SP712-2017(48250)

2017

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

      

Magistrada Ponente  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

SP712-2017  

Radicación N° 48.250  

(Aprobado Acta Nº 17)  

Bogotá D.C., veinticinco (25) de enero de dos  mil diecisiete (2017)   

VISTOS  

Juzga  la  Corte,  en  sede  de casación, la  sentencia  proferida  el  3  de diciembre de 2015 por la Sala Penal del Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Cali, por cuyo medio revocó parcialmente el  fallo  dictado en primera instancia por el Juzgado 6º Penal del Circuito de esa  ciudad  y,  en  su  lugar, condenó a CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA y AURA MARÍA  VALDERRAMA  por los delitos de contrato sin cumplimiento de requisitos legales y  falsedad ideológica en documento público.   

I. HECHOS  

          De  acuerdo  con  la  sentencia  de  segunda instancia, entre CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA,  actuando  como  gerente  del Instituto del Deporte, la  Educación     Física    y    la    Recreación    del    Valle    del    Cauca  (INDERVALLE)1   

,  y  GERMÁN  BONILLA RINCÓN, en calidad de  representante   legal  de  la  fundación  Proyectos  de  la  Juventud  para  el  Desarrollo  Comunitario  (PROJUDEC),  el  27  de  junio de 2003 se suscribió el  contrato  de  interés  público Nº OJ-278-03. El objeto contractual consistió  en   “el  fomento  y  desarrollo  del  deporte  en  actividades   de   alta   competencia   en   las   disciplinas  de  atletismo  y  ajedrez”,   labor   para   la  cual  la  fundación  contratista recibió $60.000.000.   

          En  el  proceso contractual se presentaron varias irregularidades, a  saber:  i)  el análisis o estudio de conveniencia y oportunidad se realizó con  posterioridad  a  la  firma  del  contrato;  ii)  no  se acreditó la reconocida  idoneidad  del  contratista,  en  los  términos  exigidos por el Decreto 777 de  1992;  iii)  el  objeto  contractual  no  fue determinado de manera precisa, por  cuanto  no  se  especificaron lugares, fechas ni maneras para su ejecución; iv)  no  se  garantizó  la escogencia objetiva ni transparente del contratista, pues  no  existió  una  convocatoria pública ni una propuesta por parte de PROJUDEC;  v)   el   contrato   se   celebró  sin  contarse  con  el  respectivo  registro  presupuestal;  vi)  no se realizó la respectiva publicación del convenio en el  Diario  Oficial  del  departamento  y  vii)  a efectos de liquidar el contrato y  realizar  pagos  a  favor  del  contratista,  éste  presentó varias facturas y  órdenes de trabajo falsificadas.   

          Además  de  dichas anomalías, el objeto contractual no se ejecutó  a  cabalidad.  Sin  embargo, para poder efectuar la liquidación, CARLOS ALBERTO  LENIS  GARCÍA  y  AURA  MARÍA  VALDERRAMA, subgerente técnica de INDERVALLE e  interventora  del  mencionado  contrato, certificaron mediante varios documentos  públicos  (actas  de iniciación, de realización de  actividades   deportivas   y   de   liquidación   del   contrato)  que  los  eventos deportivos para fomento y desarrollo del atletismo  y  ajedrez  en  Buenaventura se llevaron a cabo de manera satisfactoria, sin ser  ello cierto.   

II.      ANTECEDENTES      PROCESALES  PERTINENTES   

          Por  los mencionados hechos, la Contraloría Departamental del Valle  del  Cauca formuló denuncia penal. En tal virtud, mediante resolución del 8 de  junio  de  2005,  la  Fiscalía  92  Seccional  de Cali, adscrita a la Unidad de  Delitos  contra la Administración Pública, abrió investigación contra CARLOS  ALBERTO   LENIS   GARCÍA,  GERMÁN  HUMBERTO  BONILLA  RINCÓN  y  AURA  MARÍA  VALDERRAMA, quienes fueron vinculados mediante indagatoria.   

          A  la  hora  de  resolver  situación  jurídica, a aquéllos se les  atribuyó  posible  responsabilidad  por  los delitos de falsedad ideológica en  documento  público,  falsedad en documento privado y peculado por apropiación.  Sin  embargo,  por estimarlo innecesario, el fiscal se abstuvo de imponer medida  de aseguramiento.   

          Cerrada  la  instrucción,  la  Fiscalía  calificó  el mérito del  sumario  el  17  de junio de 2008. Profirió resolución de acusación en contra  de  los  prenombrados,  como probables responsables de las mencionadas conductas  punibles  (arts.  31  inc.  1º,  286,  289 y 397 del  CP).  Sin embargo, al decidir el recurso de apelación  interpuesto  por  la  defensa,  la  Fiscalía  10ª  Delegada  ante  el Tribunal  Superior  de  Cali,  a  través  de  la  resolución  del  30  de junio de 2010,  modificó  la  calificación  jurídica de los hechos investigados. Suprimió el  cargo  de peculado por apropiación y, en su lugar, les imputó a CARLOS ALBERTO  LENIS  GARCÍA  y  AURA  MARÍA  VALDERRAMA,  a título de autores, el concierto  material    heterogéneo  constituido  por  los delitos de contrato sin cumplimiento de requisitos legales  y  falsedad  ideológica  en documento público, mientras que a GERMÁN HUMBERTO  BONILLA  RINCÓN  le  atribuyó  estas  mismas conductas punibles, en calidad de  interviniente.  Por  otra  parte, confirmó el llamado a juicio de los acusados,  como probables autores de falsedad en documento privado.   

          La  etapa  de  juicio  le  correspondió  al  Juzgado  6º Penal del  Circuito  de  Cali,  cuyo titular dictó sentencia el 18 de octubre de 2011. Por  una  parte, dispuso el cese de procedimiento a favor de GERMÁN HUMBERTO BONILLA  RINCÓN,  por haber operado a su favor la prescripción de la acción penal; por  otra,  absolvió a CARLOS LENIS y AURA VALDERRAMA por los delitos que les fueron  atribuidos en la acusación.   

          Habiendo  la  Fiscalía impugnado esta determinación, la Sala Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Cali, mediante fallo del 3 de  diciembre         de         2015,         la        revocó        parcialmente.   Por   haberlos   hallado  penalmente  responsables,  condenó a CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA y AURA MARÍA  VALDERRAMA,  como  autores  de  los  delitos  de  contrato  sin  cumplimiento de  requisitos  legales y falsedad ideológica en documento público, a las penas de  prisión  e  inhabilidad para el ejercicio de derechos y funciones públicas por  6  años  y 2 meses, así como a la de 75 salarios mínimos legales mensuales de  multa.  De  otro  lado,  confirmó  la absolución de aquéllos por el delito de  falsedad  en  documento  privado,  al  tiempo  que,  previa  confirmación de la  cesación  de  procedimiento a favor de GERMÁN HUMBERTO BONILLA RINCÓN por los  delitos   de   falsedad   -en  documento  privado  e  ideológica   en   documento  público-,  declaró  la  prescripción  de  la  acción  penal  por  la  conducta punible de contrato sin  cumplimiento  de  requisitos legales y, consecuentemente, cesó el procedimiento  a favor de aquél.   

         

          Dentro  del término legal, los defensores de AURA MARÍA VALDERRAMA  y  CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA  interpusieron  el  recurso extraordinario de  casación   y  allegaron  las  respectivas  demandas,  las  cuales,  pese  a  la  existencia  de algunos yerros de fundamentación, fueron admitidas mediante auto  del  17 de agosto de 2016, a fin de examinar de fondo la sentencia condenatoria.   

          Contándose  con el respectivo concepto del Procurador Delegado para  la   Casación   Penal,  procede  la  Sala  a  dictar  la  sentencia.   

III. SÍNTESIS DE LAS DEMANDAS  

          3.1 Demanda a nombre de CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA   

          Por      la      vía      de     la     violación     indirecta   de  la  ley  sustancial,  el  defensor  de  CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA  formula siete reproches contra la  sentencia   de  segunda  instancia,  por  errores  de  hecho,   con  fundamento  en  los  cuales  afirma  la  aplicación  indebida  de  los arts. 286 y 410 del CP2,   así   como  la  falta  de  aplicación  de los arts. 271 de la Constitución, 6º y 10º del CP y 7º de la  Ley 600 de 2000.   

          En  primer  término,  denuncia  que  el Tribunal incurrió en falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento  del  fallo  de responsabilidad fiscal  proferido  por  la  Subdirección  Operativa  de  Investigaciones Fiscales de la  Contraloría  Departamental  del Valle del Cauca. Tras reseñar el contenido que  de  dicha  prueba  documental  fue  consignado  en  la  sentencia,  destaca,  se  recortaron   varios  apartes  relevantes,  indicativos  de  que  el  cuestionado  contrato  fue  ejecutado  adecuadamente,  en tanto las actividades deportivas de  atletismo  y  ajedrez efectivamente fueron realizadas. Tal recorte del contenido  de  la  prueba, afirma, condujo a la afirmación de la equivocada conclusión de  que el contrato no se cumplió.   

          En  segundo  lugar,  prosigue,  se  configuró  un  falso  juicio de  existencia  por  omisión,  cifrado  en  la falta de observación de la versión  libre   rendida  por  Aura  María  Valderrama,  en  el  marco  del  proceso  de  responsabilidad  fiscal.  Si  se  hubiera  tenido  en  cuenta  tal declaración,  incorporada  como  prueba  trasladada,  dice, no se habría podido declarar como  probado que el contrato fue ejecutado apenas aparentemente.   

          En  tercer  orden,  por  la  vía  del  falso  raciocinio, ataca las  conclusiones  probatorias  a  las  que  arribó  el  Tribunal,  mediante  prueba  indiciaria.  En  esa  dirección, denunciando la infracción del principio de no  contradicción,  en  tanto regla lógica, cuestiona que, a partir del testimonio  de  María  Lelis  Valencia  Herrera,  se hubiera reafirmado el aserto según el  cual   el   contrato   no   se   ejecutó.  La  declarante,  asevera,  dijo  que  “no  sabía  ni correr”,  pese  a que en otro aparte aseguró que practicaba la disciplina del baloncesto.  De  ahí  que,  enfatiza,  se  presente  una  contradicción  que impedía a los  juzgadores  pregonar  que aquélla no participó en la competencia de atletismo,  porque no corría.   

          Así  mismo,  continúa, los falladores ad  quem,   a   partir  del  hecho  indicador  de  la  no  participación    de    la    “atleta”  Ofelia  Chala  en las competiciones, reafirmaron la conclusión  indiciaria  de no ejecución del contrato. Empero, sostiene, por un falso juicio  de  existencia  por  omisión, se inadvirtió que aquélla también incurrió en  contradicciones   que  impedían  creerle  que  no  corrió  en  la  carrera  de  Buenaventura.  A ese respecto, subraya, el Tribunal inobservó el que al proceso  se  incorporó  el  registro de premiaciones, integrado por un documento firmado  por  aquélla,  en  constancia  de  haber recibido $100.000 de premio, por haber  ocupado  el  primer puesto en la categoría máster. Tal constancia, resalta, ni  siquiera se le puso de presente a la testigo.   

          Aunado  a  lo  anterior,  puntualiza,  en  la  afirmación del hecho  indicador  de  no  participación  de  la  señora Angelis Riascos en la carrera  atlética,   la   sentencia   consigna   un   falso   juicio  de  identidad  por  tergiversación.  El  Tribunal,  enfatiza,  aseguró  que aquélla no practicaba  ningún  deporte,  por  lo  que  mal  podría haber asistido a la competencia en  Buenaventura.  Sin  embargo,  resalta, la testigo dijo que a nivel recreativo le  gustaba  trotar.  Y  ello,  sostiene,  implica  una  alteración  del  contenido  objetivo del testimonio.   

          Si  no  se  hubieran  cometido  tales  yerros en la fijación de los  hechos  indicadores,  concluye, el ad quem  debió haber considerado, en consonancia con las reglas de la sana  crítica, que el evento deportivo fue una realidad.   

         

          Como  cuarto  reproche  plantea la configuración de un falso juicio  de  identidad  por  tergiversación  del  documento  denominado  “realización  de  actividades  para  el  fomento  y  desarrollo del  deporte   en  las  disciplinas  de  atletismo  y  ajedrez  en  el  municipio  de  Buenaventura”.  De  manera  genérica, enfatiza, los  falladores  de  segunda  instancia  aseguraron  que  CARLOS LENIS GARCÍA y AURA  MARÍA  VALDERRAMA extendieron varios documentos públicos dentro del proceso de  contratación,  en  los  cuales  faltaron  a  la verdad. No obstante, afirma, la  autoría  de la aludida certificación es atribuible exclusivamente a la señora  VALDERRAMA,  en  calidad  de  interventora, sin que fuera suscrito por el señor  LENIS  GARCÍA.  De ahí que, subraya, éste no debió haber sido condenado como  autor del delito de falsedad ideológica.   

          El  quinto  reclamo,  presentado  también  como  un falso juicio de  identidad  por tergiversación, estriba en que el registro presupuestal Nº 7175  fue  comprendido  por  el Tribunal como una exigencia legal para el cumplimiento    de   las   obligaciones  contractuales,  mientras  la  jurisprudencia del Consejo de Estado aclara que el  certificado  permite contraer  obligaciones.  Tal imprecisión conceptual, agrega, condujo a que, al valorar el  mencionado  documento  de registro, en la sentencia se afirmara que no existían  dineros  en  las  arcas  de  INDERVALLE  para  el pago del contrato, pese a que,  conforme  al  certificado  de  disponibilidad presupuestal, es claro que sí los  había en cuantía suficiente.   

          En   sexto  orden,  denuncia  un  falso  juicio  de  existencia  por  suposición,  consistente  en  que,  a  la  hora  de  estimar el salario mínimo  legal mensual, vigente para  el  año  2003,  a fin de establecer si era necesario publicar el contrato en el  Diario  Oficial  departamental,  el  Tribunal lo fijó en $332.000, sin citar la  norma de carácter legal que  lo  estableció en esa cuantía. Por consiguiente, dice, no podía afirmarse con  certeza  si  se  incumplieron  los  presupuestos previstos en los Decretos 777 y  1403 de 1992.   

          Finalmente,  como  séptimo reproche, acusa la sentencia por la vía  del   falso   juicio   de   identidad  por  tergiversación  de  varias  pruebas  documentales,  a  saber,  las  hojas  de  vida de GERMÁN BONILLA RINCÓN, Raúl  Critau  Cisneros,  Christian Campo y José Antonio Llanos, así como del acta de  intención  para  el  desarrollo  de  programas  de  capacitación  abierta  y a  distancia  en  actividades  físicas y deportivas entre la Escuela del Deporte y  PROJUDEC.   Luego   de   transcribir   el   -en   su  criterio- limitado contenido que de dichas pruebas fue  estipulado  en  la sentencia, pone de presente que el señor BONILLA contaba con  certificaciones  sobre  el  buen  manejo  de  la  fundación PROJUDEC; que Raúl  Critau  es  entrenador  de  ajedrez  experimentado;  que  la  sicología  en una  “ciencia   transversal   a   cualquier   actividad  humana”,  por  lo  que  el  señor  Castro tenía la  capacidad  para  tratar  a los deportistas; que José Llanos Arce era licenciado  en  pedagogía reeducativa con demostrada experiencia en el campo del baloncesto  y  otras  disciplinas y que, en relación con la mencionada acta, los falladores  ad  quem  inobservaron  los  apartes  indicativos  de  que  PROJUDEC  tenía,  por  lo  menos,  un mínimo de  experiencia  en  el fomento de actividades deportivas. De ahí que, concluye, el  Tribunal  erró  al  negarle  idoneidad  a  la mencionada fundación, de cara al  requisito legal exigido para su selección como contratista.   

          La  configuración de tales yerros, finaliza, conduce a la remoción  de  los  fundamentos fácticos de la declaratoria de responsabilidad, por lo que  solicita  a  la Corte que case la sentencia impugnada y, en su lugar, absuelva a  CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA.   

         

          3.2                       Demanda    a    nombre    de    AURA    MARÍA  VALDERRAMA   

          El  defensor  de AURA MARÍA VALDERRAMA formula dos cargos contra la  sentencia    de    segunda    instancia.   Uno   por   violación   indirecta   de   la   ley   sustancial,  consistente  en error de hecho por falso raciocinio; y otro, subsidiario, por la  vía    de    la   infracción   directa,  en las modalidades de aplicación indebida y falta de aplicación  de la ley.   

          El  falso  raciocinio,  expone,  se configura porque, al valorar los  listados  de participantes y algunas facturas de pago, así como los testimonios  de  varios competidores, el Tribunal, debido al desconocimiento de las reglas de  la  sana  crítica,  no se percató de que la señora VALDERRAMA fue engañada y  asaltada  en  su  buena  fe por el contratista GERMÁN HUMBERTO BONILLA RINCÓN,  quien,  dice,  le  entregó  a  aquélla documentos espurios, cuya genuinidad no  podía corroborar.   

          Para  soportar tal afirmación, presenta una serie de reparos contra  el  escrutinio  probatorio aplicado por los juzgadores de segunda instancia, que  la Sala sintetiza de la siguiente manera.   

          En  primer  lugar, sostiene, la sentencia atenta contra el principio  lógico  de  identidad,  como  quiera  que,  pese  a  reconocer  la existencia  de  fotografías -exiguas  para el Tribunal- que documentan  la  efectiva  realización  de  una  actividad deportiva, donde se contó con el  apoyo  de  la  Policía Nacional para el cerramiento de calles, se concluyó que  la  carrera  atlética  no  existió.  Si  bien  el  Tribunal  adujo  que en las fotos no se veían jóvenes  corriendo,  agrega,  en  el  contrato  no  se indica que las actividades estaban  dispuestas   únicamente   para   jóvenes.   Además,  alega,  el  ad   quem   también  atenta  contra  el  principio  lógico  de  no  contradicción,  por  cuanto  indicó  que, de haber  existido  las actividades deportivas, pero sin participación juvenil, el objeto  contractual se habría visto modificado.   

          En  segundo término, prosigue, el Tribunal le reprocha a la señora  VALDERRAMA  haber  certificado la adecuada  ejecución del contrato, con base en que participaron 250 personas  en  un  recorrido  de  atletismo  en vía pública, sin los respectivos permisos  administrativos,  pese  a que las competencias estaban dirigidas a 450 atletas y  que  ello  debió  haberse  hecho  en  escenarios deportivos. Sin embargo, tales  apreciaciones,  dice,  fueron  el resultado tanto de las visitas practicadas por  aquélla  en  calidad  de  interventora  como  del  análisis  de los documentos  aportados  por  el  contratista  para liquidar el contrato. Además, resalta, el  convenio  nada  dice  sobre  la  cantidad de participantes ni de la necesidad de  determinadas  locaciones deportivas. En ese entendido, resalta, no existe prueba  de  la  atribuida  falsedad  ideológica,  sino  el  reflejo  de  una  innegable  realidad:  que  la  interventora, en ejercicio de sus funciones como subalterna,  acudió  al  evento  y  presenció  las  competencias  que  se  llevaron a cabo.   

          Como                     tercera                     “observación”    a   la   valoración  probatoria,  cuestiona  el  alcance que se le dio al certificado expedido por la  Presidente  de  la  Junta  de  Acción  Comunal  del barrio Isla de la Paz, a la  constancia  suscrita  por  el  Director  Técnico de Deportes de la Alcaldía de  Buenaventura  y  al  certificado  emitido  por  la  Secretaría de Regulación y  Control  de  Tránsito.  Tales  pruebas documentales, sostiene, se analizaron de  manera confusa.   

          Es  contradictorio,  enfatiza,  que  por  una  parte el ad  quem  hubiera llamado la atención en  que   Efrén   Vente,   Director   Técnico  de  Deportes  de  la  Alcaldía  de  Buenaventura,  certificó  que  PROJUDEC  realizó las actividades deportivas en  esa  localidad  entre  el  28  y  el  30 de junio de 2003, pero por otra hubiera  concluido,  con  soporte  en  lo  informado  por la Secretaría de Regulación y  Control  de  Tránsito, que no existe información que permita afirmar que tales  actividades  se  llevaron  a  cabo. A ese respecto, puntualiza, el Tribunal pasa  por  alto  que hay múltiples documentos indicativos de que las competencias sí  tuvieron  lugar,  mientras  que  el  dicho del señor Vente no puede tildarse de  contradictorio,     con     base     en    lo    afirmado    por    otro  funcionario  público; menos cuando  en       “ciudades      intermedias”,     resalta,     lo     que     indica    la    “costumbre”  es que la policía no tiene  funciones  de tránsito, pero sus agentes sí son los encargados de efectuar los  cierres  de  vías  solicitados por la ciudadanía. De ahí que, en su criterio,  el   Tribunal  supone  indebidamente  y  faltando  al  sentido  común  que  las  competencias no se realizaron.   

          No  hay  motivos,  agrega, para sostener que su defendida participó  de  un  plan “diabólico”  para  defraudar  a  la administración pública. Pues, insiste, la presidente de  la  junta  de  acción  comunal,  el  Director  de  Deportes de la Alcaldía, la  señora  VALDERRAMA  y los policías que salen en las fotos no se prestaron para  mentir  ni  simular  la existencia de unas actividades que no se realizaron. Por  “simple    lógica”,  concluye,     es     una     “falacia”   pregonar   que   las   justas  deportivas  no  se  realizaron.   

          Como  cuarto  reparo  a la valoración de la prueba, prosigue, no es  dable   oponerle   a   la   señora   VALDERRAMA  que  las  competencias  fueron  inexistentes,   a   partir   del   hecho   indicador  de  que  varios  supuestos  participantes  afirmaron  no  haber  tomado  parte en las competencias. Pues los  falladores,  alega,  olvidaron  indicar que el listado de atletas fue presentado  por  el contratista GERMÁN BONILLA, no por aquélla en calidad de interventora.  Tanto  INDERVALLE  como AURA VALDERRAMA, dice, fueron engañados en ese aspecto,  sin  que  haya  prueba  para  sostener  que la actuación de la interventora fue  fraudulenta en ese aspecto.   

          En  la  misma  dirección,  como  quinto reproche, cuestiona que las  cuentas  de  cobro y los recibos de pago de honorarios profesionales y servicios  a  algunas  empresas  que  se  reputan falsos fueron igualmente aportados por el  contratista,  sin  que de ello pueda inferirse que la interventoría encomendada  a  la señora VALDERRAMA no se ejecutó. Antes bien, dice, lo que ello prueba es  que aquélla fue asaltada en su buena fe por el contratista.   

          Finalmente,  se  queja de que en la valoración de las pruebas no se  hubiera  tenido  en  cuenta  la  indagatoria  rendida  por  su  defendida, quien  aseveró  que  fue designada como interventora de un día para otro, sin ningún  tipo  de  capacitación  y  sin  la  existencia  en  la  entidad  de manuales de  procedimientos para ello.   

          Por  otra  parte,  en subsidio del cargo anteriormente reseñado, el  censor  plantea  que  se  violó directamente la ley por aplicación indebida de  disposiciones  normativas  contenidas  en la Ley 80 de 1993 y los arts. 9º, 12,  286  y  410  del  C.P., así como por falta de aplicación tanto de los Decretos  777  de  1992,  1403  de  1992  y  2459 de 1993, como de los arts. 6º y 7º del  C.P.P.   

          En  concreto,  expone, el Tribunal erró al aplicar normas de la Ley  80  de  1993, pese a que, por tratarse el cuestionado contrato de un convenio de  interés  público,  regulado por el art. 355 de la Constitución y los Decretos  mencionados  en  precedencia,  resultaba  inaplicable  el Estatuto General de la  Contratación Pública.   

          Pese  a  que  en  la  sentencia se clarifica que, por tratarse de un  contrato  especial  no  regido  por  la  Ley  80  de 1993, el juicio de reproche  aplicado  a la señora VALDERRAMA, como interventora, en últimas tuvo en cuenta  “en    toda    su    extensión”   dicho  estatuto, especialmente las normas concernientes a las etapas  precontractual y de liquidación del contrato.   

          Desde  esa  perspectiva, cuestiona que se le atribuya a su defendida  responsabilidad  penal por actuaciones donde no tiene injerencia el interventor,  cuyas  funciones  se  limitan  a  la  supervisión  sobre  la  ejecución  y  el  cumplimiento  del  contrato.  Y  esta  función, destaca, fue la que cumplió la  señora   VALDERRAMA.   Tales  yerros,  puntualiza,  condujeron  a  la  errónea  afirmación  de la responsabilidad penal de aquélla por los delitos de contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales  y  falsedad ideológica en documento  público.   

          Con  fundamento  en los referidos cargos, demanda la casación de la  sentencia  para  que,  en  consecuencia, la Corte absuelva a su defendida de los  cargos que le fueron atribuidos en la acusación.   

IV.     CONCEPTO     DEL     MINISTERIO  PÚBLICO   

          Para  la  Procuradora 3ª delegada para la Casación Penal, la Corte  no debe casar la sentencia impugnada.   

          4.1  En  relación  con  la  demanda  formulada  en nombre de CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA,  por  la  vía  de  la  violación  indirecta de la ley  sustancial, estima que los cargos no están llamados a prosperar.   

          En  sustento  de ello, luego de referirse a la condición reglada de  la  contratación  estatal,  en  tanto  actividad  que desarrolla los principios  constitucionales  de  la  función  administrativa,  pone de presente que, en el  presente  caso,  el  registro  presupuestal  data del 25 de julio de 2003, fecha  posterior  a  la celebración y ejecución      del      “contrato”.  De  ahí  que,  resalta,  se  hubiera desconocido un requisito  esencial  de  la  contratación.  Si  bien  el censor, puntualiza, alega que tal  requisito  pertenece  a  la fase ejecutiva del contrato, la carencia del aludido  registro    denota    el    “desgreño”  en  el  manejo  de  los  recursos  del  Estado,  lo  que, en su  opinión,   implica  arbitrariedad  en  el  servidor  público  y  deja  ver  la  predominancia   de  su  interés  personal,  en  contravía  de  los  principios  constitucionales que rigen la contratación administrativa.   

          Además,   añade,   se   inobservaron   otras  exigencias  como  la  publicación  del convenio en los diarios, boletines o gacetas oficiales, pese a  que  su  cuantía  superaba  los  100  salarios  mínimos;  no  se  demostró la  experiencia  de  PROJUDEC  como  persona  jurídica  y el objeto del convenio se  redactó  de  forma  imprecisa  y  difusa, sin especificar en forma concreta las  características  de  las actividades deportivas. Por consiguiente, concluye, al  margen  de  que  el  contrato  se hubiera ejecutado, es claro que la conducta de  CARLOS  LENIS  se  adecúa  al  tipo  penal  de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales, por lo que, dice, mal podría afirmarse que se distorsionó  el  contenido  del  fallo  de responsabilidad fiscal dictado por la Contraloría  Departamental del Valle del Cauca.   

          Tampoco,  prosigue,  le  asiste  razón  al censor cuando pregona la  omisión  del contenido de la declaración de AURA MARÍA VALDERRAMA. Lo cierto,  destaca,  es  que  ésta,  en  calidad  de interventora, no presentó un informe  detallado    sobre    las    especificaciones    técnicas,    las   actividades  administrativas,  el  tipo  de competencias, la cantidad de participantes, entre  otros   aspectos,  sino  apenas  un  documento  alusivo  a  la  realización  de  actividades  para  el  fomento  del deporte, sin fecha de elaboración, por cuyo  medio  dio  certeza  sobre la ejecución del contrato y la premiación. Además,  subraya,  varios  testigos  afirmaron  no  haber  participado  ni haber recibido  premio alguno, pese a que figuraban en el listado de competidores.   

          Por  ende,  enfatiza,  contrario  a lo expuesto por el libelista, el  sentenciador   ad  quem,  a  partir  de  tales  elementos  probatorios,  bien podía inferir que no se había  realizado  el  objeto contractual, lo que descarta la configuración de un falso  raciocinio.   

          De  ninguna  manera agrega, el Tribunal incurrió en falso juicio de  identidad  al  valorar el documento de “realización  y  actividades  para  el  fomento y desarrollo del deporte en las disciplinas de  atletismo  y  ajedrez  en  Buenaventura”, como quiera  que  el  Tribunal  logró  demostrar,  a  través  de  otras  pruebas,  que  las  actividades  no  fueron  realizadas  y  que  existieron  falsedades tanto en las  facturas   como  en  las  cuentas  de  cobro  presentadas  por  el  contratista.   

          Menos,  continúa,  le asiste razón al demandante al afirmar que la  falta  de  citación  del  Decreto  3232  de  2002 constituye un falso juicio de  existencia  por  suposición, pues lo cierto es que, al margen de la mención de  la  norma,  el  salarió  mínimo  a  partir del 1º de enero de 2003 sí era de  332.000, como se consignó en la sentencia.   

          En   cuanto  al  alegado  falso  juicio  de  identidad  respecto  al  análisis  de  los  documentos  a partir de los cuales el Tribunal dedujo que la  fundación  contratista  no  contaba  con  la suficiente idoneidad para llevar a  cabo  el  objeto  del  contrato,  afirma,  es  clara  la falta de fundamento del  reproche.  En  su criterio, No sólo no hubo la denunciada tergiversación, sino  que  el  demandante  confunde  la falta de experiencia de la fundación PROJUDEC  con  la  de  sus  integrantes,  así  como  la  experiencia  en capacitación en  actividades  del deporte con la realización y ejecución de eventos deportivos.   

          4.2  De  cara  a  los  cargos principales formulados a favor de AURA  MARÍA  VALDERRAMA, por violación indirecta de la ley sustancial, enfatiza que,  efectivamente,  en  las  fotografías  entregadas  por  el  contratista no se ve  ningún  joven,  lo  que  denota  una  modificación del objeto contractual. Sin  embrago,  dice,  la  interventora evadió la responsabilidad de verificar que se  diera cumplimiento efectivo al objeto del convenio.   

          En  la  misma  dirección, prosigue, en la sentencia se acreditó el  incumplimiento  de las funciones en cabeza de AURA VALDERRAMA. Pues, habiéndose  suscrito  el  convenio  para  la participación de 450 personas, la interventora  apenas  certificó  la  concurrencia de 205 participantes, dentro de los cuales,  resalta,  hay  algunos  que  declararon no haber competido en ninguna carrera ni  haber recibido premios.   

          Además,  destaca,  pese  a que se pactó que los eventos deportivos  debían  realizarse  en  escenarios  amplios  y con infraestructura adecuada, la  interventora  no  certificó  que  las  actividades  se  llevaron a cabo en esas  circunstancias,   sino  en  vía  pública.  Empero,  puntualiza,  la  Alcaldía  Municipal  no  otorgó  ningún  permiso  para el cierre de calles. De ahí que,  concluye, los reproches son infundados.   

          De  otro lado, subraya, contrario a lo expuesto por el libelista, no  es  cierto  que  las  obligaciones  de la señora VALDERRAMA se limitaban a ir a  verificar  que  se  desarrollaba  el evento, como quiera que, de acuerdo con los  arts.  32-2  de  la Ley 80 de 1993 y 6º del Decreto 777 de 1992, al interventor  le  corresponde  garantizar  que  el contrato se desarrolle y ejecute conforme a  los  términos  convenidos,  vigilando  su cumplimiento en cuanto a los aspectos  administrativos,  técnicos  y  financieros, con acatamiento del costo, tiempo y  calidad  del  servicio  contratado,  contando  inclusive  con  la posibilidad de  exigir  todos  los  documentos  que  acrediten  que  el  contratista  obtuvo los  permisos  y  licencias  necesarias  para  el  desarrollo del objeto contractual.   

          Por  último, expone, el cargo subsidiario por violación directa de  la  ley  sustancial  tampoco  tiene  vocación de éxito, en la medida en que el  Tribunal  no  le  dio  aplicación  a  la Ley 80 de 1993, sino al Decreto 777 de  1992.   

V. CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          5.1  Las  demandas  formuladas  en  nombre de CARLOS LENIS GARCÍA y  AURA  MARÍA VALDERRAMA cuestionan, de manera principal, la premisa menor  del  silogismo  de  la resolución  contenido  en  la  sentencia  impugnada.  Así,  entonces,  como  los cargos por  violación   indirecta  se  dirigen    contra   la   base   fáctica  de  la  declaratoria de responsabilidad penal, a continuación, la  Sala  reseñará  la  estructura  probatoria  que  sustenta la condena. Aquélla  será  contrastada  con  los reproches elevados por esta vía de impugnación, a  fin  de  determinar  si,  en  razón de la existencia de alguna infracción, las  declaraciones  de  hechos  que  integran  el  fallo  deben  modificarse o si, en  ausencia  de  yerros  en  su  construcción,  han  de permanecer inmodificables.  También,   en   orden   a   establecer   si   la  refutación  es  idónea        y       suficiente,   en   consonancia  con  los  criterios  jurisprudenciales  desarrollados  por  la  Corte,  para  provocar una  decisión sustancialmente diferente a la condenatoria.   

          5.1.1                       Pues  bien,  en  relación  con  el  delito de  contrato  sin  cumplimiento  de requisitos legales, el Tribunal, partiendo de la  acreditada  condición  de  servidores  públicos de los acusados, en calidad de  gerente-contratante  y  subgerente técnica-interventora de INDERVALLE, analizó  la   conducta   de   aquéllos,   de   cara   a   las   distintas   fases     contractuales     y     sus  correspondientes   requisitos,   previstos  en  el  Decreto  777  de  1992,  que  reglamenta  los  convenios  de  interés público previstos en el art. 355 de la  Constitución.   

          Desde  esa  perspectiva,  afirmó  el  incumplimiento  de múltiples  exigencias   legales   en   diversas   etapas   del  proceso  de  contratación.   

          En  la  fase  de  tramitación,   según  el  Tribunal,  si  bien  CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA  incorporó  al proceso contractual un estudio de conveniencia y oportunidad para  la   realización  del  cuestionado  convenio,  dicho  análisis  fue  efectuado  con  posterioridad  a  las  fechas  de  celebración  e,  inclusive,  de  ejecución  contractuales,  lo que  vulnera  los principios de planeación, selección objetiva y transparencia. Tal  aserto  lo  extrajo  de  la observación del documento contentivo del respectivo  estudio,  cotejado  con  el  texto  mismo  del convenio, los anexos de éste, el  Decreto  905  del  19  de  2003  -por  cuyo  medio se  aprueba,     también    posteriormente,    el    presupuesto    aprobado    para    la   ejecución   del  convenio-,  el cronograma de  actividades  deportivas y la ficha de Identificación de Proyectos de Inversión  del  departamento,  entre otros. Además, puso de presente que el expediente del  contrato  no  acredita  la  existencia  de  una  convocatoria  pública  ni  una  propuesta por parte de PROJUDEC.   

          Para  los  falladores de segunda instancia, ello quiere decir que el  convenio  se  realizó  sin haberse determinado la necesidad de su celebración,  las  calidades, especificaciones o características del servicio a contratar, la  disponibilidad  de  recursos  de  la  entidad  contratante ni la conveniencia de  capacitar  y  fomentar la práctica del deporte en el departamento del Valle. Es  decir,  según  el  Tribunal,  el  contrato  se  celebró  improvisadamente, sin  ningún  criterio objetivo para seleccionar el ofrecimiento más favorable a los  fines  de  la  entidad  y a los intereses de los jóvenes residentes en el Valle  del  Cauca; tanto así que las competencias de atletismo y ajedrez se realizaron  un día después de haberse suscrito el convenio.   

          Adicionalmente,     para     el     ad  quem,  se  presentó  otra  infracción  de requisitos  esenciales  en  la  etapa  de tramitación  del  contrato,  debido  a  que el contratista fue seleccionado con  desatención   de   las   exigencias   normativas  aplicables  a  los  contratos  especiales   de  interés  público  (art. 1º del Decreto 777 de 1992). Esta norma, se indica en el fallo,  establece,  por  una  parte, que una de las condiciones para contratar es que la  persona  jurídica  sin ánimo de lucro tenga reconocida idoneidad y experiencia  con   resultados   satisfactorios   que   acrediten   su  capacidad  técnica  y  administrativa   para   realizar  el  objeto  contractual;  por  otra,  que  tal  evaluación debe ser motivada y constar por escrito.   

          Sin  embargo,  para  los  juzgadores  de  segunda  instancia,  de la  documentación  aportada  por  el  contratista  no  se  satisfacen  las aludidas  exigencias.  Pues  GERMAN  HUMBERTO  BONILLA nada presentó en relación con los  resultados  obtenidos  por  PROJUDEC, en tanto persona  jurídica.  Ninguno  de  los  documentos allegados por  aquél,   agregan,   demuestra   experiencia   de  la  fundación en la ejecución de programas y actividades  deportivas  -en  atletismo ni en ajedrez-,  disposición logística apropiada para ello, cuáles han sido sus  aportes  en  materia  pedagógica  ni  la  existencia de contratos similares que  previamente  le  hubieran  sido  adjudicados.  Si bien, enfatizan, se cuenta con  documentación     referente     al     “capital  humano”  que laboraba para la mencionada fundación,  no  se  determinó qué servicios, en concreto, prestarían para “el  fomento  y  desarrollo  del  deporte  en  actividades  de  alta  competencia”,   lo   cual,   en   su  criterio,  es  insuficiente  para  probar  la  experiencia  y  la  idoneidad de la persona   jurídica   seleccionada  como  contratista,  por  ser  aspectos  que  no  pueden  confundirse  con  situaciones  predicables   de   sus   integrantes.  Sin  embargo,  reprocha  la  Corporación  ad  quem,  CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA  incumplió con la obligación legal de verificar el cumplimiento  de  los  mencionados  condicionamientos  para  la  escogencia  del  contratista.   

          En     lo    concerniente    a    la    celebración    stricto  sensu  del  convenio de interés  público,  se lee en la sentencia, se incumplieron exigencias legales esenciales  (art.  1518  del  C.C.),  por  cuanto  el  objeto  contractual  no se determinó  adecuada  ni  suficientemente. Apenas, destaca el Tribunal, se dijo que PROJUDEC  se  comprometía  a  ejecutar  (sic)  el  fomento  y  desarrollo  del deporte en  actividades  de  alta competencia en las disciplinas de atletismo y ajedrez, sin  que  se  hubieran  establecido,  en  concreto,  cuáles  eran las actividades de  “alta competencia”, qué  eventos  específicos  en  esos  deportes  se debían realizar ni el lugar o los  lugares  de  desarrollo de éstos. En este último aspecto, puntualiza el fallo,  si  bien  el domicilio de las partes contratantes era Cali, el contrato terminó  ejecutándose     -insuficientemente- en Buenaventura.    

          De   cara   a  la  ejecución   del   contrato,  en  la  sentencia  se  identificaron  múltiples  irregularidades,  a  saber: i) la inexistencia del registro presupuestal para la  fecha  de celebración del convenio; ii) la ausencia de publicación de éste en  el   Diario   Oficial   del  departamento  y  iii)  que  el  objeto  contractual  no   se   realizó   con  acatamiento  de  los  estándares  definidos  en  la Ficha de Identificación de  Proyectos de Inversión de INDERVALLE.   

          A   ese  respecto,  el  fallo  da  cuenta  de  que  el  programa  de  actividades   deportivas,   según   la   referida   ficha,  estaba  dirigido  a  jóvenes  del  municipio de  Buenaventura,  entre  14  y 22 años de edad, de estratos 1, 2, y 3, atletas con  un  nivel promedio de competencia, jugadores de ajedrez y jóvenes en proceso de  formación  deportiva  en  esas  disciplinas,  para  una población total de 450  involucrados.   Sin  embargo,  no  existe  certificación  de  cumplimiento  del  contrato con tales especificaciones.   

          En  efecto,  continúa el fallo, no existen soportes documentales de  la  convocatoria  a  la  comunidad  por  parte  de  PROJUDEC  ni  del proceso de  selección  de  los  deportistas  participantes,  de acuerdo con las categorías  creadas.  Y  no  podría  haberlas,  como  quiera  que,  destaca el Tribunal, al  haberse  realizado  las  competencias un día después de la firma del contrato,  no  podría  haberse citado oportunamente a la comunidad para que participara de  las actividades de atletismo y ajedrez.   

          Tal  irregularidad,  prosigue,  debe articularse con el hecho de que  PROJUDEC   fue   creada   para  “propugnar  por  la  formación  integral  de  la juventud” y seleccionada  para  convocar  a  jóvenes  entre  14  y 22 años de edad, pero las competencias se dirigieron a categorías  “élite”  -para    personas    entre    20    y    39   años-,   máster  A  y  B -dirigida a mayores de 40  años-  y  máster  C  -para  participantes de más de 50 años-.   

          En  ese  sentido,  llaman  la  atención  los  juzgadores de segunda  instancia,  en  las  exiguas cinco fotografías con las que se pretendía probar  el  cumplimiento  del objeto contratado no se aprecia ningún joven participando  en  las  competencias.  Tampoco,  se  dice  en  la  sentencia,  existen  pruebas  demostrativas  de  la  inscripción  de  personas en las actividades deportivas,  mientras      que,      “de     manera     poco  creíble”,  GERMÁN  HUMBERTO  BONILLA aseveró que,  luego  de  la  ejecución  del  contrato,  sufrió un accidente automovilístico  donde  perdió  la  totalidad  de  la  documentación  -facturas,  fichas  de  inscripción  y fotografías-  de  las  labores desarrolladas en Buenaventura. Mas el  Tribunal  le negó crédito probatorio a tal afirmación, en la medida en que la  declaración  juramentada  se  efectuó un año después de la supuesta pérdida  (18  de  julio  de  2004),  sin  que  se  hubiere aportado ningún otro medio de  conocimiento  que  permitiera  corroborar  la  efectiva  ocurrencia del supuesto  siniestro.   

          Si  las  actividades  deportivas se realizaron con participación de  una  población  diferente  a  la  exigida  por  la  ficha de identificación de  proyectos,   puntualiza   el  Tribunal,  debió  haberse  suscrito  un  contrato  adicional   para   ampliar   la  población  concernida,  por  tratarse  de  una  modificación  del  objeto contractual. Mas como ello no sucedió de esa manera,  para  los  juzgadores,  se  infringió el principio de responsabilidad tanto por  CARLOS  LENIS  como por AURA VALDERRAMA, dado que no verificaron ni exigieron el  cumplimiento del convenio en los términos estipulados.   

          Con    todo,    en   criterio   de   los   falladores   ad  quem, es poco creíble que el contrato  se  hubiera  ejecutado de la  forma  en que lo certificó la interventora AURA MARÍA VALDERRAMA, esto es, con  participación de más de 250 personas.   

          En   primer   lugar,  se  expone  en  el  fallo,  como  quiera  que,  debiéndose   realizar  las  competencias  en  un  escenario  deportivo  amplio,  iluminado,  con infraestructura adecuada y con capacidad para 450 participantes,  no  existen  pruebas de que el contratista hubiera gestionado el alquiler de una  locación  de  tales características. Y si bien se informó que la actividad de  atletismo  se  llevó  a  cabo  en  vías  públicas,  según los juzgadores, es  incomprensible  que  en  el  término  de  un  día  se  hubieran  obtenido  las  autorizaciones  de  la  Alcaldía  para  utilizar  el espacio público con tales  fines.  No  obrando,  entonces,  las  respectivas  licencias  por  la  autoridad  municipal  competente, para el Tribunal no es creíble que se hubieren efectuado  los   cerramientos   necesarios  para  realizar  una  competencia  de  más  250  participantes.   

          Antes  bien,  a  ese  respecto,  en  la sentencia se resalta que, de  acuerdo  con los datos suministrados por la Secretaría de Regulación y Control  de  Tránsito  de  la  Alcaldía  de  Buenaventura,  en  esa  entidad  no reposa  información  que  permita  certificar  que,  entre el 28 y 30 de junio de 2003,  tuvieron lugar competencias de atletismo en vía pública.   

          Aunado  a  lo anterior, el fallo da cuenta de pruebas indicativas de  que  las  carreras atléticas no se llevaron a cabo. A ese respecto, se trajeron  a  colación,  por  una  parte, los testimonios de María Lelis Valencia, Ofelia  Chala  y Angelis Riascos, supuestos competidores que aparecían inscritos en los  listados  de  participantes  aportados  por  el contratista, pero que, según su  dicho,  no  tomaron  parte  en los mencionados eventos deportivos; por otra, las  constancias  de pago de honorarios a profesionales y de servicios a empresas que  supuestamente  habrían  tomado  parte  en  las  justas deportivas, pero que, en  verdad, no tuvieron ninguna participación en ello.   

          Con  base  en  lo  anterior,  expone el ad  quem,  CARLOS  ALBERTO  LENIS y AURA MARÍA VALDERRAMA  incumplieron  con  los  deberes que la contratación les impone, a saber, exigir  al   contratista   la   ejecución  idónea  del  objeto  contratado,  adelantar  revisiones   de   las  actividades  ejecutadas,  servicios  prestados  o  bienes  suministrados,  verificar  que  éstos  cumplían con las condiciones de calidad  ofrecidas  por  los  contratistas,  promover  las  acciones  de  responsabilidad  pertinentes   y   adoptar  las  medidas  necesarias  para  mantener  durante  el  desarrollo  y ejecución del  contrato   las   condiciones  técnicas,  económicas  y  financieras  pactadas.   

          En  estrecha  conexión  con  esta  conclusión,  de  acuerdo con el  fallo,  también  es  dable afirmar la existencia de irregularidades en la etapa  de    liquidación   del  cuestionado  contrato.  La  competencia  del  interventor,  según  el Tribunal,  consiste  en  garantizar que el contrato se desarrolle  y   ejecute  conforme  a  los  términos  convenidos,  vigilando  su  cumplimiento  en  cuanto  a aspectos administrativos, técnicos y  financieros,  con  acatamiento  del  costo,  tiempo  y  calidad  de los bienes o  servicios   contratados.   Empero,   destaca,   las  funciones  de  interventoría  en  realidad  no  fueron  ejercidas,  pues  no  se  inspeccionó  ni  comprobó,  en  estricto sentido, la  ejecución  del  contrato  de  acuerdo  a lo pactado. Ello, por cuanto, subraya,  nada   se   dijo  de  las  especificaciones  técnicas  ni  de  las  actividades  administrativas  y  presupuestales,  como tampoco se elaboró algún informe que  permitiera  determinar  qué  tipo de actividades se desarrollaron, en términos  de  cantidad, tiempo y número de participantes. No se indicó, además, cuantas  carreras  de  atletismo  se  realizaron,  dónde  tuvieron  lugar  los cursos de  capacitación ni cómo se adelantaron las competencias de ajedrez.   

          En  esa  dirección,  continúa,  AURA  MARÍA  VALDERRAMA tenía la  obligación  de exigir los documentos que comprobaran que el contratista contaba  con  permisos  y licencias necesarias para el desarrollo del objeto contractual,  en  relación  con las carreras de atletismo en las calles de Buenaventura, así  como,  de  cara  a  la  ejecución del contrato, solicitar la relación clara de  todas  las competencias y el listado total de participantes inscritos, pedir los  soportes  concernientes  a  la  contratación  de  bienes  y  servicios  para el  cumplimiento   del   convenio  e  informar  acerca  del  incumplimiento  de  las  obligaciones  contraídas  por  las  partes. Empero, como todo se ejecutó de un  día   para   otro,   para   los  juzgadores  de  segunda  instancia  es  claro  que  la  interventora actuó  negligentemente, en desatención de sus funciones.   

          No  obstante,  se enfatiza en la sentencia, la interventora, por una  parte,   “dio  certeza”  sobre  la ejecución del contrato, la premiación y la asistencia de más de 250  personas  al  evento,  pese  a que el convenio se realizó para involucrar a 450  participantes;  por  otra,  afirmó  que  las  actividades  fueron  planeadas  y  contaron  con  la  organización  y logística del caso, sin haber verificado la  documentación  supuestamente  aportada  por  el  contratista.  De  ahí que, en  criterio  del  Tribunal,  al suscribir el acta de liquidación del contrato el 2  de  julio  de  2003,  AURA MARÍA VALDERRAMA realizó un aporte fundamental para  que  el  convenio se liquidara sin cumplimiento de los requisitos legales. Pues,  resalta,  el  acta  indica, sin ser cierto,  que  “se verificó que el contratista  cumplió   el   objeto   contractual  dentro  del  plazo  pactado  y  de  manera  satisfactoria para INDERVALLE”.   

          5.1.2                       Por  otra  parte, frente al cargo por falsedad  ideológica  en  documento público, en el fallo impugnado se les reprocha a los  acusados  haber  suscrito  el  acta  de  iniciación  del contrato, el documento  denominado  “realización  de  actividades  para el  fomento  y  desarrollo  del deporte en las disciplinas de atletismo y ajedrez en  el   municipio   de   Buenaventura”  y  el  acta  de  liquidación   del  convenio,  consignando  hechos  contrarios  a  la  realidad.   

          AURA  MARÍA  VALDERRAMA, quien extendió el informe de realización  de  las  actividades,  se  expone  en  la  sentencia, afirmó que el contrato se  ejecutó,  como  quiera  que  las  actividades  fueron  planeadas y contaron con  organización   y   logística   de  “muchos  días  antes”. Empero, para el Tribunal, ello no es cierto,  como   quiera   que   no  hay  elementos  suficientes  para  demostrar  la  efectiva  realización del objeto  contratado,  pues solo se cuenta en el expediente con unas exiguas fotografías,  un  listado  de participantes del que hacen parte personas que no compitieron en  ninguna  actividad  deportiva,  cuentas  de  cobro y facturas falsas3  y, en caso de  haberse  llevado a cabo algunas competencias, éstas no se dirigieron a jóvenes  ni  a  la  cantidad  de  personas  para  las  que  estaban presupuestadas.    

          Al  acta  de  liquidación  firmada el 2 de julio de 2003, agrega el  ad  quem,  supuestamente se  integraron  los  documentos  que  respaldan  la  realización  de  las  actividades  deportivas  de fomento y  desarrollo  del  deporte  en  atletismo  y ajedrez en Buenaventura. Sin embargo,  puntualiza,  ello no podía ser así, en la medida en que el contratista GERMÁN  BONILLA  aseveró  que  el  1º  de  julio  de  ese  año había perdido toda la  documentación   pertinente   -facturas,  fichas  de  inscripción     de    participantes    y    fotografías    pertenecientes    a  PROJUDEC-.   

          A  partir  de  tal aserto, prosigue, puede concluirse que el acta de  liquidación  suscrita por CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA y AURA MARÍA VALDERRAMA  no   contiene   “la  verdad  histórica”.  Pues,  de  haberse  perdido la documentación, como lo afirmó  GERMÁN  BONILLA, no era posible consignar en el acta que los recibos y facturas  fueron   presentados   para   su   revisión;   como  tampoco  era  factible  la  verificación,  si  aquéllos  nunca  existieron  y  su alegada pérdida fue una  estratagema del contratista.   

          5.2                       Respuesta  a  la  demanda formulada en nombre de  CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA   

         

          5.2.1                       Antes  de cotejar la estructura probatoria que  sustenta  la  declaración  de  responsabilidad del señor LENIS GARCÍA, por el  delito  de  contrato  sin  cumplimiento de requisitos  legales, con los reproches formulados por su defensor,  la  Sala  ha  de  efectuar  algunas  precisiones  en relación con el ámbito de  aplicación  del  art. 410 del C.P., según la fase en  que  se  encuentre  el contrato. Pues la punibilidad de  la  conducta  del  servidor  público  no  se  predica,  como  lo comprendió el  Tribunal, de la totalidad de las etapas contractuales.   

          Tal  como lo ha precisado la Corte (CSJ SP  9  feb.  2005,  rad.  21.547  y  SP,  23  mar.  2006, rad. 21.780), las   formas   de   comisión   de   este   delito   se  refieren  a  comportamientos  distintos.  Una es la conducta aludida en la primera modalidad,  donde  se  reprocha  el  hecho de tramitar  el  contrato  sin  observar  sus  requisitos legales esenciales; y  otra,  la de quien lo celebra  o  liquida,  pues  en estos  casos   la  prohibición  se  hace  consistir  en  no  verificar  el  cumplimiento  de los requisitos legales  inherentes a cada fase.   

          Es  decir,  en  el delito de contrato sin cumplimiento de requisitos  legales,   la   inobservancia   de   formalidades   inherentes   a  la              ejecución   del  contrato  no  comporta  reproche  penal.  Esta  tesis  fue  acogida  por  la  jurisprudencia  de la Sala  (CSJ  SP  20  may.  2003,  rad.  14.669)   y,  desde  entonces,  ha  venido  siendo  reiterada  (recientemente,    cfr.    CSJ    y   SP   23   nov.   2016,   rad.  46.037).4  Por  expresa disposición legal, la mencionada conducta punible se  limita  a  las  etapas  de  tramitación,  celebración      o      liquidación,  sin  que  pueda entenderse  que  todo  lo que tenga que  ver  con  la  contratación  administrativa  pertenece al trámite del contrato.   

          La   tramitación,  en  sentido  estricto,  corresponde  a  la  fase  precontractual,  comprensiva  de  los  pasos  que la administración debe seguir  desde  el  inicio  del  proceso  hasta  la celebración del contrato. Celebrarlo  significa   formalizar  el  convenio   para  darle  nacimiento  a  la  vida  jurídica,  a  través  de  las  ritualidades  legales  esenciales.  Mientras  la  liquidación es una actuación  administrativa  posterior  a  la  terminación  de  contrato, por cuyo medio las  partes  verifican  en  qué  medida y de qué manera cumplieron las obligaciones  recíprocas  de  él derivadas, con el fin de establecer si se encuentran o no a  paz    y    salvo    por    todo    concepto   derivado   de   su   ejecución5.   

Esa  comprensión  del  limitado  ámbito  de  aplicación  de  la  conducta punible descrita en el art. 410 del CP, según las  aludidas  fases  de  la contratación, descartando su ampliación a otras etapas  contractuales,  es  corolario  de  la vigencia del principio de legalidad, en su  componente    de   estricta   tipicidad   (art.   10   inc.   1º   ídem). Al respecto, la Sala (CSJ  SP  11  jul. 2012, rad. 37.691) puso  de presente:   

Ninguna explicación razonable tendría que  el  legislador,  al  tipificar  el  delito de contrato sin  cumplimiento de  requisitos    legales,    hubiese    empleado    los    términos   “tramitar”,    “celebrar”    y  “liquidar” para definir  las  fases en cuyo ámbito se estructura la conducta punible, indicando así que  el  primero  de ellos no se refiere a todo el proceso contractual sino solamente  a  una  parte  de él, no otro que el correspondiente a la etapa precontractual,  porque  de  ahí  en  adelante solamente decidió tipificar el ciclo propiamente  contractual y el atinente a la liquidación.   

Dígase,  adicionalmente,  que  si  bien el  principio  de  legalidad  que  gobierna  la  contratación  impone  predicar  la  configuración   del  mencionado  ilícito  cuando  se  desconocen  los  axiomas  tutelares  de  esa  clase de actuaciones estatales, como planeación, economía,  responsabilidad,  transparencia y selección objetiva, lo cierto es que el mismo  principio  de  legalidad  únicamente tolera la imposición de sanciones penales  cuando   el   comportamiento   del   agente  se  enmarca  estrictamente  en  una  descripción  típica  previamente  establecida por la ley. Si tal situación no  acontece,  la  conducta  devendrá  atípica por la no realización de todos sus  elementos descriptivos.   

          De  suerte  que,  se  reitera,  la  inobservancia  de los requisitos  legales  concernientes  a  la  ejecución  del  contrato estatal no realiza el tipo objetivo del art. 410 del  CP.   Dichos   requerimientos   no   pueden  confundirse  con  las  formalidades  pertenecientes a la tramitación ni a la celebración.   

          Bajo  tales premisas, salta a la vista que el Tribunal incurrió en  un  yerro  in iudicando, por  cuanto  afirmó la tipicidad de la conducta punible de contrato sin cumplimiento  de   requisitos   legales,   con   base  en  la  inobservancia  de  formalidades  concernientes     a    la    ejecución  de  los  convenios  de  interés  público.  Y  ello  implica una  ostensible   violación   del   principio  de  legalidad  de  la  sanción,  por  desconocimiento  de  la  exigencia  de  estricta tipicidad (arts. 6º inc. 1º y  10º inc. 1 del C.P.).    

          Efectivamente,  el  ad quem puso  de  presente  que  CARLOS LENIS omitió el cumplimiento de un  requisito  de  celebración  del  contrato  de  interés  público,  por  cuanto,  al momento de ejecutar    su   objeto,   no   había  registro           presupuestal.6  Empero, como lo clarifica la jurisprudencia del Consejo de Estado  (cfr.,  entre otras, CE Secc. 3ª, sents. 28. sept. 2006, exp. 15.307 y sent. 23  jun.  2010,  exp.  34.324), el registro presupuestal7  no  es  un  presupuesto  de  tramitación    ni    celebración    del   contrato,   sino   de   ejecución   del   mismo.   Sobre   el  particular,  en  reciente  decisión  (CE  Secc.  3º,  sent. 13 abr. 2016, rad.  42.565), textualmente expuso dicha Corporación:   

Es  importante precisar que el artículo 41  de  la  Ley  80  de  1993  se  refiere a los requisitos de perfeccionamiento del  contrato   estatal,   en   orden  a  requerir  el  acuerdo  escrito  acerca  del  “objeto    y    contraprestación”,   a  la  vez  que  establece  la  existencia  de  disponibilidades  presupuestales,  como  requisito  de  ejecución  del  contrato,  tal como lo ha reiterado la jurisprudencia  de  esta  Corporación  en  los  últimos  años,  una  vez que se rectificó la  postura  inicial  sobre  el  registro  presupuestal8.   

Con fundamento en el análisis del precitado  artículo,  se ha determinado que, como regla general, el desconocimiento de las  normas  presupuestales  establecidas  para  la  disponibilidad  de  los recursos  requeridos  para  el  pago  del contrato estatal, no constituye causa de nulidad  absoluta  del  mismo.  Lo  anterior  se  entiende  con  independencia  de que la  transgresión   de  los  requisitos  pueda  configurar  actos  disciplinables  y  sancionables   para   aquellos   que   los   ejecutan,  con  eventuales  efectos  presupuestales   adversos  para  el  ente  territorial,  amén  de  que  podría  configurarse  la  responsabilidad  frente  al contratista, si la transgresión a  las  normas presupuestales desemboca en el incumplimiento del contrato, en forma  imputable al Estado contratante.   

         

          A  ese  respecto ha de aclararse que si bien la Sala comprendió, de  antaño,  que  el  registro  presupuestal   constituía   un   requisito   de   carácter  esencial  para  la  celebración   de   los  contratos  estatales  (CSJ  SP  14  dic.  2011,  rad. 32.679), tal postura ha de  modificarse,  pues  se apoyó en una visión de la jurisprudencia administrativa  que   fue   rectificada   desde   el   año   2006.9   

          La   comprensión   vigente  y  más  actual  de  la  jurisprudencia  administrativa   (CE   Secc.   3ª   Sub.   A,   sent.   24   feb.   2016,  rad.  46.18510),  con  la  que  ha  de  sintonizarse  esta Sala, con toda claridad  cataloga    al   registro  presupuestal    como    una   formalidad   perteneciente   a   la   ejecución  de  los  contratos estatales,  que   de   ninguna   manera  condiciona  el  perfeccionamiento  del  acuerdo  de  voluntades:   

En virtud de la expedición del certificado  de  disponibilidad  presupuestal la entidad imprime fe de que existen los fondos  necesarios  para  contraer  determinadas  obligaciones.  Sin embargo, en virtud del certificado no se afecta  de  manera  inmediata la respectiva apropiación, simplemente la aparta de forma  transitoria  mientras  se  lleva  a  cabo  el  perfeccionamiento  del compromiso  presupuestal,  lo  cual  se  logra a través del registro presupuestal. En otras  palabras,  el  registro  presupuestal es el mecanismo mediante el cual se afecta  la  apropiación de forma definitiva, acto que si bien  a  su turno se traduce en el perfeccionamiento del compromiso presupuestal no es  lo  mismo que el perfeccionamiento del contrato, en tanto el registro se obtiene  luego  de  que  el  contrato  nace a la vida jurídica  y  no  antes, y además no consulta un consenso entre las partes.   

[…]   Lo   mismo   puede   decirse  del  registro presupuestal en el  ámbito   de   cobertura   del   Estatuto   de   Contratación  Estatal,  habida  consideración  de  que  su implementación constituye  una    exigencia    para   la   ejecución   del   contrato   y   no   para   su  existencia.   

          Por  otra  parte,  el  Tribunal  también  le reprochó al procesado  LENIS   GARCÍA   no   haber   publicado   el  contrato  en  el  diario  oficial  departamental,  pese  a  superar  la  cuantía  de 100 salarios mínimos legales  mensuales.11  Sin embargo, dicha exigencia legal de publicidad también atañe a  la  etapa  de  ejecución de  los           contratos           estatales12.  Así se desprende del art.  41  parágrafo  3º  de  la  Ley  80  de  1993,  indicativo  de que el   contrato  sólo  puede  ejecutarse  una  vez  se  cumpla  con  su  publicación,    la    cual    tiene    lugar    después    del    perfeccionamiento  del convenio, esto es,  luego  de  agotada la fase de celebración. Tal comprensión ha sido acogido por  la  jurisprudencia  de  esta  Sala  y  por la del Consejo de Estado (cfr.,  entre  otras,  CSJ  SP 20 may. 2009, rad. 31.654 y CE Secc.  3ª, Sub. C, sent. 31 ago. 2015, rad. 28.053).   

          Aunado  a lo anterior, es claro que si la tipicidad está descartada  para   las   irregularidades   presentadas   en   la   fase  de  ejecución,  el  incumplimiento  o  cumplimiento  defectuoso  del  objeto  contractual  no pueden  fundamentar la punibilidad de la conducta.   

          En  consecuencia,  pese a que el censor no atacó el error en el que  incurrió     el     Tribunal     por     la    vía    adecuada    -violación  directa  de la ley sustancial por aplicación errónea  del  art.  410  del  C.P.-, con miras a materializar la  efectividad  del  derecho  material y el respeto de las garantías fundamentales  (arts.  206  y  216  del  C.P.P.),  la  Corte casará parcial y oficiosamente la  sentencia,  con  el  propósito de excluir como fundamento de la declaratoria de  responsabilidad  del  señor  LENIS  GARCÍA  las  imputaciones  cifradas  en el  incumplimiento   de   requisitos   aplicables   a   la   fase   de  ejecución  del  cuestionado  convenio de  interés  público,  a  saber,  la  inexistencia del registro presupuestal en la  fecha  de  su  celebración,  la ausencia de publicación del mismo en el Diario  Oficial  del  Departamento  y  que  el  objeto  contractual  no  se realizó con  acatamiento  de  los  estándares  definidos  en  la Ficha de Identificación de  Proyectos de Inversión de INDERVALLE.   

          Sin  embargo,  como  la  tipicidad  de  la  conducta de CARLOS LENIS  GARCÍA    también   se  fundamenta  en otras premisas  fácticas  que afirman la inobservancia de varios requisitos legales esenciales,  tanto  en  la  tramitación  como  en  la celebración del  cuestionado  convenio  de  interés  público,  la  Corte  ha  de  examinar  los  reproches  formulados  por  el censor, de cara a las declaraciones de hecho que,  pese  a  la  supresión  de las imputaciones referentes a la etapa de ejecución  contractual, mantienen en pie la decisión condenatoria.   

         

          5.2.2  Pues  bien,  efectuadas las anteriores precisiones, fácil se  advierte  que  los  reproches formulados por el defensor de CARLOS LENIS, por la  vía  de  la  violación  indirecta  de  la ley sustancial fundada en errores de  hecho,  no  están  llamados a prosperar. Como a continuación se expondrá, por  una  parte,  las premisas de refutación subyacentes a los cargos Nº 1, 2, 3, 5  y  6 son desatinadas e insuficientes para remover los fundamentos de la condena;  por  otra,  el  yerro  denunciado en el cargo Nº 7 no tiene configuración, sin  que haya lugar, entonces, a casar la sentencia por tales motivos.   

          Los  errores  de hecho implican el desconocimiento de una situación  fáctica,  producto de la incursión en falsos juicios de existencia o identidad  o falso raciocinio.   

          La  primera  de  dichas  hipótesis -falso juicio de existencia- se  presenta  cuando,  al  proferir  la  sentencia  impugnada, el fallador desconoce  por  completo el contenido  material  de  una  prueba  debidamente  incorporada  a  la actuación; también,  cuando  le  concede  valor probatorio a una que jamás fue recaudada, suponiendo  su existencia.   

          En  segundo  término,  el  falso  juicio  de identidad  tiene  ocurrencia  cuando  en el fallo  confutado  el  juzgador  distorsiona  o  tergiversa  el  contenido  fáctico  de  determinado  medio  de  conocimiento,  haciéndole  decir  lo que en realidad no  dice,  bien sea porque realiza una lectura  equivocada  de su texto, le agrega circunstancias que no contiene  u omite considerar aspectos relevantes del mismo.   

          En  tercer  lugar,  el  falso  raciocinio  se  configura  cuando el  Tribunal  observa  la prueba en su integridad, pero al  valorarla   desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica,  es  decir,  una  concreta ley científica, un principio lógico o una  máxima de la experiencia.   

          Cualquiera  de  estos  errores,  desde luego, debe ser trascendente  desde  el  punto  de vista  jurídico,    esto    es,    que    frente   a   la   valoración   conjunta   de  la  prueba  realizada  por  el  Tribunal,   su   exclusión  debería  conducir  a  adoptar  una  decisión  sustancialmente  diversa a  la  recurrida. Tratándose de censuras por violación  indirecta,  ello  supone, entre otros aspectos, que la  refutación    debe   ser   atinada   y   suficiente  para   lograr   la  remoción  de  los  motivos  que  soportan  la  decisión  impugnada, pues no se puede derrumbar una estructura  argumentativa   si   se   atacan   bases   diferentes  a  las  que la sustentan, como tampoco si éstas no se  refutan con suficiencia.   

          Desde  esa  perspectiva,  todos  los reproches dirigidos a acreditar  que   el   cuestionado   convenio  de  interés  público  sí  se  cumplió   a   cabalidad,   por  haberse  ejecutado en debida forma el  objeto  contractual,  constituye  una  refutación estéril, del todo carente de  aptitud  para  controvertir  que  el  señor LENIS GARCÍA inobservó requisitos  esenciales     en    la    tramitación  o  celebración  del plurimencionado convenio de interés público.   

          De  ahí  que  deban  desestimarse  los  reclamos  formulados por el  defensor  de  CARLOS  ALBERTO LENIS GARCÍA, con tal propósito de modificación  de  la  base  fáctica de la sentencia, a saber: i) el falso juicio de identidad  por  cercenamiento  del  fallo  de  responsabilidad fiscal, a partir del cual el  libelista  afirma  que  el  contrato  sí  se  ejecutó;  ii) el falso juicio de  existencia  por  omisión  de  la versión libre de AURA MARÍA VALDERRAMA en el  proceso  de  responsabilidad  fiscal,  cuya  supuesta  inobservancia,  según el  demandante,     condujo     al     Tribunal     a    predicar    “incertidumbre     acerca     de     la     efectiva    realización    de    las   actividades  contratadas”  o  que “el  contrato   fue   ejecutado  aparentemente”   y  iii)  los  cuestionamientos  al  indicio  de no ejecución del  convenio,  construido  por  el  Tribunal  con  base  en  el  hecho de que varias  personas  que integran el listado de competidores declararon que no participaron  en ninguna competencia.   

          De  igual  manera,  se  ofrecen  inanes  los  reclamos  cifrados  en  reputados  errores  de  hecho,  relacionados  con la inobservancia de requisitos  legales      que      atañen      a      la      fase      de      cumplimiento  del contrato (reproches Nº  5 y 6).   

          Por  una  parte,  si  lo  pretendido  por  el libelista es que a las  proposiciones  fácticas  de  la  sentencia  ingrese como premisa que INDERVALLE  contaba       con       presupuesto       suficiente      para      ejecutar  el contrato y pagarlo, es claro  que  tal  declaración  de  hecho  es  del  todo  impertinente para descartar la  punibilidad  de  la  conducta  del  gerente  de  dicho  instituto,  basada en la  afirmación   del   incumplimiento   de   exigencias  legales  aplicables  a  la  tramitación y celebración  del  convenio. De ahí que,  por  su  manifiesta intrascendencia, el reproche carece de cualquier posibilidad  de éxito.   

          Además,   al  margen  de la manifiesta incorrección formal de  la   censura   formulada  por  la  vía  del  falso  juicio  de  existencia  por  suposición,  fundamentada  en que no se “invocó el  decreto”  con fundamento en el cual se determinó en  la  sentencia  el  monto  del salario mínimo legal mensual para el año 2003, a  fin   de   determinar   si   el  contrato  debía  o  no  publicarse  en  el Diario Oficial, lo cierto es que  dicha  exigencia  legal  de  publicidad,  como  se  clarificó  en  precedencia,  también  atañe a la etapa de ejecución de  los  contratos  estatales,  fase  ajena  a  las de tramitación,  celebración  o  liquidación,  únicas etapas donde podría tener ocurrencia el  delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales.   

          5.2.3   Aunado   a   lo   anterior,   en  la  construcción  de  las  declaraciones  de  hechos que mantienen la condena, el  ad  quem  no incurrió en el falso juicio de identidad  denunciado  por  el censor (cargo Nº 7), mientras que la censura se abstiene de  refutar  otros fundamentos que soportan la afirmación de la tipicidad objetiva.   

          Efectivamente,  en  relación  con  el  séptimo reproche, formulado  bajo  el  ropaje del falso juicio de identidad por tergiversación, el censor no  demuestra    la    configuración    de   tal   dislate   en   la   observación  de  las  hojas  de  vida de  GERMÁN  BONILLA RINCÓN, Raúl Critau Cisneros, Christian Campo y José Antonio  Llanos.  Como  tampoco  lo  hace  en  relación  con la apreciación del acta de  intención  para  el  desarrollo  de  programas  de  capacitación  abierta  y a  distancia  en  actividades físicas y deportivas, entre la Escuela del Deporte y  PROJUDEC.   

          El  aludido  yerro se presenta cuando, tras cotejar el entendimiento  que  del  medio de conocimiento tuvo el juzgador con el contenido objetivo de la  prueba,  salta  a la vista la distorsión de éste. Mas contrastados los apartes  de  los  mencionados  documentos, traídos a colación por el demandante, con la  síntesis  o aprehensión que  de  su  contenido  se  consignó  en la sentencia impugnada, la Sala no advierte  ninguna distorsión.   

          Al  referirse  a  los  antedichos  documentos,  el  Tribunal puso de  presente  que,  de  cara  al  cumplimiento  de  los  requisitos  legales para la  selección  del  contratista,  el art. 1º del Decreto 777 de 1992 exige que los  convenios       sólo       pueden       celebrarse       con       entidades privadas sin ánimo de lucro de  reconocidas   experiencia   e   idoneidad,  con  resultados  satisfactorios  que  acrediten   la   capacidad   técnica   y  administrativa  de  las  entidades,  para realizar el objeto del contrato.   

          Desde  esa  perspectiva,  en  la  sentencia  se pone de presente que  ninguno  de  los  documentos  aportados  por  GERMÁN  HUMBERTO  BONILLA RINCÓN  demuestra    tales   condiciones   en   la   persona  jurídica  PROJUDEC.  Si bien, destaca el Tribunal, se  aportó      información      sobre      las      condiciones      personales  de  los  miembros  de  dicha  fundación  -que el demandante estima distorsionada en  su    entendimiento    por    los    juzgadores   ad  quem-,  lo cierto es que, en  lo  que  atañe  a  la  experiencia  e idoneidad de la  entidad,  determinada  a  partir  de sus resultados en  actividad  contractual  previa,  nada  se  aportó  al  proceso  contractual. Al  respecto,   textualmente   se   lee   en   el  fallo13:   

Del mismo modo fueron aportadas las hojas de  vida  […]  sin  que  de  ellas  pudiera determinarse […] en qué radicaba la  importancia   de  las  mismas  para  acreditar  el  requisito  de  “reconocida  idoneidad    y   experiencia   de   la   entidad”.   

Esta  exigencia  pretende  que las  entidades  sin  ánimo de lucro con  las   cuales   se  va  a  celebrar  un  contrato  de  interés  o  apoyo  tengan  reconocimiento    público    de   su   gestión   y  proyectos, de acuerdo al objeto que desarrollan y las  labores  que  desempeñan,  además que exista armonía entra las actividades de  la  administración  y  de las entidades sin ánimo de  lucro.   

[…] El Decreto 777 de1992 fijó el alcance  de  la  “reconocida  idoneidad”  indicando que es igual a la experiencia con  resultados  satisfactorios,  y  respecto  de  ella nada aportó GERMÁN HUMBERTO  BONILLA   RINCÓN,   como   representante   legal  de  PROJUDEC,  a  INDERVALLE.   

[…]  en ninguno de los escasos documentos  aportados  por  el  contratista  se demuestra la experiencia en la ejecución de  programas  y  actividades  deportivas,  nada se dice en cuanto a la disposición  logística     de     la    fundación,  sus  aportes en materia pedagógica o su capacidad financiera ni  obra  copia  de otros contratos relacionados con el objeto del contrato 0J278-03  -experiencia-  y  que  hayan  sido celebrados y liquidados en favor de PROJUDEC.   

[…]  el  contratista  sólo adjuntó como  anexos  unas  hojas  de vida, acompañadas de varios certificados, las cuales en  ese  caso  no  comportaban la suficiencia para demostrar la reconocida idoneidad  de  la  fundación, pues la  norma  depreca  (sic) este requisito respecto de la entidad sin ánimo de lucro,  no respecto de sus empleados.   

          Bien  se  ve,  entonces,  que  el  Tribunal no tergiversó la prueba  documental,  sino  que  el  libelista,  por  una  indebida  comprensión  de  la  aprehensión que a aquélla  le  dio  el ad quem, planteó  un  ataque  del todo desatinado. Pues, mientras la base fáctica para afirmar el  incumplimiento  del  requisito de verificación de la idoneidad y experiencia de  la  persona  jurídica  sin  ánimo  de  lucro fue que el contratista no allegó  información  pertinente referida a los resultados de la fundación PROJUDEC, el  censor    pregona    que    los    integrantes   de  ésta  son  idóneos, en tanto personas profesionales,  para la realización de eventos deportivos.   

          Y  si  bien el acta de intención para el desarrollo de programas de  capacitación  abierta  y a distancia en actividades físicas y deportivas entre  la  Escuela  del  Deporte y PROJUDEC, como lo afirma el censor, se refiere a las  actividades  de  esta última fundación, como entidad sin ánimo de lucro, ello  no  implica  ningún error de observación  de la prueba por distorsión del documento. Mientras el demandante  considera  que  del  acta  se  extrae un “mínimo de  experiencia”,  lo  que dijo el Tribunal, en punto de  valoración,  fue  que  la  mínima   información   aportada   por  el  contratista  no  permite  acreditar  suficientemente la idoneidad  de  PROJUDEC.  Aserto  que  para  nada  corresponde a una tergiversación, en la  medida  en  que  se  deriva  de  la  consideración  de  otros factores, como la  incertidumbre   en   torno  a  experiencia  contractual  previa,  ejecución  de  actividades   deportivas,   disposición   logística  y  capacidad  financiera.   

          De  suerte  que  el  reproche  no puede prosperar, porque además de  infundado,  se  abstiene  de  refutar  otra  premisa  fáctica  que  soporta  la  inobservancia  de  otros  requisitos  legales  esenciales en la tramitación del  convenio   de   interés  público,  a  saber:  que  el  señor  LENIS  GARCÍA,  desatendiendo  el  contenido  del art. 1º del Decreto 777 de 1992, no  documentó,  mediante  escrito debidamente motivado,  la  evaluación  que realizó sobre la idoneidad y experiencia de  la entidad con la que pretendía contratar.   

          Adicionalmente,  la  realización  de la tipicidad objetiva también  estriba  en  otros  fundamentos  fácticos  que  han de subsistir, por cuanto de  ninguna  manera  son  controvertidos  por  el  demandante.  Por  una  parte,  el  incumplimiento  de  requisitos  legales  de  igual  manera  se  afirmó,  en  la  tramitación  del  convenio,  con  base  en la vulneración de los principios de  planeación,  transparencia  y  selección objetiva, derivada de la celebración  del  contrato  sin  la  preexistencia  del  respectivo estudio de conveniencia y  oportunidad,  así  como por la inexistencia de una propuesta para participar en  el  proceso  de  selección,  por  parte  de  PROJUDEC; por otra, en la etapa de  celebración  en  estricto  sentido,  se  inobservaron  las  exigencias  legales  mínimas  para  delimitar  adecuada  y  suficientemente  el  objeto contractual.   

          5.2.4                       Ahora bien, mediante el cargo Nº 4, con miras  a  derribar  los  fundamentos  fácticos  en  que  descansa  la  declaratoria de  responsabilidad  penal  por  el  delito  de  falsedad  ideológica  en  documento público, el censor atribuye  a  la  sentencia  un  falso juicio de identidad, por tergiversación del acta de  “realización  de  actividades  para  el  fomento y  desarrollo  del  deporte  en  las  disciplinas  de  atletismo  y  ajedrez  en el  municipio  de  Buenaventura”. La esencia del reclamo  estriba  en  que  el  Tribunal habría distorsionado el contenido del documento,  firmado  únicamente por la interventora AURA MARÍA VALDERRAMA, para atribuirle  autoría a CARLOS ALBERTO LENIS GARCÍA.   

          Planteado  así  el  reclamo, éste no está llamado a prosperar, en  la  medida  en que, según se reseñó, la afirmación de la responsabilidad del  señor  LENIS GARCÍA por el referido delito contra la fe pública no se basa en  la   extensión   de   ese  documento   público,  sino  en  la  suscripción  por  aquél  de  otra   pieza   documental,  también  de  carácter   público,   contentiva   de  información  contraria  a  la  verdad.   

          El  cargo  es  infundado, como quiera que quien en verdad tergiversa  la  argumentación  expuesta  en  la  sentencia  es  el demandante. A la hora de  analizar   la  responsabilidad  de  los  acusados  por  el  delito  de  falsedad  ideológica  en  documento público, ciertamente el ad  quem,    a   manera   de  introducción,  mencionó tres documentos reputados de  contener  información  falsa.  Empero, oculta el censor que, con posterioridad,  en  la  sentencia  se discriminan los documentos que únicamente suscribió AURA  MARÍA  VALDERRAMA, entre ellos, el documento de realización de las actividades  deportivas.14   

          Adicionalmente,  pasa  por alto el libelista que la premisa fáctica  con  fundamento  en  la  cual  se  declaró  la responsabilidad del señor LENIS  GARCÍA        por        falsedad       ideológica       es       diferente.  A aquél se le reprocha haber  consignado  falsedades  en el acta de liquidación del  contrato,  firmada el 2 de julio de 2003. Con relación  a  ese  documento,  se  destaca  en  la  sentencia,  la  información carente de  veracidad  consiste  en que, tanto el gerente de INDERVALLE como la interventora  del  convenio  afirmaron  que  los  documentos  que  respaldan la realización a  cabalidad  de  las actividades deportivas de atletismo y ajedrez en Buenaventura  fueron  verificados  y  hacían  parte  integral  del acta. Sin embargo, para el  Tribunal15,  ello no podía ser cierto, como quiera que el contratista GERMÁN  HUMBERTO  BONILLA  declaró que el 1º de julio de 2003, un día antes de firmar  el  acta  de liquidación, había perdido toda la documentación pertinente para  acreditar  el  cumplimiento  del  contrato  (facturas, fichas de inscripción de  participantes,   fotografías   pertenecientes  a  PROJUDEC,  entre  otros).  Al  respecto, textualmente expuso el Tribunal:   

Basta  decir,  entonces,  que  la  verdad y  realidad  histórica  del  acta  de liquidación no es íntegra, porque de haber  perdido  toda la documentación no se podía consignar en el acta respectiva que  los  recibos y facturas fueron presentados y que estos papeles fueron revisados;  mucho  menos  si  la  afirmación de pérdida fue una estratagema, porque en ese  caso,  simplemente,  los  documentos  referidos  no existieron y siendo así, no  podría   dejarse   constancia   en   un  acta  que  habían  sido  verificados.   

          Así,  entonces,  no  sólo es claro que el denunciado yerro no tuvo  ocurrencia,  sino  que  esta última conclusión fáctica fijada en la sentencia  no  fue  refutada  por  el  censor,  por lo que no hay motivo para removerla del  silogismo  que  condujo  a  la  declaratoria  de responsabilidad penal de CARLOS  ALBERTO  LENIS  GARCÍA,  por  el  delito  de  falsedad ideológica en documento  público.   

          5.2.5                       En  consecuencia,  salvo  lo  atinente  a  la  exclusión  de  las  imputaciones  relacionadas  con  la  fase de ejecución del  cuestionado  convenio  de  interés público, no hay lugar a casar la sentencia,  como  quiera  que  ninguno  de  los  cargos formulados por el defensor de CARLOS  ALBERTO LENIS GARCÍA ha de prosperar.   

          5.3                       Respuesta   a  la  demanda  presentada  por  el  defensor de AURA MARÍA VALDERRAMA   

          Como   se  reseñó  con  antelación,  la  responsabilidad  en  las  conductas   que   se  atribuyen  a  la  señora  VALDERRAMA,  como  interventora del plurimencionado convenio  de   interés  público,  se  estructura  en  su  actuación  en  las  fases  de  ejecución  y  liquidación   del   contrato.   En   lo  fundamental,  a  aquélla  se  le  reprocha  no  haber  ejercido  las labores de  supervisión   pertinentes   para  exigir  la  adecuada  ejecución  del  objeto  contractual   y  permitir,  pese  al  incumplimiento  de  éste  por  parte  del  contratista,  la  liquidación  del  convenio.                                   

          Según   se   clarificó   en   acápite   precedente  (supra  num.  5.2.1),  las irregularidades  cometidas  en  la  fase  de  ejecución  de  los  contratos  estatales no pueden  comportar  responsabilidad  penal  por el delito de contrato sin cumplimiento de  requisitos   legales.   Empero,   en   la  situación  de  la  interventora,  la  determinación  del  debido  cumplimiento  del  objeto  contractual sí es relevante para establecer, por una  parte,  si  aquélla  desatendió en su actuación requisitos legales esenciales  al    “permitir    la    liquidación”  bilateral  de un contrato cuyo objeto no se cumplió; por otra,  si  incurrió  en  falsedad ideológica en documento público al certificar, sin  ser  cierto,  que  el  convenio  se  ejecutó  en  debida  forma. De ahí que, a  diferencia  del caso del contratante, los cargos formulados contra la sentencia,  a  favor  de  AURA MARÍA VALDERRAMA, con el propósito de acreditar el adecuado  cumplimiento  del contrato, deban ser abordados desde una óptica diversa.    

          5.5.1                     Pues  bien,  hecha  la  anterior  clarificación  metodológica,  en  lo  que  atañe  a  los  reproches  constitutivos  del cargo  principal,   formulado   por   violación   indirecta  de  la ley sustancial, la Sala encuentra que aquéllos  no  están llamados a prosperar. Algunos, por entrañar una refutación ineficaz  por  inatinencia;  otros, por no acreditar el quebranto de las reglas de la sana  crítica en la valoración probatoria aplicada por el Tribunal.   

          En  efecto,  de  cara al primer reclamo, el supuesto desconocimiento  de  los  principios  lógicos  de  identidad  y  no  contradicción  es del todo  infundado.  En  la  sentencia  no  se  concluyó  que  no  existió ninguna  carrera  atlética  ni  que  las  fotografías     no     acreditan     la     realización     de    ningún   evento   deportivo,   como  lo  pretende  hacer  ver el libelista. El razonamiento del Tribunal es distinto. Las  exiguas    fotografías  incorporadas  al  expediente,  contentivas  de imágenes donde, según el fallo,  no   se   aprecia   ningún   competidor   joven,   lo  condujeron     a     afirmar,     en    articulación    con    otras    razones  probatorias16,  que  el  evento  deportivo  no  se  llevó  a  cabo, con  cumplimiento  de  las especificaciones aplicables al convenio.  Mientras   el   ad   quem  reprocha que el objeto contractual no podía cumplirse  con   cualquier   carrera  atlética,  sino  con  seguimiento de estándares preestablecidos en la ficha de  identificación  técnica  de  proyectos,  el  demandante  alega,  con  bastante  desatino,  que  las  fotografías  dan  cuenta  de  la  efectiva realización de  una  actividad  deportiva,  algo bien diverso.   

          Además,   en   punto   de  la  supuesta  modificación  del  objeto  contractual,   el   libelista  tergiversa  la  argumentación  del  ad  quem, para hacerla ver contradictoria.  La  censura  insinúa  que  si en la sentencia se afirmó, por una parte, que el  objeto  contractual  no se cumplió, no podía, por otra, sostener que se varió  el  objeto del convenio. Empero, lo que se extracta de la sentencia impugnada es  una  motivación  distinta.  Lo  que  quiso  significarse  en el fallo es que el  convenio    no    se    ejecutó    de   la   manera  adecuada,  y  que  si las partes contratantes hubieran  querido   ajustar   el  proceso  contractual  a  la  legalidad,  debieron  haber  modificado  el  objeto  contractual  mediante  una  adición,  en  punto  de  la  ampliación  de  los  participantes en razón de su mayor edad. Así se extracta  de   la   afirmación   acorde   con  la  cual  “de  presentarse      una  modificación  del  objeto  del  contrato, antes del vencimiento del plazo, para  ampliar  la  población afectada y aceptar la participación de personas mayores  de  22  años,  la  misma  debía surtirse  por  vía  de  un  contrato  adicional,  en  la  medida en que la  inclusión   de  personas  de  diferentes  edades  a  las  determinadas  por  la  administración  en la ficha de identificación de proyectos, implicaba estar en  presencia  de  un  nuevo  objeto  y  por  tanto hacía  imprescindible  un  nuevo acuerdo de voluntades y una  nueva   constitución   de   garantías   por   el   contratista”.17   

         

          Y   esa   mencionada   ficha  de  identificación  de  proyectos  es  fundamental  para  comprender  la falta de solidez del segundo reproche, cifrado  en  que  no se le podía exigir a la interventora que verificara la realización  de   los  eventos  deportivos  en  determinados  escenarios  y  con  un  número  específico de participantes, de ciertas edades -jóvenes-.   

El  demandante  destaca  que  el    contrato   no   contenía   tales  exigencias,  mientras  que  la señora VALDERRAMA, como interventora, certificó  la  adecuada  ejecución  del  mismo  con  base  en las visitas practicadas y la  revisión  los  documentos presentados por el contratista. No obstante, el punto  de  referencia  utilizado por el Tribunal para aseverar que aquélla faltó a la  verdad  al  certificar  que  el  objeto  contractual se cumplió en debida   forma   no  fue  el  texto  del  convenio,  sino  la  Ficha  de  Identificación  de  Proyectos  de Inversión de  INDERVALLE,  registrado  en  el banco de proyectos departamental. Allí, resalta  el  fallo confutado, “se estableció que el programa  de  actividad  deportiva  estaba  dirigido  a  los  jóvenes  del  municipio  de  Buenaventura,  entre 14 y 22 años de edad, de estratos 1, 2 y 3, atletas con un  nivel  promedio  de  competencia,  jugadores de ajedrez y jóvenes en proceso de  formación  deportiva  en  esas  disciplinas,  para  una población total de 450  afectados,  en  escenarios  deportivos  amplios, iluminados, con infraestructura  adecuada    para    las   competencias”18.   

          Por   ello,   para   el   Tribunal,  si  la  interventora  basó  su  certificación    en    la    revisión    de   los  documentos  que  integran  el  expediente contractual,  entre  ellos, la mencionada ficha del proyecto y asistió a las competencias, es  evidente  que  faltó  a  la  verdad  al  afirmar  que  el objeto contractual se  cumplió  a  cabalidad  o  íntegramente,  con  base en la participación de 250  personas,  con  un  número  significativamente  bajo  de  jóvenes y en la vía  pública,  pese  a  que, por reglas de experiencia, los contratantes no contaron  con   el  tiempo  suficiente  para  pedir  las  licencias  respectivas  para  el  cerramiento  de  calles  -ni se aportaron los permisos  respectivos-.  Y  en tal conclusión, en verdad, no se  advierte  ninguna  infracción  de  las  reglas de la sana crítica, que permita  afirmar un falso raciocinio, sino una conclusión plausible.   

          En  este mismo sentido, de cara a los reproches Nº 3 y 4, para nada  confuso   se   ofrece  el  escrutinio  probatorio  aplicado a la constancia firmada por la Presidente de la  Junta  de  Acción  Comunal  del barrio La Paz y a los certificados emanados del  Director  Técnico  de  Deportes  de  la  Alcaldía  de  Buenaventura  y  de  la  Secretaría de Regulación y Control de Tránsito de Buenaventura.   

          Según         la        sentencia19,  la  representante  de  la  junta  de  acción  comunal manifestó por escrito que el representante legal de  PROJUDEC    realizó   una   competencia  de  ajedrez  en Buenaventura. Al respecto, el Tribunal únicamente  destacó  que  el documento no indica, en concreto, de  qué  manera se realizó tal evento deportivo. Bien se  ve,  entonces,  que  la  lógica  que  subyace  a  la  refutación  sigue siendo  desatinada,  pues  del  contexto  elaborado  en  el  fallo se advierte que dicha  certificación  no  incide  en  los  enunciados  fácticos indicativos de que el  convenio  no  se  ejecutó  de forma adecuada, cabal o  suficiente.   

          Según  el  objeto  contractual, la satisfacción de éste implicaba  el  cumplimiento  de  una  obligación conjuntiva, no alternativa, cifrada en la  “realización              íntegra de las actividades de atletismo  y  de  ajedrez”20.   Desde  esa  perspectiva,  según  el  raciocinio del Tribunal, que la Corte estima del todo ajustado a las  reglas  de  la  sana crítica, el incumplimiento de los estándares aplicables a  las     competencias     atléticas    es    razón  suficiente  para predicar el incumplimiento del objeto  contractual,  al  margen de la realización de las competencias de ajedrez. Pero  en  todo  caso,  acorde  con  la  ficha  técnica,  las  competencias de ajedrez  igualmente  debían  realizarse  atendiendo estándares logísticos, técnicos y  de   determinada   población   participante,   sobre   los  que  nada  dice  la  certificación de la junta de acción comunal.   

          Ahora,  el  Tribunal no declaró probado que la carrera atlética se  llevó  a cabo en la magnitud  establecida  en  la  ficha  de  proyectos, es decir con 450 atletas, sino que, a  partir   de   las   exiguas  fotografías  incorporadas  al  expediente,  se  muestra una actividad deportiva  irrisoria,      sin  participación  de  atletas  jóvenes. Al referirse a la certificación expedida  por   Efrén   Vente,   Director   Técnico  de  Deportes  de  la  Alcaldía  de  Buenaventura,  la  sentencia  destaca  que,  según  dicho funcionario, PROJUDEC  simplemente   realizó   una   actividad  deportiva  en  la  localidad  -sin  dar  detalles   sobre  las  características  del  evento-.   

          Articulado  con  lo  anterior, el fallo da cuenta de que una carrera  de  atletismo  de tal tamaño  -con  450  participantes-  no  pudo haberse realizado en la vía pública sin el  permiso  de  las  autoridades  administrativas  competentes  para  autorizar  el  cerramiento  de  calles.  Se  declaró  probado que el contratista no contó con  tales  permisos,  por cuanto, i) éstos no se incorporaron al expediente; ii) no  era  factible  que  una  tal  autorización  se hubiera expedido de un día para  otro,  en  tanto  la  carrera  se  realizó  al  día  siguiente de la firma del  contrato  y  iii) por información de la Secretaría de Regulación de Tránsito  de  la Alcaldía de Buenaventura, dirigida al Director  Técnico  de  Deportes de la Alcaldía, los archivos de  la  entidad  no  dan  cuenta  de  que  un  permiso  en  ese sentido hubiera sido  tramitado.   

          En  esa  argumentación,  para  la Sala, no hay ninguna contradicción.  Ésta se presenta cuando  alguien  afirma y niega algo  al    mismo   tiempo   y  bajo  el  mismo respecto, lo  cual no se advierte en el raciocinio aplicado por el Tribunal.   

         

          El  libelista  entiende  que,  a  partir  de  la  certificación del  director   de   deportes,   el   ad  quem  declaró  probado  que  el  objeto  del  contrato  se cumplió, porque en ella se dice que en la  localidad   se   realizó  una  actividad  deportiva.  Empero,  para  el  Tribunal,  ello  no  implica que la  certificación  firmada  por  el  señor  Vente  de cuenta de la realización de  actividades   deportivas,  con  las  características  exigidas  en  la ficha de  proyectos.   

          Además,   la  inexistencia  de  permisos  administrativos  para  el  cerramiento  de  calles  no  se declaró probado únicamente con referencia a lo  informado  por  la  Secretaría  de Regulación y Control de Tránsito, sino con  base   en   una  máxima  de  experiencia,  que  además  de  no haber sido cuestionada por el demandante, se  ofrece  del  todo  pertinente,  a  saber,  que  por  regla general dicho tipo de  permisos  no  se obtienen de un día para otro, mientras la carrera atlética se  llevó  a  cabo  un  día  después  de  firmado  el  convenio. Por esa vía, el  supuesto       desconocimiento      de      “la  costumbre”,   invocado   por   el   demandante,  es  igualmente  infundado, como quiera que, al margen de quién expida el permiso en  una  ciudad  “intermedia”  -Secretaría  de  Tránsito  o  la  Policía-,  lo  cierto  es  que, por razones  burocráticas, ello no se obtiene inmediatamente.   

          Fácil  se  advierte,  entonces,  que  al  apreciar conjuntamente el  documento  signado  por  el  señor  Vente  con  el  hecho de la inexistencia de  permisos,   el  discurso  del  Tribunal  para  nada  se  ofrece  contradictorio.   

          De  otro  lado,  el  Tribunal  en  ningún  aparte  le atribuye a la  señora  VALDERRAMA  el haber participado de un concierto para atentar contra la  administración  pública,  como  tampoco  asevera  que  los  policías  que  se  observan  en  las  fotos se prestaron para simular una actividad inexistente. Se  reitera,  el reproche estriba en que la interventora no podía certificar que el  contrato  se  cumplió  en  debida  forma, por cuanto las actividades deportivas  no  se realizaron con cumplimiento de los estándares  exigibles.   

          En  lo  que  tiene  que  ver  con  el  cuarto  reproche,  la Sala no  encuentra  ningún  error en la construcción ni en la conclusión indiciaria. A  la  señora  VALDERRAMA no se le endilgó haber presentado un listado de atletas  que,  en  verdad,  no participaron en las competencias, sino haber dado fe de la  adecuada  ejecución  del  convenio,  pese  a  que las actividades deportivas no se realizaron en  debida  forma. Y a fin de reforzar este último aserto, el Tribunal  invocó  un  hecho  indicador  del  todo  pertinente  para  probar la ejecución  irregular del contrato, esto  es,  que supuestos atletas declararon no haber participado de ninguna carrera en  Buenaventura.   

          El  quinto  reclamo  es  igualmente  desatinado.  De  acuerdo con el  fallo,  a  la  señora  VALDERRAMA  no  se  le  reprocha  por  haber certificado  falsamente  el  cumplimiento  del  objeto  contractual  con base en el examen de  cuentas  de  cobro  y  recibos  de  pago  espurios,  sino con base en enunciados  fácticos   diferentes.   A   ese   respecto,  el  ad  quem  le  endilgó haber plasmado en el certificado de  cumplimiento  del  contrato  y  en  el  acta de liquidación que las actividades  fueron  planeadas  y  contaron con organización y logística de “muchos  días  antes”, así como que al  acta  de  liquidación se integraron documentos que respaldan la realización de  las  actividades  deportivas,  pese a que la documentación, como lo declaró el  contratista   GERMÁN  BONILLA  RINCÓN,  se  había  perdido  en  un  accidente  automovilístico.   

          Por  último,  no  es cierto que la indagatoria de la procesada AURA  MARÍA  VALDERRAMA no hubiera sido apreciada por el ad  quem.  Las  explicaciones  dadas  por  aquélla  en la  injurada    sí    fueron    tenidas    en   cuenta21,  sólo  que  se  estimaron  insuficientes  para  relevarla  de  responsabilidad  penal, en la medida en que,  según  se  extracta del fallo, su función de vigilancia era elemental, cifrada  en  el  cotejo  de  las  especificaciones  de  ejecución del contrato, con las actividades realizadas, que a  todas luces se ofrecían inadecuadas.   

          En  conclusión, por no haber tenido configuración ningún yerro de  los  denunciados  por  el  libelista, el cargo por falso raciocinio no prospera.   

         

          5.5.2                      Subsidiariamente, el demandante plantea que los  juzgadores   infringieron   directamente  la ley sustancial, al dar aplicación a disposiciones del Estatuto  General  de  la  Contratación  de la Administración Pública (Ley 80 de 1993),  pese   a   que,   en   su   criterio,   tal  normatividad  deviene  absolutamente  inaplicable,  por  ser  el  convenio   de   interés  público  un  contrato  especial,  regido  por  normas  diversas.   

          De  esta  manera,  la  censura  convoca  a  la  Corte a verificar la  existencia  de  yerros  en  la  premisa mayor del juicio de adecuación típica,  consistentes  en  la  errónea integración de los elementos normativos del art.  410  del  C.P.  Por  consiguiente,  a  continuación  se  analizará:  i) si, en  relación  con el delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales, las  normas  de  la  Ley  80 de 1993 son inaplicables cuando se trate de convenios de  interés  público;  ii)  de qué manera opera la liquidación bilateral en este  tipo  de  contratos,  así  como bajo qué requisitos legales y iii) cuál es la  participación    del   interventor   en   esta   última   fase   del   proceso  contractual.   

          5.5.2.1 Contratos  especiales  de  interés público y aplicabilidad de normas contenidas en la Ley  80 de 1993   

          Según  el  art.  410 del C.P., el servidor público que, por razón  del  ejercicio  de  sus  funciones,  tramite  contrato  sin  observancia  de los  requisitos   legales  esenciales  o  lo  celebre  o  liquide  sin  verificar  el  cumplimiento de los mismos, incurrirá en pena de prisión.   

          Por  ser  un tipo penal en blanco, la definición de los respectivos  ingredientes  normativos de la descripción típica ha de precisarse a la luz de  la   normatividad   aplicable   a   la  contratación  estatal. Ello comporta, de acuerdo con los arts. 1º y  32      de      la     Ley     80     de     199322,  su  integración, por vía  de      remisión      normativa,      con      el     Estatuto     General   de   la  Contratación  de  la  Administración   Pública  y  demás  normas  que  lo  complementen23. Sin embargo,  dada     la     existencia     de    regímenes    contractuales    especiales,  regulados  por disposiciones  normativas  diferentes  al  mencionado estatuto, serán aquéllas las llamadas a  definir   los   elementos   normativos   del   tipo,  cuando  de  tipologías  o  procedimientos de regulación propia se trate.   

          En  efecto, la jurisprudencia administrativa clasifica los contratos  estatales   en   dos   categorías,  diferenciadas  en  punto  del  régimen  jurídico  aplicable.  Por  una  parte,  los  contratos estatales propiamente dichos, reglamentados íntegramente  por  la  Ley  80  de  1993 y sus normas complementarias; por otra, los contratos  especiales,  sujetos  a  un  régimen  legal  propio. Al  respecto,   textualmente   puntualiza   el   Consejo   de   Estado  (C.E.,    S.C.A.,    Secc.   3ª,   auto   20   ago.   1998,   rad.  14.202)24:   

A juicio de la Sala es preciso reconocer que  en  las  diversas  regulaciones normativas  sobre  contratación  de  la  administración pública es posible  identificar dos grandes categorías de actos contractuales:   

1ª Contratos estatales, propiamente dichos,  que  son  aquellos  que  celebran  las  entidades  públicas a que se refiere la  Ley   80   de  1993,  y  que  por  ende  se  regulan  íntegramente    por   el   régimen   establecido   en   esta   ley.  Por  regla  general, adquieren este carácter en razón del ente  público   contratante,   es   decir,   se  definen  desde  el  punto  de  vista  orgánico.   

2ª  Contratos  especiales  sujetos  a  un  régimen legal propio.   

De  lo  anterior,  es jurídicamente viable  considerar    que    la    categoría   “contratos  estatales”  no puede quedar exclusivamente referida  a  los actos contractuales que celebren las entidades del Estado relacionadas en  la  Ley  80  de 1993, sino que habría que reconocer que desde el punto de vista  material  y  técnico  formal,  constituye una acertada categoría jurídica que  tiene  la  virtud  de  englobar  todos  los contratos que celebren las entidades  públicas  del  Estado,  ya sea que se regulen por el  Estatuto  General  de  Contratación  Administrativa  o  que  estén  sujetos  a  regímenes especiales.   

         

          En    relación    con   el   ingrediente   normativo   requisitos   esenciales,   no  cualquier  inobservancia  o  falta  de verificación en el cumplimiento de las formalidades  de  ley  aplicables  a  la  contratación  estatal  realiza  el tipo objetivo de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales.  El  quebrantamiento de la  legalidad  en  las  fases  de  tramitación,  celebración  o  liquidación  del  contrato       ha      de      recaer      sobre      aspectos      sustanciales,  cuya desatención comporta  la  ilicitud  del proceso contractual, basada en el quebranto de alguna o varias  máximas que deben regir la contratación estatal.   

          Sobre  este  último  particular,  de  cara al art. 410 del C.P., un  requisito  contractual  puede catalogarse como esencial a partir de, entre otros  criterios, la valoración sobre el    impacto   que   su   inobservancia   pueda   tener   en   la  materialización      de      los      principios     de     la     contratación    estatal,    en   tanto  concreción  de las máximas rectoras de la función administrativa (art.  209 de la Constitución). Sobre esa  base,           la           jurisprudencia25   

tiene   dicho   que   los   principios  constitucionales  y legales que gobiernan la contratación de la administración  pública  integran  materialmente  el tipo penal de contrato sin cumplimiento de  requisitos   legales.   Ello,   por   cuanto   tales   principios   constituyen  límites del ejercicio funcional del servidor público  en  materia  de contratación; por ende, la violación de los requisitos legales  esenciales  del contrato tiene que examinarse con remisión a aquéllos. Pues la  contratación  estatal, como actividad reglada, debe adelantarse ajustada a esos  postulados  fundamentales.   

Sobre  la  incorporación de los principios  que  rigen  la  contratación  con  el  Estado  a  los  tipos  constitutivos  de  celebración indebida de contratos, la Sala ha expresado:   

Los  principios  rectores  irradian toda la  materia  de  que  tratan  en  la ley o código donde estén contenidos; y si son  constitucionales,  abarcan  toda  la  legislación  nacional.  Por  ello, sí es  factible  para  efectos de tipicidad en el ilícito de contrato sin cumplimiento  de   requisitos   legales,  desentrañar  cuáles  son  esos  requisitos  legales  esenciales  con   apoyo  en  los  principios  de  la  administración  pública  consagrados  en el artículo 209 de la Carta y en los  principios de la Ley 80 de 1993.   

[…] Los principios rectores son el alma de  los  bienes  jurídicos  que  involucran  y  por  ende  son  parte  del tipo; su  consideración  como  tales garantiza y delimita el principio de antijuridicidad  material.  Así, por ejemplo, la selección objetiva es un bien jurídico en sí  mismo,  y  es  un  requisito  esencial  de  los  contratos de la administración  pública,  pues  propende  por  la participación democrática en condiciones de  lealtad  e  igualdad,  por  la  moralidad  y  la  transparencia  de  la función  pública26.   

          Bien  se ve, entonces, que el acatamiento de los principios rectores  de  esta  faceta  de  la  función  pública  constituye  un  requisito esencial  aplicable,  sin  excepción,  a  todos  los contratos  estatales  (CSJ SP 25 sept.  2013,  rad.  35.344),  al  margen de que se encuentren  regulados  por  la Ley 80 de 1993 o que estén reglamentados por algún régimen  especial    (CSJ    SP    30    ene.   2008,   rad.  28.434).   

          Y  ello  no  sólo  es  así  porque  las  máximas  rectoras  de la  contratación  estatal son una concreción    de    los    principios    constitucionales   de   la   función  administrativa,27   sino   debido  a  que  la  existencia    de   reglas  especiales   que   regulan   determinados  tipos  contractuales  y  específicos  procedimientos    de    contratación    no   implica   que   los   principios  consagrados  en  la Ley 80 de  1993,   en   tanto   estatuto   genérico  para  la contratación de la Administración Pública, sean ajenos  a los contratos especiales y, por tanto, inaplicables a éstos.   

          Si    a   la   categoría   “contratos  estatales”  pertenecen tanto los actos contractuales  propios  de  la Ley 80 de 1993 como los sometidos a reglamentaciones especiales,  es   claro   que  los  pilares  fundamentales  que  han  de  guiar  la  función  administrativa,  en su faceta contractual,  informan  transversalmente   toda   la   contratación  pública.  El  carácter  especial  de  algunos    regímenes  contractuales   tiene  que  ver,  en  estricto  sentido,  con  las  reglas  que  determinan su funcionamiento  particular,  no  con  los  criterios  básicos  que han de orientar la actividad  contractual del Estado.   

          Tal   interpretación,   valga   destacar,   es  compatible  con  la  exposición   de  motivos  de  la  Ley  80  de  199328,  traída a colación por la  Corte  Constitucional  en  la  sent. C-949 de 2001, en los siguientes términos:   

La  nueva  ley  pretende  convertirse en el  marco  normativo  de  la  actividad estatal en cuanto atañe a la contratación.  Por  ende,  su  estructura  se  caracteriza  por  definir  y  consagrar en forma  sistematizada  y  ordenada  las  reglas  y  principios  básicos  que  deben encaminar la realización y ejecución de todo contrato que  celebre   el   Estado.  No  se  trata,  pues,  de  un  ordenamiento  de  tendencia  reguladora  y casuística…Sólo recoge las normas  fundamentales  en  materia  contractual cuyo adecuado acatamiento se erija en la  única  limitante  de  la autonomía de la voluntad. Principio que debe guiar la  contratación  estatal.  Precisamente  el  reconocimiento de la autonomía de la  voluntad  como  delegación  que  la  ley  confiere  a las partes de regular las  relaciones  contractuales  delimitada por el respeto de los imperativos de orden  público,  exige que esas normas encauzadas a reglamentar el interés público o  las   necesidades  de  la  colectividad  en  materia  contractual,  se    instituyan   en   las   rectoras   para   todo   el   aparato  estatal,  evitando  así la eventual consagración de  normatividades  u  ordenamientos  que  pueden motivarse en variadas tendencias y  principios  y  con  lo  cual  la realización de los fines estatales puede verse  afectada.   La   unidad   en   sus  fines  se  logra  adecuadamente  por  la  implantación de unos principios rectores que orienten y  garanticen   la   gestión   de  todo  ente  estatal.   

          Al  respecto,  de  acuerdo  con  la  doctrina,  más que excepciones  totales  al Estatuto General de la Contratación de la Administración Pública,  para  cierto  tipo  de  contratos  o  entidades  se presenta es la exclusión de  algunas  reglas contenidas en  la     Ley     80    de    1993.    Ello    por    cuanto    los    principios   rectores  de  ésta  tienen  necesariamente  que  cobijar  la  contratación  en  donde  una  entidad estatal  participe          como          contratante.29   

          En  esa  dirección,  por sólo mencionar un par de ejemplos, sería  insostenible  afirmar  que  en  los  regímenes  especiales  de contratación es  inaplicable el principio de  selección  objetiva  (art.  29  de  la  Ley  80 de 1993), por el hecho de estar  consagrado  en  el  Estatuto  General  de la contratación de la Administración  Pública  y no en la normatividad reglamentaria de determinado régimen especial  de  contratación. El mandato de seleccionar el ofrecimiento más favorable a la  entidad  y  a  los fines que ella busca, sin tener en consideración factores de  afecto,  interés  o cualquier clase de motivación subjetiva, de ninguna manera  se  predica con exclusividad de las formas de contratación y tipos de contratos  previstos  en  la  Ley 80 de 1993. No. Tal obligación es una clara manifestación   de  los  principios  de  igualdad,  moralidad  e  imparcialidad  que  integran la función administrativa  (art.  209  Const.  Pol.),  por  lo  que  inobjetablemente  ha  de cobijar otras  modalidades  o  tipologías  contractuales,  que si bien han de atender a reglas  especiales,   en   todo   caso   han   de  materializar  la  objetividad  de  la  administración,   mediante   la  proscripción  de  la  desviación  del  poder  público.   

          En   el   mismo   sentido   podría   mencionarse  el  principio  de  planeación.  Al  margen  de  los procedimientos y reglas que puedan aplicarse a  los  diversos  regímenes  contractuales,  de los principios constitucionales de  economía  y  eficacia  se  extracta  una  máxima  de  planeación,  igualmente  transversal  a  toda  la  contratación  administrativa. Por involucrar recursos  públicos,  la  actividad  contractual  de  ninguna  manera puede ser improvisada o librada al arbitrio del  servidor  público,  sino que, entre otros aspectos, ha de contar con estudios o  análisis   de   conveniencia   y   oportunidad  debidamente  documentados,  que  justifiquen    la    necesidad    del    contrato   y   sus   posibilidades   de  realización30.  Si  bien  tal  exigencia  figura en el art. 25-12 de la Ley 80 de  1993,   no  por  ello  habría  que  entenderla  como  inaplicable  en  procesos  contractuales  pertenecientes  a  regímenes  especiales.  Pues,  reitérase, el  principio           de           planeación31  es  corolario de principios  constitucionales inherentes a la función administrativa.   

          Ese     entendimiento     de     la     aplicación     transversal  de  los  principios  de  la  contratación  estatal  es  acogido  por  el  art.  13  de  la  Ley 1150 de 2007  -aplicable  a  toda  la  contratación  con  recursos  públicos      (art.     1º     ídem)-.    Al    referirse   a   regímenes  contractuales    diversos   al   de   la   Ley   80   de   1993,   dicha   norma  establece: “las entidades  estatales  que  por  disposición  legal  cuenten  con  un  régimen contractual  excepcional  al  del  Estatuto  General  de  Contratación de la Administración  Pública,  aplicarán  en  desarrollo de su actividad contractual, acorde con su  régimen  legal  especial,  los principios de la función administrativa y de la  gestión   fiscal   de   que   tratan   los  artículos  209               y               267  de la Constitución Política, respectivamente según sea el caso  y  estarán sometidas al régimen de inhabilidades e incompatibilidades previsto  legalmente   para   la   contratación   estatal”.   

          Y  tal comprensión, igualmente, es consonante con la jurisprudencia  administrativa  (C.E., S.C.A., Secc. 3ª sent. 29 ago.  2007,    rad.    15.324):                                  

La Carta Suprema en su artículo 209 ordena  que  el  ejercicio  de  la  función  administrativa se encuentra sometido a los  principios    de    igualdad,   moralidad,   eficacia,   economía,   celeridad,  imparcialidad  y publicidad, razón por la cual en la medida en que la  contratación  estatal  puede  identificarse como una actividad  administrativa,  necesariamente  deben  aplicársele  estos  mismos  principios,  sin  perjuicio  de  muchos otros que también forman  parte  del  texto  constitucional y que revisten enorme importancia en relación  con las actividades de las entidades del Estado.   

Uno de tales principios, por ejemplo, es el  de  legalidad  previsto en los artículos 6 y 121 de la Constitución Política,  según  el  cual, todas las actuaciones que adelanten las autoridades del Estado  deben  estar  previamente  atribuidas  por  la Constitución Política y la ley;  este  principio  fundamental  en  modo  alguno  podría  considerarse ajeno a la  actividad  contractual  del  mismo  Estado, puesto que sólo en la medida en que  las  actuaciones  que  adelanten  las entidades públicas, durante las etapas de  selección  de  los  contratistas  o  durante  la ejecución de los contratos se  ajusten  rigurosamente  al ordenamiento jurídico, se podrán tener por válidos  los actos y contratos correspondientes.   

También  es  posible  identificar  otros  principios  de orden legal que orientan la actividad contractual de la Entidades  Estatales,  como por ejemplo aquellos previstos expresamente por la Ley 80, como  el  de  transparencia,  el  de  economía y el de responsabilidad, los cuales no  pueden  concebirse  como  únicos  o  exclusivos,  es  decir, ellos no agotan la  totalidad  de  los principios que deben tenerse en cuenta en el desarrollo de la  actividad  contractual  de los entes públicos, por cuanto hay muchos otros como  el  de  la buena fe, el de la libre concurrencia, el de selección objetiva, que  son   consustanciales  a  aquellos,  en  la  medida  en  que  dependen  uno  del  otro.   

         

          Recapitulando,   cuando  se  trate  de  contratos  pertenecientes  a  regímenes  especiales,  es  claro  que  la  determinación  de los ingredientes  normativos  del tipo penal de contrato sin cumplimiento de requisitos legales ha  de      efectuarse      con      integración      de      las      reglas   que   conforman   el   régimen  especial  concernido. Ello,  en  conjunción  con  las  máximas  que  rigen  la contratación administrativa  en  su conjunto, efecto para  el  cual  es  dable  acudir a las definiciones que, en  punto   de  los  principios  rectores  de  los  contratos  estatales,  traen  las  normas del Estatuto General de la Contratación de la  Administración  Pública.  Los  aspectos  propios  y  particulares  del contrato especial en sus requisitos y  formalidades,  desde  luego,  sí  excluyen la aplicación de la Ley 80 de 1993,  salvo  que,  como  más adelante se expondrá, exista una cláusula especial  de  remisión  normativa.    

          Una  de  las tipologías contractuales pertenecientes al régimen de  contratos   especiales  es,  precisamente,  el  convenio  de  interés público de que trata el art. 355 inc.  2º   de   la   Constitución,   en   los   siguientes  términos:  “   el   Gobierno,  en  los  niveles  nacional,  departamental,  distrital  y  municipal  podrá,  con  recursos de los respectivos presupuestos,  celebrar  contratos  con  entidades privadas sin ánimo de lucro y de reconocida  idoneidad,  con  el fin de impulsar programas y actividades de interés público  acordes  con  el  Plan  Nacional  y  los  planes  seccionales  de Desarrollo. El  Gobierno        Nacional        reglamentará       la       materia”.   

          El  constituyente  creó, entonces, un régimen especial y autónomo  de  contratación, regido preponderantemente por la reglamentación expedida por  el  Gobierno  Nacional,  a saber, mediante los Decretos 777 de 1992, 1403 de ese  mismo      año      y      2459      de     199332.  Sobre la naturaleza de los  convenios  de  interés  público,  mediante  el  concepto  Nº  1.911 del 25 de  septiembre  de  2008, la Sala de Consulta y Servicio Civil del Consejo de Estado  expuso:   

De  acuerdo  con lo anterior, las entidades  territoriales  pueden  celebrar  los  contratos establecidos en el artículo 355  superior  con  entidades  privadas  sin ánimo de lucro de reconocida idoneidad,  con  el  único  propósito  de  impulsar programas y  actividades de interés público.   

[…]  

En  efecto,  dichos  contratos,  según  lo  dispuso  el  constituyente,  se  estructuran bajo la idea de que lo que se busca  realmente  es una suerte alianza de fuerzas, públicas  y  privadas, para logar un mismo propósito, donde en  veces  el  sector  público  podrá  aportar  todo  el  dinero mientras la parte  privada  sin  ánimo  de  lucro  aportará  la  experiencia  o el personal o las  instalaciones o viceversa, según sea el caso.   

Así,  no podría  darse  un contrato conmutativo, en el cual se advierta  un  intercambio o venta de bienes o servicios, sino un convenio para colaborarse  en  el  cumplimiento  de  sus misiones, lo que se permite al coincidir el objeto  social  del  privado  que  actúe  sin  ánimo  de lucro con la actividad que el  Estado quiere impulsar.   

          En  vista  de  esa  especial naturaleza de los convenios de interés  público,  en  tanto  alianza  público-privada  para  el  fomento  de intereses  generales,    sin    que    en    estricto    sentido   impliquen   contraprestaciones,  el art. 1º inc. 1º  del  Decreto 777 de 1992 definió su propio ámbito de regulación. Al respecto,  la  norma  indica  que  dicho  tipo  de  convenios se  sujetarán   a   los  requisitos  y  formalidades  que  exige  la  ley  para  la  contratación  entre  los  particulares, salvo lo previsto en el mismo decreto y  sin  perjuicio de que puedan incluirse las cláusulas exorbitantes previstas por  el       Decreto       222       de       1983.33   De  ahí  se  desprenden,  entonces,       los       siguientes       criterios       de       aplicación   normativa,   los   cuales  condicionan  la  integración  del tipo penal en blanco, previsto en el art. 410  del C.P.   

          En       primer       lugar,       como      regla      general,  se  afirma  la  primacía de la  autonomía  de  la voluntad de las partes en la tramitación y configuración de  los  convenios  de interés público. Ello, por cuanto éstos han de sujetarse a  los  requisitos y formalidades legales para la contratación entre particulares,  contenidos, desde luego, en el derecho privado.   

          En  segundo  término,  la  aplicación del derecho privado se halla  limitada  por  normas  de interés público. Éstas, en todo caso, no pueden ser  definidas  libremente  por  el aplicador jurídico, sino que a ese respecto rige  el  principio de taxatividad. Pues así se deriva de la cláusula según la cual  rigen   las   normas   de   contratación  entre  particulares,  “salvo lo previsto en el presente Decreto”.   

          En  tercer  orden,  la  integración normativa por vía de remisión  también  está  limitada  por causales taxativas. El Decreto 777 de 1992 ni sus  decretos     complementarios     contemplan     una    cláusula    general  de remisión al Estatuto General  de  la  Contratación  de  la  Administración Pública. Únicamente se hace una  referencia  al Decreto Ley 222 de 1983, a fin de que puedan incluirse cláusulas  exorbitantes  (art. 1º inc. 1º del Decreto 777 de 1992). Y ello tiene un claro  sustento  teleológico: si la  especialidad del régimen de  los  convenios  de  interés  público  se fundamenta en la preponderancia de la  autonomía  de  la  voluntad  de  las  partes,  pilar  fundamental  del régimen  obligacional  y  contractual  privado,  no  habría  lugar para una cláusula de  integración       normativa       abierta      e  ilimitada  con el Estatuto General de la Contratación  de  la  Administración  Pública,  por  cuanto  éste,  como  cuerpo  normativo  perteneciente   al  derecho  público,  terminaría  por  convertirse  en  regla  general,     dejando    en    el    vacío    la    connotación    especial  del régimen autónomo previsto  en  el  art.  355 de la Constitución. De ahí que la aplicabilidad de la Ley 80  de  1993  -en virtud de la derogatoria del Decreto Ley  222   de   1983-,   en   términos   de  reglas   concernientes   a  requisitos       y      formalidades         -sin    perjuicio    de    la    vigencia   de   los   principios  rectores de la contratación  estatal  (cfr.  supra num.  5.5.2.1)-, sea excepcional y taxativa.   

          En  consonancia  con  ello,  la  doctrina34  ratifica  que,  por  estar  reglamentados  los  convenios  de interés público por un régimen especial, no  se  les  aplica  el Régimen de la Contratación Administrativa, contenido en la  Ley  80  de  1993  y  sus  decretos  reglamentarios,  salvo  en cuanto ese mismo  ordenamiento  especial  lo  remita.  Pues  dichos  convenios, en lo que no está  regulado  en  el  régimen legal especial que les es aplicable, se someten a las  normas  del  derecho  privado  que  regulan la contratación entre particulares.   

          De  ahí  que, como cuarta característica, la aplicación de la Ley  80   de   1993   también   sea  residual.  A  los  contratos estatales ordinarios, previstos en la Ley 80 de  1993,  ha  de  acudirse  cuando  no se satisfagan los criterios previstos por el  art.  2º  del  Decreto 777 de 1992, adicionado y modificado por los arts. 2º y  3º  del  Decreto  1403  de  1992,  respectivamente.35  Sobre  ese  particular,  el  Consejo  de  Estado  expuso  (C.E. Sala de Consulta y  Servicio   Civil,   concepto   del   24   feb.   2005,  rad.  1.626):   

Como  ya  se  indicó,  el  objeto  de  los  contratos  que autoriza el inciso segundo del artículo 355 Superior se limita a  la  realización de actividades o programas de interés público que, conforme a  los  planes de desarrollo, adelanten instituciones privadas sin ánimo de lucro.  Aquellos  que generan una contraprestación directa a  favor  de  la  entidad  contratante  y  los  que  tienen  por objeto desarrollar  proyectos  específicos, corresponden al giro normal de las funciones propias de  la  entidad  estatal,  y  por lo tanto, se tipifican dentro de cualquiera de las  modalidades  de  contratación  de la Ley 80 de 1.993,  debiendo  sujetarse  a los procedimientos allí previstos, en especial  los  de escogencia del contratista.   

         

          En  ese  sentido, también se lee en el concepto Nº 1.911 del 25 de  septiembre  de  2008  de  la  Sala  de  Consulta y Servicio Civil del Consejo de  Estado:   

En  consecuencia,  cuando  lo que el Estado  busca  es  la adquisición de bienes y servicios para programas o actividades de  interés  general,  se  está  en  presencia  de la excepción contemplada en el  numeral  primero  del  artículo 2º del decreto 777 de 1992 y se debe contratar  en  condiciones  normales,  esto  es  la  ley  80  de  1993 y sus reformas; pero  si  lo  que  quiere  es  fomentar  un  programa o una  actividad  de  interés  general en alianza con un privado sin ánimo de lucro y  de  reconocida idoneidad, con aportes mutuos de cualquier naturaleza,  se está en la posibilidad contemplada en el artículo 355 de la  Carta y se puede contratar bajo unas especiales condiciones.   

          De  lo  hasta  aquí  expuesto han de extraerse algunas conclusiones  preliminares.  Las  vicisitudes de los convenios de interés público, previstos  en  el  art.  355  de  la Constitución, se hallan reglamentadas por un régimen  especial  diverso  al  del  Estatuto General de la Contratación Administrativa.  Para  los efectos del delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales,  en  relación  con  convenios  de  interés  público suscritos antes del 1º de  junio  de  2017  -fecha  en que entra en vigencia una  nueva   reglamentación   especial   (Decreto   092   del   23   de   enero   de  2017)-,  la aplicación de normas contenidas en la Ley  80  de  1993  está limitada a dos eventos específicos: i) en lo concerniente a  los  principios  rectores  de  la  contratación  pública,  los  cuales, siendo  manifestación  concreta  de  los principios de la función administrativa (art.  209  de  la  Constitución), son transversales a toda la contratación estatal y  ii)  la integración del régimen especial de convenios de interés público con  las  normas  del  Estatuto  General  de  la  Contratación de la Administración  Pública  sólo  procede por cláusulas de expresa remisión normativa, como por  ejemplo,  la  prevista  en  el  art.  1º  inc.  1º del Decreto 777 de 1992, de  acuerdo  con el cual son aplicables las normas de la Ley 80 de 1993 -en  reemplazo  del  Decreto  222 de 1983-  concernientes     a     las     cláusulas     exorbitantes    o    excepcionales    al    derecho   común.   

          A   la  luz  de  las  anteriores  premisas  ha  de  establecerse,  a  continuación,  de  qué  manera opera la liquidación  bilateral en los convenios de interés público y bajo  qué requisitos legales.   

          5.5.2.2  La  liquidación  de  mutuo  acuerdo  en  los  contratos de  interés público   

          Del  tenor  literal  de las normas integrantes del régimen especial  aplicable  a  los  convenios  de  interés  público  -hasta  el 1º de junio de  2017-36    (Decretos    777/92,    1403/92   y  2549/93)  se  extractan dos asertos relevantes para la  determinación  de  los  ingredientes  normativos del tipo penal de contrato sin  cumplimiento   de  requisitos  legales  en  el  presente  caso.  No  existe  una  obligación  legal dirigida a  las  partes  para  que,  ejecutado  el  convenio,  procedan  a  la  liquidación  bilateral   de   éste.  Consecuentemente,  la  ley no  determina,  para este tipo de contratos especiales, cuáles son los requisitos y  formalidades     que     deben     seguirse,     a     fin    de    formalizar  el  cruce final de cuentas de  la relación contractual.   

          La  única  disposición concerniente a la liquidación se encuentra  en  el  art.  21  inc.  2º  del  Decreto 777 de 199237,  pero  aquélla  se  ofrece  impertinente   en   el   sub  exámine,  por  cuanto,  de  un  lado,  pertenece al régimen aplicable para el  Sector    Salud;   de   otro,   concierne   a   la   liquidación   unilateral   del   convenio,   en  tanto  ejercicio   de   un   poder   exorbitante de la administración.   

          De  suerte  que,  atendiendo  el  contenido  del  art.  1º inc. 1º  ídem,  en  punto  de  la  liquidación  bilateral, las  partes  han  de  sujetarse  a  los  requisitos  y  formalidades exigidas para la  contratación entre particulares.   

          La  figura  jurídica  de  la  liquidación  no  es privativa de los  contratos  estatales.  El acto de liquidar  puede  entenderse como hacer un ajuste formal de cuentas; saldar o  pagar  enteramente  una prestación; poner término a un estado de cosas; acabar  con  algo,  suprimirlo o hacerlo desaparecer; determinar en dinero el importe de  una  deuda  o,  en  el  ámbito  comercial, hacer un cruce final de cuentas para  cesar             el             negocio.38   

          Del   ordenamiento   jurídico  aplicable  a  las  relaciones  entre  particulares,  en  los  ámbitos comercial y laboral, por apenas citar un par de  ejemplos,   pueden   identificarse   algunos   eventos   en   que  tienen  lugar  liquidaciones contractuales.   

          Como  se  extracta  del  art.  65  del C.S.T., a la terminación del  contrato  de trabajo, el empleador, con el propósito de cumplir con el deber de  pagar  al  trabajador  los  salarios  y  prestaciones  surgidas  de la relación  laboral, habrá de efectuar una liquidación.   

          Por  su  parte,  el  art. 222 del C.Co. preceptúa que, disuelta una  sociedad   comercial,   se   procederá  de  inmediato  a  su  liquidación.  En  consecuencia,  no podrá iniciar nuevas operaciones en desarrollo de su objeto y  conservará  su  capacidad  jurídica únicamente para los actos necesarios a la  inmediata  liquidación.  Las  reglas  y  formalidades  de  la liquidación, son  reguladas  in extenso en los  arts.  225  al  259  ídem.                      Estas  normas, a la luz del art. 1501 del C.C., son de la naturaleza  del  contrato  de  sociedad. Pues se entienden pertenecerle sin necesidad de una  cláusula  especial.  En  muchas  otras tipologías contractuales, tanto civiles  como  comerciales,  habrá  de  regir  la  autonomía  de la voluntad (art. 1602  ídem),  siendo  libres los  contratantes  para determinar si, mediante cláusulas especiales, deciden acudir  a un procedimiento formal de liquidación y en qué términos.   

          De  suerte  que,  ante  la  ausencia  de una exigencia, por  ministerio  de  la  ley, para que las  partes  de  un convenio de interés público liquiden formalmente el contrato y,  en  virtud  de  la  remisión  al respecto al derecho  privado  (art.  1º del Decreto 777 de 1992), es claro  que  en  dicho  tipo  especial de contratos estatales aplica la autonomía de la  voluntad  de  las partes contratantes, en punto de la liquidación. Aquéllas no  están   obligadas  a  liquidar  en  determinados  términos  el  convenio,  sin  perjuicio  de  que,  por la vía de cláusulas especiales, así decidan hacerlo.   

          De  ello  deriva,  entonces,  una  importante  conclusión  para  el  presente  caso: si la ley no obliga a liquidar stricto  sensu   un  convenio  de  interés  público  y,  por  sustracción   de   materia,   no   establece  formalidades,  procedimientos  ni  requisitos  para hacerlo, mal podría afirmarse la tipicidad objetiva del delito  de   contrato   sin   cumplimiento   de   requisitos  legales,  con  referencia  a  la  fase de liquidación. Ciertamente, según el art.  1602  del  C.C.,  el  contrato  es  ley para las partes. Empero, tal precepto de  ninguna  manera  es  fundamento  suficiente  para  predicar la punibilidad de la  conducta a la luz del art. 410 del C.P.   

          El  bien  jurídico  preponderantemente  protegido  por  el  tipo de  contrato  sin  cumplimiento  de requisitos legales es el principio de legalidad,  en   tanto   componente  fundamental  para  el  adecuado  funcionamiento  de  la  administración  pública.  Mas  la  responsabilidad del servidor público ha de  determinarse  a  partir  de  su  subordinación a la Constitución y a las leyes  (C.   Const.   sent.   C-1144  de  2000),   en   tanto  normas  de  orden  público,  no  en  referencia  al  incumplimiento  de  obligaciones  que si bien, en materia contractual se reputan  ley   para   las  partes,  ostentan una naturaleza eminentemente civil (art. 1495 del C.C.).   

          Ahora,  en  contra  podría  argumentarse  que  si bien los decretos  reglamentarios   del   régimen  especial  de  los convenios de interés público no consagran la obligación  de  liquidar  el  contrato ni los términos para ello, para la determinación de  los  ingredientes  normativos  del  tipo penal contenido en el art. 410 del C.P.  sería  dable  acudir  a  la Ley 80 de 1993, por ser un estatuto general para la  contratación  estatal. Sin embargo, como se verá, tal posibilidad está vedada  para el convenio objeto de cuestionamiento en el presente caso.   

          Según  se  expuso  en  precedencia  (num. 5.5.2.1), por mandato del  art.  1º  del Decreto 777 de 1992, la integración normativa mediante remisión  a   reglas  contenidas  en  el  Estatuto  General  de  la  Contratación  de  la  Administración  Pública  sólo  procede  en  lo  atinente  a  la inclusión de  cláusulas      exorbitantes     -interpretación,  modificación,  terminación  y  liquidación  unilaterales  y  declaración  de  caducidad  (arts.  14-17  de la Ley 80 de 1993)-, a las  que no pertenece la liquidación bilateral o de mutuo acuerdo.   

          Aunado  a  lo  anterior,  hay  otras  razones,  distintas  a la mera  interpretación  literal  de  los  decretos reglamentarios del régimen especial  para  convenios  de  interés público, que impiden acudir a la Ley 80 de 1993 a  fin  de integrar sus normas para afirmar el deber legal de liquidar el contrato,  con las formalidades y requisitos allí plasmados.   

          Efectivamente,     la    ausencia    de  regulación   de  la  fase  de  liquidación  en  los  convenios  de  interés  público  no  es  razón suficiente para aplicarles los  requisitos  y  formalidades  previstas  en  la  Ley  80  de  1993.  En estrictos  términos  metodológicos,  tal omisión legislativa no es una laguna legal, que  requiera  del desarrollo del derecho mediante integración normativa o a través  de  complementación  por  vía  de  analogía. Una laguna legal es un vacío de  reglamentación  contrario  al  plan  de  la  ley.  Mas  en lo concerniente a la  liquidación,  lo  que  se  advierte es un “silencio  elocuente  de  la  ley”.39  Es  decir, el legislador no  olvidó   reglamentar   el  asunto,  sino  que  deliberadamente  se  abstuvo  de  regularlo,  en  la medida en que no fue su voluntad incluir la liquidación como  etapa  formal  obligatoria,  sometida a determinadas condiciones y requisitos de  orden público.   

          Desde  el plano sistemático, hay motivos para así afirmarlo. En la  época  en  que  se  expidió  el Decreto 777 (mayo 16 de 1992), ya existía una  codificación   aplicable,   en  general,  a  la  contratación  administrativa.  Las  normas básicas sobre  contratos  de la Nación y sus entidades descentralizadas se hallaban contenidas  en  el  Decreto Ley 222 de 1983. En este último decreto, valga resaltar, existe  una  reglamentación  sobre  la  liquidación  de los contratos estatales. En el  título  XI,  compuesto  por los arts. 287 al 289, el legislador estableció los  casos  en que debía procederse a la liquidación, las personas competentes para  liquidar  y el contenido de las actas de liquidación. Empero, en el Decreto 777  de  1992,  no  se  contempló  ningún  mandato  de  remisión  a dichas normas.   

          Y   ello   no  constituye  un  olvido  del  legislador,  que  denote  inconsciencia  sobre la existencia del Decreto Ley 222 de 1983 o de la figura de  la  liquidación  en  los contratos estatales. Pues, como se advierte en el art.  1º  inc.  1º  del Decreto 777 de 1992, expresamente se consagró una causal de  remisión   al  Decreto  222  de  1983,  en  lo  que  atañe  a  las  cláusulas  exorbitantes.   

          Además,  a  lo  largo  del  Decreto  777  de  1992 se establecieron  múltiples  requisitos  y  formalidades  pertenecientes  a  diversas fases de la  contratación,  entre otras, los requisitos sustanciales para celebrar este tipo  de  contratos  (art.  1º  y  2º),  los criterios de selección del contratista  (art.  1º  inc.  3),  la  terminación  unilateral (art. 21), la interventoría  (art.   6º)  y  las  inhabilidades  (art.  9º),  pese  a  que  dichas  figuras  también  eran  objeto  de  regulación  genérica en el  Decreto  222  de  1983  -y lo son hoy en la Ley 80 de  1993-.   

          Es  más,  pese  a  que  el  régimen  especial  de los convenios de  interés  público  fue  complementado  por  los Decretos 1403 de 1992 y 2549 de  1993,  no  fueron  incluidas  reglas aplicables a la liquidación ni mandatos de  remisión  normativa  al  Decreto  Ley  222  de  1983  o  a  la  Ley 80 de 1993,  respectivamente.  Ello es del todo relevante, como quiera que el art. 80 de esta  última  ley  -que entró en vigor el 28 de octubre de  1993- dispone que, dentro de los seis meses siguientes  a  su promulgación, las autoridades competentes habrían de adoptar las medidas  necesarias  para adecuar los estatutos de las entidades estatales a lo dispuesto  en  ella.  Empero,  en  el  Decreto  2549  del 9 de diciembre 1993, expedido con  posterioridad  a la entrada en vigencia de la Ley 80, nada dispuso el legislador  en  relación  con  la  liquidación  de  los  convenios  de  interés público.   

          Adicionalmente,   la   ausencia   de   regulación  de  la  fase  de  liquidación   en  dicho  tipo  especial  de  convenios  es  compatible  con  la  teleología del Decreto 777  de   1992   y  sus  normas  complementarias,  que  excluyen  la  posibilidad  de  celebrarlos  cuando,  entre  otras  eventualidades,  implican  una  contraprestación       directa  a  favor de la entidad (art. 2º  num.  1º).  De  ello  se  extracta  un  elemento  esencial  de los convenios de  interés   público,   a   saber,   la   ausencia  de  conmutatividad.   

          Como  quiera  que  estos  convenios son una especie de alianza entre  los  particulares y el Estado para impulsar programas y actividades en beneficio  de         la         comunidad,         no         existen         contraprestaciones  directas  entre  las  partes.  Al  respecto,  ha  clarificado  la jurisprudencia del Consejo de Estado  (C.E.,  S.C.A.,  Secc.  1ª, sent. 26 feb. 1993, rad.  2.073):   

…los contratos a que se refiere el inciso  1º  del artículo 2º del Decreto 777 de 1992 son los que implican una conducta  de  parte  del  contratista  directamente en beneficio de la entidad contratante  (entidades  administrativas  territoriales), distintos  de  los  que  las  entidades públicas pueden celebrar con personas privadas sin  ánimo  de  lucro, sin que ello implique una prestación en favor de la Nación,  el  departamento,  el distrito o municipio  respectivo, sino que tienen por  objeto  beneficiar  a  la  comunidad, pues deben estar  enderezados  a  impulsar  programas  y  actividades  de interés  público,  acordes  con  el  Plan Nacional o los Planes Seccionales de Desarrollo, de allí  que   aquellos  sean  excluidos  por  el  mismo  artículo  2º  acusado  de  la  aplicación del decreto del cual hace parte dicha disposición.   

          En  la  misma dirección, también ha puntualizado la jurisprudencia  administrativa  (C.E.  Sala  de  Consulta  y Servicio  Civil,   concepto  del  24  feb.  2005,  rad.  1.626):   

Como   ya   se   señaló,  de  la  norma  constitucional  se desprende que los contratos a que se refiere el artículo 355  de  la  Constitución tienen por objeto la entrega de unos recursos o bienes del  Estado  a  una entidad sin ánimo de lucro para apoyar  un  programa  de  esta última. Lo anterior indica que  en  un  principio  corresponde  a  la  entidad  sin  ánimo  de lucro dirigir el  programa  aunque  existan  algunos criterios en el contrato de apoyo. En esto se  marca  una  radical  diferencia con los contratos que tienen por objeto ejecutar  un  proyecto  gubernamental  de  acuerdo con los parámetros fijados por el ente  público y de conformidad con sus instrucciones.   

De esta manera, los contratos que tienen por  objeto  desarrollar  una actividad estatal por intermedio de un particular no se  sujetan  a  las  reglas  que establece el 355. Es por ello que el Decreto 777 de  1992  excluye  de  su  ámbito  de  aplicación  los contratos que impliquen una  contraprestación   directa   para   la   entidad   pública.   ¿Qué   es  una  contraprestación directa?   

Ello ocurre cuando la entidad recibe un bien  o  se ve liberado de una obligación. Así por ejemplo, cuando compra un bien, o  cuando  la  entidad  pública  debe  hacer un examen a una determinada persona y  contrata   a   un  particular  para  que  lo  haga.40   

          Así,  pues,  si  en  los  plurimencionados  convenios  no  hay  una  contraprestación  sino  una  alianza de cooperación, en línea de principio no  tendría  por  qué  haber  siempre  un  ajuste  formal  de cuentas. En estricto  sentido,  la  entidad  pública  no  le  paga  al  contratista  un  precio  a  cambio de la ejecución de una  actividad  o  la  prestación  de  un  servicio  a  su  favor,  sino  que  pone  a  su  disposición  dineros  públicos      para      que      ejecute     una     actividad     en  beneficio de la comunidad, de acuerdo  con el objeto social de la entidad sin ánimo de lucro.   

          De  suerte  que,  por  no  estar  orientados  por  el  principio  de  conmutatividad,  los  contratos  de  interés  público,  por  regla general, se  sujetan   a   formalidades   y  requisitos  de  ley  para  la  contratación  de  particulares,  salvo  expresas  reglamentaciones  de  orden público. Y de tales  regulaciones  no  hace parte la liquidación, en consonancia con la sistemática  y   teleología  de  las  normas  reglamentarias  de  dicho  régimen  especial.   

          Tal  conclusión,  valga  subrayar,  es  del  todo compatible con la  jurisprudencia  administrativa.  El Consejo de Estado comprende que no todos los  contratos  estatales  deben  ser  liquidados,  especialmente  cuando se rigen por normas del derecho privado.  Al    respecto,    textualmente    expuso    dicha   Corporación   (C.E.  S.C.A.  Secc.  3ª, auto 6 dic. 2010, rad. 38.344, reiterada  mediante sent. 13 jul. 2016, rad. 55.080):   

Esta   Sala   considera   que  el  contrato sub júdice no requería  liquidación,  porque  su régimen sustantivo era el derecho privado, y no la Ley  80  de 1993, que exige que los contratos de tracto sucesivo se liquiden, bien de  manera  bilateral  o  unilateralmente.  De  modo  que  si el contrato de agencia  comercial  sub júdice lo celebró una entidad que no se rige por la ley 80, mal  puede   pedirse   que   cumpla   con   sus   exigencias   propias  -arts.  60  y  61-.   

Además,  no  sobra  indicar que las partes  tampoco  pactaron  esta  posibilidad,  en  ejercicio  de  la  autonomía  de  la  voluntad,  luego  no  existe  razón  para  exigir la  liquidación    bilateral   de   un   contrato   que   no   requiere   de   este  trámite. Y con mayor razón se debe reprochar que el  Tribunal  exija, inclusive, la liquidación unilateral, a falta de la bilateral,  pues  este poder extraordinario no lo contempla la ley civil ni comercial, luego  no  podría  asumirlo  la  entidad estatal sin autorización legal. Por  lo  menos,  deducirlo  de  la Ley 80 de 1993 o de  la Ley  1.150 de 2007 sería inadecuado.   

         

          Por  supuesto,  por  la  vía  de  aplicación  de los principios de  transparencia,  eficacia  y  moralidad,  es  plausible  afirmar  que,  a  fin de  maximizar  la  garantía  de  certeza  en  las  finanzas públicas y en el gasto  público,  es  recomendable41 liquidar todos los contratos  estatales.  Sin embargo, ello no implica que, sin más, al servidor público que  celebra  un  convenio  de  interés  público cumpliendo los presupuestos que le  autorizan  acudir  a tal régimen especial,   le   sean   oponibles,  por  vía  de  integración     normativa,     las    formalidades   y   requisitos   para  la  liquidación,   pertenecientes   al   Régimen   General   de  la  Contratación  Administrativa.   

          Como  tampoco podrían serle oponibles a través de complementación  analógica.  Menos,  cuando  de  lo  que  se trata es de determinar si le asiste  responsabilidad  penal por el  delito    de    contrato    sin    cumplimiento   de   requisitos   legales.    Pues,    aun    admitiendo  hipotéticamente  la  existencia  de  una  laguna  legal  en  la reglamentación  especial de los convenios de  interés   público,   los   vacíos   normativos  existentes  en  punto  de  la  liquidación   no   podrían   llenarse  analógicamente  con  las  reglas  contenidas  en  la Ley 80 de 1993  -salvo  en  los  casos  taxativamente  señalados-.  Ello es improcedente, en la  medida  en  que,  si  lo  pretendido  es  la  definición  de  los  ingredientes  normativos  del tipo contenido en el art. 410 del C.P., el art. 6º ídem  proscribe la analogía    con    fines    restrictivos.    

               En     conclusión,     en     el     régimen     especial  de  los  convenios  de interés  público   no   existe   un  deber  legal  de  liquidación  bilateral del contrato. Por expresa disposición  del  art.  1º inc. 1º del Decreto 777 de 1992, la liquidación, en caso de que  las  partes  pacten  su realización, se rige por las normas de la contratación  entre   particulares,   revistiendo  una  naturaleza  eminentemente  negocial  o  convencional,  donde  predomina  la  autonomía  de  la  voluntad  de las partes  (Cfr.,  entre  otras,  C.E. S.C.A. Secc. 3ª, sent. 4  dic.  2006,  rad.  15.239;  sent. 16 feb. 2001, rad. 12.660; sent. 14 feb. 2002,  rad.  13.238 y sent. 11 feb. 2009, rad. 15.757), por lo  que  devendría  ilegítima  la  sanción  del  servidor facultado para celebrar  convenios   de  interés  público,  por  inobservancia  de  requisitos  legales  pertenecientes  a  la  Ley  80  de 1993. Una tal integración o complementación  normativa, por las razones expuestas, deviene improcedente.   

          Clarificado  esto,  para  verificar  la  corrección  del  juicio de  adecuación   típica,   han  de  examinarse  cuáles  son  las  obligaciones  y  facultades  que  le  asisten  al  interventor, en la fase de liquidación de los  contratos estatales.   

          5.5.2.3  Posibilidades  de  actuación del interventor en la fase de  liquidación bilateral   

         

          Según  el  art. 6º inc. 1º del Decreto 777 de 1992, la ejecución  y  cumplimiento  del  objeto  del  contrato  se  verificará  a  través  de  un  interventor,  que  podrá  ser funcionario del Gobierno en los niveles nacional,  departamental  distrital o municipal, designado por la institución contratante.  Ello    es    reflejo    del   principio  de responsabilidad, consagrado en el art. 26 de la Ley 80 de 1993,  cuyo  numeral 1º dispone que los servidores públicos están obligados a buscar  el   cumplimiento  de  los  fines  de  la  contratación,  vigilar  la  correcta  ejecución  del  objeto  contratado y a proteger los derechos de la entidad, del  contratista  y  de los terceros que puedan verse afectados por la ejecución del  contrato.   

          El   interventor   de  un  convenio  de  interés  público  carece,  entonces,  de  la  facultad  o  competencia  legal para efectuar la liquidación.  Y  ello  es  así,  en  la  medida   en  que  si  bien  aquél  ejerce  labores  de  supervisión  sobre  el  cumplimiento   del   objeto  contractual,  en  la  liquidación  bilateral,  son  las    partes   quienes  determinan  el  estado general de ejecución de las obligaciones a su cargo y su  resultado  definitivo,  para  así hacer los reconocimientos a que haya lugar y,  consecuentemente, declararse a paz y salvo.   

          Así   lo   clarifica   la   jurisprudencia  administrativa  en  los  siguientes  términos  (CE  SCA,  Secc. 3ª, sent. 11  feb. 2009, rad. 15.757):   

La  Sala ha sido unánime en afirmar que la  liquidación  bilateral  del  contrato traduce en un verdadero negocio jurídico  por    medio   del   cual   las   partes  definen  las cuentas del contrato y se obligan a lo estipulado en  el documento que la contiene.   

Al  efecto  cabe  tener  en  cuenta que la  liquidación       significa       “hacer  el  ajuste  formal  de  una  cuenta;     saldar,    pagar    enteramente    una  cuenta”42  y  se  produce  con el objeto de que  las     partes     contratantes     establezcan,  con  fundamento  en  el desarrollo del contrato, las  acreencias   pendientes   a   favor  o  en  contra  de  cada  uno.  Es  un  procedimiento mediante el cual la  administración  y  el contratista se pronuncian sobre  la  ejecución  de las prestaciones contractuales, como también respecto de las  vicisitudes  presentadas durante su desarrollo; es un acto que, por ende, aclara  y  define  todo lo relativo a la relación contractual que existió entre     las     partes    del    negocio    jurídico43.   

            En  la  misma dirección, esta Corte ha  considerado   que   sólo   el   funcionario   competente   para   efectuar  una  manifestación    de    voluntad    por    la    administración    –el  ordenador del gasto-  es  quien  concurre  a  la liquidación bilateral. A ese respecto,  expuso  la  Sala  de  Casación  Penal (CSJ SP 18 dic.  2006, rad. 19.392):   

Es palmar que el legislador diferenció las  conductas   ejecutadas  por  los  encargados  de  impulsar  el  trámite  de  la  contratación  y  las  realizadas  por  el  ordenador del gasto en las etapas de  celebración y liquidación del mismo.   

Separación   armónica   con   la  forma  desconcentrada  de la realización de la contratación pública en las entidades  estatales,  en  las  cuales  las  etapas  precontractuales  y  de ejecución son  cumplidas  por  servidores  públicos de nivel ejecutivo y las de celebración y  liquidación   a   cargo  de  quien  por  ley  está  autorizado  para  disponer  de los recursos públicos,  actividad  que  sólo  podrá  efectuar previa verificación del cumplimiento de  las  formalidades  legales  para  la  etapa  previa,  como  garante que es de la  legalidad  del  proceso contractual por tratarse del funcionario que por mandato  constitucional  y  legal  tiene la potestad de disponer de los recursos del ente  territorial.   

          Es  que,  si  la liquidación bilateral implica una fase contractual  que  termina  con un acuerdo de las partes,  naturalmente  la competencia estará exclusivamente en cabeza del  jefe  o representante legal de la entidad o del funcionario delegatario, para el  caso  de  las entidades estatales, y del representante legal del contratista. Si  bien  la  participación del interventor es determinante, la liquidación es una  facultad      propia      de      la     entidad.44   

          Ni  siquiera,  valga  resaltar, en el nuevo Estatuto Anticorrupción  (Ley  1474 de 2011) se le dio al interventor la facultad de liquidar el contrato  estatal.  El  art.  83  ídem  reiteró  que  la  interventoría  contractual implica la obligación de vigilar  permanentemente  la  correcta  ejecución  del  objeto  contratado,  con  el  fin  de  proteger  la moralidad  administrativa,  prevenir  la  ocurrencia  de  actos de corrupción y tutelar la  transparencia  de  la  actividad  contractual.  La  interventoría,  prosigue la  norma,  consistirá  en  el  seguimiento  técnico que sobre el cumplimiento del  contrato  realice una persona natural o jurídica contratada para tal fin por la  Entidad  Estatal,  cuando  el  seguimiento  del  contrato  suponga  conocimiento  especializado  en  la materia, o cuando la complejidad o la extensión del mismo  lo    justifiquen.   Mientras   que   al   art.   84   inc.   2º   ídem,  en  punto  de  las facultades del  interventor   para   realizar  el  seguimiento  al  ejercicio  del  cumplimiento  obligacional  por  la  entidad  contratante  sobre  las obligaciones a cargo del  contratista,  establece  que  los interventores están facultados para solicitar  informes,  aclaraciones  y  explicaciones  sobre  el desarrollo de la ejecución  contractual,   y  serán  responsables  por  mantener  informada  a  la  entidad  contratante  de  los  hechos  o  circunstancias  que  puedan constituir actos de  corrupción  tipificados como conductas punibles, o que puedan poner o pongan en  riesgo   el   cumplimiento   del   contrato,  o  cuando  tal  incumplimiento  se  presente.   

          Por  consiguiente,  en  el  delito  de  contrato sin cumplimiento de  requisitos  legales  está descartada la posibilidad de que al interventor se le  atribuya,   a   título  de  autor,  responsabilidad  por  la  inobservancia  de  requisitos  legales  para liquidar el contrato, como quiera que, por parte de la  administración,  el  competente  para  efectuar  la liquidación es el servidor  público  que  actúa  como  contratante,  bien  por mandato legal o por acto de  delegación.  Y,  finalmente,  quienes liquidan por mutuo consentimiento son las  partes contratantes.   

          5.2.2.4                    Cotejadas   las  anteriores  premisas  con  los  enunciados  fácticos  que  se declararon probados en la sentencia impugnada, la  Sala  encuentra que el Tribunal incurrió en yerros in  iudicando  que condujeron a una equivocada afirmación  de  la  tipicidad objetiva del delito de contrato sin cumplimiento de requisitos  legales, en relación con la interventora AURA MARÍA VALDERRAMA.   

          En  primer  lugar,  el  Tribunal  erró  al predicar responsabilidad  penal  en  cabeza  de  la interventora del convenio de interés público, por el  delito  de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales, con base en el  incumplimiento  “de  los  deberes  legales  que  la  contratación  le  impone,  a saber, exigir al contratista la ejecución idónea  del  objeto  contratado,  adelantar  revisiones  de  las actividades ejecutadas,  servicios  prestados  o  bienes suministrados, verificar que ellos cumplían con  las  condiciones  de  calidad  ofrecidas  por  los  contratistas,  promover  las  acciones  de  responsabilidad  cuando dichas condiciones no se cumplan y adoptar  las  medidas  necesarias  para  mantener  durante el desarrollo y ejecución del  contrato  las  condiciones  técnicas,  económicas  y  financieras  pactadas de  acuerdo  a  las necesidades de la administración y de la sociedad, por tratarse  este  evento  de  un  contrato de interés público”.   

          Según    se   clarificó   en   precedencia   (num.   5.2.1),   las  irregularidades  cometidas  en  la  etapa  de  ejecución  del  contrato  no son  punibles  a la luz del art. 410 del C.P. Ciertamente, el art. 53 de la Ley 80 de  1993  establece  que  los  interventores pueden responder civil y penalmente por  los  hechos  u omisiones que les fueren imputables y que cause daño o perjuicio  a  las  entidades, respecto de los cuales hayan ejercido o ejerzan las funciones  de  interventoría.  Sin  embargo, es claro que a la responsabilidad penal sólo  habría  lugar  con  respeto  del  principio  de  legalidad  y  su componente de  estricta  tipicidad  (arts.  9º  inc. 1º y 10º inc. 1º del C.P.), sin que el  art.  53 de la Ley 80 de 1993 pueda comprenderse como una cláusula abierta para  punir,  de  cualquier manera  al     interventor    que    incumple    sus    deberes    de    “garantizar  que  el contrato se desarrolle y ejecute conforme a los  términos   convenidos,   vigilando   su   cumplimiento  en  cuanto  a  aspectos  administrativos,  técnicos  y  financieros, con acatamiento del costo, tiempo y  calidad  de  los  servicios  contratados”  o  porque  “las  funciones  de  interventoría  en realidad no  fueron   ejercidas”,  como  pareció  entenderlo  el  Tribunal,  con  errada  invocación  del  art.  32-2  de  la  Ley  80  de  1993,  concerniente  al  contrato de consultoría.   

          En  segundo  lugar, el ad quem   predica   la  responsabilidad  de  AURA  MARÍA  VALDERRAMA  como  autora   del   delito  de  contrato   sin   cumplimiento   de  requisitos  legales  porque  “suscribió  el  acta  de  liquidación del contrato, en la que dijo  haber  verificado  que  el contratista cumplió el objeto contractual dentro del  plazo  pactado y de manera satisfactoria para INDERVALLE, a pesar de que ello no  aparece  plenamente demostrado”. Para el Tribunal, la  interventora  “incumplió  sus  obligaciones, y las  omisiones  presentadas en su labor le son imputables, pues de tal forma realizó  un   aporte   fundamental  para  que  se  liquidara  el  contrato  OJ278-03  sin  cumplimiento  de los requisitos legales; por tanto es responsable penalmente”.  Empero,  tales  bases  para afirmar la tipicidad de la  conducta  de aquélla son igualmente erróneas, en la medida en que, reitérase,  el    interventor    no    tiene    la    facultad   legal   para   liquidar el contrato.   

          La   liquidación   bilateral  aplicada  al  cuestionado  convenio de interés público estaba en  cabeza  de  CARLOS  LENIS  GARCÍA,  gerente  de  INDERVALLE,  y del contratista  GERMÁN  BONILLA  RINCÓN,  quienes concurrieron directamente en representación  de  las  entidades  contratantes  a  liquidar  de  mutuo acuerdo el convenio. De  suerte  que  la  interventora  no podría ser, en estricto sentido, autora  de la inobservancia de requisitos  legales  esenciales  aplicables  a  la  liquidación del contrato, pues no es la  facultada  legalmente  para  liquidarlo,  sin  que la suscripción de la señora  VALDERRAMA  del  acta  de  liquidación  sea  motivo suficiente para predicar su  responsabilidad  por  el art. 410 del C.P. Validar tal argumento equivaldría, a  título  de  ejemplo,  a condenar por prevaricato por acción a un secretario de  un  juzgado,  por  el  hecho de haber firmado la sentencia prevaricadora emitida  por el juez.   

          Sobre  la  imposibilidad  de  que el interventor liquide en estricto  sentido  el  contrato  estatal,  ha  dicho  el  Consejo  de  Estado C.E.  S.C.A.  Secc.  3ª, Sub. B, sent. 14 oct. 2011, rad. 21.491):   

Obra en el expediente copia de un documento  que  contiene  un acuerdo celebrado entre el interventor y el contratista con el  “fin  de  realizar  la  liquidación”   del   contrato,   al  que  no  puede  atribuírsele  los  efectos  de la liquidación de que  trata  la Ley 80 de 1993, en tanto no fue suscrita por la parte contratante, que  para  estos  efectos  debía  estar  representada  por el alcalde municipal o la  persona  debidamente  delegada  por  éste.  Conforme  con  las  exigencias  del  artículo  32  de la Ley 80 de 1993, el interventor es  una  persona  independiente  de  las  partes, razón por la que quien actúa con  esta  calidad no tiene la facultad de representar u obligar a la administración  ni al contratista.   

          En   tercer   término,  si  bien  el  Tribunal  también  funda  la  responsabilidad   de   la   señora   VALDERRAMA   en   que  ésta  realizó  un  “aporte   fundamental”  para  que  se  liquidara  el  contrato,  mediante la indebida certificación del  cumplimiento  del objeto contractual, ello tampoco es suficiente para atribuirle  la  conducta  a  otro  título  de intervención en la conducta punible (art. 30  ídem), como quiera que, por  tratarse  de  un convenio de interés público, no existía la obligación legal  de  liquidarlo  con  cumplimiento  de  los  requisitos previstos en la Ley 80 de  1993.   

          Por   regir   las   normas   de   contratación   aplicables  a  los  particulares,  en  ese  específico  aspecto  de  la  liquidación,  las  partes  contractuales     pactaron    la    necesidad    de  liquidar    el    convenio    y   las   formalidades  pertinentes  para  hacerlo,  como  requisito  para  la formalización de las cuentas y la cancelación de las  acreencias  pendientes,  en ejercicio de la autonomía de la voluntad (art. 1602  del  C.C.).  Y como los requisitos legales  esenciales  pertinentes  para  la  definición de los ingredientes  normativos  del  art.  410  del  C.P.  hacen  referencia  a  normas  del derecho  público,  mal  podría  sancionarse con fundamento en el desconocimiento de las  normas  de  liquidación previstas en el Estatuto General de la Contratación de  la  Administración  Pública.  La  Ley  80  de  1993,  a  ese respecto, deviene  inaplicable.   

          Inclusive,  aun  acudiendo en gracia de discusión a la comprensión  y  regulación  de  la figura de la liquidación, a partir de la Ley 80 de 1993,  tampoco  puede  afirmarse  la  obligación  de  liquidar el convenio de interés  público aquí cuestionado.   

          En  efecto,  como  lo  señala  el  Consejo  de  Estado (S.C.A.,  Secc.  3ª,  sent.  6  jul. 1995, rad. 8.126),  la  liquidación  “es una operación  administrativa  que  sobreviene a la finalización normal o anormal del contrato  (en  todos los casos en que por ministerio de la ley o  por   la   naturaleza   del   contrato   es   indispensable  hacerla),  con  el  propósito de establecer, de modo definitivo entre las  partes  contractuales  cual  es  deudora,  cual  es  acreedora  y  en  qué suma  exacta”.   

          Al  respecto,  el  art.  60  de la Ley 8º de 1993, en su redacción  original  -vigente para la época de ocurrencia de los  hechos                  investigados45-  preceptuaba    que    los    contratos   de   tracto  sucesivo,  aquellos  cuya  ejecución  o  cumplimiento  se  prolongue en el tiempo y  los demás que lo requieran,  serán   objeto   de   liquidación   de   común   acuerdo   por   las   partes  contratantes.    

          Desde  esa  perspectiva,  como  se  vio,  en  el  régimen normativo  especial,   aplicable   a   los   convenios  de  interés  público,  no  existe  disposición  legal  expresa  que  obligue  a  liquidarlos  y que, por esa vía,  convierta  la  liquidación  en  un  elemento  de  la  naturaleza de ese tipo de  contratos,  como tampoco existe un tal mandato en la Ley 80 de 1993. Además, el  aquí   cuestionado  convenio  no  se  trató  de  un  contrato  de  tracto  sucesivo o ejecución diferida ni de prolongada ejecución  en el tiempo.   

          Por  consiguiente, el Tribunal aplicó indebidamente el art. 410 del  C.P.  en  relación  con  la interventora AURA MARÍA VALDERRAMA. Al definir los  ingredientes  normativos  del  tipo  de  contrato sin  cumplimiento  de  requisitos  legales,  en  la fase de  liquidación   de   los   convenios   de   interés  público,  el  ad  quem,  por  una  errada comprensión,  consideró  que  las  irregularidades  cometidas  en  la  etapa  de ejecución  contractual son punibles, que  existe  un  deber  de  liquidar  este  tipo  de  convenios  en  atención de los  requisitos  y  formalidades  establecidos  por  la  Ley  80  de  1993  y  que el  interventor directamente puede liquidar un contrato estatal.   

          Ello  no quiere decir que el interventor que incumple sus deberes de  supervisión  y  vigilancia  en la ejecución contractual esté liberado de toda  responsabilidad  ni  que,  en la etapa de liquidación, aquél no pueda incurrir  en  delitos.  Además  de  que  el  ordenamiento  jurídico contempla múltiples  formas  sancionatorias por la  infracción  de  sus deberes, penalmente existen otras hipótesis que sí pueden  cobijar al interventor.   

          En  cuanto  al primer aspecto, las irregularidades detectadas por el  Tribunal,  en  la fase de ejecución, podrían comportar responsabilidad de tipo  disciplinaria, fiscal, patrimonial o de inhabilidad.   

          Al  respecto,  el  art.  48-34  de  la Ley 734 de 2002 tipifica como  falta     disciplinaria     gravísima  que el interventor no exija la calidad de los servicios adquiridos  por  la  entidad estatal o, en su defecto, los exigidos por las normas técnicas  obligatorias,  o que certifique como recibida a satisfacción una obra que no ha  sido  ejecutada  a cabalidad. También será falta gravísima omitir el deber de  informar  a  la  entidad  contratante  los  hechos  o  circunstancias que puedan  constituir  actos  de  corrupción  tipificados  como  conductas punibles, o que  puedan  poner  o  pongan  en  riesgo  el  cumplimiento del contrato, o cuando se  presente el incumplimiento.   

          En  la  misma  dirección, según el art. 8º num. 1º lit. k) de la  Ley  80 de 1993, es inhábil para celebrar contratos con las entidades estatales  el  interventor  que  incumpla  el  deber  de entregar información a la entidad  contratante  relacionada  con  el  incumplimiento  del  contrato,  con  hechos o  circunstancias  que  puedan  constituir  actos  de  corrupción tipificados como  conductas  punibles,  o  que puedan poner o pongan en riesgo el cumplimiento del  contrato.   

          Inclusive,  a  tono  con  el  art.  84  parágrafo  3º del Estatuto  Anticorrupción,  el  interventor  que  no  haya  informado  oportunamente  a la  Entidad  de un posible incumplimiento del contrato vigilado o principal, parcial  o  total,  de  alguna  de  las  obligaciones  a  cargo  del  contratista,  será  solidariamente  responsable  con éste de los perjuicios que se ocasionen con el  incumplimiento     por    los    daños    que    le    sean    imputables    al  interventor.   

          Ya  en  lo  estrictamente  penal, a voces de los arts. 53 y 56 de la  Ley  80  de 1993, los interventores estarán sujetos a la responsabilidad que en  esa  materia  señale la ley  para   los  servidores  públicos.  En  la  etapa  de  liquidación,  piénsese,  a  manera de ejemplo, en los  delitos  de  interés indebido en la celebración de contratos, peculado o, como  sucedió  en  el  presente  caso,  en  algún  tipo  de  falsedad  en  documento  público.   

          Fuerza  concluir,  entonces,  que el cargo por violación directa de  la  ley  sustancial  ha  de  prosperar,  obligando  a remover la declaratoria de  responsabilidad  en  contra  de la señora VALDERRAMA, por el delito de contrato  sin  cumplimiento de requisitos legales. Por consiguiente, cumpliendo el mandato  establecido  en  el  art.  206  inc.  1º del CPP, la Corte casará la sentencia  impugnada  y,  en su lugar, la absolverá del cargo que la Fiscalía le formuló  por  la  conducta  punible  de  contrato sin cumplimiento de requisitos legales,  naturalmente  en  desacuerdo  con el concepto de la Procuradora delegada para la  Casación Penal.   

          5.5.2.5                    No  obstante,  la  condena  por  el  delito  de  falsedad  ideológica  en documento público en contra de AURA MARÍA VALDERRAMA  ha  de  subsistir.  Una  cosa  es  que,  en virtud del principio de última  ratio,  el legislador haya dejado  exenta  de  reproche punitivo  la   inobservancia   de   formalidades   legales  en  la  fase  de  ejecución  de  los contratos estatales o  que,  por  la  configuración  legal  del  régimen  especial  aplicable  a  los  convenios   de  interés  público,  el  interventor  no  pueda  ser  sancionado  penalmente  por el delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales por  irregularidades         en         la        etapa        de        liquidación,  y  otra  muy  distinta es,  como  se  dijo,  que  el  interventor  esté  exento  de  responsabilidad penal.   

          AURA  MARÍA  VALDERRAMA,  como  servidora  pública  de INDERVALLE,  tenía  potestad  certificadora,  en  los términos exigidos por la jurisprudencia  (CSJ  SP  16  may. 2012, rad. 34.163), mientras     que     los     documentos    públicos    (arts.  243 C.G.P. y 251 C.P.C.) reputados  espurios  ideológicamente por el Tribunal, suscritos por aquélla en calidad de  interventora, ostentaban plena aptitud probatoria (art. 286 C.P.).   

          El  art.  84  inc.  2º  del Estatuto Anticorrupción aclara que los  interventores   están   facultados  para  solicitar  informes,  aclaraciones  y  explicaciones  sobre  el  desarrollo  de  la  ejecución  contractual,  y serán  responsables  por  mantener  informada  a  la entidad  contratante  de los hechos o circunstancias que puedan  constituir  actos  de  corrupción  tipificados  como  conductas punibles, o que  puedan  poner  o  pongan  en  riesgo  el cumplimiento del contrato, o cuando tal  incumplimiento se presente.   

          Por  ende,  si  los  documentos extendidos por la interventora en la  fase  de  ejecución  contractual,  en ejercicio de sus funciones como servidora  pública  de  INDERVALLE, -acta de inicio del contrato  y  certificado  de  realización  de  actividades-  son  contentivos  de  falsedades,  como lo declaró probado el Tribunal, es indudable  la  realización  del  tipo  de  falsedad  ideológica  en  documento  público.   

          Así  mismo,  se  configura  este delito en relación con el acta de  liquidación  del  contrato  suscrita  por  AURA  MARÍA  VALDERRAMA.  Ésta  no  liquidó  el convenio con la imposición de su firma, desde luego, pero, como lo  resaltó  el  Tribunal,  sí  plasmó,  junto  con  el  gerente  de  INDERVALLE,  información  contraria a la verdad, como que las actividades fueron planeadas y  contaron  con  organización  y  logística de “muchos días antes” y que al  acta  se  integraron  los  documentos  que  respaldan  la  realización  de  las  actividades  deportivas,  pese  a  que  la  documentación,  como lo declaró el  contratista  GERMÁN  BONILLA  RINCÓN,  se  había  perdido  el  día anterior.   

          El  acta  de liquidación bilateral es una operación administrativa  donde  concurren  las  declaraciones  de  voluntad del  contratante   y   el   contratista,  para  establecer  definitivamente  quien  es  deudor  (C.E. S.C.A. Secc.  3ª,  sent.  2  may. 2002, rad. 20.472). Por ello es la  prueba principal del estado  económico,  jurídico  y  técnico  del contrato, así como de las obligaciones  que  subsisten  a  cargo  de  cada  una  de las partes  contratantes  (CE  SCA Secc. 3ª, sent. 30 jul. 2008,  rad.  28.346;  sent. 14 abr. 2010, rad. 17.322 y auto 7 oct. 2004, rad. 23.989).  En  consecuencia,  pese  a  que  la  voluntad  de  la  interventora    en    dicho   documento   es   irrelevante   para   liquidar  el  contrato,  por  ser un acto  jurídico  privativo de las partes contratantes, de cara al bien jurídico de la  fe  pública, es inobjetable que en un documento público con aptitud probatoria  consignó falsedades, lo que comporta responsabilidad penal.   

          5.5.2.6                    Finalmente,  dada  la  prosperidad  parcial  del  cargo  por  violación  directa  de  la  ley sustancial, en favor de AURA MARÍA  VALDERRAMA,  que  conduce a la remoción de los fundamentos en que se soporta la  declaración  de  responsabilidad  de  aquélla  por  el  delito de contrato sin  cumplimiento   de   requisitos   legales,   la   Sala  procede  a  reajustar  la  dosificación punitiva, en los siguientes términos:   

          a) Fijación de los límites punitivos   

          De  conformidad  con  lo  previsto  en  el  art.  286  del C.P., los  límites  punitivos  para la falsedad ideológica en documento público son de 4  a  8  años  de  prisión y 5 a 10 años de inhabilitación para el ejercicio de  derechos y funciones públicas.   

          b)    División    en    cuartos    y    selección   del   segmento  punitivo   

          De  acuerdo  con  los extremos arriba indicados, el ámbito punitivo  de  movilidad  para  la  pena de prisión es de 48 meses, que al ser dividido en  cuartos, da como resultado 12 meses:   

Mínimo                                                                                   Medios                                                                 Máximo   

48  m.             60   m.   y   1  día               72  m.                 84 m. y 1 día       96 m.   

         

          En  relación con la sanción de inhabilidad, el margen de movilidad  es  de  60  meses,  que  dividido  en  cuartos  comporta  15 meses.            

Mínimo                                                                                    Medios                                                                 Máximo   

60  m.             75   m.   y   1  día               90  m.               105 m. y 1 día     120 m.   

          Ahora  bien,  como  lo destacó el Tribunal a la luz de los arts. 61  inc.  2º  y 55-1 del CP, en tanto únicamente concurren circunstancias de menor  punibilidad, la pena ha de imponerse en el cuarto mínimo.   

          c) Individualización de la pena   

El  Tribunal,  inobservando  los requisitos  previstos  en  el  art.  31  inc.  1º del C.P., se abstuvo de dosificar la pena  correspondiente  al  delito  de  falsedad  ideológica  en  documento  público.  Simplemente,  luego  de  ponderar  los factores previstos en el art. 61 inc. 3º  ídem,  únicamente  en relación con el delito  de   contrato   sin   cumplimiento   de   requisitos  legales,  por  el  que fijó una pena de cinco años y  dos  meses de prisión, discrecionalmente aumentó este monto en un año, por el  concurso con la falsedad.   

La jurisprudencia tiene dicho que el sistema  punitivo  adoptado  por  el  Código  Penal  colombiano  concibe  un  proceso de  tasación  que  parte  de montos mínimos de    sanción   prefijados   legislativamente.   A   la   hora   de  individualizar  la  sanción  penal,  el  juez ha de partir del tope más bajo a  aplicar  dentro del cuarto pertinente, debiendo argumentar por qué se aparta de  la  mínima  sanción  prevista por la ley e incrementa, en el caso concreto, el  monto de pena (CSJ SP 24 jun. 2015, rad. 40.382).   

Por  consiguiente,  es  claro  que  si  el  ad  quem  no  adujo ninguna  razón   para  incrementar  la  pena  mínima  por  el  delito  de  falsedad  en  documento  público, sin que  pueda  trasladarse  el  juicio  de  reproche aplicado al punible de contrato sin  cumplimiento  de  requisitos legales, que protege un bien jurídico diverso a la  fe  pública, a la Corte le está vedado aumentar la pena por encima del mínimo  legal.   

De esta manera, la condena definitiva a AURA  MARÍA  VALDERRAMA, como autora de falsedad material en documento público será  de  4  años  (48 meses) de prisión y 5 años (60 meses) de inhabilidad para el  ejercicio de derechos y funciones públicas.   

d)  Suspensión  de  la  ejecución  de  la  pena   

          En  esos  términos,  a  la luz del art. 63 inc. 1º nums. 1º y 2º  del  C.P.,  modificado  por  el art. 29 de la Ley 1709 de 2014, como la sanción  privativa  de  la  libertad  impuesta  no  excede  de  4  años  de prisión, la  sentenciada  carece  de  antecedentes  penales, el delito por el que se emite la  condena  no  se  encuentra  en  el listado previsto en el art. 68 A ídem  y  la  concesión  de la medida se  basa   exclusivamente   en   el   cumplimiento  del  requisito  objetivo  atrás  mencionado,  es  clara  la  procedencia de la suspensión de la ejecución de la  pena  de  prisión.  Ésta será concedida por la Sala por un término de cuatro  años,  a  condición  de  que  la  sentenciada  garantice mediante caución, en  cuantía   equivalente   a   tres   salarios   mínimos  legales  mensuales,  el  cumplimiento de las siguientes obligaciones (art. 65 del C.P.):   

          i)        No  cambiar  de  residencia,  sin  autorización  previa del juez de  ejecución de penas y medidas de seguridad.   

          ii)                       Observar buena conducta.   

          iii)                         Comparecer  personalmente  ante  la  autoridad  judicial  que  vigile  el  cumplimiento  de la sentencia, cuando fuere requerida  para ello.   

          iv)                        No  salir del país sin previa autorización del  juez de ejecución de penas.   

          La  suscripción  de  la  diligencia  de  compromiso será realizada  personalmente  por  AURA  MARÍA  VALDERRAMA  ante  la  Secretaría  de la Sala,  allegando  la  póliza o el título de depósito judicial respectivos, dentro de  los  cinco  días  siguientes  a  la notificación que se le haga de la presente  sentencia.      

          En  mérito  de lo expuesto,   la  Sala  de  Casación    Penal    de    la   Corte   Suprema   de   Justicia,   administrando  justicia  en  nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

            

         PRIMERO:          CASAR  parcialmente  el numeral quinto  de  la  sentencia  de  segunda  instancia, proferida por el Tribunal Superior de  Cali    el    3    de    diciembre    de    2015,    a   fin   de   ABSOLVER  a AURA MARÍA VALDERRAMA del  delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales.    

         En  consecuencia,  AURA  MARÍA  VALDERRAMA  queda  condenada como  autora  del delito de falsedad ideológica en documento público, a las penas de  4  años  de  prisión  y 5 años de inhabilidad para el ejercicio de derechos y  funciones públicas.   

          SEGUNDO:  REVOCAR  parcialmente  el numeral  sexto  de  la  sentencia  confutada,  a fin de CONCEDER  a  AURA  MARÍA  VALDERRAMA  la  suspensión  de  la  ejecución  de  la  pena  de  prisión,  en los términos y condiciones establecidos en la parte considerativa  de esta sentencia.   

          TERCERO:  CASAR  oficiosa y parcialmente la  sentencia,  para  excluir  de  la  imputación en contra de CARLOS ALBERTO LENIS  GARCÍA,  por  el  delito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales, lo  relacionado  con  las  irregularidades  presentadas  en  la fase de ejecución   del  convenio  de  interés  público.   

         CUARTO:   En   lo  demás,  el  fallo  impugnado permanece incólume.   

         Contra esta decisión no proceden recursos.   

         Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  tribunal  de  origen.   

         Cúmplase.   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

JOSÉ FRANCISCO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

            1 Creado mediante la  Ordenanza  Nº 022 del 26 de noviembre de 1997 como establecimiento público del  orden  departamental,  encargado  de  promover  el  deporte,  la recreación, el  aprovechamiento  del  tiempo  libre  y  la  educación  física  en el Valle del  Cauca.    

            2   Basada  en  la  errónea  interpretación  de  disposiciones  de  la  Ley  80  de  1993 y de los  Decretos 777 de 1992, 1043 de 1992 y 2459 de 1993.   

            3   Si   bien   se  precluyó  la investigación por el delito de falsedad en documento privado, por  prescripción  de  la  acción  penal,  el  Tribunal  puso  de  presente  que la  condición  apócrifa  de  las  facturas  y  órdenes  de  trabajo,  que  fueron  presentadas  por  el  contratista para el desembolso de unas sumas de dinero por  parte de INDERVALLE, quedó acreditada.   

            4  También,  entre  otras,  CSJ  SP  09  feb. 2005, rad. 21.547; SP 16 feb. 2005, rad. 15.212; SP 08  nov.  2007,  rad.  26.450;  SP  13 may. 2009, rad. 30.512; SP 16 nov. 2009, rad.  25.650;  AP  10  may.  2011,  rad.  34.282  y  SP  11  jul.  2012,  rad. 37.691.   

            5 Consejo de Estado,  Sala  de lo Contencioso Administrativo, Sec. 3ª, Sub. B, sent. 29.02.2012, exp.  19.371.    

            6 Cfr. pág. 49 sent.  2ª instancia.   

            7 Formalidad distinta  a    la    preexistencia    del    certificado    de  disponibilidad  presupuestal,  que  corresponde  a un  requisito  de tramitación o  previo  a  la  celebración  del contrato (art. 25-6 Ley 80/93). Al respecto, el  art.  19  del  Decreto 568 de 1996 establece que dicho documento es expedido por  el   jefe   de   presupuesto   para  garantizar  la  existencia  de  aprobación  presupuestal  disponible  y  libre de afectación para  la  asunción  de  compromisos. Tal certificado afecta  preliminarmente    el    presupuesto   mientras   se  perfecciona   el   compromiso   y   se  efectúa  el  correspondiente  registro  presupuestal.  Este  último,  por  su  parte,  es la  operación  necesaria  para  afectar  en forma definitiva la operación (art. 20  ídem).   

            8 Consejo de Estado,  Sección   Tercera,   sentencia   del   28   de  septiembre  de  2006,  rad.  73001-23-31-000-1997-05001-01  (15307)   y  sentencia  del  de  23  de  junio  de  2010,  rad.   radicado:  66001-23-31-000-1998-00261-01(17860).   

            9  En  efecto,  la  interpretación  de la Sala estuvo orientada por lo expuesto en la sentencia del  23  de junio de 2005, proferida por la Sección 3ª del Consejo de Estado dentro  del  proceso  radicado  con  el Nº 12.486, rectificada posteriormente por dicha  Corporación.   

            10   En  la  misma  dirección,  cfr.,  entre  otras, CE Secc. 3ª sent. 12 nov. 2014, rad. 34.324 y  22 ago. 2013, rad. 29.121.   

            11   Cfr. pág. 50 ídem.   

            12   Mandato   de  publicidad  que,  valga  precisar, no puede confundirse con el aplicable a otras  tipologías  o  modalidades de contratación que exigen publicaciones en la fase  de  tramitación,  por ejemplo, en lo relacionado con los pliegos de condiciones  o términos de referencia.   

            13  Fls. 52-55 sent.  2ª inst.    

            14 Cfr. fls. 79 y 80  sent. 2ª inst.    

            15 Cfr. fl. 81 ídem.   

            16  Inexistencia  de  las  convocatorias  dirigidas  a  la  comunidad  para  participar de los eventos  deportivos  y  de  los documentos de inscripción de los participantes, ausencia  de  prueba  sobre  el  proceso  de  selección  de los atletas, imposibilidad de  organizar  competencias  de  gran  concurrencia  debido a la realización de los  eventos  al  día  siguiente  de  la  suscripción del convenio, la inverosímil  explicación  del  contratista  sobre  la  pérdida  de  la  documentación  del  cumplimiento   del  contrato  en  un  supuesto  accidente  automovilístico,  la  precariedad  logística  y  técnica para llevar a cabo los eventos, la ausencia  de  permisos  de  las autoridades administrativas para el cerramiento de calles,  los  testimonios  de  tres supuestas competidoras en la carrera de atletismo que  aseguraron  no haber participado y la presentación de facturas falsas por parte  del contratista.    

            17  Fls. 63-64 sent.  2ª inst.    

            18 Cfr. fls. 61-62 y  64-65 ídem.   

            19   Fls.   65-66  ídem.   

            20    Fl.    69  ídem.   

            21  Fls. 72-73 sent.  2ª inst.   

            22 Normas que han de  concordarse  con  el  art. 1º de la Ley 1150 de 2007, de acuerdo con el cual la  contratación  administrativa  no se limita a la actividad contractual realizada  por  las  entidades  estatales,  sino  que  se  extiende  a cualquier organismo,  entidad,   persona  jurídica  o  natural  que  celebre  contratos  con recursos públicos.   

            23    Sobre   la  constitucionalidad  del  reenvío normativo en el proceso de integración de los  tipos  penales  en  blanco,  cfr.,  entre  otras,  C. Const. C-559/99, C-739/00,  C-1490/00,  C-333/01,  C-917/01,  C-605/06,  C-121/12  y CSJ SP 19.12.2000, rad.  17.088.   

            24 Dicha comprensión  ha  sido  ratificada  reiterativamente  por la jurisprudencia de la Sección 3ª  del  Consejo  de Estado. Al respecto, cfr., entre otras, auto 8. feb. 2001, rad.  16.661;  sent. 1º ago. 2002, rad. 21.041; auto 20 abr.  2005, rad. 14.519;  sent.  4  dic.  2006, rad. 28.309; sent. 21 mar. 2007, rad. 32.841; auto 30 ene.  2008,  rad.  32.867;  sent.  4  jun. 2008, rad. 14.169; sent. 22 abr. 2009, rad.  14.667;  sent.  23  sept.  2009,  rad. 24.639; sent. 10 mar. 2010, rad. 36.838 y  sent. 11. Abr. 2012, rad. 17.851.   

            25   En  este  sentido  se  ha  expresado  la Corte Suprema en reiterada  jurisprudencia  (CSJ  SP,  19  dic.  2000,  rad.  17088),  así  como  la  Corte  Constitucional  (sents. C-197/01, C-1514/00, C-126/08  y C-429/97).   

            26   CSJ      SP,      6      may.     2009,     rad.     25.495,  reiterada  en  SP,  22 jun. 2016,  rad. 42.930.   

            27 Según el art. 209  inc.  1º  de  la Constitución, la función administrativa está al servicio de  los  intereses  generales  y  se  desarrolla con fundamento en los principios de  igualdad,   moralidad,   eficacia,   economía,   celeridad,   imparcialidad   y  publicidad,    mediante    la    descentralización,   la   delegación   y   la  desconcentración de funciones.   

            28   Gaceta   del  Congreso,   Año   I,  número  75,  23  de  septiembre  de  1992,  página  11.   

            29   Cfr.  DÁVILA  VINUEZA,  Luis  Guillermo.  Régimen  jurídico de la  contratación  estatal. Bogotá: Legis, 3ª ed., 2016,  p. 52.    

            30  Al  respecto, la  jurisprudencia   del   Consejo   de  Estado  ha  expresado  que  “la  contratación adelantada por el Estado no puede ser el producto  de   la  improvisación  o  de  la  discrecionalidad  de  las  entidades  o  sus  funcionarios,  sino  que debe obedecer a un procedimiento previo, producto de la  planeación,  orientado  a  satisfacer el interés público y las necesidades de  la  comunidad,  fin  último  que  se  busca  con  la  contratación estatal. Lo  contrario  conllevaría  al desvío de recursos públicos o al despilfarro de la  administración  al  invertir  sus  escasos recursos en obras o servicios que no  prioritarios  ni necesarios”: C.E. S.C.A. Secc. 3ª,  sent. 1º dic. 2008, rad. 15.603.   

            31  Cuya observancia  también  constituye  un  requisito esencial de la tramitación de los contratos  estatales  (CSJ  SP  9  feb.  2005, rad. 21.547 y SP 10 oct. 2007, rad. 26.076).   

            32   Si   bien  el  Gobierno  Nacional,  mediante  el  Decreto 092 del 23 de enero de 2017, expidió  una  nueva reglamentación de la contratación con entidades privadas sin ánimo  de  lucro  a  que  hace  referencia  el  art.  355 inc. 2º de la Constitución,  derogando  los  Decretos  777  de  1992  y  2459  de  1993,  tales disposiciones  normativas  (art.  11 ídem)  empiezan  a  regir  hasta el 1º de junio de 2017. Los contratos suscritos antes  de   su   entrada   en   vigencia,   aclara  esta  última  norma,  continuarán  ejecutándose  de  acuerdo  con  las  normas  vigentes  al momento en que fueron  suscritos.   

            33  Antiguo estatuto  contentivo  de  normas  sobre  contratos  de  la  Nación  y  de  sus  entidades  descentralizadas, derogado por el art. 81 de la Ley 80 de 1993.   

            34   Cfr.  CHÁVEZ  MARÍN,   Augusto   Ramón.   Los  convenios  de  la  administración.   Entre  la  gestión  pública  y  la  actividad  contractual.  Bogotá:  Universidad  del Rosario, 2ª ed. 2012, pp.  400-401.   

            35   Artículo  2º.  Están  excluidos  del  ámbito de aplicación del presente Decreto:   

         1.  Los contratos que las entidades públicas celebren con personas  privadas  sin ánimo de lucro, cuando los mismos impliquen una contraprestación  directa  a  favor  de la entidad pública y que por lo tanto podrían celebrarse  con  personas  naturales  o  jurídicas privadas con ánimo de lucro, de acuerdo  con las normas sobre contratación vigentes.   

         2.  Las  transferencias  que  se  realizan  con  los recurso de los  Presupuestos  Nacional,  Departamental,  Distrital  y  Municipal  a  personas de  derecho  privado  para  que,  en  cumplimiento  de un mandato legal, desarrollen  funciones  públicas  o suministren servicios públicos cuya prestación esté a  cargo  del  Estado de acuerdo con la Constitución Política y las normas que la  desarrollan.   

         3.  Las apropiaciones presupuestales decretadas a favor de personas  jurídicas  creadas  por  varias  entidades públicas, como son las cooperativas  públicas,  o  de  corporaciones  y fundaciones de participación mixta en cuyos  órganos   directivos   estén   representadas   entidades  públicas  en  forma  proporcional  a sus aportes, de acuerdo con las disposiciones estatutarias de la  corporación  o  fundación. Las transferencias que realiza el Estado a personas  naturales   en  cumplimiento  de  las  obligaciones  de  asistencia  o  subsidio  previstas   expresamente   en  la  Constitución  y  especialmente  de  aquellas  consagradas  en  los  artículos  43,  44,  46,  51,  368,  13  transitorio y 46  transitorio de la misma.   

         4.  Las  transferencias  que realiza el Estado a personas naturales  en   cumplimiento  de  las  obligaciones  de  asistencia  o  subsidio  previstas  expresamente  en la Constitución y especialmente de aquellas consagradas en los  artículos  43,  44,  46,  51, 368, 13 transitorio y 46 transitorio de la misma.   

         5.  Los  contratos  que  de  acuerdo  con la ley celebre la entidad  pública   con  otras  personas  jurídicas,  con  el  fin  de  que  las  mismas  desarrollen  un  proyecto  específico  por  cuenta  de  la entidad pública, de  acuerdo    con    las    precisas    instrucciones    que   esta   última   les  imparta.   

            36  Por disposición  del art. 11 del Decreto 092 del 23 de enero de 2017.   

            37 El mencionado art.  21  establece:  Cuando la entidad privada sin ánimo  de  lucro,  sea  de carácter hospitalario y esté tramitando la autorización o  licencia  sanitaria  de  funcionamiento,  podrá para efectos de la celebración  del  contrato,  obtener  una autorización provisional expedida por la autoridad  competente  para  ello. La negación de la autorización o licencia sanitaria de  funcionamiento  por  parte  de  la  autoridad  competente,  será causal para la  terminación y la consecuente liquidación del contrato.   

            38 Cfr. Real Academia  Española.   Diccionario  de  la  lengua  española,  edición  del  Tricentenario: http://dle.rae.es/?id=NP8bbbz.   Tal   comprensión   etimológica   ha   sido  acogida  por  la  jurisprudencia  del  Consejo  de  Estado.  (C.E. S.C.A. Secc. 3ª, sent. 11 feb.  2009, rad. 15.757).   

            39 Cfr. LARENZ, Karl.  Metodología  de la ciencia del Derecho. Barcelona:  Ariel,  1ª  ed.,  1994,  pp.  363-366  y  WANK,  Rolf.  Die    Auslegung    von    Gesetzen.   München, 5. Auflage, 2011, pp. 82-84.   

            40 CÁRDENAS MEJÍA,  Juan   Pablo.   Comentarios  al  nuevo  Régimen  de  Contratación  Administrativa.  Ediciones Rosaristas.  Segunda Edición 1995. Págs. 294-295.   

            41   No  es  dable  afirmar  una  obligación  stricto  sensu   de   liquidar   todos   los       contratos,      por      cuanto      la      actual    reglamentación    de    la  liquidación,  en  la  Ley  80  de  1993,  establece  que  no  es obligatoria la  liquidación   en   algunas  modalidades  de  contratación  directa,  como  los  contratos  de  prestación  de servicios profesionales o de apoyo a la gestión.  Cfr.  art. 217 inc. 5º del Decreto Ley 19 de 2012.  Además, como viene de  verse,   la   jurisprudencia  descarta  la  obligación  de  liquidar  contratos  estatales  regidos,  en  algunos  aspectos,  por  normas  del  derecho  privado.   

            42 Diccionario de la  lengua Española. Real Academia Española, 1992, pág. 892.   

            43 Sobre el carácter  negocial  o convencional de la liquidación bilateral del contrato estatal, cfr.  CE  SCA  Secc.  3ª,  sent.  4 dic. 2006, rad. 15.239.   

            44   DÁVILA       VINUEZA,       Luis      Guillermo.      Régimen   jurídico  de  la  contratación  estatal.  Bogotá:   Legis,   3ª   ed.,   2016,   pp.   766-767.     

            45  La norma ha sido  modificada  por  los  arts.  32  de  la Ley 1150 de 2007 y 217 del Decreto 19 de  2012.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *