14223(16-07-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 14223  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 98  

          Bogotá,  D.  C.,  dieciséis  (16)  de julio de dos mil uno (2001).   

VISTOS  

          Resuelve  la Sala la demanda de casación presentada por el defensor  de  los  procesados  CRISTIAN  MURILLO  ORTIZ, NÉSTOR  RAÚL     IZAQUITA     OTERO     y     GILBERTO   DELAIN   MENDOZA   contra   la  sentencia  dictada por el Tribunal Nacional el 7 de abril de 1997, que confirmó  en   su   integridad   el   fallo  expe­dido  por  un  juzgado  regional de Cúcuta el 30 de agosto de 1996,  mediante  el  cual se les condenó a la pena principal de 30 años de prisión y  a   la   accesoria   de   interdicción   de   derechos   y   funcio­nes  públicas  por  el  término de 10  años,    como   autores   de   múlti­ples homicidios agravados y concierto para delinquir.   

HECHOS  

          En  la  mañana del 8 de agosto de 1991, cuando se dispo­nían  a  ingresar a la sede social del  Club  Comfenalco  en  la ciudad de Bucaramanga, fueron muertos con arma de fuego  los  señores  YORGUIN  VERA  VERA,  ÁLVARO  PABÓN  MARTÍNEZ,  REYNALDO  RUIZ  BALLESTEROS  y  TIBURCIO  RAMÍREZ  PULIDO  por  un individuo que, metralleta en  mano,   descendió   de   un   vehículo   y  disparó  contra  el  grupo.  Casi  simultáneamente,  pero  en  diferente  sitio,  otros  dos  sujetos desconocidos  habían   dado   muerte  a  FRANCISCO  VERA  VERA  y  a  LUIS  FRANCISCO  LOZANO  GÓMEZ.   

          El  siguiente  día  22  también  se  produjo la muerte violenta de  JORGE  ENRIQUE  VELASCO  FLÓREZ,  a quien le dispararon cuando se encontraba en  una estación de gasolina.   

          En  la  misma  ciudad,  en  la  tarde  del  16 de julio de ese año,  alguien  que  se  transportaba en una motocicleta conducida por quien más tarde  se  identificaría  como  REINALDO  MALAVER  DURÁN, mató en un establecimiento  comercial a RODRIGO QUINTERO SALAZAR.   

La  delación  que  en  marzo de 1993 hiciera  REINALDO   MALAVER   DURÁN   permitió  identificar  a  los  autores  de  estos  homi­cidios y reunir en una  sola  actuación  las diversas indagaciones preliminares que se habían iniciado  para investigarlos.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Comenzada    la    indagación    preliminar    por    los    hechos  ocurri­dos  el 8 de agosto  de  1991, la delación que en la indagatoria rendida a partir del 19 de marzo de  1993  hiciera REINALDO MALAVER DURÁN (fl. 18, C.2) permitió que el 11 de julio  de  ese  año  un  fiscal  seccional  decretara  la  apertura  de instrucción y  or­denara vincular mediante  injurada  a  NÉSTOR  RAÚL IZAQUITA OTERO,   GILBERTO  DELAIN  MENDOZA,  TEÓFILO  RODRÍGUEZ  TORRES  y JAIME HUMBERTO AMOROCHO ROZO (fl.  37,  ib.),  miem­bros todos  de la Policía Nacional.   

          Escuchados  en  descargos  los  dos  primeros el 15 de julio de 1993  (fls.  40  a 43 y 46 a 50, C.2), la comisión especial de fiscales que se había  conformado    para    instruir    el    proceso   declaró   su   in­competencia mediante resolución del 17  de  agosto  y  dispuso remitirlo a la fiscalía regional de Cúcuta (fl. 63), la  que  avocó co­nocimiento el  24    de    febrero   de   1994   y   ordenó   agregar   las   inda­gaciones  que  se  realizaban  por  las  muertes  de  VELASCO  FLÓREZ y QUINTERO SALAZAR (fl. 79, C.2). El 25 de mayo de  1994  ordenó  que  se oyera en indagatoria a MALAVER DURÁN (fl.410), lo que en  efecto  se  produjo  los  días  1º. y 10 de junio (fls. 425 y 448). Contra los  tres   indagados,   el   23   de   junio   siguiente  el  fiscal  re­gional  dictó  medida de aseguramiento  de  detención  preventiva  por  los  delitos  de  concierto  para  delinquir  y  múltiples  homicidios  agravados y dejó sin efecto la orden de vinculación de  los  seño­res AMOROCHO ROZO  y RODRÍGUEZ TORRES (fl. 459).   

          Posteriormente,    el    23   de   septiembre,   ordenó   recibirle  de­claración sin juramento  a  CRISTIAN MURILLO ORTIZ (fl.  114,  C.3),  diligencia que se realizó el 10 de octubre de 1994 (fl. 193), y el  28  siguiente decretó su detención preventiva por los mismos delitos que se le  imputaron a los otros sindicados (fl. 235).   

          La  fiscalía  regional  de  Cúcuta le formuló cargos con fines de  sentencia  anticipada  a  MALAVER  DURÁN  y,  aceptados por éste (fl. 397), se  produjo la ruptura de la unidad procesal.   

          El  11  de abril de 1995 declaró cerrada la investigación (fl. 91,  C.4)  y  calificó  su mérito el 2 de junio con resolución acusato­ria  contra  los  señores MURILLO,    MENDOZA    e    IZAQUITA   por   los   delitos   que  les  merecieron   privación   de   libertad,   y   que   especificó   así   en  el  pliego:   

a) “Concierto para delinquir previsto en el  artículo  7º.  del  Decreto  180 de 1988 adoptado como legislación permanente  por  el  artículo  4º.  del  Decreto  2266  de  1991 y sancionado con penas de  prisión de diez (10) a quince años (15)”.   

b)  “Homicidio  en  concurso  homogéneo  previsto  en  el  artículo  323  del  Código Penal, agravado por los numerales  segundo,  cuarto,  sexto  y  séptimo del artículo 324 ibídem, sancionados con  penas de dieciséis (16) a treinta (30) años de prisión”.   

          A  partir  de  la  acusación,  un  juzgado  regional de Cúcuta, al  concluir    la    etapa    del    jui­cio,  condenó  a  los  procesados  en sentencia del 30 de agosto de  1996  a  las  penas  de 30 años de prisión e interdicción de dere­chos  y  funciones  públicas  por  el  término  de  10 años (fl. 488), providencia confirmada en su integridad por el  Tribunal Nacional el 7 de abril de 1997 (fl. 86, C.T.N.).   

LA  DEMANDA   

          En   representación   de   los   tres   procesados,   el   defensor  co­mún  presentó un solo  escrito     en     el     que     ataca     la     sentencia     por­que  se  dictó en un juicio viciado de  nulidad, por dos razones:   

          1.   No   era  la  justicia  ordinaria  sino  la  penal  militar  la  compe­tente para adelantar  este  proceso,  porque  los  sentenciados son miembros de la Policía Nacional y  los  delitos  comunes  que  se les atribuyen tienen relación con el servicio en  tanto,       dados      los      an­tecedentes  criminales  de  las víctimas, se trataría de lo que se  denomina  una  “operación  limpieza”, en la que el agente se ex­cede en el ejercicio de sus funciones y  actúa    por    lo    regular    aca­tando  órdenes  superiores  y en cumplimiento del servicio. Como le  corresponde  al  Estado  demostrar  la  responsabilidad  y  aun  no se ha podido  acreditar   si   existía   “prioridad   superior   en   el  acome­timiento  del hecho o no”, reclama la  aplicación   del   in   dubio  pro  reo a favor de sus clientes.   

          2.  Se  violó el principio de investigación integral, porque si el  sustento  de  la  resolución de acusación y de la sentencia de pri­mera  instancia fue la versión rendida  por  REINALDO  MALAVER DURÁN, fiscal, juez y magistrados que conocieron de este  asunto  debieron tener en cuenta los memoriales manuscritos que remi­tió  en  los  que se retractaba de sus  dichos,    y    escucharlo    en    am­pliación.   

          La  forma  como  MALAVER  presentó  la  acusación  respecto de los  homicidios  cometidos  contra los hermanos VERA VERA, fue la razón para que uno  de     los     magistrados     del     Tribunal     Nacional     sal­vara  parcialmente  el  voto  porque no  existía    certeza   sobre   la   res­ponsabilidad  de  los  procesados.  Las  declaraciones  de  testigos  presenciales  de  estos  hechos,  que  reconocen  no  poder identifi­car a sus autores, le generaron  a  éste dudas probatorias que la defensa comparte.   

          Agrega  que  no  sólo  se  desconoció  ese  principio sino que las  pruebas  no  fueron  valoradas  a  la  luz  de  la sana crítica y pide que para  decidir  de  fondo  esta demanda se obtenga primero copia de la declaración que  MALAVER  DURÁN  rindió  el  4  de  sep­tiembre  de  1997  en  la  fiscalía  regional de Cúcuta dentro del  pro­ceso seguido por estos  mismos  hechos  contra  el  agente  RODRÍGUEZ y el capitán AMOROCHO, en la que  según entiende se ratificó en lo que consignó en sus escritos.   

          Sostiene  que  los motivos de nulidad aducidos se encuen­tran  previstos en los numerales 1º. y  2º.  del artículo 304 del Código de Procedimiento Penal y solicita se case la  sentencia  y  se  dicte la que deba reemplazarla, para lo cual se debe invalidar  para  cumplir  con  los principios del juez natural y del debido pro­ceso.    

CONCEPTO  DEL  MINISTERIO  PÚBLICO   

          Con  relación  a  la  primera  parte  de  la acusación, destaca la  Delegada  la  mixtura  que  hace  el  demandante  al  presentar  den­tro de la misma causal tercera un error  in  procedendo –la  falta  de  competencia-  y otro in  iudicando   –el   desconocimiento   de   la   duda  probatoria-,   cuyos   parámetros   de  formulación  y  de  comprobación  son  irreconciliables  porque en el primer evento debe demostrar la afectación de la  garantía  y  en  el segundo la violación directa o indirecta del artículo 445  del  estatuto procesal, amén de producir consecuencias distintas como se lee en  el  artículo  229  del  mismo  código,  razón  suficiente  para  desechar  el  cargo.   

          Tampoco  demuestra  el censor que los hechos punibles re­prochados  tuvieran  relación  con  el  servicio,  pues  para  ello no basta con afirmar que se trataba de una actividad  de  limpieza  social  realizada  en  cumplimiento  de  una  orden  superior.  Es  nece­saria,   dice,   la  existencia  de  un  nexo entre el delito cometido y la prestación del servicio,  lo  que ocurre cuando la conducta se pro­duce  en  desarrollo  de  la  función  pública  o  acatando  orden  legí­tima de quien ejerce  el  mando.  De manera que aun si se acep­tara  que  la  comisión  de los ilícitos fue impuesta, ese mandato  en­traña  desviación  y  abuso de poder y no convierte el hecho en acto del servicio.   

          Sobre  la  violación  del  principio  de  investigación  integral,  ex­presa  que  si  bien el  libelista  señaló  la  prueba  omitida, nada hizo por demostrar que de haberse  recibido  la  declaración  de MALAVER DURÁN se hubiesen desvirtuado los demás  elementos  probatorios,  máxime  que  a  éste  se  le  dio credibilidad por la  coin­cidencia   con  las  declaraciones  de  otros  testigos,  con  la  denuncia  presentada  por  Rodrigo  Quintero  días  antes  de  su  muerte,  con  el dictamen de balística y con el  informe  del D.A.S., ninguno de los cuales fue siquiera objeto de comentario por  el demandante.   

          Entonces,  aunque  se  hubiese ampliado el testimonio de MALAVER, la  retractación    no    habría   variado   la   decisión   de   con­dena, mucho menos cuando aquella sería  originada  por  la pre­sión  que  en  su  contra se ejercía, según lo comentaron él mismo y su esposa  YBETH  CONTRERAS  MÉNDEZ.  Tampoco  incidió  en  la  delación  su interés en  obtener  rebaja  de  pena,  porque para la fecha de su primera intervención ese  instituto    no    había    sido   re­gulado.   

          Rechaza  la  solicitud de pruebas formulada por el deman­dante  en  esta  sede,  y sugiere no se  case      la     sentencia     impug­nada.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

          Sabido  es  que  la  demanda  de casación no es un escrito de libre  formulación  en  el  que  su  autor pueda plantear a su antojo las inquietudes,  perplejidades,  contradicciones,  incoherencias  o  errores  que  advierta  o le  suscite  el fallo de segunda instancia, sino que debe cumplir con las exigencias  de     técnica    y    lógica    ne­cesarias  para  pretender desvirtuar la doble presunción de acierto  y legalidad con que las sentencias acusadas arriban a esta sede.   

          Por  lo  anterior, la ley establece los requisitos formales que debe  cumplir  toda  demanda de casación y, de manera tácita en unos casos y expresa  en  otros,  una  serie  de  principios  que  en  el  desarrollo  de  la  censura  forzosamente  deben ser observados por el casacionista. Unos y otros, requisitos  y  principios,  han  sido  precisados  por  la  jurisprudencia de la Corte en el  ejercicio  de  su tarea hermenéutica y, también, con el propósito pedagógico  de  instruir  sobre  la manera como se debe orientar el reproche que se pretende  hacer al fallo adverso que se cuestiona.    

          Obviamente,  lo  primero  que  debe  señalar  el  demandante  es la  identificación  de  los sujetos procesales que han intervenido en la actuación  y  de  la  sentencia  que constituye el objeto de censura, y la síntesis de los  hechos  que  han  sido  materia  de  juz­gamiento  y  del  desarrollo  mismo  del  proceso en sus aspectos de  mayor  relevancia  (numerales  1º.  y 2º. del artículo 225 del C. de. P. P.).  Luego   tiene   que   seleccionar,  de  las  diversas  causales  con­sagradas   en  el  artículo  220  del  estatuto  procesal,  aquella  que  le permita formular el cargo, cuyo fundamento  debe  desarrollar  con  la  mayor claridad  y  precisión  indicando   además   las   normas  sus­tanciales  que  por  causa  del  error  que  denuncia  no  han  sido  aplicadas  o  lo  han sido indebidamente (numeral 3º., artículo 225 del C. de.  P. P.).   

Especial  cuidado  ha de tener el demandante  cuando  sean  varios los cargos que pretenda hacerle a la sentencia, pues en tal  caso  resulta  indispensable  que  se  sustenten  en  capítulos  se­parados  y  de  manera  subsidiaria  si  fueren  excluyentes (numeral 4º., ib.); lo primero, porque sólo de esta manera  se   puede   res­petar  el  principio   de   claridad  y  precisión  contenido  en el citado nu­meral  3º.  del  artículo 225 y por las diversas consecuencias que  se  pueden  derivar de la prosperidad de la acusación (artículo 229 del C. de.  P.  P.);  y  lo  segundo,  para no quebrantar, además de aquel principio, el de  no  contradicción, que debe  ser  respetado  en  “el  planteamiento general del libelo, en el desarrollo de  los  cargos que formula con base en una determinada causal y en la presentación  de  cada  cargo  en  particular” (Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,  Auto  del  13  de  julio de 1990, radicación número 4.649, M. P. Jaime  Giraldo Angel).   

Además,  debe  también  cumplir  con  el  principio de prioridad, pues  si  uno  de  los  varios  reproches  se  dirige contra la validez del proceso se  impone  su  formulación en forma principal, como que el alcance de esta causal,  la  tercera  del artículo 220 del código procedimental, es mayor que el de las  otras  dos  y  esto  exige  que  tanto  su  selección por el demandante como la  revisión  que  de  ella  haga  la  Corte,  se  realicen  en  primer lugar. Este  principio  rige  así mismo cuando sean varias las censuras por nulidad, pues no  es   viable   proponerlas   en   igualdad  de  condiciones  ni  mezclarlas   simultáneamente  dentro  del  mismo  cargo,  sino  que  se debe dis­poner  un  orden  de  preferencias  de  acuerdo    con    la    mayor    cober­tura  que  en  cada  caso  la  eventual  invalidez  de la actuación  impli­que.   

          Haciendo  exclusiva  referencia  a  la  causal tercera que invoca el  demandante  en  este asunto, además de lo dicho es menester que el casacionista  demuestre  que la irregularidad que denuncia afecta irremediablemente el proceso  y  conduce  a  su  anulación  porque  desconoce la estructura del rito o porque  viola  derechos  fundamentales,  pues  también  respecto  de  este instituto se  pre­dica  el  principio   de  trascendencia  (artículo  308-2  del  C. de. P. P.), y, finalmente que señale desde qué momento procesal  debe    re­hacerse   la  actuación y las razones que le asisten para hacer esta precisión.   

          Con   las   anteriores   premisas,   de  la  simple  lectura  de  la  de­manda se concluye que la  defectuosa  proposición  del  cargo con­duce   ineluctablemente   a   su   fracaso,   por   las   siguientes  razones:   

          1.  Aunque  separa  adecuadamente  los dos reproches en que apoya la  acusación  –la  falta de  competencia   del   funcionario   judicial   y   la   comprobada  existencia  de  irregularidades       que      afec­tan    el    debido    proceso-   no   establece   la   prioridad  entre  ellos ni in­dica,  en  cada  caso, a partir de qué  momento  se  debe  dejar  sin  valor  el proceso, vacíos que no puede llenar la  Corte     en     virtud     del     principio    de  limitación   que   consagra  el  artículo  228  del  esta­tuto  procesal.   

          2.  En  ambas  censuras, a la irregularidad que denuncia como motivo  invalidante  de la actuación entremezcla de manera equívoca planteamientos que  aluden  a  la existencia de una duda probatoria cuyo reconocimiento expresamente  reclama  a  favor  de los procesados en una ocasión (fl. 216, C.T.N.) y en otra  pre­tende   desarrollar  vagamente  (fl.  220, ib.), sin tener en cuenta que en atención al principio  de  la autonomía de los cargos  cada  una  de  las  causales  tiene características y consecuencias que les son  propias,  de  forma  que  si  al  actor  le  interesaba  discutir  la  falta  de  aplicación  del  artículo  445  del  Código  de  Procedimiento  Penal  debió  elaborar    un    capítulo    independiente    para   ello   y   se­leccionar el motivo de impugnación que  le permitía introducir ese debate en la casación.    

          Idéntica  reflexión  cabe  hacer  frente  al cuestionamiento de la  “interpretación  y  valoración de las pruebas, a luz de la sana crítica, la  cual   brilló   por   su  ausentismo  durante  las  instancias  pro­cesales  que condujeron a la condena de  mis  defendidos” (ibídem), enunciado que corresponde al error de raciocinio y  que  debe  proponerse  desde  la  perspectiva de la causal primera de casación,  cuerpo  segundo, esto es, violación indirecta de la ley sustancial por error de  hecho  derivado  de la transgresión de las leyes de la ciencia, de la lógica o  de las reglas de la experiencia.   

          3.   No   señala   con   nitidez   las   normas   sustanciales  que  es­tima violadas por haber  sido   aplicadas   indebidamente   o   porque   fueron   desconocidas   por   el  fallador.   

          4.  En  particular,  con  relación  al  primer  ataque –que el Tribunal Nacional le respondió  y  resolvió con suficiencia-, no demues­tra  el  elemento objetivo que permitiría atribuir la competencia a  la    justicia    penal   militar,   limitándose   a   afirmar   que   si   los  procesa­dos  actuaron  en  desarrollo     de    un    plan    de    muertes    selectivas    co­nocido  como “operación limpieza”,  por lo general esta clase de  actividades  se  realiza  con  sigilo  y en cumplimiento de órdenes superiores.  Luego  transcribe apartes de alguna decisión de la Sala en la que se exige para  el  reconocimiento  del  fuero  militar  que  la conexidad con el servicio esté  perfectamente   establecida,   y   a   continuación   se  interroga  de  manera  contradictoria  si  en  este  caso esa circunstancia se demostró, para concluir  que  al  Estado le corresponde acreditar “la responsabilidad del hecho” y si  no  lo  hace  debe  aplicar  el principio in dubio pro  reo,  razonamiento  todo  con  el  que  adicionalmente  desatiende  seriamente  el  principio  de  claridad y  precisión que toda demanda de casación debe respetar  si pretende tener vocación de éxito.   

          5.  Respecto  del segundo motivo de reproche, debe recor­darse que cuando se aduce la violación  del     principio     de     investiga­ción       integral  es  indispensable  que el censor no sólo indique con exactitud la  prueba  omitida, sino que demuestre su pertinencia, utilidad y trascendencia, al  punto  que,  de  haberse  practicado,  su  valoración  conjunta  con las demás  pruebas  recaudadas haría forzosa una sustancial variación en el sentido de la  decisión.   

          No  lo hizo así el demandante quien, a pesar de que el fallo aclara  que  da  credibilidad  al  dicho de MALAVER DURÁN “en virtud de que encuentra  respaldo  probatorio en otros elementos de mérito recaudados a lo largo de este  prolongado  procesatorio”  (fl.  119,  C.T.N.),  pruebas  que  aprecia  en  su  conjunto,  no hace si­quiera  alusión  a  ellas como si bastara la retractación para que toda la valoración  probatoria  realizada  en  la sentencia perdiera validez por esta circunstancia,  desconociendo  que aun en estos eventos “el juez goza de un prudente arbitrio,  de  acuerdo  con  las  reglas  de  la  sana crítica, para sopesar las versiones  encon­tradas  y  acoger la  que      le      parezca     digna     de     credibilidad     procu­rando  desentrañar el verdadero motivo  de  la  retractación”  (Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia  del  9  de  noviembre de 1993, radicación número 8.244, M. P. Jorge  Carreño Luengas).   

          O,  como  lo  dijo  la Sala en casación del 21 de abril de 1955, la  retractación  “…no  es  por sí misma causal que destruya de in­mediato  lo  afirmado por el testigo en  sus       declaraciones       prece­dentes.   En  esta  materia,  como  en  todo  lo  que  atañe  a  la  credibi­lidad    del  testimonio,  hay  que emprender un trabajo analítico de comparación y nunca de  eliminación,      a      fin      de     establecer     en     cuá­les   de   las  distintas  y  opuestas  versiones   el   testigo  dijo  la  ver­dad…De  suerte  que la retractación sólo podrá admitirse cuando  obedece  a  un  acto  espontáneo  y  sincero  de quien lo hace y siempre que lo  expuesto  a  última  hora  por el sujeto sea verosímil y acorde con las demás  comprobaciones del proceso…”.   

          En  consecuencia,  si  la  variación  que introduce un testigo a su  dicho   incriminatorio   no  produce  por  sí  misma  el  desmorona­miento  de  la  prueba  que apreció el  fallador    para    emitir    la   sen­tencia  de  condena,  el  hecho  de  que no se escuche nuevamente al  declarante  para  esos  efectos no resulta de suyo trascendente, pues además de  la    determinación    de    los    motivos    que    pudiera    te­ner   para   retractarse  –que  según  la  sentencia  obedece  a  “las     di­ferentes  maquinaciones  encaminadas  a  hacer  desistir a aquél de su dicho” (fl. 138,  C.T.N.)-  el  demandante  debió  confrontar esa modificación, anticipada ya en  los  manuscritos  que  no  se  ratifica­ron,  con  la  restante  prueba  que  tuvo en cuenta el Ad  quem  para dictar la sentencia que se  ataca.   

          El cargo, en consecuencia, no prospera.   

          En  mérito  de  lo  expuesto la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  Justicia en nombre de la República y por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE   

NO   CASAR   la  sentencia impugnada.   

Cúmplase  

CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR  

No hay firma  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL             JORGE  E.  CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS            CARLOS  A.  GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE   A.   GÓMEZ   GALLEGO                  ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   

ÁLVARO   O.   PÉREZ  PINZÓN                  NILSON E. PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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