14209(13-03-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  14209   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta No. 033.  

          Bogotá D.C., marzo trece de dos mil tres.   

VISTOS  

Decide la Corte el recurso extraordinario de  casación    interpuesto    por   el   defensor   del   procesado   ARLEY  ALBERTO  SEPULVEDA TAMAYO, contra la  sentencia  de  segunda instancia proferida por el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de Antioquia el 2 de octubre de 1997, mediante la cual fue condenado a  la  pena principal de 25 años de prisión al encontrarlo responsable del delito  de  homicidio doloso, decisión que modificó el fallo dictado el 22 de julio de  1997  por  el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito de Yarumal, que lo habría  condenado  a  la  pena  principal  de 12 años y 6 meses como autor de homicidio  preterintencional.   

La  Procuradora  Primera  Delegada  para  la  Casación  Penal  sugiere en su concepto no casar el fallo por las graves fallas  de  técnica  de  la  demanda  y  porque los argumentos presentados por el actor  carecen de razón.   

HECHOS  

Aproximadamente  a las 11:30 de la noche del  24   de   septiembre   de  1996,  los  hermanos  Julio  Andrés  y  Oscar  Humberto  Martínez  Fernández  se  encontraban  en  la taberna  “La   Mega”   del   municipio  de  Yarumal  (Antioquia),  cuando  ingresaron  Luiguin   Fernando   Tamayo   Castrillón   y  su  primo  ARLEY  ALBERTO  SEPULVEDA  TAMAYO, procediendo este último a reclamar a aquellos  por  haber  intentado  momentos antes atropellar con su vehículo a Luiguin;   pronto  se  formó  un  fuerte  enfrentamiento  que  culminó  cuando ARLEY   hirió  a  Julio  Andrés  en  el tórax con una navaja, interesándole el ventrículo derecho,  a  consecuencia  de  lo  cual su deceso se produjo al día siguiente. El agresor  luego de cumplido el hecho emprendió la huida.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

El  26  de  septiembre  de 1997 ARLEY    ALBERTO   SEPULVEDA   TAMAYO   y  Luiguin   Fernando   Tamayo   Castrillón  se  presentaron  voluntariamente ante la Fiscal Coordinadora de la  Unidad  de  Fiscalías Delegadas ante los Jueces Penales del Circuito de Yarumal  y  manifestaron  “tener que ver con los hechos donde  resultara     muerto     Julio    Andrés    Martínez    Fernández”;   acto  seguido  la  funcionaria  dispuso  la  apertura  de  la  instrucción  y los vinculó al proceso a través de indagatoria, definiéndoles  su  situación  jurídica el 1º de octubre de 1996, con medida de aseguramiento  de  carácter  detentivo  sin  derecho  a libertad provisional para el procesado  ARLEY  ALBERTO en calidad de  autor   de   los   delitos   de   homicidio  doloso  y  lesiones  personales,  y  absteniéndose  de  imponer  similar  medida  a Tamayo  Castrillón, quien fue dejado en libertad.   

Cerrada  la  investigación,  el defensor de  SEPULVEDA  TAMAYO  interpuso  sin  éxito  el  recurso  de  reposición contra tal providencia. El sumario fue  calificado  el  23  de  diciembre  de  1996  con resolución de acusación en su  contra  como presunto autor del delito de homicidio doloso, y con preclusión de  la  investigación  en favor de Luiguin Fernando Tamayo  Castrillón.  En  la  misma  oportunidad  se  dispuso  compulsar   copias  para  investigar  la  contravención  especial  de  lesiones  personales.   

          La  defensa  impugnó  la  acusación, la cual fue confirmada por la  Unidad  de Fiscalía Delegada ante los Tribunales de Medellín y Antioquia el 24  de febrero de 1997.   

La etapa del juicio correspondió adelantarla  al  Juzgado  Segundo Penal del Circuito de Yarumal, donde realizada la audiencia  pública  se  profirió  sentencia  el  22  de  julio de 1997, por cuyo medio se  condenó  a  ARLEY ALBERTO SEPULVEDA TAMAYO  a  la  pena  principal  de  12  años  y 6 meses de prisión, a la  accesoria  de interdicción de derechos y funciones públicas por un término de  10  años  y al pago de los perjuicios ocasionados con el delito, al ser hallado  responsable   del   delito   de   homicidio  preterintencional  en  Julio         Andrés        Martínez        Fernández.   

Impugnado  el  fallo  por  la Fiscalía y la  defensa,  el  Tribunal  Superior  de  Pereira  decidió  el 2 de octubre de 1997  modificarlo,  en  el sentido de condenar al procesado por el delito de homicidio  doloso  a  la  pena principal de 25 años de prisión. Esta providencia es ahora  objeto de impugnación extraordinaria por parte del defensor.   

LA DEMANDA  

          El  actor  plantea  un único cargo contra el fallo proferido por el  Tribunal  al  amparo  de  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, por  considerar  que  violó  de  manera  indirecta la ley sustancial, fundado en dos  motivos:   

El    primer  motivo lo radica en un error de hecho por falso juicio  de    existencia,    habida    cuenta   que   el   ad  quem   ignoró   el   testimonio   de   Luiguin  Fernando  Tamayo  Castrillón, lo  cual  condujo  a  la  inaplicación  del  artículo  254  del  derogado estatuto  procesal  penal  y  del principio según el cual “las  pruebas  deberán  ser  apreciadas  en conjunto, de acuerdo con las reglas de la  sana crítica”.   

          Además,  estima  violados  los principios de necesidad y publicidad  de  la prueba (artículos 246 y 256 ejusdem),  error  que  determinó  la  aplicación  del  artículo  323 del  anterior  Código  Penal,  y  la  inaplicación  del  artículo  325  del  mismo  ordenamiento.   

         

En  la demostración de la censura, el actor  expresa  que  Luiguin  Tamayo  relató  en  el  testimonio  rendido  el  13  de  mayo  de 1997, los problemas y  frecuentes  roces  que  en  el  colegio  y  en la calle tenía desde hace algún  tiempo  con  Julio  Andrés,  así   como   los   pormenores   del   encuentro  que  culminó  con  la  muerte  este.   

          En  punto  de  la trascendencia del yerro, el impugnante señala que  “Si  bien,  de  las  demás  pruebas  obrantes en el  proceso   se   podían   deducir   elementos   conducentes   a   establecer   la  responsabilidad  de  Arley  Alberto  Sepulveda en los hechos, ello no obsta para  que  se  hubiera desconocido un testimonio del que se pueden inferir fácilmente  elementos  que  pueden  conducir  a  su  atenuación  o exoneración”.   

El defensor transcribe extensos apartes de la  declaración   que   dice   omitida,   y   luego   indica   que  “Como   puede   observarse,  este  testigo  fue  prólijo    (sic)    en    datos    sobre    los  hecho   (sic)  materia  de  juzgamiento”,   para  más  adelante  concluir  que  “Es  demasiado evidente el error en el que incurrió  el  Tribunal  al  momento  de  evaluar  el  acervo  probatorio,  de  una lectura  desprevenida  de  la  sentencia  se  puede  deducir  que  el Fallador de Segunda  instancia      ignoró      este     testimonio     por     completo”.   

          Con  base  en  lo  expuesto,  el  casacionista  considera violado el  inciso  1º  del artículo 254 del anterior ordenamiento procesal penal, pues si  se   hubiera   valorado   el   testimonio  de  Luiguin  Tamayo  el  fallo  habría  sido  confirmatorio  de la  sentencia  de primera instancia y no modificatorio de esta. Además, se vulneró  el  principio  de necesidad y de unidad de la prueba, que exigía la valoración  conjunta  de  las pruebas conforme a las reglas de la sana crítica, con lo cual  a  la  postre  se violó el principio de publicidad que se desprende de la misma  norma citada.   

          A  manera  de colofón puntualiza que “Es  tan  trascendente  este  fallo  que  si se hubiese obrado con mayor diligencia y  respetando  dichos  principios,  inexorablemente, la conclusión hubiera sido la  misma  a  la  que  llegó  la Juzgadora de Primera Instancia, pués (sic)  como ya lo anoté, el testimonio de  Luiguin  Fernando es demasiado claro, conciso y lógico en la exposición de los  hechos  y la responsabilidad que se pudiera endilgar a Sepúlveda Tamayo, porque  realmente  los  problemas  que  existían, eran entre Luiguin Fernando, Primo de  Arley Alberto, y Julio Andrés”.   

En  el  segundo  motivo  del  cargo  único,  el  defensor  expresa que  también  se  violó  de  manera  indirecta  la  ley  sustancial  al incurrir el  Tribunal  en  un  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad, en cuanto  distorsionó    el    contenido    de    los    testimonios    de   Martín        Alonso       Torres       Álvarez       y     Piedad     Liliana     Cárdenas  Rojas,  circunstancia  que  condujo  a  la aplicación  indebida  del artículo 247 de la anterior legislación procesal y a la falta de  aplicación del artículo 445 del mismo estatuto.   

          Para  demostrar  el  cargo,  el  actor  precisa  que “en  ningún  momento  la  defensa  se  opuso  a lo que afirmaron los  testigos  PIEDAD LILIANA CARDENAS y MARTIN ALONSO TORRES, respecto a que Andrés  estaba  tranquilamente sentado a la barra del establecimiento dando la espalda a  la  calle  cuando llegó Arley y hablaron algo”, pero  censura  que el Tribunal haya dicho que “Los testigos  son  enfáticos  en afirmar que Andrés estaba tranquilamente sentado a la barra  del  establecimiento  dando  la espalda a la calle cuando llegó Arley, hablaron  algo   y   luego   lo   estrujó  comenzando  entonces  la  pelea”.   

          El   demandante   transcribe   fragmentos  de  los  testimonios  que  considera   tergiversados,   y   acto   seguido   destaca   que  “Es  necesario  ser  demasiado  candorosos  para  no percatarse de la  serie  de  contradicciones  en que incurrieron los dos testigos mas (sic)   importantes  del  proceso,  pués  (sic)  estas contradicciones  no     solo     pueden     observarse     en     los     aparte     (sic)  aquí extractados de ellos, sino de  una    simple   lectura   de   la   foliatura   que   los   contiene”,  las  que  en  su  sentir “no pueden  subsanarse  con  las  apreciaciones  personales  del fallador ya que se estaría  atentando  contra  la  seguridad jurídica y lo que es peor, como en el presente  caso,   contra   las   garantías   del   hombre   y   los   Derechos   de   los  ciudadanos”.   

          Luego  el  demandante  critica  que  el  ad  quem   “ignora  aspectos  circunstanciales  y  determinantes  consignados  en éstos (sic) testimonios que  impiden  su  recto entendimiento, de tal modo que auspicia la tergiversación en  sus   contenidos   hasta   el   punto   de   facilitar  la  alteración  de  los  hechos”,  para  concluir  que le resultó suficiente  que  los  testigos  hubieran reconocido que “ARLEY se  acercó  donde  Julio  Andrés, habló con él y luego se inició la riña, pero  ocultan  hechos  como  que  antes de ser herido Julio Andrés, Arley Alberto era  agredido  por  éste  y su hermano Oscar Humberto, momento en el cual se produjo  el herimiento”.   

Más  adelante  expresa  que “también  olvida  el  Tribunal que entre la llegada de Julio Andrés  con  Oscar  Humberto  y  Arley con Luiguin Fernando al lugar de los hechos hubó  (sic)    solución    de  continuidad  y  que  por  tanto  la  riña fue un hecho instantaneo (sic) y no premeditado como quiere hacerlo  ver,  lo  que hace imposible desde la lógica jurídica, la configuración de un  dolo   homicida   en   el   comportamiento   de   Arley   o  de  alguno  de  los  contricantes”.   

El   actor   anota   en   su   libelo  que  “Lo  expresado  por el fallador de Segunda Instancia  es  verdad,  lo  que  ocurre  es  que  no  es  toda  la  verdad: olvida aspectos  trasendentales  (sic)  de la  cuestión  que  consistía  en  reconocer  que  los testigos, además de aportar  elementos   conducentes  a  establecer  la  responsabilidad  de  Arley  Alberto,  también  aportaron  suficientes  elementos que desvirtúan la posibilidad de un  dolo homicida”.   

          Acerca   de   la   trascendencia   de   los  yerros  señalados,  el  casacionista  expone que “Cuando el Tribunal dejó de  examinar  todas las proposiciones relevantes de los testimonios, resquebrajó la  Presunción  de  Inocencia  que  acompañaba  la  condición  de  Arley  Alberto  Sepulveda  durante  todo  el  proceso y eliminó sin motivación alguna, la duda  razonable  que  ponía  en  entre  dicho la veracidad de lo expuesto por Martín  Torres  y  Liliana  Cárdenas…  puesto  que  si se hubiera examinado con mayor  cuidado  quien (sic) agredió  a   quien   inicialmente   y  la  participación  activa  que  tuvó  (sic)  Oscar  Humberto  en  los  hechos,  además  del momento en que llegaron los particulares al lugar de los hechos, se  habría  emitido un fallo minimamente (sic)  confirmatorio  del  de  primera  instancia  y  no modificatorio de  éste”.   

Solicita el censor a la Corte casar el fallo  impugnado  por violación de la ley sustancial de manera indirecta, en cuanto el  Tribunal  incurrió  en  errores  de  hecho  determinados  por  falso  juicio de  existencia  por  omisión  del  testimonio  de  Luiguin  Fernando   Tamayo   Castrillón  y  falso  juicio  de  identidad    por    distorsión    de    los    testimonios    de   Martín     Torres    y    Liliana   Cárdenas,  con  los  cuales  se  quebrantaron  los  artículos  246,  252  y  254  del  estatuto  procesal  penal  derogado,   así   como  los  artículos  247  y  445  del  mismo  ordenamiento,  respectivamente.   

CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

         La  Procuradora  Primera Delegada para la Casación Penal sugiere a  la   Corte   no   casar   el   fallo  impugnado,  con  base  en  los  siguientes  argumentos:   

         La  demanda  no  cuenta  con  la profundidad mínima en punto de la  claridad   y   precisión   que   exige   la   ley,   y   evidencia   múltiples  fallas.   

En  efecto, aunque el demandante anuncia la  presentación  de un cargo único, a la postre propone dos censuras al amparo de  la  causal  primera de casación, cuerpo segundo, por falso juicio de existencia  y falsos juicios de identidad.   

El libelista menciona de manera desordenada  una  serie  de principios con relación a la prueba, pero no establece la manera  en  que  fueron  conculcados  con la sentencia impugnada, ni su conexión con la  clase  de  errores  que  reprocha,  limitándose  a señalar que su quebranto se  deduce de una lectura atenta de la decisión atacada.   

         El  análisis  que el actor hace de la declaración de Luiguin  Fernando  Tamayo se circunscribe  a  una  mera  transcripción  literal  de  lo  expuesto  por  el testigo, y a la  afirmación  que  de  una  simple  observación de tal prueba se concluye que el  a quo acertó, sin que haya  demostración  alguna  de  la  censura  invocada,  y  tanto menos que de ella se  deduzca el actuar preterintencional y no doloso del procesado.   

Adicional  a  lo  anterior,  el  censor  no  acredita  por  qué,  en dónde y en qué sentido la prueba omitida demuestra un  supuesto  de  hecho  diferente,  habida cuenta que no es suficiente señalar que  del  elemento probatorio omitido se desprendía con claridad cierta conclusión,  sino que es preciso así demostrarlo.   

         En  punto  del falso juicio de identidad, el actor estima que no es  cierto  lo  afirmado  por  los  testigos,  en  cuanto  refieren que el occiso se  encontraba  tranquilamente  sentado  en  la taberna cuando fue agredido, pero no  sustenta  de  qué  manera  tal circunstancia podría mudar la calificación del  homicidio doloso en preterintencional.   

         Aunque  el  demandante  dice  que  los testigos presentan evidentes  contradicciones,  no  especifica a cuáles en particular se refiere, con lo cual  deja  sin demostración el cargo, en atención a que la labor de encontrar tales  oposiciones  implicaría  rehacer la demanda, facultad que no compete a la Corte  ni   a   la   Procuraduría;   por   tanto,  es  evidente  que  el  actor  acude  “a  la  facilista expresión de que los errores del  fallo  son  notables  sin  que  se  sepa dónde están tales falencias, ni mucho  menos      cuáles      son      o      qué     entidad     merecen”.   

         De  conformidad  con  lo  expuesto,  la  falta de demostración del  yerro  anunciado  por  violación indirecta de la ley sustancial determinado por  error  de  hecho  en  la  apreciación probatoria conduce a la improsperidad del  cargo.   

Era  deber del actor probar cada uno de los  elementos  que  constituyen  el  homicidio  preterintencional  a  partir  de  la  demostración  de  los  errores  invocados, esto es, acreditar que con la prueba  omitida  o  con  las  que  en  su  parecer  fueron tergiversadas se llegaba a la  conclusión   “que   el   propósito  inicial  del  victimario  era lesionar y no matar, de tal suerte que el infortunado suceso fue  un  resultado  previsible  que  al acontecer desbordó la prístina voluntad del  agente”.   

         Las   razones  expuestas,  en  criterio  del  Ministerio  Público,  conllevan  a  concluir  que  acertó el Tribunal al afirmar que se trataba de un  homicidio  doloso  y  no preterintencional, en atención a la idoneidad del arma  utilizada  y la zona anatómica del cuerpo de la víctima donde se le hirió (el  corazón).   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          Cargo único. Primer motivo   

En  cuanto tiene que ver con el análisis de  la  demanda,  bien  está indicar que de tiempo atrás ha señalado la Sala, que  el  error  de  hecho  por falso juicio de existencia determinado por la omisión  respecto  de  una  prueba,  consiste  en no apreciarla de ninguna manera, pese a  figurar  en  la  actuación,  esto  es, en construir la providencia judicial con  total  marginación  de un medio probatorio válidamente practicado o aducido al  proceso,  que  resulta  trascendente  en  el sentido de la decisión; por tanto,  cuando  se  invoca  esta  clase de censura corresponde al demandante identificar  cuál  fue  el  elemento  de  juicio  omitido  y  demostrar  que  el  yerro  fue  determinante  en  el fallo reprochado, amén de señalar su corrección en punto  de   apreciar   la   prueba   que   se   dice  pretermitida  en  su  valoración  material.   

En  el asunto que concita la atención de la  Sala  pronto  se advierte, como acertadamente lo señala la Procuradora delegada  en  su  concepto,  que  si  bien el censor identifica la causal y el sentido del  yerro  del  cargo  que formula, su desarrollo no es consonante con lo anunciado,  pues  al  ensayar  la  demostración de la censura se margina de indicar de qué  manera  se  omitió  apreciar  el testimonio de Luiguin  Fernando  Tamayo,  cuál  es  su  aporte  concreto con  aptitud  para  variar  el sentido del fallo, es decir, acreditar que con base en  tal  declaración era imprescindible concluir que el delito por el que procedía  la  sentencia  condenatoria era el homicidio preterintencional y no el homicidio  doloso.   

          Adicional  a  lo  anterior, también se observa que las afirmaciones  del  demandante  no  encuentran soporte en la actuación, pues aunque indica que  el    testimonio   de   Luigin   Fernando  no  fue  tenido en cuenta en la valoración del acervo probatorio,  lo  cierto  es  que  los  fallos,  que  en  punto  de  la valoración probatoria  conforman una unidad, frecuentemente aluden a él.   

Así pues, en la sentencia de primer grado se  anotó  que  “Sobre  la  responsabilidad del acusado  como  autor  del  atentado  criminal,  obran  en  el  expediente  pluralidad  de  testimonios,  incluídas  las  versiones  de  quien  en su momento fue vinculado  también   como   culpable   del   ilícito,  joven  Luiguin  Tamayo”. (fol. 269).   

Más  adelante  en  la  misma  decisión  se  expone:  “Entre  los  testimonios,  se  destacan los  siguientes,  entre  ellos  los  de  testigos directos e indirectos. En el primer  grupo,  o  sea de los presenciales, están el de Piedad Liliana Cárdenas Rojas,  Martín   Alonso   Torres  Alvarez.  Pueden  estarse  en  éste  porque  no,  al  administrador  de  la  Taberna  la  Mega,  el hermano del occiso, Oscar Humberto  Martínez  – ofendido también -, y Luigiuin Tamayo, primo de Arley Sepulveda, y  a  la  vez  culpado  en un principio por lo acaecido”  (fol. 269).   

          Posteriormente   se  destaca  que:  “Los  primeros  deponentes citados (el grupo de testigos presenciales, se clara) hacen  alusión  a  la  irrupción  de Arley a la Tarberna la Mega, en compañía de su  primo  Luiguin Tamayo quien se quedó en la puerta del establecimiento, mientras  aquél  se  dirigía  a  donde se encontraba sentado, quien poco después fue su  víctima” (fol. 270).   

          También  en  la  misma  sentencia  se  puntualiza:  “por  su  parte,  Luiguin  Tamayo  Castrillón  a  folios 13 y 14, en  similar  relato al de Arley, cuenta el episodio del automotor con el que lo iban  a  embestir,  su  presencia  en  la  taberna,  los  reclamos de su primo a Julio  Andrés,  y la reacción violenta de éste último, quien empezó a darle golpes  a  aquél  y  luego,  lo  atacó  con  una navaja. Hace especial énfasis en los  problemas  que tuvo con Julio a raíz de la pérdida de unos tenis en el colegio  donde  ambos  estudiaban  lo  que  aprovechó  el  hoy occiso para amenazarlo en  compañía  de  otros  amigos  suyos,  entre  ellos  el  dueño de los referidos  zapatos  deportivos.  Destaca  que  llegó al punto de hostigarlo hasta la noche  del  24  de septiembre cuando le intentaron tirar el carro en el que iba Julio y  Oscar su hermano” (fol. 274).   

Por  su  parte, el Tribunal al conocer de la  impugnación  presentada  por  la Fiscalía y la defensa, también se refiere al  testimonio   que   el   actor   dice   omitido,  en  los  siguientes  términos:  “Es   indiscutible  que  el  señor  ARLEY  ALBERTO  SEPULVEDA  TAMAYO  lesionó  mortalmente a Julio Andrés Martínez Fernández en  presencia  de  numerosas  personas  que  lo identificaron plenamente en el mismo  instante  de  la  comisión de los hechos, como sucedió con Liliana Cárdenas y  Martín  Alonso Torres Alvarez, además de su propio compañero Luiguin Fernando  Tamayo Castrillón”.   

No  es  cierto  entonces,  que el testimonio  mencionado  hubiera  sido omitido en su contenido material por los juzgadores de  primero  y segundo grado, con lo cual queda sin fundamento alguno la censura que  el  demandante  formula  por  error  de  hecho determinado en un falso juicio de  existencia  por  omisión del citado medio probatorio. Asunto diverso es que los  falladores  hayan  considerado que otras pruebas ofrecían mayor aporte sobre el  suceso  investigado,  y  con  base  en ellas, pero se reitera, sin desconocer la  declaración    de    Luiguin   Fernando, hayan construido el fallo atacado.   

Es  preciso  resaltar, que las falencias de  técnica  en  la  demanda  comienzan  en  la  misma  indicación  de  las normas  sustanciales  que  el  defensor  considera  violadas  de  manera indirecta, pues  menciona  los  artículos  246,  252 y 254 del derogado estatuto procesal penal,  sobre  necesidad,  publicidad  y apreciación de las pruebas, respectivamente, y  los  artículos  323 y 325 del anterior Código Penal, que tipifican los delitos  de  homicidio  doloso  y preterintencional, sobre lo cual es necesario hacer las  siguientes observaciones:   

Primera, el demandante insiste una y otra vez  en  la  violación  del artículo 254 de la derogada legislación procesal penal  por  considerar  que la declaración de Luigin Fernando  Tamayo  no  fue  apreciada  en conjunto con las demás  pruebas  conforme  a  las  reglas  de  la  sana  crítica,  con  lo  que ingresa  indebidamente  en  el  discurso  propio  de  lo  que  para  la  época en que se  presentó  la  demanda  correspondía  a  una  modalidad  del  falso  juicio  de  identidad  (V.g.  Sentencia  de  10  de diciembre de 1997. M.P. Dr. Dídimo Péz  Velandia,  entre  otras;  posteriormente  se  denominó error de hecho por falso  raciocinio  al  quebranto  de  las  reglas  de  la  ciencia,  la  lógica  y  la  experiencia), que no invoca ni desarrolla.   

Segunda, reiteradamente la Sala ha sostenido  que  con independencia del ordenamiento en el cual se encuentren ubicadas, sólo  tienen  el  carácter  de  normas  sustanciales aquellas que describen conductas  delictivas  o  hacen  referencia  a  la punibilidad o a la responsabilidad; a su  vez,  son  normas  procesales  aquellas que sirven como medio o instrumento para  arribar  a los fines de las primeras; por tanto, de los preceptos señalados por  el  censor,  únicamente  los  artículos  323 y 325 del estatuto penal derogado  tienen  la  calidad  de  sustanciales,  pues las demás normas que relaciona son  instrumentales  o  procesales,  olvidando  que  de conformidad con la preceptiva  contenida  en  el  numeral  1º  del  artículo  220 de la anterior legislación  procesal  (numeral  1º  del  artículo 207 de la Ley 600 de 2000), la casación  procede  “cuando  la sentencia sea violatoria de una  norma  de  derecho  sustancial”,  cuya  cita resulta  imprescindible  (numeral  3º  del  artículo  225  de la legislación derogada,  numeral 3º del artículo 212 de la normatividad procesal de 2000).   

Encuentra  la  Sala,  que  el censor tampoco  orienta  su  argumentación  a acreditar el error de existencia por omisión del  testimonio   de  Luiguin  Fernando  Tamayo,  pues  se limita a decir que este suministró pormenores acerca de  los   problemas   entre   él  y  el  procesado,  transcribe  fragmentos  de  la  declaración,  y  luego,  sin  más,  manifiesta que es evidente que el Tribunal  ignoró  por  completo  esta  prueba,  pero  no  permite  a la Corte conocer los  razonamientos  que  lo  llevaron  a  su  conclusión, con lo que deja la censura  ayuna de demostración.   

          Este      motivo,      entonces,      está     llamado     a     la  improsperidad.   

          Cargo único. Segundo motivo   

El censor reprocha el fallo por haber violado  indirectamente  la  ley  sustancial al incurrir el Tribunal en un error de hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  en  cuanto  distorsionó el contenido de los  testimonios   de   Martín   Alonso  Torres  Álvarez  y  Piedad  Liliana Cárdenas  Rojas,  pero  una  vez  más yerra en la selección de  normas que estima violadas indirectamente.   

En  efecto,  señala  el artículo 254 de la  anterior  legislación procesal penal, que como ya se advirtió, se refiere a la  valoración  de  las  pruebas  conforme  a las reglas de la sana crítica, y que  corresponde   a   la   argumentación  propia  del  falso  juicio  de  identidad  – como era concebido para  la   época   en   que   se  presentó  la  demanda  de  casación  –  que  no  desarrolla el impugnante en  punto  de  acreditar  la violación de las reglas de la ciencia, la lógica o la  experiencia.  Además,  relaciona  los  artículos  246,  247  y  252  del mismo  ordenamiento  sobre  necesidad  de  la prueba, certeza del hecho punible y de la  responsabilidad,  y  publicidad de la prueba, respectivamente, que son preceptos  de carácter procesal.   

          Adicional  a  lo  anterior, en la demostración del cargo falta a su  deber  de claridad y nitidez, pues indistintamente señala que las declaraciones  de   Martín   Alonso  Torres  Álvarez  y     Piedad     Liliana     Cárdenas  Rojas  carecen  de  credibilidad, pero al mismo indica  que ellas fueron distorsionadas por el Tribunal.   

También  postula  como norma quebrantada el  artículo  445  ejusdem, que  efectivamente  es sustancial y consagra el principio de presunción de inocencia  y  de resolución de la duda en favor del procesado, pero no atina el defensor a  identificar  si  lo  que  plantea  es que el Tribunal reconoció en el texto del  fallo  atacado  la existencia de duda sobre el delito o sobre la responsabilidad  de  su  representado y pese a ello lo condenó, caso en el cual le correspondía  dirigir  el reproche por la violación directa de la ley sustancial; o bien, que  el  acervo  probatorio  no  conducía  a la certeza pero erradamente el Tribunal  estimó  que  sí  y  por  ello  condenó a su asistido, situación en la que le  correspondía  acudir  a  la  violación  indirecta,  siempre que demostrara los  errores    atribuidos    al    ad   quem.   

          Como  fácil  se  vislumbra,  el  censor orienta la demostración de  este  motivo  de  reproche  a  transcribir  apartes  de  las  declaraciones  que  considera  tergiversadas  y  sin detenerse en ningún razonamiento concluye, que  de  una  lectura desprevenida de estas pruebas se evidencian las contradicciones  en   las   que   incurren;   adicionalmente,  tampoco  señala  a  la  Corte  la  trascendencia de las supuestas contradicciones en el fallo.   

Así   las  cosas,  es  palmario  que  el  impugnante  se desentiende totalmente de sus deberes de claridad y precisión en  la  confección  de  su  libelo, habida cuenta de que no informa las razones por  las  cuales  considera tergiversadas las declaraciones cuyos apartes transcribe,  y  pretende que la Corte lo releve de cumplir con su misión ante lo evidente de  los   yerros   que  señala,  circunstancia  que  en  virtud  del  principio  de  limitación  que  rige  la competencia de esta Corporación, le impide desplazar  al  censor  o  rehacer  su  reproche,  salvo  los  casos  en  que  se  impone la  declaratoria oficiosa de nulidad de la actuación.   

         Luego   el  actor  censura  que  los  falladores  de  segundo  grado  ocultaron  el  hecho  de  que Julio Andrés      y      su      hermano      agredieron      a     ARLEY  y  que momentos después se produjo  la  herida  mortal,  pero  omite  cumplir  con  su  obligación  de  indicar  la  importancia  de  tal  observación,  por  qué  se  trata  de un falso juicio de  identidad,  qué fue lo tergiversado o cercenado y de qué manera al eliminar el  yerro  la  sentencia atacada condenaría al procesado por el delito de homicidio  preterintencional, y no por el homicidio doloso, como ocurrió.   

Posteriormente,   en  exótica  tesis,  el  casacionista  expresa  que  como  “entre  la  llegada  de  Julio Andrés con Oscar  Humberto  y Arley con Luiguin Fernando al lugar de los hechos hubó (sic)  solución  de continuidad y que por  tanto     la     riña     fue     un     hecho     instantaneo     (sic) y no premeditado como quiere hacerlo  ver,  lo  que hace imposible desde la lógica jurídica, la configuración de un  dolo   homicida   en   el   comportamiento   de   Arley   o  de  alguno  de  los  contricantes”.   

          Con  facilidad  se  establece  la  grave  confusión  conceptual del  defensor,  pues  equivocada  y  caprichosamente  establece  para  la  estructura  óntica  del  dolo, una exigencia que no fue consagrada por el legislador, ni ha  sido  considerada  por  la  jurisprudencia  o  por  la  doctrina,  esto  es,  la  premeditación   del   comportamiento   delictivo,   con   lo  cual,  sin  mayor  argumentación,    desecha    el    dolo    intempestivo,    repentino    o   de  ímpetu.   

Decir  que  la  falta de premeditación del  comportamiento  delictivo hace imposible la configuración del dolo homicida, no  pasa  de  ser  un  desatino,  pues  si bien la prueba de la premeditación puede  eventualmente  servir  para acreditar el dolo de una conducta delictiva, no todo  comportamiento  doloso  es necesariamente premeditado, en cuanto el conocimiento  del  hecho  considerado delictivo y el querer su realización, no son exigencias  de  la  ley  sujetas  a  un  factor  temporal  especial,  siendo  suficiente que  concurran  en  el  autor  de  manera  previa  o  concomitante a la comisión del  comportamiento punible.   

         Es  necesario  destacar, que el demandante no dedica ningún aparte  de  su escrito a demostrar que en el asunto estudiado se encontraban satisfechos  los   elementos   dispuestos   por   el   legislador   y  desarrollados  por  la  jurisprudencia  y  la doctrina, como constitutivos del delito preterintencional,  que  obviamente  son  sustancialmente  diversos a los propios del comportamiento  doloso,  es  decir, no enseña de qué manera la preterintención fue confundida  indebidamente  con  el  dolo  por  el  tribunal, y con ello se quebrantó la ley  penal.   

         Estima  la  Sala  que acertó el Tribunal al confirmar la sentencia  condenatoria  pero  modificar  la  imputación jurídica del delito de homicidio  preterintencional   por   la   del  homicidio  doloso,  pues  si  el  dolo  como  manifestación  del fuero interno del sujeto activo de la conducta punible sólo  puede  ser  conocido  a  través de las manifestaciones externas de esa voluntad  dirigida  a determinado fin, está suficientemente acreditado en el proceso, que  en  atención  al  arma  utilizada,  la  dirección que le dio el procesado y la  fuerza   con   la   que   fue   introducida   en   el   cuerpo  de  Julio  Andrés, no hay duda alguna que su  intención  no era otra que la de causar la muerte a la víctima, como en efecto  sucedió,  lo  cual  excluye  la  imputación  preterintencional, en la cual, al  primer  resultado  querido  (doloso), le sigue un segundo resultado, previsible,  pero  más  gravoso,  que  tiene  lugar en el ámbito de la imprudencia (culpa),  estructura  esta  que  por manera alguna recoge el comportamiento por el cual se  condenó  a ARLEY ALBERTO SEPULVEDA TAMAYO.   

En  fin,  es  evidente  que  el casacionista  únicamente  pretende oponer su criterio al de los falladores, sin demostrar que  estos  incurrieron  en  errores, con lo que ha dejado huérfano de acreditación  el  cargo  anunciado, y que por tanto carece de la virtud necesaria para derruir  la   dual   presunción   de   acierto   y   legalidad   que   tiene   el  fallo  impugnado.   

A la falta de técnica de la demanda, se suma  la  circunstancia  de que no le asiste razón al defensor en sus planteamientos,  pues  al  cotejar los motivos de su reproche con el fallo atacado en punto de la  valoración   de   las  pruebas,  pronto  se  vislumbra  que  los  reclamos  son  infundados,  o bien, que sus conceptos son errados, quedando su discrepancia sin  sustento  fáctico  o  jurídico  alguno, motivo por el cual la demanda no está  llamada a prosperar.   

Impera  precisar,  finalmente  que,  como el  cargo  no  prospera, lo relacionado con la eventual aplicación del principio de  favorabilidad  por  el  tratamiento  más  benigno el la Ley 599 de 2000 para la  conducta  punible  del  homicidio,  corresponderá  ser  decidido por el Juez de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas de Seguridad, de acuerdo con la preceptiva del  artículo 70 numeral 7º de la Ley 600 del mismo año.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

NO CASAR la sentencia recurrida.  

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen y  cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

                                                                 No hay firma   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL         HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

CARLOS  AUGUSTO GÁLVEZ  ARGOTE         JORGE  ANÍBAL GÓMEZ  GALLEGO   

ÉDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                  ÁLVARO          ORLANDO          PÉREZ  PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                  JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria   

    

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