10963mar1

2000

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 10963  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                                Dr.     JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

                            Aprobado Acta Nro. 40   

          Santafé   de   Bogotá   D.C.,   dieciséis   de   marzo   de   dos  mil.   

VISTOS  

            Por  determinación  del 28 de abril de 1995, el Tribunal Superior  de  Santafé de Bogotá confirmó en todas sus partes el fallo de condena que el  Juzgado  64  Penal  del  Circuito de la ciudad profirió en febrero 14 del mismo  año   contra  JAVIER  AMÍN  GÓMEZ  MELO  al  declararlo  penalmente  responsable  del  concurso  de  hechos  punibles  de homicidio y hurto, ambos agravados, por cuyo medio le impuso, entre  otras sanciones, 20 años de prisión.   

Impugnada  oportunamente  aquella  decisión  tanto  por  el  procesado  como  por  su defensor, presentada la correspondiente  demanda  y  concedida  la  casación,  el  libelo  fue  declarado ajustado a las  prescripciones  legales.  Como  la agencia del Ministerio Público en cabeza del  señor  Procurador  Tercero Delegado ha emitido el concepto de rigor, se apresta  la Sala a resolver lo pertinente.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          El  día  2 de octubre de 1992, aproximadamente las 6:30 p.m., luego  de  realizar  sus  labores  cotidianas,  el  joven  Helmer Rogelio Garavito Melo  retornó  a  su  residencia de la Carrera 9ª Este # 1-33 del barrio El Consuelo  de  esta  ciudad  Capital,  y  atónito  quedó  al  observar en el interior del  inmueble  un  conato  de incendio que amenazaba destruir la edificación, por lo  que  con  premura  ingresó  por  una de las ventanas de la segunda planta, pero  mayor  aún  fue  su  sorpresa  cuando  descubrió  en total desorden la casa de  habitación  y,  presa  de  las llamas, el cuerpo exánime de su hermano Hernán  Mauricio,  adolescente  que  por  lo general regresaba a la casa en las primeras  horas  de  la  tarde  de  cada  día,  después  de  cumplir con sus compromisos  estudiantiles.   

El cadáver yacía en posición prono, cerca  de  la  cocina,  con quemaduras post-mortem  en  gran  parte del cuerpo, fractura de cráneo con exposición de  masa  encefálica,  y  lesiones  causadas  con  arma  cortopunzante  en  región  interescapular.   

El levantamiento de los despojos mortales de  la  víctima  lo realizó la Fiscalía 17 de la Unidad Primera de Investigación  Previa  y  Permanente,  y  dentro  de  esa  misma  diligencia  de inspección al  cadáver  se  escucharon  los  testimonios  de  Oliva  Melo  Gutiérrez y Helmer  Rogelio  Garavito  Melo,  madre  y  hermano  del difunto Hernán Mauricio, en su  orden,  quienes  en  relación  con  el autor del crimen dijeron sospechar de su  pariente   JAVIER   AMÍN  GÓMEZ  MELO  no  sólo  porque  desde hacía apenas 15 días residía allí luego  de  salir  de  la cárcel y de ser abandonado por su mujer, sino también porque  dicho  personaje tuvo la oportunidad de conocer que su tía había conseguido en  préstamo  una suma cercana a los $300.000 para la adquisición de un lote, pues  en  su presencia se hizo el negocio, se contó el dinero y se depositó el mismo  en  un  armario  sin  ninguna clase de seguridad la noche anterior a los hechos,  lugar de donde había desaparecido junto con otros bienes.   

Además  los citados declarantes advirtieron  que  los elementos de trabajo que habitualmente utilizaba el mentado sujeto para  desempeñar  su oficio de vendedor ambulante y que desde las horas de la mañana  de  la fecha en mención los había llevado consigo, se hallaban en el inmueble,  lo  cual  indicaba  su  estancia en el lugar con antelación o concomitantemente  con  la ocurrencia del episodio de sangre.  Igualmente se halló en la mesa  de  comedor  un escrito supuestamente elaborado por la víctima mediante el cual  daba cuenta del “robo”.   

La Fiscalía 91 de la Unidad Primera de Vida  por  resolución  del 17 de mayo de 1993 abrió formal investigación y vinculó  mediante   indagatoria   a   GÓMEZ  MELO,   decretando   su   detención   preventiva   sin   beneficio   de  excarcelación  al  resolverle  su  situación  jurídica.  Perfeccionada  en lo  posible  la  investigación  se dispuso su cierre y seguidamente se calificó el  sumario  por  proveído  del  9  de febrero de 1994, por cuyo medio se acusó al  procesado  como  presunto  autor  de  los injustos de homicidio agravado y hurto  calificado  y  agravado,  determinación  que  modificó  la Unidad de Fiscalía  Delegada  ante  los  Tribunales  de  Santafé  de  Bogotá  y  Cundinamarca  por  resolución  del 22 de marzo siguiente, para que JAVIER  AMÍN  GÓMEZ  MELO en definitiva respondiera en juicio  criminal  por  el  concurso  de  hechos  punibles  de homicidio agravado y hurto  agravado.   

El  trámite  de la causa estuvo a cargo del  Juzgado  64  Penal  del  Circuito  de  la  ciudad  y  llevada  a efecto la vista  pública,  conforme  con  el  pliego  de cargos puso fin a la instancia el 14 de  febrero  de  1995 con el fallo del que ya se hizo mérito en el acápite inicial  de  este  proveído,  al  cual  le  impartió integral confirmación el Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial de Santafé de Bogotá por el suyo de abril 28  del  mismo  año, pronunciamiento este contra el cual el procesado y su defensor  propusieron    la    casación    que    hoy    ocupa   la   atención   de   la  Sala.                   

CONTENIDO DE LA DEMANDA  

          Dos  cargos  contra la sentencia impugnada presenta el libelista: el  primero,  como  principal,  al  amparo  de  la  causal primera por la vía de la  violación  indirecta de la ley sustancial, y el segundo como subsidiario por la  causal tercera de casación.   

          PRIMER CARGO.   

          Con  apoyo  en  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo segundo,  formula  este  reproche  el  censor  por considerar que el fallo recurrido viola  “final  e indirectamente”  los  Arts.  247,  inc.  1º y 445 del C. de P. Penal, el primero por aplicación  indebida  y  el  segundo por exclusión evidente, “en  razón  al  quebrantamiento  mediato  de los preceptos descritos en el artículo  248,   inciso   1º,  segunda  parte;  294,  300,  302  y  303  del  Código  de  Procedimiento  Penal”,  habida cuenta de los errores  de  hecho  y  de  derecho  por  falsos  juicios de identidad, de existencia y de  convicción  en  que  el  juzgador  incurrió  en “la  estimación  y  valoración de cierta prueba testimonial y de la totalidad de la  indiciaria.”   

          1.-  Errores de derecho por falsos juicios  de convicción.   

          1.1.-  Al  apreciar  y  valorar el fallador los testimonios de Oliva  Melo  Gutiérrez y Helmer Rogelio Garavito Melo, madre y hermano de la víctima,  respectivamente,  incurrió  en  este  supuesto  yerro porque de lo afirmado por  ambos  en relación con el orden de arribo al lugar de los hechos de cada uno de  ellos,  incluyendo  al  procesado,  infirió  la  presencia del último en dicho  sitio  para  el  momento  en  que  se segó la vida de Hernán Mauricio Garavito  Melo, sin parar mientes en que aquéllos discrepan sobre el punto.   

          En  efecto,  según el dicho de Oliva Melo Gutiérrez primero llegó  a  la  morada  su  hijo  Helmer  Rogelio  y  luego  lo hizo ella, pudiendo ambos  constatar   la   existencia   de   los  elementos  de  trabajo  de  JAVIER  AMÍN GÓMEZ MELO en el interior de  la  vivienda,  quien  para  ese  instante aún no había hecho su aparición. No  obstante  Helmer Rogelio invierte ese orden advirtiendo que primero arribó a la  casa  él,  en  segundo  término  su  primo,  hoy  acusado,  y  por  último su  progenitora,   lo   cual  es  confirmado  por  algunos  de  los  policiales  que  intervinieron  en  el  operativo  conforme  con  la  versión que escucharon del  citado Helmer.   

          De  esta  manera,  concluye  el  demandante,  Oliva  Melo  mal puede  desvirtuar  lo  sostenido  por  su  sobrino  en  la injurada en cuanto a que él  acudió  al  escenario  de  los  hechos  portando  aquellos instrumentos, de los  cuales  se  despojó  una  vez  llegó  allí.   Es  que  la  citada  mujer  “Estaba  en imposibilidad física (…) de acreditar  lo  contrario,  como  que  debía de encontrarse en esos momentos trasladándose  del  Hospital  San  Ignacio,  donde  trabajaba, a su casa de habitación, siendo  esta  circunstancia de lugar la que ha debido tenerse en cuenta para estimar que  ese  testimonio no podía ser tomado como válido para establecer que el acusado  había  dejado  en  el lugar de los hechos esos elementos, durante el transcurso  de  las  horas  de  la  tarde  en  que  se consumaron los ilícitos.”   

          Resulta  pues  evidente  el  error  de  derecho  por falso juicio de  convicción  en  que  incurrió  el  sentenciador  en  relación  con el tema en  cuestión   al   apreciar   el   mentado   testimonio,  reitera  el  impugnante,  “en  consideración  a  que no se tuvieron en cuenta  los  principios  de  la  sana  crítica  y  lo  relativo  a  las  circunstancias  temporales  en  que  se  percibió  aquel  hecho” por  parte de esta testigo de cargo.   

          1.2.-  Similar  equivocación  cometió  el  juzgador  al valorar el  testimonio  de Helmer Rogelio en relación con la percepción que de esos mismos  elementos  dijo tener, en el interior de su vivienda para el instante de arribar  allí.   Sin  embargo,  no  reparó  el  fallador  que  de  acuerdo  con lo  declarado  por  doña Oliva, el procesado utilizaba para su trabajo dos tablas y  dos  maletines  casi  que idénticos, pues lo único que los diferenciaba era su  tamaño;  de  ahí  que sobre su existencia no pueda predicarse duda alguna. Mal  puede  entonces establecerse con el testimonio de Helmer Rogelio que la tabla de  la  cual  hizo  uso  el  justiciable en la citada fecha sea la misma que asevera  observó   cuando  llegó  a  su  casa,  en  la  medida  en  que  el  declarante  habitualmente abandonaba el hogar primero que su primo.   

          Por  modo  que,  ante  tan  evidente  imposibilidad física, ninguna  credibilidad  merece en este  punto  la  declaración  de  Helmer  Rogelio,  y  si se empecinó en sostener su  dicho,  bien  pudo  ocurrir que faltó a la verdad, o que se equivocó igual que  su  madre,  o  que  habiendo  descubierto el error en que incurrió ésta, no se  atrevió a contradecirla.   

         

          Es  que ni siquiera el deponente observa uniformidad para indicar el  sitio  exacto en el que se hallaba la referida tabla, tal como cabe inferirlo de  los  términos  que  emplea  para describirlo -al lado de la nevera, al lado del  portón,  recostada  contra  la  pared,  o frente a la puerta de entrada como en  últimas  se  lo dijo a los agentes secretos, advierte el libelista-.  Y si  a   ello  se  aúna  la  manera  sugestiva  como  se  le interrogó cuando se le pusieron de presente aquellos  elementos,  mal  puede  predicarse  que el testigo se refirió precisamente a la  tabla  que  su primo llevó consigo en la mañana de la reseñada fecha, máxime  si  se  tiene  en  cuenta que en razón de esa misma tragedia, su percepción no  pudo  haber  sido la más completa, menos cuando reinaba absoluta oscuridad para  ese  instante  por  la  nocturnidad y el humo de la conflagración, todo lo cual  debió    obstaculizar    su   visibilidad,   como   lo   reconoce   el   propio  testigo.   

          Luego  entonces,  no  se  puede afirmar, sin incurrir en un error de  derecho  por falso juicio de convicción, que con fundamento en esa declaración  se  encuentra  demostrado que la misma tabla que dice haber visto Helmer Rogelio  cuando  llegó  a  su  casa  poco  antes de que también lo hiciera GÓMEZ  MELO,  sea  la  misma  que portara  éste  al  salir  del  sitio  donde residía. “Porque  llegar  a conclusión contraria es desconocer los principios de la sana crítica  testimonial,  en  especial  los de la lógica y el sentido común, como también  lo  relativo a la naturaleza del objeto percibido, al estado de perturbación de  los  sentidos  del  testigo  en cita y a las circunstancias de lugar y tiempo en  que  afirma  haber  percibido  ese  hecho,  con violación de lo dispuesto en el  artículo  294  del  C.  de  P.  P.,  con  respecto  a  los  criterios  para  la  apreciación del testimonio.”   

          2.-  Errores  de hecho por falsos juicios  de   existencia   en   la                           apreciación       de       la      prueba  indiciaria.   

          2.1.-  Indicio de presencia en el lugar de  los hechos.   

          Se  dio  por demostrado, sin estarlo plenamente como ya se acreditó  en  el  acápite  anterior,  que  los elementos utilizados por el procesado para  laborar  esa  mañana  previamente  a que se le diera muerte a Hernán Mauricio,  fueron  los  mismos que dicen doña Oliva y Helmer Rogelio haber observado en el  instante  de su arribo al teatro de los acontecimientos; de ahí se infirió que  el  acusado  tuvo  que  haber  estado  en  el  momento  en  que  se perpetró el  homicidio,  partiéndose  así  de  un  supuesto  equívoco que dio origen a los  falsos juicios de convicción atrás pergeñados.   

          Como  en  este  evento el hecho indicador no se encuentra plenamente  demostrado  en  los términos en que lo exige el Art. 302 del C. de P. Penal, se  incurrió  en el indicado error por falso juicio de existencia habida cuenta que  “se  dio  por  existente una prueba cuya realidad no  surge de las diligencias.”   

          2.2.-      Indicio      del     móvil  delictivo.   

          El  cual se hizo derivar de las dificultades económicas por las que  atravesaba  el acusado para la época en que ocurrieron los hechos investigados,  de   donde   se   infirió  su  interés  por  cometer el delito.  Ello, en sentir del censor, constituye  un  prejuzgamiento de los falladores en la medida en que los sucesos no sólo se  contraen  al  apoderamiento  ilícito de unos dineros, sino también al de otros  bienes   que  se  dejaron  relacionados  en  la  denuncia,  e  igualmente  a  la  incineración  de  la  víctima,  sobre  la  que  se  consumó  el  homicidio de  “manera  feroz e inmisericorde, con odio”,  lo  cual  revela  en  el  victimario algo más que su afán de  ocultar la indebida apropiación.   

          Una  tal  inferencia  se fundamenta en una afirmación gratuita, sin  respaldo  probatorio  y  contraria  a  la  evidencia,  puesto  que lo hurtado no  reportaba  mayores  beneficios.  Así  por  ejemplo se afirma en el fallo que la  actividad  ejercida  por  el  acusado  apenas  si  le alcanzaba para su sustento  diario,  cuando en la vista pública sostuvo que con su labor habitual devengaba  el  equivalente  a  un salario mínimo legal mensual, suficiente para sus gastos  si  se  tiene  en cuenta que se hallaba separado de su mujer y vivía en casa de  su  tía  sin  pagar  arriendo.  “De  esta manera la  distorsión  de  la  prueba  se  contrae  a  que,  conforme  con  lo  anotado  y  demostrado,  la circunstancia indiciaria no se halla probada. Es evidente aquí,  en  cambio,  el  error  de  hecho  por  falso  juicio de existencia.”   

          3.-  Errores  de hecho por falsos juicios  de    identidad    en   la               valoración de la prueba indiciaria.   

          3.1.-    De    la    oportunidad    para  delinquir.   

         

          Se  ha  afirmado  en  las  instancias  que  como el procesado tenía  fácil  acceso  a la residencia de los Garavito-Melo y conocía de la existencia  de  los  dineros  allí  depositados, tuvo la oportunidad de cometer los delitos  que  se le endilgan. Aunque esas circunstancias son ciertas y están demostradas  en  el  proceso,  lo  que  se critica es que ellas no dan lugar a una inferencia  grave,  aduce  el  censor,  pues  esa  oportunidad  también  la  tuvieron otras  personas  como  los  propios  parientes  de la víctima o los vecinos del lugar,  quienes  iguales  facilidades  tenían  para  ingresar  al  inmueble sin ejercer  violencia  alguna.  Inclusive  -afirma-  de la existencia del numerario también  tenían  conocimiento  los  vendedores del lote para quienes doña Ofelia tenía  destinada  la  plata  birlada,  y  los  prestamistas de la misma, personas todas  ellas  que  bien  pudieron  cometer  los ilícitos, pues hasta los policías que  intervinieron  en  el procedimiento tuvieron esa oportunidad si se repara en que  por  insinuación de uno de los agentes, se percataron los dueños del extravío  de sus  bienes.                                                                       

          Esas  circunstancias  fueron  tergiversadas  como  quiera que se les  asignó  el  carácter  de  graves  cuando  en realidad no son más que indicios  leves  y,  de  dicha  tergiversación,  con  base  en  suposiciones  sin asidero  probatorio alguno, se edificó el móvil de la ilicitud.   

          3.2.-     De    la    capacidad    para  delinquir.   

          Igualmente  se  incurrió  por  parte  de los falladores en error de  hecho  por  falso  juicio  de identidad al valorar equivocadamente este indicio,  por  cuanto  se  partió  del  supuesto  no  comprobado  de  que  el  móvil  lo  constituyó  el  hurto  y  no  la  muerte  de  Hernán  Mauricio, el saqueo o el  incendio  que  en  el  lugar  también  se  produjeron.  Es que no se puede  aseverar,  sin incurrir en error de hecho por falso juicio de identidad, repite,  que  exclusivamente  el  móvil del delito radique en la apropiación de la suma  de  dinero  de  cuya  existencia  sabía  el  acusado,  pues,  amén de que hubo  apoderamiento   ilícito  de  otros  elementos,  la  modalidad  empleada  en  la  ejecución  del  hecho  permite  estructurar  otra clase de inferencia, como por  ejemplo  la de que la retaliación o venganza fue la causa principal del delito,  o  que también lo fuera el cobro de deudas pendientes contraidas por la familia  Garavito-Melo  con  personas  cuyos  nombres no quieren o no pueden suministrar,  móvil  que  igualmente  pudo  originarse  por  celos  pasionales de potenciales  enemigos  de  la  víctima,  quienes  pretendían  la  misma  mujer que el joven  difunto cortejaba.   

          Así  las  cosas,  indemostrado  fehacientemente  el  móvil  de  la  ilicitud,   la  inferencia  que  sobre  dicho  tópico  se  dedujo  resulta  ser  equivocada y de ahí el yerro argüido, sostiene el libelista.   

          3.3.-        De        la       mala  justificación.   

          El   indicio  se  hace  derivar  de  algunas  imprecisiones  en  que  incurrió  el  procesado  en sus diferentes intervenciones procesales, así como  de  las  “inconcordancias”  entre  sus  manifestaciones  de exculpación y lo dicho por los propios testigos  que  la  propia  defensa  hizo llegar al proceso a fin de establecer la coartada  que  el acusado suministró en su injurada.  Si bien sobre algunos aspectos  esas   versiones  no  guardan  armoniosa  relación  con  lo  declarado  por  el  procesado,  lo  cierto  es  que  tal circunstancia gira alrededor de nimiedades,  valga   decir,   en   lo  atinente  a  las  personas  con  quienes  GÓMEZ  MELO se reunió en la mentada fecha  y los lugares a los cuales concurrieron.   

          Sin   embargo  esas  discrepancias  encuentran  explicación  en  la  circunstancia  de  que  la  fecha  en  que acaeció el hecho fue un día normal,  dentro       del       desenvolvimiento       de       las       actividades    del   acusado;    luego  entonces,  en  ausencia  de  un motivo especial, él no tenía por qué precisar  todo  lo  que  para  esa  calenda  le ocurrió.  Ahora, si a lo anterior se  aúna  el  alto  grado  de  alicoramiento,  dadas  las  largas  horas de ingesta  etílica  a  las  que  se  dedicó,  y  el  tiempo  que  medió entre su primera  aparición  procesal  y  las  posteriores,  distantes  por  cierto, todo ello se  constituye  en factores que impiden se le exija precisión en sus relatos.   Además,  quienes  pueden  estar  errados  en  sus apreciaciones son los propios  testigos  y  no el encartado de autos, cuando de corroborar el alibi de éste se  trata.   

          Tales  inconsistencias  se estimaron como si en verdad constituyeran  trascendentales   contradicciones,  dándoseles  connotaciones  de  graves   cuando   bien  pudieron  haberse  valorado   como   lo   que   realmente   son,   esto   es,   como   indicios   leves  en  cuanto   no  se  fincan en aspectos fundamentales del asunto.   

         3.4.-  De  las manifestaciones posteriores  al delito.   

         Indicio  que  se  hizo  derivar,  en primer lugar, del contenido del  escrito  hallado  en  el  lugar  de  los  hechos  mediante  el  cual la víctima  supuestamente  daba  cuenta  del robo; y en segundo término, en el ofrecimiento  que  con  posterioridad  a lo acaecido hizo el procesado a su tía para ir hasta  la  población  de  La  Palma a dar aviso al resto de la familia de lo ocurrido,  cuyos gastos él -el acusado- asumiría.   

         Empero,   a   pesar  de  que  con  el  dictamen  de  grafología  se  estableció  que  el acriminado no fue el autor material del mentado escrito, lo  cual  hacía  suponer que una tercera persona se hallaba implicada en el asunto,  los   falladores   en  vez  de  concluir  acerca  de  la  no  participación  de  GÓMEZ  MELO  en  los hechos  objeto  de  juzgamiento,  distorsionando  el  sentido  obvio  que  debe tener la  inferencia   indiciaria  coligieron  que  como  JAVIER  AMÍN  conocía  sobre las particulares situaciones de  vida  de la familia del occiso, determinó al autor del anónimo a realizarlo en  su  forma  y  contenido, no obstante carecerse de la demostración en el proceso  de la existencia de esa tercera persona.   

         También   resulta   evidente   la  tergiversación  de  la  segunda  circunstancia  anotada  y que como elemento del indicio que se critica, tomó en  consideración  el  Tribunal  para  fundamentar su fallo, puesto que el deseo de  colaboración  que  el  procesado  expresó con su propia familia yendo hasta La  Palma  a  dar  cuenta  de  lo  acaecido,  sólo  muestra, en sana lógica, a una  persona  agradecida  y  generosa  con  quienes  en  un  momento  determinado  le  brindaron  apoyo.   Y si a ello se suma el estado de alicoramiento que para  el   instante   de   la   tragedia  presentaba  JAVIER  AMÍN,  explicable  aparece  su  comportamiento  como  quiera   que   la   experiencia   enseña   que  el  beodo  resulta  ser  sujeto  extremadamente  dadivoso.   Es  que  ni  siquiera aparece acreditado que el  procesado  hubiese  incrementado  su  patrimonio por lo menos en la cifra que se  reputa   objeto   de   expoliación,  por  lo  que  el  comentado  indicio  así  estructurado se erige en yerro de la naturaleza atrás indicada.   

         3.5.-    De    la    preparación    del  delito.   

         En  sentir  de  los  falladores, la presencia de fenotiazinas en las  vísceras  del interfecto no indica cosa distinta a que para facilitar el hurto,  era  menester  menguar las facultades físicas y mentales del potencial testigo,  razón  por  la  cual  se  le  suministró  a  la víctima aquella sustancia con  efectos sedantes y tranquilizantes.   

         Empero,  al no poderse lograr el cometido propuesto y dado que quien  trataba  de  obtener  ese  resultado era una persona conocida, hubo necesidad de  eliminar  a  Hernán  Mauricio  para  de este modo buscar la impunidad; y como a  GÓMEZ  MELO  era a quien le  interesaba  lograr ese ocultamiento, fue entonces la persona que proporcionó la  susodicha  sustancia  induciendo  previamente al jovenzuelo a comprar una bebida  gaseosa,  cuyos restos fueron hallados en dos vasos, para después prender fuego  al  inmueble y al cuerpo del occiso, procurando así encubrir cualquier vestigio  que lo pudiera delatar.   

         Para   arribar   a   una  tal  inferencia,  fue  preciso  forzar  el  razonamiento  mediante  la  tergiversación  de  la prueba indiciaria, estima el  actor,  puesto que las hipótesis de las cuales se partió no  son más que  meras  especulaciones  huérfanas  de acreditación material en los autos.   Quizás     para     poder     dar     “fundamento  lógico”  a  su tesis, el Tribunal se vio obligado a  realizar  esas  suposiciones  al  no poder desconocer que el acusado carecía de  interés  o motivo para segar la vida de su primo.  Y la utilización de la  fenotiazina  en  dosis  ínfima, puesto que no se logró el adormecimiento de la  víctima  como  se pretendía, lo que está indicando es que el procesado no fue  el  autor  de  los  hechos que se le imputan habida consideración que si aquél  era  su propósito, hubiera empleado suficiente cantidad de la mentada sustancia  a  fin  de  no  quedar  expuesto  al  reconocimiento  por  parte de su pariente,  concluye    el    demandante    en   su   aspiración   de   probar   el   vicio  argüido.   

         4.-  Errores  de hecho por falsos juicios  de   existencia   en   la                apreciación   de   la  prueba  indiciaria  de  descargo.   

         Múltiples   y   de   diversa   índole   fueron   los  contraindicios  que tendían a demostrar la  no  participación  del  procesado  en  los  hechos que se le endilgan, y que el  juzgador   rehusó   tomar  en  consideración  a  la  hora  de  fundamentar  su  fallo.  Así los relaciona:   

         4.1.-  La  imposibilidad moral  en  que  estuvo  el  acusado  para consumar las conductas punibles  juzgadas,   contraindicio   representado   en   el  hecho  de  que  JAVIER  AMÍN le profesaba profundo cariño  a  su  pariente  Hernán  Mauricio,  tal como lo afirman la madre y hermanos del  interfecto.  La atroz muerte padecida por la víctima descarta la posibilidad de  la  participación  del  procesado en dicho evento, máxime cuando el expediente  no da cuenta de que padezca de alguna anomalía síquica.   

         4.2.-  La  conducta  procesal observada  por  el  justiciable  en  el  transcurso  del  debate, lo  muestra  ajeno  a  las  delincuencias,  puesto  que  no eludió la acción de la  justicia  mientras  disfrutó  de la libertad en razón de este asunto, procuró  las  explicaciones  de  rigor  respondiendo  de manera responsiva a los extensos  interrogatorios  a  los  que  se  le  sometió  durante  su  trámite,  y jamás  pretendió  falsear  las  pruebas, al contrario, prestó su concurso para que se  practicaran las que se estimaron pertinentes y conducentes.   

         4.3.-  La  ausencia  de móvil  se  erige en un contraindicio más que permite atacar la sentencia  cuestionada,  por  cuanto ningún motivo tenía el acusado para querer la muerte  de  su  pariente;  por  los  vínculos  que  los unía,  sólo      podía     desearle     su     completo  bienestar.   Ese móvil  no  lo  pudo  constituir  el  hurto,  porque  como ya se dijo, ningún beneficio  económico  podía  reportarle  dicho  atentado  si  bien  se sabe que todas sus  pertenencias  representadas  en  su  patrimonio laboral, quedaron en el inmueble  luego  de  producida  la  tragedia  al  abandonar  el  acusado  la  que  fue  su  residencia.   

         Esos  haberes  sobrepasaban  el monto de lo birlado; “nadie  comete  un delito contra el patrimonio económico por la sola  satisfacción  de  realizarlo”,  si  tal hecho no se  traduce  en  un  incremento  patrimonial  para quien lo perpetra o para terceras  personas, reitera.   

         4.4.-  Así  mismo,  el  resultado  de la prueba de grafología y la  modalidad  empleada  en  la ejecución del hecho descartan la participación del  agente  en  las  delincuencias  de  marras,  tal  como quedó dicho en acápites  precedentes.   Así  concluye  el  casacionista  esta  censura,  esgrimida  como  fundamento  de  la  petición de absolución para su pupilo, previa síntesis de  toda su exposición.   

         SEGUNDO CARGO.   

                 

         De   manera  subsidiaria  y  al  amparo  de  la  causal  tercera  de  casación,  el  impugnante  aduce  que  el  fallo cuestionado se profirió en un  juicio   viciado   de   nulidad,   en   razón  de  la  violación  de  derechos  constitucionales  fundamentales  tales  como  el  del  debido  proceso  y  el de  defensa.   

         En  la fundamentación de la censura el censor arguye que durante la  celebración  de  la  vista  pública, el juez que la presidía le impidió a la  defensa  la  más mínima interpelación al agente del Ministerio Público en el  transcurso   de   su   intervención  oral,  no  empece  a  los  “notorios     errores     de     análisis     probatorio”   en  que  estaba  incurriendo,  cuya  alegación  resultó  ser  decisiva  para  que tanto en  primera  como  en segunda instancia se produjera la sentencia de condena que hoy  ataca.   

         Los  mentados  yerros  en  los  cuales  se  fincó  la  petición de  condena,  no  pudieron  ser controvertidos en forma oportuna y de manera precisa  para  dar  mayor  claridad  al  debate  y  evitar  así  la  confusión  de  los  juzgadores,  arguye  el  casacionista,  y  con apoyo en un pronunciamiento de la  Sala  deja  entrever  que la interpelación que dice echar de menos era menester  concedérsele,  a  fin  de  evitar  que  se  distorsionaran los hechos dándoles  connotaciones  diferentes  a como aparecían probados en el proceso.  En su  sentir,  con  un  tal  proceder no solamente se menoscabó el derecho de defensa  sino  también  el del debido proceso, incurriéndose en las causales de nulidad  previstas en el Art. 304-2 y 3 del C. de P. Penal.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

         En  atención  al  principio  de  prioridad,  el  señor  Procurador  Tercero  Delegado  en  lo  Penal  acometió  inicialmente el estudio del segundo  reproche formulado de manera subsidiaria por el censor.   

         1.-  A  pesar  de  que  jurisprudencialmente  se  han  admitido  las  interpelaciones  de  los  sujetos  procesales  durante  el desarrollo del debate  público,  situación  esta  no  consagrada normativamente, la no aceptación de  injerencias  por parte del juez que preside la audiencia  de uno cualquiera  de  aquéllos en el discurso del otro, en manera alguna constituye cercenamiento  al  derecho  de  defensa  o violación del debido proceso.  “(…)  la  supresión  de  las  interpelaciones  en desarrollo de la  vista  pública  podría  constituir  lesión  al  principio  de contradicción,  solamente  en  la medida en  que  esos  discursos  inter-relacionados  resulten  indispensables  dentro de la  dialéctica  propia  del  juzgamiento y siempre y cuando quien ha solicitado esa  interrupción,   se   vea   efectivamente   privado   de  las  posibilidades  de  contraargumentación”,   aduce   el   agente   del  Ministerio  Público  a  manera  de  tesis para llegar a la conclusión de la no  prosperidad del reproche alegado en este acápite por el censor.   

         En   el  presente  asunto  es  cierto  que  cuando  la  agencia  del  Ministerio  Público  realizaba  su  exposición,  el  defensor  solicitó   interpelación  para  controvertir  la  interpretación  que    de    los    hechos    y    la    valoración  probatoria hacía el primero,  análisis  errado  que en su  criterio  influyó  en la decisión de condena proferida por el juzgador; empero  no  es menos cierto que para ese instante aún restaba la oportunidad que la ley  le                       concede                       a                      la  defensa                -procesado   y  su  representante  judicial-  para  intervenir  en  pro  de  sus  intereses,  teniendo  así  la  ocasión  no  sólo  de contraargumentar sino de  indicar   las   razones  por  las  cuales  el  acusado  merecía  ser  absuelto.   

         Teniendo   pues   la   defensa   la  ocasión  de  rebatir  aquellas  apreciaciones  y de presentar  los  fundamentos  con los cuales lograr el convencimiento del fallador acerca de  la  veracidad  de su tesis, y habiendo hecho uso de la palabra con posterioridad  a  que  el  representante  de  la  sociedad  interviniera,  mal  puede argüirse  vulneración  de  garantía  fundamental  alguna;  si  ninguna  interferencia se  permitió  en el citado momento procesal, fue porque el director de la audiencia  en  ejercicio  de  la  facultad  discrecional  que  para  el  efecto  le asiste,  consideró  que  no  existía  atentado  a  la dignidad humana con la alegación  cuestionada,   razón   de   ser  de  la   interrupción  solicitada.    

     

         Luego  entonces,  la  interpelación  de  cuya  negativa se duele el  impugnante    no    era    indispensable,  y  menos  lesionaba  o  restringía  la  facultad de ejercitar el  derecho  de  defensa  material  al  punto  que  las  reglas  del  debido proceso  resultaran  menoscabadas.  Así  las  cosas,  este cargo a juicio de la Delegada  merece ser desestimado.   

         2.-   Omitiendo   identificar  la norma probatoria objeto del supuesto quebranto y sin determinar  la  trascendencia del yerro argüido, el censor aduce vicios que como errores de  derecho  por  falsos  juicios  de  convicción  y de hecho por falsos juicios de  existencia  y/o de identidad, le atribuye al juzgador en su tarea de valoración  probatoria, sin llegar a demostrarlo.   

         2.1.-  En  efecto,  con  total  desapego  de la realidad procesal el  impugnante  construyó  su tesis tratando de restarle capacidad probatoria a los  testimonios  de  cargo  de Oliva Melo Gutiérrez y Helmer Antonio Garavito Melo,  bien  aduciendo  imposibilidad en la dama para dar cuenta sobre la existencia de  los  elementos  de  trabajo  del  procesado  en el interior de la vivienda donde  tuvieron  ocurrencia  los hechos para el momento en que ella hizo su arribo, por  cuanto  su  llegada  fue posterior a la del acusado, ora sobre los trastornos de  percepción  que  Helmer  Antonio  tuvo  del suceso dadas las circunstancias que  rodearon el acaecer delictivo.   

         Las   argumentaciones   del   casacionista   sólo   “se  limitan  a  mostrar un interesado camino de estudio de la prueba  testimonial,  no  la  infracción  a  norma  de derecho alguna que le imponga un  determinado  poder  de convicción a los testimonios, menos aún una infracción  a  las  reglas  de  la  sana crítica. Su posición evidentemente contraria a la  asumida   por   los   juzgadores  de  instancias,  no  alcanza  sus  pretendidos  efectos.”   

         Por  parte  alguna  se observa pues, que los juzgadores hayan dejado  de  lado los criterios indicados en el artículo 294 del C. de P. Penal en punto  a  la  apreciación  de  la prueba testimonial, destaca el agente del Ministerio  Público,  a lo cual debe sumarse el hecho de que no es posible en nuestro medio  alegar  falsos  juicios  de convicción respecto de pruebas no tarifadas, lo que  de   suyo   resulta   más   que   suficiente   para   la   desestimación   del  cargo.   

         2.2.-  Resulta  bien  difícil,  por  no decir que imposible como se  debiera,  aducir  errores de hecho por falsos juicios de existencia en relación  con  la  prueba  indiciaria,  como  lo  hace  el  opugnador,  acota la Delegada,  “en  tanto  que  este  tipo  de  evidencia surge del  análisis  que  de  otros  medios  de convicción haga el juzgador al momento de  tomar  la  decisión  correspondiente y por consiguiente carecen de materialidad  respecto   de   la   cual  se  pueda  predicar  su  desconocimiento.”   

         De  entrada  advirtió  la agencia del Ministerio Público acerca de  la  nula  vocación  de  éxito  de  las alegaciones del demandante, en especial  respecto  del  error  de  hecho  por  falso  juicio de existencia que predica en  relación  con  el indicio de presencia en el lugar de los hechos, pues, en aras  de  fundamentar  la  censura,  retoma  los  argumentos  con  los cuales intentó  mostrar  la  existencia de errores de derecho por falsos juicios de convicción,  tratando  de  desvirtuar  la  capacidad  suasoria  de  los  testimonios de cargo  estimados por el sentenciador como pruebas del hecho indicador.   

         Y,  respecto del supuesto yerro cometido al estructurarse el indicio  del  móvil  delictivo,  los argumentos esgrimidos por el censor no son más que  razonamientos  tendientes  a imponer su particular criterio en cuanto a la forma  en  que  debieron  apreciarse las pruebas, obviamente, diametralmente opuestos a  los  expuestos por  los juzgadores en las instancias y que por consiguiente  lo  llevan  a  conclusiones  diferentes, “pero que ni  muestran  la  existencia  de  un  error  sobre la prueba del hecho indicador, ni  acreditan   yerro   alguno   respecto   de   la   materialidad   de   la  prueba  indiciaria.”   

         2.3.-  En  relación  con  la  alegación acerca de la existencia de  errores  de hecho por falsos juicios de identidad presuntamente originados en la  valoración  de  la  prueba  indiciaria,  procura el censor mostrar específicas  equivocaciones  del  juzgador  en  la  producción de sus juicios críticos, que  bien  pueden  conducir  a  conclusiones  diferentes  a las expuestas en el fallo  impugnado.  No  obstante,  ello “responde a un manejo  muy  particular  de esos criterios de análisis y a una sofística presentación  de  los  razonamientos  en  búsqueda  de  la  destrucción del fundamento de la  sentencia,  que  además  en  la  concreción  del  ataque  se  desvía hacia la  crítica  del  valor de la prueba indiciaria analizada aisladamente.”   

         En  el  análisis  que  el  demandante  acomete  de  cada uno de los  indicios  para  desvertebrar esa prueba circunstancial, olvida que la disparidad  de  criterio  que  se tenga acerca del examen probatorio pertinente no puede ser  materia  de  ataque  en  sede de casación, puesto que se trata de una actividad  personalísima  del funcionario judicial sometida exclusivamente a las reglas de  la  valoración  conjunta  y  siguiendo las normas que impone el sistema de sana  crítica,  tarea  esta  que en el asunto a estudio estuvo ajustada a la realidad  procesal obrante en autos, arguye la Delegada.   

         En  sentir  del  señor  Procurador  Tercero  Delegado  en lo Penal,  “la   demanda   contiene  múltiples  presunciones,  especulaciones  y  análisis  parcializados  de  las  pruebas  recaudadas  en la  investigación,  pero  no la demostración de errores ciertos que conduzcan a la  violación  indirecta  de  la  ley, tal como se alega, y por tanto es un escrito  sin   poder   suficiente   para   aconsejar   la   ruptura   de   la   sentencia  impugnada”.   

         Por  tales  razones, la agencia del Ministerio Público sugiere a la  Sala no casar la sentencia impugnada.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

         El  principio  de  prioridad impone el estudio en primer término de  la  nulidad alegada, porque de prosperar esta censura resultaría inane acometer  el   análisis   de   la  restante,  invocada  por  la  vía  de  la  violación  indirecta.   

         1.-     De    la    nulidad.   

         La  Sala ha sido reiterativa en considerar que la proposición de la  causal  tercera no se encuentra exenta de la técnica que gobierna la casación,  pues,  por  simple  que  se  presente  en  su enunciación legal, no es de libre  formulación  habida consideración de que quien pretenda su reconocimiento debe  fundamentar  y  acreditar  la  razón  de  su  tesis,  es  decir,  además de su  invocación   ha   de   calificar   su  trascendencia,  indicando  la  clase  de  irregularidad  sustancial  y  la  manera  como  ella  socava  las  bases  de  la  investigación  o  del  juzgamiento, conculca el derecho de defensa o afecta las  reglas  de  competencia,  correspondiéndole igualmente al censor señalar desde  cuál  momento  procesal  es  menester  rehacer  la actuación viciada, aspectos  estos   no   acatados   por   el   demandante,   lo  que  torna  impróspera  su  pretensión.   

         En  efecto,  a  manera de formulación general dice el libelista que  la    interpelación   no  concedida  a  la  defensa  en  momentos en que el agente del Ministerio Público  realizaba  su  intervención, lo privó de ejercer el derecho de contradicción,  máxime  cuando  la  alegación  del  representante  de la sociedad resultó ser  “decisiva”   para   el  pronunciamiento de condena que con posterioridad se emitió.   

         No   señala   el  actor  los  “notorios  errores   de   análisis   probatorio”  en  los  que  incurrió  el  Procurador  Judicial  de  la instancia que le permitieron a éste  supuestamente  falsear  la  realidad procesal, ni tampoco explica de qué manera  se  afectó  el derecho de defensa o la estructura del proceso con la pretextada  distorsión,  y  menos  se  ocupa  en demostrar la nociva influencia que una tal  conducta  supuestamente  desleal  ejerció en la decisión cuestionada, al punto  que  si  se  le  hubiese  permitido  la susodicha interpelación se habría dado  “mayor  claridad”  en el  debate  y  evitado  por contera “la confusión de los  juzgadores”.   

         Ninguna  precisión hace el censor respecto del tema expuesto por el  ministerio  público  en contravía de la verdad procesal, cuya contradicción o  interrupción   para   “hacer  claridad”  le  fue  negada,  como  tampoco  indica  de  qué  manera dicha  intervención  o  la veda a la réplica propuesta por la defensa determinaron un  vicio  in  procedendo  de  tal  magnitud  que  llevara al juez a no poder dictar  válidamente  el  fallo  impugnado, todo ello bajo el entendido de que lo que se  ataca  en casación es la sentencia de segundo grado y no las alegaciones de los  sujetos procesales.   

         Es  más,  como  en  este  caso lo que se demanda es una nulidad, el  reproche  debe  concretarse  al  acto conculcante del sentenciador, sin que para  ello  pueda dejar de considerarse las facultades que como supremo director de la  audiencia  le  otorga  al  juez  de la causa el artículo 453 del C. de P. Penal  para,  entre  otros  fines,  “evitar  que las partes  traten  temas  inconducentes  a  los  intereses que representan o que prolonguen  innecesariamente  sus  intervenciones  con  perjuicio  de  la administración de  justicia”.   

         Así  mismo,  se  echa  de menos la demostración de que el supuesto  acto  de  deslealtad  procesal  en  perjuicio  de  la  verdad y del acusado, que  vanamente  se  pretendió  conjurar  con una interpelación a quien ejecutaba la  conducta  vitanda,  no podía ser conjurada en el mismo debate por la defensa al  hacer  uso  de  la  palabra  en  la  oportunidad procesal que necesariamente fue  posterior al acto reprochado.   

         Nada  de  lo anterior intenta siquiera el casacionista, en perjuicio  de  los  postulados de claridad y precisión que son insoslayables en esta sede,  haciéndose  evidente  la  falta  de  razón  suficiente  en este acápite de la  demanda,  por  lo  que  la materia propuesta como censura no puede tener la más  mínima vocación de éxito.   

         El cargo no prospera.   

         2.-       De      la      violación  indirecta.   

         Error  de  derecho  por  falsos juicios de  convicción,  y  de hecho por  falsos  juicios de existencia y de identidad en la apreciación de los elementos  de  prueba  allegados  al  proceso,  son  los  vicios que al amparo de la causal  primera,  cuerpo  segundo,  le  reprocha el censor al juzgador en la confección  del fallo impugnado.   

         2.1.-  Los  supuestos  errores  de  derecho  por  falsos  juicios de  convicción,  en  sentir  del casacionista, surgen de la apreciación equivocada  de  los  testimonios  de  Oliva  Melo de Gutiérrez y Helmer Garavito Melo; pero  desde  su  enunciado el reproche asoma inidóneo habida cuenta de la impropiedad  de la formulación.   

         Ciertamente,  según  el  actor  el  vicio se origina en el grado de  credibilidad  que  el  juzgador  le  otorgó  a  aquellos medios de convicción,  olvidando  que  ante  la  práctica  desaparición  en  nuestro ordenamiento del  sistema  de  tarifa  legal  para dar paso al de libre apreciación o persuasión  racional,  un  tal yerro no sería factible en la medida en que si no existe una  norma  que  predetermine  el  valor  que  debe  dársele  al medio de prueba, es  imposible  hablar  de  que el juzgador no estimó la unidad de investigación en  el  grado  de credibilidad que le correspondía; es decir, por la ausencia de un  parámetro  contra  el  cual  se  pueda  confrontar  la  ponderación  que en su  convencimiento  le  otorga  a  una  prueba  el juez, resulta imposible tachar de  erróneo  el  grado de credibilidad que la capacidad suasoria del medio forja en  su mente después de un examen crítico y racional.   

         Pero  el desatino del libelista sube de punto cuando se advierte que  la  censura  se  anuncia  como un error de derecho, pero termina por desarrollar  uno  de  hecho  por falso raciocinio, toda vez que el reproche se hace consistir  en  que para la apreciación de los testimonios cuestionados el fallador no tuvo  en  cuenta  la sana crítica -o sea los postulados de la lógica, los principios  de  la  ciencia  y  las  reglas  de  la  experiencia  o el sentido común-, y lo  relativo  a  la  naturaleza del objeto percibido, sin demostrar, claro está, ni  lo  uno  ni  lo  otro,  toda  vez  que  ni  siquiera atina a señalar cuáles de  aquellas  pautas  desconoció  el  tribunal al estimar el material probatorio, y  menos  se  ocupa  de explicar por qué el resto de los elementos de convicción,  que  a  su  juicio  está  exento  de  vicios, no es suficiente para soportar la  condena cuya revocatoria demanda.   

         2.2.-   Error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  en  la  apreciación  de  la  prueba indiciaria, es la segunda censura que el demandante  destaca en este acápite.    

         En  relación  con  el  indicio  de la presencia del procesado en el  lugar  del delito, para arribar a la conclusión de que el hecho indicador no se  encuentra  plenamente  establecido  como  lo  exige  el  Art. 302 del Código de  Procedimiento   Penal,  con  las  falencias  ya  anotadas  el  actor  retoma  la  argumentación  expuesta  en precedencia según la cual el Tribunal incurrió en  error  de  derecho  por  falso juicio de convicción derivado de la apreciación  equivocada de la prueba testimonial.   

         Y  respecto  del  indicio del móvil delictivo, a pesar de calificar  el  presunto yerro como un falso juicio de existencia, su fundamentación apunta  hacia   un   falso   juicio   de   identidad   en   tanto  hubo  “distorsión  de la prueba”, planteamiento  este  que deviene contradictorio porque si el error estriba en la suposición de  un  medio  de  convicción  para  soportar  el  hecho indicante (falso juicio de  existencia),  no  es  posible hablar de trastrocamiento del contenido fáctico o  de  “distorsión” de una  prueba que se da por inexistente en le proceso.   

         2.3.-  Del  mismo jaez son las falencias en que incurre el censor al  formular  los reproches por falso juicio de identidad en la construcción de los  indicios  de  oportunidad y capacidad para delinquir, de mala justificación, de  manifestaciones  posteriores,  y  de  preparación  del  delito; “circunstancias  indiciarias”  que según  el  demandante  calificó  de  graves  el fallador cuando a lo sumo tendrían el  valor  de  leves  porque  no versaban sobre “aspectos  fundamentales”.   

         Cual  si  se  tratara  de  una  alegación  en  las  instancias,  el  impugnante  acude a la casación con la exclusiva finalidad de tratar de imponer  su  personal  criterio,  mostrando  una  óptica  de  los  hechos  y  del examen  probatorio  distinta  a la del sentenciador, sin señalar realmente un verdadero  error  trascendente que propenda por el rompimiento  del fallo cuestionado,  desvirtuando  la doble presunción de acierto y legalidad con que viene ungido a  esta sede.   

         2.4.-  No  menos  caótica  es  la  formulación  del supuesto falso  juicio  de  existencia  en  la apreciación de la prueba indiciaria de descargo,  error  de  hecho que según el censor llevó al Tribunal a omitir la estimación  de  los  contraindicios que le  restan eficacia a la prueba de responsabilidad.   

         Tampoco  en  este  acápite el censor hace nada por demostrar yerros  en  la  apreciación  de la prueba indirecta, reduciéndose la argumentación al  inane  empeño por emular con el sentenciador en la formulación de inferencias.  Así  por  ejemplo, a los indicios de capacidad y oportunidad para delinquir, el  libelista  esgrime  como  contraindicio  el  de la imposibilidad moral de que el  procesado  cometiera  los  injustos que se le atribuyen, dado el “profundo  afecto”  que  sentía  por  su  primo,  la víctima. Al de las manifestaciones posteriores y de preparación del  delito,  se  opone contraargumentando que la modalidad empleada en la ejecución  de  las  conductas  punibles, hacen imposible pensar que haya sido el acusado el  que  las consumó, máxime si carecía de un móvil cierto; mal puede afirmarse,  asegura,  que su pupilo haya cometido el homicidio para ocultar el hurto, cuando  un tal interés era común a otras personas.   

         Lo     curioso     es     que    en    las    mismas    especulaciones  en  que dice se fincan las  premisas  conclusivas  del  fallo,  incursiona  el  censor al tratar de explicar  dizque  lo que realmente pudo haber acontecido y, sin clarificar el origen de la  tacha  ni  el  tramo  de  la  estructura indiciaria donde se produjo el supuesto  yerro,  sólo  se  limita  a  registrar  su  juicio  particular  acerca  de  las  inferencias  del  juzgador,  optando  siempre  por cuestionar el valor que en la  sentencia  se  le da a esas circunstancias indiciarias,  porque  en  su  sentir  en  lugar  de graves apenas si  tienen la categoría de leves.   

         En  síntesis,  sin  rigor  jurídico alguno, los planteamientos del  censor  se  agotan  en  el  simple  enunciado  no  pocas veces contradictorio de  errores  sin  demostración,  manera de razonar de imposible recibo en casación  que forzosamente da al traste con la pretensión del impugnante.   

         La demanda no prospera.   

         

         En   mérito  a  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,   Sala  de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,   

RESUELVE  

        NO  CASAR  la sentencia de fecha, origen,  naturaleza  y  contenido  indicados, conforme a las motivaciones plasmadas en el  cuerpo de este proveído.   

CÓPIESE, COMUNÍQUESE Y  CÚMPLASE   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

FERNANDO   ARBOLEDA  RIPOLL         JORGE  E.  CÓRDOBA  POVEDA   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                                             JORGE  ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

MARIO   MANTILLA   NOUGUÉS                              CARLOS    E.    MEJÍA  ESCOBAR   

ALVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                                             NILSON    PINILLA   PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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