11895 (27-08-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    PREVARICATO/  HABEAS  CORPUS/  COMPETENCIA/  LIBERTAD PROVISIONAL   

Por  su  trascendencia  frente al recurso que  debe  definir  la Sala, se debe puntualizar que la manifiesta contrariedad entre  la  decisión  que otorgó el habeas corpus y la ley, salta a la vista desde dos  aspectos  diferentes.  El  primero,  porque  la  detención  de  los reclamantes  provenía  de  una decisión judicial oportuna, vigente y susceptible de control  de  legalidad ante el juez del conocimiento (artículo 414-A del C. de P.P.), lo  mismo  que  de  recursos  ordinarios  en  sede  de  instancia  (arts. 199, 216 y  concordantes),  y  aún  de  revocatoria  directa (art. 412 ibídem), mas no del  trámite  del  Habeas  Corpus,  el  cual procede no ante una detención injusta,  sino  ante  una  “aprehensión”  ilegal,  según  lo  indica  el  epígrafe  del  capítulo  VII,  Título  III  del  Libro  Segundo  del Código de Procedimiento  Penal.   

La  diferencia, pues, de estas situaciones es  clara  y  remitida  a capítulos y competencias diferentes dentro del Código de  Procedimiento  Penal,  de  las  cuales  emerge  que si durante la vigencia de la  medida  de  aseguramiento  de detención preventiva surge una causal de libertad  provisional,  ella  no  torna  la  detención  inválida,  porque  el  implicado  prosigue  bajo  el  rigor  de  la  medida cautelar judicial, y ésta conserva la  vigencia  y  la  obligatoriedad de condiciones que la originaron, en tanto no se  la  abrogue  o modifique bajo las condiciones y por los funcionarios que señala  la  ley  de  procedimiento,  lo  cual  margina los supuestos, objeto y solución  perseguidos con la acción del Habeas Corpus.   

Por  lo demás, es el texto preciso de la ley  el  que  señala  con  nitidez  los  eventos  que  configuran  causales  para el  otorgamiento  de  la  libertad provisional, los cuales involucran el análisis y  la  valoración  de  aspectos procesales que solo al juez o fiscal competente le  conciernen,  y en cuya definición no puede ser sustituido por otro funcionario,  incluido  el  que tramite un Habeas Corpus. Ello se explica, además, porque las  causales  de  excarcelación  no consultan por lo general simples situaciones de  hecho  que  conduzcan  a  su  operatividad  automática,  sino  que dependen del  estudio  y  definición  de factores procesales tanto objetivos como subjetivos,  como  ocurre, por vía de ejemplo en el caso de la estimación anticipada de los  subrogados,  la  definición  de  una  situación  de  exceso en las causales de  justificación, etc.   

Así se entiende cómo ni siquiera en el caso  de  sobrepasar  los  términos sin calificación o sin audiencia se trata de una  simple   contabilización  de  días,  sino  que  es  preciso  analizar  si  esa  prolongación  deriva  de  actitudes  dilatorias  atribuibles  al  defensor o al  procesado,  sin descontar que en caso de accederse a la excarcelación, todavía  se  debe definir si la caución será prendaria o juratoria, y cual su monto con  referencia  al  valor  del  salario  mínimo,  la  gravedad  del  hecho,  y  las  condiciones  económicas  del procesado, lo que implica el estudio y definición  de   temas   propios   de   las   instancias,   y  con  arraigo  interno  en  el  proceso.   

Este entendimiento contextual que asoma de las  disposiciones  que  rigen la excarcelación, ya de por sí bastante para indicar  la  improcedencia  de una injerencia de otros funcionarios (incluido el juez del  Habeas  Corpus),  viene  además  a  dejar  por fuera la aducida interpretación  equivocada,  cuando  en  el texto del artículo 430 del Código de Procedimiento  Penal,  modificado  para  la  fecha  de los hechos por la Ley 15 de 1992, ponía  todavía  más  en evidencia las limitantes del Juez Municipal para el manejo de  este  instituto,  al  preceptuar  en  su  inciso  segundo  que   “Las  peticiones  sobre  libertad de quien se encuentra legalmente  privado  de  ella deberán formularse dentro del respectivo proceso”,  pues  siendo  el  precepto claro y excluyente de una intromisión  como  la  que  aquí  se  le  atribuye  a  la  doctora (…), no le era dable al  intérprete   apartarse   de   su   contenido  textual,  para  desconocer  otras  competencias.   

Invalidar el auto de detención o decretar la  libertad  provisional,  son  dos  decisiones  exclusivas de los funcionarios del  conocimiento.  Si  lo  primero, en tanto los artículos 411 y 412 del Código de  Procedimiento  Penal  le dan esa competencia privativa al fiscal o juez que haya  decretado  la  medida  (“El funcionario judicial … deberá sustituir la medida  de  aseguramiento  que  haya  proferido,  por  la  que  corresponda…”  o  “…  revocará   la  medida  de  aseguramiento  cuando  sobrevengan  pruebas  que  la  desvirtúen…”).  Y  si  de la excarcelación se trata, del texto del artículo  415  del  mismo  Código  emerge  que la libertad provisional se debe decretar o  conceder  en  el momento y por el funcionario encargado de cada hito e instancia  al  cual se refiere en particular la respectiva causal que sea aplicable, con la  única  excepción  del  numeral  2o.  que  extiende  la  competencia  con mayor  amplitud  a  “la  autoridad  que  esté  conociendo de la actuación procesal al  momento  de  presentarse la causal aquí prevista”, amplitud que en ningún caso  comprende  al  juez del Habeas Corpus, porque a éste tan solo se le adscribe la  definición  de  ese  incidente,  no  la  de la “actuación procesal”, pues ello  conduciría   al   extremo   de  ignorar  jerarquías  superiores,  y  hasta  la  competencia que se reserva por fuero constitucional.   

Proceso No. 11895  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Magistrado Ponente:   

                                                    Dr.:JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

                                                    Aprobado Acta No. 96 (agosto 19/97)   

                                                    Santafé  de  Bogotá D.C., veintisiete (27) de  agosto de mil novecientos noventa y siete (1997).   

          V I S T O S   

                                    Se   decide  el  recurso  de  apelación   interpues­to  por  una  de  las Fiscalías Delegadas ante el Tribunal Superior de Cali, contra  la    sentencia    del    6    de    mayo    de    1996,    absoluto­ria  para  la  doctora  ADIELA  GALVEZ  SERNA,  a  quien  como  Juez  24 Penal Municipal de esa ciudad, se el imputó el  delito de Prevaricato por acción.   

          A N T E C E D E N T E S   

                                  1.  El  28  de febrero de 1992,  integrantes  de la Tercera Brigada del Ejército Nacional, acompañados del Juez  Tercero    de    Instrucción   Criminal   y   unidades   del   Bata­llón Palacé allanaron el inmueble de  la  carrera 12 No. 13 – 59 de la ciudad de Buga, en donde hallaron 252 paquetes,  cada  uno  de  dos  kilos  de  sustancia  blanca,  que  resultó  ser cocaína y  elementos  tales  como líquidos, hornos microondas, bultos de carbón activado,  papel  filtro,  lámparas  secadoras  y  bolsas  plásticas.  En  ese  lugar  se  encontraban  Guillermo  Parra  Duque,  Reinaldo Martínez Torres, Raúl Bolaños  Rivera,  Luis  Satizábal  Henao,  Diego  Suavita  Henao, Martín Alfonso Galvis  Monsalve,  Ramón Manuel Yepes Penagos, Edgar de Jesús García Hoyos y Amado de  Jesús Cano Parra, quienes fueron privados de su libertad.   

                                 2. El 20 de marzo de 1992 un Juez  de  Ins­trucción de Orden  Público  decretó medida de aseguramiento de detención preventiva contra todos  los  capturados,  como infractores de la ley 30 de 1986 y el Decreto 3664, ambos  de 1986.   

                                  3. La investigación la asumió  una   fiscalía   regional   de  la  ciudad  de  Cali,  cuyo  proceso  tiene  la  radi­cación N�  3529, siendo calificada el 31 de mayo  de  1994  con  resolución acusatoria en contra de los implicados como presuntos  infractores  de  la  ley 30 de 1986 en su artículo 33, inciso primero, agravado  por  el  38.3, en concurso con la violación al artículo 43. Sin embargo, el 26  de  septiem­bre del mismo  año  un  fiscal  delegado  ante  el Tribunal Nacional decretó la nulidad de la  actuación  desde  el  auto  del  1o.  de  marzo anterior, que había cerrado la  instrucción.   

                                  4. Según lo afirma la Fiscalía  Delegada  ante los Jueces Regionales que conocía del proceso, en los días 19 y  21  de  octubre  de  1994,  recibió  peticiones suscritas por los defensores de  Guillermo  Parra  Duque,  Raúl  Bolaños  Rivera,  Luis Satizábal Henao, Diego  Suavita  Henao,  Martín  Alfonso Galvis Monsalve y Reinaldo Martínez Torres, y  memoriales   firmados  directamente  por  los  implicados  Ramón  Manuel  Yepes  Penagos,  Edgar de Jesús García Hoyos y  Amado de Jesús Cano Parra, para  que  se  les  concediera  la libertad provisional con fundamento en lo dispuesto  por  el  numeral  4o.  del artículo 415 del Código de Procedimiento Penal, por  vencimiento del término para calificar.   

                                  5.  En  providencia  del  24 de  octubre   siguien­te,  la  fiscalía  instructora,  constató  que  con  ocasión  de  la nulidad se había  sobrepasado  de  sobra el término a que se refiere el numeral 4o. del artículo  415      del      estatuto     proce­dimental  penal,  pese a la duplicación dispuesta en el parágrafo  de    ese    precepto,    por    cuanto    los    procesados   lleva­ban privados de la libertad 31 meses y  algunos  días  sin  que se hubiera calificado el sumario, por lo que reconoció  en  su  favor  el  derecho  a gozar de libertad provisional, a condición de que  cada    uno    prestara    una   caución   equivalente   a   cuatro­cientos   (400)   salarios   mínimos  legales    mensuales,    dada    la   modalidad   delictiva,   sus   efectos   y  consecuencias.   

                                 6. Al día siguiente de emitida  la  anterior  resolución,  los  detenidos  se  negaron  a  firmar la respectiva  notificación  por  cuanto  “en  ese  momento  el Juzgado 24 Penal Municipal les  concedía      la      libertad      inmediata,     por     habérse­les  concedido  el recurso de habeas  corpus”,  según  lo  anotó  la  Asesora  Jurídica  de la Cárcel del Distrito  Judicial de Cali (folio 13).   

                                7. En efecto, a las seis de la  tarde  del  24  de  octubre,  el  defensor  de  Guillermo  Parra  Duque,  había  presen­tado  ante  el  Juzgado  24  Penal  Municipal de Cali, cuya titular era la doctora ADIELA GALVEZ  SERNA  un  memorial  invocando  el  reconocimiento  de  dicha  garantía para su  representado  y  sus  compañeros  de  reclusión,  basado  en  las  incidencias  procesales  ya  relatadas,  y  habida  cuenta  que  para  ese  día no se había  resuelto  la  petición  de  libertad que con fundamento en el artículo 415 del  Código         de         Proce­dimiento  Penal  se  había  solicitado  en memorial del 14 de ese  mes,  el  cual  exhibe  constancia  de  recibido en esa fecha por la Secretaría  General de la Dirección Regional de Fiscalías.   

                                8. El 25 de octubre de 1994, la  Juez     Munici­pal  practicó  una  inspección  dentro  del  trámite  del  “Habeas  Corpus”  a  la  actuación  en  el  proceso  No.  3529,  durante  la  cual  le  fue  exhibida la  providencia   emitida   el  día  ante­rior,  que  concedió  la excarcelación a los incriminados, sobre  la   cual   dejó   constancia   de   no   haber  sido  aún  notifi­cada.   

                                              9.  El  mismo  día 25 de octubre la doctora GALVEZ SERNA decidió  sobre  la  acción  pública  ordenando la libertad inmediata de los procesados,  siendo oportuno transcribir de sus consideraciones lo que sigue:   

        “Así  las cosas, resulta evidente, en sentir de esta oficina, que  respecto  de  los  detenidos se dió la privación ilícita de la libertad a que  alude  el  accionante, sin que ello, a nuestro entender, pueda ser desconocido o  soslayado  por el hecho de que cuando se practicaba la diligencia de inspección  se  nos  haya  presentado  copia  de una providencia de la fecha a través de la  cual   se  le  otorgaba  a  los  mencionados  la  libertad  provisio­nal   bajo   fianza,  pues  surgida  aquella  situación de hecho que conlleva al reconocimiento del “Habeas Corpus”,  como     derecho     fundamental,     resulta     imperioso    decla­rarlo  en  tal  sentido  y  hacerlo  efectivo.   

        “Dicho   en   otros  términos:  Dada  respecto  del  detenido  la  privación  o  prolongación  ilícita  de  la  privación de la libertad, éste  adquiere  el  derecho insoslayable, reconocido por la voluntad Constitucional, a  obtener  su  inmediata  libertad,  cuestión  que  se  haría  ilusoria  si  una  decisión  posterior,  aunque  apuntando  a  ese  mismo  resultado  liberatorio,  obstaculizara  la  liberación  o conllevara a la prolongación de la privación  de  ella  como  ocurre,  a  no  dudarlo con el proveído de la fiscalía que, de  entrada,   plantea   una   fianza   de  considerable  monto,  dándose  así  la  situa­ción evidente de  que  aquella  libertad  a  la  que  el  detenido  tiene derecho incuestionable e  inmediata,  quede  sujeta a otras situa­ciones que impiden su realización inmediata.   

        “Así  las  cosas,  no cabe duda que la acción de “habeas Corpus”  se  impone  para  que  merced  a  ella  se disponga por esta oficina la libertad  inmediata  de  los  señores  Guillermo  Parra  Duque, Reinaldo Ramírez Torres,  Raúl  Bolaños  Rivera,  Luis  Satizábal  Henao,  Diego Suavita Henao, Martín  alonso  Galvis Monsalve, Ramón Manuel Yepes, Edgar Jesús García Hoyos y Amado  de  Jesús  Cano  Parra, de acuerdo a los razonamientos consignados en acápites  anteriores.   

        “Esa  prolongación  ilícita  de la privación de la libertad que  involucra  a  todos  los  procesados  detenidos  se materializa desde el momento  mismo  en  que la nulitada providencia calificatoria, el proceso vuelve a quedar  en  el  estado  de  sumario (sic), lo cual tuvo ocurrencia el día 31 de mayo de  1994,  significando  ello, el acto de la invalidación, que la detención siendo  permanente  carecía de esa providencia de fondo que le sirviera de respaldo. No  cabe  duda  que  producida  la  nulidad  se  hacía  imperioso,  aún  de manera  oficiosa,  entrar  a reconocer aquel derecho inherente a los procesados y que la  omisión  de  ello  implicaba como hemos venido reiterándolo, una privación de  la  libertad injusta, en la medida que contrariaba ese derecho reconocido por la  ley,       por       mandatos       taxativos       de      indispen­sable  observancia y acatamiento por  el funcionario judicial.   

        “No  puede  ser  cuestión  de  discusión  en  este  evento si la  Fiscalía  tenía  o  tuvo  la  intención  de  prolongar  la  detención de los  procesados  pese a saber que estaban amparados por un mandato legal que imponía  la  liberación  o si ello obedeció a otras causas. Lo que realmente importa lo  es  que  la  prolongación  de  la  privación  de  la libertad en sí misma era  injusta  desde  el  momento  en  que como hemos venido diciéndolo, implicaba la  negación  o  el desconocimiento de un derecho en virtud del cual estas personas  debían ser liberadas.   

        “Así   las   cosas,  cuando  con  posterioridad  se  profiere  la  providen­cia  liberatoria,  la  misma  se  constituye un (sic) obstáculo para el ejercicio de  ese  derecho  al  imponer  limitantes  extremas, siendo allí, a nuestro juicio,  donde   tiene  primacía  el  reconoci­miento  del “Habeas Corpus” como “derecho fundamental” que es, con  rango  de  mandato supremo, para hacer efectivo el goce de ese derecho por parte  de  los individuos privados de la libertad. Dicho en otras palabras: restablecer  el  derecho  conculcado,  sin que ello implique, claro está, ningún factor que  desquicie  las  bases  del  proceso,  puesto que éste puede continuar hasta sus  últimas  instancias,  ya que aquí solo se trata de reconocer y hacer efectivo,  insistimos, el derecho conculcado”.   

                                10.  El  Director  Regional de  Fiscalías  de Cali dió noticia de estos hechos a las fiscalías delegadas ante  el  Tribunal,  denunciando  a  la  Juez  24  Penal  Municipal  por  el delito de  prevaricato por acción.   

                                11.  El 8 de noviembre de 1994  una  de  las  Fiscales  Delegadas  ante el Tribunal Superior de Cali ordenó una  investigación   previa   que   permitió   practicar   una   inspec­ción  judicial al proceso No. 3529;  oír  en  versión  libre a la doctora ADIELA GALVEZ SERNA; acreditar su calidad  de  Juez  24  Penal  Municipal  de  esa ciudad y obtener copia autenticada de la  solicitud y trámite del Habeas Corpus.   

