14120fe1

2000

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso N° 14120  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 023  

          Santafé   de   Bogotá,   D.   C.,  veintiuno  de  febrero  de  dos  mil.   

VISTOS  

          Decide  la  Corte la casación interpuesta en contra de la sentencia  de  segundo  grado adoptada por el desaparecido Tribunal Nacional, fechada el 21  de  octubre  de 1996, por medio de la cual condenó a los procesados LUIS FELIPE  GARCÍA  LEGUIZAMÓN,  HUGO  CÉSAR  BAQUERO ESPINOSA, YAMID GUALTEROS VILLALBA,  GERMÁN  GUALTEROS  RODRÍGUEZ  y  los hermanos JULIO FERNANDO, MANUEL ALFONSO y  EDUARDO  HURTADO  GÓMEZ,  quienes  de  manera total o parcial fueron declarados  responsables   de   los   delitos  de  concierto  para  delinquir,  apoderamiento  y  desvío  de  medio  de transporte colectivo, hurto  calificado-agravado,  acceso carnal violento, acto sexual violento, porte ilegal  de  arma  de  fuego  de  defensa  personal  y conservación de municiones de uso  privativo de las fuerzas armadas.   

          Ha    conceptuado    el    Procurador   Tercero   Delegado   en   lo  Penal.   

HECHOS  

          Los    acontecimientos    ocurrieron   en   Santafé   de   Bogotá,  aproximadamente  a  partir  de las 10 de la noche del 24 de mayo de 1994, dentro  del  autobús tipo ejecutivo de servicio urbano, distinguido con el número 9703  y  las  placas  SFG  585,  afiliado a la empresa Republicana de Transportes, que  cubría  la  ruta  entre  los barrios Córdoba y San Cristóbal de esta ciudad y  llevaba  en su interior un número cercano a los cuarenta (40) pasajeros, cuando  de  pronto, a la altura de la carrera 7ª con la calle 133, se levantaron de sus  asientos  ocho  (8) personas, entre las que se distinguía una mujer, y mediante  la  exhibición  de  armas  de fuego y cortopunzantes y la amenaza adicional con  palabras  agresivas,  le  arrebataron  el  control  del  vehículo  al conductor  ALFONSO  MORENO  CARREÑO,  apagaron  las  luces  interiores  del automotor y le  subieron  el  volumen  al  radio,  para  después obligar a los hombres a que se  tendieran  sobre el piso y proceder a amarrarlos, y comenzaron así un recorrido  por  distintos  sectores  de  la  ciudad,  trayecto  durante  el  cual,  bajo el  permanente  sojuzgamiento  de las armas, se dedicaron a despojar a los ocupantes  de  bienes  personales  tales  como  dinero,  alhajas,  documentos  y prendas de  vestir,   así  como  también  sometieron  al  acceso  carnal  violento  a  las  damas  María  Alicia  del  Pilar  Parrado  Granados y  Sandra   Patricia   Lozano,  mientras  otra  pasajera,  Mónica   Rincón  Galeano,  también  fue  ultrajada  con  el  sometimiento  a  otros  actos  diversos de la  conjunción carnal.   

          En  el  momento  y  lugar  en que los asaltantes sorprendieron a los  ocupantes  del  bus,  el  pasajero  MIGUEL  ALBERTO  ARTEAGA  ORTEGÓN trató de  evadirse,  pero  uno  de  ellos  lo  golpeó  con  su arma en la región frontal  derecha  y  le  causó  una lesión que dio lugar a una incapacidad de doce (12)  días.   

          El  drama  de todos los pasajeros se extendió aproximadamente hasta  las  tres  (3)  de  la mañana siguiente, cuando el último grupo de retenedores  abandonó  el vehículo en el barrio Las Ferias, después de que sus compañeros  de  asalto  lo  hubieran  hecho  gradualmente y por tandas en otros puntos de la  capital.   

          Iniciadas  rápidamente  las  investigaciones,  se  identificaron  y  capturaron  como  imputados  a  MYRIAM  CONCEPCIÓN  BAYONA TORO, JULIO FERNANDO  HURTADO  GÓMEZ,  LUIS FELIPE GARCÍA LEGUIZAMÓN, HUGO CÉSAR BAQUERO ESPINOSA,  EDUARDO  HURTADO  GÓMEZ,  MANUEL  ALFONSO  HURTADO  GÓMEZ,  GERMÁN  GUALTEROS  RODRÍGUEZ  y  YAMID GUALTEROS VILLALBA.  En el procedimiento de captura de  HUGO  CÉSAR  BAQUERO  ESPINOSA  le  fueron hallados en su residencia trece (13)  proyectiles  calibre  7.62,  reputados  como  de  uso  privativo  de las fuerzas  armadas.   

          Como  a  esta causa fue acumulada la número 8036, entonces radicada  en  el  Juzgado  Veinticinco Penal del Circuito de esta misma ciudad, adelantada  en  relación  con  los  procesados YAMID GUALTEROS VILLALBA y GERMÁN GUALTEROS  RODRÍGUEZ,  conviene  precisar  que  su  origen radica en los hechos según los  cuales  dichos acusados, junto con otros dos (2) individuos, el día 29 de marzo  de  1994,  en las horas de la noche, abordaron la camioneta de servicio público  colectivo  de  placas  SGI 556, conducida por el señor JORGE MISAEL CARO ROJAS,  en  el paradero del barrio “Lago Timiza”, con el fin de que los trasladara a  la  avenida  “Primero  de Mayo”, pero durante el recorrido blandieron sendas  armas  de  fuego, maniataron al conductor y lo despojaron del automotor avaluado  en  la  suma  de  veintidós  millones  ($ 22.000.000.oo), para después dejarlo  abandonado  en  el  paradero  de  los buses panamericanos del barrio Catalina de  esta ciudad.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          En  vista de la queja presentada por las  ofendidas  María  Alicia del Pilar Parrado Granados y  Sandra  Patricia  Lozano,  la  fiscal delegada ante la  DIJIN,  primero,  y  la  Unidad  de  Investigaciones Especiales de la Dirección  Seccional  Fiscalías  de Santafé de Bogotá, después, iniciaron oportunamente  las  pesquisas  que  dieron lugar a la identificación y captura de los ocho (8)  imputados  antes  nombrados,  quienes  en  el  mismo  orden fueron escuchados en  diligencia  de  indagatoria (cuaderno 1, fs. 1, 6, 139, 167, 183, 191, 204, 211,  300, 330 y 346).   

          A  la  hora  de  resolver  la  situación  jurídica de los ocho (8)  sindicados,  según  providencia  del 7 de junio de 1994, el fiscal 250 delegado  de  la  Unidad  de Investigaciones Especiales ordenó la medida de aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin beneficio de excarcelación, en contra de todos  los  procesados, como coautores de los delitos de “secuestro de nave, aeronave  o  medio  de  transporte  colectivo”, concierto para delinquir agravado, hurto  calificado-agravado,  porte  de  armas  de  fuego  de  defensa personal y de uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas.   En  cuanto  a los delitos de acceso  carnal  y  acto  sexual  violento,  las  imputaciones se distribuyeron entre los  detenidos  bien  a  título  de coautoría ora como complicidad (cuaderno 2, fs.  33).   

          Advertida  la imputación de un delito de “SECUESTRO DE AERONAVES,  NAVES  O  MEDIOS  DE  TRANSPORTE  COLECTIVO”, previsto en el artículo 281 del  código  Penal,  modificado  por  el  artículo  28  del decreto 180 de 1988, la  fiscalía  seccional remitió el proceso a la Dirección Regional de Fiscalías,  cuya  Unidad Especializada de Terrorismo cerró la investigación y calificó el  mérito  sumarial  por medio de resolución fechada el 1° de noviembre de 1994,  de acuerdo con la cual se hicieron las siguientes declaraciones:   

          Los  ocho (8) vinculados fueron acusados  como coautores de los  delitos  de  “secuestro  de aeronaves, naves o medios de transporte colectivo,  agravado”,  conforme  con  el artículo 28 del decreto 180 de 1988, convertido  en  legislación  permanente  por  el decreto extraordinario 2266 de 1991; hurto  calificado-agravado,  de  acuerdo con los artículos 349, 350-1 y 2-, 351-6 y 9-  y  372-1 del Código Penal; y porte ilegal de arma de fuego de defensa personal,  previsto  en  el  artículo  1°  del decreto 3664 de 1986.  Igualmente, en  relación  con  siete  (7)  de  los  vinculados  se hizo acusación por el hecho  punible     de     concierto     para     delinquir  agravado,  en  los  términos  del  artículo  186 del  Código  Penal,  salvo la mujer MYRIAM CONCEPCIÓN BAYONA TORO, en cuyo favor se  precluyó  la  investigación,  con  la  aclaración  de que en cuanto a EDUARDO  HURTADO  GÓMEZ  además  concurría la agravante por haberse comportado como el  líder  de  la  organización  criminal.   LUIS FELIPE GARCÍA LEGUIZAMÓN,  YAMID  GUALTEROS  VILLALBA y MANUEL ALFONSO HURTADO GÓMEZ recibieron acusación  como  coautores  del  hecho  punible  de  acceso  carnal violento, agravado, que  afectó  a  la  dama Sandra Patricia Lozano,  de  acuerdo  con  los  artículos  298 y 306-1 del Código Penal,  delito   que   también  se  imputó  a  los  demás  procesados  a  título  de  cómplices.   Así  mismo,  a  LUIS  FELIPE  GARCÍA  LEGUIZAMÓN  y  YAMID  GUALTEROS  VILLALBA  se  les atribuyó coautoría en el injusto de acceso carnal  violento,    agravado,    cometido   en   contra   de   la   dama   María  Alicia  del Pilar Parrado Granados,  mientras  que  a  HUGO  CÉSAR  BAQUERO ESPINOSA, GERMÁN GUALTEROS RODRÍGUEZ y  MANUEL  ALFONSO  HURTADO  GÓMEZ  se  les  consideró  cómplices  de  la  misma  infracción.   También  fueron  acusados  los  hermanos  EDUARDO  y MANUEL  ALFONSO  HURTADO  GÓMEZ  como  coautores  del ilícito de acto sexual violento,  agravado,  conforme  con  los artículos 299 y 306-1 del Código Penal, cometido  en  perjuicio  de  las  damas Mónica Rincón Galeano y  Sandra   Patricia   Lozano.    Por  último,  la  acusación  en  contra  de  HUGO CÉSAR BAQUERO ESPINOSA también comprendió el  delito  de  “conservación  de  municiones  de  uso  privativo  de las fuerzas  armadas”,  previsto  en el artículo 2° del decreto 3664 de 1986 (cuaderno 2,  fs. 298 y cuaderno 3, fs. 217 y 361).   

          En  razón de la apelación interpuesta y la consulta que legalmente  debía  surtirse sobre la preclusión parcial de la investigación, la Unidad de  Fiscalía  ante  el Tribunal Nacional hizo la calificación de segunda instancia  el  21  de  febrero  de  1995,  conforme  con  la  cual se revoca la resolución  preclusiva  adoptada  en  favor  de la procesada MYRIAM CONCEPCIÓN BAYONA TORO,  además  se  modifica  y aclara la decisión de primer grado para determinar que  todos  los  procesados  debían  responder  en  juicio como coautores (ninguno a  título  de cómplice) de los delitos de concierto para  delinquir,  secuestro  de medios de transporte colectivo terrestre, doble acceso  carnal  violento,  agravado,  acto  sexual  violento  agravado,  múltiple hurto  calificado-agravado   y   porte   ilegal   de   armas   de   fuego   de  defensa  personal.  De igual modo, se mantuvo la agravante  como  promotor  en  relación  con EDUARDO HURTADO GÓMEZ y la acusación por la  “conservación  de  municiones  de uso privativo” exclusivamente en cuanto a  HUGO   CÉSAR  BAQUERO  ESPINOSA  (cuaderno  segunda  instancia  Fiscalía,  fs.  43).   

          Asumió  el  conocimiento  del  juicio  un  juzgado regional de esta  capital  y lo abrió a pruebas, pero en su curso hubo de separarse la actuación  procesal  relacionada  con  MYRIAM  CONCEPCIÓN  BAYONA  TORO,  quien  solicitó  sentencia  anticipada,  se  hizo  la  respectiva  diligencia  y fue condenada en  primera  y segunda instancia a la pena principal de dieciocho (18) años y nueve  (9)  meses  de  prisión  y multa equivalente a veintiún (21) salarios mínimos  legales mensuales (cuaderno 3, fs. 480, 491, 533 y 535).   

          Por  medio  de  auto  fechado  el 19 de julio de 1995, se acumuló a  esta  causa  la  que paralelamente se adelantada en el Juzgado Veinticinco Penal  del  Circuito,  por el delito de hurto calificado-agravado, en relación con los  procesados  YAMID GUALTEROS VILLABA y GERMÁN GUALTEROS RODRÍGUEZ (idem, fs. 677).   

          Vencido  el  término  probatorio  de  la  causa,  por medio de auto  fechado  el  12  de  octubre  de  1995,  el  juez  regional  hizo citación para  sentencia,  de conformidad con los artículos 4° del decreto 2271 de 1991 y 1°  del decreto 1156 de 1992 (cuaderno 4, fs. 109).   

          Se  dictó  sentencia de primer grado el 27 de marzo de 1996, a cuyo  tenor  el  juez  de  conocimiento  condenó  a  LUIS FELIPE GARCÍA LEGUIZAMÓN,  EDUARDO,  JULIO  FERNANDO y MANUEL ALFONSO HURTADO GÓMEZ a la pena principal de  22  años  y  6  meses  de  prisión y multa en cuantía de 25 salarios mínimos  legales   mensuales,   como   coautores   de   los   delitos   de   secuestro  de  medios  de  transporte colectivo terrestre, concierto  para  delinquir,  doble  acceso carnal violento, acto sexual violento, múltiple  hurto   y  porte  ilegal  de  arma  de  fuego  de  defensa  personal;  a  HUGO  CÉSAR BAQUERO ESPINOSA le impuso 23 años de prisión y  multa  por  valor  de  27  salarios,  en  razón de los mismos hechos punibles y  adicionalmente  por  el  de  “porte  ilegal  de  armas de uso privativo de las  fuerzas  armadas”;  a YAMID GUALTEROS VILLALBA le fijó 23 años de prisión y  multa  de  29  salarios  mínimos  como  coautor  de  los  delitos  inicialmente  enunciados  y  por  el injusto de hurto calificado-agravado previsto en la causa  acumulada;  a  GERMÁN  GUALTEROS  RODRÍGUEZ  le  determinó  ocho (8) años de  prisión  como  responsable  de  los delitos de concierto para delinquir y hurto  calificado-agravado,     este     último     correspondiente     al     proceso  acumulado.   

          En  el mismo fallo se absuelve a GERMÁN GUALTEROS RODRÍGUEZ de los  demás  injustos  que le habían sido deducidos en la acusación por el caso del  “bus ejecutivo” (cuaderno 4, fs. 271).   

          Examinada  la  sentencia  en  sede  de  apelación,  por obra de los  recursos  interpuestos,  el  Tribunal  Nacional  decidió revocar la absolución  tributada   a  GERMÁN  GUALTEROS  RODRÍGUEZ  por  el  delito  de  porte  ilegal  de  arma  de  fuego  de  defensa personal;  aclaró que, en el “caso del bus ejecutivo”, se trataba de un  único  delito  de  hurto  calificado-agravado,  a  pesar de la multiplicidad de  víctimas,   y   como   consecuencia   de  tales  determinaciones  modificó  el  quantum  de  las penas en el  siguiente  sentido:   LUIS  FELIPE  GARCÍA  LEGUIZAMÓN,  MANUEL y EDUARDO  HURTADO  GÓMEZ  quedaron condenados a la pena principal de 22 años de prisión  y  multa  en  cuantía de 25 salarios mínimos legales mensuales; JULIO FERNANDO  HURTADO  GÓMEZ  a 21 años de prisión y multa por valor de 25 salarios; a HUGO  CÉSAR  BAQUERO  ESPINOSA 23 años de prisión y multa equivalente a 25 salarios  mínimos;   y   a   GERMÁN   GUALTEROS   RODRÍGUEZ   8  años  y  6  meses  de  prisión.   

          De  igual  manera,  el  Tribunal modificó la previsiones de primera  instancia  en  relación  con  la  cuantía  de  los perjuicios, sobre todo para  indicar  que no existía concreción en cuanto a los daños materiales irrogados  a  las  víctimas  del  atentado patrimonial, rubro que entonces se revocó para  dejar   libre   la  vía  civil  a  los  perjudicados  (cuaderno  Tribunal,  fs.  51).   

          A  pesar  de  que  en  interés  de  los  siete  (7)  condenados  se  interpusieron   sendos   recursos   extraordinarios   de   casación,  solamente  presentaron  la  respectiva  demanda  los  defensores  de MANUEL ALFONSO HURTADO  GÓMEZ  (fs.  180),  LUIS  FELIPE GARCÍA LEGUIZAMÓN (fs. 217), EDUARDO HURTADO  GÓMEZ  (fs. 256), JULIO FERNANDO HURTADO GÓMEZ (fs. 280) y HUGO CÉSAR BAQUERO  ESPINOSA  (fs.  317).   En  relación  con  los recurrentes YAMID GUALTEROS  VILLALBA  y  GERMÁN  GUALTEROS  RODRÍGUEZ,  como  no  se  presentó el escrito  correspondiente,  el  Tribunal  declaró  desierto  el  recurso  (fs. 334, 357 y  414).   

LAS DEMANDAS  

          Se  advierte  en los cinco (5) escritos presentados una comunidad en  relación  con  el  cargo único, la clase de violación a la ley que se repara,  el  sentido  de  la  misma  y  en  algunas  de  ellas  también  identidad en el  desarrollo  de  la  argumentación,  así  como  en la petición final, hasta el  punto  que  entre  las  tres  (3)  primeras,  por  un  lado, y entre las dos (2)  últimas,  por  el  otro,  bien  puede  observarse la misma forma de redacción,  salvo  ligeros  agregados  que no comprometen la sustancia de lo alegado, seguro  porque  hubo  coincidencia  en  la  selección fáctica y jurídica del agravio,  amén  de  que  dos (2) de los profesionales defensores son comunes a cuatro (4)  de   los   procesados.    De  modo  que,  sin  perjuicio  de  resaltar  los  interesantes  matices  en  la  fundamentación de los dos bloques de demandas (3  primeras   y   2   últimas),   la   Corte  las  resumirá  en  un  solo  texto,  así:   

          El  cargo  único  se  presenta  al  amparo  de la causal primera de  casación,  consistente  en  una  supuesta  violación  directa   de  la  ley  sustancial,  por  aplicación  indebida del artículo 28 del  decreto  180  de  1988,  mantenido como legislación permanente por el artículo  4°  del  decreto  2266  de  1991,  que  prevé  el  delito  de  “secuestro    de    aeronaves,   naves   o   medios   de   transporte  colectivo”.   De  manera consecuente, todos los  demandantes     son    contestes    en    solicitar    que    se    absuelva a sus prohijados de la acusación  por el mencionado hecho punible.   

          Explican  los  censores  que,  tal como lo reflejan las pruebas y lo  admiten  también los falladores de instancia, el propósito criminal concertado  fue  el apoderarse de las pertenencias de los pasajeros del bus ejecutivo y, una  vez  en  su interior, quizá el de satisfacer depravados apetitos sexuales, pero  en  manera  alguna  estaba  dentro  de este objetivo común “la retención del  automotor  como  conducta  autónoma  y aislada”, dado que tal manutención de  nada les serviría a su propósito lucrativo (fs. 191).   

          En   la   legislación   colombiana   existen  muchos  delitos  cuya  ejecución  de  suyo  comporta  una  limitación  de la libertad personal de las  víctimas,  tales como los que afectan la libertad y el honor sexual o la vida e  integridad   personal,   y   no   por  ello  puede  predicarse  el  concurso  de  delitos.   Así  pues,  en  el  caso estudiado el registro y despojo de las  pertenencias  de cerca de cuarenta (40) pasajeros, a una hora en que el tráfico  fluye   más   rápidamente   (las  11  de  la  noche),  implicaba  necesariamente   el   apoderamiento   del  control  del vehículo y el desvío de su ruta, pues se corría el riesgo de que  el  automotor  llegara a su destino sin que los asaltantes hubiesen terminado su  labor de apoderamiento.   

          El  hecho  de  que  la  reducción  de  las víctimas a un estado de  indefensión  (por  sí  sancionado  como  circunstancia  de  calificación  del  hurto),  hubiera  suscitado  en  los  victimarios la idea y decisión de atentar  contra   la   libertad   y   el  pudor  sexual  de  algunas  de  las  pasajeras,  “no  es  más  que  el  nacimiento  de  un  vínculo  ocasional  entre  la  decisión  inicial y la conducta adicionalmente realizada,  delitos  para  cuya consumación era absolutamente necesario mantener el dominio  del  vehículo  del servicio público”.  De modo  que,  si  el  sometimiento  de  las  víctimas  ya se previó como circunstancia  calificadora  del  delito  de  hurto  (art.  350,  num.  2°  C. P.), la condena  adicional  por  infracción al artículo 28 del decreto 180 de 1988 equivaldría  a una doble sanción (fs. 192).   

          Por  otra parte, para los demandantes es claro que el decreto 180 de  1988   sólo  puede  aplicarse  frente  a  hechos  punibles  que  comporten  una  “finalidad  terrorista”,  pues  así  se  desprende  de  la  sentencia  de  constitucionalidad parcial del  mencionado  decreto,  que se denominó por el Ejecutivo como “Estatuto para la  defensa de la democracia”.   

          Así  entonces,  “en  el hurto múltiple  que  se registro en el bus ejecutivo no estuvo presente la idea de secuestrar la  nave  (ni  con  fines  terroristas) sino que fue una circunstancia que resultaba  imprescindible   para   efectos   de   la   consumación  exitosa  del  designio  criminal” (fs. 193).   

          En  la  demanda  presentada  en  favor del procesado EDUARDO HURTADO  GÓMEZ  se  agrega  que  la  condena  adicional  por  el  delito  previsto en el  artículo  28 del decreto 180 de 1988 implica una violación del “principio  lógico  de no contradicción”  (sic),  según  el  cual para que un hecho ocurra “se  requiere  de  uno  previo  como  requisito sin el cual el siguiente evento no se  daría”.   De este modo, concluye el demandante  que  no  se podría atentar contra la libertad y el pudor sexual, además contra  el   patrimonio   económico,   si   previamente  no  se  hubiera  producido  el  apoderamiento   y   desvío  del  automotor,  pues  la  última  conducta  sólo  constituye     “el    delito    medio”  para  la consumación de aquellos hechos punibles efectivamente  queridos (fs. 269, 270 y 271).   

         

          Una  argumentación  adicional  se exhibe en las demandas formuladas  en  favor  de  los  procesados JULIO FERNANDO y EDUARDO HURTADO GÓMEZ.  Se  verá:   

          El  decreto  180  de  1988  se  expidió  con base en las facultades  dispuestas  en  el  decreto  1038  de  1984, a cuyo tenor se declaró turbado el  orden  público  y  en estado de sitio la nación, con la precisa motivación de  combatir  los  grupos  de  terroristas  y  narcotraficantes  que  amenazaban  la  estabilidad institucional.   

          Con  el  fin de desentrañar la teleología del decreto 180 de 1988,  el  actor  cita  la  providencia  del  22  de agosto de 1990 (M. P. Edgar  Saavedra  Rojas),  conforme  con la  cual   dicho   estatuto  crea  nuevos  tipos  penales  que  no  aparecen  en  la  codificación  ordinaria  y suspende las disposiciones de la ley común que sean  contrarias,  pero  reconoce  que  en relación con varios de los hechos punibles  allí   descritos   “se   presenta   un   verdadero  paralelismo,  entendiendo  esta  expresión  como  la  existencia  de  un  mismo  ilícito  previsto  simultáneamente  en  las  normas  ordinarias y de estado de  sitio,  en  ocasiones  con  una mayor riqueza descriptiva en la segunda, pero en  otras  repitiendo  la  descripción  de  la  conducta  típica  existente  en la  primera”.   

          La        mencionada       situación       de       “paralelismo”,   según   lo   dice   el  demandante,  se produce con la introducción del delito previsto en el artículo  28 del decreto 180 de 1988.   

          En  apoyo  de  su  tesis  cita  adicionalmente  el  auto  del  11 de  noviembre  de  1992, por medio del cual la Corte Suprema de Justicia resuelve un  conflicto  de  competencias  suscitado  entre  el  Juzgado  Penal de Circuito de  Chaparral  y  un  Juzgado  Regional  de  Santafé de Bogotá (M. P. Ricardo   Calvete   Rangel),  referido  a  “hechos  idénticos  a  los probados en la sentencia  acusada”  (fs. 296).  Se dice en la providencia  que  no es posible pregonar la tipificación del delito previsto en el artículo  28  del decreto 180 de 1988, y menos aún el concurso de éste con el injusto de  hurto  calificado-agravado,  cuando  “el asalto a los  ocupantes  del  automotor  no puede verse como un atentado contra la seguridad y  el  orden  público”,  esto  es,  un acto que por su  gravedad  o  extensión  haya  excedido  en daño “el  campo  de los delitos contra los particulares para perturbar simultáneamente la  vida  de  la comunidad y los intereses sociales” (fs.  296).   

          En  la  misma  decisión  se sostiene que, si bien no hay duda de la  desviación  violenta  del automotor de servicio público, ello sólo no bastaba  para  pregonar  la  figura  delictiva especial, pues claro está también que el  desvío  sólo  tuvo  por  finalidad  retirar  el  carro  de  la transitada vía  pública  y  de  este  modo  asegurar  el  éxito  de  la  empresa criminal y la  impunidad  de  sus  autores,  en  vista  de  que  el  único propósito criminal  establecido   era   el   de   “apoderarse   de  las  pertenencias  de  las  personas que casualmente se transportaban en el vehículo  de  servicio  público  que  cubría  la  ruta  para  la  fecha  y  hora  de los  hechos” (fs. 297).   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          El  procurador  Tercero  Delegado  en lo Penal propone a la Corte no  casar  la  sentencia impugnada y apoya su petición con argumentos que clasifica  en tres grandes temas, así:   

          1.   El  delito de “secuestro de aeronaves, naves o medios de  transporte  colectivo”,  introducido  por  el  artículo 28 del decreto 180 de  1988,  forma  parte  integrante del denominado “Estatuto para la Defensa de la  Democracia”  y  fue  expedido  con  base  en  las  facultades  extraordinarias  derivadas  del  decreto  1038  de  1984.   La  Corte  Suprema  de Justicia,  entonces  competente  en Sala Plena, hizo el control constitucional del estatuto  para  establecer  su  relación  material  con  los  motivos  que  originaron la  declaratoria  de  estado  de  sitio, además del respeto a las normas superiores  que  prevenían  el  desbordamiento de las restringidas facultades excepcionales  del Ejecutivo.   

         Sin  embargo,  con  la  expedición de la Constitución Política de  1991  y  la  expedición  de  los  decretos  que  convirtieron  en  legislación  permanente  varios  decretos  dictados  al amparo de las facultades de estado de  sitio,  desapareció  la  exigencia  de  ese  ligamen  entre  los  motivos de la  perturbación  pública  y  el  contenido  de  los  decretos, pues dichas normas  entonces,  como  lo  reconoce la Corte Constitucional posteriormente, entraron a  hacer  parte  del  orden  jurídico,  en  el  mismo  rango  de las demás normas  penales.   

         En  la  sentencia  C-283  de  1995,  la  Corte Constitucional admite  fenómenos  como el del narcotráfico, el terrorismo y la subversión pueden dar  lugar  a  una  perturbación extraordinaria del orden público y, por ende, a la  declaratoria  del  estado  de excepción, pero ello igualmente no obsta para que  dichas   conductas   puedan  ser  objeto  de  una  regulación  especial  en  la  legislación ordinaria o permanente.   

         Dentro  de  tal  perspectiva, si bien la figura del artículo 28 del  decreto  180  de  1988 nació vinculada implícitamente al “fin terrorista”,  por  cuanto el estatuto apuntaba a combatir la actividad terrorista de grupos de  narcotraficantes  y  guerrilleros,  a  partir  de la Constitución de 1991 y con  motivo  de  su  conversión,  el  delito  perdió  tal referente y se erigió en  “un  tipo autónomo de especial connotación ante la  realidad  de  ciertas  formas  de  delincuencia que, siendo habituales, ponen en  peligro  la  seguridad  pública,  independientemente  de  que a sus autores los  inspiren motivos terroristas”.   

         Ahora,  en  virtud  del  tránsito  constitucional  y legal, el tipo  penal  debe  examinarse  no  a la luz del ánimo terrorista del autor del hecho,  sino  del  propósito que éste tuvo de “perturbar la  seguridad  pública  a  través  de  un  comportamiento  generador de un peligro  común”.    Así   entonces,  se  llega  a  la  conclusión  de  que  el  Tribunal  no  erró  en  la  selección  de  la  norma  transgredida,   dado   que   “los   comportamientos  analizados,  si  bien  no  estuvieron  orientados  por una finalidad terrorista,  indiscutiblemente  resultan  violatorios  de  la  seguridad  y  la  tranquilidad  colectivas  y  generaron  zozobra en la comunidad, especialmente en los usuarios  del  servicio  de  transporte público.  La gravedad de los mismos excedió  la  integridad  de  los  derechos  particulares  para  vulnerar  en conjunto los  intereses    sociales,    perturbando   así   el   orden   público”.   

         El  Procurador  Delegado  recuerda  que la Corte Suprema de Justicia  -desde  otra perspectiva-, en las sentencias de casación del 26 de octubre y 25  de  noviembre  de  1999,  ha  concluido  que  la  conducta  de desviar medios de  transporte  colectivo  contiene  implícitamente una finalidad terrorista, en la  medida  que  perturba  la  tranquilidad  pública  y  le  quita  seguridad a los  usuarios.   

         2.   En  relación  con  la segunda proposición, atinente a la  falta  de  idoneidad  de  la conducta de los procesados para poner en peligro el  bien  jurídico  tutelado  en  la  norma  indebidamente  aplicada, el Procurador  advierte  la  falta  de fundamentación suficiente, pues, por lo menos, debieron  confrontarse  las razones del Tribunal sobre la antijuridicidad de las conductas  y  demostrar  simultáneamente  la  infracción  de las normas referidas a dicho  estrato del delito.   

         3.   Por  último,  el  Procurador  se  refiere  a la tesis del  concurso  aparente  de  tipos,  dado  que  supuestamente el desvío del medio de  transporte   colectivo   queda  subsumido  en  la  violencia  propia  del  hurto  calificado-agravado  o  en la de los delitos contra la libertad sexual.  En  este  punto,  el Ministerio Público resalta cómo los demandantes afirmaron que  el  apoderamiento  y  desvío  del  bus  de servicio ejecutivo era absolutamente  necesario  para la consumación de los delitos contra el patrimonio económico y  la  libertad sexual, pero echa de menos la demostración del carácter jurídico  de tal relación de necesidad.   

         Para  la  Procuraduría  es  claro  que  los  hechos  constituyen un  concurso  material o efectivo de delitos (no aparente), por cuanto las conductas  investigadas  se  subsumen  en  diferentes  tipos  penales  y  lesionaron bienes  jurídicos  también  diversos,  como son la autonomía personal y el patrimonio  económico.    Es   que   los   comportamientos  son  independientes  tanto  naturalística   como   jurídicamente,   por  cuanto  la  sustracción  de  las  pertenencias  de  los  pasajeros  se pudo haber llevado a cabo sin apoderase del  bus de servicio público, pues bastaba su inmovilización.   

         Concluye  el  Procurador  que  no  existe  la  “unidad de designio  criminal”  pregonada  por  los  actores,  pues  la  lesión  al interés de la  seguridad   pública  no  era  un  resultado  jurídicamente  inevitable  de  la  decisión  de  los  procesados  de  afectar  el  patrimonio  económico  de  los  pasajeros,  ni menos de conculcar la libertad sexual de las pasajeras que de tal  manera resultaron agraviadas.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         El  único  agravio  que  se  destaca a la sentencia impugnada, como  reclamo  unánime  de  los  demandantes,  es el de haber impuesto condena por el  delito  de “secuestro de aeronaves, naves o medios de transporte colectivo”,  previsto  en  el  artículo  28  del  decreto extraordinario 180 de 1988, fijado  posteriormente  con  vigencia permanente en el artículo 4° del decreto 2266 de  1991.   

         Aparece  correcta  la  selección de la causal primera de casación,  en  el  sentido  de violación directa, como vía escogida para atacar el fallo,  dado  que  se  postula  una  aplicación  indebida  de los mencionados preceptos  sustanciales,  pues  piensan  los  actores  en  la  atipicidad  de  la  conducta  consistente  en  el  apoderamiento  y desvío del automotor de servicio público  (C. P. P., art. 220, numeral 1°).   

         En  realidad,  la  aplicación indebida del artículo 28 del decreto  180    de    1988,    la   sustentan   los   impugnantes   en   los   siguientes  argumentos:   

         1.   La  historia  fidedigna  del  establecimiento de la norma,  según  la cual el “fin terrorista” era ingrediente subjetivo implícito del  tipo,  en vista de que el Estatuto para la defensa de la Democracia fue expedido  con  base  en  las facultades excepcionales del anterior instituto jurídico del  estado  de  sitio,  sólo  para conjurar las actividades terroristas desplegadas  por grupos armados de narcotraficantes y subversivos.   

         2.   La  falta  de  trascendencia  social  de  la  conducta  de  apoderamiento  y  desvío que se juzga en este caso, pues no desbordó la esfera  particular  de los pasajeros afectados en su patrimonio económico y la libertad  sexual,  razón por la cual no puede pregonarse que lesionó simultáneamente el  interés jurídico de la seguridad y tranquilidad públicas.   

         3.   El concurso aparente de tipos penales, en la medida que el  apoderamiento  y  desvío  del  vehículo  de servicio público era una conducta  necesaria  como medio   para  consumar  los  designios  de  apoderarse  de  los bienes ajenos y atentar contra la libertad sexual de algunas  pasajeras,  máxime  que  tanto  el  hurto  calificado  como el acceso o el acto  sexual  violentos  suponen  el  sometimiento de la libertad de actuación de las  víctimas.   

         No   es   necesario   acudir   a   refinados  argumentos  jurídicos  adicionales  para resolver sobre la legalidad de un fallo, después de constatar  la  huella  escrita  de  un  excelente desempeño de las autoridades policivas y  judiciales  que  intervinieron  en  la instrucción y juzgamiento de un caso que  llenó  de consternación no sólo a los habitantes de la capital, sino también  al  país  entero  que  por buen tiempo ha sentido el temor de la repetición de  hechos  tan absurdos, violentos y dañinos.  Mas, el regocijo cabe no sólo  por  la  eficacia  verificada  en  el  ejercicio  de la persecución penal, sino  también  ante la evidencia de que en hechos tan repugnantes (como en cualquiera  otro)  aquélla  puede  equilibrarse  perfectamente con el respeto inmaculado de  los  derechos  y  garantías  fundamentales  de  las personas sometidas al poder  punitivo del Estado.   

         Además,  pocas reflexiones se exigen ahora para resolver el recurso  planteado,  de  cara  al  completo  y  denso  estudio  hecho  por  la Sala en la  sentencia  del  26  de octubre de 1999, con ponencia del magistrado Carlos   Eduardo   Mejía   Escobar,  como  respuesta  a  unas  inquietudes  jurídicas  similares  ofrecidas con motivo del  apoderamiento  y  desvío  de  una  aeronave  con  su  tripulación  y siete (7)  pasajeros.   La  necesidad de argumentar adicionalmente, también se reduce  cuando  de  manera  anticipada  la  Corte  ha  de  reconocer y prohijar los bien  ponderados  juicios  del  concepto  ofrecido por el Procurador Tercero Delegado,  como  postura  sensata  diametralmente  opuesta  a  la  que el mismo funcionario  había   exhibido   en   el   parecer   previo  a  la  sentencia  que  antes  se  cita.   

         En efecto, se dijo en el mencionado fallo:   

         “…   la  Corte  no  quiere  desaprovechar  la  oportunidad  para  referirse  al  supuesto  paralelismo  normativo  existente  entre  el mencionado  artículo  4° del decreto 2266 de 1991 y el artículo 281 del Código Penal, en  desarrollo  y  cumplimiento  del alto fin que le concierne como máximo Tribunal  de   la  justicia  penal  a  nivel  de  la  unificación  de  la  jurisprudencia  nacional.   

         “Es  cierto  que el decreto 180 de 1988, dictado por el Presidente  de  la  República  en  desarrollo del decreto 1038 de 1984, mediante el cual se  declaró  turbado  el  orden  público  y  en estado de sitio todo el territorio  nacional,   tuvo   como   propósito   enfrentar   la  situación  de  violencia  generalizada   que   atravesaba  el  país  y  de  ataques  premeditados  a  las  instituciones  democráticas  a  través  del auge de acciones terroristas de la  delincuencia organizada.   

         “Y  resulta  claro  en tal medida que la viabilidad de adecuar una  conducta  a uno de los tipos descritos en el decreto 180, cuando también cabía  en  un  tipo  ordinario  del  Código  Penal,  surgía de la relación directa o  indirecta  con  los  propósitos  para  los  cuales fue expedida la legislación  excepcional.   Fue  esta la consideración que llevó a concluir, en varios  casos,  que coexistían normas ordinarias y excepcionales referidas en principio  a  la  misma  conducta y que la aplicación de una u otra, con las consecuencias  obvias  a nivel de competencia y procedimiento, dependía de si afectaba o no el  orden público que se buscaba restablecer.   

         “Es  entonces  el  decreto  180  y en general todos los que se han  dictado  bajo  las facultades que confiere el artículo 121 de la Carta a partir  de  entonces  -señaló  la Sala en otra oportunidad-, el remedio extraordinario  que  el  Ejecutivo  ha  buscado  ante  el  fracaso  de  las  previsiones  de  la  legislación  ordinaria;  y  siendo  ésta la motivación política y social que  justificó  la  declaratoria  del  estado  de  sitio  es  de  absoluta necesidad  concluir  que  existiendo  normas  paralelas  sólo podrán ser aplicadas las de  estado  de  sitio  cuando  las conductas efectivamente afecten el orden público  que  se  pretende  proteger  de manera extraordinaria, porque cuando se trata de  violaciones  normales  al  orden  jurídico, como consecuencia de lo que podría  denominarse  criminalidad  convencional,  es  apenas natural que se recurra a la  legislación  ordinaria,  porque  proceder  de  otra manera sería desconocer el  querer  del  legislador,  que  concibió  tal  legislación excepcional sólo en  razón  de  las  consideraciones antecedentemente transcritas y se desconocería  también  de  contera  la  jurisprudencia  constitucional  de la Corte de manera  indirecta,  en  cuanto  se  le  estaría  dando  viabilidad  jurídica  a normas  extraordinarias  para  solucionar  o sancionar casos y conductas que nada tienen  que  ver  con  los  motivos  de perturbación y que no afectan en mayor grado el  orden  público,  debiéndose entender éste, dentro de la concepción política  que  de él tuvo el Ejecutivo para justificar la expedición del decreto 1038 de  1984”  (Sentencia  de  agosto  22  de  1990.   M.  P.  Dr. Edgar Saavedra  Rojas).   

         “Si   era   natural,   entonces,   que   la  aplicabilidad  de  la  normatividad  contenida  en  el decreto 180 de 1988 estaba sujeta a la relación  directa  o  indirecta con las causas que originaron el estado de sitio, la misma  quedó  rota  al  cambiar  la  fuente  formal  de  validez  de las normas de ese  estatuto  que  se adoptaron como legislación permanente mediante la expedición  del  decreto 2266 de 1991, proferido en desarrollo del artículo 8° transitorio  de  la  Constitución Nacional vigente.  Tal fue la óptica de análisis de  la  Corte Constitucional al determinar su competencia para realizar el juicio de  constitucionalidad  al  artículo  1°  del  decreto  1895  de  1989  (declarado  exequible  por  la  Corte Suprema de Justicia mediante sentencia de octubre 3 de  1989),  acogido  como  permanente  por  el  artículo  10°  del decreto 2266 de  1991.  Señaló la corporación:   

         “Es  de  anotar que aunque la redacción de los artículos 1° del  decreto  1895  y  10 del decreto 2266 de 1991 es, por razón de la subrogación,  idéntica,  y  de  que  fue el mismo texto transitorio el que se incorporó a la  legislación  permanente,  sin  embargo,  en  razón  de las fuentes formales de  validez, las normas son diferentes, como enseguida se explica.   

         “En  efecto,  cuando  el decreto 1895 de 1989 fue examinado por la  Corte  Suprema  de Justicia, en ejercicio del control automático previsto en el  artículo  121  de  la Constitución de 1986, entonces vigente, esa Corporación  lo  declaró  constitucional,  mediante sentencia del 3 de octubre de 1989, pero  bajo   el   entendido   de  que  las  ‘actividades    delictivas’  allí  mencionadas  eran  únicamente  el  narcotráfico y delitos  conexos,  pues  la  articulación  existente  entre el decreto y los motivos que  llevaron  a  la  declaratoria  del  estado  de  sitio  así  lo  exigían.   Posteriormente,  al  haber  sido  demandado  ante la Corte Constitucional, entre  otros,  el  artículo  10°  del  decreto  2266  de  1991,  esta Corporación lo  declaró   exequible   (sentencia   C-127/93,  M.  P.  Dr.  Alejandro  Martínez  Caballero),   e   hizo   la   aclaración  de  que  la  expresión  ‘de   una   u  otra  forma’,  debe  entenderse  como  incremento  patrimonial  no  justificado,  derivado  de actividades delictivas, ‘en  cualquier  forma que se presenten  éstas’.   Es decir,  que  ya  no  se limitaría al delito de narcotráfico y conexos sino a cualquier  otro”  (Corte  Constitucional,  Sentencia  C-319/96.  M. P. Dr. Vladimiro  Naranjo Mesa).   

         “La  conclusión del Ministerio Público, entonces, atinente a que  las  normas  del decreto 180 de 1988 adoptadas como legislación permanente, son  aplicables    ‘a   los  comportamiento   ejecutados  por  bandas  delicuenciales  de  narcotraficante  o  guerrilleros’,   no  es  admisible  a  juicio  de  la Sala.  Es verdad que las causas materiales que  originaron  en 1984 la declaratoria del estado de sitio se mantenían al momento  de  la  expedición  de  la  nueva  Constitución  y  siguen  siendo parte de la  realidad  nacional,  pero  no  lo es que el marco de aplicabilidad de las normas  excepcionales,  a partir de su incorporación a la legislación permanente, siga  conectado  con  los  motivos que condujeron al Ejecutivo a dicha declaratoria de  perturbación del orden público.   

         “En  tal  dimensión, aún aceptado que las normas del decreto 180  tenían  como  orientación  exclusiva  la  de  contrarrestar  a la delincuencia  organizada  (narcotráfico  y  guerrilla),  las  circunstancias de análisis han  variado,  por efecto del cambio de la fuente formal de validez de las que fueron  adoptadas   como   legislación  permanente  por  virtud  del  decreto  2266  de  1991.   Por  ende, sustituida la causa de su origen, varían los contenidos  de la interpretación.   

         “No  obsta  lo  precedente  para señalar que aún en vigencia del  estado  de  sitio,  a  partir de las causas originales que lo fundamentaron y de  las   sobrevinientes   que   motivaron   la  expedición  del  decreto  180,  la  jurisprudencia  de  la Corte no condicionó la aplicación de ésta normatividad  a  que  las  conductas  estuvieran  ligadas  de manera directa o indirecta a las  actividades   del   narcotráfico   o   de   la   guerrilla.   Bastaba  que  el  comportamiento,  como  específicamente  sucedía  frente  a  las  conductas que no incluían el ánimo terrorista como elemento de  la  descripción típica, tuviera trascendencia en el orden público.   Así  fue  la conclusión, por ejemplo, frente al delito de  amenazas  personales  o  familiares (art. 26 D. 180/88), en relación el cual se  sostuvo  y  se  sostiene  como presupuesto de aplicabilidad, la circunstancia de  que  trasciendan la esfera meramente individual o privada y se afecten intereses  colectivos.   

         “El  estatuto  180  que  contiene ese artículo 26 -dijo la Sala-,  fue  expedido  para  contrarrestar  la  grave  e  inmensa  alteración del orden  público:    dentro   de   esa  realidad  y  a  través  de  esa  dinámica  socio-política  hay  que  examinar  toda  esa  normatividad  de  excepción,  y  entonces,  ahí  sí  aparece  explicable  y acertado sostener, como lo ha hecho  esta  Sala  (autos de 6 de diciembre de 1988 y 29 de marzo de 1989, entre otros)  que  únicamente  encajan en el citado artículo 26 las amenazas que trasciendan  de   algún   modo   la   esfera   meramente  personal  o  privada,  y,  en  ese  desbordamiento,  alcance  a  afectar  intereses sociales o de más amplitud, que  pongan  en  peligro  o  perturben  la vida en común o social de los coasociados  (pocos  o  muchos)  y no de individualidades aisladas.  En otras palabraas,  es  con  base  en  sus  efectos,  y  no  sólo  en consideración a la persona o  personas  objeto  de  la  amenaza,  como  se  debe dilucidar la naturaleza de la  misma,  aunque  obviamente  la  calidad  o  carácter  que tenga el amenazado en  ocasiones  influye  en  los  efectos  de  ésta”  (Sentencia  de  mayo  18  de  1989.  M. P. Dr. Guillermo Duque Ruiz).   

         “De  otra  parte,  en  lo  atinente  al  delito  de fabricación y  tráfico  de  armas y municiones de uso privativo de las fuerzas militares (art.  13  del  decreto 180), y de otras conductas relacionadas en ese estatuto, según  lo  admitió  la  Sala  en  otra  oportunidad, por sí  mismas   ‘entrañan  una  ataque  más  directo, más inmediato, más fuerte a  las  instituciones’,  …  ‘un  especial ataque a la  seguridad       o       a       la       tranquilidad      públicas’,    y    fue    ello   ‘lo   que   llevó   al  legislador  a  tipificarlas  con más estricta penalidad independientemente de los fines que se  buscaran  en  ellas”  (Sentencia  de  julio  9  de 1990.  M. P. Dr. Edgar  Saavedra Rojas).   

         “Frente  al  delito  de  secuestro de aeronaves, naves o medios de  transporte  colectivo  (art.  28  del  decreto  180),  las  consideraciones  son  similares.    En   su   redacción   no  fue  incluido  ningún  propósito  específico  del  agente  como elemento configurador del tipo penal, pero no por  ello   es   sostenible   que  el  legislador  extraordinario  hizo  depender  la  configuración  de  la  conducta  de la existencia de un nexo con actividades de  una  especial  delincuencia  organizada, en particular del narcotráfico o de la  guerrilla.   La  trascendencia  que  en  materia  de  seguridad  pública y  colectiva  contenía la acción, sin embargo, quedaba implícita en la norma, en  la  medida  de  la correspondencia entre la naturaleza de la conducta descrita y  el  ámbito  de la prohibición.  Usar violencia,  amenazas  o  maniobras  engañosas  para  apoderarse,  alterar  el  itinerario o  ejercer  el  control, de una nave, de una aeronave, o de cualquier otro medio de  transporte   colectivo,   es   una   conducta  que  necesariamente  perturba  la  tranquilidad   y   la  paz  sociales  y  lleva  a  todos,  gente  del  común  y  funcionarios,  a  un estado de zozobra y gran tensión, que naturalmente sumen a  la  población  en  el terror.  Una conducta como la descrita por la norma,  es  innegable,  perturba  significativamente  el  orden público, resquebraja la  confianza  de la ciudadanía en sus medios de transporte colectivos y siembra en  el  conciente  colectivo la virtualidad del miedo como una asechanza permanente,  que la afecta hondamente en tanto la perturba.   

         “Quién niega  la  trascendencia social del secuestro de un avión con fines económicos.   O  el  de  un  bus de servicio público que es desviado de su ruta, mientras sus  ocupantes  son  sometidos mediante la violencia, independientemente de los fines  buscados  por los agresores.  Esas conductas afectan la sensibilidad social  y  son altamente perturbadoras del orden público.  Bajo esta óptica hacer  la  diferenciación  entre  delincuencia  común y delincuencia organizada, para  concluir  que  sólo  a  ésta  le  es  imputable el delito del artículo 28 del  decreto  180,  es  seguir  planteando  que sólo el narcotráfico y la guerrilla  producen  daño  de  esta dimensión.  El disvalor de la conducta de uno de  estos  últimos grupos que se apodera de una nave o aeronave o de cualquier otro  medio  de transporte colectivo, para el desarrollo de sus actividades (puede ser  simplemente  la  consecución  de dinero para financiarse), en especial bajo una  confusión  como  la  del país, donde en no pocas oportunidades el origen y las  finalidades  de  los  actos  delicuenciales  se  presentan  ocultos,  no deja de  asemejarse  a  la  de  otro grupo de personas que se conciertan para efectuar la  misma  acción.   En  uno  y  otro  caso  se genera zozobra social y terror  general en la población.   

“Este  fue  el  resultado  que dentro del  sistema  produjo  la consideración del legislador extraordinario al elaborar la  descripción  típica  del  artículo 28 del decreto 180.  Por sí misma la  conducta  representaba  un  grave  ataque  a  la  seguridad  y a la tranquilidad  públicas  y  en tal medida resultaba inclusive desafortunado limitar su alcance  a  un  fin  determinado  buscado  por el autor.  Antes de la vigencia de la  nueva  Constitución, entonces, para que se configurara dicho tipo penal bastaba  que  el  agente,  con  independencia del fin perseguido, realizara alguna de las  conductas  relacionadas  en la norma.  E idéntica es la solución frente a  la  vigencia  del  decreto  2266  de  1991,  por  el  cual se adoptó como norma  permanente   el  comentado  artículo  28  del  decreto  180,  especialmente  en  atención  al  cambio  de  la  fuente  de validez de la norma que, como se dijo,  desliga  su análisis de los motivos originales que condujeron a la declaratoria  del  estado  de  sitio  en  1984,  como  de los sobrevinientes que llevaron a la  expedición del denominado estatuto antiterrorista.   

         “Como  corolario  de  lo dicho debe sostenerse que el artículo 28  del  decreto  180  de 1988 suspendió en su momento la vigencia de los artículo  281  y 282 del Código Penal y posteriormente los derogó, al ser acogido dentro  de  la legislación permanente, en desarrollo del artículo 8° transitorio dela  Constitución     Nacional”     (Radicado     N°    10.425.     Se    ha  subrayado).   

         Resta  decir que el artículo 26 del Código Penal, cuando regula el  instituto     del     “concurso     de    hechos  punibles”,  se  refiere  a los vocablos “acción u  omisión”  y  “acciones  u  omisiones”,  pero  no  brinda  ni  poseemos un  concepto natural de conducta,  que  facilite  distinguir  cuando  se  está  en presencia de un solo hecho o de  varios hechos y, por ende, de un delito o de múltiples delitos.   

         Sin  embargo, la unidad o pluralidad de delitos depende de un examen  particular   de   la   descripción   típica   de   los   hechos  punibles,  la  interpretación  del respectivo tipo penal de la parte especial, la relación en  la  que  se  encuentran  los tipos real o aparentemente concurrentes y el bien o  los bienes jurídicos comprometidos.    

         Así,  en  el  caso  examinado,  es cierto que delitos como el hurto  calificado  y  el  acceso  o el abuso sexual violento afectan de alguna manera y  momentáneamente  la  libertad  de  actuar  de  las  víctimas,  pero  cuando la  afección  adquiere  tal  intensidad que se prolonga por un tiempo aproximado de  cuatro  (4)  horas  y  se extiende inmisericordemente sobre un grupo de personas  (40)  que  viaja en un autobús de servicio colectivo, constantemente amenazadas  y  sojuzgadas  por  las  armas  de  sus agresores, mediante la suplantación del  control  y la ruta del automotor, sin duda el comportamiento inicial de hurtar o  violar  sexualmente  se  adiciona  gravemente  con  ese paseo macabro y lleno de  incertidumbres  respecto  de  la vida, integridad física y la libertad en todas  sus  dimensiones,  comportamiento  que  en  entidad  nociva  trasciende el daño  individualizado  al  patrimonio  y la libertad sexual para avanzar al detrimento  de   la   autonomía  personal  colectiva.   

         Para   hurtar  o  violentar  sexualmente  a  las  víctimas  bastaba  inmovilizarlas  o  reducirlas  a  la  impotencia  en  un  lugar escogido por los  delincuentes,  pero  en  manera  alguna  era  necesario tomar el bus atestado de  pasajeros,  a  una hora en que es más aguda la desprotección (11 de la noche),  desviarlo  de su itinerario y someterlos a todos a un recorrido sobrecogedor por  lugares  o  barrios  de  los  distintos  puntos  cardinales  de la ciudad, hasta  cometer  la  osadía  de  asegurarse  en el mismo recinto móvil el despojo y la  repartición  equitativa  entre los asaltantes de todos los objetos de valor que  portaban  los  asustadizos  ocupantes,  así  como  la  de  procurarse  el mismo  automotor  como  lugar  no  arriesgado  para  llevar  a  cabo  los  ignominiosos  atentados  carnales  contra  tres  damas, sin importar la presencia obvia de los  demás  pasajeros  y  con  el  regocijo  del  resto  de delincuentes que aún no  estaban  en  turno  para  el  repudiable acto, todo lo cual constituye un cuadro  diferencial  porque  fáctica  y  jurídicamente  se  está  en  presencia de un  concurso material de delitos.   

         La  necesidad de  un  acto  en  relación  con otro, argumento aducido para proclamar la unidad de  delito,  no  la  demanda la realización cómoda de los delitos sino la reunión  legal  de  los hechos en un solo acto de desaprobación jurídica, pues, ni más  faltaba,  que  a la afrenta que los delincuentes le infirieron a las víctimas y  la  sociedad,  se  venga  agregar  una  ingenua  interpretación  que provea una  paradójica  legitimación  de modalidades comportamentales graves y adicionales  que  se acomodan perfectamente al tipo penal de “secuestro de aeronaves, naves  o  medios  de  transporte  colectivo”,  sin desvertebrar por ello los tipos de  hurto  calificado  y  acceso  o  acto  carnal  violento,  pues  para  éstos era  suficiente  el amedrentamiento procurado con las armas y la fuerza desplegada al  momento de su consumación.   

         Importante  resulta  destacar,  por  último,  que también desde el  punto  de  vista  subjetivo  existió  la concurrencia del delito previsto en el  artículo  28  del  decreto 180 de 1988, pues, como lo admite el procesado YAMID  GUALTEROS  VILLALBA, él fue contactado por el jefe de la banda precisamente por  su  oficio  de  conductor,  y  una vez detuvieron la marcha del automotor, se le  ordenó   que   tomara   el   mando  del  mismo.   En  otras  palabras,  el  apoderamiento  y  desvío  del  vehículo  de servicio colectivo también estaba  previsto  como conducta independiente en el plan delictivo y de ahí el concurso  de hechos punibles.   

         Como  colofón  de  estas  reflexiones,  la Sala decidirá que no ha  lugar a los reparos presentados.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

         No  casar  la sentencia de fecha, origen y contenido indicados en la  motivación.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

No hay firma  

FERNANDO    ARBOLEDA   RIPOLL          JORGE ENRIQUE  CÓRDOBA     POVEDA                       

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                  JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                  CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN         NILSON PINILLA  PINILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria.    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *