10115 (07-10-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    ERROR DE HECHO  

4  Los  errores  de  apreciación   probatoria,  llamados  de  hecho,  pueden  ser  de  existencia  o  identidad.  Son  de  existencia,  cuando  el  juzgador  supone  una  prueba  que  materialmente  no  está  en  el  proceso,  o  ignora una que lo integra. Son de  identidad,  cuando  el  elemento  probatorio  es  distorsionado  en su contenido  fáctico,  bien  porque  se le hace decir más de lo que su texto reza, menos de  lo  que  su  contenido  encierra,  o  algo totalmente distinto de aquello que en  realidad expresa.   

Estas modalidades de error de hecho son entre  sí  incompatibles  y  por consiguiente imposible de ser alegadas al tiempo y en  relación  con  unos mismos medios de convicción, ya que si la prueba no existe  o   existiendo  ha  sido  ignorada,  mal  puede,  a  la  vez,   haber  sido  distorsionada  en  su  contenido  fáctico.  Para que esta última hipótesis se  presente  será  necesario  que  la  prueba exista materialmente en el proceso y  además que haya sido apreciada por el Juzgador.   

PROCESO  No.  10115            

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.120   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa Fe de Bogotá, D. C., siete de octubre  de mil novecientos noventa y siete.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  3  de  agosto  de  1994,  mediante  la  cual  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Bogotá  condenó  al  procesado  JORGE  ENRIQUE   MALAGON   BERMUDEZ  a  la  pena  principal  privativa  de  la libertad de 3 años de prisión, al declararlo responsable del  delito   de   homicidio  culposo  agravado,  en  concurso  material  homogéneo.   

                      Hechos y  actuación procesal.-   

                      El 27 de  septiembre  de  1991,  aproximadamente  a las 6:30 horas de la mañana, sobre la  autopista  norte con calle 131 de esta ciudad, Jorge Enrique Malagón Bermúdez,  quien  conducía  en  estado  de  embriaguez  el  vehículo de su propiedad tipo  automóvil,  marca Dodge Dart, modelo 1972, de placa NS6651, invadió la berma y  atropelló  a  Hilda  María  Páez de Guerrero, Yulieth Mariana Guerrero Páez,  Germán  Orlando  Guerra  López  y Luis Guillermo Rodríguez Rojas, causando la  muerte  instantánea  de las dos primeras, madre e hija de 46 y 4 años de edad,  respectivamente, y heridas a los últimos.   

                      Por estos  hechos,  el  Juzgado  87  de Instrucción Criminal de Santa Fe de Bogotá abrió  investigación,  escuchó  en  indagatoria al imputado y resolvió su situación  jurídica  con medida de aseguramiento de detención preventiva, por los delitos  de  homicidio  y  lesiones  personales  culposos,  en  concurso  (fls.40,  67  y  186).   

                      Dentro de  las  pruebas  allegadas  al  proceso  deben  destacarse  los  testimonios de los  heridos  Luis Guillermo Rodríguez Rojas y Germán Orlando Guerra López (fls.61  y  197),  de  los compañeros de trabajo de éstos Lucio Arcadio Torres Ortega y  Jaime  Enrique  Barrera  Fajardo  (fls.152  y  176), de los Agentes de Tránsito  William  Henao  Bernal  y  Orlando  Simbaqueva  Castillo  (fls.107 y 113), y del  Agente  de  la  Policía  Nacional Mauricio Humberto Rodríguez Peña (fls. 58).                                                                  

                          Luis  Guillermo  Rodríguez  afirma  que  hallándose   con su compañero Germán  Orlando  Guerra  López  a  la espera del bus de la empresa que los llevaría al  lugar  de  trabajo  en  Tocancipá,  sobre  el  costado oriental de la autopista  norte,  fueron  arrollados  por  un  vehículo del que no sabe cómo ni por qué  razón  invadió  el  paradero. Solo recuerda que el automotor fue a parar a una  zanja  y  que  en  ese momento llegaba el bus de la empresa. Cuando despertó se  encontraba en la clínica (fls.61 y ss).   

                       Germán  Orlando  Guerra  López  coincide  con el dicho de su acompañante. Sostiene que  cuando  ya  se  disponían  a  tomar  el  bus  de  la  empresa, un vehículo que  inesperadamente  se  metió  por el lado derecho los atropelló, cuando todavía  se  encontraban parados sobre la berma. No puede precisar de dónde salió éste  automotor,  ni  recuerda  lo sucedido en seguida, puesto que quedó inconsciente  (fls.197 y ss).   

                         Lucio  Arcadio  Torres  Ortega,  explica que para llegar al paradero de la empresa debe  cruzar  el  puente  peatonal que se encuentra sobre la autopista norte con calle  129,  y  que  antes  de empezar a hacerlo pudo observar que sus compañeros Luis  Guillermo  Rodríguez y Germán Orlando Guerra López ya se encontraban en dicho  lugar.  Mientras  atravesaba  el  puente  no  percibió  nada  extraño, pero al  terminar  su  recorrido  encontró  a Germán Orlando tirado en el piso y a Luis  Guillermo  recién  incorporado.  Corrió hasta el lugar de los hechos, en donde  pudo  apreciar  un  vehículo  en  una zanja con las llantas todavía patinando.  Pretendía  indagar por la suerte de Jaime Enrique Barrera, otro compañero suyo  de  trabajo  que  debía  concurrir  al  mismo  sitio,  quien  llegó tan pronto  ocurrió  el  accidente.  Ambos  trataron  de  auxiliar a Germán Orlando, hasta  cuando  unos  compañeros de la Comisión Hospitalaria que viajaban en los buses  de  la  empresa  se  encargaron  de  subir  a  los  heridos a una patrulla de la  policía.  En ese momento se percató que Luis Guillermo había sufrido también  una  lesión  en  una  pierna. Sostiene que las unidades de la policía al igual  que  las  de  tránsito se hicieron presentes aproximadamente a los cinco o diez  minutos,  y  que  en  el  lugar  del insuceso pudo ver también al conductor del  vehículo  cuando salió de su interior sin ayuda de ninguna índole y empezó a  caminar  en forma anormal pidiendo que lo auxiliaran. Informa que el paradero se  encuentra  debajo  del  puente  peatonal, pero que los buses de la empresa paran  100  o  150  metros  adelante  del  puente,  hacia  el  norte,  para  obviar las  congestiones de gente (152 y ss).   

                         Jaime  Enrique  Barrera  Fajardo cuenta que el día de los hechos se dirigía a pie por  la  berma  del costado oriental de la autopista, en dirección norte-sur, cuando  vio  que  un  vehículo que viajaba de sur a norte invadió la zona de seguridad  atropellando  a  una  señora que caminaba por el borde de la autopista hacia la  calle  129,  y a dos compañeros suyos que se encontraban esperando el bus de la  empresa.  Inmediatamente  corrió  en  ayuda  de  éstos,  sobre todo de Germán  Orlando  Guerra, quien yacía inmóvil en el piso, con quien estuvo hasta cuando  los  compañeros  de  la  empresa  se  hicieron  cargo  de la situación. Fue el  primero  en  llegar  al sitio del accidente, a donde, al poco tiempo, llegó una  patrulla  de  circulación  y  casi  simultáneamente  una  de  la  policía. Al  conductor  del  vehículo  solo  lo  vino  a  ver después de un rato, cuando se  acercó  a  hablarle,  siendo  su  reacción  golpearlo,  enviándolo  hacia  la  zanja.    Preguntado sobre el estado del tiempo y la presencia o no de  vehículos  recogiendo pasajeros, o cualquier obstáculo   que hubiera  impedido  la  marcha del automóvil, contestó: ”  Delante del vehículo no  había  nada  que  impidiera  su  marcha,  no  había  reparación  de carretera  ninguna,  y  los  transeúntes se encontraban en la orilla de la carretera sobre  la  berma,  era  una  mañana clara sin neblina y el piso se encontraba seco, no  había  llovido” (fls.179). Afirma que en el lugar no hay paradero señalizado y  que  personalmente  no le consta que el conductor del vehículo estuviera ebrio,  aún cuando los rumores eran que lo estaba (fls.176 y ss).   

                   El Agente de  Tránsito  William  Henao  Bernal  afirma  que  al llegar al sitio de los hechos  observó  el  cadáver  de una niña al lado de la vía y adelante un vehículo,  de  cuyo  interior  trataba de salir un señor, a quien le abrió la puerta para  que  lo  lograra.  Una  vez  afuera,  pudo  advertir  que se encontraba bastante  desorientado,  muy  asustado, y que tenía olor a trago, además de que no se le  entendía  lo  que  hablaba.  En esos momentos llegó al lugar un Superior suyo,  quien  les  ordenó  trasladar  al  retenido  hasta el CAI de la 134, a donde de  inmediato   lo  llevaron.  Regresaron  luego  al  lugar  para  colaborar  en  la  dirección   del   tránsito   y   la   elaboración   de  los  informes,  hasta  aproximadamente  las  10:30  de  esa  mañana,  cuando  les  ordenaron llevar al  conductor  a  medicina  legal  para examen de alcoholemia. Por boca de éste, se  enteró  que  era  ingeniero  de  vuelo  y  que  esa noche había asistido a una  reunión  en  Avianca,  de donde salió para su casa, habiendo cogido la carrera  30  y  luego  la  autopista de sur a norte, hasta llegar al lugar de los hechos.  También  les  dijo  que  una  flota  de  la  empresa Rápido Santa Fe lo había  cerrado  y  que  por  este  motivo  se había presentado el accidente (fls.107 y  ss).   

                   En términos  similares  declara  el  otro  Agente  de  Tránsito Orlando Simbaqueva Castillo,  quien  coincide  además  en  señalar  que  en  el  lugar  de  los hechos no se  apreciaban  huellas  de  frenada, solo el carreteo de las llantas sobre el pasto  (fls.113 y ss).   

                   El Agente de  la  Policía  Mauricio  H. Rodríguez Peña informa que el Comandante del CAI de  la  134  les  hizo entrega del caso alrededor de las 7 de la mañana, por lo que  procedieron  a  brindarle  seguridad  al sindicado quien se encontraba en dichas  instalaciones.  De  allí  se  trasladaron  al  lugar  del atropellamiento donde  pudieron  constatar la existencia de dos cadáveres, el de una niña, claramente  visible,  y  el  de  una señora, oculto debajo del vehículo. Al dialogar en al  CAI  con  el retenido, les manifestó que era Ingeniero de Vuelo y que venía de  una reunión, donde se había tomado unos tragos (fls.58 y ss).   

                        Del  proceso  hacen  igualmente  parte  el  Croquis  levantado  por  los  Agentes  de  Tránsito  y  Transporte  (fls.  27);  las  actas de las inspecciones judiciales  practicadas  en el lugar de los acontecimientos (fls.19,20,22,254); los planos y  álbumes  fotográficos correspondientes a dichas diligencias (fls.161 y ss); el  dictamen  de  medicina  legal  sobre  alcoholemia,  con  resultado positivo para  embriaguez  aguda de primer grado (fls.173 y 174); y, la versión del procesado,  quien  atribuye  los  hechos  a la imprudencia del conductor de una flota que le  cerró el paso haciéndolo salir de la vía.   

                  Preguntado  sobre  los momentos antecedentes y concomitantes al insuceso, dijo que ese día,  como  de costumbre, se levantó a las 5 de la mañana, saliendo de su casa hacia  donde  su  progenitora  aproximadamente una hora después, con el fin de recoger  un  dinero  para cumplir unos compromisos. Tomó la autopista norte por la calle  170  hacia  el  sur,  pero como  en el trayecto recordó que debía hacerle  entrega  de  unas  boletas a su esposa, decidió regresar a su casa por la misma  vía,  haciendo  giro  en  la  calle  127. A la altura del puente peatonal de la  calle  134,  en  dirección sur norte, sobre la calzada derecha, se presentó el  episodio  con la flota que lo obligó a salirse de la vía, perdiendo el control  del  vehículo.  Solo  recuerda  que quedó bastante aturdido, debido a un golpe  que  recibió  en  la cabeza al parecer con el espejo retrovisor y que un Agente  de  Tránsito  lo  ayudó  a  salir  del  carro.  Preguntado por las actividades  desarrolladas  esa noche, manifestó haber asistido a una reunión de Ingenieros  de  Vuelo  y de allí haberse dirigido a su casa, a donde llegó alrededor de la  media  noche.  No ingirió licor esa noche, ni se encontraba bajo sus efectos al  momento  de  los  hechos,  pero  explica,  al  ser  interrogado  por  su aliento  alcohólico,  que  esa  mañana,  cuando  salía  de  la  casa,  unos  amigos le  ofrecieron  dos  o tres tragos de Whisky. Afirma que ese día no debía trabajar  y  que  cuando se presentó el accidente viajaba a no más de 50 kilómetros por  hora (fls.67 y ss).   

                  Cerrada la  investigación,  se  la  calificó  el  28  de diciembre de 1992 con resolución  acusatoria   por  el  delito  de  homicidio  culposo,  agravado  conforme  a  la  circunstancia  prevista  en  el  artículo  330.1 del Código Penal, en concurso  material   homogéneo.  Respecto  de  las  lesiones  personales  de  que  fueron  víctimas  Luis  Guillermo  Rodríguez Rojas y Germán Orlando Guerra López, la  Fiscalía  dispuso expedir copias con destino a las autoridades de Policía, por  competencia (fls. 32 y ss-2).   

                     En  el  período  probatorio de la causa se ordenó y practicó el avaluó de los daños  y  perjuicios ocasionados con los delitos de homicidio, siendo cuantificados los  de  orden  material  por concepto del lucro cesante derivados de  la muerte  de  la  menor  Yulieth Mariana, en $3´870.975.40. La liquidación de los gastos  funerarios  (daño  emergente),  del  lucro  cesante  por la desaparición de la  señora  Hilda María Páez de Guerrero, y los perjuicios de orden moral, fueron  dejados a criterio del Juez (fls.63 y ss.-2).   

