13457(20-06-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso     Nº  13457   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 88  

Bogotá,  D.  C., veinte (20) de junio de dos  mil uno (2001).   

VISTOS  

Decide  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto  por el de­fensor  del     señor     EDUARDO     ENRIQUE     DÁVILA  ARMENTA contra el fallo del Tribunal Nacional expedido  el  21 de febrero de 1997, mediante el cual confirmó la sentencia proferida por  un  Juzgado  Regional  de  Barranquilla  el  8  de  noviembre  de  1996,  que lo  con­denó  como  autor  del  delito definido en el artículo 33 de la Ley 30 de 1986.   

HECHOS  

          En  la  tarde  del  22  de  marzo  de  1994, miembros de la Policía  Nacional  registraron  el inmueble costanero denominado Villa Concha, ubicado en  la  ciudad  de  Santa  Marta,  y  encontraron  a  unos  80  metros de la cabaña  principal       1.900       kilos      de      marihuana      debida­mente  empacada.  Por  esta  razón  fue  aprehendido  el  vigilante JORGE ELIÉCER PAREDES CARRASCAL y posteriormente, el  16    de    abril,    EDUARDO    ENRIQUE    DÁVILA  ARMENTA,  socio  de  la  Urbanizadora  “Villa Concha  Ltda”, propietaria del inmueble.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

Decretada la apertura de instrucción el 24 de  marzo  de  1994,  el mismo día la fiscal regional delegada ante las unidades de  policía  judicial  del  Magdalena  escuchó  en  indagatoria  al señor PAREDES  CARRASCAL  contra  quien  otro fiscal de la Dirección Regional de Fiscalías de  Barranquilla,   al  resolver  su  situación  jurídica,  dictó  me­dida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  el 12 de abril. Al día siguiente ordenó la captura de EDUARDO  ENRIQUE  DÁVILA  ARMENTA (fl. 84  C.1),  la  que  se  hizo  efectiva el 16 (fl. 91). Recibida su injurada el 18 de  abril  (fl.  100),  el  23  profirió  en  su  contra medida de aseguramiento de  detención  preventiva  y  dispuso  vincular  a la investigación a los señores  RAÚL   DÁVILA   JIMENO   y   SANTIAGO   SEGUNDO   ARIAS  RAMÍREZ  (fl.  189).  Posteriormente,  en  noviembre  4  de  1994,  se  revocaría la orden de captura  expedida  contra  el  primero de los mencionados (fl. 205, C.3), en tanto que al  segundo  se  le  detuvo  precautelativamente  el  2  de  mayo  de 1994 (fl. 286,  C.1).   

Radicada  la  investigación en la Dirección  Regional  de  Fiscalías  de  Bogotá,  el  funcionario  a  cuyo cargo continuó  dispuso  el  1º.  de  julio no reponer la resolución del 23 de abril (fl. 109,  C.2),  que fue confirmada además el 6 de octubre por un fiscal delegado ante el  Tribunal  Nacional  al  desatar el recurso de apelación interpuesto en subsidio  (fl. 20, C. de la F.D.T.N.).   

Clausurada  la  investigación  el  28  de  noviembre  de  1994  (fl.  260,  C.3),  el  18  de  enero  de  1995 DÁVILA   ARMENTA   y  PAREDES  CARRASCAL  fueron  acusados  como  autor  y  cómplice,  en  su  orden,  por  el  delito de  almacenamiento  de  estupefacientes  agravado (artículos 33 y 38-3 de la Ley 30  de  1986),  en tanto que a favor de ARIAS RAMÍREZ fue precluida la instrucción  (fl.  69,  C.4).  Un  fiscal  delegado  ante  el  Tribunal Nacional confirmó la  providencia   el   30   de   junio   del   mismo   año   (fl.   59,  C.  de  la  F.D.T.N.).   

Un  juez  regional de Barranquilla, donde se  surtió  la  etapa  del  juicio, accedió a la solicitud de sentencia anticipada  formulada  por  PAREDES  CARRASCAL  y  lo condenó el 20 de octubre de 1995 a la  pena de 4 años de prisión (fl. 239, C.4).   

Rota  así la unidad procesal, la actuación  continuó    solo    contra    el   señor   DÁVILA  ARMENTA,    quien    fue    condenado    el   8   de  noviem­bre de 1996 a la pena  de  10  años  de  prisión,  multa  por  valor  de 25 salarios mínimos legales  vigentes      para      1994     e     interdicción     de     dere­chos   y  funciones  públicas  por  el  término  de  10  años,  y  se  ordenó  el  decomiso  definitivo a favor de la  Fiscalía  General  de la Nación de la cuota parte correspondiente al procesado  en  el  predio  “Villa Concha” donde fue hallado el estupefaciente (fl. 562,  C.5).   

Apelado  el  fallo  por  el  defensor  del  procesado  y  por  el  Ministerio  Público,  ambos  en  pro  de  la absolución  fundamental­mente por falta  de  prueba,  fue confirmado por el Tribunal Nacional mediante providencia del 21  de  febrero  de  1997,  con  la  modifica­ción  de  disponer  la extinción del dominio de la cuota parte del  señor  DÁVILA ARMENTA en la  Sociedad   Urbanizadora   “Villa   Concha”   a   favor  del  Fondo  para  la  Rehabilitación,  Inversión  Social y Lucha contra el Crimen Organizado (fl. 4,  C.6).   

LA  DEMANDA   

          Primer cargo   

          Al  amparo  de  la  causal  tercera  de  casación,  el defensor del  procesado  ataca  la  sentencia  porque  fue  dictada  en  un  juicio viciado de  nulidad,  pues hubo irregularidades sustanciales que afectaron el debido proceso  al  vulnerarse  el  principio  de  la  investigación  integral contenido en los  artículos  250  de  la  Carta  y 249 y 333 del Estatuto Procesal Penal, por las  siguientes razones:   

          1.  No  se  recibieron  los testimonios de los policiales GRANADOS y  CERVANTES  PIMIENTA  –que se  cita  en  la  sentencia  como  si  hubiera declarado- ni se ampliaron los de los  demás    agen­tes   que  participaron  en  la  incautación  de  la  sustancia  para  que  ex­plicaran    la    razón    de    sus  contradicciones,       pues      cuatro      de      ellos      favo­recen  los intereses del procesado y dos  suministran      versiones      equí­vocas que no fueron suficientemente dilucidadas.   

          El   Sargento   SOTELO   BELTRÁN   dijo   que  a  simple  vista  se  no­taba que la embarcación  hacía  algún tiempo no estaba en funcio­namiento,  de  lo  que también se enteró el sargento GRANADOS (fl.  179), pese a lo cual no se le escuchó en declaración.   

Además,  mientras  que  los  agentes  PEDRO  SALAZAR  (fl.  37),  RICARDO  PULIDO  (fl.  41)  y  JORGE  ARGÜELLES  (fl.  48)  expusieron  que  no  les fue posible enterarse de la procedencia de la marihuana  ni  de la identidad de su dueño, PEDRO JOSÉ GÓMEZ (fl. 51) afirmó que había  escuchado  que  de  ese  material  respondían los patrones, quienes sabían del  cargamento,    y    luego    modificó    su    versión    al    in­formar que no estableció la procedencia  ni  la  propiedad de la hierba, y que interpretó que los patrones debían tener  conocimiento del asunto (fl. 365).   

          Por  otra  parte,  el  sargento  SOTELO  BELTRÁN  suministró  tres  variantes  de su versión: la primera, en el informe escrito rendido el día del  decomiso   en   el   que  anotó  que  no  se  obtuvo  respuesta  al­guna  del aprehendido sobre la propiedad  y     procedencia     de    la    mari­huana  (fl.  3);  la  segunda, en la ampliación del informe, cuando  se­ñaló  que el capturado  había  informado  que  la  sustancia llegó en una lancha y que no podía decir  quién  era  su propietario porque lo echaban del puesto (fl. 49), y la tercera,  en  nueva  ampliación,  al decir que los aprehendidos sólo respondieron que no  se  metían  en  el asunto y dieron a entender que si el patrón se enteraba que  de­jaron   guardar   la  sustancia allí, los echaba (fl. 77, C.3).   

         

          Esta   divergencia   debió   dilucidarse   con  la  recepción  del  testi­monio  del  sargento  GRANADOS,  Jefe  de  la  Unidad  Investigativa,  omisión  que  dejó escapar un  valioso medio de convicción.   

          2.  No fueron llamados a declarar los señores ORANGEL DUQUE, JESÚS  ALBERTO  PAREDES,  JESÚS  CARRASCAL,  ANTONIO  QUEZADA,  JOSÉ DOMINGO QUEZADA,  JESÚS  MARÍA  BUSTAMANTE,  EDWIN  JOSÉ  VANEGAS,  LUIS  RAMÓN  RODELO,  LUIS  TORREGOSA,  MARIO  DE  JESÚS  BELTRÁN,  MAURICIO  PÉREZ  y  LIBORIO GRANADOS,  quienes  por  estar  en el predio o ser empleados de “Villa Concha” pudieron  brindar esenciales elementos de juicio.   

