9712 (10-12-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    ERROR  DE  HECHO/  FALSO JUICIO DE IDENTIDAD/  SANA CRITICA   

4     El  censor no solamente se desvía de modo ostensible de la línea de ataque que  escogió  y esgrimió (error de hecho por ignorar unas pruebas) para penetrar en  un  campo vedado en esta sede de casación y que, además, el actor no adujo: el  falso  juicio  de  convicción,  hoy,  por  regla  general, no de recibo ante la  ausencia  de  tarifa  legal;  ya  la  Sala  viene  repitiendo  que  cuando en el  análisis  de  la  prueba  testimonial  el  sentenciador  se  aleja  de  la sana  crítica,  de  la lógica y de las reglas de la experiencia, incurre en un error  de hecho por falso juicio de identidad con el proceso.   

PROCESO No. 9712  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Magistrado ponente:   

                                                    Dr.DIDIMO PAEZ VELANDIA   

                                                       Aprobado Acta No. 152   

Santafé de Bogotá D.C., diciembre diez (10)  de mil novecientos noventa y siete (1997).   

          Procede  la  Sala  a decidir el recurso extraordinario de casación  interpuesto  por  el  defensor del procesado CARLOS MARIO CRUZ NARANJO contra la  sentencia  de mayo 2 de 1.994, mediante la cual el Tribunal Superior Militar, al  revocar  el  fallo  de  primera  instancia,  condenó  al  referido teniente del  Ejército  Nacional  a  la  pena  de 2 años de prisión como autor de delito de  peculado por apropiación.   

ANTECEDENTES  

          1.-  En  jurisdicción  de  Quípama  (Departamento  de Boyacá) el  Batallón  de  Infantería  No.  2  “Sucre” del Ejército Nacional, tenía en el  “Alto  de  Quípama” instalada una Base. Aproximadamente a las 4 de la tarde del  5  de  abril  de  1990  una  patrulla  de  dicha Base, al mando del Cabo Segundo  Fernando  Romero  Muñoz,  hizo  parar  en  el  sitio “Cristales” a un bus de la  Cooperativa  Reina.  Requisados  los  pasajeros  del mismo, al ex policía José  Rodríguez  Maldonado se le incautó la pistola calibre 22 marca “Llama” número  A977019.   

          Cumpliendo  las órdenes respectivas, el referido suboficial Romero  Muñoz  procedió  a  entregarle dicha arma al comandante de la mencionada Base,  teniente  Carlos  Mario  Cruz  Naranjo,  previa  expedición del correspondiente  “recibo de decomiso” al portador de la misma.   

          El  nombrado  oficial  Cruz  Naranjo  no  entregó dicha pistola al  referido  Batallón,  como  era  su  deber,  y  la realidad procesal dice que se  apropió de tal arma, como en seguida se verá.   

          2.-  Como  dicha  arma  no  apareció  (fls.1 y 5), se pidieron los  informes respectivos, los cuales fueron rendidos así:   

          –  El  22  de  febrero  de  1.991  el mencionado Cabo Romero Muñoz  ratifica  la  entrega  que  del  arma hizo a su comandante teniente Cruz Naranjo  (fl.89 cdno. No.1).   

          –  El  25  de  dicho mes los soldados Alvaro Antonio Ríos y Jesús  Antonio  Pinilla  Ortiz,  que  integraban  la  patrulla  de  la  Base  “Alto  de  Quípama”,  informan  que  la  pistola  incautada directamente por el primero de  ellos,  fue  entregada  al Cabo Romero, quien luego en la Base se la entregó al  teniente Cruz Naranjo (fls.90 y 91).   

          –  Y  el 27 del mismo referido mes el Mayor del Ejército Nacional,  Pablo  Antonio  Barrera  Beltrán,  informa  que  “cuando  terminó el retén se  dirigió  (el  Cabo Romero Muñoz) al “Alto de Quípama”, donde se encontraba la  Base  Militar  y  allí  entregó  el  arma  al   Te.  Cruz Naranjo CARLOS,  quedando  ésta  en  su  poder  y  bajo  su responsabilidad” (fls.2 y 3), que no  entregada  al  batallón  y  que  “posiblemente se encuentra en poder del citado  oficial”  (fl.3)  y  agrega:  “Son  testigos  de la entrega del arma al Te. Cruz  Naranjo  Carlos, el SS. MEDINA CORREA PEDRO, C.P. CARVAJAL DOMINGUEZ CARLOS, SL.  RIOS  ALVARO  ANTONIO  y  SL.  PINILLA ORTIZ JESUS; los dos últimos presentaron  informe por escrito donde aseveran tal entrega” (fl.3).   

          –  El  2  de  abril  del citado año 1.991 el teniente Cruz Naranjo  responde  “Se  me  hace difícil recordarme sobre la pistola Llama cal.22, de la  cual se me acusa no entregué (fl.6).   

          –  Y  al  folio  4 aparece fotocopia del correspondiente “recibo de  decomiso” del arma.   

          3.-   El   Juzgado   1º   de  Instrucción  Penal  Militar  abrió  investigación (fl.10) y practicó las siguientes pruebas:   

         –  Declaración  del referido Mayor Barrera Beltrán (fl.13), en el  cual  se  ratifica  en el aludido informe y manifiesta que el comportamiento del  procesado  teniente  Cruz  Naranjo  era  “regular” y se excusaba de patrullar en  ciertas  zonas,  “pero  cuando  se trataba de Quípama inmediatamente aceptaba”.  Sobre  el  Cabo  Romero  Muñoz  dice  que  es  “una  persona  humilde, de sanas  costumbres y muy honorable” (fl.17).   

         El  4  de  junio de 1.991 declaró el soldado José Antonio Pinilla  Ortiz  (fl.26)  y  el  7  siguiente  lo  hizo su compañero Alvaro Antonio Ríos  (fl.34):  ambos  se  ratificaron  en sus aludidos informes y reiteran que vieron  cuando  el  Cabo  Romero  entregó  la  pistola al comandante de la Base, el hoy  procesado aquí.   

         Los  suboficiales  Pedro  Baudillo  Medina Correa y Carlos Carvajal  Domínguez  declararon  (fls.39  y  44)  que no presenciaron la incautación del  arma  pero  -dijo Medina- que “se escuchaban rumores de que se había decomisado  un  arma,  pistola”  (fl.40)  y que la orden era de que se entregara al teniente  Cruz (en general al comandante de la Base) toda arma incautada.   

         –  José  Aldemar  Rodríguez  Maldonado, a quien se le incautó el  arma,  declaró,  (fl.53)  que  al  día  siguiente  de  dicho  procedimiento se  dirigió  a  la  Base  “y  hablé  con el teniente Cruz y me dijo que tenía que  venir  al Batallón a reclamarla” (fl.55) y que su pistola estaba ahí encima de  una mesa junto con otras armas decomisadas.   

         –  Al  rendir indagatoria (fl.97), el referido oficial Cruz Naranjo  dijo  de  dicha arma “nunca pasó por mis manos” (fl.100) y agrega que “no iba a  ser  tan tarado” de apoderarse de un arma de las características de la aquí en  cuestión  y  que  él  piensa  que  la  pistola,  se  la  robo”  el Cabo Romero  (fl.104).   

          –  El  referido  Cabo Romero Muñoz declaró (fl.108 vto.) que como  comandante  del  Retén  Militar  en  el  sitio  Los  Cristales, luego de que se  incautó  la  pistola  hizo  entrega  de  ésta  al  comandante de la Base, Cruz  Naranjo,  “informándole  que  yo le había entregado el recibo al interesado” y  reitera  que  inmediatamente  el  citado  oficial  guardó  el  arma  debajo del  colchón  de  su  cama. También dice que ahí estaban otras armas “decomisadas”  (fl.109 infra).   

          Mediante  resolución de agosto 12 de 1.990 (fl.116) se decretó la  detención preventiva de Cruz Naranjo.   

          Por petición del defensor del sindicado se practicó:   

          –  Ampliación  del  testimonio del soldado Ríos (22 de octubre de  1.991,  fl.194),  en  la  cual  se  dice respecto al informe firmado por él que  éste  contiene “cosas que no son ciertas” y agrega que “en realidad yo no me di  cuenta  a qué horas mi Cabo Romero le entrega de dicha arma a mi teniente Cruz”  (fl.195),  y  al  ponérsele  de  presente  la contradicción en que incurre con  respecto  a  su  primera  declaración, responde que cuando rindió ésta “no me  acordaba  cómo  exactamente  habían  ocurrido  las cosas”, y que “ahora sí me  acuerdo”   (fl.196).   Sobre   el   informe   dice   que   él   lo  firmó  sin  leerlo.   

         –  En  el  mismo sentido amplio su declaración el soldado Pinilla  Ortiz (fl.207).   

         –  Al  ampliar  su  testimonio el Cabo Romero Muñoz dijo (fl.228)  que  sí  le dio al teniente Cruz Naranjo copia de la “boleta de decomiso” de la  pistola,  que ésta fue guardada por el oficial debajo del colchón de su cama y  que  también  es  cierto  que  el propietario y portador de dicha arma fue a la  Base  habló  con  el  referido  oficial y que él escuchó dicha conversación.  Sobre  los  informes  de  los  soldados Ríos y Pinilla dice que los elaboró el  sargento    Ocampo    con   base   en   lo   que   dichos   soldados   afirmaron  (fl.236).   

         En  cuanto  a  la  colaboración  que  pidió  a  dichos soldados,   

manifiesta  que cuando se enteró de que el  arma  no había llegado al Batallón y que él estaba figurando como persona que  la  había  incautado  y que entonces ellos respondieron que sí se acordaban de  lo  sucedido,  especialmente  porque  el  comandante  de  la  Base  Cruz Naranjo  disparó   esa   pistola   (fls.247  y  248).  Al  ponérsele  de  presente  las  “retractaciones”  de  los  referidos soldados, dice que va entonces a pedir a la  Procuraduría que investigue las mentiras de éstos (fl.245).   

         Por  medio  de  Resolución  de  diciembre  20 de 1991 (fl.263) se  revocó  la  medida  de  aseguramiento  que  afectaba  al procesado y se ordenó  escuchar en injurada al Cabo Romero Muñoz.   

         –  Este,  en  esa  diligencia  (fl.292),  se reafirmó en su dicho  anterior  y  dice  que posteriormente se enteró que el defensor de Cruz Naranjo  consiguió  los  teléfonos  de los soldados Ríos y Pinilla, luego se contactó  con  ellos  y  fue  cuando  éstos  se  presentaron  a  rendir  sus ampliaciones  (fl.300).  Agrega  también  que  se enteró que el teniente Cruz Naranjo había  negociado    la    pistola    con    una    persona    apodada   “Oscar   Negro”  (fl.301).   

         –  La  secretaria  del  Batallón, Azucena Vargas Lancheros (quien  dijo  Romero le dio los referidos teléfonos al defensor), declaró (fl.317) que  entre “tantas cosas que tiene” no recuerda tal cosa.   

         –  Al  ampliar  su  declaración  el  Mayor del Ejército Nacional  Pablo  Antonio  Barrera  Beltrán  dijo  (fl.321)  que  él  ordenó al sargento  Antonio  Ocampo  Zuleta  elaborar los aludidos informes de los soldados con base  en  lo  que  éstos  mismos  manifestaron  y  que  tal cosa se hizo sin presión  ninguna,  de manera enteramente voluntaria. Se queja de las mentiras posteriores  de  los  mencionados  soldados  y replica que él es “un oficial superior con 18  años  de  antigüedad  en la institución armada donde no he presentado ningún  problema  de  Justicia  para  que  estos  dos  soldados  del  Batallón  vayan a  manifestar  que  todo  lo  que  yo  elaboré  fue una farza (sic) y desde que me  conozco nunca lo he hecho” (fl.323).   

        El  Juzgado  se abstuvo de proferir medida de aseguramiento contra  el Cabo Romero Muñoz (fl.317).   

        –  El  sargento  Antonio José Ocampo Zuleta declaró (fl.347) que  sí  los  soldados  le  informaron  lo  que  él  consignó  en  los respectivos  informes,  los  cuales  “leyeron y firmaron” (fl.348) y reitera que los soldados  Ríos  y Pinilla afirmaron haber visto cuando el Cabo Romero entregó la pistola  al teniente Cruz Naranjo (fl.349).   

        –   El  “particular”  Carlos  Fradique  Beltrán  Rodríguez   Maldonado  declaró  (fl.363)  que con su hermano (José Aldemar), ex suboficial  de  la Policía, fue a la Base y se dio cuenta que el Cabo Romero le entregó la  pistola  al  teniente  Cruz  Naranjo,  quien  les  dijo  que ésta “la mandaba a  Chiquinquirá” (fl.363).         

        –  En ampliación de indagatoria (fl.378) Cruz Naranjo persiste en  negar el recibo del arma.   

        –  En  inspección judicial llevada a cabo en el Batallón “Sucre”  (fl.15-2)   se   constató   que   la   referida   pistola   no   fue   recibida  allí.   

        –  El  sargento  Pedro Baudillo Medina Correa declaró (fl.45) que  la  orden  en la Base era entregar toda arma decomisada al comandante de ésta y  que  Cruz  Naranjo  sí era amigo de “Oscar o Carlos Negro”, de quien no sabe si  es esmeraldero o escolta.   

        4.-  Mediante  resolución  de  noviembre  2  de  1.993 (fl.66) el  comandante  de  la Primera Brigada de Tunja, juez de primera instancia, convocó  a  Consejo  de  Guerra  Verbal al sindicado Cruz Naranjo para que respondiera al  cargo  de  “peculado  por  apropiación”, Consejo que se efectuó el 10 de   diciembre de dicho año (fl.103).   

        5.-  Mediante  sentencia  de  diciembre  15  de  1.993 (fl.123) el  Juzgado  en mención absolvió a Cruz Naranjo y cesó procedimiento con respecto  al Cabo Romero Muñoz.   

         6.-  Consultada  esa providencia, el Tribunal Superior Militar, en  desacuerdo  con  la  Fiscalía  2ª,  revocó la misma y condenó al acusado a 2  años  de  prisión,  multa  de mil pesos, interdicción de derechos y funciones  públicas  y  a  la separación absoluta de los Fuerzas Militares, por el delito  materia  de acusación tipificado en el artículo 189 del Código Penal Militar.  Así  mismo,  no  le concedió la condena de ejecución condicional, decretó la  detención  preventiva,  revocó  la  libertad  que  se había dado y ordenó su  captura. Finalmente, confirmó la cesación de procedimiento.   

         Contra  ese  fallo  interpuso el defensor del procesado el recurso  de casación que se decide en la presente sentencia.   

        LA DEMANDA   

        En  ella  (fl.178-2)  el casacionista formula un “cargo único” al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación  del artículo 442 del Código de  Justicia  Penal  Militar  (decreto  2550  de 1.988): aplicación indebida de los  artículos  2,3  y 189 de dicho Código “por manifiesto error de hecho basado en  falso    juicio   de   existencia   al   incurrir   en   omisión   de   prueba”  (fl.183).   

        Dice   al   respecto  que  “se  está  desconociendo  un  material  probatorio  importante,  como  son  los  informes  rendidos  tanto  por  el Cabo  Romero             Muñoz  como  por  los  soldados  Ríos  y  Pinilla  ante el Mayor  Beltrán   en   el   Batallón   Sucre,  y  la  forma  como  fueron  recaudados”  (fl.185).   

        Se  refiere  a  las  primeras  declaraciones  de  los  soldados en  cuestión  y  dice que fueron influenciadas por el Cabo Romero Muñoz, lo que no  ocurrió  con  las  ampliaciones  de esos testimonios, respecto de los cuales no  puede decirse que fueron “manipuladas”   

         Agrega  que  los  referidos  informes  de  folios  89,  90 y 91 se  “recaudaron  anómalamente”  (fl.187),  sin  especificar  en  qué  consiste esa  anomalía.  Luego  hace  una  “comparación  analítica”  de las declaraciones y  ampliaciones   de  los  soldados  y  dice  que  los  referidos  informes  fueron  “inducidos”   por  el  Cabo  Romero  Muñoz,  como  se  desprende  de  la  misma  declaración de éste (fl.188).   

        Señala   que   el   sentenciador   no   tuvo  en  la  cuenta  las  “contradicciones”  existentes  en  los testimonios de cargo y que hizo lo propio  con  las  declaraciones  de los suboficiales Medina Correa y Carvajal Domínguez  (fl.  192),  quienes,  contradiciendo  la  prueba  de  cargo, afirmaron no haber  estado  presentes  en  la  entrega  que  -se dice en el fallo- que de la pistola  hizo  el Cabo Romero al procesado.   

        Habla  del  “análisis  desvertebrado  y  unilateral”  que hizo el  fallador  de  la  prueba  testimonial  (fl.194 infra) y concluye que la realidad  procesal  arroja  duda  sobre la responsabilidad en la pérdida del arma, por lo  cual debe casarse el fallo y   

absolverse al procesado.  

        CONCEPTO DE LA PROCURADURIA   

        El  señor Procurador 3º Delegado en lo penal conceptúa (fls.6 y  ss.  cdno.  Corte)  que  la  sentencia  recurrida  no  debe ser casada y que, no  obstante  el  esfuerzo  que  hace  el  casacionista  en  su  aspiración  “se ve  frustrada   ante   la   evidencia  que  revela  la  propia  demanda  de  que  la  inconformidad  real  del  casacionista  se  centra  en  el valor que el Tribunal  Superior  Militar  otorgó  a  las  pruebas  recaudadas,  sin que omitiera en el  examen de ellas algunos medios probatorios esenciales” (fl.10).   

         Dice  que  los  informes cuya no consideración postula el censor,  incluso  tienen la fuerza de robustecer la prueba de cargo, pues están diciendo  que  el  procesado  sí  recibió  la  pistola  incautada  y  añade  que  si el  casacionista  dice  que  el  sentenciador  desconoció  “la  forma  como  fueron  recaudados”   esos   informes,  se  está  desplazando  a  un  falso  juicio  de  convicción,  de  no  recibo  en  esta  sede  del  recurso extraordinario (fl.10  infra).   

         Afirma  que  el  Tribunal  sí analizó esos informes y las demás  pruebas  y  dice que, en fin, “la mayor parte de la demanda no contiene más que  opiniones  -respetables, por cierto- que procuran convencer a la Corte de que la  valoración   que   el   censor  hace  de  los  testimonios  que  contienen  las  retractaciones  de  los  soldados Pinilla y Ríos es la que debe ser acogida, en  detrimento  de las razones que expuso el Tribunal y para quien éstas pierden su  valor  de  convicción  ante  la  circunstancia de que las primeras tienen mayor  mérito  por  ser  coherentes  entre  sí y con el resto del material probatorio  recaudado” (fl.11).   

         Finalmente  dice  que el censor no demostró que las declaraciones  de  los  suboficiales  Medina  y  Carvajal  “serían  capaces  de  eliminar  los  fundamentos de la sentencia cuestionada” (fl.12).   

         Pide, pues, mantener incólume el fallo atacado.   

        CONSIDERACIONES DE LA SALA   

         1.-  Planteó  el  casacionista un yerro de hecho por falso juicio  de  existencia  al afirmar que el Tribunal desconoció los informes iniciales de  los  soldados Ríos y Pinilla. Empero, aparte de lo que afirma la Delegada de la  incidencia  procesal  de  esos  informes  de  folios  90  y  91-1  (reafirman la  responsabilidad  del  procesado),la siguiente cita del fallo atacado muestra que  no es cierto lo afirmado en dicho cargo:   

        “En  lo  que hace a la retractación de los prenombrados Soldados,  se  tiene  lo  siguiente:  Los  informes  los  rindieron el día 25-II-91, y las  declaraciones  los  días  4  y 6 de junio del mismo año, respectivamente, y en  esas  diligencias  no  aparece  constancia alguna que hubieran sido coaccionados  por  algún  superior  o  cualquier  otra  persona, para manifestar cosas que no  correspondían     a    la    verdad    de    los   hechos.  Si ese   

        episodio  hubiese  sido  cierto,  tuvieron  tiempo suficiente para  poner   en  conocimiento  del  Comandante  del  Batallón  Sucre,  o  del  mismo  Comandante    de   la  Primera  Brigada,  o  de  cualquier  otra  autoridad  competente,  lo  que  les  acontecía.  Y  no  esperar  hasta  el  26 de octubre  siguiente,  después  de  cuatro meses, para decir que fueron obligados a firmar  sin  leer,  o  que  confiaron en lo que decía el Cabo Romero Muñoz, y a rendir  bajo   juramento   una  declaración  manifestando  hechos  que  nos  (sic)  les  constaban,  aduciendo  que eso los llevó a retractarse en la ampliación de sus  declaraciones (fls.163 y 164-2).   

         

         Por  lo  que  se  refiere  a las declaraciones de los suboficiales  Medina  y  Carvajal  Domínguez, sí es cierto que no fueron consideradas por el  fallador,   pero  a  juicio  de  esta  Sala  no  era  necesario  considerarlas,  porque  ellos  dijeron no  constarle  directamente nada sobre la entrega del arma al comandante de la Base,  teniente  Cruz Naranjo. Que se haya dicho que a tales sargentos sí les constaba  tal  entrega,  es  cosa  que  en  nada  debilita  la  contundente  y enteramente creíble prueba de cargo y  si  fueron así citados tiene su explicación porque de todos modos al menos uno  de  esos  suboficiales (Medina Correa) sí estaba en esos momentos pero “al lado  con su escuadra”, como declaró él a folio 40-1.   

         Por,  otra  parte, el casacionista no demuestra en qué medida esa  coincidencia  en la cita que de esos testigos hicieron los declarantes de cargo,  afecta  la  declaratoria  de  responsabilidad  hecha  en  el  fallo objeto de la  demanda casacional.   

         En  la  parte restante y más extensa del libelo acusador el actor  se  dedica  a  hacer  su  propia  valoración  de la prueba testimonial, tomando  partido,  obviamente,  por las ampliaciones y/o “retractaciones” de los soldados  Ríos  y  Pinilla.  También  critica  y  descalifica  los demás testimonios de  cargo.   

         Al  hacer  tal  cosa,  el  censor  no solamente se desvía de modo  ostensible  de  la línea de ataque que escogió y esgrimió (error de hecho por  ignorar  unas  pruebas)  para  penetrar  en  un  campo  vedado  en  esta sede de  casación  y  que,  además,  el actor no adujo: el falso juicio de convicción,  hoy,  por  regla  general,  no de recibo ante la ausencia de tarifa legal; ya la  Sala  viene  repitiendo  que  cuando en el análisis de la prueba testimonial el  sentenciador  se  aleja de la sana crítica, de la lógica y de las reglas de la  experiencia,  incurre  en un error de hecho por falso juicio de identidad con el  proceso.  Pero  nada  de  ésto acontece aquí ni fue siquiera sugerido ni mucho  menos planteado (como es debido) por el censor.   

         La  demanda  en  examen, en suma, es una repetición de lo alegado  por  el  defensor  en  el  Consejo  de Guerra Verbal, repetición más extensa y  elaborada  para  aparentar  un  cargo  de  casación  correctamente  formulado y  demostrado;  pero,  en  definitiva,  dicho  alegato  se  exhibe  como típico de  instancia   y   de  él,  consecuencialmente,  no  puede  ocuparse  a  fondo  la  Corte.   

         2.-  No obstante la Sala debe decir que basta leer con cuidado los  “antecedentes”  de  este  caso,  resumidos  al  inicio de esta providencia, para  concluir  en el acierto del fallo recurrido al declarar responsable al procesado  Cruz   Naranjo   del  peculado  por  apropiación   por  el  cual  fue  acusado.   Reitérase  que  al respecto la realidad procesal es completa en  calidad y cantidad y muy lógica.   

         Suficiente para avalar tal aserto recordar:   

         a.-  El  Cabo Romero Muñoz como comandante del “retén” fue quien  recibió  del soldado Ríos la pistola incautada, y como ésta no apareció y su  inmediato  superior  (teniente  aquí  procesado)  negó haberla recibido, dicho  suboficial  resultó  ser  el  primer  “responsable”  de  tal extravío. Por eso  deviene  completamente  comprensible  lo  que  así cuenta y que es precisamente  esgrimido  por  el  casacionista  para  demeritar  y  tener de parcializados los  informes  iniciales  de  dichos  soldados.  Dijo,  pues,  al  respecto  el  Cabo  Romero:   

        “Al  encontrarme  casualmente  con  los  soldados  en el Batallón  Sucre  les  conté  que  estaba metido en un problema de un decomiso de un arma,  les  dije: ‘Uds. estuvieron presentes en éste retén’, ellos me contestaron que  si  se  acordaban  de  todos  los  hechos  ya que yo les hice un relato de todo,  entonces  éllos  dijeron  acordarsen,  como  se  dijo  anteriormente ya habían  pasado  muchos  meses,  yo  les  hice  acuerdo  del  día,  el arma y cómo fué  decomisada,  entonces éllos se acordaron, me dijeron: ‘Sí mi cabo nosotros nos  acordamos’,  entonces  yo  les  pedí  el  favor  de que si podían servirmen de  testigos,  ellos  dijeron  que sí. Como dije ateriormente se los presenté a mi  Mayor  Barrera  y  le  dijeron a mi Mayor Barrera que éllos se acordaban de los  hechos;  en  la  oficina  del  S-2  del  Batallón se les dijo que si ellos eran  testigos  de  esos hechos, diciendo éllos que sí, el sargento Ocampo procedió  de  acuerdo  y  como  está  ordenado, efectúo las preguntas y los soldados las  contestaban,  después, antes de ser firmado mi Mayor Barrera leyó el informe y  luego  fué leído en voz alta a los soldados preguntándoseles si había algún  error,  dijeron  que  estaban  bien  y  bajo  ninguna  presión  ni ningún  ofrecimiento,   firmaron   voluntariamente   estando   enterados   de   lo   que  firmaban”.  (fls.237 y 238-1).   

         b.-  Cuando  se  enteraron  de  las  segundas declaraciones de los  soldados  Ríos  y  Pinilla,  el  Cabo  Romero  y  el  Mayor  Barrera  Beltrán,  protestaron  airadamente  por  esa  situación, hasta el punto que el primero de  ellos  anunció que iba a denunciar tal cosa a la Procuraduría (fls.245 y 323):  estas  reacciones  revelan  una honestidad y firmeza de dichos militares, que se  sostienen  en  afirmar  la  entrega  del arma al procesado, a lo cual se suma la  declaración  del  sargento  Ocampo Zuleta, justamente el suboficial que pasó a  escrito   lo   que   verbalmente  manifestaron  los  soldados  Ríos  y  Pinilla  (fl.348).   

         c.-  Igualmente  resulta  indicativo  que  cuando  el defensor del  procesado  “empezó  a  actuar”,  los  mencionados  soldados se retractaron y se  llegó  al  colmo  de incluso vincular como sindicado al Cabo Romero, cuyo dicho  referente  al  “aleccionamiento”  de  esos  soldados  merece, pues, credibilidad  (fl.300-1).   

         d.-    En   sí   mismas,  entonces,  las  referidas  “ampliaciones”  de  los  mencionados  soldados  no  merecen  ninguna credibilidad frente a la tan contundente y limpia  prueba  que  dice  lo  contrario de las mismas. Por ejemplo, tan pueril será la  mentira,   que   el   soldado  Ríos  explica  que  cuando  rindió  su  primera  declaración  se  acordaba  poco  de  los  hechos,  pero  que ahora varios  meses  después se acuerda más  ¿Es  lógico eso de que entre más tiempo pase la memoria se torne más clara y  nítida?   De   verdad   que   no:  lo  normal  es  que  ocurra  exactamente  lo  contrario.   

         Estrechamente  ligado  con  lo  anterior:  cuesta  también  mucho  trabajo  creer  que  los  soldados  en  cuestión hayan firmado los informes sin  leerlos.  Esto  también  robustece la mentira que nutre éstas sus ampliaciones  de testimonios.   

         e.-  También  el  Cabo Romero se ve avalado cuando el propietario  de  la pistola y Carlos Fradique declaran (fls.53 y 363) que sí hablaron con el  comandante   de   la   Base  y  que  éste  admitió  tener  la  pistola  en  su  poder.   

         f.-  El sargento Medina Correa (cuya declaración, dice el censor,  fue   ignorada)   en  cierta  medida  compromete  al  acusado al apoyar el Cabo Romero en el señalamiento  de  “Oscar  o  Carlos Negro” como amigo de aquél: recuérdese que según Romero  la pistola la negoció el procesado con ese apodado individuo.   

         g.-  Finalmente  está  la declaración del referido Mayor Barrera  Beltrán  en  el sentido de que el procesado únicamente aceptaba “de buena gana  patrullar  en  la  zona  de  Quípama”,  lo  que  constituye  un  indicio  de su  corrupción por las “ventajas” que al respecto dicha zona ofrece.   

         Por  las expresadas razones tanto de “técnica” como de fondo o de  justicia-material, la sentencia no será casada en parte alguna.   

         Por  lo  expuesto  la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  Ley,                

RESUELVE  

         NO   CASAR  la  sentencia  impugnada.  En  firme,  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

         Cópiese, y  cúmplase.           

        CARLOS    AUGUSTO    GALVEZ   ARGOTE        

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL                      RICARDO                  CALVETE  RANGEL            

JORGE        E.        CORDOBA  POVEDA             JORGE     A.    GOMEZ  GALLEGO    

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR                DIDIMO       PAEZ  VELANDIA           

NILSON           PINILLA  PINILLA              JUAN    MANUEL  TORRES FRESNEDA     

        PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

        Secretaria   

     

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