                                12. En pronunciamiento del 6 de  febrero  de  1995 (fls. 38 a 51), la Fiscalía ante el Tribunal Superior de Cali  se  inhibió de abrir proceso contra la doctora GALVEZ SERNA y ordenó compulsar  las  copias  pertinen­tes  de  la  actuación  con destino al Vicefiscal General de la Nación, para que se  investigara  la  conducta  del  Fiscal Delegado ante el Tribunal Nacional que al  decretar  la  nulidad  de  la  actuación,  no  resolvió sobre la viabilidad de  otorgar   libertad   provisional  a  los  procesados  por  la  fisca­lía  regional. Esta resolución fue  apelada     por     el     denuncian­te   y   por   la   Procuradora  65  en  lo  judicial  en  asuntos  pena­les.   

                                  13.  Uno  de  los  Fiscales  Delegados  ante  la  Corte  Suprema de Justicia, en proveído del 23 de marzo de  1995,   desató   la  impugnación  propuesta  revocando  la  resolu­ción  inhibitoria  y  abriendo  la  respectiva investigación (folios 96 a 101).   

                                14.  Después  de  escuchar en  indagatoria  a  la  procesada,  la  Fiscal  instructora  decidió decretar en su  contra   medida   de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  como  presunta  responsable   del   delito   de   prevaricato   por   acción   (folios   141  a  161).   

                                15. Allegadas las copias de las  decisiones  adoptadas  por  la doctora GALVEZ en otras cuatro acciones de Habeas  Corpus,  por  auto  del  5  de  septiembre  de  1995,  se  declaró  cerrada  la  investigación.   

                                16. El 17 de octubre siguiente,  la  Fiscal Delegada ante el Tribunal Superior de Cali emitió resolu­ción  de acusación en contra de la  procesada             atribu­yéndole    la   comisión   del   delito   de   Prevaricato   por  acción.   

                                17.  Al  pasar  el  asunto  al  conocimiento  del  Tribunal  Superior de Cali, previos los trámites de rigor se  efectuó       la       audiencia       pública       de      juzga­miento  de  la doctora ADIELA GALVEZ  SERNA, tras de la cual profirió en su favor fallo absolutorio.   

        L A  S E N T E N C I A  I M P U G N A D A:   

                                Al  definir  la instancia a su  cargo,   el   Tribunal   Superior   de   Cali   consideró   no   delictiva   la  conduc­ta por la cual se  acusó  a la doctora ADIELA GALVEZ SERNA  en su condición de Juez 24 penal  Municipal  de  esa  ciudad,  tras  inferir  en su caso que no había actuado con  dolo.    Los    fundamentos   de   esa   determinación   se   sintetizan   como  sigue:   

                               1. Las presunciones de inocencia  y   de  vera­cidad  que  amparan  una  injurada,  mientras  no  se demuestre lo contrario, dan mérito al  análisis  de  una  confesión  cualifi­cada.   

                                2. El dicho del sindicado debe  aceptarse  “in  íntegrum”,  cuando  sea  verosímil  y  no exista prueba que lo  contradiga.   

                                3.  Se  debe  discutir  si  la  confesión  de  la  doctora  Adiela Gálvez Serna es divisible o no, por cuanto,  admite  ser  la  autora  de  la  resolución  que  dispuso  la liber­tad   de   unos   detenidos,   pero  agregando  estas  excusas:  la  privación  de la libertad de los accionantes se  estaba  prolongando  ilícitamente  porque  no  existía providencia que hubiera  resuelto  sus peticiones; la que le mostraron en la Fiscalía no estaba agregada  al  proceso  y  la  caución  que  en  ella  se  imponía  era excesiva y hacía  nugatoria  la  libertad. En segunda instancia, esa caución fue cambiada por una  jurato­ria; hecho que le  dió la razón a ese respecto.   

                                4. De acuerdo a los argumentos  expuestos   en   la   indagatoria  por  la  acusada,  no  se  ve  la  manifiesta  contrarie­dad  de  su  resolución  con  la  ley;  por  tanto, la subjetividad de la culpabilidad no va  implícita.   

                               5. No se trata de que la Juez 24  Penal  Municipal  ignorara  la ley o que errara sobre ella. La conclusión sobre  la  prolongación  ilegal  de  la  detención  de  los  procesados, basada en el  vencimiento  del  término  para  calificar  y  las circunstancias anteriormente  relacionadas,  no  es  la  más  jurídica  de las interpretaciones, pero no hay  prueba   que   permita   afirmar  que  concurrió  un  pleno  conoci­miento de violar la ley.   

                               6. La resolución que reconoció  el  habeas corpus, contiene argumentos jurídicos y una interpretación racional  de   la   ley,   todo   lo   cual  excluye  la  estructuración  del  delito  de  prevaricato.   

                                7.  La  procesada  explica  la  interpretación  que  hizo  del  artículo  30  de  la  Constitución  y  de las  dispo­siciones   del  Código     de     Procedimiento     Penal    y    en    esa    mate­ria,  la  discrepancia  no  es apoyo  jurídico  para  estructurar  el  delito  de  Prevaricato, según lo sostiene la  jurispruden­cia  de  la  Corte   Suprema   de   Justicia   (Sent.   Sep.  20  de  1995.  M.P.  Dr.  Páez  Velandia).   

                                8.  No  se  encuentra  que  la  doctora  Gálvez  Serna  haya actuado con voluntad consciente, dirigida hacia un  fin  típico  y antijurídico, esto es, que haya actuado con dolo y el delito de  Prevaricato   solo   admite   esta   modalidad   de  culpabilidad,  no  así  la  culpa.   

                                9.  No  haber actuado con dolo  convierte  la  conducta  en  atípica  por ausencia del elemento subjetivo de la  infracción;  por  ello,  les  asiste  razón  a  la Procuradora Judicial y a la  defensa cuando solicitan la absolución de la acusada.   

                                  10.   Existe   contrariedad  manifiesta  entre  la resolución proferida por la implicada y lo preceptuado en  el  inciso  2o.  del  artículo  430  del  Código  de  Procedimiento  Penal; su  interpretación  fue  equivocada  pero no con el propósito de infringir la ley,  sino  de  atinar  y  acertar  para  que hubiere una justicia eficaz, eficiente y  pronta, pues en su opinión se había violado el debido proceso.   

                                  11.  No  existe  fundamento  jurídico  alguno  que  produzca  la  certeza  de  responsabilidad y que permita  divi­dir  la confesión  de  la  doctora  Adiela  Gálvez  Serna;   por  tanto  no  se da el segundo  elemento  del  artículo  247 del estatuto procedimental para proferir sentencia  de condena.   

                                 12.  La  Carta  Política  ha  establecido  el  debido  proceso  para  asuntos  penales y administrativos y ese  amplísi­mo  concepto  abarca    todas    las    “gamas    que   atenten   contra   la   libertad   del  procesado”.   

                                    En    este   punto   del  pronunciamiento  la  Sala  decisoria del Tribunal plasma su concepto respecto al  debido   proceso   y   transcribe   apartes   de  algunos  pronuncia­mientos      de     la     Corte  Constitucional.   

        L A  I M P U G N A C I O N:   

                                La  Fiscal  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Cali  que  profirió  la acusación, apeló la sentencia  absolutoria,  con  el  fin  de  que  sea  revocada y en su lugar se condene a la  procesada  por  el  delito  de  prevaricato  por  acción.  El  recurso tiene la  siguiente fundamentación.   

                                1.  El fallo absolutorio está  basado  en  la ausencia de responsabilidad, por cuanto la doctora Adiela Gálvez  Serna  realizó la conducta sin la existencia de dolo, con el significado de que  su   voluntad   consciente   no   fue   dirigida   hacia   un  hecho  típico  y  antijurídico.   

                                2. El acto dañoso atribuido a  la  procesada  se tradujo en una decisión manifiestamente contraria a la ley al  reconocer  la  libertad  inmediata  a  unos accionantes del habeas corpus que se  encontraban  legalmente  privados  de  la  libertad. El Tribunal comparte con la  Fiscalía  el aspec­to de  la contrariedad de la resolución con la ley.   

                               3. La acusada pretexta su actuar  tras    una   interpretación   y   el   convencimiento   de   que   no   estaba  actuan­do    contra  derecho.   

                                4.  Al pregonar una privación  ilegal   de   la   libertad,   solamente   contabilizando   el  tiempo  que  los  proce­sados llevaban en  detención,  la  funcionaria  procesada  desbordó  las  normas  que  regulan la  captura  y las medidas de aseguramiento previstas en el inciso 2o. del artículo  430  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  porque  en la inspección judicial  practicada    al    proceso    No.    3529    constató    los    si­guientes puntos:   

        a)   Guillermo  Parra  Duque  y  los  demás  accionantes  estaban  legalmente  privados  de  la  libertad,  con  una  medida  de  aseguramiento  de  detención preventiva.   

        b)  Días  antes  se  había  formulado  una petición de libertad  provisional  con  base  en  el  cumplimiento  de  términos  sin  que se hubiera  proferido calificación de fondo.   

        c)  Dejó  de  lado  la  resolución que despachaba tal pedimento,  emitida   el   día   anterior  a  la  diligencia  que  ella  practicaba  en  la  fiscalía.   

                                5.  No  es  admisible  que  la  inculpada  se escude en el convencimiento de que actuaba en derecho, dado que su  trayectoria  en  la  rama  jurisdiccional  le  permitía  distinguir los efectos  materiales  y  jurídicos  de  la deten­ción       preventi­va.  Es  ostensible  que  actuó con conciencia y voluntad, cuando  ordenó      la      libertad     inmediata     de     los     proce­sados,  cuestionando la caución que  la    fiscalía   regional   había   decretado   para   otorgar   la   libertad  provisional.   

                                6. Tampoco es aceptable que la  Juez  tenía  el convencimiento de que actuaba conforme a derecho porque ninguna  complicación     ofrece     a     cualquier     funcionario    judi­cial  interpretar  el  contexto  del  artículo    30    de    la    Consti­tución desarrollado por el 430 de la norma procesal.   

                               7. A la Juez procesada no le era  desconocido  que no toda privación de la libertad puede ser atacada acudiendo a  la  acción  pública  del  Habeas  Corpus,  máxime frente a las circunstancias  procesales que evidenció en el expediente 3529.   

                                8.  La decisión de la doctora  Gálvez  Serna  en  el  trámite  de  la acción pública, invadió y afectó el  debido  proceso,  al  conceptuar en aspectos que no eran de su resor­te,   sino  de  competencia  de  la  justicia regional.   

                                9. Al dejar de lado las normas  procesales  que consagran los recursos legales para someter los actos judiciales  limitativos  de  la  libertad a la revisión de instancias superiores, denota un  afán    inexplicable    por    conceder    la    libertad   inmediata   a   los  procesados.   

                                10.  La  enjuiciada no le dió  trascendencia  a  la  petición  de  libertad  ni  a la decisión de la justicia  regio­nal;   solo  le  valió       contabilizar       el       tiempo,      sin      refle­xionar  sobre  aspectos que hubieran  conducido     a     la     denegato­ria  del  Habeas  Corpus,  como  la  vigencia  de  una  medida  de  aseguramien­to,   una  petición de libertad y su otorgamiento bajo caución.   

                                11.  La  Juez se sustrajo a la  aplicación   de   lo  dispuesto  por  el  inciso  2o.  del  artículo  430  del  estatu­to procedimental,  que    desarrolla    el    precepto   30   de   la   Carta,   en   una   actitud  deliberada.   

                                12.  Ni error ni ignorancia se  oponen   al   juicio   de   culpabilidad   de   la   infractora.   En  la  labor  inter­pretativa  de  la  ley  pueden  cometerse  equivocaciones siempre y cuando la complejidad del texto  examinado  o  la  confusa redacción den margen a interpretaciones discordantes.  Pero  en  este  caso no se trataba de interpretar la ley sino de aplicarla, dado  su claro contenido.   

                                  13.  El  inciso  2o.  de  la  disposición  430 del Código de Procedimiento Penal advierte que las peticiones  de  libertad  de quien está legalmente privado de ella, deben formularse dentro  del  respectivo  proceso,  por  cuanto  el  mantenimiento  o la cesación de esa  medida  se  hará  bajo  las  causales de libertad provisional o suspenderse por  enferme­dad   grave,  mediante  decisiones  que adopta el juez que conoce del proceso. Unica manera de  ajustar  la liberación del procesado al debido proceso. Estos aspectos  no  los  podía  desconocer  la  doctora  Gálvez  Serna  y para acertar ni siquiera  requería de un esfuerzo dialéctico.   

                                14.  Finalmente,  la  apelante  manifiesta  su conformidad con la adecuación de la conducta investigada al tipo  penal  del  artículo  149  del estatuto penal y descarta la modalidad delictual  descrita  en  el artículo 39 de la ley 30 de 1986, porque en ésta disposición  solo   involucra   al   “empleado  público,  trabajador  oficial  encargado  de  investi­gar,  juzgar  o  custodiar  personas”,  labor  que  es  ajena  al  juez de la acción pública de  habeas corpus.   

        I  N T E R V E N C I O N  DE  LOS  NO  R E C U  R R E N T E S   

                                I.  DEL MINISTERIO PUBLICO.   

                               La Procuradora 65 en lo Judicial  en   Asuntos   Penales,   apoya   ante   esta  Corporación  la  con­firmación    de    la   sentencia  absolutoria  proferida  por el a quo. Para rebatir el aserto de la recurrente en  cuanto    afirma    que    la   proce­sada  actuó con dolo, la interviniente recuerda que en este mismo  proceso,  la  Fiscal  impugnante  había  inicialmente proferido una resolución  inhibitoria  argumentando  que  “En  el  evento  surtido  por  la  Juez Penal 24  Municipal,    conlleva    una   provi­dencia  o  resolución  emitida  en  virtud del ejerci­cio  de  su función judicial, que a  la  postre  se  ajustó  a  derecho…”,  es  decir,  que  la  propia impugnante  incurrió    en    error   al   inter­pretar las normas sobre habeas corpus.   

                                Ese  precedente, en su sentir,  hace  evidente que el asunto carece de la claridad que ahora se pregona, y en su  lugar  demuestra que “en el medio judicial estaba haciendo carrera una posición  jurídica  errónea que además sostenían funcionarios con mayor jerarquía que  la                 acusa­da…”.   

                                Agrega  que  la  misma doctora  ADIELA    GALVEZ    había    emitido    otras    decisiones    con   la   misma  interpreta­ción  que  obra  en este proceso, una el 31 de agosto y otra el 30 de septiembre de 1994, y  de   ahí  concluye  que  la  interpre­ta­ción  no    indica    en   forma   absoluta   una   “actuación   delibera­da”   de   producir  una  decisión  contraria  a  derecho,  orientada  cons­cien­te y  voluntariamente      a      proteger      específica      y     con­creta­mente a unos procesados.   

                               Esa interpretación constante en  situaciones  similares  precedentes,  demuestra  que la actuación en el proceso  que  ocupa  este  pronunciamiento, no es insular ni contradictoria y, por tanto,  que   no   se   puede   deducir   indi­rectamente el dolo, sólo para ella.   

                              II. LA PROCESADA.   

                               También la implicada se opone a  las  preten­siones de la  recurrente,  y  como  aclaración  previa  advierte  que  al reconocer el Habeas  Corpus,   nunca   concedió  la  liber­tad  provisional,  ni  revocó  la  medida de aseguramiento de los  solicitantes.  Reitera  que  en ese caso existía una clara privación ilegal de  la  libertad,  por  prolongación  indebida de la detención física, en que los  procesados  se  halla­ban  ya por espacio de 31 meses y 20 días.   

                                 Insiste  en  afirmar  que  la  provi­dencia    que  concedía     la     libertad    provisional    a    los    accionan­tes  en  el  Habeas  Corpus  le  fue  mostrada  en  la inspección judicial, pero que como no se encontraba anexada al  expediente,  y  además  consideró una arbitrariedad que la libertad se hubiera  condicionado  a  la  caución  prendaria  equivalente  a  400  salarios mínimos  legales  mensuales,  ello  hacía  nuga­torio el derecho adquirido.   

                                La Juez aduce que la decisión  de  liberar  provisionalmente  se  tomó  en  forma  apresurada  para  evitar la  prosperidad  de  la  acción  pública,  por  cuanto la libertad provisional por  vencimiento  de  términos  debe  otorgarse  aún de oficio, y eso no lo tuvo en  cuenta   el   funcionario   a   pesar   del   excesivo   tiempo  de  vencido  el  plazo.   

                                Por ello califica esa caución  de    “malicio­sa”,  “des­proporcionada” y de  “treta     ilegal”     del    funcio­nario  para darse tiempo a calificar el sumario, en detrimento del  derecho  a  la  liber­tad  garanti­zado  constitu­cionalmente,  agregando  que  no discute la existencia de una medida de aseguramiento vigente,  pero  que  sí  pone  en  tela  de  juicio  que  con  base  en ella se prolongue  indefi­nidamente   la  priva­ción  física de  la      libertad      del     detenido,     porque     los     presu­puestos      jurídicos      son  dife­rentes.   

                                Entiende que el artículo 30 de  la  Carta  es  un  precepto  claro,  concreto  y  aplicable a todos los casos de  privación  ilegal  de  la  libertad,  entre  los  cuales  cuenta  la negativa a  conceder        oficiosamente       la       libertad       provisio­nal,  habiendo adquirido el derecho,  o  cuando  se  otorga bajo condiciones imposibles de cumplir. Todo a pesar de lo  dispuesto  por  el  inciso  2o. del artículo 430 del estatuto procedimental, en  razón  de  que  aquella  disposición  superior  no  aduce  que  el  legislador  reglamentaría la acción pública.   

                                Asegura que la providencia que  se   le  presen­tó  al  terminar  la  inspección  judicial  en  la  Fiscalía,  no  estaba  agregada al  expediente  ni tenía constancias de notificación a los sujetos procesales, por  lo  que  estima  que  surgió  para  engañarla,  diciéndose  extrañada por la  imputación  que  le  hace  la  Fiscal  recurrente  al afirmar que su intención  demuestra  la  finalidad  de favorecer a los procesados y reclama que de existir  pruebas al respecto, le sean puestas a la vista.   

                               Finalmente, y para solicitar que  la   absolu­ción  sea  confirmada,  expresa  que en su obrar no existió el afán malicioso y delictivo  que   le   atribuye   la   impugnante,   sino  el  de  salvaguardar  un  derecho  constitu­cional  fundamen­tal  que se le  estaba   vulnerando   a   unos   ciudadanos.   De  haberse  equivoca­do,   no   fue,  entonces,  con  la  intención que se le endilga.   

        C  O  N  S  I  D  E  R A C I O N E S  D E  L A  S A  ­L A:   

                                Procede  reiterar primeramente  que  la  doctora  ADIELA GALVEZ SERNA realizó la conducta que se le reprocha en  la  condición  de  Juez  24  Penal  Municipal  de  Cali,  y  que, por tanto, la  cualificación  del  sujeto  activo  del  delito  de  prevaricato,  se encuentra  acreditada.   

                                   Así   mismo,   constituye  presupuesto        no       discu­tido  de  la  sentencia  impugnada,  que  la  decisión tachada de  prevaricadora    es   aquella   que   resolvió   favorablemente   una   acción  constitucional     de     Habeas    Corpus    incoada    en    repre­sentación  de  procesados detenidos  mediante  providencia  emanada de una Fiscalía Regional como presun­tos  infractores  de  la  ley  30 de  1986,  quienes  habían  sido  captura­dos      en     situa­ción   de   flagrancia  dentro  del  expediente  radi­cado  No.3529,  y que a esa libertad  se  dio  como fundamen­to  el   venci­miento  del  término  para  calificar  la  instruc­ción,      consagra­do   como   causal   de   excarcelación  en  el  ordi­nal    4o.    del   ar­tículo   415   del   Código   de  Procedimiento  Penal,  sin  que  al  momento del pronunciamiento reprochable los  allí       procesados       hubie­ran  sido  puestos  en  libertad  por  el  competente, dado que la  provi­dencia  que  les  reconocía  ese  derecho,  condicionaba  su  efectividad  a  la pres­ta­ción     de     una    cuantiosa  caución.   

                                Sobre estos supuestos, y frente  a  la insi­nuación de la  apelante  respecto  a la adecuada ubica­ción  de  la  conducta  que  ha  sido  imputada,  es  conveniente  corroborar   el   acierto   de   la   calificación  dada  en  este  caso  a  la  con­ducta,  en  cuanto  resulta  descartable la modalidad especial que se describe en el artículo 39 de  la  Ley  30 de 1986, por cuanto allí el sujeto activo calificado de la conducta  es  exclusiva­mente “El  funcionario,        empleado        público        o        trabaja­dor oficial encargado de investigar,  juzgar  o  custodiar  personas  compro­metidas   en   delitos  o  contravenciones  de  que  trata”  dicho  estatuto;  condición  ajena a la docto­ra   GALVEZ   SERNA   respecto  del  proceso  seguido  contra  los  indi­viduos Parra Duque,  Martínez   Torres,   Bolaños   Rive­ra,         Suavi­ta,   Satizabal,   Galvis,   Yepes,  García  y  Cano,  porque  su  inter­vención  en  él  resultaba    incidental    y   concre­tada   a  definir  un  trámite  de  Habeas  Corpus  (ajeno  a  la  investigación,  juzgamiento,  o  custodia  de  aquellos procesados), por lo que  ninguna   objeción   asoma   a   la   adecuación   del   hecho   típico  como  consti­tutivo  de  un  delito    de    prevaricato    por    acción   (artículo   149   del   Código  Penal).   

                               Ahora bien, Por su trascendencia  frente  al  recurso  que  debe  definir  la  Sala,  se  debe  puntualizar que la  manifiesta  contrariedad  entre  la  decisión que otorgó el habeas corpus y la  ley,  salta  a  la  vista  desde  dos aspectos diferentes. El primero, porque la  detención     de     los     recla­mantes    provenía    de   una   decisión   judicial   oportuna,  vigen­te  y susceptible  de    control    de    legalidad    ante    el   juez   del   conoci­miento  (artículo  414-A  del C. de  P.P.),  lo mismo que de recursos ordinarios en sede de instancia (arts. 199, 216  y  concordantes),  y  aún  de revocato­ria  directa  (art.  412  ibídem), mas no del trámite del Habeas  Corpus,  el  cual  procede  no  ante  una  detención  injusta,  sino  ante  una  “a­prehen­sión”  ilegal,  según lo indica el  epígrafe  del  capítulo  VII,  Título  III  del  Libro Segundo del Código de  Procedimiento Penal.   

                                La  diferencia, pues, de estas  situaciones  es  clara  y remitida a capítulos y competencias diferentes dentro  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  de  las cuales emerge que si durante la  vigencia    de    la    medida    de    aseguramiento    de    deten­ción       preven­tiva  surge  una  causal de libertad  provisio­nal,  ella  no  torna   la   detención   inválida,   porque   el  implicado  prosi­gue  bajo  el  rigor  de  la  medida  cautelar  judicial,  y  ésta  conserva  la  vigencia  y  la  obligatoriedad  de  condiciones     que    la    origina­ron,  en tanto no se la abrogue o modifique bajo las condiciones y  por  los  funcionarios  que señala la ley de procedimiento, lo cual margina los  su­puestos,  objeto  y  solución  perse­guidos  con la acción del Habeas Corpus.   

                                Por  lo  demás,  es  el texto  preciso  de  la ley el que señala con nitidez los eventos que confi­gu­ran causales para el otorgamiento de  la         libertad        provi­sional,    los    cuales    involucran    el    análi­sis  y  la  valoración  de aspectos  procesa­les que solo al  juez  o  fiscal  competente  le concier­nen,  y  en  cuya  definición  no  puede  ser sustituido por otro  funcionario,  incluido  el  que  tramite  un  Habeas  Corpus.  Ello  se explica,  además,       porque       las      causales      de      excarcela­ción  no  consultan  por lo general  simples  situaciones  de hecho que conduzcan a su operatividad automática, sino  que   depen­den   del  estudio  y  defini­ción  de  facto­res procesales  tanto     objetivos    como    subje­ti­vos,  como   ocurre,  por  vía  de  ejemplo  en  el  caso  de  la  estima­ción  anticipada de los subrogados,  la  definición  de  una situación de exceso en las causales de justificación,  etc.   

                                 Así  se  entiende  cómo  ni  siquiera   en   el   caso  de  sobrepasar  los  términos  sin  cali­ficación  o  sin audien­cia   se   trata   de   una  simple  conta­bilización  de  días,   sino  que  es  preciso  anali­zar   si   esa  prolonga­ción  deriva de actitudes dilatorias atribuibles al defensor o al  procesado,  sin descontar que en caso de accederse a la excarcelación, todavía  se   debe   definir   si   la  caución  será  prendaria  o  jurato­ria,  y cual su monto con referencia  al  valor  del  salario  mínimo,  la  gravedad  del  hecho,  y  las condiciones  económicas  del  procesado,  lo  que  implica el estudio y definición de temas  propios  de  las  instancias,  y  con  arraigo  interno  en el proce­so.   

                                Este  entendimiento contextual  que     asoma     de    las    dispo­siciones  que rigen la excarcelación, ya de por sí bastante para  indicar  la  improcedencia  de una injerencia de otros funcionarios (incluido el  juez   del   Habeas  Corpus),  viene  además  a  dejar  por  fuera  la  aducida  interpre­tación  equivocada,  cuando  en  el texto del artículo 430 del Código de Procedimiento  Penal,  modifi­cado para  la  fecha  de  los  hechos  por  la  Ley  15  de  1992,  ponía todavía más en  evi­dencia    las  limitantes  del  Juez  Municipal  para  el  manejo  de  este institu­to,  al  preceptuar  en  su  inciso  segundo  que   “Las peticiones sobre libertad de  quien     se     encuentra     legal­mente   privado   de   ella   deberán   formularse   dentro   del  respec­tivo  proceso”, pues siendo el precepto claro y excluyente  de  una intromisión como la que aquí se le atribuye a la doctora GALVEZ, no le  era  dable  al  intérprete  apartarse  de su contenido textual, para desconocer  otras competencias.   

                                 Desde  esta  perspectiva,  la  ilegalidad  de  la  decisión  adoptada  por la Juez 24 Penal Municipal de Cali,  resulta  manifiesta  -así  lo  reconoce  incluso  el  fallo  absolu­torio;  pues  si los detenidos en el  proceso   por   infracción   a   la   ley   30   de   1986,   lo  habían  sido  legalmen­te,  solo  al  interior  de  ese proceso podían formu­lar  peticiones  excarce­latorias      -como     efectivamente     lo     hicie­ron-, y solo allí debatirse, en los  plazos               privi­legia­dos  que  ese  tema  encuentra  en  el artículo 216 del Código de Proce­dimiento       Penal,       sus  inconformida­des  ante  las       instancias.        Ningún       soporte      normati­vo   tenía,   entonces,   la  Juez  Municipal,       para       inter­ferir     el    ejerci­cio    de    una   competencia   exclusiva   y   exclu­yente    del    funcio­nario de conocimiento respecto de la  viabi­lidad   de   la  liber­tad provisional, y  mucho      menos      para     otor­garla       incondi­cional­mente  como  lo  hizo,  actuando  en  contra  de expresa decisión  judi­cial, con lo que se  ubicó  bajo  la descripción legal del artículo 149 del Código Penal, sin que  motivo  alguno  de  justificación ampare su conducta, porque esa acción causó  desorden  y  repercutió  en  inseguridad  jurídica como en descré­dito  para  la  administración  de  justicia.   

                                E ingresando al tema del dolo,  en  el  que  se  ubica  la  apelante  para controvertir las razones del fallo de  primera  instancia,  resulta pertinente destacar primero las contradicciones que  encierra  la providen­cia  censurada,  respec­to de  las  explicaciones  dadas  por la enjui­ciada,  en  cuanto  ellas  confirman  que  otras  debieron ser las  verdaderas  razo­nes del  proceder  de la acusa­da,  porque      ni     las     inconsis­tentes        que        exhibe        su        provi­dencia de octubre 25 de 1994, ni las  que   aduce   la   funcionaria   en  tema  de  descargos  se  corres­ponden  con  los supuestos del caso,  ni  dan  a  entender  cosa  distinta de una rebeldía consciente e injustificada  para acatar la ley.   

                                  Así  se  tiene  que  si  el  artículo  430  del Código de Procedimiento Penal enuncia dos alternativas para  la  prosperidad  del  Habeas  Corpus  (privación  ilícita  de  la  libertad, o  prolongación    ilícita    de    la    privación    de    la   li­bertad), siendo la una excluyente de  la  otra, era de espe­rar  que  en  la  decisión  se  sustentara  alguna  de ellas, antes que reconocer la  existencia  de  una  medida  de detención y de añadido, también de un auto de  excarcelación    pendiente    de    la    prestación    de    las    cauciones  exigidas.   

                                Inocultable  esta realidad, el  argu­mento se centra en  acusar     una     prolongación     ilícita     de     la    priva­ción  de libertad, frente a la cual  debía     la     procesada     admi­tir  que la medida de detención preexistía, y que preexistiendo,  se  tornaba  de  hecho el encarcelamien­to,      para      que      sobre      ese     entendi­do   se   explicara   por  qué  la  liberación     tenía     que    decretarla    el    Juez    Munici­pal   y   no   el   Fiscal   de  la  instruc­ción,  y  aún  entrar  a  señalar  la causa como el momento a partir del cual esa aprehensión  de hecho se había convertido en ilegítima.   

                               A este punto, la explicación de  la    acusada    no    sale    del    contrasentido,   porque   inva­li­dar el auto de detención o decretar  la         libertad        provi­sional,      son      dos      decisiones      exclusi­vas   de   los   funcionarios   del  conocimiento.     Si     lo    prime­ro,   en   tanto   los   artículos  411  y  412  del  Código  de  Procedi­mien­to     Penal     le    dan    esa  compe­ten­cia  privativa  al fiscal o juez que  haya   decre­tado  la  medida    (“El    funcionario    judicial    …    deberá    susti­tuir  la medida de aseguramiento que  haya  profe­rido, por la  que   corresponda…”   o   “…  revocará  la  medida  de  asegura­miento  cuando  sobrevengan  pruebas  que          la          desvir­túen…”).  Y  si  de  la  excarcelación se trata, del texto del  artículo  415  del  mismo  Código  emerge  que la libertad provisional se debe  decretar    o   conceder   en   el   momento   y   por   el   funcio­nario  encargado  de  cada  hito  e  instancia  al  cual  se  refiere  en  particular la respectiva causa­l  que  sea aplicable, con la única  excepción    del    numeral    2o.   que   extiende   la   competen­cia   con   mayor  amplitud  a  “la  auto­ridad  que  esté  conociendo   de   la   actuación  procesal  al  momento  de  presen­tarse  la  causal  aquí  prevista”,  amplitud  que  en  ningún  caso  comprende  al juez del Habeas Corpus, porque a  éste      tan     solo     se     le     adscribe     la     defini­ción  de  ese  inciden­te,   no   la   de  la  “actuación  procesal”,  pues  ello conduciría al extremo de ignorar jerarquías superiores,  y  hasta  la  competencia  que  se  reserva  por  fuero  constitucio­nal.   

                                  Consciente,  pues,  de  sus  inconsis­ten­cias,   impropias  de  alguien  con  formación  jurídica  profesional  (y  con  mayor  razón  en quien que como la  doctora  ADIELA  GALVEZ  sumaba  ya dos décadas de experiencia judicial, por la  que  había  aprendido  en este tema hasta lo que sus aulas universi­tarias      pudieran     haberle  reser­vado),   como  argumento  defensivo asoma el de que su intención no era ni la de excarcelar ni  la  de  revocar  la  medida  de  asegu­ra­miento.  Pero      de      esa      explica­ción  tan  solo  asoma otra contradicción adicional, pues lo que  se  invoca  como  motivo  de  ilegalidad  para  la detención no es otro que una  causal  de excarcelación, la 4a. del artículo 415 del Código de Procedimiento  Penal,  que  como  ya  se  dijo,  constituye  un  pronunciamiento  privativo del  fun­cionario    del  conoci­miento,   no  extensivo     al     Juez     Munici­pal  ni a otro que tenga a cargo una definición de Habeas Corpus,  según   expresa   normativa   del   inciso   segundo   del  artícu­lo 430 ibídem.   

                                Previendo, entonces, el fácil  fracaso  de  esa  alegación,  con  mayor  razón  cuando  en  la  diligencia de  inspección  tuvo  a  la  vista  la  acusada  el  auto  por  el que la Fiscalía  reconocía    la    excarcelación    mediante    caución    prenda­ria,   adujo  a  continuación  esa  providencia    carecía   de   notifi­ca­ción,  y  que  a su juicio apenas se le exhibía como una forma apresurada de eludir su  intervención,  y  de  hacer nugatorio el derecho mediante la imposición de una  inal­can­zable garantía.   

                                    Pero   con   esta   nueva  argumentación  apenas  si  se  confir­ma  el  interés  de  la  funcionaria  por  proceder de una manera  contraria    a    la    que   correspondía,   pues   es   indiscuti­ble  que  la  probada  existencia de  aquella   providencia   tenía   que   merecerle   además  una  presunción  de  autenticidad,     no     de    sospe­cha,   descontando   de   ella   la   actualidad  de  la  supuesta  indefini­ción sobre la  libertad  provisional, así que desaten­dió     que     ningún    precepto    la    autoriza­ba  a  presumir  la  mala  fe,  ni a  interve­nir  en defensa  de un derecho que ya se había reconocido.   

                               Con un tal argumento se llega ya  al      extremo      de      consti­tuir   a   la  acusada  en  juez  de  instancia  de  los  Fiscales  Regionales,   equiparando  sus  funciones  con  las  de  los  Delega­dos  ante el Tribunal Nacional, pues  no  de  otro  modo  se entiende la crítica que asume, sin facultad alguna, para  controvertir  el monto y la clase de la caución impuesta para garan­tizar   la   comparecen­cia   de   los  liberados,  sumando  ­la  temeridad  de  sus  estimacio­nes, pues nada  anuncia     que     la     funciona­ria  tuviese  oficialmente conocimiento de la capacidad de pago de  los  procesados,  quienes tenían al interior del proceso -y no fuera de él- la  posibi­lidad    de  cuestionar  esos  aspectos  mediante  la interposición de los recur­sos    de   reposición   y   de  alzada.   

                            Y es más: tampoco encuentra la  funciona­ria  soporte  legal    alguno    para   calificar   a   su   arbitrio   de   “mali­ciosa”, de “desproporcionada” o de  “treta     legal”    la    providen­cia  excarcelatoria  ni  las  exigencias  previas  de  caución y  dili­gencia  compromi­soria,  para  llegar    a    crear    una    liber­tad   no   contemplada   en   precepto   alguno   para   personas  cobija­das con medidas  de   aseguramiento,  lo  que  distancia  por  sustracción  de  mate­ria  la  explicación del invocado  error  de  interpretación,  pues  solo  son  susceptibles  de inter­pretar  los preceptos que existen,  y  no  los  que  el  funcionario  imagina  o  espera  que  lleguen  a expedirse.   

                            Por otra parte, y al reposar en  la   excusa   del   error   el  funda­mento   capital   que   le   sirve   de  base  al  Tribunal  para  cons­truir    por  atipicidad  la absolución, ineludible resulta recordar que si bien es cierto la  doctrina      de      esta      Sala      excluye      por     ausen­cia   de   dolo   el   delito  de  prevaricato,  en  aquellos  casos  en que el juez desvía el sentido de la ley a  consecuen­cia  de una  inter­pretación  equivocada  sobre su alcance o conteni­do,   tal   salvedad   carece   de  carácter  absolu­to,  por  cuanto  su  validez  se  condiciona      a      que      el      error      de     interpreta­ción       recai­ga    sobre    aspec­tos        ambi­guos,       oscu­ros,  complejos, difí­cil­mente inteligibles, o que den paso  a     más     de     una    razona­ble  alternativa,  sin  que constituya excusa la del error por el  error,  menos  si  se tiene el deber funcional de aplicar y de cumplir la ley, y  como    instrumento    unos   princi­pios  normativos  de  hermenéutica,  cuya  finalidad  no  es  el  entendimiento  acomodaticio,  sino sistemático, histórico, teleológico y a la  postre      armónico      y      justo      de      cada     precep­to.   

                             Por ello se concluye que no es  la  de  la doctora GALVEZ SERNA una situación donde resulte admisible la excusa  de  una  interpretación  equivocada  sobre  el  alcance  de la ley, si antes de  mostrarse  ni  de justificarse un serio esfuerzo interpretativo, lo que se ve es  su    delibera­da  voluntad  de  desconocer  preceptos  claros y precisos como el del artículo 430  del     Código     de     Procedi­miento  Penal,  y  de  ignorar gratuitamente y sin competencia ni  facultad  alguna decisiones del funcionario de conocimiento, arrogándose ad-hoc  activi­dades  reservadas       al       funcionario       de      segunda      ins­tancia,   en   rebeldía  con  el  sistema  armónico  de  garantías  que ofrece el Código de Procedimiento Penal  mediante       las       disposi­ciones ya citadas.   

                             Estas nociones diferenciadoras  de  la  activi­dad que  concierne  al  funcionario  que  obra  en ejercicio de la acción penal, y de la  competencia  restrictiva  e  incidental  que  le concierne al Juez que actúa en  ejercicio  de  la  acción  constitucional  de  Habeas  Corpus,  no  pueden  ser  calificadas   ni   de   confusas,   ni   de   complejas,   porque  ni  el  texto  constitucio­nal  del  artículo  30  superior,  ni mucho menos las varias disposiciones aquí evocadas  sobre  medidas  de  aseguramiento,  su  control  de  legalidad,  sustitución  y  revocación,       o      excarce­la­ción,  y  frente  a  ellas  las de control de legali­dad   de  la  aprehen­sión  (o Habeas Corpus) mostraban  ambigüedad       ni       contra­dicción  que  autorizara a abandonar su tenor literal para ir en  búsque­da  de  otras  alternativas  distintas  a  las  de  su  simple  y llano contenido. Menos si, se  repite,  se  estaba aquí ante una funcionaria experta, que por su desempeño de  ruti­na  en el manejo  de   procesos  en  primera  instancia,  debía  saber  que  era  inadmisible  la  injerencia   de   otra   autoridad   distinta   de   las   de   instancia   para  modifi­car    o  desco­noce­r      las      medidas     de  aseguramien­to  que  bajo  su  compe­tencia  hubiere decretado.   

                             Cierto es que para sugerir que  se  trataba  de  un  criterio objetivo y reiterado de la funcionaria y no de una  amañada  decisión,  se  conocieron  otras  providencias  del Despa­cho  de la doctora GALVEZ, como la  de septiembre 30 de 1994 donde afirmó que   

       “El  Derecho  de  “HABEAS  CORPUS”  es uno de los “De­rechos Fundamentales” expresamente  consagra­dos   en  nuestra             Consti­tu­ción        Nacional       en       su       Capítu­lo  I,  Título  II,  Artículo 30  inciso  1o. Este Derecho fue desarrollado y reglamentado por el Legislador en el  Código  de  Procedimiento  Penal,  en  el  Libro I, Capítulo VIII, Título II,  artículo 430″ (sic).   

                               Y   que  en  ese  y  otros  pronunciamientos         (agos­to   31   del   mismo   año),   de   ese   enunciado  pasaba  la  funcio­na­ria  a  resaltar  el contenido del  primer     inciso    del    artícu­lo     430    del    C.P.P.,    eludiendo    con    restricciones  acomodati­cias   el  cumpli­miento   del  inciso  segundo,  al  argumentar  como  aparece  en este último pronunciamiento  que:   

       “Preciso  es  indicar  igualmente,  que aún cuando el inciso 2o.  del      artículo      430      del      Código      de      Proce­dimien­to   Penal,   modifi­cado  por  la  Ley  15  de  1992,  establece  que  “Las  peticiones sobre libertad de quien se encuentra legalmente  privado  de  ella  deberán  formularse  dentro del respectivo proce­so”,  la  situación  que ahora se  decide       no      es      equi­parable  de  ninguna  manera,  a la allí planteada, pues aquella  atañe      a     las     solicitudes     normales     de     libera­ción, por la concesión de algún  subrogado  o benefi­cio  o  la  revocatoria de una medida caute­lar,   que   son   del   resorte   del   proceso  y  que  por  el  funciona­rio   que  conoce  de  él  debe ser respuestas (sic), y esta corresponde, en exclusiva, al  reco­nocimiento de un  derecho       constitucional,       por       razones      específi­camente    previstas    y    de  obligato­ria  observancia”.   

                             Pero  lejos  de inferir allí  como  se  busca,  el  reconocimiento  de  una  interpretación  de  buena  fe  y  reiterati­va­mente  equivocada,  lo  que  asoma es la necesidad de extender la  averiguación  penal  de la conducta a esos otros casos, donde coincide la misma  injustificada  rebeldía  al  obedeci­mien­to  de  la ley, y la tendencia a desdeñar su tenor puntual para inventar facultades  y   competen­cias  no  tenidas,  lo  que  conduce  a  entender  por  qué se repetían en el Juzgado 24  Municipal   de   Cali   las   solici­tudes  de “Habeas Corpus”, ya que el artículo 434 del Código de  Proce­di­miento   Penal   indica  que  “En  ningún   caso   se  someterá  a  reparto  la  petición  y  conoce­rá de ella privativamente el juez  ante    quien     se    formule”,    quien    ni    siquiera   podrá   ser  recusado.   

                             Es  que  si la doctora GALVEZ  sabía  que  donde  el  legislador  no  distingue, no se autoriza al intérprete  hacerlo,  no se comprende de otro modo que por su voluntaria rebeldía contra el  precepto,  la  arbitraria  diferenciación que hace entre solicitudes “normales”  de  excarce­lación o  revoca­toria   de  medidas  asegurativas, y otras que supuestamente no lo eran, pero que quedarían  en  su  identificación al simple gusto del intérprete, pues cuando dice de las  primeras  que  las  “solicitudes  normales  de liberación” eran las referidas a  “…  la conce­sión de  algún  subrogado  o  beneficio o la revocatoria de una medida caute­lar…”,  fácil  se  entiende  su  remisión  a las causales de excarcelación, y respecto de ellas no establece la  ley ningún distingo.   

                            Para el caso de ahora, es claro  que   la   solicitud   de   los   procesados   entonces   implicados   por   una  infrac­ción a la ley  30  de 1986 se encaminaba a obtener su libertad provisional, ya soli­citada     al     Fiscal    del  conocimien­to,  y por  éste    resuel­ta  favorablemente   para   la   fecha   en   que   la   implicada   ins­pec­cionó  el proceso, luego la regla  del  artículo  430,  inciso  segundo,  no  tenía por qué sufrir de variación  alguna,   menos   si   para   entonces   solo  faltaba  el  cumplimiento  de  la  garan­tía  prenda­ria   y   la  suscrip­ción   del  compromi­so,  y  ello  evidencia  una  vez  más  las  contradicciones  internas de la argu­mentación   expuesta   por   la  funcionaria     en    sus    pronun­cia­mientos  sobre el tema, descontando, se insiste, su alegado error  de buena fe.   

                            Por último, y como excusa para  apoyar  el  fallo  absolutorio,  sostiene  la  Procuradora  Regional  que tan no  habría  lugar  a la sentencia adversa, que la Fiscal apelante había dictado un  primer         auto        inhi­bito­rio,  como  queriendo  decir  que  si había sido improcedente la  apertura  del suma­rio,  más      lo      sería      infligir     condena.     Tal     argu­menta­ción  no es de recibo a juicio de  la  Sala,  porque si aquella primera providencia resultó prematura y equivocada  a  juicio  de  la  segunda  instancia,  mal puede ser invocada como argumento en  favor  de  la  doctora  GALVEZ,  cuando  lo  que  al final se establece, tras su  revocación,  es  el  acopio  de  medios  que  condujeron al proferi­miento    de   una   medida   de  asegura­miento, y más  tarde  a  una  resolución  de  acusación,  lo  que demuestra la fragilidad del  argu­mento.    

                             Tampoco  con  la procesada se  puede  estar  de  acuerdo cuando reclama que no se le probó que su decisión se  encaminaba  al  favorecimiento  de los procesados, porque si bien podía ser esa  una  motivación  real,  lejos  estaba  de  ser  la  única  condicionante de la  reprocha­bilidad penal  de  su  conducta,  dado que lo que lleva a imputar jurídicamente la infracción  no   es   un   determinado   móvil   o   propósito,   sino   el  consciente  y  volunta­rio  actuar  contrario  al  deber  legal  que  le  imponía  obrar  de  otra  manera,  el que  precisamente queda en descubierto.   

                             En los términos expuestos, es  claro  que  para  esta Sala de la Corte, no son de recibo las tesis ­de  la providencia recurrida, como  tampoco         las        obje­ciones   que   a   la   apelante   hicieran  la  procesada  y  la  Procu­radora  de  la  primera  instancia.  Lo  que  en  su  lugar  emerge,  en grado de certeza, es la  comisión   del   hecho,  su  tipicidad,  la  transgresión  injusti­ficada del bien jurídico amparado  de  la  administración  pública y la culpabilidad dolosa de la acusada, y ello  conduce a trocar en condena el fallo de primera instancia.    

                             Por haberse realizado el hecho  antes  de la modificación introducida al artículo 149 del Código Penal por la  ley   190   de   1995,   la   dosifi­cación  punitiva se ajustará a la primera normatividad conforme  lo  ordena el artículo 29 de la Carta Política, habida cuenta que el estado de  conciencia   predicable  de  la  acusada  -y  que  indujo  al  análisis  de  su  culpabilidad-,   conduce   a   la   aplicación  de  penas,  no  de  medidas  de  seguridad.   

                             Ahora  bien,  examinadas  las  modalidades  y  gravedad  de  la  conducta  ilícita, pero ante todo la evidente  rebeldía   de  la  funcionaria  a  someter  su  conducta   dentro  de  los  parámetros  de su función oficial, con serio desorden para la administración,  partirá  la  Sala  de  una  pena  igual  a  los  dos  (2)  años  de  prisión,  incrementados   en  dos  (2)  meses  más,  en  cuanto  concurre  la  causal  de  agravación  prevista  en  el  artículo  66  del  Código  Penal,  numeral  11,  relacionada  con  la  relevancia  social  del  cargo desempeñado por la doctora  GALVEZ,  y  las  expectativas  de  rectitud  que la comunidad espera de quien lo  desempeña,  lo  que  traduce  en  la  imposición como definitiva, de las penas  principales  del  veintiséis  (26)  meses  de  prisión, e interdic­ción  en  el  ejerci­cio   de   derechos  y  funciones  públicas por igual tiempo.   

                             Sin  embargo  de lo anterior,  halla   la   Sala  contingente  para  este  caso  la  imposición  efectiva  del  trata­miento  penitencia­rio,  en  cuanto  la  personalidad  de la procesada, sumada al hecho de que la experiencia  negativa   que   le   representa   esta   condena,   debe   inhibirle   para  la  comi­sión  de nuevas  conductas    contrarias    a    los    intereses    de   la   comuni­dad,   y   ello   traduce  en  el  reconocimiento  en  favor de la doctora GALVEZ SERNA del subrogado de la condena  de    ejecu­ción  condicio­nal  (artículo   68  del  C.P.),  exclusi­vamente     respecto     de     la     pena     priva­tiva  de la libertad. Para ello se  fija  un  período de prueba de dos (2) años, bajo las condiciones previstas en  el     artículo    69    del    Código    Penal,    cuyo    cumpli­miento    garantiza­rá   mediante   cau­ción    prendaria    por   suma  equiva­lente  a  diez  (10)  salarios  mínimos  legales  mensuales,  a favor del Tribunal a-quo, de la  cual    se    deducirá   la   garan­tía  que  prestó  cuando se le otorgó la libertad provisional.  Queda  en claro que dicha suspensión no afecta la pena de interdicción, la que  se ejecutará una vez en firme este fallo.   

                             La Sala se abstiene de imponer  a  la condena­da cargas  económicas     destinadas     al     resarcimiento     de    perjui­cios,  por  cuanto no se acreditó  la  causación  de un daño material público ni privado digno de resarcimiento,  que hubiese derivado de la comisión del hecho punible.   

                             En mérito de lo expuesto, la  Corte   Suprema   de   Justicia   en  Sala  de  Casación  Penal,  administrando  justi­cia en nombre de  la República y por autoridad de la Ley,   

       R E S U E L V E   

                             PRIMERO.- REVOCAR la sentencia  apelada.   

                            SEGUNDO.- CONDENAR a la acusada  doctora   ADIELA   GALVEZ   SERNA   a   las  penas  principales  de  prisión  e  interdic­ción  en el  ejercicio       de       derechos       y      funciones      públi­cas por el término de veintiséis  (26)   meses,   cada   una,   como  autora  del  delito  de  prevari­cato por acción por el cual fuera  radicada  a  responder en juicio, según hechos cometidos en las cir­cuns­tancias    que    indica    este  proce­so,   en   su  condición de Juez 24 Penal Municipal de Cali.   

                               TERCERO.-  CONCEDER  a  la  sentenciada  el subrogado de la condena de ejecución condicional, por lo que se  suspende  la  pena  privativa  de  la libertad por un término de dos (2) años,  obligándosele     a     la     sus­cripción  de  diligencia  de  compromiso  en  los  términos del  artícu­lo  69  del  Código     Penal,     mediante    caución    por    suma    equiva­lente  a  los  diez  (10) salarios  mínimos mensuales.   

                             CUARTO.- COMPULSENSE, por el a  quo,  las copias ordenadas en la parte motiva de este proveído con destino a la  Fiscalía  Delegada  ante  el Tribunal Superior de Cali, y las que se indican en  el      artículo      501      del      Código      de     Procedi­miento Penal.   

                               Cópiese,   notifíquese,  devuélvase y cúmplase.   

       CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL       RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE           CORDOBA  POVEDA              JORGE   ANIBAL   GOMEZ  GALLEGO                 

CARLOS       EDUARDO       MEJIA  ESCOBAR                        DIDIMO                   PAEZ  VELANDIA            

NILSON          PINILLA  PINILLA              JUAN    MANUEL  TORRES              FRESNE­DA                      

       PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

                                                                                 Secretaria.            

   

    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *