12755 (02-07-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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    IN  DUBIO  PRO  REO/  SANA  CRITICA/ INDICIO/  DEMANDA DE CASACION   

Considera  la  Corte  pertinente reiterar que  cuando  se trata de demandar el “in dubio pro reo” existen dos alternativas para  su  reclamación:  la  primera, cuando el sentenciador admite su existencia pero  en  la  parte  resolutiva  de  la  decisión  no lo reconoce, caso en el cual el  ataque  debe  formularse  bajo  los  postulados  de  la  violación  directa. La  segunda,  cuando el fallo no lo reconoce, pero el recurrente demuestra a la Sala  su  existencia, por haberse incurrido en error de hecho o de derecho, caso en el  cual   la  censura  debe  dirigirse  bajo  los  lineamientos  de  la  violación  indirecta.   

El método de la tarifa legal de pruebas, como  regla  general,  ya  no  opera en nuestro sistema procesal, pues fue reemplazado  por  el de la sana crítica (artículos 248, 253,273, 294, etc. del C. de P.P.),  en  forma  tal,  que  ya  no  es propio hablar de plena prueba, (a menos que tal  expresión  se  tome  como  sinónima de certeza, como ocurre en el artículo 36  del  C.P.P.  y  en  el  81  de  la  ley  190  de  1995) y que, según el sistema  tarifario,  era  la  reconocida  por  la  ley como bastante para que el juzgador  declarara  la  existencia de un hecho. En el método de la sana crítica, la ley  no   le   da   valor  a  la  prueba  sino  que  otorga  libertad  al  juez  para  justipreciarla,  no  para  que  diga  si  es  plena  o  semiplena, sino para que  manifieste,  razonadamente,  el grado de credibilidad que le asigna a cada medio  y a todos en su conjunto.   

Los  únicos  límites a esa discrecionalidad  son    la    experiencia,   la   lógica,   la   racionalidad   y   el   sentido  común.   

En  síntesis,  en  el  método  tarifado  el  precepto   le   da  al  medio  de  prueba  un  valor  inalterable  y  constante,  independiente  del criterio del juez, que se convierte en un aplicador de la ley  a  los casos particulares. Por eso, sólo allí se puede hablar de plena prueba.  Por  el  contrario,  en el método de la sana crítica, que algunos llaman de la  persuasión   racional,   prevalece  el  criterio  del  juzgador,  el  que  debe  manifestar  si  determinados  medios  de  prueba  lo  convencen o no y por qué.   

La jurisprudencia de la Corte ha precisado que  cuando  se  trata  de  demandar  la  prueba indiciaria en sede de casación, tal  propósito  debe  cumplirse  o  cuestionando  la  prueba  del  hecho indicador o  atacando  la  inferencia  lógica.  En la primera fase los errores pueden ser de  hecho   o   de   derecho,  debiéndose  señalar  los  falsos  juicios  que  los  determinaron.  La segunda sólo puede ser censurada por error de hecho por falso  juicio  de  identidad, por tergiversación o distorsión del curso lógico de la  inferencia,  al  no  poderse  deducir  el  hecho  indicado  del  indicador, sino  violentando los principios lógicos y las reglas de la experiencia.   

Proceso No. 12755  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                             Magistrado  Ponente   

                                                                  Dr. JORGE E. CORDOBA POVEDA   

                                                                              Aprobado  acta N� 74   

Santafé  de  Bogotá,  D.C.,  dos  (2)  de  julio  de mil novecientos noventa y siete (1997).   

          V I S T O S   

Se pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  formal   de   la   demanda  de  casación  presentada  a  nombre  del  procesado  JAVIER    ENRIQUE    TABORDA    RAMIREZ.   

         A N T E C E D E N T E S   

1.-  Los  hechos  los sintetizó el Tribunal  así:   

Causa          N� 1:   

         “Ocurrió  en las horas de la madrugada del cinco de febrero de mil  novecientos  noventa y tres en el sitio denominado ‘El Transbordo’ ubicado en la  ciudad  de  Girardot  (Cundinamarca)  cuando  fue  muerta  la  meretriz  Mayorli  Sarmiento mediante disparos de arma de fuego”.   

