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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 12939  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 199  

          Santafé  de  Bogotá, D. C., quince de diciembre de mil novecientos  noventa y nueve.   

VISTOS  

          Examina  la Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  y  sustentado  por  el  defensor  del  procesado  LUIS  MANUEL ARRIETA RAMOS (a.  “revolvito”),  quien  fue  condenado  en  segunda  instancia por el Tribunal  Superior  de  Montería,  según  sentencia fechada el 17 de septiembre de 1996,  por  medio  de la cual se impuso al acusado la pena principal de diez (10) años  de prisión, como autor del delito de homicidio simple.   

          Ha   conceptuado  desfavorablemente  a  la  pretensión,  el  señor  Procurador Primero Delegado en lo Penal.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          El  día  21  de noviembre de 1991, aproximadamente a las 7:00 horas  de  la  mañana,  se hallaba OLIBARDO JOSÉ MERCADO CALDERA en un kiosco situado  en  la  vereda  “Guaimarito”  del  municipio  de Sahagún (Córdoba), cuando  llegó  al  mismo  lugar  LUIS  MANUEL  ARRIETA  RAMOS, al mando de su vehículo  campero     “Daihatsu”,    acompañado    de    su    esposa    Lucinda  Bedoya  Delgado  y  su hija menor  Vianny     Juliany    Arrieta    Bedoya,  mas,  como entre los dos varones existían desacuerdos anteriores  como  colindantes  que  ellos  eran  de  fincas  en  la región, se suscitó una  discusión  que  derivó  en  enfrentamiento físico, porque mientras el segundo  exhibió  un  revólver,  el  primero  esgrimió  un machete, momento en el cual  éste  recibió  dos  (2)  impactos de arma de fuego que dieron al traste con su  vida  tres (3) días después de haber sido internado en el hospital regional de  la  ciudad de Sincelejo, al paso que resultó dañado el vidrio de la portezuela  izquierda    del    automotor    por    un   golpe   propinado   con   el   arma  cortocontundente.   

          La  investigación  fue  iniciada por el entonces Juzgado Catorce de  Instrucción  Criminal,  radicado  en  Sahagún,  despacho  que,  en  principio,  vinculó  por  medio  de indagatoria a los cónyuges LUIS MANUEL ARRIETA RAMOS y  LUCINDA  MARÍA  BEDOYA  SALGADO,  pues  en  el  interior  del  vehículo fueron  hallados  dos  (2)  revólveres  y  se  anunciaba  que  la  dama también había  disparado (cuaderno original 1, fs. 8, 26 y 30).   

          Por  medio  de auto fechado el 2 de diciembre de 1991, el instructor  ordenó  la  detención  preventiva,  sin beneficio de excarcelación, en contra  del  sindicado  Luis  Manuel Arrieta Ramos,   pero   a   la  vez  se  abstuvo  de  decretar  igual  medida  de  aseguramiento  en  relación  con  su  esposa  Lucinda  María Bedoya Salgado (C. 1, fs. 56).   

          En  sendos  autos  se  admitió como parte civil a las señoras RUBY  DEL  CARMEN  GUERRERO ORTEGA y TERESA DE JESÚS GALVÁN RACERO, atendidas por el  mismo  abogado,  en  representación  de  sus  hijos  menores  procreados con la  víctima (C. 1, fs. 118 y C. 2, fs. 34).   

          Cerrada  la investigación, la juez instructora calificó el mérito  sumarial  el  20  de  marzo  de  1992,  por  medio de resolución acusatoria que  profirió   en  contra  del  procesado  Arrieta  Ramos  por  el  delito de homicidio simple, de acuerdo con la  previsión  del artículo 323 del Código Penal, que prevé una pena de prisión  de  diez  (10)  a quince (15) años, mas también ordenó cesar procedimiento en  favor   de   la   sindicada   Lucinda  María  Bedoya  Salgado  (C. 2, fs. 34 y 109).  Tal decisión fue  impugnada  por  el  procesado, su defensor y el abogado de la parte civil, éste  último  sólo en relación con la cesación de procedimiento, pero la misma fue  confirmada  integralmente  la  Unidad  de Fiscalía ante el Tribunal Superior de  Montería,  según  providencia  fechada  el  23  de  julio  de  1992  (cuaderno  Fiscalía 2ª instancia, fs. 61).   

          Asumió  el  conocimiento  del  juicio el Juez Penal del Circuito de  Sahagún,   funcionario  que  practicó  algunas  pruebas  dentro  del  acto  de  audiencia  pública  y, por medio de sentencia fechada el 12 de febrero de 1993,  absolvió  al  procesado,  en  razón  de que no era clara la causa de la muerte  infligida a la víctima (C. 3, fs. 1, 33-98 y 99).   

          Apelado  el  fallo  de primer grado por el representante de la parte  civil,  el  Tribunal  Superior de Montería revocó la absolución y condenó al  procesado  a  la  pena  principal de diez (10) años de prisión, como autor del  delito  de  homicidio  simple,  según  decisión adoptada el 18 de mayo de 1993  (cuaderno Tribunal, fs. 15).   

          Interpuesto  y  sustanciado debidamente el recurso extraordinario de  casación,  la  Corte  decidió casar el fallo demandado, por medio de decisión  proferida  el  6  de  julio  de 1995, en el sentido de decretar la nulidad de la  sentencia   acusada,   con   el   fin  de  que  el  Tribunal  hiciera  un  nuevo  pronunciamiento  de  segunda instancia que recogiera “el análisis íntegro de  la  prueba  y  del debate, y la respuesta de las alegaciones defensivas”, pues  el  ad  quem había ignorado  completamente  lo  ocurrido  en el curso de la audiencia pública (Corte Suprema  de Justicia, C. 1, fs. 44-72).   

          El  Tribunal  dictó  nuevo fallo de segundo grado, fechado el 17 de  septiembre  de  1996, oportunidad en la cual revocó la sentencia absolutoria de  primera   instancia   y,   en   lugar,   condenó   al   procesado  Luis   Manuel  Arrieta  Ramos  a  la  pena  principal  de  diez  (10)  años de prisión, como autor del delito de homicidio  previsto  en  el  artículo  323  del  Código Penal.  Le impuso además la  sanción  accesoria  de  interdicción de derechos y funciones públicas, por un  término  de  cinco  (5)  años;  negó al acusado el subrogado de la condena de  ejecución  condicional  y ordenó su captura; le situó la obligación de pagar  los  perjuicios ocasionados en cuantía de dos mil trescientos (2.300) gramos de  oro;  y,  finalmente,  ordenó  copias  para investigar las presuntas falsedades  consignadas   en   la   sentencia   de  primer  grado  (cuaderno  Tribunal,  fs.  139-174).   

LA DEMANDA  

          El  censor  acoge  la  causal  primera  de  casación prevista en el  artículo  220  del  Código  de Procedimiento Penal, con el fin de reprochar al  fallo  del  Tribunal  Superior  de  Montería una violación indirecta de la ley  sustancial,  en  vista  de la aplicación indebida del artículo 323 del Código  Penal  y  la  falta  de  aplicación  del  artículo  29,  numeral  4  del mismo  estatuto.   Tal transgresión se produjo por error de hecho “manifiesto y  trascendente”,  en  relación  con algunas pruebas que fueron ignoradas, otras  supuestas  y  unas  más que se vieron tergiversadas por agravio a las reglas de  la sana crítica.   

          En  subsidio,  el actor reclama el reconocimiento de un exceso en la  legítima   defensa,   de   conformidad   con   el   artículo  30  del  Código  Penal.   

          1.   En  cuanto  a la petición principal, el demandante expone  cómo  el  Tribunal  “desvirtúa  totalmente”  la  inspección  judicial que  demuestra  la  ruptura  del  vidrio  de  un  “campero  grande”,  por acción  violenta  de  la  víctima  que  se lanzó sobre el procesado con una peinilla o  machete,  razón por la cual éste no tuvo alternativa distinta a la de disparar  el  arma  de  fuego  para defender su vida, la de su esposa y su hija.  Tal  desfiguración   de   la  mencionada  prueba  ocurrió  porque  el  ad  quem  supuso  que  los  daños  en  el  automotor  habían  ocurrido después de los hechos, de pronto porque así se lo  había  dicho  el acusado a uno de los policiales que atendió el procedimiento,  cuando  debió  tenerse  en  cuenta  lo  expresado  en la indagatoria y no en el  informe  policivo,  conforme  con  el artículo 296 del Código de Procedimiento  Penal.   

          Aduce   que   se  desconoció  completamente  la  necropsia,  prueba  médico-legal  que  indica  cómo  el  lesionado  recibió  el disparo “en las  axilas”,  lo  cual  pone  en evidencia que fue impactado en el preciso momento  que  alzó  el  brazo para atacar violentamente al procesado, motivo por el cual  éste  no  tuvo  alternativa distinta a la de dispararle para defender su vida y  la de su familia.   

          El   Tribunal   ha   desfigurado  los  testimonios  de  Víctor   Acosta   Hoyos   y  Teófilo    Alberto    Peñate   Alvarez,  recibidos  en la audiencia pública, quienes fueron testigos presenciales de los  hechos  y  declararon  en  favor  del  procesado.   Uno  y  otro deponentes  aseveran   que   Olibardo   José   Mercado   Caldera  tomó  la  iniciativa  en  el ataque y golpeó con una  “rula”  el vehículo del señor Luis Manuel Arrieta  Ramos,  quien  se desplazaba por el lugar, dañándole  de  esta  manera  el  espejo  retrovisor  y  el  vidrio  de  la puerta delantera  izquierda, momento en el cual se escucharon los disparos.   

          Dichos  deponentes  explican que el procesado detuvo su vehículo en  el  lugar,  debido  a que otro automotor estaba atravesado en la vía e impedía  su  paso,  oportunidad  que  aprovechó  Olibardo José  Mercado  Caldera para comenzar a insultarlo y después  “se  le  abalanzó  con  peinilla  en  mano  rompió la puerta, el vidrio y el  procesado  no le quedó otra alternativa que dispararle”.  En cuanto a la  referencia  del carro que obstaculizaba el tráfico, los testigos cuentan con el  aval    de    los    agentes    de    policía    que    intervinieron   en   el  procedimiento.   

          El  fallador  rechaza  dichas  declaraciones con el argumento de que  llegaron  tardíamente  al proceso (un año después de los hechos) y además se  le  ocurrieron  fantasiosas,  cuando  en  realidad ellas fueron recibidas “con  todos  los  requisitos  del  procedimiento”  dentro  de la audiencia pública,  pues,  si  esto  fuera irregular, no tendría sentido la práctica de pruebas en  el  curso  de  tan  fundamental  acto.   Por  otro  lado,  el testimonio de  Teófilo   Alberto   Peñate   Alvarez   había  sido  solicitado  por  el  defensor 22 días después de los  hechos,  y  también  alcanzó  a  ser  ordenado  por la juez de instrucción en  auto  del 23 de diciembre de 1991.   

          Los  mencionados  testimonios  son  los únicos creíbles, según lo  cree  el  impugnante,  dado  que  armonizan  con  otras pruebas, entre ellas, la  inspección  judicial  practicada  al  automotor,  el  testimonio  de   los  agentes  de policía Alberto Valencia Muñoz y Fidencio  Román  Tovar  Trujillo, quienes atendieron el caso, y  el    del    particular    Orlando    Manuel   León  Cantillo,  medios  probatorios  que  dan  cuenta de la  ruptura  del  vidrio  y el hallazgo de trozos del material en el suelo.  De  modo  que,  según  lo  expone  el  actor,  también los tres testimonios que se  mencionan  fueron  ignorados  en la sentencia y el Tribunal violó de contera el  artículo  254  del  Código  de  Procedimiento  Penal, norma según la cual las  pruebas  deberán  ser  apreciadas  en  conjunto y conforme con las reglas de la  sana crítica.   

          Expone  que  si  las  versiones de Acosta y  Peñate  no  fueran  tan  importantes para explicar la  conducta  del  procesado  el  día  de  los hechos, entonces la Corte no hubiera  anulado   la   sentencia   de   segundo   grado   para  que  fueran  tenidos  en  cuenta.   

          El      ad      quem      siempre  ocultó  lo relativo a los pedazos de vidrio hallados en el  piso  a la hora de la inspección judicial, y el ataque frontal al procesado que  de  tal  huella  se  deriva,  porque  de  esta  manera quedaba acreditado que en  realidad  la  víctima  atacó  al procesado y a su familia, actitud frente a la  cual  al  agredido  sólo le quedaba la oportunidad de defenderse legítimamente  con uno de los revólveres que llevaba dentro de su automotor.   

          En  relación  con  los  testimonios  de  cargo rendidos por ARGELIO  JOSÉ  ARRIETA PÉREZ y GABRIEL ANTONIO ALGARÍN ARRIETA, el recurrente dice que  es  absurdo  creer  en  dichas  versiones,  orientadas  a mostrar que el acusado  llegó  hasta  el  kiosco  a  provocar a la víctima, pues resulta imposible que  aquél  asumiera  tal  actitud para poner en riesgo a su esposa y su hija, a esa  hora  de  la  mañana  cuando  iba  rumbo  a  su  finca, máxime que existía su  prevención  por  las  confrontaciones  anteriores  con  la  familia de finado y  “precisamente   el   procesado   presentó   denuncia   penal   en  contra  de  ellos”.   

          No  es verosímil que si el procesado amenazaba a la víctima con un  revólver  desde  el interior de su vehículo, entonces ésta se hubiera lanzado  como  un  “superhombre”  sobre  él  con  un  machete.   La  lógica  y  elemental  reacción  del  amenazado  con  arma  de  fuego  era  la  de correr o  alejarse, pero nunca exponerse como lo dicen los testigos de cargo.   

          Pero  los  testimonios  de  acusación  ni  siquiera  son contestes,  porque    el   testigo   Gabriel   Antonio   Algarín  Arrieta admite que, en el desarrollo de la discusión,  Olibardo Mercado “le dio un  planazo  al  carro”,  antes  de  que  se  escucharan las detonaciones, lo cual  significa  que tal deponente sí reconoce un ataque previo de la víctima que no  ha    sido    aceptado    igualmente    por    el   testimoniante   Argelio José Arrieta Pérez.   

          Por  otra  parte,  las  versiones  incriminatorias son todavía más  sospechosas    si   se   tiene   en   cuenta   que   el   testigo   Argelio  José  Arrieta  Pérez  era amigo  íntimo  de la víctima, dado que crecieron juntos en la misma región, y uno de  esos  dos  testimoniantes, el día de los hechos, también atacó con un garrote  al  procesado,  según  lo  dicen  las  personas  que declararon en la audiencia  pública.   

          No  le  parece  al demandante razonable el rechazo del testimonio de  la  menor  Vianny  Juliany  Arrieta Bedoya,  quien  expuso  que  la  víctima rompió el vidrio e introdujo el  machete  al  interior del vehículo, tratando de degollar a su padre, pues dicha  versión  coincide  con  las  explicaciones  del procesado y las demás pruebas,  dado  que  si bien ninguno de los ocupantes resultó lesionado, ello se debió a  que el conductor repelió oportunamente el ataque con su revólver.   

          Tras  hacer  la distinción entre “provocar” y “agredir”, en  el  sentido  de  que  la  primera conducta comporta apenas estimular o excitar a  otro,  mientras  que la segunda significar realizar cualquier acción u omisión  que  implique  daño  a otra persona, el recurrente expone que los protagonistas  en  este  caso  “se provocaron”, pues aún los testigos de cargo admiten que  hubo  discusión  entre  ellos,  sólo  que  la  reacción  de  la  víctima fue  desproporcionada  y  por ello el victimario tenía derecho a actuar en legítima  defensa.   En  efecto,  el procesado solamente exhibió su revólver dentro  del  automotor,  sin  agredir a la víctima, pues si hubiera querido hacerlo, de  una vez le dispara.   

          No  es  posible determinar, como lo hizo el Tribunal, que el día de  los   hechos   el   acusado   quería   matar  premeditadamente  a  Olibardo  Mercado  Caldera, pues se opone a  tal  propósito la existencia de denuncias anteriores del procesado en contra de  la  familia  de la víctima, por los daños que le causaban en su heredad y a su  ganado,  amén de que si así fuera, en tal fecha no se hubiera hecho acompañar  de  su  familia  sino de los trabajadores que ya regularmente lo hacían por los  pleitos  planteados.   En este sentido, el fallador ignoró los testimonios  de  Alfonso  Salgado Causil y  Jairo  Ayus, las personas que  en  algunas  ocasiones  acompañaban  al  procesado  a  su  finca,  así como la  versión  del  médico  veterinario  Quimio César Luna  Palomino,  quien  en  más  de  una  ocasión le tocó  tratar  a  algunos  bovinos  de propiedad del acusado, precisamente en razón de  las heridas ocasionadas por sus vecinos.   

          Acoge  el  actor  el  concepto  rendido  por  el  Procurador Tercero  Delegado  en  lo  Penal,  dentro del trámite del anterior recurso de casación,  según  el  cual  las  cosas  no pueden situarse dentro de los parámetros de un  “pretexto  de  legítima defensa”, pues, si bien es forzoso aceptar que hubo  un  reclamo  de  parte  del  procesado, el mismo no tenía la entidad suficiente  para    legitimar    la    reacción    del   presunto   ofendido,   armado   de  machete.   

          Sostiene  también  el  censor  que  en la definición de este caso,  debe  estarse  a  lo  dicho  por  el procesado en la indagatoria y en el acto de  audiencia  pública, pues, además de que lo respaldan los testimonios recibidos  en  la misma diligencia, la inspección judicial, el dictamen de necropsia y las  demás  pruebas  antes  resaltadas,  tampoco  el  Tribunal tuvo en cuenta que se  trata  de  un ejemplar padre de familia y un reconocido ganadero que ha hecho su  fortuna a costa de un intenso trabajo en la región.   

          Finalmente,   el   demandante  resume  la  presencia  de  todos  los  elementos  de la legítima defensa:  necesidad de defensa, agresión actual  e  inminente,  violencia  injusta  y defensa proporcionada a la agresión.   Agrega  cómo  aún  si se admitiera que el procesado provocó a la víctima con  insultos,  la  reacción  de ésta fue “notoriamente desproporcionada”, pues  le quedaba fácil evitar el enfrentamiento.   

          2.   Como  petición  subsidiaria,  el  demandante  propone  el  reconocimiento  del exceso en la legítima defensa, conforme con el artículo 30  del  Código  Penal,  con  el  fin  de  que  el procesado acceda a la condena de  ejecución  condicional,  ya  que  se  trata de un hombre de sanos antecedentes,  ganadero  próspero,  buen  padre  de  familia  y  que desgraciadamente tuvo ese  encuentro casual con uno de sus “eternos enemigos”.   

CONCEPTO DEL PROCURADOR  

          Opina  el  Procurador Delegado que la censura no puede prosperar por  dos razones básicas:   

          1.   En  relación  con  los  presuntos  errores de hecho en la  apreciación  de  la  prueba,  el  ataque no precisa de qué manera y porqué el  fallador  omitió pruebas fundamentales que obran en el proceso (falso juicio de  existencia  por omisión), o supuso otras que materialmente no se contaban en el  legajo  probatorio  (falso  juicio de existencia por suposición).  Tampoco  demuestra  el  actor  la  violación  a las reglas de la sana crítica, tras una  supuesta  tergiversación de medios probatorios que tampoco hace evidente (falso  juicio de identidad).   

          2.   En  el  fondo,  el  libelista  simplemente  contrapone  su  criterio  al  análisis  y  valoración  que  el juzgador hizo de las siguientes  pruebas:   indagatoria  de  Luis  Manuel  Arrieta  Ramos,  inspección  judicial  practicada  al  campero  Daihatsu  de  placas PS-8491, en la cual se determinan los daños ocasionados en  la   puerta   delantera   izquierda,   y   las   declaraciones  de  Argelio  José  Arrieta  Pérez,  Gabriel  Antonio  Algarín, Vianny  Arrieta Bedoya, Jairo Ayus y Luis Alfonso Salgado.   

          Tal   modo   de  proceder  no  es  admisible  en  sede  del  recurso  extraordinario  de  casación,  pues  la  sana  crítica  es función propia del  fallador,  la  cual  no  puede atacarse por la razón de que no coincida con los  planteamientos  del  impugnante, salvo el caso de error de hecho que aquí no se  demuestra  (art.  254 C. P. P.).  Es que si la valoración del sentenciador  no  es  absurda,  ni  quebranta las reglas de la experiencia y, en síntesis, no  contraría  la verdad, no es posible aducir transgresión a los postulados de la  sana crítica.   

          El  censor  se duele de que el Tribunal no le otorgue credibilidad a  las  pruebas  mencionadas,  que  fueron  corroboradas  por  los  testimonios  de  Víctor   Acosta   y   Teófilo   Peñate,  y  que  haya  menospreciado  la  inspección  judicial  porque el  sindicado  le  hubiese  dicho  a  los  policías  que  el vehículo sólo había  recibido  un golpe.  Sin embargo, el recurso de casación no es la ocasión  de  un  nuevo debate probatorio, pues se trata de un juicio técnico orientado a  establecer  errores  en  la  apreciación  o  valoración  de  la prueba o en la  aplicación  objetiva  del  derecho.   Si  el  fallador  le  concede  mayor  credibilidad  a  ciertas  pruebas,  o rechaza otras, es cuestión de convicción  racional.   

          Admite   el   Procurador   que  fueron  omitidas  en  el  fallo  las  declaraciones  de  León Cantillo, Orlando Manuel León  y     las    de    los    policías    Alberto  Valencia  y  Fidencio  Tovar, pero  dichas  pruebas  por  sí  solas  ni  valoradas en conjunto, a la luz de la sana  crítica,  podrían  fundamentar  la legítima defensa como causal excluyente de  la   antijuridicidad,   como   tampoco   la   atenuante   por   exceso   en   la  defensa.   

         Las  pruebas  omitidas  coinciden en señalar que fue roto el vidrio  de  la puerta del automotor en que se movilizaba el procesado, pero ello por sí  solo   no  tiene  la  trascendencia  para  probar  la  legítima  defensa  o  su  exceso.   Además,  si  se  alega  el  error  de  hecho por falso juicio de  existencia  en  la  modalidad de omisión, es necesario que demandante demuestre  la  trascendencia  del  vacío,  como  que, de haber sido considerados medios de  convicción  que se echan de menos, sin duda quedaría en evidencia la inocencia  del procesado o probada la justificante, como aquí se propone.   

         El  Ministerio  Público estima que en este caso no existe legítima  defensa,  porque el procesado fue el provocador de los hechos, pues revólver en  mano  desafiaba  a Olibardo Mercado Caldera  para  que  saliera  a la carretera y, además, en razón de que el  homicidio se produjo en medio de una riña.   

         Conforme  con las pruebas, el homicidio se cometió en desarrollo de  una  pendencia  iniciada  por  el  acusado,  pues  éste insultaba y retaba a la  víctima  por  haberle  tumbado  una  puerta  de  su  finca.   Olibardo,    después    de   negar   la  imputación,  blandió  una  peinilla  y  le  rompió  el  vidrio  de  la puerta  delantera  izquierda,  momento  en  el cual Luis Manuel  le disparó con los resultados conocidos.   

         De  acuerdo  con  doctrina  que  cita  el  Procurador  Delegado,  la  legítima  defensa  se  excluye  en  la  riña,  porque  dentro de una contienda  provocada  y  aceptada  recíprocamente,  los  dos  retadores  se  encuentran en  circunstancias  antijurídicas,  pues ambos tratan de causar daño y admiten que  a  ellos  pueda inferírseles, de modo que no es posible configurar la legítima  defensa que en todo caso supone una violencia injusta.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

         CARGO PRINCIPAL:   

         En  verdad,  como  lo sostiene el Procurador Delegado, el demandante  ha  invocado correctamente la violación indirecta de la ley sustancial, y hasta  refiere  de  manera general la producción de errores de hecho como falso juicio  de   existencia   y  falso  juicio  de  identidad,  pero  en  el  curso  de  las  demostraciones  no  enseña  vacíos  o  absurdos  detectados  en  la  sentencia  atacada,  sino  una  diferente  perspectiva  en  la  valoración  de  los medios  probatorios y la determinación de los hechos.   

         En efecto:   

         El  Tribunal no desfiguró el contenido material de la diligencia de  inspección  judicial  practicada  sobre  el vehículo marca Daihatsu, de placas  PS-8491,  de  propiedad  del  procesado, pues, por el contrario, reconoce que en  dicha  oportunidad  se  constataron  “seis (6) o más golpes entre machetazos,  hundimientos,  destrozos,  rayones,  etc…”,  sólo  que  advierte  en  tales  huellas  un propósito de exageración en el dicho o de distorsión de la verdad  por  parte  del  procesado y por ello le desconoce valor, dado que los hallazgos  fueron  constatados  trece  (13)  días  después de los hechos, y además ellos  riñen  con la manifestación que hizo el sindicado a la policía, poco después  del  incidente,  en el sentido de que “el carro sólo había recibido un golpe  con  machete  que  le  rompió el vidrio…” (Cfr. sentencia del Tribunal, fs.  170).   

         De  esta  manera,  el  ad quem  nunca  ocultó que la víctima hubiera roto el vidrio de la puerta  delantera  izquierda  del automotor de propiedad del procesado, sólo que aclara  que  se  produjo  ese  golpe  único  y  no los seis (6) o más que se quisieron  aparentar.   

         Se  notará  que  la sentencia cuestionada siempre ha reconocido que  la  víctima golpeó el automotor, sólo que lo hace en el siguiente contexto de  prueba y razonamientos:   

“En  el  caso  sub-examen  las  cosas  no  sucedieron  de  manera  extraña.   Está  comprobado que quien inició las  agresiones  verbales  y  las  provocaciones  fue  Luis  Arrieta,  quien  desde  que  notó  la  presencia  de  Mercado   Caldera  en  el  kiosco,  la  arremetió en su contra, no sólo con palabras obscenas, injuriosas  y  desafiantes, sino también humillándolo con el revólver e incitándolo para  que  saliera  a  la  carretera,  a  la  vez que le increpaba:  ‘tú fuiste…, yo vengo a es a matarte  y     le     apuntó    varias    veces    con    el    revólver…’,  como  lo afirma uno de los testigos  presentes  en el lugar.  Ante esta situación, la  víctima  reaccionó  como  era de esperarse, con una peinilla que portaba en la  mano,     golpea     al     carro     donde     se    encontraba    Arrieta  y  éste  con  su  revólver  le  dispara  de  frente  en  dos  ocasiones, accionando nuevamente su arma cuando la  víctima  camina  herida  para  detrás  del carro..”  (cuaderno Tribunal, fs. 168.  Se ha subrayado).   

         Así  las  cosas,  no  es  cierto  que  el juzgador haya trastornado  materialmente  el  contenido  de  la  inspección  judicial,  simplemente que de  manera  racional no acepta que todos los daños observados en el vehículo hayan  sido  ocasionados  por  obra  de la víctima, en vista de la discrepancia con la  manifestación  inicial  del  procesado, hecha en momentos más cercanos al día  de  los  hechos  (cuaderno  original  1, fs. 3).  Además, no basta que las  observaciones  hayan  quedado  consignadas  en  una  diligencia  de  inspección  judicial  regularmente  practicada,  pues todas las pruebas deben apreciarse por  el  juez  conforme  con  el  método  de  la  sana  crítica  (art.  254  C.  P.  P.).   

         Por  otra  parte,  si  queda  demostrado  que  el Tribunal jamás ha  negado  la  reacción  violenta de la víctima con un machete, hasta el punto de  quebrarle  el  vidrio de la puerta delantera izquierda al automotor en el que se  hallaba  el  procesado, no tiene sentido atacar la sentencia por un falso juicio  de  existencia  respecto  de los testimonios de Alberto  Valencia     Muñoz,     Fidencio    Román    Tovar    Trujillo    (agentes    de   la   policía)   y   el   particular   Orlando  Manuel  León  Cantillo,  pues el  hecho  que  pretende el actor por dichos medios probatorios (ruptura del vidrio)  ha sido aceptado expresamente en el fallo.   

         No  se  ha  negado la existencia del hecho atinente a la ruptura del  vidrio,  sino  que  el  impugnante pretende darle un alcance diferente al mismo,  con  el  fin  de apuntalar allí la legítima defensa alegada, pues el fallador,  al  paso  que  reconoce  esa parte de los episodios violentos, con explicaciones  plausibles descarta la causal de justificación.   

         Explica el Tribunal:   

“A criterio de esta Colegiatura la causal  reclamada  por  el señor ejercitante de la defensa no está llamada a prosperar  en  este  asunto, porque en el plenario no aparece demostrada la justificante en  mención;  por  el  contrario, lo que se aprecia en autos es que la actitud y la  intención  del procesado eran las de dar muerte a su contrincante de turno como  realmente  ocurrió,  y  no  simplemente  la de defender un derecho injustamente  atacado,  así vemos que el procesado primero provoca la víctima con ultrajes y  humillaciones,  incitándolo  para  que  saliera  a  la carretera y cuando éste  reacciona  ante  el  desafío, de inmediato le asesta los disparos de gracia que  más   tarde   lo   llevaron  a  la  tumba…”  (fs.  169).   

         En  otro aparte dice el ad quem:   

“Por lo expuesto considera la Sala que es  improcedente  reconocer la justificante de legítima defensa en favor del señor  Luis  Arrieta no solo porque  no  se encuentra demostrado que su actuar se debió a la necesidad de repeler un  ataque  grave,  injusto e inminente contra su vida, como lo sostiene la defensa,  sino  porque  como  ya  se  dejó  sentado,  fue  él  el  provocador, quien con  revólver  en  mano  injuriaba  y desafiaba a Olibardo  Mercado      para     que     saliera     a     la  carretera…” (fs. 170).   

         Es  decir,  según  los  planteamientos del Tribunal, la ruptura del  vidrio  no fue una acción agresiva de Olibardo Mercado  Caldera sino su reacción “como era de esperarse”,  pues  en  el  momento  era  retado  a  salir  del  kiosco  y  amenazado  con  un  revólver.   Por  ello,  no deja de ser arbitrario que el actor aluda a una  reacción  desmedida  de  la víctima, al lanzarse sobre el victimario y golpear  el  vidrio  con  un  machetazo,  pues  es  algo que en el furor del conflicto se  concilia  con  la  entidad  de  la afrenta y la grave amenaza que significaba la  exhibición y dirección en su contra de un arma de fuego.   

         El  texto  de  la sentencia enseña, como lo entendió el Procurador  Delegado,  que  la  actitud  del procesado provocó una riña en la que éste no  podía   pretextarse  pasible  de  una  reacción  desmesurada  de  Olibardo  Mercado  Caldera,  pues  fue  la  manera  que  el  ofendido escogió, a tono con las circunstancias difíciles que  sólo  el  vivía, para enfrentarse a quien, además de las palabras injuriosas,  esgrimía  peligrosamente  un  revólver  dirigido  a su contrincante.  Por  otra  parte,  a  quien  ahora es finado el derecho no le podía exigir que en la  ocasión  se  alejara cobardemente y evitara el riesgo y el desafío, pues tales  contingencias  las había asumido el procesado con su inicial conducta retadora,  seria  además  por  los  antecedentes  de  enemistad  entre  los rijosos que la  caracterizaban como tal.   

         Al  impugnante  le  parece  que  no  debió concederse mérito a los  testimonios  de  Argelio José Arrieta Pérez y Gabriel  Antonio  Algarín  Arrieta, pues lo narrado por ellos,  cuando  muestran  al  procesado  como el provocador, es inverosímil frente a la  circunstancia  de  que  éste  no se iba a arriesgar de tal manera delante de su  familia,  ni  la  víctima  era  un  “superhombre” para lanzarse contra otra  persona  que  lo  amenazaba  con revólver.  Resalta el actor, además, que  existía  riesgo  de  parcialidad  de los testigos por su amistad íntima con la  víctima.   

         Sin  embargo,  nada  caprichoso  se  advierte  en el examen de estas  declaraciones  en la sentencia, pues, por el contrario, razonablemente se expone  su valor en los siguientes términos:   

“Por  lo  visto  precedentemente resultan  más  atendibles las declaraciones de Gabriel Algarín  y  Argelio Arrieta Pérez cuya presencia en el lugar de  los  acontecimientos está plenamente demostrada y de manera categórica relatan  que  quien  inició  las  agresiones  verbales  y  las  ofensas  humillantes fue  Luis  Arrieta, quien por lo  demás  se hallaba en posesión de dos revólveres dentro de su vehículo.   Y  es  que  por los antecedentes en las relaciones de  Luis   Arrieta   y  la  familia  Mercado  se infiere lógicamente que quien podría sentirse motivado o con  razón   para   reclamar   era   precisamente   Luis  Arrieta,  no  sólo  porque  de  tiempo atrás tenía  pleitos  con  los  Mercado  sino  porque el día antes de la reyerta, como lo afirma en la audiencia, había  sido     informado     por     una     vecina     de     nombre     Eusebia  que  quien  le  había  roto  o  tumbado   una   de   las   puertas   de   la   finca  había  sido  Olibardo   Mercado,  por  ello  como  lo  cuentan  los  testigos,  una  vez  vio  a  éste  en  el Kiosco de El Guáimaro,  inmediatamente  empezó a reclamarle de la manera ya conocida y a desafiarlo con  revólver  en  mano  para  que  saliera  a  la carretera, y efectivamente cuando  Olibardo  se le acercó le  propinó   los   disparos   de   gracia   que   más   tarde   acabaron  con  su  existencia…”    (fs.  166.  Se ha destacado).   

         En     relación     con    los    testimonios    de    Víctor  Acosta Hoyos y Teófilo Alberto Peñate Alvarez,  recibidos  en  la  audiencia  pública  y  según  los  cuales la  iniciativa   de   la   ofensa   verbal   y   física   la   tomó   Olibardo   José   Mercado   Caldera,  el  Tribunal  no  ha  distorsionado  su  contenido, sino que simplemente los repudia  “no  sólo  por la manera fantasiosa y exagerada como relatan los hechos, sino  por  las  circunstancias en que rindieron sus versiones transcurrido un (1) año  dos (2) meses de la tragedia…” (fs. 165).   

         El  demandante  dice  que  Teófilo Alberto  Peñate  Alvarez no es testigo de última hora, como lo  moteja  el  fallador, pues fue referido por el defensor desde el memorial del 20  de  diciembre  de  1991, ocasión en la cual solicitó su testimonio, y ordenada  su  declaración  en  el  auto  del  23 de diciembre siguiente, es decir, apenas  transcurridos  algunos  días  después  de los hechos (cuaderno original 1, fs.  161 fte. y vto.).   

         En  realidad, el Tribunal no reprocha la mención de última hora de  tales  personas  como  testigos, sino que “resulta incomprensible que habiendo  presenciado   lo  ocurrido,  no  hubiesen  acudido  a  prestar  esa  colaboración  inmediatamente,  o  pocas  semanas,  o  pocos meses  después  de  la  tragedia, especialmente Víctor  Acosta,  quien  además de amigo  viajaba  ese  día  del insuceso a la finca de Arrieta  Ramos    a   arreglar   una   madera   que   habían  negociado…”      (cuaderno     Tribunal,     fs.     165.      Énfasis  añadido).   

         Por  otra  parte, cuando el Tribunal se ocupa de la verosimilitud de  los  señalamientos  hechos  por  los  testigos Argelio  José   Arrieta   Pérez   y   Gabriel   Antonio   Algarín  Arrieta,  tal como se transcribió en párrafos antecedentes, de contera da  razones  adicionales  para  no  aceptar  lo  dicho  a  última  hora y de manera  equívoca    por    los    deponentes    Acosta    y  Peñate.   

         De  modo  que, según lo expuesto en la sentencia cuestionada, no es  que  el  Tribunal  haya  sacado  consecuencias  absurdas  de  los testimonios de  Víctor  Acosta  Hoyos  y  Teófilo  Alberto  Peñate  Alvarez,  como para alentar la idea de un falso  juicio de identidad, sino que no les  reconoce  inferencias  meritorias  en la reconstrucción de los hechos, después  de un examen global y racional de toda la prueba.   

         Ahora  bien,  no  es  cierto que la Corte haya insinuado una idea de  preponderancia  de  tales  testimonios  en el fallo de casación fechado el 6 de  julio  de  1995,  pues allí simplemente se anuló la sentencia de segundo grado  porque  no  hizo  ningún  juicio de valor sobre las pruebas y debates ocurridos  durante   la   audiencia  pública,  a  pesar  de  que  éstos  habían  quedado  consignados  en  sendas cintas magnetofónicas cuyo contenido no fue invocado ni  transcrito  en  la decisión.  La orden de que se examinaran dichas pruebas  y  los  alegatos  no  significaba,  ni  mucho menos, que inexorablemente debían  aceptarse  en  sus  manifestaciones, sino que habrían de tenerse en cuenta bien  para  admitirlas  como sensatas ora para rechazarlas por absurdas o arbitrarias,  pues  sólo  de  tal  manera  se  daba  cumplida  vigencia  a  los principios de  publicidad,  contradicción y defensa cuando se sentencia después estar seguros  de    haber    escuchado   las   direcciones   dialécticas   y   opuestas   del  proceso.   

         Lo  más  seguro es que, si de distorsión de las pruebas se pudiera  hablar,  en tales yerros incurre es el demandante y no la sentencia a las que se  los  atribuye,  porque, según su apreciación, el dictamen de necropsia señala  que  la  víctima  recibió  un  disparo  “en  las  axilas”,  lo cual sería  sugerente  de  que  el  ofendido  fue  repelido  cuando  atacaba injustamente al  procesado,  pero  la  verdad  es  que  tal  prueba  pericial  revela  una herida  circular,  correspondiente  a  orificio  de  entrada,  en  el tercio medio de la  región    paraesternal    izquierda   (cuaderno   original   1,   fs.   132   y  135).   

                   Así  las cosas, inútil resulta hacer otras observaciones sobre las  inquietudes  del  demandante relacionadas con el presunto desconocimiento de los  testimonios  de  Vianny Juliany Arrieta Bedoya, Quimio  césar  Luna  Palomino,  Luis  Alfonso  Salgado  Causil y Jairo Ayus,  pues  toda  su  pretensión  se  finca  en  mostrar  alternativas  lógicas  para  otra  explicación  de los hechos, obviamente enderezada a sacar  avante la legítima defensa.   

         Si  bien  el recurso extraordinario de casación admite el ataque de  las  sentencias  por  errores consumados en la apreciación de las pruebas, ello  no  desvía  el  fin  basilar  de  la  impugnación, cual es el de garantizar la  legalidad  del  fallo,  de  tal manera que sólo se caracterizan de ese modo los  excesos  o  carencias  de  orden material o la falta grotesca a las reglas de la  lógica  o  la  experiencia común o científica en la evaluación de los medios  probatorios.   

         No  se  trata  de  mostrar  la  lógica  de  las  apreciaciones  del  demandante  sobre  la  prueba,  que  de  pronto  caben dentro de la amplitud del  discurso  racional  en un mundo social de probabilidades, sino de establecer que  las  actitudes  o  inferencias  del sentenciador resultan absurdas, precisamente  porque  lo atacado son los juicios de valor de un fallo de segundo grado que, si  no  es  tocado  por  la  arbitrariedad,  goza  de  presunción  de  acierto y de  legalidad.   

         No puede aceptarse el cargo postulado.   

         2.   En  cuanto  a  la  pretensión  subsidiaria,  basada en el  reconocimiento  de un exceso en la legítima defensa, el actor no exhibe la más  mínima  argumentación  sobre  los  presupuestos de esta figura plasmados en el  artículo  30 del Código Penal, ni menos enseña la clase de error cometido por  el sentenciador al dejar de aplicar la respectiva disposición.   

         Tampoco ha lugar a esa segunda pretensión.   

         Por  lo  expuesto,  la  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

         No casar la sentencia objeto de impugnación.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO    ARBOLEDA   RIPOLL          JORGE ENRIQUE  CÓRDOBA     POVEDA                       

CARLOS   A.   GALVEZ   ARGOTE                  EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

MARIO    MANTILLA    NOUGUES                  CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR   

                                                       No hay firma   

ALVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN         NILSON PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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