14579may

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso Nº 14579  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                                DR.     JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nro: 69   

          Santafé de Bogotá D.C., mayo cuatro del año dos mil.   

VISTOS  

            Conforme con lo estatuido en los artículos 225 y 226 del C. de P.  Penal,  examina  la Sala el aspecto formal de la demanda de casación instaurada  por  el  defensor  de  PATRICIA  del  CÁRMEN  BAEZ de  FLÓREZ   y  JUDITH  ALICIA  GARZÓN  de  HIDALGO contra la sentencia proferida por  el  Tribunal Superior de Pasto, Nariño, por cuyo medio confirmó la condena que  el   Juzgado   Segundo   Penal   del   Circuito  de  Ipiales  le  impuso  a  las  procesadas.        

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          Milton  Bayardo  De  La  Carrera  Ayala,  director  de la agencia de  Seguros  Comerciales  Bolívar  S.A.  con  sede  en Ipiales, Nariño, suscribió  contrato  de  agencia  mercantil  el  19  de  enero  de  1983  con  las empresas  “Inversiones  Delta  Bolívar  Compañía de Financiamiento Comercial S.A.”,  “Sociedad  de Capitalización y Ahorros Bolívar S.A.” y la “Compañía de  Seguros  Bolívar  S.A.”,  por medio del cual se le autorizó a captar dineros  confiados  por  el  público a dichas Sociedades a través de la firma promotora  de  venta  de  seguros  que  llevaba  su  propio  nombre y de la cual él era su  gerente,    PATRICIA    del    CÁRMEN    BAEZ    de  FLÓREZ,     la     secretaria    y    JUDITH   ALICIA  GARZÓN  de  HIDALGO,  la  cajera.   

          Para   dicho   efecto,   los  usuarios  invertían  sus  ahorros  en  certificados  de  depósitos  a  término  -CDT-,  títulos de capitalización y  pólizas  de  constitución  de  seguros  de  vida denominados “Vida Fondo”.   

          Habida  cuenta  de  las  irregularidades detectadas en relación con  sus  inversiones  por  los  propios clientes de la agencia colocadora de seguros  del  señor  De La Carrera, el departamento de auditoría interna de cada una de  las   mentadas   compañías   emprendieron   la   averiguación   pertinente  y  descubrieron  que  entre   los  años de 1990 y 1993, el gerente de aquella  firma  contando con la colaboración de las citadas empleadas, habían consumado  una  defraudación  patrimonial estimada en un valor de trescientos dos millones  de  pesos  ($302’000.000),  aproximadamente.   

          La  Fiscalía  Seccional  N°  28  con sede en Ipiales abrió formal  investigación  y  vinculó  mediante  indagatoria,  entre otros, a las damas en  cuestión  en  tanto  que  ordenó  el  emplazamiento  del  varón y lo declaró  persona  ausente;  al  definirse  su  situación  jurídica, se les impuso a las  primeras  medida  de  aseguramiento  de  caución  prendaria como cómplices del  punible  de  abuso  de  confianza,  agravado  por  la  cuantía, mientras que el  último  fue  cobijado  con  detención  preventiva  como  autor del concurso de  hechos   punibles   de   hurto,  abuso  de  confianza,  agravados,  y  falsedad,  resolución   que  al  ser  impugnada  por  la  parte  civil  recibió  integral  confirmación  por  la  Fiscalía  Tercera Delegada ante el Tribunal Superior de  Pasto.   

          Perfeccionada  en  lo  posible la instrucción, la calificación del  sumario  la llevó a efecto la Fiscalía 30 de la Unidad Seccional de Fiscalías  de  Ipiales,  despacho que mediante resolución del 20 de junio de 1995 decidió  proferir   resolución   de  acusación  en  contra  de  De  La  Carrera  Ayala,  la   BAEZ   de   FLÓREZ  y  la  GARZÓN  de  HIDALGO como  coautores  de  las  conductas  punibles,  en concurso, de estafa agravada por la  cuantía,  falsedad  en  documentos privados y falsedad personal; igualmente los  llamó  a  responder  en  juicio  por  el  hecho  punible de abuso de confianza,  agravado  por la cuantía, al hombre a título de autor material y a las mujeres  como cómplices.    

          Apelada  la  referida decisión por las procesadas y su defensor, el  21  de  julio  siguiente  se  declaró  desierta  la  impugnación  por falta de  sustentación (Fls. 1.366 a 1.418 del cuaderno N° 5).   

