AP4358-2014(43568)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA      DE  CASACIÓN  PENAL   

PATRICIA    SALAZAR    CUÉLLAR   

Magistrada  Ponente   

AP4358-2014  

Radicación  n° 43568   

Aprobado acta nº  <243>   

Bogotá,  D.C.,  treinta  (30)  de julio de  dos mil catorce (2014).   

VISTOS  

Con  el fin de establecer si se reúnen las  exigencias  formales  previstas  en  los  artículos  205 y 212 de la Ley 600 de  2000,  examina  la  Corte la demanda de casación discrecional presentada por el  acusado    HÉCTOR   HORACIO   HERNÁNDEZ   AMÉZQUITA,   actuando   en   nombre  propio    y    en    su   condición   de   abogado  titulado,  en contra de la sentencia de segundo grado  proferida  por  la  Sala  Penal  del  Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Tunja  (Boyacá),  el  22 de  noviembre   de  2013,  mediante  la  cual  adicionó,  modificó  y  confirmó  la  emitida    el   20   de   febrero   del   mismo   año   por   el   Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito de  esa  ciudad,  resultando condenado en definitiva a la pena principal de 17 meses  de  prisión  y  multa de 124 salarios mínimos legales mensuales vigentes, a la  accesoria  de  inhabilitación  de  derechos  y funciones públicas por el mismo  término  y  al pago de perjuicios morales subjetivos por valor equivalente a 10  salarios  mínimos legales mensuales vigentes a favor de las víctimas Julio del  Carmen  Barón Ortega y Alba Lucía Villarreal Salazar, como autor del delito de  Injuria.   

    

1. HECHOS     

En el fallo demandado fueron narrados de la  siguiente manera:   

En  el  mes de enero de 2005 se publicó el  libro  denominado  “RETROSPECTIVA,  COSTUMBRES,  VERDADES  Y CONCEPTOS” como  producto  de  una  entrevista  o  reportaje  que le hiciera Jaime Julio Chaparro  Galán  al  exgobernador  de  Boyacá  Héctor  Horacio  Hernández  Amézquita,  ampliamente  publicitado,  pues  el 5 de abril de 2005 se hizo su lanzamiento en  la  Gobernación  de Boyacá en Tunja y en la casa de la Gobernación en Bogotá  e  incluso  en mayo de 2005 en la columna de Juan Amarillo del diario El Tiempo,  se conoció a nivel nacional su existencia.   

En   las  respuestas  a  algunos  de  los  interrogantes  formulados,  el doctor Héctor Horacio Hernández Amézquita hizo  algunas   afirmaciones  que  Julio  del  Carmen  Barón  Ortega  y  Alba  Lucía  Villarreal  Salazar consideraron atentatorias contra su integridad moral, por lo  que formularon las respectivas querellas.   

En  las  páginas  182 y 183 del mencionado  libro se consignó lo siguiente:   

“(…)  Sobre  campaña  había  llegado  de  la Embajada de Nicaragua, el Barón del Norte con  ansias  y  aspiraciones  de  volver  al  Congreso, pero ningún grupo de los que  estaban  protagonizando  en  ese  momento, lo aceptó por conocer el almendrón.  Pero  según informaba y aconsejaba don “Macabeo” Vargas, su personal amigo,  dizque  venía tan “cargado de verdes”, que estaba dispuesto a obtener (sic)  la  curul al precio que fuera. Efectivamente, formó su propia lista y él mismo  la  encabezó  y empezó a moverse con sus “verdes” como pez en el agua tras  su  presa.  No hubo conciencia sin socavar. No hubo vallas morales o legales que  no  asaltaran.  Definitivamente  no hay nada más apetecido por el hombre que el  poder,  pero  no  hay  nada  más  que  lo  corrompa  tan  rápido.  El Delegado  Departamental  y no sé cuántos otros funcionarios y empleados, se corrompieron  y se pusieron a la disposición de sus aspiraciones (…)”.   

Esos  términos los consideró atentatorios  contra  su  integridad  moral  el doctor Julio del Carmen Barón Ortega, pues lo  señalaban  como  una persona sin escrúpulos o de conductas inmorales en virtud  a  que  a  toda  costa quería ser congresista; que formó su propia lista y que  para  ser  elegido  no  tuvo  conciencia  alguna  en  socavar o derrumbar vallas  morales  y que incluso funcionarios de la época al parecer fueron corruptos con  el propósito de favorecer su aspiración.   

En la página 100 del libro respecto de Alba  Lucía Villarreal Salazar, señaló lo siguiente:   

“(…)  Ejercía el cargo de Contralor un  hombre  inteligente, buen orador, más bien de origen popular y pobre, del Norte  de  Boyacá,  si  mal no recuerdo, de San Mateo, quien con mucho esfuerzo había  optado  el  título  de abogado. Se llama Luis Gabriel Acosta. Corrían especies  subyacentes  sobre  los  desfalcos continuados de la lotería de Boyacá, que ha  sido  una  especie  de  “gallinita  de  uevos  (sic)  de  oro  para  los  ingresos departamentales”. Pero  nadie  se  atrevía  a  denunciarlos,  por  faltas  de  pruebas.  Obviamente  el  Contralor  era  su  fiscal.  La  que  más sabía de esas irregularidades era la  diputada   Alba  Lucía  Villarreal,  y  el  contralor  para  sofocar  cualquier  escándalo,  estableció  relaciones  románticas con ella, porque, decían, que  si  algo  malo ocurría en la lotería, el fiscal, que era el Contralor tendría  mucho  que  ver  en  eso.  Las  cosas  siguieron  latentes, pero se asomaban las  ansiadas  denuncias.  Sólo  cuando  estableció  que  el  Contralor,  mantenía  ardientes  requiebros  con  una  viuda otoñal y sensual que estaba muy cerca de  él  en  la  misma  Contraloría,  reventaron.  Al  llegar al conocimiento de la  diputada  Villarreal,  todo  se  rompió  como  fina porcelana estrellada contra  tosco  muro  de piedra: denuncias, debates, investigaciones, amenazas de muerte,  autos  de  detención hasta que quedaron en las mazmorras los más comprometidos  intelectual  y  materialmente, entre otros el Contralor sin que dejaran de estar  incursos  algunos jefes políticos y administradores públicos. Se descubrió un  robo  continuado  sobre  la lotería. Si de moraleja se tratara, tendríamos que  aceptar  que  un  ataque  de  celos  patológicos es más letal que una bomba de  hidrógeno (…).   

La señora Villarrreal señala que es falso  que  tales  relaciones  existieran,  menos  que  por esa circunstancia estuviera  enterada  de  los  cobros  de  la  Lotería  de  Boyacá,  y  que  esa relación  inexistente  finalmente  se  rompiera  por  celos,  afirmaciones  que  considera  atentatorias contra su patrimonio moral.   

    

1. ACTUACIÓN PROCESAL     

Recibida  la  querella del señor  Julio  del  Carmen  Barón Ortega, la  Fiscalía  Octava de  la     Unidad     de  Reacción  Inmediata  de  Tunja  (Boyacá)   ordenó  adelantar  una  investigación  previa, al cabo de la  cual     decretó     la     apertura     de    la  instrucción  el día 18 de  septiembre  de 2005 en contra de JAIME JULIO CHAPARRO  GALÁN  y  HÉCTOR  HORACIO HERNÁNDEZ AMÉZQUITA.    Luego    de   una   fallida  conciliación        dispuso       vincularlos    a    la   investigación  mediante   indagatorias,  diligencias     surtidas    los    días  23  de  agosto  y  23  de  noviembre,  respectivamente.   

A       dicha      instrucción se  anexaron  las  que  se  tramitaban  en  contra  de los mismos ciudadanos por las  querellas  elevadas  por Alba Lucía Villarreal y Juan  B.          Pérez         Rubiano.   

Clausurada  la  investigación,  la  Fiscalía 18 Seccional de Tunja  profirió  resolución       de      acusación  el  día  25   de   junio   de   2009  contra  HÉCTOR       HORACIO      HERNÁNDEZ  AMÉZQUITA   en   calidad   de   presunto  autor  y  responsable  de  un  concurso de delitos de Injuria y Calumnia; en tanto dispuso  la   preclusión  de  la  investigación   en   relación  con  JAIME   JULIO   CHAPARRO   GALÁN,  por  muerte.   

Surtido el recurso de apelación    interpuesto   en   contra   de   dicha   decisión,   la  Unidad   de  Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior   de   Tunja,   en  resolución  del 28 de septiembre de 2009 dispuso  la  preclusión  de  la  investigación a favor de  HERNÁNDEZ  AMÉZQUITA por todos los  delitos  de  calumnia que le habían sido imputados y  por   el   delito  de  injuria  querellado  por  Juan  Bautista  Pérez   Rubiano.   Quedó   en   firme,  entonces,  la  resolución  de acusación  por  el  delito  de  Injuria del que  fueron  víctimas Julio del Carmen Barón  Ortega  y  Alba  Lucía  Villarreal  Salazar.   

La  fase  del  juicio  fue  culminada  con  sentencia  emitida  el  día   20   de   febrero   de   2013   por   el   Juzgando   Primero   Penal   del   Circuito   de  Tunja  (Boyacá), declarando  la responsabilidad penal del  acusado  y condenándolo a  la     pena     principal     de     17     meses     de     prisión,     a     la     accesoria    de  inhabilitación    de    derechos    y   funciones  públicos    por    el    mismo    término  y al pago de perjuicios a favor  de  las  víctimas en valor equivalente a 2 salarios  mínimos    legales  mensuales vigentes.    

Impugnado   el  fallo  del  a   quo  por  la  defensa  y  por  la  representación  de  las  víctimas,     fue  confirmado  por   la   Sala  Penal  del     Tribunal     Superior     de  Tunja,   adicionando  la  pena  de  multa  de  124 salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes  y  modificando la condena en  perjuicios  a  10 salarios mínimos legales mensuales  vigentes.    Contra    esta   decisión  el  condenado  en  ejercicio  de su  propia  defensa  y en su  condición   de   abogado   titulado,  interpuso        recurso       de  casación   y   ulteriormente   allegó    la    respectiva    demanda,  cuya   admisibilidad   se   examina  en  este  auto.   

                

1. SÍNTESIS DE LA DEMANDA     

Dado  que  se trata de un delito que tiene  señalada   pena  privativa  de  la  libertad  cuyo  máximo   no   excede   de   ocho   años,  el  recurrente  advierte que acude  a    la    figura   de   la   casación  discrecional  porque  entiende  que  “se      nos  violó el debido proceso y el derecho de   defensa”,   puesto   que  se  le  condenó  “sin   prueba   directa,   idónea   y  fehaciente”  y bajo una  ostensible   confusión   de   los   hechos  y  una  errónea  interpretación  de las normas.   

Además,  sostiene  que  también  se  hace  necesaria   la   intervención   discrecional   de  la  Sala  para  “que  se establezca con suma claridad, la diferencia entre lo que  es   el   supuesto  fáctico  de  la  calumnia  (sic)  y  lo que es, expresar la verdad en forma descarnada,  cruda  y  abierta  en  términos  imprudentes y crudos y a veces desmedidos, por  cuanto  el  derecho  a  informar  y  a  estar  informado,  constituye un derecho  fundamental  para los asociados o comunidades, que debe trascender por encima de  los intereses particulares”.   

En  extenso, el demandante hace una reseña  de  los  hechos  que  fundamentaron  su  condena y compendia los términos de la  decisión  que  cuestiona  emitida  por  la  Sala Penal del Tribunal Superior de  Tunja. A renglón seguido formula los siguientes cargos.   

     

1. Primer cargo:     

Con  amparo  en la causal tercera, ataca la  sentencia   de  haber  sido proferida en un proceso viciado de nulidad, por  violación al debido proceso y al derecho de defensa.   

Al   efecto,  expone  el  recurrente  que  constituye  un  vicio  determinante  de  nulidad  el hecho de haberse variado la  calificación  jurídica por parte del Fiscal Delegado ante el Tribunal Superior  de  Tunja, quien sin dar traslado de la novedad a las partes en la calificación  jurídica  de  la  conducta  decretó  la  preclusión  de  la investigación en  relación  con  el  delito  de  calumnia,  dejando  vigente la acusación por el  delito  de  injuria.  No  haber dado oportunidad a los sujetos para que alegaran  sobre  la  nueva  calificación  en  los términos previstos en el numeral 1 del  artículo  404  de  la  ley 600 de 2000, vulneró el debido proceso y afectó su  derecho de defensa.   

De igual manera, sostiene que se vulneró el  principio  de  la  unidad  procesal  en  tanto  un solo hecho fue escindido para  imputar  indebidamente  un  concurso de conductas punibles. Se refiere a que fue  desatendida   su   solicitud   para  que  las  distintas  querellas  que  fueron  presentadas  por quienes se sintieron víctimas de su actuación a través de la  publicación  del  libro “Retrospectiva, costumbres,  verdades  y  conceptos”, se tramitaran bajo una sola  actuación  procesal,  irregularidad que tiene incidencia en el debido proceso y  que  debe  traer  como  consecuencia  la  nulidad  de  lo actuado desde el mismo  momento    en    que    se    desatendió    su    solicitud   de   acumulación  procesal.   

Dentro de este mismo contexto de la demanda,  destaca  otros  tres  aspectos  que,  en  su sentir, constituyen irregularidades  generadoras  de nulidad, por afrentar el debido proceso y el derecho de defensa.   

En  primer  lugar, alude a que la Fiscalía  decretó  la  preclusión  de  la  investigación en relación con Juan Bautista  Pérez  Rubiano, por haberse acreditado su muerte, por lo que los efectos de esa  decisión  debieron  ser extendidos a él en tanto la obra literaria cuestionada  fue coautoría de los dos.   

Segundo,  que  habiéndolo  solicitado  de  manera  oportuna  no  le  fue  decretada  una  prueba  pericial  con  la  que se  establecería      que      el      contenido     del     libro     “Retrospectiva,  costumbres,  verdades y conceptos”  no  es  más  que  una “narración de  hechos  ocurridos  hace  mucho  tiempo  que  no engendran acción ni excepción,  convirtiéndose  en  una  simple  narrativa  y  no  en un compendio de agravios,  ataques   e   imputaciones   a   determinadas  personas  como  han  creído  los  denunciantes   y  han  aceptado  los  funcionarios  de  instancia”.   

Y,  tercero, que se desconoció su denuncia  en  contra de los querellantes, elevada por su cuenta en desarrollo del trámite  procesal,  lo que en su entender generó evidente limitación al ejercicio de su  defensa.   

     

1. Segundo Cargo     

Advirtiendo también principal el cargo, el  recurrente  acusa  la  sentencia  de  hallarse incursa en la causal primera, por  violación   directa   de   una   norma  de  derecho  sustancial  por  falta  de  aplicación.   

Afirma  que  otras  investigaciones  fueron  adelantadas  en  su  contra  con  ocasión  del  contenido  de  la  publicación  “Retrospectiva,     costumbres,    verdades    y  conceptos”,    tratándose    de    las    mismas  circunstancias  de  tiempo, modo y lugar aquí establecidos, decretándose en su  favor  la  preclusión  de  la  investigación.  De allí que estima que ha sido  sometido a juzgamiento varias veces por los mismos hechos.   

Concretamente se refiere a que fueron varias  las  personas que querellaron al estimarse injuriadas por el contenido del libro  en  cuestión,  sin  que  en  ninguno  de  esos casos se concretara en su contra  condena  alguna,  salvo  en lo que se refiere a Julio del Carmen Barón Ortega y  Alba Lucía Villarreal Salazar.   

Por  eso  arguye que es constitutivo de una  violación    al    principio   del   non   bis   in  idem,  cuando  fue  sometido varias veces a un juicio  penal  por  la  publicación  del  libro,  tratándose  de  un mismo hecho en su  contexto  denunciado  de  manera  fraccionada,  por  lo que si en razón de tres  querellas  resultó eximido de responsabilidad penal, en este caso debió correr  la  misma  suerte  de  haberse  honrado  el  contenido  del  artículo  29 de la  Constitución Política.   

     

1. Tercer Cargo     

También  al  amparo  de  la  misma  causal  primera,  acusa  la  sentencia  del  Tribunal  por  violación directa de la ley  sustancial  por  interpretación  errónea de los artículos 9, 10, 11, 12 y 220  del Código Penal.   

Argumenta en este sentido que en el libro de  marras  no  “existen, ataques o imputaciones contra  nadie”, por lo que las manifestaciones plasmadas no  tienen  la  condición  de  deshonrar  a  las  personas  mencionadas en el texto  periodístico, ya que no son lesivas del bien jurídico tutelado.   

Igual  refiere  que  su  actuación  estuvo  exenta  de dolo y guiada por la buena fe en su intención de simplemente recrear  unos   acontecimientos  históricos  de  los  que  tenía  conocimiento,  quizá  vertidos  con  algo de imprudencia pero sin la intención de causar daño alguno  a  la  integridad  moral  de  las personas a las que hacía referencia. No puede  “atribuirse  culpa  o  dolo  en  una  narración  y  recuento   de   hechos   que   ya  hacen  parte  de  la  historia”, puntualiza.   

Fundamenta,  además,  que  el  tipo  del  artículo  220  del  Código  Penal  incorpora un concepto de honor relativo, en  tanto  debe  ser  contextualizado  dentro  del entorno en que se desarrollan las  relaciones  sociales,  de  allí que tratándose, como en este caso, de personas  con  actividades  públicas  relacionadas con la política local debe entenderse  que  las  afirmaciones  sobre  su  vida  privada  hacen  parte  de  una  natural  exposición  a  la  que  están  avocadas.  Por  eso  subraya que «En  política todo vale tras del poder. El hombre público no tiene  vida  privada…  sus  actos, actuaciones y actividades, deben estar abiertas al  examen y juicio de las comunidades».   

     

1. Cuarto Cargo     

Al  amparo  de  la  causal  primera, cuerpo  primero,   acusa   la   sentencia  de  ser  violatoria  de  la  ley  sustancial,  específicamente  del  artículo  225  de  la  ley  599  de 2000, Código Penal.   

Plantea el demandante que no fue aplicada a  favor  suyo  la  norma  inserta  en  el artículo 225 del Código Penal, pues no  obstante  que  allí se establece la retratación como forma de extinción de la  acción  penal, fueron rechazadas por las instancias sus explicaciones y excusas  extendidas  a  las  víctimas. Y más aún, después de enfatizar de nuevo sobre  el  carácter  meramente  informativo  de  lo  publicado,  advierte  que una vez  cumplido  el  cometido de la retratación, le fue desoída su solicitud hecha al  juez  para  que  fijara el medio en el que debía llevarse a cabo la misma, pues  ante  el  fallecimiento  de  quien  había  ideado  y publicado el libro, no era  posible  atender  la  exigencia  principal  de publicarse la retractación en el  mismo medio.   

Entiende,  bajo  estas  premisas,  que  se  omitió  aplicar  la  norma  sustancial,  llevándose  a  cabo  interpretaciones  erróneas   y   quebrantándose  el  principio  de  favorabilidad  y  el  debido  proceso.   

    

1. CONSIDERACIONES DE LA CORTE     

     

1. Cuestiones previas     

4.1.1.   

Importa precisar  que    por    solicitud   del   impugnante,   quien  alegó  ante  el Tribunal problemas de salud para el  cumplimiento    del   término   previsto   en   el  artículo     210     de     la     Ley  600  de  2000  para  presentar la  demanda   de   casación,  se  le  otorgaron  cinco  días      más,  prórroga que feneció el  día  5 de marzo de 2014.  Ese  día  presentó  la  correspondiente demanda.   

Sin    embargo,   posteriormente,   el  día   17   de   marzo   de   2014,   el   demandante   hizo   presentación  de   un  escrito  adicionando  los  términos    de    la    demanda,    lo    que   resulta   claramente  extemporáneo  y  por  lo tanto tal adición      no     será  objeto de  consideración  alguna  por  esta  Sala,  pues  obviamente  cualquier adición  que  pretendiera presentar tendría que haberse hecho  dentro  del  término  establecido  en  la  ley o, a  más   tardar,   dentro   de   la  prórroga    que    fue    concedida    por   el   Tribunal.   

4.1.2.   

Ahora      bien,     como         mecanismo        de  impugnación        extraordinario  el  recurso  de casación impone que  los   recurrentes   formulen   sus   reproches  con  apego a los requisitos de  lógica   y   adecuada   argumentación   definidos   por   el   legislador   y   desarrollados  por  la  jurisprudencia,  con  el  fin  de evitar  que  se  convierta en una instancia adicional a las ya surtidas.  Tales      requerimientos      están          orientados        a        la        presentación de una  exposición argumentativa  basada    en    unos  presupuestos     mínimos    de    lógica   y   coherente   postulación  y  desarrollo  de  los  cargos propuestos, de tal manera  que  resulten  claros  e  inteligibles,  sin  que  corresponda  a  la  Corte  el  desentrañar    el    sentido   de   las    pretensiones   a   partir   de  oscuras y contradictorias  alegaciones del demandante.   

De   esta   carga   argumentativa   no  está  libre  quien  aspira  a  que  la Corte  admita  discrecionalmente  una  demanda  de  casación  en  eventos en los que no se  reúnen     los     presupuestos     ordinarios         de  procedencia  previstos  en el inciso primero del artículo  205  de la ley 600 de 2000.  Más   aún,  en  tales  eventos   se   refuerza  la  exigencia  argumentativa,  pues  además  de  la  adecuada formulación de los  cargos    se    requiere,    previo    a    ello,   especial   precisión    y   claridad   en    la   determinación  de  al menos alguna de las dos razones por las cuales de manera  excepcional  la  corporación  pueda  optar  por  su  elección,  “cuando  lo considere necesario para  el  desarrollo de la jurisprudencia o la garantía de  los    derechos    fundamentales,    siempre   que  reúna   los   demás  requisitos exigidos por la ley”.   

Es  por  ello  que  se  torna  en  carga  ineludible  para  el  recurrente  formular con total  claridad  los  motivos  por  los  cuales se requiere la intervención    de    la   Corte,   de     una     parte    porque  se  precise su pronunciamiento  con    criterio    de    autoridad    a    fin    de   unificar   posturas  conceptuales  o  actualizar la doctrina en torno a un  específico      problema      jurídico   o  porque  se  haga  necesario  abordar un tema aún no  desarrollado,  eventos  en los cuales corresponde al  demandante  indicar  la utilidad de la decisión para  brindar    solución   al   asunto   y   constituir  criterio      de      interpretación judicial.   

De   otro   lado,   si  el  interés  del  pronunciamiento  de la Corte estriba en la necesidad de asegurar la garantía de  los  derechos  fundamentales,  se  hace  indispensable  sustentar la violación,  señalando  las  normas  constitucionales  que  amparan  el  derecho  invocado y  además acreditar su desconocimiento en el fallo recurrido.   

En  el  caso  objeto  de  estudio es fácil  advertir  que  no  se cumplió con el mínimo de la carga demostrativa demandada  para  avalar  la  pretensión  dentro  de  un  recurso  de  casación  por  vía  discrecional,  puesto  que  la  fundamentación se torna confusa e insuficiente,  imprecisa  para  alentar  los  cometidos  que  se persiguen con la intervención  excepcional  de  la  Sala,  pues no se ofrecen válidas razones para reclamar el  pronunciamiento  discrecional  para  desarrollar la jurisprudencia, como tampoco  para su empleo como mecanismo protector de derechos y garantías.   

La  genérica     y    a    todas    luces    confusa  postulación de entender que resultaron quebrantados  de  manera  sincrónica  el debido proceso y el derecho de defensa no alcanza  a  fundamentar la intervención de la Corte de manera  discrecional.   Pero   menos   aún   podría    lograrse    ese   cometido  cuando   sin   ninguna   justificación  de  cara  a la realidad jurisprudencial se alude a la necesidad  de   establecer   claridad   en   relación  con  la  estructura  de  la  conducta  punible,  sin  que se enfatice en qué  aspectos  en particular puede existir  confusión  en  la  doctrina de la Corte  y que haga imperioso su esclarecimiento o desarrollo  ya  sea  porque  el  tema  no  haya sido considerado o porque su  tratamiento haya sido insuficiente.   

La  incipiente  justificación  del demandante no logra aquilatar la  pretensión  de  que el asunto deba ser analizado de  fondo  para  la fijación  de  pautas  jurisprudenciales sobre el asunto discutido en las instancias o como  mecanismo   reparador   de   agravios  a  garantías  fundamentales,   por  lo  que  forzosamente  deberá  seguir   la   suerte  de  la  inadmisión.   

Tampoco la Sala alcanza a otear motivos  que   justifiquen   su   excepcional  intervención,  más  aún cuando lo que  en   el   libelo  se  observa  es  el  interés  por  actualizar  la  misma  discusión  planteada  en  la  personal  apreciación  del  demandante,  girando el  desarrollo    de   sus  precarios    argumentos    en    rededor    de    la   misma   temática  dentro  de unos cargos que igual resultan insuficientes para  la admisión de la demanda.   

En    efecto,    si    por  gracia  de  discusión se abriera  paso  a  la  facultad  discrecional  contenida  en  el  inciso tercero  del  artículo 205 de la ley 600 de  2000,  el  contenido  del escrito y los cargos en el  planteados  no  hace más  que  abundar en razones para declarar anticipadamente  la  ilegitimidad  de  sus pretensiones habida cuenta,  de  una  parte,  la  absoluta  falta de fundamentación  en  la  elaboración   de  sus  demandas  y,  de  otra,  la  intrascendencia    de   los   defectos   que   atribuye   como   yerros   a   la  decisión   refutada   por   esta   vía. Veamos:   

     

1. Primer Cargo     

Múltiples  tópicos son los traídos  a    colación    en    este   apartado   por   el  demandante    con    la    pretensión  de  obtener  una  declaratoria de nulidad en tanto ha entendido  que    en   el   trámite   procesal   fueron  afectados  el debido proceso y  el  derecho  de  defensa, acudiendo para tal efecto a  la  causal tercera del artículo 207 de la ley 600 de  2000.    

En    materia    de   los  requisitos  de  la  demanda  cuando  la sentencia se dicta en un  juicio  viciado de nulidad, la jurisprudencia de la Corte ha fijado con claridad  las pautas a seguir:   

       “(1)   Concretar  la  clase  de  nulidad que invoca.   

       (2)    Mostrar  sus  fundamentos.   

       (3) Especificar las normas que estima infringidas.   

(4)   Precisar  de  qué  manera  la  irregularidad  procesal  denunciada  ha  repercutido  definitivamente     en    la    afectación    del  trámite   surtido   que   ha   culminado   con  la  expedición de la sentencia impugnada.   

(5)  Determinar  la o las irregularidades  que  indefectiblemente  conducen  a  la invalidación  del  proceso,  bien  porque  rompan la estructura del rito, bien porque vulneran  garantías y derechos fundamentales.   

(6)  Señalar  desde    qué    momento    procesal    pide    la  declaración de nulidad,  indicando los motivos por los cuales alude a tal punto.   

(7) Si se refiere a varias irregularidades  con   capacidad   anulatoria,  seleccionar  la  más  importante   y   ordenar  las  demás,  teniendo  en  cuenta    la   mayor   o   menor   cobertura  de  cada  una  de  ellas,  es  decir,  el  alcance  de  las infracciones. Como cada  hipótesis  de nulidad tiene su propia trascendencia  en    el    trámite   procesal,   lógicamente  aquella  con  mayor capacidad de regresar el proceso al  punto  más  lejano  goza  de prioridad frente a las  demás.   

(8)  Si  postula  violación  del  debido  proceso, le resulta imprescindible identificar con  plena  nitidez  la  irregularidad  que  sustancialmente lo ha alterado de manera  rotunda.   

(9) Si lo denunciado por el casacionista  es   la   violación   del   derecho   de  defensa,  en     su     escrito    debe    determinar    la  actuación concreta  que  lo ha vulnerado,  la    normatividad    exactamente    infringida    y    su   específica  incidencia en el fallo recurrido.   

(1O)  Separar  los  reproches,  cuando se  acude   a  pluralidad  de  infracciones.  Así,  por  ejemplo,  si se afirma desconocimiento del derecho de  defensa   y   del  principio  de  la  investigación  integral,  es  menester  realizar  el  planteamiento  con  autonomía   en  cada  caso,  con  una  nítida  propuesta  principal  y  otra  a título subsidiario,  pues    las    consecuencias    que   dimanan  de  la  eventual existencia de una de ellas pueden afectar  de   manera   diferente   y   desde  distinta  oportunidad  el  trámite  del  proceso  (Cfr., por ejemplo, Casaciones del 1O de marzo  de  1994,  M.  P.  Dr.  Ricardo  Calvete  Rangel,  y  del  14  de  septiembre de  1.999,   M.  P. Dr.  Carlos   Eduardo  Mejía  Escobar).  Como  corolario  obvio,  no  es posible instaurar simultáneamente, de  manera  mezclada  o  fusionada,  dos  o  más cargos  dentro de uno mismo, por razones diversas”.   

Lo primero que se advierte es que el actor  postula  de  manera  simultánea la violación al debido proceso y al derecho de  defensa,  como  si se tratara de la misma garantía procesal, sin percatarse que  son  dos  institutos  que  atienden  a  estructuras y consecuencias diversas. La  afectación  del debido proceso responde esencialmente a un vicio de estructura,  mientras  la vulneración del derecho de defensa comporta un vicio de garantía,  por  lo  que  deviene  en  impropiedad  su  invocación  conjunta,  debiendo ser  postulados  de manera separada, identificando la irregularidad y sustentando sus  fundamentos  y  su trascendencia, además determinando las normas vulneradas, el  momento  procesal  en que se produjo la anomalía y la cobertura de la invalidez  deprecada  y  acreditando,  con suficiencia, la necesidad de acudir a la nulidad  como  remedio  único  y  extremo  para  restablecer la normalidad procesal o la  garantía conculcada.   

La total impropiedad en la formulación del  cargo,  liberaría  a la Corte para apelar a mayores disquisiciones a efectos de  su  desestimación,  pero  sin entrar en el ejercicio de desentrañar el sentido  de  las  confusas  postulaciones,  importa  destacar  la igual fragilidad de sus  aserciones.   

En  primer lugar, ninguna irregularidad se  advierte  en  el  evento procesal de haberse producido por la Fiscalía Delegada  ante   el  Tribunal  de  Tunja  la  confirmación  de  la  calificación  de  la  resolución  de  la  acusación por el delito de injuria y la revocación por el  delito   de  calumnia,  decretándose  en  consecuencia  la  preclusión  de  la  instrucción  por  esta conducta, posibilidad jurídica prevista en el artículo  395  de  la  ley  600  de  2000,  sin  que  ello  constituya  variación  en  la  calificación   jurídica,   como   con   toda   impropiedad   lo   pregona   el  actor.   

Por lo evidente está de más decir que la  preclusión  de  una de las conductas por las que fue vinculado el demandante no  genera  alteración  en  el  núcleo  fáctico de la acusación por el delito de  injuria,  como  tampoco  implica  cambio  de  la  competencia  y, menos, podría  pensarse  en  que  se  conculcaron  garantías  o  se  socavó la estructura del  proceso  penal  por  no  haberse  dado  oportunidad  a  las  partes  para que se  pronunciaran  sobre  tal  novedad  procesal  en  los  términos  previstos en el  numeral  1  del  artículo  404 de la ley 600 de 2000, mecanismo, valga decirlo,  previsto  para un momento procesal posterior (una vez practicadas las pruebas en  la  audiencia  de  juzgamiento)  y bajo condiciones de efectiva variación de la  calificación jurídica provisional.   

Completamente indemostrado resulta también  el  argumento  invocado  sobre  el  desconocimiento  del  principio de la unidad  procesal  con  vocación de desquiciar el debido proceso, por la no acumulación  de  las querellas instauradas en su contra, las cuales, dice, debían tramitarse  bajo  una  misma actuación procesal. La postulación no se aviene a la realidad  procesal  y constituye una desfiguración de lo ocurrido dentro del trámite del  proceso y la consecuente aplicación normativa a esa realidad.   

Basta  referir  que el principio de unidad  procesal  impone  por  regla  general  que  por  cada  conducta  punible se debe  adelantar  una  sola  actuación  procesal,  pudiéndose  decretar  la conexidad  tratándose,  entre  otros,  de situaciones de homogeneidad en las personas y en  las   conductas   punibles,  caso  en  el  cual  se  investigarán  y  juzgarán  conjuntamente (artículos 89 y 90 de la ley 600 de 2000).   

De  allí  que  ninguna  anomalía  puede  representar  la circunstancia de no haberse decretado la conexidad procesal para  todas  las  querellas  presentadas en contra del procesado, a fin de tramitarlas  en  una  sola  investigación,  y  obviamente  en  la  eventualidad  que hubiera  resultado  afectada  alguna  garantía  fundamental,  lo  que  evidentemente  no  demuestra el censor.   

Ahora,   con   la   misma   deficiencia  argumentativa  acusa  de  violentados,  en  inapropiada  sincronía,  el  debido  proceso  y  el derecho de defensa, cuando la Fiscalía decretó en su momento la  preclusión  de  la investigación en relación con el cosindicado Juan Bautista  Pérez  Rubiano,  por  haberse  acreditado  su muerte, decisión extintiva de la  acción  penal  que  en  su entender debió extenderse a él por tratarse de una  obra colectiva aquella que contenía las afirmaciones injuriosas.   

Aparte   de   carecer   de   cualquier  fundamentación  lógica  la  alusión  al  mecanismo  de  la  nulidad  para  la  situación  planteada,  pues  una  hipótesis de tal entidad no puede devenir en  vicio  de  estructura  o  vicio  de  garantía, sobre el particular se evidencia  total  desconocimiento  de la misma estructura del derecho penal pues resulta de  fácil  comprensión  que  es  derivación  del  principio  de  culpabilidad  el  carácter  individual  de  la  responsabilidad  penal,  así  como  el carácter  estrictamente  personal  de la sanción punitiva, por lo que la extinción de la  acción  penal por muerte de uno de los procesados no libra del compromiso penal  a los demás intervinentes en la conducta punible.   

De  igual  manera,  carece  de  cualquier  trascendencia  frente  a  la  preservación  del  derecho de defensa la supuesta  omisión  que  endilga  el demandante a los juzgadores, derivada de su solicitud  de  que  se  decretara  una  prueba pericial tendiente a determinar el carácter  injurioso   o   no   del   libro   “Retrospectiva,  costumbres, verdades y conceptos”.   

Además  de  que  se trata de un argumento  más  propio  de  alegación de instancia y no de un juicio casacional, el mismo  se  presenta  ausente  de  razones  sobre la incidencia del reproche frente a la  sentencia recurrida.   

Por lo demás, emerge de bulto el equívoco  en  que  incurre  el  actor  al  pretender  conducir la valoración probatoria a  través  de  una opinión pericial cuando bien se sabe que la apreciación de la  prueba  es  una  función  netamente  judicial, siendo del exclusivo resorte del  funcionario  judicial  la atribución del mérito demostrativo de cada prueba en  particular (artículo 238 de la ley 600 de 2000).   

Por  último, no hay justificación alguna  para  que  se  presente  por vía de este cargo alusivo a vicios de nulidad, por  violación  al ejercicio de la defensa, un hecho ambiguo e inconexo como aquello  de  que  fue  desconocida  por  las  instancias  una  denuncia presentada por el  procesado  en  contra  de  sus querellantes. No hay desarrollo de la censura, no  hay  señalamiento  de  vicio  alguno  y  no  se  percibe  trascendencia  en  la  formulación  de  lo que más  parece una simple acotación sin pretensión  alguna.   

Por  tales razones, el cargo no amerita su  análisis de fondo.   

     

1. Segundo Cargo     

Acudiendo a la violación directa de la ley  sustancial,  el  censor  alega  que  se  le  condenó  con  desconocimiento  del  principio    constitucional    del    non   bis   in  idem, porque en otros procesos iniciados en su contra  por  el  delito  de  injuria  en  virtud  de querellas presentadas por distintas  personas  que  se sintieron ultrajadas con su publicación, estos terminaron por  vía  de  preclusión  de la instrucción por no haberse encontrado mérito para  su  acusación  por parte de la Fiscalía, debiéndose entender que por tratarse  de  los  mismos  hechos  el  asunto  ahora debatido corría la suerte de la cosa  juzgada.    

Sobre   este  principio,  en  sentencia  del  14  de  abril de 2010 (Radicado N°  35.524),  dijo  la Corte:   

“Doctrinal y  jurisprudencialmente  se  tiene dicho que el principio non bis in ídem  envuelve  tres  presupuestos,  a  saber: identidad de sujeto,  identidad  de  objeto  e  identidad  de  causa  o,  como  se  les  conoce por su  expresión  latina,  eadem  persona,  eadem  res  y  eadem  causa1.    La  significación  de estos elementos ha sido comentada  por la Sala, así:   

“La identidad en la persona significa que  el    sujeto   incriminado   debe   ser   la   misma   persona   física    en    dos    procesos    de    la   misma   índole.   

“La identidad del objeto está  construida por la del hecho respecto  del  cual  se  solicita la aplicación del correctivo  penal.  Se  exige  entonces  la  correspondencia  en  la especie fáctica    de    la    conducta    en    dos   procesos   de   igual  naturaleza.   

“La     identidad    en   la   causa   se   refiere  a  que  el  motivo  de  la  iniciación  del  proceso  sea  el  mismo en ambos casos”.   

Aunque  en  el  presente  asunto  pueden  admitirse las identidades  en    la    persona    incriminada    y  en  alguna  medida  la del objeto en  tanto  podría  asumirse  que  el texto completo del  libro  “Retrospectiva,  costumbres,   verdades  y  conceptos”  constituye  una  unidad  fáctica  y  contextual   (aunque   cada   expresión   allí   vertida   constituye  una  particular    realidad    ontológica),  no  cabe  decir lo mismo respecto de la causa, puesto  que  es  evidente   que  a  partir  de  una  común  realidad  fáctica     se     produjeron    múltiples  resultados  en  relación con  las  manifestaciones  que  allí  fueron vertidas en  alusión a diferentes personas.   

Es  cierto  que en el proceso aparece  documentado  que,  aparte  de  las querellas  presentadas  por Julio del Carmen  Barón    Ortega    y    Alba    Lucía   Villarreal   Salazar,  que  impulsaron  el  proceso  penal  culminado  con la sentencia  condenatoria   en   contra   de   HÉCTOR   HORACIO  HERNÁNDEZ  AMÉZQUITA y  que  motiva  la  demanda  de  casación que ahora se  estudia,   consta  que  otras       personas      que      también se  asumieron      afrentadas      en      su      integridad      moral,             querellaron   en   contra   del  mismo  procesado  con  fundamento  en  las  alusiones que a  ellas se hacía en el mencionado texto.   

Así, se sabe  de  los  procesos  impulsados  a  instancias  de las  querellas   de   Humberto   Ávila   Mora  (sumario  92854)    y    Luis    Alejandro   Sánchez   Correa  (sumario  84985),  los  cuales  terminaron con la  preclusión    de    la    instrucción  en  el  momento  de calificarse  el  mérito  del  sumario, el  primero  a  instancias  de  la  Fiscalía       17       Seccional       de       Tunja       (resolución   del   día  15 de julio de 2009) y el segundo de  la  Fiscalía  Tercera  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Tunja por vía de apelación        (resolución     del     28     de     septiembre     de    2009).    Igualmente,   al   presente     proceso    se        incorporó   por   conexidad   la  querella  presentada  por  Juan  Bautista  Pérez    Rubiano,  en   relación  con  la  cual   se  decretó  la  preclusión    de    la    instrucción  dentro  del  mismo  cuerpo de la sentencia de segunda instancia  que  ahora  es  demandada,  fechada también el 28 de  septiembre   de   2009.   

Con base en estas condiciones procesales,  el  silogismo  que  presenta  el  demandante  es  del  siguiente  tenor:  Si  se  decretó  la  preclusión  de   la  investigación  en  su  favor  en   relación  con  los  querellantes  Humberto  Ávila Mora, Luis Alejandro Sánchez   Correa   y   Juan   Bautista  Pérez   Rubiano,   lo   propio   tenía  que  suceder   en  lo  que  respecta  a  las  querellas de  Julio  del  Carmen Barón  Ortega  y  Alba Lucía Villarreal Salazar,  pues  por  tratarse de los mismos hechos aquellas decisiones de  fondo  hicieron  tránsito  a  cosa  juzgada  y  proferida  la  condena  en  lo  atinente con éstos  se  quebrantó  el principio del  non bis in ídem.    

No  obstante,  advierte  la  Sala  que no se quebranta el   principio   del   non   bis   in  idem, cuando del alcance  fijado  a  una  misma  conducta  o supuesto fáctico,  resulten  varios  resultados dañosos que comprometan  bienes      jurídicos     diferentes  o  de distintos titulares, sin que se  oponga   a   ello  el  hecho  que  se  investiguen  por  cuerda  separada,  como  aquí sucedió en algunos  de los casos.   

En    este    caso,    es  obvio  que  con  base  en  un  mismo  supuesto  fáctico   se   iniciaron   múltiples  investigaciones  en  contra del procesado  HERNÁNDEZ  AMÉZQUITA,   algunas   de   ellas   se  acumularon  (Julio  del Carmen Barón  Ortega,   Alba  Lucía  Villarreal  Salazar  y  Juan  Bautista  Pérez  Rubiano),  otras se tramitaron por  cuerda   separada   (Humberto   Ávila  Mora,  Luis  Alejandro      Sánchez      Correa);    sin    embargo,    no   obstante   que   existía  unidad  fáctica   y   contextual   como   quiera  que  las  imputaciones  deshonrosas  hechas  a  todos ellos se  encontraban  en  el  mismo  libro,  los  resultados  fueron  diversos  para cada  persona,  pues  se  trataba  de  tantas afirmaciones  como personas eran mencionadas dentro del texto, por  lo   que   bien   podía   entenderse  que  algunas  constituían  expresiones  injuriosas,    mientras    otras   no   alcanzaban   esa   condición,   ya  porque  destacaba  evidente  su  atipicidad,  ora  porque  no  tenían  la  entidad suficiente para vulnerar el bien jurídico    tutelado    en   la   norma   de   prohibición.   

De   allí  que   el   mismo   ente   acusador   decidiera   en   unos   casos  declarar  la  preclusión  de la investigación, mientras en el  caso    que    nos    ocupa    entendió   que   se  cumplían   las   condiciones   para   formular  su  acusación,  pretensión  que   a   la   postre   fue   encontrada  consistente  por  las  instancias  que  declararon     la  responsabilidad penal del acusado.    

De    manera    que    si   las   expresiones   vertidas  en  el  libro sobre el comportamiento pretérito    de    Julio    del    Carmen  Barón    Ortega    y    Alba    Lucía       Villarreal       Salazar,  tenían    la    peculiaridad    de   constituir  imputaciones  deshonrosas,  las  afirmaciones sobre otras personas, distintas por  esencia  aunque  recogidas  en  el  mismo  libro,  no alcanzaban este  grado  de  lesividad,  por  lo  que  por     disparidad    de    causa    ninguna  de ellas podía ser precedente  juzgado  frente a las otras, de tal modo que  no hay  lugar  a alegar quebranto al principio del non bis in  ídem   por  encontrar  identidad sobre los hechos objeto de juzgamiento.   

En  suma,  si la identidad en la causa se  refiere  a  que  el  motivo  de  la  iniciación del  proceso  sea  el  mismo  en  ambos  casos,  es  claro que este presupuesto no se  cumple.   

De  ahí  que  la  censura no puede ser admitida.   

      

1. Tercer Cargo     

A  pesar  de  que  el  recurrente  divaga  ampliamente  sobre  la construcción dogmática del delito de injuria, así como  en  relación con la valoración de la prueba llevada a cabo por los falladores,  lo  que  en  esencia  denuncia es la violación directa de la ley sustancial por  interpretación  errónea  de  los  artículos  9,  10, 11, 12 y 220 del Código  Penal.   

       La    Sala    tiene    dicho   que   cuando   se   denuncia  violación      directa     por     falta     de  aplicación,   indebida  aplicación     o  interpretación  errónea  de    normas    de    derecho    sustancial,    es    deber   del   accionante       aceptar   los   hechos  y  las  pruebas  de  ellos  tal  como  fueron  apreciados   por   el  juzgador  de  segunda instancia, debiendo  exponer su discrepancia en el ámbito  del        razonamiento       jurídico,   es   decir,   sólo  con  las  consecuencias  jurídicas  atribuidas  a  los hechos declarados, sin que resulte  viable   alegar   o   sugerir   al   tiempo   la   presencia   de   errores   de  apreciación  probatoria  por  falso  juicio  de  legalidad,  falso  juicio de  convicción, falso juicio  de  existencia,  falso  juicio  de  identidad  o,  como  es  este el caso, falso  raciocinio, dado que para  ello     la    ley    ha    previsto    la    vía  indirecta,     casos     estos     últimos    en   que   se   impone   la  obligación  de  realizar  un nuevo análisis   del   acervo   probatorio  en  que  se  corrija  el  error  denunciado.   

De manera que,  apartándose   de   la   regla   que  le    imponía    ajustarse    a   la  declaración fáctica y a  la  valoración probatoria incorporada en los fallos,  se  dedicó  a confrontar los hechos acreditados y a  criticar  la  percepción  que   de   los   medios   de  prueba  hicieron  los  sentenciadores      en     el     proceso     de  adecuación típica de la  conducta, a partir de lo cual concluye que el actuar  del  procesado  no estuvo realizado con dolo y no fue  lesivo  del bien jurídico tutelado por el legislador  a  través  de  la  norma de prohibición  inserta  en  el  artículo  220 del  Código Penal.   

Pero  si  se  mirara  más  allá de lo  defectuoso     en    la    postulación    y    desarrollo    del  cargo,  igual habría que concluir  en  lo  inaceptable  que  resulta  el  planteamiento  de  una  supuesta indebida  aplicación  del  contenido  del  artículo  220 del Código Penal    cuando   lo   que   hace  el  censor  no  es  otra  cosa que  prolongar  sus  alegaciones  de instancia bajo el argumento que no se estructura  la   conducta  punible  por  ausencia  del  tipo  subjetivo,  concretamente  del  dolo.   

La  argumentación  parte  de  que en el libro publicado  por  el  procesado  no existen ataques o imputaciones  concretas  contra persona alguna y que, por esa vía,  no   se   puede   establecer   la  conciencia  de  la  capacidad  lesiva  de  su  actuación.   

Desconoce  el  demandante    con   esta   manera   de   argumentar  que  el  delito de injuria se configura “…no   porque   se   exprese   en  público  que  alguien hace o hizo algo en concreto,  sino  cuando  se  atribuye  a  esa  persona  una forma de pensar, personalidad o  valores    contrarios    a    los    que    se    estiman   imperantes   en   la  sociedad”2,  aspectos  que fueron analizados con  suficiencia    por    los    jueces    de   instancia,   puntualizándose  la  concreción  del dolo en la  medida  que la actuación desplegada por el procesado  fue  llevada a cabo de manera reflexiva y con pleno conocimiento de la capacidad  de  menguar  la honra de  las   personas  a  quien  dirigió  sus  expresiones  escritas,   resultado   lesivo  que  finalmente  se  concretó       como      resultado.   

De manera que,  aparte    de    la    incesante   crítica   a   la  valoración       probatoria       realizada  por  los jueces y al marcado  interés     por     hacer     prevalecer     su  criterio,   no   atina   el   censor   a     cumplir     con     los     rigores     propios     de    la  fundamentación        casacional   en  punto  de  la  causal  elegida,  desbordando  los límites  que  la  misma  censura  impone  y,  con  ello,  omitiendo la demostración   del   error   el  error  o  errores al momento de aplicar o interpretar la ley y  su   correspondiente  trascendencia         en         el  sentido  del fallo.   

       Por   tales   razones,   este   cargo   tampoco  será admitido.   

     

1. Cuarto Cargo     

Se  plantea  en  este  acápite  la  violación directa   por  inaplicación  de  una  norma  sustancial.  Aunque  se incurre en varias   imprecisiones  en  la  exposición,  confundiendo    conceptos   de   disímil  naturaleza  para  postular cargos  que   se   tornan   contradictorios   y   excluyentes   (postula,  por  ejemplo,  violación   al  debido  proceso  y al derecho de  defensa),  lo  cierto es que lo que en últimas viene  a  plantear  el  recurrente  es que no se aplicó por  las  instancias  el  mandato  del  artículo 225 del  Código Penal, referido a la retratación  como  mecanismo  de extinción de la  acción   penal,   no  obstante  que,  en  su  entender,  hubo  una  efectiva  retractación,  misma  que  no  se  pudo  difundir  por la omisión  judicial de señalarle el medio para  hacerlo.   

        Es  preciso  reiterar  que  si la postulación se desenvuelve en el  campo  de  la  violación  directa,  por  tratarse de una discusión en estricto  derecho,  se exige al censor demostrar que el Tribunal reconoció una situación  fáctica  condensada  en  una  disposición  legal,  pero  dejó  de  aplicar la  consecuencia  en el derecho prevista por esta. Sin embargo, fruto de su dispersa  e  imprecisa argumentación, el libelista no solamente desconoce las precisiones  que  sobre  este  tópico en particular trazaron las instancias sino que además  discurre  su  sustentación  en  una  suerte  de  alegación  que  privilegia su  personal   posición   sobre   el   contenido   de  lo  que  considera  adecuada  retractación.   

        De  manera  que  lejos de acreditar el yerro en materia de falta de  aplicación  de  la  norma,  lo  que  hace es revivir la dialéctica en torno al  contenido  de  un  memorial que presentara el día 5 de noviembre de 2010, en el  que  dice  retractarse de las afirmaciones lanzadas sobre la señora Alba Lucía  Villarreal.  Contenido no admitido como retratación no solamente por el juez de  instancia  sino  por  el  propio  Tribunal,  con  toda  razón,  toda vez que no  cumplía  con  las exigencias mínimas del artículo 225 del Código Penal, pues  no   se   vislumbraba   allí   expresión   del   ánimo   y   disposición  de  arrepentimiento,  así  como  el  interés  de reivindicar el buen nombre de los  ofendidos  con  miras  a  reparar  la lesión infligida a su patrimonio moral y,  mucho  menos,  admisión  de la existencia y realización de la conducta punible  imputada.   

        Así  las  cosas, resultaba apenas natural entender que no habiendo  auténtica  retratación  en  consonancia  con  los  términos demandados por el  artículo  225  del  Código  Penal,  devenía  por  completo  en inapropiada la  insistente  solicitud  del  procesado para que el juzgador le señalara el medio  en que habría de difundir tan artificiosa retractación.   

        En  consecuencia, en lugar de reconocer el contenido fáctico de la  decisión  del Ad quem, para  de  esta  forma dar tránsito a la postulación del reproche casacional en punto  de  denunciar  la  falta  de  aplicación  de  la  norma  echada  de  menos, los  argumentos  del actor transcurren en una actualizada discusión sobre un tópico  ajeno  por  completo  a lo considerado por las instancias. La realidad es que su  retractación  no  fue  admitida  por  la  potísima  razón  de  desconocer los  requisitos  del  artículo  225 del Código Penal, de manera que resultaba inane  bajo  esa  premisa  la elección del medio de difusión demandada de los jueces,  que  es  en  lo  que estriba la inapropiada argumentación que ahora presenta en  sede de casación.   

        Por tales razones, el cargo tampoco se admitirá.     

1. Decisión     

De     conformidad     con     lo  consignado       en       precedencia,       se  inadmitirá   la  demanda  de  casación    presentada   por   HÉCTOR   HORACIO  HERNÁNDEZ       AMÉZQUITA,  no sin antes advertirse que revisada  la    actuación   en   lo   pertinente,   no   se  observó   la   presencia   de   alguna   de   las  hipótesis      que      permitirían   a   la   Corte   obrar   de  oficio  de  conformidad  con  el  artículo 216 del Código  de Procedimiento Penal de 2000.   

En mérito a lo  expuesto,   la   CORTE  SUPREMA    DE    JUSTICIA,    Sala   de   Casación  Penal,   

R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda   de  casación  presentada       por       el      procesado         HÉCTOR   HORACIO  HERNÁNDEZ       AMÉZQUITA,  conforme  con  las  motivaciones plasmadas en el cuerpo de este  proveído.   

Contra      esta     decisión    no    procede   recurso  alguno.   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ CAMACHO   

JOSÉ LEONIDAS  BUSTOS MARTÍNEZ   

EUGENIO      FERNÁNDEZ CARLIER   

MARÍA  DEL  ROSARIO       GONZÁLEZ       MUÑOZ   

GUSTAVO  ENRIQUE  MALO FERNÁNDEZ   

EYDER PATIÑO  CABRERA   

PATRICIA   SALAZAR   CUÉLLAR   

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA  YOLANDA  NOVA  GARCÍA   

Secretaria    

1                    MAIER,  Julio  B.  J. Derecho Procesal Penal. Tomo I. Fundamentos.  Editores  del  Puerto s.r.l. Buenos aires, 2ª edición, 2ª reimpresión, 2002,  página 603.   

2                    CSJ  SP,  10  de  julio  de 2013, Rad.  38909     

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