                   Celebrada  la  audiencia  pública,  el Juzgado Cuarenta y Seis Penal del Circuito de Santa  Fe  de  Bogotá,  mediante  sentencia  de  4  de  mayo de 1994, condenó a Jorge  Enrique  Malagón  Bermúdez  a  las  penas  principales de 3 años de prisión,  suspensión  del  ejercicio  del  arte  de conducir durante el mismo término, y  multa  de  cinco  mil  pesos, como autor responsable de los delitos de homicidio  culposo  agravado,  de que hizo víctimas a Hilda M. Páez de Guerrero y Yulieth  Mariana  Guerrero  Páez.  De igual manera, a las accesorias de interdicción de  derechos  y funciones públicas, prohibición de consumir bebidas alcohólicas y  suspensión  de  la  patria potestad, por un tiempo igual a la pena privativa de  la  libertad.  Se  le  condenó,  así  mismo,  al pago del equivalente a un mil  gramos  oro  por  concepto de perjuicios morales, y de dos mil gramos por los de  orden  material, y le fue otorgada la condena de ejecución condicional (fls.136  y ss-2).   

                     Apelado  este  fallo  por  el  defensor  del procesado, el Tribunal Superior, mediante el  suyo  de  3 de agosto de 1994, que ahora es objeto del recurso extraordinario de  casación,   lo   confirmó  con  las  siguientes  modificaciones:                           a) Fijó en dos años la  pena  de  suspensión  en el arte de conducir vehículos; b) Dejó sin efecto la  pena  accesoria  de  suspensión de la patria potestad; y, c) Ordenó tener como  parte  de  los perjuicios materiales, independientemente del monto fijado por el  a  quo,  los  pagos  hechos  al  perjudicado  en  virtud de la póliza de seguro  obligatorio  (fls.10-3).                 

                         La  demanda.-   

                        Dos  cargos,  uno  principal  y  otro  subsidiario,  presenta la demandante contra la  sentencia  impugnada.  El  principal,  dentro  del  marco  de la causal primera,  apartado  segundo del artículo 220 del estatuto procesal penal; el subsidiario,  con  fundamento  en  la  causal  primera,  cuerpo  segundo del artículo 368 del  Código de Procedimiento Civil.   

                                   

                      Cargo  primero:   

                  Violación  indirecta  de las normas de derecho sustancial contenidas en los artículos 2º,  4º,  5º,  22, 329 y 330 del Código Penal, 445 del de Procedimiento, y Decreto  1344  de 1970, adicionado por la ley 33 de 1986, Decretos Leyes 1809, 1951, 2591  de  1991  y  ley  53  de  1989 en sus artículos 120 y 123, por errores de hecho  provenientes   de   la   tergiversación   del   contenido   y  alcance  de  las  pruebas.   

                         Al  precisar  el concepto de la violación, sostiene que los juzgadores de instancia  valoraron  erróneamente  los  elementos  de juicio allegados al proceso, lo que  permitió   cimentar  el  falso  juicio  de  existencia que llevó al fallo  condenatorio.   

                  Se refiere  a   las  argumentaciones  de  la  sentencia  sobre  la  inverosimilitud  de  las  explicaciones  suministradas  por  el procesado en indagatoria, para sostener, a  manera  de  réplica,  que  la defensa no discute su estado de embriaguez,   sino  la  apreciación  aislada  de  los elementos de prueba, en cuanto llevó a  concluir  que el estado de alicoramiento no posibilitó el control del vehículo  y  que  por  este  motivo  se  presentaron  los  trágicos  hechos. Este aislado  análisis  de  los medios probatorios, condujo a la inapreciación de algunos de  ellos  que  eran favorables al acusado, o hacían derivar conclusiones diversas,  concretándose    “un   falso   juicio   de   existencia   de   responsabilidad”  (fls.43).   

                    Afirmar,  dice,  que  una  persona es responsable de un ilícito culposo por el solo hecho  de  hallarse  embriagada,  es  “entronar”  (sic)  la  responsabilidad objetiva y  admitir  que  con esa sola prueba y la existencia de la materialidad se tiene la  certeza  para  condenar,  sin  atender  al  aspecto  subjetivo,  la relación de  causalidad  y  la  actividad  de  la  víctima, aspectos sobre los cuales existe  abundante prueba en el proceso.   

                         A  continuación  se  refiere  a  las  afirmaciones  del  procesado  relativas a la  irrupción  sorpresiva  de  la  flota como condición causal del resultado, para  asegurar  que su versión encuentra respaldo en las declaraciones de los Agentes  de  Tránsito  Orlando  Simbaqueva  Castillo  y  William  Henao  Bernal, quienes  recibieron  información  en  tal sentido del procesado y de las personas que se  encontraban  en  el  sitio  de  los hechos; y, en los testimonios de los heridos  Luis  Guillermo  Rodríguez  Rojas  y  Germán  Orlando  Guerra  López, quienes  informan  del  arribo del bus de la empresa en el momento en que se producía el  accidente,  lo  cual  permite  pensar  que  fue ese vehículo el que “cerró” al  sindicado.  Ilustra  sus asertos con transcripciones de estos medios de prueba y  descalifica  los  testimonios de Jaime E. Barrera Fajardo y Lucio Arcadio Torres  Ortega,  por  estimar  que el primero no fue realmente testigo presencial de los  hechos,  puesto  que  no da cuenta de la razón por la cual el carro invadió la  berma,  y  que  el  segundo  se  contradice con sus compañeros sobre el momento  preciso  en  que habría llegado el bus de la empresa y la presencia de Jaime E.  Barrera en el lugar del siniestro.   

                  Dentro del  mismo   contexto   argumentativo   alude  también  a  la  inspección  judicial  practicada  en el lugar de los acontecimientos con la asistencia del procesado y  los  dos lesionados, para sostener que, según lo constatado en esta diligencia,  no  solo  las  flotas  desconocen  los  paraderos autorizados, sino que la gente  espera  los  vehículos  en  zonas  no  demarcadas,  así  sea al interior de la  berma.   

                   En cuanto  al  estado psicofísico del procesado cuando ocurrieron los hechos, sostiene que  la  prueba  es  generosa en señalar que presentaba aliento alcohólico y lucía  bastante  desorientado,  y  que  no obstante haber suministrado su defendido los  nombres  de  los  vecinos  con  quienes ingirió licor esa mañana, el Estado no  adelantó   actividad   alguna   orientada   a  comprobar  la  veracidad  de  su  aserto.   

                         La  afirmación  de  la  sentencia,  en  el  sentido  de  que los testimonios de los  Agentes  de  Tránsito  no  respaldan  el  dicho  del procesado sobre la acción  obstaculizadora  de  la  flota,  porque solo llegaron al sitio una vez ocurridos  los  hechos,  y  que  la “Flota Santa Fe”, según certificación expedida por la  empresa,  no  presta  servicio  de  transporte  de pasajeros en esa ruta, no son  plena  prueba  de  que  por allí no hubiera pasado uno de estos vehículos, “ya  que   pese   a   no  haber  ruta  por  esos  sectores,  puede  estar  contratada  particularmente  o  para  un  expreso, o sencillamente pasar por allí sin estar  prestando servicio” (fls.48).   

                     Otro de  los  argumentos  del fallo, dice relación con el estado de aturdimiento alegado  por  el procesado, del que se afirma, habría sobrevenido no antes sino después  del  arrollamiento  de los peatones, cuando chocó contra el muro de contención  que  finalmente  lo detuvo. Esta apreciación es equivocada, puesto que Malagón  Bermúdez  en ningún momento atribuyó el accidente al golpe que recibió en la  cabeza  con  el espejo retrovisor. Lo cierto es que este adminículo    quedó   destruido,   según   constancia  dejada  en  la  inspección  judicial  practicada  el día de los hechos, y que el estado de aturdimiento provenía del  golpe, no de la ingestión de bebidas alcohólicas.   

                    También  afirma  la sentencia que el automóvil era conducido a exceso de velocidad, como  lo  enseña  el  croquis  y los destrozos causados al cuerpo de la menor, y  porque   si  hubiese  sido  moderada,  fácilmente  habría  superado  cualquier  imprevisto.  Esta  conclusión, carece de respaldo probatorio, pues los testigos  sostienen  que  el  vehículo se desplazaba por la calzada derecha de la vía, y  por  ella, no se puede andar a mayor velocidad, debido a la afluencia de flotas,  como  quedó  establecido  en  la  inspección  judicial.  Además,  no quedaron  huellas  de  frenado que permitieran determinar la velocidad probable, y Germán  Orlando  Guerra  López,  quien  afirma  que  el  vehículo “venía rápido”, se  contradice  cuando  sostiene  que  no se dio cuenta de dónde provino éste. Por  tanto,  el sentenciador no puede deducir velocidad distinta de la mencionada por  el procesado en la injurada.   

                  En punto a  las  consideraciones  del  fallo  sobre  la ausencia de actividad culposa de las  víctimas,  afirma  que  esta  si  existió,  presentándose  de esta manera una  ruptura  del nexo o relación causal, sin que se trate de pregonar compensación  de  culpas,  o  sostener  que  las víctimas fueron las exclusivas causantes del  daño,  simplemente  “concluir  que sin su necesaria presencia y actividad nunca  hubiere ocurrido el hecho dañoso aquí investigado”.   

                  Apoya esta  aseveración  en la versión del testigo Jaime Enrique Barrera Fajardo, conforme  a  la cual la occisa Hilda María caminaba por la orilla o borde de la autopista  “por  fuera  de  la  berma”,  posiblemente  dirigiéndose  hacia  la  calle 129,  contraviniendo  así  lo  normado  en el Decreto 1344 de 1970, adicionado por la  ley  33  de  1986, Decretos Leyes 1809, 1951, 2591 de 1991 y Ley 53 de 1989, que  dicen  en  sus  artículos 120 y 123, respectivamente: “El tránsito de peatones  por  las  vías  públicas  se hará por el lado izquierdo fuera del pavimento o  zona  destinada  para  el  tránsito  de vehículos, en las zonas rurales, salvo  disposición   en  contrario  del  Ministerio  de  Obras  Públicas,  y  en  los  perímetros  urbanos,  por  las  aceras”.  “Está  prohibido  a los peatones: 1)  Invadir la zona destinada al tránsito de vehículos”.   

                         Se  pregunta  si  en  las  anotadas  condiciones puede afirmarse la existencia de un  nexo  causal  entre  su  conducta  y  el  daño  recibido,  para autoresponderse  positivamente,  en  el  entendido que la víctima estaba aceptando el riesgo que  implicaba  transitar  por  lugares  prohibidos,  siendo  su  actuar,  por tanto,  liberatorio de la responsabilidad del procesado.   

                     Alude a  los  testimonios  que  sostienen que en el lugar del insuceso no existe paradero  autorizado,  así  como a la inspección judicial, en donde, además de llegarse  a  igual  conclusión, se estableció que muchos vehículos de servicio público  superaban incluso la zona de la berma.   

                  Apoyado en  estas  consideraciones  solicita  a  la Corte casar la sentencia impugnada, para  declarar,  en  su lugar, que el procesado no puede ser objeto de condena, por no  existir certeza del contenido culpable de la conducta investigada.   

                      Cargo  segundo:   

                  Violación  indirecta  de  las  normas  de  derecho  sustancial contenidas en los artículos  1625,  1626,  1635 y 2357 del Código Civil; 94 y siguientes del Decreto 1344 de  1970  (Código  Nacional  de  Tránsito  Terrestre), reglamentado por el Decreto  1285  de  1973,  luego  por la ley 33 de 1986 art. 115, y posteriormente por los  Decretos  2544  de  1987 y 1032 de 1991; y, 58, 106 y 107 del Código Penal, por  “error  de  hecho consistente en la tergiversación o distorsión del contenido,  alcance y sentido de las pruebas”.   

                    Antes de  asumir  la  tarea  de  fundamentación  del  cargo,  la  demandante afirma tener  interés  para  recurrir  conforme a las previsiones de los artículos 366 y 370  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  modificados por el Decreto 2282 de 1989  artículo  1º  (numerales  182  y  185), en armonía con el Decreto 522 de 1988  artículos  2º  y  3º, por cuanto la cuantía para hacerlo a partir del 1º de  enero  de  1994  es  de $27´440.000.oo, límite que es ampliamente superado por  los  3.000  gramos  oro  a  que  fue  condenado su defendido, y porque la causal  invocada  es la contemplada en el numeral primero del artículo 368 del estatuto  procesal  civil,  modificado  por el Decreto 2282 de 1989, artículo 1º numeral  183.   

                         Al  concretar  el  concepto  de la violación, afirma que el fallo, a pesar de tener  en  cuenta todas las pruebas, las aprecia de manera incompleta, lo cual incidió  en  sus conclusiones, especialmente en la condena al pago de los perjuicios y la  aplicación  de  la  pena  de  prohibición  del  ejercicio del arte de conducir  vehículos automotores por el término de dos años, así:   

                         1.  Condenación   al  pago  del  equivalente  a  2.000                             gramos oro  en  moneda  nacional  por  perjuicios                                   materiales:                                                                

   

                         La  sentencia  viola  indirectamente el artículo 107 del Código Penal, del cual no  era  dable  hacer uso en razón a que es norma supletoria y en el proceso existe  un  dictamen  pericial  que no fue objetado, el cual, por falta de pruebas, solo  pudo  establecer  el  lucro  cesante derivado de la muerte de la infante Yulieth  Mariana,  cuyo  monto  se fijó en $3´870.975.40, siendo esta la suma a la cual  debió  ser  condenado  su  cliente  por  perjuicios  de orden material, pues el  fallador  no  podía  entrar  a  sanear las deficiencias probatorias de la parte  civil, legítimamente constituida.   

                   Entre las  pruebas  aportadas  por  su  representante,  relacionadas con este aspecto, solo  aparece  el  testimonio  de  Luis Alberto Páez Rodríguez, hermano de la occisa  Hilda  María,  quien  se  limita  a  decir  que  era  profesora en la Vereda de  Rodamental  del  Municipio de Cogua, sin ofrecer más datos; y, el testimonio de  su  esposo,  Félix  Antonio  Guerrero  González,  quien  no suministra ninguna  información al respecto.   

                   Aparte de  esto,  el  Tribunal, al tasar el monto de los perjuicios materiales, aceptó que  la  parte  civil  pudo  haber  adelantado gestiones extraprocesales orientadas a  obtener  el pago de otras indemnizaciones, pero no tuvo en cuenta que algunas de  ellas  deben ser descontadas del monto total de la condena, para no propiciar un  enriquecimiento  ilícito.  Por  el  contrario,  después  de precisar que en el  plenario  no  aparecía  acreditado  el  pago  de gastos funerales a través del  seguro  obligatorio, puntualizó: “Sin embargo, debe advertirse que en el evento  de  que  dicho  pago  se  haya  hecho,  se tendrá, independientemente del monto  fijado  por  el  a  quo,  como  parte  de  los perjuicios de orden material, por  resultar  ajustados  al  daño que se causó con el hecho punible y consideradas  las  directrices que señala el artículo 107 del Código Penal; aclaración que  se    hará   en   el   punto   tercero   de   la   parte   resolutiva   de   la  sentencia”.   

                   Sostiene,  después  de  aludir a la normatividad reglamentaria del seguro obligatorio, que  algunos  amparos  en  él  establecidos son considerados indemnizatorios, razón  por  la  cual  se  autoriza  descontarlos  del monto fijado por dicho sentido al  responsable  del  accidente, de acuerdo con lo previsto en el artículo 1140 del  Código  de  Comercio;  mientras  que  otros  no  deben serlo por no tener éste  carácter.   Dentro   de   los  primeros  se  encuentran  los  gastos  médicos,  quirúrgicos,  hospitalarios, farmacéuticos, de transporte y funerarios; dentro  de los segundos, la incapacidad permanente y la muerte.   

                  Las normas  legales  establecen  que  el  pago  hecho a través de este seguro, no impide al  perjudicado  iniciar  las acciones respectivas en busca de las indemnizaciones a  que  crea  tener  derecho, pero también autorizan descontar las sumas de dinero  recibidas  de  la  aseguradora a título de amparos indemnizatorios, que para el  caso  concreto  serían los gastos funerarios, exequiales y de transporte de las  dos  víctimas. Luego, de no ordenarse este descuento, como lo hizo la sentencia  de  segunda  instancia,  “se  generaría un enriquecimiento ilícito de la parte  civil” y un correlativo  empobrecimiento de su representado.   

                   Pide, por  tanto,  casar  la  sentencia impugnada, para que la de reemplazo descuente de la  condena  definitiva por perjuicios causados, los valores cuyo pago se acredite y  que tengan el carácter de indemnizaciones.   

                    

                         2.  Condenación  al  pago  del  equivalente  a  un  mil                             gramos oro  en  moneda  nacional  por  perjuicios                                   morales.                                                                                                                                                                                                                                                    

                                                         

                         La  estimación  del  daño  moral,  conforme a lo dispuesto en el artículo 106 del  Código   Penal,   debe  hacerse  teniendo  en  cuenta  las  modalidades  de  la  infracción,   las  condiciones  de  la  persona  ofendida  y  la  naturaleza  y  consecuencia del agravio sufrido.   

                    El fallo  impugnado  fijó los perjuicios morales en  un mil (1.000) gramos oro, pero  no  especifica “qué fue lo que le mereció crédito en su discrecionalidad, que  debe  ser  motivada  por  ser  diferente  a  aquella  norma  en que se deja a su  arbitrio    su    tasación   que   no   requiere   motivación”   (fls.60   cd.  Tribunal).   

                     En  el  proceso  de  tasación  de  los  daños  morales  como  de  los  materiales, los  juzgadores  no tuvieron en cuenta la actividad imprudente de la víctima, cuando  lo  cierto es que actuaba contraviniendo el Decreto 1344 de 1970, adicionado por  la  ley  33 de 1986, Decretos Leyes 1809, 1951 y 2591 de 1991, y ley 53 de 1989,  artículo  120,  y  el artículo 2º del Decreto 1809, modificatorio del 1344 de  1970,   que   ordena   tener   en   cuenta  la  siguiente  definición  para  la  interpretación  y  aplicación del Código Nacional de Tránsito: “BERMA:           Parte  exterior  de  la  vía,  destinada al soporte lateral de la  calzada   para  el  tránsito  de  peatones,  semovientes  y  ocasionalmente  el  estacionamiento     de    vehículos    y    tránsito    de    vehículos    de  emergencia”   

                   Retoma el  análisis  probatorio realizado en desarrollo del primer cargo sobre la referida  actividad  imprudente de la víctima, para concluir que el testigo Jaime Enrique  Barrera  Fajardo  es  el único que afirma haberla visto antes de ser arrollada,  no  en  la  berma según la definición transcrita, sino por todo el borde de la  autopista,  de  donde  se sigue que esta prueba fue apreciada erradamente por el  juzgador, al confundir aquélla con la zona de seguridad.   

                    Téngase  en  cuenta  que  es al usuario de la berma a quien de acuerdo con la norma se le  exige   máximo   cuidado,    puesto   que   eventualmente   es   lugar  de  estacionamiento,  y  no  como dice el fallo de segunda instancia, que la postura  de  la  defensa  carece  de  asidero  legal cuando pretende reducción del monto  indemnizatorio  por  aplicación  del  artículo 2357 del Código Civil, a menos  que  se  acepte  que  caminar  por  todo  el borde de una autopista sea conducta  imprudente   y   que  dicha  actividad  es  violatoria  de  los  reglamentos  de  tránsito.   

                         Al  existir,  entonces,  norma que prohiba a los peatones caminar por el borde de la  autopista,  el  hacerlo  implica  aceptación del riesgo y de sus consecuencias,  siendo  esta  actividad liberatoria de la responsabilidad penal del sindicado, o  cuando menos diminuente de la misma para efectos de este cargo.   

                   De nuevo,  se  refiere a los medios de prueba que dan cuenta de la congestión vehicular en  el  lugar  de los hechos, e insiste en afirmar la existencia de una relación de  “causalidad  compartida”  de la víctima con el sindicado. Por esta razón, pide  que  en  aplicación  del  citado  artículo 2357 del Código Civil, el fallador  establezca  la  proporción  en  que  estos  hechos concurrieron en el resultado  final,   y   en   igual  porcentaje  rebajar  el  monto  de  la  indemnización.   

                                 

                  Además de  este  hecho  antecedente,  la  sentencia  impugnada  tampoco  tuvo en cuenta, al  cuantificar  los  daños, la actividad posterior de Malagón Bermúdez, relativa  a  su  preocupación  por  los  lesionados  y las víctimas, como se infiere del  testimonio  de  Germán  Orlando  Guerra  López  y  los  Agentes  de Tránsito.   

             

                         3.  Prohibición  de  conducir  vehículos  automotores                                por el  término de dos años.   

                         La  aplicación  de esta pena es violatoria de la ley sustancial porque el artículo  58  del  Código  Penal  establece que solo puede ser impuesta a quien cometa un  delito  con  abuso  del  ejercicio  de  un oficio, y como ya se dijo, los hechos  sobrevinieron  por  un  imprevisto en donde intervienen las víctimas con culpa,  no  existiendo  prueba  de  que  el procesado haya abusado de la actividad de la  cual  se le priva. Y, si se trata de sancionarlo por el estado de embriaguez, la  pena  debe  ser  la prohibición “de ingesta de bebida alcohólica”. Además, la  infracción   de   tránsito   que   pudo   haber   cometido,   fue  investigada  administrativamente,   

trayendo  como consecuencia dicha sanción,  que  aunque no obra prueba, le fue impuesta, razón por la cual resulta injusta,  o al menos excesiva, la aplicada en el fallo.   

                  Apoyada en  este  segundo cargo, pide a la Corte casar la sentencia impugnada, con el fin de  que  se  tomen  las  siguientes  determinaciones:  a)  Que la condena al pago de  perjuicios  materiales  se  haga  por la suma tasada en el dictamen pericial; b)  Que  los  daños  morales se cuantifiquen por una suma menor, teniendo en cuenta  las  circunstancias   que  debieron  motivar  esta  decisión; y, c) Que se  revoque    la    prohibición    del    ejercicio    de    la    actividad    de  conducir.       

                                                       

                    Concepto  del Ministerio Público.-   

                         En  relación  con  el cargo presentado al amparo de la causal primera de casación,  cuerpo  segundo,  por  errónea apreciación de la prueba, el Procurador Primero  Delegado  en  lo  Penal  sostiene  que  no  está  llamado  a prosperar, por las  siguientes razones:   

                       -Los  juzgadores  de  instancia  apreciaron  la  prueba  en  su  exacta expresión, no  asistiéndole  por  tanto razón al censor, pues la afirmación en el sentido de  que  el estado de embriaguez del procesado determinó la pérdida de control del  vehículo  y  los  trágicos  sucesos,  encuentra  respaldo  en  el  dictamen de  alcoholemia,   las   versiones   de   los  testigos  que  informan  del  aliento  alcohólico,  y  en  las  leyes de la experiencia, que enseñan que en estado de  alicoramiento,  se pierden las capacidades de percepción, reacción, atención,  reflejos  y coordinación, generándose mayor posibilidad de causar daño.    

                  -El exceso  de  velocidad,  lo  dedujo  el  fallador  del  análisis  integral  de la prueba  testimonial  y  técnica  recaudada, especialmente del croquis levantado por las  autoridades  de  circulación,  y  los  destrozos que presentaba el cuerpo de la  menor Yulieth Mariana.   

                        -La  inspección  judicial  en  la  cual  se  apoya  la  impugnante para reafirmar la  velocidad  de  50  kilómetros-hora  a  la  que  supuestamente  se desplazaba su  protegido,  fue  practicada en horas distintas a las del insuceso, aparte de que  el  acusado en su indagatoria es claro en manifestar que a la hora de los hechos  la vía no presentaba congestiones.   

                    -Tampoco  le  asiste  razón  a  la  casacionista  cuando  cuestiona la apreciación de la  prueba  que  informa  sobre  el  estado  de  aturdimiento  experimentado  por el  procesado  al  presentarse  los  hechos,  ya que esta valoración partió de sus  afirmaciones  en  injurada,  para  llegar  a  la conclusión que, de haber éste  recibido  un golpe en la cabeza, habría sido después de abandonar su calzada y  de atropellar a las personas que esperaban transporte, no antes.   

                     -Si por  algo  se  caracteriza  la  demanda,  es  por  su discrepancia con la valoración  probatoria  de  los  juzgadores de instancia, planteamiento que no se aviene con  el  falso  juicio de identidad inicialmente propuesto, del cual la impugnante se  aleja  para  entrar a cuestionar el mérito probatorio, que, como se sabe, puede  ser    materia    de    debate    en    las   instancias,   mas   no   en   sede  extraordinaria.   

                        -Lo  realmente  pretendido por la libelista, es hacer prevalecer su escrito sobre las  sentencias,  posición  que resulta inadmisible frente a la doble presunción de  acierto  y  legalidad  que  ampara  los  fallos  judiciales.  Además, cuando se  atienden  las  orientaciones  de  la  sana  crítica, no es posible ensayar otra  versión,  “pues  no se trata de forzar circunstancias y crear situaciones, sino  de  evidenciar  un desacierto en el juzgador que pueda exhibirse ante cualquiera  como ostensible y manifiesto” (fls.28 cd. Corte).   

                    Respecto  del  cargo  segundo,  considera  que  no  tiene  trascendencia  suficiente en el  balance  probatorio,  como  para  incidir en las conclusiones del fallo, por los  siguientes motivos:   

                  -El delito  es  fuente  de  obligaciones  y  así lo contempla el artículo 2341 del Código  Civil  al  establecer que “el que ha cometido un delito o culpa, que ha inferido  daño  a  otro,  es  obligado  a  la  indemnización,  sin  perjuicio de la pena  principal que la ley le imponga por la culpa o el delito cometido”.   

                     -En los  delitos  de  homicidio,  el  daño surge de la vulneración del bien jurídico y  los  perjuicios económicos que sufren los familiares o allegados de la víctima  en  razón  del  daño  emergente  y  lucro  cesante,  como  consecuencia  de la  supresión de la vida.   

                    -Si bien  es  cierto  en  el proceso existe peritaje sobre perjuicios materiales, no lo es  menos  que  el  Juez  es  el  verdadero  liquidador  de  estas cifras, según lo  dispuesto  en  los  artículos 55 y 273 del Código de Procedimiento, y al   apartarse  del  dictamen, lo hizo apoyado en el artículo 107 del Código Penal,  dando  además  motivaciones  razonadas.  El  único  límite, viene dado por el  monto  de  la  indemnización,  que  no  puede  exceder  de  4.000  gramos  oro.   

                  -El seguro  obligatorio  de  automotores,  regulado por el Decreto 1032 de 1991, que derogó  el  2544  de  1987,  pretende que las personas lesionadas y los herederos de los  muertos,  sean  parcialmente  indemnizadas,  dejando  a  salvo  las  acciones de  naturaleza  contravencional,  civil  o penal que puedan derivarse del hecho y la  responsabilidad  que  de  él  surja. Como en el proceso aparece fotocopia de la  respectiva  póliza,  pero no se acreditó el pago de gastos funerales por parte  de   la   compañía  aseguradora,  el  Tribunal  dispuso  que,  de  haber  sido  efectuados,   se   tendrían   como   parte   de   los   perjuicios  materiales,  independientemente  del   monto  fijado  en  el fallo de primera instancia,  decisión  que  es  potestativa  del  fallador,  quien en sano criterio, hace la  estimación  atendiendo  las  directrices  del  artículo 107 del Código Penal,  pudiendo llegar hasta 4.000 gramos oro.   

                        -La  inconformidad  de  la  impugnante  respecto  de  la  tasación de los perjuicios  morales,  se  apoya  en  la  actitud  de  las  víctimas,  la  que  califica  de  imprudente,  pues  parte del supuesto que se encontraban sobre la zona vehicular  y  en  lugar  distinto  del paradero. Esto, no es, sin embargo, lo que se deduce  del  testimonio  de  Jaime  Enrique  Barrera,  en el cual la libelista se apoya,  quien,  por  el  contrario,  ubica  las  víctimas  sobre  la zona de seguridad.  Además,  como  lo  sostiene  el  Tribunal  de  instancia,  no  existe norma que  prohíba  el  tránsito  de  peatones  por  la  berma, cuando adicionalmente, no  existe otro lugar por donde transitar.   

                    -La pena  de  suspensión  del ejercicio de la conducción, está prevista en el artículo  329  del  Código Penal, debiendo el Juez imponerla en acatamiento del principio  de  legalidad  de los delitos y las penas, y se aplica independientemente de los  resultados  del proceso administrativo que se adelante en relación con el mismo  accidente.   

                    Pide, en  consecuencia, no casar la sentencia impugnada.   

                         SE  CONSIDERA:   

                      Cargo  primero:   

                    Bastante  confusos  resultan  los  planteamientos  de  la  demanda en torno a los posibles  yerros  de  apreciación probatoria cometidos por los juzgadores de instancia en  el  análisis de la responsabilidad penal del procesado. De una parte, porque en  el  desarrollo  de  la  censura la impugnante  transita indistintamente por  las  diferentes  modalidades  de  error  de  hecho, con referencia a unas mismas  pruebas,  y  de  otra,  porque  idéntica  actitud  de incertidumbre asume en la  proposición de soluciones jurídicas.   

                        Los  errores  de apreciación probatoria, llamados de hecho, pueden ser de existencia  o  identidad.  Son  de  existencia,  cuando  el  juzgador  supone una prueba que  materialmente  no  está  en  el  proceso,  o  ignora una que lo integra. Son de  identidad,  cuando  el  elemento  probatorio  es  distorsionado  en su contenido  fáctico,  bien  porque  se le hace decir más de lo que su texto reza, menos de  lo  que  su  contenido  encierra,  o  algo totalmente distinto de aquello que en  realidad expresa.   

                      Estas  modalidades  de  error  de  hecho son entre sí incompatibles y por consiguiente  imposible  de  ser  alegadas  al tiempo y en relación con unos mismos medios de  convicción,  ya  que  si la prueba no existe o existiendo ha sido ignorada, mal  puede,  a  la vez,  haber sido distorsionada en su contenido fáctico. Para  que  esta  última  hipótesis  se presente será necesario que la prueba exista  materialmente   en  el  proceso  y  además  que  haya  sido  apreciada  por  el  Juzgador.   

                     En este  planteamiento  contradictorio  incurre  la  casacionista,  quien,  como se dejó  visto  al  resumir  la  demanda,  alude  alternativamente a errores de hecho por  falsos  juicios  de  identidad  y de existencia, como si se tratara de una misma  modalidad  de desacierto, amén que no logra siquiera identificarlos, lo cual es  comprensible  si  se  tiene  en  cuenta  que  en  el fondo de su discurso lo que  subyace  es  un cuestionamiento a la valoración del mérito de las pruebas, por  considerarla   equivocada,  básicamente  por  haber  acogido  la  sentencia  el  testimonio  de  Jaime  Enrique  Barrera  Fajardo  y  desechado  la  versión del  procesado.                                              

                  Esta clase  de  error,  es  también de naturaleza fáctica, pero su fundamentación difiere  sustancialmente  de  los  de  existencia  e identidad inicialmente esbozados. Su  proposición  ha  de  partir  no de la apreciación material de los elementos de  prueba,  sino  de  la  fijación  de  su mérito, debido a que su estimación se  cumple con apartamiento grotesco de las reglas de la sana crítica.   

                       Esta  especie  de  error,  ha  dicho  repetidamente  la  Corte, surge de la disparidad  existente  entre  la  valoración realizada por el Juez y la que correspondería  hacer  frente  a  los postulados de la lógica, la experiencia y la ciencia, mas  no,  como  erradamente  suele  entenderse,  de la falta de coincidencia entre el  personal  criterio  que  se  tiene  sobre  la fuerza persuasiva de una determina  prueba y la valoración que de ella se hace en la sentencia.   

                       Esto  obliga  al  casacionista a precisar, en cada caso, las razones por las cuales la  valoración  efectuada por el Juez del medio probatorio, se aparta de las reglas  de  la  sana crítica y, complementariamente, la incidencia de este yerro en las  conclusiones  del fallo, tarea que impone una revaloración objetiva y total del  acervo  probatorio,  en donde no tienen espacio las apreciaciones sesgadas de la  prueba,  ni mucho menos las especulaciones en torno a una determinada hipótesis  defensiva.   

                     Ha  de  recordarse  que  la  sentencia de segunda instancia se encuentra amparada por la  doble  presunción de acierto y legalidad, y por tanto, que su abatimiento total  o  parcial  en  casación,  cuando  se  alega  violación  indirecta  de  la ley  sustancial,  solo es posible si el actor acredita objetivamente la existencia de  errores  en  la  apreciación  de  las  pruebas  que,  de no haberse presentado,  habrían cambiado inevitablemente el sentido del fallo.   

                  Una de las  múltiples  falencias  del  escrito de sustentación del recurso, viene dada por  la  pretensión  de  la  demandante de descalificar las conclusiones probatorias  del  fallo partiendo de una visión muy personal del valor persuasivo de algunas  pruebas,  cuando  no  de  hechos fundados  en aserciones conjeturales, o de  frases  descontextualizadas de testigos que comprometen la responsabilidad de su  cliente.   

                   Es lo que  ocurre,   por  ejemplo,  cuando  apoyada  en  transcripciones  insulares  de  la  declaración  del  testigo  Jaime  Enrique  Barrera Fajardo, de cuyo contexto se  deduce  todo  lo  contrario, insinúa que las víctimas se desplazaban por fuera  de  la  zona  de  seguridad; o cuando sugiere, ante la contundencia de la prueba  que  indica que la empresa de transporte de pasajeros “Flota Santa Fe” no presta  servicios  por  la autopista norte, que el vehículo causante del siniestro bien  pudo  haber  sido  uno distinto; o cuando afirma que el estado de embotamiento y  de  descoordinación  motora  de su cliente nada tenían que ver con su grado de  alicoramiento.   

                       Otro  motivo  de  confusión,  no  menos  trascendente,  surge  de  la  pluralidad  de  hipótesis  fácticas  que  la  actora  plantea  dentro  de  la  misma unidad de  raciocinio,  con  el  claro propósito de abundar en argumentaciones en favor de  su  protegido,  y  que le impiden a la Corte saber a ciencia cierta el motivo en  el  cual  se fundamenta la petición de absolución, si en la imprudencia de las  víctimas,  la  acción  de un tercero, la superposición de estas dos causas, o  la  existencia  de  duda  probatoria acerca de la responsabilidad del procesado.   

                  Esta forma  de  alegar,  podría  ser aceptada ante las instancias, donde el defensor puede,  sin  más  limitación  que  la  derivada  del  principio  de  lealtad procesal,  plantear  a  un  mismo tiempo pluralidad de situaciones de naturaleza fáctica o  jurídica,  mas no en sede de casación, donde el carácter técnico del recurso  lo  obliga  a  ser  claro  y  preciso  en sus planteamientos, y a deslindar unas  proposiciones de otras.   

                     Tampoco  precisa  la  casacionista  el concepto o sentido de la violación, pues, si bien  es  cierto anuncia su concreción al iniciar el desarrollo del cargo, incurre en  el   nada  infrecuente  error  de  entenderlo  en  su  acepción  gramatical  de  “opinión,  juicio  o dictamen”, mas no en su significación técnico casacional  del  modo  como  se  presenta  la  transgresión  de  la  norma, si por falta de  aplicación,  aplicación indebida, o interpretación errónea, dejando, de esta  manera, baldío dicho aspecto.   

                   Aunque en  las  anotadas  condiciones  el cargo planteado deviene inexaminable, no puede la  Sala  dejar  de  señalar  que  la  valoración de las pruebas realizada por los  juzgadores  de instancia, y sus conclusiones en torno a la responsabilidad penal  del  procesado  Malagón  Bermúdez  en  los  hechos,  responden  a su contenido  fáctico,  al  igual  que  a  los  postulados de la lógica, la experiencia y la  ciencia,  y por ende, que cualquier cuestionamiento en este sentido, resultaría  impróspero por carecer de fundamento.   

                        Las  explicaciones   suministradas   por   el  procesado  en  indagatoria  sobre  sus  actividades  la  noche anterior y la mañana de los hechos, fue desechada en las  sentencias  no  solo  porque  de  suyo  aparecían  fantasiosas, sino porque los  resultados   del  examen  de  alcoholemia  y  el  estado  síquico  físico  que  presentaba  al  momento  de insuceso, dejaban sin  soporte sus afirmaciones  en  el  sentido  de haber pasado la noche en casa y de no haber ingerido bebidas  alcohólicas,  salvo  los  dos  o  tres  tragos  recibidos  a  sus amigos cuando  abandonaba en las horas de la mañana la residencia.   

                                           Fundamentadas  son  igualmente las conclusiones del fallo en punto  al  señalamiento del estado de embriaguez de Malagón Bermúdez como condición  causal  del  resultado  a  él  imputado,  y la desestimación de la tesis de la  defensa  relativa  a  la  concurrencia  de  otras  causas como determinantes del  mismo,  pues  se  apoyan  en  inferencias  lógicas  obtenidas  a  partir  de la  información  fáctica  registrada  en  el  croquis y planos correspondientes al  escenario  de  los  hechos,  (fls.  27, 161, 172 y 286-1), y en el testimonio de  Jaime  Enrique  Barrera  Fajardo,  quien  advierte  que  delante  del  vehículo  causante  de  la  tragedia  no  había  nada  que impidiera su marcha, y que las  víctimas  se  desplazaban  por  la  zona  de  seguridad,  a  donde  ingresó el  automotor  intempestivamente,  “levantando”  a  la  señora  y  arrollando a sus  compañeros (fls.176-1).   

                   Esto, sin  aludir  al  mar  de  inconsistencias que presenta la versión del procesado, las  cuales,  dentro  del  marco de una crítica racional probatoria, inevitablemente  conducen  a  su  desestimación,  ni  a las circunstancias que  indican que  Malagón   Bermúdez,   en   su   recorrido  por  fuera  de  la  zona  vehicular  (aproximadamente  60 metros), no realizó maniobra alguna orientada a detener la  marcha  del  vehículo, ni a prevenir a los transeúntes del peligro, situación  que  contrasta  abiertamente  con  la  atenta  y  lúcida  actitud que se afirma  habría asumido instantes antes al ser cerrado por otro automotor.   

                         El  reproche no prospera.       

                                                                                                         

                      Cargo  segundo:   

                         El  cuestionamiento  que la impugnante hace dentro de este capítulo de la demanda a  la  imposición  de  la pena principal relativa a la suspensión en el ejercicio  de  la  actividad  de  conducir  vehículos  automotores durante dos años, nada  tiene  que  ver  con  la regulación de los daños y perjuicios decretados en la  sentencia.  Por  consiguiente,  su  planteamiento  al  amparo de las causales de  casación  civil,  resulta  inaceptable.  Además  de  ello debió proponerse de  manera  separada  y  subsidiaria,  por  tratarse  de  un  cargo  autónomo,  con  indicación  del  concepto  de  la  violación  y de los errores de apreciación  probatoria  que determinaron la transgresión del precepto sustancial, tarea que  en manera alguna intenta cumplir.    

                   Con todo,  dígase  que esta sanción, en tratándose de homicidio culposo, es de carácter  imperativo,  conforme  a  las  previsiones  del artículo 329 del Código Penal,  pero,  también,  que  el ejercicio de esta actividad en estado de embriaguez, o  con   violación  de los límites de velocidad que establecen las normas de  tránsito,  constituyen  claro desconocimiento a las obligaciones que se derivan  de su práctica.   

                    Respecto  de  los  reproches  que  la memorialista dirige contra la condena al pago de los  daños  y  perjuicios  causados con los delitos, debe decirse que para acceder a  esta  clase  de  alegaciones  en  casación, cuando media fallo condenatorio, es  preciso  demostrar que se tiene interés para recurrir, el cual se determina por  la  cuantía  de  la  pretensión  en  esta  sede, no por el monto de la condena  decretada    en    el    fallo,    como    al    parecer    lo    entendió   la  casacionista.                                         

                    

                   Cierto es  que  la  declaración  de  responsabilidad  por este motivo ascendió a tres mil  (3.000)  gramos  oro  en  moneda nacional, y que esta cifra superaba el interés  para  recurrir  en  casación  al  momento de proferirse la sentencia impugnada,  pero  el  ataque  de la demandante no comprende la totalidad de este valor, sino  solo  una parte, como quiera que se fundamenta en la inaplicación del artículo  2357  del  Código  Civil, que ordena una reducción en la estimación del daño  cuando  hay concurrencia de culpas, y en la afirmación de que el seguro habría  cancelado los gastos funerarios de ambas víctimas.   

                       Este  planteamiento,  obligaba  a  la recurrente a precisar, cuando menos, los valores  que  deberían  ser  objeto  de  descuento  por  la  actividad imprudende de las  víctimas  y los gastos presumiblemente cubiertos por la aseguradora, con el fin  de poder establecer el monto real de su demanda económica.   

                      Dicha  exigencia,  en  modo alguno es satisfecha por la casacionista, quien se limita a  plasmar  consideraciones  de  carácter general sobre los aspectos anotados, sin  descender  al  campo de las cifras, situación que impide determinar el valor de  su  pretensión y, por esta vía, el interés para recurrir, resultando el cargo  ab initio inestudiable por este motivo.    

   

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Primero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Comuníquese    y    devuélvase    al    Tribunal    de   origen.  CUMPLASE.   

                                      CARLOS    A.    GALVEZ  ARGOTE                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

JORGE           CORDOBA  POVEDA            JORGE ANIBAL  GOMEZ GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJIA   ESCOBAR                            DIDIMO   PAEZ   VELANDIA   

                         

MARIO    MANTILLA   NOUGUES                              JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA       

                    

   

    

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