         

         

          El  asunto  fue  repartido  al Juzgado Segundo Penal del Circuito de  Ipiales  para  que conociera del juzgamiento y, concluida la vista pública, por  fallo  del  5  de  septiembre  de  1997  puso  fin  a la instancia declarando en  definitiva  la  responsabilidad  penal  de  los  procesados  por los injustos de  estafa  y  abuso de confianza, agravados, y falsedad en documento privado, Ayala  De  La  Carrera  como  autor  material  de  los  mismos,  y sus ex-dependientes,  PATRICIA  del  CÁRMEN  BAEZ  de  FLÓREZ y     JUDITH    ALICIA    GARZÓN    de  HIDALGO, a título de cómplices.    

          En  consecuencia,  condenó al primero a la pena principal privativa  de  la libertad de 78 meses de prisión y $300.000 de multa, en tanto que a cada  una  de  las  mujeres  les impuso 39 meses de prisión y $150.000 de multa, como  también  la  accesoria  de  rigor    para todos ellos, disponiéndose  igualmente  la correspondiente indemnización de perjuicios. Tal pronunciamiento  lo  avaló  el Tribunal Superior de Pasto en su integridad por el suyo del 11 de  noviembre   siguiente,   al   desatar  la  impugnación  que  contra  aquél  se  interpuso.   

LA DEMANDA  

          Al  amparo  de  la causal primera estatuida como motivo de casación  en  el  artículo 220 del Código de Procedimiento Penal (hoy Art. 3º de la Ley  553  del 13 de enero del año 2000), un único cargo formula el censor contra la  sentencia  recurrida  al  considerar  que la misma es violatoria de una norma de  derecho sustancial.   

          En  la  fundamentación  del reproche luego de hacer énfasis en que  la  pena  establecida  en  el  artículo  221 del Código Penal para la conducta  punible  de  falsedad  en  documento  privado sería de un (1) año en el evento  examinado,  y  de  considerar  que  dada  la  calidad  de  cómplices que se les  atribuyó  a  sus  asistidas  respecto del atentado contra la fe pública por el  que  igualmente  se  condenó como autor material a Milton Bayardo De La Carrera  Ayala,   en   tal   hipótesis   la  BAEZ  de  FLÓREZ  y  la  GARZÓN  de  HIDALGO  resultarían  siendo coautoras de los delitos de abuso  de  confianza  y  de estafa cuya autoría principal se le dedujo en la sentencia  al mentado De La Carrera.   

          Seguidamente  explica  que habida cuenta de la posición asumida por  los  falladores  en  ambas  instancias, para la falsedad en documento privado se  requiere  indefectiblemente  que  así  lo determine la prueba técnica ordenada  para  el  efecto,  situación esta que conforme con el experticio rendido por el  Instituto  de  Medicina Legal no se acreditó respecto de las procesadas, razón  por  la  cual  en  relación con ellas “ese delito es  inexistente  y  en  consecuencia, no les puede cobijar una sanción y desaparece  dicho  cargo  delictual  en su contra”. Tampoco puede  incriminárseles  por  el  hecho  de  haber  laborado  ambas  por tanto tiempo a  órdenes  del  autor principal de la delincuencia -más de 10 años-, por cuanto  ello  sólo constituiría una presunción, una conjetura que trasciende al plano  de  la  responsabilidad  objetiva ya proscrita en nuestro medio, “máxime,  que  no se puede tomar como fundamento de la CULPABILIDAD,  la  permanencia  en un cargo, la experiencia que en él se haya adquirido, salvo  que  las  conductas  reflejadas en un comportamiento, sean dolosas o simplemente  intencionales.”   

          Por   consiguiente,   mal   puede  reprimirse  la  conducta  de  sus  defendidas  por  haber  conocido  todo  lo  atinente a la administración de las  compañías  afectadas  con  la defraudación patrimonial en cuestión, si ellas  no  crearon,  ni falsificaron y mucho menos utilizaron los documentos apócrifos  de  los  que  da  cuenta  el  prontuario,  pues,  si  así  hubiese ocurrido, el  experticio lo hubiera demostrado.   

          Ahora,  siendo  la  falsedad  en  documento  privado “el  fundamento coyuntural para que las providencias conculcadas, les  cargaran  a  su vez, y, en su condición de COAUTORAS, dos delitos más, como el  ABUSO  DE CONFIANZA y la ESTAFA, se desmorona en su totalidad, pues siguiendo el  principio  de  que  de  lo principal sigue secundario o subsiguiente”,  si  las  acusadas  no pueden ser condenadas por falsedad, como  atrás  se  expuso,  menos  lo  podrán  ser  por  los otros dos comportamientos  punibles   en   mención   dada   la  imposibilidad  física  e  intelectual  de  acometerlos,  ejecutarlos  o concebirlos, sin que hubiesen podido incurrir en el  primero.  Ni  siquiera  acudiendo  al expediente forzado de la complicidad puede  arribarse   a  una  tal  conclusión,  “puesto  que,  consecuencialmente,  no  sólo el primero, sino los otros dos delitos quedarían  en  el  plano  de  la presunción o de la conjetura”,  repite.   

          Como  si  fuera  poco lo anterior, no se reparó en la misiva que el  autor  principal  de  los  ilícitos  remitió  al  Gerente  Regional de Seguros  Bolívar   en  Pasto  por  medio  de  la  cual  extrajudicialmente  admitió  su  responsabilidad,  pero descartando cualquier compromiso de sus dos empleadas con  los  hechos  investigados.   Si  el  tribunal  cataloga  dicho escrito como  señal   de   tardío  arrepentimiento  o  cínico  proceder  del  jefe  de  las  procesadas,  lo  mismo  no puede predicarse de éstas tomándose aquél como una  simple  coartada, otra conjetura más del fallador, habida consideración de que  ellas  no  tomaron parte en su confección; por lo tanto tal misiva debe tenerse  como   auténtica,   porque   lo   que   en   la   misma   se   afirma   no   se  desvirtuó.   

          En  síntesis,  no  existen  pruebas con las cuales poder determinar  que  las  acusadas  tuvieron  algo que ver con las conductas endilgadas a De L a  Carrera.   Es  cierto  que por razones del oficio, sus asistidas tenían la  obligación  de elaborar documentos relacionados con las operaciones comerciales  que  de  diversa  índole se llevaban a cabo en la firma donde laboraban, empero  desligada  de  la  actividad dolosa preparada y ejecutada por el principal actor  de  estos  hechos,  de cuya ilicitud él solamente tenía conocimiento, pues era  quien  ordenaba  los  egresos  e  ingresos  que allí se daban.  Y en clara  referencia  a  la  causal  de  inculpabilidad  alegada  en  las  instancias como  acatamiento  de una orden superior por parte de sus pupilas, aduce el censor que  no   constituiría  un  desatino  alegarla  sino  fuera  porque  “rebazaríamos     (sic)    la  misma  naturaleza  de  la  CAUSAL  PRIMERA invocada.”   

          Solicita  pues  en  últimas  el  libelista  se  case  la  sentencia  recurrida,  declarándose  la  inexistencia  de los delitos en los que se afirma  incurrieron  sus  defendidas  como  quiera  que,  “No  existiendo   la   FALSEDAD   EN   DOCUMENTO   PRIVADO,  de  lógica  desaparecen  o  se tornan INEXISTENTES la  ESTAFA   y   el   ABUSO   DE  CONFIANZA,  reiterando  el  principio  que de lo principal sigue lo secundario o  subsiguiente,  y si para el caso que nos ocupa, el primero no constituye delito,  menos lo constituyen los otros dos.”   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Ninguna   vocación  de  prosperidad  puede  tener  una  demanda  de  casación,  cuando  no  cumple  en lo más mínimo, como acontece en el asunto a  examen,  con los requisitos formales relacionados para el efecto en el artículo  225  del  C.  de  P. Penal, sustituido por el hoy vigente Art. 8º de la Ley 553  del 13 de enero del presente año.   

          Ciertamente,  si  bien  hoy  en  día admite esta Corte que no le es  imperioso  al  actor  el  empleo  de  expresiones  convencionales que denoten el  sentido  de  la violación argüida -exclusión evidente, aplicación indebida e  interpretación  errónea-,  y  la  especie  de  error  en  el que supuestamente  incurrió  el  sentenciador  -error de hecho o de derecho-, lo que si le resulta  absolutamente  imprescindible  además  del señalamiento de la causal por medio  de  la cual pretende el derrumbamiento del fallo, es la indicación clara         y        precisa  de sus fundamentos, como también  la  de  las  normas  que el censor estima infringidas.             Ello significa que en el  desarrollo  de  la censura se debe acreditar a través de un juicio técnico-jurídico  la real existencia del  yerro  alegado  y la incidencia de un tal vicio en la sentencia impugnada, a tal  punto  trascendente  que  de no haberse cometido, otra muy distinta hubiese sido  la decisión.   

                                                     

          Ninguno  de  los mentados presupuestos acata el libelista, pues como  si  se  tratara  de  otro  alegato  de  instancia,  previo  señalamiento de los  argumentos     que    a    bien    tuvo    exponer    ante    el    Ad-Quem  como  fundamento  de refutación   de  los  cargos  reprimidos,  apenas  sí  atina  a  indicar  la  causal  por  cuyo  medio pretende se case la  sentencia  recurrida,  pero  omitiendo especificar si el ataque lo dirige por la  vía  de la violación directa o la indirecta, lo que conforme con el desarrollo  de  la  censura tampoco resulta claro como lo impone el ordinal 3º del Art. 225  del C. de P. Penal.   

          En  efecto, si el principio de limitación que gobierna la casación  lo  permitiera,  podría  pensarse  que  la  vía  de ataque seleccionada por el  censor  fue  la  de la violación directa al centrar inicialmente su crítica en  los  argumentos  que  el  juzgador  esgrimió  para  realizar el correspondiente  proceso  de  adecuación  típica respecto del atentado contra la fe pública, y  sobre  el grado de participación que en relación con los hechos le atribuyó a  las  procesadas,  habida  consideración  de  que,  en  su sentir, las conductas  endilgadas  a  sus  defendidas  no  encajan dentro del tipo penal descrito en el  Art.  221  del  C.  Penal,  dada la ausencia de demostración del comportamiento  falsario  que se les enrostra; así se desprende del concepto que para el efecto  emitió el experto, asegura.   

          Empero,  seguidamente  extravía el rumbo de su alegación porque en  vez  de  circunscribir  sus  argumentos  al plano de lo estrictamente jurídico,  como  era de esperarse, aborda la censura desde el punto de vista de las pruebas  para  arribar  a la conclusión de que, con base en la actividad que cada uno de  los  implicados  desplegaba  en  el  desempeño  de sus respectivas labores, mal  puede  predicarse de sus asistidas responsabilidad penal alguna.  Es que no  existen  pruebas  en  el  proceso  que  permitan  señalar  que las justiciables  tuvieron   que   ver   algo   con   el   actuar   ilícito  de  su  jefe,  aduce  finalmente.     

          Un   tal   planteamiento   necesariamente   dice  relación  con  la  violación  indirecta  por  tener  que  ver  el  reproche  alegado  con  el tema  probatorio  y por consiguiente, le era menester ubicar los errores de hecho o de  derecho  cometidos  en  la  apreciación de las respectivas pruebas y demostrar,  claro  está,  su trascendencia en el fallo.  Ni siquiera cita el actor las  normas  sustanciales  objeto  de infracción, obligación ineludible a voces del  Art.     225-3     del     C.     de     P.     Penal.     

                      No  logra  pues  el  casacionista  acreditar los  graves  yerros  que le atribuye al juzgador por cuanto, no indica de qué manera  éste  se  equivocó  subsumiendo las conductas de las acusadas en el tipo penal  de  falsedad,  lo cual, en su sentir, no guarda  correspondencia alguna con  el  evento  juzgado  como  quiera  que  ellas no cometieron tal ilicitud; en ese  orden  de  ideas, dizque no habría lugar entonces a la imputación de los otros  dos  comportamientos  punibles.  Tampoco  explica  cuál  fue el error en que el  fallador  supuestamente  incurrió  respecto del grado de participación que les  atribuyó  a  las procesadas en los injustos, al punto que de admitirse su tesis  las   sentenciadas   no   resultarían   siendo   cómplices   de  las  mentadas  delincuencias  sino  coautoras.  Menos  precisa si como resultado de la orfandad  probatoria   pretextada,   la   responsabilidad  penal  deducida  devino  de  la  suposición  de pruebas, o de la omisión en estimar algunas de las allegadas al  proceso,  o  de  la  distorsión  de  su  contenido  fáctico,  o de la evidente  violación de las reglas de la sana crítica.   

          A  lo  que  conduce  una tal manera de plantear el reproche, es a la  vulneración  flagrante del principio lógico de no contradicción, en la medida  en  que  las  censuras  formuladas  resultan  excluyentes;   por  lo  tanto  debieron  invocarse  en  capítulos  separados  y  de manera subsidiaria como lo  ordena el inciso final del citado canon 225.   

          Así  las  cosas, habida cuenta de que el libelo examinado no cumple  en  lo  más  mínimo  con  las  exigencias legales de toda demanda en forma, se  impone   su   rechazo   de  plano  y,  consecuentemente,  declarar  desierta  la  impugnación extraordinaria.   

          En   mérito  a  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,   Sala  de  Casación  Penal,   

RESUELVE  

         RECHAZAR   in   limine   la  demanda  de  casación  que en nombre de las procesadas PATRICIA del  CÁRMEN    BAEZ    de    FLÓREZ    y   JUDITH  ALICIA GARZÓN de HIDALGO instauró  su  defensor, contra la sentencia del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Pasto,  Nariño,  por  cuyo  medio  las  declaró  penalmente  responsables como  cómplices  del  concurso  de  hechos punibles de falsedad en documento privado,  estafa   y   abuso   de   confianza,  agravados.  En  consecuencia,  se  declara  desierta  la  impugnación  correspondiente.         

         La  anterior  determinación  deviene inimpugnable, conforme con las  previsiones de los Arts. 197 y 226 del C. de P. Penal.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

CÚMPLASE  

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                              JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                            JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUES                              CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                 NILSON PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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