SP14323-2014(44745)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

SP14323-2014  

Radicación     n°     44745   

(Aprobado Acta No.  349)   

         Bogotá, D.C.,  veintidós  (22)  de  octubre  de  dos  mil  catorce  (2014).   

V   I   S   T   O  S   

Decide la Sala sobre la admisibilidad de la  demanda  de  casación  presentada por el procesado Jaime Armando Chaves Bustos,  en  su  condición  de  abogado en ejercicio, contra la sentencia dictada por la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Cali,  por  cuyo  medio  se  confirmó  parcialmente  la proferida por el Juzgado Segundo Penal del Circuito de la misma  ciudad,  que  lo  condenó  como autor del concurso homogéneo y heterogéneo de  delitos de estafa y falsedad en documento privado.    

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

         1.  Los primeros fueron sintetizados por  el ad quem de la siguiente manera:   

En  el  año  2005,  en esta ciudad [Cali],  Jaime  Armando  Chaves Bustos, quien se desempeñaba como Presidente de la Junta  de   Administración  de  la  copropiedad  Edificio  Colseguros,  una  de  cuyas  funciones  era  girar  los  cheques para pagar los gastos de la copropiedad, los  cuales  llevaban  la  firma de Eduardo Salcedo Ramírez, administrador del mismo  edificio,  le  solicitó  [a  éste]  el  giro  de  cheques  a favor de terceras  personas  con  el  argumento  de  que  debía  cancelar  gastos  a  cargo  de la  administración,  tales  como  pago  de  anticipos  de honorarios profesionales,  separación  de  cupos  para  remates  en notarías, honorarios de secuestres en  procesos  penales, razón por la que entre los meses de marzo y diciembre de ese  año  obtuvo  la  entrega  de  nueve  cheques  por  un   valor  total  de $  8.980.000.   

La  contadora,  el  revisor  fiscal  y  el  administrador  del  aludido  edificio  determinaron  en el año 2006 que toda la  información  que  había  suministrado Chaves Bustos para pedir el giro de cada  uno  de  los cheques era contraria a la realidad; que esos nueve cheques habían  sido  endosados  y  cobrados  por  él  falsificando  la firma del beneficiario,  motivo  por  el  que  se  le  denunció por esas conductas; a las que se agregó  haberse  apropiado  de  $  1.200.000  que  recibió de las abogadas externas por  concepto  de  abonos de algunos deudores del mismo edificio que no entregó a la  administración  y  por  haberse  apropiado  de $ 3.300.000 que en acta 04/05 se  obligó  a  reintegrar  a  la  administración  debido  a  que  aceptó haberlos  recibido pero no justificó en qué los gastó.   

         2.  Adelantada  la  investigación, a la  que   se  vinculó  mediante  indagatoria  a  Jaime  Armando  Chaves  Bustos,  y  clausurado  el  ciclo  instructivo, en resolución adiada 31 de julio de 2009 la  Fiscalía  58  Seccional  de  Cali calificó el mérito del sumario, profiriendo  acusación  en  contra  del  mencionado  como  autor  del  concurso homogéneo y  heterogéneo  de  delitos de estafa y falsedad en documento privado –arts.  246 y 289 del C.P.–,  decisión  que  impugnada  por  la  defensa,  fue confirmada por la Fiscalía 3ª Delegada ante el Tribunal Superior  de  Cali  a través de proveído calendado 12 de enero  de 2010, fecha en que cobró firmeza.   

         

         3.  Celebrada  la audiencia preparatoria  por  el  Juzgado  Cuarto Penal del Circuito de Descongestión de Cali y la vista  pública  de  juzgamiento  por  el  Juzgado  Diecisiete Penal del Circuito de la  misma  ciudad,  el  2  de  mayo de 2013 el Juzgado Segundo Penal del Circuito de  dicha  capital,  a  donde  fue  remitido  el proceso por reparto extraordinario,  dictó  sentencia  en  la  cual  condenó  al acusado  Chaves  Bustos  a las penas  principales  de  42 meses de prisión y multa de 66,66 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes,  así  como  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para el  ejercicio  de  derechos   y funciones públicas por el mismo término de la  privativa  de  la  libertad,  como  autor responsable de los delitos de estafa y  falsedad     en     documento     privado     en     concurso    homogéneo    y  heterogéneo.   

         De  igual  forma,  condenó  al  supranombrado  a  pagar la suma de  $13.480.000  por  concepto  de  perjuicios  materiales,  a  quien  le  negó  el  mecanismo  sustitutivo  de  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la  pena,   reconociéndole   el  derecho  a  gozar  de  la  prisión  domiciliaria.   

         4.  Apelado  el fallo por el incriminado  Chaves  Bustos,  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior de Cali, mediante decisión fechada 27 de mayo de  2014,  lo  revocó  parcialmente  para  reconocer  a  favor  del  mencionado  el  subrogado  de  la  condena  de  ejecución  condicional y, en lo demás, mantuvo  incólume la sentencia de primer grado.   

         5.  Contra la decisión de segundo grado  el  acusado,  en  su condición de abogado en ejercicio, oportunamente interpuso  recurso de casación.   

         6. El apoderado de la parte civil, en la  oportunidad  legal,  presentó  escrito  oponiéndose a la admisión del recurso  extraordinario formulado por el procesado.    

SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

         

         Con  fundamento  en  la  causal tercera del artículo 207 de la Ley  600  de  2000,  el demandante formula un cargo contra la sentencia del Tribunal,  que se sintetiza de la siguiente manera:   

         Manifiesta  el censor que la sentencia confutada se profirió en un  juicio  viciado  de  nulidad por trasgresión del debido proceso y el derecho de  defensa, que soporta en las siguientes circunstancias:   

         (i)  En  la  audiencia  preparatoria  el  a  quo  negó las pruebas  solicitadas  por  la defensa, entre ellas las declaraciones del denunciante, las  abogadas  beneficiarias  de  algunos  de  los  cartulares,  los  vigilantes  del  edificio  y  la  secretaria  del administrador, con lo cual anota, se pretendía  demostrar  el  destino  de  los  dineros  de  los que supuestamente se apropió,  decisión   confirmada   por   la   segunda  instancia  debido  a  que,  afirma,  «el  abogado  de  la  parte civil es conjuez en Sala  Penal;  quien  presidía la audiencia era el secretario del juez sentenciador, y  por  verdaderos  hechos  punibles denuncie (sic) a unos Magistrados de esta Sala  por      cohecho».        

         (ii)  El  juez  de  primer grado que profirió la condena no fue el  mismo  que  adelantó  el  proceso  en  la  etapa  de  juicio, quien lo recibió  «después   de   trajinar   por   varios  despachos  judiciales».   

         (iii)  El  juez  individual omitió referirse en la sentencia a una  solicitud  de  nulidad  formulada por el procesado con fundamento en la carencia  de  defensa  técnica,  situación  que  se  mantuvo  en la decisión de segunda  instancia que la confirmó.    

         (iv)  La  conducta  por  la que se le acusó y condenó es atípica  del  delito  de  estafa, pues las abogadas Sánchez y Quijano le entregaron unos  dineros  por  concepto de cuotas de la administración de la propiedad, que a su  vez  remitió  al  administrador  con  uno  de  los  vigilantes,  a  quien dice,  «no    se    le   permitió   declarar»,   y   le  fue  girado  un  cheque  a  su  favor  «por   control   de   los   procesos   que   se  ventilaban  en  los  juzgados»,    comportamiento    que    considera,  «en    puro    derecho    sería   un   abuso   de  confianza».  Agrega  que  a tal yerro se suma que le  hubieran  endilgado  la  conducta  punible de falsedad en documento privado que,  asevera,  tampoco se configura, pero que «por reflejo  puede       ser       una       suplantación       de       persona».      

         (v)  La  acción  penal  por los delitos objeto de la acusación se  encuentra   prescrita,   situación  que  afirma,  se  verificó  «con   la   ejecutoria   de   la  confirmación  de  la  resolución  acusatoria»,  de conformidad con los artículos 83 y  86  de  la  Ley  599  de  2000, pues dice, teniendo en cuenta que «los  hechos  se  remontan  al  mes  de  marzo  de  2004»  y  que «el término de prescripción  de  la  acción penal para este delito [estafa], es el de seis (6) años por ser  el  monto  máximo de la pena», pero que en todo caso  dicho   plazo   no   puede   ser   inferior   a   cinco   años,  «tomando  como  referente  el mes de marzo de 2004, esos cinco años  ya se superaron».     

         En  cuanto  al delito de falsedad en documento privado, señala que  acontece  lo propio, puesto que siendo la pena máxima para dicha conducta la de  seis  años  de prisión, y «por haberse interrumpido  la  prescripción  de  la  acción  penal ante la ejecutoria de la acusación en  marzo  de  dos  mil diez (2010), ese término es el de cinco (5) años que, como  se  dijo  con  anterioridad,  para  este  momento  ya transcurrieron».  Corolario  de  lo  anterior,  solicita  declarar extinguida la  acción    civil    por    haberse    ejercitado   al   interior   del   proceso  penal.        

         (vi)  Por último, refiere que en relación con el delito de estafa  operó  la  caducidad  de la querella y, acto seguido, menciona las normas de la  Ley  906  de  2004 que recogen la figura en cuestión, para concluir que aquella  no  se  presentó  dentro  de  los  seis  meses que señala la norma, puesto que  «los  pormenores  se aduce[n] para el año 2004 y se  funge queja penal en el 2008».   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.   Conviene  recordar  que  dado  el  carácter  extraordinario  del recurso de casación, al  libelista   compete   elaborar   la   demanda  bajo  los  estrictos  parámetros  contemplados  en  la  ley  y  decantados  por  la  jurisprudencia  de  la Corte.   

Por  tanto,  no  basta  con  afirmar que se  cometió    un    error   in   iudicando     o    in    procedendo,   ya   que   debe  demostrarse  la  existencia  del  vicio  y  su  trascendencia frente al contenido del fallo.   

De acuerdo con la jurisprudencia de la Sala,  es  bien  sabido  que el recurso de casación constituye el medio por el cual se  revisa  la  legalidad  de  la  sentencia. De ahí que el libelo deba cumplir las  formalidades   estatuidas   en   el  artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000,  principalmente  enunciar  la  causal y formular el cargo con el cual se pretende  la  infirmación del fallo, señalando de manera clara y precisa sus fundamentos  y  las  normas infringidas, igualmente, evidenciando cómo el vicio in     iudicando    o    in  procedendo conduce a resquebrajar la  providencia.   

Ahora bien, sin desconocer la facultad legal  de  la  Corte  para  casar  la  sentencia  cuando  sea  ostensible  que la misma  transgrede  las  garantías  fundamentales  de  las  partes (art. 216 Ley 600 de  2000),   la   impugnación   extraordinaria   no  es  un  mecanismo  carente  de  rigor.       

Por  ende, el recurso de casación no puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso, ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición; por  el  contrario,  dado  el  carácter  extraordinario  y rogado del recurso, está  ligado  a  causales  taxativas que tienen contenidos propios, referidas a vicios  sustanciales o procesales.   

Además, en el desarrollo de cada uno de los  reparos  formulados  se  deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos de lógica y  adecuada  fundamentación,  cuyo desconocimiento conlleva a la inadmisión de la  demanda,  como  lo establece el artículo 213 del Código de Procedimiento Penal  de 2000.   

Así, no resulta atinado denunciar la simple  presencia  del  error que se invoca, sino que al impugnante le incumbe demostrar  su  existencia y cómo el mismo tiene la trascendencia suficiente para romper la  doble  presunción  que  cobija a la sentencia de segundo grado y, por lo mismo,  la  necesidad  de  que la Corte intervenga como Tribunal de Casación en procura  de  hacer  efectivo  el  derecho  material  y  las  garantías debidas a quienes  intervienen  en  la  actuación  penal,  reparar  los agravios ocasionados a las  partes con la decisión confutada o unificar la jurisprudencia.   

         2. De la casación discrecional.   

         2.1  Previo  a  examinar el único cargo  propuesto  por  el  casacionista,  conviene  recordar  que de conformidad con el  artículo  205 de la Ley 600 de 2000, al recurso extraordinario se accede de dos  maneras, a saber: la ordinaria y la excepcional.   

         La  ordinaria,  procede  contra las sentencias de segunda instancia  proferidas  por  los  Tribunales  Superiores  de Distrito Judicial y el Tribunal  Superior  Militar,  por  delitos  sancionados  con pena privativa de la libertad  superior a 8 años.   

         La  excepcional,  opera  contra  los  fallos  de  segunda instancia  dictados  por  las  mismas  Corporaciones por conductas punibles sancionadas con  pena  privativa  de  la  libertad  igual  o inferior a 8 años, y por los Jueces  Penales  del  Circuito  por  cualquier  delito, evento en el cual la Sala podrá  admitir  la  demanda  cuando lo considere necesario para (i) el desarrollo de la  jurisprudencia  o  (ii)  la  garantía de los derechos fundamentales, obviamente  siempre  que  cumpla  los  requisitos  de  forma y fondo exigidos por el recurso  extraordinario.   

         Ahora  bien,  cuando  se  acude  a  la  casación discrecional para  acceder  al  recurso extraordinario, el actor debe indicar cuál es la finalidad  de  la  impugnación,  en  orden  a develar la necesidad de que la Corte entre a  revisar  la  legalidad  del  fallo  atacado,  bien  porque  se  precise  para el  desarrollo  de  la  jurisprudencia, ora porque surja forzoso para la protección  de derechos fundamentales.   

         La                 Sala1  tiene  dicho  que  cuando se  invoca   el   primero   de   tales  aspectos,  esto  es,  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia,   compete  al  demandante  señalar  si  lo  que  busca  con  la  impugnación  del  fallo de segundo grado es que la Corte intervenga ya sea para  referirse  a  un  tema  jurídico  en  particular, o bien para unificar posturas  conceptuales  o  actualizar la doctrina, con el deber de precisar de qué manera  la  decisión  solicitada tiene la doble utilidad de brindar solución al asunto  concreto   y   simultáneamente   servir  de  guía  a  la  actividad  judicial.   

         Y  en  cuanto  al  amparo  de los derechos fundamentales, el censor  tiene  la  carga  de  demostrar  en  forma  clara y precisa la violación de una  garantía  por  quebrantamiento  de  la  estructura  básica  del  proceso o por  trasgresión   de   un  derecho  fundamental,  con  indicación  de  las  normas  constitucionales  o legales que protegen el derecho invocado y cómo el fallo lo  conculca.      

         Asimismo,  las  razones  aducidas  por  el  recurrente  en  orden a  revelar  a  la Corte la necesidad de admitir discrecionalmente la demanda, deben  guardar  armonía  con  los  reproches  que  formule  contra  el  fallo,  lo que  significa  que  el  fundamento de la casación excepcional debe avenirse con los  cargos,  tanto  en  su  postulación, como en su desarrollo, amén que tal carga  argumentativa  no se suple con la exposición de las razones en que se sustentan  aquellos,  puesto  que  de  ser  así,  ninguna  diferencia  existiría entre la  casación    discrecional    y    la    ordinaria2.   

         2.2  En el asunto que ocupa la atención  de   la   Sala,  el  procesado  fue  condenado  por  el  concurso  homogéneo  y  heterogéneo  de  delitos  de  estafa  –art.       246,       inc.      1º,      del      C.P.–  y  falsedad  en  documento  privado  –art.      289  ibídem–,  los  cuales  tienen  prevista  pena  privativa de la libertad cuyo máximo es de 8 y 6 años,  respectivamente,  supuesto  que  imponía acudir a la casación excepcional para  demandar   la  legalidad  del  fallo,  a  lo  cual  se  sustrajo  el  libelista,  incumpliendo  las exigencias contenidas en el inciso 2º del artículo 205 de la  Ley  600  de  2000,  falencia  que  por  sí sola determina la inadmisión de la  demanda,  en  la  medida  que  no  evidencia  a  la  Corte  la  necesidad de que  intervenga  en orden a restablecer las garantías presuntamente desconocidas con  el fallo confutado.          

         Y  aun  cuando al desarrollar el único cargo formulado por la vía  de  la  nulidad  contra  la  sentencia del ad quem, el libelista menciona que se  afectó  el  debido proceso y el derecho de defensa, en últimas no demuestra la  violación      de     tales     garantías.         

3.  La  Corte de  entrada  anuncia  que  la demanda se inadmitirá porque no reúne las exigencias  de   lógica  y  adecuada  fundamentación,  habida  consideración  de  que  el  casacionista  no  acierta  en  la  postulación,  ni  en la demostración de las  quejas  formuladas  en  el único cargo propuesto contra la sentencia de segundo  grado,  en  tanto  mezcla  expresiones  propias  de  las  causales  1ª y 3ª de  casación, según pasa a explicarse.   

3.1 De la nulidad  

Al margen de la combinación de causales de  casación,  la  Sala ha dicho que en punto de la nulidad se impone al recurrente  proceder  con  precisión  y  claridad  a  identificar la clase de irregularidad  sustancial  que  determina la invalidación; señalar si se trata de un vicio de  estructura   o  garantía;  plantear  sus  fundamentos  fácticos;  indicar  los  preceptos  que  considera  conculcados;  expresar  la razón de su quebranto; y,  especificar  el  momento  de  la  actuación  a  partir de la cual se produjo el  vicio.   

Asimismo,  compete  al  actor  informar la  cobertura  de  la  invalidez,  evidenciar  que  procesalmente  no  existe manera  diversa  de restablecer el derecho afectado y, lo más importante, comprobar que  la   anomalía   denunciada   tuvo  injerencia  perjudicial  y  decisiva  en  la  declaración   de   justicia   contenida  en  el  fallo  impugnado  –principio              de  trascendencia,  dado que el recurso extraordinario no  puede   fundarse   en   especulaciones,  conjeturas,  afirmaciones  carentes  de  demostración o en situaciones ausentes de quebranto.   

        Además,  exige  tener  en  cuenta  los  principios  que  rigen esa  materia,  por  lo  cual debe quedar claro que: i) se trate de uno de los motivos  expresamente  contemplados  en  la ley –taxatividad–;  ii)  afecte de manera real y cierta las garantías fundamentales  o    altere    las    bases    esenciales    de   la   actuación   –trascendencia–;  iii)  el acto tachado de irregular  no   haya   cumplido  su  propósito  –instrumentalidad–;   vi)  quien  la  solicite  no  haya  dado  lugar  al  motivo  de  invalidación              –protección–;   v)   la  irregularidad  no  haya  sido  convalidada  expresa  o  tácitamente   por  el  perjudicado,  siempre  que  no  vulnere  sus  garantías  fundamentales              –convalidación–;  y,  vi)  no haya otra manera de enmendar el agravio –residualidad–.   

        3.2 El caso concreto.   

        Sin  detenerse  siquiera  a  especificar si la supuesta afectación  del  debido  proceso que denuncia surge a consecuencia de un vicio de estructura  o  de  garantía,  desconociendo así los principios que gobiernan la casación,  particularmente  los  de  sustentación suficiente, que determina que la demanda  debe  bastarse  a  sí  misma  para  propiciar  la  invalidación  del  fallo, y  autonomía  y no contradicción, que obligan a una postulación independiente de  cada  censura  en  procura  de  mantener  la  identidad  temática  y  evitar la  entremezcla  de  argumentos  y propuestas excluyentes, el demandante funde en un  solo  cargo  por  nulidad diversas circunstancias que denuncia como invalidantes  de  la actuación, cuando algunas de ellas debió proponerlas por la misma senda  pero  de  manera separada, ante su distinto alcance y cobertura, con indicación  del cargo principal y los subsidiarios.   

        Esa  mixtura  de  argumentos,  presentada  de  manera desordenada e  incoherente,   que   en  algunos  pasajes  del  libelo  torna  ininteligible  el  desarrollo  del  cargo,  revela  que  el  escrito en cuestión no pasa de ser un  alegato  de  instancia en el que se denuncian situaciones contradictorias, tales  como  que la conducta por la que se acusó y condenó al procesado Chaves Bustos  es  atípica  frente  al  delito de estafa, para al mismo tiempo señalar que la  acción  penal  por  dicho  ilícito  se  extinguió  por  razón  del fenómeno  prescriptivo;  o  se  hagan afirmaciones infundadas y carentes de sustento; y en  no  pocas ocasiones contrarias a la realidad procesal; con la pretensión de que  la  Corte, a manera de una tercera instancia, revise oficiosamente la actuación  procesal  e  identifique  los  supuestos vicios que apenas menciona el censor, y  por  sí  y  ante  sí  constate  su  existencia  y  trascendencia  en  el fallo  confutado,  labor  que  le  está  vedado  asumir  por  razón  del principio de  limitación.             

        Al  margen de lo anterior, y en punto de la afectación de derechos  fundamentales  por  la  negativa  de los juzgadores de instancia de decretar las  pruebas   pedidas   por   la   defensa  en  la  oportunidad  legal  –art-   400   del  C.P.P.–,  que  según  el  recurrente genera  irregularidad  sustancial  de  tal  entidad  que  el único remedio es anular la  actuación,  aunque  no indica la finalidad ni el momento procesal desde el cual  se  debe  producir el efecto invalidante, es claro que le correspondía la carga  de  señalar  en concreto los medios probatorios cuya práctica se había negado  en  la  audiencia  preparatoria,  acreditar  que  materialmente  era  posible su  práctica,   indicar   su   pertinencia,   conducencia  y  utilidad,  así  como  pronosticar  su posible contenido y, acto seguido, en punto de la trascendencia,  exponer  cómo  de haberse practicado la prueba echada de menos, al valorarla en  conjunto  con  el  restante  haz probatorio habría trocado el sentido del fallo  confutado,  al  punto  de  determinar su absolución (CSJ AP, 24 Abr. 2012, Rad.  38788 y CSJ AP, 30 Jul. 2014, Rad. 43810).    

        Conviene  citar  lo que sobre el particular ha señalado la Sala en  punto  de  la  trasgresión del principio de investigación integral, argumentos  que  resultan  oportunos  en tratándose de aquellas pruebas que solicitadas por  los   sujetos   procesales,  son  negadas  por  impertinentes,  inconducentes  o  inútiles. En CSJ AP, 22 May. 2008, Rad. 29377, dijo:   

Se ha insistido en que lo anterior es así,  porque  de  la omisión de la práctica de determinada prueba no puede derivarse  per  se  violación  de la garantía de la investigación integral, si en cuenta  se  tiene  que  en  materia  de  ordenación de pruebas el funcionario judicial,  dentro  de sus facultades de director de la investigación penal y en desarrollo  de  los  criterios  de  economía,  celeridad  y racionalidad, puede disponer de  oficio  o  a  petición  de  parte  la  práctica  de  las pruebas que considere  necesarias  para  acceder  a  la verdad que se intenta reconstruir a través del  proceso.  Es  por  lo anterior que resulta procedente afirmar que la omisión en  la  práctica  de  aquellas  diligencias  que  razonablemente considere inocuas,  superfluas  o  intrascendentes  a los fines de la investigación, o de las que a  pesar  de  haber  sido  decretadas no pudieron ser realizadas por circunstancias  ajenas  a  los  administradores  de justicia, no puede originar menoscabo de los  derechos de quien ha solicitado su práctica o persistido en ella.   

En relación con la posible nulidad que tal  omisión   pudiera   generar,   se  impone  tener  en  cuenta  el  principio  de  trascendencia  de  su declaratoria, por virtud del cual se debe acreditar que la  prueba  o  pruebas  echadas  de  menos  al  ser  confrontadas  con  aquellas que  sirvieron  de  fundamento o pilar para construir el fallo atacado, tiene aptitud  suficiente  para  variar  la  declaración de justicia allí contenida y que por  tanto  la  única  forma  de  subsanar  el  yerro  advertido  es a través de la  invalidación  de  la  actuación surtida, desde el momento procesal que permita  la  aducción  del  medio  o  medios  omitidos  y su ulterior ponderación en la  decisión de mérito.   

        Empero,  en  el  libelo  no  se  siguen los derroteros referidos en  precedencia,  y  salvo  identificar  los  medios  de  prueba cuya practicada fue  negada  en  la audiencia preparatoria por el a quo, el impugnante simplemente se  concentra  en  poner en entredicho la probidad e imparcialidad de los juzgadores  de  primer  y  segundo  grado,  efectuando una serie de consideraciones de orden  personal  ajenas  al  recurso  extraordinario,  con lo cual resigna demostrar la  glosa  ensayada  y,  por  contera, ello imposibilita a la Corte para realizar su  estudio.    

        Sin   perjuicio  de  lo  dicho,  no  sobra  acotar  que  la  prueba  testimonial,  documental  y  la inspección judicial cuya práctica solicitó el  incriminado  Chaves  Bustos,  fue  negada por los juzgadores de instancia habida  cuenta  que  el  mencionado  no  indicó su conducencia, pertinencia y utilidad,  amén  de  que  algunas  de  ellas  ya habían sido practicadas en la fase de la  instrucción,   tales  como  la  ampliación  de  denuncia  de  Eduardo  Salcedo  Ramírez,  administrador  del  Edificio  Colseguros,  y  las declaraciones de la  abogada  Ana Elizabeth Sánchez, del revisor fiscal José Luís Ortega Delgado y  de  los  copropietarios  Carlos  Iberne  Villavicencio Guerrero y Manuel Eugenio  Conde  Libreros;  luego  ninguna  irregularidad  advierte  la Corporación en la  decisión  del  Juzgador de primer grado al negar su práctica, ni menos aún en  la  del  ad  quem que la confirmó.                

        Ahora,  en  cuanto  tiene  que  ver  con  la presunta irregularidad  originada  en  que  el  juez  a quo que profirió la condena no fue el mismo que  adelantó  la etapa del juicio, si bien ello es cierto, el casacionista se queda  corto  en  el  desarrollo  de  la  censura,  pues  no indica de qué manera ello  afectó  la estructura del proceso o sus garantías como acusado, máxime que en  la  sistemática  de  la  Ley  600  de  2000, que rigió la presente actuación,  impera  el principio de permanencia de la prueba, conforme al cual los elementos  de  juicio  allegados  legalmente por el funcionario instructor, las partes o el  juzgador,   tienen  tal  carácter  y,  por  tanto,  pueden  ser  valorados  sin  limitación  alguna  por  el  fallador,  aun  cuando  no  haya intervenido en su  práctica  o  aducción, frente al cual ninguna incidencia tiene el principio de  inmediación  característico  del  sistema de tendencia acusatoria que consagra  la  Ley  906 de 2004, que solo considera prueba aquella que ha sido practicada y  controvertida        en       el       juicio       en       presencia       del  juez.            

        Respecto  de  la omisión que el actor achaca al juzgador de primer  nivel  por  no  haberse pronunciado en el fallo en relación con la petición de  nulidad  por  falta  de defensa técnica, presentada un día antes del inicio de  la  audiencia  pública  de juzgamiento, y en relación con la cual el a quo, en  sesión  del  7  de julio de 2011, dispuso diferir su estudio para la sentencia;  en  primer lugar debe precisarse que si bien en el fallo de primera instancia no  se  hizo  un análisis del tema, ello no significa que se hubiera incumplido con  la  carga  de  resolver  el  punto  en  cuestión,  pues allí se indicó que la  solicitud  de  invalidación formulada por el procesado Chaves Bustos, ya había  sido  propuesta por éste en la audiencia preparatoria en el mismo sentido y con  idénticos  argumentos a los que ahora la sustentaban, la que fue resuelta en su  momento  por  el  Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito de Descongestión y que,  impugnada,  fue  confirmada  por  el  ad quem, luego el juzgador de primer grado  consideró          innecesario          referirse         nuevamente         al  tema.              

        Tampoco  explica el demandante por qué resultaba ineludible que el  a  quo  abordara  dicho tópico en la sentencia, cuando el asunto ya había sido  propuesto  por  el  procesado  Chaves  Bustos y resuelto por esa instancia en la  oportunidad  legal  correspondiente,  valga decir, en la audiencia preparatoria,  ni  mucho  menos  cómo  esa  omisión, si es que así se le puede calificar, le  afectó  sus  garantías  fundamentales, aspecto éste de suma importancia en la  demostración  de  la  censura  ensayada, pues como se dijo párrafos atrás, la  mera  irregularidad  no  es  constitutiva  de nulidad, si con ella no se produce  agravio    o    perjuicio    alguno    a    quien    la    alega    –principio              de  trascendencia–,  luego  cuando  tal  circunstancia no se acredita, un cargo de ese jaez no está llamado  a prosperar.   

        Además,   con   claro  quebranto   del   principio   de   objetividad   o  corrección  material  que   rige   la  casación  –según el cual  el   demandante   debe   ser   fiel   a   la  realidad  del  proceso–,  el  censor  desconoce abiertamente  que  al  resolver  la  impugnación  el  Tribunal  sí  se refirió a la nulidad  propuesta  en la audiencia pública de juzgamiento debido a la presunta falta de  defensa  técnica  del  acusado, concluyendo de manera razonada que tal vicio no  se presentó en el decurso de la actuación.   

        Al  respecto  vale la pena citar lo que allí se consignó sobre el  punto:   

Mal  puede  el procesado alegar violación  del  derecho de defensa técnica cuando: i.- invocando su condición de abogado,  expresamente,  en  el  inicio  de  la audiencia preparatoria del 4 de octubre de  2010   manifestó   que   asumiría   su  propia  defensa;  ii.-  posteriormente  –el   7  de  julio  de  2011–   en   audiencia  pública  dijo  renunciar  a su propia defensa y el 31 de agosto de 2011 otorgó  poder  a  un  abogado  de  confianza,  empero,  éste,  con  propósito evidente  dilatorio   –según  lo  advirtió  el  juez–  no  compareció  al  proceso  desatendiendo  los llamados del Despacho; y, iii.- por  tal  motivo, el a quo, el 14 de febrero de 2012, optó por nombrarle un defensor  de oficio con quien se continuó el juicio.    

El  procesado,  de una parte, ha tenido la  posibilidad  real de ejercer su defensa material y técnica, solicitando pruebas  en  el  juicio  y  controvirtiendo  las que presentó en su contra la Fiscalía;  otra  cosa  es  que  las  peticiones  probatorias que hizo le fueran negadas, en  primera  instancia  porque  no  sustentó  la  conducencia  y pertinencia de los  testimonios  y  documentos que postuló y, en segunda instancia porque no expuso  argumentos  orientados  a  demostrar  la  equivocación del a quo al negarle las  pruebas que postuló.   

        El   recurrente   de  manera  conveniente  soslaya  los  argumentos  trascritos  en  precedencia, seguramente para no tener que dilucidar por qué la  irregularidad  en que pudo haber incurrido el a quo al omitir referirse de fondo  acerca  de  la  pluricitada  nulidad,  no  quedó  subsanada  al  resolverse sus  planteamientos por el Tribunal.        

        En  relación  con la atipicidad de las conductas por las cuales se  le  investigó y condenó, el casacionista se queda en el simple enunciado, pues  se  limita  a  hacer aseveraciones que no sustenta en razones de orden jurídico  ni  probatorio,  incurriendo en el vicio lógico de petición de principio, pues  afirma  pero  no  demuestra,  llegando  incluso  a  decir  que  ello  a  lo sumo  constituiría  un  delito  de  abuso  de  confianza,  y  no  de  estafa,  aunque  nuevamente prescinde de explicar en qué se funda tal aseveración.   

        Amén  de  lo  anterior, el actor no acierta en la postulación del  reproche,     pues     optó     por     la    causal    tercera    –nulidad– para denunciar la que consideró una  irregularidad  derivada  de  haber  sido  condenado  por  conductas  que  estima  atípicas  de  los delitos de estafa y falsedad en documento privado, cuando tal  censura  configura  un  error in iudicando  que  para  su  acreditación,  conforme  la  jurisprudencia de la  Sala3,  ha  debido  encausarlo  por  la senda de la violación directa o  indirecta   de   la  ley  sustancial  –causal       primera–,  bien  porque,  en  el  primer caso, a él se llegó por falta de  aplicación,  aplicación  indebida o interpretación errónea de un precepto; o  porque,  en  el  segundo  evento,  fue  determinado  por errores de apreciación  probatoria,  de  hecho por falsos juicios de existencia, identidad o raciocinio,  o  de  derecho  por  falsos  juicios de legalidad o convicción; nada de lo cual  siquiera se insinúa en el libelo.   

        Lo  que se advierte de la precaria y confusa argumentación, es que  de  manera  sesgada  el  recurrente  presenta  los  hechos  en  que  sustenta la  imputación  jurídica  de  la  acusación  y  de los fallos de instancia que lo  condenaron,  pues  deja  de lado el hecho de que en su calidad de Presidente del  Consejo  de  Administración  de  la  Copropiedad Edificio Colseguros, entre los  meses  de  marzo  y  diciembre de 2005, le solicitó al administrador el giro de  nueve  cheques,  en  igual número de oportunidades, con cargo a las cuentas del  citado  edificio, supuestamente para pagar los gastos generados por los procesos  judiciales  que  se  adelantaban  para  el  cobro  de  cuotas de administración  vencidas,  tales  como pago de honorarios profesionales de abogados, expensas de  remates  notariales  y honorarios de secuestres y peritos, todo lo cual resultó  no  ser  cierto,  mientras que los cartulares eran endosados por Chaves Bustos y  cobrados  directamente  por éste o a través de terceros, quien obtuvo provecho  ilícito     con    el    consiguiente    perjuicio    patrimonial    para    la  copropiedad.        

        Ahora,   sin   necesidad  de  mayor  análisis  surgen  claros  los  elementos  de la estafa en la conducta desarrollada por el incriminado, conforme  a     la     jurisprudencia     de     la    Sala4,   valga   decir:   (i)   el  despliegue  de  artificios o engaños por parte del agente, (ii) la inducción o  mantenimiento  en  error del sujeto pasivo, (iii) un desplazamiento patrimonial,  (iv)  la  obtención  de  un provecho económico ilícito para el mismo agente o  para  un  tercero y (iv) el correlativo menoscabo del patrimonio de la víctima;  todo ello concatenado en el estricto orden indicado.   

        Y  en  cuanto  a la falsedad, a similar conclusión se arriba, pues  una  vez  obtenidos  los  mentados  títulos  valores, el acusado Chaves Bustos,  según    lo    reconoció   en   la   indagatoria5,  aunque  argumentado  que lo  hacía  por  petición  de  los  beneficiarios,  pero  que  se  demostró con la  respectiva        pericia        grafológica6,  realizaba  el endoso de los  cheques  a  nombre  de  éstos,  algunos de ellos personas ficticias, para luego  proceder a su cobro, directamente o valiéndose de terceros.   

        La  conducta  de  endosar un cheque por quien no es su beneficiario  tipifica  el  delito  de  falsedad  en  documento privado, como desde antaño lo  tiene  dicho  la  jurisprudencia de esta Corporación, y aun cuando el procesado  no  haya  imitado  la firma de quienes figuraban como tales, no se desnaturaliza  el  delito de falsedad habida cuenta de la aptitud del documento para probar los  hechos  y  relaciones  jurídicas  en  él contenidas, de acuerdo con la ley que  gobierna su circulación.   

        Así  lo  expresó  la Sala en CSJ SP, 13 Abr. 1999, Rad. 10300, al  señalar:   

En  estos supuestos, y en armonía con las  premisas  conceptuales  que  guían la técnica casacional y que se han expuesto  en  precedencia,  es  claro  que la Corte no puede entrar a corregir el libelo y  por  tanto, no le es dable estudiar de fondo esta censura como fuera lo oportuno  ante  el  yerro  que se observa en la calificación jurídica del espurio endoso  de  los  cheques calificada en las instancias como falsedad personal, pues, como  lo  precisó  esta  Corporación  en  sentencia  de  16  de  abril de 1.986, con  ponencia  del  Magistrado  Doctor  Lisandro Martínez Zúñiga, reiterada por la  del  5  de  octubre  de  1.990,  en la que fue ponente el Magistrado Doctor Juan  Manuel  Torres Fresneda, y en la del 28 de agosto de 1.997 con ponencia de quien  ahora funge en igual condición:   

“Es   cierto  que  algunas  corrientes  doctrinarias  del  derecho  comercial  sostienen que el endoso, es una cláusula  accesoria  e  inseparable  del  título  valor por el cual al tenedor o acreedor  cambiario  coloca  a  otro  en su lugar, transfiriéndole el título con efectos  limitados  o ilimitados (Garrigues, Vivante, Cervantes Ahumada), aún algunos de  quienes   tal   sostienen,   no  hacen  incompatibles  tales  calidades  con  la  independencia del endoso.   

“Pero tal observación ha sido analizada  por  la  doctrina  y la jurisprudencia penal de muchos países, inspirándose en  la  corriente autonomista del derecho penal, según la cual esta disciplina debe  conocer  los  conceptos  de  derecho  privado a la luz de los postulados de esta  disciplina  de derecho público, verificando detenidamente las consecuencias que  se  derivan  de su aplicación, compaginándolas con las exigencias y caracteres  del derecho punitivo.   

“Con tales preanotados interpretativos se  ha  concluido,  que  a  pesar  de  los  citados  principios de la accesoriedad e  inseparabilidad  del  endoso,  no  podrá aceptarse; existen hechos evidentes de  indiscutible  repercusión  naturalística:  El cheque se crea y perfecciona, al  cumplirse  las exigencias del Código de Comercio respectivo, en nuestro caso la  Sección   III,  Subsección  I  “Creación  y  forma  del  cheque”  y  más  exactamente  los  artículos 712 a 714. Además de los requisitos generales para  todos  los  títulos  valores del artículo 621 del Código de Comercio, son las  de  que  el  cheque  se expida en formularios impresos a cargo de un banco, cuyo  nombre  debe  indicarse,  que  contenga  una  orden  incondicional  de pagar una  determinada  suma  de  dinero,  y la indicación de ser pagadero a la orden o al  portador;  igualmente se exige la provisión de fondos. A pesar de que se afirme  por   reputados  comercialistas  que  el  endoso  es  una  operación  comercial  accesoria,  no  obstante  tener su origen en el cheque, la verdad desde el punto  de  vista  fáctico  es  que constituye un contrato nuevo, distinto del estimado  como  principal, que no crea un título, sino que lo transfiere (Art. 651 del C.  de Co.).   

“Las  personas  que  intervienen  en  la  creación  del  cheque  son  distintas  de  los endosantes; el endoso es un acto  posterior  al  de  su  creación  y giro del cheque, tanto que la ley concede un  amplio   plazo   para   que   él   se   verifique.   Penalmente   es  un  hecho  autónomo”.   

Así,  y  siendo  que  el  hecho de que el  procesado  no haya imitado las firmas de beneficiarios de los cheques en ningún  momento  desvirtúa  el  ataque  a  la fe pública documental, entendida como la  credibilidad  que  frente  a  la  ley  comercial  merecía  con  el lleno de las  formalidades  el  acto  de transferencia, es incuestionable que se ha tipificado  el  delito  de  falsedad  previsto en el artículo 221 del Código Penal, ya que  como  igualmente  lo  ha considerado la Sala, en el citado fallo de 5 de octubre  de 1.990:   

“No se mortifica esta conclusión, porque  en  el  caso  de  controversia  se  haya  establecido pericialmente que la firma  colocada  en  el  endoso  del  cheque  constituyó una “creación libre” por  parte  del  falsario,  en  cuanto  a pesar de ella, el documento tenía eficacia  bastante  de  acuerdo  con  la  ley  que  rige  su  circulación para derivar su  importancia  dentro  de  la  vida  jurídica y evitar su particular capacidad de  servir como “prueba” de hechos y relaciones jurídicas.   

“Ello  porque  el  delito  de  falsedad  documental  no  siempre reclamará la creación imitativa de lo que es o ha sido  real   en  torno  a  la  individualización  del  otorgante,  para  extender  la  protección  de  la  fe pública en el aseguramiento de la circulación de estos  documentos,  criterio  que  al  contrario del formal o restrictivo, radica en la  necesidad  de  consultar  como esencia el perjuicio real o potencial determinado  por  la  falsificación.”,  pues  además, de conformidad con el “Código de  Comercio  se  encuentra  que  “el  ondoso  puede hacerse en blanco con la sola  firma  del endosante” (art. 654), y que “El obligado no podrá exigir que se  le  compruebe  la  autenticidad de los endosos (art. 662), quedándole apenas el  deber  de  “identificar el último tenedor” y de verificar la continuidad de  sus  actos  de transferencia, comprendiéndose por esta regulación (que obedece  a  la  naturaleza  particular  de  los  títulos valores, merecedores de la suma  confianza   que  se  deposita  en  la  seriedad  y  realidad  de las firmas  cambiarias)  que  ni  el futuro acreedor a quien con ella se brinda protección,  ni  los  posteriores  endosatarios,  ni  aún el obligado, están en el deber de  conocer  de  antemano  las  firmas  autógrafas  de quienes han intervenido como  endosantes  en  la  circulación  del  instrumento,  así  que  en  este caso la  imitación  “copiativa”  no  constituye  un requisito ineludible para que el  documento pueda ser admitido libremente”.   

        Surge  patente entonces, que la manifestación del procesado Chaves  Bustos  en  el  sentido de que las conductas por él desarrolladas son atípicas  frente  a  los  delitos  por  los  cuales  se  le condenó en las instancias, es  claramente infundada.   

        Respecto  de  la  prescripción  en  fase  de  instrucción  de los  delitos  de  estafa y falsedad que propone la glosa examinada, cabe destacar que  el  demandante  de nuevo desconoce el principio de corrección material, pues en  orden  a  demostrar  la  ocurrencia  del  citado  fenómeno  procesal afirma que  «los   hechos  se  remontan  al  mes  de  marzo  de  2004»,  cuando  en  la  actuación se determinó que  éstos  acontecieron  entre  marzo  y diciembre pero del año 2005, para lo cual  basta  verificar  las  fechas  de  los  cheques girados por la administración a  solicitud  del  incriminado  y  los  comprobantes de egreso en que se soporta su  emisión,  para  sin  dificultad  advertir  que  el  primero  de  los cartulares  cuestionados  se  giró  el  31  de  marzo  de 2005 y el último lo fue el 12 de  diciembre de esa anualidad.     

        Tampoco  es  cierto que el término de prescripción para el delito  de   estafa   por   el  cual  fue  acusado  y  condenado,  sea  de  seis  años,  «por  ser  el  monto  máximo de la pena»  el referido quantum, puesto que el inciso primero del artículo  246  del  Código  Penal  consagra  pena  de  2 a 8 años de prisión para quien  incurra  en  la  conducta  allí descrita, luego el plazo para que se extinga la  acción  penal  por  la anotada circunstancia es de 8 años, según lo establece  el  artículo  83  ibídem,  que se habrían cumplido, respecto de la primera de  las  conductas de estafa, cometida el 31 de marzo de 2005, con ocasión del giro  del  cheque  No.  DU623651,  el  31  de  marzo de 2013, de no haber sido porque,  acorde  con el artículo 86 ejusdem, el término prescriptivo se interrumpió el  12  de  enero  de 2010, fecha en que cobró ejecutoria la resolución acusatoria  en  razón  de  su confirmación por la segunda instancia de la fiscalía.    

        Así  mismo  acontece  con  el  delito  de  falsedad,  el  cual, de  conformidad  con  el artículo 289 del Estatuto Punitivo, prevé una pena de 1 a  6   años   de   prisión,   siendo  el  máximo  de  la  sanción  –6          años–,  el que corresponde tener en cuenta  para  determinar  el  plazo  prescriptivo,  y  no  el  monto  de  5  años  como  arbitrariamente  lo  señala  el censor, que en el caso concreto debe contarse a  partir  del  31 de marzo de 2005, fecha en que el cheque No. DU623651 se endosó  y  presentó  para su cobro ante el banco girado, según sello que aparece en su  dorso,  es  decir,  aquella  en  que  se  cometió  la  primera de las conductas  falsarias,  de donde se tiene que dicho término habría expirado el 31 de marzo  de  2011, pero se interrumpió con la ejecutoria de la resolución de acusación  que tuvo lugar, se itera, el 12 de enero de 2010.     

        Es  claro  entonces,  que  no operó la prescripción de la acción  penal  que  se  arguye  en  la  demanda  y,  por tanto, el fallo confutado no se  profirió con desconocimiento del debido proceso.   

        Finalmente,  en  cuanto  tiene  que  ver  con  la  caducidad  de la  querella  en  relación  con  el delito de estafa, el recurrente solo enuncia el  mencionado  instituto  y  la  norma que lo recoge en el Código de Procedimiento  Penal  de  2004,  pese  a que esa normativa no gobernó la presente actuación y  luego,  sin  más,  concluyó  que  en  el  asunto  de  la especie aquella no se  formuló dentro del término legal.   

        Si  bien el reproche se perfila adecuadamente por la causal tercera  –nulidad–,  puesto que la ausencia del mentado  requisito  de  procedibilidad  de la acción penal, cuya finalidad es activar la  administración  de justicia, tiene incidencia negativa en el debido proceso, el  mismo  se  debe  desarrollar  conforme  a  las  pautas  de la causal primera, en  concreto   a   través   de   la  violación  directa  o  indirecta  de  la  ley  sustancial.   En  el primer evento, si se está frente a un error de juicio  sobre  las  normas que regulan el instituto y, en el segundo evento, si el yerro  tiene  origen  en la apreciación de las pruebas que demuestren los supuestos de  hecho de las disposiciones que gobiernen la materia en cuestión.   

        Empero,  el  impugnante  no  cumple  de  ninguna  forma  con  tales  derroteros,  falencia que la Corte  no puede entrar a suplir por razón del  principio   de   limitación,   que   le   impide   corregir   las  deficiencias  argumentativas del libelo o enmendar sus equivocaciones.   

        4.  En  conclusión,  las  protuberantes  falencias  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  en  la presentación de la  censura,  la  que además adolece de la capacidad de quebrar la dual presunción  de  legalidad  y  acierto  que  cobija  la  sentencia  confutada,  conducen a la  inadmisión de la demanda de casación.   

        5.  Casación  oficiosa.   

No  obstante la inadmisión de la demanda,  la  Corte observa que se han violado garantías fundamentales al procesado Jaime  Armando  Chaves  Bustos,  por tanto, entrará a casar oficiosa y parcialmente el  fallo, tal como lo autoriza el artículo 216 de la Ley 600 de 2000.   

        Un  primer  aspecto  a  destacar  es  que  el  marco fáctico de la  acusación  se  circunscribió  a  (i) la entrega de nueve cheques al procesado,  girados  a  terceros  para el pago de supuestos gastos derivados de los procesos  judiciales  adelantados  por  las  cuotas  de  administración  en mora; (ii) la  falsedad  de  los  endosos de los beneficiarios para efectuar el cobro de dichos  cartulares;  (iii) el pago a favor del incriminado de $3.300.000 por concepto de  honorarios   profesionales   presuntamente   causados   por   su   actividad  de  «supervigilancia» de los  procesos  ejecutivos  adelantados por la Copropiedad; y, (iv) la apropiación de  $1.200.000  que  le  fueron  entregados al acusado por parte de las abogadas que  llevaban  los  procesos  judiciales,  por concepto de abonos a la obligación de  una de las demandadas.     

        Consecuente  con  lo  anterior, jurídicamente se formularon cargos  contra  Chaves  Bustos,  como  autor  de un «concurso  homogéneo  de  falsedad  en  documento privado y heterogéneo con el injusto de  estafa  (…)», previstos en los artículos 289 y 246  del  Código  Penal,  y  así  fue  confirmado  por  la  segunda instancia de la  fiscalía    al    resolver    el    recurso   vertical   interpuesto   por   el  mencionado.   

        Asimismo,  en la sentencia de primer grado, atendiendo a los hechos  endilgados  al  procesado  en  el  pliego  de cargos, el a quo consideró que se  configuraba  un  concurso  homogéneo  de  estafas  y falsedades, y heterogéneo  entre  dichos  comportamientos,  y  por  tal  razón al momento de determinar la  sanción,  individualizada  la pena privativa de la libertad en 32 meses para el  delito          base          –estafa–, le  efectuó  un  incremento punitivo de «diez (10) meses  más  por la falsedad en documento privado y en razón a las diez (10) estafas y  falsedades  en  virtud  de  los  títulos valores (cheques) que fueron el objeto  principal  de la denuncia», para un total de 42 meses  de  prisión,  y  en  cuanto  a  la  multa,  la fijó en 66,66 salarios mínimos  legales mensuales vigentes (SMLMV).   

        No  obstante,  al  resolver  el  recurso  de  apelación  contra la  sentencia  de  primera instancia, el Tribunal soslayó la imputación fáctica y  la  calificación  jurídica consignadas tanto en la resolución acusatoria como  en  la decisión impugnada, y para responder a los planteamientos del procesado,  estimó  que  como «la noticia criminal da cuenta que  la  cuantía  del  daño  al patrimonio económico causado con la estafa con los  cheques  supera  los  $8.000.000», la cuantía de la  referida  conducta  punible  excedía ampliamente los 10 SMLMV para la época de  los  hechos  y,  por  tanto,  no  demandaba el requisito de procedibilidad de la  querella              al             ser             investigable             de  oficio.           

        En  otras  palabras,  el  juzgador  de  segundo  grado  partió del  supuesto  equivocado de que se trataba de un único delito de estafa, y no de un  concurso  de conductas punibles ídem, de donde coligió una única cuantía que  derivó  de  la  sumatoria del monto de los nueve cheques y el dinero entregados  al  acusado  Chaves  Bustos, pero omitió explicar por qué, tanto fáctica como  jurídicamente,  debía  aceptarse esa hipótesis y desecharse la acogida por el  ente  acusador  y  el juzgador de primera instancia, para lo cual debió abordar  el  tópico  de  si se configuraba o no un delito masa o continuado –art.    31   del   C.P.–, únicas posibilidades para predicar  una sola conducta de estafa y, por ende, una sola cuantía.    

        En  cuanto a la primera de las modalidades delictuales mencionadas,  es  evidente que no se estructura, puesto que como lo tiene señalado de antaño  la  jurisprudencia  de  la  Sala,  el delito masa «se  presenta  cuando el sujeto activo realiza una pluralidad de actos que genera una  multiplicidad  de  infracciones  a  un  tipo  penal,  todo lo cual se ejecuta de  acuerdo  con  un plan con el que se pretende afectar el patrimonio económico de  un  número  indeterminado  de personas.»7, noción que  confrontada  con la situación fáctica del caso concreto, permite evidenciar la  ausencia  de  cuando  menos  dos  de  sus  elementos, habida cuenta de que no se  acreditó  que  la  defraudación  del  patrimonio  de  la  Copropiedad Edificio  Colseguros  obedeciera  a  un  plan  preconcebido  del incriminado, amén que el  sujeto  pasivo  es  uno  solo,  esto  es,  la  administración de la pluricitada  copropiedad.   

        Ahora,  respecto del delito continuado, para que se configure, esta  Corporación   ha  señalado  que  deben  concurrir  los  siguientes  elementos:  «a) un componente subjetivo, constituido por el plan  preconcebido  por  el autor, identificable por la finalidad; b) el despliegue de  pluralidad  de comportamientos de acción u omisión; y c) la identidad del tipo  penal   afectado  con  los  tales  comportamientos.»  (CSJ  AP,  25 Jun. 2002, Rad. 17089).   

        En  relación  con  el concepto y requisitos del delito continuado,  en CSJ AP, 20 Feb. 2008, Rad. 28880, la Corte dijo:   

El legislador considera la existencia de un  solo  delito  cuando  un  mismo  sujeto  dentro  de  un propósito único comete  sucesivamente   varias   infracciones  entre  las  cuales  existe  homogeneidad.   

De  tal  manera,  el  delito continuado es  aquel  en  el  que  se  produce una pluralidad de acciones u omisiones de hechos  típicos   diferenciados  que  no  precisan  ser  singularizados  en  su  exacta  dimensión,  las cuales se desarrollan con un dolo unitario, no renovado, con un  planteamiento  único  que  implica  la  unidad  de  resolución y de propósito  criminal,  es decir, un dolo global o de conjunto como consecuencia de la unidad  de  intención,  y  que  fácticamente  se  caracterizan por la homogeneidad del  modus  operandi  en las diversas acciones, lo que significa la uniformidad entre  las  técnicas  operativas desplegadas o las modalidades delictivas puestas a la  contribución  del  fin  ilícito, siendo preciso una homogeneidad normativa, lo  que  impone  que  la  continuidad  delictiva  requiera  que  el  autor conculque  preceptos  penales  iguales  o  semejantes,  que  tengan como substrato la misma  norma  y  que  ésta  tutele el mismo bien jurídico; y se exige la identidad de  sujeto   activo   en   tanto   que   el   dolo   unitario   requiere   un  mismo  portador.   

(…) Para que exista delito continuado no  basta  con la pluralidad de acciones u omisiones que infrinjan el mismo precepto  penal  o  preceptos  de igual o semejante naturaleza, sino que es imprescindible  el  dolo  unitario, ya que éste es el que permite reconducir la pluralidad a la  unidad.  Por tanto, sin este dolo específico, que se debe analizar en cada caso  concreto  con  suma  atención, no existe delito continuado sino que se está en  presencia de alguna de las diferentes clases de concurso.   

        En  el  asunto de la especie, acorde con las reglas interpretativas  fijadas  en las decisiones  trascritas,   surge   patente   que  no  se       configura      un  delito  continuado  de  estafa,  por  cuanto  si  bien se puede  constatar  la  existencia  de  pluralidad de acciones,  que  infringieron el mismo precepto penal  y  fueron  realizadas por el mismo sujeto activo, no se demostró  la   existencia   de   un  dolo  «global»       o       único,  producto de  la  unidad  de  intención,  que  agrupara  la  pluralidad  de actos en una sola  conducta.       

        En   efecto,  no  obstante  haberse  probado  en  la  actuación que  en  diez  ocasiones distintas el acusado Chaves   Bustos   desplegó   maniobras  engañosas    en   su   calidad   de   Presidente    de    la    Junta    de   Administración   de   la   copropiedad,  que  indujeron  en  error a Eduardo Salcedo Ramírez, administrador  de   la   misma,   y  lo  determinaron a entregar    al    supranombrado   nueve  cartulares   y   una   suma   de   dinero,  conductas  todas  que individualmente  consideradas    son   constitutivas   del   ilícito   de   estafa,  los  medios  probatorios   no  permiten  concluir  la  existencia  del  componente  subjetivo  característico  del  delito  continuado,  que  se  revela  a  partir de un plan  previamente  delineado  por  el  autor, bajo el cual se ejecuta la pluralidad de  actos     que,    en  últimas,  constituyen una  sola    conducta    en  la  medida en que  obedecen a  un solo designio o finalidad.   

       Basta  advertir  que  las  diversas  acciones  desplegadas  por el  incriminado  tuvieron ocurrencia entre los meses de marzo y diciembre de 2005, y  aun  cuando  todas  ellas  pretendían defraudar el patrimonio de la Copropiedad  Edificio   Colseguros,   no  es  menos  cierto  que  ontológicamente     cada     una    sucedió     en     diferentes     momentos     y     obedeció a  disímiles   propósitos,   según   se   advierte  en  los  soportes  contables  registrados  por  el  administrador,  donde  consta,  a  guisa  de ejemplo, que  el  cheque  No.  DU623651  de  31  de  marzo de 2005, por valor de $750.000, fue  girado  a  petición  de  Chaves  Bustos  para  el  supuesto pago de los derechos de remate en la Notaría  Séptima  de  Cali;  mientras  que el cheque No. DU623658 de 7 de abril de 2005,  por  la  suma de $1.000.000, se emitió supuestamente para pagar anticipadamente  los  honorarios de las abogadas que adelantaban los procesos judiciales a nombre  de  la copropiedad; y el cheque No. FB053846 de 12 de  diciembre  de  2005,  por  un  monto de $980.000, se  giró      presuntamente      para      pagar      los     honorarios  del  secuestre  dentro  del proceso  adelantado   contra   los   propietarios   de   las   oficinas  824  y  825  del  edificio.      

        En  ese  orden,  en  los ejemplos citados, y en los demás casos en  que  el  procesado  logró  la entrega de cartulares girados a favor de terceros  por  concepto de obligaciones inexistentes, no se identifica un hilo conductor o  designio  final  urdido  previamente  para  lograr la defraudación patrimonial,  sino  que  en  cada  evento  se  advierte un específico propósito –dolo–  que  se agotó en el momento en que  Chaves  Bustos  obtuvo  el  respectivo  provecho ilícito, de donde se tiene que  dicho  elemento subjetivo del delito no puede reputarse común o único frente a  todas  las  inducciones  en  error,  máxime  cuando  cada  una  de ellas estaba  determinada por supuestos distintos.    

        En   conclusión,  ante  la  falta  de  acreditación  de  un  plan  preconcebido  por  el  autor,  que  obedeciera  a  una  específica  finalidad y  obligara  a  la  ejecución  fraccionada de una única conducta de estafa, no es  procedente  aceptar  la  tesis  del  delito  continuado  y, por el contrario, es  evidente  que  se  configura  un  concurso homogéneo sucesivo de defraudaciones  patrimoniales,  que al ser individualmente consideradas tienen cada una de ellas  una cuantía propia.   

        Siendo  ello  así, en orden a establecer la cuantía del delito de  estafa,  no  podía  el  ad  quem, sin más, sumar el valor de todos los cheques  como  si  se  tratara  de  una sola conducta punible, para de allí concluir que  como  aquella  superaba  los diez salarios mínimos no era necesario cumplir con  el  requisito  de  la  querella  exigido  por  el  artículo 31 de la Ley 600 de  2000.     

        Frente  al  tema  en cuestión, no frece dificultad advertir que la  cuantía  en  cada  uno  de  los  diez  delitos  de estafa no supera el valor de  $3.815.000,  monto  equivalente  a  diez  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  para  el  año  2005,  periodo  en  el  cual  se cometieron los hechos  juzgados,  pues  la  prestación  económica realizada en cada caso oscila entre  $250.000  y  $3.300.000,  y,  por tanto, acorde con el artículo 35 de la citada  codificación,  era  necesario  formular  la respectiva querella, como en efecto  ocurrió  el  día  24 de agosto de 2006 ante la Fiscalía General de la Nación  por  parte  de  Eduardo Salcedo Ramírez, administrador de la copropiedad.    

        Empero,  a  primera  vista, se observa que la querella se instauró  cuando  ya había operado su caducidad en relación con las conductas de estafa,  incluso,  respecto  de  la  ocurrida  el 12 de diciembre de 2005, como que entre  esta  última fecha y el 24 de agosto de 2006, cuando se formuló, trascurrieron  más  de seis meses contados a partir de su comisión, ya que se trata de delito  de  ejecución  instantánea, según lo establece el artículo 34 del Código de  Procedimiento Penal de 2000.     

        Al  margen de lo anterior, es necesario destacar que en el presente  asunto  se  presenta  la  hipótesis  descrita en la parte final del precepto en  mención,  puesto que acaeció una situación de fuerza mayor que impidió a los  miembros  de  la  Junta de Administración de la Copropiedad Edificio Colseguros  enterarse  de  la  ocurrencia  del  delito,  valga  decir,  en el caso concreto,  advertir  que  habían  sido  estafados  por  quien hasta finalizar el año 2005  fungió  como  su  presidente  y  que,  por  obvias  razones,  mantuvo oculto su  ilícito actuar.        

        En  efecto,  solo  fue  hasta  el  informe del Revisor Fiscal de la  mentada  copropiedad,  correspondiente  al  mes  de  julio  de  20068,   que  de  manera  concreta se reveló a los integrantes de la Junta de Administración que  varios  de  los cheques girados por solicitud del procesado Chaves Bustos cuando  se  desempeñaba  como su presidente, para el supuesto pago de honorarios de las  abogadas   Ana  Elizabeth  Sánchez  y  Paulina  Quijano,  gastos  notariales  y  emolumentos  de  secuestres  y  peritos, no correspondían a la realidad, según  las  mencionadas  lo constataron en reunión sostenida el día 19 de dicho mes y  año.        

        Bajo  ese  entendido, en el caso particular el plazo para presentar  la  querella  era de un (1) año contado a partir de la comisión de cada una de  las  conductas  de  estafa,  según  lo  tiene decantado la jurisprudencia de la  Sala9   

,  lo que impone determinar en concreto si  dicho  término  se  cumplió  antes  del  24  de  agosto  de  2006, fecha de su  formulación.     

        Según  quedó  fijado  en el proceso, los cheques fueron girados y  el  dinero  entregado  por  el  administrador  de la copropiedad a petición del  incriminado, en las siguientes fechas:   

    

* 31    de    marzo    de    2005,    cheque    No.    DU623651   por  $750.000.   

* 7  de abril de 2005, cheque No. DU623658 por $1.000.000.   

* 18    de    abril    de    2005,    cheque    No.    DU623666   por  $250.000.   

* 19    de    mayo    de    2005,    cheque    No.    DU623695    por  $2.000.000.   

* 13    de    julio    de    2005,    cheque    No.    DX788331   por  $2.000.000.   

* 15    de    julio    de    2005,    cheque    No.    DX788337   por  $500.000.   

* 16    de    agosto    de    2005,    cheque    No.   DX788359   por  $500.000.   

* 25  de  agosto de 2005, comprobante de egreso de dinero en efectivo  por $3.300.000.   

* 5  de diciembre de 2005, cheque No. FB053839 por $1.000.000.   

* 12    de    diciembre    de   2005,   cheque   No.   FB053846   por  $980.000.        

Así  las  cosas,  en  relación  con  las  conductas  de  estafa  cometidas entre el 31 de marzo y el 16 de agosto de 2005,  inclusive,  operó  el  fenómeno de la caducidad, pues transcurrió un año sin  que  la  misma  se  formulara,  lo  cual, se itera, solo ocurrió hasta el 24 de  agosto de 2006.     

           

        La  ausencia  de  querella,  en  tanto  requisito de procedibilidad  –art. 31 de la Ley 600 de  2000–,  o  su  caducidad  –art.       34  ibídem–, implica que los  funcionarios  judiciales  no  pueden adelantar el proceso penal, porque frente a  conductas  como  las  señalas  anteriormente,  adolecen del poder oficioso para  investigar, acusar y sentenciar.   

         

        En  el presente caso, es evidente que al haber operado la caducidad  de  la  querella  en  los  casos expresamente indicados, los hechos tardíamente  noticiados  no eran susceptibles de ser investigados ni juzgados y, por ende, el  Estado  adolecía  de  competencia  para  adelantar  el  proceso  y  dirimir  el  conflicto,  puesto  que  era  facultad  del  afectado poner en funcionamiento el  aparato   jurisdiccional  mediante  la  manifestación  inequívoca  de  que  se  investigara  el  delito,  a  lo  que tácitamente renunció por su inactividad o  desinterés,  luego  la sentencia proferida, respecto de las conductas de estafa  en  las  que  operó  dicho  fenómeno,  no  tenía  ningún  fundamento  legal.   

        En  consecuencia,  ante  la evidente violación del debido proceso,  lo  procedente  es  casar  de  oficio  y  parciamente  el fallo impugnado y, por  contera,       cesar      el      procedimiento10   en   relación   con  las  conductas  de  estafa  cometidas entre el 31 de marzo y el 16 de agosto de 2005,  inclusive,  de  conformidad con lo dispuesto en el artículo 39 de la Ley 600 de  2000.   

        Lo  anterior,  conlleva  a que la Corte adecue la sanción impuesta  por  los  juzgadores de instancia a la nueva situación fáctica y jurídica, de  la siguiente manera:    

        El  fallador  de  primer  grado,  no  obstante  admitir el concurso  homogéneo  de  estafas,  al  momento  de  individualizar  la pena partió de la  señalada  para  el delito de estafa previsto en el inciso 1º del artículo 246  –2 a 8 años de prisión  y   multa   de   50   a   1.000  SMLMV–,  cuando  la sanción que realmente correspondía, por tratarse de  un  concurso  homogéneo  sucesivo  de estafas cuya cuantía no excedía de diez  salarios  mínimos  legales  mensuales, era la consagrada en el inciso final del  referido  precepto,  esto  es,  prisión  de  1  a  2  años y multa hasta de 10  SMLMV.   

        De  lo anterior se sigue que de acuerdo con las reglas del concurso  de      conductas     punibles     –art.    31    del   C.P.–,  para  determinar  la  sanción  se  debe  partir de la pena más  grave,  esto  es,  la  señalada para el delito de falsedad en documento privado  –art.      289  ibídem–, que va de 1 a 6  años  de prisión, y dividido su ámbito de punibilidad de 60 meses en cuartos,  queda  así: primer cuarto de 12 a 27 meses, segundo cuarto de 27 meses y 1 día  a  42  meses, tercer cuarto de 42 meses y 1 día a 57 meses, y último cuarto de  57 meses y 1 día a 72 meses.         

        La  pena  se  determina  en  el cuarto mínimo, puesto que, como lo  advirtió  el  juzgador  de primer grado, solo concurren circunstancias de menor  punibilidad  ante  la  ausencia  de prueba que acredite que el sentenciado tiene  antecedentes  penales,  es  decir, entre 12 y 27 meses de prisión, y al extremo  mínimo  se  efectúa  un  incremento  del 44.44% del ámbito de punibilidad del  citado    cuarto   –15  meses–,  siguiendo  el  criterio  del  a  quo,  que  equivale  a 6 meses y 19 días, para un total de 18  meses  y 19 días de pena privativa de la libertad para el delito de falsedad en  documento privado.   

        Ahora,  si  el fallador de primer nivel incrementó 10 meses por el  concurso  homogéneo  y  heterogéneo  con  «las diez  (10)    estafas    y    falsedades   en   virtud   de   los   títulos   valores  (cheques)»,   que  realmente  corresponde  a  nueve  estafas  e  igual  número  de  falsedades, es dable colegir que por cada uno de  dichos comportamientos el sentenciador aumentó 16,5 días.    

        Luego  el monto de pena a excluir por las siete conductas de estafa  cometidas  entre  el  31 de marzo y el 16 de agosto de 2005, inclusive, frente a  las   cuales  operó  el  fenómeno  de  la  caducidad,  es  de  3  meses  y  25  días.   

        De  suerte  que  la  pena  de  prisión  definitiva que corresponde  purgar  al  acusado  Jaime Armando Chaves Bustos es de veinticuatro (24) meses y  veinticuatro (24) días.   

        En  cuanto  hace  referencia a la sanción de multa y sin referirse  al  concurso de delitos de estafa, el a quo se ubicó en el extremo inferior del  cuarto  mínimo  y  lo  incrementó en un monto equivalente al 7% del respectivo  ámbito  de  punibilidad,  criterio que trasladado al cuarto ídem de la pena de  multa  de hasta 10 salarios mínimos legales mensuales vigentes prevista para el  delito  de  estafa, que acorde con las reglas del artículo 61 del Código Penal  oscila  entre  1  y  3,25  SMLMV,  corresponde  a 1,15 salarios mínimos legales  mensuales    vigentes,    pena    que   se   impondrá   al   incriminado   como  principal.      

       Por  último,  excluye la Sala la condena de perjuicios materiales  impuesta   al  sentenciado  a  consecuencia  de  las  estafas  en  relación  con las cuales operó el fenómeno de la caducidad de la  querella,  en  cuantía  de  $7.000.000, quedando la  condena   por   dicho   concepto   en  seis   millones   cuatrocientos  ochenta  mil  pesos  ($6.480.000)  a favor de la parte civil  reconocida en el proceso.   

Finalmente, conviene precisar que salvo lo  aquí   decidido,   las   demás   determinaciones   del   fallo   se  mantienen  incólumes.   

        En  mérito  de  lo  expuesto,  LA CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,   

RESUELVE  

        1.  INADMITIR  la  demanda  de casación  presentada por el procesado Jaime Armando Chaves Bustos.   

        2.  CASAR  de  oficio  y  parcialmente la  sentencia  de  27  de  mayo  de 2014 proferida por el Tribunal Superior de Cali.   

3.  ORDENAR, en  consecuencia,  la  cesación  del  procedimiento  por  las  conductas  de estafa  cometidas  entre  el 31 de marzo y el 16 de agosto de 2005, inclusive, por haber  operado el fenómeno de la caducidad de la querella.   

        4.  DECLARAR que la pena que debe cumplir  Jaime  Armando  Chaves  Bustos  es  la de veinticuatro (24) meses y veinticuatro  (24)  días  de  prisión  y  multa  de 1,15 salarios mínimos legales mensuales  vigentes  como autor del concurso homogéneo y heterogéneo de delitos de estafa  y falsedad en documento privado.   

        5.   DECLARAR   que   la   condena       en      perjuicios   materiales   impuesta   al  sentenciado  asciende     a     seis    millones  cuatrocientos ochenta mil  pesos   ($6.480.000),  a  favor de la parte civil reconocida en el proceso.   

6.  PRECISAR que  en lo demás el fallo se mantiene incólume.   

        Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

        Cópiese,  comuníquese  y  cúmplase.  Devuélvase  al Tribunal de  origen.   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 CSJ  AP,  18  Abr.  2007,  rad.  26916  y  CSJ  AP,  27  Feb. 2012, rad. 38100; entre  otros.    

2 CSJ  AP, 24 Abr. 2013, rad. 39876.   

3 CSJ  AP, 2 Feb. 2014, Rad. 38690 y CSJ AP, 28 May. 2014, Rad. 43311.   

4 CSJ  SP,  5  Sep.  2012,  Rad.  27460  y  CSJ  SP,  16  Jul.  2014, Rad. 41800, entre  otras.   

5 Folio  90 del cuaderno original No. 1.   

6 Folio  274 ídem.   

7 CSJ  SP, 25 Jul. 2007, Rad. 27383.   

8 Folio  166 del cuaderno original No. 1.   

9 CSJ  SP, 3 Feb. 2010, Rad. 31238.   

10 CSJ  AP, 25 Abr. 2007, Rad. 26902 y CSJ SP, 18 Jul. 2007, Rad. 25273.     

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