21304(16-03-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21304  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  017  

Bogotá  D. C., dieciséis (16) de marzo de  dos mil cinco (2005).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de   casación   presentada   por  el  defensor  de  NORBERTO          ALONSO         MURILLO         GELVEZ.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Son puestos en  conocimiento  por parte del doctor JOSÉ HUMBERTO TORRES, representante legal de  la  Fundación  Comité  de Solidaridad para los Derechos Humanos, aduciendo que  el  7  de enero de mil novecientos noventa y dos (1992) en el barrio El Tunal, a  la   entrada   de   la   Funeraria   ‘APOGEO’  al  sur    de    esta    ciudad    (Bogotá),  fueron  retenidos  ilegalmente  los  señores ALEXANDER HENAO y  MARIO  SUAZA, permaneciendo incomunicados los mencionados en el inmueble ubicado  en     la     carrera    22    N°    22C-53    de    esta    ciudad.   

“Señala  el  doctor  TORRES  que  en horas de la madrugada del 10 de enero de 1992, el señor  HENAO  LOZANO  logró  fugarse  del  sitio de cautiverio y llegar al CAI N° 39,  ubicado  a  escasas  cuadras  de  la bodega con la nomenclatura antes enunciada,  completamente  desnudo, con esparadrapo en sus ojos, con las esposas marca Smith  &  Wesson  N°  292479  demarcadas  con  las siglas DAS que ataban sus manos  sostenidas  con  un  pequeño lazo. Igualmente, relata que la investigación fue  asumida  por  el  Grupo de Contra Inteligencia de la Sijin y que HENAO LOZANO le  fue  practicado  examen  médico  legal. En relación con MARIO SUAZA manifiesta  que  desapareció, sin que hasta el momento se haya verificado orden vigente que  lo  requiera  o ponga a disposición de autoridad competente ni que hubiere sido  puesto  en libertad. Posteriormente se tuvo conocimiento que el señor ALEXANDER  HENAO  había  sido  sometido  a  torturas originando la presente investigación  penal”.   

2.  El  Juzgado  Sexto  Penal  del Circuito  Especializado  de  Bogotá,  mediante  sentencia  fechada el 21 de septiembre de  2001,    condenó    a   Norberto   Alonso   Murillo  Gelvez a la pena principal de 80 meses de prisión, a  la  accesoria  de  rigor y al pago de los perjuicios, como coautor del delito de  tortura imputado en la acusación.   

3.  Apelado  el  fallo  por el defensor del  procesado,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  el  9  de  agosto  de 2002, lo  confirmó.   Contra   esta   determinación,   el   defensor   de   Murillo   Gelvez  interpuso  el  recurso  extraordinario de casación.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  Murillo  Gelvez, al amparo de la causal  primera   de   casación,   presenta   dos   cargos   contra  la  sentencia  del  Tribunal.   

Primer cargo  

Con apoyo en el cuerpo segundo de la causal  primera,  el  defensor  del procesado acusa la sentencia de segunda instancia de  haber  infringido  “de manera indirecta el artículo  12  del Código Penal, los artículos 7°, 9° y 20 del Código de Procedimiento  Penal,  en  cuanto  a  la  culpabilidad,  presunción  de  inocencia, actuación  procesal e investigación integral”.   

En    el   subtítulo   que   denominó  “PRIMER   ERROR  DE  HECHO  POR  FALSO  JUICIO  DE  EXISTENCIA,  POR  CUANTO  HUBO  OMISIÓN  DE  LA  PRUEBA EN CUENTO NO SE TUVO EN  CUENTA  EL  EXPERTICIO  LEGAL  DIMANENTE  DE MEDICINA LEGAL SECCIÓN GRAFOLOGÍA  FORENSE”,  resalta  que  el juzgador partió de una  omisión  “referente a la presunta existencia   de    prueba   obrante   en   el   plenario”,   toda   vez   que,  en  su criterio,  el  juez  de  primera  instancia  dio  por  cierto que el escrito, supuestamente  presentado   ante   notaría   en  el  mes  de  mayo  de  1992,  “reunía     los     requisitos    de    plena    prueba”,  cuando  es  claro  que la Sección de Grafología de Medicina  Legal  indicó  que para determinar si “dicha prueba  documental  era  en verdad auténtica, era imperioso y necesario que se enviaran  los  originales”, lo que no hizo el juzgador, ya que  “ellos      jamás      existieron”.   

Asevera que lo grave es que el Tribunal haya  acogido  la  tesis  del  sentenciador  de primer grado, aceptando como prueba un  anónimo  en  fotocopia  aparentemente suscrito por Alexander Henao y/o Galeano,  desconociendo  lo  “afirmado  por  la  Sección  de  Grafología  Forense,  esto es que dicha fotocopia carece de valor probatorio al  no  ponerse (sic) a analizar  si  su contenido tiene o no la autenticidad que la ley exige para valorarlo como  prueba,  naciendo  por  tanto  la  omisión que ha generado el presente error de  hecho por falso juicio de existencia”.   

A continuación, en el capítulo que llamó  “SEGUNDO  ERROR  DE  HECHO  POR  FALSO  JUICIO  DE  EXISTENCIA  POR SUPOSICIÓN DE PRUEBA” y frente a la  afirmación     que    hizo    el    Tribunal,    esto    es,    “‘personas    que    están    siendo  perseguidas   por   las   autoridades  como  supuestos  delincuentes’,             refiriéndose  a  las  que  aquí  también  se  dan  por  posibles  víctimas”,  sostiene  que  por  ninguna  parte del  expediente   se   indica  que  Alexander  Henao  y  Mario  Suaza  hubiesen  sido  solicitadas   formalmente   por   alguna   autoridad,  motivo  por  el  cual  es  “inexistente  esa  prueba y solo se encuentra en la  imaginación  del  fallador”,  contrariando así el  artículo  350  del  C.  de  P. Penal, aspecto que demuestra que “no  se  probó  que el hecho siquiera hubiese ocurrido como se dijo  inicialmente”,  lo que habría sido despejado si se  hubiere tratado de identificar a la víctima.   

En  el  título  denominado “TERCER  ERROR  DE  HECHO  POR FALSO JUICIO DE RAZOCINIO”,  luego  de transcribir un aparte de la sentencia impugnada que  hace  referencia  a  las víctimas y al lugar donde estuvieron retenidas, afirma  que  faltó  “por establecer como primera medida que  estos  fueran  los ciudadanos, porque insisto que jamás se ha probado como debe  ser,  que  estos  sean  quienes  dicen  son  y como segunda medida tampoco se ha  probado  como  debe  ser  que  fue  en  este sitio donde hubiesen estado (…) y  porque  existen  testimonios que manifiestan que no es cierto lo de la fecha que  se  insiste  como  si  fuera  la  que  realmente  sucedió  porque ni las mismas  víctimas  la  han confirmado y el celador en su testimonio tampoco está seguro  y  el testimonio del celador Echeverry Vera que lo contradice, basta cotejar las  declaraciones  de Bernal Castañeda con la de otro celador, me refiero al señor  Aristóbulo  Echeverri  Vera,  quien  lo  contradice diamantinamente”.   

En  el acápite que llamó “CUARTO  ERROR  DE  HECHO  POR  SUPOSICIÓN  DE  PRUEBA”,  dice  que  el  yerro  se  observa  en las providencias de la  fiscalía,  del  juzgado  y del Tribunal, ya que dan por cierto el contenido del  citado  documento,  es  decir,  el  anónimo  presuntamente  autenticado ante la  Notaría  Quinta  de  Bogotá,  “y  que  no  sobra  repetir,  Medicina  Legal,  Sección  Grafología  Forense,  lo  descartó  como  prueba,   ya  que  en  fotocopia  no  es  posible  cotejar  escritos”.   Agrega  que  “brilla  por  su  ausencia  la declaración y por ende ratificación de la presunta denuncia en la  cual  se  dice  fue  sujeto  pasivo  de  tortura  el señor Alexander Henao  Lozano y/o Galeano”.   

Precisados  lo citados errores y en lo que  denominó  incidencia  de  los  mismos,  refiere que este proceso se inició con  base  en  un anónimo, prueba trasladada que provino de la Procuraduría General  de  la  Nación  “y  como  es  sabido  en  nuestra  idiosincrasia  es muy dada a lanzar la piedra y esconder la mano…, pero lo que  aquí  realmente  se  esconde  no es la mano sino la identidad del denunciante y  por   ello   en  el  anónimo  su  naturaleza  se  trasluce  normalmente  en  un  resentimiento  o  un  deseo de venganza y en consecuencia de lo anterior, o sea,  por  los motivos o móviles innobles, la legislación colombiana ha previsto que  no  son  causales para la iniciación de una acción disciplinaria y mucho menos  penal ”.   

Luego  de  citar  jurisprudencia  de  esta  Corporación,  resalta que existe en nuestra legislación una postura radical de  inadmisibilidad  del anónimo, como así se desprende del artículo 38 de la Ley  190 de 1995 en concordancia con la Ley 24 de 1992.   

Añade  que  para guardar una correlación  entre  el  anónimo y las pruebas practicadas inicialmente por la Procuraduría,  considera  que  el  traslado  de  éstas  violaron el artículo 255 del anterior  Código  de  Procedimiento  Penal,  es  decir, “que  hubieren  sido  practicada  válidamente”, pues, en  su    criterio,    tanto    “aquellas”  como  la inspección judicial realizada a la citada bodega de  Distraco  no  son  válidas,  por  cuanto “ésta se  practicó  sin  que  se  citara a los disciplinados, entre ellos, al Dr. MURILLO  GELVEZ,  y  mucho  menos  a  su defensor ”,  irregularidad  que vulneró el debido proceso y el derecho a  controvertir.   

   

De  ahí  que,  dice,  se  imponga  a  los  funcionarios  judiciales  el  deber  de  notificar,  tal  como  lo  ordenaba  el  artículo  186  del  anterior  C.  de  P.  Penal, lo que es aplicable al proceso  disciplinario.  Por  ello,  concluye que en el proceso disciplinario, del que se  trasladaron  pruebas, se violó el derecho de defensa de su procurado, quien fue  condenado siendo inocente.   

Por consiguiente, solicita a la Corte casar  el  fallo  impugnado  y,  en  su  lugar,  proferir  la  decisión que en derecho  corresponda.    

Segundo cargo  

De  manera  subsidiaria  y  con base en el  cuerpo  segundo  de  la  causal primera de casación, acusa al Tribunal de haber  violado,  de  manera indirecta, la ley sustancial por error de derecho por falso  juicio  de  legalidad.  Agrega  que  el  principio  de legalidad de la prueba se  encuentra  plasmado  en  los artículos 29 de la Constitución Política y 233 y  235 del Código de Procedimiento Penal.   

El  “PRIMER  ERROR  DE DERECHO POR FALSO JUICIO DE LEGALIDAD” lo  hace  consistir  en  que  el  Tribunal  fundó sus consideraciones en el escrito  anónimo  compuesto por cuatro hojas, en el que “ni  siquiera  se  dejó  bien el  apellido de quien se pretendía representar y  sellado  supuestamente  en  la  Notaría Quinta el 15 de mayo… por el presunto  signatario  ALEXANDER  HENAO  GALEANO”,  quien  se  cambia el apellido Lozano por el de Galeano.   

Recuerda que Medicina Legal señaló dicho  documento  como  una  fotocopia  de  la cual no “se  puede    determinar    siquiera    si   pertenece   o   fue   sellado   en   esa  notaría”, como tampoco  fue  aportado  el  original,  motivo por el cual fue  imposible  realizar el estudio grafológico con el fin de establecer la autoría  del mismo.   

Insiste  en  afirmar  que  “con   lo   signado   por   el  Laboratorio  de  Documentología  y  Grafología  Forense,  nos  está diciendo a viva voz que se trata de una prueba  inexistente”  y,  sin  embargo, el fallador le dio  “plena credibilidad”,  sin  olvidar  que  este documento tampoco reúne los requisitos notariales de la  verdadera  autenticación establecidos en los artículos 75 y 77 del Decreto 960  de 1970.   

El  “SEGUNDO  ERROR  DE DERECHO POR FALSO JUICIO DE LEGALIDAD” lo  hace  recaer  en  la  inspección  judicial  practicada  por  la Procuraduría y  trasladada  a  este  proceso,  diligencia  que  se llevó a cabo “sin    la    presencia    del    presunto    disciplinado   y   su  defensor   para   que  pudieran  intervenir  en  la  diligencia de tan pluricitada bodega de DISTRACO y  así  ejercer  el  derecho  de defensa que constitucionalmente está consagrado,  para  que  en  el  decurso  o desarrollo de la misma ellos pudieran contradecir,  solicitar  pruebas,  dejar constancias, interrogar, en fin ejercer materialmente  su  defensa  y  así  evitar  que pruebas practicadas a sus espaldas, se aduzcan  irregularmente  al  proceso  y  lo que es más grave se trasladen a otro sin los  requisitos  de  ley,  tal  como  sucedió en este caso, y, donde se le dio plena  credibilidad      sirviendo     de     soporte     para     condenar”.   

A   continuación,  en  el  título  que  denominó  “LA  GRAN  INCIDENCIA DE LOS ERRORES DE  DERECHO    POR    FALSO    JUICIO   DE   LEGALIDAD   EN   EL   FALLO”,   sostiene  que  para  efectos  de  absolver  o  condenar  al  procesado  debe  tenerse  presente  el concepto de certeza. No obstante, refiere  que  el sentenciador se apartó de dicho importante concepto, pues al determinar  que   su   procurado  es  responsable  del  delito  de  tortura  “en  la  persona  que  hasta  la  presente  no ha sido identificada  plenamente”,  incurrió en violación indirecta de  la ley sustancial.   

Después de citar una jurisprudencia de la  Sala  en  la cual se plasman los lineamientos técnicos de los falsos juicios de  legalidad   y  convicción,  propios  del  error  de  derecho,  reitera  que  la  violación   acusada  se  consolidó  en  el  momento  en  que  al  realizar  la  Procuraduría     la     inspección     judicial    no    se    “llevó    a    efecto    el    principio    del   derecho   a   la  contradicción”,   pues   se   adelantó  sin  la  presencia   del   disciplinado   y   de  su  defensor,  irregularidad  que  hace  indiscutible la inexistencia de la diligencia.   

En    los    párrafos    siguientes  dice:   

“Señores  magistrados,  este  es  indudablemente  un proceso KAFKIANO, en donde se dan por  demostrados  hechos y situaciones sin que existan pruebas de las mismas, sin que  las  presuntas  víctimas  estén  plenamente  identificadas,  ni  concurran  al  proceso  en calidad de sujetos pasivos de las infracciones que se dicen han sido  cometidas contra ellas   

“Además de lo  anotado,  anteriormente  hay  que  tener  en  cuenta,  que los padecimientos que  configuran  el delito de tortura, no pueden jamás suponerse, ni inferirse, como  se  ha  hecho  en  este  proceso,  pues únicamente se demostró por peritación  médica  señales  externas  que  jamás  pueden  llevarnos a la convicción del  sufrimiento,  cuando  se  trata  de  tortura física o psicológica, tal como se  predica  por  fortuna  hoy, en el artículo 178 del actual Código Penal y, para  un  mejor  proveer  me  remito  al  contenido de la norma citada, para evitar su  odiosa repetición y/o transcripción.   

“Bien  puede  decirse  que  la  tortura fue psicológica, pero es que en el proceso no hay una  sola  prueba  respecto a ese presunto hecho punible, y que se le puede enrostrar  a  mi defendido, pues como ya lo he manifestado anteriormente, el ofendido nunca  compareció    ante    la   justicia   para   narrar   lo   ocurrido”.   

A  continuación,  luego  de  explicar los  alcances  jurídicos  del  in dubio pro reo y de referirse sobre las condiciones  personales,  familiares   profesionales  de  su  defendido,  reitera que no  existe  prueba  que lo señale como responsable de la conducta punible que se le  ha  imputado, razón por la cual, por lo menos, se debe reconocer en su favor la  duda.   

Así  mismo, dice que tampoco se probó la  relación  de  causalidad  existente  entre  el  presunto  secuestro  que estaba  investigando  el  procesado  y  el  cautiverio  de  las  supuestas  víctimas de  tortura,  ya  que  lo único que hay en el proceso es un anónimo irregularmente  allegado   “y del cual no se incorpora algún  pronunciamiento   oficial,   toda   vez   que   tampoco   existe   la  verdadera  identificación  de  las  víctimas en este caso, mucho menos la identificación  de   los   posibles   autores   del  ‘secuestro’    presuntamente   investigado   por   el   procesado”.  Por  ello,  estima  que  tales vacíos deben ser resueltos a  través  de  la  duda  a  favor de su procurado, a quien no se le puede señalar  como  coautor  del  delito  por  el solo hecho de haber sido Jefe de la Policía  Judicial del D.A.S.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia  impugnada  y, por ende, proferir sentencia absolutoria a favor de  Norberto Alonso Murillo Gelvez.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

Se hace imperioso recordar que la casación  es  un  recurso  de  naturaleza  extraordinaria  y rogada, motivo por el cual el  legislador  estatuyó  las  causales  por  las  que resulta procedente atacar la  presunción  de  acierto  y legalidad con que viene amparada la sentencia a esta  sede.  De  igual  modo,  dada  las  citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos formales  que    debe    cumplir   el   escrito,   cuya   inobservancia   conduce   a   su  inadmisión.   

En  el  caso  que ocupa la atención de la  Sala,  surge  evidente  que  la  demanda  de  casación  presentada  a nombre de  Norberto    Alonso    Murillo   Gelvez  carece  de la claridad y precisión requeridas, al punto que las  hipótesis  allí planteadas no son más que una abierta disparidad de criterios  con  las  conclusiones  adoptadas  en  el  fallo  impugnado, sin que evidencie y  demuestre,   de   manera   metodológica,   la   trascendencia   de  los  yerros  denunciados.   

En   efecto,  respecto  al  primer  cargo el actor no ilustró a la  Corte  cuál  fue  el  sentido  del quebrantamiento del artículo 12 del Código  Penal,  es decir, si lo fue por falta de aplicación o por aplicación indebida,  ni  precisa  ni se infiere del desarrollo de la censura, por qué el juzgador lo  transgredió al momento de elaborar el juicio de derecho.   

Igualmente, si bien es cierto que el ataque  lo  perfila por los senderos de la violación indirecta de la ley sustancial por  cuatro  errores de hecho generados en falsos juicios de existencia, por omisión  y  suposición,  y  falso  raciocinio, también lo es que el reproche no solo lo  dejó  en  el  simple  enunciado  sino  que  el  sustento  de  lo  que denominó  “incidencia de los errores en el fallo” no es consecuente con los postulados expuestos.   

Así,  aseverando  que  el  sentenciador  omitió  la  valoración  del  dictamen  emitido  por la Sección de Grafología  Forense  del Instituto de Medicinal Legal (existencia  por  omisión),  que  supuso  que las víctimas eran  objeto  de  persecución  por  parte  de  las autoridades, que dio por cierto el  contenido  del documento presuntamente suscrito por los torturados (existencia   por  suposición)  y  que  concluyó,  sin estar probado, que dichos ciudadanos efectivamente fueron objeto  de   una   indebida   retención   en   un   lugar   desconocido   (falso   raciocinio),  de  todos  modos  tales  afirmaciones  son huérfanas de la correspondencia lógica que demanda la  debida  demostración  de  toda  censura, pues lejos de ilustrar a la Sala cómo  estos  múltiples  errores  tuvieron una decidida incidencia en las conclusiones  que  adoptó  el  fallador en la providencia impugnada, al punto que de no haber  incurrido  en ellos otra distinta hubiese sido la decisión tomada, se dedicó a  cuestionar  la legalidad de las pruebas que del proceso disciplinario adelantado  en la Procuraduría se trasladaron a éste.   

Como se observa, sin rumbo definido y sin  la  claridad  y  precisión  que  exige  el recurso extraordinario, el libelista  parte  de unos falsos juicios propios del error de hecho para desarrollarlos, de  manera  contradictoria,  por  los senderos del error de derecho por falso juicio  de  legalidad, yerro técnico inadmisible que la Corte, por virtud del principio  de limitación, no puede entrar a enmendar o a clarificar.   

Tampoco correlacionó los acusados errores  de  hecho  con  los  restantes  medios  probatorios sobre los cuales el juzgador  obtuvo  el  grado  necesario  de certeza para condenar a Norberto Alonso Murillo  Gelvez  como  responsable  del  delito  de  tortura,  elementos de juicio que no  reprochó y, menos aún, mencionó.   

Como  si  lo anterior fuese poco, resulta  fácil  advertir  que el censor transgrede el principio de autonomía, según el  cual,   al   interior   de   un   mismo  cargo  no  se  pueden  mezclar  ataques  correspondientes    a   causales   distintas,   pues   cada   una   cuenta   con  características  y  reglas  técnicas  de  demostración  diferentes y producen  diversas  consecuencias  jurídicas,  postulado que pasa por alto cuando en este  reproche  transita,  de  manera  simultánea, por la causal tercera, al plantear  que  el  traslado  de las supuestas pruebas ilegales también transgredió tanto  el  debido  proceso  como  el derecho de defensa de su procurado, reparos que ha  debido     formular    separadamente    y    respetando    el    principio    de  prioridad.   

En   fin,   advierte  la  Sala  que  la  inconformidad  del  demandante  radica  en  la  estimación  probatoria  que  el  juzgador  le otorgó a los medios de convicción y de los cuales dedujo el grado  de  responsabilidad  del  procesado  en  la  conducta  punible  por  la  que fue  condenado,  contraposición de criterios que no es susceptible de ser atacada en  esta  sede,  por  cuanto  que  dentro del sistema de apreciación probatoria que  rige,  el  sentenciador  goza de libertad para justipreciar los medios de prueba  allegados al diligenciamiento.   

Idéntica   es   la   situación   del  segundo  cargo  pues  si  bien  es  cierto que acusa al Tribunal de haber violado, de manera indirecta, la  ley  sustancial  por  error  de  derecho  generado  en  dos  falsos  juicios  de  legalidad,   de   todos   modos  la  demostración  del  reproche  dista  de  la  demostración planteada.   

En  efecto,  dice  el  actor que el fallo  impugnado     se     fundó     tanto     en    un    escrito    “anónimo”,  respecto  del cual no se  pudo   establecer   su   “autenticidad”  y, pese a ello, se le dio “plena  credibilidad”,   como   en   la   “inspección  judicial” que de manera  ilegal  llevó  a  cabo la Procuraduría y que, posteriormente, fue trasladada a  este  proceso,  No  obstante, en espera de que ilustrara a la Corte cómo dichos  medios  de  convicción  fueron  aducidos  con  desconocimiento  de  las  normas  procedimentales  que  condicionan  su validez y cómo tales yerros impidieron la  absolución  de  su  defendido frente a la conducta punible imputada, dedicó el  discurso  a afirmar que para “efectos de absolver o  condenar  al  procesado debe tenerse presente el concepto de certeza”   del   cual  se  apartó  el  sentenciador,  o  que  este  es  “un   proceso   KAFKIANO  en  donde  se  dan  por  demostrados   hechos   y   situaciones   sin   que   existan   pruebas   de  las  mismas”,  o  que  “no  existe    la    verdadera    identificación    de   las   víctimas”,  o  que  no  hay  prueba  que  señale a su representado como  responsable  de  la  conducta  punible,  argumentaciones  que no comulgan con la  hipótesis casacional seleccionada.   

En otros términos, la labor demostrativa  de  la censura la centró en imponer su personal valoración de los elementos de  juicio  obrantes  en  el proceso, concluyendo que su defendido no es responsable  de  la  conducta  punible  imputada o, por lo menos, que la duda es el instituto  que,  en  su  criterio,  debió aplicarse en este asunto, desconociendo, como se  indicó,  que  la  simple   disparidad  de  criterios  no  constituye error  demandable  en  casación,  toda  vez  que  el  juzgador,  dentro del método de  persuasión  racional,  goza  de  libertad para apreciar los elementos de juicio  válidamente  allegados  a  la  actuación,  sólo  limitado  por las reglas que  estructuran  la  sana  crítica, sin que, en este caso, el actor haya demostrado  como   las   pruebas   por   él   citadas   fueron  ilegalmente  practicadas  y  aducidas.   

Por consiguiente, al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

En mérito de lo expuesto, la Corte     Suprema    de    Justicia,  Sala  de Casación Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor de  NORBERTO  ALONSO  MURILLO GELVEZ. En consecuencia, se  declara   desierto   el   recurso   extraordinario   de  casación  interpuesto.   

Contra  esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Permiso  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                              HERMAN  GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO  GÓMEZ  QUINTERO                                                 EDGAR  LOMBANA     TRUJILLO                             

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                                 JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID  RAMÍREZ  BASTIDAS                                                 MAURO  SOLARTE PORTILLA   

Permiso  

                   TERESA RUÍZ NÚÑEZ   

                       Secretaria   

    

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