SP3713-2016(44443)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

SP  – 3713 – 2016   

Radicación n° 44443  

(Aprobado Acta n° 93)  

Bogotá  D.C.,  treinta  de  marzo de dos mil  dieciséis (2016)   

Se pronuncia la Sala sobre la vulneración de  garantías  constitucionales  en  la  individualización  de  la pena accesoria,  dentro  del  proceso  seguido  contra  YULIÁN  ALEXIS GARZA AMAYA, en el que el  Tribunal  Superior  de  Cúcuta,  el  19  de  junio  de 2014, confirmó el fallo  emitido  por  el Juzgado Quinto Penal del Circuito con funciones de conocimiento  de  esa  ciudad, el 10 de abril de 2014, condenando al mencionado procesado como  autor    del    delito   de   Homicidio, cometido en circunstancias de agravación punitiva.   

H E C H O S  

En el fallo demandado fueron narrados de la  siguiente manera:   

Conforme  se  reseña  en  la  sentencia de  instancia  y  en el escrito de acusación presentado por la fiscalía General de  la  Nación,  el 5 de diciembre de 2011 aproximadamente a las 07:15 de la noche,  a  miembros  de  la Policía Nacional adscritos a la subestación de la libertad  les  fue  reportado  a  la central de radio que una mujer había sido herida con  arma  de  fuego  en  la  calle  14  No  2-71 del barrio San Luis de la ciudad de  Cúcuta  y  que  los  agresores  habían  emprendido la huida hacia el barrio la  libertad.  Las  características  de  los  agresores:  eran  dos sujetos, el uno  vestía  camisa  color  marrón, pantaloneta tipo bermuda de color oscuro, gorra  de  color  rojo  y portaba un bolso terciado, de contextura delgado (sic) y de aproximadamente 1.70 metros de  estatura;  el otro sujeto vestía camiseta blanca, bermuda oscura, tenis negros,  de contextura delgada y aproximadamente 1.70 metros de estatura.   

Minutos después, los policías procedieron  a  realizar  las  pesquisas  respectivas, ubicando en la calle 18 con avenida 10  del  barrio  La Libertad, a dos personas con características similares, quienes  al  percatarse  de la presencia de miembros de la policía aceleraron la marcha.  Los  policías  lograron cerrarle el paso a uno de ellos, quien llevaba un bolso  marrón;  al  ver que se encontraba cercado por miembros de la policía nacional  el  sujeto  lanzó hacia el techo de una vivienda demarcada con el número 10-49  el  bolso  color  marrón, el cual posteriormente fue recuperado e inspeccionado  por  miembros  de la policía, quienes hallaron en su interior un arma de fuego,  tipo  pistola,  número  de cañón 72059001 y número de corredera 72059001, en  regular  estado,  con  su  respectivo proveedor, se encontraba cargada o montada  con un cartucho en recámara. El otro sujeto se dio a la fuga.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

En  audiencia  concentrada celebrada el 6 de  diciembre  de  2011, ante el Juez 9º Penal Municipal con función de control de  garantías  de  Cúcuta,  se  legalizó  el  procedimiento de captura de YULIÁN  ALEXIS  GARZA  AMAYA, se le formuló imputación por los delitos de Homicidio,  cometido en circunstancias de  agravación  punitiva, y Fabricación, tráfico, porte  o  tenencia  de  armas  de  fuego,  accesorios,  partes o municiones,  cometidos  en  concurso  de  conductas  punibles,  y se le impuso  medida  de aseguramiento consistente en detención preventiva en establecimiento  carcelario.   

Presentado el escrito de acusación por parte  del  Fiscal  Veinte  Seccional  de  Cúcuta,  le correspondió al Juzgado Quinto  Penal  del  Circuito  con  funciones  de conocimiento de esa ciudad adelantar la  etapa  de  juzgamiento,  celebrando  las audiencias de acusación y preparatoria  los días 20 de marzo y 5 de junio 2012, respectivamente.   

          La audiencia de juicio oral y público se  llevó  a cabo en sesiones desarrolladas los días 15 de agosto y 5 de diciembre  de  2012, 30 de abril y 29 de octubre de 2013, y 23 de enero de 2014. Clausurado  el  debate  en  esta  última  fecha,  se  anunció sentido del fallo declarando  culpable al acusado YULIÁN ALEXIS GARZA AMAYA.   

El  10  de  abril de 2014, el mismo despacho  judicial,  emitió  el  fallo,  siendo  condenado  GARZA  AMAYA por un delito de  Homicidio,   cometido  en  circunstancias  de  agravación  punitiva (artículos  103  y  104, numerales 4, 7 y 11, del Código Penal), a  la   pena   principal   de   400  meses  de  prisión  y  a  las  accesorias  de  inhabilitación   para   el   ejercicio   de   derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso  y  privación del derecho a la  tenencia  y  porte  de  armas de fuego por el término de 15 años. Lo absolvió  por  el  delito  de  Fabricación,  tráfico, porte o  tenencia de armas de fuego, accesorios, partes o municiones.   

No  se reconoció en favor del condenado el  derecho  a  los  mecanismos  sustitutivos  de  la pena  privativa   de   la   libertad   de  la  suspensión  condicional   de  la  ejecución  de  la  pena  y  de  la       prisión  domiciliaria.   

Apelado el fallo por el defensor del acusado,  el  19  de  junio  de  2014  la  Sala  Penal del Tribunal Superior de Cúcuta lo  confirmó,  modificándolo en relación con la pena accesoria de inhabilitación  para   el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  que  fijó  en  20  años.   

Oportunamente  el defensor del sentenciado,  interpuso el recurso extraordinario de casación.   

El  día  25  de  noviembre  de  2015,  esta  Corporación  inadmitió  la demanda de casación. En la misma decisión dispuso  que  una  vez  se  surtiera  las  notificaciones  y  el  trámite de insistencia  correspondiente,  el  proceso  regresara  al  despacho  para revisar la probable  vulneración  de  garantías  fundamentales  en lo atinente a la legalidad de la  pena   accesoria   de   privación   del  derecho  a  la  tenencia  y  porte  de  arma.   

Agotado   el  trámite  del  mecanismo  de  insistencia, la Corte entra a resolver lo pertinente.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Si bien la demanda de casación fue rechazada  al  carecer  de  los  presupuestos  lógicos y de argumentación exigidos por el  ordenamiento  adjetivo,  como  se  dejó  acotado en la providencia que decidió  sobre  su  inadmisión,  la  Sala  procederá  a  corregir  el  error  en que se  incurrió  en  la imposición de la sanción accesoria de privación del derecho  a  la  tenencia  y  porte  de  arma,  en  procura de restablecer la garantía de  legalidad de la pena.   

En  efecto,  YULIÁN  ALEXIS GARZA AMAYA fue  condenado   por   el  juez  de  primera  instancia  como  autor  del  delito  de  Homicidio,   cometido  en  circunstancias  de  agravación  punitiva -artículos   103   y   104,  numerales  4,  7  y  11,  del  Código  Penal-.   

Realizado el ejercicio de individualización,  se  le  impuso  la  pena  principal de 400 meses de prisión y las accesorias de  inhabilitación   para   el   ejercicio   de   derechos  y  funciones  públicas  por      el      mismo     lapso     –sanción ajustada en su legalidad por  el  Ad  quem  a  20 años-  y  la privación del derecho a la tenencia y porte de  armas   de   fuego   por  el  término  de  15  años,  desconociéndose,    en   relación   con   esta   última,   que   en   su  determinación  debe  aplicarse  el  sistema  de  cuartos,  previsto en el art. 61 del Código Penal.   

Advertido,  como  ya  lo  fue, que el Tribunal al  conocer  de  la  alzada  de  la sentencia motivo de impugnación no corrigió el  yerro,  la  Sala  casará oficiosa y parcialmente el fallo, razón por la cual y  para   restaurar   el   agravio   a   la   garantía  fundamental  de  legalidad  de  la  pena,  ajustará la accesoria de privación del  derecho a la tenencia y porte de arma.   

Tiene   dicho  la  Sala  que  en  su  determinación  aplica  el  sistema  de cuartos que rige la  individualización  de  la  pena  (artículo  61  del Código Penal)1,  por lo que  ha  de tenerse en cuenta que esa sanción accesoria tiene prevista pena de entre  uno  (1)  y  quince  (15)  años  (artículo  51  ibídem). En consecuencia, los  cuartos  derivados  del  ámbito  punitivo  de  movilidad corresponden a: primer  cuarto,  de 12 a 54 meses; cuartos medios, de 54 a 138 meses; y, último cuarto,  de 138 a 180 meses.   

Teniendo en cuenta los mismos criterios que  guiaron  al  juzgador  en  la  atribución  de la pena de prisión (fijada en el  extremo    mínimo    del    primer    cuarto   del   delito   de   Homicidio  agravado),  procede imponerle  al   procesado   un   total   de   doce   (12)  meses,  como  pena  accesoria  de privación del derecho a la  tenencia y porte de arma.   

En  este sentido se casará parcialmente el  fallo  impugnado;  en todo lo demás, la decisión del  Ad    quem se mantendrá sin modificaciones.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE CASACIÓN PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         1.-    Casar    parcialmente    y   de  oficio       el       fallo       del  19 de junio  de  2014,  proferido  por  el  Tribunal  Superior  de  Cúcuta, en el sentido de  declarar   que   YULIÁN  ALEXIS  GARZA  AMAYA  queda  condenado  a  la  pena  accesoria  de  privación  del  derecho  a  la  tenencia y porte de arma, por  el  término  de doce (12)              meses.   

2.  En todos los  demás   aspectos   la   sentencia   del   Tribunal   Superior  de  Cúcuta permanece incólume.   

3.  Contra  lo  decidido en el presente fallo no procede recurso alguno.   

         Cópiese,  notifíquese,  devuélvase al  Tribunal de origen y cúmplase.   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

SALVAMENTO DE VOTO  

          Con  el respeto de siempre por la opinión mayoritaria de la Sala, y  acorde   con   las  manifestaciones  que  expresé  durante  la  discusión  del  respectivo  proyecto,  me permito reiterar que no comparto la decisión de casar  de  oficio  y  parcialmente  la  sentencia  de  segundo  grado  en  razón de la  vulneración   del   principio  de  legalidad,  como  consecuencia  de  que  los  falladores  de  instancia  no  hubieran  aplicado  el  sistema  de cuartos en la  determinación    concreta    de    la    pena   accesoria   de   «privación  del  derecho  a la tenencia y porte de arma».   

          Las    razones    de    mi    disenso,    son    en    esencia   las  siguientes:   

          1.  La  decisión  que  se  adoptó por la  mayoría  tiene  como  argumento  central  que  el  juzgador  debe  atender  las  directrices  legalmente establecidas para la determinación de la pena, esto es,  acudir  al sistema de cuartos previsto en el artículo 61 del Código Penal, del  cual  no  se  exceptúan  las  sanciones  accesorias,  como que la norma en cita  ninguna  distinción  hace al respecto, y dado que la restricción del derecho a  la  tenencia y porte de armas se establece entre dos extremos que van de uno (1)  a   quince   (15)  años,  según  el  artículo  51  ibídem.      

          2.  Sin  embargo,  en la providencia de la  que  respetuosamente  me  aparto  se  dejan de lado los temas relativos a (i) la  naturaleza  y fines de las penas accesorias y (ii) razones de justicia material,  concretadas  en  el  principio de proporcionalidad de la sanción penal. En este  último  aspecto,  sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 61 del C.P., se  ofrece  adecuado  inaplicar  el  sistema  de  cuartos en la dosificación de las  penas  accesorias,  habida  cuenta  que  tal  labor  ha  de  entenderse  como un  ejercicio   de   ponderación   motivada, delimitado por lo dispuesto en el artículo 51 ídem.   

          2.1  En  cuanto  al  primer  aspecto, cabe  anotar  que las penas restrictivas de otros derechos (art. 43 C.P.) son aquellas  que   privan   o   restringen  a  su  titular  del  ejercicio  de  facultades  o  prerrogativas  distintas a la libertad personal o a su peculio. Dichas sanciones  pueden  ser  principales  cuando  así  se consagren en el respectivo tipo penal  (art.   35   ídem)   o   accesorias,  cuando  no  obren  como  tales  (art.  34  ejusdem).       

          Del  artículo  52  de  la  codificación  citada  se  extrae que la  aludida  clase  de  penas solo pueden ser aplicadas por el juez (i) con ocasión  de   la  imposición  de  una  pena  principal  y  (ii)  siempre  que  entre  la  realización  del  delito  y  el  contenido  de  la  pena  accesoria  exista una  «relación directa», valga  decir,  se  verifique  un  vínculo  estrecho  entre  su contenido y la conducta  punible cometida.   

          De  otro lado, si bien originalmente el legislador consideró que en  quien  recaía  una condena de prisión era indigno y, por tanto, estableció la  restricción  para  el  ejercicio  de  algunos  de  sus  derechos  políticos y,  principalmente,   para   desempeñar   cargos  públicos,  lo  cual  explica  la  existencia    de   ciertas   penas   accesorias   denominadas   obligatorias   o  «automáticas»2,   aquella  visión  evolucionó  hacia  un  concepto preventivo3,  cuyo  propósito es conjurar  el  riesgo  de reiteración de delitos que de forma directa tengan relación con  determinadas  actividades  o  derechos, finalidad que sustenta la aplicación de  las     llamadas    penas    accesorias    discrecionales    o    «facultativas»4.   

        Sobre     cómo    se    determinan  cuantitativamente  las penas accesorias, cabe destacar que dos aspectos permiten  concluir   que   en  ese  ejercicio  no  tiene  cabida  el  sistema  de  cuartos  –art.      61  C.P.–,  el   cual   está  previsto  para  la  individualización  de  las penas principales, ellos  son:  (i)  la  función  primordial  que cumplen las  penas  accesorias  difiere  de  la que tienen asignada las penas principales; y,  (ii)   el   margen   de   apreciación  reglado  del  que  goza  el  sentenciador,  según se extracta de  los    artículos    52,    inc.   1º,  y  59 ídem, lo faculta para imponer  o  no  en cada caso las penas accesorias que estime necesarias, así   como  para  fijar  el  término  de  duración de las mismas.   

        2.1.1  En  relación  con  el  primer  punto,  cabe  destacar que, en términos generales, en la concepción dogmática  del  Código  Penal  de 2000, la pena en sentido amplio cumple varias funciones,  tales   como,  «prevención  general,  retribución  justa,    prevención   especial,   reinserción   social   y   protección   al  condenado»5,  por lo que puede afirmarse  que  no  se  adscribe  a una tesis en particular, valga decir, ni a las teorías  absolutas  que propenden porque el fin de la pena es únicamente la retribución  o  compensación en razón de la comisión del delito, ni a aquellas denominadas  relativas  que  consideran  a  la  pena  como un medio para conseguir un fin, es  decir,   que   tiene  propósitos  exclusivamente  preventivos   orientados  a         evitar         que        se    cometan       delitos       en      el    futuro,    sino    que  se  ubica dentro de las concepciones  mixtas,  que  son aquellas que buscan conciliar las dos anteriores, aceptando la  idea  retributiva,  pero  sin  desligarla del cumplimiento de fines preventivos,  bien     sea     generales     o     especiales6.     

        Ahora,  como  se  señaló     párrafos    atrás,   las  penas  accesorias,  en  cuya  imposición    e    individualización   el   juez   goza   de  un  margen  de  apreciación  motivado,  no hay una determinación  legislativa  absoluta  del aspecto cualitativo. Éste  es   flexible,   al   punto   que   corresponde   al   juzgador   determinar  en  qué          casos          resulta        necesaria        su  imposición,  atendiendo  a las particularidades del  asunto  concreto,  obviamente  respetando  las  pautas  establecidas  en  la ley  –art.   52,   inc.  1º,  C.P.–  y  considerando  que aquéllas tienen  una    marcada   finalidad   preventiva7,  en tanto  que  con  su  aplicación  se  pretende  precaver la  afectación   futura  de  bienes  jurídicos     concretos     mediante     la    restricción  de  derechos  o  prerrogativas,  distintas  a  las que resultan  limitadas     con    la    aplicación    de    la  sanción        principal        –con    injerencia   en   la   libertad  personal  y  el  patrimonio  económico–.     

        En  otras  palabras,  si  bien las penas en general, principales y  accesorias,   obedecen  a  unos  específicos  fines  consagrados   en   el   artículo   4º  del  C.P.,  dada  la particular naturaleza y función      que     aquéllas  cumplen,  itérese, fundamentalmente  utilitarista  mediante  la  prevención  del delito,  demandan  en  su  determinación la existencia de un  estrecho  nexo  entre  el injusto penal y el derecho que se busca restringir, de  donde     se     sigue    que    su    afectación  emergerá  necesaria   solo   en   la  medida  en  que  surja  patente  que  la  restricción   de  los  derechos  que  conlleva  la  imposición   de  las  penas  principales,  resulta  insuficiente   para   prevenir,   en   el  caso  particular,  el  comportamiento  delictivo8.   

        Por  tanto,  sin  desconocer  que  las  penas    principales    de    prisión   y   multa,  así  como las restrictivas de otros derechos cuando  están   previstas   como  tales,  amén     de     la     función     de  retribución     justa     que     apareja     la  realización   del   delito,   también        cumplen        fines       preventivos       –generales  y  especiales–, bien  puede    suceder   en   determinados   casos   que   la   limitación   de   la   libertad   y   el   patrimonio,   producto   de   la  sanción principal, no sean medidas suficientes para  proteger  ciertos  bienes  jurídicos  de ulteriores  conductas  desviadas por parte del condenado. Por tal  razón,   la   concreta   armonización  de  las  finalidades preventivas de la pena con el principio de  proporcionalidad  (arts.  3º,  inc. 1º,  y 4º del C.P.), impone la necesidad  de  ampliar  esa  cobertura  con  la  aplicación de  sanciones adicionales.   

        Al  respecto la doctrina ha considerado  que:   

[E]s  imprescindible que el hecho cometido  por  el  autor  permita justificar la necesidad de agregar medidas que cubran la  mayor  gravedad  o  exigibilidad  del comportamiento  inicialmente   sancionado,   a  través  de  efectos  diferentes a los que producen las penas principales,  y   que   no   sean   contemplados   por   ellas,  para  precisar  una  adecuada  proporción    entre    la    sanción   y  el  delito,  y,  en  todo  caso,  para  brindar  una  mayor  protección   a   los   bienes   jurídicos          vulnerados          no         protegidos   directamente   por   la   norma  penal.9      

        En  esa  medida,  resulta coherente con las finalidades de la pena  principal,    mencionadas    ut   supra,  que  en  su  individualización  se  acuda  al sistema de cuartos previsto en el artículo  61  del  Código  Penal,  puesto que la determinación  concreta  de  aquella  obedece  primordialmente  a  factores  objetivos que tienen relación  con  el  injusto  típico, siendo su  límite el grado de culpabilidad, lo que explica que  en  la  fijación  del marco de punibilidad se deban  tener      en      cuenta     circunstancias    modificadoras    de    los   extremos   mínimo     y     máximo     de    la  sanción   prevista   para   el   respectivo   tipo  básico   o   especial,  tales  como  las  causales  específicas      de      agravación    y   atenuación   punitiva,   la  tentativa,  la  complicidad,  la  ira  o  intenso  dolor,  entre  otras,  que no resultan aplicables a los  límites   que   fijan   la   duración  de  las  penas  accesorias,  pues  nada  tienen  que ver con el  propósito  que  éstas  persiguen.     

        En         efecto,         la        finalidad        preventivo-especial   de   las  penas  accesorias,  se  relaciona  directamente con el abuso  del  derecho  que  se  pretende  restringir para evitar futuras afectaciones del  bien   jurídico   protegido,   lo  cual  exige  un  análisis  diverso  en  el  que  no  tienen  cabida  factores   objetivos   como  los  atrás  enunciados  respecto  de  la  individualización de la     pena     principal,     sino  primordialmente  subjetivos,  relativos a la persona del autor, pero no desde la  óptica  de  su  peligrosidad, concepto abiertamente  contrario  a  los  principios  que  orientan  el derecho penal y su consecuencia  jurídica   en   un   Estado   Social  y         Democrático  de  Derecho,  sino  a  partir  de  los  fines  de  la  pena,  particularmente  el de prevención, según    se   desprende   del   artículo  4º    del    Código  Penal.        

        En  tal  sentido,  la  doctrina  considera  primordial  que  en el  proceso  de individualización judicial de  la  pena,  el  sentenciador  tenga  como  norte   de   su   actividad,   en  general,   los   fines   de   la  pena  y,  en   particular,   un  propósito       específico,   que   en   el   caso   de  las  sanciones  facultativas  que  afectan     otros     derechos     es    marcadamente    preventivo-especial,       según  quedó  visto,  y  a  partir de tal  entendimiento, fije la sanción.   

        Sobre  el punto, el tratadista Eduardo Demetrio Crespo, en su obra  «Fines  de  la Pena e Individualización  Judicial  de  la  Pena»10,  sostiene:   

Aunque   ello   sea   bastante  obvio  a  tenor  de  lo ya dicho hasta ahora, sobre todo en el  análisis    del    concepto   de   «factor    final    de    la   I.J.P11»,  no  es  recurrente  señalar que los  fines   de   la   pena   son   el   presupuesto  fundamental  de  la  I.J.P.  La  determinación  de  qué  fines  persigue  la pena, en qué momento  y con qué intensidad en cada momento  de  la intervención del sistema penal, es la clave a  partir  de  la  cual  se  obtiene  respuesta  tanto  a  la  cuestión  de  la  dirección valorativa de los  factores  reales  que  concurren  en  la  I.P.J.,  como  a  la  del  peso de los  mismos en la pena final a  imponer12.     Creo     que     no    es    exagerado    decir    que    la  racionalización  de  la  I.J.P.  debe  empezar  por  clarificar  la  cuestión de los factores finales de  la  I.J.P.,  ya  que dependiendo de qué  fin de la pena se tome como punto de referencia, la individualización  de  la pena por el  juez  en el caso concreto puede conducir a resultados muy diferentes.13        (Negrilla   y   subraya   fuera  del  texto  original)           

        Siendo  ello así, emerge razonable que  el     juzgador     disponga    de    cierta    discrecionalidad    –siempre     motivada–  en  la  determinación  cuantitativa  de  las penas accesorias, en orden a materializar  su    fin    primordial    de    naturaleza   preventivo-especial,   sin   estar  sometido   a  factores  puramente    objetivos   que   en   no   pocas   ocasiones   tornan   inane   la  restricción   de   otros  derechos,  en  tanto  su  propósito   es   proteger  un  interés    jurídico   específico  de futuras afectaciones mediante efectos distintos a los que  produce  la pena principal  y  que  ésta no alcanza a cobijar; no de otra manera  se  explica  que la inhabilitación para el ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas (art. 43-1 C.P.)  esté   prevista  en  algunos  tipos  penales  como  sanción   principal   y   en   otros   acceda   a  ésta,     o     que     a    la    prohibición  de   consumir   bebidas  alcohólicas  o  sustancias  estupefacientes  o psicotrópicas (art. 43-8 ejusdem)  el      legislador      no      le      haya     fijado     duración.          

        2.1.2   En   cuanto   a   la  segunda  cuestión,  valga decir, la atinente al ejercicio de  ponderación  aplicable  por  el juzgador en orden a establecer la procedibilidad de la pena accesoria en  el      asunto     particular     –factor    cualitativo–,   lo   que   se   advierte   es   una   armonización   del   principio   de   legalidad   de   la   pena  con  el  de  proporcionalidad   –el  cual  también ostenta la  categoría     de     principio     rector     y  garantía  fundamental14-,  habida  cuenta  que,  a  diferencia  de  lo  que  ocurre  con  las penas principales, las cuales han sido  reguladas  de  manera  absoluta por el legislador en la parte especial para cada  delito,  frente  a  las  primeras  hay  un margen de  apreciación  judicial reglado que, atendiendo a los  factores   generales  previstos  en  el  inciso  primero  del  artículo  52  de  la  Ley  599  de  200015,      determina     en  qué      casos     resulta     necesaria     la  imposición    de    una   restricción   o   prohibición   de    derechos,   adicional   a   la   que   comportan   las   penas  principales.        

        Ahora,  la limitación del principio de  estricta   legalidad   de   la   pena   en   punto  de  la  elegibilidad  de  la  sanción  accesoria  facultativa,  se explica en que  «no  en  todos  los  casos  es justificado,   desde  el  punto  de  vista  de  la  prevención,  la  proporcionalidad  y la necesidad de la pena, preestablecer  efectos  agregados  a  los  contemplados  por  las penas principales frente a un  determinado    hecho    punible,    sin    considerar   las   circunstancias   y  características  concretas     de    su    realización»16.   

        En  esa  medida, si la ley atribuye al juez la facultad reglada de  imponer   o   no   cierta  pena  accesoria,  cuando  la  restricción  de  otros  derechos se ofrezca necesaria para cumplir sus fines  preventivo-especiales   de   protección   del   interés  jurídico,  también emerge razonable que en  su   determinación  cuantitativa  aquel  tenga  la  posibilidad,  atendidas  las  particularidades del caso, de fijar la cantidad de  sanción  que,  de  acuerdo  con  los  principios de  proporcionalidad      y     razonabilidad,  se  requiera  para  que  se  obtenga  el propósito  perseguido,  sin  que en esa labor deba acudir al sistema de  cuartos.   

        En   efecto,   tal   como  se  indicó  párrafos  atrás,  las  reglas  contenidas  en  los  artículos  60 y 61 del  Código  Penal  para  la  determinación   del  marco  de  punibilidad  y  la  individualización    de    la   pena,   responden  principalmente  a factores objetivos relacionados con el injusto típico,  que  no son aplicables a las penas accesorias, pues no cabe  duda  que  los  extremos  mínimo  y máximo  de  estas últimas no  se  modifican  porque  concurra  una  causal    específica   de   agravación   o  atenuación  punitiva,  que  se  predican  del tipo básico o especial, tampoco cuando  el  delito  es tentado, ni frente a ellas se  pueden  considerar   circunstancias   tales   como  la   influencia  de         profundas   situaciones   de  marginalidad,  ignorancia o pobreza extremas –art.     56     C.P.–,   o   la  ira  e  intenso  dolor  –art. 57 ídem–,  entre   otras,   lo  cual  se  explica  en  que  el  fin  preventivo–especial    de    las   sanciones  accesorias  obedece  a  factores  subjetivos  de  la  conducta,  que  corresponde  al  juez  valorar  para  fijar  el monto de la pena  atendiendo,  verbi gratia,  el   criterio   legal   de   la   intensidad   del   abuso  del  derecho  en  la  realización   del   delito,   contenido   en   el  artículo  52,  inc. 1º,  del C.P.   

        Lo   anterior   no  significa  que  la  cantidad  de  sanción  accesoria  quede  librada al  capricho  o  arbitrariedad  del juzgador, pues éste,  en  todos  los casos, deberá exponer en la sentencia  «la   fundamentación  explícita    sobre    los    motivos    de    la  determinación  cualitativa y cuantitativa    de    la    pena»,   como   lo  ordena  el  inciso  segundo  del  artículo   52   del   Código  Penal,  en  concordancia  con  el  artículo 59 ibídem,  labor en la cual tendrá especial  cuidado   en   velar   porque   se   cumplan   los   principios   de  necesidad,  proporcionalidad  y  razonabilidad  que  orientan la  imposición    de    las    sanciones    penales,  según   el   artículo  3º  ibídem, y teniendo  en  cuenta las circunstancias del caso particular.        

        De  esa  manera se garantizan el debido proceso sancionatorio y el  principio    de    estricta    jurisdiccionalidad17,     según   el   cual   la  actividad  judicial  debe  ser  comprobable  y  verificable,   aspectos   que   se   reflejan   en   la   motivación    de    la   sentencia   y   que   obviamente   comprenden   la  determinación    de    la    pena    en   sentido  general.   

         Consecuente con lo anterior, considero  que  en  la  aplicación  cualitativa   y   cuantitativa   de   las  penas  accesorias  de  que  trata  el  artículo  52  del Estatuto Punitivo, debe primar el  fin  preventivo especial,  así  que no tiene cabida el sistema de cuartos que,  según   quedó  visto,  está   diseñado  para  fijar  las penas principales, en tanto éstas      sí      tienen      una  regulación  absoluta  en  cada tipo penal, dado los  efectos  que  de  antemano  le  señaló  el  legislador  a  la  sanción de la  conducta  punible,  fundado  en  razones de política  criminal.    

          3.  Por último, pero no menos importante,  cabe  destacar  que  la  decisión mayoritaria de la cual me aparto desconoce el  principio  constitucional  de proporcionalidad, desde la perspectiva del mandato  de  protección  suficiente,  el  cual  está  relacionado  con  el postulado de  vigencia       de      un      orden      justo18   y,   por   ende,  con  el  imperativo  del  Estado  de  promover  ese  orden  y  el  deber  de investigar y  sancionar  las infracciones a la ley penal, imponiendo  penas   condignas  con  el  grado  del  injusto  y  de  culpabilidad,  pero sin dejar de lado la función que aquellas han de cumplir en  cada caso.         

          De  tal  forma  que  si  como  lo  ha  reconocido esta Corporación,  «los fallos de la judicatura están inspirados en un  principio  de  justicia,  como lo ha dejado entrever la doctrina constitucional,  por     ejemplo     en     la     sentencia     C-366     de    2000»19,    dicho   postulado   se  quebranta  en  casos  como  el  presente,  donde  la  función  de  prevención    especial   que   orienta  primordialmente  la  imposición  de  las  penas  accesorias  queda  fuertemente  menguada.   

          En  efecto,  el  fin preventivo especial de las sanciones accesorias  facultativas  queda  comprometido  porque  si  a  quien  es declarado penalmente  responsable  del  delito de fabricación, tráfico, porte o tenencia de armas de  fuego  (art.  365  C.P.),  o  de  otra  conducta punible cuya realización tenga  relación  directa  con  el  derecho  que se busca limitar, se le impone la pena  mínima  privativa de la libertad prevista en la ley, en ese orden, siguiendo el  sistema  de  cuartos,  termina  por  aplicársele  el  extremo  ídem de la pena  accesoria,  valga decir, un año de privación del derecho a la tenencia y porte  de  armas,  sin  detenerse  a  examinar  las  particularidades  del caso que, en  determinados   eventos,   verbi   gratia,  cuando  el arma que se porta ilegalmente se usa para cometer otro  delito,   aconseja   restringir   el   respectivo  derecho  en  un  quantum   superior   al   mínimo   que  resultaría  de  aplicar la regla prevista en el artículo 61 del Código Penal,  en  orden  a precaver la afectación futura de bienes  jurídicos concretos.     

Con todo comedimiento,  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  

    

1                      Cfr.,  SP-17166-2014,  16 dic. 2014, Rad. 42536; CSJ SP–2636-2015,  11  de mar. de 2015, Rad.  43881   

2 Art.  52,  inc.  3º,  C.P.; art. 16 C. Co.; art. 163 de la  Ley 685 de 2001 y art. 24 Ley 1257 de 2008.   

3  Posada    Maya    Ricardo    y   Hernández   Beltrán   Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena  en  el  derecho    penal    colombiano,   Medellín,   2001,  pág. 260.   

4  Art. 52, inc. 1º, C.P.   

5  Art.    4º   Código  Penal.   

6  Morrillas    Cueva    Lorenzo,   Teoría   de   las  consecuencias  jurídicas  del delito, Madrid, 1991,  pág. 18.   

7  Posada    Maya    Ricardo   y   Hernández   Beltrán  Harold  Mauricio,  El  sistema    de   individualización   de   la   pena  en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001, pág. 260.   

8  Ídem,  pág. 337.   

9  Posada    Maya    Ricardo   y   Hernández   Beltrán  Harold  Mauricio,  El  sistema  de  individualización  de  la  pena  en el  derecho    penal   colombiano,   Medellín,   2001,  pág. 337.   

10  Ediciones  Universidad de  Salamanca,  1ª Edición:  mayo de 1999.   

11  Individualización  Judicial de la Pena.   

12  «Hirsch,    Günter,  «Vorbemerkungen…»,  Op.cit,  p.  9;  Gribbohm,  Günter,  «Vorbemerkungen…»,    Op.cit,   p.  103».    

13  Página 73.   

14  Cfr.,  C.S.J.  SP.  27/02/13,  rad. 33254 y 24/06/15,  rad. 40.382, entre otras.   

15  «Art.   52.   Las   Penas  accesorias.  Las  penas  privativas   de   otros   derechos,   que  pueden  imponerse  como  principales,  serán   accesorias   y  las  impondrá   el  Juez  cuando  tengan  relación  directa   con   la   realización  de  la  conducta  punible,   por  haber  abusado  de  ellos  o  haber  facilitado    su    comisión,    o    cuando   la  restricción   del   derecho   contribuya   a   la  prevención  de  conductas  similares  a  la que fue  objeto de condena».   

16  Posada    Maya    Ricardo   y   Hernández   Beltrán  Harold  Mauricio,  El  sistema     de     individualización  de la pena en el derecho penal colombiano, Medellín, 2001, pág. 339.   

17  En  SCC  C-272  de  1999,  sobre  dicho principio y el de estricta legalidad, el  Tribunal  Constitucional  refirió que «ciertamente,  la  Corte  estima que el  proceso  penal,  en cuanto manifestación  del  poder  punitivo  del  Estado,  se encuentra sometido a los  principios     de     estricta     legalidad    y  jurisdiccionalidad»,  y  en   cita   de   pie   de   página  añadió      que      «mientras  que  el  primero  de  estos principios determina que los  delitos    se    encuentren    inequívocamente  consagrados  en  una  ley  que  exista previamente a la  conducta  humana  que,  conforme  a esa ley, se considera delictuosa, el segundo  requiere  que  las  acusaciones  en  contra  del  acusado  sean  sometidas a una  estricta   verificación  judicial  y  puedan  ser ampliamente controvertidas  por  el  imputado. Sobre la significación  y alcance de estos principios en el Estado democrático   de   derecho   contemporáneo,  véase    Luigi    Ferrajoli,   Derecho   y  Razón,  Madrid, Trotta,  1995,       pp.       34-38,       94-97,      373-385,      603-623».   

18  SCC  T-429  de  1994  y  SCC  C-306  de  2012, entre  otras.   

19  CSJ SP, 29 jul. 2009, rad. 28725.     

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