14536 (02-03-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso Nº 14536  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACION  PENAL   

Magistrado  Ponente   

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No. 53  

Bogotá,  D.C., dos (2)  de abril de dos  mil uno (2001).   

         

          Decide  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto contra la  sentencia  de  fecha  noviembre  24 de 1997, mediante la cual el otrora Tribunal  Nacional  modificó  el  fallo  anticipado  que  un  Juzgado Regional de Bogotá  profirió  el  12  de  junio  de  ese  mismo  año  en  detrimento del sindicado  Rodrigo     Garavito    Hernández    como   autor   de   los  delitos  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  y  falsedad  en  documento  privado,  éste  último  en  concurso  homogéneo.   

         El  Tribunal  en la decisión impugnada  redujo  las  penas  principales  impuestas al procesado por el juzgador a quo, a  quien  le  fijó  con carácter definitivo la de noventa (90) meses de prisión,  además  de  multa en cuantía de trescientos cuarenta y dos millones doscientos  cincuenta mil pesos ($342.250.000,oo).   

ANTECEDENTES   

          1.   Con  ocasión de las pesquisas  adelantadas  a  partir del 8 de julio de 1994 para obtener la captura de quienes  eran  señalados  como  jefes  de  la  organización  delictiva  dedicada  a las  actividades  del  narcotráfico,  conocida  en  el ámbito nacional y extranjero  como  el  “Cartel  de  Cali”,  el  Comando  Especial Conjunto allanó varios  inmuebles  de  la  mencionada  ciudad, entre ellos, la oficina 601 de la avenida  4ª  norte  No.  6N-67, donde las autoridades incautaron títulos valores, notas  contables  y  otros  documentos  alusivos  a  Miguel Angel y Gilberto Rodríguez  Orejuela,  al igual que a las empresas Comercializadora Agropecuaria La Estrella  limitada,   Distribuidora   de   Productos   Agrícolas  El  Diamante  limitada,  Distribuidora   Agrícola   La  Loma  limitada  y  Export  Café  Limitada,  que  aparecían  constituidas  con  capitales poco significativos y sin prueba alguna  del  cumplimiento de su objeto social, pero que en un lapso muy corto efectuaron  cuantiosas transacciones de dinero.   

          Sin  embargo, lo que en particular alertó a los investigadores, fue  que  con  cheques  girados  contra  las  cuentas  corrientes de tales sociedades  aparecían  canceladas  facturas  y  gastos  de  las  compañías  en las cuales  tenían   participación   los   citados  hermanos  Rodríguez  Orejuela  o  sus  familiares  más cercanos, así como efectuados aportes presuntamente destinados  a financiar actividades proselitistas.   

           Por   tal   razón,   se  escuchó  en  declaración  juramentada  al  ciudadano  chileno  Guillermo Alejandro Pallomari  González,  ocupante  de  esa  oficina,  quien  admitió  ante  la Fiscalía que  prestaba  asesoría  financiera  y  contable a Miguel Angel Rodríguez Orejuela,  tanto  a  él  personalmente  como  a sus empresas Inversiones Arbeláez, Miguel  Rodríguez  e Hijo, Inversiones Ara y Drogas la Rebaja.  El testigo indicó  también  que  recibía  del  citado  los  cheques  de tales sociedades y de las  atrás    relacionadas    para    la   correspondiente   auditoría.   

          Entre  los documentos recaudados en el operativo se encontraron los  que  daban  cuenta  de  la  remisión de elementos de propaganda al congresista  Rodrigo  Garavito  Hernández  por  parte  de  la  empresa  Litofarallones & Cia.  Limitada,   en  consecuencia,  para  la  investigación  pertinente  y  mediante  resolución  del  18  de  abril  de 1995, la Comisión de Fiscales adscrita a la  entonces  Dirección Regional de Bogotá ordenó la remisión de copias de tales  hallazgos a esta Corporación para los fines pertinentes.   

          2.   La  Corte  Suprema de Justicia  dispuso  la práctica de una indagación preliminar luego de acreditado el fuero  del  imputado  en  virtud  de  su  calidad  de  Representante  a  la  Cámara en  ejercicio,    escuchó    en    versión    libre    al    doctor   Garavito       Hernández,  evacuó  las  diligencias  ordenadas  de  oficio  así como la prueba solicitada por el defensor, y en el transcurso de la  misma  la  Fiscalía  envió  los  documentos que acreditaban el alojamiento del  implicado  en  el  Hotel Inter Continental de la ciudad de Cali en varias fechas  durante  el  año  de  1993,  de acuerdo con las órdenes expedidas por la firma  Inversiones  Ara  y que finalmente fueron canceladas por Miguel Angel Rodríguez  Orejuela   según  consta  en  el  recibo  de  caja  expedido  bajo  el  número  13317.   

          3.   Los  elementos  de convicción  acopiados  brindaron  entonces  fundamento  a la Corte para disponer la apertura  formal  del  sumario  en auto del 18 de septiembre de 1995, en el que se dispuso  escuchar al congresista mencionado en injurada.   

          Recibida  la  indagatoria, en providencia del 18 de octubre de 1995,  esta    Sala    afectó    al    implicado   Garavito  Hernández  con  detención preventiva por los delitos  de   enriquecimiento   ilícito  de  particulares,  convertido  en  legislación  permanente  a  través  del artículo 10 del Decreto 2266 de 1991, y falsedad en  documento privado, éste último en concurso homogéneo.   

          Posteriormente,   la   defensa   solicitó  la  sustitución  de  la  detención  preventiva  por la domiciliaria y a ello no accedió la Corporación  en interlocutorio del 7 de noviembre del mismo año.   

          4.   En la investigación llevada a  cabo  se  demostró  también  que el sindicado fue el beneficiario de numerosos  cheques  en  cuantía total de cuatrocientos diez millones setecientos mil pesos  ($  410.700.000),  girados  contra cuentas corrientes cuya apertura se sustentó  en  documentación  falsificada  y  de  las  que eran titulares Jairo Omar Ortiz  Molineros,  Export  Café  Limitada,  Comercializadora  de  Carnes del Pacífico  Limitada,  Distribuidora Agrícola La Loma, Jorge Castillo Correa, Omaira Gómez  Galindo,  Jesús  Zapata  Alvarez,  Jaime  Diego Pérez Varela, Edgar Castillo y  Jesús  Armando  Piedrahita  Solarte,  pero  controladas  en realidad por Miguel  Angel  Rodríguez Orejuela, quien al ser sometido a la justicia confesó haberse  dedicado  al  narcotráfico  desde 1982 y que los depósitos efectuados en tales  cuentas   correspondía   a   las   ganancias   obtenidas   en   esa   actividad  ilícita.   

          La  cantidad  de  dinero atrás aludida,  representada  en  varios títulos valores girados a nombre de otras personas, en  su  mayoría  fue  consignada  en cuentas bancarias abiertas en forma irregular,  esto  es,  en  cumplimiento  de  las instrucciones impartidas por el congresista  Garavito    Hernández,  utilizándose firmas y huellas falsas.   

          5.   Clausurada  la  etapa instructiva y agotado el traslado de  rigor,  en  auto  de  fecha  junio  14 de 1996, esta Sala encontró mérito para  elevar  acusación en detrimento del procesado en calidad de autor de los hechos  punibles  imputados  en  la  medida  de  aseguramiento,  esto  es,  le dedujo el  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  y  el  concurso  de  falsedades  en  documento privado.   

          Impugnado  en  reposición  el  calificatorio,  la  Corporación  lo  confirmó en providencia del 3 de julio de 1996.   

          6.  En firme el pliego de cargos se inició el trámite de la causa,  pero  como  en  el  transcurso  de  dicho  estadio  el  sindicado renunció a su  investidura  de  congresista,  el  expediente fue remitido por competencia a los  Juzgados Regionales de Bogotá.   

          El  despacho  al  cual  correspondió en  reparto  el  proceso  ajustó  su  trámite  a  las previsiones contenidas en el  Decreto  2790  de  1990,  declarado  como  legislación permanente a través del  Decreto  2271  de  1991,  subsanó  la  irregularidad  surgida  de  la  falta de  designación  de  un  fiscal  para  el  proceso,  y  atendió  la  solicitud del  sindicado    encaminada   a   obtener   el   proferimiento   de   la   sentencia  anticipada.   

          Así     las     cosas,     como    el    sindicado    Garavito  Hernández  en  la  diligencia  llevada  a  cabo  para  el  fin indicado aceptó los hechos y la responsabilidad  penal  imputada respecto de los cargos discernidos en la resolución acusatoria,  con  fecha junio 12 de 1997, el Juzgado emitió el fallo anticipado en el que lo  condenó  a  las  penas  principales de noventa y cuatro (94) meses de prisión,  además  de  la  multa  de  trescientos  cincuenta  y nueve millones trescientos  sesenta  y dos mil quinientos pesos ($359.362.500), como autor de los delitos de  falsedad  en documento privado en concurso homogéneo y enriquecimiento ilícito  de particulares.   

         

         7.   El  entonces  Tribunal  Nacional confirmó el fallo del a  quo  al  decidir  las  apelaciones  incoadas  por  el  Ministerio  Público,  el  procesado  y  su  defensor  a  través  de  sentencia  en  la  que modificó las  sanciones   impuestas   al  doctor  Rodrigo  Garavito  Hernández  en los términos atrás precisados, contra  la  cual  el  apoderado del procesado interpuso y sustentó en forma oportuna el  recurso extraordinario de casación que ahora se decide.   

          En  auto  del  28  de abril de 2000 la Corte aceptó el impedimento  propuesto  al  amparo  de  la  causal  6º  del  artículo  103  del  Código de  Procedimiento  Penal por los H. Magistrados que intervinieron en la discusión y  aprobación  de  la  resolución  acusatoria,  así  como  de la providencia que  definió la reposición impetrada contra ella   

         

         8.   Resta  aducir que el sentenciado convino con la Fiscalía  la   disminución  de  una  sexta  parte  de  la  pena  en   virtud  de  la  colaboración  brindada a la administración de justicia con posterioridad a los  fallos  de  las  instancias;  acuerdo  al  cual  el  Juzgado  de conocimiento le  impartió aprobación mediante auto del 12 de noviembre de 1998.   

LA   DEMANDA   

          Primer cargo.   

          Con  carácter  principal  el  actor  invoca  la  causal primera de  casación,  prevista  en  el  artículo 220 numeral 1º, inciso 1º del estatuto  penal  adjetivo,  para  acusar  al  fallo  de  segundo  grado de violar en forma  directa  la  ley sustancial por falta de aplicación de los artículos 1º y 6º  del  Código  Penal e interpretación errónea del 1º del Decreto 1895 de 1989,  adoptado  como legislación permanente por el artículo 10º del Decreto 2266 de  1991.   

          1.   En  el  desarrollo  de  la  censura  anunciada  en  tales  términos,  el  recurrente  indica  que  la Corte Constitucional en la sentencia  C-127  de  1993, que hizo tránsito a cosa juzgada constitucional como consignó  la  misma  Corte  en  providencia del 19 de octubre de 1995, afirmó que para la  configuración  del delito de enriquecimiento ilícito de particulares resultaba  necesaria  una  decisión judicial previa y definitiva sobre los hechos punibles  de    los    cuales    provenían    los    recursos    que   incrementaban   el  patrimonio.   

          Sin  embargo,  la  citada Corporación posteriormente y mediante la  sentencia  C-319  de  1996  “reconsideró” este criterio en relación con el  aludido  tipo  penal,  contenido  en el artículo 1º del Decreto 1895 de 1989 y  adoptado  como legislación permanente por el artículo 10º del Decreto 2266 de  1991,  para  sostener  entonces  su  carácter autónomo y, por lo tanto, que su  estructuración  no depende de la existencia de un fallo judicial en firme sobre  las  actividades  ilícitas  de las que se derivan los bienes que acrecientan el  patrimonio del sindicado o de un tercero.   

          Destaca  además,  que  los  efectos de esta “reconsideración”  jurisprudencial,  similares  a  los  de una norma general dado el carácter erga  omnes   de   los   fallos  de  exequibilidad  y  la  fuerza  obligatoria  de  la  interpretación  constitucional, en manera alguna pueden ser retroactivos por la  expresa  prohibición  consagrada  en  los  artículos  29  de  la Constitución  Política  y  6º  del  Código  Penal; y así las cosas, que la interpretación  recogida  en  la  precitada  sentencia C-319 del 18 de julio de 1996 sólo puede  aplicarse  a  los  hechos  ocurridos  a  partir  de  la  fecha  en  la  que  fue  proferida.   

         

         Con  fundamento  en estas apreciaciones el demandante indica que la  violación  directa  de  la  ley  sustancial  se produjo como consecuencia de la  aplicación  en  el  caso  de autos de la sentencia C-319 de 1996, cuando por la  época  de  comisión  del  comportamiento  reprochado  se  imponía  ajustar el  sentido  de  la  norma  que  se  señaló como infringida por el procesado a los  lineamientos  de la sentencia C-127 de 1993, particularmente, en la necesidad de  una  decisión  judicial  previa  sobre  la conducta delictiva generadora de los  recursos  que incrementaron el patrimonio económico del acriminado GARAVITO HERNANDEZ.   

         Por  los  motivos  expuestos  encuentra  que  se  desconocieron los  principios  de  legalidad y favorabilidad, “pues los  hechos  tal  y  como  se  dan  por  demostrados”, de  acuerdo  con  la interpretación obligatoria que pregona el censor, “no  estaban recogidos por ninguna norma legal vigente al momento  de   su   ocurrencia   y  por  lo  tanto  no  podían  ser  objeto  de  reproche  penal”,  como  quiera  que  para  ese  momento  no  existía,  insiste,  una decisión en firme sobre los comportamientos delictivos  que dieron lugar al posterior incremento patrimonial.   

         2.   Señala  por otra parte, que si bien el artículo 37B del  Código  de Procedimiento Penal restringe el interés jurídico para recurrir la  sentencia   anticipada,   en   el   evento   de   autos,  ante  la  “evidente   improcedencia  del  fallo  de  condena”   se   configura   una   excepción  a  dicho  mandato   “que   debe   deducirse   de   los  principios  que  rigen  el  procedimiento  penal”  y de la prevalencia que debe  revestir  el  derecho  sustancial  al  tenor  del  artículo  228  de  la  Carta  Política.   

         Trasladada  tal  apreciación  al  presente  asunto,  el demandante  sostiene  que  si  el sindicado admite la responsabilidad en una conducta que no  constituye  infracción de la ley penal, la realización formal de la diligencia  de  aceptación  de  cargos  en  manera  alguna  justifica la emisión del fallo  anticipado  y, menos aún, que éste por virtud de las previsiones contenidas en  el mencionado precepto surja incontrovertible.   

         Con  apoyo  en  las razones anteriores solicita de la Sala que case  la  sentencia condenatoria proferida por el entonces Tribunal Nacional y, que en  su  lugar,  se  emita  una  sentencia  de  carácter  absolutorio  en  la que se  reconozca  que los hechos investigados y aceptados por el sindicado GARAVITO  HERNANDEZ  eran atípicos para  la fecha de su ocurrencia.   

         Segundo cargo.   

         En  forma subsidiaria y al amparo de la causal tercera de casación  del  artículo  220-3º  del  C.  de  P.P.,  el demandante acusa la sentencia de  segundo   grado   de   haber   sido   proferida   en   un   juicio   viciado  de  nulidad.   

         1.   En  la  sustentación  de  la  censura  alude al limitado  interés  jurídico para recurrir la sentencia anticipada al tenor del artículo  37B  del estatuto penal adjetivo, que presupone la aceptación de los cargos con  reconocimiento  de  la  responsabilidad  penal  y sin controversia en torno a la  valoración  probatoria;  de ahí, entonces, que resulte imposible cuestionar en  tales  eventos  la  materialidad  de  los  hechos o la responsabilidad penal del  procesado,  “por cuanto el debate sobre tales temas  debe   entenderse   superado   a   consecuencia   de   la   aceptación  de  los  cargos”.   

         Sin  embargo, este postulado general se exceptúa, en opinión del  casacionista,  cuando  se  omite  la  práctica  de  pruebas que habrían tenido  trascendencia  en  la punibilidad, esto es, en aquellos eventos en los cuales no  se    permitió   al   representante   judicial   del   sindicado   “la  viabilidad  de  sugerir  la  aceptación  de  los cargos en  oportunidad  adecuada  (en la etapa de instrucción) para que operen las mayores  diminuentes  punitivas  posibles”, como quiera que  en  una  situación  de  dicho  talante se configura un insalvable menoscabo del  derecho a la defensa.   

          En  este orden de ideas concluye, entonces, que no puede descartarse  el  interés  jurídico  para  recurrir  la  sentencia  anticipada  cuando logra  establecerse,  como  sucede  en  este  caso,  una  relación  directa  entre  la  irregularidad procesal y la dosificación de la pena.   

        2.   A partir de las premisas anteriores el censor anuncia un  solo  reproche  que en realidad desdobla en dos ataques concretos a la legalidad  del  trámite,  así  estén referidos ambos a las trabas que denuncia le fueron  puestas  a  la  defensa  en  la  actividad  probatoria de las instancias, que en  contexto,   le  imposibilitaron  encauzar  de  mejor  manera  la  estrategia  en  beneficio de los intereses del sindicado.   

        2.1   El  primer  reproche  lo  hizo consistir en la falta de  oportunidad  para conocer y controvertir, antes del cierre de la investigación,  el  cuaderno  anexo  número  21  del  expediente  en  el que se encontraban los  extractos  y  las consignaciones bancarias de las “empresas de fachada”, por  cuanto  tales  documentos arribaron a la investigación, afirma, con precedencia  a  la  clausura del sumario, recibidos directamente por la magistrada auxiliar y  remitidos  al  despacho del Ponente sin que fueran puestos a disposición de los  sujetos  procesales  en  la Secretaría de la Sala, tanto así, que el apoderado  se  impuso  de  tales  evidencias  luego de negada la reposición de la referida  providencia de cierre.   

        El  desconocimiento  de  estas  pruebas cercenó la posibilidad de  fundamentar  las alegaciones defensivas en su contenido, de solicitar los medios  de  convicción  que  habrían  determinado  el origen de los cheques girados al  doctor     GARAVITO     HERNANDEZ    y  de  establecer  si  los  recursos tenían origen en actividades  ilícitas.   

        Advierte  además  que la nulidad deprecada por este motivo en las  instancias  fue  descartada  con  asidero en un argumento que fue posteriormente  desvirtuado,  esto es, en la falsa afirmación consignada en la visita realizada  por  la  Procuraduría  a  la Secretaría de esta Sala, en el sentido de haberse  impuesto  en forma personal a la defensa el auto que notició el arribo de tales  pruebas al proceso   

        Colige  en síntesis, que las pruebas dadas a conocer tardíamente  a  la  defensa,  “con un alto grado de probabilidad  habrían  modificado  el  curso  del  proceso  y  la  estrategia defensiva si se  hubieren  hecho  públicas  antes del cierre de la investigación, circunstancia  que  guarda estrecha relación con la cuantificación  punitiva”.   

        2.2     El  segundo  reproche  lo  concreta  en  que  se  impidió  a  la  defensa  el contrainterrogatorio del señor Guillermo Alejandro  Pallomari,  único  testigo de cargo, con el argumento de haber desperdiciado la  oportunidad  para  controvertir  tal  elemento  de juicio cuando fue practicado;  raciocinio  que se apoya en una verdad estrictamente formal, según atesta, esto  es,  en  que la defensa no concurrió a su realización, pero perdiendo de vista  que  tal  ausencia  estuvo  determinada  por  las  circunstancias  en las que se  ordenó  y  llevó  a cabo la prueba, en el extranjero y en país que exige visa  para el ingreso a su territorio.   

        Destaca   con   idéntica   orientación   argumentativa   que  el  testimonio  se  dispuso  en  auto  del 30 de noviembre de 1995 y se delegó a la  Fiscalía  para  recibirlo.   En forma interna se concertó con tal entidad  la  comisión  correspondiente  sin  que  la  defensa  tuviera  acceso  a algún  documento  en  el  cual constara la fecha y lugar exacto donde se efectuaría la  diligencia,  más  aún, el 3 de diciembre siguiente se desplazaron los fiscales  con  reserva  de  identidad  a  los  Estados Unidos, quienes de manera exclusiva  tenían  conocimiento  sobre  las  circunstancias  en  las  que se evacuaría la  versión   juramentada  del  citado  Pallomari  González,  tanto  así  que  el  Ministerio  Público  a  pesar  de  su  intención  no  pudo  participar  en esa  actuación finalmente realizada el 6 de diciembre de 1995.   

         En fin, argumenta que estas condiciones  demuestran  la  realidad  de la censura y, por ende, la vulneración del derecho  de  defensa,  máxime  que  con  posterioridad  se  negó  la  práctica  de  la  ampliación  de  esta prueba endilgándose a la defensa el desaprovechamiento de  la   oportunidad   para   acudir   a   la   declaración   inicial   del  citado  Pallomari.   

         En  lo atinente a la trascendencia de la irregularidad denunciada,  el  demandante  asegura  que mediante el contrainterrogatorio echado de menos la  defensa  habría  contado  con  elementos  de  juicio que habrían anticipado la  determinación  de  sugerir  al sindicado la aceptación de los cargos a través  de  la  sentencia  anticipada, con las consecuencias que de ello se derivaban en  la tasación de la pena.   

        Por  las  razones  anteriores  solicita la nulidad de lo actuado a  partir    de    la    providencia    que    declaró    el    cierre    de    la  investigación.   

         

        Tercer cargo.   

        En  subsidio  de  los  dos  cargos  anteriores  el censor acusa la  sentencia  recurrida  de  ser  directamente  violatoria de la ley sustancial por  falta  de  aplicación  de  los  artículos  1º  y  7º  del  Código  Penal  e  interpretación  errónea  de  los  artículos  61  y  66 ibídem, así como del  artículo     1º     del     Decreto     1895     de     1989,     “proveniente  de haber dado un alcance no consignado en la ley a  las    circunstancias    genéricas   de   agravación   punitiva”.   

        1.    El   impugnante  conceptúa  sobre  los  principios  de  legalidad  y  de la prohibida aplicación analógica de la ley penal al tenor de  los  precitados  artículos  1º  y  7º  del Código Penal, a la vez que invoca  autorizados  criterios  doctrinales en estas materias para concretar el reproche  en  el  caso de autos, en últimas, en la deducción que hicieron los juzgadores  de  circunstancias agravantes de la pena que no tienen previsto ese carácter en  forma  genérica o específica en la ley; asimismo, en la aplicación analógica  in   malam   parte  de  circunstancias  de  agravación  punitiva,  “que  da lugar a casar la sentencia y dictar una con la pena que  corresponda  según  las  verdaderas  agravantes  en que incurrió el condenado,  valga  decir, las consignadas  en los numerales 4º y 11º del artículo 66  del Estatuto Penal”.   

          Indica   además,  que  el  Tribunal  Nacional  le  concedió  un alcance equivocado al artículo 1º del Decreto 1895  de  1989,  que  describe  el delito de enriquecimiento ilícito de particulares,  pues   perdió  de  vista  que  tal  norma  no  consagra  ninguna  circunstancia  específica  de  agravación  punitiva  y,  a  pesar  de  ello, le adjudicó tal  carácter  a  aspectos  no  consagrados en dicho precepto; de igual modo, que un  yerro  de idéntica naturaleza también se configuró en la sentencia recurrida,  por similar causa, respecto del artículo 61 del Código Penal.   

        2.    Luego   de   esta  deshilvanada  presentación  de  las  disposiciones  que  estima  infringidas  y  del  concepto  de  su violación, el  demandante  plantea  que  el monto del enriquecimiento fue estructurado como una  causal  agravante  a  través  de  la interpretación errónea de las precitadas  normas  del  Código Penal, cuando el artículo 1º del Decreto 1895 lo consagra  como sanción pecuniaria.   

        Agrega  que  si  la  intención  del legislador hubiera sido la de  asignarle  ese influjo que en forma equivocada le atribuyó el ad quem, el valor  del  acrecentamiento  patrimonial  estaría previsto como hipótesis específica  de   agravación  tal  como  acontece  con  los  delitos  contra  el  patrimonio  económico.   

        3.   Afirma  por otra parte que el Tribunal Nacional erró en  la   interpretación  del  artículo  66  del  Código  Penal,  al  “tener  en  cuenta  sin  ninguna  motivación  en  la sentencia,  circunstancias    de    agravación    que    no    se    encuentran   reguladas  legalmente”.    

         Enunció aquí, concretamente, el monto  del  enriquecimiento  ilícito,  la  posición  del  sindicado en el campo de la  política  como  quiera  que  se trataba de un Representante a la Cámara por el  Departamento  de  Caldas,  la  intención  de  incrementar  en  forma  fácil  e  inescrupulosa   el   patrimonio,   el  abuso  que  hizo  el  enjuiciado  de  sus  trabajadores  al  utilizarlos como medios en la actividad delictiva denotando la  preparación   previa   del  delito  principal,  el  grado  de  corrupción  que  entrañaba  la  comisión  del  delito, así como el imputado concurso de hechos  punibles;  y  a  renglón  seguido  transcribe  los apartes del fallo en los que  estima  deducidas tales circunstancias en la individualización de la pena, para  colegir  simple  y  llanamente  que de ellas sólo tienen respaldo legal las que  corresponden a los numerales 4º y 11º del artículo 66 del C.P.   

         A  partir  de  tales  fundamentos  solicita  a  la  Corte que case  parcialmente   la  sentencia  recurrida  e  imponga  al  sindicado  Garavito  Hernández  la pena reducida  en  la  proporción  que corresponda a las causales de agravación indebidamente  aplicadas.   

         CONCEPTO DE LA PROCURADURIA   

         Del segundo cargo   

         A  pesar que el demandante formuló el segundo cargo con carácter  subsidiario,  la  Delegada  conceptúa  en  forma  inicial  sobre  la censura de  nulidad  a  la  que  se  contrae  el  mismo, y en cumplimiento de dicho cometido  deslinda  los  dos  reproches  elevados  por el actor contra el fallo de segunda  instancia  al  amparo  de  la  causal tercera de casación, consistentes, de una  parte,  en el menoscabo del principio de publicidad por no habérsele brindado a  la  defensa la oportunidad de imponerse y  controvertir antes del cierre de  la  investigación los documentos contenidos en el cuaderno anexo número 21 del  expediente;  de  la  otra,  en  el desconocimiento del derecho de contradicción  respecto  del  testigo  único  de  cargo Guillermo Pallomari, a quien no se les  permitió   contrainterrogar   durante   la   declaración  que  rindió  en  el  extranjero.   

         1.    Verificada   tal  precisión,  el  Ministerio  Público  resalta   el   carácter  anticipado  del  fallo  proferido  en  detrimento  del  procesado,  donde  se  produjo  la  aceptación  sin  condiciones  de los cargos  imputados  y  de  la responsabilidad penal, y aborda luego las restricciones que  para  recurrir estableció en tales eventos el artículo 37B-4º del C. de P.P.,  extensivas  al recurso de casación conforme al reiterado criterio de esta Sala,  que rememora.   

         Plantea  en  este discurrir argumentativo, que al procesado y a su  defensor  sólo  le  es  dable  impugnar  la  sentencia  anticipada en los temas  relacionados  con  la  dosificación  de  la pena, el subrogado de la condena de  ejecución  condicional,  la  indemnización  de  perjuicios,  la extinción del  dominio  sobre  bienes  y  en  punto  de  las  transgresiones  a  las garantías  fundamentales;  así las cosas, como el actor formula el cargo por violación al  derecho  de  defensa  la  Delegada concluye que, en principio y desde esa única  perspectiva, tendría legitimidad para impugnar.    

          Sin   embargo,   advierte   que  tal  aseveración  debe ser matizada por cuanto resulta indispensable recordar que en  los  mecanismos  de  terminación  anticipada  del  proceso,  con ocasión de la  aceptación   de   los  cargos  y  de  la  responsabilidad  penal,  “advienen   desprendimientos  de  ejercicios  de  contradicción  probatoria”  que  en  manera  alguna  implican  la  renuncia  a  la  presunción  de  inocencia  ni  al principio de necesidad de la  prueba,  pero  que a su vez determinan que la formulación y la admisión de los  cargos  cuando  se  ha  cumplido  con  apego  a los ritos correspondientes, y la  sentencia  proferida encuentra fundamento en elementos de convicción legalmente  acopiados  con  entidad para generar la certeza reivindicada en el artículo 247  del  C.  de  P.P.,  fluye  improcedente  entonces  la impugnación sustentada en  presuntos  obstáculos  en  la  contradicción  de  algunas  pruebas, como aquí  acontece  con  las  dos  falencias singularizadas por el censor, máxime que una  postura  de este talante deviene en la retractación de lo aceptado, excluida en  los institutos en comento.   

         

          En  este  orden  de  ideas,  a juicio del  Ministerio Público,  “los          desprendimientos          de  contradicción”   probatoria   únicamente  generan  nulidad  por  violación  al  derecho  defensa cuando se traducen en la ausencia  absoluta  de defensa técnica, que en el presente caso ni siquiera fue planteada  en  la  demanda  y  se  descarta  ante  la  diligente  actividad  de quienes han  representado       al      sindicado      Garavito  Hernández en el curso del proceso.    

          La  Delegada respalda la tesis postulada  en  estos  términos  en las precedentes decisiones de la Sala de fechas octubre  28  de  1996,  M.P. Dr. Jorge Aníbal Gómez Gallego, 12 de agosto de 1998, M.P.  Dr.  Jorge  Aníbal  Gómez  Gallego  y  31 de agosto de 1999, M.P. Dr. Fernando  Arboleda Ripoll.   

          2.   Abundando  en  consideraciones, la Procuraduría aduce que  la   legitimidad   para   impugnar  la  sentencia  anticipada  en  punto  de  la  dosificación  de la pena se vincula a errores aritméticos en las disminuciones  a  las  que  tiene  derecho  el sindicado, o a la falta de aplicación de normas  sustanciales  que  afectan  la  sanción  impuesta,  como  sería el caso de los  beneficios   por  confesión,  de  la  colaboración  eficaz  que  hubiese  sido  evaluada,  de  las  circunstancias  atenuantes  genéricas  o  específicas; por  consiguiente,  las  falencias  que  acusa  el  demandante  en esta censura y que  fueron  reseñadas  atrás  no  corresponden  a  estos  tópicos susceptibles de  impugnación  al  tenor  del  precitado  artículo  37B-4º  del  estatuto penal  adjetivo.   

          3.   Por otra parte, la Delegada estima que las irregularidades  denunciadas  carecen  de la trascendencia argüida y que el actor hizo consistir  en  el  influjo  negativo  que  tuvieron en la estrategia defensiva al impedirle  resolver  sobre  la  conveniencia  de la aceptación de los cargos, o evaluar la  decisión   de   someterse   a   la   sentencia   anticipada   en  la  fase  del  sumario.   

          En primer término, porque en discusión  casacional  las  omisiones  probatorias que aparejan el menoscabo del derecho de  defensa  o  el  desconocimiento  del  principio  de  investigación integral son  aquellas  que  habrían  modificado  la  naturaleza  de  la decisión impugnada;  exigencia  que  fue  sustraída  de  toda  consideración en la demanda, pues el  recurrente  simplemente  se  ocupó de denotar las falencias sin detenerse en el  acopio    probatorio    existente    antes    de    la    clausura   del   ciclo  instructivo.   

           Más   aún,   el  demandante  tampoco  confrontó,  advierte  el Ministerio Público, los restantes elementos de juicio  incorporados  al  plenario  como  resultaba  indispensable para establecer si la  defensa  o  el  sindicado  a  pesar de la denunciada falta de acceso al cuaderno  anexo  No.  21  y  del  impedido  contra  interrogatorio  del testigo Pallomari,  pudieron  o  no optar pacífica y reflexivamente por el trámite de la sentencia  anticipada en la etapa de investigación.   

       Así  las  cosas,  concluye,  los  ataque  por  violación  de  los principios de publicidad y contradicción se desarrollaron a  través  de  argumentos hipotéticos, quedaron en el plano meramente enunciativo  determinando  la  falta  de  prosperidad  de la censura de nulidad; aseveración  aunada  a  lo  esbozado  en  precedencia  sobre  el  efecto de la renuncia a las  posteriores  contradicciones probatorias, derivado de las formas de terminación  anticipada del proceso.   

        4.     La  Procuraduría  agrega  que  las  acusaciones  por  el  menoscabo  del derecho de  defensa  podrían  ser trascendentes en un proceso de terminación ordinaria, no  en  la  actuación  concluida  por el trámite anticipado, sólo en la medida en  que   el  conocimiento  de  la  prueba  contenida  en  el  anexo  No.  21  y  la  contradicción  del  testigo Pallomari hubiesen tenido la potencialidad de mutar  la  naturaleza  de  la  sentencia, pues si a pesar de tales deficiencias, con el  restante  material  probatorio el defensor y su asistido podían haber tomado la  decisión  sobre  el  acogimiento  a  la  sentencia anticipada, la irregularidad  denunciada  surgiría  inocua,  máxime  ante  la  posibilidad  de optar por tal  instituto en ambos estadios del proceso.   

        Con fundamento en las  anteriores  consideraciones  la  Procuraduría   sugiere  que  el  cargo de  nulidad  está  llamado  a  no  prosperar.           

          Del  primer  Cargo               

          1.   Frente a esta censura la Delegada reitera que en el evento  de  autos  se  impugnó  una  sentencia  anticipada, en la que se exterioriza la  admisión  sin  condiciones  tanto  de  la  imputación  fáctica como jurídica  atribuida  en  la  medida  de  aseguramiento  o en la resolución de acusación,  según  el  caso,  actitud  que  trae  como  consecuencia  la  imposibilidad  de  controvertir    esas    aceptaciones    en   las   fases   posteriores   de   la  actuación.   

        Por  tal  razón, en  los  institutos  de  terminación anticipada del proceso, al tenor del artículo  37B-4º  del  C.  de  P.P.,  sólo  se toleran las impugnaciones respecto de los  tópicos  allí  establecidos y aquellas que tienen por objeto la protección de  garantías  fundamentales,  como  ha clarificado esta Sala en las decisiones que  la  Procuraduría  evoca,  particularmente,  la de fecha 28 de octubre de 1996 y  ponencia  del  M.  Dr.  Jorge  Aníbal  Gómez  Gallego, en la que se afirmó la  impropiedad  de  las  manifestaciones  de  indebida  aplicación  o  de falta de  aplicación  de  la ley sustancial o de error en la denominación jurídica, por  cuanto  desconocen  los  cargos  e  implican una inadmisible retractación de la  responsabilidad penal asentida.   

        2.  Con apego a  los   conceptos   comentados   se  colegiría  que  el  casacionista  carece  de  legitimidad  para  recurrir  pues  el  primer  cargo  lo formuló por violación  directa  de  la  ley  sustancial  en  sus  sentidos  de  falta  de aplicación e  interpretación  errónea;  pero  esa regla general se exceptúa, en opinión de  la  Delegada,  cuando  el  reproche  involucra  el  afirmado  desconocimiento de  garantías  fundamentales,  como  aconteció en el presente caso donde el censor  alegó  el  menoscabo  de  los  principios  de  favorabilidad y de legalidad del  delito.    

       En   este   orden   de   ideas,  concluye,  al  casacionista  le asiste legitimidad para impugnar, pero ello no significa que la  censura  deba  encontrar  prosperidad  en  esta Sede, dado que de acuerdo con la  exigente  técnica  del recurso de casación, aún tratándose de la denuncia de  la  violación  de  garantías fundamentales, el reproche en manera alguna puede  quedar   en   el   plano  puramente  enunciativo  como  atisba  ocurrido  en  la  sustentación del ataque.    

       Efectivamente,   a   juicio   del   Ministerio  Público,  el  demandante  se  limitó a la reseña genérica y parcelada de las  sentencias  C-127 de 1993 y C-319 de 1996, referidas ambas a ámbitos temporales  diferentes  de la constitucionalidad del artículo 1º del Decreto 1895 de 1989,  adoptado  como  legislación  permanente por el artículo 10 del Decreto 2266 de  1991,  pero  en manera alguna se ocupó de argumentar sobre los temas de la cosa  juzgada    explícita    e    implícita    que    resultaban    imprescindibles  “en  orden  a abordar la  fuerza  fundante  y  limitante  del  principio de favorabilidad y por ende de no  retroactividad    de    las    sentencias   de   exequibilidad   de   la   Corte  Constitucional”.   

       Por otra parte, el censor aludió a los efectos  de  la  reconsideración jurisprudencial contenida en la sentencia C-319 de 1996  pero  no  trató con suficiencia dicho tópico, como también le era imperioso a  partir  de  las reglas sobre los efectos de las sentencias de constitucionalidad  de  conformidad  con el artículo 45 de la Ley Estatutaria de la Administración  de  Justicia;  y con idéntica precariedad, si bien afirmó la atipicidad de los  hechos   investigados,   el   demandante   no  desarrolló  ni  sustentó  dicho  reproche.    

       3.   Finalmente, tratándose de la acusada  interpretación  errónea  del  artículo  1º del Decreto 1895 de 1989 el actor  tampoco  demostró,  como  en  rigor  se  imponía,  cuáles fueron los efectos,  alcances  o  requerimientos  extraños  a  su  contenido que el juzgador le hizo  comportar  a esa norma sustancial contrariando la voluntad del legislador.    

       Con    fundamento    en    las    anteriores  consideraciones,  este  otro  cargo  tampoco  debe  prosperar  en opinión de la  Delegada.   

       Tercer cargo.   

       Se acusa a la sentencia impugnada de considerar  como  circunstancias  genéricas de agravación punitiva algunos factores que no  tienen  asignado dicho alcance en la ley, y la Procuraduría antes de conceptuar  sobre  este reproche elevado con apoyo en la denunciada violación directa de la  ley  sustancial por falta de aplicación de los artículos 1º y 7º del Código  Penal  e  interpretación  errónea  de  los artículos 61, 66 ibídem y 1º del  Decreto  1895  de  1991,  transcribe las consideraciones de los falladores en la  individualización de la pena para concluir lo siguiente:   

          1.   En  primer  término,  que el Juzgado Regional soportó el  incremento  de  dos años efectuado sobre el límite mínimo de pena previsto en  la  disposición  infringida,  de una parte, en la conjugación de los criterios  previstos  en  el  artículo  61  del  estatuto  punitivo, pero también, en las  circunstancias  agravantes  contempladas  en el artículo 66 ibídem a pesar que  omitiera la mención singular de las mismas.   

         

          Así,  al  analizar los términos en los que fue emitido el fallo de  primera   instancia   encuentra  efectuada  la  imputación  fáctica,  más  no  jurídica,  de  las  causales  consagradas  en  los  numerales  4º y 11º de la  última disposición citada.   

         

          2.   A  su  vez,  el  Tribunal al avalar la decisión del a quo  consignó  motivaciones  que  se  enmarcan dentro de los criterios dosimétricos  del  artículo  61  del  Código  Penal,  y  en relación con las circunstancias  genéricas   agravantes  recabó,  sin  alusión  específica  a  la  preceptiva  correspondiente,  en la posición distinguida del sentenciado en la sociedad, es  decir,  también  dedujo  de manera fáctica la hipótesis del artículo 66-11º  ibídem.     

          3.   En este orden de ideas, no sin  recordar  que  las  decisiones  de  primero  y  segundo  grado  conforman unidad  jurídica  inescindible,  la  Delegada  afirma  que  en  la sentencia anticipada  proferida  contra  el  sindicado  Garavito  Hernández  se   dedujeron   las   circunstancias  genéricas  de  agravación  de los numerales 4º y 11º del artículo 66 del Código Penal, que  no habían sido imputadas en la resolución de acusación.   

          4.   Sin  embargo, la incongruencia  detectada  fluye  inocua  por cuanto la pena aparece paralelamente sustentada en  los  parámetros  del  artículo  61  ibídem,  que le brindarían fundamento de  todas  maneras  al  incremento  de  los dos años de prisión, y así las cosas,  queda  sin  visos  de  prosperidad  la  alegada  falta  de  aplicación  de  los  artículos 1º y 7º del Código Penal.   

          En efecto, a juicio de la Delegada, salvo  en  el  tema  del  numeral  11º del precitado artículo 66 ejusdem, el Tribunal  cimentó  debidamente  la  determinación  de  la  pena  en  los parámetros del  artículo 61 ibídem por las siguientes razones:   

         

          4.1   Realizó  el incremento dentro de los límites señalados  en  la  ley  y con respeto del artículo 67 del Código Penal, pues en este caso  no  hubo un reconocimiento fáctico ni jurídico de la concurrencia exclusiva de  circunstancias  de  atenuación;  norma de acuerdo con la cual los criterios del  artículo  61  ibídem  pueden  soportar  un  aumento  de  pena,  no obstante la  concurrencia  de  circunstancias de atenuación y sin que al aplicarse se estén  deduciendo  en  forma  analógica  circunstancias  agravantes  genéricas,  como  parece entenderlo equivocadamente el casacionista.    

Se   excluye  también,  desde  esta  otra  perspectiva,  la  atestada  violación  de  los artículos 1º y 7º del Código  Penal.   

          4.2   El  Tribunal  no rotuló sus motivaciones a partir de los  parámetros  contemplados  en  el artículo 61 del Código Penal, pero se detuvo  en  la  gravedad y modalidades del hecho punible, y si bien la fundamentó en el  monto   del   enriquecimiento  ilícito,  que  no  constituye  circunstancia  de  agravación,  este  no  fue  el  único  factor invocado en la graduación de la  pena,   que   aparece  apoyada  también  en  el  grado  de  culpabilidad  o  de  exigibilidad  atribuible  al  autor del injusto, al igual que en la personalidad  del agente.   

          5.   La  Delegada  tampoco advierte la interpretación errónea  del  artículo  66  del  Código  Penal,  modalidad  de  yerro que supondría la  certera  selección  de  dicha  norma  por  ser  la  llamada  a  regular el caso  concreto,  pero que es aplicada con desatino al precisar sus efectos, alcances o  contenidos,  pues  el  Tribunal  salvo  en  la  imputación fáctica del numeral  11º   de  dicho  precepto soportó el aumento de los dos años de prisión  respecto  del  enriquecimiento  ilícito  en  los  criterios  del  artículo  61  ibídem.    En  otros  términos, si no hubo aplicación del artículo  66   del   Código  Penal,  en  manera  alguna  puede  imputarse  su  equivocada  interpretación.   

          El  desacierto técnico comentado se acrecienta al mezclar el censor  este  sentido de violación con el de indebida aplicación, dado que predicó en  forma  simultánea  y  frente a la norma sustancial en comento, la deducción en  el     fallo     de     circunstancias     de     agravación    no    reguladas  expresamente.   

6.   La Delegada estima que las razones  esbozadas  son  suficientes para que el cargo no pueda prosperar, pero argumenta  por  último  y  afianzando  dicho  concepto,  que la denunciada interpretación  errónea  del  artículo  61 del Código Penal quedó en el mero enunciado, pues  el   casacionista  no  demostró  cuáles  fueron  los  alcances  equivocados  o  contrarios  a  la  voluntad  del  legislador  que se asignaron a los parámetros  dosimétricos allí contemplados.   

          Casación oficiosa   

          La  Delegada  advierte que el artículo 228 del C. de P.P. exceptúa  el  principio de limitación que rige el recurso extraordinario al facultar a la  Corte  para  declarar  nulidades  de  oficio  o  a casar la sentencia cuando sea  ostensible  que  la  misma  atenta  contra las garantías fundamentales; opción  ésta  última  que  sugiere  en  el  presente  asunto  al  observar  que fueron  vulnerados  los  principios de legalidad del delito, de favorabilidad y de la no  retroactividad  de  las  sentencias de exequibilidad de la Corte Constitucional,  contemplados  en  los artículos 29 de la Carta Política, 1º y 6º del Código  Penal,   45   y   48   de   la   Ley   Estatutaria   de  la  Administración  de  Justicia.   

          En  otro  acápite insiste en la importancia del precitado artículo  228  del  estatuto  procesal,  que  fluye armónico con la concepción de Estado  Social  y Democrático de Derecho al conferir a la Corte la protección oficiosa  de  los  principios  y garantías fundamentales; potestad que instrumentaliza el  postulado  de  la  prevalencia  del  derecho  sustancial  independientemente del  carácter   ordinario   o  anticipado  del  fallo,  conforme  ha  colegido  esta  Corporación.   

          1.   Identificación  de la discusión e identificación de las  garantías   violadas.               Bajo  el  título  indicado el Colaborador de la  Procuraduría   precisa   que  la  problemática  en  cuestión  no  estriba  en  establecer   si  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  es  autónomo  o  subordinado,  pues resulta incontrovertible que ostenta ese primer  carácter  desde la sentencia C-319 del 18 de julio de 1996, que surtió efectos  hacia  el  futuro. El objeto del debate radica entonces, a juicio del Ministerio  Público,  en  que  para  la  época  de comisión del delito imputado al doctor  Garavito  Hernández,  la  legalidad  formal  y  material  del  artículo 10 del  Decreto  2266  de 1991 estaba ligada de manera inescindible a la interpretación  que  hizo  la  Corte  Constitucional  de dicho precepto en la sentencia C-127 de  1993,  de  contenido  vinculante  y  con  efectos  de  cosa  juzgada, bajo cuyos  lineamientos  debía  valorarse  si  la  conducta  del  citado  resultaba  o  no  penalmente relevante.     

          En sustento de esta apreciación destaca  que  a  pesar  de  los  principios  de  autonomía  e independencia que rigen la  administración  de  justicia,  el  juez  al  aplicar  la  ley debe ajustarse al  ordenamiento  jurídico, respetar la supremacía de la Constitución y acatar la  doctrina  constitucional integradora que se torna obligatoria de conformidad con  los  artículos  243  de  la  Carta  Política  y  48  de  la  Ley  270 de 1996.   

          Precisa seguidamente que en virtud de los  principios  de  favorabilidad  y  de no retroactividad de la Ley penal (art. 6º  del  C.P),  la  concepción integradora esbozada en la sentencia C-319 del 18 de  julio   de   1996  no  resultaba  aplicable  a  las  conductas  perpetradas  con  antelación  a  su proferimiento, en consecuencia, que al haberse aplicado aquí  tal  decisión  hacia  el  pasado,  se  transgredió  el  artículo 45 de la Ley  Estatutaria de la Administración de Justicia.     

          2.   Protección  de las garantías  fundamentales  en la casación penal.   La Delegada indica que aún en  los   eventos   de   terminación   anticipada   del  proceso  son  viables  las  impugnaciones  que  versan  sobre la violación de las garantías fundamentales,  como  se  desprende del propio artículo 37 del Código de Procedimiento Penal y  ha admitido en forma reiterada esta Sala.    

          Discierne  sobre  los  principios  y las  garantías,  respecto  de  la  incidencia  derivada  de su vulneración y que se  traduce  en  típicos  errores in procedendo cuya corrección se efectúa por la  vía  de  las nulidades de que trata la causal tercera de casación, o en yerros  sustanciales que encuentran sendero expedito en la causal primera.   

          3.  Conceptúa sobre el principio de  legalidad  del  delito,  que  no se agota en la reserva de la ley formal previa,  escrita,  estricta,  cierta e inequívoca, sino que también debe obedecer a las  valoraciones  constitucionales que sobre la ley realiza la Corporación custodia  de  la  Carta  Política,  porque  su  decisión integradora vincula a todas las  autoridades incluidas las judiciales.   

          4.  Alude al principio de tipicidad,  al  contenido  subjetivo  y  objetivo del tipo penal, a las varias funciones que  cumple  el  tipo  penal,  a  la  constitucionalización de todo el derecho y, en  particular,    del    derecho    penal,    para    colegir    que   “de  cara  a  lo  valorativo  de la adecuación típica, deberá  también  obedecerse  a  las sentencias de la Corte Constitucional proferidas en  ejercicio   del   control   constitucional   con   efectos   de   cosa   juzgada  constitucional”   explícita   o  implícita,  como  también    al    bloque   de   constitucionalidad,   máxime   que   el   nuevo  constitucionalismo  “…quiérase o no- desborda el  alcance   del   derecho   legislado,   y   rebasa  al  legislador  como  órgano  político”,  fenómeno  preocupante pero inherente a  la concepción del Estado Social y democrático de derecho.   

          5.   Plantea  que por imperativo de  los  artículos 243 superior y 48 de la Ley Estatutaria de la Administración de  Justicia,  los fallos que dicta la Corte Constitucional en ejercicio del control  constitucional  hacen tránsito a cosa juzgada y la decisión es vinculante para  todas las autoridades de la República.    

           Por   otra  parte,  con  apoyo  en  la  jurisprudencia  constitucional  distingue  entre  las  nociones  de cosa juzgada  explícita  e  implícita,  para  afirmar  que  la  Corte  Constitucional  en la  sentencia  C-127  de  1993,  de  cara a la adecuación típica y tratándose del  delito  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  fijó  el carácter del  delito  medio  – derivado  de  cualquier  actividad  delictiva  –,  a  la  vez  que motivó que la existencia de éste debe darse por  sentencia  judicial  definitiva;  de  ahí  que  tales  afirmaciones  no  puedan  considerarse  como  expresiones  marginales o intrascendentes, por el contrario,  aparecen vinculadas inescindiblemente a la decisión misma.    

          Así  las cosas, la Corte Constitucional  afectó  la  legalidad formal y material del punible de enriquecimiento ilícito  de  particulares;  afectación  que  se  proyectó  hacia  lo  valorativo  de la  adecuación  típica  a  través  de  esas  motivaciones  revestidas  de  fuerza  vinculante  obligatoria,  como  lo  admitió  tal Corporación en auto del 19 de  octubre  de 1995 al rechazar una nueva demanda de inconstitucionalidad contra el  artículo 10 del Decreto 2266 de 1991.   

           6.    En   esta  reseña  de  las  decisiones  de  la  Corte  Constitucional  el  Ministerio Público indica que la  revisión   del  citado  precepto  se  había  ejercido con referencia a la  Constitución  de 1886, por lo tanto, “al entrar en  vigencia  un  nuevo  orden  constitucional,  la Corporación correspondió (sic)  confrontar    dicha    disposición    legal    frente    a   la   nueva   Carta  Política”,  y profirió entonces la sentencia C-319  de   1996  en  la  que  se  plasmó  la  concepción  autónoma  del  delito  de  enriquecimiento ilícito de particular.   

          Ahora bien, este fallo surte sus efectos  de  cosa  juzgada  constitucional hacia el futuro y, por ende, según afirma, en  esa  misma  forma se proyecta la afectación que en ella se hizo de la legalidad  formal  y  material  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito de particulares.   

          7.   Advierte además, dentro de este marco conceptual, por una  parte,  que  el  artículo 45 de la Ley 270 de 1996 en armonía con el 241 de la  Constitución  Política  consagra  el  principio de la no retroactividad de las  sentencias  proferidas  por la Corte Constitucional en desarrollo del control de  constitucionalidad,   por   la   otra,   que   el  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  es  un delito instantáneo de efectos permanentes, como discernió  esta Sala de antaño.   

          8.   Finalmente  traslada las reflexiones anteriores al caso de  autos  para  poner  de  presente  que  los  cheques  fueron  girados  al  doctor  Garavito   Hernández   de  cuentas  corrientes  controladas  por  Miguel  Angel  Rodríguez  Orejuela en el  período  comprendido  del  18  de  julio  de  1991 al 28 de febrero de 1995, es  decir,  que  ingresaron  al  patrimonio  del  sindicado  con  anterioridad  a la  sentencia C-319 de 1996.   

          Igual   situación   predica   de  la  vinculación  formal  del  ex  congresista  al  proceso  mediante  indagatoria  el 2 de octubre de 1995 y de la  providencia  que definió su situación jurídica el día 18 de los mismos mes y  año,  precedentes  al  referido  fallo y a la sentencia condenatoria anticipada  proferida  contra  el  mencionado Rodríguez Orejuela, de fecha 21 de febrero de  1997 según consta en el cuaderno anexo 24.   

          En  este  orden  de  ideas  y atendido el carácter instantáneo del  delito  imputado,  resulta forzoso colegir, en opinión del Ministerio Público,  que  los actos de consumación ocurrieron cuando no se había proferido el fallo  C-319  de  1996,  en consecuencia, que resultaba obligado valorar la adecuación  típica  de  la  conducta  reprochada  conforme a la cosa juzgada constitucional  implícita   contenida   en  la  sentencia  C-127  de  1993,  que  entendía  el  enriquecimiento   ilícito   como   un   tipo   penal  derivado  o  subsidiario.   

          Por  las  razones  expuestas,  afirma  la  Delegada,  se  violó  el  principio  de  legalidad  del  delito,  pues  para  las épocas de las conductas  juzgadas  no  se  habían  producido las condenas contra los hermanos Rodríguez  Orejuela,   por   ende,   no   se   daba   respecto   del   doctor  Garavito  Hernández la adecuación típica  del  enriquecimiento  ilícito  por ausencia de la sentencia previa respecto del  delito medio.   

          Así  las  cosas,  si  bien  la  Procuraduría estima que los cargos  contenidos  en  la  demanda deben ser desestimados por los motivos señalados en  oportunidad,  sugiere  de todos modos la declaratoria de nulidad de lo actuado a  partir  de  la  diligencia  de  aceptación  de cargos, inclusive, en aras de la  protección    de   los   principios   de   legalidad,   de   tipicidad   y   de  favorabilidad.   

             

         

CONSIDERACIONES    DE    LA   SALA   

         La  Corte  se  apartará  del  orden  propuesto por el actor en la  demanda  para  iniciar  la  respuesta  a los cargos elevados contra la sentencia  impugnada,  como  resulta  lógico  en  la  técnica  que gobierna el recurso de  casación,  por  la  censura  apoyada en la causal tercera del artículo 220 del  Código  de Procedimiento Penal, que por involucrar el pedido de nulidad parcial  del  trámite realizado durante las instancias ostenta un mayor alcance, pues de  ser  acogida  en  la  sede  extraordinaria  con  el  efecto invalidatorio que se  propugna  para  ella,  resultaría  inane  el  estudio de los restantes ataques.   

         Resta  advertir  en este punto, que la detectada inobservancia del  principio  de  prioridad  en  la  elaboración  de libelo presentado a favor del  sindicado,  donde  el  apoderado  perdiendo  de vista ese elemental postulado le  asignó  a  los  reproches  de  nulidad  el  carácter  subsidiario frente a los  elevados  al  amparo  de  la  causal primera, constituye un evidente desacierto,  empero  sin  trascendencia para inhibir el examen en detalle del contenido de la  demanda.   

         Segundo cargo.  Causal tercera   

         El  demandante hace consistir los reproches que eleva al amparo de  la  causal  tercera de casación, insiste la Sala, en dos ataques concretos a la  legalidad  de  lo  actuado,  referidos,  de una parte, a la falta de oportunidad  para  conocer y controvertir antes del cierre de la investigación los extractos  y  consignaciones bancarias de las cuentas origen de los cheques girados a favor  del  sindicado,  contenidos  en el cuaderno anexo número 21, de la otra, en que  se   impidió  a  la  defensa  el  contrainterrogatorio  del  testigo  Pallomari  González   

         1.   Frente  a  esta  censura sea lo primero advertir, que el  proceso  penal  seguido  contra  el  doctor  Garavito  Hernández   por  los  delitos  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares  y  falsedad  en  documento privado, éste último en  concurso  homogéneo,  finalizó  en  la  etapa  de  la  causa por la vía de la  sentencia  anticipada,  de  ahí  que  corresponda  discernir  de antemano si al  impugnante le asiste interés jurídico para recurrir.   

         

         En la materia ha sostenido la Sala que  en  la  actuación  penal  todos  los  sujetos  procesales  tienen  en  principio  el  derecho de impugnar  las  providencias  judiciales  emitidas  en  el curso del trámite, desde luego,  atendida  la  naturaleza  de  las  mismas  y los recursos que por razón de ella  admiten;  sin  embargo,  como los medios de refutación constituyen un mecanismo  para  obtener  la  corrección  de  los  errores  de estructura, de apreciación  probatoria  o  de  simple lógica jurídica en los que incurre el juzgador y que  perjudican  a  una  o a varias de las partes, de una determinada decisión sólo  pueden recurrir quienes en concreto derivan de ella un agravio.   

         Ahora   bien,   tratándose   de   las  sentencias  proferidas  en  desarrollo  de las formas de terminación anticipada del proceso, esto es, de la  audiencia  especial  y  la  sentencia  anticipada,  el  interés  jurídico para  recurrirla   a   través  de  la  alzada  se  encuentra  aún  más  restringido  tratándose  del  procesado o su defensor, por cuanto se sustraen del ámbito de  la  impugnación  aquellos  aspectos  que integran la aceptación del cargo o el  acuerdo   sobre   el  mismo,  según  el  caso,  así  como  lo  atinente  a  la  responsabilidad  penal;  reserva  que  encuentra sustento en la imposibilidad de  retractarse  de  lo  admitido  en  virtud  de  los  principios de eventualidad o  preclusión y de la seguridad jurídica.   

         Efectivamente,  al  tenor  del  numeral  4º del artículo 37B del  estatuto  penal  adjetivo,  que  desarrolla  normativamente  esa comprensión de  tales   institutos,   la   legitimidad  para  apelar  la  sentencia  anticipada,  tratándose  del  sindicado  o  su  defensor,  se  circunscribe  a  los tópicos  establecidos  en  dicho  precepto,  esto  es,  a la dosificación de la pena, al  subrogado  de la condena de ejecución condicional y a la extinción del dominio  sobre  bienes,  dentro  de  los cuales cabe predicar también la temática de la  condena   al   pago   de   perjuicios   con   ocasión  de  la  declaratoria  de  inexequibilidad  del  numeral  5º  ibídem, subrogado por el artículo 12 de la  Ley  365  de  1997,  que sustraía la definición de la responsabilidad civil en  los    fallos    de    carácter    anticipado    (sentencia    C   –  277  de junio 3 de 1998, M.P. Dr.  Vladimiro Naranjo Mesa).   

          Estas  restricciones,  previstas  de  manera  expresa  para  el  recurso de apelación se pregonan también en sede de  casación  como  ha precisado de antaño la Sala y recuerda la Delegada, pues un  criterio  distinto “conllevaría al desconocimiento  de      las      finalidades      del      proceso     especial     –fundadas   en   razones   de   una  política  criminal  enderezada a brindar el doble beneficio de disminuir costos  con  la  administración de una justicia pronta y eficaz, que comporte al tiempo  un   resultado   punitivo   menos   gravoso   para  el  procesado-  mediante  la  introducción   a   destiempo   de   la   posibilidad   de  arrepentirse  de  la  manifestación  de conformidad con los cargos y la prueba de ellos, expresada en  la  diligencia  previa a la sentencia (autos de julio  3 de 1997 y marzo 4 de 2000, M.P. Dr. Arboleda Ripoll).   

         2.    Pero  esta  regulación  del  interés  jurídico  para  recurrir  la  sentencia  anticipada, a pesar de su aparente taxatividad, ha sido  matizada  en  la  jurisprudencia  de  la  Corte  para  admitirse que otros y muy  puntuales  aspectos  pueden ser sometidos en forma legítima al conocimiento del  funcionario de segunda instancia y, por ende, en casación.   

         Ciertamente,  en el entendido que el juzgador ad quem con apego al  artículo  305  del  Código  de  Procedimiento  Penal adquiere la facultad para  constatar  el respeto de las garantías fundamentales de los sujetos procesales,  a  tal  extremo  que  la  decisión  de mérito únicamente procede en cuanto se  descarte  la existencia de irregularidades que afecten la validez del trámite o  de  la  providencia  objeto  del recurso, se acepta que en la impugnación de la  sentencia  anticipada  el  sindicado  y  su  defensor  reclamen  el examen de la  legalidad  del  proceso,  máxime  en la comprensión que su proferimiento sólo  resulta  viable,  de  conformidad  con  el  inciso 4º del artículo 37 ibídem,  cuando  se  han  preservado  a  cabalidad  “las  garantías  fundamentales”.   

         3.   En este claro entendimiento, de tiempo atrás la Sala ha  sostenido  la  posibilidad  de  denunciar  en  la sede extraordinaria la nulidad  cimentada  en  la  violación  de  las garantías fundamentales, sin embargo, el  interés  jurídico  para recurrir en casación en estos específicos eventos no  se  determina  por  la simple alegación de su menoscabo, como parece entenderlo  la  Delegada  al  derivar  su existencia, sin más miramientos, de la naturaleza  del  cargo  elevado; adversamente, conforme al reiterado y pacífico criterio de  la  Corporación,  se torna necesario verificar si el planteamiento del reproche  de  nulidad  simple  y  llanamente propende por la inaceptable retractación del  cargo  libremente  aceptado  por  el  sindicado  o  acordado  de su parte con la  Fiscalía,  según el caso (casaciones del 11 de agosto de 1999, M.P. Dr. Carlos  Augusto  Gálvez  Argote, 26 de octubre de 1999, M.P., Dr. Carlos Eduardo Mejía  Escobar,  junio  6  de  2000,  M.P.,  Dr.  Alvaro  Orlando Pérez Pinzón, entre  otras),  que  es  precisamente  la  situación  que  fluye  aquí  ostensible al  examinar  en  detalle la formulación y sustentación del reproche consignado en  la  demanda,  así  como  los  argumentos  a  través  de  los  cuales  el actor  fundamentó  la  procedencia  de  la  censura  desde la óptica del requisito de  procedibilidad en comento.   

         En  efecto,  el  demandante invocó la causal tercera de casación  para  reclamar  la  invalidación  del  proceso  a  partir  del cierre del ciclo  instructivo,  y  sin  mención  al  artículo  304 del C. de P.P. que recoge las  causales  de  nulidad, aludió en forma tangencial al menoscabo del derecho a la  defensa,  para  finalmente concretar las anomalías puestas de presente y atrás  deslindadas,  en  dos  ataques que traducen la simple pretensión de retractarse  de  lo  admitido  o  la  de  retrotraer  el trámite al estadio del sumario para  revivirle  a  su  asistido  la coyuntura de acceder a la sentencia anticipada en  esa fase con mayores beneficios en la tasación de la pena.   

         Así,  la retractación que subyace en  el  alegato  de  nulidad fluye ostensible al observar que el demandante no acusa  en  sustancia  la  violación  del derecho a la defensa, esto es, la ausencia de  asistencia  técnica  en estadio alguno del trámite, como tampoco las omisiones  probatorias  que  entrevé  la  Delegada  en  el contexto de la demanda, sino la  configuración  desde  su  personal perspectiva de las supuestas trabas, bien en  el  conocimiento  de  algunos  documentos antes del cierre de la investigación,  ora    en    el    contrainterrogatorio   del   testigo   de   cargo   Pallomari  González.   

         Pero  es  al  momento  de concretar el influjo de estas anomalías  cuando  el  recurrente  evidencia con mayor desparpajo esa finalidad que resulta  ajena   al  interés  legítimo  en  la  impugnación  del  fallo  de  carácter  anticipado,  pues  indica  que  enterado  en  tiempo  de  tales  evidencias o de  habérsele  permitido  la  intervención en la práctica del aludido testimonio,  habría  podido  fundamentar  las  alegaciones  defensivas  en  su contenido, de  solicitar  los  elementos  de  juicio  que determinaran el origen de los cheques  girados  al  doctor  Garavito Hernández  y  de  establecer  si  los dineros tenían origen en actividades  ilícitas,  en fin, de rebatir los cargos imputados en la resolución acusatoria  con fundamento precisamente en dichas pruebas.   

         Así las cosas, en esta censura resulta  nítida  la  pretensión  del  recurrente de soslayar de manera indebida, por lo  menos,  la  aceptación  que hizo el sindicado en forma libre y consciente de la  imputación  fáctica,  esto  es,  de  sustraerse  a  ese  aspecto  admitido sin  condiciones  ni  reparos  al acceder a la terminación anticipada del proceso, o  en  otros  términos,  de  revivir como consecuencia de la anulación pretendida  una  controversia  probatoria  a  la  que renunció válidamente al optar por la  sentencia anticipada.   

         4.    Si   a  pesar  de  lo  argumentado  persistiera  alguna  incertidumbre   sobre   el   propósito  discernido  en  la  impugnación  aquí  analizada,  que  en  manera  alguna se orienta al restablecimiento de garantías  fundamentales  transgredidas en el curso del proceso, sino a la retractación de  la  responsabilidad  penal  asentida, insiste la Sala, se diluye al ponderar los  argumentos  a  través  de  los cuales el demandante de manera forzada trató de  fundamentar  la  existencia  del  interés  jurídico  echado  de  menos  por la  Corte.   

         Ciertamente,  el  actor en modo alguno  adujo,  como  en rigor se imponía ante la naturaleza del cargo, la necesidad de  un  proceso  penal  respetuoso de las garantías fundamentales para legitimar el  ejercicio  de  la  potestad  punitiva del Estado, exigencia a la que no resultan  ajenos  los  terminados  mediante la sentencia anticipada y a cuya satisfacción  se  orientara  la  censura  por  la vía de nulidad al retrotraer el trámite al  momento  de  configuración  de un vicio revestido de entidad para dicho efecto;  adversamente,  planteó  en  sustento,  en  un plano especulativo y apartándose  incluso  de la aducida violación del derecho de defensa, el influjo que tenían  en  la  punibilidad  las pruebas sobre las cuales recayeron las argüidas trabas  en     su     controversia,     porque     habrían    permitido    “sugerir  la  aceptación  de los cargos en oportunidad adecuada  (en  la etapa de instrucción) para que operen las mayores diminuentes punitivas  posibles”.   

         En   otras  palabras,  afirmó  “una  relación   directa   entre   la   irregularidad  procesal  y  la  dosificación  punitiva”   derivada,   recuérdase,   del  mayor  descuento  de pena obtenible de la eventual aceptación de los cargos en la fase  instructiva,  que  hipotéticamente  habría  aconsejado  al doctor Garavito  Hernández  de  tener acceso  oportuno  a  los  extractos y consignaciones bancarias contenidos en el cuaderno  anexo  21,  así  como  al  contrainterrogatorio  del testigo de cargo Pallomari  González.   

         Con  tal  planteamiento que nada tiene  que  ver  con  el  respeto  de  las garantías fundamentales el actor perdió de  vista,  además,  que  las  formas  de terminación anticipada del proceso, como  fórmulas  del  llamado  derecho  penal  premial, no dependen de lo demostrado o  controvertido   en  la  actuación  sino  de  la  intención  del  sindicado  de  contribuir  a  la  eficacia  y  celeridad  de  la  administración de justicia a  través  de  la  aceptación  incondicional  de su responsabilidad penal ante el  aliciente de los beneficios en punto de la pena.   

         En  conclusión, la censura elevada en  la  demanda al amparo de la causal tercera de casación adolece con evidencia de  interés jurídico, por lo tanto, será desestimada.   

           5.   Más  aún,  la  Corporación  tampoco  advierte  en  el presente proceso las irregularidades denunciadas en el  libelo,  como  pasa a examinar con miras a descartar,  de  una vez por todas, la configuración de una causal de nulidad o el quebranto  de  las  garantías  fundamentales  y,  por  ende, la posibilidad de un concreto  ejercicio  de  la facultad oficiosa conferida a la Corte en el artículo 228 del  C.  de  P.P,  orientada  a  restablecerlas  como  garante  de la legalidad de la  actuación penal.   

         5.1  Ocultamiento del cuaderno anexo No. 21.   

         En  memorial  del  27 de febrero de 1996 el defensor principal del  acriminado  solicitó, entre otras pruebas, la realización de un dictamen sobre  las  cuentas  corrientes  de  las  que figuraban como titulares Distribuidora la  Loma,  Export  Café,  Jorge Alberto Castillo Correa, Javier (sic) Zapata, Jairo  Ortiz  Molineros  y  Carnes del Pacífico.  El apoderado pretendía obtener  del  perito,  según  adujo,  el concepto sobre la procedencia de los dineros de  tales  cuentas  y  el nombre de los beneficiarios de los cheques librados contra  ellas,  para  demostrar  de  ese  modo  que  las sumas allí depositadas tenían  origen  en el desempeño de labores comerciales y financieras lícitas (fls. 218  a 227 cdno. 5).   

         La  prueba  fue  denegada  en  auto  de  la  Sala  del 19 de marzo  siguiente,  en  el  entendido  que “al perito no le  está  permitido  hacer juicios de valor que corresponden al Juez”;  sin  embargo,  la  Corporación  de  oficio  ordenó allegar al expediente los extractos y  las  consignaciones que se pudieran ubicar, no sólo de las cuentas relacionadas  por  el  togado, sino también de las abiertas a nombre de Omaira Gómez Galindo  y Jesús Armando Piedrahita Solarte.    

         En  cumplimiento de tal providencia se  libró  el  oficio  No.  971 del 21 de marzo de 1996, y la Comisión de Fiscales  adscrita  a  la  Dirección  Regional  de Fiscalías de Bogotá dio respuesta el  día  29 siguiente remitiendo la documentación solicitada, recibida en la misma  fecha  y con la que se conformó el cuaderno anexo No. 21 (fls.  336 a 340,  438 cdno. 5; 1 a 485 cdno. anexo 21).   

         En  auto  del 10 de abril del referido año, en observancia de las  previsiones  contenidas  en  el  artículo  270  del  C.  de  P.P. se corrió el  traslado  del  dictamen  grafológico  realizado  a la tarjeta de apertura de la  cuenta  de  la Corporación de Ahorro y Vivienda Davivienda a nombre de Fabio de  Jesús  Duque  García,  a  la  vez  que se puso a disposición de las partes la  prueba     “trasladada    a    las    presentes  diligencias”   dentro  de  la  cual  quedaba  comprendida,  obviamente,  los documentos que integraban el aludido anexo.    

            El     sindicado    Garavito   Hernández  y  su  defensor  suplente  fueron  notificados de ese proveído de manera personal los días 10 y  15  de  los  mismos  mes  y  año (fls. 495, 496, 503 cdno. 5), atisbándose por  razón  de  ello y desde entonces, que en modo alguno  a   tales  sujetos  procesales,  por  negligencia  o  intención  imputable  a  los funcionarios o empleados encargados del manejo del  informativo, se les sustrajo del conocimiento de los  referidos  medios de convicción que para dichas fechas obraban recaudados en el  expediente; adversamente, las constancias procesales  posteriores   confirman   esa   incontrastable  realidad,  que  se  empecina  en  desconocer   a   través   de   una   visión   sesgada  y  tendenciosa  de  las  diligencias.   

         En  efecto,  inconforme el apoderado principal con la negativa del  dictamen  pericial  sobre las cuentas bancarias atrás relacionadas, interpuso y  sustentó  en  forma  oportuna  el  recurso  de  reposición. Argumentó en este  punto,  específicamente,  que  en verdad resultaba procedente la incorporación  de  los  extractos y consignaciones, sin embargo, que debía acudirse para dicho  efecto    a    la    fuente    de    la    prueba,    esto    es,   “solicitarle  a  los bancos dichos documentos, pues nada asegura  que  la  Fiscalía  los  tenga  todos en su poder, pues bien pudo haber ocurrido  que,  por  no considerarlo de importancia para sus fines, ese ente investigativo  no  los  hubiese obtenido en su totalidad” (fl. 454  cdno. 5).   

         En  réplica  a  ese  raciocinio  y  al  decidir  la  impugnación  incoada,  la  Sala  en  auto  del  26  de  abril  de  1996  consignó  de manera  inequívoca  que  los  documentos  pedidos  de  la  Fiscalía  en  la  decisión  recurrida  habían  sido  ya  remitidos por parte de esa entidad, más aún, que  los  mismos  resultaban  suficientes  para  los fines probatorios pretendidos de  ahí, entonces, que mantuviera la decisión impugnada.   

         

         Ante  la  claridad  de  los  términos  en  los que fue emitida la  decisión  en  comento,  notificada  también  personalmente al sindicado y a su  defensa,  no es viable conclusión distinta a la atrás anunciada, es decir, que  en  momento  alguno  se  produjo  el  ocultamiento  de prueba con detrimento del  derecho  de defensa del procesado, menos aún, la que obraba en el aludido anexo  21  del  expediente   (fls.  1  a  11,  23  cdno. 6).  La Corporación  puntualizó en esa oportunidad:   

“4º.    Sobre  los  extractos  y  consignaciones  realizadas  en  las  cuentas de donde se giraron los cheques que  ingresaron   al   patrimonio   del   doctor   GARAVITO,   la  Sala  estima   que   los   ya  aportados  por  la  Unidad  de  Fiscalía  son  suficientes  para los fines probatorios que con  ellos se persiguen” (se destaca).   

         Este  debate en torno a los manidos documentos y que concluyó con  la  tajante  afirmación  de  la  Corte  de  estar  incorporados en el plenario,  conviene  advertir,  se produjo con precedencia a la ejecutoria del cierre de la  investigación,  por  lo  tanto, si en gracia de discusión se admitiera que por  cualquier  causa  el procesado y sus representantes judiciales no habían tenido  acceso  con  antelación  a  tales  elementos  de juicio, no puede negarse que a  partir  de entonces quedaron alertados de su existencia, que pudieron y debieron  imponerse  de  su  contenido,  en fin, que con ocasión de tal proveído, por lo  menos,  les  fue  permitido  si  era  el caso y como se afirma hipotéticamente,  replantear  la estrategia defensiva para solicitar otras pruebas o decidir sobre  la  conveniencia  de optar por la terminación anticipada del proceso en la fase  del sumario.   

         Más  aún,  con  idéntica  orientación argumentativa señálase  que  la  discusión  sobre el aporte de los extractos y consignaciones de marras  quedó  zanjada  antes de la ejecutoria del cierre de  la  investigación, pues en el auto que resolvió el  recurso  impetrado  contra  tal  decisión la Sala insistió una vez más en que  los  documentos  echados  de  menos obraban incorporados en el plenario, del que  igualmente  fueron  impuestos  en  forma  personal  el  sindicado  y el defensor  suplente  (fls.  64  a  68,  69,  72  cdno.  6); y así las cosas, desde ninguna  óptica  les  quedó cercenada al sindicado y a sus apoderados la oportunidad de  conocerla,  controvertirla  o  debatirla, así como de orientar sus pretensiones  hacia   nuevos   rumbos   con   cimiento  en  ella,  incluso,  de  solicitar  el  proferimiento  del  fallo anticipado pues como tiene discernido la Corte el hito  para  dicho  efecto  en  la  fase del sumario se extiende hasta la firmeza de la  providencia que pone fin al ciclo instructivo.   

         

         En  síntesis,  la  irregularidad  que  se  hizo  consistir  en el  ocultamiento  de la prueba documental acopiada en el anexo número 21 no tuvo en  verdad   existencia,   pues  tal  cuaderno,  al  igual  que  los  restantes  que  conformaban   el  expediente  estuvo  siempre  a  disposición  de  los  sujetos  procesales  en  la  Secretaría de esta Sala, descartándose cualquier anomalía  vinculada  al principio de publicidad y de la cual se haya derivado el quebranto  de     las     garantías     fundamentales     del    sindicado    Garavito Hernández.   

         Por  otra  parte,  despejando  cualquier inquietud que aun pudiera  subsistir  sobre  la  permanencia del anexo número 21 en tales dependencias, no  en  el  Despacho  del entonces Magistrado Sustanciador como se insinúa mediante  la  alegada  enmienda  que  presenta  el  libro que registra el tránsito de los  expedientes  entre  las  distintas  oficinas  de  la  Corte,  de  mero control y  despojado  de  idoneidad probatoria para los fines indicados, pues conforme a la  usanza    judicial    está   caracterizado   por   la   informalidad   en   sus  anotaciones,   se  tiene  la  constancia  de la Secretaría de la Sala, que  constituye   ésta   sí   documento   público   revestido  de  presunción  de  autenticidad  y  veracidad,  emitida  con  fecha  mayo  9  de  1996,  en  la que  expresamente se consignó al respecto:   

“Al   Despacho   del   H.   Magistrado  Sustanciador      Doctor      RICARDO     CALVETE  RANGEL  tras  la  preclusión  del  traslado  a  que  refiere  el  artículo 200 del C. de P.P.  Los sujetos procesales distintos  del  recurrente  guardaron  silencio.   Ingresa  para decidir el recurso de  reposición  interpuesto  por  el defensor del procesado doctor RODRIGO GARAVITO  HERNANDEZ  contra el auto de abril 26 de 1996.  Pasa la actuación original  constante  de  seis  (6)  cuadernos,  ventiún  (21)  anexos  y  dos videocassetes, toda vez que sobre las  copias  se  surte  el  proceso  de  notificación de la providencia de mayo 8 de  1996”  (fl.  63  cdno.  6.   Subraya fuera de  texto)   

         Del  contenido  de  este  documento  se  corrobora,  entonces, que  necesariamente  todo el expediente, incluido el controvertido anexo 21 integrado  por  los  extractos y consignaciones de las cuentas bancarias de las denominadas  “empresas  de fachada”, se encontraba en las dependencias de la Secretaría,  pues  no  de  otro  modo podía haber hecho tránsito de esa oficina al despacho  del   Magistrado   Ponente   para   la  decisión  del  recurso  de  reposición  impetrado.   

         Abundando  en consideraciones, fue el propio defensor suplente del  procesado  quien  de  manera  implícita  admitió  que la controversia sobre el  oportuno  conocimiento  de  la  referida prueba documental obedeció a su propia  incuria,  al  consignar en uno de sus memoriales que la información sobre el no  arribo  de la documentación de marras la obtuvo, en últimas, de un empleado de  la  Secretaria  que  según se estableció en estas diligencias y contrario a lo  que  el  profesional  tenía  entendido,  no  era  el  encargado  del manejo del  expediente   seguido   contra   el  doctor  Garavito  Hernández, conforme  certificó  la  titular de la Secretaría (fls. 76, 85 y  86 cdno. 6).   

         Así  se  coligió,  además,  en  la investigación disciplinaria  adelantada  por  la  Sala  con  ocasión  de la queja elevada por el profesional  suplente   por   razón   de   estos   hechos,   oportunidad   en   la   que  se  precisó:   

           

“Del  caudal  probatorio  se infiere con  claridad  que cuando el mencionado profesional del derecho se hacía presente en  la  Secretaría de la Sala con el fin de obtener información adicional respecto  del  estado del proceso y de la existencia de la prueba, le solicitaba los datos  al  señor  Denis Durango Durango, empleado éste que, conforme quedó visto, no  tenía  entre  sus  funciones la de suministrar informes de esa naturaleza a los  litigantes  y,  por  lo  mismo,  no  estaba  enterado,  en  detalle,  de todo el  movimiento del  proceso.   

“Por el especial cuidado deparado a este  voluminoso  y  complejo  expediente,  tal  labor  recaía en la Secretaria de la  Sala…,  funcionaria que nunca fue consultada por el doctor…, según éste lo  reconoce,  como  tampoco  los  empleados….,  a  quienes también se encomendó  dicha  labor”  (fls. 151 a 168 cdno. 7; auto del 3  de septiembre de 1996, M.P. Dr. Jorge E. Córdoba Poveda)   

         5.2    Del   contrainterrogatorio   del   testigo   Pallomari  González.   

         La  controversia de la prueba se materializa a través de diversos  mecanismos,  vr.  gr., asistiendo a su práctica e interviniendo en forma activa  en  la respectiva diligencia, que tratándose del testimonio puede traducirse en  el  interrogatorio  del deponente; permitiéndosele al procesado y a su defensor  contradecir  en  un  plano  argumentativo  o  mediante  la solicitud y aporte de  prueba  aquellos  elementos  de  juicio  incorporados  al  plenario  que  le son  adversos;  impugnando  las  decisiones  en  las  que  se  les concede un mérito  probatorio  del  cual  se discrepa; o bien demostrando la ilegalidad del medio o  de   la   forma   como   fue   obtenido   para   excluirlo   del  análisis  del  juzgador.   

         De  ahí  que  en  el  caso de autos así se admita que por causas  ajenas  a  la  voluntad  de  la  defensa  el  representante  judicial del doctor  Garavito  Hernández  no  pudo  intervenir  en  la  recepción  de  la  referida prueba de cargo, abiertas  quedaban  las  posibilidades  de  orientar  la  controversia  de  ese  medio  de  persuasión   por   cualquiera   otro   de  los  mecanismos  aludidos,  quedando  salvaguardado  con  suficiencia  el  ejercicio  concreto  del derecho de defensa  respecto de dicha prueba.   

         Pero  lo  que  más causa desconcierto en opinión de la Corte, es  que  con  apego  a  la  minucia  y  detrimento  de  la sustancia, se insinúe el  menoscabo  de  las  garantías fundamentales del acriminado por la prontitud con  la que se ordenó y evacuó la mencionada prueba.   

         Así,  en  auto  del  30 de noviembre de 1995, la Sala decretó la  declaración  de  Pallomari  González  y  comisionó  para  dicho  efecto a los  Fiscales   que   designara   la   Dirección   Nacional  de  Fiscalía  para  la  continuación  de  la  indagatoria  del citado (fl. 528 cdno. 4), y en esa misma  fecha  la  Secretaría  de  la Corporación expidió el oficio 3724 con tal fin,  que  independientemente  de la forma como fue remitido a su destinatario y de si  en  la  Fiscalía  aparece ahora o no el registro de su arribo, lo cierto es que  su  recepción en el ente investigativo se ofrece exenta de duda pues en ninguna  otra   forma   se   explicaría   el   efectivo  cumplimiento  de  la  comisión  dispuesta.   

         Nada   insólito   resulta   de   otro   extremo,   que   el  acto  administrativo  de  designación  de  los  Fiscales  que  se encargarían de esa  diligencia  aparezca emitido el 1º de diciembre siguiente (fls. 22 cdno. 5; 102  y  siguientes cdno. 7), pues no se pierda de vista que la comisión de servicios  conferida  a tales funcionarios en manera alguna tenía ese único y específico  propósito,  por  el  contrario, se alude de manera explícita en la resolución  correspondiente  a  las actuaciones ordenadas por Fiscales Regionales de Bogotá  y  Cali,  inclusive, a otras determinadas por esta Corte; y así las cosas, bien  puede  suponerse  que  los  trámites necesarios, tanto en el país como con las  autoridades extranjeras, venían adelantándose de antemano.   

         La  recepción  del  testimonio de Pallomari González se llevó a  cabo  el 6 de diciembre de 1995 en Billings, Montana.  En el texto del acta  se  dejó  expresamente consignado que el declarante era la misma persona que en  fecha  precedente  había  rendido  indagatoria,  y  si  bien  el  ejemplar  del  documento  incorporado  al  proceso no presenta la firma de los fiscales que con  reserva  de  identidad  dirigieron la diligencia, la autenticidad del mismo obra  certificada  el  día  12  siguiente  por  el Jefe de la Unidad antiextorsión y  secuestro  de  la  Dirección  Regional  de Fiscalías de Bogotá (fls. 30 cdno.  5).   

         En fin, ninguna anomalía se detecta en  el  decreto, producción y aporte de la comentada prueba al informativo, sin que  sobre  añadir  en  este  punto,  que  a  los  sujetos  procesales revestidos de  interés  en  intervenir  en la recepción de la versión juramentada del citado  les  asistía la carga de estar pendientes de su evacuación, ordenada de manera  previa   en   auto  que  precisó  su  realización  a  través  de  funcionario  comisionado  por encontrarse el exponente en los Estados Unidos bajo protección  del gobierno de ese país.   

         

         Adicionalmente,  así  se  aceptara  en  gracia  de  discusión el  irregular  recaudo  del  testimonio  en  comento, es decir, que su obtención se  verificó  con  menoscabo del debido proceso o del derecho de defensa, tal vicio  sólo  tendría la virtualidad de afectar a dicha prueba, sin que los efectos de  una  anomalía  de ese talante se extendieran a la restante actuación cumplida,  de  ahí  que ni aún en este evento se configuraría una nulidad o el menoscabo  de  alguna  garantía  fundamental  que  impeliera a la Corte a la intervención  oficiosa de que trata el artículo 228 del estatuto penal adjetivo.   

         Primer cargo.  Causal primera.    

         Al  amparo  de  la  causal  primera de casación el actor acusa el  fallo  impugnado  de  violar  en  forma  directa  la ley sustancial por falta de  aplicación  de  los  artículos  1º  y 6º del Código Penal e interpretación  errónea  del artículo 10º del Decreto 2266 de 1991, censura derivada, afirma,  de  la  actualización  que se hizo en el caso de autos de la sentencia C-319 de  1996  tratándose  del enriquecimiento ilícito de particulares, cuando atendida  la  época de comisión de la conducta reprochada se imponía ajustar el sentido  de  la  norma  descriptiva  de  tal  delito  a los lineamientos contenidos en la  sentencia  C-127  de  1993,  específicamente,  en la necesidad de una decisión  judicial  previa  y  en  firme  sobre  la  actividad delictiva que constituye la  fuente  de  los  recursos  que  incrementan  el patrimonio con transgresión del  ordenamiento  punitivo, requisito echado de menos por el impugnante en relación  con      el     sindicado     doctor     Garavito  Hernández.   

         Por   la  naturaleza  del  cargo,  pero  en  particular,  ante  la  pretensión  de  obtener  de  la  Corte  un  fallo  de sustitución de carácter  absolutorio  de  prosperar  el  reproche, se torna imprescindible examinar aquí  también  el  interés  jurídico para recurrir, que pasa entonces a discernirse  frente al ataque deslindado.   

         1.   La  sentencia  anticipada exige  como  presupuesto  indefectible   que  el  sindicado acepte en forma libre,  consciente  e  incondicional  los  cargos  imputados  por  la  Fiscalía  en  la  acusación  oral  verificada  en la etapa del sumario con ese específico fin, o  en  la  resolución  acusatoria formalmente emitida cuando tal manifestación de  conformidad del procesado se produce en el estadio de la causa.   

          Ahora  bien,  la  acusación elevada con  apego  al  rito  ordinario  o  la  formulada  en audiencia cuando se pretende la  terminación   festinada  del  trámite  con  antelación  a  su  proferimiento,  reivindica  de  la  Fiscalía,  de  un  extremo,  la  cabal determinación de la  conducta  o  conductas  objeto  de reproche con precisión de las circunstancias  que   las   especifican,   es  decir,  la  imputación  fáctica;  pero  además,  la precisión de las normas  infringidas   con   el   proceder   del   agente,   esto   es,  la  imputación  jurídica, que en cuanto a la  tipicidad,  según  ha indicado de antaño la Sala, demanda la precisión de los  “tipos penales correspondientes a la denominación  jurídica  y  a  las  circunstancias agravantes y atenuantes modificadoras de la  responsabilidad,  así  como a las genéricas que deben ser advertidas desde ese  momento,  esto es, aquellas que requieren de una valoración o análisis precios  a  su  deducción”  (sentencia  de agosto 2 de 1995,  M.P. Dr. Ricardo Calvete Rangel).   

         Así  las  cosas,  la actitud sumisa e incondicional del procesado  que  abre  compuerta  a  la emisión anticipada del fallo se extiende a esos dos  ámbitos  de  la  acusación, es decir, a las imputaciones fáctica y jurídica,  como  también,  obviamente,  a  la responsabilidad penal, y como esa actitud de  colaboración  con la eficacia de la administración de justicia, que contribuye  al  menor  desgaste  de  la misma, está retribuida con un benévolo tratamiento  punitivo,  al  sindicado  y  a su defensor les está vedado impugnar el fallo en  esos  aspectos  que integran la conformidad de aquél con el cargo o los cargos,  pues  en  caso adverso, se abriría una indebida compuerta a la retractación de  lo  aceptado  con  desmedro  de  la  seguridad  jurídica  y  del  principio  de  preclusión de los actos procesales.   

         Por  tal  motivo,  reitera  la  Sala, tratándose de tales sujetos  existirá  el interés jurídico para recurrir en la temática contemplada en el  numeral  4º  del  artículo  37B  del  estatuto  de procedimiento penal y en la  condena  al  pago  de  perjuicios,  es  decir,  en  los  tópicos  ajenos  a los  comprendidos  en  la  aceptación del cargo, pues tal conformidad y su posterior  mantenimiento   constituye   requisito   indefectible  de  la  sentencia  misma.   

         De  igual modo, como quedó acotado en  anterior  acápite, en el entendido que al tenor del inciso 4º del artículo 37  ibídem  el fallo anticipado sólo es viable en un trámite que surge respetuoso  de  las  normas  de competencia, del debido proceso y del derecho de defensa, en  fin,  donde se han preservado a cabalidad las garantías fundamentales, también  resulta  legítima  la  impugnación encaminada a obtener el restablecimiento de  las  garantías  o  derechos que han sido quebrantados durante el trámite o con  la    providencia    objeto    del    recurso,    desde    luego,   siempre  y  cuando  el  ataque  no  encubra la retractación de lo  aceptado en forma libre y consciente.   

          En  este  orden  de  ideas, contrario a lo afirmado por el actor con  aval  del  Ministerio  Público,  no  basta  entonces con alegar el menoscabo de  alguna  garantía o derecho fundamental para que la impugnación contra el fallo  anticipado  tenga  cabida,  pues  de  ser  así  fácilmente  se  burlarían los  límites  en  el  interés  jurídico  para  recurrir  trastornando los fines de  celeridad  y  eficacia  que  inspiran esas especiales formas de terminación del  proceso penal.   

          2.   A partir de los conceptos anteriores, la censura examinada  en   el   presente   asunto   fluye  despojada  de  la  legitimidad  establecida  normativamente  como  presupuesto  de  procedibilidad  del recurso, pues bajo el  argumento  de  los principios de legalidad del delito y de favorabilidad, que se  asevera  inaplicados  en  el  evento  de  autos,  así  como  con  asidero en la  denunciada  interpretación  errónea  de  la  norma  descriptiva  del delito de  enriquecimiento  ilícito,  se  descubre de trasfondo la inapropiada pretensión  de  retractarse  de  la  aceptación  de  los  cargos  con  fines  de  sentencia  anticipada.   

          Ciertamente,  el  sindicado Garavito  Hernández  fue  impuesto  en la  diligencia   respectiva  acerca  de  los  cargos  imputados  en  la  resolución  acusatoria,  donde  en  forma  libre, consciente y con asistencia de su defensor  aceptó  la  realidad  objetiva  de  las  conductas reprochadas, su carácter  penalmente  relevante por concurrir en ellas la totalidad  de  los elementos que integran el hecho punible al tenor del artículo 2º de la  codificación    sustantiva    y,   obviamente,   la  responsabilidad   penal  que  le  era  predicable  como  autor  de  las  mismas;  aceptación  frente a la cual se pretende ahora la inaceptable retractación con  desmedro  de  los principios de preclusión y de seguridad jurídica, insiste la  Sala,  arguyéndose  desde  los  dos  planos  atrás  indicados,  la  atipicidad  absoluta  del  enriquecimiento  ilícito  para  la  fecha  de  ocurrencia de los  sucesos.   

           Tan  ostensible  fluye  esa  predicada  actitud  en  el  sindicado  como  verdadera  aspiración  a la que se orienta el  recurso  extraordinario  de  casación interpuesto, que el censor peticiona para  su  asistido  un  pronunciamiento que por la vía anticipada resulta contrario a  la   naturaleza   de  dicho  instituto,  esto  es,  un  fallo  absolutorio  cuyo  proferimiento reclama de la Corte en sustitución del impugnado.   

         No  sobra  resaltar, por cuanto afianza la inapropiada postura del  recurrente  que  determina la discernida falencia del interés jurídico, que la  controversia  planteada  en  este  reproche  con  apoyo  en la causal primera de  casación   y   a  partir  de  las  sentencias  de  exequibilidad  de  la  Corte  Constitucional  en  la  revisión  de  las  normas  descriptivas  del  delito de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares en modo alguno se sustrajo al debate  en el curso de las instancias.   

          Más   aún,  en  la  diligencia  de  aceptación  de  cargos  efectuada  en  la  fase  de  la  causa, en torno a esas  disímiles  posturas  de  la  Corte  Constitucional  respecto  del  ilícito  en  comento,     el    sindicado    doctor    Garavito  Hernández  terminó asintiendo que para la fecha de  la  indagatoria  “no existía certeza jurídica al  rededor   (sic)   del   tema”,   pero   que   con  posterioridad   el   punto   había   sido   decantado   arrojando  “claridad”;   manifestación  del  todo  coincidente  en  sentido  y  alcance  con  la  expresada  a  su vez por el  apoderado  al  solicitar  la  atenuante  por  confesión, en el entendido que el  procesado    admitió    desde   la   indagatoria   la   conducta   “desde   el   punto   de   vista   naturalístico”,    más   no   con   su   “exacta  calificación  jurídica”,  precisamente,  por  la  incertidumbre  conceptual  que  existía inicialmente en ese tópico  (fls.  153 y 155 cdno. 10).   

          En   fin,  se  produjo  una  expresa  conformidad  de tales sujetos procesales con la interpretación que se hacía en  la  providencia  acusatoria  de  los  elementos  integradores  de  la figura del  enriquecimiento   ilícito   de   particulares,   específicamente,  acerca  del  carácter  autónomo de dicho reato, frente a la cual se pretende la inaceptable  retractación.   

         Fuerza  colegir  de  las  apreciaciones  anteriores, entonces, que  también  en  este  otro  cargo  se echa de menos la falta de interés jurídico  para recurrir, en consecuencia, el cargo será desestimado.   

         De la sugerencia de casación oficiosa   

         El  Agente  del Ministerio Público retoma los argumentos básicos  de  esta  censura,  pero  que complementa y adiciona para postular a la Corte la  declaratoria  oficiosa  de  nulidad  como  consecuencia  del  menoscabo  de  los  principios  de  legalidad del delito, de favorabilidad y de no retroactividad de  las   sentencias   de  constitucionalidad,  que  al  tenor  de  las  previsiones  contenidas  en  el  artículo  228 del C. de P.P. permitirían esa intervención  excepcional sugerida.   

         Razones  metodológicas  y de amplitud de tal propuesta, impelen a  la  Sala  a  discernir  este  punto  antes  de  avanzar en la consideración del  restante  cargo  formulado  en  la  demanda del defensor del doctor Garavito  Hernández,  pues de acceder  la  Sala  a  la  sugerencia de la Delegada, con los efectos de invalidación que  reclama  a  partir  de la diligencia de aceptación de cargos, no procedería el  estudio de dicho reproche.   

         1.   En  la  materia,  sea  lo primero advertir, que la Corte  Constitucional  en  la  sentencia  C-127  de  1993, M.P. Dr. Alejandro Martínez  Caballero,  frente  a  la  demanda  de inconstitucionalidad instaurada contra el  Decreto  2266  de 1991 por medio del cual se convirtieron en normas permanentes,  entre  otras disposiciones, el artículo 1º del Decreto 1895 de 1989, a través  de   escuetas   consideraciones  afirmó  que  “La  expresión   “de   una  u  otra  forma”,  debe  entenderse  como  incremento  patrimonial  no  justificado,  derivado  de actividades delictivas, en cualquier  forma  que  se  presenten  éstas”, y en cuanto al  punto   materia   de   discusión   en  esta  sede  agregó:   “Las  actividades delictivas deben ser judicialmente declaradas,  para  no  violar  el  debido  proceso,  y  el  artículo 248 de la Constitución  Política,  según  el  cual  únicamente  las condenas proferidas en sentencias  judiciales  en  forma  definitiva  tienen  la  calidad de antecedentes penales y  contravencionales     en     todos     los    órdenes    legales”.   

         Posteriormente,  en  auto  045A  del 19 de octubre de 1995 emitido  por  el  Magistrado  Sustanciador,  Dr.  José Gregorio Herández Galindo, no de  Sala  Plena,  se  rechazó  una  nueva demanda de inconstitucionalidad propuesta  contra  la  disposición  citada  en la comprensión de existir respecto de ella  “cosa  juzgada constitucional, según lo dispuesto  en  los  artículos  243  de  la  Carta,  6º, inciso final, del Decreto 2067 de  1991”.   

         No  obstante  lo anterior, la Corte Constitucional en la sentencia  C-319   del   18  de  julio  de  1996,  M.P.  Dr.  Vladimiro  Naranjo  Mesa,  al  examinar   la acción impetrada contra los artículos 148 del Código Penal  y  1º  del  Decreto  1895  de  1989,  afirmó que si bien la redacción de este  último  precepto  era idéntica a la contenida en el artículo 10º del Decreto  2266  de  1991,  “en razón de las fuentes formales  de   validez,   las   normas  son  diferentes”,  y  partiendo   de   esa  premisa  estimó  procedente  avanzar  en  el  estudio  de  constitucionalidad.   

         En  esta oportunidad la Corte discernió el arraigo constitucional  del  enriquecimiento ilícito como una conducta punible referida expresamente en  el  artículo 34 del ordenamiento superior; examinó los elementos estructurales  de   tal   figura   punitiva,   y   respecto   de   la  expresión  “derivado,    en    una    u    otra   forma,   de   actividades  delictivas”       precisó       “que  en  manera  alguna debe interpretarse en el sentido de que  deba  provenir de un sujeto condenado previamente por el delito de narcotráfico  o  cualquier  otro  delito.  No fue eso lo pretendido por el legislador; si  ello  hubiese  sido  así,  lo  hubiera  estipulado  expresamente.   Lo que  pretendió  el  legislador fue respetar el ámbito de competencia del juez, para  que  fuera  él  quien  estableciera,  de conformidad con los medios de prueba y  frente  a  cada  caso  concreto,  la  ilicitud  de  la  actividad  y el grado de  compromiso  que  tuviese  con  la ley el sujeto activo del delito”.   

         A   partir  de  estos  disímiles  pronunciamientos  de  la  Corte  Constitucional,  la  Delegada asegura que se afectó en dos momentos y de manera  diferente  la legalidad formal y material del delito de enriquecimiento ilícito  de  particulares,  con proyección hacia el aspecto valorativo de la adecuación  típica,  en  consecuencia,  que  resulta  obligado apreciar la tipicidad de una  determinada  conducta  según  que su comisión se hubiese producido en vigencia  de una u otra de tales interpretaciones constitucionales.   

         En  este  orden  de ideas, entonces, al encontrar que los actos de  consumación    del    comportamiento    reprochado   al   doctor   Garavito   Hernández  se  perpetraron  bajo  los  parámetros  de  la  sentencia  C-127  de  1993,  en su opinión, tal  criterio  regulaba el discernimiento de su relevancia penal, y como en tal fallo  se  entendía el referido ilícito como subordinado o derivado, se echa de menos  aquí  la  existencia  previa  de  una  decisión  en  firme  sobre la actividad  ilícita   que  constituye  la  fuente  de  los  recursos  que  acrecentaron  su  patrimonio.   

         El  entendimiento  diverso  de  los juzgadores, con apoyo en   los  derroteros  esbozados  en la sentencia C-319 de 1996 implicó, a juicio del  Ministerio  Público, el ostensible quebranto de los principios de legalidad del  delito,  de  favorabilidad  y  de no retroactividad de los fallos emitidos en el  control  constitucional,  que impele a la intervención oficiosa reclamada de la  Corte.   

         2.    En  respuesta  al  planteamiento  de  la  Procuraduría  Delegada,  en manera alguna discute la Corte el marco conceptual dentro del cual  se  desenvuelve,  como  quiera  que  resulta  inobjetable la consagración en el  ordenamiento  jurídico  penal  de  los  principios de legalidad del delito y de  favorabilidad  a  través  de normas que simplemente desarrollan el artículo 29  de  la  Constitución  Política,  y  que  se  traducen, por ende, en garantías  fundamentales  que  en el evento de ser desconocidas en forma ostensible durante  la  actuación  procesal,  pueden  propiciar  la facultad oficiosa prevista como  excepción   al   principio   de   limitación   que  gobierna  la  impugnación  extraordinaria.   

         Tampoco  controvierte  la  Sala,  al  tenor  de los artículos 243  ibídem  y  48 de la Ley 270 de 1996, que las sentencias proferidas por la Corte  Constitucional  en  el  ejercicio  del control de constitucionalidad al examinar  las  normas  legales  por  vía de acción, de revisión previa o con motivo del  control  automático, en su parte dispositiva, tienen un valor interpretativo de  la  Constitución  que  se presenta entonces con la fuerza de la misma, esto es,  producen     efectos     erga    omnes  y  vinculantes  de  todos  los  poderes  públicos,  entre ellos  obviamente,  el  judicial.                 

           Igual    conformidad   guarda   la  Corporación   respecto   del   afirmado   valor  ex  nunc  y  no  retroactivo,  pro futuro, que por regla  general  tienen los fallos emitidos en el control constitucional, de ahí que el  punto  de  partida  en  la  discrepancia  que  se  guarda con la posición de la  Delegada  se  radique en el problema planteado de antaño en la jurisprudencia y  doctrina  constitucionales, concretamente, en establecer si la fuerza vinculante  de  la  sentencias  de  los  Tribunales  Constitucionales se predica sólo de la  parte  resolutiva  o  si por el contrario se pregona extendida a los fundamentos  de la misma, o incluso, a la sentencia en su totalidad.   

         Entre  nosotros,  de  conformidad  con  los  artículos  243 de la  Constitución  Política  y  48 de la Ley Estatutaria de la Administración  de  Justicia,  ninguna  duda  existe  sobre  la  obligatoriedad del decisum  de  los fallos proferidos por  la  Corte  Constitucional  en el control de exequibilidad de las normas legales,  que  se  materializa  en  decisiones que hacen tránsito a cosa juzgada y están  revestidas  por  ende  de  fuerza  vinculante  explícita  incluso para la misma  Corte,  que  en aras del principio de la seguridad jurídica no puede someter un  mismo   precepto   a   la   jurisdicción   bajo  idénticas  circunstancias  de  hecho.   

         El inconveniente se presenta dentro de  la  actual  concepción del control constitucional, regido por los principios de  máxima  conservación  de los actos normativos y de la solución constitucional  menos  traumática,  frente  a  las  llamadas  decisiones de “punto medio” o  sentencias  de  tipo  interpretativo,  esto  es, cuando el pronunciamiento de la  Corte   Constitucional   no   se  limita  a  declarar  la  constitucionalidad  o  inconstitucionalidad  de  un  precepto, sino la de una o varias interpretaciones  del  mismo,  cuando declara su constitucionalidad en la medida que se interprete  en  un  determinado  sentido  que  es  el  único  que  se  estima ajustado a la  Constitución,  o  que  no  se  interprete  en  el  sentido  o  sentidos  que se  consideran  contrarios  a  la  Carta  Política,  no  porque en tales eventos se  discuta  que  la doctrina incorporada en el fallo se torne obligatoria, esto es,  con  fuerza  vinculante  implícita,  sino  por las eventuales dificultades para  identificar  la  existencia  de este tipo de sentencias, particularmente, cuando  la    Corte    Constitucional   no   le   asigna   tal   carácter   de   manera  expresa.   

         Ahora  bien,  que  un  control constitucional de tales dimensiones  convierta  a  la  Corte  en  un  poder  legisferante  positivo  en manera alguna  limitado  entonces  a  retirar  el  texto  normativo  del ordenamiento jurídico  cuando  resulta  contrario  a  la  Constitución,  con  las controversias que se  derivan  de  ello  en  punto  de  su  legitimidad desde la órbita del principio  democrático  de  la  soberanía  popular y de la división tripartita del poder  público,  o  si  la  jurisprudencia  en tales eventos constituye una fuente del  derecho,   no   son  tópicos  que  corresponda  examinar  ni  abordar  en  esta  providencia,  pues  lo trascendente para dilucidar el problema jurídico surgido  de  la  propuesta  del  Ministerio  Público,  es  que  la decisiones de control  constitucional    de    esa    especie   imponen   o   proscriben   determinadas  interpretaciones de la ley.   

         En  el evento de autos, a partir de las motivaciones contenidas en  las  providencias  emitidas  en  el  control  constitucional  de  la  figura del  enriquecimiento  ilícito  de  particulares,  la  Delegada  concluye  que fueron  proferidas  por  la  Corte Constitucional unas sentencias del talante comentado,  interpretativas  o  de  exequibilidad  condicionada,  que afectaron la legalidad  formal  y material de dicho delito, que obligan por ende a atender los criterios  expuestos  en  ellas  al  valorar  la  adecuación  típica  de  una determinada  conducta.   

         

         3.   Bastante  sugestivo  se  ofrece  a  primera  vista  este  raciocinio,  pero no puede ser prohijado por la Sala por las razones que pasan a  esbozarse.   

         3.1   En primer término, porque no es cierto como afirmó la  Procuraduría,  que  en  la  decisión  inicial  de  la  Corte,  es decir, en la  sentencia  C-127 de 1993, la conformidad del precepto descriptivo del punible de  enriquecimiento  ilícito  se  hubiese confrontado con la Constitución de 1886,  en  tanto  que  la  rectificación  postrera  obedeciera a su examen frente a la  actualmente  en  vigencia;  por  el  contrario,  en  esas  dos  providencias  el  análisis  del  texto  normativo  se  verificó  a  la  luz de un único y mismo  ordenamiento, no otro que la Carta Política de 1991.   

         En  este orden de ideas, desde la perspectiva de los principios de  seguridad  jurídica y de prevalencia de los postulados y valores consagrados en  la   Constitución  Política,  en  manera  alguna  puede  predicarse  para  los  conceptos  contenidos  en  ese  primer  pronunciamiento,  alusivos  al carácter  subordinado  o  derivado del delito de enriquecimiento ilícito de particulares,  la  existencia  de  la  unidad de sentido con la parte dispositiva del fallo que  determinara  para ellos el carácter de cosa juzgada implícita, pues si hubiera  sido  así,  la  misma  Corte  Constitucional  habría  encontrado en esa fuerza  vinculante  una  infranqueable  talanquera  para  abordar  nuevamente  el punto.   

         Ciertamente,  conviene  rememorar  en este punto que de antaño la  Corte  Constitucional  en  el  análisis  de  la  cosa juzgada constitucional ha  distinguido  los  diversos  aspectos  de  la  decisión  judicial, no sólo para  determinar  los efectos de aquella sino también con miras a discernir la fuerza  vinculante de los mismos.   

         Así,  tratándose de la definición concreta del caso, es decir del  decisum  plasmado  en  la  parte  resolutiva  del  fallo,  ninguna  controversia  se  plantea respecto a la  fuerza  de  cosa  juzgada  explícita  que  concita y a sus efectos erga  omnes  que obligaría incluso a la  Corte  Constitucional  conforme  se planteó en precedente acápite.     

          Idéntica  consecuencia  se  predica  de  la  ratio  decidendi, esto  es,  de  aquellos  conceptos  contenidos en la parte motiva pero que expresan el  “principio,  regla o razón general que constituye  la   base  de  la  decisión  judicial  específica”  (sentencia  SU-047 del 29 de enero de 1999, M.P. Dres. Gaviria Díaz y Martínez  Caballero),  revestidos también del carácter de doctrina vinculante y valor de  cosa  juzgada  implícita,  efectos  a  los  que  no puede sustraerse tampoco la  Corporación  guardiana de la supremacía del ordenamiento superior, máxime que  aparecen  cimentados  tanto  en  la  necesidad de brindar coherencia y unidad al  sistema  jurídico  como en los principios de la seguridad jurídica e igualdad.   

          En  cambio,  en  lo atinente a los obiter  dicta,   esto   es,   de   aquellas   consideraciones  incidentales  de la respectiva providencia, que al no estar vinculadas de manera  inescindible  a  la  decisión  adoptada,  simplemente  constituyen  un criterio  auxiliar  en  la labor judicial en los términos precisados en el inciso 2º del  artículo  230  de  la  Carta Política, calidad que por lo atrás anotado fluye  indiscutible  tratándose  de  los  comentarios  esbozados  por  la  Corte en la  sentencia   C-127  de  1993  en  lo  atinente  al  enriquecimiento  ilícito  de  particulares.   

         En  efecto, sólo en el entendimiento de que esas motivaciones del  fallo  en  comento  no  guardaban  relación directa con la parte resolutiva del  mismo,   por   ende,  que  estaban  despojadas  del  carácter  obligatorio  que  equivocadamente  pregona para ellas el Ministerio Público, puede entenderse que  su  reconsideración resultara posible cuando la Corte Constitucional reexaminó  el  tema en la sentencia C-319 de 1996, circunstancia que no se diluye porque el  control  de  constitucionalidad se ejerciera sobre dos disposiciones con fuentes  formales  diversas,  es  cierto,  pero  en  todo caso de contenido idéntico por  cuanto  el  artículo 10º del Decreto 2266 de 1991 simplemente erigió en norma  permanente el artículo 1º del Decreto 1895 de 1989.   

         3.2   Por  otra parte, de los escuetos y genéricos términos  en  los  que  se  fundamentó  la  decisión  inicial  de  la Corte, ni aún con  desbordado  celo,  puede colegirse que tal Corporación no se limitó a declarar  la  constitucionalidad  del artículo 10º del Decreto 2266 de 1991 para imponer  una  única  interpretación  posible  del  ingrediente normativo que vincula el  aumento  patrimonial  injustificado  a una actividad delictiva, adversamente, en  las  lacónicas  reflexiones  sobre  dicho  tópico,  así  se  aluda en ellas a  algunos  derechos  fundamentales sin mayor desarrollo argumentativo,  no es  posible  atisbar  el  fundamento  o  la  razón  ligada  inescindiblemente  a la  exequibilidad  de  la  norma  descriptiva  de tal ilícito, por el contrario, su  contenido   revela   que  se  trató  de  conceptos  tangenciales  y  sugeridos,  enunciados  más  allá  de  lo  que  resultaba  necesarios para la decisión de  mantener  la norma examinada dentro del ordenamiento jurídico, dotados por ende  de   una   fuerza   simplemente   persuasiva   o  de  criterio  auxiliar  en  la  interpretación del derecho.   

         3.3   Abundando  en consideraciones, si a pesar de lo anotado  persistiera   alguna  incertidumbre  sobre  el  carácter  propugnado  para  las  motivaciones   de   la   sentencia   C-127   de  1993  en  lo  que  respecta  al  enriquecimiento   ilícito   de  particulares,  se  desvanece  por  completo  al  constatarse   que   la  Corte  Constitucional  dentro  de  la  facultad  que  ha  reivindicado  para señalar los efectos de sus fallos de control constitucional,  precisó  de  manera  postrera  que los conceptos contenidos en ella tenían esa  colegida  naturaleza,  cuando sobre ese específico aspecto señaló en el fallo  C-319  de  1996:  “…la  Corte  se ve precisada a  reconsiderar  el planteamiento hecho en la parte motiva de la Sentencia C-127 de  1993…Debe   aclararse   que  no  se  trata  en  este  caso  de  un  cambio  de  jurisprudencia,  por  cuanto,  por  una  parte,  la  decisión  adoptada  en esa  providencia  fue de exequibilidad de las normas acusadas, es decir del delito de  enriquecimiento  ilícito  tal como estaba concebido en ellas y, por otra parte,  el  articulo  48  de  la  Ley  270 de 1996, Estatutaria de la Administración de  Justicia,  que fue declarado exequible por esta Corte establece, respecto de las  sentencias  de  la  Corte  proferidas en cumplimiento del control constitucional  “que  sólo  serán  de obligatorio cumplimiento y con efecto erga omnes en su  parte  resolutiva”,  y  que  “la parte motiva constituirá criterio auxiliar  para  la  actividad  judicial  y para la aplicación de las normas de derecho en  general”.   

         Este   criterio   fue   reiterado  después  en  la  sentencia  de  unificación  SU-047  de  1999,  M.P.  Drs  Carlos  Gaviria  Díaz  y  Alejandro  Martínez Caballero, oportunidad en la que al respecto indicó:   

“En  segundo  término, en varios casos,  esta  Corte  ha  aplicado las anteriores distinciones, con el fin de mostrar que  una  aparente variación de una doctrina constitucional sentada en una decisión  anterior,  en  realidad  no  tenía  tal carácter, sino que constituía la mera  corrección  de  una  opinión  incidental  de  la  parte motiva.  Así, al  reexaminar  el  alcance  del  delito de enriquecimiento ilícito en la sentencia  C-310  de  1996,  esta  corporación explícitamente se apartó de los criterios  que  había  adelantado  sobre  ese  delito  en  una  decisión  anterior (sent.  C-127/93),  en  donde  había  sostenido  que  para  que una persona pudiera ser  condenada  por  ese  hecho punible, las actividades delictivas de donde derivaba  el  incremento  patrimonial  debían  estar  judicialmente declaradas.  Sin  embargo,  la  Corte  invocó las anteriores decisiones y concluyó que no había  cambio   de   jurisprudencia,   por   cuanto   esas  consideraciones  no  eran vinculantes, al no estar indisolublemente ligadas a la  decisión  de exequibilidad…” (negrillas fuera de  texto).   

         4.   Así  las  cosas, la Sala descarta el afirmado menoscabo  del  principio  de  legalidad  del  delito,  y  con  fundamento  en  las propias  consideraciones  de  la  Corte  Constitucional,  la  de  los  postulados  de  la  favorabilidad   y   de   la   no   retroactividad   de  los  fallos  de  control  constitucional,  razón  por  la  cual  no  encuentra  viable  la  intervención  oficiosa sugerida por la Delegada.    

         Restaría agregar en este punto frente  a  la  alegada  vulneración  del  principio  de  favorabilidad  y afianzando la  conclusión  esbozada,  que tal postulado en casación está referido al ámbito  de  validez temporal de la ley sustancial o procesal de efectos sustanciales, de  manera  que  presupone  un  tránsito  de  legislación o en otros términos, la  sucesión  de  leyes  en el tiempo, echada de menos con evidencia en materia del  enriquecimiento  ilícito de particulares pues la norma que erigió tal conducta  en  delito,  esto es, el artículo 1º del Decreto 1895 de 1989, fue reproducida  a  cabalidad al ser elevada a la categoría de disposición permanente a través  del artículo 10 del Decreto 2266 de 1991.   

         

         Tercer cargo.  Causal Primera.   

         Ante  el  carácter  anticipado de la sentencia de primera instancia  impera  precisar  de  antemano, que ningún reparo concita el interés jurídico  para  recurrir  del censor frente a éste último cargo mediante el cual impugna  el  monto  de  la pena, pues de conformidad con el numeral 4º del artículo 37B  del  C.  de  P.P.,  modificado  por  la  Ley  365 de 1997, se circunscribió tal  legitimidad  tratándose  del procesado o su apoderado, entre otros aspectos, al  aquí  controvertido, al subrogado de la condena de ejecución condicional, a la  extinción  del  derecho  de  dominio  sobre  bienes,  y  a la indemnización de  perjuicios,   esta   última   como   consecuencia   de   la   declaratoria   de  inexequibilidad  del  precepto de tal estatuto a través del cual se relegaba en  ese género de fallos el tópico de la responsabilidad civil.   

1.  En lo que respecta a la censura, la  Corte  encuentra que se fundamenta en la violación directa de la ley sustancial  por  falta  de  aplicación  de  los  artículos  1º  y 7º del Código Penal e  interpretación  errónea  de  los  artículos  61, 66 ibídem y 1º del Decreto  1895  de 1989, vulneración a la que se arribó, sostiene el actor, porque en el  fallo  de  primer  grado, confirmado por el ad quem, se dedujeron circunstancias  genéricas  de  agravación  punitiva que no tienen asignada esa connotación en  el  estatuto punitivo, sin embargo, este ataque que verifica el recurrente a los  fallos  de las instancias carece de realidad, pues si se examina el contenido de  tales  providencias tiene que concluirse que en ninguno de ellos se incurrió en  el yerro denunciado.   

          En  efecto,  el Juzgado Regional indicó que la determinación de la  pena  se  ajustaría a los parámetros señalados en el artículo 61 del Código  Penal,  después, al concretarla, sin desviarse del sendero anunciado invocó en  forma  expresa  la  gravedad del delito, y en la consecuente motivación plasmó  aspectos  que  a  no dudarlo aparecen vinculados a los criterios contemplados en  el  citado  precepto,  esto  es,  además  del señalado, en las modalidades del  hecho  punible,  el  grado  de  culpabilidad  y  en  una  de  las circunstancias  genéricas  de atenuación descritas en el artículo 66 ibídem, así no hubiese  hecho  mención  explícita  a  la  norma que la recoge; factores que finalmente  conjugó  con  la  ausencia de antecedentes y la actitud del doctor Garavito   Hernández  al  acogerse  a  la  terminación   anticipada   del   proceso,   para   derivarle   por  razón  del  enriquecimiento  ilícito  un  monto  superior  en  dos (2) años de prisión al  mínimo señalado para tal delito.   

          Las siguientes fueron las consideraciones  del a quo:   

“…debe   puntualizarse   que   las  infracciones  consumadas por el Dr. RODRIGO GARAVITO, revisten suma gravedad, no  sólo  atendiendo  el  monto  del  enriquecimiento ilícito -$410.7000.000, sino  además,  es  un  acto  que conlleva un alto grado de corrupción y debilidad de  quienes  ostentan  una  posición  distinguida  en  la  sociedad,  como el aquí  condenado  (circunstancia  agravante) además de tener una categoría elevada en  el  campo  de  la política, como quiera que era Representante a la Cámara, por  el  Departamento de Caldas, que así lo eligió, aunado, a que quiso incrementar  de   una  manera  fácil  e  inescrupulosa  su  haber  patrimonial  –sin  tener  necesidad de ello, pues  cuenta  con  un  patrimonio  que  le permitía a su familia, vivir holgadamente-  entablando  amistad  y  recibiendo cheques de conocidos narcotraficantes, que es  acto  que  causó  gran  conmnoción  social,  política y económica y por ende  abusó  de  la  credibilidad  de quienes depositaron su confianza y lo eligieron  como  Representante  que  además  no  tuvo  ningún  reparo, para abusar de sus  empleados   y  utilizarlos  como  medios,  determinándolos  a  incurrir  en  la  falsedad,  sin  ningún miramiento a su condición de dependientes laboralmente,  lo  que  indica  una  preparación previa a la acción principal, faltando a sus  deberes  éticos  y  morales,  como  persona  natural  y  hombre  público…”  (fl. 398 cdno. 10).   

          La  equivocada  apreciación  del recurrente surge porque el Juzgado  finalizó  este  desarrollo  argumentativo con una afirmación desafortunada, es  cierto,  pero  que no puede ser desligada del contexto de la sustentación de la  pena  para  afirmarse en contrariedad con ella, que fueron imputados fundamentos  a  los que el legislador no les asignó dicho carácter.  Indico el Juzgado  así:   “son  éstas  causales que agravan la  punibilidad”,    sin  embargo,  de  los  términos atrás transcritos fluye nítido e incontrovertible  que    la   sanción   determinada   para   el   enriquecimiento   ilícito   de  particulares,   delito  base  en la represión de hechos punibles juzgados,  encontró  cimiento  en los fundamentos reales no modificadores de la pena a que  se contrae el artículo 61 del estatuto punitivo.   

          En  primer  término,  ante  esta  fuente  normativa  que  el  a quo  precisó  guiaría  la  individualización de la sanción, pero primordialmente,  como  se  acotó  en  anterior  acápite, porque los aspectos relacionados en el  fallo  proferido  por  el  Juzgado  en verdad se ajustan a los consagrados en la  disposición  citada,  además,  con  el  influjo  que  les  fue  otorgado en el  ejercicio  concreto  de  la  discrecionalidad  judicial  dentro  de los límites  previstos en el tipo penal respectivo.     

          Así,  el  monto del enriquecimiento, el  grado  de  corrupción  generado,  la conmoción social causada por el reato, al  igual  que las especiales circunstancias comisivas reflejadas en la utilización  abusiva  de los dependientes del entonces congresista para sus fines delictivos,  quedan  comprendidos  dentro del criterio de la gravedad y modalidades del hecho  punible  que atiende, entre otras aristas, a la entidad del bien jurídico tanto  cualitativa  como  cuantitativamente,  a  su  forma  de  afectación  y el daño  producido;   el  querer  incrementar  de  manera  fácil e inescrupulosa el  patrimonio  perfila un rasgo de la personalidad relacionado con la perpetración  del  ilícito;  y  por  último,  las referencias a la posición distinguida del  agente  en  la Sociedad, que el juzgador de primer grado vinculó a la elección  del  procesado  como   Representante  a  la  Cámara, revestido por ello de  mayores  compromisos  éticos  y  morales,  quien  defraudó la confianza de sus  votantes,   traduce   ni  más  ni  menos  que  la  circunstancia  genérica  de  agravación  recogida  en  el  artículo  66-11º  del  Código  Penal, a la que  incluso  se  le asignó dicho carácter aunque con la omitida invocación de tal  precepto.   

          El  Tribunal  por  su  parte,  al  revisar  el  fallo  por  vía  de  apelación  en  manera  alguna fue ajeno a este entendimiento, esto es, de haber  quedado  comprendidos  tales aspectos dentro de los parámetros señalados en el  artículo  61  ibídem, de ahí que avalara la decisión recurrida sin objeción  alguna  y  brindando  réplica  a  la  impugnación  sustentada  también en esa  oportunidad  en  la alegada deducción de agravantes no dispuestas en la ley, en  los siguientes términos:   

“En desarrollo de la tarea propuesta como  ad  quem,  la Sala verificó los razonamientos del juez singular y advirtió que  el  funcionario  no  dedujo  de  manera  particular  o  precisa,  ninguna de las  circunstancias  señaladas en el artículo 66 y su criterio punitivo lo enmarcó  dentro  de  los lineamientos que al respecto fija el artículo 61” (fl. 82 cdno. Tribunal Nacional).   

          Más  aún,  el  Tribunal prohijó esa apreciación del a quo cuando  de   manera  expresa  ubicó  también  los  factores  que  se  señalaron  como  incidentes  en la determinación de la pena dentro de las previsiones contenidas  en  el  tantas veces citado artículo 61 del Código Penal.  Su motivación  al respecto fue de éste contenido:   

“Analizados   los  planteamientos  del  fallador  de  instancia  bajo  la  óptica del artículo 61, resultan válidos e  indiscutibles  como  soporte  del cuestionado aumento punitivo, pues el a quo no  hizo  más  que  retomar todos aquellos aspectos relacionados en esa preceptiva,  de  obligada  observancia,  por  demás,  y  cotejarlos  con los hechos punibles  ventilados,  su modalidad, el grado de culpabilidad y la personalidad del agente  y   tenerlos   en   cuenta   en  su  procedimiento  dosificador”  (fl. 84 cdno. Tribunal Nacional).   

          Y  agregó  a  renglón  seguido,  comprendiendo todos esos aspectos  dentro del bien jurídico tutelado de la moral social:   

“No  incurre  en ningún desacierto el a  quo  al  precisar  que  el  delito de enriquecimiento ilícito investigado está  revestido  de  suma  gravedad,  tanto por el monto a que ascendió el incremento  patrimonial,  como  por  el  grado  de inmoralidad que revela quien lo cometió,  pues  haciendo  a  un  lado  su  investidura  de  hombre público, en condición  integrante  de  una célula legislativa, desdeñando la confianza depositada por  su  seguidores  que  lo  eligieron  esperando  una  digna  representación, como  respuesta  al  voto  que  le otorgaron en las urnas, se trabó en relaciones con  reconocidos  cabecillas  del  narcotráfico, recibió sus dineros y los llevó a  sus   arcas,   actitudes  que  sin  duda  constituyen  un  fraude  moral  a  ese  conglomerado  que  lo distinguió como Representante a la Cámara” (fl. 85 cdno. Tribunal).   

          2.   Se acusa también al fallo impugnado de la interpretación  errónea  de los artículos 61 y 66 del Código Penal, sentido de violación que  es  sabido  se configura cuando la norma aplicada es la que efectivamente regula  el  caso  concreto,  sólo  que se le asigna un entendimiento errado que le hace  producir  efectos  jurídicos  que no se derivan de su contenido.  Se trata  entonces de un desatino de hermenéutica jurídica.   

          Sin  embargo,  en  este  punto  la  proposición del libelista fluye  contradictoria   e   incompleta.    Lo   primero,   al   entremezclar   tal  transgresión  con  la  aplicación indebida, porque si el sustento del reproche  estriba  en  la  deducción de circunstancias agravantes no previstas en la ley,  mal  puede  afirmarse  de  manera simultánea que el trabajo dosimétrico de las  instancias  se  apoyó  en  tales  disposiciones  pero  con  equivocación en el  sentido  de  las  mismas,  máxime que dichos preceptos prevén precisamente los  fundamentos  reales  no  modificadores  de los límites de la pena, entre ellos,  las circunstancias genéricas de agravación.   

          Lo  segundo,  porque  el libelista en la  demostración  del  reproche  se  limitó  a  insistir  en  que fueron deducidas  circunstancias  de  agravación  punitiva que carecen legalmente de ese influjo,  sin  consignar esfuerzo  intelectivo alguno encaminado a demostrar cual fue  el  sentido  equivocado en que se incurrió al interpretar las normas invocadas,  o  si  el  desacierto  recayó  sobre la totalidad de los factores dosimétricos  contemplados  en  el  artículo 61 del C.P. o de las circunstancias agravantes o  sobre  alguno  de ellos; deficiencia que no puede subsanar la Sala en virtud del  principio de limitación que rige la casación.   

          4.   Por  otra  parte,  el  Ministerio Público a partir de las  motivaciones  de los fallos encuentra deducidas las circunstancias genéricas de  agravación  de  los  numerales  4º  y 11º del artículo 66 del Código Penal,  respecto  de  las  cuales  advierte  también  que  no  fueron  imputadas  en la  resolución  acusatoria,  insinuando  una incongruencia que sin embargo desdeña  en  sus  efectos  al  considerar que el monto de la pena en manera alguna halló  sustento exclusivo en ellas.   

          Sin  embargo,  tal consideración sólo se muestra ajustada en parte  a  la  realidad,  pues  si  bien  el  juzgador  a quo en relación con el doctor  Garavito  Hernández  aludió  al  abuso  “de  sus  empleados  y utilizarlos como  medios,  determinándolos a incurrir en la falsedad, sin ningún miramiento a su  condición     de    dependientes,    lo    que    indica    una    preparación   previa  a  la  acción  principal”,  resulta  evidente  que  esa  destacada  circunstancia  comisiva  del  delito  se  distancia  en  grado y contenido de la  preparación  ponderada  del  hecho  punible,  recogida  en  el  numeral 4º del  mencionado  artículo 66 del Código Penal y que por su carácter de tal exigía  la  imputación  en  el  pliego  de  cargos  para  poder  ser  considerada en la  sentencia.   

          Efectivamente,  distinta  es la ejecución de actividades delictivas  previas  al  delito fin, que fue lo estimado por el Juzgado con aval del ad quem  como  supuesto revelador de la mayor gravedad del enriquecimiento ilícito, a la  preparación  minuciosa  del  comportamiento  transgresor de la ley penal, en la  que  a  través  del  cuidado  extremo en los detalles se propende por eludir la  acción  de  la  justicia  y  alcanzar  la  impunidad, supuesto éste último el  recogido en la preceptiva en comento.   

         

          Tratándose  de la posición distinguida  del  agente  en  la sociedad, como quedó atrás acotado, ninguna duda ofrece su  imputación  durante  el  curso  del  proceso,  así  la  mención  de  la norma  sustancial  que  recoge  tal supuesto como causal genérica de agravación sólo  aparezca   derivada  de  manera  explícita  a  partir  de  los  fallos  de  las  instancias;  más  aún,  esta  condición  que  refulge notoria tratándose del  doctor  Garavito Hernández por haber ostentado la calidad de Representante a la  Cámara,  esto  es, de personaje de la vida pública nacional por su pertenencia  al   órgano   legislativo,   en   cuanto   al   influjo   que   tenía   en  la  individualización  de  la  pena en manera alguna se sustrajo al conocimiento de  la defensa.   

          Por  el  contrario,  quienes  estaban revestidos de legitimidad para  controvertir  la imputación de tal circunstancia en las sentencias de primero y  segundo  grado  la  admitieron de manera expresa, tanto en su concurrencia en el  evento  de  autos  como  en  la  trascendencia  de  la  cual estaba revestida al  concretar  la  pena  irrogable al sindicado doctor Garavito Hernández, conforme  se  observa  en  el  memorial  por  medio  del  cual  se sustentó la apelación  interpuesta   contra  el  fallo  del  a  quo  y  en  la  demanda  de  casación.   

         Se  lee  así  en  el   primer  escrito  en referencia:   “Con  todo,  de  las circunstancias de agravación  derivadas  sólo  se  da  en  el presente caso la señalada en el numeral 11 del  artículo   66   del   C.P.,   o   sea   la  posición  distinguida  del  doctor  GARAVITO…”  (fl.  95  cdno. 11), mientras que en  libelo  sometido  al  estudio  de  la Sala, al señalarse la pretensión en esta  Sede  la  defensa  apuntó:  “…circunstancia  que  da  lugar  a  casar  la  sentencia y dictar una con la pena que corresponda  según  las  verdaderas  agravantes  en que incurrió el condenado, valga decir,  las  consignadas  en  los  numerales  4º  y  11º del artículo 66 del Estatuto  Penal”     (fl.     213     cdno.     Tribunal  Nacional).   

         5.  De  lo atrás argumentado se colige,  entonces,  que  no  se  produjeron  las  transgresiones  denunciadas  de  la ley  sustancial,   por   el   contrario,   en   los   fallos  de  las  instancias  al  individualizarse  la  pena  en  nada  se  transgredió  la  discrecionalidad que  confiere  la  ley.  Ciertamente,  los juzgadores de las instancias estimaron que  atendidos  los  criterios  previstos  en el artículo 61 del Código Penal no se  debía  partir del mínimo de pena de cinco (5) años de prisión previsto en el  artículo  1º  del  Decreto  1895 de 1999, sino de siete (7) años de prisión,  determinación  que respetó los marcos normativos, y sobre la cual verificó el  incremento  por  razón  del  concurso  de falsedades en documento público para  aplicar  luego  la  disminución  correspondiente por la terminación anticipada  del  proceso,  que  fue finalmente concretada en una sexta parte por el Tribunal  Nacional   dando   aplicación  ultractiva  a  las  previsiones  originales  del  artículo  37  del  C. de P.P., subrogado por la Ley 81 de 1993, en fin, la fase  operativa  del  proceso  dosimétrico  concluyó  en  la imposición de una pena  privativa  de  la  libertad que se consideró justa frente a los factores que la  regulan.   

         Por    las    razones    anteriores,   entonces,   el   cargo   no  prospera.   

         En  mérito  de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala  de  Casación  Penal,  administrando  justicia  en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         NO CASAR el  fallo  impugnado.   En firme devuélvase el expediente al Tribunal Superior  de Bogotá por la desaparición de la Corporación de origen.   

            Cópiese,     comuníquese     y  cúmplase.   

EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

FRANCISCO           ACUÑA  VIZCAYA     LUIS BERNARDO ALZATE GOMEZ   

Conjuez                                                                         Conjuez   

ALVARO           CORREAL  REYES           ALVARO  O.     PEREZ   PINZON                  

Conjuez  

ALFONSO  PINILLA  CONTRERAS  JAIME RICO  CARVAJAL   

Conjuez                                                                         Conjuez   

JOSE  IGNACIO  TALERO  LOZADA   MAURO  SOLARTE PORTILLA   

Conjuez – Salvamento de voto  

GLADYS EMILSE MARTINEZ ALZATE  

Secretaria ad – Hoc    

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