15656(16-10-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  15656   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado  Ponente   

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 112  

Bogotá D. C., dieciséis (16) de octubre de  dos mil tres (2003).   

         

V I S T O S  

Resuelve la Corte el recurso extraordinario  de   casación   interpuesto   por   el   defensor  del  procesado  GREGORIO  VELÁSQUEZ  HERRERA  contra la  sentencia  anticipada  del  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  proferida el 21 de  septiembre  de  1998, por medio de la cual lo condenó a la pena principal de 30  años  de  prisión,  a  la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones  públicas  por  el  lapso de 10 años y al pago de los perjuicios, como autor de  los delitos de homicidio agravado y hurto calificado y agravado.   

         H E C H O S   

El juzgador de segunda instancia los narró  de la siguiente manera:   

“Promediando las  ocho  de  la  noche  del  sábado  31  de  enero del presente año (1998), en la  esquina  de  la  carrera 56 con 38 A sur del barrio La Alquería, el Auxiliar de  Policía  Luis  Hernando  Fino  Puentes,  de  16 años de edad, fue abordado por  Gregorio      Velásquez      Herrera,  quien  buscando despojarlo de una bicicleta cross marca Big-bar,  y  ante  la  resistencia  que  aquél  le  opuso, le asestó dos puñaladas a la  altura  del  tórax  que momentos después le determinaron la muerte”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL   

Con  base en unas diligencias preliminares,  la  Fiscalía  58  de  la  Unidad  Quinta  de Delitos contra la Vida de Bogotá,  declaró, el 10 de febrero de 1998,  abierta la instrucción.   

Allegados  unos testimonios y escuchados en  indagatoria  Gregorio  Velásquez Herrera  y  Exenober  Cardona  Cardona,  la  situación  jurídica les fue  resuelta,  el 17 de febrero siguiente, con medida de aseguramiento de detención  preventiva,  por  los  delitos  de  homicidio  agravado  y  hurto  calificado  y  agravado.   

Ante  petición  elevada  por  el procesado  Velásquez   Herrera   de  acogerse  al  instituto  de  sentencia  anticipada,  el  16 de junio de 1998, se  celebró  la  diligencia  de  formulación  de  cargos  en la que los aceptó de  manera libre y voluntaria.   

El  7  de  julio de 1998, el Juzgado Noveno  Penal  del  Circuito  de  Bogotá dicto sentencia de primera instancia en la que  condenó  a  Gregorio Velásquez Herrera a  la  pena  principal  de  30 años de prisión, a la accesoria de  interdicción  de  derechos  y funciones públicas por el lapso de 10 años y al  pago  de los perjuicios, como autor de los delitos de homicidio agravado y hurto  calificado y agravado.   

Apelado  el  fallo  por  el  defensor,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  al  desatar el recurso, el 21 de septiembre de  1998, lo confirmó en su integridad.   

         LA  DEMANDA  DE  CASACIÓN   

El  defensor del procesado, al amparo de la  causal  primera  de  casación,  acusa  al  Tribunal  de haber violado de manera  directa  la  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación  del artículo 299 del  Código de Procedimiento Penal.   

Argumenta que recurrido el fallo de primera  instancia,  el  Tribunal consideró que si bien es cierto que dentro del proceso  su  defendido  confesó  la  comisión  de  la  conducta punible y, por ende, se  reunían  todos  los  requisitos  para  tenerla  como  tal, de todos modos no le  concedió  la  rebaja  de  pena,  por  cuanto  antes  de  su captura las pruebas  allegadas   a   la   investigación   fueron   tan  contundentes  que  permitió  identificarlo  e individualizarlo, razón  por la cual no se puede predicar  que  la  misma  fue  oportuna,  eficaz y determinante para la administración de  justicia,  para  lo cual procede a copiar algunos fragmentos de las motivaciones  del sentenciador de segundo grado.   

Por ello, asegura que el juzgador no aplicó  el  contenido  del  artículo  299  del  Código  de Procedimiento Penal, la que  “deviene  de  la  utilización,  en el razonamiento  lógico  formulado, de una premisa errada, lo que determina necesariamente a una  conclusión viciada”.   

Manifiesta que en el razonamiento el ad quem  incurrió   “en  un  craso  error  referido  a  la  imputación  del  delito,  pues  aún  cuando considera el Tribunal que al tener  probado  quien  es  el  autor  del delito, se tiene lo suficiente para condenar,  ello  determina el desconocimiento del alcance del término imputar para efectos  penales  y  de las exigencias mínimas de la atribución de responsabilidad, por  lo   que   es  preciso  asumir  la  comprobación  del  yerro  desde  estos  dos  aspectos”.   

Afirma   que  dentro  de  la  concepción  filosófica   que    rige   a   la   Constitución   Política,  impera  el  reconocimiento  de  la  dignidad  y la libertad humana como derechos inviolables  para  el Estado. Por ello, continúa, el poder punitivo debe ser la ultima ratio  y   la   teoría   del   delito   debe   estar   supeditada   a   los   mandatos  constitucionales.   

Asevera que teniendo en cuenta el contenido  del  artículo 29 de la Constitución Política, no se permite la imputación de  un  resultado  por la simple causación del mismo, por lo que ello constituye la  razón  para  la  proscripción  de  la  responsabilidad  objetiva que regula el  Código Penal.   

Dice  que para la imputación de un delito,  “no  basta  la  comprobación  de la facticidad, es  decir,  de  la  participación del sujeto en el decurso lesivo, sino que además  es  necesario  tener  en  cuenta  el  compromiso  de  responsabilidad  de  dicho  sujeto”.  Del  mismo modo, recuerda que para dictar  sentencia   condenatoria   se  requiere  la  prueba  de  la  autoría  y  de  la  responsabilidad,  “ya  que  con comprobar tan sólo  uno  de  estos  dos  aspectos no es posible imputar la comisión de un delito y,  por        tanto,        deducir        responsabilidad        penal”.   

Manifiesta  que  en  ese punto fue donde se  equivocó  el  juzgador  al  momento  de  elaborar  la  premisa  inicial  de  su  razonamiento,  es  decir,  que con la prueba de la individualización del autor,  “contaba  con  lo suficiente para la imputación de  un  delito”.  Agrega que si dicha premisa es errada  igualmente    se    debe    predicar    de   la   conclusión,   “pues  sin el yerro la premisa debe cambiar, en el sentido de que ya  no  se  afirmaría  que  por  tener  la  prueba  de la autoría se cuenta con lo  necesario  para  condenar,  sino  por  el  contrario,  que solo se cuenta con la  determinación   del   autor  del  delito  sin  que  ello  sea  suficiente  para  condenar”.   

Por consiguiente, aduce que si confrontamos  la  premisa  formulada  sin  el  yerro,  la conclusión sería distinta a la que  llegó  el  sentenciador,  puesto  que  “si  con la  prueba  anterior  sólo  se  tenía  certeza  de  quien fue el autor del delito,  necesariamente  ha debido tenerse en cuenta la prueba subsiguiente, es decir, la  confesión  de  mi defendido, para poder establecer responsabilidad de su actuar  y    con    ello    reunir   los   requisitos   exigidos   para   emitir   fallo  condenatorio”.   

   

En consecuencia, concluye que si el ad quem  sostiene  que el procesado confesó y si se tiene en cuenta que con la prueba de  la   autoría   se  aportan  datos  objetivo  de  lo  ocurrido,  “pero  para  la responsabilidad se requiere adentrarse en la síquis  del  autor y ante una confesión, como la que existió con todos sus requisitos,  según  lo  afirmado  por el mismo Tribunal, necesariamente ha de concluirse que  la  prueba  de  la  que  se  dedujo este aspecto es la suministrada por el mismo  sindicado”.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia impugnada y, en su lugar, reconocer al procesado la rebaja de pena  que  estatuye  el  artículo  299  del Código de Procedimiento Penal, por haber  confesado.   

            CONCEPTO   DEL  PROCURADOR    

        SEGUNDO DELEGADO  EN LO PENAL   

Estima que la supuesta falta de aplicación  del  artículo 299 del Código de Procedimiento Penal, no es como la presenta el  censor,   ya  que  el  juzgador  de  segundo  grado  se  ocupó  ampliamente  de  “ella  –de  la  norma-  al  estimar  que por tener pruebas suficientes que  permiten      individualizar     a     Velásquez  Herrera  como  el causador del hecho, consideró que  tenía            los           presupuestos           de           individualización,    identificación      plena,     sus  circunstancias  y  sobre  todo  la  forma  de  culpabilidad dolosa,  de  manera  tal  que  con  esos  presupuestos  afirmó en forma  contundente  que  ‘los  elementos  de  juicio con que cuenta el proceso, aún  suprimiendo    hipotéticamente    la    confesión    del   acusado,   son      contundentes   frente  al  hecho,  sus  circunstancias       y       forma       de       culpabilidad      –dolosa-   que   se  dedujo  en  su  contra”.   

Dice   que   teniendo   en   cuenta   la  jurisprudencia  de  la  Sala,  se  requiere para hacerse acreedor a la rebaja de  pena  por  confesión que sea el fundamento del fallo. Por consiguiente, como lo  adujo  el  juzgador,  los medios de convicción allegados durante los doce días  que  transcurrieron  desde  el hecho hasta la captura ya tenía bien definida la  responsabilidad  del  procesado,  “de forma tal que  en    la    indagatoria    no   le   quedaba   mas   camino   que   ‘ratificar’  lo  que  ya tenía establecido el  proceso”.   

En  consecuencia,  insiste  que  cuando el  sentenciador  se  dedica  expresamente  a  sustentar  la  razón  por la cual no  concede  la  diminuente,  no  es  que  se deje de aplicar la norma, no es que se  excluya,  “como así lo entiende el censor; lo que  sucede  es  que  la  norma  si se aplica, pero en sentido denegativo”.   

Por  lo  expuesto, sugiere que el cargo no  está llamado a prosperar.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Acusa  al Tribunal de haber violado de  manera  directa  la  ley  sustancial, por falta de aplicación del artículo 299  del  Código  de Procedimiento Penal, yerro que condujo a que al procesado no se  le reconociera la rebaja de pena por confesión.   

2.  Es  evidente  que  el  libelista tiene  interés  para  recurrir  el  fallo  anticipado dictado en contra del procesado,  toda  vez que, además que su inconformidad fue objeto del recurso de apelación  interpuesto  contra  la  sentencia  de  primera  instancia,  es  claro que dicho  aspecto,  de  prosperar,  incidirá  en la dosificación punitiva, al tenor  del  artículo  37  B,  numeral 4°, del Decreto 2700 de 1991, modificado por el  artículo 12 de la Ley 365 de 1997.   

Igualmente, se hace imperioso aclararle al  Procurador  Delegado el concepto de falta de aplicación, habida cuenta que para  él  dicho  sentido  de  violación  de la ley sustancial no se estructura si la  norma  es  objeto  de  estudio  en  el  juicio  de derecho pero se excluye en el  ámbito  de  subsunción  de  los hechos, al dársele un sentido “denegativo”,  apreciación  que  la  Corte no comparte.   

Como  lo  ha dicho la jurisprudencia de la  Sala,  la  falta  de  aplicación  o  exclusión  evidente se presenta cuando el  juzgador  deja de aplicar la disposición que rige al asunto. En otras palabras,  constituye  un  error  en  la  selección  de  la  norma  que  regula los hechos  probados,  puesto  que  inaplica  la  norma que recoge correctamente el supuesto  fáctico,  razón por la cual para precisar el concepto de la violación resulta  intrascendente  la  motivación  que  pudo  haber  llevado  al sentenciador a la  transgresión  de  la ley; “lo que realmente cuenta  es  la  decisión que adopte con relación de ella. En ese orden de ideas, si la  norma  es  aplicada  debiendo  no  serlo  o  inaplicada  debiendo  serlo, habrá  llanamente  aplicación  indebida  o  falta  de  aplicación,  según cada caso,  independientemente  de  que  al  error  se  haya  llegado  porque el juzgador se  equivoca      sobre      existencia,      validez,     o     alcance”1.    

De  ahí  que  el  sentido escogido por el  censor  para  demandar  la  violación de la ley resulta atinado, contrario a lo  afirmado  por  la  Procuraduría,  pues  es  claro que el Tribunal no aplicó el  artículo  299  del  Decreto  2700 de 1991, modificado por el artículo 38 de la  Ley  81  de  1999,  en  lo  atinente  a  la  rebaja  de pena por confesión, por  considerar que no fue el soporte del fallo condenatorio.   

Ahora  bien,  desde  el  punto  de  vista  técnico  es  bien  sabido  que  cuando  el  ataque  se soporta en la violación  directa,  comporta  la carga de aceptar los hechos y las pruebas tal como fueron  valoradas  por  el  juzgador,  toda vez que lo que se discute es el yerro en que  pudo  incurrir al momento de elaborar el juicio de derecho, ya sea por la errada  selección  del  precepto  llamado  a  solucionar  el  conflicto  o  por su real  entendimiento o inteligencia.   

En  el asunto que ocupa la atención de la  Sala,  es  claro que el libelista respetó los anteriores parámetros, ya que la  discusión  la  hizo  consistir  en la exclusión evidente del artículo 299 del  Código  de Procedimiento Penal, respecto a que el procesado era merecedor de la  rebaja  de  pena  por  confesión,  puesto que, en su criterio, la misma sí fue  determinante para el fallo de responsabilidad.   

No  obstante,  frente  al  puntual  tema,  recuérdese  que  la  reducción  de  pena  por  confesión  que  consagraba  el  artículo  299  del  Código de Procedimiento Penal, modificado por el artículo  38  de  la  Ley 81 de 1993, vigente para la época de los hechos, estatuía que,  fuera  de  los casos de flagrancia, el procesado que en la primera versión ante  funcionario  judicial  que  conoce de la actuación procesal confesara el hecho,  en   caso   de  fallo  condenatorio,  se  le  reducía  la  pena  en  una  sexta  parte.2   Además, a esos anteriores presupuestos, la jurisprudencia  de  la Sala estimó que para hacerse acreedor a ese beneficio punitivo, también  tenía  que  ser  el  soporte  de la sentencia, así no estuviera contemplada en  dicha  preceptiva,  lo  que  hoy no sucede con el citado artículo 283 de la Ley  600 de 2000, pues dicha exigencia se encuentra inmersa en la norma.   

Frente   al   transito  legislativo,  la  jurisprudencia     de     la     Corte    sentó3    que    la    expresión  “confesare  su  autoría  o  participación  en la  conducta  punible  que  se investiga” que contempla  el  artículo  283  de  la  Ley  600  de  2000, no guarda correspondencia con la  expresión    “confesare   el   hecho”  que  preveía  el pluricitado artículo 299 que regía a este  asunto,   habida   cuenta  que  la  última  locución  citada,  “permitía   identificar   hecho  con  hecho  punible  y  por  ende  descartar  la rebaja punitiva frente a casos en los que no confesara el imputado  una  conducta  típica, antijurídica y culpable, la circunstancia cierta de que  la  jurisprudencia  anterior a la reforma penal de 2000 admitiera la posibilidad  de  rebaja  de  pena  en  casos  de confesión calificada, cuando sin ella no se  hubiera  podido  condenar  al procesado, aunado a la circunstancia de que una de  las  pretensiones  del  cambio  legal  fue  la  adecuación  de las normas a los  desarrollos   de  la  jurisprudencia,  conduce  a  deducir  que  el  querer  del  legislador  estuvo  en la orientación de  permitir la rebaja punitiva aún  frente  eventos  de  confesión  calificada, cuando la misma resulta de utilidad  decisiva para la justicia”.   

Por  consiguiente,  el  procesado que haya  confesado  de  manera  simple  o  calificada  tiene derecho a la rebaja de pena,  siempre  y  cuando  sea  la  base  de  la  sentencia,  como  se  dijo en aquella  decisión,  “Que la confesión sea el fundamento de  la  sentencia  no significa, como a veces se entiende, que constituya su soporte  probatorio  determinante.  Si  así  fuese,  la  norma de la reducción punitiva  sería  virtualmente inaplicable pues si la ley impone verificar el contenido de  la  confesión  (art.  281 cpp), es normal que al hacerlo se logren otros medios  de  prueba  con  la aptitud suficiente para fundamentar el fallo. El significado  de  la  exigencia  legal está vinculado es, como lo ha señalado la Corte, a la  utilidad  de la confesión. Y si se  considera que el efecto reductor de la  pena  se  condiciona  a  que   tenga ocurrencia en la primera versión y en  casos  de  no  flagrancia,  la  lógica  indica  que  fundamenta la sentencia si  facilita  la  investigación  y  es  causa  inmediata  o  mediata  de las demás  evidencias   sobre   las   cuales   finalmente   se   construye   la   sentencia  condenatoria”.   

En  síntesis,  al tenor del artículo 283  del  nuevo  Código  de  Procedimiento  Penal,  el  procesado tiene derecho a la  rebaja  de  pena   allí  contemplada,  salvo  en  los casos de flagrancia,  cuando  en  la  primera versión que rinda ante la autoridad judicial competente  confiese,  sea  de  manera simple o cualificada, el hecho o la participación en  la  conducta  punible  que  se  investiga y que la confesión sea útil para los  fines de la investigación y el convencimiento del juzgador.   

Así,  en  este  asunto  y  aplicando  la  última  jurisprudencia  de  la Sala, es evidente que el procesado, sin hallarse  en  situación  de  flagrancia,  confesó  el  hecho,  esto  es,  que doce días  después  de  ocurrido  y una vez capturado y vinculado a la actuación mediante  indagatoria,  aceptó  haberle  causado  la  muerte al auxiliar de policía y de  apropiarse  de  la  bicicleta en que éste se desplazaba; empero,  la misma  no  fue el soporte de la sentencia, ya que para los juzgadores sus explicaciones  no        fueron       “oportunas”, “eficaces” y “determinantes  para  la  administración  de justicia”, razón por  la  cual, concluyeron que Gregorio Velásquez Herrera no se hacía acreedor a la  citada    rebaja    de    pena,    criterio    que    la   Corte   comparte   en  integridad.   

En efecto, demostrado está que cometidas  las  conductas punibles el procesado huyó a la ciudad de Cali donde permaneció  hasta  el  día  en  que  fue  capturado,  es  decir,  12 días después. En ese  interregno  y de acuerdo con las pruebas allegadas se le logró individualizar e  identificar  a  Velásquez  Herrera  como  el  autor  de  aquellas,  pues varias  personas  presenciaron la agresión de la víctima y el despojo de un bien de su  propiedad,  elementos  de  juicio  que permitieron concluir que el sujeto era un  trabajador  del otro coprocesado (Exonober Cardona Cardona), lo que llevó a que  se emitiera la correspondiente orden de captura.   

En esos términos, resulta fácil advertir  que  la  confesión  realizada por el procesado no fue útil y determinante para  con  el  objeto  del  proceso  y el convencimiento del juzgador, ya que, como lo  señala   el   Tribunal,  con  apego  en  las  pruebas  recaudadas  válidamente  “aún  suprimiendo  hipotéticamente la confesión  del  acusado, son contundentes frente al hecho, sus circunstancias y la forma de  culpabilidad  –dolosa-  que  se  dedujo  en su contra. Ningún camino allanaba, entonces, la aceptación  que  de  la autoría de los hechos hizo el acusado. No tuvo otra alternativa que  contar  lo  ocurrido,  pues  bien  sabía  que  su patrono estaba al tanto de lo  acaecido,    por    lo    que    como    es   obvio   lo   ratificó”.   

En esas condiciones, si bien el procesado  no  se  encontraba  en  situación  de  flagrancia,  en  la primera versión que  rindió  ante  el  funcionario judicial que adelantaba la investigación aceptó  la  comisión  de  las  citadas  conductas  punibles,  presupuestos  que  fueron  aceptados  tanto  por el juzgador de primera como de segunda instancia, también  lo  es  que  la  misma  no fue útil ni determinante para los fines del proceso,  razón  por  la cual Gregorio Velásquez Herrera no se hace acreedor a la rebaja  de pena reclamada.   

En  esas  condiciones,  el cargo no está  llamado a prosperar.   

ACOTACIÓN FINAL  

En   lo   que   hace  al  principio  de  favorabilidad,  por  razón del tránsito de legislación, toda vez que el 25 de  julio  de  2001  entró  en  vigencia  la  Ley  599 de 2000, mediante la cual se  expidió  el  nuevo  Código  Penal,  su  análisis  le  corresponde  al juez de  ejecución  de  penas  y  medidas  de  seguridad, al tenor de lo dispuesto en el  numeral   7°   del   artículo   79   del   nuevo   Código   de  Procedimiento  Penal.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE     SUPREMA    DE    JUSTICIA,  SALA  DE CASACIÓN PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de la República y por autoridad de la ley,   

R E S U E L V E  

NO  CASAR  la  sentencia impugnada.   

Contra  esta decisión no procede ningún  recurso   

Cópiese,  notifíquese  y devuélvase al  Tribunal de origen.  Cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS                      JORGE  ANIBAL  GÓMEZ GALLEGO   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO                                 EDGAR    LOMBANA  TRUJILLO   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ  PINZÓN                  MARINA   PULIDO  DE  BARÓN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                       MAURO SOLARTE  PORTILLA   

TERESA    RUÍZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

    

1  Sentencia  del  24  de  octubre  de  2002.  M.P. Dr.  Fernando Arboleda Ripoll. Rad. 13692.   

2  Hoy,  el  artículo  283,  consagra  que  “A quien,  fuera  de  los  casos  de  flagrancia,  durante  su  primera  versión  ante  el  funcionario  judicial que conoce de la actuación procesal confesare su autoría  o  participación  en  la conducta punible que se investiga, en caso de condena,  se  le  reducirá la pena en una sexta (1/6) parte, si dicha confesión fuere el  fundamento de la sentencia”.   

3  Sentencia  del  10  de  abril  de  2003.  M.P. Dr. Yesid Ramírez Bastidas. Rad.  11960.     

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