AP5872-2016(46076)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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Magistrada Ponente  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

AP5872-2016  

Radicación N° 46.076  

(Aprobado Acta Nº 274)  

Bogotá D.C., agosto treinta y uno (31) de dos  mil dieciséis   

VISTOS  

          Con   el   fin   de  constatar  si  satisfacen  las  condiciones  de  admisibilidad,  la  Corte  examina las demandas de casación presentadas por los  defensores  de LACIDES ALCIBÍADES DE ARMAS TORO y OCTAVIO FIDEL VIDES PALLARES,  contra  la  sentencia  del 17 de septiembre de 2014, proferida por la Sala Penal  del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Valledupar.   

    

I. HECHOS  

            Por la vía de la contratación directa, entre OCTAVIO FIDEL VIDES  PALLARES,  Alcalde  (encargado)  de  la Jagua de Ibirico (Cesar), y el ingeniero  civil  LACIDES  ALCIBÍADES  DE  ARMAS  TORO,  en  calidad  de adjudicatario por  sistema  de  citación pública, se suscribió el contrato de suministro Nº 078  del  17  de julio de 2003. El objeto contractual consistió en la elaboración e  instalación  de 16 cortinas  para  la  Casa  de  la Cultura del referido municipio, por valor de $51.852.594.  Sin  embargo,  para  esa  época,  la  edificación  apenas  estaba en construcción.   

          De  acuerdo  con  la  sentencia  de segunda instancia, el proceso de  contratación  no  fue  objetivo  ni  transparente,  sino  direccionado desde su  génesis  para  favorecer  a LACIDES ALCIBÍADES DE ARMAS TORO, cuya oferta a la  Administración  fue  la  que  determinó  el  diseño y tramitación de todo el  proceso   contractual:   además   de   haberse   contratado   la   instalación   de   cortinas   para   una  edificación  no terminada, el  señor  DE  ARMAS  TORO,  con la firma y el visto bueno  del  Alcalde,  presentó  propuesta  el  6 de junio de  2003,   es   decir,   con   12  días  de  anterioridad  a  la  expedición  del  “acto  de  vocación  o  llamamiento  de inicio para  proceso  de  contratación  directa”. Además, desde  agosto  de  2003, aquél recibió pagos por cumplimiento del objeto contractual,  pese  a  que  las cortinas sólo fueron entregadas al almacenista de la entidad,  por  cuanto  la  Casa  de la Cultura aún se hallaba en  construcción.   

II.      ANTECEDENTES      PROCESALES  PERTINENTES   

          Con  fundamento  en  la  denuncia  formulada  por  la  Directora  de  Regalías  del  Departamento Nacional de Planeación, el 2 de febrero de 2009 la  Fiscalía  5ª  Seccional  de  la  Unidad  de  Delitos contra la Administración  Pública  de  Valledupar  abrió investigación en contra de LACIDES ALCIBÍADES  DE  ARMAS  TORO  y  OCTAVIO  FIDEL  VIDES PALLARES, a quienes en indagatoria les  atribuyó  la  posible  comisión  de  los  delitos  de  interés indebido en la  celebración  de  contratos  y peculado por apropiación. Pese a que al resolver  situación  jurídica fueron afectados con medida de aseguramiento de detención  preventiva,  el  Fiscal  2º  Delegado  ante el Tribunal Superior de Valledupar,  mediante  resolución  del 12 de noviembre de 2010, revocó tal determinación y  dispuso la libertad de aquéllos.   

          Cerrada  la  instrucción,  la  Fiscalía 11 Seccional de esa ciudad  calificó  el  mérito del sumario el 18 de abril de 2012. Profirió resolución  de  acusación  en contra de los prenombrados como probables responsables de las  referidas  conductas  punibles  (arts.  397  y 409 del CP), decisión que cobró  ejecutoria    el    14    de   mayo   subsiguiente1.   

          La  etapa  de juicio le correspondió al  Juzgado   Penal  del  Circuito  de  Chiriguaná  (Cesar),  cuyo  titular  dictó  sentencia  el  27 de enero de 2014. Absolvió a los acusados en relación con el  cargo  de  peculado  por  apropiación, por el que fueron acusados en calidad de  autor  e  interviniente,  respectivamente.  Por otra parte, habiéndolos hallado  responsables  del  delito  de interés indebido en la celebración de contratos,  condenó  a  OCTAVIO  FIDEL VIDES PALLARES a las penas principales de prisión e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por 48  meses  y multa de 50 salarios mínimos legales mensuales, mientras que a LACIDES  ALCIBÍADES  DE  ARMAS  TORO,  le impuso las penas de prisión e inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por 36 meses, así como  multa  en cuantía de 37.5 salarios mínimos legales mensuales. Esto último, en  aplicación   del   art.   30   inc.  4º            del            CP.2   

          El  fallo  fue  impugnado  por  los  defensores,  dando  lugar  a la  sentencia  de  segunda  instancia arriba mencionada, por cuyo medio se confirmó  íntegramente la condena impuesta.    

          Dentro   del   término   legal,  los  abogados  de  los  procesados  interpusieron   el   recurso   extraordinario   de  casación  y  allegaron  las  respectivas  demandas,  lo  que  motiva  el  conocimiento  del  proceso  por  la  Corte.   

III. SÍNTESIS DE LAS DEMANDAS  

            Por  la  vía  del  art.  207-1 de la Ley 600 de 2000 (en adelante  CPP),  los defensores de LACIDES ALCIBÍADES DE ARMAS TORO y OCTAVIO FIDEL VIDES  PALLARES  acusan la sentencia de segunda instancia por ser violatoria del debido  proceso   (art.   29   de   la   Constitución).   Denuncian   la   “aplicación   indebida   o  falta  de  aplicación”  del  art.  7º del CPP y la indebida aplicación de los arts. 409,  25, 22 y 12 del CP.   

          Para  los  libelistas,  los falladores de instancia no valoraron las  pruebas   existentes  en  el  proceso.  El  Tribunal,  exponen,  “desconoció   u   omitió   el   reconocimiento   de   la  presencia  (sic)     de    pruebas  procesalmente  válidas”, las cuales, en su criterio,  debieron  haber  conducido  a  una  sentencia  absolutoria  por duda razonable o  inexistencia de la conducta.   

          Tras  reseñar  apartes  de la motivación consignada en el fallo de  segundo  grado, el defensor de LACIDES DE ARMAS TORO expone que a los juzgadores  no  les  asiste  razón  suficiente para demostrar la responsabilidad de aquél.  Pues,  dice,  no  existiendo  en la propuesta constancia de la fecha de recibido  por  parte  de la Alcaldía, no es dable afirmar que ese documento se radicó el  6  de  junio  de  2003.  Esta  fecha, resalta, corresponde a la elaboración del  documento,  pero  no  a  la  de  radicación.  La judicatura, alega, sostiene lo  contrario,   pero   ello  lo  hace  por  “inferencia  indirecta”,   no   porque  ese  hecho  “se   hubiera   probado   en   el  debate  procesal”.   

          Lo  que  sí  está  demostrado,  prosigue,  es que entre el alcalde  VIDES  PALLARES  y  el  señor DE ARMAS TORO no existía una amistad íntima que  permitiera  inferir que, por  los  lazos existentes entre contratista y contratante, éste ejerció sus buenos  oficios  para  que  aquél  saliera favorecido en la selección de la propuesta,  pasando  por alto que la razón preponderante para ser seleccionado fue el menor  valor  de  su  oferta,  presentada  con  anterioridad  a  los  demás oferentes.   

          Tampoco,     sostiene,     puede     el     Tribunal    inferir  que  el  conocimiento que tuvo el  proponente  ALCIBÍADES DE ARMAS TORO sobre el contrato lo consiguió de OCTAVIO  VIDES  PALLARES,  como  quiera que en las dependencias administrativas se filtra  información  a  través  de  sus funcionarios y aquél pudo enterarse por otros  medios  que  no están descartados ni probados “en el  expediente”.   Sólo,   insiste,  hay  inferencias  sobre  la  responsabilidad de  los acusados.   

          En  ese  orden  de  ideas,  subraya,  es  claro  que  la conducta de  interés  indebido  en  la  celebración  de contratos no tuvo ocurrencia, en la  medida   en   que   “en   el   plenario”  no  existe  prueba  que  acredite  lo  contrario. Lo que surge,  afirma,  son dudas sobre el quebrantamiento del principio de transparencia en la  contratación,    como   quiera   que   “el   hecho  indicador”  lo  extrae el Tribunal de especulaciones  sin respaldo probatorio.   

          Lo       que       enseña       “la  lógica”, añade, es que cualquier desempleado está  en  el  legítimo  derecho  de  concursar  ante  las  entidades  públicas  para  participar  de  la  contratación estatal, y esto “no  deslegitima    el    derecho    que    a    alguien   le   asiste   para   salir  favorecido”. Pensar lo contrario, alega, es poner en  tela  de  juicio  infundadamente  la  honorabilidad  de una persona de bien como  ALCIDES ALCIBÍADES DE ARMAS TORO.   

          Similares  argumentos  fueron  expuestos  por el defensor de OCTAVIO  FIDEL  VIDES  PALLARES, quien, de cara a la situación de este procesado, agrega  que  “el  escaso despliegue procesal” no  tiene  la  suficiente  fuerza  para demostrar la responsabilidad  penal,  en  consideración a que la selección de la propuesta presentada por el  señor  DE ARMAS TORO se realizó de conformidad con lo establecido en la ley de  contracción,  acorde con los criterios de trasparencia aplicables. No porque la  propuesta  tenga  impresa  una  fecha  anterior  al  trámite  surtido  para  la  adjudicación  del  contrato, resalta, puede decirse que el alcalde orientara su  inclinación    por   esa   oferta   en   razón   de   compromisos   adquiridos  previamente.    

          La  efectiva  selección  de  la  propuesta  de ALCIBÍADES DE ARMAS  TORO,  asevera,  se  explica  porque era la que mejores condiciones brindaba, al  encontrarse  por  debajo  del precio de las otras. Tanto así que, enfatiza, los  demás  proponentes,  siendo  los llamados a objetar el procedimiento en caso de  existir   irregularidades,   no   mostraron  inconformidad  con  la  selección.   

          El  simple  hecho de la escogencia de la propuesta de elaboración e  instalación  de las cortinas para la casa de la cultura del municipio, subraya,  no  es un hecho indicador de que el proceso de contratación desbordara el marco  de  la ley. Mucho menos, continúa, podía el Tribunal, mediante “inferencias  indirectas”,  pregonar  que  OCTAVIO  FIDEL  VIDES  PALLARES  dio  a conocer anticipadamente a ALCIBÍADES DE  ARMAS  TORO la intención de contratar la instalación de cortinas en la sede de  dicha  dependencia.  Pues sobre ello, dice, no hay pruebas que así lo indiquen.   

          Lo  que  dicta  “la  lógica”,  alega,  es que cualquier servidor público ordenador del gasto  tiene  la  obligación  de  conocer  bien  las  directrices  utilizadas  para la  contratación      pública.      Así,      “se  supone”  que el alcalde VIDES PALLARES tenía alguna  experiencia  al  respecto  por  haber ocupado varios cargos públicos. De suerte  que,  sostiene,  mal podría aquél haber incurrido en un error tan “infantil”,  teniendo  los  mecanismos  para darle apariencia de legalidad a cualquier acto ilegal.   

          Para  que  se  tipifique  el interés indebido en la celebración de  contratos,  concluyen  ambos  libelistas, se debe probar más allá de toda duda  la  intencionalidad  de  transgredir la normatividad que regula la materia. Pero  esto,   afirman,   no  se  logró  en  el  presente  caso  por  el  “pobre  caudal  probatorio” que existe  en  el  proceso. Así, enfatizan, se vulneró el debido proceso en varios de sus  componentes,  como  el  principio  de investigación integral, la presunción de  inocencia,  la  carga  de  la  prueba y el in dubio pro  reo.   

          Ello,  destacan,  por cuanto no existe certeza sobre la materialidad  de  la  infracción  ni  en  relación  con  la responsabilidad de los acusados.  Éstos,  sintetizan,  no  podían  ser  condenados  porque se dejaron de valorar  “medios  de  convicción”  allegados  regular y oportunamente al proceso, “otras  pruebas” fueron valoradas parcialmente, “el  indicio” no fue motivado en debida  forma  por  desconocimiento de “las reglas de la sana  crítica”  y,  en  relación  con  el  “hecho    indicador”,    no   fueron  analizadas  “las pruebas”  que permitieron darlo por probado.    

          Con  base en lo anterior, solicitan a la Corte que case la sentencia  y,  en  consecuencia,  absuelva  a  los  procesados  por  el  delito de interés  indebido en la celebración de contratos.    

  IV.   CONSIDERACIONES     

          4.1                       De  acuerdo  con  el art. 212-3 de la Ley 600 de  2000  (en  adelante  CPP),  la  admisión  de  la demanda de casación supone su  debida    sustentación.  El censor está obligado a  consignar  de  manera  clara  y  precisa  tanto  las causales invocadas como sus  fundamentos.  Ello  implica  acreditar  la  necesidad del fallo de casación, de  cara  al  cumplimiento  de  alguno  de  sus  fines,  establecidos en el art. 206  ídem   (efectividad   del  derecho  material,  respeto de las garantías de los intervinientes, reparación  de    los    agravios    inferidos    a    éstos    y    unificación   de   la  jurisprudencia).   

               Ese propósito no se consigue de  cualquier      manera.     A     voces     del     art.     213     ídem,  el  libelo será inadmitido cuando  el  demandante  carezca  de  interés  o  la  demanda  no  reúna los requisitos  formales  de  rigor.  Tampoco,  como lo ha precisado la Corte, si se advierte la  irrelevancia del fallo para cumplir los propósitos del recurso.   

          Tales  exigencias  derivan  de la naturaleza extraordinaria y rogada  del  recurso  de  casación,  características  enraizadas  en la presunción de  acierto  y  legalidad  inherente  a  los  fallos  de instancia. A partir de esta  presunción,  se  asigna al censor la carga   de   acreditar  que  con  la  sentencia  se  causó  un  agravio,  apoyándose  para ello en las causales taxativamente consagradas en la ley (art.  207 del CPP).   

          En   ese   entendido,   el  libelo  debe  someterse  a  estrictas  y  específicas  reglas de postulación y bastarse a sí mismo para demostrar tanto  la  existencia  del  yerro  planteado  como  su  trascendencia. De suerte que el  recurso  extraordinario y la intervención de la Corte, conforme al principio de  limitación,  por  regla  general  se restringe a verificar dichos aspectos, sin  que      sea      dable      al      censor     exponer     una     abierta  discordancia  de criterios con lo  determinado  en las instancias ni prolongar la controversia que finalizó con la  sentencia.  Pues  la  casación no es una tercera instancia del proceso penal ni  constituye     un     escenario     propicio    para    postular    cualquier  clase  de  irregularidad  en el  trámite surtido.   

          De  ahí  que,  como  pacífica  y  reiteradamente viene diciendo la  Corte,    la    debida   sustentación   implica  desarrollar  el  ataque  con  arreglo  a los requerimientos  formales  que  impone la causal planteada y la lógica del cargo propuesto. Así  mismo,  hacerlo con sujeción a los principios de autonomía, no contradicción,  coherencia  y  razón  suficiente,  para  que  el  alcance de la impugnación se  evidencie  nítido y la Corte pueda dar a los reproches planteados una respuesta  adecuada.   

          Además,  en  conexión  con  la  exigencia  de  acreditación de la  afectación  de  garantías fundamentales, la idoneidad  sustancial  de  la demanda significa que sus cargos no  sólo  han  de  estar  debidamente  sustentados desde la perspectiva formal. Los  reproches  deben  ser  fundados, esto es, tener aptitud  para  propiciar  la  invalidación  total  o parcial de la sentencia,  en  el  entendido que, de no haberse materializado el yerro, otra  habría  sido  la  decisión,  o  mostrarse  idóneos para convocar a la Corte a  asumir  una  postura  jurisprudencial  unificada alrededor del tema debatido, en  cuanto  logren  evidenciar la violación de una norma sustancial o una garantía  procesal.   

          Si  la  demanda  incumple  con las aludidas exigencias formales para  estudiarla   de   fondo  o  se  establece  de  entrada  su  falta  total  de  idoneidad  de  cara  a los fines  inherentes a la casación, la decisión debe ser la inadmisión.   

          4.2                       Como  a continuación se expondrá, las demandas  bajo  estudio  no satisfacen los requisitos legales y jurisprudenciales para ser  admitidas:  además  de  que los cargos no son desarrollados con sujeción a las  exigencias  propias  de la causal invocada, las censuras carecen de toda aptitud  sustancial.   

          4.2.1  De  acuerdo  con  el art. 207-1 del CPP, la casación procede  cuando  la  violación  de una norma de derecho sustancial proviene, entre otras  eventualidades,   de  errores  de  hecho  en      la     apreciación    o   en   la   valoración  de  determinada prueba. Allí se encuentra consagrada la modalidad  de  infracción  indirecta o  mediada  de  la  ley  sustancial,  por  yerros en la construcción de la premisa  fáctica   del   silogismo  jurídico.  Este  tipo  de  infracciones  implican  el  desconocimiento  de  una  situación  fáctica,  producto de la incursión en falsos juicios de existencia  o identidad o falso raciocinio.   

          La  primera  de  dichas hipótesis -falso  juicio  de existencia- se presenta cuando, al proferir  la  sentencia  impugnada,  el  fallador  desconoce  por  completo  el  contenido  material  de  una  prueba  debidamente  incorporada  a  la actuación; también,  cuando  le  concede  valor probatorio a una que jamás fue recaudada, suponiendo  su existencia.   

         En  segundo  término,  el  falso  juicio  de identidad  tiene  ocurrencia  cuando  en el fallo  confutado  el  juzgador  distorsiona  o  tergiversa  el  contenido  fáctico  de  determinado  medio  de  conocimiento,  haciéndole  decir  lo que en realidad no  dice,  bien sea porque realiza una lectura  equivocada  de su texto, le agrega circunstancias que no contiene  u omite considerar aspectos relevantes del mismo.   

         En  tercer  lugar,  el  falso  raciocinio  se  configura  cuando el  Tribunal  observa  la prueba en su integridad, pero al  valorarla   desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica,  es  decir,  una  concreta ley científica, un principio lógico o una  máxima de la experiencia.   

         Cualquiera     de    estos    yerros    debe    ser    trascendente  desde  el  punto  de vista  jurídico,    esto    es,    que    frente   a   la   valoración   conjunta  de  la  prueba realizada por el  Tribunal,  su  exclusión debería conducir a adoptar  una   decisión  sustancialmente  diversa a la recurrida.   

         Mas     examinados    los  reproches a  la  luz  de  los  antedichos  presupuestos,  salta a la  vista  su indebida sustentación. En estrictos términos de técnica casacional,  los  censores  no  formularon ningún cargo.   Con   la  amplitud  propia  de  un  alegato  de  instancia,  sin  consideración  de  la  estructura probatoria de las sentencias confutadas ni de  la  presunción  de acierto y legalidad que las cobija, los libelistas, lejos de  postular   con   cumplimiento  de  las  exigencias  pertinentes  alguna  de  las  modalidades  de  error  referidas  en  precedencia, se limitan a afirmar que los  juzgadores   no   valoraron   pruebas  existentes  en  el  proceso  -sin  precisar cuáles-, que se afirmó la  certeza   sobre   la   existencia  del  delito  y  la  responsabilidad  mediante  inferencias  y  conjeturas,  que sin haberse probado en la actuación se afirmó  que  la  fecha  de  presentación de la propuesta fue el 6 de junio de 2002, que  algunos  medios  de  conocimiento  fueron  valorados  parcialmente  -sin  individualizarlos- y que las reglas  de  la  sana  crítica  fueron  desconocidas  en  la  construcción de la prueba  indiciaria.   

          Además,  destacan, está probada la inexistencia de amistad íntima  entre  los  acusados,  el menor precio de la propuesta de LACIDES ALCIBÍADES DE  ARMAS  TORO,  la  posible  filtración  de  información  sobre  los procesos de  contratación  en las dependencias administrativas del municipio, el seguimiento  de  los  requisitos  legales en la tramitación y ejecución del contrato objeto  de   investigación,   la  ausencia  de  objeciones  por  parte  de  los  demás  proponentes  y  la  experiencia como servidor público de OCTAVIO VIDES PALLARES  -lo  que,  para  el  defensor  de éste, impedía que  incurriera  en  protuberantes  errores  si  de  lo  que  se trataba era de darle  apariencia  de  legalidad  a  un procedimiento ilegal-.   

          Con  ello,  implícitamente  convocan a la Sala a emprender un nuevo  escrutinio  probatorio,  orientado  por  su  lectura particular de los medios de  conocimiento   y  por  lo  que,  consideran,  “está  probado   en   el   proceso”,  como  si  el  recurso  extraordinario  de casación  constituyera una tercera instancia de juzgamiento.   

          De   esta   manera,   resulta   inobjetable   que   los  demandantes  incumplieron     con     el    deber    de    plantear    cargos    concretos    contra    las    sentencias  impugnadas.    Si    bien    invocan   el   “cuerpo  segundo”  de la causal de casación consagrada en el  art.  207-1  del  CPP,  en ningún aparte de las sustentaciones se especifica el  tipo  de  error  bajo  el  cual  convocan a la Corte a estudiar la legalidad del  fallo  -falso raciocinio, falso juicio de identidad o  falso   juicio  de  existencia-.  Y  aun  tratando  de  descifrar  cuál  es la específica modalidad de error, tampoco están dados los  requisitos  formales  mínimos  para  el  estudio  de  fondo  de  los  reclamos.   

         Al  pregonar que el Tribunal “desconoció  u  omitió  el reconocimiento de pruebas procesalmente válidas”, podría  entenderse  que  los  censores denuncian un falso juicio de  existencia  por  suposición.  Sin  embargo,  en  el  contexto  presentado en la  demanda,  tal  afirmación  es  absolutamente  vacua: los libelistas no ponen de  manifiesto        ningún        medio        de       prueba       específico   que  los  juzgadores  hayan  supuesto  existente  sin  estarlo;  por  sustracción de materia, menos podrían  evidenciar  que  otra  habría  sido  la decisión de no haberse incurrido en la  irregularidad.   

          Adicionalmente, las quejas concernientes  a  la fecha de radicación de la propuesta presentada por LACIDES ALCIBÍADES DE  ARMAS  TORO  se  apartan  de  la  exigencia  de  claridad  e  impiden a la Corte  comprender  el  sentido  del  planteamiento.  Por  una  parte, pareciera que los  demandantes,  al  referirse  a  la constancia de recibido, denuncian un error de  observación  cifrado  en la  adición  o  tergiversación  del  contenido  material del documento, lo que los  obligaba  a  discurrir  por los senderos argumentativos propios del falso juicio  de  identidad. Empero, en lugar de ello, cuestionan que los falladores arribaron  a    una   conclusión   incorrecta   por   haberse   valido   de   “inferencias”.    Mas,    como    a  continuación  se  expondrá,  la  acreditación de supuestos fácticos por vía  inferencial  no  constituye  ningún  yerro  y,  en  todo  caso, las censuras no  refutan   adecuadamente  dichas  conclusiones  indiciarias,  por  cuanto  no  se  planteó  ningún  reproche  por  falso  raciocinio,  con  cumplimiento  de  las  exigencias propias de esta modalidad de error.   

          En  términos  generales,  de  la  reseñada  amalgama  de críticas  propuestas  por  los  libelistas  se extracta que su inconformidad estriba en la  supuesta  valoración indebida  de  las  pruebas.  Pero,  por  sí mismo, ello es insuficiente para que la Corte  emprenda un estudio de fondo bajo la óptica del falso raciocinio.   

          En   los   planteamientos   de   las  demandas  no  se  advierte  la  formulación  de  ninguna regla de la experiencia, principio lógico ni criterio  científico   supuestamente   quebrantado,   sino   la   simple   referencia   a  apreciaciones  subjetivas  sobre  la  valoración  probatoria  consignada en las  sentencias  confutadas.  Tales  asertos  apenas constituyen reproches formulados  con  la  amplitud  propia  de  las  instancias,  los  cuales distan mucho de los  estándares  mínimos  exigidos para ser estudiados de fondo en casación.    

          En  efecto,  no hay lugar a predicar la configuración de errores de  hecho  constitutivos  de  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  cuando  simplemente  se presenta una apreciación probatoria que no se comparte. La mera  disparidad  de  criterios  en  ese  aspecto  no  habilita  acudir  al recurso de  casación  (CSJ AP 03.12.09, rad. 27.264).  En  la  misma  dirección,  la  Sala  puntualizó  que  la simple  oposición  de  apreciaciones  subjetivas  contra  los razonamientos probatorios  efectuados   por  el  juez  o  la  postulación  de  críticas  a  la  actividad  valorativa,  formuladas  con  la amplitud propia del ejercicio de contradicción  de  las  instancias  y  sin  el  debido  planteamiento  técnico,  conduce  a la  inadmisión   del   recurso   de  casación  (CSJ  AP  16.06.2010, rad. 33.697).   

         4.2.2    Pero  más  allá  de  las  advertidas  insuficiencias  formales,  los  reproches  carecen  de  toda  aptitud  sustancial para lograr la  infirmación  de  la  sentencia  condenatoria.  Pues  no  se puede derrumbar una  estructura  argumentativa si se atacan bases diferentes  a  las  que la sustentan, como tampoco si éstas no se  refutan  con  suficiencia.  Bajo  esa  óptica, como enseguida se expondrá, las  censuras   se   ofrecen   del   todo  inidóneas  para  provocar  una  decisión  sustancialmente  diversa  a  la  consignada  en las sentencias impugnadas, en la  medida  en  que  la  refutación  planteada es insuficiente, infundada en varios  aspectos  y desatinada para remover los cimientos argumentativos que soportan la  declaratoria   de   responsabilidad   penal,   por  el  delito  de  interés  indebido  en  la celebración de  contratos.   

                     

          En  primer lugar, ningún yerro puede atribuírsele a los juzgadores  por  haber  declarado  hechos  probados  a  través  de inferencias. Rigiendo el  principio  de libertad probatoria (art. 237 CPP) y siendo el indicio un medio de  prueba       legalmente       admisible       (art.       284       ídem), mal pueden los libelistas pregonar  la   violación   mediata  de  la  ley  sustancial  porque  la  declaratoria  de  responsabilidad      penal      se      basa      en     prueba     indirecta.  Per  se, ello no constituye ningún yerro.   

          Desde  luego, cuestión diferente es que, en la construcción de los  indicios  o  en  la  emisión  de conclusiones indiciarias, se incurra en algún  error  demandable  en  casación.  Sin  embargo, esto no es lo que acreditan los  libelos.   

          La  técnica  casacional para cuestionar la prueba de indicios exige  identificar  con  precisión  en  cuál  fase  de la construcción indiciaria se  presenta  el  supuesto  yerro, pues de ello no sólo depende la escogencia de la  causal,  sino  también  la  adecuación  de  la  sustentación. Al respecto, ha  señalado   la   Corte   (CSJ  SP  08.08.2000,  rad.  15.836):   

Como          prueba que es,  cuando  se alegan en casación defectos en su apreciación como fundamento de la  violación  de  la  ley sustancial, la vía de ataque debe ser la indirecta y en  tal  medida  es  obligación del recurrente señalar el tipo de error en el cual  se  incurrió,  su modalidad y si el mismo se predica del hecho indicador, de la  inferencia  lógica  o de la manera como los indicios se articulan entre sí, es  decir  su  convergencia,  concordancia  y fuerza de convicción por su análisis  conjunto.   

Si   la   equivocación  se  predica  del  hecho  indicador y se toma  en  consideración  que  debe  estar  demostrado  con  otro medio de prueba, los  errores    susceptibles   de   plantearse   son   tanto   de   hecho   como   de  derecho.   

De   hecho,   porque   la  prueba  de  la  circunstancia  conocida  pudo  haberse supuesto; o porque pudo haberse dejado de  apreciar  otro  medio  demostrativo que la neutralizaba o disolvía; o porque se  tergiversó  su  contenido  material  haciéndola  decir  algo  que no decía; o  porque  el  proceso  de valoración que condujo a la afirmación de la premisa a  partir  de la cual se hará luego la inferencia, se apartó de los principios de  la sana crítica.   

[…]  

Ahora bien, cuando el error se predica de la  inferencia  lógica,  ello  supone  como  condición  lógica del cargo, aceptar la validez de la prueba del  hecho  indicador,  ya  que si esta es discutida sería un contrasentido plantear  al  tiempo  algún  defecto  del juicio valorativo en el marco del mismo ataque.  Existe  la posibilidad no obstante, de refutar el indicio tanto en la prueba del  hecho  indicador  como en la inferencia lógica, sólo que en cargos distintos y  de manera subsidiaria.   

          Bajo    tales    premisas,    como    los    censores   -se   reitera-   no   le   atribuyen  al  raciocinio  aplicado por los  jueces  de instancia el quebrantamiento de ninguna regla de la experiencia ni la  inobservancia  de  algún principio lógico, es claro que los cuestionamientos a  las  inferencias  devienen  inadmisibles  en  casación.  En  este  aspecto, las  afirmaciones  consistentes  en que la prueba indiciaria se valoró en contravía  de  las  reglas  de la sana crítica, que en las dependencias administrativas se  filtró  información  sobre  los  procesos  de contratación y que “la  lógica”  dicta  que  un servidor  público     experimentado     no    incurre    en    errores    “infantiles”    sin    quisiera   darle  apariencia  de legalidad a actos ilegales, así como que los desempleados pueden  participar  de  convocatorias  públicas, de ninguna manera constituyen reclamos  suficientes  para  estudiarse  de  fondo  en  casación,  por  la vía del falso  raciocinio.   Para  ello,  como  mínimo,  las  inferencias  deben  acusarse  de  contrariar  una  máxima  con  estructura  general  y  abstracta,  basada  en el  ordinario  devenir  de  los  acontecimientos de la vida en sociedad (CSJ  SP  07.12.2011,  rad.  37.667) o de  incurrir  en  una  falacia o error típico en    las    relaciones   lógicas   entre   las   premisas   y   la  conclusión3.  Pero  como las censuras omiten tal deber, no es dable examinar en  casación si el razonamiento del juzgador deviene falso.   

          En  segundo  término,  aun  haciendo hipotética abstracción de la  advertida  insuficiencia  formal,  los ataques dirigidos a los indicios también  carecen  de  aptitud  sustancial.  No  sólo  porque tergiversan los fundamentos  probatorios  de  las sentencias; también, debido a que están en incapacidad de  remover  los  fundamentos  de  la  condena por interés  indebido  en la celebración de contratos. Un contraste  entre  las  alegaciones  de  los  libelistas  y  la estructura probatoria de los  fallos de instancia así permite concluirlo.   

          Según  el  defensor  de  LACIDES  DE  ARMAS TORO, los falladores no  podían  inferir  que,  por  la existencia de lazos de  amistad  entre  los procesados, el alcalde ejerció sus  buenos  oficios  para  favorecer  a  aquél  con  la selección de su propuesta.   

         Por  otra  parte, ambos demandantes pregonan que la verdadera razón  para  que  se hubiera acogido la oferta presentada por LACIDES DE ARMAS TORO fue  el  menor  valor  de  los costos, por encontrarse por debajo del precio ofrecido  por  los  demás  proponentes.  Además, aseveran -con  miras  a atacar un hecho indicador- que la única   razón   expuesta   para   haber  concluido  que el alcalde VIDES PALLARES informó anticipadamente al contratista  DE  ARMAS  TORO  sobre el proceso de contratación, fue la temprana elaboración -no  radicación- de la propuesta.   

          Sin    embargo,   de   acuerdo   con   la   sentencia   de   primera  instancia4,  la  afirmación  de  la  responsabilidad penal de los acusados se  basa  en  las  siguientes  razones  probatorias: i) LACIDES ALCIBÍADES DE ARMAS  TORO   presentó   una   propuesta   el   6   de  junio  de  2003  -dos  días  después de la realización del estudio de conveniencia  y  oportunidad-, pese a que aún no había llamamiento  público  para  el inicio de la contratación directa, que tuvo lugar el día 18  de  idénticos  mes  y  año; ii) OCTAVIO VIDES PALLARES, en calidad de alcalde,  fue  quien dirigió las actuaciones precontractuales5    y    convocó   para   la  presentación  de  propuestas.  De  ahí,  según  el a  quo,  se  infiere  que  el  primero  de  los nombrados  tenía    conocimiento del objeto del contrato y las  condiciones  contractuales  antes  de  su  publicación. Adicionalmente, el juez  a  quo  puso de presente que  iii)  la  destinación de los bienes objeto del contrato corresponden a cortinas  que,   por   su   valor   y  descripción,  eran  suntuosas  para la Casa de la Cultura; iv) para la fecha de  entrega  de las cortinas al almacenista Luis Daniel Jiménez Puello -el  15  de  agosto  de 2003-, el inmueble  aún  no  estaba  terminado, como consta en el registro fotográfico del informe  de  investigador de campo FPJ-11 del 27 de noviembre de  2009   -donde   se   aprecia   una  edificación  en  construcción,   abandonada   y   sin   puertas   ni  ventanas-  y  v)   las   cenefas  -elaboradas  a  mano-  fueron  entregadas  con  una inusitada rapidez, lo que  sugiere que habían sido previamente elaboradas.   

          Bien  se ve, entonces, que no es cierto que la responsabilidad penal  se   hubiera   afirmado  a  partir  de  un  solo  hecho  indicador  -la   presentación   anticipada   de   la   propuesta-,  sino  que  el  interés indebido en la celebración, ejecución y  liquidación  del contrato materia de investigación, por parte de OCTAVIO VIDES  PALLARES,  con  favorecimiento  de  LACIDES DE ARMAS TORO, se declaró probado a  partir  de  varios  hechos  indicadores,  que  articuladamente  llevaron  a  los  falladores  a  afirmar  la  desviación de la contratación con quebranto de los  principios  de  transparencia  y  objetividad  en la selección del contratista,  para  beneficio  personal de éste. Además, las razones  expuestas por los  libelistas  carecen  de aptitud para remover los cimientos argumentativos en que  se soporta la condena.   

          En  primer  lugar,  desatinadamente  alegan  que no podía darse por  probado   que   la   propuesta   del   señor  ARMAS  DE  TORO  se  radicó  el  6 de junio de 2003, cuando la  inferencia  hecha  por  los  falladores  se  cifra  en  que  aquél conoció  anticipadamente los términos del  contrato,  porque elaboró una  oferta  con  antelación  a la convocatoria pública, hecho que no controvierten  los  demandantes.  Antes  bien,  el  defensor  de  LACIDES DE ARMAS expresamente  reconoce   que   el   documento  se  creó  el  6  de  junio  de  2003,  lo  que  indefectiblemente  revela el  conocimiento  de  los términos contractuales con anterioridad a la convocatoria  pública.   

          En  segundo  término, la alegación consistente en que el verdadero  motivo  de  la  selección  de la propuesta de ALCIBÍADES DE ARMAS fue el menor  costo  de  su  oferta  desconoce  una  premisa  fáctica fijada en los fallos de  instancia,  consistente en que se contrató la elaboración de unas cortinas con  costo  excesivo  y  suntuosas para el inmueble en el que debían ser instaladas.   

          En  tercer  orden,  es  evidente  que  los juzgadores no arribaron a  ninguna  conclusión  indiciaria con base en los vínculos personales existentes  entre  contratante  y  contratista,  por  lo  que  la  alusión a la ausencia de  amistad entre aquéllos se ofrece del todo inocua.   

         

          En  cuarto  lugar,  en  punto de la trascendencia, la argumentación  ofrecida  por  los  demandantes  es  inatinente  de  cara al cuestionamiento del  desvalor  del  delito  de  interés  indebido  en  la celebración de contratos.  Consistiendo  la dirección de ataque al bien jurídico en la afectación de los  principios     de     transparencia     y    objetividad,    por    desviación  de  poder para el beneficio de  un  tercero  (cfr.,  entre  otras, CSJ SP 27.10.2014,  rad.    34.282,   SP   28.07.2010,   rad.   34.202   y   SP   04.02.2009,   rad.  25.989)  para  nada  influye que en las diversas fases  contractuales  se  hubieran cumplido las formalidades y procedimientos previstos  legalmente.  La  imputación  en  el  presente caso no versó sobre el delito de  contrato  sin  el  cumplimiento de requisitos legales, donde la afectación a la  funcionalidad   de   la  administración  pública  sí  se  identifica  con  la  vulneración  del  principio  de  legalidad.  El ámbito de aplicación del tipo  penal  de  interés  indebido  en  la  celebración  de  contratos,  como  lo ha  clarificado  la Sala, no se reduce a situaciones de desviación de poder para la  celebración  de  contratos  ilícitos,  sino  que comprende contratos lícitos,  pero  de  interés  protervo.  Lo  sancionable  es, entonces, la prevalencia del  interés  particular del servidor público que interviene sobre el general de la  comunidad  en el proceso de contratación, contraviniendo los principios y fines  que   rigen  la  administración  pública.  (CSJ  SP  06.04.2016, rad. 42001).   

         Por  último,  la censura deja incólume otro enunciado fáctico que  constituye  pilar  fundamental  de  la  sentencia  condenatoria, a saber, que no  sólo  se  hizo  evidente  el  interés de OCTAVIO VIDES PALLARES en favorecer a  LACIDES  DE ARMAS TORO con la adjudicación del contrato, sino algo más: que el  contratista    fue    quien   direccionó   el   proceso   contractual   para  su  beneficio.   Para  el  ad  quem,  los  términos de  referencia     se     elaboraron     con     base     en     la     prematura  propuesta  presentada  por  el  señor  DE  ARMAS  TORO, la cual determinó  las  actuaciones  precontractuales  dirigidas por el Alcalde VIDES  PALLARES,  donde el acto de vocación o llamamiento de inicio para el proceso de  contratación    directa    fue    apenas    aparente   o   simulado6. Máxime que,  según  la  sentencia  de  primera  instancia,  la  necesidad  del  contrato fue  artificiosa,  a  un  punto tal que las cortinas estaban previamente elaboradas y  su   adquisición   únicamente   muestra   el  interés  de  favorecimiento  al  contratista        DE        ARMAS        TORO7.   

          Así,  es claro que los libelistas incumplen el deber de desarrollar  un    ejercicio   de   deconstrucción   de  los  fundamentos  probatorios  de la unidad decisoria conformada  por  las  sentencias  de instancia (cfr., entre otras,  CSJ  AP  24.02.2016,  rad.  43.017;  AP 25.05.2016, rad. 45.660 y AP 29.06.2016,  rad.  44.42).  Y  esa falta de refutación, además de  dejar  desprovisto  de  aptitud  sustancial  a  los  reclamos,  confluye con las  incorrecciones  formales  atrás  advertidas. Por ello, es innegable su indebida  fundamentación,   lo   que  constituye  razón  suficiente  para  inadmitirlos.   

               4.3                   Por  consiguiente, ante los insalvables defectos  de  fundamentación  que  la Corte no puede enmendar por virtud del principio de  limitación  que gobierna la casación, se inadmitirán las demandas estudiadas,  pues  tampoco  se  observa  a  simple  vista la vulneración de alguna garantía  fundamental  que amerite el ejercicio de las facultades oficiosas de la Sala, en  los términos del artículo 216 del CPP.   

          En  mérito  de lo expuesto,   la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada  en nombre de LACIDES ALCIBÍADES DE ARMAS TORO y OCTAVIO FIDEL VIDES  PALLARES.   

         Contra esta decisión no proceden recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ FRANCISO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

            1  Fl.  250  C.  2.   

            2 Norma que si bien,  en  línea de principio, se  advierte  inaplicable  a  quien participa en la comisión de la conducta punible  direccionando     la  desviación  del  interés  del  servidor público para el favorecimiento de sus  propios  intereses,  la  Sala  se  abstendrá  de  analizar  en  respeto  de  la  prohibición  de la reforma en peor (art. 31 inc. 2º de la Constitución). Pues  ello  podría conllevar a la modificación de la punibilidad en perjuicio de uno  de  los  recurrentes,  en  tanto  entraría  en consideración una sanción más  severa,  al  tenor del art. 30 inc. 1º del CP, que equipara la pena del autor a  la del determinador.   

            3 Al respecto, cfr.,  entre    otros,    ídem,    pp.    125-126   y   KLUG,   Ulrich.   Lógica   Jurídica,   Bogotá:  Temis,  1990.   

            4  Cfr. fls. 337-339  C. 3.   

            5  Según se resalta  en  la  sentencia  de  segunda  instancia  (fl.  15).   

            6 Cfr. fls. 18-20 C.  del Tribunal.   

            7 Cfr. fl. 339 C. 1.     

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