          3.  Nada  se  averiguó sobre las informaciones suministradas por el  testigo  con  reserva  de  identidad,  quien  dijo  nombres  de  per­sonas      reales      –como  ADOLFO  GARCÍA,  LIBORIO,  LUCHO  PAREDES,   unos   pescadores   de  apellido  RAPELO-  cuya  existencia  se  pudo  de­mostrar, comprometidas de  alguna  forma  en  el  hecho  y  con rela­cio­nes   de  amistad   o   parentesco   con   sus   protagonistas,  y  que  debie­ron      ser      vinculados      al  proceso.   

          Y    aunque    parece   que   el   testigo   secreto   no   mereció  credibili­dad,  queda  la  inquietud  de por qué sí se recibió declaración al padre de ADOLFO GARCÍA y  los investigadores del C. T. I. buscaron a los pescadores RAPELO.   

          4.  Tampoco  se  ahondó  acerca de los antecedentes judiciales y de  policía,  actividades  y adquisición de su fortuna de GABRIEL RODRÍGUEZ CABAS  (“Capi  Blak”),  asesinado  en  Barranquilla al otro día de la declaración  del  testigo  con reserva de identidad, lo que habría contribuido a dar soporte  a lo afirmado por éste.   

En  consecuencia,  solicita el demandante se  decrete  la  nulidad del proceso a partir del auto de cierre de investigación y  la  libertad  del  señor  DÁVILA ARMENTA,   porque   entonces  los  términos  en  el  sumario  se  habrían  vencido.   

Segundo cargo  

Con  base  en  la  causal  primera, acusa la  sentencia  porque  se incurrió en diversas violaciones indirectas de la ley por  errores de hecho derivados de falsos juicios de existencia:   

          1.  Se ignoró el informe de captura rendido por el sargento LIBARDO  SOTELO  BELTRÁN,  que  señala  que  el capturado PAREDES CARRASCAL no supo dar  respuesta  alguna sobre la tenencia y pro­piedad  del  alcaloide,  y  que  por  lo  tanto  es  favorable a los  intereses  del  procesado.  En  efecto,  los  falladores únicamente tuvieron en  cuenta  su primera declaración que por ser equívoca permitió dedu­cir  responsabilidad  penal  al  señor  DÁVILA,   así  como  la  versión  del  agente PEDRO JOSÉ GÓMEZ LÓPEZ. El segundo testimonio de SOTELO  BELTRÁN  fue  tenido como mentiroso en cuanto favorable al encausado, porque no  servía      para      construir      una      sentencia     condena­toria.   

2.  No  se  consideró  la  declaración del  agente  PEDRO  SALAZAR  PALACIO,  quien  refirió  que  PAREDES CARRASCAL no dio  ninguna  respuesta  sobre  la  procedencia  y  propiedad  de la marihuana al ser  aprehendido.   

          3.  No  se  analizó el testimonio del agente RICARDO PULIDO GÓMEZ,  quien  expresó  que el capturado sólo dijo que la marihuana había llegado por  vía    marítima    y   que   unos   individuos   la   habían   de­jado a guardar.   

          4.  No  se  valoró el dicho del agente JORGE ALBERTO ARGÜELLES, en  el    sentido   de   que   no   se   pudo   establecer   la   propie­dad  del  estupefaciente, ya que quienes  la  entregaron  no retornaron por ella, según lo dijo un joven que se halló en  la casa.   

          5.  No  se  consideró  el  testimonio  del  sargento  ANTENOR ORTIZ  GUTIÉRREZ,  quien  señaló  que el capturado dijo no conocer al propietario de  la  droga,  la  que  fue  llevada  en  una  lancha  que  se varó en horas de la  madrugada, que quedaron de volver por ella, pero no lo hicieron.   

          6.  Se  supuso  la declaración del agente PEDRO CERVANTES PIMIENTA,  que  se  cita  en  la  providencia dentro de un grupo de miembros de la Policía  Nacional,  quien  a pesar de haber participado en el operativo nunca fue llamado  a atestiguar.   

          Reprocha  el libelista que los falladores les hubieran dado crédito  a  los  policías  que  incriminaban  al  sindicado  y  lo restaran a quienes lo  favorecían,  sin brindar las razones para ello, faltando a la imparcialidad que  debe    presidir    la    actuación    de   los   funcionarios   ju­diciales.  En  el  fallo  se  relacionan  todos  los  policías declarantes como si hubiesen sido coincidentes en señalar  al  ciudadano DÁVILA ARMENTA  como  dueño  del  alcaloide, sin que se haya hecho una evaluación individual y  pormenorizada de cada uno de sus dichos.   

Después  de  señalar  como  violados  los  artículos  246,  247,  249,  250  y 254 del Código de Procedimiento Penal como  normas  medio,  y  los  artículos  33  y  38-3  de  la  Ley  30  de  1986  como  dispo­siciones    fin,  solicitó  casar  la  sentencia  y  en su reemplazo proferir fallo absolutorio a  favor    del    señor   EDUARDO   ENRIQUE   DÁVILA  ARMENTA.   

         

Tercer cargo  

          También   con   apoyo   en  la  causal  primera  de  casación,  el  de­mandante   acusa   la  sentencia  porque  el  fallador  incurrió  en  violación  indirecta  de la ley  sustancial    al    cometer    varios   errores   in  iudicando   por  falsos  juicios  de  identidad,  que  determinaron la tergiversación de algunos medios probatorios.   

          1.   Se   tergiversó   el  contenido  de  la  inspección  judicial  reali­zada a las oficinas de  la      familia     DÁVILA,     porque     en     las     considera­ciones  de la sentencia se afirma que el  procesado  era el dueño de “Villa Concha”, a pesar de que se acepta que era  socio   de   la   em­presa  propietaria,   y  que  contrataba  y  despedía  empleados,  a  quie­nes les pagaba en su oficina particular.   

          Si  en  el  mismo  edificio  funcionan  las  oficinas  de  todas las  so­ciedades  de  la familia  DÁVILA  (fl.  145 C.3), es claro que cuando PAREDES CARRASCAL dijo que iba a la  oficina  de EDUARDO DÁVILA a  recibir  los  cheques,  se refería al edificio. La deducción de los falladores  en   el   sentido   de  que  concurría  a  las  oficinas  particula­res de éste distorsiona la prueba, pues  en  aquel  lugar  funciona,  entre  otras, Urbanizadora “Villa Concha Ltda”.  Además,  dado  el bajo nivel cultural del declarante, es obvio que no precise a  cuál de todas esas oficinas va a que le cancelen su remuneración.   

          Por  esta  vía,  se llega a una grave tergiversación probatoria al  concluir   que   el   procesado  era  el  dueño  y  administrador  del  predio,  desconociendo su calidad de socio de la propietaria real del fundo.   

          2.  Se  dedujo  un  indicio  grave en contra del procesado cuando se  afirmó  su  calidad  de  copropietario  y  administrador  del  inmueble, que lo  facultaba  para  ejercer  el  dominio,  control  y  manejo  del  per­sonal,  así como utilizar el sitio como  señor y dueño.   

          Sin   embargo,   se  acreditó  que  el  predio  “Villa  Concha”  perte­nece  a una sociedad,  que  sobrepasa  las  400 hectáreas y que tiene parcelas de propiedad de algunos  de   los   socios.   También   se   de­mostró  que  la  gerente  de  esta empresa es la señora ROSE MARIE  DÁVILA  ARMENTA,  que  quien  supervisa  los  trabajos agropecuarios es ROBERTO  GUSTAVO    BALLESTEROS    (fl.    221,   C.2),   y   que   el   admi­nistrador   es   PEDRO   NEL  CALDERÓN  GÓNGORA (fl. 219, C.2).   

          Lo  anterior  demuestra  la tergiversación  de la prueba, pues  el  señor DÁVILA ARMENTA no  era  propietario  ni administrador de la finca ni ejercía absoluto dominio como  señor    y   dueño   ni   los   emple­ados  eran  suyos  sino  de  la sociedad (fl. 298, C.1), y no era el  único  que  disfrutaba  de  las  cabañas  (fl.  15, C.1). Entonces, cuando los  empleados   de   “Villa   Concha”   se  refieren  a  los  dueños  o  a  sus  patro­nes,  no  aluden  a  EDUARDO    ENRIQUE    DÁVILA   ARMENTA  como  erróneamente  lo  dicen  las  instancias  sino a las varias  personas que se encuentran asociadas.   

          El  objetivo  de  esta  distorsión  de  la  prueba fue construir un  indicio  según el cual si era el dueño del predio, lo administraba y disponía  de  él  y  de  los  empleados, era quien tenía qué responder por la sustancia  aparecida en aquel lugar.   

          3.  También  se incurre en falso juicio de identidad cuando se dice  en  el  fallo  que  el  predio  donde  se halló la marihuana era ce­rrado,  con desconocimiento que se trata  de    un    terreno    de    235    hec­táreas  con  más  de  un kilómetro bordeando el mar por un lado y  con  montañas  por  otro,  de  manera que bien se puede ingresar por la playa o  rompiendo  la  cerca, no necesariamente por la puerta de hierro. Sin embargo, se  tergiversa  la  prueba  para  concluir que si el cargamento llegó por tierra se  introdujo  por  la  puerta,  que  necesa­riamente fue abierta por un empleado del procesado.   

          4.  Si  las  instancias  no  le  dan  crédito  a  los  testigos que  afir­man que la sustancia se  dejó  en  el sitio en que fue hallada debido al desperfecto de la lancha que la  transportaba,  ninguna  reflexión cabía hacer a partir de esas manifestaciones  que,  por  increíbles,  debían  ser rechazadas íntegramente. Sin embargo, los  falladores  parten  de  esa  versión  tergiversándola,  porque olvidan que las  cir­cunstancias  anotadas  impedía  a  los  transportadores hallar un lugar más apropiado para guardarla.   

Sostener que los traficantes fueron brutos al  dejar  la  mari­huana en un  lugar  habitado  y  vigilado, riñe con el relato previo que indica que el lugar  no  fue  escogido sino que los tenedores de la droga no tuvieron opción diversa  ante  la avería de la lancha. Además, con la misma lógica podría decirse que  el  señor DÁVILA ARMENTA no  podría  ser  tan  torpe como para dejar el voluminoso cargamento a 70 metros de  la  playa,  en  un  lugar turístico que es frecuentado por miles de personas, y  además  organizara  en  su casa, a 80 metros del alcaloide, una fiesta con más  de  40  persona­lidades del  Magdalena  junto  con sus escoltas, como que era más fácil camuflarla en otros  lugares aptos para ello.   

          Tampoco   es   cierto   que   los   transportadores   de   la  droga  grita­ron  a  voz en cuello  que    su   propietario   era   el   “Capi   Blak”,   pues   nin­guno   de   los   testigos   hace  esta  afirmación.   

          5.   Otro  falso  juicio  de  identidad  se  presenta  al  citar  el  testi­monio  de los agentes  que  intervinieron  en  el  operativo  (fl.  588,  C.5)  como  si todos hubieran  señalado     que     la     marihuana     era     del    señor    DÁVILA            ARMENTA,  cuando  en realidad la mayoría  dijo  que  el  capturado  no  sabía  a  quién pertenecía y sólo dos hicieron  afirma­ciones  equívocas,  uno  en  el sentido de que el capturado dijo que si señalaba a los propietarios  lo  echaban  del  puesto,  y  el  otro que el aprehendido manifestó que por ese  cargamento    respondían    los    pa­trones,  de  lo  cual  tampoco se puede deducir que ellos fueran los  dueños   ni   mucho   menos   el   señor   DÁVILA  ARMENTA,  como  que  además  el  dicho del capturado,  quien   luego   fue   condenado  por  co­laborar  en  el  descargue de la droga, constituye una clara postura  defensiva.   

          La   trascendencia   de   la  tergiversación  consiste  en  que  se  ha­cen   aparecer   siete  testimonios  incriminantes del procesado, cuando en realidad ninguno de ellos lo  señaló  y  no  es  lógico  que  los  policías callaran el nombre de quien el  capturado   identificara   como   propie­tario de la marihuana.   

          6.  Otro  falso  juicio  de  identidad  se  presenta  al expresar el  fa­llo  que  el  capturado  PAREDES        CARRASCAL        hizo        manifestaciones       in­dicativas  de  la responsabilidad de sus  patrones,  pues  en realidad, como acaba de decirse, ninguno de los agentes hace  semejante  afirmación  y  de las dos declaraciones equívocas que se reseñaron  no  se puede deducir que aquél hubiese expresado que el dueño era DÁVILA ARMENTA.   

          7.  Idéntico  error se advierte cuando se dice que el procesado era  el  único  que  ejercía actos de disposición sobre el predio como lo acredita  la  casa  que allí tenía para su recreación, porque se olvida que el bien era  de  la  empresa y que el dueño del terreno lo es también de todo lo que en él  se construya.   

          Además,  si  las  pruebas  indican  que  varios de los socios de la  Urbanizadora   participaban   de   la   administración   del   bien  y  que  lo  vi­sitaban  por  trabajo  o  recreación  (fl.  15,  C.1,  221,  C.2  y  302,  C.1),  hubo un interés de los  falladores  en  señalar  únicamente  a  don  EDUARDO  ENRIQUE  DÁVILA  como  el señor y dueño del predio,  para deducir su responsabilidad penal.   

          Se  violaron  como  normas  medio los artículos 246, 247, 249 y 254  del  Estatuto  Procesal, y como normas fin los artículos 33 y 38.3 de la Ley 30  de  1986,  en  concordancia con el artículo 55 del Decreto 2790, modificado por  el  Decreto  Ley  99  de  1991.  La  sen­tencia  objeto  de reproche, concluye, debe ser casada y en su lugar  proferirse fallo de reemplazo de carácter absolutorio.   

          Cuarto cargo   

Violación  indirecta  de  la ley sustancial  derivada  de  falsos jui­cios  de  existencia  y  de  identidad  por  no  reconocerse  la  presencia  de  dudas  probatorias   con   relación  a  la  responsabilidad  del  señor  DÁVILA            ARMENTA    que,   de   ser   aceptadas,  conducirían      a      su      abso­lución.   

          1.   Los  falsos  juicios  de  existencia  que  incidieron  en  esta  vio­lación,  fueron:   

          a.  Se  desconoció  el  informe  de  captura  del  sargento  SOTELO  BELTRÁN,  que  no  fue  mencionado  siquiera  y  menos  valorado  frente  a sus  posteriores  declaraciones. Por el contrario, se le dio especial trascendencia a  su    primera    ampliación    para    demostrar    que    se   tra­taba   de  una  retractación  inducida  delictivamente.   

          El  informe  merece  crédito porque se rindió el mismo día de los  hechos  y  si  el capturado hubiera señalado a los propietarios de la droga con  seguridad el sargento lo hubiera mencionado.   

b.  Fueron  ignorados  los  testimonios  del  sargento  ANTENOR  ORTIZ  y de los agentes PEDRO SALAZAR, RICARDO PULIDO y   JORGE  ALBERTO  ARGÜELLES,  quienes  claramente  señalaron que el capturado no  manifestó quiénes eran los dueños de la droga.   

          c.  Se  supuso  el  testimonio  del agente PEDRO CERVANTES, porque a  pesar  de  no haber sido recibido se le relaciona de manera genérica dentro del  grupo de policiales declarantes.   

          Si   no   se   hubieran   presentado   los  anteriores  errores,  la  valo­ración   probatoria  tendría  que  haberse ocupado de explicar por qué se les da credibilidad a dos  testimonios  equívocos  pero  se  le  niega  a  la mayoría que se expresó con  claridad  y  sin  dubitaciones  a  favor  del  procesado, y no se hubiese podido  construir    ninguno    de    los    in­dicios que se exponen en la sentencia.   

          2.  Los  falsos  juicios  de  identidad  se  refieren  a las pruebas  tergiversadas  o  a  la supuesta a que se aludió en el anterior cargo, haciendo  énfasis    el    demandante    en    que    DÁVILA  ARMENTA  no  es dueño ni condueño del inmueble donde  se  encontró  la  marihuana  sino  apenas  socio de la empresa propietaria; que  tampoco   admi­nistraba  el  bien  ni  a  los trabajadores, cuyos contratos de trabajo aparecen suscritos por  él    y    por    DÁVILA    JIMENO    a    nombre    de    la   so­ciedad;  que  el predio no es cerrado ni  los policías que intervinieron en el operativo lo incriminan.   

          Reconoce  que  la  mayoría  de  las  personas  que declaran en este  proceso    le    atribuyen    al    señor   DÁVILA  ARMENTA  la  propiedad  del fundo y de las empresas de  las  que es socio y presidente de sus juntas directivas, pero ni los comentarios  populares  ni  la  creencia de los trabajadores lo convierten en dueño de uno u  otras.   

          Concluye  que no hay prueba para condenar, como en primera instancia  lo  señaló  el representante del Ministerio Público, y por ello se debe casar  el  fallo  para  producir en su reemplazo una sentencia absolutoria. Se violaron  los  artículos  246,  249,  250,  253  y 254 del Código de Procedimiento Penal  -normas  medio-,  así  como  los  artí­cu­los 33 y 38.3  de  la  Ley  30 de 1986 y 55 del Decreto 2790 de 1990, modificado por el Decreto  Ley  99  de  1991  como  normas fin. Frente a los errores de apreciación debió  reconocerse   el   in   dubio   pro  reo  establecido  en  el  artículo  445  procesal,  en  desarrollo del  ar­tículo   29   de   la  Constitución    que    establece    la    presunción   de   inocen­cia.   

          Quinto cargo   

Consiste en la violación indirecta de la ley  sustancial  por  errores  de  hecho  en  la  apreciación  probatoria, debido al  descono­cimiento  de  las  reglas de la sana crítica.   

