13882d

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 13882  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 33  

          Santafé  de  Bogotá,  D.  C.,  nueve  de  marzo de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS:  

          Se  pronuncia  la  Sala  sobre  la  admisibilidad  de  la demanda de  casación  presentada  por  la defensora del procesado EFRAIN VIVEROS FILIGRANA,  en  contra  de  la  sentencia  del  2  de  mayo de 1997, por medio de la cual el  Tribunal  Nacional condenó al acusado a la pena principal de setenta y dos (72)  meses  de  prisión  y  multa por valor de ciento veinte (120) salarios mínimos  legales mensuales, como autor del delito de rebelión.   

          Se  procede  de conformidad con los artículos 220 y 225 del Código  de Procedimiento Penal.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

          Según  se  ha determinado en el fallo impugnado, el imputado EFRAIN  VIVEROS  FILIGRANA,  en  la  década  de  los  años  70, se vinculó al Partido  Comunista  Marxista  Leninista  y  después  ingresó  al  movimiento insurgente  Ejército  Popular  de  Liberación  (E.  P.  L.),  desde  entonces liderado por  FRANCISCO  CARABALLO.  Pues bien, dentro de las actividades propias de esta  agrupación    subversiva,   el   reclutado   Viveros  Filigrana,  ya  en  la  década  de  los  años 80, es  enviado  al  Alto  San  Jorge y después comienza a realizar una serie de tareas  tales  como  la  integración  al Comando Nacional del grupo irregular (abril de  1986);  directivo  en  una  reunión  del  Comité Central del Partido Comunista  Leninista,   Línea   Francisco  Caraballo  (diciembre  13  de  1990); asistencia al XIII Congreso del Partido  Comunista  Marxista  Leninista celebrado en Villa del Mar (Atlántico), dirigido  por  Caraballo,  en  el cual  éste  es  designado  como  primer  comandante  del  Estado  Mayor  y  aquél su  suplente,  y  además  se  acuerda  apoyar  a  las  FARC,  el  E.  L.  N. en los  propósitos revolucionarios y reclutar adeptos.   

          La  información  examinada  por  el Tribunal señala que si bien el  imputado   se   dedicaba  regularmente  a  las  actividades  sindicales  en  los  departamentos  de  Antioquia, el Valle, y los de la Costa Atlántica, ellas a la  vez  servían para encubrir su papel de ideólogo de la mencionada organización  subversiva.   

          Estos  hechos  fueron  investigados  por  un fiscal de la Dirección  Regional  de  Fiscalías  de Barranquilla, el cual ordenó la captura y recibió  indagatoria  al  imputado Viveros Filigrana  (fs.  76-83, cuaderno 1).  Después, por medio de resolución  del  10  de  marzo  de  1994,  dispuso  en  su contra medida de aseguramiento de  detención  preventiva  por  el  delito  de  rebelión (fs. 159-165 idem).   

          Cumplido  el trámite propio del cierre de investigación, el fiscal  instructor  dictó resolución de acusación el 25 de octubre de 1994, decisión  que  lo  convoca  por  el  hecho  punible  antes  mencionado, de acuerdo con las  previsiones   del  artículo  1°  del  Decreto  1857  de  1989,  convertido  en  legislación  permanente por el artículo 8° del Decreto 2266 de 1991 (cuaderno  2,  fs. 205-220).  Esta acusación fue confirmada por la Fiscalía Delegada  ante  el  Tribunal  Nacional,  por medio de resolución fechada el 31 de mayo de  1995,  después  de  desatar  la  apelación  propuesta  por  el  procesado y su  defensor (cuaderno Fiscalía Segunda Instancia, fs. 38-54).   

          Asumió  el  conocimiento  de la causa un Juez Regional de la ciudad  de  Medellín,  funcionario  que dictó sentencia condenatoria el 18 de junio de  1996,  por la cual impone al acusado la pena principal de 72 meses de prisión y  multa  en  cuantía  de 120 salarios mínimos legales mensuales (cuaderno 3, fs.  633-691).    Por   vía   de   consulta,   esta   decisión  es  confirmada  integralmente    por    el    Tribunal    Nacional   en   el   fallo   recurrido  extraordinariamente,  después  de  que  se  declarara  desierto  el  recurso de  apelación interpuesto (cuaderno 2ª instancia, fs. 36-46).   

EXAMEN FORMAL DE LA DEMANDA:  

          Aunque  la defensa malogró el recurso de apelación en contra de la  sentencia  de  primer  grado,  lo  cierto  es que ésta fue revisada por la vía  jurisdiccional  de  la  consulta,  grado de conocimiento que permite al superior  funcional  examinar  la  decisión  sin  limitación alguna, razón por la cual,  como   juicio  ex  ante,  se  entiende  que  el  fallo  del  tribunal comprometía integralmente la situación  judicial   del   procesado,   bien   para   mantenerla   ora  para  mejorarla  o  agravarla.   Esto  pone  en  evidencia  la  legitimación  en la causa para  recurrir en casación, a pesar del menosprecio de la apelación.   

          En  contra  de la sentencia impugnada, la abogada demandante plantea  dos  cargos  de  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial, el primero como  presunto error de hecho y el segundo como error de derecho.   

          1.   Pues  bien,  las inconsistencias y confusiones aparecen de  entrada,  dado que, en relación con la primera censura, basta la transcripción  de la siguiente parte del libelo:   

          “Sobre  la  base  de esas consideraciones jurisprudenciales arriba  transcritas,  basaremos  nuestra demanda, teniendo en cuenta que la modalidad de  violación  indirecta  de  la  ley que aquí se presentó recae fundamentalmente  sobre    la    omisión    o    ignorancia   de   la  prueba,   es   decir  la  registrada  en  el  literal  c  de  la  jurisprudencia  referida,  en  la medida en que el juzgador, al valorar  las  pruebas  existentes en el proceso, lo que hizo fue  tergiversar  o  distorsionar  su contenido,  lo cual conllevó a que contra él, necesaria y obligatoriamente,  se  dictara  una  sentencia  condenatoria,  simplemente  porque  se  presumió,  a  partir de las declaraciones,  tanto  del  testigo  de  identidad reservada, como también de los oficiales del  Ejército  Nacional,  su responsabilidad en un reato endilgado por ellos” (fs.  64.  Se ha subrayado).   

          Es  evidente  el  contrasentido:   se  dice inicialmente que el  fallador   omitió   la  prueba  señalada,  pero  después  se  afirma  que  el  funcionario  sí  valoró  “las pruebas existentes en el proceso”, sólo que  en  ese  tratamiento distorsionó su contenido.  La demandante no alcanza a  precisar   claramente   si   el  agravio  se  recibió  en  realidad  porque  el  sentenciador    ignoró    u   omitió   la   prueba   señalada   (falso  juicio  de  existencia),  o  si  se  produjo   por  la  tergiversación  del  contenido  de  la  misma  (falso  juicio  de  identidad).   Para  poder   desfigurar   los   datos  probatorios,  lógicamente  es  necesario  que  previamente se hayan invocado y estimado.   

          Ahora  bien,  la  actora  tampoco  explica  en  qué  consistió  la  distorsión   del   contenido  probatorio,  es  decir,  si  imaginativamente  el  sentenciador  le  hizo mutilaciones o agregados; y, en todo caso, no se entiende  el  sentido  en  el que utiliza la expresión “valorar las pruebas”, pues de  pronto  parece  referirse  a  esa  tarea  inicial  de  referencia  y estimación  material   de   los  medios  de  convicción,  oportunidad  en  la  cual  pueden  presentarse  supresiones o añadidos al contenido fáctico; pero, más adelante,  matiza  la  inconformidad  con  discrepancias  sobre el mérito otorgado por los  falladores  a  dichas  unidades de información, acto en el cual, más allá del  compuesto   material   de   la   prueba,   se   avanza   en   juicios  de  valor  empírico-racionales  que  muestran  la  virtud o inidoneidad demostrativa de la  misma.   

          En  síntesis,  como  segunda falencia, la demanda no es clara sobre  el  propósito  de  hacer ver un error en el tratamiento material de la prueba o  serios  vacíos  en  los juicios de valor correspondientes al método de la sana  crítica.   

          En  el  mismo apartado transcrito, se dice que el tribunal presumió  la  responsabilidad,  a partir de ciertos testimonios, incluido el del deponente  de  identidad  reservada, pero no se capta si el clamor de la afirmación es que  dichas  pruebas  no  suministraban  la  suficiente  base  fáctica para hacer la  inferencia     de    responsabilidad    (error    de  hecho),   o   si   carecían  de  los  requisitos  de  existencia,  validez  o  eficacia  que  habilitaran  al  mismo fin (error de derecho).   

          Se  queja  igualmente  por  la  “credibilidad  absoluta”  que el  tribunal  le  concedió  a  los  testimonios  de  dos  oficiales  del  Ejército  Nacional,   apoyados   por   el   testigo   de  identidad  reservada,  pues  son  declaraciones   que  sólo  ponen  en  entredicho  las  reales  actividades  que  desempeñaba  el  procesado.   Como en la demanda no existe un desarrollo y  una  demostración satisfactorias de esta inquietud, tampoco es posible saber si  la  impugnante  quiere  decir que la valoración probatoria fue autoritaria y no  racional;  o  si  es  que  no comparte la ponderación hecha por los juzgadores,  aunque  ni  siquiera  indica cuáles serían las alternativas de examen crítico  más  loables,  pues,  de todas maneras, dicha pretensión ya estaría vedada en  casación   porque   allí  no  se  señalan  errores  relevantes  que  lastimen  protuberantemente   la   aplicación   de  la  ley  sino  meras  diferencias  de  criterio.   

          Aduce  la  abogada  que  las pruebas que demuestran la inocencia del  procesado  “fueron  valoradas  de  manera  diferente”  a lo que con ellas se  pretendía,  pero  ni  siquiera intenta traer a colación el raciocinio que hizo  el  tribunal  sobre  ellas,  con  el  fin  de  integrar  de esa manera la razón  suficiente  del  ataque,  amén  de  que  una  vez  más  perfila  el inadecuado  propósito  de rediscutir en casación las hipótesis explicativas racionalmente  dispuestas por el fallador de instancia.   

          Es   más,   la   recurrente   se  refiere  a  unos  documentos  que  “demuestran”   la  imposibilidad  física  de  que  el  procesado  cumpliera  actividades  subversivas  o, en todo caso, que “constituyen plena prueba” de  su  no  responsabilidad;  pero  queda  en vilo la argumentación cognoscitiva de  estas  conclusiones,  pues, como nada se dice sobre el particular en la demanda,  ellas sólo se afirman genéricamente como peticiones de principio.   

          2.   El  segundo  cargo atañe a un error de derecho como falso  juicio  de  convicción,  dado  que  el tribunal les dio toda credibilidad a las  declaraciones  de los oficiales del Ejército, pero no ocurrió lo mismo con las  pruebas   documentales   aportadas   tanto   por   el   procesado  como  por  la  defensa.   

          Como  la  censora  parte  de  la  invocación  de  que  a  la prueba  exculpatoria  se  le  ha  negado el valor que la ley le asigna, es bueno aclarar  que  en  el  Estatuto  Procesal  Penal  Colombiano no existen predeterminaciones  legales  del  mérito  de  los  medios de convicción (tarifa legal), porque por  regla  general  su  valoración  queda  librada  al método de la sana crítica,  según  el  cual  cuenta  el  uso  racional  de las reglas de la lógica y de la  experiencia  común  y  científica,  más  como  cuestiones  fácticas que como  adjudicaciones  de  lo  que previamente ha establecido una norma jurídica (art.  254 C. P. P.).   

          Ahora  bien,  la demandante no aporta las razones del disenso.   Es  decir,  la  Corte  no  puede  adivinar  si la socorrida prueba documental ni  siquiera   fue   relacionada   en   el   fallo   para  examinarla  (falso  juicio de existencia), o simplemente  a  la  abogada no le gustó la valoración que de ella se hizo en las instancias  (crítica  racional).   Entre   otras   cosas,  porque  si  se  supone  que  dichos  medios  probatorios  documentales    eran    completamente   desincriminatorios,   como   lo   afirma  apriorísticamente   la   demanda,   el   deber  del  juzgador  era  ponderarlos  conjuntamente  con  los  que  evidenciaban  cargos, caso en el cual resultaba un  imposible  lógico  poner  en  el  mismo nivel de credibilidad lo que se observa  francamente  antípodo.  Entre las hipótesis explicativas alternativas que  suministraban  ambos  grupos  de prueba, el sentenciador, después de un proceso  de  evaluación  racional,  acudió a una elección práctica cuyo mérito no ha  sido desvirtuado por la actora.   

          Es   importante   que  la  demanda  se  convierta  en  un  documento  autosuficiente,  de  tal  manera que su texto indique cuáles fueron las razones  para  haberle  concedido  valor  suasorio  a  los testimonios de cargo y no a la  prueba  de  descargo, pues sólo así podrá ponerse en evidencia si el tribunal  quebrantó absurdamente las reglas de la sana crítica.   

          Por   último,   la  memorialista  invoca  al  garete  la  casación  discrecional,  como  audaz  manera  de  tratar de poner a salvo las deficiencias  formales  evidenciadas  en  el  desarrollo del recurso original, pero ya se sabe  que  no  es  esta  la  oportunidad  para  justificar lo que desde un comienzo se  debió  presentar  como  excepcional,  máxime  que la pena dispuesta legalmente  para el delito de rebelión no permite tal opción sino la común.   

          Por  falta  de  claridad  y  precisión  en  los  fundamentos  de la  demanda,  se rechazará de plano, a la vez que se declarará desierto el recurso  concedido.   

          Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

          Rechazar      in     limine  la  demanda  de casación presentada en favor del procesado EFRAIN  VIVEROS  FILIGRANA.   En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  concedido por el Tribunal Nacional.   

          De  conformidad  con  los  artículos  197  y  226  del  Código  de  Procedimiento Penal, esta decisión no está expuesta a recursos.   

          Cópiese, comuníquese y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE  ENRIQUE  CÓRDOBA  POVEDA    CARLOS A. GALVEZ ARGOTE   

EDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                            CARLOS  E. MEJÍA  ESCOBAR                    

DÍDIMO    PAEZ    VELANDIA                                                     NILSON          PINILLA  PINILLA                          

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.     

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