10958f

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 10958  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                     Magistrado Ponente:   

                                     Dr. JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

                                     Aprobado Acta Nro. 80   

          Santafé  de  Bogotá  D.C.,  junio dos de mil novecientos noventa y  nueve.   

VISTOS  

            Por  sentencia  del  17 de enero de 1995, el Juzgado 4° Penal del  Circuito     de     Ibagué    condenó    a    JAIR  MORALES  a la pena principal  privativa  de la libertad de trece (13) años y cuatro (4) meses de prisión, al  declararlo   autor  material  penalmente  responsable  del  concurso  de  hechos  punibles  de  dos  tentativas  de  homicidio  y porte ilegal de arma de fuego de  defensa  personal,  conforme  con el pliego de cargos que la Fiscalía le había  endilgado.  De  igual  manera le impuso la pena accesoria de interdicción en el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  término de la  sanción  corporal,  y  además  le  negó  el  subrogado penal de la condena de  ejecución condicional.   

Al  desatar la impugnación propuesta contra  el  aludido  fallo por el defensor del acusado, el Tribunal Superior de Distrito  Judicial  con  sede en la misma ciudad, mediante pronunciamiento del 20 de abril  de  dicha  anualidad,  reformó la sentencia en el sentido de aumentar la pena a  catorce  (14)  años  y  seis  (6)  meses  de  prisión; igualmente modificó la  sanción   accesoria   adecuándola   al   término   legal,  diez  (10)  años,  determinación   contra  la  cual  oportunamente  se  interpuso  el  recurso  de  casación.   

          Escuchado  el  criterio  del Procurador Tercero Delegado, procede la  Sala a resolver lo pertinente previa síntesis de los siguientes   

      

HECHOS  

          Siendo  aproximadamente  las  6: 30 de la tarde del 10 de octubre de  1993,  JAIR  MORALES decidió  abandonar  la  cancha  de  tejo  en  la  cual  se  hallaba  ingiriendo  licor en  compañía  de  otro  individuo,  pero  durante el recorrido decidió satisfacer  la   necesidad fisiológica de miccionar apostándose frente a la puerta de  la  residencia  demarcada con el número 8-49 de la calle 40, Barrio San Carlos,  de  la  nomenclatura  urbana  de  la  ciudad  de  Ibagué.  En tal acto fue  descubierto  por  el  dueño  de la vivienda, Héctor Páez, cuya protesta no se  hizo  esperar  al  ver  convertida  en  sanitario  público  la  fachada  de  su  casa.    

Ante  el  airado  reclamo  del habitante del  lugar,  el forastero reaccionó violentamente y esgrimiendo el arma de fuego que  llevaba  oculta  bajo su pantaloneta, la accionó repetidamente sin lograr hacer  blanco  en  la  humanidad de Páez, quien se refugió en su casa.  Hasta el  interior  del  inmueble siguió los pasos del morador el envalentonado sujeto y,  disparando  nuevamente el arma en dos ocasiones, lesionó a la pequeña hija del  ofendido,  Siris  Paola  Páez  Ramírez, quien indefensa y sorprendida, trepada  sobre  una  silla,  sintió como una de sus piernas y la cadera eran atravesadas  por  los  proyectiles  disparados  por el intruso, lesionamientos que produjeron  las  secuelas  consistentes  en  deformidad  física  que  afecta  la  estética  corporal  y  perturbación  funcional  del  órgano  de la locomoción, ambas de  carácter permanente.   

Algunos de los vecinos del lugar vieron huir  al  agresor  en  veloz  carrera  acompañado  de  otra persona, a quien amén de  identificar     como     JAIR    MORALES,  conocido también con el mote de “El Mimbrero” dado el oficio  que  desempeñaba,  lo  individualizaron por el atuendo que en esa fecha vestía  señalándolo  como  la  persona  que  en  su fuga procuraba esconder el arma de  fuego que portaba.       

ACTUACIÓN PROCESAL  

          Iniciadas  las pesquisas por la Fiscalía 21 Seccional Permanente de  Ibagué,  el  averiguatorio  lo  prosiguió  la  Fiscalía 49 Coordinadora de la  Unidad  Primera  de Vida de la misma ciudad, despacho este que luego de vincular  mediante   indagatoria   a   JAIR  MORALES  y a su hermano José Guillermo, éste de quien se dijo acompañaba  al  primero  ese  día,  les  resolvió  la  situación  jurídica con medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva sin derecho a gozar de excarcelación,  al  último  por  las hipótesis delictivas de tentativa de homicidio y lesiones  personales,   en   tanto   que   a   JAIR  le  impuso conminación como presunto autor de la conducta punible  de favorecimiento.   

Impugnada  dicha  providencia,  la Fiscalía  Tercera  Delegada  ante  el Tribunal la revocó en todas sus partes, profiriendo  medida   de   aseguramiento   de   detención  preventiva  sólo  en  contra  de  JAIR  MORALES “como   autor   presunto  responsable  del  punible  de  tentativa  de  homicidio  en la persona de  Siris     Paola     Páez     Ramírez”.   

          Perfeccionada   en  lo  posible  la  investigación,  el  mencionado  despacho  instructor  la  clausuró  y  por  resolución del 29 de junio de 1994  calificó  el  mérito  probatorio  del  sumario elevándole pliego de cargos al  procesado  JAIR  MORALES por  dos  delitos  de homicidio imperfecto, perpetrados en la persona del denunciante  Héctor  Páez  y de su hija Siris Paola, y por porte ilegal de arma de fuego de  defensa  personal,  mientras  que  en  favor  de  José  Guillermo  precluyó la  investigación.   

          El  Juzgado 4° Penal del Circuito conoció del juicio, despacho que  mediante  providencia  del  21 de octubre de 1994 finiquitó la instancia con el  fallo  del  que  ya  se  hizo  mérito,  el  cual fue reformado en los términos  indicados  en  el  acápite  inicial  de  este  pronunciamiento  por el Tribunal  Superior  de Ibagué al resolver la apelación, decisión ésta que hoy ocupa la  atención  de  la  Sala merced al recurso extraordinario de casación que contra  ella promovió el defensor del justiciable.   

LA DEMANDA  

            Con  fundamento en la causal primera, cuerpo segundo del artículo  220  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  solamente  un cargo aduce el actor  contra  la  sentencia  acusada,  al  considerar  que  el  juzgador  incurrió en  apreciación   errónea   de  las  pruebas,  pues,  en  su  sentir,  interpretó  equivocadamente   el   dicho   inicial   vertido  en  su  denuncia  por  Héctor  Páez,  como también lo que  refiere  acerca  de  los  asertos  del  agente  de policía José Federman Ríos  Sánchez  y  los vecinos del barrio donde ocurrieron los hechos, “eludiendo  un  razonamiento  lógico  en  sana  crítica”;     además,     asegura     el     censor,     “omitió   apreciar   la   prueba   del   ofendido   denunciante  que  comprometía  indubitablemente  al  señor  JOSE  GUILLERMO  MORALES”   como   autor  de  las  deflagraciones  realizadas  contra  las  víctimas. En el desarrollo de la censura expone lo siguiente:   

          1.-  El  juicio  de  reproche  contra  JAIR  MORALES  lo  extrae el sentenciador de la sindicación  directa  que  le  hace  el  ofendido  en su inicial denuncia de haber sido quien  accionó  el  arma  de  fuego  en contra suya y de su pequeña hija, sostiene el  casacionista,  así  como  de  la  circunstancia de habérsele señalado por los  vecinos  del  lugar  donde  ocurrieron  los hechos como la persona que procuraba  ocultar   el   arma  entre  sus  prendas,  coincidiendo  éstos  con  el  propio  denunciante  en indicar que dicho sujeto vestía pantaloneta. Sin embargo, tales  deducciones  son  erróneas  por  transgredir  “leyes  lógicas  y principios de la experiencia”, aserto que  el       censor       trata      de      explicar      de      la      siguiente  manera:                 

          1.  1-  En  primer  término,  debió  tenerse en cuenta en el fallo  impugnado   que   denunciante   y  procesado  no  se  conocían,  que  ante  las  circunstancias  de  nocturnidad  y  oscuridad  que  rodearon  el  hecho  resulta  improbable  que el agredido, tras un breve reclamo al agresor, hubiese tenido un  “fijamiento       detallado       sobre      el  interpelado”,    máxime   si   éste   reaccionó  esgrimiendo  un arma. El terror y el desespero que una tal situación produjeron  en  el  ánimo del atacado, especialmente al saber del herimiento de su pequeño  vástago,  a  quien  inicialmente  creyó muerta, son factores que decididamente  tuvieron   que  ejercer  influencia  negativa  respecto  de  su  capacidad  para  identificar al extraño que los acometió.   

          1.  2- En segundo lugar, explica el actor, tras las voces de auxilio  del  agredido  y la salida en su ayuda de vecinos y familiares, Páez sólo tuvo  oportunidad  de  fijar  en  su  mente  ofuscada  “los  primeros  datos”  que  acerca  de  la  identidad del  atacante   le   transmitieron   aquéllos,  a  quien  vieron  guardar  entre  la  pantaloneta     un     arma.     Luego,    entonces,    puede    “deducirse   en  sana  crítica”  que  lo  noticiado  por  el  ofendido en su primigenia denuncia, más que una percepción  directa  suya  de  dichas  circunstancias,  fue  “una  transcripción  más  emocional  de  lo  que los vecinos le transmitieron cuando  salían   en   pos   del   agresor”,   por  lo  que  “el razonamiento de los falladores no se ajusta a la  realidad  procesal  porque una persona atacada con arma de fuego por un extraño  no  está  en capacidad de identificarlo con su nombre y apellido a menos que se  lo  hayan  transmitido  terceras personas como por lógica se deduce ocurrió en  este   caso   y  tampoco  pugna  con  la  realidad”.   

Como  sustento de esta afirmación, el actor  advierte  sobre  la  diferencia  existente  entre  los  datos físicos que de la  persona  del  procesado  suministró  en  su  versión  el  ofendido  y  los que  realmente  le  pertenecen,  como  que  ni  siquiera  acertó  en  su  edad.  Una  inferencia  diversa  a  la  plasmada con antelación, resulta ser una deducción  tergiversada  como  en  efecto  aconteció con el Tribunal, aduce el libelista a  manera de crítica preliminar.   

          2.-  Ahora,  si  se  analizan  en  conjunto  las  diversas versiones  del   denunciante acerca de la persona que hizo los disparos, se entenderá  por  qué Páez en sus posteriores ampliaciones dejó de señalar a JAIR  MORALES  como  tal,  para centrar su  atención  en  el hermano de éste, José Guillermo Morales, quien para la fecha  de  los  acontecimientos  lo acompañaba. Lo anterior explica las dudas que tuvo  el  declarante  para  describir  en  una de dichas deponencias la vestimenta del  agresor,  y  la  forma  sincera  como en diligencia de reconocimiento en fila de  personas  dijo  no  recordarla,  siendo  la  pantaloneta que aseguran vestía el  agresor  el  único  aspecto  en  que  coincidieron  en  principio denunciante y  algunos  de  los  testigos.   Pero  ese   detalle,  precisa el censor,  ciertamente  no  lo  apreció  el  agredido  sino  que  le  fue  transmitido por  terceros, lo cual a su vez dio a conocer a través de su denuncia.   

          No  es  pues mera “hipótesis”  y  menos  “especulación”,   como  lo  considera  el  Tribunal,  el  dicho  posterior  del  denunciante  cuando  considera  que  quien verdaderamente accionó el arma en su  contra   fue   José   Guillermo   Morales,   para   luego  deshacerse  de  ella  transfiriéndola  a JAIR, como  quiera  que  tal situación halla respaldo probatorio en el testimonio de Jesús  Eduardo  Martínez Ramírez cuando da fe del traspaso del revólver; de ahí que  quienes  informan  sobre  dicho  tópico,  declaren  que  vieron  a JAIR            “encaletarse” el arma. Por ello,  al  no  tener  en  cuenta  esta  prueba  el fallador, “la  ignoró,  incurriendo  entonces  en  error  de  hecho,  lo  que ocasionó que le  endilgara  autoría  a  la  persona diferente que disparó realmente”, cuestiona el impugnante.   

          3.-  Demostrado  como  se  tiene  a  través  de  los testimonios de  Aracelly  Enciso  Alape  y  Teodora  Neria  Ramírez,  entre  otros, que quienes  escapaban  eran  JAIR  y  su  hermano  Guillermo, así como la real transferencia que del arma hizo éste a su  consanguíneo  y   el  reconocimiento  que  en  ampliación  posterior a su  inicial  versión  hizo  el  ofendido  de  su agresor, la inferencia lógica que  resulta  de  armonizar dichas pruebas no puede ser diversa a tener como autor de  los     disparos     al     mentado    Guillermo    y    no    a    JAIR, insiste en sostener el casacionista.  Por  tal  razón, agrega, equivocadamente el Tribunal apreció el testimonio del  policía  Ríos,  cuya negativa en admitir haber estado en casa de los afectados  en  compañía  de  Guillermo,  es a todas luces mendaz, teniéndose probado que  allí   estuvieron   juntos   tratando   de   arreglar  el  asunto,  pues  el  servidor  público fue quien se  ocupó del caso.   

          Por   suerte   que,   observados   “los  manifiestos  errores  en  apreciación probatoria en que incurrió el fallador y  en  la  incidencia  que  tuvieron  para  condenar  a  persona  diferente a quien  cometió  los  punibles”,  es  procedente  casar  la  sentencia  impugnada y en su lugar absolver de todo cargo al procesado, concluye  el censor.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

          Advierte  el  Procurador  Tercero  Delegado  que  pese a enunciar el  único  cargo que formula el actor contra la sentencia atacada como interpretación   errónea,   la  censura  habrá     de     entenderse    como    apreciación  errónea  en  la  medida  en que se orienta a efectuar  diversos  cuestionamientos  en  relación  con  las  pruebas  -falso  juicio  de  identidad-,  “que en un segundo momento propone para  terminar  en  la  exposición  de  un  error  de  derecho  por  falso  juicio de  convicción.”   

                 

          Sin  embargo, el recurrente no logra concretar las violaciones a los  postulados  de la sana crítica que como vicios le endilga a las deducciones del  juzgador,  pues,  pretendiendo descalificar el testimonio del denunciante Páez,  sólo  atina  a  relacionar aspectos irrelevantes de su declaración que en nada  prueban  las  transgresiones  que  se  aducen.  Así,  cuando  por  parte de los  falladores  se  le  otorga  credibilidad  a  lo  expuesto  por el ofendido en su  denuncia,   aduce   el   Ministerio   Público,   no  es  que  exista  en  dicho  pronunciamiento  un  divorcio  con  la  lógica  o  la experiencia;  lo que  sucede  es  que  con los factores que el casacionista señala en la demanda como  falencias  del  fallo,  “más que demostrar el yerro  enunciado  intentan  presentar las conclusiones queridas por el casacionista que  evidentemente  se  oponen  al criterio del juzgador”,  situación  que  fue  objeto  de  examen  por  parte  del  Tribunal.   Para  sustentar   su  afirmación,  el  Procurador  Delegado  transcribe  los  apartes  pertinentes de la sentencia acusada.   

          Luego,  no  fue  que  se  apreciara  erróneamente  la  versión del  denunciante,  sino  que de la confrontación de las diferentes informaciones que  sobre  el  autor  de  los  hechos  suministró  Páez  con lo que sobre el mismo  particular  hicieron saber los otros testigos, el sentenciador sacó sus propias  conclusiones,    deducciones  que  en  verdad  armonizan  con  la  realidad  procesal  porque,  ante  las  imprecisiones  del  ofendido,  resultaba necesario  complemento  recoger  lo  transmitido  al  proceso  por quienes coinciden con el  denunciante  en indicar el atuendo que llevaba el agresor, algunos de los cuales  además  de  identificarlo  por  su  nombre  y  por  el oficio que desempeñaba,  seguido  a  escuchar  las  detonaciones  y  las  voces  de auxilio del agredido,  aseguran   haberlo   visto   guardar   el  arma  bajo  sus  prendas,  advera  la  Delegada.   

En consecuencia, las glosas que el impugnante  reporta  en  su  libelo  para tratar de descalificar la prueba de cargo, en nada  demeritan   el   juicio  de  responsabilidad  emitido  por  el  juzgador,  y  la  apreciación  errónea  que  como  censura parece invocar, lo cual supuestamente  “implica  la demostración de la tergiversación del  hecho  contenido  en  la  prueba”, no se concreta por  cuanto  en  verdad  ninguna alteración se produjo en su contenido como para que  con  ella  se  hiciera  denotar  más  de  lo  que por si misma informa. Ningún  argumento  valedero  presenta  pues  el  censor,  a  juicio de la Delegada, para  acreditar  la  transgresión a los principios de la sana crítica que como error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  presenta  como  fundamento  de  su  ataque.                                         

          Así  mismo,  el  pretextado  error  de  hecho  por  falso juicio de  existencia  dizque  por  omitir  el  sentenciador  apreciar  el  contenido de la  ampliación  de  la  denuncia en lo atinente a la atribución de responsabilidad  que  de los acontecimientos le endilga Héctor Páez a Guillermo Morales, carece  de  soporte  porque  lo  cierto  es que en la sentencia el aspecto que el censor  dice  echar de menos ciertamente fue objeto de examen, al punto que con apoyo en  los  otros  testimonios  el  Tribunal desecha aquellas versiones contradictorias  para  desembocar  en  la conclusión de que el autor de las conductas delictivas  juzgadas      fue      JAIR     MORALES.    El  análisis  que  el  censor  emprende  para  tratar  de  demostrar  el  yerro  argüido,  no  pasa  de  ser un alegato más de instancia,  ejercicio  improcedente dentro del extraordinario recurso, expone la Delegada, y  las  observaciones  que sobre el particular pretende introducir el casacionista,  resultan   inocuas  ante  la  estimación que de las pruebas efectuó el fallador.   

Por  consiguiente,  ante la no demostración  del  quebranto pretextado, “la falta de técnica y de  razón  impiden  la  prosperidad  del cargo”, culmina  aduciendo en su concepto el Procurador Delegado.   

          No  obstante su solicitud de desestimación del cargo alegado por el  actor,  la  Delegada pide casar de oficio el fallo recurrido, como quiera que so  pretexto  de  atender  al  principio  de  legalidad, el Tribunal “hizo  más  gravosa  la situación del procesado al aumentar la pena  principal  de  trece  años  cuatro  meses  a  catorce  años  y  seis  meses al  considerar  que el fallador de primer grado no tuvo en cuenta la doble tentativa  de  homicidio.”  De  la siguiente manera sustenta su  tesis la Agencia del Ministerio Público:   

          “…si bien los principios fundamentales  de   la   legalidad   y   la  reformatio  in  pejus  tienen  una  misma  entidad  constitucional,  esta  última  le otorga el derecho al procesado que su pena no  sea  agravada  como  resultado  de  su  propia  impugnación, esto con el fin de  otorgar  seguridad  al  apelante  único  de que bajo ningún aspecto podrá ser  agravada  su  condición,  este  es  un  derecho  vinculado  al  ejercicio de la  defensa,  que  faculta  al procesado a apelar -pese a los yerros que advierta en  la  sentencia-  con  la  seguridad  de  que no se va a variar su situación para  resultar   desfavorecido   con   la   segunda   decisión   judicial.”   

          En  el sub judice,  prosigue   la  Delegada,  contrariamente  a  lo  expuesto  por  el  Ad  Quem,  el  A  Quo  teniendo  en  cuenta  el  pliego  de  cargos  y a  sabiendas  de  que  procedía  por  un concurso de hechos punibles, dosificó la  sanción  sin  violar  los  límites mínimo y máximo de la penalidad imponible  conforme  con lo indicado en el artículo 26 del Código de Procedimiento Penal,  tasación  que  realizó  con  base  en la facultad discrecional que le asiste y  cuyo fundamento se origina en la misma ley.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Atendiéndose  a  la  premisa  contenida  en  el  artículo  254 del  Código  de  Procedimiento Penal, en cuanto a la observancia de las reglas de la  sana  crítica  y  el  examen conjunto del haz probatorio, por cualquiera de los  medios  de prueba legalmente reconocidos el Juez bien puede dar por establecidos  los  hechos  y  circunstancias del delito, la responsabilidad del procesado y la  naturaleza  y cuantía de los perjuicios, según previene el artículo 253 ídem  al   instituir   en  nuestro  ordenamiento  jurídico  el  sistema  de  libertad  probatoria en materia penal.    

De  ahí  que  la  Sala persista en reiterar  cómo  dentro  de  ese sistema de libre apreciación racional le está vedado al  casacionista,  para  los fines de desarrollar y fundamentar el cargo, conducirse  bajo  los  parámetros  de  unas  instancias  ya superadas, por cuanto lo que se  trata  en esta sede de impugnación extraordinaria es romper un fallo que arriba  ungido  con  el  doble  atributo  de  acierto y legalidad, cometido que sólo se  logra  en  la  medida  en  que  se  pueda demostrar de manera coherente, clara y  puntual,  los  vicios  de  actividad o de juicio en que incurrió el juzgador de  turno,  así  como  su  influencia  nociva  en  los  resultados  del  respectivo  pronunciamiento  al  punto que, de no haberse presentado tales anomalías, otras  muy   distintas   hubiesen   sido   las   conclusiones   de   la  determinación  atacada.   

          En  el  evento  que ocupa la atención de la Sala, el censor formula  yerros  en la apreciación de algunos medios de prueba, cuyo contenido dizque el  Tribunal   interpretó   erróneamente   con  desmedro  de elementales reglas de la lógica y la experiencia,  que  de haber sido valorados en su justa medida, así lo deja entrever, habrían  conducido  a  una  decisión  final  diversa  a  la  que en últimas se dio. Sin  embargo,  el  libelista  solamente  acierta  a  relacionar  lo  que en su sentir  constituyen  fallas en la estimación de dichos elementos de persuasión que, de  ser  ciertas,  a  juicio  de  la  Sala  carecerían  de la idoneidad y capacidad  suficientes  para configurar vicios verdaderamente trascendentes. Con esa manera  de  discurrir,  propia  de las instancias, como ya se advirtió, lo que pretende  el  censor  es  anteponer su personal criterio al que con autoridad se deriva de  la  función  legal  y  constitucional  de  juzgar  que,  como  bien lo anota la  Delegada,  riñe  con  las  reglas  de  técnica  casacional  que  rigen para el  desarrollo   y   fundamentación   del   cargo   al   interior   de  la  censura  propuesta.   

         La  Sala  tiene  claramente  establecido que cuando se aducen vicios  in  iudicando provenientes de  una  errónea  estimación  probatoria  -error de hecho  por  falso  juicio de identidad-, es preciso distinguir  si  el  yerro  se originó en la distorsión del contenido material del elemento  de  convicción  cuestionado,  o  si  dicho  error nació de la ponderación del  mérito  de  la  prueba con abierto desconocimiento de los postulados de la sana  crítica.   

Ninguna  claridad  al  respecto  aporta  el  casacionista  en  su  cuestionamiento,  por  el  contrario,  refunde  de  manera  inapropiada  en  un solo y simple concepto el sentido de la supuesta violación,  pues  no  a  otra  deducción  se  arriba cuando luego de reseñar los presuntos  errores  en  el  raciocinio  del  sentenciador,  que  según su criterio atentan  contra  los principios de la lógica y la experiencia, seguidamente proclama que  el  funcionario  en  su  inferencia tergiversó algunos de los datos que para la  individualización  del agresor suministraron los testigos del hecho, tales como  la  descripción  física,  la edad aparente y las vestiduras del procesado. Con  tal   discernimiento,   a   renglón   seguido  el  impugnante  saca  su  propia  conclusión:  el señalamiento que del acusado hizo el denunciante no se derivó  de  lo que sus sentidos percibieron acerca de la persona de su atacante, sino de  lo   que   en   relación   con  ese  dato  le  transmitieron  los  vecinos  que  fragmentariamente  observaron  lo  acontecido un instante después de escuchadas  las detonaciones.    

Lo  anterior  explica  las   dudas  y  posterior  retractación  del  ofendido, según afirma el actor, controvirtiendo  su  propia  versión  inicial  en  cuanto  al  autor  del acometimiento, pues en  últimas   se   mantiene   en  que  fue  José  Guillermo  Morales,  hermano  de  JAIR,  y  no  éste  como en  principio  aseguró:  “…lo  que  pasa  es  que  la  sindicación  que  hace  en su denuncia a JAIR MORALES se explica coherentemente  por  los  datos  que  le dieron sus vecinos de barrio sobre la identidad del que  realmente  iba  en  pantalonetas y guardaba el revólver y con el interés de no  dejar  impune el hecho de buena fe se atuvo a las características que le dieron  sin  que  él  las hubiera fijado claramente, lo que le causó la confusión que  en  la  denuncia  introdujo  y  que  antes  aludimos  pero  no  es  necesaria la  inferencia  que  se  quiere deducir al asemejar el testimonio sobre los momentos  posteriores,      con      los      hechos     concomitantes     …”.    

           A pesar de la antitécnica formulación del cargo, que por si sola  bastaría  para  desestimar  la  pretensión  del  impugnante,  no está de más  destacar  cómo  en  la  sentencia  acusada  no se falta a las reglas de la sana  crítica  en  tanto  que,  contrariamente a lo aseverado por el actor,  las  declaraciones  que  en ella se hicieron revelan la verdad procesal; y menos cabe  afirmar  que  el  fallador en la estimación de la prueba distorsionó el propio  contenido contrariando su materialidad intrínseca.   

En efecto, se equivoca el casacionista en su  argumentación  porque  si  se  consultan los razonamientos que hizo el juzgador  para  desechar la posición incongruente, vacilante y contradictoria   que  asumió  el  denunciante  en  las  ampliaciones  de la queja al variar su inicial señalamiento para hacerlo recaer  en  José  Guillermo -cuya inidoneidad para la reconstrucción histórica de los  hechos,  advierte  el  fallo  cuestionado  a  fls.  9 del cuaderno del Tribunal,  emerge   diáfana   por  su  desconexión  y  contraposición  con  la  realidad  procesal-   mal  puede  tenerse  una  tal reflexión como el producto de un  análisis  probatorio  caprichoso  o arbitrario realizado al margen del contexto  investigativo,  habida  consideración  de  la confrontación testimonial seria,  armónica  y  coherente  de  lo que a su vez expusieron sobre el autor del hecho  testigos  como  Jesús  Eduardo  Ramírez Martínez, Luis Evelio Zabala, Teodora  Neria  Ramírez  Bonilla,  Georgina  Guarín  de Muñoz, Silenia Castro Medina y  Elías  Urrea  Reyes,  apartes  pertinentes  de  cuyas  deponencias fielmente se  reproducen en la sentencia acusada (Fls. 13 a 15).   

No acierta pues el impugnante extraordinario  a  demostrar  de  qué manera el juzgador distorsionó la expresión fáctica de  las  pruebas  relacionadas  en  su  libelo,  poniéndolas  a  decir lo que ellas  materialmente  no  informan  al  punto de propiciar una decisión contraria a la  ley,  o en qué forma ese mismo funcionario transgredió las leyes de la lógica  o  las  reglas  de  la  experiencia  en  el  análisis  que  de  ese mismo plexo  probatorio realizó.    

La  inferencia  del  fallador  respecto del  autor  de  las  conductas  punibles  juzgadas  se  origina a partir de la propia  experiencia   del  ofendido  -el  sorprendimiento  de  alguien  que  vestido  de  pantaloneta  orinaba  frente  a la puerta de su residencia y que ante el reclamo  la  emprendió en su contra accionando el arma de fuego que portaba-; por lo que  este  dato,  puesto en conocimiento de la autoridad judicial por el denunciante,  deviene  de  la  percepción  directa  de  los  sentidos de éste y no de lo que  terceros  hubieran  podido  manifestarle,  como  lo quiere hacer ver el actor. Y  esta  vivencia,  unida  a la observación de muchos otros testigos que instantes  después  de  escuchar  los  disparos  tuvieron  a la vista a una persona cuando  vestida  de  pantaloneta  huía  tratando  de  ocultar  un arma de fuego, la que  algunos  de ellos identifican por su nombre y oficio cotidiano, se constituyeron  en  factores  de persuasión suficientes para el juzgador cimentar el respectivo  juicio de reproche.   

No  se discute que los vecinos del lugar le  hubieran  hecho  saber  al  denunciante el nombre y la labor que desempeñaba el  agresor,  pero  sostener  a  raíz  de  la  probable ocurrencia de tal hecho que  “el razonamiento de los falladores no se ajusta a la  realidad  procesal  porque una persona atacada con arma de fuego por un extraño  no  está  en capacidad de identificarlo con su nombre y apellido a menos que se  lo  hayan  transmitido terceras personas”, no deja de  ser  un  argumento sofístico del actor en procura de que el juez en la tarea de  evaluación  probatoria  analice  los  medios de convicción de manera sesgada y  aislada.  Aquella  conclusión  lejos  está de ser una deducción tergiversada,  como  la  cataloga  el  recurrente  extraordinario,  sino  que  por el contrario  constituye  el  juicio comparativo resultante de la conjugación razonable de la  totalidad  de  la  información  procesal  contenida  en  los diversos medios de  prueba examinados.   

En similar desacierto incurre el demandante  al  aducir  que  el  Tribunal  erró al apreciar el testimonio del agente Ríos,  cuya  declaración  supuestamente “pugna abiertamente  con  la  realidad  procesal”  en  la  medida  en que  buscando  solidarizarse con su compañero de institución  -José Guillermo  Morales  dice  pertenecer  a  la Policía Nacional-  mintió al negar haber  estado  con el hermano del Procesado (el citado José Guillermo) en la morada de  los  ofendidos,  hallándose  demostrado  lo contrario.  Si el policial fue  mendaz  sobre  este  específico  asunto,  advierte  el libelista, deleznable se  torna  su  testimonio  en  cuanto  asegura  que  Héctor  Páez, el denunciante,  descartó  al  mentado  José  Guillermo  Morales como compañero de andanzas de  JAIR MORALES para la fecha de  los acontecimientos.   

Empero  lo uno no conduce inexorablemente a  lo  otro;  si  en  realidad  el  declarante faltó a la verdad en lo atinente al  punto  destacado  por  el actor, de ello necesariamente no se sigue que también  hubiera  sido  falaz cuando transmitió lo que sobre el compañero del procesado  manifestó  el  ofendido.   A toda costa quiere hacer ver el impugnante una  apreciación  errónea  de  la  prueba  por parte del fallador, sólo porque las  deducciones  de  éste  no  se acomodan a su particular interés en la medida en  que  las  probanzas  tienden  a señalar que quien disparó fue el personaje que  vestía    pantaloneta,    que    ciertamente    no    era    José    Guillermo  Morales.       

Como  consecuencia  obligada de lo expuesto  con  antelación,  surge  evidente  la  impropiedad  de la alegación del censor  acerca  de  que  el  juzgador  “omitió  apreciar la  prueba  del  ofendido  denunciante  que  comprometía indubitablemente al señor  JOSE  GUILLERMO  MORALES como el autor de los disparos de que fue víctima él y  su  hija;  todo  lo  cual  determinó  que  se  imputara  responsabilidad  a  un  inocente”, lo cual, según afirma, encuentra soporte  probatorio  en  lo  declarado por Jesús Eduardo Martínez en cuanto a que éste  percibió  el  momento  en  que el citado José Guillermo se deshizo del arma de  fuego   entregándosela   a  JAIR  MORALES.   

No  es  entonces  que  el sentenciador haya  “omitido  apreciar”  el  contexto  testimonial  reseñado,  como  dice la glosa que de acuerdo a la forma  como  la presenta el actor conduciría a pensar en un posible error de hecho por  falso  juicio de existencia, al abstenerse de considerar el Tribunal pruebas que  obran  en  el  proceso. Lo cierto del caso es que el juzgador no ignoró ninguna  de  las  dos  versiones, puesto que sobre el examen que el impugnante dice echar  de  menos  específicamente  se  dijo en la sentencia recurrida: “Ningún  respaldo,  de otra parte, encuentra la hipótesis de que el  señor    José    Guillermo    Morales  fue  el  autor  de  los  disparos  y  que  para  evadir cualquier  responsabilidad  le  pasó  el  arma a su hermano Jair  Morales.  Esta  es  apenas  una suposición del señor  Héctor Paez desvirtuada por  el  conjunto  procesal  y  que  reposa como un simple enunciado, ignorándose la  causa  que  lo estimula…” (Fls. 16 del cuaderno del  Tribunal. Subrayas fuera del texto).   

Obsérvese que la Colegiatura sin mencionar  el  nombre  del  testigo  al  que  el  libelista alude -Jesús Eduardo Martínez  Ramírez,  de  quien  partió  la  afirmación  del  traspaso  del revólver que  efectuó  José  Guillermo  a  Jair-,  sí  hace  expresa referencia a lo que es  motivo  de  queja por parte del censor, esto es, al cambio de posesión sobre el  arma.  Lo  que  sucede  es  que  frente  al resto del haz probatorio que señala  en   forma apodíctica a JAIR MORALES como  el  autor  de las conductas punibles objeto de juzgamiento, el  fallador  no  le  da  a  la  insular  hipótesis  de  transferencia  del arma la  connotación que sí le otorga el actor.    

Así  las  cosas, la falta de técnica y de  razón  en la demanda tornan impróspera la censura propuesta y por consiguiente  la      pretensión      del     impugnante     extraordinario     habrá     de  desestimarse.   

DE LA CASACIÓN OFICIOSA  

         Como  bien  lo  advierte la Delegada en su concepto, acontece que al  desatar  la  impugnación  propuesta  únicamente  por el defensor del procesado  contra  la  sentencia  de  primer  grado,  el  Ad Quem  decidió incrementar la pena principal privativa de la  libertad  de  13  años  y  4  meses  de  prisión  impuesta por el A  Quo,  a  14  años  y  6  meses, con el  argumento   de   que   inexplicablemente  el  juez  de  la primera instancia no advirtió que se procedía por  dos  tentativas  de  homicidio,  además  del  porte  ilegal de arma de fuego de  defensa  personal  imputados  en la resolución de acusación, y que el fallo se  profirió en consonancia con dicho pliego de cargos.   

Es  así  como  consideró  que el supuesto  error  en  la dosificación punitiva se debía enmendar en defensa del principio  constitucional  de  la  legalidad  de la pena, postulado que no sólo constituye  garantía  en relación con el procesado sino también respecto del Estado y por  ende de la sociedad.   

         Empero,  para  la  Sala  una  tal  postura vulnera flagrantemente el  también    principio    superior    de    la   prohibición   de   reformatio  in  pejus  establecido  en  el  artículo  31  de  la  Carta  Política  y desarrollado por el artículo 217 del  Código  de Procedimiento Penal, en tanto al condenado cuando es apelante único  no  se  le  puede agravar la pena que se le impuso en la primera instancia; dado  que  no  es  verdad  que  el  a  quo  hubiera inadvertido la concurrencia de dos  homicidios  imperfectos  con  el  porte  ilegal  del  arma, pues en el fallo, en  consonancia  con la acusación examinó los tres injustos y en cada uno de ellos  halló  culpable  al  justiciable,  dosificando  la  pena  dentro  del margen de  discrecionalidad  que  le  permitía  el artículo 26 del C. Penal.  Es por  ello  que  en  razón de la entidad del agravio, la Corte procederá de oficio a  su   remoción,   de   acuerdo   con   lo   establecido   en  el  artículo  228  ibídem.   

         En  efecto,  se  entiende  violada la legalidad de la pena cuando al  individualizarse  la  sanción  el  juez  no  respeta  el  marco punitivo en sus  límites  mínimo  o  máximo  señalados  en  la  respectiva disposición penal  sustantiva.  Y  en  tratándose  de  concurso de hechos punibles, la dosimetría  depende  del  art. 26 del C.P., según el cual el infractor quedará sometido al  precepto  que  apareja “la pena más grave, aumentada  hasta en otro tanto”.   

         Ahora  bien,  al  determinar  la pena el juez cuenta con la facultad  discrecional  reglada  en  el  artículo  61  del  Estatuto Penal Sustantivo que  impone  la  consideración  de factores como la gravedad y modalidades del hecho  punible,  el  grado  de culpabilidad, la personalidad del agente y el número de  hechos  punibles  a  él  atribuidos,  todo dentro del margen de amplitud que le  confiere   el  artículo  26  C.P.,  al  que  se  sujetó  el  Juez  de  primera  instancia,  pues  para éste  fue  suficiente  partir del mínimo establecido para el homicidio imperfecto (12  años  y  6  meses),  y  en razón de los otros dos hechos punibles concurrentes  decidió  aumentar la sanción en 10 meses, cálculo que si bien peca de benigno  se  halla dentro de la previsión legal que le permitía hacer un incremento que  podía  ir  desde  un  día,  como mínimo, hasta otro tanto de la pena prevista  para el delito más grave, como máximo.   

         Así  pues,  si el juez de primera instancia no desbordó este marco  punitivo,  supuesto  que  no  impuso una sanción inferior a la establecida como  mínima  para  la  disposición  que  apareja  la penalidad más grave y tampoco  dicha  pena  a  fuerza  de  recibir  un incremento por los injustos concurrentes  supera    la    cifra   que   comporta   el   “otro  tanto”  de  aquélla,  de  ninguna manera el Juzgado  violó  el  principio de legalidad como erróneamente lo consideró el Tribunal,  cuyo  aumento  de  14  meses  por  encima  de  la  dosificación del Juzgado sí  conculca  el  postulado  fundamental  de  no  reformar  peyorativamente la pena,  habida  consideración  de  que  sólo  la  defensa  impugnó el fallo de primer  grado.  Todo  lo  cual  implica casar de oficio la sentencia para restablecer la  pena  a  la  medida  impuesta  en la primera instancia, esto es, a trece años y  cuatro meses de prisión.   

         En  mérito a lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACION  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

        1°.-  DESESTIMAR  la  demanda de casación presentada contra el fallo de fecha, origen, naturaleza  y  contenido  indicados, conforme con las motivaciones expuestas en el cuerpo de  esta providencia.   

         2°.-   CASAR  parcialmente  y  de  oficio el  fallo  de  segundo  grado del que se hizo mérito, en el sentido de modificar la  pena  privativa de la libertad que en definitiva deberá purgar JAIR MORALES que  será  de  TRECE  (13)  AÑOS  y  CUATRO  (4)  MESES  DE  PRISIÓN,  conforme se  determinó en el fallo de primer grado.    

         En lo demás rige la sentencia de segunda instancia.   

CÓPIESE,  NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                             RICARDO  CALVETE RANGEL   

JORGE   E.  CÓRDOBA  POVEDA                                CARLOS A. GÁLVEZ ARGOTE   

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                                                                                       MARIO         MANTILLA  NOUGUES   

CARLOS   E.  MEJÍA  ESCOBAR                                                                                     NILSON         PINILLA  PINILLA   

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria    

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