16906(09-07-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  16906   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACION  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 73  

Bogotá,  D.C,  nueve  de  julio  de  dos mil  dos.   

V    I   S   T   O  S   

Procede  la Sala a examinar las formalidades  básicas  de  la  demanda  de casación presentada por el defensor del procesado  CARLOS    JULIO   RODRÍGUEZ   CHAPARRO  en  relación  con  el fallo de segundo grado de fecha julio 30 de  1999,  por  cuyo   medio   el  Tribunal Superior de Tunja confirmó la  condena  de  25 años y 6 meses de prisión impuesta en primera instancia por su  responsabilidad  penal  en  los  delitos de homicidio y porte ilegal de armas de  fuego de defensa personal.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          Hacia  las  cinco  de  la  tarde  del  15  de  junio  de  1997 en el  establecimiento  denominado  “La Rocola” ubicado en el perímetro urbano del  municipio  de  Pauna,  se  suscitó  un  altercado entre Elberth Ricardo Ballén  Martínez  y  José  Bonilla  que  ocasionó  un  cruce de disparos en el que se  vieron  involucrados  otros  que  se  encontraban en el lugar. Ballén fue visto  cuando  disparó  contra  Ricardo  Reyes  Espítia,  lo  mismo  que CARLOS  JULIO  RODRÍGUEZ  CHAPARRO cuando  seguidamente       lo      “remató”  propinándole otros disparos con una pistola 9 mm. que portaba.  Los dos agresores abandonaron el lugar inmediatamente.   

          Abierta  la  investigación  se  dispuso la captura de los imputados  Elberth  Ricardo Ballén Martínez y CARLOS JULIO RODRÍGUEZ CHAPARRO, a quienes  se  les  emplazó  y  declaró  personas ausentes. El 15 de enero de 1998 se les  impuso  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin  beneficio de  excarcelación.   Capturado  el  último  de  los  citados  se  le  escuchó  en  indagatoria  y mediante resolución de julio 29 de 1998 se profiere en contra de  ambos  procesados resolución de acusación por los delitos de homicidio y porte  ilegal de armas de fuego.   

          Del  juicio  correspondió  conocer  al  Juzgado  Primero  Penal del  Circuito  de  Chiquinquirá,  despacho  que  luego  de  agotado el rito procesal  pertinente,  por  sentencia de febrero 11 de 1999 condenó a RODRÍGUEZ CHAPARRO  a  la  pena  privativa  de  la  libertad  ya  referida,  la que al ser impugnada  confirmó el Tribunal de Tunja el 30 de julio siguiente.   

LA DEMANDA  

          En  su  orden,  dos  cargos  con  base  en  la  causal  primera, uno  principal   y  otro  subsidiario,  formula  la  defensora  contra  la  sentencia  impugnada.   

          Primer cargo   

Con referencia al cargo principal, al amparo  de  la  causal  primera, cuerpo segundo, por error de hecho, se alega violación  indirecta   de   los   artículos  254,  249  y  247  del  anterior  Código  de  Procedimiento Penal.   

          En  orden  a  la  sustentación  del cargo empieza el demandante por  transcribir  apartes  de  las “declaraciones base de  la  valoración  y  condena  de  CARLOS JULIO RODRÍGUEZ CHAPARRO que el ad quem  confirmó  a  pesar  de  las  falencias  en  ellas  contenidas”,  así  de  las  rendidas  por  los  testigos  Pompilio Reyes Bonilla,  Bárbara  Espítia  Alfonso y Segundo González, frente a las cuales acusa al ad  quem  de  no  haber  procurado “procedimiento alguno  subsanotorio  (sic)  ante  la  duda  no  del hecho plenamente probado sino de la  responsabilidad  del sindicado”, prueba de lo cual es  que  el  último de los testigos refirió que él no había sido quien enteró a  los parientes de Ricardo Reyes sobre su muerte.   

          A  continuación  se  refiere  a  la declaración de José Edilberto  Bonilla,  del  cual  dice  que  deja  de  lado  cualquier sindicación contra su  representado,  no  obstante  lo cual el juzgador lo valora como un “indicio”  para condenar.   

          Tras  citar algunos apartes del testimonio de Albeiro Espitia Reyes,  dice  que  el  Tribunal  unió  dos  indicios,  el  primero  constituido  por la  presencia  de  CARLOS  JULIO en el lugar de los acontecimientos, y el segundo de  la  circunstancia  de  que  el  mismo había departido horas antes del hecho con  Elverth  Ricardo  Ballén,  de  donde  deduce  un  motivo  de  solidaridad  para  participar  con  él  en el homicidio. Pero estos indicios no son conclusivos de  la  autoria  del  procesado,  contra  quien  no  existe la prueba necesaria para  condenarlo.   

