21928(27-05-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21928  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 45  

Bogotá, D. C., veintisiete (27) de mayo del  dos mil cuatro (2004).   

VISTOS  

    La Sala Penal del Tribunal  de  Cali,  el  29  de  abril  del 2003, ratificó la condena contra Julio  César  Viáfara Candelo, quien fue  declarado  responsable  de  los delitos de peculado por  apropiación  y destrucción,  supresión  y  ocultamiento  de  documento  privado. Su  defensor,  dentro  de  los  términos  de  ley,  presentó demanda de casación.  Corresponde  a  la  Sala  pronunciarse sobre la posibilidad de admitirla.   

                        HECHOS   

1. El 17 de agosto  de  1995,  Héctor  Iván  Segura Gallego fue comisionado para que realizara una  visita  de  inspección  a los inventarios de las bodegas de Ferrovías situadas  en Cali.   

2.  Al cabo de su  tarea,  encontró que faltaba una apreciable cantidad de piezas de hierro de las  que  allí  se  almacenaban.  En  dinero,  el desfalco ascendió a cuarenta y un  millones de pesos ($41.000.000.oo).   

3.  Dentro  de la  investigación  preliminar  se  pudo  establecer  que  de  las  bodegas, en unas  tractomulas,  el  21  y  el  28  de  julio y el 5 de agosto de 1995, se llevaron  varias   toneladas   de   hierro,  sin  que  hubiera  autorización  legal  para  retirarlas.   

4.  El  retiro de  esas  piezas,  según  indicaron  las  averiguaciones,  se  produjo por orden de  Julio   César   Viáfara   Candelo.  En  los  libros  de control de la portería, quedó registrada la  sustracción.  Pero este documento fue mutilado por los que intervinieron en los  hechos:       Julio      César     Viáfara  Candelo,  Omar  Hernán  Castro  y  Darío  Hernández  Ospina.     

                     ACTUACIÓN PROCESAL   

  1.  El  15 de enero de 1998, la Fiscalía  87  de  la  Unidad  de  Delitos contra la Administración Pública y Financieros  acusó  a  Julio  César Viáfara Candelo,  lo  mismo  que  a Darío Hernández y a Omar Hernán Castro – los  dos  primeros  en  calidad  de  coautores  y  el último como cómplice-, de los  delitos   de   peculado  por  apropiación  y destrucción, supresión y ocultamiento  de   documento   privado.  La  decisión  alcanzó  su  ejecutoria el 2 de febrero de 1998.   

2.  El  Juzgado  20 Penal del Circuito de Cali los declaró penalmente  responsables  de  las conductas imputadas en la resolución acusatoria, mediante  sentencia del 24 de mayo del 2002.   

La  pena  que  les  impuso fue de cuatro (4)  años  y  seis (6) meses de prisión y multa por valor de dos millones cincuenta  mil   pesos   ($2.050.000)   para   Darío   Hernández  Ospina  y  Julio   César   Viáfara   Candelo,  los  autores,  y dos (2) años y seis (6) meses, también de prisión, más una multa  equivalente  a  un  millón  veinticinco mil pesos ($1.025.000),  para Omar  Hernán  Castro, el cómplice. Además, se abstuvo de condenar a los acusados al  pago de perjuicios materiales y morales.   

           3. Contra la sentencia, los apoderados de  Viáfara    Candelo   y  Hernández  Ospina,  así como la representante de la parte civil, interpusieron  el  recurso  de  apelación.  La Sala Penal del Tribunal de Cali, el 29 de abril  del  2003, refrendó el juicio de condena respecto de la pena principal impuesta  a los sentenciados.   

Sin  embargo, con relación al pago de los  perjuicios  materiales,  aspecto  del  que  habían sido absueltos, revocó  la determinación y, en su lugar,  los  condenó  a  cancelar a  favor  de  Ferrovías, de manera solidaria, cuarenta y un millones de pesos  ($41.000.000)   por   concepto  de  perjuicios  materiales  y,  por  otro  lado,  confirmó lo concerniente con  la exoneración al pago de los perjuicios morales.   

                 

LA DEMANDA  

             El  recurrente  formula,  al amparo de la causal primera de casación (artículo  207,   numeral  1°,  cuerpo  segundo,  del  Código  de  Procedimiento  Penal),  tres   reproches   a   los  fundamentos probatorios de la sentencia:   

Primer  cargo.  Error  de derecho por falso  juicio de legalidad.   

El  Tribunal,  por  haber  incurrido  en  un  error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad  en   la  recepción  de  la  declaración  de  Darío  Hernández  Ospina,  violó  de  modo indirecto la ley  sustancial    y,   concretamente,   el   principio de legalidad de la prueba.   

Así lo sustenta:  

1.  Al momento de  incorporar  al  proceso  la versión de Darío Hernández Ospina, no se observó  lo  dispuesto  en  el   artículo 357 del Código de Procedimiento Penal de  1991.   Esta  persona,  aunque  inicialmente  rindió  versión  en  calidad  de  imputada,  en  un  momento  dado, cuando decidió lanzarle cargos a Julio  César  Viáfara  Candelo,  actuó  como testigo.   

2.  En  ese instante se hacía imprescindible imponerlo del juramento,  como  lo  ordena  el  artículo  357  del  Código  de  Procedimiento  Penal. El  funcionario  omitió dicha formalidad. Incorporó irregularmente al proceso esta  prueba.   Pero   el   proceder  equivocado  se  acentuó  aún  más  cuando  el  sentenciador procedió a apreciarla.   

3.  Por  eso  el  juzgador  incurrió  en  un  error de derecho por falso  juicio  de  legalidad.  Este  yerro  produjo un efecto  trascendente  en el sentido del fallo. Si no se le hubiera otorgado validez a la  acusación  que  Darío  Hernández lanzó en su indagatoria contra Julio  César Viáfara Candelo, la certeza  deducida  en  el  fallo  habría  quedado  sin  piso,  se  habría  desdibujado.   

4.  Al  estimar  válida  esa prueba, a pesar de la falencia  presentada en su aducción, el  fallador  aplicó  de manera indebida los artículos 397 y 292 del Código Penal  y  dejó de aplicar los artículos 1°, 6°, inciso primero, y 7° de la Ley 599  del  2000,  en  armonía  con  los  artículos  1°,  5°,  inciso  primero, del  artículo   6°,   inciso   1°,   del   artículo   7°   de  la  ley  600  del  2000.   

5. La acusación de  Darío  Hernández  Ospina constituye soporte fundamental de la decisión final.  Si  por  fuerza  de  su  ilegalidad se retira ella  del acervo de elementos  básicos  que  informan su motivación, se impone casar  la  sentencia  y, como consecuencia de ello, dejar sin  efecto   las   penas   impuestas   a   Julio  César  Viáfara   y   ordenar   su   libertad   inmediata  e  incondicional.   

Segundo  cargo.  Error  de  hecho por falso  raciocinio.   

En la apreciación del testimonio de Héctor  Iván  Segura  Gallego, Almacenista General de Ferrovías, el Tribunal incurrió  en  un error de hecho por falso raciocinio y,    por    esa   vía,   violó   de   modo   indirecto   la   ley  sustancial.    

Así lo sustenta:  

1.  Héctor Iván  Segura  Gallego,  en  su  declaración, refirió que Darío Hernández Ospina le  dijo  que el retiro de los bienes de Ferrovías se había producido por orden de  Julio   César   Viáfara.   

Esta afirmación no halla correspondencia en  la  realidad  procesal.  El único responsable de la sustracción del cargamento  de  hierro  fue  Hernández  Ospina. Fue él quien tomó esa iniciativa. Así se  desprende  de  los oficios enviados el 31 de julio de 1995 y el 1° de agosto de  1995    por    Hernández    Ospina    a    Viáfara  Candelo.   

2.  El Tribunal debió inferir de esa prueba documental que Hernández  Ospina  no  decía la verdad. Del contenido de esos oficios, fácilmente habría  podido    deducir    que   Julio   César   Viáfara  Candelo  no  había  sido  determinador  ni cooperador  indirecto de la conducta que se le imputa.   

El  sentenciador, sin embargo, “de un modo  contrario   a  las  reglas  de  la  experiencia  común”,  concluyó  que  las  características  del  proceder  de  Hernández  Ospina  le eran transmisibles a  Julio  César  Viáfara y lo  declaró  determinador  de  los delitos de peculado por  apropiación  y destrucción,  supresión      y      ocultamiento     de     documento     privado.   

3.    Este  erróneo  raciocinio  en que  incurrió  el  Tribunal  al valorar el testimonio del señor Segura Gallego, fue  determinado,  en  últimas,  por  el error de hecho por  falso  juicio  de  existencia,  cometido respecto de la  certificación  del  Jefe  de  Presupuesto, Tesorería y Cartera, quien el 28 de  abril  de  1997 dio cuenta de que en los libros de control no aparece constancia  alguna  de que el flete de los vehículos solicitados por Hernández Ospina para  trasladar los herrajes hubieran sido cancelados por él.   

Si  el  Tribunal  no  hubiera  omitido  valorar  esta  pieza  del proceso  –la  certificación  del  Jefe   de   Presupuesto-,   y  si  además  hubiera  efectuado  un  correcto   raciocinio   al   apreciar  el  testimonio  de Segura Gallego,  habría concluido que Darío Hernández fue  quien  urdió la maniobra para apoderarse de los bienes del Estado, aprovechando  la    delegación   de   funciones   que   le   había   otorgado   Viáfara Candelo.   

Por  no haber apreciado en su conjunto estas  pruebas,   ceñido   a   las   reglas   de   la   sana  crítica,  el  juzgador  violó de manera indirecta la  ley  sustancial. Sobre esta base, propone que se case la sentencia y, por efecto  de  esta  medida,  se  profiera  fallo  absolutorio  de  reemplazo a favor de su  defendido.        

Tercer  cargo.  Error  de  hecho  por falso  juicio de identidad.   

Diego Valdivieso Fontal, Director Regional de  Seguridad  Metro  Ltda.,  presentó un informe y se entrevistó con Julio  César  Viáfara  para  ponerlo al  tanto  de  los  extraños  movimientos  de  materiales que estaban ocurriendo en  Ferrovías.   

El Tribunal cercenó esta  prueba y por  ese  motivo  incurrió  en  un error de hecho por falso  juicio  de  identidad  que  lo condujo a violar la ley  sustancial  de  modo  indirecto.  No  apreció  los  aspectos favorables de este  informe  ni  relacionó  su  contenido con el de otros elementos de convicción.  Sólo  se  ocupó  de  hacerlo  respecto  de  sus  elementos negativos. Hizo una  transcripción  parcial  de  este  documento  y,  aparte  de eso, no realizó un  análisis  racional  de esta  prueba,  al momento de concatenarla con las explicaciones que sobre el contenido  de    ese    informe    presentó    el    sentenciado    y    aportaron   otros  testimoniantes.   

Así lo sustenta:   

1.   A   las  advertencias    de    Diego   Valdivieso,   Viáfara  Candelo   contestó  que  se  trataba  sólo  de  una  reubicación  de  rieles  y  que luego le mostraría el informe sobre el cual se  soportaban  los retiros de maquinaria y herrajes. La entrega de esa relación de  bienes, nunca se produjo.   

2.  El escrito de  Diego   Valdivieso,   a   través   del   cual   le   advertía  a  Viáfara   de  las  irregularidades,  se  incorporó  al  proceso.  Pero  no  fue  ratificado porque Valdivieso se negó a  atender  las  órdenes  de  comparendo  impartidas  por  los investigadores. Sin  embargo,  el  fallador  le  dio  plena  validez  a  su  contenido sin haber sido  controvertido dentro del proceso.   

3.  A pesar de no  haber    sido    ratificado    bajo    juramento   ese   informe,   Viáfara   Candelo   se   defendió,  en  ampliación  de  su  injurada,  de  las  acusaciones  en él contenidas. Pero el  sentenciador  guardó  silencio  frente  a  los  aspectos  favorables que de sus  palabras afloraban.   

Es más: debió valorarlo en conjunto con lo  expresado  por  el  vigilante Germán Ortega Murcia, el coprocesado Omar Hernán  Castro  y  Fernando  Echeverri  Trujillo.  De  lo  dicho  por ellos, fácilmente  habría  concluido  que  Viáfara Candelo nunca  insinuó  ni  ordenó  sacar  los elementos de Ferrovías. En  síntesis,  estas  pruebas,  además  de  que  una  de ellas fue recortada en su  expresión  objetiva,  el  Tribunal no las valoró, en el análisis de conjunto,  de una manera “específicamente racional”.   

CONSIDERACIONES  

Una cuestión previa.  

La Sala declarará prescrita la acción penal  respecto  del  delito  de  destrucción,  supresión y  ocultamiento  de documento privado (artículo 224 de la  Ley  100  de  1980). La resolución acusatoria, que fue proferida el 15 de enero  de  1998  por  la  Fiscalía  87  Seccional  de  Cali,  quedó  ejecutoriada  el  2   de  febrero  de  1998.   

El  máximo de la pena de prisión fijada en  el  artículo 224 de la Ley 100 de 1980, idéntica a la prevista en el artículo  293  de  la Ley 599 del 2000, es de seis (6) años. Pero esta pena, por tratarse  de  que  sus  autores  fueron  servidores públicos que cometieron la conducta o  participaron  en  ella  en  ejercicio  de  su  cargo,  debe incrementarse en una  tercera parte (2 años).   

De este modo, y en principio, el término de  prescripción  de la acción penal sería, contado a partir de la ejecutoria del  pliego  de  cargos, de cuatro (4) años (artículo 86, inciso segundo, de la Ley  599  del  2000). Pero como ese término no puede ser inferior a cinco (5) años,  según  el  inciso primero del artículo 83 de la Ley 599 del 2000, vencido este  plazo  debe declararse prescrita la acción penal. En el caso objeto de estudio,  si  la  resolución acusatoria quedó en firme el 2 de  febrero  de  1998, el término prescriptivo se produjo  cinco  (5)  años  después,  esto es, el 2 de febrero  del   2003,  mucho  antes  de  que  se  profiriera  la  sentencia de segunda instancia -29 de abril del 2003-.   

Esta  manera  de  efectuar  el  cómputo del  término  de  prescripción  de  la  acción penal, diferente a la que se hacía  durante  la  vigencia  del  artículo  80  del  la Ley 100 de 1980, es la que ha  adoptado  la  Corte en sus últimos pronunciamientos. Así se hizo, por ejemplo,  en  decisión  del 27 de mayo del 2003 –radicado    N°    17.448,    M.    P.    Jorge    Aníbal    Gómez  Gallego-.   

Sobre la demanda.  

El  primero  de  los  cargos,  por cuanto su  formulación  se  ciñe  a los requerimientos técnico-formales señalados en el  artículo  212  del  Código  de Procedimiento Penal, se declarará ajustado.  Los  dos  restantes,  por  las  razones siguientes, se inadmitirán:   

Respecto   del  segundo  reproche.  Falso  raciocinio.   

1. El actor apenas  enuncia  la  censura.  No la desarrolla de acuerdo con la técnica de casación.  En  esta  materia,  esto  es,  cuando  se  pretende  acusar  una  sentencia  con  fundamento  en  que  ella  está  erigida  en  un falso  raciocinio,  la  Corte  ha  señalado  cuáles son las  pautas  metodológicas  que se impone seguir. Así se ha expresado en uno de sus  fallos:   

          “El   falso   raciocinio,   como   ya   lo   tiene  decantado  la  jurisprudencia  de  la Corte, es una forma que asume el error de hecho. No recae  sobre  la  materialidad  de  la  prueba,  tal como sucede con el falso juicio de  identidad,   porque   su   expresión  objetiva  no  se  altera,  distorsiona  o  tergiversa,  o  con el falso juicio de existencia, porque el elemento probatorio  no  se  excluye del análisis, ni se crea por el juez sin haber sido incorporado  legalmente al proceso”.   

“Es  un  error  de valoración porque se  concreta  cuando  el juzgador en el proceso de evaluar el mérito persuasivo del  medio  de  prueba,  o  cuando  plasma las conclusiones que se derivan de él, de  modo  caprichoso  desconoce  las reglas de la sana  crítica, para declarar  una  verdad  contraria  a  la  que  refleja  el  proceso.  Por tal motivo es una  elemental   exigencia  que el casacionista  indique cuál fue la regla  o  avance  de  la  ciencia,  el  postulado  de  la  lógica  o  la máxima de la  experiencia  desconocidas  y que determinaron la fijación en el fallo por parte  del  juzgador  una  inferencia fáctica discordante con  la  realidad  que  informa el proceso”.  (Sentencia  del  29 de mayo del 2003, radicado 19.199, M. P. Jorge  Aníbal Gómez Gallego).   

              2. El  impugnante  ha  expresado  que  de  la  declaración de Segura Gallego, unida al  contenido   de  los  oficios  enviados  por  Hernández  Ospina  a  Viáfara  Candelo el 31 de julio y el 1°  de  agosto  de  1995,  el  Tribunal  no podía inferir,  como  lo  hizo,  que  el  último  de  los  nombrados  había  sido  determinador o  cooperador  indirecto  en  la  comisión  de  los  delitos  a  que se contrae el  proceso.   

3. En criterio del  recurrente,    si    el    juzgador    hubiera    efectuado    un   correcto   raciocinio,   ajustado  a  las  reglas   de   la   experiencia   común,    el    resultado     habría    sido   contrario. Habría arribado a la conclusión de que  quien  tomó  la iniciativa para llevar a cabo el apoderamiento de los bienes de  Ferrovías      fue,     exclusivamente,  Darío  Hernández  Ospina,  sin la intervención de Julio César Viáfara.   

Pero  el  demandante, además de que mezcla  bajo  un  mismo cargo dos motivos de casación, con evidente  violación de  principio  de  autonomía, no  precisa    cuál    fue    esa    máxima    de   la  experiencia  desconocida  por  el Tribunal. Por eso el  reproche,  además  de la anotada impropiedad en su formulación, aparece apenas  enunciado.   

4.    Para  desarrollarlo,  le  correspondía  proceder,  en  orden  lógico,  y  con  plena  claridad    y    precisión,    de    la    manera    siguiente:    transcribiendo,  en  forma  objetiva,  el  texto      del      medio      de      prueba      cuestionado;     señalando, de modo riguroso, cuál fue la  máxima  de la experiencia común desconocida (o el principio de la ciencia o la  regla    de    la    lógica,   según   el   motivo   invocado);   enseñando  cuál  debió ser, para suplir  la  que fue omitida, la regla de la experiencia que era necesario traer a cuento  para  la  solución  del  caso; demostrando  de  qué  modo  el  hecho  de  haber  desconocido  o  violado  ese  principio,  esa  regla  o  esa  máxima  (de  la  ciencia, de la lógica o de la  experiencia),  trascendió de  modo esencial en el sentido final de la sentencia.   

El cargo no fue desarrollado de acuerdo con  esta técnica. Apenas fue formulado de modo genérico.   

           

Respecto  del  tercer  reproche.  Error de  hecho por falso juicio de identidad.   

1.  Quiere  significar  el actor que el Tribunal, frente al informe de  Diego  Valdivieso  Fontal, Jefe de Vigilancia de Ferrovías, la declaración del  vigilante  Germán  Ortega  Murcia,  la  versión  de  Omar  Hernán Castro y el  testimonio  de  Fernando  Echeverri  Trujillo,  hizo  un  estimativo  ajeno a lo  “específicamente  racional”,  en  razón  de que suprimió  -y omitió  considerarlos-   los   aspectos   favorables  que  surgían  de  estas  pruebas.   

En  este  sentido, indica el recurrente, el  sentenciador  incurrió  en  errores de hecho por falso  juicio  de  identidad  por cercenamiento de uno de los  elementos  que  revelan  estas  pruebas.  Pero  la delimitación del yerro no la  efectúa,  como  lo  exige la técnica de casación, a partir de la confrontación  objetiva entre lo que dice  la  prueba  en  sí  misma  y  el  sentido que le ha dado a ella el juzgador.   

2.    Esa  determinación    de    la    especie   de  error  derivado  de  un falso juicio de  identidad  la  extrae, no del hecho de que el juzgador  haya  suprimido, agregado        o       fragmentado  los  hechos  que  el medio de  convicción   revela,   sino  de  lo  que  denomina  un  análisis  “no   racional”   de   esas  pruebas.   

Esa irracionalidad del examen probatorio, se  hace  patente,  según  el  actor,  en  el momento en que el sentenciador decide  otorgarle  credibilidad  a  la  parte  de  esos  elementos  de  convicción  que  compromete   a   Julio  César  Viáfara, y no a la que lo favorece.   

Este  error  de  técnica  no permite darle  curso  a  la  censura.  Si  lo  que  pretendía  cuestionar  era el razonamiento del Tribunal, debió acudir a  la  vía  del falso raciocinio  para  establecer  cuál  había  sido la regla de la lógica, el principio de la  ciencia  o  la máxima de la experiencia que encontraba desconocida en el fallo.   

Y  si  su propósito, como lo anunció, era  develar  los  errores  de  hecho  por  falso juicio de  identidad  en  que  estaba  sustentado  el  fallo,  su  obligación   no   era   oponer   a   la   persuasión  racional  del fallador, del modo como se estila en las  instancias, su propio sopesamiento de las pruebas.   

A     este     nivel     –el  de  la  casación-,  y  por  este  conducto,  es  de  recibo,  no  un  enfrentamiento  de  opiniones   sobre   la   capacidad   demostrativa  de  determinadas   pruebas,   sino   un   juicio  en  puro  derecho,    un    juicio  objetivo  a  través  del  cual  se  haga  evidente la  existencia  de  la suposición  (falso   juicio  de  existencia  material),     la     omisión     (falso    juicio   de   existencia   por  omisión), la tergiversación  (falso    juicio    de  identidad)    al    momento    de    apreciar    las  pruebas.   

Expresiones  tomadas  de  su  libelo,  como  aquella  de  que  “ningún  poder vinculante en contra del doctor Viáfara  Candelo, podía tener el informe  escrito  (prueba  en  decir impropio de la Sala) no ratificado ni controvertido,  remitido  por  Valdivieso  Fontal” (página 26); o como la referida a lo dicho  por  Omar  Hernán  Castro, en el sentido de que  “todas las versiones de  su  indagatoria  y  declaración sólo permiten concluir que el Dr. Viáfara  nunca  le  propuso,  nunca  le  ordenó  y/o  insinuó  a  Castro  Castro  la  comisión  de  conducta  ilícita  alguna”,  ponen de manifiesto que el demandante, en vez de pretender enjuiciar  la  sentencia mediante confrontaciones objetivas relacionadas con la supresión,  adición  o  tergiversación  de  los  elementos  constitutivos  de  los  hechos  generadores  de  la prueba, de lo que se ocupa es de oponer su personal criterio  al que ha expresado el Tribunal en su sentencia.   

Esta   forma   de  formular  una  censura  casacional  por  esta  vía,  no  se  acomoda  a  la metodología propia de este  recurso  extraordinario.  Como  en  el  sistema penal vigente rige el sistema de  valoración    de    la   sana   crítica,   no   resulta   admisible   atacar,  sin  más,  la  íntima   convicción   del   funcionario  fallador.  Sería  un  contrasentido  que si la ley le otorga al sentenciador la  libre  formación  de  su  convencimiento, a la vez le permitiera al demandante,  por    la   vía   de   la   simple   oposición   de  criterios,           objetar           dicho  convencimiento.       

5. El principio  de  limitación  le impide a la  Corte  suplir  las  falencias  técnicas  de  la  demanda.  Por  ese  motivo, el  segundo   y   el   tercero   de  los  cargos,  serán  rechazados.          El          primero,  en  cambio,  por ajustarse en su  formulación  a  los  presupuestos  formales  de este recurso extraordinario, se  admitirá.   

Redosificación de la pena  

Al declararse la prescripción de la acción  penal  respecto  del delito de destrucción, supresión  y  ocultamiento  de documento privado (artículo 224 de  la  Ley  100  de  1980),  debe  procederse  a  readecuar  el  monto  de la pena.   

Esa  readecuación  se  hará  con criterio  puramente  objetivo, es decir,  teniendo   en  cuenta  la adecuación típica y la determinación que de la  sanción  hicieron  los  jueces  en las instancias. Dicho de otra forma, en este  momento  la  Sala  no  puede  realizar  ningún juicio  valorativo  frente a esos fenómenos. Los juicios  de valor solamente son procedentes  en    un    pronunciamiento    de    fondo    relacionado    con    el   recurso  interpuesto.   

La  sanción  impuesta  por  el  delito  de  peculado  por  apropiación,  por  cuanto  el  juzgador  encuadró la conducta en el numeral 2° del artículo  133  de la Ley 100 de 1980, fue de cuatro (4) años de prisión. Por aplicación  de  la  regla contenida en el artículo 26 del Código Penal, y en razón de que  el  delito  de  peculado  por apropiación   concurre   con   el   de  destrucción,  supresión  y  ocultamiento  de  documento  privado, el  sentenciador   incrementó   la   sanción   en  seis  (6)  meses  de  prisión.   

Si  por  efecto  de  la  declaratoria de la  prescripción  de  la  acción  se retira este aumento, la pena definitiva queda  fijada en cuatro (4) años de prisión.   

Como  es  obvio,  por  la  declaratoria  de  prescripción  de la acción por un delito, se debe redosificar la pena para los  otros condenados, así:   

Darío Hernández fue condenado lo mismo que  el    impugnante    Viáfara    Candelo,  o  sea  a  4  años  de prisión por el peculado y 6 meses por la  falsedad. La prisión, entonces, será de cuatro (4) años.   

Omar  Hernán Castro fue sometido a 2 años  de  prisión  por  el peculado y a 6 meses por el concurso con falsedad. Su pena  quedará en 2 años de prisión.   

                                                                                                                              

               En  mérito de lo expuesto, la Sala de Casación Penal  de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE   

1.  Declarar  prescrita  la acción penal con  relación  al  delito  de  destrucción,  supresión y  ocultamiento  de  documento  privado. Por consiguiente,  las  penas  de prisión impuestas en las instancias se  reducen y quedan así:   

Julio  César Viáfara Candelo:  cuatro  (4)  años.            

Darío    Hernández:    cuatro    (4)  años.   

Omar   Hernán  Castro:  dos  (2)  años.   

2.    Declarar    ajustada        la       demanda       respecto       del       primero  de  los cargos formulados contra  la  sentencia.  En  consecuencia,  se  ordena  correr  el  traslado  de ley a la  Delegada  para  la Casación Penal, con el fin de que emita su concepto sobre la  viabilidad de la censura declarada admitida.   

3.  Inadmitir  la  demanda  presentada  por  el  defensor de Julio César  Viáfara   Candelo   con  relación  a  las  censuras  segunda   y  tercera.     

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

JORGE A. GÓMEZ GALLEGO   ALFREDO  GÓMEZ    QUINTERO                        

ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN          JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS     MAURO SOLARTE PORTILLA   

           

         

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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