Causa          N� 2:   

         “…en  los  últimos  días  del  mes  de  mayo  del mismo año en  jurisdicción  de  la  población  tolimense de Chicoral fue hallado sin vida el  menor  Jairo  Giovanny  León  Alvarez,  mutilado   y  casi  que totalmente  incinerado  tal  como  consta  en  el  acta  de levantamiento, diligencia que se  llevó  a  cabo  el primero de junio de mil novecientos noventa y tres por parte  del Inspector de Policía del citado lugar”.   

2.-   El  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  de  El  Espinal,  mediante  sentencia  del  12  de  diciembre de 1995,  condenó   al   procesado   JAVIER  ENRIQUE  TABORDA  RAMIREZ a la pena principal de 48 años de prisión y  a  las accesorias de rigor, como coautor de los delitos de homicidio agravado en  precedencia reseñados.   

Inconforme  con  la  anterior  decisión, el  defensor  interpuso  el  recurso  de  apelación, el cual al ser desatado por el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Ibagué, el 22 de agosto de 1996, la  confirmó en su integridad.   

Contra  la  sentencia  de  segunda instancia  interpuso el recurso extraordinario de casación.   

         LA  DEMANDA  DE  CASACION   

El  defensor del procesado Taborda Ramírez,  al  amparo  de  la  causal  primera  de  casación, formula dos cargos contra la  sentencia  de  segunda instancia, cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente  manera:   

Primer        cargo:   

Acusa  el  fallo de ser violatorio de la ley  sustancial,  de  manera  indirecta,  al  haber  transgredido el principio del in  dubio  pro  reo,  pues  considera  que  con  la  prueba  recaudada  no se logró  demostrar     la    responsabilidad    sobre    el    homicidio    de    Mayorli  Sarmiento.   

Luego de reseñar algunos temas doctrinarios  respecto  del  in  dubio  pro reo y de la presunción de inocencia, sostiene que  para  proferir  sentencia  condenatoria se requiere el grado de certeza sobre la  existencia  del  hecho  y la responsabilidad del acusado, presupuestos a los que  se  debe  llegar  a través del fruto racional y necesario de las pruebas en que  se apoya el juzgador.   

Estima   que  el  error  del  sentenciador  consistió  en  “confirmar una sentencia condenatoria  sin  que  existiera  certeza  para condenar, en franco  desconocimiento  del  principio  fundamental  del  in  dubio pro reo”.   

En  el acápite que denominó “NO  EXISTE PLENA PRUEBA PARA CONDENAR”,  asegura  que  adelantada  la  investigación  se recibieron unos testimonios que  coincidían  en  afirmar  determinados  hechos,  los  cuales  relaciona,  pero a  renglón  seguido  y  según su propia interpretación, concluye que aquellos no  son  sólidos  frente  al  sin  número  de  vacíos  fácticos que quedaron por  esclarecer, los que también a continuación enlista.   

Reconoce  que  si  bien el testimonio de un  menor  identificó  al  posible autor que dió muerte a la mujer, también lo es  que  “tal  aserto  por el contrario carece de todo valor incriminatorio respecto  de  mi defendido y a no dudarlo, hace prevalecer la ausencia de certeza respecto  de  su  responsabilidad  penal  y  por  ende  hace  forzosa  una decisión en su  favor”.   

Insiste que “la falta de certeza se resuelve  siempre  a  favor  del  reo” e, igualmente, admite que la decisión recurrida se  fundamentó  en  indicios  que, a su juicio, “lejos de eximir de responsabilidad  al  fallador respecto de la demostración absoluta de la responsabilidad, lo que  hace  es  obligarlo  a  ponderar  de  acuerdo con la sana crítica, aquellos que  considera  elementos  incriminadores, a fin de que sus deducciones e inferencias  no  resulten  lesivas  de la legalidad, o contrarias a las garantías procesales  expresamente  establecidas  para  proteger al inculpado de la arbitrariedad o el  ligero juicio del sentenciador”.   

Como   normas   “procesales  directamente  violadas”  cita  los  artículos  247 y 248 del Código de Procedimiento Penal y  como  sustanciales,  indirectamente  transgredidas, el artículo 324 del Código  Penal,  por aplicación indebida, y el 2� del mismo estatuto, por falta de aplicación.   

Luego  de  reiterar la ausencia de certeza,  dice  que  el  Tribunal  debió reconocer la existencia de múltiples dudas, las  que se evidencian con relación a la responsabilidad del inculpado.   

Segundo cargo:  

Basado  en  el  inciso segundo de la causal  primera  de  casación,  acusa  la  sentencia  del  Tribunal  por  haber violado  indirectamente  la ley sustancial, “al apreciar de manera errada una prueba, por  cuanto  que  se  da a un único hecho circunstancial un valor de plena prueba de  responsabilidad que no tiene”.   

Luego  de  trascribir  algunos  apartes del  fallo  recurrido,  sostiene  que  el error cometido por el juzgador es de hecho,  por   cuanto   que   “no   cabe   duda   que   se   trata   de  un  falso  juicio  de  convicción o lo que  es  lo  mismo,  a  un  errado alcance probatorio del  hecho  indicado,  el  cual,  constituye  un error de  derecho,  toda  vez  que el ad quem al confirmar la decisión impugnada yerra en  el  alcance  y  valoración  probatoria  de  un  hecho  que, por su naturaleza y  circunstancia  no  tiene  el  valor  de plena prueba de la responsabilidad de mi  defendido que pretende dársele”.   

Estima que no es suficiente prueba, como lo  entendió  el Tribunal, el que el cadáver del occiso hubiese sido encontrado en  la  vereda  donde  el  acusado  dormía,  para deducir la autoría, pues de este  circunstancial hecho no puede surgir la plena prueba.   

Posteriormente,  transcribe algunos apartes  jurisprudenciales  referentes a la valoración probatoria, para en seguida decir  que  las conclusiones del Tribunal son erradas. Igualmente argumenta que en este  asunto  no es posible predicar la existencia del indicio de presencia, cuando ni  siquiera  se  logró determinar el lugar y el momento en que los hechos pudieron  haber ocurrido.   

Termina  afirmando  que  el  hallazgo  del  cadáver  del  menor  no  tiene  el  carácter  de indicio de presencia, como lo  pretendió  el  Tribunal,  pues  ello  lo  único que demuestra es la muerte del  niño.  Tal  indicio,  agrega, para que sea comprometedor debe darse en el lugar  de los hechos.   

Con  relación al cargo anterior, considera  que  la  sentencia  violó los artículos 247 y 248 del Código de Procedimiento  Penal,  y  324  y  2�del  Código  Penal,  el  primero  por aplicación indebida y el último por falta de  aplicación.   

Consecuencialmente, el casacionista solicita  que  la  Corte case la sentencia impugnada y proceda a absolver al procesado por  los homicidios agravados imputados.   

        CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

La demanda de casación no es una alegación  contentiva  de subjetivas apreciaciones personales, sino que debe ser un escrito  sistemático  que  indica  y  demuestra,  lógica  y jurídicamente, los errores  cometidos  en  la  sentencia  y que son violatorios de una norma sustancial o de  una  garantía  judicial.  Por  ello,  su  construcción  debe  ceñirse  a  las  exigencias  mínimas  de  forma  y  contenido que establece el artículo 225 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  y  cuya observancia delimita a la Corte como  tribunal de casación, admitiendo o rechazando la demanda.   

Planteadas  así  las cosas, resulta fácil  observar  que  el libelo presentado por el defensor del procesado, no reúne las  mínimas formalidades legales para su admisibilidad.   

En  efecto,  con  la  simple  lectura de la  demanda  se  observa  la  falta  de  claridad  y  precisión  en  los dos cargos  propuestos.   

Así,  en lo que atañe al primer reproche,  si  bien  allí  se  señaló la violación indirecta de la ley sustancial, para  con  ello  pretender el reconocimiento del derecho al in dubio pro reo, también  es  cierto  que  el cargo formulado quedó a mitad de camino, toda vez que no se  indicó  el  error  cometido  por el juzgador ni el falso juicio que lo generó,  presupuestos  éstos  de  ineludible  cumplimiento  a  fin de que la Corte pueda  adentrarse  en  el  estudio  de  la  censura  y que, por virtud del principio de  limitación, no puede motu propio complementar.   

Una  vez  más debe reiterar la Sala que en  tratándose  de  la violación indirecta de la ley sustancial, el conculcamiento  del  precepto es mediato. En otros términos, la transgresión de la norma surge  de  la  deformación del hecho juzgado a través de la estimación de los medios  de convicción.   

Teniendo  presente  tal  premisa,  no  debe  olvidarse  entonces que el quebranto indirecto puede tener como génesis errores  de  hecho o de derecho. Los primeros se generan por falsos juicios de existencia  (por  suposición  u omisión de la prueba) y de identidad (cuando se tergiversa  o  distorsiona  su  contenido  fáctico).  Los  segundos,  por falsos juicios de  convicción  (desconocimiento  de las reglas que tarifan la fuerza persuasiva de  la  prueba)  y  de  legalidad  (cuando  han  sido  practicadas o incorporadas al  proceso con vulneración de las normas que condicionan su validez).   

Las  precedentes reglas técnicas no fueron  tenidas  en  cuenta  por  el  impugnante,  al  momento  de  la confección de la  demanda,  pues  no  sólo  olvidó  citar el presunto error demandado y el falso  juicio  que  lo  generó,  sino que tampoco lo demostró, ni su incidencia en el  fallo,  esto es, que de no haberse cometido otras hubieren sido las conclusiones  de la sentencia.   

De otra parte, considera la Corte pertinente  reiterar  que  cuando  se  trata  de  demandar el “in dubio pro reo” existen dos  alternativas  para su reclamación: la primera, cuando el sentenciador admite su  existencia  pero  en la parte resolutiva de la decisión no lo reconoce, caso en  el  cual el ataque debe formularse bajo los postulados de la violación directa.  La  segunda,  cuando  el fallo no lo reconoce, pero el recurrente demuestra a la  Sala  su  existencia, por haberse incurrido en error de hecho o de derecho, caso  en  el  cual  la  censura  debe dirigirse bajo los lineamientos de la violación  indirecta.   

En fin, se observa que la inconformidad del  recurrente  es  con la credibilidad dada por el tribunal al caudal probatorio y,  en  especial,  al  testimonio  de un menor, lo cual resulta desatinado para esta  sede,  en  razón  a  que  el  juzgador  goza de libertad para apreciarlo, sólo  limitada  por  las reglas de la sana crítica, sin que la simple discrepancia de  criterios  constituya  error  de  ninguna  naturaleza,  ya  que  el del fallador  prevalece,  pues la sentencia viene amparada por la doble presunción de acierto  y legalidad.   

Igual suerte corre el segundo cargo aducido,  por cuanto que, como el primero, se dejó a mitad de camino.   

En efecto, en principio se podría entender  que  el  ataque  contra  la  sentencia  se  enfila  bajos  los  postulados de la  violación  indirecta  de  la ley sustancial, por error de hecho generado por un  falso  juicio  de identidad, ya que acusa al sentenciador de haber apreciado “de  manera   errada   una  prueba”.  Sin  embargo,  a  renglón  seguido,  en  forma  desconcertante,  el  actor  desvía la censura, apartándose de los lineamientos  inicialmente  expuestos  para  ingresar  en  los  senderos  propios del error de  derecho.   

Así, en lo que se podría entender como el  desarrollo  del reproche, sostiene el demandante que el sentenciador cometió un  error  de  hecho  al  valorar  un  medio  de  convicción,  desatino  que, en su  criterio,  tuvo  como  fuente  un falso juicio de convicción, para seguidamente  aseverar:  “o lo que es lo mismo, a un errado alcance  probatorio  al hecho indicado, el cual, constituye un  error  de  derecho”,  agregados éstos que no sólo son contradictorios sino que  riñen con la técnica casacional.   

Debe reiterar la Sala que si bien es cierto  que  el error de hecho y el de derecho surgen en la apreciación de las pruebas,  también  lo  es  que  son independientes y obedecen a criterios distintos, como  los  falsos  juicios  que  los producen, así: el primero tiene su fuente en los  falsos  juicios de existencia o de identidad; y el segundo, en los falsos juicio  de convicción o de legalidad.   

Por  otra parte, también se observa que el  libelista  olvidó,  en  el  segundo cargo, que el método de la tarifa legal de  pruebas,  como  regla general, ya no opera en nuestro sistema procesal, pues fue  reemplazado  por  el de la sana crítica (artículos 248, 253,273, 294, etc. del  C.  de P.P.), en forma tal, que ya no es propio hablar de plena prueba, (a menos  que  tal  expresión  se  tome  como  sinónima  de  certeza,  como ocurre en el  artículo  36  del  C.P.P.  y  en  el 81 de la ley 190 de 1995) y que, según el  sistema  tarifario,  era  la  reconocida  por  la  ley como bastante para que el  juzgador  declarara  la  existencia  de  un  hecho.  En  el  método  de la sana  crítica,  la  ley  no  le da valor a la prueba sino que otorga libertad al juez  para  justipreciarla,  no  para  que diga si es plena o semiplena, sino para que  manifieste,  razonadamente,  el grado de credibilidad que le asigna a cada medio  y a todos en su conjunto.   

Los únicos límites a esa discrecionalidad  son    la    experiencia,   la   lógica,   la   racionalidad   y   el   sentido  común.   

En  síntesis,  en  el  método tarifado el  precepto   le   da  al  medio  de  prueba  un  valor  inalterable  y  constante,  independiente  del criterio del juez, que se convierte en un aplicador de la ley  a  los casos particulares. Por eso, sólo allí se puede hablar de plena prueba.  Por  el  contrario,  en el método de la sana crítica, que algunos llaman de la  persuasión   racional,   prevalece  el  criterio  del  juzgador,  el  que  debe  manifestar   si   determinados  medios  de  prueba  lo  convencen  o  no  y  por  qué.     

Por  último, resulta oportuno recordar que  la  jurisprudencia  de  la Corte ha precisado que cuando se trata de demandar la  prueba  indiciaria  en  sede  de  casación,  tal  propósito  debe  cumplirse o  cuestionando  la prueba del hecho indicador o atacando la inferencia lógica. En  la  primera  fase  los  errores  pueden  ser  de hecho o de derecho, debiéndose  señalar  los  falsos  juicios  que los determinaron. La segunda sólo puede ser  censurada  por error de hecho por falso juicio de identidad, por tergiversación  o  distorsión  del  curso  lógico  de  la inferencia, al no poderse deducir el  hecho  indicado  del  indicador,  sino violentando los principios lógicos y las  reglas de la experiencia.   

En  fin, frente a las anotadas falencias de  la  demanda  y dado que a la Corte no le es permitido en virtud del principio de  limitación,  entrar  a  suplir  sus  inconsistencias,  se impone su rechazo, de  acuerdo  con  lo  dispuesto  por  el  artículo 226 del Código de Procedimiento  Penal.   

En  mérito  de  lo  expuesto, LA  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

        R E S U E L V E   

RECHAZAR     IN    LIMINE  la demanda de casación presentada por el defensor del procesado  JAVIER    ENRIQUE    TABORDA   RAMIREZ.  En  consecuencia, se declara desierto el recurso extraordinario  de casación interpuesto.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno (arts. 197 y 226 del Código de Procedimiento Penal).   

Cópiese y cúmplase.  

CARLOS  AUGUSTO  GALVEZ ARGOTE            FERNANDO  E.    ARBOLEDA    RIPOLL                  

         No firmo   

RICARDO    CALVETE   RANGEL                                        JORGE    E.    CORDOBA    POVEDA                     No firmo   

JORGE  ANIBAL  GOMEZ  GALLEGO                             CARLOS    E.    MEJIA  ESCOBAR   

DIDIMO    PAEZ    VELANDIA                                        NILSON PINILLA PINILLA   

JUAN  MANUEL  TORRES  FRESNEDA                              PATRICIA     SALAZAR  CUELLAR   

                                                                                  Secretaria   

     

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