          Las  declaraciones  de  las distintas personas que en su mayoría no  presenciaron   los   hechos,   aciertan   en  manifestar  que  al  escuchar  las  detonaciones  por  armas  de  fuego  procedieron  a salvaguardarse y después de  pasado  un tiempo cuando volvieron a salir sólo observaron un cuerpo que yacía  en   la   calle.  Esta  actitud  de  protección  sin  embargo  no  fue  asumida  extrañamente por el testigo Albeiro Espitia.   

          Otros  errores  de apreciación, agrega, se concretan en la duda que  debió  generar  el testimonio del último al hacer una descripción tan precisa  del  arma  que  portaba el procesado, y la ausencia de prueba sobre la distancia  entre   el   establecimiento   “La   Rocola”   y  la  tienda  de  Floresmiro  Sierra.   

          Atribuye  al juzgador haber omitido la valoración del testimonio de  Gloría Lucía Pinzón Quintero, quien sí presenció los hechos.   

          Considera  que  el análisis probatorio desbordó los parámetros de  la  sana  crítica,  al  considerar  como  probado  un  hecho  sin  estarlo.  La  apreciación  de  la prueba en materia criminal no puede hacerse a través de un  elaborado  catálogo  de testimonios, peritajes y documentos que puedan aparecer  contradictorios   entre   sí.   Si  bien  el  análisis  debe  regirse  por  la  apreciación  en  conjunto,  “no  por  tal  debe  dejar de ser prolijo, porque  necesita  serlo,  para  que  de  esa  visión  panorámica del proceso no surjan  conclusiones  equivocadas,  lesivas  de las garantías que asisten a quienes han  intervenido  en  él”.  Es  necesario entonces que a cada prueba se le haga su  análisis  breve  y  separado  para  identificar  su  verdadero valor probatorio  respecto de los demás elementos de juicio.   

          Bajo  lo  que  intitula  “la sentencia impugnada es violatoria por  error  de  hecho  de  la  ley  sustancial en forma indirecta al negarle un valor  diverso  al  estatuido  en  la  ley  al  art.  249  del Código de Procedimiento  Penal”,  aduce  que  el  ad  quem  antes de decidir sobre el recurso de alzada  contra  la  sentencia  “debió solicitar al a quo le informara si averiguó la  verdad  real  con  igual  celo  sobre  las  circunstancias  que  demostraron  la  sindicación  en  cabeza  de  CARLOS  JULIO  RODRÍGUEZ  CHAPARRO”, pues sólo  existe  una  declaración  que  le  compromete,  pero ésta es “superfluamente  detallada”    que    podría    caer    en    exageraciones    por    diversas  razones.   

          Como  la  Fiscalía no optó por ordenar y practicar una inspección  judicial  al  lugar  de los hechos, era imperativo al juez de la causa ordenarla  de oficio, máxime cuando fue solicitada por la defensa.   

          También  se violó en forma indirecta el artículo 247 idem, al dar  pro probada la responsabilidad de RODRÍGUEZ CHAPARRO sin estarlo.   

          Culmina  el cargo solicitando que se case la sentencia y en su lugar  se dicte la que corresponda.   

          Segundo cargo   

          Al  amparo  de la causal primera cuerpo segundo demanda la sentencia  por   “violación  indirecta  e  interpretación  por  error  de  derecho  del  artículo 367 del Código de Procedimiento Penal”.   

          El  error  se  concreta “al omitir la necesidad y el decreto de un  reconocimiento  en  fila  de  personas”,  a  cuya  práctica  se le da ínfima  importancia  en la sentencia recurrida según se demuestra con la consideración  que cita en tal sentido de la sentencia impugnada.   

          No  obstante,  en criterio del demandante son varias las diligencias  de  las  cuales  se deducía la necesidad de practicar un reconocimiento en fila  de  personas  con  el  denunciante,  con  el testigo y “con el considerado”.   

          Tras  referirse  a  la  importancia de este medio de prueba, señala  que   por   tratarse   de   una   pieza  fundamental  en  algunos  procesos,  el  reconocimiento  es  objeto  de frecuente manipulación, aún desde el momento de  la  captura,  con  lo  cual  se socava la credibilidad de la identificación del  procesado,  pues  una  prueba  producida sin el ordenamiento fiscal carecerá de  validez.   

          Sin  más razones solicita que se case la sentencia y en su lugar se  dicte la que corresponda.   

          CONSIDERACIONES  DE LA  CORTE   

          De  la  revisión  preliminar del libelo, necesario resulta concluir  que  en  el  remedo de demanda no existe siquiera aproximación a los requisitos  formales  que  para su admisión consagra el artículo 225 del estatuto procesal  penal  vigente  para  la  época de su confección (hoy, artículo 212 de la ley  600  de  2000),  en  procura de su curso legal con miras a un pronunciamiento de  fondo,  pues  la actora apenas si cumple de manera deficitaria con los numerales  primero  y  segundo  de  dicha  norma,  constituyéndose  el resto del farragoso  escrito  en  prueba  palmaria  del  absoluto  desconocimiento  de  lo  que es la  técnica de este extraordinario recurso.   

Es  así  como  en  el primer cargo, bajo el  ropaje  de  un  posible  error  de  hecho  que no se precisa en su modalidad, el  demandante  termina  por  cuestionar  la ponderación de los elementos de juicio  que  sirvieron de sustento al Tribunal para atribuir al procesado  autoría  en  el  delito  de homicidio, alegando que a ello se llegó porque no se tuvo en  cuenta   “las   reglas  de  la  sana  crítica”,  postura  de la cual fácil es concluir que el actor lo  que   en  esencia  hace  es  ensayar  una  diversa  valoración  de  la  prueba.   

Si la pretensión consistía en demostrar que  el  juzgador  de  segundo  grado  en  el  desideratum  de  establecer  la autoría del procesado en el delito  de  homicidio  quebrantó definitivamente los postulados de la sana crítica, el  camino  a  seguir  en  búsqueda  de la casación, era el del error de hecho por  falso   raciocinio   que   ab   initio  le  aparejaba el deber de señalar los postulados de la ciencia y la  lógica  y  las  máximas de la experiencia que pudieron haber sido desconocidos  por  el  fallador  e indicar cuál ha debido ser el aporte científico correcto,  la  regla  de  la lógica apropiada o la máxima de la experiencia que ha debido  tenerse en cuenta para definir el aspecto debatido.   

Los  anteriores han debido ser los objetivos  de  demostración  a  desarrollar  si la propuesta se encaminaba por la referida  vía,  cometido al que ni siquiera se acerca la argumentación que en definitiva  deja   traslucir   es  la  personal  y  subjetiva  apreciación  probatoria  del  libelista,  pero  en  manera  alguna  demuestra la ausencia de racionalidad o de  referentes   empíricos   en  la  determinación  judicial  atacada,  cuya  dual  presunción  de  acierto  y  legalidad  no  logra  minarse  por  tan  precaria y  deficiente propuesta.   

          A  esto  debe sumarse otro dislate del demandante al estimar violado  el  artículo  249 del anterior Código de Procedimiento Penal, el cual no está  relacionado  con  la causal primera que aduce, sino con la tercera, en la medida  en  que  la  carencia  de  una  investigación integral no tiene vínculo con la  indebida  apreciación de las pruebas sino con la conculcación de una garantía  reservada  al  derecho del procesado a que se investigue tanto lo favorable como  lo desfavorable a sus intereses.   

          Pero  si  en  gracia  de  discusión  se  hiciera  caso omiso de tal  incorrección,  que evidentemente conculca la necesaria precisión y claridad de  los  planteamientos  en casación, no se encuentra por ninguna parte del escrito  cómo  las pruebas sobre las que se formula el cargo tienen la contundencia para  poner   en   duda   que   el   procesado  es  autor  del  homicidio  que  se  le  atribuye.   

         

          No  menos  caótica  es la formulación del segundo cargo auspiciado  bajo  la  causal  primera de casación, pues además de su confusa enunciación,  la  argumentación se limita a reclamar por la no práctica de una diligencia de  reconociendo  en  fila  de personas, aspecto frente al cual cabe reiterar que la  carencia  de  una  investigación  integral  no  tiene  vínculo con la indebida  apreciación  de  las  pruebas  y  que  cuando  se  acude a esta razón no basta  enumerar  las  pruebas  supuestamente  omitidas, sino que es preciso señalar su  fuente,  conducencia, pertinencia y utilidad, amén de su incidencia favorable a  los intereses del procesado frente a las conclusiones del fallo.   

          En  este  orden  de  ideas,  ante  los insalvables defectos de orden  técnico  y  de  fundamentación,  que la Corte no puede enmendar por virtud del  principio  de  limitación que gobierna la casación, se rechazará la demanda y  se declarará desierta la impugnación.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

         

         R E S U E L V E:   

         INADMITIR  la  demanda   de   casación   presentada   a   nombre   del   procesado      CARLOS     JULIO     RODRÍGUEZ  CHAPARRO, y en consecuencia  DECLARAR  DESIERTO  el  recurso,  por  lo  anotado  en  la  motivación  de este  proveído.     

Contra  este auto no procede recurso alguno,  en  virtud de lo dispuesto en los artículos 226 y 197 del Decreto 2700 de 1991,  aplicable al caso.   

          Cópiese,  comuníquese,  cúmplase  y  devuélvase  al  Tribunal de  origen.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS             CARLOS      A.      GALVEZ  ARGOTE                         

JORGE  ANIBAL  GÓMEZ  GALLEGO               EDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

CARLOS  E. MEJÍA ESCOBAR                         NILSON PINILLA PINILLA   

Teresa Ruíz Núñez  

Secretaria  

                

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