreno   fueron  favorecidos con preclusión.   

          Proferidas  las  sentencias  de  primera  y  segunda  instancias, se  acudió a la casación.   

LA DEMANDA  

          El  Fiscal  Delegado  ante  el  Tribunal  reclamó  se case el fallo  absolutorio  para  que  se  sustituya  y  se  condene  a  los  procesados por la  comisión  de  los  delitos  de  falsedad  en  documento  privado y tentativa de  estafa.    Formuló    un   cargo   por   violación  directa  de  los  artículos 22, 221 y 356 del Código  Penal  de  1980  y  247 del de Procedimiento Penal de 1991, que, dice, no fueron  aplicados.   

          Aclaró   que   la   estafa   constituía   una  contravención,  de  conformidad  con  la  Ley 228 de 1995, por lo que, según su artículo 32, no se  podía  investigar conjuntamente con un delito y que hacerlo comportaba nulidad.  Pero   como   la   sentencia  C-357  del  19  de  mayo  de  1999,  de  la  Corte  Constitucional,   declaró   inexequible   esa   disposición,   el   vicio   se  saneó.   

          Con  apoyo  en la doctrina, concluyó que la denominada “tentativa  inidónea”,  que  dedujo el Tribunal –querer  matar  un  muerto,  cometer  adulterio con la propia mujer o  hurtar  la  cosa  propia-,  no  puede  ser  objeto de estudio del derecho penal,  porque  tales supuestos son casos de atipicidad. El argumento de la Corporación  –que incluso trató a los  sindicados  de  “estafadores”-  apuntó a la comisión de la “tentativa de  estafa”,  pero absolvió con razones erradas pues afirmó que como la víctima  resultó  cuidadosa  y  recursiva,  no permitió ser engañada. La inferencia es  absurda,  pues  cuando  la  denunciante  fue  asesorada  por las autoridades, ya  aquellos  habían dado inicio al delito mediante actos ejecutivos e idóneamente  tendientes  a  su  consumación,  sin  que,  por  tanto,  la  autoridad  hubiera  instigado el hecho.   

          Respecto  de  la  falsedad  en  documento  privado,  el  Tribunal la  consideró    probada    en    su    aspecto    objetivo,    pero   –con  los  mismos argumentos dados para  el  atentado  contra  el patrimonio- descartó que tuviera posibilidad de efecto  nocivo,  porque la prevención de la quejosa impidió que en su mente se gestara  error  alguno sobre la verdad. El fallador colegiado se equivocó: esta conducta  punible  es  de  las  consideradas  de  peligro  y  existe  si razonablemente el  documento  tiene aptitud para perturbar una relación jurídica. Con palabras de  la  Corte,  concluyó  que “El peligro de perjuicio será suficiente”. Así,  “la   tentativa   en  el  caso  sub  judice  es  una  realidad  axiológica  y  ontológica”.   

EL MINISTERIO PÚBLICO  

          El  señor  Procurador Delegado en lo Penal, en detenido estudio, se  pronunció así:   

          1.  Se  debe  declarar improcedente el recurso porque para la época  de      los      hechos      la     estafa     era     una     contravención        –Ley 23 de 1991, artículo 1-14- y, por  lo  tanto, la casación no se podía extender a ella, pues el recurso se hallaba  previsto exclusivamente para “delitos”.   

          Agregó  que es válido, bajo el concepto de favorabilidad, integrar  el  inciso  primero  del artículo 205 de la Ley 600 de 2000, con el tercero del  artículo  218  del  Decreto 2.700 de 1991, modificado por el 35 de la Ley 81 de  1993,  “cuyo  tenor  facultaba  únicamente  al  Procurador,  su  delegado, el  Defensor  del  Procesado para interponer la Casación discrecional, excluyendo a  la Fiscalía”.   

          2.   En   segundo   término,   si  no  fuera  acogida  esta  tesis,  aclaró:   

          2.1.   Respecto   de   la   contravención  de  estafa,  la  acción  prescribió  antes  del  pliego  de  cargos, emitido más de 2 años después de  cometido       el      hecho      –artículo  10  de  la Ley 23 de 1991-, circunstancia que obliga a la  Sala a declarar la cesación de procedimiento por tal motivo.   

          2.2.   Sobre   la  falsedad,  el  censor  tiene  razón,  porque  el  Ad  quem erró al desestimar  la  antijuridicidad  de  la  conducta por ausencia de perjuicio, creyendo que la  agresión  sólo  podía afectar a la denunciante, con total olvido de que la fe  pública  ostenta  esa  categoría  justamente  pensando  en la protección a la  sociedad.  El  Tribunal  confundió el daño potencial con el efectivo, elevando  éste  a  requisito  condición  para  considerar  antijurídico  el hecho. Esta  conducta  es de peligro, que existe si el documento tiene aptitud para perturbar  la  relación  jurídica  reconociendo o negando un derecho, capacidad inherente  al  recibo  de  consignación  entregado  a  la  víctima,  como  que  se obtuvo  cumpliendo  todos  los  requisitos  exigidos  para  su validez, lo que lo hacía  potencialmente peligroso para la credibilidad pública.   

          Despejado   el   yerro   y   demostradas   la   imputabilidad  y  la  culpabilidad,  se  impone casar el fallo y emitir uno de condena por falsedad en  documento privado.   

CONSIDERACIONES  

Sobre    la    improcedencia    de   la  casación.   

          De  acuerdo  con  el  Ministerio  Público,  la Sala desestimará la  demanda   presentada   porque   el  recurso  de  casación  no  es  posible.  En  efecto:   

          1.  En materia penal, la facultad de acceder al recurso de casación  surge  tomando  como punto de referencia el fallo del juez de segunda instancia,  porque  es  en  esa  ocasión,  no  antes,  cuando se adquiere un derecho real y  cierto,  como  que con antelación sólo existe una expectativa de viabilidad de  esa  ruta.  Que  sea expedita o no la casación, depende de que el delito por el  cual  se  procede  se  encuentre  dentro  de  los  límites  establecidos por el  legislador.  Y esto solo puede ser conocido después de la decisión del juez de  segunda instancia.   

Consecuencia de lo anterior, si la garantía  se  adquiere  con la decisión del Ad quem,  su  trámite  se rige por la ley que preexista para ese entonces.  Este  es  un  presupuesto de necesidad para acatar el principio de legalidad que  como   derecho   fundamental   protege  el  artículo  29  de  la  Constitución  Política.   

Los mandatos sobre las formas del juicio son  de  orden público y de obligatorio cumplimiento. Por eso, el artículo 40 de la  Ley  153  de  1887  dice  que  “Las  leyes concernientes a la sustanciación y  ritualidad  de  los  juicios prevalecen sobre las anteriores desde el momento en  que deben empezar a regir”.   

2.  El  Tribunal profirió su fallo el 31 de  mayo  de  1999,  momento  para el cual, en tema de casación, tenía vigencia el  artículo  35  de  la  Ley  81  de  1993 que, al modificar el 218 del Código de  Procedimiento Penal de 1991, dispuso:   

“Procedencia. El recurso extraordinario de  casación   procede   contra  las  sentencias  proferidas  por…los  tribunales  superiores  de  distrito  judicial…en  segunda  instancia, por los delitos que  tengan  señalada  pena  privativa  de  la libertad cuyo máximo sea o exceda de  seis  (6)  años,  aun  cuando  la  sanción  impuesta  haya  sido una medida de  seguridad”.   

“El  recurso  se  extiende  a los delitos  conexos,  aunque  la  pena prevista para estos sea inferior a la señalada en el  inciso anterior”.   

“De  manera excepcional, la Sala Penal de  la  Corte  Suprema  de  Justicia, discrecionalmente, puede aceptar un recurso de  casación  en casos distintos  a  los arriba mencionados, a solicitud del procurador,  su  delegado,  o  del  defensor,  cuando lo considere  necesario  para  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia  o  la  garantía de los  derechos      fundamentales”      (destaca     la  Sala).   

De  la  norma  transcrita nacían, frente al  tema  que ahora se estudia, las siguientes disposiciones sobre el trámite de la  casación:   

a)  Era viable respecto de procesos seguidos  por   delitos   –no  por  contravenciones-  cuya  sanción  penal  fuese  igual  o  superior  a 6 años de  prisión.   

b) La casación discrecional o excepcional  podía  ser  postulada por el Ministerio Público o por el defensor, y no por el  Fiscal u otros sujetos procesales.   

En esas condiciones, cuando el delegado de la  Fiscalía    interpuso    el    recurso   de   casación   común   –la  ley  no lo habilitaba para hacerlo  con  el  discrecional-  era  posible  que el Tribunal lo concediera y la Sala de  Casación  Penal  de la Corte Suprema de Justicia lo admitiera, por cuanto, para  el  delito de falsedad, el artículo 221 del Código Penal de 1980 señalaba una  pena   de   prisión   cuyo  máximo  –6    años-   se   encontraba   dentro   de   aquellas   previsiones  procesales.   

3.  En  la  actualidad  rige  el  Código de  Procedimiento  Penal  del  2000  -Ley 600 del 2000-, cuyo artículo 205, bajo el  título de “Procedencia de la casación”, dice:   

“La   casación   procede  contra  las  sentencias  proferidas  en  segunda  instancia  por los tribunales superiores de  distrito  judicial…en  los procesos que se hubieren adelantado por los delitos  que  tengan  señalada pena privativa de la libertad cuyo máximo exceda de ocho  años,   aun   cuando   la   sanción   impuesta   haya   sido   una  medida  de  seguridad”.   

“La  casación se extiende a los delitos  conexos,  aunque  la  pena prevista para estos sea inferior a la señalada en el  inciso anterior”.   

“De manera excepcional, la Sala Penal de  la  Corte  Suprema  de  Justicia, discrecionalmente, puede admitir la demanda de  casación  contra  sentencias  de  segunda  instancia  distintas  a  las  arriba  mencionadas,  a  la solicitud  de  cualquiera  de  los  sujetos procesales, cuando lo  considere  necesario  para  el desarrollo de la jurisprudencia o la garantía de  los  derechos  fundamentales,  siempre que reúna los demás requisitos exigidos  por   la   ley”   (resalta   la  Corte).   

De    esta    disposición,    resulta  que:   

a)  El  recurso extraordinario es permitido  cuando   el   delito   investigado   –no  contravención-  tenga señalada una pena legal que supere los 8  años de prisión.   

b)  La  casación  discrecional puede ser  propuesta  por  todos  los  sujetos  procesales,  incluida,  como  es  obvio, la  Fiscalía.   

4.  El  axioma  y  derecho  fundamental  de  favorabilidad,  que  normativamente  emana  del artículo 29 de la Constitución  Política,  implica  que   al procesado se le debe aplicar la ley benigna o  permisiva,   bien   retroactiva,   ultractiva   o  combinadamente,  o  como  ley  intermedia.  Por  el  primer mecanismo recordado, la norma derogada –pero  vigente  al momento de comisión  del  hecho-  surte  efectos  aún después de su desaparición del ordenamiento,  mientras  por  el  segundo,  la norma vigente durante la realización del juicio  debe  ser utilizada respecto de comportamientos acaecidos antes de que entrara a  regir,  siempre  que, como es elemental, en cualquiera de las dos hipótesis, la  disposición aplicable favorezca al imputado.   

En  principio, esa garantía superior suele  ser       aceptada      en      relación      con      normas      sustanciales,  entendiéndose  por éstas  las  que  describen  las conductas humanas denominadas delitos y contravenciones  que  tienen  prevista  una  sanción,  así  como  también  aquellas  que hacen  referencia   a   condiciones   de   punibilidad   y  a  la  responsabilidad  del  procesado.   

Lo           sustancial,    entonces,   dimana   del  contenido  de  la  disposición  y  no  exclusivamente  del  Código  o estatuto  –material o procesal- que  la  contenga.  Así,  por  ejemplo,  tienen  esa connotación las que establecen  condiciones  genéricas  o específicas de agravación o atenuación punitiva, y  las   que   recogen   axiomas  del  derecho  penal,  como  el  del  in dubio pro reo.   

Hasta  aquí  se tiene que, en resumen, una  norma      favorable      es     tanto     la     estrictamente     sustancial,    como   la   procesal  de  efectos  sustanciales,   como  de  antaño  lo  tiene establecido la jurisprudencia y en la actualidad lo  ordena  el  artículo  6°  del  Código  de  Procedimiento Penal, norma que por  rectora  es  obligatoria,  prevalente  y  fundamento de la interpretación, como  surge del artículo 24 del mismo estatuto.   

5. Sobre el régimen procesal en materia de  casación,  en  principio,   la  disposición  aplicable  es la que goza de  actualidad  en  el  momento  en que es proferido el fallo  del Ad  quem. Sin embargo, cuando concurre el  fenómeno  del  tránsito  de  normas  entre  ese momento y aquel en que se va a  decidir  el  fondo  del asunto, es necesario acoger la regulación más benigna.   

Sobre  el  tema,  cuando  hubo sucesión de  leyes   entre   el   artículo  218  del  Decreto  2.700  de  1991  –que  limitaba el recurso a delitos con  pena  máxima  igual  o  superior a 5 años de prisión- y el 35 de la Ley 81 de  1993  -que  lo  modificó  aumentando  el  tope  a  6  o  más  años-, la Corte  dijo:   

“Para  poder  decidir si se entra o no a  resolver  el  recurso pendiente, es menester primero determinar cuál de las dos  normas  de  carácter  procesal  debe aplicarse: si la que regía para cuando se  interpuso  el  recurso  (art. 218 del Decreto 2700 de 1991), o la actualmente en  vigencia (art. 35 de la Ley 81 de 1993)”.   

“…por  tratarse de un asunto penal, se  hace  indispensable tener en cuenta el criterio de la favorabilidad, que como se  sabe,  autoriza  la  aplicación  retroactiva  de  una  ley nueva cuando es más  permisiva  que  la derogada, o la aplicación ultraactiva de esta última, en el  caso contrario…”.   

“En   armonía   con   las  anteriores  consideraciones,  para  la  Sala  es  claro  que  tratándose  de  una sentencia  absolutoria  recurrida  por la parte civil, la hipótesis más favorable para el  procesado  es la ‘que haga  imposible  la  penalidad’,  lo  cual sólo puede lograrse rechazando el recurso para que la absolución haga  tránsito  a  cosa  juzgada.  En  otras  palabras,  por  virtud  del criterio de  favorabilidad  es  necesario  aplicar retroactivamente el artículo 35 de la Ley  81  de  1993,  porque  si  se  diera aplicación a la norma que regía cuando se  impugnó  el  fallo,  el  procesado correría el riesgo de que su absolución se  transmutara  en condena” (autos del 19 de enero y del  14  de  abril de 1994, M. P. Guillermo Duque Ruiz, radicaciones números 8.434 y  8.589, respectivamente).   

Los anteriores derroteros jurisprudenciales,  trasladados  al  caso  que ahora ocupa la atención de la Sala, llevarían a que  ésta  se  abstuviera de conocer el fondo de la casación, por cuanto si bien el  recurso  era  procedente  cuando  se  interpuso y fue concedido, ahora no sería  viable  porque  el  artículo  205  del Estatuto procesal vigente lo restringe a  delitos  con  pena  legal  máxima  superior a 8 años. Así, sin duda, la nueva  mormatividad  es  más favorable que la anterior pues que podría ocurrir, si se  aplicara  ésta,  que  la  absolución  definida  por las instancias pudiera ser  mudada a condena.   

6.  Tratándose  de  ley permisiva, la Sala  venía  diciendo que la norma escogida –material       o       procesal  de  efectos sustanciales- debía  ser  aplicada en su integridad, porque –aclaraba-  si  se  tomara  una  parte  de  la  derogada y otra de la  vigente,  el  juez obraba como legislador pues creaba una tercera ley. Así, por  ejemplo,  el  12 de julio del 2000, respecto del tránsito de los artículos 218  del  Decreto  2.700 de 1991 y 1° de la Ley 553 de 2000, la Corporación, dentro  del radicado 14.987 (M. P. Jorge Aníbal Gómez Gallego), expresó:   

         “…la  favorabilidad,  como  supone una sucesión de leyes en el  tiempo,  debe  proclamarse  de  estatutos  o  normas  completas, pues no podría  cuartearse  el contenido de una y otra para crear una tercera que no ha previsto  el   legislador,   manera   sutil   o  abierta  de  sustituirlo  arbitrariamente  (lex                tertia)”.   

         “Por  ello,  como  la  regla  general  es que en materia procesal  penal  se  aplica la ley vigente al momento de producir el acto procesal (y así  lo  ratifica  el  artículo  18  transitorio),  se  tiene  que  en  este caso la  casación  se  regiría  por  el  artículo  218  del  Decreto 2700 de 1991. Sin  embargo,  para  efectos  de  aprehender  la  supuesta  favorabilidad de la nueva  disposición  (art.  1°, ley 553 de 2000), es necesario formular la hipótesis,  es  decir, imaginar qué hubiera ocurrido, razonablemente, si ésta hubiera sido  la   norma   vigente   al   momento   en   que   la  parte  civil  interpuso  la  casación”.   

         “Se  trata de una predicción racional de los efectos de la nueva  ley,  porque  realmente  el precepto aplicable es el vigente al momento del acto  procesal  (art.  218  no  modificado). Así pues, si la nueva redacción hubiese  estado  vigente  al  momento  en  que  se  interpuso la casación, la sentencia,  aunque  no  susceptible de la impugnación por la vía común del inciso 1° del  artículo  218  reformado,  sí lo sería por la modalidad discrecional prevista  en  el  inciso  3°  del  mismo  precepto,  dado  que  una de las modificaciones  adicionales  del  nuevo  reglamento  fue la de abrir la casación discrecional a  todos     los    sujetos    procesales,    incluida    obviamente    la    parte  civil”.   

         “Desde  luego  que  no  podría argumentarse racionalmente que la  parte  civil,  en  su momento, realmente no interpuso la casación discrecional,  pues,  frente  a  una  hipótesis,  como  procedimiento previo para establecer o  excluir  la  favorabilidad  de la nueva ley, sería como exigirle a dicho sujeto  procesal  que se comportara en consecuencia con una ley que entonces ni siquiera  había  sido  expedida.  Basta  determinar  que  en  la  ocasión  se propuso la  casación  y, en razón de dicho acto procesal de parte ya consolidado, la nueva  norma  no  sería  integralmente  más  favorable  para el procesado, pues no es  cierto  que  la  casación  contra  la  sentencia cuestionada haya desaparecido,  porque  pervive la modalidad discrecional, que de todas  maneras  hace impugnable el fallo por la parte civil,  obviamente  sometida  a  otros requerimientos distintos del aspecto objetivo que  se  ha  cambiado.  En este caso, además, el primer cargo de la demanda apunta a  hacer  valer  la  garantía  del debido proceso, precisamente uno de los motivos  que facilita el acceso a la mencionada forma de la casación”.   

         “Así  pues,  como la nueva norma no resulta más favorable a los  intereses  del  procesado,  en la medida en que de todas maneras hace procedente  la  casación  contra  el  fallo  cuestionado,  deberá  aplicarse la vigente al  momento  de  la  impugnación,  y,  en consecuencia, se proveerá a despachar de  fondo la demanda”.   

“Esta postura no implica recoger la tesis  sostenida  en  los autos de 19 de enero y 14 de abril de 1994, proferidos por la  Sala  con  ponencia  del  magistrado  Guillermo Duque  Ruiz,  pues  la  situación  fáctica y jurídica era  entonces  asaz  diversa,  dado  que  en  ninguno  de  los extremos del tránsito  legislativo  allí  contemplado  (decreto  2700 de 1991 a la ley 81 de 1993), se  contemplaba  la  posibilidad  de  la  casación discrecional como facultad de la  parte  civil  (sólo  lo  era  del Procurador o el defensor), que es el elemento  característico y diferencial del caso estudiado”.   

El  anterior trabajo, traído al asunto que  ahora  es  analizado,  conduciría  a  igual  resultado,  en cuanto con la norma  derogada   –que  regía  cuando  se  emitió  el  fallo  de  segundo  nivel-  era procedente la casación  común,  no así la discrecional, que fue habilitado para el Ministerio Público  y  para la defensa –no para  la  fiscalía-.  Si  se  aplicara, en su integridad, la que tiene actualidad, si  bien  no  habría  lugar  al  recurso  común,  sí  sería viable que el fiscal  delegado  hubiera acudido al discrecional, que fue extendido a todos los sujetos  procesales.    Razonando    así,    la    nueva    disposición    no    sería  favorable.   

7. No obstante, en reciente pronunciamiento,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte Suprema de Justicia, modificó ese  criterio.  Para  efectos  de la aplicación de la ley más favorable, replanteó  el  concepto “norma” o “ley”, que desde entonces se debe entender en los  siguientes términos:   

         “…será  necesario  presupuestar  cuál  de  los  dos estatutos  resulta  más  favorable  a la situación del procesado, inicialmente en materia  de consecuencias o penas”.    

        “En  efecto, de acuerdo con el artículo 144 del Código Penal de  1980,  modificado  primero  por el artículo 57 de la Ley 80 de 1993 respecto de  la  pena  privativa de la libertad y de la multa, y después por el artículo 32  de  la  Ley  190  de  1995,  sólo  en  relación con la sanción pecuniaria, el  procesado  debería  recibir la pena de cuatro (4) a doce (12) años de prisión  y  multa  en cuantía entre diez (10) y cincuenta (50) salarios mínimos legales  mensuales,  en  razón  del  delito   de   celebración   indebida  de  contratos  que se ha demostrado. De igual manera, y a título de  sanción  principal,  el  acusado sería sometido a inhabilitación para ejercer  cargos  públicos  y  para proponer y celebrar contratos con entidades estatales  por  diez  (10) años, conforme con el artículo 58, numeral 3° de la Ley 80 de  1993.  Como  quiera  que los hechos ocurrieron en el mes de octubre de 1997, las  normas  reseñadas  serían la ley aplicable por ser la preexistente al acto que  se imputa al sentenciado”.   

        “Sin  embargo,  el  artículo  408  del  Nuevo Código Penal, que  regula  en  los  mismos  términos típicos la infracción examinada, le apareja  tres  (3)  sanciones principales a la conducta: la pena privativa de la libertad  (prisión), que es igual a  la   del   estatuto  derogado;  la  multa  sería  superior  porque oscila entre cincuenta (50) y doscientos  (200)   salarios   mínimos   legales  mensuales  vigentes,  y  la  inhabilitación   para   el   ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  que  fluctúa  entre cinco (5) y doce (12)  años”.   

        “Con  el  fin  de  determinar  cuál  es  la  ley más favorable,  resulta  indispensable  partir  de  la  definición  de favorabilidad en materia  sustantiva   que  trae  el  artículo    6°    del    Nuevo    Código    Penal,    en    los    siguientes  términos:”   

“‘Legalidad.  Nadie  podrá ser juzgado  sino  conforme  a las leyes preexistentes al acto que se le imputa, ante el juez  o  tribunal competente y con la observancia de la plenitud de las formas propias  de  cada  juicio.  La  preexistencia  de  la  norma  también  se aplica para el  reenvío     en    materia    de    tipos    penales    en    blanco’”.   

“‘La  ley  permisiva  o  favorable, aun  cuando    sea    posterior    se    aplicará,   sin  excepción,   de  preferencia  a  la  restrictiva  o  desfavorable.    Ello   también   rige   para   los   condenados”’.   

“‘La  analogía  sólo  se aplicará en  materias  permisivas’ (Se  ha              resaltado)’”.   

         “Por  lo menos dos cambios se advierten en la nueva legislación,  en     relación     con     la    desaparecida,    porque    la    favorabilidad  quedó incluida dentro del  principio   de  legalidad,  dado  que  aquélla  apenas constituye una excepción a uno de los matices de la  legalidad  (ley  previa),  pues de todos modos, aunque la ley sea posterior, por  ser  favorable  (y  sólo  por  ello)  estaría  eximida  del  requisito  de  la  preexistencia,    pero  igualmente   deberá   ser   escrita,   estricta   y  cierta.   De   la   misma  manera,  la  analogía  favorable excusa la exigencia  de  ley  estricta,  pero  ésta  deberá  reunir las demás características. El  segundo   cambio   atañe   al  énfasis  legal,  como  norma  rectora,  de  que  la    favorabilidad   se  aplicará “sin excepción””.   

         “Se  recordará  que  el  Código  Penal  de  1980  consagraba el  principio  de  legalidad  en  el artículo 1°, la favorabilidad en el artículo  6° y la exclusión de analogía en el artículo 7°”.   

        “A  partir  de los cambios normativos resaltados, será necesario  reinterpretar  el  significado de la palabra “ley” en el artículo 6° de la  Ley 599 de 2000”.   

        “En  primer  lugar,  la favorabilidad es un problema que ocupa al  funcionario  judicial  en  el  momento  de  aplicar  la ley, desde luego siempre  de  cara  a  una  vigencia  sucesiva  de normas. Es decir, como no es un problema de producción legislativa  (legislador)  sino  de  aplicación  de  la  ley  (funcionario  judicial),  debe  atenderse  al  máximo  al  caso  concreto  o  a la práctica y un poco menos al  acervo  teórico,  con más veras si el propósito legislativo ha sido el de que  no  se  ponga  cortapisa  a  la  aplicación  de la ley benigna o favorable así  definida (“sin excepción”, dice el precepto)”.   

         “En  razón  de  la  amplitud  que  perfila  el  legislador en la  aplicación  de  la  ley  permisiva,  ha  de entenderse por “ley” la norma o  precepto  que  por regular jurídicamente un comportamiento, materia, problema o  institución   determinada,  logra  su  propia  individualización  y  tiene  su  particular       ámbito      de      aplicación,  sin  importar  en  el  concepto el grado de relación  entre   ellas,   porque  éste  se  encuentra  supeditado  a  la  ontología  de  aquéllas”.   

        “Así  pues,  en  el  caso de las penas principales concurrentes,  como  quiera  que  cada  una  de ellas tiene su regulación general, sus propios  fines  y  el  respectivo  ámbito  de  aplicación  que  depende  solamente  del  cumplimiento  de la condición que significa el supuesto de hecho, en hipótesis  (justificable  sólo  para  determinar  la  ley  más favorable) sería factible  conformar  una  norma  con  cada una de ellas y el presupuesto común. Es decir,  para  el  caso  del artículo  408  del  Nuevo  Código  Penal,  analíticamente  podrían  advertirse tres (3)  normas,  porque  la  prisión  de  4  a  12  años se prevé para la conducta de  contratar    con    violación   del   régimen   legal   de   inhabilidades   e  incompatibilidades,  y  por igual comportamiento también se disponen sucesiva y  concurrentemente  las  consecuencias  de  multa entre 50 y 200 salarios mínimos  legales  mensuales  e  inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas  entre  5  y  12  años.  De  modo  que,  en cada caso concreto, será  necesario  predecir  racionalmente entre las dos legislaciones que se suceden en  el  tiempo, cuál de ellas contiene la disposición más favorable en materia de  pena   privativa   de   la   libertad,   multa   e  inhabilitación,  individualmente consideradas, porque si  bien  las  tres consecuencias están previstas como concurrentes en un solo tipo  penal,   en   su  aplicación  resultan  perfectamente  separables  como  normas  individuales”.   

         “Igual  ocurre  con  las  penas  accesorias porque ellas también  ostentan    su   propio   régimen,   finalidad   y   ámbito   de   aplicación  característicos,   según   se  prevé  en  la  parte  general  y  en  el  tipo  correspondiente  de  la  parte  especial,  y,  no  obstante  que  accedan  a las  sanciones  principales,  de  todas  maneras no depende primeramente de éstas su  aplicación sino de la satisfacción del supuesto de hecho”.   

        “De  modo  que  en  este  caso,  como quiera que es igual la pena  privativa  de  la  libertad dispuesta en el artículo 144 del anterior código y  en   el  408  del  vigente,  no  se  presentaría  por  ese  aspecto  discusión  de favorabilidad. En cambio,  sí  es  más  benigna  la  sanción  de multa señalada en el estatuto derogado  (entre 10 y 50 salarios mínimos legales mensuales)”.   

         “Por  otra  parte,  el  artículo 58, numeral 3° de la Ley 80 de  1993,  norma  complementaria  del  Código  Penal  de  1980,  preveía como pena  principal  la  inhabilitación  para  ejercer  cargos  públicos  y  proponer  y  celebrar  contratos  con  entidades  estatales  por  diez (10) años, pero dicha  norma  fue  tácitamente  derogada por el artículo 408 del Nuevo Código Penal,  en  vista  de que éste no la previó sino que dispuso otra de distinto alcance,  cual  es  la inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas  entre  5 y 12 años. Si uno de los propósitos de la nueva regulación penal era  el  de  recoger  e  integrar  la  legislación punitiva dispersa en estatutos de  distinta  naturaleza,  en  materia  de  mandatos,  prohibiciones y obviamente de  consecuencias  penales,  lo  obvio  será  comprender  la  mencionada  derogación implícita, máxime que la  primera  norma  fijaba  la  inhabilitación en el ejercicio de cargos públicos,  mientras  que  la nueva abarca el más amplio espectro del ejercicio de derechos  y  funciones  públicas  (Ley 153 de 1887, art. 3° y C. C., arts. 71 y 72)”.   

         “Desde  luego  que la inhabilitación en el ejercicio de derechos  y  funciones públicas, prevista como pena principal concurrente en el artículo  408  del  vigente Código Penal, también tenía su par en el estatuto derogado,  mas  a  título  de  sanción  accesoria  y  con  la mera diferencia cortical de  denominarla  “interdicción”  en  lugar  de  “inhabilitación”. Así las  cosas,  como  el  artículo  52 de este último ordenamiento dice que la pena de  prisión  implica la sanción accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas  por  período  igual  al  de  la sanción principal, en su momento se  escogerá la más favorable”.   

         “Quienes  piensan  que  la  favorabilidad sólo puede preverse en  relación  con  el código, ley o tipo complejo como sistemas o instituciones, y  así,  verbigracia,  aplicarían integralmente el nuevo estatuto porque consagra  una  pena  privativa  de  la  libertad  más benigna, no obstante contemplar una  sanción  pecuniaria  más grave que la del anterior ordenamiento, sencillamente  han  dejado  de  aplicar la favorabilidad en esa última materia, a pesar de ser  ésta  perfectamente  deslindable en su concepción teórica y práctica, aunque  haga  parte  de  un  todo  orgánico;  o,  en  otras  palabras,  le  han  puesto  restricciones   a   un  instituto  que  el  legislador  quiere  que  los  jueces  desplieguen  generosamente, siempre y cuando el precepto conserve su identidad y  sentido  jurídicos,  por  más que en su aplicación concreta deba relacionarse  con  otras  normas. Adicionalmente, quienes de esa manera proceden, han puesto a  depender  la  identidad y concreción de la pena de multa (o de la accesoria, en  su  caso)  de  la sanción privativa de la libertad, y no de la realización del  supuesto de hecho, como debe ser”.   

         “Lo  importante es que identificada una previsión normativa como  precepto,  cualquiera  sea  su conexión con otras, se aplique en su integridad,  porque,  por ejemplo, no sería posible tomar de la antigua ley la calidad de la  pena  y  de  la  nueva  su  cantidad,  pues  un tal precepto no estaría clara y  expresamente   consagrado   en   ninguno   de   los   dos   códigos  sucesivos,  razón  por la cual el juez  trascendería  su  rol  de  aplicador  del  derecho e invadiría abusivamente el  ámbito  de  la  producción de normas propio del legislador. A esta distinción  de   preceptos  para  efectos  exclusivos  de  favorabilidad  (ella  supone  una  ficción),  de  modo  que  hipotéticamente  puedan separarse en su aplicación,  contribuye,  verbigracia,  el  espíritu  del  artículo  63  del  estatuto  vigente,  según  el  cual  el  juez  podrá  suspender la ejecución de la pena  privativa  de  la  libertad  y  exigir  el  cumplimiento  de  las otras (multa e  inhabilitación),  sin  que por ello se convierta en legislador o renegado de la  respectiva  disposición  sustantiva que obliga la imposición de las tres penas  como  principales  y  concurrentes,  pues  la  decisión  judicial  no  es norma  sino       derecho  aplicado”.   

“Así  entonces,  en  cuanto  a  la pena  privativa  de  la  libertad  se  aplicará el artículo 144 del Código Penal de  1980,  por ser la ley preexistente y tampoco suscita problemas de favorabilidad.  En  relación con la pena de multa, se aplicará el mismo estatuto tanto por ser  ley  previa  como  en  razón de la mayor benignidad en su cuantía” (radicado  16.837,    3   de   septiembre   de   2001,   M.   P.   Jorge   Aníbal   Gómez  Gallego).   

8. Si bien estos conceptos, que hoy reafirma  la  Sala, hacen relación con la ley penal, tienen igual aplicación tratándose  de     las    normas    procesales    de    efectos  sustanciales,  como  que  es  claro  que  sobre  ellas  también  se  impone  realizar  el  juicio  de  favorabilidad, según el mandato  superior  del artículo 29, reiterado, en forma prevalente y rectora, por el 6°  procesal.   

Así,  de los artículos 218 del Código de  Procedimiento  Penal  de 1991, con la modificación  que le introdujo el 35  de   la   Ley   81   de   1993,  y  205  del  actualmente  vigente  –Ley   600   de   2000-   derivan  dos  institutos       diversos       claramente       deslindables       –la  casación  ordinaria o común y la  discrecional  o  excepcional-,  en cuanto cada uno tiene su propio ordenamiento,  persigue   específicas   finalidades   y   presenta   un  concreto  espacio  de  aplicación.   

En efecto, el recurso común procede contra  fallos  de  segunda  instancia proferidos por los tribunales superiores, en sede  de  segunda instancia, en procesos seguidos por delitos cuya pena máxima exceda  el  límite  fijado  por  el legislador. Por el contrario, el discrecional está  previsto   “para   sentencias   de   segunda  instancia  distintas”  de  las  anteriores.  Previo  el  cumplimiento  de  las  formalidades  legales, aquél se  concede  en  todos  los  casos,  en tanto que éste es facultativo de la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia, la cual lo puede admitir  “cuando  lo  considere  necesario para el desarrollo de la jurisprudencia o la  garantía de los derechos fundamentales”.   

Por manera que en aras de la aplicación de  la  ley procesal penal más favorable, se pueden realizar dos estudios diversos:  uno  respecto  de  la  casación  común  y  otro  en lo que se relaciona con la  discrecional.   

9. En el caso estudiado, el artículo 35 de  la  Ley  81  de  1993  –en  vigor  cuando  se  produjo  el  fallo del Tribunal- establecía que la casación  común  procedía  cuando el delito tuviera señalada una pena de prisión igual  o  superior a 6 años. El 205 actual modificó ese límite y lo dejó superior a  8  años.  Como  la  falsedad en documento privado del artículo 221 del Código  Penal  de  1980  estaba  sancionada con un máximo de 6 años de prisión (igual  que  en  el  artículo  289  del  Estatuto  actual), se impone aplicar de manera  retroactiva   la  última  disposición  procesal,  que  torna  improcedente  la  impugnación.  Esto,  por  cuanto existe la posibilidad de que la absolución de  las instancias se convierta en condena.   

En   lo   relacionado  con  la  casación  discrecional,  el  artículo  205  de  la  Ley  600 de 2000 habilita a todos los  sujetos  procesales,  en tanto que el 35 de la Ley 81 de 1993 sólo facultaba al  delegado  del  Ministerio  Público  y  al  defensor.  Por consecuencia, para el  sindicado  absuelto  resulta  ventajoso  que  se le imponga la norma derogada de  manera  ultractiva,  por  cuanto  en ese entonces era improcedente que el fiscal  delegado acudiera a la vía excepcional.   

Por  lo  anterior,  la  Sala,  acogiendo la  recomendación  del  Ministerio  Público, desestimará la demanda de casación,  por  cuanto  –repítese-,  acatando  el  principio  de  favorabilidad,  en la actualidad el recurso resulta  improcedente.   

La  prescripción  de  la  tentativa  de  estafa   

1.  Se  investigó  e  imputó un cargo por  tentativa  de  estafa en cuantía de $1’045.420, según hechos ocurridos en septiembre de 1995.   

2. Para ese entonces, y hasta el 25 de julio  del  2001  –cuando entraron  a  regir  los  nuevos Códigos Penal y de Procedimiento Penal-, tenían vigencia  las  Leyes  23  de  1991  y  228  de  1995.  La  primera, en el número 14 de su  artículo   1°,   tipificó   la   contravención  especial  de  estafa,  así:   

“El  que induciendo o manteniendo a otro  en  error por medio de artificios o engaños, obtenga provecho ilícito para sí  o  para  un tercero con perjuicio ajeno, cuya cuantía  no   exceda  de  diez  salarios  mínimos  mensuales,  incurrirá  en  arresto  de  seis  (6)  a  dieciocho  (18) meses” (destaca la Sala).   

Para  1995,  el salario mínimo se fijó en  $118.933,50  mensuales  (Decreto  2.872  de  1994).  Los 10 a que alude la norma  ascendían  a  $1’189.335,  de   donde   se  desprende  que  el  monto  de  la  infracción  -$1’045.420-  se  encontraba dentro de los  parámetros   de   la   norma   transcrita,   esto   es,   estructuraba  aquella  contravención.   

3.  El  artículo  10  de  la  ley  citada  disponía que   

“La   acción   originada  en  proceso  contravencional  prescribe en dos (2) años contados a partir de la realización  del  hecho.  La pena en los mismos casos prescribirá en tres (3) años contados  a partir de la ejecutoria de la sentencia”.   

Entre  la ocurrencia del hecho –septiembre  de  1995- y la resolución  de  acusación –23 de junio  de  1998-  transcurrió  un  lapso  superior  al legal. Y a partir de este acto,  igualmente se ha superado el periodo.   

Entonces,  asiste  razón  al  Procurador  Delegado,  razón  por  la cual  se impone la declaración de prescripción  de la acción, con la consiguiente cesación de procedimiento.   

         En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         1.  Declarar la prescripción  de  la  acción  seguida  por  la  contravención  de  estafa.  En  consecuencia,  cesar  el  procedimiento  que, en relación con ella, se sigue en  contra    de    los    señores    Gonzalo   Mejía  Marulanda y Jairo Castañeda  Ortiz.   

         2.  Desestimar la  demanda    de    casación    presentada,    por    cuanto    el    recurso   es  improcedente.   

Devuélvase     al     Tribunal    de  origen.   

Notifíquese y cúmplase.  

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL              HERMAN GALÁN  CASTELLANOS                

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                                                    JORGE                               ANÍBAL                               GÓMEZ  GALLEGO             

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO                       ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN                         JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

TERESA RUÍZ NÚÑEZ  

Secretaria     

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