          En   este   sentido,   cuestiona  alguna  conclusiones  o  supuestos  contenidos  en  las resoluciones acusatorias de ambas instancias, re­cogida  una  de ellas en la sentencia de  primera  respecto  del  pago  que  de  la  defensa  de PAREDES CARRASCAL hizo el  procesado  para construir a partir de allí un indicio, desconociendo la caridad  cris­tiana    y  los  deberes patronales impuestos por el Código del Trabajo.   

          Con  relación  al  supuesto  error  del  procesado al organizar una  fiesta  el  día  anterior  al  hallazgo  de la marihuana, lo que se concluye en  lógica  es  todo lo contrario, es decir, que era absurdo hacer una reunión con  más   de   40   invitados  cuando  a  80  metros  de  allí  se  ha­llaban visibles 2 toneladas de sustancia  ilícita,  hecho  que sólo tiene como explicación que el cargamento llegó por  vía  marítima  debido a las averías de la lancha que lo transportaba y que el  señor  DÁVILA  no  tenía  conocimiento  de  ello,  pues  habría  dispuesto lo necesario para ocultarlo en  alguna    de    las    edificaciones    que    hay   en   el   inmue­ble.   

          Nuevamente     se     detiene    a    reprochar    afirmaciones    o  expresio­nes  contenidas en  la  resolución acusatoria de segunda instancia y la infundada calificación que  se  le  da  a Urbanizadora Bahía Concha Ltda. como empresa de fachada y reitera  que  contraría  las  reglas  de  la  ciencia, de la lógica y de la experiencia  sostener  que  un  predio de 235 hectáreas con más de un kilómetro de playa y  una  cerca  de  alambre  de  menos  de  150  metros  de  extensión sea cerrado,  ab­surdo  que  se  expresa  sólo  para  concluir de manera aparentemente lógica que el cargamento tuvo que  llegar   por  tierra  y  que  su  propie­tario es el procesado.   

          En  el  fallo  de  primer  grado  se  dijo que no había razón para  escoger  un  lugar  tan  distante  a  la  orilla  de  la playa para almacenar la  marihuana,  desconociendo  que la casa está a 80 metros, que había cerca de 40  invitados   con  sus  acompañantes,  que  la  playa  ubicada  a  70  metros  es  frecuentada  por  miles de turistas y que dos toneladas de marihuana constituyen  un     cargamento     lo    suficiente­mente  visible  como  para  que  fuera fácilmente advertido, lo que  demostraría una gran torpeza.   

Si  la  lancha  en  que  se  movilizaba  la  marihuana  se varó y sus ocupantes se vieron obligados a dejar el cargamento en  el  predio  de  la  Urbanizadora,  fue  la  falla mecánica la que determinó la  elec­ción del terreno y no  la voluntad de quienes lo llevaban.   

Se dijo en el fallo de primera instancia que  si  en verdad la marihuana hubiera sido transportada por una lancha que se varó  y  que  arribó  al  predio,  ésta  se  hubiera encontrado porque no podía ser  retirada  (fl.  603, C.5). Semejante afirmación desconoce que se trataba de una  lancha  con  2  motores y que sólo estaba averiado uno, motivo por el cual, una  vez  descargada  la  sustancia  prohibida  en  el  sitio más cercano a donde se  produjo  la  falla,  pudo  continuar  hacia otro lugar. Pese a ello, en la misma  providencia  se  reconoce  que  uno  de los motores de la embarcación estaba en  buenas   condi­ciones  (fl.  608,  C.5). Además, las reglas de la sana crítica enseñan que si un vehículo  transportador  pierde potencia, se debe disminuir el peso de la carga para poder  continuar la marcha.   

          Indica  que  se violaron los artículos 246, 249, 250, 253 y 254 del  C.  de  P.  P. como normas medio y los artículos 33 y 38-3 y 47 de la Ley 30 de  1986  en  concordancia  con el artículo 55 del Decreto 2790 de 1990, modificado  por  el  Decreto  Ley  99  de 1991, y con­cluye  que  se  debe  casar la sentencia y dictar una sustitutiva de  ca­rácter  absolutorio.   

          Finalmente,  afirmando creerse autorizado por el artículo 228 de la  Constitución  Política  que reivindica la prevalencia del derecho sustancial y  teniendo    en    cuenta   que   la   deficiencia   probatoria   con­dujo  a  una indebida interpretación de  los  medios  de  convicción aportados, adjunta el demandante certificados de la  Cámara  de  Comercio de Santa Marta sobre la existencia de varias sociedades de  la  familia  DÁVILA  ubicadas  todas en la misma dirección y 39 fo­tografías  del  inmueble que demuestran  la facilidad de ingresar a él.   

         EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          Primer cargo   

          Después  de  examinar el principio de investigación integral desde  la  perspectiva  de  la  teoría  del conocimiento para concluir que sólo puede  entenderse  transgredido  cuando  se demuestra “que lo omitido por investigar,  de   haberse   investigado,   como   posibilidad,   podría   haber   modificado  sustancialmente  (ora excluyendo, ora ate­nuando,  ora  agravando  la  responsabilidad penal) lo investigado y  sentenciado”,  el  Procurador Segundo Delegado en lo Penal afirma que el cargo  no  está llamado a prosperar porque el demandante no acreditó la trascendencia  de  la  omisión  de  las pruebas ni los efectos que su práctica hubiese podido  producir  sobre  la sentencia. En su lugar, afirma, se quedó el casacionista en  enunciados  genéricos  como  que  la  aducción  de  esos medios de convicción  hubieran permitido descubrir la verdad.   

          Segundo cargo   

          Considera  que  esta acusación, apoyada en la presencia de plurales  y  falsos juicios de existencia, no está llamada a prosperar por las siguientes  razones:   

          1.  Los  falsos  juicios  de  existencia  o  de identidad, cuando la  persona  ha declarado en varias ocasiones, debe predicarse respecto del conjunto  testimonial.  En este sentido, el reproche formulado por el demandante porque se  ignoró  el  informe de captura rendido por el sargento SOTELO BELTRÁN no es de  recibo,  pues  su  testimonio sí fue objeto de valoración en varios apartes de  los  fallos  de  primera  y  de  segunda  instancias. Y si bien es cierto que el  informe  no se con­sideró en  el  aspecto  que  resalta  el  libelista,  sobre  el  punto fue inte­rrogado   el   testigo  por  la  Unidad  Investigativa  Regional  de  la Sijín y su respuesta, apreciada en la sentencia  de segundo grado, permitió hacer valoraciones indiciarias.   

          2.   Como   en   el   fallo   de   primera   instancia  –que conforma con el que lo confirma una  unidad  inescindible-  se  consideró  el  testimonio  del  agente PEDRO SALAZAR  PALACIO,  no  se  presenta  el  falso  juicio  de  existencia  señalado  por el  demandante.  Si  la  censura  se  refería  a  un  segmento  de la declaración,  precisamente  a  que PAREDES CARRASCAL no suministró ninguna información sobre  la  propiedad y procedencia de la droga, el falso juicio sería de identidad por  ha­berse    considerado  parcialmente la prueba.   

          3.  Idénticas  reflexiones  suscitan los vicios predicados respecto  de  la  apreciación  de  los testimonios de los agentes RICARDO PULIDO GÓMEZ y  ANTENOR  ORTIZ  GUTIÉRREZ,  que  por  haberse hecho de manera fraccionada en la  sentencia  de  primera  instancia  debían  atacarse  por  vía  distinta  a  la  utilizada por el casacionista.   

          4.  Olvidó  pronunciarse  el  Delegado  sobre igual crítica que se  hace  con  relación  al testimonio de JORGE ALBERTO ARGÜELLES, no obstante que  pretendió    ligar    su    análisis    al   realizado   respecto   de   ORTIZ  GUTIÉRREZ.   

          5.  Es  verdad  que  PEDRO  CERVANTES  PIMIENTA  no declaró en este  proceso,  pero  el  demandante no señaló la trascendencia ni la incidencia del  falso    juicio    de    existencia   por   suposición   que   en   efecto   se  produjo.   

          Adicionalmente,   el   censor   omitió   formular  la  proposición  jurí­dica completa pues no  obstante     citar     las     normas     medio    y    fin    viola­das,  no  indicó si lo eran por falta o  por indebida aplicación.   

          Tercer cargo   

          Respecto  de  los  falsos  juicios  de identidad que se reprochan en  este  cargo,  aunque  en realidad algunos de ellos se presentaron, el demandante  olvidó  demostrar  la  incidencia  y trascendencia de esos errores in    iudicando   para   destruir   las  valoraciones  indiciarias  en  que  se  sustenta  la  condena, de acuerdo con la  especial  técnica  que  la  jurisprudencia  de  la Corte ha señalado según el  nivel  de  construcción  indiciaria  de  que  se trate, es decir, la prueba del  hecho   indicador,  la  inferencia  lógica  y  la  fuerza  probatoria  o  poder  suaso­rio      del  indicio.   

          En   este   caso,   el   demandante   demostró  que  en  efecto  se  pro­dujeron diversos falsos  juicios  de  identidad respecto de los hechos indicadores, pero no la incidencia  de  ellos  en  el  sentido  de  la  deci­sión  demostrando  “que  de no haberse presentado dichos errores,  no  se  habrían  podido instrumentalizar tales hechos indicadores, y por ende y  por   consecuencia   y   efecto,   no   se   habrían   podido  efec­tuar    inferencias   indiciarias   de  responsabilidad penal”.   

          Por lo tanto, solicita que se desestime el cargo.   

          Cuarto cargo   

          Opina   que   tampoco   está   llamado   a   prosperar,  porque  el  plan­teamiento  de  la duda  probatoria  que hace el demandante se sus­tenta  en  los  mismos  falsos  juicios de existencia y de identidad  ex­puestos   en  las  dos  anteriores  censuras,  a  cuyas  falencias  técnicas  ya  hizo referencia en su  concepto.   

          A  la  duda,  agrega,  no  se  puede  llegar  a  través  del  libre  dis­curso  sino mediante la  demostración       de       errores      de      hecho      trascen­dentes   que   permitan   destruir  las  valoraciones   indiciarias   que  se  hi­cieron   en   la   sentencia.   Y   aunque   el   casacionista  hace  aproximacio­nes    de  incidencia  y  trascendencia  respecto  de  la  no  existencia  de indicios, los  interrogantes  que  plantea  en  esa dirección, que podrían ser acogidos desde  una  perspectiva  de  libre  contraargumentación,  no  cumplen  las  exigencias  propias de la censura de indicios.   

          Manifiesta   que   tiene   serios   reparos   sobre   los   soportes  indicia­rios    de   la  sentencia,   pero  se  abstiene  de  plantearlos  en  virtud  del  principio  de  limitación.   

          Quinto cargo   

          Aunque  el  demandante  demostró falencias del fallo en cuanto a la  aplicación   de   las   reglas   de   la   sana  crítica,  se  apartó  de  la  téc­nica   propia   para  cuestionar  la  valoración  indiciaria,  particularmente  en  el  nivel  de  la  inferencia  lógica.  Y  a  pesar  de  que  en  algunos apartes se refiere a los  indicios,   omite   señalar   la  trascendencia  y  la  incidencia  del  error,  limitándose  a  expresar que si no se hubieran violado los principios generales  que   regulan   la   valoración   de  la  prueba,  la  sentencia  hubiera  sido  absolutoria.   

          Por  esta  razón  y porque no se formuló la proposición jurídica  completa  en  tanto no se le señala a la Corte el camino a seguir para proferir  la  absolución  que  se  demanda,  la  Procuraduría  conceptúa  que  se  debe  desestimar el cargo.   

          Casación de oficio   

          Sugiere   el  Procurador  Delegado  que  se  case  oficiosamente  la  sentencia  y se decrete la nulidad a partir de la resolución que de­claró  cerrada  la  instrucción,  por  violación  del  principio  de  investiga­ción integral. A ese propósito, sostiene:   

          1.   La   ampliación  del  testimonio  de  todos  los  funcionarios  poli­ciales     que  intervinieron  en  el  procedimiento  era  necesaria  para  averiguar  con mayor  precisión  qué  información  recibieron  sobre los dueños de la marihuana, a  cuál     de     los     patrones     se     refería    el    captu­rado,  qué participación en los hechos  tenía    EDUARDO    DÁVILA    ARMENTA,  todo  lo  cual  hubiera  permitido  que  algunos de los DÁVILA o  singularmente  aquél  resultaran involucrados o excluidos, posibilidades que de  suyo     denotan     la     trascendencia     de    lo    que    pro­batoriamente se omitió.   

          2.  La  vinculación  al  proceso  de las personas señaladas por el  testigo  con  identidad reservada como participantes en las labores de descargue  de  la  marihuana  a  raíz  del  desperfecto  de  uno  de los dos motores de la  embarcación   en   que   se   transportaba,  hubiese  permitido  determinar  la  credibilidad     del     testigo     –descartada        infe­rencialmente  desde  la  resolución  de  situación  jurídica  del  señor  DÁVILA ARMENTA- y la  existencia  o  no  de  vasos  comunicantes  entre los cómplices materiales y el  procesado,  lo  cual tendría “proyecciones investigativas por correspondencia  de  efectos  de in­clusión o  exclusión  de  responsabilidad penal” respecto de éste o también incidir en  la  aplicación  del  in  dubio  pro  reo  que  se  derivaría  de  la  confrontación  entre los indicios de  responsabilidad  deducidos  en  la  sentencia y los indicios de inocencia que de  tal manera se hubiesen podido producir.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          La    Sala   no   casará   la   sentencia,   por   las   siguientes  razones:   

          Primer cargo   

          Cuando  se  acusa  la  sentencia por haber sido dictada en un juicio  viciado  de  nulidad  por  la  violación  del debido proceso que en­traña  el desconocimiento del principio  de    investigación    integral,    re­sulta  forzoso  que  el  censor  no  sólo  indique  las pruebas que  -afirma-   no   fueron   practicadas   y   acredite   que   eran  conducentes  y  pertinen­tes, sino también  que    compruebe    la    trascendencia   de   ellas   y   la   inci­dencia    que   tendrían,   valoradas  conjuntamente  con  las demás que se recaudaron, en el sentido de la decisión.   

          Esto   es  apenas  obvio,   porque  si  dentro  del  objeto  de  investi­gación previsto en  el  artículo  334  del Código de Procedimiento Penal el juez deberá decretar,  de  oficio  o a petición de los sujetos procesales, las pruebas que interesen a  la  investigación  en  cuanto permitan “el esclarecimiento de la verdad sobre  los  hechos”  que  son  materia  de  ella, la no aducción de alguna no incide  directa  e in­defectiblemente  en  la  validez  del  proceso  sino  en la medida en que, de haberse practicado,  hubiese     tenido     la     posibilidad    de    que    la    deci­sión  adoptada  fuese distinta a la que  finalmente tomó el juzgador.   

          El  demandante,  por  el contrario, partiendo de una premisa general  que  a  la  vez  presenta  como  conclusión,  en  el  sentido  de ser otros los  “verdaderos  responsables  del  delito”, lamenta que no se hubiera escuchado  el  testimonio  de  algunos  miembros  de  la Policía Nacional y ampliado el de  quienes  declararon,  para  solucionar  las  contradicciones que advierte en sus  versiones;  que  no  se oyera a todos los trabajadores de “Villa Concha” y a  algunos  pescadores,  ni  se  intentara  verificar  lo  dicho por el testigo con  reserva  de  identidad  en  cuanto  a  los  autores del hecho y especialmente al  “Capi  Blas”, pruebas que reputa conducentes y pertinentes porque se aludió  a   personas  reales  que  podían  ser  citadas  como  testigos  o  sindicados.   

          No  es  suficiente  precisar  qué  se  pretende  demostrar  con  un  determinado  medio  de  convicción,  sino  que es necesario también indicar la  relación  que  el  tema  de  prueba tiene con el objeto de la investigación y,  naturalmente, con el sentido del fallo.   

No tiene sentido, por ejemplo, reprochar que  no  se  le hubiere recibido declaración al sargento GRANADOS para establecer el  es­tado en que se encontraba  la  embarcación  que  se  hallaba en “Villa Concha” o para aclarar cuál de  las   versiones  suministradas  por  los  policiales  que  intervinieron  en  la  incautación de la hierba se ceñía a la verdad.   

Lo primero, porque ninguna alusión se hizo a  esa  lancha  en  la  sentencia de segunda instancia y en la de primera apenas se  men­cionó    en    la  transcripción  de  la  providencia  mediante la cual el Fiscal Delegado ante el  Tribunal     Nacional     confirmó     la     medida    de    asegu­ramiento  (fl.  603, C.5), de manera que  insistir en el punto no tenía importancia alguna.   

Lo  segundo,  porque nada podría aportar el  sargento  GRANADOS  pues  no  participó en el operativo ni en el hallazgo de la  marihuana  como  que  fue llamado posteriormente y acudió con un funcionario de  la  Fiscalía  General  de  la  Nación  “quienes  procedieron a empacar en un  vehículo  los cincuenta y tres bultos” (fl. 77, C.3), momento para el cual la  presencia  del  padrastro  de  PAREDES  CARRASCAL  ya  había  logrado que éste  cambiara  su  inicial  versión  según  dijo  el  agente GÓMEZ LÓPEZ (fl. 51,  C.1).   

Además,  fue  quien  como jefe de la unidad  investigativa  de  la  Sijín, comisionado por la fiscal regional (fl. 19, C.1),  recibió  las  de­claraciones  que la defensa califica como contradictorias (fls. 37 a 52, C.1).   

Y  por  último,  aun  en  el  evento de que  también      él      hubiese     en­trevistado  a  PAREDES  o  hubiera  tenido  conocimiento  directo de  al­guna  pregunta que se le  hubiera  hecho,  su  dicho  simplemente  se  ubicaría  en uno de los dos grupos  –favorable  o desfavorable  al  pro­cesado- en los que la  defensa  ha enfrentado tales testimonios, lo cual no soluciona la contradicción  que aduce.   

          Reflexión  semejante  cabe  hacer  con  relación al testimonio del  agente   PEDRO   CERVANTES   PIMIENTA,  prueba  omitida  que  simple­mente  menciona  el  demandante pero sin  indicar     pertinencia     y     con­ducencia,  mucho menos lo que con ella se hubiera obtenido o de qué  manera  habría  variado  el  sentido  de  la decisión, como no lo hizo tampoco  respecto    de    las   ampliaciones   testimoniales   de   los   po­licías  “para  que hubieran explicado  la   razón   de   sus   versiones   con­tradictorias”,  falta  de  coincidencia  en diversos aspectos cuyo  análi­sis,  sin  embargo,  abordará    la    Sala    al    pronunciarse    sobre    la    suge­rencia de casación oficiosa que plantea  el  señor  Procurador  Delegado, como que para la improsperidad del cargo basta  la falta de técnica que se advirtió.   

          En   la   afanosa   búsqueda   de   prueba   omitida,   señala  el  deman­dante     las  declaraciones  de  quienes  “estaban  en  el  sitio  de  los  acon­tecimientos”  y que supone se hallaban  “…   en   capacidad   de   aportar   importantes   informaciones   para   su  descubrimiento”,  sin  tener  en  cuenta  que  el  sector  del predio donde se  detectó    la    sustancia    se    en­cuentra   separado   del  resto  del  inmueble  y  en  aquél  sólo  permanecía  JORGE  ELIÉCER  PAREDES,  como se deduce de los testimonios de los  agentes  SALAZAR  PALACIO  y GÓMEZ LÓPEZ (fls. 37, C.1 y 369, C.4). Su hermano  JESÚS,  una  de  las ocho personas que estaban en el predio (fl. 23 C.1), “no  estuvo  presente  porque  él  se  encontraba  en el campamento de la finca, que  queda  en  el primer portón de aquí para allá” (fl. 240, C.3); como tampoco  se  hallaban, para men­cionar  otros  que  sí  declararon,  PEDRO CALDERÓN (fl. 159, C.1), PEDRO MANUEL CALVO  (fl. 221, C.2) y SAÚL ALFONSO ASCANIO (fl. 222).   

          Con   relación   a   LIBORIO   GRANADOS,   como   luego   se  dirá  tam­bién  respecto  de las  “importantes  pesquizas”  que  debían  derivarse según el demandante de la  declaración  del  testigo  con reserva de identidad, es claro que si se rechaza  una  versión  por  fantasiosa,  hasta  el  punto  de que el juzgador de segunda  instancia  ordena  que  se  compulsen copias para investigar al deponente por el  delito  de falso testimonio, la prueba que se decretara para corroborarla sería  inconducente pues lo increíble no merece confirmación.   

          La  situación  es  similar  frente  al testimonio de RAMÓN SEGUNDO  ARIZA  PERTUZ  pues  el  Tribunal  rechazó enfáticamente su capacidad auditiva  para   escuchar   desde   la  lancha  en  que  supuestamente  se  en­contraba   una   conversación  que  se  desarrollaba   en   pleno  mar,  a  doscientos  metros  de  distancia,  en  otra  embarcación.   

          Semejante    ocurre,    ya    se    anunció,    respecto   de   las  averigua­ciones  que  no se  adelantaron  para  confirmar  el  dicho de quien en la instrucción conservó su  identidad  reservada  pero  que  en  el  juicio  se supo que se trataba de JHONY  RAMÍREZ,  empleado  de  RAFAEL ORDÓÑEZ, quien a su vez era desde quince años  atrás  arrendatario  del restaurante Bocono, situado en “Villa Concha” (fl.  210, C.2).   

          Ninguna    credibilidad   les   mereció   a   los   juzgadores   su  testimo­nio, al punto que el  de     segunda    instancia    ordenó    que    se    le    investi­gara  por  la  mendacidad de su versión  (fl.  26,  C.6).  Que  inicialmente  el fiscal regional hubiera ordenado algunas  diligencias      que      se      des­prendían  de  lo  dicho  por  RAMÍREZ (fl. 1, C.4), lo que podría  signifi­car   que   para  entonces  sus  afirmaciones  no  se  habían  descartado,  o  por  lo  menos  no  totalmente,    no    implicaba    que    ello    no    pudiera   ocu­rrir  en  el  futuro  merced a una mejor  valoración  del  instructor  o  que forzosamente cada una de ellas tuvieran que  ser       objeto       de      averi­guación,  no  obstante  que  la  credibilidad del testigo ya había  sido  cuestionada seriamente por el fiscal delegado ante el Tribunal Nacional en  la  providencia  que  confirmó  la  acusación  (fls. 98/9, C. de la F.D.T.N.),  oportunidad  en la cual también había desechado que GABRIEL EDUARDO RODRÍGUEZ  CABAS  fuera  el mismo “Capitán Blas” a que se refirió JOHNY RAMÍREZ (fl.  98 ibí­dem).   

          En    relación    con    estos    tres   testimonios   –GRANADOS,  ARIZA  y  RAMÍREZ-, la Sala  debe  precisar  que  ninguna postulación probatoria podría predicarse a partir  de  ellos porque los jueces les habían negado toda posibilidad de credibilidad,  por  las  razones  anotadas.  Mal  puede  pretender  entonces  el actor que haya  omisión  de  práctica  de pruebas por la no verificación de sus dichos cuando  los   funcionarios   judiciales   los   han   descartado   por   faltar   a   la  verdad.   

          Como  sin  embargo  el  casacionista  quiso  hacerlo,  y  a  sí  lo  planteó,  la imputación a la sentencia carece de fundamento por cuanto si bien  es  factible  esbozar  yerros  en la apreciación de la prueba testimonial, debe  serlo  pero  por  otra  vía, más no por la elegida, nulidad por violación del  principio   de   investigación   integral.   El   cargo,   así,   cae   de  su  peso.   

          En  consecuencia,  el reproche no ha de prosperar ni aun si se   aceptara  que implícitamente dentro del reparo quedaba cumplido el requisito de  demostrar  la  incidencia  de  la  prueba  en  la  naturaleza condenatoria de la  sentencia,      en      tanto      eventualmente      pudiera     ad­mitirse    que   la   autoría   ajena  descartaría  la del procesado, pues las increíbles o mentirosas expresiones de  un    testigo    que    pretende    en­gañar  a  la  justicia,  que carecen de todo poder demostrativo, no  tie­nen que ser verificadas.   

          En   este   sentido,   recientemente  dijo  la  Corte  que  “…la  investi­gación integral no  puede    ser    entendida    ni   lo   ha   sido,   como   la   nece­sidad  de  allegar y practicar todas las  pruebas  que puedan surgir en las mentes de los jueces o los sujetos procesales,  sino  aquellas  que  son conducentes y pertinentes a los objetivos de la acción  penal,  siempre  y  cuando  se  encuentren al alcance de los medios que están a  disposición  del  instructor”  (Sala  de Casación Penal, sentencia del 22 de  octubre  de  1999,  M.  P.  Edgar  Lombana  Trujillo,  radicación  No. 11.127).   

          Segundo cargo   

          Este  reproche,  que  cuestiona  la sentencia por haber incurrido en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  derivada  de  falsos  juicios de  existencia, tampoco tiene vocación de éxito.   

          Con  relación  al  informe  rendido  por el sargento LIBARDO SOTELO  -mediante  el  cual  deja  a  disposición del jefe de la Sijín-Demag al señor  JORGE  ELIÉCER  PAREDES  CARRASCAL así como la marihuana y el arma hallados en  “Villa  Concha”- sería suficiente re­cordar   que   en  otra  ocasión,  respecto  de  un  “informe  de  inteligen­cia”,  dijo  la  Sala  que este no podía ser identificado con una versión “para proceder acto  seguido  a  examinar en igualdad de condiciones el contenido de él con el de un  testimonio   rendido  ante  el  funciona­rio  instructor con el lleno de las formalidades legales. El informe  es  sólo  eso” (Sentencia del 25 de mayo de 1999, M. P. Carlos Eduardo Mejía  Escobar, radicación NO. 12.885).   

          Así  el  asunto  frente  al informe del  servidor  policial,  no  hay duda que por contener afirmaciones hechas por quien  lo  suscribe  es  susceptible de servir de pauta para orientar el interrogatorio  que  posteriormente habrá de hacer el investigador cuando aquél de­clare,  pero  no constituye en sí mismo  un  medio de convicción y, por esta razón, tampoco se puede reprochar su falta  de  valoración  en  el  fallo  para  hacer surgir de tal circunstancia un falso  juicio  de  exis­tencia por  omisión.   

          Pero  aun  si  laxamente  se  entendiera  que por provenir del mismo  testigo  conforma con la declaración una unidad que como tal debe ser apreciada  por  el  juez,  el  error  que se aduce sólo podría ser alegado en tanto ésta  hubiera  sido  desconocida  por completo, lo cual no sucedió en este caso pues,  como  lo  destaca el señor Procurador Delegado, “el referido testimonio visto  en   su   conjunto,  fue  considerado  –  valorado  en  varios  apartes de las sentencias de primera como de  segunda instancia”.   

Por  otro  lado,  incurre  el  demandante en  inexcusable  contra­dicción  cuando  acusa  a  los  sentenciadores  de  no  haber  valorado o considerado los  testimonios  de  PEDRO  SALAZAR,  RICARDO  PULIDO,  JORGE  ALBERTO  ARGÜELLES y  ANTENOR  ORTIZ,  miembros todos de la Policía Nacional -que sí lo fueron, como  se  advierte  en  los fo­lios  19  y 27 de la sentencia de 1a. instancia-, pero seguidamente reconoce que no se  anali­zaron  “de  manera  particularizada”    sino    que    “se    los    menciona   úni­camente   en   conjunto   y  de  manera  global”  e  incluso  señala  los  folios  en  los  que el fallador de primera  instancia   aludió   a  ellos,  descono­ciendo   el  libelista  que  el  falso  juicio  de  exis­tencia  que  alega  se  con­figura,  en  una de sus manifestaciones,  por  la falta de apreciación absoluta de la prueba que materialmente obra en el  proceso.   

          Ha  de  concluirse,  por  lo  tanto,  que si la sentencia de primera  instancia  –que conforma con  la     que     le    imparte    confir­mación   una   unidad  inescindible  en  todo  aquello  que  no  es  rectifi­cado,  corregido  o  modificado-  tuvo  en  cuenta  la  prueba  a que se refiere el deman­dante,  como  se  percibe  con la simple  revisión  de  los folios 582, 588 y 590 del cuaderno No. 5, la alegada omisión  probatoria  no  existe  y  el  cargo  que  se  aduce  carece  de  sustento en la  realidad.    

          Finalmente,  aunque  es  verdad  que  el A  quo  incurrió  en  falso  juicio  de  existencia  por  suposición  al  referirse  al  testimonio  del agente PEDRO CERVANTES PIMIENTA,  quien  jamás declaró en este proceso, no demostró el censor la incidencia del  yerro    en    el   sentido   del   fallo,   lo   que   torna   impróspera   la  acusación.   

          Y,  a  más  de  ello, el casacionista no demostró errores, como le  correspondía,  predicables  de  la  amplia y bien estudiada prueba atendida por  los    jueces,    quienes,   en   esencia,   sustentaron   su   deci­sión en el informe de incautación, los  testimonios  iniciales de los  agentes  SOTELO  y  LOPEZ  GOMEZ,  las  indagatorias  de  PAREDES y DAVILA  ARMENTA, la inspección judicial a  las   oficinas   de   éste,   el   cheque  girado  por  orden  de  DAVILA  ARMENTA  al  padrastro de PAREDES  para  pagar  su  defensa  técnica  y  la  muerte  del  “Capi Blak” 24 horas  después  de que en su declaración el ad­ministrador  de  un restaurante que opera en predios de DAVILA  le  imputara  el hecho, aparte de  los   serios   racioci­nios  judiciales   que   llevaron  a  demeritar  bastante  prueba  testimo­nial,  especialmente  aquella  aparecida  después de varios días.   

          Tercer cargo   

          Con  el  propósito  de  destruir  la  prueba indiciaria que sirvió  de   sustento  a  la  sentencia  condenatoria, el demandante expresa que se  tergiversaron  diversos  medios  de  convicción debido a falsos jui­cios de identidad en que incurrieron los  falladores.   

          Olvidó   sin   embargo   que   -como   prolijamente  lo  ha  venido  di­ciendo  la  Sala- cuando  esa   es  la  orientación  del  reproche,  debe  precisar  inicialmente  si  su  inconformidad  se refiere al hecho indica­dor,  a  la  inferencia  lógica o a la fuerza de convicción que su  valora­ción  en  conjunto  pueda  generar,  pues  en  cada  caso  será  necesario  abordar el ataque desde  perspectivas diferentes.   

En este sentido, si lo que se cuestiona es el  hecho  indicador,  que  naturalmente  debe  estar  demostrado  con otro medio de  prueba,   se  debe  expresar  si  el  error  que  cometió  el  fallador  en  su  apreciación  fue  de  hecho o de derecho. En el primer caso, si obe­deció  a  un falso juicio de existencia  porque   omitió   o   supuso   la   cir­cunstancia  conocida,  o  a  un  falso  juicio  de  identidad porque  tergi­versó  el  contenido  material  de  la  prueba  haciéndole  decir algo que no decía, o a un error de  raciocinio      porque      la     valoración     de     la     pre­misa  a partir de la cual se hará luego  la  inferencia  se  apartó de los principios de la sana crítica. En el segundo  caso,    si    el    error    de   dere­cho  se  produjo  porque el juez admitió y apreció como prueba del  hecho  indicador alguna que se incorporó irregularmente al proceso y que por lo  tanto carece de validez.   

          Pero  si  el  reproche  se  dirige a la inferencia lógica, en tanto  re­sultado  de  un  proceso  valorativo  el  censor  sólo  podrá  atacarla a través del error de hecho por  desconocimiento  de  los  principios de la sana crítica, lo cual supone además  que acepte la validez de la prueba del hecho indicador.   

          Y  si  el  error  se  predica  tanto  del hecho indicador como de la  inferencia  lógica, el ataque se debe presentar en cargos separados y de manera  subsidiaria  (Por  ejemplo, en decisión del 20 de octubre de 1999, M. P. Carlos  Eduardo Mejía Escobar).   

          En   todo   caso,   sea  cual  fuere  el  vicio  que  se  alega,  es  necesa­rio    también  demostrar  la  trascendencia del error y la incidencia en el fallo, aspecto este  que  el demandante tendrá que examinar en su conjunto dado que de la pluralidad  indiciaria  ha de predicarse su concordancia y convergencia según lo enseña el  artículo 303 del Código de Procedimiento Penal.   

          En  el  presente  asunto,  el  libelista no precisa si la censura se  dirige  contra  la  prueba  del hecho indicador o contra la inferencia lógica o  contra   ambos,  y  aunque  parece  referirse  al  primero,  la  ina­decuada  identificación de los indicios  o  el  fraccionamiento  que  hace  de  los  medios  de  prueba  que acreditan la  circunstancia,       la       entre­mezcla  de  hechos indicadores, la falta de correspondencia entre la  prueba  que  dice  haber sido distorsionada por los juzgadores para acreditar la  premisa   y   los   medios   de   convicción  que  en  realidad  tu­vieron estos en cuenta, la expresión de  particulares  apreciaciones  de la prueba que formula al referirse a cada uno de  los   falsos   jui­cios  de  identidad,  tanto como la falta de un eje central en torno al cual gire cada uno  de     los     reproches,     tornan     equívoca     la    argumen­tación.   

          No   será   preciso,  sin  embargo,  examinar  si  en  realidad  se  co­metieron los errores que  atribuye  a  los  jueces  de  instancia, porque aun si ello hubiere ocurrido, de  todas  maneras  la  queja  habrá  de ser desechada pues, además de la falta de  claridad  y  de  exactitud  en  la  sustentación  del cargo, que de suyo trunca  cualquier  posibili­dad  de  éxito  por  la omisión del requisito previsto en el numeral 3º. del artículo  225    del    Código    de   Procedimiento   Penal,   también   in­cumplió  la  exigencia  de demostrar la  importancia  de  los  errores  y  su  influjo  en  la  adopción de la sentencia  condenatoria,  señalando puntualmente cómo si no se hubieran presentado estos,  el     fallo    se­ría  sustancialmente distinto.   

          Cuarto cargo   

          De  nuevo  plantea  el  demandante los errores por falsos juicios de  existencia  y  de  identidad que separadamente había expuesto en los dos cargos  anteriores,  para reclamar ahora el reconocimiento de la duda, sin introducir en  la  argumentación  cambio  alguno que aconseje reexaminar, desde la perspectiva  del  in  dubio  pro reo, los  yerros que le atribuye a los juzgadores.   

          Suficiente   será  recordar,  entonces,  en  cuanto  a  los  falsos  jui­cios  de existencia: 1)  Que  el  informe  de  captura  no  constituye  prueba  y  por  tanto no se puede  cuestionar  su  falta de valoración. En últimas, si en gracia de discusión se  le    considerara    tal,    la    apre­ciación  del  testimonio de quien lo suscribe obliga a concluir que  la  prueba no fue omitida. 2) Que este error no se presenta cuando el testimonio  se   valora   en   cualquier   sentido.   La   apreciación  fragmen­taria,  tergiversada  o distorsionada de  la  prueba constituiría un falso juicio de identidad, pero no de existencia. 3)  Que  aunque es cierto que se supuso el testimonio del agente CERVANTES PIMIENTA,  no se demostró su influencia en el fallo.   

          Y  con  relación  a los falsos juicios de identidad, cuidándose de  aludir    a   pruebas   consideradas   por   el   Ad  quem    que    señalan   al   señor   DÁVILA  ARMENTA  como propietario de las  cabañas  de  “Villa  Concha” (Santiago Arias y Jorge Eliécer Paredes, fls.  15  y  23,  C.1), patrón de los celadores (Paredes Carrascal, fl. 22, C.1), que  ha   ma­nejado  todas  las  inversiones  familiares  (Eduardo Dávila, fl. 105, C.1) y contrata trabajadores  (Saúl  Ascanio  y Orangel Pinto, fls. 222 y 224, C.2 y Santiago Arias, fl. 241,  C.3),   el   demandante   alega  la  ter­giversación  de  la  inspección judicial practicada a las oficinas  de  las  empresas  de la familia DÁVILA y de testimonios que no men­ciona,   con   la  que  los  juzgadores  pretenden      “crear     indicios     que     en     la     reali­dad  no  existen”  pero que tampoco el  libelista   señala,   con  lo  cual  in­cumple   las   exigencias   técnicas  que  para  quebrar  el  hecho  in­dicador  o la inferencia  lógica se anotaron en el numeral anterior.   

O, simplemente, afirma que la distorsión se  produjo  cuando  se  mencionaron  conjuntamente  todos  los policías como si el  conte­nido    de    sus  declaraciones  hubiera  sido  idéntico,  pero  nada  dice  con  relación a los  testimonios que sí concuerdan con lo dicho en la sentencia.   

O resalta la extensión total del predio sin  aclarar  que  la  parte  de  las  cabañas,  donde se halló la marihuana, está  separada  del  resto  como se acreditó en la diligencia de inspección judicial  al te­rreno.   

O, en fin, concluye que no queda vigente en  contra   del   pro­cesado  ningún  indicio  incriminatorio  y  que  “si no se hubieran vulne­rado   los   principios  generales  que  regulan  la  apreciación  probatoria, la sentencia ahora impugnada hubiera sido  necesariamente           absolu­toria”,   abandonándose   a   la   exposición   libre   de   sus  pensamientos,  de  sus  interrogantes, de sus deducciones, como si se tratara de  un  estudio  de  instancia,  pero  alejado desde luego del rigor técnico que se  requiere  para  desvirtuar  la doble presunción de acierto y legali­dad  con  que  arriban  las sentencias a  esta sede.   

Reitérase,   para   terminar,   que   el  casacionista  esbozó errores por falso juicio de existencia y de identidad pero  que  luego  tomó  otro  rumbo pues que, 1), se dedicó a mostrar su pensamiento  so­bre la prueba, tarea, por  sí      sola,     ciertamente     inadmisible      en     casa­ción  y,  2),  que,  en el fondo, quiso  cuestionar    las   conclusiones   judi­ciales  pero  sin  detenerse en la comprobación del desconocimiento  de  los  funcionarios  de  las leyes científicas, los principios lógicos o las  reglas  de  la  experiencia y en el señalamiento de cuáles habrían debido ser  las  leyes,  principios o reglas atendibles y, por supuesto, aplicadas. Dicho de  otra  manera,  los  falsos  juicios  de  existencia y de identidad quisieron ser  convertidos en falsos raciocinios, más con alta insuficiencia.   

          Es   evidente   que  falencias  como  las  anotadas  deben  conducir  irremediablemente al fracaso de la acusación.   

          Quinto cargo   

          Incurriendo   en   contradicciones   como  la  de  señalar  que  la  lan­cha que transportaba la  marihuana  se  varó  -para  explicar  que  los  encargados  de ella no pudieron  escoger  el  lugar  donde  la  deberían  guardar transitoriamente- y a renglón  seguido  afirmar  que  como conservaba un motor en buen estado pudo abandonar el  sitio,   el   demandante  cuestiona  aisladas  conclusiones  contenidas  en  las  re­so­luciones   de   acusación   de   ambas  instancias   y   resalta   de   las  sen­ten­cias las que  a  su juicio constituyen infracciones a los principios de la sana crítica, casi  siempre  sin  expresar  -otra  vez- como era su obligación, cuáles leyes de la  lógica,  de  la ciencia o de la experien­cia       se       desco­nocieron,  y  en otras ocasiones simplemente oponiendo su particular  concepción   al  análisis  judicial  –como      cuando      considera      que      la      en­trega   del  cheque  para  el  pago  de  honorarios  del  defensor  de  PAREDES  CARRASCAL  es  producto  de  la  caridad  cristiana  y  del  cumplimiento  de  los deberes patronales- lo que le impide en  todos  los  casos relacionar cada acusación con la inferencia lógica que en la  construcción  indiciaria  formulan los falladores, con lo cual desa­tiende de nuevo las exigencias técnicas  que  se  deben  observar para destruir la valoración probatoria que sustenta la  condena,  como  lo  hace  en general al omitir demostrar la trascendencia de los  errores y su incidencia en el sentido de la sentencia.   

          El cargo, entonces, será desestimado.   

          Casación oficiosa   

          La  sugerencia  que  el  señor  Procurador Delegado le formula a la  Corte  para  que  case  oficiosamente  la  sentencia por haberse dic­tado  en un juicio viciado de nulidad en  razón  de  la  violación  del  principio  de investigación integral, no será  atendida por la Sala.   

          Ya  se explicó, al examinar el primer cargo de la demanda, por qué  no  era  indispensable  escuchar  al  jefe  de  la  unidad de policía judicial,  sargento  PABLO  GRANADOS  CRUZ.  Tampoco  lo era ampliar los testimonios de los  policías  que  afirmaron  que PAREDES CARRASCAL no hizo ninguna mención de los  propietarios      de      la      sus­tancia,  pues  la  valoración  individual  y  en  conjunto de tales  declara­ciones  y  de  las  rendidas    por    los    agentes    que    reprodujeron    los   co­mentarios  del  capturado, es suficiente  para dilucidar la aparente contradicción de sus dichos.   

          Bastaría   confrontar  todos  los  testimonios  para  concluir  que  PAREDES  CARRASCAL  no  habló  con la totalidad de los agentes como lo informan  PEDRO  SALAZAR  y  PEDRO GÓMEZ (fls. 38, C.1 y 368, C.3), ni contó a todos sus  interlocutores  o  interrogadores  lo  mismo,  pues  no  de  otra  forma podría  entenderse  que  sólo  JORGE  ALBERTO  ARGÜELLES  se  refiera  a  la  supuesta  persecución        del        heli­cóptero  (fl.  43, C.1), LIBARDO SOTELO a la pérdida del empleo si  PAREDES  decía  quién era el propietario (fl. 50, C.1), PEDRO GÓMEZ a que los  patrones   eran   los   que   sabían   del  cargamento  y  que  res­pondían  por  él  (fl.  52, C.1) y, en  general, que no sean coincidentes en todos los aspectos.   

          No  se  trata,  entonces,  que  unos  hubieran  dicho verdad y otros  mentira,  sino  que  cada  uno  conoció o percibió las particulari­dades  que  narró,  de  manera  que  la  ampliación  para  interrogarlos  nuevamente  sobre  el  punto,  como reclama el  Delegado,  resulta ciertamente innecesaria, mucho más si se tiene en cuenta que  GÓMEZ,  cuestionado en otra oportunidad sobre la veracidad de sus afirmaciones,  ratificó  plenamente  que  lo  dicho  ante  el  jefe  de  la unidad de policía  judicial era lo cierto (fl. 369, C.4).   

          Las     demás    pruebas    omitidas,    relacionadas    con    las  averigua­ciones   que  se  debieron  hacer  a  partir  de  las  afirmaciones  del  testigo que declaró con  reserva  de  identidad, establecida la mendacidad de éste según la valoración  hecha  primero  por  el fiscal delegado ante el Tribunal Nacional (fls. 98/9, C.  de     la     F.D.T.N.)     y     rati­ficada  por  los falladores –que    llevó   al   de   segunda   instancia   a   orde­nar  que se le investigara por el delito  de      falso     testimonio     (fl.     26,     C.6)-     autoriza­ban  a  instructor  y  juez  a negarse a  verificar   especies   que   sabían  ya  mentirosas  o  fantasiosas.  Sobre  el  particular,   reitera  la  Sala  el  cri­terio  que  dejó  consignado  al  examinar  el  cargo primero de la  de­manda.   

          El  recurso interpuesto, entonces, no produce efecto alguno sobre la  sentencia impugnada.   

          De  otra  parte,  por  no  ser  de  su  competencia  en razón de la  decisión  tomada   y porque las manifestaciones expresadas en la petición  no   han   resultado  relacionadas  con  los  temas  objeto  del  re­curso  y  del  fallo,  la  Sala  no  se  pronunciará  sobre  el  escrito  presen­tado  por la señora ROSE MARIE DÁVILA ARMENTA en el sentido de que  se  cancele  la  anotación  ordenada por la Unidad Investigativa Regional de la  Sijín   en   el   folio   de   matrícula   inmobiliaria  correspon­diente   al   predio   de  la  sociedad  Urbanizadora “Villa Concha Ltda”.   

En  mérito  de  lo  expuesto  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

NO     CASAR      la    sentencia  recurrida.   

Cópiese, cúmplase y devuélvase al Tribunal  de origen.   

CARLOS   E.   MEJÍA  ESCOBAR   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL             JORGE  E.  CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS            CARLOS  A.  GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE   A.   GÓMEZ   GALLEGO                                 ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO   

                                                                No hay firma   

ÁLVARO   O.   PÉREZ  PINZÓN                    NILSON   PINILLA   PINILLA                     

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *