13381jun

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso Nº 13381  

                            CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

                                             SALA DE CASACION PENAL   

                            Magistrado Ponente:   

                            Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

                               Aprobado    Acta    No.092    (junio  2/2000)   

          Santa  Fe  de  Bogotá,  D.C.,  junio  veintidós  (22)  de dos mil  (2000)   

          Decide  la Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  por  el  defensor  de  LUIS  ENRIQUE  GUERRERO  JIMENEZ  contra  la sentencia de  diciembre  4  de 1996, mediante la cual el entonces Tribunal Nacional condenó a  dicho  procesado  a  42 años de prisión por los delitos de homicidio con fines  terroristas  y  conservación  ilegal  de  armas de uso privativo de las Fuerzas  Armadas.   

ANTECEDENTES  

          1.-   El  23  de  enero  de  1993  los  agentes de la Policía  Nacional  Luis  Alfonso  Sánchez  Ortegón  y  José  Vicente  Sánchez Moscoso  compartían  con  el  Cabo  Segundo  de  la  misma  institución Abelardo Zabala  Zabala,   en   el  “Asadero  Las  Pampas”  de  Aguachica,  Departamento  del  Cesar.   Aproximadamente  a  las  9  y  media de la noche abandonaron dicho  sitio  y se dirigieron hacia un vehículo marca Renault 4.  Se disponían a  abordar  el  mismo  cuando irrumpieron LUIS ENRIQUE GUERRERO JIMENEZ y otros dos  individuos  y  comenzaron  a  disparar  pistolas  calibre 9 mm, causando así la  muerte  de  Sánchez  Ortegón y lesiones en los otros dos policiales.  Los  agresores huyeron.   

          Por  informaciones  anónimas  se  supo que uno de los agresores se  encontraba   en   la   residencia   de  la  calle  8a,  número  3-50  de  dicho  municipio.   Al  día  siguiente  -24  de  enero-  la Policía allanó este  inmueble  y  capturó  al  referido  GUERRERO JIMENEZ, quien portaba una pistola  marca Browing 9 mm y una granada de fragmentación.   

          2.-   La  Fiscalía 21 de Aguachica abrió investigación (fl.  5),  indagó  al  aprehendido,  quien  negó totalmente su participación en los  hechos,  afirmando que durante toda la noche del 23 se dedicó a ver televisión  (fl. 53).   

         

Practicadas  otras  pruebas  y  decidida  la  detención  preventiva  del  sindicado,  se  cerró  investigación  y  mediante  resolución  de  julio  13  de  1994  (fl. 244) GUERRERO JIMENEZ fue acusado por  homicidios  y  lesiones personales con fines terroristas (arts. 29 y 31 dto. 180  de  1988) y conservación de armas de uso privativo de las Fuerzas Armadas (art.  2o.  dto.  3664  de  1986), proveído que, apelado por el defensor de aquél (el  mismo   que   cumple  de  casacionista  aquí),  fue  aprobado  enteramente  por  resolución de junio 2 de 1995 (fl. 4 cdno. No. 2).   

          3.-   Un Juzgado Regional de Barranquilla asumió el juicio y,  entre  otras  pruebas,  oyó en ampliación de indagatoria al acusado (fl. 369),  quien  dijo  pertenecer  a  la  Unión  Camilista  del  Ejército de Liberación  Nacional  -UCELN-,  “Frente  Camilo  Torres Restrepo”, y que a él y  a  sus  dos  acompañantes  les encomendaron la tarea de hablar “con un señor”  que  estaba  en  el  “Asadero  Las  Pampas” y que presumiblemente financiaba  grupos  paramilitares.   Dice que ya se iban acercando a donde dicho señor  estaba,    cuando    les  comenzaron  a  disparar,  viéndose ellos obligados a responder también con sus  armas  de fuego.  Afirma que resultó levemente herido en el hombro, que no  le  encontró  la  Policía  nada  (ni  pistola  ni  granada), y que no supieron  finalmente   si   quienes   abrieron   fuego   contra  ellos  eran  policías  o  paramilitares.   

          4.-   Se  concedió  la  libertad  provisional al procesado de  conformidad  con  el artículo 415-2 del Código de Procedimiento Penal, la cual  no  pudo  hacerse efectiva por el tiempo que tomó notificar dicha providencia y  consignar  el  dinero  fijado  como  caución,  y  porque,  luego  de citar para  sentencia,  el  Juzgado  Regional,  mediante  sentencia de julio 31 de 1996 (fl.  479),  en  armonía  con  la  acusación,  condenó  al  procesado a 18 años de  prisión,   revocando   la   libertad   provisional  concedida  y  ordenando  la  expedición   de   copias   para  investigar  el  delito  de  rebelión  en  que  probablemente estaba incurso GUERRERO JIMENEZ.   

          5.-   Al  revisar por apelación dicho fallo, el Tribunal, por  medio  del  que  ahora  es objeto de la impugnación extraordinaria (fl. 3 cdno.  Trib.), decidió:   

          a.-    Las  heridas  que  sufrieron  los  policiales  Sánchez  Moscoso  y  Zabala  Zabala  no constituyen lesiones personales sino tentativa de  homicidio,  por  lo  cual declaró la nulidad parcial de lo actuado por errónea  calificación.   

          b.-   Cuando sucedieron los hechos ya estaba vigente la ley 40  de  1993,  cuyos  artículos 29 y 30 (mod. arts. 323 y 324 C.P.), tipificaban el  delito  de homicidio agravado con fines terroristas, de manera idéntica a   sus  homólogos  del decreto 180 de 1998, diferenciándose únicamente en cuanto  a  la pena, mayor en aquéllos y que lo llevó a modificar el fallo para imponer  al  acusado  42  años  de  prisión  por  los  referidos delitos de homicidio y  conservación  ilegal  de  armas, considerando que al proceder agravando la pena  como  lo  hizo,  estaba  facultado  porque,  no  obstante  ser  el  defensor del  procesado apelante único, la sentencia era consultable.   

          c.-   Para que se investigara la posible mora que se dio en el  proceso  y que condujo a liberar provisionalmente al acusado, por vencimiento de  los  términos,  ordenó  el Tribunal expedir las respectivas copias con destino  al Consejo Seccional de la Judicatura.   

          d.-   Confirmó  en  lo demás el fallo, el cual fue recurrido  en casación por el acusado y su defensor (fls. 35 y ss.).   

          6.-  La Fiscalía, basándose en una documentación aportada por la  Penitenciaría  La  Picota,  informó  al  Tribunal  que  el  procesado GUERRERO  JIMENEZ,  fue  “rescatado”  por  un  “comando  del ELN”, cuando el 24 de  abril  de  1997  cumplía  una  cita  médica  en  la “Clínica Profamilia”,  ubicada  en la calle 23 con Avenida Caracas de esta capital (fls. 82 y ss. cdno.  Tribunal).   

          El Tribunal no se pronunció al respecto.   

         

LA DEMANDA  

          Primer cargo   

          Al  amparo del artículo 220-1 se aduce la violación directa de la  ley,  error  cometido  “sobre la EXISTENCIA, en la medida en que el juzgado NO  APLICO  EL  PRECEPTO  QUE CORRESPONDIA APLICAR” (fl. 51 infra. mayúsculas del  original),  que  era  el artículo 125 del Código Penal, en concordancia con el  artículo  127  ibídem  (delito  de  rebelión),  aplicando  erróneamente  los  artículos   29   y   31   del   decreto   180  de  1988:  homicidio  con  fines  terroristas.   

         

          Hace  unas  referencias  a la violación directa de la ley, cita la  sentencia  de  casación  proferida  por  esta  Sala  el 20 de febrero de 1985 y  recuerda  que  el proceso “Aceptó el delito de rebelión en la fase final del  proceso”,  y que dicha confesión la hizo “porque se tenía la intención de  explicar    los   móviles   eminentemente   políticos   que   determinaron   y  caracterizaron  la  acción  armada  de  aquel  entonces.   No se tenía la  intención  de  justificar  un  hecho, porque como nos pudimos dar cuenta con la  ampliación  de  indagatoria, mi defendido LUIS ENRIQUE GUERRERO JIMENEZ asumió  la   responsabilidad  en  los  hechos  al  confesar  su  participación  en  los  mismos.   Lo  único que el quería, y fue lo que se hizo, era explicar las  razones  de dicha acción, para que no se viera con el simplismo que hasta ahora  se  ha  observado  el  hecho:   como  una  ACCION  TERRORISTA,  en la que desafortunadamente resultaron,  muerto un policía, y herido otro” (fl. 52).   

