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1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 11414  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

          Magistrado ponente:   

          Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL.   

          Aprobado acta No. 134   

Santa  Fe  de  Bogotá,  D.C.,  ocho  (8) de  septiembre de mil novecientos noventa y nueve (1.999).     

1. VISTOS  

Decide la Corte el recurso extraordinario de  casación  interpuesto contra la sentencia mediante la cual el Tribunal Superior  de  Sincelejo  condenó  a  Bedardo  Rubén  Ruiz  Montes  a  la  pena principal  privativa  de  la  libertad  de  cuarenta  y  un  (41) años y seis (6) meses de  prisión,  como autor de los delitos de homicidio agravado y hurto calificado en  grado de tentativa.   

2. HECHOS Y ACTUACION PROCESAL  

Así  resumió los hechos el Tribunal, en la  sentencia objeto de impugnación:   

“Informan  los  autos  que  el  acontecer  fáctico  tuvo ocurrencia en el área urbana de esta ciudad, concretamente cerca  al  sector  del  mercado  público, cerca al expendio de carnes y pescados “La  Reina”,  cuando pasaba ROMAN ANTONIO ARZUZA siendo aproximadamente las once de  la  noche  del  13  de  marzo  de 1994, se le acercó BEDARDO RUIZ MONTES (a) EL  YANGO,  solicitándole  le  diera  $200 para no atracarlo, al decirle que no los  tenía,  sacó  un  cuchillo y al verse el otro amenazado empezó a correr hasta  unos  30  metros,  tropezó,  cayó  y  allí  lo  alcanzó  El  Yango  quien lo  perseguía,  dándole  tres puñaladas dejándolo así y perdiéndose del lugar;  el  herido  fue  trasladado  por  la Policía al Hospital Regional de Sincelejo,  donde  falleció  horas  después  a  consecuencia  de que una de las heridas le  seccionó la arteria femoral derecha” (f. 4 c. del Tribunal).   

Abierta  la  investigación  por parte de la  Fiscal  Octava  de  la Unidad de Investigación Previa y Permanente de Sincelejo  (Sucre)  (f.  19  c.o.),  las diligencias fueron remitidas y asignadas al Fiscal  Segundo  de  la  Unidad  de Delitos Contra La Vida de la misma ciudad, quien con  fundamento  en  la  diligencia  de  inspección  al  cadáver y demás pesquisas  realizadas  por  la Policía Judicial del Cuerpo Técnico de Investigación y de  la  Policía  Nacional, dispuso la captura de BEDARDO RUBEN RUIZ MONTES, a quien  se  vinculó mediante diligencia de indagatoria, y le fue resuelta la situación  jurídica  con  medida  de aseguramiento de detención preventiva, por el delito  de homicidio.   

Cerrada   la   investigación,  el  12  de  septiembre  de  1994  el  instructor calificó el mérito probatorio del sumario  profiriendo  en  contra  de  BEDARDO RUBEN RUIZ MONTES resolución de acusación  como  presunto  responsable  de  los  injustos  de  homicidio  agravado  y hurto  calificado  en  grado  de  tentativa (fs. 119 y ss. ib.), providencia que cobró  ejecutoria  el  día 20 del mismo mes. El trámite de la causa correspondió por  reparto  al  Juzgado  Segundo  Penal del Circuito de Sincelejo, que practicó la  audiencia  pública  y  el  24  de  julio de 1995 dictó sentencia condenando al  prenombrado  a la pena principal de cuarenta y un (41) años y seis (6) meses de  prisión,  y  a  la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas  por  un  período  de  diez  (10)  años, como autor de los delitos de homicidio  agravado y hurto calificado en el grado de tentativa.   

El fallo anterior fue apelado por la defensa  y  confirmado por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Sincelejo, el 15  de septiembre del mismo año (fs. 3 y ss. c. del Tribunal).   

3. LA DEMANDA  

El  censor  pretende  la  ruptura  del fallo  impugnado,  acusándolo,  con  fundamento  en la causal tercera de casación, de  haber  sido  dictado  en  un  juicio viciado de nulidad, por “la existencia de  irregularidades sustanciales que afectan el debido proceso”.   

La  omisión  en la práctica de un dictamen  pericial   tendiente  a  establecer  el  estado  mental  del  procesado,  es  la  irregularidad  en  que  sustenta  la  impugnación,  pues  en  su  sentir, “la  situación  del procesado indica que no se encontraba en capacidad de comprender  su  ilicitud  o  de  determinarse de acuerdo con esa comprensión, por inmadurez  psicológica o trastorno mental” (f. 60 c. del Tribunal).   

En  sustento  de  su  aserto  precisó  que  “Bedardo  Rubén  Ruiz  Montes  no  sólo  consumía  estupefacientes sino que  ingería  licor  no  oficial  (ñeque),  que  es  una  verdadera  bomba,  lo que  seguramente     tenía     en    el    momento    del    insuceso    su    mente  obnubilada”.   

“La  indagatoria  del procesado -agregó-,  tomada  varios  meses  después  nos  indica  que  lo  menos que podía hacer el  instructor  y  luego el señor juez del conocimiento era enviar a los legistas o  al  siquiatra al señor Yango. Su carrera de drogadicto es larga y de consumidor  de  licores,  licores  de  pésima  calidad  que  lo  colocan  en el campo de la  inimputabilidad” (f. 62 ibídem).   

Invocó  la  invalidación  de  lo actuado a  partir  del  auto  mediante  el cual se clausuró el ciclo instructivo, para que  “regrese  la actuación a la Fiscalía que calificó el asunto, y el procesado  sea  enviado  a  los médicos legistas o al siquiatra para que con fundamento en  el  dictamen  se  pueda  determinar  si  el  señor  Rubén  Ruiz Montes es o no  imputable”.   

   

    

1. ALEGACION DE NO RECURRENTE     

Luego  de  afirmar,  con  apoyo  en  varias  sentencias  de  esta  Corporación,  la  inexistencia de elementos de juicio que  permitieran  deducir algún trastorno mental en el procesado, y que por lo mismo  justificaran  la  práctica del experticio psiquiátrico, el Procurador Judicial  169 en Asuntos Penales solicitó la desestimación del cargo:   

“En  el  caso  de autos, a pesar de que el  procesado,  conforme  a  las  declaraciones  de  los  testigos era un consumidor  habitual  de drogas alucinógenas -agregó-, de su proceder en el momento de los  hechos  no  se  desprende  que  haya  actuado con la mente perturbada por algún  episodio  de  locura  transitoria, o que se hubiese obnubilado por algún estado  de  inconsciencia  o  por  algún  trance  alucinatorio, que hubiera impedido la  facultad  de  comprender la ilicitud de su acto o de determinarse conforme a esa  comprensión,  como  lo  sostienen con muy buen tino, tanto el fallador (sic) de  primera como de segunda instancia”   

“El dicho del procesado contenido (sic) en  su  indagatoria  -agregó-,  da  a  entender  muy claramente, aunque fue rendida  mucho  tiempo  después,  que  tenía  cabal  consciencia de su ubicación en el  tiempo  y en el espacio, lo cual no es concebible, como es apenas lógico, en un  estado de trastorno mental transitorio o permanente” (f. 69 ib.).   

Habiendo  descartado  la enajenación mental  alegada  por  el  recurrente,  y  la  concomitancia  temporal entre ese presunto  trastorno  mental  y  la  realización  del  hecho  legalmente descrito, con tal  entidad  que haya anulado la capacidad de comprensión del sujeto, concluyó que  lo  planteado por el procesado en diligencia de inquirir -donde se mostró ajeno  a  lo sucedido-,  es una coartada “para desembarazarse de la sindicación  que se le formula”.   

5.  EL  CONCEPTO  DEL  PROCURADOR  SEGUNDO  DELEGADO EN LO PENAL   

Luego  de  precisar  el  alcance  del  cargo  formulado,  el  cual  dice relación “con la presunta omisión del juzgador de  decretar   una  probanza  relacionada  con  la  presunta  anormalidad  psíquica  transitoria  en  que  hubiese  podido  incurrir  el  actor  en  el momento de la  comisión  de  los  hechos”, el Procurador Delegado calificó de equivocada la  vía  de ataque, “pues vincula con iguales consecuencias el vicio in  procedendo por violación del debido  proceso,  con  la  violación  del  derecho  de  defensa”  (f.  12  c.  de  la  Corte).   

A  la falencia advertida agregó la falta de  demostración  del  cargo, pues “cuando tal estado de enajenación pretenda el  demandante  que  se  reconozca,  a  él corresponde demostrar, con razonamientos  lógicos,  y  no  meramente especulativos o potenciales, que el procesado estuvo  ajeno   a   sus   facultades  volitivas  en  el  momento  de  la  comisión  del  hecho”.   

Seguidamente  advirtió  que  en  el sistema  penal    colombiano   la   embriaguez   o   la   dependencia   de   las   drogas  psico-dislépticas  no  constituye  de  suyo  causal  de  inimputabilidad  o  de  inculpabilidad,  a  menos que haya dado lugar a trastorno mental de tal magnitud  que  impida  a  la persona que actúa bajo sus efectos comprender la ilicitud de  su comportamiento.   

“La  judicatura  no  ha desconocido que el  señor  Ruiz  Montes tenga  adicción  a  sustancias  estupefacientes  o  al alcohol -agregó-; lo que se ha  demostrado  es  la  determinación  del  comportamiento  al tiempo de cometer el  injusto,   en  la  medida  que  las  pruebas  adosadas  no  evidencian  ajenidad  ninguna”.   Calificó  de  “intrascendente” el recaudo del experticio  técnico  sobre  la  imputabilidad  del  prenombrado, “en el entendido que sus  facultades  cognoscitivas jamás estuvieron ausentes dadas condiciones que desde  el  inicio  advirtió el juzgador (fiscal, juez), tales como su ubicación en el  tiempo  y  en  el  espacio,  las  condiciones  modales  en que se desarrolló el  injusto  -recuérdese  que  una  vez  apuñaló  a  Román Antonio Arzuza Ortega  abandonó  el sitio de los hechos-, y sobre todo la no advertencia por parte del  Fiscal  instructor,  ni  del Agente del Ministerio Público, ni del defensor que  asistió  en  la  etapa  investigativa al sentenciado sobre características que  denunciaran  de  algún  modo  ajenidad  mental  ni permanente ni transitoria en  cabeza  de  Bedardo  Rubén  Ruiz  Montes”.   

Al amparo de esas premisas, sugiere a la Sala  no casar el fallo recurrido.   

5. CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En principio, el enfoque del reproche resulta  desatinado  al  pretenderse la nulidad de la actuación por violación al debido  proceso,  teniendo  por  fundamento  la  omisión de la práctica de un dictamen  siquiátrico  pericial  del  procesado,  pues  la  negativa o la inactividad del  funcionario  en  el recaudo de determinada prueba a partir de la cual se podría  descartar  la  comisión del hecho punible o la responsabilidad, o establecer un  tratamiento  punitivo  más  benigno, genera la invalidación de lo actuado pero  por  la  vulneración  del  derecho  de  defensa, en cuanto tal evento coarta la  garantía  del  contradictorio  y  niega  al  sindicado,  o  a  su representante  judicial,  la  posibilidad de aportar aquellos medios de convicción que, siendo  conducentes  y  pertinentes,  revisten  aptitud  para refutar la incriminación,  descartar  la  responsabilidad,   invocar  la  aplicación  de  diminuentes  punitivas,  o,  en  general,  procurar situaciones beneficiosas a la pretensión  defensiva.   

El  derecho  a  la  defensa también resulta  conculcado   cuando  el  funcionario,  en  abierta  oposición  al  mandato  del  artículo  362  del  Código de Procedimiento Penal, limita o impide al imputado  el  ejercicio  de  la  facultad  “de  hacer constar  cuanto  tenga  por  conveniente  para  su  defensa o para la explicación de los  hechos”,  u  omite,  sin  fundamento racional alguno,  verificar   las  citas  por  aquel  hechas,  o  se  abstiene  de  practicar  las  “diligencias  que  propusiere  para  comprobar  sus  aseveraciones”,   en  el  entendido  de  que  éstas  revistan  un  mínimo  de  racionalidad  y  verosimilitud,  según  el  criterio  jurisprudencial  sentado  al respecto por la Sala, pues el fiscal, como director  del  sumario,  mal  puede  orientar  la  labor  instructiva  a la indiscriminada  comprobación  de  todas  las  afirmaciones que en su natural interés defensivo  haga  el  imputado,  como  quiera  que  con  tal  proceder,  además  de dilatar  injustificadamente     el     proceso,    desviaría    el    objeto    de    la  investigación.   

Constituye,  en cambio, violación al debido  proceso  por  la  inaplicación  del  principio  de  investigación integral, la  ausencia  de  imparcialidad  del  funcionario en la búsqueda de la verdad, o lo  que  es  igual, en la genérica labor de ordenación, recolección, formación y  aducción  de la prueba, que impone, con rango constitucional, la obligación de  “investigar tanto lo favorable como lo desfavorable  al   imputado,  y…  respetar  sus  derechos  fundamentales  y  las  garantías  procesales  que  le  asisten”  (arts.  250  de  la  Constitución Política y 333 del Código de Procedimiento Penal).   

Conviene  advertir,  sin  embargo,  que  no  siempre  la  omisión  de  la  práctica  de  una  prueba,  o  el  rechazo  a la  pretensión   probatoria  repercuten  inexorablemente  en  la  vulneración  del  principio  de  indagación  integral o del derecho a la defensa, según el caso.  Para  arribar  a  cualesquiera  de estas conclusiones, la prueba echada de menos  tendría  que  ser  a  estos  efectos  y  en  un plano racional de abstracción,  confrontada  con  los restantes elementos de juicio, para evidenciar así que su  ausencia  determinó  el  proferimiento de una sentencia distante de la verdad y  por ende lesiva de los intereses del sujeto procesal.   

Este ejercicio no puede cimentarse en meros  juicios  especulativos  construidos  a  partir  de  la  subjetiva y fragmentaria  apreciación  de  las  probanzas  por  parte  del  actor, pues la obligación de  investigar  tanto lo favorable como lo desfavorable al procesado, en tratándose  del  acopio  de  la  práctica  de  la  prueba pericial sobre su sanidad mental,  aparece   condicionada,  en  su  conducencia  y  pertinencia,  a  la  comprobada  existencia  en  el  expediente  de objetivos elementos de juicio que den lugar a  poner  en  entredicho  la imputabilidad del acriminado, como los antecedentes de  enfermedades  mentales en su familia, traumatismos craneales severos, trastornos  de   personalidad  deducidos  del  historial  clínico o del comportamiento  observado  antes,  durante,  o  con  posterioridad  a  la  comisión  del hecho,  etc.   

En  este  sentido  resulta  impertinente la  tesis  del  casacionista, quien parte de la imperatividad de ordenar el peritaje  siquiátrico  siempre  que  el  sindicado  haya  actuado en estado de ebriedad o  admita  ser adicto a sustancias sicotrópicas, pues tal decisión dependerá del  razonado  criterio  del juez, que excluye la práctica del aludido examen cuando  los  hechos  establecidos  en el proceso le permitan dar por sentado que, por no  surgir  duda  razonable  alguna  acerca  de  la sanidad mental del procesado, la  prueba sugerida resultaría inoficiosa.   

En  el  caso  materia  de  examen, evidente  resulta  la  ausencia  de  fundamento de parte del impugnante, en su pretensión  por  establecer  la  existencia  de elementos de convicción, que de conformidad  con   su   particular  criterio,  darían  lugar  a  afirmar  del  procesado  la  incapacidad   de   comprender   la   ilicitud   de   su  conducta,  o  de  cabal  autorregulación,   en   razón  al  hábito  de  ingerir  “licor  de  pésima  calidad”,  y  consumir  sustancias alucinógenas, sin considerar que desde una  perspectiva  objetiva  real,  los elementos probatorios tomados en cuenta por el  investigador  le  imponían tener que descartar la necesidad de la práctica del  examen  siquiátrico  que,  según los hechos establecidos en el proceso, a nada  conduciría.   

Son esos elementos de juicio los testimonios  de  Salomón  Enrique  Marfiory  Cantillo  y  Lucila  Solano  Manrique,  quienes  presenciaron  los  hechos  y  refieren que el procesado “se dedica a atracar a  las  personas  que  deambulan durante la noche por el mercado” (f. 14 c.o.), y  dan  fe de la actitud consciente y de autorregulación, por él asumida antes de  agredir  a  Román  Antonio  Arzuza  Ortega,  a  quien se dirigió -en un primer  momento-  verbalmente  exigiéndole  dinero  y amenazándolo con un puñal, para  luego,  ante la huida de la víctima, perseguirla, hacerle perder el equilibrio,  propinarle   varias  puñaladas  y  huir  de  la  escena  del  crimen,  buscando  afanosamente evitar ser aprehendido por los efectivos del orden.   

Este recuento fáctico es el sustento en que  el  juzgador  se  apoya  para  tener  al  procesado  como  orientado en tiempo y  espacio,  en  el  momento de realización de la conducta, y con plena conciencia  de  lo  que  hacía,  declarando en consecuencia su estado de imputabilidad para  efectos  de  la  aplicación  de  la pena correspondiente, sin llegar siquiera a  considerar  la  posibilidad  de  practicar una prueba pericial que por demás en  desarrollo  del  proceso  nadie  solicitó,  y  que  de haberlo hecho, resultaba  manifiestamente impertinente.   

Así   las   cosas,  los  argumentos  del  impugnante  carecen  de  fundamento,  pues  lo  que  se  establece  de la prueba  testimonial  allegada,  no  es  la  insanidad mental de Bedardo Rubén Ruiz  Montes,  o el trastorno transitorio de su personalidad, sino la exteriorización  de  una  personalidad  proclive al delito, deducida del hábito de interceptar a  quienes  avanzada  la noche transitaban por la Plaza de Mercado de Sincelejo, y,  luego  de  amenazarles  con arma cortopunzante, exigirles la entrega del dinero,  tal  como  le  sucedió  a  los  testigos  antes  mencionados, uno de los cuales  (Salomón  Enrique  Marfiory  Cantillo),  al  negarse  a acceder a tan violentos  requerimientos,  fue  agredido  por  el procesado, en similares circunstancias a  las  aquí  descritas  (f.  14  ib.), y en las que fue ultimado el desafortunado  Román Antonio Arzuza.   

Por  hallarse  los  jueces  de instancia en  presencia  de  testimonios  que excluían cualquier asomo de duda respecto de la  normalidad  biosíquica  que  exhibía  el  procesado  para  el  momento  de  la  comisión  de los hechos objeto de juzgamiento, no resultaba imperativo decretar  el  peritaje  siquiátrico  forense  que  ahora  se  echa  de  menos.  Y ante la  evidencia  de  un  comportamiento  no  revelador  de  trastorno  alguno,  la  no  práctica  del aludido examen lejos está de constituir violación al derecho de  defensa,  por  lo  que  se  impone el rechazo de la nulidad planteada, en cuanto  deviene manifiestamente sin fundamento.   

No prospera el cargo.  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia, en Sala de Casación Penal, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

        RESUELVE   

NO  CASAR  la  sentencia ameritada.   

Cúmplase  y  devuélvase  al  Tribunal  de  origen.   

        JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL              JORGE   E.  CORDOBA POVEDA   

CARLOS       AUGUSTO       GALVEZ  ARGOTE                     EDGAR                LOMBANA  TRUJILLO                 

MARIO           MANTILLA  NOUGUES                      CARLOS    E.    MEJIA    ESCOBAR           

ALVARO       ORLANDO       PEREZ  PINZON                   NILSON PINILLA PINILLA   

        PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

        Secretaria   

    

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