14035(31-10-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14035  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado ponente:  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No.  133  

          Bogotá,  D.C.,  treinta  y  uno  (31)  de  octubre  de dos mil dos  (2002).   

         Decide la Corte el recurso de casación  interpuesto  en  defensa  de  RODRIGO DE JESÚS RÍOS  PÉREZ  contra  la  sentencia  de  fecha agosto 29 de  1997,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior de Medellín  confirmó la  dictada  por  el  Jugado  10º  Penal  del  Circuito de esa misma ciudad, que lo  condenó  a  la  pena principal de ocho (8) años y cuatro (4) meses de prisión  como  autor del delito de homicidio, cometido en la circunstancia prevista en el  artículo 60 del anterior Código Penal.   

HECHOS  

         En  los  fallos de instancia se reseña  que  el  31 de octubre de 1987 contrajeron matrimonio católico Didier de Jesús  Rico  Mazo  y  Martha Lucía Ríos Castrillón, quienes con el consentimiento de  RODRIGO    DE   JESÚS   RÍOS   PÉREZ,  progenitor  de  ésta última, construyeron un apartamento en el  segundo  piso de la casa de propiedad del citado, ubicada en el barrio Alejandro  Echavarría de la ciudad de Medellín.   

          Los  primeros  cuatro  años  se  desarrolló  en  completa  armonía  la  vida en común de la pareja,  período  en  el que procrearon a la menor Vanessa Rico Ríos. Transcurrido este  tiempo  la  situación  cambió radicalmente, pues con inusitada frecuencia Rico  Mazo  ultrajaba  de  palabra y obra a su mujer, aún en presencia de parientes y  vecinos.   También  se  sustrajo  a  sus  obligaciones  de esposo y padre,  inclusive,  abandonó  de  manera  definitiva el hogar y no obstante la vigencia  del  vínculo  matrimonial  aprovechó  esta  separación de hecho para contraer  nupcias  por  el  rito  civil  en  el año de 1991 con Hilda Victoria Gutiérrez  Lenis,  y  después  en  1994,  con  Hilda  Beatriz  Castro  Guarín,  con quien  convivía  para la fecha de los sucesos en una residencia del barrio El Salvador  de la ciudad de Medellín.   

       A  pesar  de  lo  anterior, Rico Mazo continuaba  visitando  a  Martha  Lucía,  con  quien de nuevo sostuvo relaciones sexuales y  concibieron un segundo hijo.     

       Esta  era la situación cuando en la mañana del  30  de  enero  de  1996,  Martha  Lucía  quiso comunicarse telefónicamente con  Didier  para  reclamarle  el dinero necesario para la compra de algunos útiles,  sin  embargo,  la  llamada  fue  respondida  por Hilda Beatriz y se presentó el  natural  altercado.   Tal hecho mortificó al mencionado, quien se dirigió  entonces  a  la  casa de su primera esposa para ultrajarla.  La progenitora  de  la  ofendida  enteró  de  lo  acontecido  al  padre  de  ésta,  de  nombre  RODRIGO  DE  JESÚS  RÍOS  PÉREZ,  dedicado  para ese  entonces  a  labores  de albañilería en el barrio Santa Cruz, que abandonó de  inmediato  para  dirigirse  a  su  residencia  y  aunque para ese momento Didier  había  abandonado el lugar, en diálogo telefónico con él le exigió respeto,  pero  además,  que  en lo sucesivo se abstuviera de hacer escándalos, a lo que  el  último  se limitó a responder:  “si  ya  subió el varón de la casa, espéreme”.     

          Rico   Mazo  obtuvo  entonces  en  préstamo  una  motocicleta  en  la  que arribó a la morada de su  suegro,  quien le esperaba en la vía pública, donde este último lo atacó con  un  cuchillo  ocasionándole  las  heridas que determinaron su deceso durante el  traslado    al    centro    asistencial    donde   iba   a   recibir   atención  médica.   

ACTUACION  PROCESAL   

          1.   Con  fundamento  en  los  resultados  de  las diligencias  previas,  la  Fiscalía  Seccional  de  Medellín  decretó  la  apertura  de la  investigación  en  providencia  de  febrero  1º  de  1996,  vinculó  mediante  indagatoria   al  imputado  RÍOS  PÉREZ,  a  quien  liberó en forma inmediata para resolver su situación  jurídica  el 1º de marzo siguiente, afectándolo con detención preventiva sin  beneficio  de excarcelación por el delito de homicidio.  El 29 de mayo del  mismo  año la Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá  confirmó  el  anterior  pronunciamiento  al  resolver  el recurso de apelación  interpuesto por el defensor.   

          El  12  de  agosto de 1996, la Fiscalía 123 Seccional de Medellín  calificó  el mérito probatorio del sumario con resolución de acusación en la  que  imputó  al  sindicado  RICO PÉREZ la  autoría  del  delito  deducido  en la medida de aseguramiento,  agravado  de  conformidad  con  los  numerales  1º  y 2º del artículo 324 del  anterior Código Penal, modificado por la Ley 40 de 1993.   

          2.   El Juzgado 10 Penal del Circuito de Medellín celebró la  audiencia  pública  y en fallo de fecha marzo 10 de 1997, condenó al procesado  RÍOS  PÉREZ  a  la  pena  principal  de  ocho  (8) años y cuatro (4) meses como autor del delito de   homicidio  simple  atenuado  por  la  ira,  de  conformidad  con el artículo 60  ibídem.   Apelada  la sentencia por el defensor y el Agente del Ministerio  Público,  el Tribunal Superior de Medellín la confirmó el agosto 29 siguiente  con   la  modificación  en  el  sentido  de  fijar  la  sanción  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  en  el  mismo  lapso de la  privativa de la libertad.   

LA  DEMANDA   

          Cargo  único.   

         Al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo  segundo del artículo 220 del Código de Procedimiento Penal  por  entonces  vigente,  el  libelista  acusa la sentencia impugnada de resultar  violatoria  en  forma  indirecta  de  la  ley sustancial como consecuencia de un  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  por razón del cual no fue  reconocida  la  causal  de  inculpabilidad  definida en el artículo 40, numeral  2º, del anterior estatuto punitivo.   

          En   el  desarrollo  del  reparo  el  demandante  aduce  en  primer  término,  que  los  juzgadores  apreciaron de manera parcial los testimonios de  cargo  rendidos  por César Augusto Otálvaro y Margarita del Socorro Cardona de  Giraldo,  pues  tuvieron  en  cuenta  sólo  los  aspectos  que comprometían al  sindicado  y  desconocieron aquellos otros que conducían a la desestimación de  sus versiones.   

         Para  sustentar  tal  aserto  confronta  apartes  del  relato  del  primero  de  los  mencionados  deponentes  en las dos  oportunidades  en  las  que  concurrió  al proceso, destaca sus contradicciones  sobre  las  circunstancias  que  mediaron  en  el  encuentro  del sindicado y la  víctima   para   el  momento  de  los  sucesos,  que  en  su  opinión  afectan  “al  sujeto declarante en su presunción de veracidad  abstracta”,  y  afirma  que  mal  podía  soportar la  sentencia   de   condena,  de  manera  que  el  Tribunal  al  haberlo  valorarlo  “transgredió el régimen probatorio”    (sic).   

          Transcribe  parcialmente  la  versión juramentada de Margarita del  Socorro  Cardona  de  Giraldo  y  a continuación, por la misma vía del cotejo,  extrae  las incoherencias que a su juicio surgen entre su dicho y el obtenido de  César  Augusto  Otálvaro,  aspectos  soslayados en la providencia recurrida no  obstante  que desvirtuaban su credibilidad.  Finaliza este reparo invocando  el    criterio    de    algunos   doctrinantes   sobre   la   credibilidad   del  testimonio.   

         Plantea   más  adelante  que  los  juzgadores  distorsionaron  la  indagatoria  del  procesado  RÍOS PÉREZ,   pues   de   su   recuento   no   se   desprende   “desafío  alguno  a la pelea, como erróneamente lo interpreta el  Tribunal”.   Tampoco  tuvo  en  cuenta  que  la  familia  de  aquél  tenía  sobradas  razones para sentir pánico, “lo   que   justifica”  su  reacción,  máxime  ante  el  acoso  permanente  de  la víctima y el ambiente “en  que  se  gestaron  las  lesiones  algo que no es un discurrir  normal”.    

         No   entiende  el  censor  por  qué  en  la  apreciación  de  la  indagatoria   del   sindicado   “se  parte  de  una  presunción  de  mentira  y  no lo contrario”, cuando  obran  las  declaraciones  de Omar Alonso Pérez Álvarez, quien atestigua sobre  la  vida  personal  y  social  de  Rico  Mazo.   Menos aún, que el ad quem  deseche  la  declaración  de  la  niña Vanessa Rico, atinente a las agresiones  continuas  del  citado  a  su  primera  esposa y respecto de los sucesos, que el  libelista  trae  a  colación  en lo pertinente por cuanto estima que corroboran  las  explicaciones  del acusado.   Precisa también en este punto, que  la  referida  menor  no  fue  desmentida  por Luzmila Castrillón de Ríos, como  pretende  demostrar  a  través  de la confrontación de sus relatos y en contra  vía de lo colegido por los sentenciadores.   

         Aborda después el testimonio de Martha  Lucía    Ríos    Castrillón   y   afirma   que   el   Tribunal   “sataniza  la  honestidad  de  la  declarante  al reconocer que se  equivocó  porque estaba demasiado nerviosa”, pasando  por  alto  que  esta  actitud de la deponente revela sinceridad. Tampoco tuvo en  cuenta  que  no existe prueba sicológica o siquiátrica que infirme dicho rasgo  en su personalidad.   

         Critica  que  se  hubiese calificado de sospechosos a los testigos  Luis  Fernando  Vásquez  Gutiérrez  y  Fernando Mauricio Castaño Colorado con  fundamento  en tres razones que pasa a descalificar, concretamente, por tratarse  de   declaraciones tardías, atendido el lugar de residencia y el contenido  de  sus  dichos.   En cuanto al primero de tales motivos, el censor pone de  presente  el  temor  ciudadano  de  colaborar con la administración de justicia  cuando  la  impunidad  campea  en la ciudad de Medellín. Del segundo arguye que  los  declarantes explicaron por qué se encontraban en el lugar de los hechos; y  plantea   además,   que   la   “presunción   de  veracidad”    de    sus    relatos   nunca   fue  desvirtuada.   

         Más  adelante  aduce  que la narración de Vásquez Gutiérrez se  muestra  coincidente,  clara  y  precisa;  sin embargo, el Tribunal la desechó,  “cosa    que    no    hace    con    los   otros  deponentes”,   en   lo   que   atisba   entonces  “la  tergiversación material por omisión parcial  de  la  prueba  testimonial”.  Por otra parte,  tratándose  de  la declaración del susodicho Castaño Colorado, el fallador de  segunda  instancia  afirmó  su ambigüedad al referir los aspectos cruciales de  los  hechos,  deficiencia  que  el censor encuentra también en las versiones de  cargo   que   soportan   la  condena,  sin  que  constituyeran  óbice  para  su  valoración.   En  fin,  concluye  el  demandante, el sentenciador omite la  coincidencia   sustancial   en   las  versiones  de  descargo  en  torno  a  las  circunstancias   del   ataque   y   la   defensa   del   sindicado  RÍOS  PÉREZ  ante  el  intento de la  víctima de esgrimir un arma de fuego.   

         Posteriormente,  al  concretar  la  incidencia  del error de hecho  acusado  el  casacionista  puntualiza y relaciona los siguientes aspectos:   El  desconocimiento  del  estado  psíquico  que  afirma el acusado, frente a la  ausencia  de  prueba  médico  científica sobre dicho aspecto; la omitida   valoración  del  “hecho  de  que  ninguno  de los  declarantes   desvirtúa   la   sugestión   sicológica  sufrida”  por  el acriminado; el énfasis en los aspectos desfavorables al  sentenciado,  desconociendo  los favorables.  Estas situaciones en conjunto  determinaron  la  condena  por el delito de homicidio simple con la atenuante de  la  ira,  en  detrimento  de  la circunstancia del artículo 40, numeral 2º del  anterior     Código    Penal,    que    comportaba    obviamente    un    fallo  absolutorio.   

         Concluye  el  escrito  con  la reseña de anteriores decisiones de  esta  Sala  sobre  la  credibilidad  del  testigo o respeto de su crítica, para  solicitar  en  últimas  a  la Corte que case el fallo impugnado y, en su lugar,  profiera    la   sentencia   sustitutiva   correspondiente   cuyo   sentido   no  especifica.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO  PUBLICO   

La Procuradora Cuarta Delegada en lo Penal  en  el  concepto  rendido  en  esta  sede  indica  que  el casacionista no logra  consolidar  el  error  de  hecho  alegado  ni  su  trascendencia  de  cara a las  decisiones  del  fallo  recurrido, pues  pretende demostrar el falso juicio  de  identidad  atribuido a los juzgadores por el supuesto fraccionamiento de las  pruebas,  mediante  la simple controversia de sus contenidos, como si el recurso  extraordinario  tuviese entonces los visos de una tercera instancia.     

De  ahí que reseñe en primera medida las  incoherencias  que  encuentra  entre  las  dos versiones rendidas por el testigo  César  Augusto  Otálvaro,  pasando  por alto además que esa desarmonía en el  detalle   no   reporta   mayores  consecuencias  frente  a  las  deducciones  de  responsabilidad  plasmadas  en  la  sentencia  de  condena, pero además, que la  casación  no  lo  habilitaba  para  anteponer simplemente su criterio al de los  juzgadores,  máxime  que  el de este último se encuentra revestido de la doble  presunción de acierto y legalidad.     

El desacierto que caracteriza el desarrollo  del  insular reproche se acrecienta, en opinión del Ministerio Público, cuando  el  libelista  se  dedica  a  cuestionar  las  declaraciones  de  César Augusto  Otálvaro  y  Margarita  del  Socorro Cardona de Giraldo, bajo la óptica de los  contenidos  que  a  su  modo  de  ver  han  debido  caracterizar  estos relatos;  declaraciones  que  en  todo  caso  y  contrario  a lo afirmado por el actor, en  esencia  se muestran coincidentes, quien pretende exigirles un recuento fáctico  idéntico  como  presupuesto  para otorgarle crédito a sus dichos, perdiendo de  vista  que  el  sistema  de  evaluación racional de los medios demostrativos no  responde a tan extremos parámetros de uniformidad.     

Tratándose  de  la  indagatoria  y de las  declaraciones  de  Vanesa  Ríos,  Luzmilla Castrillón de Ríos y Martha Lucía  Ríos  Castrillón, la Procuradora advierte que de nuevo incurre el censor en la  impropiedad  de  cuestionar  el rechazo del cual fueron objeto en sana crítica,  para  radicar  a su vez el reparo en una disparidad de criterios en la que no es  posible  demostrar  la  estructuración  de  yerro  alguno  en  su  apreciación  probatoria.   Por  lo tanto, concluye, no es cierto que se restó mérito a  tales  pruebas  como  resultado  del  supuesto fraccionamiento de algunos de sus  apartes   

El  análisis  de  los testimonios de Luis  Fernando  Vásquez  y  Fernando  Mauricio Castaño tampoco se ve afectado por el  yerro  de  identidad  invocado,  porque  el  libelista sin intentar demostrar su  realidad  y  obviando las razones con apoyo en las cuales se les negó cualquier  atisbo  de  credibilidad,  antepone  su  personal  e  interesado  criterio a las  deducciones en las que se fundamenta el fallo.    

Por  otra parte, el casacionista en manera  alguna  se  ocupa  en  verificar  los  elementos  de la causal de inculpabilidad  alegada,  con  equivocada  cita  además  de la disposición que la define, pues  alude  al  numeral  2º  del  artículo  40 del anterior Código Penal cuando ha  debido  invocar  el  ordinal  3º  ibídem;  supuesto que de todas maneras no es  posible  concluir de la evaluación del acervo probatorio, como fue afirmado con  acierto en los fallos de instancia.   

         En  este  orden  de  ideas,  ante  las  fallas  advertidas  en  la  estructuración    del    cargo,    la    Delegada    sugiere    su   falta   de  prosperidad.   

CONSIDERACIONES  DE LA  SALA   

         

         Las   evidentes  e  insalvables  impropiedades  advertidas  en  la  formulación  y  desarrollo del único cargo erigido por el impugnante contra el  fallo  de  segundo grado, que no puede subsanar la Corte en virtud del principio  de  limitación que gobierna el recurso extraordinario, le restan toda vocación  de  éxito  y  determinan  su  falta  de  prosperidad,  como pasa a considerarse  seguidamente.   

         1.   En el presente caso, el demandante plantea la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial, concretamente, la exclusión de la causal de  inculpabilidad  definida  en  el artículo 40, numeral 2º, del anterior Código  Penal,  propiciada  según  anuncia,  por  el error de hecho por falso juicio de  identidad  incurrido  en  la  apreciación del material probatorio incorporado a  los autos.   

         Deslindada  en tales términos la censura, la primera observación  que   surge  al  examinarla  en  conjunto  con  los  argumentos  esbozados  para  sustentarla,  se concreta en la cita equivocada de la disposición que se afirma  transgredida  de  manera  mediata,  pues  el  precepto específicamente invocado  alude   a  la  insuperable  coacción  ajena  como  supuesto  excluyente  de  la  culpabilidad,  en  tanto  que  toda  la  argumentación  del  libelista, con las  deficiencias  a  las  que  hará  oportuna  referencia  la  Corte,  se orienta a  reclamar   la   prevalencia   de   la   versión   del   sindicado  RÍOS  PÉREZ  en cuanto deja entrever  que  realizó  la  conducta  punible  investigada  bajo  la  errada e invencible  convicción  de  estar  amparado  por  una  legítima  defensa,  situación  que  corresponde a la regulada en el ordinal 3º ibídem.    

         Adicionalmente,  el  impugnante tampoco hizo mención alguna a los  artículos  323  y  60 del anterior Código Penal. El primero, modificado por el  artículo  29  de  la  Ley  40 de 1993, que define y señala la sanción para el  delito  de  homicidio, mientras que el segundo prevé la circunstancia atenuante  de  la  ira  e  intenso dolor, que serían las normas sustanciales indebidamente  aplicadas,  en  lugar  de la excluida, ante los yerros imputados al sentenciador  ad  quem  en  el  análisis de la prueba.  En síntesis, en la proposición  jurídica  con  la  cual pretende derruir la legalidad del fallo atacado omitió  integrar  la  totalidad  de las disposiciones que tenían incidencia en el punto  controvertido.   

         2.    Pero   las  mayores  deficiencias  se  observan  en  el  desarrollo  argumentativo  del  reparo, donde la Sala advierte de manera nítida  la  pretensión del recurrente de continuar el debate probatorio planteado en el  curso  del  proceso  soslayando  el  deber  de  acreditar  el  dislate invocado,  discurrir  en el que pasa por alto entonces, que al venir precedida la sentencia  de  segunda  instancia  de  la  doble  presunción  de  acierto  y legalidad, su  quebrantamiento   únicamente   le   era   viable   mediante   la  alegación  y  demostración de errores in iudicando verdaderamente trascendentes.   

           En  efecto, el libelista señala que la violación mediata de la  ley  sustancial se derivó de los errores de hecho por falso juicio de identidad  cometidos  por  el  Tribunal en la apreciación de los testimonios de cargo y de  descargo,  así  como  respecto  de  la  indagatoria  del procesado RÍOS PÉREZ.   

          El  dislate  así  aducido,  como  ha  precisado  en  forma  insistente  y de antaño la Sala, encuentra configuración  cuando  el  juzgador  al fijar la expresión literal de la prueba la tergiversa,  cercena  o  adiciona  haciéndola  producir  efectos  que  objetivamente  no  se  desprenden  de  ella.   De  ahí  que se trate entonces de un yerro de mero  carácter  contemplativo  y  en  este  orden  de  ideas, cuando se alega en sede  extraordinaria,  al  casacionista  le resulta imprescindible confrontar el medio  demostrativo  que  afirma  indebidamente  apreciado  conforme  fue asumido en la  providencia  recurrida,  con  el  contenido  material que efectivamente tiene de  acuerdo  con el acta o los textos que lo recogen, para comprobar de este modo su  falta  de  coincidencia  o  identidad,  y  cumplido  lo  anterior,  constatar la  trascendencia  del  yerro,  esto  es, acreditar cómo de no haberse incurrido en  él,   otro   y   favorable   sería   el   sentido   de  las  conclusiones  del  fallo.   

         Nada  de  esto  fue  satisfecho  en el  presente  caso, como lo pone de presente la Procuradora Delegada, pues el censor  se  limitó  a  criticar  la  valoración  que  los  juzgadores  hicieron de los  testimonios  de  cargo  rendidos  por  César  Augusto Otálvaro y Margarita del  Socorro  de  Giraldo,  para  reclamar de manera paralela la credibilidad de  la  versión del sindicado y de quienes estima que la apoyan, con la pretensión  a  través  de  una argumentación de este talante, mantenida además en todo el  curso  de  la  fundamentación  de  la  censura,  que  su  criterio  personal  e  interesado  prevalezca  sobre  el de los sentenciadores, no como consecuencia de  la  comprobación  del error de hecho argüido en su realidad e incidencia, sino  porque  en  su opinión el análisis de los elementos demostrativos allegados al  proceso  corroboran las explicaciones del acusado en el sentido que obró con el  convencimiento  de  estar  reaccionando  contra  la  agresión  de  la víctima.   

         Con  este  inapropiado sentido, el censor acusa la distorsión del  testimonio  de  César  Augusto  Otálvaro  González,  respecto del cual atesta  concretamente,    que   se   apreció   “en   forma  parcial”,  pero  en  lugar  de  cotejar el contenido  material  de  tal  prueba  con  el que le fue asignado en la decisión recurrida  para  demostrar  de este modo el alegado cercenamiento de los apartes que según  atesta  corroborarían  la  versión del sindicado, el impugnante desenvuelve el  ataque  en primer término, a través de la exposición de los aspectos, que por  no    haber    sido    referidos    por    el    testigo,    desdicen    de   su  credibilidad.   

         Así,  sin  tener  en  cuenta  que  la  versión  del  mencionado  declarante  resultaba  simplemente  expositiva de los  hechos  que  observó en las circunstancias en las cuales se encontraba, a quien  no  podía  exigírsele  además  precisiones  en  torno  a  las  sensaciones  y  percepciones  del  acusado  por cuanto le eran ajenas, el impugnante le reprocha  al   testigo   que   no   aludiera   al   miedo   del   sindicado   RÍOS   PÉREZ,   ni  a  lo  que  este  observó  al  momento  del  arribo  de  la  víctima  al lugar de los sucesos y,  consecuentemente,  su  imposibilidad para indicar “si  el   ataque   del   señor   Rico   Mazo…fue  real  o  imaginario”.   

         Más  adelante,  también  sustrayéndose al deber de demostrar el  yerro  acusado y su influjo en la declaración de justicia contenida en el fallo  censurado,  el  demandante coteja las versiones rendidas por el citado Otálvaro  González   en   sus   dos  apariciones  en  los  autos  para  resaltar  algunas  imprecisiones  de  mera  minucia  en  torno a la naturaleza específica del arma  blandida  por  el  acusado  y  en  relación con el tiempo transcurrido hasta el  momento  en  que  entregó  las  llaves  de  la moto en la cual se desplazaba la  víctima,  que  en  su  opinión,  pero  además  ante  el  vínculo  de amistad  reflejada  con  algunos  de  los protagonistas del suceso, dada la forma como se  refiere   a   ellos,   obraban   en   detrimento   de   la   veracidad   de   su  declaración.   

         Aborda  después el testimonio de Margarita del Socorro Cardona de  Giraldo,  pero  tampoco aquí para demostrar el dislate atribuido al fallador en  la  contemplación  material  de  dicha  prueba,  que  acusa lo fue por el falso  juicio  de  identidad,  sino  para  discrepar  del  mérito que le asignaron los  juzgadores  no  obstante las incoherencias de puro detalle que advierte entre su  dicho  y  el obtenido del deponente Otálvaro González, como también porque su  recuento  de  manera  alguna satisface sus expectativas, que el censor cuestiona  concretamente  por  no  dar  “cuenta ni del estado de  miedo,  prevención,  ni sugestión y menos sicológico de don Rodrigo, frente a  un   ataque   real   o   hipotético   del   señor   Rico  Mazo…”.   

         El  falso  juicio de identidad, recuerda la Sala ante esta última  apreciación  del  recurrente,  se estructura por la falta de identidad entre la  significación  objetiva  de  la  prueba  y  la que el sentenciador le atribuye,  dislate  bien  diverso  de  un  contenido  que  no  corresponde al que estima el  demandante  debió  tener  la declaración del testigo con miras a corroborar la  tesis  defensiva  presentada  en  la  demanda  de  conformidad  con  la interesa  reconstrucción  que allí hace de los sucesos, que es lo atacado en últimas en  el presente caso.   

         En  síntesis, resulta evidente que el  libelista  en  este  primer apartado de la sustentación del cargo, a través de  un  alegato  propio  de  instancia,  insiste  la  Corte,  no  intentó acreditar  siquiera  el  yerro  de  apreciación  probatoria  alegado,  pues  se  limitó a  exteriorizar  su  inconformidad  con  la credibilidad otorgada a los mencionados  testigos,  perdiendo  de  vista  que  ante  una  postulación de esta naturaleza  adquiere  preeminencia  el  criterio del sentenciador al estar amparado el fallo  recurrido por la doble presunción de acierto y legalidad.   

         El  libelista  acusa  por  otra parte, el error de hecho por falso  juicio  de  identidad  que  asegura  en relación con la indagatoria del acusado  RÍOS  PÉREZ, reparo que  también  deja  sumido  en el mero enunciado pues sin intentar demostrar que los  juzgadores  adicionaron, cercenaron o tergiversaron la expresión fáctica de su  exposición,  simplemente  destaca  los  motivos  por las cuales, contrario a lo  afirmado  por  el  Tribunal,  su  versión  reviste  de entero crédito, máxime  cuando  encontró  apoyo  en  las declaraciones de Omar Alonso Pérez Álvarez y  Vanessa  Rico  Ríos,  esto  es,  la  sustentación se reduce a un planteamiento  orientado   a   obtener   prevalencia  para  su  personal  e  interesada  tesis.   

         En  esta  misma línea argumentativa se desenvuelven los restantes  reparos   que   eleva   el  recurrente  a  la  apreciación  probatoria  de  los  falladores.   En  efecto,  tratándose  de los testimonios de la mencionada  Vanessa  Rico  Ríos, de Martha Lucía Ríos Castrillón, Luis Fernando Vásquez  Gutiérrez  y Fernando Mauricio Castaño Colorado, si bien el censor denuncia la  tergiversación  de  sus  versiones,  el  ataque  se  reduce  en  últimas a las  apreciaciones   subjetivas   del   impugnante   sobre   el  mérito  que  debió  concedérseles  en  cuanto  corroboraron  las  explicaciones  del procesado, que  enfrenta  seguidamente  a los motivos por los cuales los falladores desestimaron  sus  dichos  en  la  reconstrucción  de los sucesos con el velado propósito de  obtener  su  nuevo  análisis  por  parte de la Corte, extendiendo entonces a la  casación  el debate probatorio inherente a las instancias, y perdiendo de vista  además,   que  un  alegato  de  esta  naturaleza  es  inadmisible  en  la  sede  extraordinaria  porque  el  estatuto  procesal  penal  consagra el sistema de la  persuasión  racional  que  confiere  al  juzgador  la  facultad  de  formar  su  convencimiento con apego a las reglas de la sana crítica.   

         En  otros  términos,  sin  intentar  la  demostración  del falso  juicio  de identidad alegado al postular la censura, el casacionista se conforma  con  expresar  su  disentimiento  en  relación  con  la  falta  de credibilidad  predicada  de  tales  testigos, discrepancia que no aparece sustentada en algún  dislate  cometido  por el Tribunal en la apreciación de tales medios de prueba,  sino  en  la  veracidad  que  en  su  opinión  ofrecen  tales  relatos  dada su  coincidencia sustancial con la versión del sindicado.   

         3.   Además  de las impropiedades anteriores, en punto de la  trascendencia  de  los  yerros  acusados,  el  censor  se  limita a concluir que  determinaron  la  condena  por el delito de homicidio simple con la atenuante de  la  ira y detrimento a favor del sindicado de la circunstancia de inculpabilidad  otrora  contemplada  en el artículo 40, numeral 2º, del anterior Código Penal  (sic),  perdiendo  de  vista que para un completo desarrollo de la censura, como  destaca   el    Ministerio   Público,   le   correspondía  presentar  una  valoración  del  acervo  probatorio, donde sin mediar los dislates denunciados,  quedara  demostrado  que el pronunciamiento atacado sería de diverso sentido al  aparecer  demostrada  la  totalidad  de los elementos estructurales del supuesto  excluyente de la culpabilidad alegado.   

         Por  las  razones  esbozadas  el  cargo  no  sale avante.  En  consecuencia,  la  sentencia  impugnada  no se casará mediante esta providencia  sustraída de todo recurso.   

          4.    Resta   agregar   que  la  aplicación  retroactiva  favorable de las disposiciones contenidas en el actual  estatuto  punitivo,  frente a las normas preexistentes a los hechos investigados  y  con  sujeción  a las cuales se emitió la condena, si hubiere lugar, a ella,  le  compete  al  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad,  de  conformidad  con  las  previsiones  del  artículo  79,  numeral 1º, del actual  Código de Procedimiento Penal.   

         En  mérito  de  lo expuesto la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad                                  de                                 la  Ley,                

  RESUELVE   

         NO   CASAR  la  sentencia  impugnada.   

         Cópiese, comuníquese y devuélvase el  expediente al Tribunal de origen.  Cúmplase,   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                            JORGE    E.    CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN   GALÁN  CASTELLANOS                            CARLOS    A.    GÁLVEZ  ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO                         ÉDGAR   LOMBANA   TRUJILLO             

MARINA  PULIDO  DE  BARÓN                                          YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

                                                                                                     No hay firma   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria     

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