AP4465-2014(43810)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

AP4465-2014  

Radicación     n°     43810   

(Aprobado Acta No.  243)   

Bogotá,        D.C.,        treinta (30) de julio de dos mil catorce (2014).   

V   I   S   T   O  S   

Decide la Sala sobre la admisibilidad de la  demanda  de casación presentada por el apoderado de la parte civil, constituida  por  Lizeth  Daniela  Reinoso  Díaz,  Yeimy  Alexandra  Reinoso Díaz y Ricardo  Reinoso  Useche,  contra  la  sentencia  dictada  por la Sala Penal del Tribunal  Superior  de  Bogotá,  por  cuyo  medio  se revocó la proferida por el Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  de Descongestión de esta capital, que condenó a  Andrea  Carolina Castañeda Gallo, Dani Fabián Palacios Paipa y Víctor Alfonso  Hernández    Morales    como    coautores    responsables    del    delito   de  homicidio.               

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

         1.  Los primeros fueron sintetizados por  el ad quem de la siguiente manera:   

En  la madrugada del 19 de octubre de 2004,  ANDREA  CAROLINA  CASTAÑEDA GALLO, DANI FABIÁN PALACIOS PAIPA, VÍCTOR ALFONSO  HERNÁNDEZ   MORALES  y  Diego  Mauricio  Reinoso Díaz luego de asistir al  cumpleaños  festejado  en  el primer piso de la edificación de la calle 76 No.  85-82,  barrio La Granja del perímetro urbano de esta ciudad, donde funciona un  restaurante  bar, acudieron a la habitación del último nombrado, ubicada en la  segunda  planta  del inmueble referido, para continuar en su interior la ingesta  de bebidas alcohólicas.   

En  el  curso de la reunión se generó una  discusión  entre  Reinoso  Díaz  y  su compañera sentimental CASTAÑEDA GALLO  determinada  por  la  exhibición imprudente que aquel efectuó de un revólver,  al  tiempo  que  PALACIOS PAIPA y HERNÁNDEZ MORALES se enfrascaron entre sí en  una  controversia  relacionada  con la música que sonaba; después, en medio de  los  altercados  se  escuchó  un  disparo  de  arma de fuego y los contertulios  observaron  que  Reinoso  Díaz  cayó  en  la cama con una herida de bala en el  pabellón auricular derecho.   

Los  ahora  enjuiciados luego de superar la  conmoción  inicial,  salieron  a  la vía pública y detuvieron el taxi que los  condujo  con  el  herido  al  Hospital  de  Engativá,  donde  falleció Reinoso  Díaz.    

2. Adelantada la  indagación  preliminar,  la  Fiscalía 253 Seccional de esta ciudad se inhibió  de  iniciar investigación formal, decisión que apelada por el representante de  la  parte  civil,  fue  revocada  por la Fiscalía 1ª Delegada ante el Tribunal  Superior de Bogotá.     

3. Vinculados a la  investigación  Andrea  Carolina Castañeda Gallo, Dani Fabián Palacios Paipa y  Víctor  Alfonso Hernández Morales mediante sendas indagatorias, en resolución  adiada  13  de  marzo  de  2012  fueron afectados con medida de aseguramiento de  detención  preventiva  sin beneficio de excarcelación como presuntos coautores  del  delito  de  homicidio  simple,  decisión  confirmada  por la Fiscalía 1ª  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  al  desatar  el  recurso de  apelación interpuesto por la defensa de los procesados.   

Cabe  anotar,  que  la  privación  de  la  libertad  de  los dos últimos en mención se materializó el 18 de abril y el 5  de  mayo  de  2012,  respectivamente,  y se extendió hasta el proferimiento del  fallo  de  segundo  grado,  mientras  que  la  primera  de las citadas estuvo en  libertad  durante  la  actuación,  ante  la  imposibilidad de hacer efectiva la  orden de captura librada en su contra.   

4.  Cerrada  la  instrucción,  a  través  de  resolución  calendada  3  de  agosto  de 2012 la  Fiscalía  253  Seccional  de  esta  capital  calificó  el mérito del sumario,  profiriendo  acusación  en  contra  de los sindicados como coautores del delito  contra  la  vida antes referido (art. 103 C.P.), decisión que cobró firmeza el  día   23   del   mismo   mes   y   año.   

         

         5.  Celebradas la audiencia preparatoria  y  la  vista  pública  de  juzgamiento,  finalmente el 17 de octubre de 2013 el  Juzgado  Tercero  Penal  del Circuito de Descongestión de Bogotá, dictó  sentencia  en  la cual condenó a los acusados Castañeda  Gallo, Palacios Paipa y Hernández Morales a  la  pena  principal  de  192  meses  de prisión, así como a la  accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos  y funciones  públicas  por  el mismo término de la privativa de la libertad, como coautores  responsables del delito de homicidio simple.   

         De  igual  forma,  condenó  al  pago  de  perjuicios morales a los  precitados,  a  quienes  negó  los  mecanismos  sustitutivos  de la suspensión  condicional   de   la   ejecución  de  la  pena  y  la  prisión  domiciliaria.   

         6.  Apelado  el fallo por los defensores  de  los  procesados,  la  Sala  Penal  del Tribunal Superior de Bogotá mediante  decisión  fechada  13  de  diciembre  de  2013  lo  revocó y, en su lugar, los  absolvió del cargo formulado en la acusación.   

         7.  Contra la decisión de segundo grado  el    apoderado    de    la   parte   civil,   representada   por   Lizeth  Daniela  Reinoso  Díaz,  Yeimy  Alexandra  Reinoso Díaz y  Ricardo    Reinoso   Useche,   hermanas   y   padre,  respectivamente, del obitado, interpuso recurso de casación.   

         8.  El  defensor  del  acusado  Víctor  Alfonso  Hernández  Morales  y  el  procesado Dani Fabián Palacios Paipa, este  último  actuando  en  nombre  propio, presentaron oportunamente sendos escritos  oponiéndose  a la admisión del recurso extraordinario elevado por el apoderado  de la parte civil.    

SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

         

         Con  fundamento en «la causal primera de  casación,  cuerpo  primero  (Ley  600  de  2000,  artículo  207-1)»,  el  demandante  formula  dos  cargos  contra  la sentencia del  Tribunal,  el  primero por nulidad y el segundo por violación directa de la ley  sustancial   –falta  de  aplicación–  que, en su  orden, se sintetizan de la siguiente manera:   

         Primer  cargo.  Manifiesta el censor que  la  sentencia confutada se profirió en un juicio viciado de nulidad, por cuanto  a  pesar de haberse ordenado y practicado por la fiscalía prueba consistente en  «autopsia  forense», con  el  fin de establecer si el obitado Diego Mauricio Reinoso Díaz presentaba o no  personalidad  con  tendencia  suicida, posteriormente, hallándose el proceso en  la  fase probatoria de la audiencia pública de juzgamiento, la representante de  la  fiscalía  informó  que  se  había  constatado que el perito del Instituto  Nacional  de  Medina  Legal y Ciencias Forenses que había realizado la pericia,  adolecía   de   la  condición  de  médico  siquiatra.       

         Señala  que ante la situación anotada, en la respectiva audiencia  le  «esbocé al señor Juez la imperiosa necesidad de  practicar  legalmente  dicha  prueba»,  y agrega que  así  se lo reiteró a dicho funcionario judicial en posterior escrito, donde le  pidió  que  «repusiera su decisión de no practicar  la   prueba   siquiátrica»,  por  ser  de  basilar  importancia  para  determinar  si  era probable que Diego Mauricio Reinoso Díaz  atentara  contra  su  propia vida, petición que fue denegada, por lo cual, dada  la  ilegalidad  del medio de convicción inicialmente acopiado por la fiscalía,  no  fue  tenido  en  cuenta  por  los  juzgadores de instancia, afectando de esa  manera el debido proceso y los derechos de las víctimas.   

         Considera  que  la  negativa  del a quo de disponer la práctica de  nueva  pericia  de «autopsia psicológica»,  conllevó  a que la parte civil se viera obligada a prescindir  de  un  medio  probatorio  que  descartaba  la  autoeliminación y, por contera,  reforzaba   la  tesis  del  homicidio.          

         En  ese  orden,  depreca  de  la  Corte se decrete la nulidad de la  actuación   «hasta  donde  corresponda»,   a   fin   de  que  se  practique  la  referida  prueba.    

         Segundo  cargo. Acudiendo nuevamente a la  «violación directa de la ley sustancial»,   denuncia  el  recurrente  que  los  falladores  de  instancia  incurrieron  en  la  falta  de  aplicación  del  artículo  29  de la Carta que  consagra  la  garantía  del debido proceso, por cuanto desconocieron el derecho  de  las  víctimas  a  que  se practicara nuevamente la prueba de «autopsia  sicológica», cercenándoseles  la  posibilidad  de contar con los resultados de la misma, y aun cuando reconoce  que  pese a no contar con dicho elemento de convicción el fallo de primer grado  fue  condenatorio,  añade  que  de  haberse  contado  con éste, el Tribunal no  habría  absuelto  a  los  acusados por duda probatoria.       

         Seguidamente   expone   que   el   ad   quem  dictó  el  fallo  en  «tiempo    record»,  desestimando  el  análisis  elaborado «durante meses  de  estudio»  por el fallador de primer grado, labor  en    la   que   el   juez   colegiado   dejó   de   lado   la   «teoría   del  indicio»,  con  lo  cual  incurrió   en   un   error  de  apreciación  probatoria,  además  que  restó  importancia  a las protuberantes contradicciones en que incurrieron los acusados  al  relatar  el  devenir  de los hechos, y las existentes entre ellos mismos, en  aspectos   relevantes  tales  como  el  lugar  donde  estaba  el  revólver,  el  desarrollo  cronológico  del  fatal  suceso  y  el  golpe  que supuestamente el  obitado  propinó  a su compañera Andrea Carolina Castañeda Gallo antes de que  se                    produjera                    su                   violento  deceso.             

         Manifiesta  que el juzgador de segundo grado no hizo «análisis     alguno     a    las    (sic)    abundantes    pruebas  indiciarias»,  entre  las  que  dice,  se  halla  la  derivada  de  las contradicciones en que incurrió la procesada Castañeda Gallo  sobre  el  lugar  de donde salió el arma de fuego, y en las que incurrieron los  demás  incriminados sobre el mismo aspecto y los relacionados anteriormente, de  donde   afirma   demostrado   el   que   denomina   indicio   de  «deposición  falsa», al cual suma el de  «fuga»  en relación con  la  supracitada,  que  deriva del hecho de que «nunca  quiso  ponerle  la  cara  a  la justicia por su delito y esa no es la actitud de  alguien       que       tiene       su       conciencia       limpia».             

         De  igual  forma,  el  libelista  afirma  que  no  obstante haberse  establecido  en  el  proceso  que el occiso Reinoso Díaz no disparó el arma de  fuego  con  su  mano derecha, según lo determinó el informe de espectrometría  de  masas donde el perito señaló que no había residuos de disparo en el dorso  y  palma  de esa extremidad del citado, el Tribunal concluyó que ello se debió  a  que en el hospital donde aquel fue atendido se la lavaron para introducir una  cánula  y aplicarle fluidos, a consecuencia de lo cual pudieron desaparecer los  rastros  de  pólvora;  manera  de  razonar  que  asevera,  desconoce  la prueba  indiciaria,  por  cuanto  se  funda  en  «invenciones  especulativas   y  divorciadas  de  las  reglas  de  la  experiencia»,  ya que en la actuación no se demostró que a Reinoso Díaz le  hubieran  realizado  tan  exhaustiva  limpieza  en el centro hospitalario.    

         Agrega  que  el cadáver del citado presentaba múltiples equimosis  en  tórax,  abdomen  y  brazo izquierdo, cuya relación con los hechos juzgados  descartó  el juez colegiado, puesto que consideró que eran anteriores a éstos  dada   la  coloración  que  presentaban,  lo  cual  estima  el  impugnante,  es  abiertamente especulativo.   

         Otra  prueba  indirecta  que  dice haber omitido el Tribunal, es la  que   designa   «móvil  para  delinquir»,  que  predica  de  la acusada Andrea Carolina Castañeda Gallo,  debido   a   los   «celos  y  la  rabia»  que  le  produjo  sentirse  relegada  a un segundo plano en una  habitación  del  segundo  piso  del inmueble donde ocurrió el suceso, mientras  que  su compañero departía en la primera planta con su ex esposa y el resto de  su familia.      

         A    lo    anterior    suma    los   indicios   de   «oportunidad  para delinquir», que deriva  del  hecho  de  que los incriminados aprovecharon el estado de embriaguez en que  se  encontraba Diego Mauricio y la ausencia de terceras personas en la vivienda,  para   quitarle   la  vida;  y  de  «capacidad  para  delinquir»,  que sustenta en la circunstancia de que  respecto   de   los   procesados   «no  se  reveló  incapacidad  de  ninguno para disparar un revólver»,  a  lo  que  añade que «Danny Fabián para el día de  los    hechos   contaba   con   un   semestre   de   criminalística».     

         Así  mismo,  resalta  que el ad quem también obvió la deducción  de  los  indicios  de  «supresión  de  las  huellas  materiales     del     delito»,    «manifestaciones  anteriores al delito» y  «manifestaciones  posteriores  al delito»,  los  cuales  dice, surgen de circunstancias tales como (i) los  procesados  asearon  escrupulosamente  el lugar de los hechos, salvo la almohada  que  quedó  ensangrentada,  incluyendo el revólver que limpiaron borrando todo  vestigio   de   huellas   dactilares   con   la   finalidad   de  «burlarse  de  la  justicia»;  (ii)  las  hermanas  del  interfecto,  «que no fueron tenidas en  cuenta  en  este  proceso»,  aseguran que ya habían  visto  en  Andrea Carolina Castaño Gallo expresiones de celotipia, tendientes a  que  aquel  rompiera  toda  relación  con  la  madre  de  su hijo; y, (iii) los  acusados  pretendieron  hacer  creer  a  la  familia  de  Diego Mauricio y a las  autoridades  que  éste  se  suicidó,  además  que  trataron de «sabotear  la asistencia de nuestros testigos, y de las malas caras,  los  vainazos  y hasta las miradas» a los declarantes  de cargo.   

         Concluye  solicitando a la Corte que case la sentencia impugnada y,  en   su   lugar,   condene   a  los  incriminados  como  coautores  del                            delito                            de  homicidio.               

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.   Conviene  recordar  que  dado  el  carácter  extraordinario  del recurso de casación, al  libelista   compete   elaborar   la   demanda  bajo  los  estrictos  parámetros  contemplados  en  la  ley  y  decantados  por  la  jurisprudencia  de  la Corte.   

Por  tanto,  no  basta  con  afirmar que se  cometió    un    error   in   iudicando     o    in    procedendo,   ya   que   debe  demostrarse  la  existencia  del  vicio  y  su  trascendencia frente al contenido del fallo.   

De acuerdo con la jurisprudencia de la Sala,  es  bien  sabido  que el recurso de casación constituye el medio por el cual se  revisa  la  legalidad  de  la  sentencia. De ahí que el libelo deba cumplir las  formalidades   estatuidas   en   el  artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000,  principalmente  enunciar  la  causal y formular el cargo con el cual se pretende  la  infirmación del fallo, señalando de manera clara y precisa sus fundamentos  y  las  normas infringidas, igualmente, evidenciando cómo el vicio in     iudicando    o    in  procedendo conduce a resquebrajar la  providencia.   

Ahora bien, sin desconocer la facultad legal  de  la  Corte  para  casar  la  sentencia  cuando  sea  ostensible  que la misma  transgrede  las  garantías  fundamentales  de  las  partes (art. 216 Ley 600 de  2000),   la   impugnación   extraordinaria   no  es  un  mecanismo  carente  de  rigor.       

Por  ende, el recurso de casación no puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso, ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición; por  el  contrario,  dado  el  carácter  extraordinario  y rogado del recurso, está  ligado  a  causales  taxativas que tienen contenidos propios, referidas a vicios  sustanciales o procesales.   

Además, en el desarrollo de cada uno de los  reparos  formulados  se  deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos de lógica y  adecuada  fundamentación,  cuyo desconocimiento conlleva a la inadmisión de la  demanda,  como  lo establece el artículo 213 del Código de Procedimiento Penal  de 2000.   

Así,  no resulta atinado solo denunciar la  presencia  del  error que se invoca, sino que al impugnante incumbe demostrar su  existencia  y  cómo  el  mismo tiene la trascendencia suficiente para romper la  doble  presunción  que  cobija a la sentencia de segundo grado y, por lo mismo,  la  necesidad  de  que la Corte intervenga como Tribunal de Casación en procura  de  hacer  efectivo  el  derecho  material  y  las  garantías debidas a quienes  intervienen  en  la  actuación  penal,  reparar  los agravios ocasionados a las  partes con la decisión confutada o unificar la jurisprudencia.   

2.  Previo  al  estudio  de  admisibilidad  de  la  demanda de casación, debe precisarse que de  acuerdo  con  el  principio  de  prioridad,  la Sala asumirá en primer lugar el  análisis  del reproche de nulidad propuesto por el apoderado de la parte civil,  para  luego  abordar  el  estudio  del  cargo  por  violación directa de la ley  sustancial, en su orden.   

3.  La  Corte de  entrada  anuncia  que  la demanda se inadmitirá porque no reúne las exigencias  de   lógica  y  adecuada  fundamentación,  habida  consideración  de  que  el  casacionista  no  acierta  en  la  postulación,  ni  en la demostración de los  cargos   formulados  contra  la  sentencia  de  segundo  grado,  según  pasa  a  explicarse.   

3.1 De la nulidad  

Si  bien la Sala ha dicho que la nulidad es  menos  exigente  en  su  demostración  que  las otras causales de casación, lo  cierto  es que impone al censor proceder con precisión y claridad a identificar  la  clase  de  irregularidad sustancial que determina la invalidación; señalar  si  se  trata  de  un  vicio de estructura o garantía; plantear sus fundamentos  fácticos;  indicar  los preceptos que considera conculcados; expresar la razón  de  su quebranto; y, especificar el momento de la actuación a partir de la cual  se produjo el vicio.   

Asimismo,  compete al casacionista informar  la  cobertura  de  la  invalidez,  evidenciar que procesalmente no existe manera  diversa  de restablecer el derecho afectado y, lo más importante, comprobar que  la   anomalía   denunciada   tuvo  injerencia  perjudicial  y  decisiva  en  la  declaración   de   justicia   contenida  en  el  fallo  impugnado  –principio              de  trascendencia–, dado que  el  recurso  extraordinario  no  puede  fundarse  en especulaciones, conjeturas,  afirmaciones   carentes   de   demostración   o   en  situaciones  ausentes  de  quebranto.   

         Además,  exige  tener  en  cuenta  los  principios  que  rigen esa  materia,  por  lo  cual debe quedar claro que: i) se trata de uno de los motivos  expresamente  contemplados  en  la ley –taxatividad–;  ii)  afecta de manera real y cierta las garantías fundamentales  o    altera    las    bases    esenciales    de   la   actuación   –trascendencia–;  iii)  el acto tachado de irregular  ha  cumplido  su  propósito,  siempre  que  no  vulnere el derecho a la defensa  –instrumentalidad–;   vi)   quien   lo  solicita  no  ha  dado  lugar  al  motivo  de  invalidación              –protección–;   v)   la   irregularidad   no  ha  sido  convalidada  expresa  o  tácitamente   por  el  perjudicado,  siempre  que  no  vulnere  sus  garantías  fundamentales              –convalidación–  y,  vi)  no  hay  otra manera de enmendar el agravio –residualidad–.   

         3.1.1 Primer cargo por nulidad.   

         Sin  detenerse  siquiera  a  especificar si la supuesta afectación  del  debido  proceso que denuncia surge a consecuencia de un vicio de estructura  o  de  garantía, en concreto el recurrente sostiene que la negativa del a quo a  ordenar  de  nuevo  la  práctica  de  la  prueba  que  denomina  «autopsia  sicológica», con la finalidad  de  establecer  si  el  occiso  Diego  Mauricio  Reinoso  Díaz  presentaba o no  personalidad  con  tendencia  suicida,  genera  irregularidad  sustancial de tal  entidad  que  el  único  remedio  es  anular  la actuación a partir de la fase  probatoria  de  la  audiencia  pública  de juzgamiento, para que se disponga su  práctica.   

         

         Un  primer  aspecto  que  debe resaltarse del libelo es su falta de  rigor  jurídico,  pues aún en tratándose de la causal de nulidad, en sede del  recurso  extraordinario  el  impugnante  tiene  la mínima carga de señalar con  claridad  y  precisión  el  supuesto fáctico que da origen a la irregularidad,  demostrar  su  existencia y cómo ésta afecta las garantías fundamentales o la  estructura  esencial  del proceso, aspectos que deben plantearse bajo la óptica  de  los  principios  que  rigen  el  instituto de la nulidad, pero que en manera  alguna son abordados por aquel.   

         En  efecto,  el  actor  se  limita  a referir que a consecuencia de  haberse  develado  que  el  perito  siquiatra  de Medicina Legal que elaboró el  informe    de   «autopsia   sicológica»  del  obitado  Reinoso Díaz, resultó ser un impostor, la parte  civil  se vio forzada a prescindir de dicho medio de convicción que califica de  trascendental  para el esclarecimiento de los hechos, pero no expone las razones  que sustentan tal aserto.   

         Además,  de  manera conveniente soslaya, con claro quebranto   del   principio   de   objetividad   que  rige  la  casación  –según el cual  el   demandante   debe   ser   fiel   a   la  realidad  del  proceso–, que en la sesión del 5 de abril de  2013   de  la  audiencia  pública  de  juzgamiento1,   una   vez   la  fiscalía  informó  al  juez  sobre  la  situación anotada, ninguna petición formuló el  apoderado  de  las  víctimas  en  orden  a  que  se  practicara  nuevamente  la  pluricitada  prueba,  ni  coadyuvó  solicitud  alguna  del ente acusador en tal  sentido,  cuya  delegada  se  circunscribió a deprecar al juez que explorara la  «posibilidad  de  ordenar  nuevamente  la pericia de  oficio»,  pretensión que el director del proceso le  negó  al considerar que no se trataba de prueba sobreviniente y que lo relativo  a  legalidad de la misma sería objeto de examen en la sentencia, como en efecto  ocurrió                    al                    excluirse                   su  valoración.              

         En  esa  medida,  surge  patente  que  al asumir el apoderado de la  parte  civil  una  actitud  pasiva,  guardando  silencio  en  relación  con  la  solicitud  probatoria  que,  contrario  a lo afirmado en la demanda, ni siquiera  insinuó,  seguramente porque en ese momento no le mereció importancia, mostró  conformidad  con  la  decisión del juez de negarse a disponer la repetición de  la   prueba  de  «autopsia  psicológica»,  tímidamente  insinuada  por  la fiscalía, razón por la cual  posteriormente  le  fueron  rechazados  los recursos ordinarios que tardíamente  interpuso   contra  la  decisión  adoptada  en  audiencia  pública;  luego  el  demandante  carece de interés para reclamar en sede de casación la nulidad por  su  no  práctica,  amén  que  tampoco  demuestra, ni la Sala advierte, que tal  determinación  constituya  algún  tipo  de  irregularidad,  mucho menos con la  potencialidad  de  afectar  las  garantías  fundamentales  de  las  víctimas o  socavar                     las                     bases                    del  proceso.             

         De  otra  parte,  en punto de trascendencia, no evidencia el censor  de  qué  manera  resultaron  afectados  los  derechos  de la parte civil con la  negativa  del  a  quo  a ordenar de nuevo la práctica de la pluricitada prueba,  circunscribiéndose   a   afirmar  sin  ningún  sustento  que  era  de  basilar  importancia  para  el  esclarecimiento de los hechos, cuando le correspondía la  carga  de  indicar  su  pertinencia,  eficacia  demostrativa  y cómo de haberse  realizado  la  experticia  echada de menos, valorada en conjunto con el restante  haz  probatorio,  habría  cambiado  el sentido del fallo confutado, al punto de  confirmar  el  juzgador de segundo grado el compromiso penal de los incriminados  en  el  delito  de  homicidio,  labor  que  por ninguna parte asume, dejando sin  sustento                                 la                                glosa  ensayada.            

         Además,  olvida  el recurrente que aún sin contar con dicho medio  probatorio,  la  sentencia  de  primera instancia fue de carácter condenatorio,  sustentada  en  que  la  tesis  defensiva  esgrimida  por los acusados desde los  albores  del  proceso, en cuanto a que la muerte de Diego Mauricio Reinoso Díaz  se  produjo  cuando  éste  se  autoinfligió  una herida con arma de fuego, fue  desvirtuada,  entre  otras  pruebas, con la necropsia médico legal y la pericia  de  análisis  de  residuos  en  disparo  en  mano,  demostrativas de (i) que el  disparo  mortal  se  realizó  a una distancia incompatible con el relato de los  procesados,  (ii)  el obitado presentaba lesiones en el tórax y brazo izquierdo  y  (iii) no se hallaron residuos de disparo en la mano derecha de Reinoso Díaz,  con  la  que  según los incriminados el citado accionó el arma de fuego; amén  de  las  contradicciones en que incurrieron los implicados, quienes no pudieron,  en  criterio  del  a  quo,  explicar  de manera convincente el devenir del fatal  suceso.         

         Lo  dicho revela sin ambages la irrelevancia de la prueba echada de  menos,  pues  ni  fue  tenida  en cuenta en el fallo de primer grado para emitir  condena,  ni tampoco en el de segundo grado que la revocó, de donde resulta que  la  negativa  del  juez  de  conocimiento de disponer nuevamente su práctica de  manera  «oficiosa», según  se  lo  sugirió  la  delegada  de  la fiscalía, no constituye vicio alguno, ni  afecta  de  manera  real y cierta las garantías fundamentales de las víctimas,  máxime  que el libelista le atribuye una capacidad demostrativa infundada, pues  no  explica  como  dicha  prueba, valorada en conjunto, reforzaría la tesis del  homicidio  y,  por  contera,  descartaría  la  autoeliminación,  intencional o  accidental,  del  obitado,  frente  a  lo  cual nada diferente hace a exponer su  parcializada  opinión, con la pretensión de que la Corte la acoja y, sin más,  deseche  las  razones  que  tuvo  el  Tribunal para absolver a los procesados en  aplicación    del    principio    in   dubio   pro  reo.    

         En consecuencia, se rechazará el cargo.   

3.2  De  la  violación  directa  de la ley  sustancial por falta de aplicación.   

Conviene  recordar  que reiteradamente esta  Corporación  ha  sostenido  que  cuando  se  acude  a la senda de la violación  directa  de  la  ley sustancial, el censor debe aceptar los hechos declarados en  el  fallo  recurrido  y  abstenerse  de  cuestionar  la  valoración  probatoria  realizada  por  los  sentenciadores  de  instancia,  por  lo  cual  el debate se  circunscribe  a  la  aplicación  del  derecho,  sin  que tengan cabida aspectos  relacionados  con  la  valoración  de  los  elementos de juicio o del acontecer  fáctico  (CSJ AP, 9 May. 2012, Rad. 37987; CSJ AP, 10 Jul. 2013, Rad. 41411; y,  CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad 42737; entre otras).   

         

En esa medida, la labor de demostración del  vicio  deberá  estar  orientada  a  evidenciar  que el juzgador seleccionó una  norma  que  no  era  la  llamada  a  gobernar  el asunto (aplicación indebida),  omitió  otra  que sí resolvía los extremos de la relación jurídico procesal  (falta   de   aplicación   o   exclusión  evidente)  o,  habiéndola  escogido  correctamente,  le  dio  un alcance interpretativo que no se deriva del texto de  la  ley,  es  decir, le atribuyó un sentido jurídico que no tiene o le asignó  efectos contrarios a su real contenido (interpretación errónea).   

         Sobre  la manera de demostrar la falta de aplicación, en decisión  CSJ AP, 29 May. 2013, Rad. 39542, la Sala dijo:   

Si   el   error  ocurrió  por  falta  de  aplicación,  ha de demostrar cuál fue la situación de hecho reconocida por el  juzgador  y  cómo  a la misma no le aplicó la consecuencia en el derecho, esto  es,  cómo  dejó de imponer la disposición que regula el caso concreto, ya sea  porque  la  olvidó,  la  desconoció,  estuvo  convencido  de  su derogatoria o  inexequibilidad,  o  no  la  consideró  de recibo. Quien alega esa modalidad de  error  debe explicar el contenido normativo de la disposición que echa de menos  y cómo ese mismo debió haber regulado la situación concreta.   

No  resultan  válidas las censuras que por  esta  vía se proponen partiendo de una interpretación equívoca o acomodada de  la  norma  que en criterio del impugnante se excluyó, es preciso que se ciña a  la  que  surge  nítidamente  de  su  tenor, sin agregados ni acondicionamientos  propios.   

         Además,  en  tratándose  de la exclusión evidente corresponde al  recurrente  la  carga  de  acreditar  por qué la norma que echa de menos era la  llamada  a  resolver  el caso y, por ende, debía guiar el examen jurídico (CSJ  SP, 16 Oct. 2013, Rad. 42258).   

         3.2.1 Segundo cargo por falta de aplicación.   

         La  queja  por  violación directa de la norma sustancial, la funda  el  libelista en que los falladores de instancia dejaron de aplicar el artículo  29  de  la Constitución Política que consagra la garantía del debido proceso,  y  en  sustento de tal aserto de nuevo refiere que ello obedeció a que el a quo  se   negó   a   disponer   que   se   repitiera  la  prueba  de  «autopsia  sicológica»,  determinación  con    la    cual   se   conculcaron   los   derechos   fundamentales   de   sus  representados.    

         Advierte  la  Sala que el impugnante se equivoca en la postulación  de  la  censura,  puesto  que  si  lo pretendido era denunciar la violación del  debido  proceso  por  un  vicio  de garantía, debió acudir, como lo hizo en la  glosa  anterior,  a  la  senda  de  la  nulidad,  amén que surge patente que el  sustento  de la misma es idéntico al expuesto en el primer cargo, por lo que en  ese  específico  punto  resultan  pertinentes  los  argumentos  consignados  en  precedencia   que   condujeron   a  su  rechazo,  los  cuales  no  es  necesario  reproducir.      

         De  otra parte, con desconocimiento del principio de autonomía que  rige    la    casación,    dentro    del   mismo   cargo   por   «violación     directa    de    la    ley    sustancial»,  el  casacionista  propone  un error de apreciación probatoria  originado  en  que el Tribunal, al revocar el fallo de primer grado, desconoció  la  «teoría del indicio»,  que  en  su  particular  opinión  demuestra  la  responsabilidad  penal  de los  acusados en la muerte de Diego Mauricio Reinoso Díaz.   

         En  ese  orden,  es evidente que en el caso particular el libelo no  responde,  ni en la forma ni en el fondo, a las mínimas exigencias de lógica y  adecuada  fundamentación  que demanda el recurso extraordinario, pues en él se  exponen   de  manera  deshilvanada  y  sin  rigor  jurídico  las  apreciaciones  personales  del  actor,  sin  adecuar tales críticas a los cargos y sentidos de  violación  de  la ley sustancial, previstos por la Codificación Adjetiva Penal  y   profusamente   desarrollados  por  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  cuyos  requisitos  es  imperativo  cumplir  cuando  en  sede  de  casación se pretende  quebrar  el fallo de segundo grado que viene precedido de la dual presunción de  acierto  y  legalidad,  frente  al  cual  un escrito elaborado a la manera de un  alegato      de      instancia      no     tiene     la     potencialidad     de  derruir.       

         Es  así,  que  se equivoca el demandante al postular la violación  directa  de  la  ley  sustancial, prevista como causal de casación en el cuerpo  primero  del  numeral  primero  del  artículo  207  de la Ley 600 de 2000, para  luego,  al  desarrollar  el  reproche,  alegar  la  violación  de  un garantía  fundamental  de  la  parte  que  representa,  cuando para ello, se itera, debió  acudir  a  la  causal  de  nulidad  consagrada  en el numeral tercero del citado  precepto.  Falla  que  refrenda  cuando  al  interior del mismo cargo plantea un  yerro  de  valoración probatoria, propio de la violación indirecta de la norma  sustancial  por  error de hecho, que debió postular con fundamento en el cuerpo  segundo  del  numeral  primero del canon en comento, nada de lo cual hace, y que  la  Corte  no  puede entrar a suplir por razón del principio de limitación que  gobierna                     el                    recurso                    de  casación.           

         Al   margen   de   lo   anterior,   el  censor  tampoco  desarrolla  adecuadamente  la  glosa que funda en el vicio en que dice incurrió el Tribunal  al  dejar  de  lado la prueba indiciaria, pues en tal evento le correspondía la  carga  de  precisar si la equivocación que respecto del elemento de convicción  demostrativo   del   hecho   indicador   que   estructura   el   juicio  lógico  deductivo              –indicio– fue  de  hecho  o  de  derecho,  señalar el sentido de la violación y como ésta se  presenta en el caso particular.    

         Desde  antaño,  en  relación con la forma de denunciar errores de  apreciación  probatoria  en  relación con la prueba indiciaria, la Corte tiene  dicho:   

Y  cuando de ataque a la apreciación de la  prueba  indiciaria  se  trata,  el  censor  debe informar si la equivocación se  cometió  respecto  de  los  medios  demostrativos de los hechos indicadores, la  inferencia  lógica,  o  en  el  proceso  de valoración conjunta al apreciar su  articulación,  convergencia  y concordancia de los varios indicios entre sí, y  entre  éstos  y  las  restantes pruebas, para llegar a una conclusión fáctica  desacertada.   

De  manera  que  si  el  error radica en la  apreciación   del   hecho  indicador,  dado  que  necesariamente  éste  ha  de  acreditarse  con  otro medio de prueba de los legalmente establecidos, necesario  resulta  postular  si el yerro fue de hecho o de derecho, a qué expresión  corresponde, y cómo alcanza demostración para el caso.   

Si  el  error  se  ubica  en  el proceso de  inferencia  lógica,  ello  supone partir de aceptar la validez del medio con el  que  se  acredita  el  hecho indicador, y demostrar al tiempo que el juzgador en  la   labor  de  asignación del mérito suasorio se apartó de las leyes de  la  ciencia,  los principios de la lógica o las reglas de experiencia, haciendo  evidente  en  qué  consiste  y  cuál  es  la operancia correcta de cada uno de  ellos, y cómo en concreto ésto es desconocido.   

Si lo pretendido es denunciar error de hecho  por  falso  juicio  de  existencia  por  omisión de un indicio o un conjunto de  ellos,  lo  primero que debe acreditar el censor es la existencia material en el  proceso  del medio con el cual se evidencia el hecho indicador, la validez de su  aducción,  qué  se  establece de él, cuál mérito le corresponde, y luego de  realizar  el proceso de inferencia lógica a partir de tener acreditado el hecho  base,  exponer  el indicio que se estructura sobre él, el valor correspondiente  siguiendo  las  reglas de experiencia, y su articulación y convergencia con los  otros indicios o medios de prueba directos.   

Además, dada la naturaleza de este medio de  prueba,  si  el  yerro  se  presenta   en  la  labor  de  análisis  de  la  convergencia  y  congruencia  entre  los  distintos indicios y de éstos con los  demás  medios,  o al asignar la fuerza demostrativa en su valoración conjunta,  es  aspecto  que no puede dejarse de precisar en la demanda, concretando el tipo  de  error  cometido,  demostrando  que  la  inferencia realizada por el juzgador  transgrede   los   postulados   de  la  sana  crítica,  y  acreditando  que  la  apreciación  probatoria  que  se  propone  en  su  reemplazo,  permite llegar a  conclusión  diversa de aquella a la que arribara el sentenciador, pues no   trata  la  casación  de  dar lugar a anteponer el particular punto de vista del  actor  al  del fallador, ya que en dicha eventualidad primará siempre éste, en  cuanto  la  sentencia  se  halla  amparada por la doble presunción de acierto y  legalidad,  siendo  carga  del  demandante  desvirtuarla  con  la  demostración  concreta  de  haberse  incurrido  en errores determinantes de violación en  la declaración del derecho.     

       

Es  en  este sentido que el demandante debe  indicar  en  qué  momento  de  la construcción indiciaria se produce, si en el  hecho  indicador,  o  en  la  inferencia  por  violar  las  reglas  de  la  sana  crítica,   para  lo  cual  ha  de  señalar qué en concreto dice el medio  demostrativo  del hecho indicador, cómo hizo la inferencia el juzgador, en qué  consistió   el  yerro,  y  qué  grado  de  trascendencia  tuvo  éste  por  su  repercusión  en  la  parte  resolutiva  del  fallo  (cfr.   Cas. de agosto  2/2001.  Rad. 12.062). (Negrilla no original) (CSJ SP,  22 Ago. 2002, Rad. 12832)   

         Los  anteriores  derroteros  no  son  observados por el recurrente,  puesto  que  no  señala  siquiera  los  medios probatorios demostrativos de los  hechos  indicadores  a  partir de los cuales construye los plurales indicios con  los  que  pretende  demostrar  la  glosa  que  postula,  mucho menos cuál es su  contenido  y  el mérito suasorio que les corresponde; y  si bien relaciona  las  pruebas  indirectas  que  edifica,  no  determina  cuál es su capacidad de  persuasión  de  acuerdo  a  las  reglas  de la experiencia, valga decir, si son  indicios  necesarios  o  contingentes, y en este último caso si graves o leves,  ni  su  relación  con  los  demás medios de prueba que obran en la actuación,  desconociendo  lo  que  sobre  el  punto tiene precisado la jurisprudencia de la  Sala (CSJ SP, 19 Mar. 2014, Rad. 38793).       

         Así  se  advierte en los indicios que denomina como «deposición   falsa»,  derivado  de  la  actitud  procesal  asumida  por  la acusada Castañeda Gallo de no presentarse a  cumplir  la  medida  de  aseguramiento de detención preventiva sin beneficio de  excarcelación  proferida  en su contra; «móvil para  delinquir»  que  también  predica de la supracitada  por    los    «celos    y   la   rabia»  que supuestamente le produjo el hecho de estar confinada en una  habitación,  mientras  su  compañero departía animadamente con su ex esposa y  su  familia;  «oportunidad para delinquir»      y      «capacidad      para  delinquir»,  que  construye  a  partir del estado de  embriaguez  en  que  se  encontraba  la  víctima  y  la posibilidad física que  tenían  los  incriminados  de accionar el revólver; y los restantes que nombra  como   «supresión   de   huellas   materiales  del  delito»           y          «manifestaciones  anteriores  y  posteriores  al  delito»  que,  según  su  particular  criterio,  surgen  a partir de la  circunstancia  de  que  los  procesados  asearon el lugar del hecho y el arma de  fuego,  y  que luego de su ocurrencia pretendieron hacer creer a las autoridades  y a los familiares de Reinoso Díaz que éste se suicidó.   

         

         Sin  embargo,  en  esa  labor  argumentativa  el libelista se queda  corto,  pues  omite  referirse  a  un  aspecto  fundamental  en la construcción  lógico  deductiva propia del indicio, esto es, al hecho indicador y a la prueba  que  lo  demuestra en cada caso, con lo cual las aserciones que al respecto hace  no  son  más  que  meras  especulaciones carentes de sustento, que surgen en la  mente  del  demandante y no, como corresponde, de hechos indicadores debidamente  probados en la actuación.   

         Agréguese  que  el ad quem valoró las circunstancias a las que se  refiere   el   impugnante,   entre   las  más  relevantes  se  hallan  (i)  las  contradicciones  existentes  en  los diversos relatos de los acusados y de ellos  entre  sí;  (ii) la distancia de disparo entre la boca del arma y la cabeza del  obitado;  (iii)  la  ausencia  de  residuos  de  disparo  en la mano derecha del  interfecto,  con  la  cual  presuntamente  se  autoinfligió  la  herida  con el  revólver;  y,  (iv)  el supuesto comportamiento de los incriminados de obstruir  la   investigación   al   borrar   las   huellas   dactilares   del   arma   de  fuego.              

         Aspectos  frente  a  los  cuales,  a  través  de  juicios lógicos  inductivos,   basados   en   particularidades  del  caso  debidamente  probadas,  concluyó  que (i) las supuestas contradicciones en que incurrieron los acusados  o  no  existen  o  pese  a verificarse fueron magnificadas por el a quo; (ii) la  distancia      de      disparo     –menor     a    10    cm–  y  la  falta  de contacto entre el cañón del arma y la piel, no  son  aspectos  incompatibles  con la tesis de la autoeliminación, intencional o  accidental,    del    obitado,    tal    como   lo   aseveró   el   perito   en  balística2;  (iii)  la ausencia de residuos de disparo en la mano derecha del  fallecido   Reinoso   Díaz   se   explica   en  que,  conforme  a  la  historia  clínica3,  en el centro hospitalario donde fue atendido se le practicó una  venopunción  en  dicha  extremidad,  procedimiento  que estuvo precedido de una  limpieza  antiséptica  que,  según  el  perito  químico, puede eliminar tales  rastros4,  que  sí aparecieron en la mano izquierda del citado; y, (iv) la  inexistencia         de         huellas         dactilares        «latentes» en el revólver, no significa  que  dicho  artefacto careciera de cualquier rastro o vestigio de esa naturaleza  a  consecuencia  de haber sido sometido a limpieza, sino que, como lo determinó  la           experticia           técnica5,   no   se   presentan   en  «un   área   suficiente   para  la  determinación  morfológica  de  su  tipo  y  la  presencia topográfica de más de diez puntos  característicos».            

         Sin   embargo,   frente  a  tales  inferencias  realizadas  por  el  Tribunal,  nada  dice  el  casacionista,  más  allá  de exponer su desacuerdo,  oponiendo  a  ellas  sus  particulares  y  parcializadas conclusiones, cuando le  correspondía  demostrar  bien  que  los  hechos en los que aquellas se soportan  adolecen  de  prueba, ora que la inferencia es absurda o irracional, labor de la  cual  no  se ocupa, pues su esfuerzo argumentativo se concentra en acreditar que  en  el  fallo  confutado  se  omitió  la  prueba  indiciaria demostrativa de la  responsabilidad penal de los procesados.     

         En ese orden, se inadmitirá el reproche.   

         4.  En  conclusión,  las  protuberantes  falencias  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  en la presentación de las  censuras,  ninguna  de  las  cuales  tiene  la  capacidad  de  quebrar  la  dual  presunción  de  legalidad y acierto que cobija la sentencia confutada, conducen  a la inadmisión de la demanda de casación.   

         5.  Resta  señalar  que no se vislumbra  que  con  ocasión  del  fallo impugnado o dentro de la actuación se vulneraran  derechos  o  garantías  de  los  sujetos  procesales,  que impongan superar los  defectos  de  la  demanda,  en orden a intervenir oficiosamente para asegurar su  protección,  conforme  lo  prevé el artículo 216 del Código de Procedimiento  Penal de 2000.   

         En  mérito  de  lo  expuesto,  LA CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE  

         INADMITIR       la  demanda de casación presentada por el  apoderado   de   la   parte   civil,   constituida        por  Lizeth  Daniela  Reinoso  Díaz, Yeimy  Alexandra Reinoso Díaz y Ricardo Reinoso Useche.   

         Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

         Cópiese,      notifíquese      y      cúmplase.     Devuélvase al Tribunal de origen.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Folio  193 del cuaderno original del juicio.   

2  Folios 66 a 68 del cuaderno No. 2.   

3 Folio  55 del cuaderno de juicio.   

4  Folios 129 y 132 del cuaderno ídem.   

5  Folios 39 a 42 del cuaderno No. 1.     

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