14523

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 14523  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 18  

Santafé de Bogotá, D. C., once de febrero de  mil novecientos noventa y nueve.   

VISTOS:  

          En  relación  con  el  doctor IVÁN CASTAÑO YEPES, Fiscal Delegado  ante  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de Manzanares (Caldas), el Tribunal  Superior  de  Manizales  adelanta  el  juzgamiento, después de que la Unidad de  Fiscalía  ante  la  misma corporación lo acusara por un concurso de delitos de  cohecho     propio     y    prevaricato.   Aunque  la  Sala  ya  hizo  un  pronunciamiento  de segunda  instancia  el  30  de junio del pasado año, relacionado con la impugnación del  rechazo  de  una  prueba  solicitada  por  la  defensa en la fase del juicio, la  verdad  es  que  en  esa  oportunidad no se advirtió la apelación pendiente en  relación  con  el  auto  fechado el 18 de marzo, por medio del cual el tribunal  rechazó  la  constitución  de  parte civil intentada por un apoderado judicial  constituido por el Fiscal General de la Nación.   

          A   este   último   cometido   se   aplicará   la  Corte  en  esta  ocasión.   

         

ANTECEDENTES:  

          Antes  de  proveer  sobre  el  tema  propuesto, conviene recordar la  siguiente síntesis fáctica:   

          Los   hechos  desviados,  según  los  contiene  la  resolución  de  acusación  dictada  por el Fiscal Quinto de la Unidad Delegada ante el Tribunal  Superior  de  Manizales,  atañen  a  que  el  fiscal  IVÁN CASTAÑO YEPES y el  auxiliar  JORGE  ESAÚ  LÓPEZ  GÓMEZ,  adscritos a la Unidad de Fiscalía ante  Juzgado  de  Circuito  del  municipio  de  Manzanares,  recibieron  dinero  para  conceder  arbitrariamente  la  libertad  a  los individuos JOSÉ NEFTALÍ LÓPEZ  SÁNCHEZ   (alias   “tenedor”)   y   CÉSAR   TULIO  GÓMEZ  HOYOS,  apodado  “huevo”,  quienes  junto  con el sujeto ALBERTO GÓMEZ MONTOYA, conocido con  el  cognomento  de  “gorrete”, estaban vinculados a la investigación por el  delito  de  homicidio  (tentativa) perpetrado en contra de la vida del ciudadano  LUIS  FRANCISCO  CASTAÑEDA  GALLEGO.   Las  excarcelaciones  anómalas  se  produjeron  por  medio  de  resoluciones fechadas el 16 de septiembre y el 11 de  octubre de 1996, respectivamente.   

          El  mismo  funcionario  judicial  fue  acusado  por  otro  delito de  prevaricato,  en  razón de su proceder también supuestamente torcido dentro de  una  investigación relacionada con el ciudadano BERTULFO GIRALDO CASTRILLÓN, a  quien  se  imputaba  el hecho punible de homicidio que recayó en la persona del  señor  AQUILINO  MARÍN  DE  LOS  RÍOS.   En  efecto,  se  ha  puesto  en  entredicho  la  legalidad de la resolución del 6 de marzo de 1996, en razón de  la   cual   el  funcionario  inicialmente  se  abstuvo  de  dictarle  medida  de  aseguramiento   al   sindicado,  aunque  después  repuso  la  determinación  a  instancias  del  Ministerio  Público;  pero  también  se tacha de abiertamente  ilegal  la  providencia  de  preclusión  que el 13 de junio siguiente dictó en  favor del vinculado.   

          El  Fiscal General de la Nación, por medio de escrito presentado el  29  de  septiembre  de  1997,  otorgó  poder  al abogado JORGE ENRIQUE SANJUÁN  GÁLVEZ,  con  el  fin  de  se  constituyera  en  parte  civil  dentro  de  este  proceso.   Arguye el poderdante que actúa conforme con lo estipulado en el  artículo   22   del   Decreto  2699  de  1991  (cuaderno  parte  civil  2,  fs.  12).   

          El  apoderado  presentó  la respectiva demanda, pero el Tribunal la  rechazó  porque la Fiscalía carece de legitimación para actuar en tal sentido  dentro del proceso (fs. 17 y 33).   

          ARGUMENTOS DEL TRIBUNAL:   

          El  a  quo encara  el  estudio  de  la  legitimación  para  actuar y evoca una providencia de esta  Sala,  fechada  el  29 de mayo de 1996, según la cual el artículo 99 de la Ley  270  de 1996 (Estatutaria de la Administración de Justicia) ya no deja dudas de  que,   “en   los   procesos   judiciales”,   el  Director  Ejecutivo  de  la  Administración   Judicial   es   el  representante  legal  de  la  Nación-Rama  Judicial.   

          Esta  solución  traída  por  la  ley  estatutaria,  además, evita  desequilibrios  tales  como  que  la Fiscalía aparezca representada en un mismo  proceso  por dos delegados suyos, pues el fiscal acusador se convierte en sujeto  procesal  para  la fase del juicio, y a él se sumaría el apoderado de la parte  civil que se origina en la misma institución.   

          De  igual  manera,  con  apoyo  en  la  misma decisión invocada, el  Tribunal  sostiene  que,  de  conformidad  con  el artículo 36 de la Ley 190 de  1995,  parece  imperativa  la  constitución  de  parte  civil por la persona de  derecho  público afectada, pero son dos las condiciones que emanan del precepto  para  su  aplicación.   La  primera,  que se trate de procesos por delitos  contra  la  administración  pública  y,  la  segunda,  que  la  entidad sea en  realidad perjudicada con la infracción.   

          Esta  segunda  exigencia, se dice en la motivación, guarda armonía  con  los  artículos  104  del  Código  Penal y 43 del Código de Procedimiento  Penal,   preceptos   que   mencionan   como   titulares   de  la  acción  civil  exclusivamente  a  las  personas  naturales  o jurídicas “perjudicadas por el  hecho punible”.   

          Aunque  el  Tribunal  sugiere  que  la  falta  de  concreción de un  perjuicio  en la entidad demandante sería una razón adicional para rechazar la  demanda,  finalmente  concluye  que, de acuerdo con el numeral 8° del artículo  99  de la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia, sólo la Dirección  Nacional  de  Administración  Judicial  está  legitimada  para constituirse en  parte civil y no la Fiscalía General de la Nación.   

ARGUMENTOS DEL APELANTE:  

          El    abogado    impugnante    se    propone    hacer    valer   dos  perspectivas:   la primera, que la representación judicial de la Fiscalía  la  tiene  el  Fiscal  General  de  la  Nación;  y la segunda, que las personas  jurídicas  de  derecho  público también pueden sufrir daños morales y que de  esa   naturaleza   son   los  que  se  le  irrogaron  a  la  Fiscalía  en  este  caso.   

          En   cuanto   al   primer   tema,   el   apelante  sostiene  que  la  representación  asignada  al  Director Ejecutivo de Administración Judicial es  una  función eminentemente administrativa, como se infiere de la inserción del  artículo  99 en el capítulo correspondiente a la “Administración de la Rama  Judicial”  dentro  del  texto  de  la Ley Estatutaria de la Administración de  Justicia.   

          De  esta manera, el citado artículo 99 debe entenderse a la luz del  artículo  249  de  la  Constitución  Política,  precepto  según  el  cual la  Fiscalía  General  de  la  Nación  forma parte de la rama judicial, pero tiene  “autonomía   administrativa   y   presupuestal”.   Así  entonces,  lo  referente  a  la  administración  de  la  Fiscalía  se  desarrolla  de  manera  independiente  de las actividades propias del Consejo Superior de la Judicatura,  lo  cual  significa  que  aquella función administrativa prevista en el numeral  8°   del   artículo   99   no   comprende  el  funcionamiento  de  la  primera  institución.   

          En  sentir del profesional, cobra entonces vigor el artículo 22 del  Decreto  2699  de  1991, a cuyo tenor el Fiscal General de la Nación tendrá la  representación  de la entidad frente a las autoridades del Poder Público, y no  queda duda que la rama judicial hace parte de él.   

          En  relación  con  el  segundo  tema,  el  impugnante  dice que las  personas   jurídicas  de  derecho  público  pueden  sufrir  daños  morales  o  extrapatrimoniales,  dado  que  existen  una  serie  de  bienes no valorables en  dinero  pero  que están garantizados por la Constitución y las leyes civiles y  penales.   Tal  es  el  caso de la honra, la buena imagen y el buen nombre,  valores  que son distintos de los daños morales subjetivos y que tampoco pueden  confundirse  con  los  daños  materiales  surgidos  de  una  lesión  a un bien  extrapatrimonial.   

          Agrega  el  recurrente  que  el  delito  cometido  por  un  servidor  público,  en  ejercicio  de  sus  funciones,  además  de los bienes jurídicos  tutelados,   lesiona   los   valores   de   la   credibilidad   y  la  confianza  pública.    Por   lo   tanto,   la   comisión  de  un  delito  contra  la  administración  pública  ataca  de  manera “inmediata” la existencia misma  del  Estado,  y  de  modo  “inmediatísimo”  afecta  la  credibilidad de los  ciudadanos  en  sus  instituciones,  generándose  así un daño directo para la  entidad agraviada.   

          Arguye  también  que  en  la respectiva demanda sí se demostró la  existencia  de los perjuicios extrapatrimoniales, porque la señora Mercedes  Blandón,  compañera permanente  del  finado  Aquilino  Marín de los Ríos,  se  negó  a declarar ante la fiscalía y justificó su rebeldía  en  el  sentido  de que el fiscal acusado había recibido dinero para liberar al  homicida  de su compañero Bertulio Giraldo,  hecho  que  pone  en  evidencia la afectación de la credibilidad  como  perjuicio  sufrido  por la Fiscalía.  De esta manera, dice, quedaron  probados  los  daños  morales  y, en razón de su naturaleza, la valoración se  hizo conforme con el artículo 106 del Código Penal.   

          Tal  es la fundamentación exhibida por el impugnante para solicitar  la  revocatoria  de  la  providencia  apelada y, como obvia consecuencia, que se  admita la parte civil dentro del proceso.   

EXAMEN DE LA CORTE:  

          Es  cierto  que  el inciso 3° del artículo 249 de la Constitución  Política  le  concede  “autonomía administrativa y  presupuestal”  a la Fiscalía General de la Nación,  pero  antes  el  texto  se  cuida  de señalar que dicha entidad “forma  parte  de la rama judicial”.   Esta  última  previsión  tiene  su  sentido porque, no obstante la separación  funcional  nítida  entre  fiscales  y  jueces, la Carta mantuvo la unidad de la  rama  judicial,  razón  por la cual tanto de la Fiscalía como de los juzgados,  tribunales  y altas corporaciones se predica su pertenencia a esa rama del poder  público (Título VIII).   

          Frente  a  este  marcado espíritu constitucional de unidad, resulta  insuficiente   la  interpretación  exegética  que  el  recurrente  propone  en  relación  con  el  numeral  8°  del  artículo 99 de la Ley 270 de 1996, en el  sentido  de que la representación judicial adjudicada a la Dirección Ejecutiva  de  Administración Judicial es una mera función administrativa, que, como tal,  sólo  concierne  a  las  entidades  gobernadas  por  el  Consejo Superior de la  Judicatura    y    no    a   la   Fiscalía   que   en   esa   materia   ostenta  autonomía.   

          Para  preservar  la  integridad  y  el  carácter  sistemático  del  ordenamiento  jurídico,  como  se  lo propone la ratio  legis  del artículo 4° de la Constitución, conviene  acudir  a  una  visión  de  conjunto  y  también  teleológica tanto de la Ley  Estatutaria  de  la  Administración  de Justicia como de la norma en cuestión,  hermenéutica que se traduce en lo siguiente:   

          Respecto   de  la  administración  de  la  rama  judicial,  la  ley  estatutaria  prevé las funciones de la Sala Administrativa del Consejo Superior  de  la  Judicatura,  que  no  siempre  se refieren exclusivamente a los órganos  tradicionales  de  administración  de justicia (juzgados y corporaciones), sino  que  en  más  de  una  ocasión  involucran  también  el  funcionamiento de la  Fiscalía General de la Nación.   

          Así,  de  acuerdo  con el numeral 1° del artículo 85, el proyecto  de  presupuesto de la rama judicial lo elabora y lo presenta al Gobierno la Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior de la judicatura, aunque antecedentemente  debe incorporar el que proponga la Fiscalía General de la Nación.   

          De  otra  parte,  el numeral 28 del mismo precepto señala que dicha  Sala  llevará  el  control del rendimiento y gestión institucional de la Corte  Constitucional,  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  del  Consejo de Estado e  igualmente de la Fiscalía General de la Nación.   

          De   igual   manera,   conforme   con   el  artículo  87,  la  Sala  Administrativa  elabora  el  plan sectorial de desarrollo para la rama judicial,  que   deberá   ser   presentado  al  Gobierno,  pero  siempre  consultará  las  necesidades  y  propuestas  que tengan las entidades antes mencionadas (incluida  la Fiscalía).   

          Por  último,  el  artículo 88 reitera que la Fiscalía presenta su  proyecto  de  presupuesto  a  la  Sala  Administrativa para su incorporación al  proyecto  de  presupuesto  general  de  la rama, y será dicho órgano el que lo  haga  valer  ante  el  Gobierno  Nacional  para  su inclusión en el presupuesto  general de la nación.   

          Es  decir,  como  los  procesos judiciales pueden afectar positiva o  negativamente   el   presupuesto   de   la   rama   judicial,  se  ha  preferido  razonablemente  unificar  la  realización  del  respectivo  proyecto en la Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior  de  la  Judicatura, así se respeten las  proposiciones  que  sobre  la  materia  haga la Fiscalía General de la Nación,  gracias   a   la   autonomía  que  constitucionalmente  se  le  reconoce.    

          Esa  unificación  del  presupuesto de la rama judicial, con matices  respetuosos  del funcionamiento autónomo de la Fiscalía General de la Nación,  exigía   coherentemente  centralizar  la  representación  de  la  Nación-Rama  Judicial  en  los  procesos  judiciales  que pudieran afectarlo.  Esa es la  razón  para que se haya situado dicha función en la Dirección Ejecutiva de la  Administración  Judicial,  “órgano  técnico y administrativo que tiene a su  cargo  la ejecución de las actividades administrativas de la rama judicial, con  sujeción  a  las  políticas y decisiones de la Sala Administrativa del Consejo  Superior de la Judicatura” (art. 98).   

          El  hecho  de que por obra de un proceso judicial resulte un ingreso  o   un  gasto  que  pueda  incidir  en  el  presupuesto  de  la  rama  judicial,  concretamente  el  de la Fiscalía, no desdibuja la intervención representativa  del  Director  Ejecutivo  de la Administración Judicial, pues es asaz claro que  en  materia  presupuestaria siempre debe establecerse una coordinación entre la  Sala  Administrativa  del  Consejo  y  el  Fiscal  General,  aunque  la vocería  obligatoriamente corresponda a la primera.   

          Nótese,  además,  que  las  funciones  del  Director  Ejecutivo se  discriminan  por  legislador  estatutario  en  consonancia con el ámbito de las  mismas,  pues,  en relación con la gestión de los procesos judiciales, se dice  que  dicho  funcionario  representa  a  la Nación-Rama  Judicial,   por   sus   obvias  consecuencias  en  el  presupuesto  que  la  Sala  Administrativa  (no el fiscal) debe ventilar ante el  Gobierno  Nacional (numeral 8); y, con perspectiva diferente, en lo que atañe a  los   actos  o  contratos  que  deban  otorgarse  o  celebrarse  para  bien  del  funcionamiento  de  la  rama  judicial tradicional, sólo actúa en nombre de la  Nación-Consejo  Superior de la Judicatura  (numeral  3),  porque  en  la  Fiscalía  tal  actividad,  por ser  eminentemente  administrativa,  corresponde  al Fiscal General (Decreto 2699/91,  art. 22, num. 16).   

          Es  que  si se atiende cabalmente el contenido del título cuarto de  la  Ley  Estatutaria  de  la  Administración  de  Justicia,  dicha  función de  representación  en  los  procesos judiciales no es estrictamente administrativa  sino  de gestión, en el sentido más concreto de que la acción se realiza para  la  tramitación  de  un  asunto,  y  no  meramente  en función del cuidado que  concierne sobre el mismo.   

          De  modo  que,  acorde  con  el  encabezamiento del artículo 22 del  Decreto  2699, el Fiscal sí tiene la representación general de la entidad ante  las  autoridades  del  poder  público,  pero  la  gestión específica para los  procesos  judiciales  se  ha  reservado al Director Ejecutivo de Administración  Judicial, por mandato expreso de la respectiva ley estatutaria.   

          Ahora  bien,  esta tesis permanece invariable aún frente a la nueva  redacción  del artículo 149 del Código Contencioso Administrativo, modificado  por  el  artículo  49  de  la  Ley  446  de  1998,  pues, además de que sería  imposible  hacer  la  variación  de  una  ley  estatutaria  por medio de una de  carácter  ordinario,  el precepto se refiere concretamente a la representación  de   las   personas   de   derecho   público   en   los   procesos  contencioso  administrativos;  amén de que, cuando la misma norma menciona al fiscal general  y  otros funcionarios cabezas de entidades públicas como sus representantes, lo  hace  para  el caso de los actos que ellos expidan o los hechos que produzcan en  el  ejercicio de ese natural liderazgo.  De otra parte, el inciso 3° de la  referida  disposición reitera la regla de la representación de la Nación-Rama  Judicial    en    cabeza    del    Director    Ejecutivo    de   Administración  Judicial.   

          Así  las  cosas,  el  Fiscal  General  carece  de  la legitimación  procesal  para  actuar como parte civil en este proceso, pues la misma se radica  en  el  Director Ejecutivo de Administración Judicial, representante de la Rama  Judicial  en  los  procesos  judiciales,  representación  que,  al igual que el  órgano  representado,  funciona  por desconcentración (Const. Pol., art. 228 y  Ley 270/96, arts. 99-8 y 103-7).   

          En  este  sentido,  la  Sala  reitera  la opción por el dictado del  artículo  99 de la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia, tesis que  ya  había  sido  expuesta  en  el  auto  del 29 de mayo de 1996, de acuerdo con  ponencia  realizada  por  el  magistrado  Dídimo Páez  Velandia.   

          En  relación con la segunda cuestión propuesta por el apelante, es  decir,  la  existencia  de  perjuicios  extrapatrimoniales,  es  cierto  que las  personas  jurídicas  pueden  padecerlos,  verbigracia, cuando se afecta su buen  nombre  y  reputación,  mas  tales  consecuencias  sólo  son  estimables  como  detrimento  resarcible  cuando  amenazan  concretamente  su  existencia o merman  significativamente   su   capacidad   de   acción   en   el   concierto  de  su  desenvolvimiento  o  las  ponen  en  franca  inferioridad  frente  a otras de su  género  y  especie,  si  es  que  se  mueven  en  el ámbito de una competencia  comercial  o  de  la  prestación  de  servicios  apreciables  por la demanda de  usuarios.   

          Ni   pensar   en   la   modalidad   del  perjuicio  moral  subjetivo  (pretium doloris), porque por  su  naturaleza las personas jurídicas no pueden experimentar el dolor físico o  moral,  salvo  que  la  acción  dañina  se  refleje  en alguno de los socios o  miembros  o  en la persona del representante legal, caso en el cual la propuesta  de  reparación  deberá  hacerse  individualmente  por  quien  haya  sufrido el  daño.   

         En  relación  con  las  personas jurídicas de derecho público que  nacen  y  se  desenvuelven  por mandato y privilegio constitucional o legal, sin  necesidad  de un reconocimiento gubernativo de personería jurídica (caso de la  Fiscalía  General  de  la  Nación),  el  desprestigio  que  sus  servidores le  ocasionan  con algunas conductas desviadas hace parte de la naturaleza, gravedad  y  modalidades propios de cada delito (daño público), pero en manera alguna se  proyecta  en  un  menoscabo  particular  que ponga en peligro su existencia o la  disminuya  apreciablemente  en  su operatividad, porque, aun con la presencia de  funcionarios   corruptos,   la   actividad   estatal   no   puede  detenerse  ni  arredrarse.   

         Como  ese deterioro de la imagen de la institución pública, que se  produce  por la acción delictiva del servidor público, no puede deslindarse de  la  esencia  misma  del  hecho  punible,  ni  es extraño a los fines preventivo  generales  y  especiales  que  está llamada a cumplir la eventual pena, tampoco  será   posible   individualizar   un  perjuicio  que  justifique  el  ejercicio  simultáneo   de   una   acción   con   fines   compensatorios   como   es   la  civil.   

         En  efecto, de acuerdo con el sistema penal colombiano, la sola pena  está  determinada  para  recomponer el ordenamiento jurídico violado, y es esa  la  manera  principal como el Estado autoconstata su imperio y le confirma a los  ciudadanos  la  vigencia  de  las  instituciones y el derecho, además de ser un  modo  singular de recuperar la imagen comprometida no solo por el comportamiento  del  servidor  que  comete  un  delito  especial  o común, sino también por la  conducta  de  cualquier  particular  que  por  la  misma  vía  se  burla  de la  ley.   

         Gracias  a  la  regulación  del artículo 104 del Código Penal, en  relación  con  los  artículos  43, 48 y 56 del Código de Procedimiento Penal,  que   reseñan  y  hacen  énfasis  en  la  naturaleza  privada  de  la  acción  resarcitoria  (así  la  llegare  a  ejercer  un  ente  de derecho público), el  perjuicio  susceptible de reclamación por la vía unitaria del proceso penal no  sólo  debe ser real sino que debe connotarse como algo distinto a los fines que  atiende  la  acción  penal  (art.  24  C.  P.  P.).   Es  decir,  aquellas  pretensiones  que  apuntan  a  una  reposición  de  la imagen deteriorada de la  institución  agraviada,  como  se pregona en el caso, quedan satisfechas con el  desarrollo  del  objeto  principal  del  proceso  penal, como consecuencia de la  ordenación  o  reordenación  de  la  convivencia o de los fines colectivos y/o  estatales  que  se  buscan  con  la  pena,  sin  que sea procedente acudir a una  excesiva   y   extraña  compensación  monetaria  o  simbólica  que  no  puede  justificarse  en  otra  realidad  dañina  que  pueda  permanecer después de la  sanción  principal.   Cosa distinta es que ese efecto nocivo consustancial  al  delito  se  extienda  a  otras  personas o aún en el mismo titular del bien  jurídico,  después  de  presupuestada la pena, como ocurre patéticamente, por  ejemplo,  con  el  ciudadano  que es víctima de una exacción por la vía de un  injusto     de     concusión     (atentado     contra     la    administración  pública).   

         Es  suficiente la argumentación dispuesta para declarar que ha sido  rechazada  razonablemente  la  demanda  de  constitución  de parte civil por el  a  quo, tanto en virtud de la  falta    de    personería    para    actuar   en   el   proceso   (legitimatio   ad   processum),  como  por  carencia  de legitimación en la causa (ausencia de presentación verosímil del  perjuicio).   He ahí el fundamento de la confirmación que se entregará a  la providencia impugnada.   

         Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

         Confirmar  el  auto fechado el 18 de marzo  de  1998,  con las aclaraciones dispuestas en la motivación, por medio del cual  el  Tribunal  Superior  de  Manizales  rechazó  la constitución de parte civil  propuesta  por  el  apoderado  especial  constituido por el Fiscal General de la  Nación,  por  carecer  la  entidad  demandante  de  legitimación para actuar y  también en la causa.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE  ENRIQUE  CÓRDOBA  POVEDA    CARLOS A. GALVEZ ARGOTE   

EDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                            CARLOS  E. MEJÍA  ESCOBAR                    

                                                                                        Aclaración de Voto   

DÍDIMO    PAEZ    VELANDIA                                                     NILSON          PINILLA  PINILLA                          

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.  

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Proceso No. 14523  

ACLARACION DE VOTO  

De  la pertenencia de la Fiscalía General de  la    Nación   a   la   Rama   Judicial,   así   como   de   la   unidad   de  ésta,  no  tiene  por  qué  seguirse  un  estado  de  dependencia  de  aquella  a los órganos de Gobierno o  Administración  de la Rama. Al contrario, para el suscrito es suficiente que la  propia  Carta  haya  concebido  a  la  Fiscalía  como  entidad  autónoma en lo  administrativo  y  presupuestal   para  justificar  que  tenga capacidad de  adquirir  derechos  y  contraer  obligaciones  en  nombre  de  la  Nación- Rama  Judicial,   y  para representarla compareciendo  al proceso, sin tener  que acudir  a ninguna otra entidad u órgano.   

La  Rama  Judicial  del  Poder Público está  constituida,  según  lo  señala el artículo 11 de la Ley Estatutaria, por los  Organos  que  integran las distintas jurisdicciones, por la Fiscalía General de  la  Nación y por el Consejo Superior de la Judicatura. Dicha distinción, no es  más  que  el  desarrollo  del  querer  del  Constituyente, en tanto consagra la  autonomía  administrativa  y  presupuestal  de  la  Fiscalía  (C.P.  art. 249)  y   le otorga un tratamiento singular y especial cuyo contenido consiste en  que  “pueda  definir los asuntos sobre los que versan estas materias de manera  independiente,  sin depender para ello del órgano al que constitucionalmente se  le  ha otorgado de manera general esa atribución dentro de la rama, esto es, el  Consejo  Superior  de  la Judicatura”, y en cuanto difiere a la Ley determinar  la   estructura   y   el   funcionamiento  de  la Fiscalía General (Sentencia C-037 C. Constitucional y art.  30 de la ley estatutaria).   

De  ahí  que  cuando  el  artículo 99 de la  Ley   270  de  1996  dispone  que  la  Representación de la Nación – Rama  Judicial  en  los  procesos judiciales, es atribución del Director Ejecutivo de  Administración  Judicial  (cabeza  del  organismo técnico y administrativo que  tiene   a   su   cargo   la  ejecución  de  las  actividades  administrativas de la Rama Judicial, con sujeción a las políticas  y  decisiones  de  la  Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura  – art. 98 ib) no debería entenderse abarcada allí la  Fiscalía  General  sino  únicamente  el  sector  de Justicia que está bajo la  dirección  del  Consejo  Superior.  Me  parece  un contrasentido que existiendo  independencia  intraorgánica  en  materia  administrativa,  presupuestal  y  de  gestión,  entre  la  Fiscalía  y  el  resto de la Rama Judicial, quede aquella  supeditada  al  Consejo  a  través  de  la Dirección Ejecutiva, en materia tan  trascendental  como  el  de  la  comparecencia  en  juicio  representando  a  la  Nación.   

Y es que el Estatuto Orgánico de la Fiscalía  (  o sea la ley, para utilizar  las  palabras  del  citado  art.  30  de la norma Estatutaria) señala de manera  inequívoca  (Art.  22  Dto2669  de  1991)  que  el Fiscal General de la Nación  tendrá  la  representación  de  la  entidad frente a las autoridades del Poder  Público,   así   como   frente  a  los  particulares.  En  desarrollo  de  ese  postulado      dispone     entre    otras    cuestiones   lo  siguiente:   

    

1. Que  sea  vocero  y responsable por las actuaciones de la Fiscalía,  ante los demás estamentos del Estado y de la sociedad;   

2. Que  suscriba, como representante legal de la Fiscalía, los actos y  contratos requeridos para el desarrollo de la misma;   

3. Que  desarrolle  en  lo no previsto la estructura orgánica del ente  de acuerdo con los lineamientos de su estatuto orgánico,   

4. Que  pueda  delegar en servidores públicos de la Fiscalía aquellas  funciones   administrativas   que   considere   necesario,   supervigilar  dicha  delegación y reasumir tales funciones si fuere el caso;   

5. Que  debe  aprobar  los  anteproyectos  de  Plan  de Desarrollo y de  Presupuesto    para    que    sean    consolidados    con   los   de   la   Rama  Judicial;   

6. Que  pueda  efectuar  traslados presupuestales dentro de sus propias  unidades ejecutoras      

Y  el  artículo  27  otorga  a  la  Oficina  Jurídica  (que  depende  del  Despacho  del  Fiscal  General)  representar a la  Fiscalía  mediante  poder  conferido  por  éste  en  los  procesos  en que sea  demandada,  y  ello  constituiría por lo menos una paradoja en tanto se pudiese  desprender  de  allí  que la Fiscalía tiene capacidad de representación de la  Nación por pasiva, pero no por activa.   

De modo que la norma de la ley Estatutaria que  la  Sala  invoca,  no es de contenido claro a mi modo de ver, incluso a pesar de  que  en  el mismo sentido existan antecedentes jurisprudenciales como el de mayo  29  de  1998 (Sección Tercera, Sala de lo Contencioso del Consejo de Estado), o  el   de   mayo   29   de   1996,   de   ésta   misma  Sala   que  entonces  suscribí.   

El  punto  llamaba  a  reflexión,  a ello se  procedió,  pero  infortunadamente para una mayor coherencia institucional en el  tratamiento del tema, éste planteamiento no pudo convencer.   

En  lo  demás  comparto  la  decisión y sus  fundamentos.   

CARLOS E MEJIA ESCOBAR  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 18  

Santafé de Bogotá, D. C., once de febrero  de mil novecientos noventa y nueve.   

VISTOS:  

         En  relación  con  el  doctor IVÁN CASTAÑO YEPES, Fiscal Delegado  ante  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de Manzanares (Caldas), el Tribunal  Superior  de  Manizales  adelanta  el  juzgamiento, después de que la Unidad de  Fiscalía  ante  la  misma corporación lo acusara por un concurso de delitos de  cohecho     propio     y    prevaricato.   Aunque  la  Sala  ya  hizo  un  pronunciamiento  de segunda  instancia  el  30  de junio del pasado año, relacionado con la impugnación del  rechazo  de  una  prueba  solicitada  por  la  defensa en la fase del juicio, la  verdad  es  que  en  esa  oportunidad no se advirtió la apelación pendiente en  relación  con  el  auto  fechado el 18 de marzo, por medio del cual el tribunal  rechazó  la  constitución  de  parte civil intentada por un apoderado judicial  constituido por el Fiscal General de la Nación.   

         A   este   último   cometido   se   aplicará   la  Corte  en  esta  ocasión.   

         

ANTECEDENTES:  

         Antes  de  proveer  sobre  el  tema  propuesto, conviene recordar la  siguiente síntesis fáctica:   

         Los   hechos  desviados,  según  los  contiene  la  resolución  de  acusación  dictada  por el Fiscal Quinto de la Unidad Delegada ante el Tribunal  Superior  de  Manizales,  atañen  a  que  el  fiscal  IVÁN CASTAÑO YEPES y el  auxiliar  JORGE  ESAÚ  LÓPEZ  GÓMEZ,  adscritos a la Unidad de Fiscalía ante  Juzgado  de  Circuito  del  municipio  de  Manzanares,  recibieron  dinero  para  conceder  arbitrariamente  la  libertad  a  los individuos JOSÉ NEFTALÍ LÓPEZ  SÁNCHEZ   (alias   “tenedor”)   y   CÉSAR   TULIO  GÓMEZ  HOYOS,  apodado  “huevo”,  quienes  junto  con el sujeto ALBERTO GÓMEZ MONTOYA, conocido con  el  cognomento  de  “gorrete”, estaban vinculados a la investigación por el  delito  de  homicidio  (tentativa) perpetrado en contra de la vida del ciudadano  LUIS  FRANCISCO  CASTAÑEDA  GALLEGO.   Las  excarcelaciones  anómalas  se  produjeron  por  medio  de  resoluciones fechadas el 16 de septiembre y el 11 de  octubre de 1996, respectivamente.   

         El  mismo  funcionario  judicial  fue  acusado  por  otro  delito de  prevaricato,  en  razón de su proceder también supuestamente torcido dentro de  una  investigación relacionada con el ciudadano BERTULFO GIRALDO CASTRILLÓN, a  quien  se  imputaba  el hecho punible de homicidio que recayó en la persona del  señor  AQUILINO  MARÍN  DE  LOS  RÍOS.   En  efecto,  se  ha  puesto  en  entredicho  la  legalidad de la resolución del 6 de marzo de 1996, en razón de  la   cual   el  funcionario  inicialmente  se  abstuvo  de  dictarle  medida  de  aseguramiento   al   sindicado,  aunque  después  repuso  la  determinación  a  instancias  del  Ministerio  Público;  pero  también  se tacha de abiertamente  ilegal  la  providencia  de  preclusión  que el 13 de junio siguiente dictó en  favor del vinculado.   

         El  Fiscal General de la Nación, por medio de escrito presentado el  29  de  septiembre  de  1997,  otorgó  poder  al abogado JORGE ENRIQUE SANJUÁN  GÁLVEZ,  con  el  fin  de  se  constituyera  en  parte  civil  dentro  de  este  proceso.   Arguye el poderdante que actúa conforme con lo estipulado en el  artículo   22   del   Decreto  2699  de  1991  (cuaderno  parte  civil  2,  fs.  12).   

         El  apoderado  presentó  la respectiva demanda, pero el Tribunal la  rechazó  porque la Fiscalía carece de legitimación para actuar en tal sentido  dentro del proceso (fs. 17 y 33).   

         ARGUMENTOS DEL TRIBUNAL:   

         El  a  quo encara  el  estudio  de  la  legitimación  para  actuar y evoca una providencia de esta  Sala,  fechada  el  29 de mayo de 1996, según la cual el artículo 99 de la Ley  270  de 1996 (Estatutaria de la Administración de Justicia) ya no deja dudas de  que,   “en   los   procesos   judiciales”,   el  Director  Ejecutivo  de  la  Administración   Judicial   es   el  representante  legal  de  la  Nación-Rama  Judicial.   

         Esta  solución  traída  por  la  ley  estatutaria,  además, evita  desequilibrios  tales  como  que  la Fiscalía aparezca representada en un mismo  proceso  por dos delegados suyos, pues el fiscal acusador se convierte en sujeto  procesal  para  la fase del juicio, y a él se sumaría el apoderado de la parte  civil que se origina en la misma institución.   

         De  igual  manera,  con  apoyo  en  la  misma decisión invocada, el  Tribunal  sostiene  que,  de  conformidad  con  el artículo 36 de la Ley 190 de  1995,  parece  imperativa  la  constitución  de  parte  civil por la persona de  derecho  público afectada, pero son dos las condiciones que emanan del precepto  para  su  aplicación.   La  primera,  que se trate de procesos por delitos  contra  la  administración  pública  y,  la  segunda,  que  la  entidad sea en  realidad perjudicada con la infracción.   

         Esta  segunda  exigencia, se dice en la motivación, guarda armonía  con  los  artículos  104  del  Código  Penal y 43 del Código de Procedimiento  Penal,   preceptos   que   mencionan   como   titulares   de  la  acción  civil  exclusivamente  a  las  personas  naturales  o jurídicas “perjudicadas por el  hecho punible”.   

         Aunque  el  Tribunal  sugiere  que  la  falta  de  concreción de un  perjuicio  en la entidad demandante sería una razón adicional para rechazar la  demanda,  finalmente  concluye  que, de acuerdo con el numeral 8° del artículo  99  de la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia, sólo la Dirección  Nacional  de  Administración  Judicial  está  legitimada  para constituirse en  parte civil y no la Fiscalía General de la Nación.   

ARGUMENTOS DEL APELANTE:  

         El    abogado    impugnante    se    propone    hacer    valer   dos  perspectivas:   la primera, que la representación judicial de la Fiscalía  la  tiene  el  Fiscal  General  de  la  Nación;  y la segunda, que las personas  jurídicas  de  derecho  público también pueden sufrir daños morales y que de  esa   naturaleza   son   los  que  se  le  irrogaron  a  la  Fiscalía  en  este  caso.   

         En   cuanto   al   primer   tema,   el   apelante  sostiene  que  la  representación  asignada  al  Director Ejecutivo de Administración Judicial es  una  función eminentemente administrativa, como se infiere de la inserción del  artículo  99 en el capítulo correspondiente a la “Administración de la Rama  Judicial”  dentro  del  texto  de  la Ley Estatutaria de la Administración de  Justicia.   

         De  esta manera, el citado artículo 99 debe entenderse a la luz del  artículo  249  de  la  Constitución  Política,  precepto  según  el  cual la  Fiscalía  General  de  la  Nación  forma parte de la rama judicial, pero tiene  “autonomía   administrativa   y   presupuestal”.   Así  entonces,  lo  referente  a  la  administración  de  la  Fiscalía  se  desarrolla  de  manera  independiente  de las actividades propias del Consejo Superior de la Judicatura,  lo  cual  significa  que  aquella función administrativa prevista en el numeral  8°   del   artículo   99   no   comprende  el  funcionamiento  de  la  primera  institución.   

         En  sentir del profesional, cobra entonces vigor el artículo 22 del  Decreto  2699  de  1991, a cuyo tenor el Fiscal General de la Nación tendrá la  representación  de la entidad frente a las autoridades del Poder Público, y no  queda duda que la rama judicial hace parte de él.   

         En  relación  con  el  segundo  tema,  el  impugnante  dice que las  personas   jurídicas  de  derecho  público  pueden  sufrir  daños  morales  o  extrapatrimoniales,  dado  que  existen  una  serie  de  bienes no valorables en  dinero  pero  que están garantizados por la Constitución y las leyes civiles y  penales.   Tal  es  el  caso de la honra, la buena imagen y el buen nombre,  valores  que son distintos de los daños morales subjetivos y que tampoco pueden  confundirse  con  los  daños  materiales  surgidos  de  una  lesión  a un bien  extrapatrimonial.   

         Agrega  el  recurrente  que  el  delito  cometido  por  un  servidor  público,  en  ejercicio  de  sus  funciones,  además  de los bienes jurídicos  tutelados,   lesiona   los   valores   de   la   credibilidad   y  la  confianza  pública.    Por   lo   tanto,   la   comisión  de  un  delito  contra  la  administración  pública  ataca  de  manera “inmediata” la existencia misma  del  Estado,  y  de  modo  “inmediatísimo”  afecta  la  credibilidad de los  ciudadanos  en  sus  instituciones,  generándose  así un daño directo para la  entidad agraviada.   

         Arguye  también  que  en  la respectiva demanda sí se demostró la  existencia  de los perjuicios extrapatrimoniales, porque la señora Mercedes  Blandón,  compañera permanente  del  finado  Aquilino  Marín de los Ríos,  se  negó  a declarar ante la fiscalía y justificó su rebeldía  en  el  sentido  de que el fiscal acusado había recibido dinero para liberar al  homicida  de su compañero Bertulio Giraldo,  hecho  que  pone  en  evidencia la afectación de la credibilidad  como  perjuicio  sufrido  por la Fiscalía.  De esta manera, dice, quedaron  probados  los  daños  morales  y, en razón de su naturaleza, la valoración se  hizo conforme con el artículo 106 del Código Penal.   

         Tal  es la fundamentación exhibida por el impugnante para solicitar  la  revocatoria  de  la  providencia  apelada y, como obvia consecuencia, que se  admita la parte civil dentro del proceso.   

EXAMEN DE LA CORTE:  

         Es  cierto  que  el inciso 3° del artículo 249 de la Constitución  Política  le  concede  “autonomía administrativa y  presupuestal”  a la Fiscalía General de la Nación,  pero  antes  el  texto  se  cuida  de señalar que dicha entidad “forma  parte  de la rama judicial”.   Esta  última  previsión  tiene  su  sentido porque, no obstante la separación  funcional  nítida  entre  fiscales  y  jueces, la Carta mantuvo la unidad de la  rama  judicial,  razón  por la cual tanto de la Fiscalía como de los juzgados,  tribunales  y altas corporaciones se predica su pertenencia a esa rama del poder  público (Título VIII).   

         Frente  a  este  marcado espíritu constitucional de unidad, resulta  insuficiente   la  interpretación  exegética  que  el  recurrente  propone  en  relación  con  el  numeral  8°  del  artículo 99 de la Ley 270 de 1996, en el  sentido  de que la representación judicial adjudicada a la Dirección Ejecutiva  de  Administración Judicial es una mera función administrativa, que, como tal,  sólo  concierne  a  las  entidades  gobernadas  por  el  Consejo Superior de la  Judicatura    y    no    a   la   Fiscalía   que   en   esa   materia   ostenta  autonomía.   

         Para  preservar  la  integridad  y  el  carácter  sistemático  del  ordenamiento  jurídico,  como  se  lo propone la ratio  legis  del artículo 4° de la Constitución, conviene  acudir  a  una  visión  de  conjunto  y  también  teleológica tanto de la Ley  Estatutaria  de  la  Administración  de Justicia como de la norma en cuestión,  hermenéutica que se traduce en lo siguiente:   

         Respecto   de  la  administración  de  la  rama  judicial,  la  ley  estatutaria  prevé las funciones de la Sala Administrativa del Consejo Superior  de  la  Judicatura,  que  no  siempre  se refieren exclusivamente a los órganos  tradicionales  de  administración  de justicia (juzgados y corporaciones), sino  que  en  más  de  una  ocasión  involucran  también  el  funcionamiento de la  Fiscalía General de la Nación.   

         Así,  de  acuerdo  con el numeral 1° del artículo 85, el proyecto  de  presupuesto de la rama judicial lo elabora y lo presenta al Gobierno la Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior de la judicatura, aunque antecedentemente  debe incorporar el que proponga la Fiscalía General de la Nación.   

         De  otra  parte,  el numeral 28 del mismo precepto señala que dicha  Sala  llevará  el  control del rendimiento y gestión institucional de la Corte  Constitucional,  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  del  Consejo de Estado e  igualmente de la Fiscalía General de la Nación.   

         De   igual   manera,   conforme   con   el  artículo  87,  la  Sala  Administrativa  elabora  el  plan sectorial de desarrollo para la rama judicial,  que   deberá   ser   presentado  al  Gobierno,  pero  siempre  consultará  las  necesidades  y  propuestas  que tengan las entidades antes mencionadas (incluida  la Fiscalía).   

         Por  último,  el  artículo 88 reitera que la Fiscalía presenta su  proyecto  de  presupuesto  a  la  Sala  Administrativa para su incorporación al  proyecto  de  presupuesto  general  de  la rama, y será dicho órgano el que lo  haga  valer  ante  el  Gobierno  Nacional  para  su inclusión en el presupuesto  general de la nación.   

         Es  decir,  como  los  procesos judiciales pueden afectar positiva o  negativamente   el   presupuesto   de   la   rama   judicial,  se  ha  preferido  razonablemente  unificar  la  realización  del  respectivo  proyecto en la Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior  de  la  Judicatura, así se respeten las  proposiciones  que  sobre  la  materia  haga la Fiscalía General de la Nación,  gracias   a   la   autonomía  que  constitucionalmente  se  le  reconoce.    

         Esa  unificación  del  presupuesto de la rama judicial, con matices  respetuosos  del funcionamiento autónomo de la Fiscalía General de la Nación,  exigía   coherentemente  centralizar  la  representación  de  la  Nación-Rama  Judicial  en  los  procesos  judiciales  que pudieran afectarlo.  Esa es la  razón  para que se haya situado dicha función en la Dirección Ejecutiva de la  Administración  Judicial,  “órgano  técnico y administrativo que tiene a su  cargo  la ejecución de las actividades administrativas de la rama judicial, con  sujeción  a  las  políticas y decisiones de la Sala Administrativa del Consejo  Superior de la Judicatura” (art. 98).   

         El  hecho  de que por obra de un proceso judicial resulte un ingreso  o   un  gasto  que  pueda  incidir  en  el  presupuesto  de  la  rama  judicial,  concretamente  el  de la Fiscalía, no desdibuja la intervención representativa  del  Director  Ejecutivo  de la Administración Judicial, pues es asaz claro que  en  materia  presupuestaria siempre debe establecerse una coordinación entre la  Sala  Administrativa  del  Consejo  y  el  Fiscal  General,  aunque  la vocería  obligatoriamente corresponda a la primera.   

         Nótese,  además,  que  las  funciones  del  Director  Ejecutivo se  discriminan  por  legislador  estatutario  en  consonancia con el ámbito de las  mismas,  pues,  en relación con la gestión de los procesos judiciales, se dice  que  dicho  funcionario  representa  a  la Nación-Rama  Judicial,   por   sus   obvias  consecuencias  en  el  presupuesto  que  la  Sala  Administrativa  (no el fiscal) debe ventilar ante el  Gobierno  Nacional (numeral 8); y, con perspectiva diferente, en lo que atañe a  los   actos  o  contratos  que  deban  otorgarse  o  celebrarse  para  bien  del  funcionamiento  de  la  rama  judicial tradicional, sólo actúa en nombre de la  Nación-Consejo  Superior de la Judicatura  (numeral  3),  porque  en  la  Fiscalía  tal  actividad,  por ser  eminentemente  administrativa,  corresponde  al Fiscal General (Decreto 2699/91,  art. 22, num. 16).   

         Es  que  si se atiende cabalmente el contenido del título cuarto de  la  Ley  Estatutaria  de  la  Administración  de  Justicia,  dicha  función de  representación  en  los  procesos judiciales no es estrictamente administrativa  sino  de gestión, en el sentido más concreto de que la acción se realiza para  la  tramitación  de  un  asunto,  y  no  meramente  en función del cuidado que  concierne sobre el mismo.   

         De  modo  que,  acorde  con  el  encabezamiento del artículo 22 del  Decreto  2699, el Fiscal sí tiene la representación general de la entidad ante  las  autoridades  del  poder  público,  pero  la  gestión específica para los  procesos  judiciales  se  ha  reservado al Director Ejecutivo de Administración  Judicial, por mandato expreso de la respectiva ley estatutaria.   

         Ahora  bien,  esta tesis permanece invariable aún frente a la nueva  redacción  del artículo 149 del Código Contencioso Administrativo, modificado  por  el  artículo  49  de  la  Ley  446  de  1998,  pues, además de que sería  imposible  hacer  la  variación  de  una  ley  estatutaria  por medio de una de  carácter  ordinario,  el precepto se refiere concretamente a la representación  de   las   personas   de   derecho   público   en   los   procesos  contencioso  administrativos;  amén de que, cuando la misma norma menciona al fiscal general  y  otros funcionarios cabezas de entidades públicas como sus representantes, lo  hace  para  el caso de los actos que ellos expidan o los hechos que produzcan en  el  ejercicio de ese natural liderazgo.  De otra parte, el inciso 3° de la  referida  disposición reitera la regla de la representación de la Nación-Rama  Judicial    en    cabeza    del    Director    Ejecutivo    de   Administración  Judicial.   

         Así  las  cosas,  el  Fiscal  General  carece  de  la legitimación  procesal  para  actuar como parte civil en este proceso, pues la misma se radica  en  el  Director Ejecutivo de Administración Judicial, representante de la Rama  Judicial  en  los  procesos  judiciales,  representación  que,  al igual que el  órgano  representado,  funciona  por desconcentración (Const. Pol., art. 228 y  Ley 270/96, arts. 99-8 y 103-7).   

         En  este  sentido,  la  Sala  reitera  la opción por el dictado del  artículo  99 de la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia, tesis que  ya  había  sido  expuesta  en  el  auto  del 29 de mayo de 1996, de acuerdo con  ponencia  realizada  por  el  magistrado  Dídimo Páez  Velandia.   

         En  relación con la segunda cuestión propuesta por el apelante, es  decir,  la  existencia  de  perjuicios  extrapatrimoniales,  es  cierto  que las  personas  jurídicas  pueden  padecerlos,  verbigracia, cuando se afecta su buen  nombre  y  reputación,  mas  tales  consecuencias  sólo  son  estimables  como  detrimento  resarcible  cuando  amenazan  concretamente  su  existencia o merman  significativamente   su   capacidad   de   acción   en   el   concierto  de  su  desenvolvimiento  o  las  ponen  en  franca  inferioridad  frente  a otras de su  género  y  especie,  si  es  que  se  mueven  en  el ámbito de una competencia  comercial  o  de  la  prestación  de  servicios  apreciables  por la demanda de  usuarios.   

         Ni   pensar   en   la   modalidad   del  perjuicio  moral  subjetivo  (pretium doloris), porque por  su  naturaleza las personas jurídicas no pueden experimentar el dolor físico o  moral,  salvo  que  la  acción  dañina  se  refleje  en alguno de los socios o  miembros  o  en la persona del representante legal, caso en el cual la propuesta  de  reparación  deberá  hacerse  individualmente  por  quien  haya  sufrido el  daño.   

         En  relación  con  las  personas jurídicas de derecho público que  nacen  y  se  desenvuelven  por mandato y privilegio constitucional o legal, sin  necesidad  de un reconocimiento gubernativo de personería jurídica (caso de la  Fiscalía  General  de  la  Nación),  el  desprestigio  que  sus  servidores le  ocasionan  con algunas conductas desviadas hace parte de la naturaleza, gravedad  y  modalidades propios de cada delito (daño público), pero en manera alguna se  proyecta  en  un  menoscabo  particular  que ponga en peligro su existencia o la  disminuya  apreciablemente  en  su operatividad, porque, aun con la presencia de  funcionarios   corruptos,   la   actividad   estatal   no   puede  detenerse  ni  arredrarse.   

         Como  ese deterioro de la imagen de la institución pública, que se  produce  por la acción delictiva del servidor público, no puede deslindarse de  la  esencia  misma  del  hecho  punible,  ni  es extraño a los fines preventivo  generales  y  especiales  que  está llamada a cumplir la eventual pena, tampoco  será   posible   individualizar   un  perjuicio  que  justifique  el  ejercicio  simultáneo   de   una   acción   con   fines   compensatorios   como   es   la  civil.   

         En  efecto, de acuerdo con el sistema penal colombiano, la sola pena  está  determinada  para  recomponer el ordenamiento jurídico violado, y es esa  la  manera  principal como el Estado autoconstata su imperio y le confirma a los  ciudadanos  la  vigencia  de  las  instituciones y el derecho, además de ser un  modo  singular de recuperar la imagen comprometida no solo por el comportamiento  del  servidor  que  comete  un  delito  especial  o común, sino también por la  conducta  de  cualquier  particular  que  por  la  misma  vía  se  burla  de la  ley.   

         Gracias  a  la  regulación  del artículo 104 del Código Penal, en  relación  con  los  artículos  43, 48 y 56 del Código de Procedimiento Penal,  que   reseñan  y  hacen  énfasis  en  la  naturaleza  privada  de  la  acción  resarcitoria  (así  la  llegare  a  ejercer  un  ente  de derecho público), el  perjuicio  susceptible de reclamación por la vía unitaria del proceso penal no  sólo  debe ser real sino que debe connotarse como algo distinto a los fines que  atiende  la  acción  penal  (art.  24  C.  P.  P.).   Es  decir,  aquellas  pretensiones  que  apuntan  a  una  reposición  de  la imagen deteriorada de la  institución  agraviada,  como  se pregona en el caso, quedan satisfechas con el  desarrollo  del  objeto  principal  del  proceso  penal, como consecuencia de la  ordenación  o  reordenación  de  la  convivencia o de los fines colectivos y/o  estatales  que  se  buscan  con  la  pena,  sin  que sea procedente acudir a una  excesiva   y   extraña  compensación  monetaria  o  simbólica  que  no  puede  justificarse  en  otra  realidad  dañina  que  pueda  permanecer después de la  sanción  principal.   Cosa distinta es que ese efecto nocivo consustancial  al  delito  se  extienda  a  otras  personas o aún en el mismo titular del bien  jurídico,  después  de  presupuestada la pena, como ocurre patéticamente, por  ejemplo,  con  el  ciudadano  que es víctima de una exacción por la vía de un  injusto     de     concusión     (atentado     contra     la    administración  pública).   

         Es  suficiente la argumentación dispuesta para declarar que ha sido  rechazada  razonablemente  la  demanda  de  constitución  de parte civil por el  a  quo, tanto en virtud de la  falta    de    personería    para    actuar   en   el   proceso   (legitimatio   ad   processum),  como  por  carencia  de legitimación en la causa (ausencia de presentación verosímil del  perjuicio).   He ahí el fundamento de la confirmación que se entregará a  la providencia impugnada.   

         Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

         Confirmar  el  auto fechado el 18 de marzo  de  1998,  con las aclaraciones dispuestas en la motivación, por medio del cual  el  Tribunal  Superior  de  Manizales  rechazó  la constitución de parte civil  propuesta  por  el  apoderado  especial  constituido por el Fiscal General de la  Nación,  por  carecer  la  entidad  demandante  de  legitimación para actuar y  también en la causa.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE  ENRIQUE  CÓRDOBA  POVEDA    CARLOS A. GALVEZ ARGOTE   

EDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                            CARLOS  E. MEJÍA  ESCOBAR                    

DÍDIMO    PAEZ    VELANDIA                                                     NILSON          PINILLA  PINILLA                          

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.  

    

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