          Le  critica  al  sentenciador haber incurrido en el “simplismo”  de  considerar  que  como  en la conducta imputada se dispararon armas, la misma  “constituye TERRORISMO”, y agrega (fls. 53 y 54):   

          “Lo  anterior nos pone de presente que para que un rebelde no sea  juzgado   y   condenado   por  TERRORISMO,   debe  estar  desprovisto  de  toda  arma  dirigida  contra  las  instituciones  del  Estado  y  contra  sus  funcionarios  pertenecientes  a  las  instituciones  armadas.   Es  decir,  para  que sea juzgado y condenado por  rebelión,       las       armas       deben       permanecer       INACTIVAS desde el punto de vista de los  ataques  que realizarían contra las instituciones del gobierno, o el Estado que  pretenden  derrocar,  suprimir, modificar.   Como quien dice, la conducta de rebelión solo se entiende  en   la   actualidad   sin   armas  disparadas  contra  el  régimen   que   se   ataca   o  se   quiere   sustituir  por  otro.   Entonces  valdría  la  pena que como quiera que el delito o conducta rebelde ya  no  se entiende, sino solo sin armas disparadas contra las instituciones armadas  del  Estado,  tendría  que crearse un nuevo tipo de rebelión, o modificarse la  actual  norma  del  artículo  125  del Código Penal, en donde desapareciera la  parte   que   dice   “mediante  el  empleo  de  las  armas”  para  que entonces sí pudiera entenderse y  comprender  que  los  rebeldes  son  todos  aquellos  que  pretenden   derrocar,  suprimir  o  modificar  el  Estado.    Entonces   la   norma  ya  no  diría  “Los  que  mediante         el         empleo  …condenarla”.   

          Estima  que  se  desconocieron los móviles políticos, “nobles y  altruistas”,  predicables  del  comportamiento  del  procesado, y que no puede  desconocerse  que  “en  la zona donde ocurrieron los hechos”, al lado de las  organizaciones   armadas  “con  carácter  netamente  político  operan  otras  carentes  de  tales  móviles,  como “las organizaciones paramilitares” (fl.  55),  acciones  unas  y  otras  que  “no podemos confundir”.  Hace unas  consideraciones al respecto y concluye a folio 57:   

          “No  nos  queda  entonces,  sino entender, que como quiera que la  acción  militar  de LUIS ENRIQUE GUERRERO JIMENEZ la realizó en el marco de la  confrontación  armada  de su organización (UC-ELN) contra la institucionalidad  oficial,  se  conciba  que su conducta se enmarca en el punible de REBELION y no  en  otra  como  erróneamente  lo  consideraron  desde  la Fiscalía Regional de  Barranquilla,  hasta  el  Honorable  Tribunal  Nacional al desatar el recurso de  apelación interpuesto contra la sentencia condenatoria”.   

          Dice  que también se dejó de aplicar el artículo 127 del Código  Penal,  refiriéndose  luego  a consideraciones doctrinales y jurisprudenciales,  como  también  a  la  Academia  de la Lengua, sobre los términos “ferocidad,  barbarie  y  terrorismo”  que trae dicha norma como excepción de la impunidad  “para  los  hechos  cometidos  en  combate”  por  los  rebeldes  (fls.  58 a  65).   

          Se  queja,  pues,  de  que  el  Tribunal  “confirma  la sentencia  condenatoria  respecto de los delitos de Homicidio con fines Terroristas y porte  ilegal  de  armas  de  uso  privativo  de  las  Fuerzas  Armadas,  con  lo  cual  desconoció  la  acción  guerrillera,  configurada  en  el  ataque armado a los  policiales  en  el  marco  del conflicto armado que se desarrolla en Colombia, y  por  ende  siguen  aplicando una norma que no corresponde con la realidad de los  hechos.   Es  decir no da aplicación a la norma de rebelión (Art. 125 del  C.P.)  y  127  del  mismo estatuto, sino que desconoce intencionalmente, para el  caso  de  los  hechos  concretos  dicha conducta, y la enmarca en una norma que,  además  de  no  corresponder  con  lo  que  realmente  se  perseguía  por  los  insurgentes,  y  particularmente por LUIS ENRIQUE GUERRERO JIMENEZ, lo perjudica  ostensiblemente   al   momento   de   confirmar   la   sentencia   condenatoria,  modificándola  solo  en la parte cuantitativa al imponer una pena de cuarenta y  dos (42) años y seis (6) meses” (fl. 66).   

          Reconoce  que  los policiales víctimas fueron sorprendidos por los  subversivos,  mas  se  pregunta:   “?Acaso la SORPRESA está desligada de  cualquier  combate?“  (fl.  67), y advierte que precisamente los “ejércitos  regulares”    utilizan   la   misma   “en   los   denominados   golpes   de  mano”  (id.  subrayas  del  original), y añade:   

          “Es  decir,  en  un  combate,  o  enfrentamiento  como  el  aquí  señalado,  las  circustancias  de tiempo, modo y lugar no son sino factores que  favorecen  a  unos  y  desfavorecen  a otros.  No podemos afirmar que en un  combate  las  circunstancias  arriba  señaladas  sean determinantes para que se  configurara   el   delito  de  terrorismo  con  fines  terroristas  que  se  le  endilga  a  mi patrocinado,  puesto  que entonces tendríamos que afirmar también que en todo enfrentamiento  entre  bandos  en  conflicto se configura el homicidio  con  fines  terroristas,  cuando  uno  de  los grupos  enfrentados  se  aprovecha  de cualquier circunstancia  para    asestarle    duros   golpes   a   su  enemigo.   Y  esa  conducta,  obviamente  y sin excepción alguna, estaría siendo cometida por los oficiales,  suboficiales,  soldados  y  miembros  armados  de  todas las instituciones de la  Fuerza   Pública   (incluidos  los  agentes  de  inteligencia  de  todas  estas  instituciones  y  los miembros del DAS, etc), cuando se aprovechan de las mismas  circunstancias  de  tiempo,  modo  y  lugar  en  cada  una  de  sus  operaciones  militares,  para  darle duros golpes a sus enemigos”  (fls. 68 y 69).   

          Efectúa  el  casacionista  unas  consideraciones  “respecto  del  delito  de  homicidio  con  fines  terroristas”, alude a la “definición del  delito  de  terrorismo”  hecha  por  el  Defensor  del Pueblo en comunicación  enviada  al presidente del Senado el 8 de junio de 1993 (fls. 69 infra. y 70), y  precisa  que, así, “Para el Defensor del Pueblo es claro que el artículo 1o.  del  decreto  180  de  1.988  abre  las  puertas a interpretaciones equivocadas,  caprichosas  y  aun  arbitrarias, ya que carece de los elementos necesarios para  concretar  acertadamente  los  alcances  de la figura delictiva en él creada”  (fl. 72 supra.).   

          Considera en seguida el demandante (fls. 72 y 73):   

          “El  acto terrorista es un acto de violencia planeado y realizado  con  la deliberada intención de empavorecer a las víctimas, a los testigos y a  los  miembros  de  la  población por él afectada.  No todo lo violento es  terrorista.   No  todo  lo  que  aterra  es terrorismo.  Para que haya  terrorismo  es  preciso  que la violencia se aplique con la finalidad primordial  de  infundir  un sentimiento de pavor respecto de un mal amenazante o un peligro  temido.   El secuestro y el asesinato de un niño por un delincuente sexual  es  un  acto  de violencia que a muchos aterra, pero mal puede considerarse como  terrorista  a  su  autor.   Las  operaciones  bélicas  dirigidas contra un  objetivo  legítimo  situado  en  las vecindades de una zona residencial, causan  terror  en  los  civiles,  pero  no  constituyen  actos  de terrorismo.  El  terrorismo  es el empleo de la violencia con el propósito específico de causar  terror,  conducta que no puede ser confundida con otras cuya realización afecta  el  régimen  constitucional, la tranquilidad pública, la libertad de trabajo o  el patrimonio económico”.   

          Habla  sobre  la  situación  de permanente violencia que vive este  país  y  anota  que  la  misma  obliga  a  que  “todos  los  miembros  de las  instituciones  armadas,  sobre  todo  en Colombia, deben estar alerta, porque de  una  u  otra manera ellos hacen parte de la confrontación armada, sobre todo si  están  armados, tal como se demostró que sí estaban los policiales que fueron  atacados  por  los  rebeldes  en el caso que nos ocupa” (fl. 75), y recuerda a  continuación  las  reflexiones  que  al respecto hace el tratadista doctor LUIS  CARLOS PEREZ.   

          Termina    este    reproche    sin    hacer    ninguna    petición  concreta.   

          Segundo cargo   

          Lo     enuncia     así     el     censor:     “VIOLACIÓN   DIRECTA  DE  LA  LEY  SUSTANCIAL:   VIOLACION  DEL  ARTICULO  29  DE  LA  CONSTITUCION  POLITICA  (FAVORABILIDAD  Y NO REFORMATIO IN  PEJUS:   Artículos  10  y 17 del C.P.P.)”, fl.  78 y 79, y agrega en seguida:   

         “Considero  que  el  H. Tribunal nacional al darle aplicación al  artículo  206  del C.P.P., modificado por el artículo 29 de la ley 81 del 2 de  Noviembre  de  1.993  (Providencias  Consultables), violó de manera directa una  norma  constitucional  y  de procedimiento penal con carácter sustantivo, en la  medida  en  que no seleccionó de todas las normas procedimentales que regularon  el  instituto  de la consulta -desde la comisión del ilícito a su juzgamiento-  la  más  favorable  al  justiciable,  sino  que  aplicó  la  más  lesiva,  la  introducida  por la ley 81 del 2 de noviembre de 1.993, regla que se aplicó por  parte  del  Honorable Tribunal Nacional para agravar la situación sancionatoria  de LUIS ENRIQUE GUERRERO JIMENEZ”.   

