14721(15-11-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14721  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 175  

          Bogotá, D. C., quince de noviembre de dos mil uno   

VISTOS  

          Decide  la  Corte  sobre  la  demanda de casación presentada por el  defensor  del  procesado  LUIS  ALBERTO  CHIRIVI  ALARCÓN,  en relación con la  sentencia  de  segundo  grado proferida por el Tribunal Superior de Bogotá, por  medio  de la cual confirmó la condena impuesta en primera instancia al acusado,  como  autor  de  un  concurso  de hechos punibles de homicidio y porte ilegal de  arma de fuego de defensa personal.   

          El  Procurador  Segundo  Delegado para la Casación Penal ha rendido  concepto en este asunto.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          1.   Según  lo  determinado en el fallo atacado, los episodios  violentos  ocurrieron  el  día  3  de  marzo de 1996, en las horas de la tarde,  dentro  del  establecimiento  situado  en  la  carrera  18A Bis 

N°  74-23  sur,  barrio La Estrella de esta ciudad, cuando ingresó  el  individuo  LUIS ALBERTO CHIRIVI ALARCÓN y, después de un corto intercambio  de  palabras  con MILTON AURELIO RIVERA JOYA, quien desde horas antes compartía  con  otros  amigos  en el local, el primero le descerrajó al segundo un disparo  con  escopeta  que  hizo  blanco  en  la región escapular derecha y por ello se  produjo su deceso.   

          2.   En  relación  con  estos  hechos  originariamente ordenó  investigación  previa  la  Fiscal  61  Delegada  ante  los  Jueces  Penales del  Circuito  de Bogotá, después abrió formalmente la instrucción y vinculó por  medio   de   indagatoria  al  imputado  LUIS  ALBERTO  CHIRIVI  ALARCÓN,  quien  posteriormente   fue   afectado   con  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  según  resolución  del  12  de  agosto  de 1996, como autor de un  concurso  de  delitos  de  homicidio  y porte ilegal de arma de fuego de defensa  personal 

(fs. 18, 52, 77 y 88).   

          3.   El  7  de  noviembre de 1996, la fiscal instructora dictó  resolución  acusatoria  en  contra  del  sindicado  CHIRIVI  ALARCÓN  por  los  injustos  antes  indicados, según las previsiones del artículo 323 del Código  Penal  de  1980  (modificado  por  el  artículo  29  de la Ley 40 de 1993) y el  Decreto  3664 de 1986, convertido en legislación permanente por el Decreto 2266  de  1991,  decisión que quedó ejecutoriada el 18 de noviembre de 1996 (fs. 180  y 191v.).   

          4.   Asumió el conocimiento para el juicio el juez Cincuenta y  Cinco  Penal  del  Circuito  de  Bogotá,  ordenó  algunas pruebas, realizó la  audiencia  pública  y  dictó sentencia de primer grado el 15 de agosto de 1997  (fs.  198,  209,  222,  240  y 252).  De acuerdo con las determinaciones de  este  fallo,  el  acusado  fue condenado a la pena principal de veintisiete (27)  años  de prisión, como autor de los delitos de homicidio simple y porte ilegal  de   arma   de  fuego  de  defensa  personal,  más  la  sanción  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones públicas por el término de diez (10)  años;  así  como  también  se  le  impuso  la  obligación  de  resarcir  los  perjuicios  materiales  y  morales  ocasionados por un valor equivalente a 100 y  500 gramos de oro, respectivamente.   

          5.   Impugnada  la  decisión de primera instancia tanto por el  procesado  como  por su defensor, el Tribunal la confirmó integralmente, según  sentencia   fechada   el  19  de  diciembre  de  1997  (Cuaderno  Tribunal,  fs.  26).   

LA DEMANDA  

          Con  fundamento  en  el  artículo  220, numeral 1°, inciso 2° del  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal, el defensor plantea que el Tribunal  violó  indirectamente  la  ley  sustancial,  en  vista de un error de hecho por  falso  juicio  de  existencia que condujo a la vulneración de los artículos 6,  7,  8,  68,  218,  246,  247,  248,  249, 251, 254, 294 y 296 del estatuto antes  citado y los artículos 26 y 60 del Código Penal de 1980.   

          Explica  el  demandante  que  el error de hecho consistió en que la  sentencia  de  segundo  grado  omitió la apreciación de varios testimonios que  señalaban  cómo  el  fallecido  Milton Aurelio Rivera  Joya  en  múltiples oportunidades provocó al acusado  LUIS ALBERTO CHIRIVI ALARCÓN.  Así:   

          1.   Fue  completamente  ignorado el testimonio de LUIS EDUARDO  CHIRIVI  ALARCÓN,  hermano del procesado, quien narra que antes de estos hechos  finales,  el  occiso  le  propinó a él un disparo en el brazo y parejamente le  había  fulminado las mismas amenazas de muerte que precedentemente acostumbraba  con  su  señora  madre y demás hermanos.  Este testigo expresó, además,  que  también el occiso en días anteriores lesionó con un machete a su hermano  Víctor    Manuel    Chirivi    Alarcón (f. 96).   

          2.   No  se  tuvo  en  cuenta la declaración de VÍCTOR MANUEL  CHIRIVI  ALARCÓN,  igualmente  hermano  del  acusado,  quien  narra las heridas  ocasionadas  a  él  por  el fallecido tanto en el brazo como en la cabeza; pero  además  reiteró  las  amenazas  que  el  mismo  desplegaba  en  contra  de  su  familia.   

          3.    También   fue   desconocido  el  testimonio  de  MATILDE  ALARCÓN,  prueba que señala las múltiples ofensas y agresiones que su familia  padeció en vida de MILTON AURELIO RIVERA JOYA.   

          4.   De  igual manera el fallador pasó por alto la versión de  MAURICIO  MONTAÑEZ  ABELLO,  a  quien  le  constaban  las amenazas vertidas por  Milton  Aurelio, al igual que  la  forma  como  atacó  a  VÍCTOR y LUIS EDUARDO CHIRIVI ALARCÓN, pues estaba  presente cuando los hechos ocurrieron.   

          5.   Otros  testimonios  demuestran la personalidad agresiva de  MILTON  AURELIO RIVERA JOYA, pues los expositores igualmente fueron víctimas de  sus  atropellos,  entre ellos MOISÉS RAMÍREZ MURCIA, MARÍA CONCEPCIÓN ABELLO  y MARÍA CONSUELO MONTAÑEZ.   

          6.   Señala  el  actor  que  las  pruebas ignoradas demuestran  cómo  el  procesado  antes había sido objeto de agresiones, graves e injustas,  por  parte de la víctima, las cuales no pueden desconocerse porque correspondan  al  pasado,  pues  la  jurisprudencia  y  la doctrina “han aceptado que la ira  puede  ser actual o retardada ya que ese cúmulo de ira se va acumulando (sic) y  en  el  momento (sic) que se encuentra con su agresor explota y hace aflorar ese  rencor reprimido…”.   

          7.   El  demandante  concluye en que se dan los ingredientes de  la  ira  como  diminuente de la pena, porque se produjeron agresiones anteriores  de  la  víctima,  graves  e injustas, tanto de orden material como verbal, dado  que  todo  estaba  dispuesto  por  MILTON AURELIO RIVERA JOYA para producirle la  muerte  a  miembros  de  la  familia CHIRIVI ALARCÓN, sin tener ningún derecho  sobre la vida de dicha parentela.   

          Pide  finalmente  a  la  Corte  que  case  la  sentencia  y dicte la  sustitutiva,  de  conformidad  con el artículo 229 del Código de Procedimiento  Penal anterior.   

EL CONCEPTO  

          El  Procurador  observa  que  si  bien la omisión probatoria que se  atribuye  a  la sentencia aparece planteada correctamente dentro del marco de la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  otras  falencias  técnicas  afloran  en  la  demanda:   

          1.   En  primer  lugar, aunque el censor alude a una violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  no  cumple  el  deber de individualizar los  preceptos  transgredidos  ni  el  sentido  último  de  la  infracción  que los  aqueja.   

         

          2.    A  pesar  de  que  con  algún  grado  de  laxitud  puede  entenderse  que  el  actor  reclama  la  violación del artículo 60 del Código  Penal  de 1980, que consagra la diminuente de pena por ira e intenso dolor, otra  falla  inexcusable  se  presenta  porque  no  existe  un  ejercicio  lógico  de  demostración,  habida  cuenta  que  tampoco  se  presenta la anunciada omisión  probatoria.   

          3.   En efecto, el fallo de primera instancia, que conforma una  unidad  inescindible  con  el  de  segunda,  antes  que  ignorar las mencionadas  declaraciones  testimoniales,  las evalúa para concluir en sana crítica que no  era  viable  el  reconocimiento  del  pregonado paliativo de la pena, sobre todo  porque  el  propio  procesado desvirtuó la hipótesis, cuando en la indagatoria  negó haber actuado en estado de ira o intenso dolor.   

          4.   Por  otra  parte,  aunque  la sentencia del Tribunal no se  refiere  específicamente  a  cada  uno  de  los  declarantes,  si toca aspectos  probatorios  derivados  del  contexto  objetivo de dichas pruebas, pues sostiene  que  si  bien es cierto hubo altercados, agresiones y amenazas entre la víctima  y   la  familia  del  procesado,  éste  expresamente  descartó  el  estado  de  ira.   

          5.    De   modo  que  si  no  existió  el  vicio  in   iudicando   que   genéricamente  le  atribuye  el  censor a la sentencia, la única razón de ser del cargo radica en  una  discrepancia  de  criterios  en punto a la evaluación probatoria realizada  por  los  falladores, con el fin de que se reconozca la atenuante punitiva sobre  la  base  de  un  análisis  diverso  de  los  testimonios,  pero  olvida que la  casación    como    recurso    extraordinario   no   admite   esta   clase   de  disentimientos.   

          6.   Aunque  en  gracia de discusión se admitiera que hubo una  omisión  probatoria –que no  lo  fue-,  de  todas  maneras  en  relación  con  la trascendencia fallaría el  reproche,   porque,   como   acertadamente  concluyeron  los  sentenciadores  de  instancia,  el  propio  acusado en la indagatoria alegó haber actuado dentro de  una  hipótesis  de  legítima  defensa  subjetiva,  antes que en estado de ira,  porque  recalcó  que  él había entrado a hablar con el occiso y éste hizo el  ademán  de  sacar  algo.   Mal haría entonces la judicatura en aceptar la  atenuante   del   artículo   60   del  Código  Penal  de  1980,  cuando  quien  supuestamente  debió  padecer  la emoción violenta la niega y, por otra parte,  tampoco dicha circunstancia refulge del resto de la prueba.   

          Así  las  cosas,  en vista del principio de limitación previsto en  el  artículo  228  del  anterior  Código de Procedimiento Penal, el Procurador  propone  a  la  Corte  la  desestimación  de la única censura, debido a que no  puede  proceder de oficio a enmendar las falencias que aquejan la proposición y  desarrollo del cargo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          El  actor  denuncia  una  violación indirecta de la ley sustancial,  hoy  prevista  como  causal de casación en el numeral 1° del artículo 207 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  por  la  vía  del error de hecho como falso  juicio  de  existencia,  en  vista de que supuestamente no se apreciaron algunas  pruebas  que  evidenciaban  los  presupuestos  de  la  ira  o intenso dolor como  atenuante  de  la  pena,  según  el  artículo  60  del  Código  Penal de 1980  (correspondiente al artículo 57 del vigente estatuto penal).   

          En  verdad,  como  lo  advierte parcialmente el Procurador Delegado,  algunas irregularidades afectan la proposición del cargo:   

          1.   Así,  no  obstante  que  el  demandante  postula que hubo  violación  de  los artículos 6, 7, 68, 218, 246, 247, 248, 249, 251, 254, 294,  296  del  Código  de  Procedimiento Penal anterior y los artículos 26 y 60 del  Código  Penal  derogado,  en  parte alguna explica el concepto de violación de  tales  disposiciones,  salvo en relación con la última que de alguna manera la  analiza  por  sus contenidos normativos, ni tampoco dice cuáles de ellas fueron  transgredidas  de  manera  directa y cuáles de modo indirecto, y porqué razón  la  vulneración  ocurrió en una u otra dirección.  Pues bien, en el caso  del  artículo  60 del Código Penal anterior, aunque en efecto el impugnante no  señala  el  sentido  de  la  violación  (falta  de  aplicación  o aplicación  indebida),  el  contexto  de  sus  argumentaciones  fácilmente muestra cómo se  duele  de  que el fallador no haya aplicado a su defendido la reducción de pena  por la ira o intenso dolor.   

          2.   Ahora  bien, el impugnante plantea que fueron desconocidos  los  testimonios  de  LUIS  EDUARDO  y  VÍCTOR MANUEL CHIRIVI ALARCÓN, MATILDE  ALARCÓN,   MAURICIO   MONTAÑEZ   ABELLO,   MOISÉS   RAMÍREZ  MURCIA,  MARÍA  CONCEPCIÓN  ABELLO  y  MARÍA DEL CONSUELO MONTAÑEZ, pruebas que señalaban la  personalidad  agresiva  de la víctima MILTON AURELIO RIVERA JOYA, así como las  ofensas  y  agresiones  continuas  de  éste  al procesado y su familia, lo cual  explicaría  la  reacción  del  último  en  estado  de  ira  e  intenso  dolor  injustamente  provocados  por  la  víctima.   Sin  embargo,  tal  como  se  desprende  del  propio texto de la demanda, la aminorante punitiva no fue negada  por  el  fallador  con base en un desconocimiento de las ofensas y agresiones de  que  daban  cuenta  los  testigos,  sino con fundamento en que la actuación del  acusado  obedeció  más  al  ánimo  de  venganza  calculada  que a una súbita  manifestación de rabia injustamente provocada.   

          3.   En  verdad, la sentencia del Tribunal expuso sobre el tema  lo siguiente:   

“Ahora,  en  cuanto a la circunstancia de  atenuación  punitiva prevista en el artículo 60 del C. P., planteada tanto por  la  defensa  como  por el inculpado, si bien es cierto  en  el  plenario  se  halla  demostrado  que  entre  el obitado y la familia del  acusado  se  habían  presentado altercados, amenazas e inclusive agresiones, el  estado  de ira fue descartado por el propio procesado LUIS CHIRIVI, cuando en su  injurada   dijo   que   actuó   en   legítima   defensa  subjetiva,  por  cuanto  el  occiso  lo  agredió  de  palabra  ‘y  metió  la  mano  a  sacar  la 16,  escopeta  que  siempre  cargaba,  y  yo  pues antes de que la sacara le metí un  tiro’…”   

“Así  las  cosas,  tal  como (sic) obró  llevado  por  la  ira  e  intenso dolor al perpetrar el acto motivo de reproche,  pues  lejano  está  ese  comportamiento momentáneo,  improvisado  e  imprevisto;  aflora  por  el  contrario  premeditación,  ánimo  vindicativo,  pues  no se debe perder de vista que el  acusado  se  armó  de  una escopeta, se hizo acompañar de un tercero para ir a  buscar  al  hoy  occiso  y sin que mediara prácticamente discusión, le dispara  por   la  espalda,  terminando  con  su  existencia”  (cuaderno Tribunal, fs. 36 y 37.  Se ha subrayado).   

          De  acuerdo  con  los apartes que se destacan, no es cierto entonces  que  el  Tribunal  haya  desconocido  la prueba sobre las afrentas, agresiones y  enemistades  anteriores  entre  víctima  y  victimario, pues, por el contrario,  declara  la  sentencia que dichos manifestaciones estaban plenamente demostradas  en  el proceso, sólo que no hace una enunciación individual de cada una de las  pruebas  supuestamente  pretermitidas,  claro porque era un asunto sobre el cual  no existía discrepancia entre los medios probatorios acopiados.   

          4.   El  error  de  hecho  por  falso  juicio  de existencia no  consiste  en  una ausencia de invocación formal de las pruebas en la sentencia,  sino  en  el  desconocimiento  absoluto  de los contenidos probatorios que ellas  suministran,  porque  puede  ser  que,  como  en  el  caso, dichos materiales de  información  hayan  sido  traídos  a colación, sin identificar formalmente la  fuente,  sólo  porque  ellos son verosímiles y no existe discordancia sobre lo  que  ilustran  los distintos medios de prueba no referidos nominalmente, mas que  fácilmente podrían determinarse por lo que dicen.   

          5.   Adicionalmente,  en  realidad  los testimonios que echa de  menos  el  impugnante  sí  fueron  examinados por el juez de primera instancia,  tanto  en su individualidad como por el contenido de interés para el procesado,  sólo  que  por  economía en la argumentación el Tribunal, entendido que si no  había  discrepancia  rige  el  principio  de  unidad  entre  las  decisiones de  instancia,  apenas hizo eco de la información sin necesidad de singularizar los  medios  probatorios  como ya lo había hecho el fallo revisado.  En verdad,  expuso el juez de primer grado:   

“Examinando  piezas procesales tales como  la  indagatoria,  la  ampliación  de  la  misma  (fls.  77  y  222  c.o.) y las  declaraciones  de  los  señores  LUIS EDUARDO (fl. 96) y VÍCTOR MANUEL CHIRIVI  ALARCÓN  (fl.  105),  TERESA MAHECHA DE LEÓN (fl. 125), BLANCA CECILIA CARDOZO  (fl.  132),  MARÍA  CONCEPCIÓN  ABELLO DE MONTAÑEZ (fl. 134), MARÍA CONSUELO  MONTAÑEZ  ABELLO  (fl.  227  del  cdno  ppal), entre otras, emerge con claridad  meridiana  que  realmente  entre  el hoy occiso y la familia de CHIRIVI ALARCÓN  existían  serias  discrepancias  que  los  llevaron  a agredirse mutuamente, al  punto  que  no  sólo  hubo  agresiones  verbales sino físicas donde resultaron  lesionados  algunos miembros no sólo de la familia CHIRIVI, sino también otras  personas  que  de  alguna  manera  tenían vínculos entre los, por llamarlos de  alguna    manera,   grupos   de   contrarios”   (f.  262).   

         6.   De  modo  que  el censor simplemente expresa un desacuerdo  sobre  el  alcance  jurídico  que  se  le  dio  a  los antecedentes de ofensa y  agresión  entre  la  víctima y el procesado y su familia, en el sentido de que  afirma  cómo  no  por  ser  conductas del pasado dejaban de connotar una “ira  retardada”  (en  lugar de la venganza que declaró el fallador); mas si tal es  el  fondo  de  la  inconformidad,  todo ello debió demandarlo por la vía de la  violación  directa  del  artículo  60  del  Código Penal anterior, porque, la  adopción  consecuente  de  la  modalidad  indirecta  de  violación  a  la  ley  sustancial,  implicaría  exigirle  al  actor  que  entonces  demostrara de qué  manera  los  testimonios  aducidos,  además  de  las  ofensas  y acometimientos  recíprocos  entre  la víctima y el victimario, expresaban directamente una ira  reprimida o retardada, en lugar de la venganza.   

         7.   Así  pues,  ni  siquiera  habría  lugar  a proclamar una  supuesta  distorsión  de  las pruebas (falso juicio de  identidad),  en  cuanto  el  fallador hubiese alterado  materialmente   su  contenido,  sino  que  el  demandante  quiere  sustituir  la  inferencia  racional de un ánimo vindicativo que hizo el sentenciador por la de  ira  latente  que él propone, injustamente revivida por una actitud posterior y  omnipresente de la víctima.   

         8.   Por  otra  parte, el impugnante simplemente afirma que las  ofensas  de  la  víctima eran “injustas porque no le asistía ningún derecho  sobre  la  vida  de  esa  familia”  (f.  58),  de modo que él no hizo ningún  esfuerzo   de   demostración   que   debería   comenzar   por  confrontar  las  declaraciones  de  la  sentencia  impugnada  que  niegan  la  injusticia  de las  manifestaciones  anteriores  del  finado,  pues  olvida  que  de acuerdo con las  determinaciones  del fallo de primera instancia, que en tal sentido forma unidad  con  el de segunda por ausencia de contradicción en los contenidos pertinentes,  lo  que existió entre los protagonistas fue una cadena de agresiones y afrentas  que  involucró  a  la familia del procesado, que de todas maneras desvirtúa la  “injusticia”  de  la que en apariencia pudiera verse como provocación de la  víctima.  Dijo el fallador:   

“Por  manera,  todo    ese   cúmulo   de   problemas   existentes   entre   los   ‘grupos     contrarios’,   de  agresiones  y  retaliaciones  mutuas  que  nunca  se llevaron a conocimiento de las autoridades legítimamente  constituidas  para  conocer  de  ello,  fue  lo que a la postre desembocó en la  muerte de MILTON AURELIO RIVERA JOYA.   

“Poco a poco,  con  el  transcurrir  del  tiempo  y  la  sucesión de serios altercados, se fue  incubando,  entre los grupos, sentimientos de resquemor y deseos de retaliación  por  cada  uno  de  los actos violentos que se recibían del contrario.  La  idea  recurrente, fija, permanente, era la de asestar un golpe más duro del que  se  recibía  al  contrario.   El  desenlace  final, indiscutiblemente, fue  producto  de  un  sentimiento enconado en la intelectualidad del actor; pero ese  sentimiento  no  estaba constituido por la emoción de la ira y el intenso dolor  sino  por  la  pasión  de  la  revancha,  de la vindicta, el deseo consciente y  voluntario  de  responder con el mal al mal.  Por  eso  los  sucesos  de  ilícitos en los cuales fueron víctimas los hermanos del  ahora    enjuiciado    no   fueron   dados   a   conocer   a   las   autoridades  institucionales.   Por  eso no se buscó el resarcimiento del daño por los  cauces  legales.  No había por que (sic) cuando por su propia mano podían  dispensarse  su  particular  idea  de  justicia.   Por  eso  se entiende la  reacción  de  LUIS  ALBERTO  CHIRIVI  cuando  LOAIZA GRISALES (alias PABLO), le  llevó  el  mensaje de las presuntas amenazas proferidas en su contra por MILTON  AURELIO  RIVERA  JOYA:   tan  pronto  recibió el mensaje del hoy occiso lo  único     que     dijo     fue     ‘gracias     y     siguió     tomando  tranquilamente’ (resalta  el   Despacho  –fl.  124  c.o.-)”    (fs.    262    y   263.    Se   ha  subrayado).   

         En  conclusión, resulta una falacia el señalamiento de un error de  hecho  por  falso juicio de existencia, porque realmente no fueron ignoradas las  pruebas  que  el  actor  cita  como  pretermitidas.   En razón de ello, se  desestimará la demanda.   

         9.   Finalmente, en vigencia el nuevo Código Penal (Ley 599 de  2000),  aparece  manifiesta su favorabilidad en el artículo 103 que prevé para  el  homicidio  una  pena  de  prisión  de  13  a  25 años, en relación con el  artículo  29  de la Ley 40 de 1993, que señalaba una sanción de 25 a 40 años  de  prisión.   Además, el inciso 2° del artículo 6° del nuevo Estatuto  Penal    señala    que    la    favorabilidad    también    rige    para   los  condenados.   

         A  pesar  de  ello,  como  quiera  que en este caso no se casará el  fallo  y,  por  ende,  no  existe  la  posibilidad  de  que la Corte actúe como  Tribunal  de  instancia,  la  readecuación  de la pena por la favorabilidad que  entraña  la  nueva  ley corresponde al Juez de Ejecución de Penas y Medidas de  Seguridad,  de  acuerdo con la previsión el artículo 79, numeral 7° del nuevo  Código  de  Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000).  Así lo ha definido la  Corte  en  varias  decisiones,  entre  ellas  la sentencia de casación del 5 de  septiembre  del  año  en  curso,  cuya  ponencia  correspondió  al  magistrado  Edgar      Lombana      Trujillo      (radicado N° 13.000).   

         Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la república y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

         No casar el fallo impugnado.   

         Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL             JORGE      E.     CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS           CARLOS  A. GÁLVEZ  ARGOTE                 

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                 EDGAR         LOMBANA  TRUJILLO                   

ALVARO       ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN                      NILSON                  PINILLA  PINILLA                          

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria.    

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