14210(04-09-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 14210  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

DR.   EDGAR   LOMBANA  TRUJILLO   

Aprobado Acta No. 132  

          Bogotá,   D.C.,   cuatro   (4)   de  septiembre  de  dos  mil  uno  (2001).   

          Se  decide  el  recurso  de casación interpuesto en defensa de los  procesados   ALEX   AGUDELO   MENDOZA   y   EDWIN  CEBALLOS  URIBE  contra  la sentencia del 8 de octubre de 1997, por medio de la cual  el  Tribunal  Superior  de  Medellín  confirmó  la  condena  que les impuso el  Juzgado  26 Penal del Circuito de esa misma ciudad, a cuarenta y ocho (48) años  de  prisión  como coautores de los delitos de homicidio agravado y porte ilegal  de armas, ambos en concurso homogéneo.   

HECHOS.   ACTUACION  PROCESAL   

          Los  sucesos  a  los  cuales  se contraen las causas acumuladas que  fueron  objeto  del pronunciamiento impugnado y el trámite cumplido antes de su  unificación, pueden ser reseñados así:   

          1.   En  la  noche  del 26 de septiembre de 1995, cuando Jaime  Ignacio  Ramírez  Gaviria  transitaba  por  el sector de Castilla Miramar de la  ciudad   de  Medellín  conduciendo  un  vehículo  de  servicio  público,  fue  interceptado  a  la  altura de la carrera 83 con calle 92 por dos sujetos que se  movilizaban  en  una  motocicleta.  En ese momento, el pasajero de la misma  esgrimió  un  arma  de  fuego  que  accionó  contra  el citado causándole las  heridas  por  razón  de  las  cuales  perdió  el  control  del  automotor para  estrellarse metros más adelante contra un muro.   

          El  ofendido  fue  auxiliado  por  un  residente  del  lugar, quien  condujo   a   la   víctima   al   centro   asistencial   donde  falleció  poco  después.   

         1.1   Con  fundamento  en  las  diligencias previas llevadas a  cabo,  en  las  que  se  estableció que el homicidio había sido perpetrado por  ALEX  AGUDELO  MENDOZA  y  EDWIN   CEBALLOS   URIBE   a.   Lunares,  la  Fiscalía  Seccional  de Medellín dispuso la apertura de la  investigación  en  providencia  del  22 de noviembre de 1995, vinculó mediante  indagatoria  a  los  imputados  y  definió  su  situación  jurídica  el  4 de  diciembre  siguiente  imponiéndoles  detención  preventiva por los punibles de  homicidio  agravado  por  la indefensión de la víctima y porte ilegal de armas  (fs. 76 y s.s., cdno. 1)   

         1.2   Cerrada  la  investigación  y  surtido  el  traslado de  rigor,  el  instructor calificó su mérito probatorio el 3 de julio de 1996 con  resolución  de  acusación  contra los sindicados como coautores de los delitos  imputados  en  la  medida de aseguramiento, confirmada por la Fiscalía Delegada  ante  el  Tribunal Superior de Medellín el 5 de septiembre siguiente al desatar  la alzada incoada por la defensa (fs. 183 y s.s., cdno. 1)   

         1.3   En  la  etapa  del juicio, adelantada bajo la dirección  del  Juzgado  26  Penal del Circuito de Medellín, la causa anterior se acumuló  en  auto  del  27  de marzo de 1997 a la proseguida contra los mismos procesados  por los hechos que a continuación se reseñan (f. 298, cdno. 2).   

         2.   En  la  noche  del 3 de noviembre de 1995, en el interior  del  establecimiento público “La Talita” ubicado en la carrera 68 con calle  68,  barrio Robledo Palenque de Medellín, fue herido con arma de fuego el joven  Rafael  Augusto  Muñoz  Gaviria,  quien  falleció  el  día 11 siguiente en la  Policlínica  de  la  mencionada  ciudad.  De ese episodio delictivo fueron  sindicados    ALEX    AGUDELO   MENDOZA   y  EDWIN  CEBALLOS  URIBE,  afectados  con  medida de aseguramiento de detención preventiva  por  los  delitos  de  homicidio  y  porte  ilegal de armas en la investigación  abierta por la Fiscalía.   

         2.1   Clausurado  el ciclo instructivo, el 12 de junio de 1996  se  elevó  acusación  en contra de los procesados como coautores del homicidio  objeto  de  la  investigación, agravado por las circunstancias descritas en los  numerales  4º y 7º del artículo 324 del Código Penal, subrogado por el 30 de  la  Ley  40  de  1993,  en  concurso  con  el  porte  ilegal de armas, decisión  confirmada  por  la  Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal de Medellín el 26 de  noviembre  siguiente  al  pronunciarse  sobre  la  apelación interpuesta por su  apoderado (fs. 252 y s.s., 280 y s.s., cdno. 2).   

         3.   Finalmente, el Juzgado 26 Penal del Circuito de Medellín  celebró  la  audiencia  pública  y  el 23 de julio de 1997 dictó la sentencia  mediante  la  cual  condenó  a  los  sindicados  ALEX  AGUDELO  MENDOZA  y  EDWIN  CEBALLOS  URIBE  a la pena principal atrás señalada  de  cuarenta  y  ocho  (48)  años  de  prisión  en calidad de coautores de los  punibles   imputados   en   las   causas  acumuladas  (fs.  442  y  s.s.,  cdno.  2).   

El defensor común de los procesados apeló  la  decisión  y  el Tribunal Superior de Medellín la confirmó el 8 de octubre  del   mismo   año   a  través  del  fallo  recurrido  después  en  casación.   

LA DEMANDA  

         Con  apoyo  en  el  numeral  1º, inciso 2º, del artículo 220 del  Código  de  Procedimiento  Penal  entonces  vigente,  el  demandante  acusa  la  infracción  indirecta  de  la ley sustancial derivada de errores de hecho en la  apreciación probatoria.    

          1.   En  orden  a  demostrar  la  censura,  tratándose  de  la  condena  impuesta  por la muerte de Jaime Ignacio  Ramírez  Gaviria,  el  impugnante  concreta  los  siguientes  desaciertos en la  decisión atacada:   

          1.1  Falso  juicio  de  identidad  por  haberse  incurrido “en tergiversación material, con  distorsión    total    al    valorar”  las  declaraciones  rendidas por Juan Carlos Ospina Valderrama en  el  proceso.  Al desarrollar este reproche, a través de una deshilvanada y  repetitiva  presentación,  el  demandante  deriva  tal  desatino  de  las   circunstancias que pueden ser compendiadas así:   

         –   En  primer  término,  porque  el  Tribunal no desechó el  testimonio  de  Ospina  Valderrama  a  pesar de sus afirmaciones contrarias a la  realidad,    concretamente,    cuando   señaló   al   procesado   AGUDELO  MENDOZA como autor también del  homicidio  de  Didier  Alexander  Bedoya,  quien  de acuerdo con las constancias  obrantes    en   el   proceso   fue   favorecido   con  preclusión  de  la  investigación  por  razón  de ese ilícito; asimismo, pues omitió explicar la  intervención  de aquél en la muerte de Ramírez Gaviria no obstante la amistad  que el acusado tenía con la víctima.   

         –   Por  otra parte, ante el valor concedido a las acusaciones  de  Ospina  Valderrama sin que el deponente indicara la ciencia de su dicho y no  obstante   el   afán   del   testigo   de  elevar  cargos  contra  AGUDELO  MENDOZA, incluso, atribuyéndole  unas amenazas en su contra que nunca existieron.   

         

         1.2   Falso  juicio de identidad al analizar el reconocimiento  llevado  a cabo con el mismo declarante Ospina Valderrama, en el que se observan  contradicciones  sustanciales  que  desvirtúan  su  dicho.    Señala  además,  que  identificó  al primero de fila, de quien se dejó constancia era  AGUDELO MENDOZA, cuando por  el  orden  de  la misma se trataba de otro sujeto.  Posteriormente señaló  al  implicado  como  el  que  ocupaba la séptima posición y así las cosas, el  acusado  “aparece  ocupando  al  mismo  tiempo  los  ordenes  1  y  7.   Lo que resta credibilidad tanto al dicho del deponente,  como a la diligencia en sí”.   

         En  el  pretendido  señalamiento de la incidencia de los desatinos  denunciados,  el  censor  aduce  que  por  la  tergiversación de los anteriores  medios  de  prueba se desconoció la duda a favor de los sindicados AGUDELO    MENDOZA    y   CEBALLOS  URIBE  con  violación mediata  del  artículo  445  del  Código  de Procedimiento Penal, en cuanto consagra la  presunción de inocencia.   

         Por  último,  el libelista reseña varios pronunciamientos de esta  Sala  y  algunos  criterios  doctrinales  alusivos a la valoración de la prueba  testimonial.            

         2.    Respecto   a   las   conclusiones  del  fallo  impugnado  tratándose  del homicidio de Rafael Augusto Muñoz Gaviria, el censor acusa los  dislates que a continuación se enuncian.   

         2.1   En  primer  lugar,  la  incursión en error de hecho por  falso    juicio   de   identidad   como   consecuencia   de   una   “distorsión  total”  de  la  prueba  testimonial  acopiada,  ataque  que  fundamenta  en  los  siguientes  términos:   

         –   En  relación  con  el  declarante  Juan Manuel Mazo Henao  señala  que  no  le  consta  quienes  fueron  los homicidas, por tal razón, no  elevó  cargos  directos  ni  indirectos  contra  sus representados AGUDELO    MENDOZA    y   CEBALLOS  URIBE. Se limitó a brindar una  descripción  genérica  de  los atacantes, como destaca con la trascripción de  los apartes de su dicho.   

         –   En  el  testigo  Hugo  de  Jesús Patiño Quiroz encuentra  contradicciones  con  el  anterior  deponente  al  relatar  la fisonomía de los  agresores,  versión  a  partir  de  la  cual  se  desvirtúa,  a  su juicio, la  intervención de los sindicados en el delito   

         –   Aborda  luego el relato de la presencial Aída del Socorro  Cano,  que  tilda  de impreciso, vacilante, etéreo y contradictorio también en  punto  de  la  descripción  física del autor del homicidio al ser cotejado con  los  dos  exponentes  relacionados, con quien se realizó además el infructuoso  reconocimiento de los procesados en fila de personas.   

         –   Reseña  por  último  la  descripción  del  testigo Juan  Camilo  Pérez  Araque sobre el homicida, distante de la brindada por los demás  declarantes   e   incongruente   en   algunos  aspectos  de  la  fisonomía  del  mismo.   

         Así  las  cosas, ante las discrepancias sustanciales advertidas en  los  deponentes,  concluye  el  libelista,  el  Tribunal  de Medellín no podía  afirmar  la  responsabilidad de los sindicados AGUDELO  MENDOZA    y   CEBALLOS  URIBE, pues valoradas tales pruebas individualmente o  en  conjunto  en  manera  alguna  producían  la  certeza sobre el compromiso de  aquellos  en el deceso violento de Muñoz Gaviria.  Plantea además, que de  conformidad  con los artículos 254 y 294 del C. de P.P. (Decreto 2700 de 1991),  los  testimonios  mencionados  fueron “tergiversados  totalmente,  ya que la sana crítica” conducía a su  desestimación.   

         Por  los  motivos  anteriores,  afirma el casacionista, en lugar de  aplicarse  la  presunción de inocencia contemplada en el articulo 445 ibidem se  condenó  a  los  procesados, “lo que constituye una  violación      indirecta      de      la      ley     sustancial”.   

         2.2   Falso  juicio de identidad en la valoración del indicio  de     “precaria    justificación”.     

          En  la  formalización  del  reproche  reseña  las  explicaciones  de  los  acusados AGUDELO  MENDOZA    y   CEBALLOS  URIBE sobre las actividades desarrolladas en la noche  de  los  sucesos,  para  atestar  seguidamente  “que  nunca  fueron  desvirtuadas  y  por  lo  tanto  no  pueden constituir reatos que  estructuren indicios”.   

         Discurre  luego  prolijamente  sobre  los  criterios  doctrinales y  jurisprudenciales en materia de la prueba indiciaria.   

          Finalmente  aduce  que  el  desacierto  denunciado  ocurrió  por  dos  circunstancias.   De  una  parte, porque en  manera   alguna   fueron  desmentidas  las  afirmaciones  de  inocencia  de  los  sindicados,  más  aún,  la  ejecución  en  coautoría  del delito que les fue  atribuida  no  aparece  probada  en  autos  a  través  de la prueba testimonial  reseñada    en    la    demanda;    de    la    otra,    porque    “aquellas   pruebas   como  la  trasladada,  llega  al  escenario  procesal,  fuera  del  término  de  ley  para  practicar pruebas”,  esto  es,  luego  de  cerrada  la  investigación,  sin auto que  ordenara el traslado ni su práctica.   

         2.3    Falso  juicio  de  identidad  por incurrirse en un  “yerro  de  lógica” en  el   análisis   del   indicio   constituido   por   la  capacidad  proclive  al  delito.   

         En   la   sustentación   del   reparo   admite   que  AGUDELO    MENDOZA    y   CEBALLOS  URIBE  fueron  condenados  con  anterioridad  por  otros  delitos,  sin  embargo, que de tal circunstancia sólo  pueden  extraerse  dos  conclusiones.  En primer término, sus antecedentes  y,  de  otra  parte,  el  grado  de descomposición moral que afecta a todas las  esferas  de  la sociedad colombiana, no así que los mencionados “deben   responder   por   todos   los   homicidios   cometidos   en  Medellín”.    Así   las  cosas,  afirma  el  libelista,  “observar  los  antecedentes que poseen  los  sentenciados  y  sin  que  existan  otros  medios  probatorios que ayuden a  concluir  la  autoría  en  los  concursos  punitivos, objeto de la sentencia de  condena,  no  es  otra  cosa  que  incurrir  en un yerro de lógica en el manejo  valorativo del indicio”.   

         En  los  apartes posteriores del libelo  afirma  que  el  indicio  no fue objeto de una “sana  valoración”   e  indica  que  el  desacierto  del  Tribunal  se  configuró  en la inferencia lógica, pues los antecedentes de los  sindicados  por  si  solos  no  producían  la  convicción  sobre  la  imputada  coautoría  del  homicidio,  máxime que los mismos no fueron conjugados con los  restantes elementos de juicio.   

         En  lo  atinente  a la trascendencia de los dislates acusados en la  valoración  de  la prueba indiciaria, el defensor señala que al analizarse los  dos  indicios  “sin el suficiente soporte con otros  medios  de  prueba  aquí cuestionados”, el Tribunal  concluyó  la  responsabilidad de los acusados AGUDELO  MENDOZA    y   CEBALLOS  URIBE.   

         Cita   como  normas  infringidas,  por  falta  de  aplicación,  el  artículo  445  del  Código  de Procedimiento Penal (Decreto 2700 de 1991), que  determinó  consecuencialmente  la  aplicación  indebida de los artículos 323,  324  numerales  4º  y  7º  del  Código  Penal (Decreto 100 de 1980) y 1º del  Decreto 3664 de 1986.   

         Con apoyo en los anteriores argumentos,  el  impugnante   solicita a la Corte que case el fallo impugnado y profiera  en   su   lugar   una   sentencia  de  carácter  absolutorio  a  favor  de  sus  asistidos.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURÍA  

         El  Procurador  Segundo  Delegado  sugiere  a  la  Sala no casar la  sentencia  recurrida  ante  los  desaciertos  de orden técnico cometidos por el  demandante,  quien  a pesar de la repetida alusión a las sentencias de la Corte  sobre  la  temática  que  plantea,  presenta  en  últimas  un  escrito confuso  mediante  el cual simplemente expone su criterio personal sobre los elementos de  juicio incorporados al expediente.   

         1.   Con  el  propósito  de demostrar tal aserto, respecto de  las  críticas  elevadas  en el libelo a la condena por el homicidio de Ramírez  Gaviria  y  el  consecuente  porte  ilegal  de  armas  de  defensa  personal  el  Ministerio  Público  destaca,  en  primer  término,  que el censor confunde el  falso  juicio  de  identidad  con  el  desconocimiento  de las reglas de la sana  crítica,  que  si  bien  constituyen  modalidades  del error de hecho tienen un  ámbito  y  una  demostración  del  todo  diferente.   Por  lo  tanto,  su  alegación  coetánea en la demanda revela el contrasentido de la propuesta, que  aparece sustentada además en vanas generalizaciones.   

         1.1   Así,  tratándose  del testimonio de Juan Carlos Ospina  Valderrama  se  aducen  ambas formas de desacierto que en todo caso el censor no  desarrolla  y  en  relación con el reconocimiento en fila de personas llevado a  cabo  con  el citado declarante, el impugnante magnifica los errores formales de  la  diligencia  que  en manera alguna afectan la legalidad y transparencia de la  prueba,  sobre  los  cuales  se pronunció incluso el Tribunal en la providencia  recurrida.    

          Adicionalmente,   un  yerro  de  esta  naturaleza  tampoco  podía  plantearse  en  el  ámbito  del  falso  juicio  de  identidad,  pues a lo sumo tiene una mayor relación con el error de derecho por  falso  juicio  de  legalidad,  que  en  todo  caso la Delegada tampoco atisba en  relación  con  dicha  prueba,   porque  las informalidades puestas de  presente  no  afectan  el  procedimiento  legal  de  su  formación  y  resultan  absolutamente  irrelevantes por cuanto en manera alguna le restan significación  al  indubitado  reconocimiento  de los procesados como los autores del homicidio  de Jaime Ignacio Ramírez Gaviria.   

         1.2     El  casacionista  tampoco  individualizó  la  situación  de los dos procesados que  representa,  perdiendo  de  vista que si bien existen pruebas que los afectan en  común,  no es menos cierto que los fundamentos probatorios del fallo atacado no  son  idénticos  ni  trascienden de igual manera en la responsabilidad penal que  les fue deducida.   

         1.3  Por último,  la  censura del recurrente se muestra insuficiente, pues se tradujo en un ataque  parcial  a  la  prueba  que  sustentó  la  condena,  de  manera  que incluso de  prosperar  la crítica elevada a los medios seleccionados en el libelo, la misma  no   tendría   entidad  para  resquebrajar  la  sentencia  recurrida  al  dejar  incólumes los restantes elementos de persuasión.   

         

         2.   En  lo  que  respecta al juicio de responsabilidad por la  muerte  de  Rafael Augusto Muñoz Gaviria, el casacionista incurre en las mismas  falencias.   

         2.1   En  efecto,  acusa  errores de hecho por falso juicio de  identidad  que  no  desarrolla,  pues a la manera de un alegato de instancia, la  censura  se desenvuelve mediante la exposición de un criterio personal sobre la  forma  como  debieron  apreciarse  las  pruebas.   Así, tratándose de las  declaraciones  de  Juan  Daniel Mazo Henao, Hugo de Jesús Patiño Quiroz, Aída  del  Socorro  Cano  y  Juan  Camilo  Pérez  Araque,  el  demandante se dedica a  resaltar  las contradicciones entre sus dichos sobre el modo de vestir, el color  de  la  piel  y  algunas señales particulares del sujeto que disparó contra la  víctima,  postulando  una  nueva  valoración de tales evidencias alejada de la  presentación   de   un   reproche   que   comprometa   la   legalidad   de   su  apreciación.   

         2.2   El casacionista perdió de vista aquí también, que los  fundamentos  del  fallo  no  se  circunscribieron  a  los  medios de persuasión  cuestionados,  por  lo  tanto,  la crítica elaborada en el libelo en punto a la  responsabilidad  de  los  acusados  en  el  deceso violento de Muñoz Gaviria se  torna incompleta.   

         2.3    En  cuanto  a  los  reparos  elevados  a  los  indicios  construidos  en  contra de los procesados, la Delegada encuentra que el defensor  no  desarrolla  en  debida  forma  la tacha que enmarca en el error de hecho por  falso  juicio  de  identidad, a pesar de evocar decisiones de la Corte sobre las  exigencias   de   un   reparo   de   esta   naturaleza   frente   a   la  prueba  indirecta.   

         Ciertamente,   del  extenso  escrito  no  puede  establecerse  qué  aspecto  en  particular  ataca  de  los  indicios  porque  el  impugnante  alude  indistintamente  al  hecho  indicador,  a  la  inferencia  lógica  o  al  hecho  indicado,  con  insalvable contradicción además, pues el cuestionamiento de la  inferencia  lógica  tiene  por  sentado  que  el  hecho  indicador, por ser una  construcción  antecedente, ha sido debidamente edificado.  Así las cosas,  el  reproche se torna indescifrable, sin saberse a ciencia cierta que se discute  en el ámbito de la casación.   

         Ahora  bien,  si el reproche se dirigía a censurar las pruebas que  desvirtuaban     la     estadía     de     AGUDELO  MENDOZA  fuera  de  la  ciudad  para la época de los  acontecimientos,  a  partir  del  argumento  de su extemporánea aducción a las  diligencias,  el  recurrente debió invocar el error de derecho por falso juicio  de  legalidad  por  desconocimiento  del mandato de aportar en forma oportuna la  prueba  para  su discusión, contenido en el artículo 246 del estatuto procesal  penal entonces vigente.   

         Sin  embargo,  la  Delegada advierte en  todo  caso  que  no  resulta cierto que esa incorporación de tales elementos de  juicio  luego  de  la  clausura  del  sumario y en cumplimiento de una comisión  dispuesta  en  el curso del mismo los haya sustraído de toda controversia, pues  tal posibilidad pudo desplegarse durante el período de la causa.   

         2.4   En  el  ataque al indicio de la capacidad para delinquir  el  libelista comete idénticas impropiedades.  No identifica el aspecto de  la  construcción  indiciaria  objeto  del  reproche,  más aún, las genéricas  críticas  consignadas  en  la  demanda  parecen  orientarse  sin  distingos  al  cuestionamiento  de la inferencia lógica y a su poder suasorio.  Por tales  razones no satisface los requisitos básicos para su comprensión.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  SALA   

          En  la  demanda  examinada,  como  lo  advierte  el  Procurador  Delegado,  el  casacionista  soslaya  la  técnica que  gobierna  el  recurso  extraordinario  pues incurre en insalvables impropiedades  que  le  restan  cualquier  posibilidad  de  éxito  a  la  censura, como pasa a  fundamentar la Sala.   

        1.   Tratándose  de la declaración de responsabilidad de los  encausados  AGUDELO MENDOZA  y  CEBALLOS  URIBE  en  el  homicidio  agravado  de  Jaime  Ignacio  Ramírez Gaviria, así como en el porte  ilegal  del  arma  de  defensa  personal  con la cual fue ultimada la mencionada  víctima,  se  hace  consistir  el  cargo  de  violación  indirecta  de  la ley  sustancial  en  los  errores de hecho por falso juicio de identidad atribuidos a  los  sentenciadores  en  la  apreciación de la prueba, que quedaron simplemente  enunciados  en  el  libelo,  esto  es, sin demostrar su realidad y menos aún el  influjo en la parte resolutiva del fallo impugnado.   

        En   efecto,   el   censor   denuncia  la  tergiversación  de  las  declaraciones  rendidas  en  estas  diligencias  por  el presencial del episodio  delictivo  Juan  Carlos Ospina Valderrama y del reconocimiento de los procesados  en  fila  de  personas  llevado  a  cabo con este mismo testigo, sin embargo, en  manera  alguna  desarrolló  el  reproche  a través de los requisitos técnicos  propios  del  desatino  aducido,  que  se  configura,  como es sabido, cuando el  juzgador  cercena,  altera  o  adiciona  el  contenido  material  de  la  prueba  haciéndole producir efectos que no se derivan de ella.   

        Por   lo   tanto,  ante  una  alegación  de  esta  naturaleza,  el  impugnante  debía  cotejar  los  elementos  de juicio que afirmó indebidamente  apreciados,  en  su  expresión  objetiva,  con  la  asignada a los mismos en la  sentencia  recurrida  para demostrar de este modo la distorsión de su contenido  material  y  a  partir  de esta premisa, que el dislate puesto así en evidencia  determinó el pronunciamiento equivocado de los juzgadores.   

        En   lugar   de  esta  ineludible  comprobación,  el  casacionista  descalificó  el  mérito  probatorio  de la prueba, que a su juicio, debió ser  desestimada  por  el  Tribunal,  bien  porque  las  acusaciones  que  elevó  el  deponente  Ospina  Valderrama  respecto  de  los procesados como autores de otro  homicidio  y de las amenazas en su contra no encontraron aval en autos, debido a  las  contradicciones  sustanciales en su dicho que por ninguna parte especifica,  o  llanamente,  por  cuanto desde su personal e interesada perspectiva atisba en  el  referido  testigo un desmedido afán por sindicar a sus representados.    

        En  fin, tratándose del testimonio en comento y del reconocimiento  que  debe entenderse integrado a aquél, el ataque se reduce a las apreciaciones  subjetivas   del   impugnante   sobre   su   exiguo  mérito  para  concluir  la  responsabilidad  de  los acusados en los delitos investigados, enfrentadas luego  de  manera  escueta  al  análisis  del Tribunal con el propósito de obtener su  revaloración  por  parte  de  la  Corte,  extendiendo  a la casación el debate  probatorio  inherente  a  las instancias y perdiendo de vista, además, que como  el  fallo de segundo grado arriba a la sede extraordinaria amparado por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad  se  resiste a un ataque sustentado en la  simple disparidad de criterios aquí planteada.   

        En  esta  misma  línea argumentativa se desenvuelven las restantes  críticas  que  formula  el  censor al reconocimiento del procesado AGUDELO  MENDOZA  por  el testigo Ospina  Valderrama,  en  las  que  la  Sala no atisba el desvío de la censura hacía el  error  de  derecho  por falso juicio de legalidad, conforme sugiere la Delegada,  pues  las incongruencias que el demandante destaca en el texto del acta respecto  a  las  posiciones  del  acusado  en  la fila de personas no están orientadas a  cuestionar  el  cumplimiento  o  no  de  la  disposición procesal que regula la  formación  de  la  prueba,  sino  a  poner  de presente que por razón de ellas  surgían  insalvables dudas sobre la contundencia de su resultado, por tanto, en  relación con la responsabilidad penal del mencionado.    

         Así  las  cosas,  una vez más el  casacionista  orienta  vanamente  el reparo a la controversia de la credibilidad  del  reconocimiento,  a su valoración probatoria, ajena al ámbito del error de  derecho  avizorado  en  el  concepto  de  la  Procuraduría  y  que no puede ser  discutida  en casación, salvo que se demuestre el menoscabo de las reglas de la  sana crítica.   

        Frente  a  este  particular  aspecto no está por demás anotar, en  todo  caso,  que  las  incoherencias  aludidas en la demanda en relación con el  reconocimiento      del      acusado      AGUDELO  MENDOZA  no  fueron  ajenas  a  la consideración del  Tribunal  en  el  fallo  impugnando, por el contrario, se estimaron expresamente  pero  restándoles la incidencia probatoria por la cual propugna el demandante a  la  manera  de  un  alegato  de instancia.  Así razonó el ad quem en este  punto:   

“…de acuerdo con el reconocimiento que  efectuó   el   nombrado   testigo  OSPINA  VALDERRAMA  (ver  fls.  38);  es  un  reconocimiento  categórico,  hecho  en  presencia  del  señor  defensor de los  acusados  y  el  cual no deja mínima duda respecto a su sentido y orientación;  es  cierto,  como  lo exalta el conspicuo defensor, que referente a ALEX AGUDELO  MENDOZA  aparece  él  figurando  en  la primera fila como el No. 2 y reconocido  como  el No. 1 y que en la segunda su nombre aparece situado en los números 2 y  7;   no  obstante,  fácil  se  advierte  una  falla  técnica  que  explica  la  confusión:   es  claro que en el primer caso el sindicado AGUDELO mudó su  posición  original y ello no fue advertido por el funcionario y, en el segundo,  es  obvio que erróneamente se repitió su nombre en sustitución de otro de los  ciudadanos  que  venía conformando la fila (para el caso concreto SAMIR FLÓREZ  CORREA);  pero  se  reitera,  no  existió  dubitación  o  confusión alguna en  relación  con  la identificación concreta de quienes fueron reconocidos por el  testigo  y de ahí que la señalización consiguiente hubiese sido específica y  valedera” (fs. 525 y 526, cdno. 2).   

         

        Además   de   las   impropiedades   anteriores,  en  punto  de  la  trascendencia  de  los  desaciertos acusados, el censor se limitó a sostener en  forma  genérica que por la tergiversación de los referidos elementos de juicio  los  juzgadores  desconocieron  la  duda  a favor de los sindicados AGUDELO     MENDOZA     y  CEBALLOS  URIBE, sin tener en cuenta en  esa  vacua afirmación que ante el ataque intentado por la violación mediata de  la  ley  sustancial,  como  las  sentencias de primero y segundo grado conforman  unidad  inescindible,  a extremo que se han de entender complementarias, para un  completo  desarrollo  de  la censura le correspondía desvirtuar cada uno de los  fundamentos  probatorios  del  fallo,  que  como  resalta  la  Delegada,  no  se  circunscribieron  al testimonio de Ospina Valderrama y al reconocimiento en fila  de  personas efectuado con tal deponente, pues la condena se sustentó también,  de  una  parte,  en las versiones obtenidas de Teresa de Jesús Ramírez Gómez,  Alicia  del  Socorro  Gaviria  Ramírez  y  Juan Guillermo Gaviria Cano, quienes  declararon  sobre  móvil  del  homicidio  y  de oídas sobre sus autores, de la  otra,  en  las  incoherencias  advertidas  en las explicaciones de los acusados.   

        2.    En   cuanto   a  la  responsabilidad  predicada  de  los  procesados  AGUDELO MENDOZA  y  CEBALLOS  URIBE  en  la  decisión  impugnada tratándose de los restantes episodios delictivos, esto es,  en  el  homicidio  de  Rafael  Augusto  Muñoz Gaviria y en el consecuente porte  ilegal  de  armas  de  defensa  personal,  el  casacionista incurre en similares  deficiencias.   

         Ciertamente, acusa el error de hecho por  falso  juicio de identidad derivado de la distorsión de los testimonios de Juan  Manuel  Mazo Henao, Hugo de Jesús Patiño Quiroz, Aída del Socorro Cano y Juan  Camilo  Pérez Araque, que impelía al recurrente a demostrar que los juzgadores  adicionaron,  cercenaron o alteraron la expresión fáctica de las declaraciones  rendidas  por  tales  deponentes poniéndolas a decir lo que objetivamente no se  desprendía  de  su  contexto;  sin  embargo, apartándose de esta infranqueable  exigencia,  lo que básicamente pretende el censor con el reproche es desvirtuar  el  mérito  probatorio otorgada a tales versiones, cotejándolas entre sí para  poner  de  presente  la  ausencia  de una exacta coincidencia en la descripción  física  del  individuo  que  accionó  el  arma  contra  la víctima, que en su  opinión,  impedía  forjar  la  certeza  sobre  la  coautoría  imputada  a sus  asistidos.    

         En  fin,  enfrenta su criterio personal  sobre  la  credibilidad de las declaraciones atrás relacionadas con la colegida  en  la  sentencia  recurrida  para  fundamentar  la  condena,  a  través  de un  planteamiento  orientado a obtener prevalencia para su particular perspectiva de  dicha  prueba,  inadmisible  en la sede extraordinaria pues el estatuto procesal  penal  consagra  el  sistema de la persuasión racional que confiere al juzgador  la  facultad  de  formar  su  convencimiento  con  apego a las reglas de la sana  crítica.   

         En  los demás apartes el censor acusó  la  tergiversación  de  los  testimonios  mencionados,  precisamente, porque su  análisis  de conformidad con los parámetros de la sana crítica conducía a su  desestimación,  razonamiento  en  el cual confunde el falso juicio de identidad  enunciado,  que  se  configura  cuando  el  sentenciador  distorsiona el sentido  objetivo  de la prueba, insiste la Sala, con el falso raciocinio, surgido de una  apreciación  probatoria  que  se  aparta  de  los  postulados de la lógica, la  ciencia o la experiencia.   

Adicionalmente,  el  libelista  dejó esta  última  critica en el mero enunciado por cuanto omitió señalar de qué manera  fueron   desconocidas   en   el   fallo  recurrido  las  aludidas  reglas  y  la  trascendencia  del  desacierto alegado en las conclusiones del mismo; más aún,  se  conformó  con  aducir en forma escueta su inobservancia, incluso, perdiendo  de  vista  las  expresas  referencias  que  en  el  discernimiento  del  mérito  probatorio  de  los  testimonios  cuestionados  hicieron  los  juzgadores  a los  parámetros    echados    de    menos    en   la   demanda   sin   sustentación  alguna.   

        Por  otra  parte,  el  ataque  a  la prueba indiciaria se ofrece no  menos  confuso  y  deficiente.   Ciertamente,  tratándose  del  indicio de  “precaria       justificación”  el  casacionista  omitió  indicar con claridad, como en rigor se  imponía  ante  un  reproche de esta naturaleza y conforme advierte la Delegada,  si  el  desacierto  imputado a los falladores se presentó en el análisis de la  prueba  atendida  para  dar  por demostrado el hecho indicador, en la inferencia  lógica,  o  en su valoración conjunta con los demás medios probatorios, falta  de  norte  por  razón  de  la  cual  el reparo se exteriorizó a través de una  genérica  discrepancia  con su deducción en la providencia impugnada en contra  de  los  procesados, en la que prescinde incluso de concretar algún desatino de  los falladores en la construcción de tal inferencia.   

        En  efecto,  el casacionista adujo un falso juicio de identidad que  sólo  podía estar referido a los elementos de juicio que brindaron sustento al  hecho  indicador,  pero  seguidamente  cree  sustentar  el  yerro así enunciado  mediante  la  prolija  reseña  de los criterios doctrinales y jurisprudenciales  sobre  el  concepto del indicio, su carácter de medio probatorio, la estructura  que  presenta,  las diferencias que guarda con la simple sospecha, como también  respecto    a    las    posibilidades    y    exigencias   de   su   ataque   en  casación.   

Más  aún, apartándose de los derroteros  técnicos  deslindados  en  las  decisiones  de la Sala que evoca en ese último  punto  atrás  referido, el defensor finalmente deriva el desacierto acusado, no  de   algún  dislate  en  la  apreciación  del  hecho  indicador  como  podría  entenderse  sugerido de la postulación comentada, sino del disentimiento frente  a  las  conclusiones  de  los juzgadores bajo el escueto y vacuo argumento de no  haber  sido  desmentidas  las  afirmaciones de inocencia de los sindicados, así  como  de  resultar  precaria  la  prueba  testimonial  aportada a los autos para  demostrar   la  coautoría  que  se  les  atribuye  en  el  concurso  de  hechos  punibles.   

        En  lo  restante  de  la  confusa y deshilvanada fundamentación de  este  reparo,  sin  plantear  nexo alguno con el mismo, el demandante alude a la  prueba  trasladada, no a la actuación por el homicidio de Rafael Augusto Muñoz  Gaviria,  a  la  cual  venía  aludiendo  con  miras  a  derruir los fundamentos  probatorios  de  la  condena  proferida por este ilícito, sino a la seguida con  ocasión  del  deceso  violento  de  José Ignacio Ramírez, respecto de la cual  afirma  que  fue  incorporada  al expediente sin auto que así lo ordenara y con  posterioridad  a  la  clausura  del  sumario,  para  sostener luego que en estas  condiciones tales evidencias resultan procesalmente inexistentes.   

        Ahora  bien,  si en gracia de discusión y a pesar de los entuertos  advertidos  se  entendiera  que esta alegación se encaminaba a radicar el error  aducido  en la apreciación de los elementos de juicio sobre el hecho indicador,  tendría  que  afirmarse  que  si  el impugnante consideraba que la misma había  sido   irregularmente   incorporada   a  las  diligencias,  esto  es,  en  forma  extemporánea  y  con  omisión  de  las  exigencias establecidas en el estatuto  procesal  para su validez, la vía para la formulación de la reproche no era la  del  error  de  hecho por los falsos juicio de identidad y existencia, enunciado  el  primero en tanto que sugerido el último, respectivamente, sino la del error  de  derecho por falso juicio de legalidad, desde luego, con satisfacción de las  exigencias técnicas que le son propias.   

        En  lo  concerniente  al indicio de la capacidad para delinquir, el  libelista  acusa el falso juicio de identidad recaído en la inferencia lógica,  perdiendo  de  vista  que  en  este  fase  de  la construcción del indicio, por  consistir  aquélla  en  un  proceso  intelectual  valorativo,  sólo  resultaba  posible  plantear  el  falso raciocinio como consecuencia del desconocimiento de  los  principios  de la sana crítica y si bien a través de algunas afirmaciones  insinúa  la  configuración  de  tal desatino, ningún desarrollo argumentativo  esboza  con  miras  a  sustentarlo.   Por  el contrario, frente a este otro  medio  de  prueba,  a  la  manera de una alegación de instancia, el defensor se  conforma  con  enfrentar  sus propias e interesadas conclusiones al análisis de  los sentenciadores en la fundamentación de la condena.   

        Finalmente,  el  ataque  a  la sentencia de segundo grado en lo que  respecta  al  compromiso  de  los  acusados  en los sucesos en los cuales se dio  muerte  a  Muñoz Gaviria se evidencia incompleto.  De una parte, porque el  casacionista  no  demostró  la  trascendencia  de  los  yerros  acusados en ese  pronunciamiento  al  aducir  simple  y  llanamente,  que ponderados los indicios  “sin  el  suficiente  soporte  con  otros medios de  prueba  aquí  cuestionados”, el Tribunal concluyó  la  responsabilidad  de  sus  asistidos;  de  la otra, por cuanto prescindió de  enjuiciar  todas  los  elementos  de  juicio  que el fallador consideró para la  decisión  censurada,  de  manera  que  aún  de  admitirse  la  realidad de los  dislates   argüidos,   permanecerían   incólumes   los  restantes  medios  de  persuasión que sustentan la condena.   

         Así   las  cosas,  los  desaciertos  técnicos  advertidos  en  la  postulación   del   reproche,   indefectiblemente,   determinan   su  falta  de  prosperidad.   

Resta   agregar   que   la   aplicación  retroactiva  favorable  de  las  disposiciones  contenidas en el actual estatuto  punitivo,  frente  a  las  normas  preexistentes a los hechos investigados y con  sujeción  a  las  cuales  se  emitió  la  condena, si hubiere lugar a ella, le  compete  al  Juez  de  Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad de conformidad  con    las    previsiones   del   artículo   79-7º   del   estatuto   procesal  penal.   

        En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando justicia en nombre de la República, y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         NO  CASAR  la  sentencia impugnada.   

        Cópiese,  comuníquese  y devuélvase al Tribunal de origen.   Cúmplase.   

CARLOS EDUARDO MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO   ARBOLEDA  RIPOLL               JORGE E. CORDOBA POVEDA   

HERMAN GALÁN CASTELLANOS               CARLOS A. GALVEZ ARGOTE   

JORGE   A.   GÓMEZ   GALLEGO                              EDGAR  LOMBANA  TRUJILLO           

ÁLVARO   O.  PÉREZ  PINZÓN                              NILSON  PINILLA  PINILLA           

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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