          Estima  que  en  este  caso  la  consulta del fallo condenatorio no  procedía,  “por  la  sencilla razón de que si bien para la fecha en el (sic)  que  el expediente llegó al tribunal, la consulta era procedente porque así lo  admitía  el  C. de P.P. (art. 204, 217, etc.), no se puede olvidar que ello fue  gracias  a  la  ley  81  de  1993, que entró a regir el 2 de noviembre de 1993,  porque  antes,  con  la  norma  sobre  consultas  contenido en el primigenio del  Decreto  2700  de  1991,  la  consulta  no  era procedente para casos como el de  GUERRERO  JIMENEZ, ya que esa figura o grado jurisdiccional de consulta sólo se  admitía     para    las    sentencias    absolutorias    y    no    para    las  condenatorias”.   

          Reitera    “la   favorabilidad”   que   debió   reconocer   el  sentenciador,  “razón por la cual debía dar aplicación al aplicación (sic)  no  reformatio  in pejus”, y afirma que, en tales condiciones, se violó “la  norma   constitucional   que   lo   obligaba   a   respetar   el   principio  de  favorabilidad” (fl. 80).   

                   “Por todo  lo   anterior   -culmina-,  solicito   a  este  honorable  cuerpo  de  Magistrados,  se  sirva  Casar  la providencia de fecha Diciembre  4  de  1.996,  mediante  la  cual  el  honorable  Tribunal  Nacional confirmó y  modificó  la  sentencia  condenatoria,  agravando  la  pena contra LUIS ENRIQUE  GUERRERO  JIMENEZ,  reconociendo  que es aplicable el principio de favorabilidad  en  cuanto  a  que la norma aplicable es el primigenio artículo 206 del Decreto  2700,  razón  por  la cual la sentencia de primer grado por ser condenatoria no  era  consultable,  hecho por el cual al desatar la apelación se debía respetar  el  principio  constitucional  de  la  no    reformatio   in   pejus”.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURIA  

          “A)     Inaplicación   de   una  norma”   

          El  señor  Procurador Segundo Delegado en lo Penal observa que, no  obstante   haber  aducido  el  censor  la  falta  de  aplicación  de  la  norma  sustancial,  por  vía  directa,  lo  que hizo al desarrollar el cargo fue “la  personal  y  subjetiva  apreciación de la prueba, poniendo de relieve a tal fin  apartes  de  las  manifestaciones  hechas  por el procesado en la ampliación de  indagatoria,  para  posteriormente, y a partir de allí, entrar a discutir en el  ámbito  de  la  valoración probatoria el alcance y contenido que debe dársele  al  móvil  que  guió la conducta de portar un arma de fuego y quitar la vida a  un  agente  de  la policía (fls. 46 infra. y 47 cdno. Corte), falencia técnica  que  apoya en la sentencia de casación de diciembre 4 de 1994, con ponencia del  Honorable   Magistrado   doctor   Nilson  Pinilla  Pinilla  (fl.  48),  anotando  luego:   

          “La   Rebelión  jamás  puede  proponerse  al  margen  de  cómo  sucedieron  los  hechos,  ni  mucho menos propender a su tipificación de manera  forzada,  como  la casacionista lo hace” (fl. 49), y advierte que el homicidio  del  policial  “tampoco  fue resultado de un enfrentamiento armado”, citando  en  su  apoyo la manera como ocurrieron los hechos y parte de la versión que al  respecto dio el procesado (fl. 50).   

         

          “B)   Errónea  selección  de  la  norma”   

          Dice la Delegada (fls. 51 y 52 cdno. Corte):   

         “Cotejada  la  sentencia  de  segunda  instancia  de  cara  a  la  acusación  formulada por la parte actora se encuentra que no fue acudiendo a la  viabilidad  de  la  consulta,  como  se  produjo  el  aumento de la pena, sino a  consecuencia  de  un  acto  de  readecuación  típica  o  selección  de la ley  aplicable al caso que se investigó y juzgó.   

         “Natural  resulta  que  si el tribunal, so pretexto de ajustes de  legalidad  (aunque  violando el debido proceso, y de lo cual se hará precisión  más  adelante)  hizo  el  ajuste  de  una ley no acoplable a otra aplicable, en  razón  a su vigencia al momento de ocurrir el ilícito (23 de enero de 1993), y  en  la  primera  aparece  una  determinada  cantidad de pena, mientras que en la  seleccionada  con  posterioridad  existe  una mayor cifra, el resultado fuera el  aumento de la pena.   

         “Indiscutiblemente  el  aumento  se  produjo a consecuencia de la  readecuación  en  el  proceso  de  selección  normativa.   Es decir, como  resultado  de  la  inserción  del  acto  imputado  en   el  nuevo supuesto  tipificador penal.   

         “Pareciera  un contrasentido de nuestra parte, el plantear que la  corrección  que  se hiciera a efectos de ajustes de legalidad de la adecuación  típica  vigente  y  por  ende de la pena, se tornó en una violación al debido  proceso,  en  tanto,  en cuanto se podrá replicar con sólidos argumentos y por  ende  respetables,  que  en  manera alguna el efectuar correcciones – ajustes de  legalidad  tipificante  y  de  penalidad  legal  aplicable,  antes que violar el  debido  proceso, implica es ser fiel al mismo, y que para dicho evento no opera,  ni  ha  lugar  a la violación de la limitante constitucional de la reformatio     in     pejus,     como  jurisprudencialmente se ha afirmado”.   

          Empero,  dice no compartir tal criterio jurisprudencial, y advierte  que  lo  procedente era “haber declarado la nulidad a partir de la resolución  de  acusación,  por  ilegaldad  en la misma, al haberse imputado efectuando una  imputación  jurídica  con  base  en  una  normativa  que  para  la fecha de la  comisión  del  ilícito  ya  no  estaba en vigencia; procedimiento con el que a  criterio  de la delegada, no hubo repítase violación a la reformatio en pejus,  mas si violación al debido proceso” (fl. 53).   

          Sin  perjuicio  de  lo  dicho,  estima que, así el fallo impugnado  estuviera  sometido  a  consulta,  como  el  defensor fue el apelante único del  mismo,  no  se  podía agravar la pena, ya que al respecto el artículo 31 de la  Carta  Política  es  imperativo y no admite excepción alguna a la prohibición  de  en  tal  caso  modificar  en  lo peor la sentencia (fls. 54 y 55), y sin que  pueda  admitirse  la tesis de esta Sala (por ej. en sent. de octubre 28 de 1.997  M.P.  Dr.  Carlos E. Mejía E.) de que en estos eventos de ilegalidad de la pena  impuesta  en  el  fallo, la operación de la segunda instancia no es agravatoria  sino   que   “obecede  al  postulado  de  la  legalidad  de  la  pena”  (fl.  55).   

          Insiste  entonces  en  que  se  ha  debido  por  parte del Tribunal  decretar  nulo  lo  actuado  a  partir, inclusive, de la resolución acusatoria,  desde  de  donde  venía  la  ilegal  imputación  (fls.  59  y  60), y añade a  continuación:   

         “Cuando  se  sucede  la conducta que se judicializó (enero 23 de  1993),  estaba  en plena vigencia la ley 40 de 1993, que entró a regir el 20 de  enero  de  ese  año  de  1993,  lo  que  equivale a decir que cuando el injusto  culpable  tiene su acontecer fenomenológico, ya tenía tres días de vigente la  citada   ley.    Situación  ésta  que  por  sí  sola  excluye  cualquier  probabilidad,   por  remota  que  ella  sea,  de  introducir  la  figura  de  la  favorabilidad  penal,  pues  la  pena  se  alteró  de acuerdo con la ley que se  escogió  por  el  sentenciador de segunda instancia (naturalmente, contrariando  el  debido  proceso),  y  no  porque  se  abrogara  el  derecho  de  revisar  la  dosificación  punitiva,  dejando  intacto  el  supuesto  de  hecho  del cual se  deriva.   

         “No  es  pues  como lo afirma la casacionista que se ha vulnerado  directamente  la  ley  sustancial  en su doble cargo de inaplicación y errónea  selección   de   la   norma.   Razón   por   la   cual   el   cargo   no  debe  prosperar”.                   

         Y más adelante:   

         “En  suma,  la  Delegada,  considera  que  para  el  caso no hubo  violación   al   principio   de   la  reformatio  in  pejus, ni violación al principio de la favorabilidad  en  los términos a que hace referencia la demanda de casación; favorabilidad a  la  que  no es dable acudir, debido a que no se trató de una decisión en punto  de  transición  de  leyes, sino de norma aplicable al momento de ocurrencia del  ilícito.      Luego     el     cargo,    está    llamado    a    la    no  prosperidad”.   

          Opina,  pues,  que  la  censura  no tiene éxito alguno.   

          Casación oficiosa   

          Recuerda  cómo  el  Tribunal  Nacional “reformó la sentencia de  primera  instancia  en  lo  concerniente  al tipo penal imputado”, tarea en la  cual  “desbordó los límites de la normativa procesal en punto de la facultad  oficiosa  de  corrección  de los actos errados y se colocó al margen de lo que  debe  ser un acto legalmente  producido,   que  es  el  requisito  de  validez  y  eficacia  de  toda  actuación  judicial” (fl. 61),  llevándolo  a “incursionar los atajos propuestos por las vías de hecho, como  lo  hizo  el  Tribunal  Nacional,  cuando  resultado de la apelación produce la  sentencia ahora motivo de examen” (fl. 62 supra.).   

          Transcribe  lo  que  dicen  la resolución acusatoria y el fallo de  primer  grado  sobre  la  norma  que tipifica el comportamiento del procesado, y  advierte  que  “la  vía  empleada  por  el  Tribunal no fue la idónea, a tal  conclusión  se  llega  al  hacer  un cotejo entre la resolución acusatoria, en  donde  se  le  imputa la infracción (según la fiscalía en los decretos 180 de  1988,  3664  de 1986 y 2266 de 1991) y el Tribunal condena con base en la ley 40  de 1993” (fl. 65).   

          Con  respaldo  en  la  sentencia  proferida  por esta Sala el 31 de  junio  de  1996  (M.P.  Dr.  Jorge  Córdoba  Poveda),  reitera que el camino de  “corrección”  que  ha  debido  tomar  el  Tribunal  era  la declaratoria de  nulidad  a  partir  de  la resolución acusatoria, inclusive, sentido en el cual  pide a la Corte que case el fallo atacado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         

          Nulidad sugerida por la Delegada   

          Con  fundamento  en el principio de prioridad la Sala examinará en  primer  término  dicha  nulidad (C.P.P. art. 220-3), pues de prosperar la misma  resultaría  superfluo  el  examen  de  los dos cargos de violación directa que  hace el demandante.   

          Como  se  vio  en su oportunidad la Procuraduría conceptúa que el  Tribunal  Nacional  incurrió en “vía de hecho” cuando, con el argumento de  aplicar  el  principio  de legalidad de la pena, modificó el fallo que condenó  al  procesado  por  homicidio  con fines terroristas previsto en el artículo 29  del  decreto  180  de  1988,  considerando,  en  cambio, que eran aplicables los  artículos  29  y  30-8  de  la  ley  40 de 1993, vigente para el momento de los  hechos.   Considera que, en esas condiciones, la sentencia no es congruente  con  la  acusación y que “se modificó la adecuación típica” precisada en  ésta.   Opina la Delegada, pues, que la vía legal a tomar por el Tribunal  era  la  declaratoria de nulidad a partir del proveído calificatorio, mas no la  “corrección” que en dichos términos hizo.   

          Pues  bien:   para sustentar la criticada “corrección” el  Tribunal   comparó   las   mencionadas   disposiciones   y   dedujo   a   folio  11:   

         “Como  no  existe  ninguna variación en la adecuación típica y  el  error  consiste  en  la cita de la norma y solo tiene incidencia frente a la  pena,  no  se  presenta  ninguna  irregularidad  sustancial que pueda afectar de  nulidad  lo  actuado,  esto es, que puede válidamente esta instancia aplicar la  norma  vigente  para  la  fecha de los hechos, en acatamiento al principio de la  legalidad  de  la pena, que impone la aplicación de las normas preexistentes al  hecho que se imputa”.   

          Luego  de  establecer que el homicidio en el agente ORTEGON SANCHEZ  se cometió con fines terroristas, dijo a folio 15:   

         “Como  puede  observarse,  los  hechos  se adecúan perfectamente  tanto  en  la  norma  derogada  citada en el pliego de cargos y en la sentencia,  como  en las vigentes para la fecha de los hechos, razón para corregir el yerro  en  esta  instancia sin que se incurra en variación de la adecuación típica o  inconsonancia  entre  la  acusación  y  el  fallo,  tal como se desprende de la  comparación  de  los  dos  textos,  el  derogado y el  vigente”.   

          Luego,   para  sustentar  la  dosificación  punitiva  el  Tribunal  insistió  en  que  con  la  acusación  y  el  fallo de primera instancia “se  vulneró   el   principio   de   legalidad   que  se  detectó”  (fl.  20),  y  que:   

         “La  imposición de la pena conforme a la norma en cita, tal como  se  explicó  con  antelación,  no  comporta  ninguna  irregularidad  que pueda  invalidar           la          sentencia.   En sustento de esta afirmación, cabe como anillo  al  dedo  transcribir  apartes de la sentencia proferida por la H. Corte Suprema  de  Justicia  el  6 de Octubre de 1,994, con ponencia del Doctor Ricardo Calvete  Rangel)”.   

          Pues  bien:   a  LUIS  ENRIQUE GUERRERO JIMENEZ se le acusó y  condenó  en  primera instancia por haber tipificado su accionar en el artículo  29  del  decreto 180 de 1988 (acogido como legislación permanente en el decreto  2266   de   1991,   art.   4o.),   que  tipificaba  el  “homicidio  con  fines  terroristas”  en  miembros  de  la Policía Nacional, y que traería como pena  prisión  de  15 a 25 años.  Por su parte el Tribunal Nacional, al revisar  por  apelación  y  consulta  dicho  fallo,  estimó  que  como el policial Luis  Alfonso  Sánchez Ortegón fue objeto de dicho delito el 23 de enero de 1993, la  ley  preexistencia  y,  por tanto aplicable, era la 40 de 1993, vigente a partir  del  20  de  enero  de  tal  año  y que en su artículo 29 sanciona el referido  delito  con  pena  de  prisión  de 25 a 40 años, en este caso con el agravante  previsto  en  el  artículo  30-8 ibídem, esto es cuando el homicidio se cometa  “con  fines terroristas” o en miembro de la Fuerza Pública, caso en el cual  la pena será de 40 a 60 años de prisión.   

          Como  se ve, ambas normatividades tipifican en idénticos términos  el   delito   de   homicidio  con  fines  terroristas,  diferenciándose  entre  sí únicamente por lo que atañe a la pena, evidentemente mayor en la última de ellas.   

          En  dicho  evento  de  conservación  de  la tipicidad y diversidad  sólo  del  aspecto  punitivo,  esta  Sala  ha  venido sosteniendo que no existe  violación  al  debido  proceso  ni  al  derecho  de  defensa, ni a ninguna otra  garantía  constitucional o legal, debiendo en tales casos corregirse el error y  hacer el ajuste respectivo a la legalidad de la pena.   

          Por  ejemplo,  en sentencia de casación de febrero 26 de 1996, con  ponencia  del  Honorable  Magistrado  Nilson  Pinilla Pinilla, se dijo que si se  acusó  por  el  delito  previsto  en el artículo 323 del Código Penal, siendo  evidente  que la norma preexistente era el artículo 29 de la ley 40 de 1993, la  solución  que  debe  darse  es  la  mencionada  en  el  párrafo inmediatamente  anterior  sobre  “ajuste”  a  la  legalidad de la pena, advirtiéndose allí  expresamente  que  ello  es procedente salvo que para el proferimiento del fallo  haya  mediado  el  acuerdo  o audiencia especial contemplada en el artículo 37A  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  decisión  ratificada  en  sentencia de  casación  de  la  misma  fecha  en  que  fue  ponente precisamente el Honorable  Magistrado Jorge Córdoba Poveda (rad. 9124).   

          En  esta  última  decisión se apoya la Delegada para solicitar la  nulidad  que  se  examina,  mas resulta palpable que la cita que de ella hace es  incompleta y, por tanto desorientadora:   

         “En  el  caso  concreto  no se está en presencia, como aparece a  simple  vista,  de  una  violación directa de la ley sustancial por aplicación  indebida  del artículo 324 del decreto 100 de 1980 e inaplicación de la ley 40  de   1993,   sino  del  desconocimiento  de  la  garantía  del  debido  proceso  …   

         “Por  tal  razón resultaría improcedente ajustar la sanción en  las  condiciones  actuales,  a las previsiones de la ley 40 de 1993, debiéndose  en  cambio,  invalidar  la  actuación  desde  que  se  presentó  la  causal de  nulidad” (fl. 68 cdno. Corte).   

          La  consideración  veraz  y  completa  que  hizo  la Sala en dicha  ocasión es del siguiente tenor:   

         “En  el  caso  concreto  no se está en presencia, como aparece a  simple  vista,  de  una  violación directa de la ley sustancial por aplicación  indebida  del artículo 324 del decreto 100 de 1980 e inaplicación de la ley 40  de   1993,  sino  del  desconocimiento  de  la  garantía  del  debido  proceso,  porque  hubo  un  acuerdo,  presupuesto  del fallo, entre el fiscal y el acusado, en el que se infringió el  principio  de  legalidad  de  la  pena  que  prohibe  imponer sanción que no se  encuentre   establecida   en   norma   vigente   (art.   29   C.N.   y  1o.  del  C.P.)   

         “Por  tal razón resultaría improcedente ajustar la sanción, en  las  condiciones  actuales,  a las previsiones de la ley 40 de 1993, debiéndose  en  cambio, invalidar la actuación desde que se presentó la causal de nulidad,  esto  es,  a  partir  de  la  diligencia de audiencia  especial     para     terminación     anticipada     del    proceso”      (subrayas     fuera     del  original).   

          El   Ministerio   Público,   pues,  en  su  concepto  omite     precisamente     la     expresada     salvedad:   que  la  sentencia se haya dictado con base en el referido  acuerdo,   omisión   que   cambia  sustancialmente  la  situación  procesal  a  estudiar.   

          Y  más recientemente esta Sala, en sentencia de casación de marzo  25  de  1999  (rad.  12.683),  en  la  que  fue  ponente  de  nuevo el Honorable  Magistrado  doctor  Córdoba  Poveda,  se  ratificó  el  criterio  inicialmente  anunciado, así:   

         “Por  consiguiente,  y  como  quiera  que  en el presente caso se  desconoció  el principio de legalidad de la sanción, al aplicar una menor a la  vigente  en  la época en que se cometió el hecho, al tenor de lo dispuesto por  los  artículos  228  y  229-1 del Código de Procedimiento Penal, procederá la  Corte a corregir oficiosamente el anotado desatino.   

         “En  efecto,  en  lo  que  concierne con el punible de secuestro,  realizado  con  el  propósito  de obtener un provecho económico, la preceptiva  aplicable,  como  se analizó, no era la del Decreto 180/88, sino los artículos  268     y     270    del    Código    Penal,  con  la  modificación introducida por el artículo 6o. del  Decreto 2790/90, que consagró una pena mayor.   

         “Ahora  bien, podría pensarse, como lo estimaron las instancias,  que  si  al  procesado  se  le  imputó  en  la  resolución  de  acusación  la  infracción  del  Decreto  180  de  1988,  al  condenarlo  conforme a la segunda  preceptiva  citada,  se  desconocerían  las garantías de la favorabilidad y la  defensa, lo que obliga a la Sala a hacer algunas precisiones.   

         “En  primer  lugar,  no  se afecta la favorabilidad, la que opera  cuando  hay conflicto de leyes en el tiempo, que aquí no se presenta, ya que la  conducta se cometió bajo la vigencia del Decreto 2790 de 1990.   

         “En  segundo  lugar, tampoco se vulnera el derecho de defensa del  procesado,  pues  los  cargos  que  le  fueron  imputados  y  de  los  cuales se  defendió,   son   idénticos   a   los   atribuidos   al   tenor  de  la  nueva  preceptiva.   

         “Por  otra  parte, si la consonancia se refiere a la armonía que  debe  existir  entre los cargos contenidos en la resolución de acusación y los  resueltos  en la sentencia, pero no a la sanción que corresponda, tendremos que  concluir  que  al  adecuar el comportamiento a la normatividad vigente cuando se  cometió  el  hecho,  no  se  vulnera, pues no se están introduciendo hechos no  comprendidos  en ella, ni agregando agravantes, ni suprimiendo atenuantes, salvo  aumentando  la  pena,  en obedecimiento al principio constitucional de legalidad  de  la  sanción, que ordena imponer la que se encuentre establecida en la norma  vigente  (art.  29  de  la  C.P.  y 1o. del C.P.), ni cambiando la denominación  jurídica,  manteniéndose  incólume  el  género delictivo (secuestro), siendo  preciso  observar  que  la  figura  básica  estaba  prevista  en el art. 22 del  Decreto  180/88 y las agravantes en los literales “C”, “F” y “G” del  artículo  23  ibídem,  y  en  el  Código  Penal,  en el artículo 268, con la  modificación  introducida  en  cuanto  a  punibilidad  por el artículo 6o. del  Decreto 2790/90, y en los numerales 3o. y 6o. del 270.   

“Por  lo  tanto,  la  Sala  casará,  oficiosamente  y  de  manera  parcial,  la  sentencia  impugnada para ajustar el  quantum      punitivo      al      previsto      en      la      ley”.   

          Justamente  dicho  “ajuste”,  al que arribó la Sala fue el que  oportunamente  realizó  el  Tribunal  Nacional  en  este  caso,  como se vio al  comienzo  de  este  cargo que se aborda, procedimiento que, por todo lo dicho en  precedencia, no constituye irregularidad de ninguna clase.   

          En  consecuencia,  no  se  accederá  a la petición de nulidad que  hace la Delegada.   

LA DEMANDA  

          Primer cargo   

          1.-   Alega el actor la violación directa de la ley porque el  sentenciador  “no  aplicó  el  precepto  que correspondía aplicar” (fl. 51  infra.  cdno. Trib.), error “de existencia” que se arguye con respecto a los  artículos  125 y 127 del Código Penal (delito de rebelión en donde los hechos  punibles  cometidos en combate quedan excluidos de pena, salvo que los mismos no  constituyan  actos  de ferocidad, barbarie o terrorismo), pero debe anotarse, en  primer  término,  que  el  sentido  de  la  violación  no  sería  la falta de  aplicación   de  dicha  normatividad,  sino  la  aplicación  indebida  de  los  artículos  29  y  30-8  de  la  ley  40 de 1993, en los cuales se ancló por el  Tribunal  la  conducta  homicida desarrollada por el acusado, con su correlativa  falta  de  aplicación de los mencionados artículos del Código Penal.  La  falta  de  aplicación  o  exclusión evidente se da, en cambio, cuando por vía  directa,  el sentenciador admite un hecho y omite aplicar la norma que contempla  el  mismo, como cuando, por ejemplo, se reconoce que el procesado a condenar por  una  pena  que  no  exceda  los  tres  años de prisión no requiere tratamiento  penitenciario,  y,  no  obstante, se le deja de otorgar el subrogado penal de la  condena  de  ejecución  condicional  (art.  68  C.P,),  o  cuando  un procesado  confiesa   y   tal   admisión  de  responsabilidad  es  fundamento  del  fallo,  omitiéndose  concederle  la rebaja para tal efecto prevista en el artículo 299  del Código de Procedimiento Penal (mod. art. 38 ley 81 de 1993).   

          2.-   En  segundo  lugar,  aparece claro que para sustentar la  existencia  de  dicho  delito  de rebelión el casacionista se aplica a reiterar  que  se debe aceptar la “confesión” que hizo el acusado y, en consecuencia,  admitir  “los  móviles  eminentemente  políticos”  de su conducta homicida  (fl.  52),  reprochándole al Tribunal “el simplismo” de considerar la misma  como  “acción terrorista”, pues así “se pone de presente que para que un  rebelde  no  sea  juzgado  y condenado por TERRORISMO, debe estar desprovisto de  toda   arma   dirigida   contra  las  instituciones  del  Estado  y  contra  sus  funcionarios    pertenecientes    a    las    instituciones    armadas”   (fl.  53).   

            Opina,  igualmente,  que  en  el  delito  de  rebelión  no puede  exigirse  “que las armas deben permanecer INACTIVAS”, y reitera que desde el  comienzo  del  proceso  “se  desconocieron  los  reales móviles de la acción  insurgente”  (fl.  55),  móviles  que  trata  de  sustentar  en seguida, como  también   hace  con  los  términos  “ferocidad,  barbarie  o  terrorismo”,  previstos  en  el artículo 127 del Código Penal y para hacer ver que éstos se  encuentran  ausentes en la acción reprochada a GUERRERO JIMENEZ, afirmando que,  en  cambio,  la “sorpresa” es inherente a la confrontación armada, y que si  aquí  la misma fue utilizada por el procesado y sus acompañantes en la acción  contra  los policiales, ello, por tanto, no excluye que ésta se enmarque dentro  del término “combate”.   

          Afirma  que  no se ha podido precisar con exactitud “lo que es el  terrorismo”  (fl.  69)  y,  por  ende,  existe semejante imprecisión sobre el  homicidio  con  fines  terroristas,  como  también  sostiene que para que pueda  predicarse  dicho  “combate”  no  es  necesario que “las tropas armadas se  encuentren  dentro  de  un  operativo”  ni  que  “se encuentren vestidas con  uniformes” (fls. 76 y 77).   

          El  Tribunal  inadmitió  en  los siguientes términos la propuesta  del    defensor    de    tipificar    el   comportamiento   del   acusado   como  rebelión:   

         “En  primer  lugar,  las  condiciones  en  que se encontraban los  policías  y  su acompañante no eran siquiera las de por lo menos un operativo;  al  contrario  el  desenvolvimiento  de  los  hechos se encarga de desvirtuar el  alegado  combate.   Recuérdese  que  se  encontraban de civil, acababan de  cenar  y  se  disponían  a  marcharse  para lo cual iban a abordar el vehículo  Renault,  cuando  fueron sorprendidos por los disparos de los insurgentes.   Lo  que  se  presentó  fue  una  aleve emboscada fríamente calculada, en tanto  desde  que llegaron al establecimiento buscaron ocupar una mesa contigua a la de  los  agentes  y  cuando éstos se retiraron, los mismos fingieron marcharse para  disparar  contra  los  desprevenidos  agentes,  lo  que  implica,  reforzando el  testimonio  del  señor  Henry  Núñez  Quintero la ausencia de un combate y la  existencia de una emboscada.   

         “Además  de  lo  anterior,  el hecho que los policiales portaran  armas  tampoco  se  ajusta a la tesis del profesional del derecho, ya que éstas  no  se encontraban en sus manos sino en las correspondientes cartucheras, y como  si  lo anterior fuera poco, el que hubieran repelido el ataque es una acción de  defensa   sin   que  ello  implique  un  combate  entre  subversivos  y  fuerzas  armadas.   Vale  la  pena  anotar  como referencia al tema, que la H. Corte  Constitucional  al  momento de pronunciarse sobre la exequibilidad de las normas  que  regulan  la  rebelión,  sedición,  asonada,  conspiración  y seducción,  usurpación  y  retención  ilegal  de  mando,  señaló:   “En  aras  del  orden  no  puede introducirse su antinomia:  el  desorden.   En  aras de la paz no puede legitimarse la violencia, porque el  fin     siempre     exige     medios     proporcionados     a    él”.   (Sentencia  C-009  de  Enero 17/5 (sic). M.P. Vladimiro  Naranjo  Mesa.).   Es por ello que, volviendo al caso motivo de debate, mal  puede    justificarse,  mediante  la subsunción, un atentado en las condiciones de tiempo, modo y lugar  anotadas,  simplemente  por ser miembro de una organización guerrillera, ya que  si  bien  es  cierto  la lucha subversiva tiene como fundamento el ataque contra  todo  lo  que  represente  el Estado, el hecho cometido, por cierto aleve, no se  enmarca  dentro  del  reato  de  rebelión.   Por consiguiente, las figuras  jurídicas  que  se  ajustan a la responsabilidad del procesado no son otras que  las   fundamentadas  en  la  resolución  acusatoria  que  antecedió  el  fallo  impugnado” (fls. 17 y 18).   

          3.-   Pues  bien:   como se acaba de ver, el casacionista  insiste  en que, en los términos del artículo 125 del Código Penal (mod. dto.  leg.  1857/88),  el  procesado GUERRERO JIMENEZ es un rebelde y que pertenece al  autodenominado  Ejército  de  Liberación  Nacional  (ELN).   Para  que se  investigue  tal  cosa  precisamente el sentenciador ordenó lo pertinente.   Tal  aserto no es, pues, en rigor, el objeto de discusión en este proceso, sino  si,  rebelde  o  no,  el  homicidio cometido por él en el agente de la Policía  Nacional,  LUIS  ALFONSO  SANCHEZ  ORTEGON,  ocurrió  “en combate”, como lo  decía  el  artículo 127 de dicho Código, el cual fue posteriormente declarado  inconstitucional   por  la  Corte  Constitucional,  según  sentencia  C-456  de  septiembre de 1997.   

          Se   afirma  lo  anterior  porque  no  todos  los  hechos  punibles  realizados  por  un  rebelde  siguen  fatalmente  esta  condición, sino que los  mismos  debían  darse  “en  combate”  y no ser predicables la ferocidad, la  barbarie o el terrorismo, según dicho artículo 127.   

          En  el presente caso, según transcripción hecha párrafos atrás,  el  Tribunal argumentó por qué la muerte del citado policial no ocurrió “en  combate”,  y,  sin controvertir los hechos en que se sustenta tal afirmación,  el  casacionista extrae de los mismos conclusión diversa (que sí es predicable  el  “combate”),  por  lo  cual  por  este  aspecto aparece correcto que haya  acudido a la violación directa de la ley.   

          Pero    es    evidente   que   la   razón   está   al   lado   del  fallador,  ya  que  no  se  discute la desatención e  inermidad  de  los  policiales atacados, quienes, vestidos de civil, compartían  en  un  establecimiento público, del cual salían cuando fueron baleados.   Es  posible,  como lo reitera el casacionista, que el móvil de este ataque haya  sido  “político”,  en  el  sentido  de  que  los  rebeldes tienen entre sus  objetivos  eliminar  o  reducir  a  los  miembros de la Fuerza Pública, sostén  material  del  Estado  o  Gobierno  Nacional que pretenden derrocar o modificar,  pero  se  insiste  en  que si, como en este caso, no existe “enfrentamiento”  alguno,  el  homicidio  se  salió  del  referido  camino  político o rebelde e  ingresó  al  camino  ordinario o corriente, que marcaba legalmente el artículo  29   de   la   ley   40   de   1993,   vigente   para  entonces.   

          En  dichos  términos,  ni siquiera cabe hablar de “emboscada”,  pues  ésta  sería  predicable si aquí los policiales, estuvieran, por decirlo  así,  patrullando  en  espera  de  encontrar  a  sus coyunturales enemigos, los  rebeldes, mas, como se vio, ello distó mucho de ocurrir.   

          Ahora  bien la “sorpresa” es una de las tácticas empleadas por  los  combatientes, una herramienta de lucha utilizada razonablemente para lograr  el  éxito o victoria, pero se insiste en que en este caso ORTEGON SANCHEZ y sus  compañeros     no     eran    “combatientes”    con    respecto    a    sus  agresores.   

          Sobre  los  fines  “terroristas”  de  dicho  homicidio, dijo el  Tribunal (fls. 14 y 15):   

         “Y  ciertamente,  la  finalidad fue terrorista, pues ninguna otra  se  demostró;  en  efecto,  qué  propósito  distinto  puede tener un atentado  contra  miembros  de  las  mencionadas  instituciones  y  específicamente de la  Policía  Nacional,  sino  el  causar  pánico  en la población civil que ve en  ellos  a  los  representantes del orden público, en especial dada la situación  de  violencia  que vive nuestra patria en la actualidad, y siendo más concretos  en  la  región  donde  ocurrieron  los hechos cuestionados.  La calidad de  miembro  de  la  Policía  Nacional  de  (sic)  estableció  con  los diferentes  testimonios allegados a los autos”.   

         

          Disparar   contra   miembros  de  la  fuerza  pública  que  están  desprevenidos,  produce  en  efecto  zozobra  en  los miembros de la comunidad e  incuestionablemente   también  genera  en  éstos  perplejidad,  inseguridad  e  incertidumbre,  lo  que constituye “terrorismo”.  Con esos fines, pues,  fue  víctima  de  homicidio  el  agente  Sánchez  Ortegón, presupuestos de la  agravante  prevista en el artículo 30 de la ley 40 de 1993 y que, repítese, se  refundían  en  el  artículo  29  del decreto 180 de 1988, norma con base en la  cual se acusó al procesado.   

          A  la razonada reflexión del fallador que se acaba de transcribir,  el  censor  antepone  la  tesis  de los “móviles políticos” y la de que el  homicidio  en  cuestión  se cometió “en combate”, pero ya anteriormente se  precisó  por  qué,  de  suyo,  dichos  móviles no cambian la tipicidad de ese  hecho  no  llevado  a cabo “en combate”, aserto éste que, de entrada, torna  superfluo  examinar  si  aquél  no  constituyó  acto  de ferocidad o barbarie,  eventos  en  los  cuales  el homicidio quedaría por mandato de la ley exento de  pena (art. 127 cit.).   

          Directamente,  entonces,  no  se  violó disposición alguna y este  cargo, por tanto, no prospera.   

          Por  último,  es  curioso observar que como toda la alegación del  casacionista  se  centra  en  querer  demostrar  que el rebelde GUERRERO JIMENEZ  mató  al  agente  Sánchez  Ortegón  “en combate” y sin exhibir ferocidad,  barbarie  o  terrorismo,  lógico  resulta  que,  como prosperidad del reproche,  pidiera  la  casación  del fallo y que no se impusiera pena de ninguna clase al  procesado,   pero   no   hace   solicitud   alguna   como   corolario   de  este  cargo.   

          Segundo cargo   

         

          Aquí  la  violación  directa  se  aduce  por  dos  motivos:   “violación  al  artículo  29 de la Constitución Política (favorabilidad) y  no reformatio in pejus (arts. 10 y 17 del C.P.P.)” – fl. 78.   

          Es  cierto  lo que afirma el casacionista en cuanto a que, antes de  la  ley  81  de 1993 sólo se consultaban las sentencias que fueran de carácter  absolutorio  (art. 206 C.P.P., dto. 2700 de 1991, Nov. 30), pero el artículo 29  de  la  ley  81 de 1993 (vigente cuando se dictó el fallo impugnado) dispuso la  consulta  para  “las  sentencias  que  no  sean  anticipadas”, dentro de las  cuales  está  la  que  revisó  el  Tribunal  Nacional.   Dicho  mecanismo  procesal,     pues,     era     de     aplicación     inmediata    y     sin  consideración  a  la  época  de  los  hechos  materia  del proceso,  no  cabiendo,  pues,  aquí, el argumento de “favorabilidad”  que  esgrime  el  actor,  quien,  en consecuencia, advierte que como únicamente  apeló  el defensor, ante la ausencia de tal grado jurisdiccional de consulta el  ad  quem  no  podía  agravar  la  sanción  impuesta en primera instancia, como  efectivamente  lo  hizo.   Repítese que la procedencia de la consulta debe  establecerse  en  la  fecha  en  que se emita la respectiva providencia, y aquí  como  el  fallo  lo fue el 31 de julio de 1996, es evidente que sí procedía la  misma,  de  donde no es cierta la afirmación del demandante de que se violó la  “no reformatio in pejus” (fl. 80).   

          No prospera entonces el cargo.   

          Finalmente,   y   como   la  Delegada  retoma  el  criterio  de  la  Procuraduría  en  el  sentido  de  que,  aún estando de por medio la consulta,  cuando  el  defensor  es apelante único el superior no puede, constitucional ni  legalmente,  agravar  la  pena,  es dable reiterar el criterio que al respecto e  invariablemente ha tenido y sigue teniendo esta Sala.   

          En  efecto  es  el  mismo artículo 31 de la Carta Política el que  deslinda  primeramente  la apelación y la consulta, expresando en su inciso 2o.  que  cuando  el  condenado  sea  apelante único el superior no puede agravar la  pena,  veto que, por tanto, se refiere con exclusividad  a  la  apelación,  como  lo  repite  el  Código  de  Preocedimiento Penal en su artículo 17.   

          Además,  dicho  Código  relaciona  las  providencias consultables  (art.  206)  y dice en su artículo 217 (mod. Art. 34 Ley 81 de 1.993) que “la  consulta  permite  al  superior decidir sin limitación sobre la providencia”,  consagrando  a  renglón  seguido,  PARA  LA  APELACION, la vista prohibición o  “reformatio  in  pejus”  que  consagra la Carta Política y la norma rectora  del Procedimiento Penal.   

          Son  nítidas entonces las diferentes regulaciones constitucionales  y  legales que exhiben las referidas vías de apelación y consulta, por lo cual  las  jurisprudencias  constitucionales y legales no han hecho sino ratificar las  mismas,  sin  que  en  esa  tarea  estén creando o inventando, como se queja el  aquí accionante.   

          En  dicho  sentido  pueden  consultarse  las sentencias de la Corte  Constitucional  T-289  de junio 21 de 1.994 y C-055 de 1.993 (M.P. Drs. Hernando  Herrera  Vergara  y  José Gregorio Hernández G.), como las proferidas por esta  Sala  de Casación Penal en agosto 2 de 1.994, noviembre 5 de 1.996 y octubre 22  de    1.997   (M.P.   Drs.   Saavedra   Rojas,   Arboleda   Ripoll   y   Calvete  Rangel).   

          Por  último, vale la pena recordar:  el legislador consideró  que   la   gravedad  de  determinados  delitos,  hacía  necesario  siempre, que el juzgador de segundo grado  revisara  ciertas  decisiones tomadas por su inferior jerárquico, y, repitiese,  que   debido   a   la   trascendencia   de   las   mismas,  para  esa  revisión  “ilimitada”,  es  desde  luego  indiferente que el procesado sea el apelante  único,  y  resulta  cierto que a veces las razones que dé este apelante pueden  servir  para que el juzgador de segunda instancia pueda hacer más legal y justa  su referida revisión “plena”.   

          Y,  por  ejemplo,  en sentencia de casación de octubre 21 de 1.998  se  precisó  con  ponencia  del  Honorable  Magistrado doctor Fernando Arboleda  Ripoll:   

         “Repetidamente  ha sido sostenido que el instituto procesal de la  consulta  no  es medio de impugnación o recurso, sino un mecanismo de revisión  de  la  legalidad  de ciertas decisiones judiciales, que opera por ministerio de  la   ley,   que   debe   cumplir   el   superior  jerárquico  de  quien  la  ha  proferido.   

A  diferencia  de  los  recursos,  que  son  potestativos  de  los  sujetos  procesales  y  se  fundan en razones de interés  particular,  la  consulta  opera  por  mandato  legal,  se  apoya  en razones de  interés  general,  y es de carácter imperativo, particularidades que hacen que  su  cumplimiento  no  pueda dejarse al arbitrio de las partes, ni siquiera de la  voluntad del funcionario judicial que ha proferido la decisión.   

A estas diferencias habría que agregar las  no  menos importantes que en el ámbito de la competencia funcional del superior  se  presentan,  acorde  con  la  naturaleza  de  cada  uno  de estos institutos.  Mientras   en  la  apelación,  la  competencia  del  superior  tiene  carácter  limitado,  en  cuanto  solo  puede  revisar  aquellos aspectos que son objeto de  impugnación,   en   la   consulta   la  competencia  es  de  plena  justicia  e  ilimitada.   

De  plena  justicia, porque está facultado  para  examinar  la  decisión  consultada  en  sus distintos aspectos; ilimitada  porque    puede    revocarla   o   modificarla   en   cualquier   sentido,   sin  condicionamientos  de  índole alguna, aún en disfavor del procesado, según lo  establece  el  artículo  34  de  la  ley  81 de 1993, modificatorio del 217 del  estatuto  procesal, y ha sido declarado en pronunciamientos de exequibilidad por  la  Corte  Constitucional  (Cfr. C-583/97, Mg. Pte. Doctor Carlos Gaviria Díaz,  entre otras).   

Frente   a   estas  premisas,  mal  puede  compartirse  la postura de la abogada demandante, en el sentido de que la simple  interposición  del  recurso  de  apelación  contra  una decisión consultable,  cualquiera  sea  el  aspecto impugnado, enerva la posibilidad de que el superior  pueda  entrar  a  considerar los aspectos que no han sido objeto de tacha por el  apelante.   

No  se  discute  que  el  artículo 206 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  modificado  por  el 29 de la ley 81 de 1993,  adolece  de  graves  falencias  en su redacción, y que si el exégeta aprehende  literalmente  su  texto,  necesariamente,  habría  de  concluir  que  cuando se  interpone   algún   recurso   contra  la  decisión  consultable,  trátese  de  reposición  o  apelación  -la  norma no hace distinciones-, no habría lugar a  este  grado  jurisdiccional. Recuérdese el texto de la disposición:   

“Providencias consultables. En los delitos  de   conocimiento   de  los  fiscales  y  jueces  regionales,  son  consultables  cuando  no  se  interponga recurso alguno,  la  providencia  mediante  la  cual  se  ordena  la cesación de  procedimiento,  la  preclusión  de la investigación, la providencia que ordena  la  devolución  a particulares de bienes del imputado o sindicado presuntamente  provenientes  de  la  ejecución del hecho punible o que sea objeto material del  mismo   y   las  sentencias  que  no  sean  anticipadas”  (negrilla  fuera  de  texto)”.   

Lógicamente   el  aspecto  puramente  literal  no  puede  ser el único norte en el proceso de  interpretación  de  una  norma.  También  ha de auscultarse la teleología del  precepto  y  el  sistema  al  cual  se integra, y en esta medida es claro que la  interpretación  propuesta  por  la actora contraviene la naturaleza y razón de  ser del instituto de la consulta.   

Ya ha sido dicho, en doctrina reiterada, que  este  nivel  de  revisión  opera por mandato legal, y que su operancia no puede  depender  de  la  voluntad  de las partes, de suerte que baste la interposición  del  recurso  de  alzada  para  que  el  superior  deba inhibirse de revisar los  aspectos  no  atacados, quedando circunscrita su competencia funcional al examen  de  los  que  lo fueron. Admitirlo, sería entronizar un mecanismo de burla a la  ley,  y permitir que el interés general que fundamenta la consulta ceda paso al  particular  de  los sujetos procesales (Cfr. oct.22/97) Pte. Dr. Ricardo Calvete  Rangel).   

La  expresión  “son  consultables cuando  contra  ellas  no  se hubiere interpuesto el recurso de apelación”, utilizada  en  normatividades  anteriores (ley 17 de 1975, art. 1º. Y Decreto 050 de 1987,  art.210),  e  incorporada hoy con algunas variantes en el texto del artículo 29  de  la  ley  81  de  1993,  tenía  entonces  razón de ser porque el recurso de  apelación  otorgaba  competencia al ad quem para conocer sin limitaciones de la  providencia  impugnada  (Ley  17  de  1975, art. 3º y Decreto 050 de 1987, art.  538),  tornando por contera innecesaria la consulta, e imprimiéndole a ésta un  verdadero carácter subsidiario.   

Frente  a la normatividad actual, en que el  recurso  de  apelación  otorga competencia al superior para decidir únicamente  sobre  los  aspectos  impugnados,  una  consideración  de  esta  índole pierde  vigencia,  no  siendo  posible  postular  que  la  conducta es subsidiaria de la  apelación.   

La  supletoriedad  del  instituto  de  la  consulta  ha  de  ser  entendida  en  relación con los aspectos que no han sido  objeto  de  apelación,  y  sin  que la interposición del recurso comprometa la  potestad  del  ad  quem,  derivada  de la ley, de poder reformar sin limitación  alguna  la  decisión consultada, aún en los aspectos impugnados y en perjuicio  del procesado.   

Totalmente   equivocado   resulta,   por  consiguiente,  impugnar  un  determinado aspecto de la decisión consultable, en  el  entendido de que así se impide su examen integral por la segunda instancia,  o  que  de  esta  manera  el  procesado  en cuyo nombre se apela amparado por el  principio de no reformatio in pejus”.   

          Por  este aspecto, entonces, tampoco es dable casar el fallo, como,  por el contrario, lo consideró la Delegada.   

          Como  en  fin,  ni  la  demanda  ni  lo pedido por la Procuraduría  prospera, el fallo no se casará.   

          Como  el  Tribunal  a  quo no hizo pronunciamiento ninguno sobre la  denuncia  que la Fiscalía le hizo por la fuga del procesado, la Corte ordenará  al  respecto  la  expedición  de  copias  pertinente para que se investigue tal  hecho.   

          En  mérito  de  lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación   Penal,   de   acuerdo  con  el  concepto  del  Ministerio  Público,  administrando  justicia  en  nombre de la República de Colombia y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

          1.-      NO     CASAR el fallo impugnado.   

         

          2.-   Con  destino  a  la  Fiscalía  Seccional de esta ciudad  expídanse  las  copias  a  las  cuales se hace referencia al finalizar la parte  considerativa  de  esta  providencia.  Por Secretaría de la Sala provéase  al respecto.           

          Cópiese,  comuníquese  y devuélvase al Tribunal de origen.   Cúmplase.   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                                          JORGE E. CÓRDOBA POVEDA   

CARLOS  AUGUSTO  GALVEZ  ARGOTE                             JORGE    ANIBAL    GOMEZ  GALLEGO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUES                                                           CARLOS E.  MEJÍA ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO  PEREZ  PINZON                                          NILSON E. PINILLA PINILLA   

Salvamento de voto  

TERESA RUIZ NÜÑEZ  

Secretaria  

   

SALVAMENTO    DE  VOTO   

( Casación 13. 381 ).  

         Señores Magistrados:   

         En  el  asunto  de la referencia he salvado el voto, pues considero  que  se  ha  debido casar la sentencia impugnada con fundamento en el 2do. cargo  propuesto  por  el  demandante, o aún de oficio,  para proteger el derecho  fundamental  a  la  prohibición  de  la Reformatio in  pejus.   

         Las razones son las siguientes:   

         1.  El  artículo  31-2  de la Constitución Política establece la  prohibición  de  la  reformatio in pejus,    como    uno    de   los   derechos  fundamentales,   reconocido   a   título   de   principio.  Expresamente  dice:   

         “  El  superior  no  podrá  agravar  la  pena impuesta cuando el  condenado sea apelante único”.   

         El  C.  de  P.P.  en  una  de  sus normas  rectoras, el artículo 17, dispone:   

           “El  superior  no  podrá agravar la  pena impuesta cuando el condenado sea apelante único”.   

         En  materia  de casación, el artículo 227 del C. de P.P., adhiere  al  importante  principio  y  acude  a  la  rúbrica  o  rótulo de principio  de  no agravación, que define  así:   

            “Cuando   se  trate  de  sentencia  condenatoria  no  se  podrá  agravar  la pena impuesta, salvo que el fiscal, el  ministerio  público  o  la  parte  civil,  cuando tuvieren interés, la hubiera  recurrido”.   

         

         Es   claro,  entonces,  que  la  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus,   cuando  el  condenado  es  recurrente  único  con miras al debate en segunda instancia o en  sede    de    casación,    es   derecho,   principio   fundamental,        constitucional,   norma superior legal    que   rige   el   procedimiento,    y    regla   que   reitera  el  principio          derecho   constitucional.   Desde  este  punto,  por  donde  o  desde  donde  sea vista, la prohibición limita cualquier  actuación  en  su  contra.  Y si se actúa en contra de ella, como lo hizo  el  Ad-Quem  al  aumentar  la  pena,  compete  a la Sala recuperar la alteza del  axioma,  acudiendo  a la casación oficiosa, como emana del artículo 228 del C.  de. P. P.   

         2.  El  principio  constitucional  con rango de derecho fundamental  conocido   como  prohibición  de  la  reformatio  in  pejus  (artículo 31-2), no permite excepciones, como  se  desprende  de  su  simple  literalidad.  Y  si no las permite, porque ni las  expresa  ni  las  insinúa,  se revitaliza la máxima antiquísima: Ubi  lex  non  distinguit, nec nos distinguere debemus:    cuando    la    ley    no    distingue,    tampoco    debemos  distinguir.   

        3.  La  Sala   mayoritaria  da  preferencia  al  principio de  legalidad  cuando  lo  parangona  con  el  de la prohibición de la reformatio  in  pejus.    El  pensamiento     del     suscrito    es    que    los  principios constitucionales no se encuentran jerarquizados  ni se repelen por opuestos o antagónicos, por esto:   

        3.1.  Los  principios  se  pueden complementar y robustecer, vgr.,  como  ocurre con presunción de inocencia, defensa, cosa juzgada, debido proceso  concreto  etc.,  que  se  auxilian  y,  entre todos ellos, y otros, conforman el  amplio principio conocido como debido proceso.     

   

        3.2.  Salvo  muy  contadas hipótesis, una característica general  de  los  principios es que admiten excepciones. Así se dice de la cosa juzgada,  del  non  bis in idem, de  la  defensa  letrada, del proceso público, etc. Bien puede afirmarse, entonces,  que  una  excepción  a  la  legalidad  como  principio es la prohibición de la  reformatio        in        pejus,   salvedad  tan  alta  que  ha  recibido  la  categoría de  derecho  y  principio  constitucional.   Esto  no  es  extraño  a  nuestra  normatividad  pues,  por ejemplo, el principio de favorabilidad -retroactividad,  ley  intermedia,  lex  tertia- es una excepción al principio de legalidad en su  forma de ley  irretroactiva.   

        4.  La  situación  es  similar cuando se acude a la consulta para  decir  que  a  pesar  del  apelante  único  es  posible  el empeoramiento de la  situación  con  base  en  tal  grado  jurisdiccional.  Tampoco  es aceptable la  afirmación, porque.   

        4.1.  Como  es  obvio,  la dinámica de las jerarquías obedece al  interés  mostrado  por  los sujetos procesales frente a una decisión anterior.  Si  es  así,  la  2ª.  instancia  y  la  casación se hallan limitadas por las  finalidades  de quien impugna, de tal manera que si alguien recurre, la consulta  es  desplazada  pues  que esta ha sido prevista justamente para aquellos eventos  en  los  cuales  no existe interés de las “partes” por impugnar. Si son dos  institutos  que obedecen a razones diversas, la más importante hace a un lado a  la  otra.  Y  no hay duda, por el origen de los recursos, que la utilización de  estos obstaculiza totalmente la aplicación de la consulta.   

        4.2.  Se  suele  afirmar  que  no obstante la interposición de la  alzada  por  un  condenado  único, el Ad-quem puede empeorar situaciones en los  eventos  de  consulta  pues que esta ha sido creada en pro del interés general.  Bien  discutible  el  punto  y,  frente  a  él, basta recordar que en un Estado  Social  y Democrático de Derecho lo más importante sigue siendo el individuo y  que    el    Estado,    incluso    después    de   la   sociedad   –que ocupa el 2do. lugar-, se sitúa  al  final de las prioridades. De modo que comparando intereses individuales como  el  aquí  resaltado con intereses sociales, no hay duda sobre la prevalencia de  aquellos,  como  emana,  por  lo  demás,  del propio artículo 5º. del C. P. Y  sería  suficiente,  para  terminar,  preguntarse  sobre  lo  siguiente:  ¿  en  concreto,  frente  a la realidad, cuál es el interés general que en materia de  penas  resulta  más importante que el interés del impugnante único, como para  afirmar  que el grupo social resulta desprotegido porque no se aumenta la pena a  un  condenado,  con  base  en  la  consulta?. En este tema, como en muchos otros  -surge  de  la  Constitución-  es de mayor trascendencia la importancia del ser  humano,   de   carne   y   hueso,   que   el   etéreo   e   inasible   interés  general.   

        4.3.  El  artículo  31  de  la  Constitución  Política dispone:   

“Toda  sentencia  judicial  podrá  ser  apelada  o consultada, salvo las excepciones que consagre la ley”.   

“El  superior  no podrá agravar la pena  impuesta cuando el condenado sea apelante único”.   

De aquí resulta:  

         

        a)  Por  la  “O”,  son  fenómenos diferentes y oponibles. Por  tanto,  si  se  apela o se acude a la casación, no procede la consulta; y si se  sigue la ruta de la consulta es porque no existe impugnación.   

        b)   Cuando   el  inciso  2º.  hace  la  afirmación  transcrita,  tajantemente   está   diciendo   que  el  recurso  de  apelación  relega  toda  posibilidad  de  consulta.  Ese  es el mensaje lógico si se mira el origen y la  historia     del    principio    de    la    doble    instancia,    regido,  como decíamos atrás, por el  interés  de  quien  se siente afectado y no por el ánimo o “interés general”.   

        En  resumen,  la  Sala  ha  debido casar parcialmente la sentencia  para retornar al condenado sus derechos constitucionales.   

De los señores Magistrados  

Seguro Servidor  

         

Alvaro Orlando Pérez Pinzón  

   

CASACION No. 13.381  

NO  CASA (EN DESACUERDO CON EL CONCEPTO DEL  MINISTERIO PUBLICO)   

A    DESPACHO    PARA    FALLO:   ABRIL  8/1999   

PROYECTO:  MAYO 22 DEL 2000  

PRESCRIBE   PORTE:    JUNIO  2  DEL  2000   

DR. GUILLERMO CRUZ CRUZ    

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